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martes, agosto 11, 2026

CRÓNICA ADAM ANT: UN SUPERVIVIENTE QUE SIGUE AL PIE DEL CAÑÓN

Hay artistas que viven de la nostalgia y otros que siguen demostrando, cada vez que se suben a un escenario, por qué dejaron huella. En el Olympia Hall del Winter Gardens de Blackpool, Adam Ant volvió a confirmarlo. A sus 71 años, el británico continúa recorriendo carreteras y ofreciendo conciertos con la misma personalidad que lo convirtió en un icono. Después de una carrera marcada por el éxito, los altibajos y la reinvención, sigue ahí, fiel a sí mismo.

El concierto fue un viaje por todas las etapas de su trayectoria. Desde el arranque con «Beat My Guest» y «Dog Eat Dog», quedó claro que la noche estaría dedicada a los grandes himnos de Adam & the Ants. Canciones como «Kings of the Wild Frontier», «Zerox», «Prince Charming», «Cartrouble» o la imprescindible «Antmusic» hicieron que el público respondiera desde el primer momento, cantando cada estribillo con la misma ilusión de hace cuatro décadas.

El repertorio también reservó un espacio importante para su carrera en solitario. «Friend or Foe», «Vive le Rock», «Desperate but Not Serious» o «Goody Two Shoes» recordaron que Adam Ant supo mantener una identidad propia más allá de la banda que lo lanzó al estrellato y que su catálogo está lleno de canciones que han resistido el paso del tiempo.

El paso del tiempo ha dejado su huella en la voz de Adam Ant. Sin embargo, eso queda en un segundo plano cuando aparece sobre las tablas. Su presencia sigue siendo magnética: el sombrero, esa inconfundible imagen de pirata —de la que Jack Sparrow parece haber heredado más de un detalle— y la teatralidad que siempre ha acompañado a sus actuaciones siguen formando parte de un espectáculo que conecta con el respetable desde la autenticidad, más que desde la perfección.

El cierre con «Stand And Deliver» puso el broche perfecto a un espectáculo que fue mucho más que un ejercicio de nostalgia. Fue la confirmación de que Adam Ant sigue siendo un superviviente, un artista que continúa al pie del cañón defendiendo un repertorio repleto de clásicos, tanto de su etapa con Adam & the Ants como de su carrera en solitario, y recordando que hay leyendas que nunca dejan de pertenecer al escenario.

Setlist

«Beat My Guest»

«Dog Eat Dog»

«Vive le Rock»

«Lady/Fall In»

«Desperate but Not Serious»

«Cartrouble»

«Prince Charming»

«Zerox»

«Ants Invasion»

«Kings of the Wild Frontier»

«Christian D'or»

«Friend or Foe»

«Antmusic»

«Red Scab»

«Never Trust a Man (With Egg on His Face)»

«Young Parisians»

«It Doesn't Matter»

«Killer in the Home»

«Goody Two Shoes»

Bis:

«Stand and Deliver»



lunes, julio 27, 2026

MARILYN MANSON: MISA NEGRA A 40 GRADOS

Las primeras notas de «Bela Lugosi’s Dead», de Bauhaus, emergen de la oscuridad. Pocas canciones podrían servir mejor de prólogo: nueve minutos de sombras, decadencia y liturgia gótica antes de que el Reverendo salga a oficiar su propia misa negra. El ambiente está preparado.

La carrera de Manson, después de unos últimos años erráticos, ha vuelto a la carretera, donde lleva promocionando su disco, One Assassination Under God – Chapter 1, desde 2024. Pocas trayectorias musicales han sido tan conflictivas como la del Reverendo. No obstante, es un superviviente y continúa al pie del cañón rozando los 60 palos.

La organización del festival —zona de catering, puestos de comida y espacios habilitados para comer y beber en la Plaza de España de Sevilla—, perfecta. Buen ambiente, a pesar de un calor insoportable que rozaba los 40 grados a las 22:30, hora de inicio del espectáculo.

Fue un concierto fiero, potente, con un Manson en buena forma que desgranó un repertorio basado principalmente en sus primeros discos, los más aclamados. Que nadie espere a un Reverendo especialmente receptivo con el público. Nunca ha sido su estilo. Caña desde el primer minuto, sonido crudo y directo al grano, sin grandes aspavientos. Como aderezo escénico, un efectivo juego de luces, neones y cruces invertidas reforzaba la imaginería oscura y provocadora de la ceremonia. La parroquia de Manson, completamente entregada, disfrutó enormemente y respondió con entusiasmo a cada uno de los clásicos.

Hubo varios cambios de vestuario: gabardina de cuero para empezar, chaqueta de plumas, bombín para la época burlesca de «mOBSCENE», plumas para Holy Wood y sombrero militar en otros temas. Los mismos trucos de siempre, esos que tan buenos resultados le han dado durante toda su andadura.

El mesías alienígena Omega apareció en dos cortes: «Great Big White World» y una truncada «I Don’t Like the Drugs (But the Drugs Like Me)», que dio paso a «The Dope Show». Evidentemente, Manson arengó a los fieles. Él es la droga que su público necesita.

«Exit Wound», el más reciente sencillo, y «Nod If You Understand» representaron la etapa actual. A partir de ahí, el viaje fue directo a los años noventa. El Reverendo sabe perfectamente qué quiere la parroquia: un repertorio de grandes éxitos en el que brillaron cuatro temas de Antichrist Superstar (1996), su obra capital. Hits infalibles en directo que siguen llevando al respetable al frenesí colectivo.

Entre los momentos culminantes destacaron también sus célebres versiones, temas que Manson ha hecho prácticamente suyos. «Sweet Dreams (Are Made of This)» fue, con diferencia, la más aclamada y desató la euforia general. Para el cierre quedó «Personal Jesus», convertida en el último golpe de efecto de la noche.

Mención especial al bis, «Tourniquet», en el que Manson apareció sobre el escenario subido a unos zancos que lo hacían parecer una araña maligna gigantesca. El que tuvo, retuvo...

Lo cierto es que compadecí a los músicos. El escenario, con los focos, las luces y aquel calor, tenía que ser un infierno. Aun así, cumplieron con profesionalidad, sin dar un segundo de respiro y con un espectáculo medido hasta el último milímetro. Quedó ADN del Reverendo por todas partes, todo hay que decirlo.

Evidentemente, y tal como ha hecho durante décadas, que nadie espere un concierto al estilo de The Cure: 14 canciones, una hora y cuarto justa y fin del espectáculo.

Manson continúa manteniendo su enigma sobre las tablas.


Setlist:

Nod If You Understand

Disposable Teens

Angel With the Scabbed Wings

Great Big White World

This Is the New Shit

Dried Up, Tied and Dead to the World

Exit Wound

The Nobodies

The Dope Show

Sweet Dreams (Are Made of This)

mOBSCENE

The Beautiful People

Encore:

Tourniquet

Personal Jesus



lunes, mayo 25, 2026

SHOEGAZE: LA ESCENA QUE CONVIRTIÓ LA MELANCOLÍA EN RUIDO (PRIMERA PARTE)

El regreso de una leyenda

Osaka, Japón, 3 de febrero de 2026. My Bloody Valentine, banda esencial del movimiento shoegaze, regresó a los escenarios después de ocho años de ausencia. Kevin Shields siempre se ha caracterizado por su perfeccionismo. Fiel a sus inquietudes artísticas, jamás ha seguido los dictados de la industria.

Precursores del movimiento

A mediados de los ochenta, grupos como The Jesus & Mary Chain jugaban en una liga diferente al resto de sus coetáneos. Ruido y sensibilidad, la crudeza de The Stooges con las armonías de los Beach Boys. Aquel fue el primer paso, la semilla que alimentaría el movimiento con guitarras sobresaturadas de efectos, fuzz y voces angelicales. Una banda que abrazó el caos en directo para convertir el ruido en arte.

Tema clave: «Never Understand»

Cocteau Twins, con sus atmósferas etéreas, guiadas por la voz misteriosa de Elizabeth Fraser, representan un universo propio. Dream pop en estado puro. Canciones de otra galaxia, con títulos imposibles, envueltas en una niebla imposible de descifrar.

Tema clave: «Cherry-Coloured Funk»

Spacemen 3 llevaron la distorsión y la psicodelia a un territorio inexplorado. Desde Rugby, Peter Kember y Jason Pierce construyeron un sonido basado en la repetición hipnótica, drones y estructuras minimalistas que desafiaban cualquier lógica comercial.

Tema clave: «Revolution»

The House of Love, surgidos en Londres, apostaron por guitarras reverberantes y luminosas, pero teñidas de una melancolía típicamente británica. Liderados por Guy Chadwick, combinaron sensibilidad pop con muros de sonido que los acercaban al primer shoegaze sin perder gancho melódico.

Tema clave: «Shine On»

Más extremos fueron The Telescopes, provenientes de Burton, que llevaron la abrasión guitarrística al límite. Su sonido, áspero y saturado, se movía entre el noise rock y la psicodelia más densa, con Stephen Lawrie al frente. Cero concesiones: ruido, feedback e intensidad abrumadora.

Tema clave: «Flying»

Y en el extremo opuesto, Galaxie 500, desde Boston, ofrecieron un refugio íntimo y etéreo. Con Dean Wareham como líder, desarrollaron un folk eléctrico de tempos lentos, guitarras envolventes y una sensibilidad casi onírica. Subestimados durante años, tendieron un puente decisivo entre el indie rock y el posterior auge del shoegaze.

Tema clave: «Blue Thunder»

La edad dorada del género

El término shoegaze nació por la costumbre de los músicos de mirar constantemente al suelo durante los conciertos, pendientes de sus pedales de efectos. La prensa británica utilizó la etiqueta de forma despectiva, pero terminó dando nombre a una de las escenas más influyentes del rock alternativo de los noventa.

Loveless, de My Bloody Valentine, fue un punto de inflexión. Un trabajo que tardó casi dos años en ver la luz, con unos costes de producción que —según la leyenda— llevaron a Creation Records al borde de la quiebra. Un disco irrepetible que redefinió la forma de entender las guitarras y la producción dentro del indie rock.

Tema clave: «Sometimes»

Slowdive fue otra banda angular del movimiento. Melancólicos y atmosféricos, crearon música de una belleza casi fantasmal. Una banda atemporal que dejó huella y que, con el paso de los años, terminó siendo reivindicada por nuevas generaciones.

Tema clave: «When The Sun Hits»

Ride, directos y enérgicos, combinaron muros de sonido con un enfoque más inmediato del shoegaze. Canciones veloces, guitarras expansivas y un pie puesto en el power pop.

Tema clave: «Leave Them All Behind»

Curve representaron la cara más oscura y electrónica del shoegaze. Infravalorados durante años, adelantaron buena parte del sonido industrial y alternativo que después popularizarían bandas como Garbage o Nine Inch Nails.

Tema clave: «Coast Is Clear»

Aunque Chapterhouse solo publicaron dos elepés, dejaron un sonido hipnótico y profundamente noventero. Psicodelia, bases bailables y guitarras flotando sobre capas de ruido.

Tema clave: «Pearl»

Catherine Wheel llevaron el shoegaze hacia terrenos más musculosos. Guitarras densas, cercanas al metal, que mezclaban intensidad alternativa con melodías épicas cargadas de emoción.

Tema clave: «Crank»

Drop Nineteens ofrecieron una lectura más americana del género. Shoegaze enérgico e intenso, entre el ruido y la nostalgia. Ideal para las radios universitarias de la época.

Tema clave: «Winona»

Swervedriver recogieron parte del testigo de Spacemen 3 y del rock más caótico. Velocidad, distorsión y canciones que sonaban como conducir de madrugada por una autopista eterna.

Tema clave: «Duel»

Y por último, Pale Saints, delicadeza melancólica y soñadora. Más pop de lo que parecían a primera vista, pero igual de importantes que el resto del movimiento.

Tema clave: «Sight of You»



lunes, marzo 23, 2026

ENTREVISTA A FLOR Y TROL: «SAMI»

Flor y Trol es un proyecto musical muy personal que combina la sensibilidad de la canción de autor con una propuesta poco común: cantar mientras se marca el ritmo desde la batería. Con su primer disco, Sami, toma forma un repertorio de canciones directas y cargadas de emoción. Charlamos con su creadora, Sofía “Sophie” Rodríguez, para descubrir cómo nació Flor y Trol y qué hay detrás de su música.

Ocho preguntas para conocer a Flor y Trol: 

Para empezar, contadnos un poco: ¿qué es Flor y Trol y cómo nació este proyecto?

Llevaba más de quince años autoproduciendo y editando mi música como cantautora. Mi pasión siempre ha sido tocar la batería y crear canciones, así que pensé que hacer una selección de mis temas de siempre para adaptarlos al formato de frontwoman a la batería y voz sería divertido. Además, me brindaba la oportunidad de estar exactamente en el lugar en el que quiero: cantando mis canciones y llevando el ritmo.

Era una prueba de fuego, porque hasta ahora yo estaba a la guitarra. Pero la verdad es que estoy feliz: el proyecto camina de lujo.

Acabáis de publicar vuestro primer disco, Sami. ¿Cómo fue el proceso de creación y qué representa para vosotros este trabajo?

El proceso creativo de preproducción lo hice completamente sola en casa, grabando maquetas con mis instrumentos y utilizando un programa sencillo de ordenador para mezclar.

Después envié esas maquetas a dos músicos colaboradores para montar un setlist de directo. La idea era sencilla: como las canciones ya estaban bastante definidas, solo tenían que aprenderlas y ver si caminaban bien entre todos. Parece que les encantaron, y desde entonces me han acompañado en todo lo que hemos podido hacer.

Al cantar y tocar la batería a la vez necesito más músicos que arropen las canciones en directo. A la hora de grabar en estudio fue bastante fácil, porque ya las teníamos muy rodadas en los ensayos.

Lo bonito del estudio fue poder añadir coros, silbidos y pequeños detalles vocales que en directo, al estar sola en la voz, no siempre puedo hacer. En el disco me quedé más a gusto que un arbusto metiendo esos “chismes” de cantautora que, al final, son bastante parte de mi sello personal.

El título «Ámame o púdrete» mola mucho. Sin acritud, imagino. Detalles, por favor.

Esa canción da título al EP que lancé en 2024 con Flor y Trol, como antesala al disco debut. Era prácticamente una carta de presentación: sonido sin masterizar, muy cercano a la maqueta de habitación.

Incluso me di el capricho de autoeditarlo en vinilo de 7 pulgadas. Un capricho un poco absurdo, porque todavía tengo como treinta copias en casa sin vender (risas). Pero le tengo muchísimo cariño.

Esa canción, «Ámame o púdrete», es la que realmente da sentido a Flor y Trol. Fue la chispa que me impulsó a materializar esta idea un poco loca de hacerlo todo sola. Pensé: “venga, con todo a tope”, porque me apasiona, suena fresco, soy yo misma… y tenía que hacer algo bonito con ello.

En vuestro imaginario aparecen dos figuras muy distintas: la flor y el trol. ¿Qué representan dentro del proyecto?

Los dibujos del EP de «Ámame o púdrete» los hicieron mis sobrinos. Representan esa dualidad del día a día: a veces somos más empáticos y amables, y otras más salvajes, irónicos o irritantes.

En el fondo es una forma de decir que ni siempre somos tan buenos ni tan malos, y que muchas veces somos un poco de todo.

Las letras parecen tener bastante peso en vuestra música. ¿Qué lugar ocupan en vuestra forma de crear?

La narrativa emocional y directa es lo que me sale al escribir. No pienso en hablar de algo concreto: simplemente escribo lo que me nace, casi siempre del tirón.

Tampoco me paro demasiado a pensar si lo que he escrito es bueno o malo. Simplemente sale.

Eso sí, reconozco que me aburren bastante los artistas del monotema del amor. Siempre he querido evitar ese círculo de letras superficiales o previsibles. Yo necesito cantar y transmitir otro tipo de cosas.

Quizá por eso mismo estoy un poco fuera de lo estándar. Ser una misma escribiendo también tiene su pequeño precio (risas).

Para quien aún no os haya escuchado, ¿cómo describiríais vuestro sonido o vuestra propuesta musical?

Por aquí dicen que tengo “sonido Sophi” (risas). Ni cantautora pura, ni rockera, ni indie… un poco de todo.

¿Cuándo alguien escucha Sami por primera vez, ¿qué sensaciones o emociones os gustaría que se llevara?

Aunque las letras pueden ser profundas, creo que las melodías y las canciones en sí invitan a entrar en alguna emoción bonita o positiva.

Para terminar: vuestro sonido tiene un aire muy noventero, que recuerda a artistas como Alanis Morissette. ¿Cuáles diríais que son vuestras principales influencias musicales?

Soy de 1988 y he crecido escuchando a muchas de esas cantautoras fantásticas de los noventa, además de grupos que utilizaban mucho la guitarra acústica y una sonoridad bastante ligera.

La verdad es que no me veo en otro tipo de sonido que no esté conectado con eso. Por mucho que me encante el rock setentero, a la hora de componer y arreglar tiro más hacia lo que me suena a hogar.


miércoles, marzo 11, 2026

«LA MUERTE DE BUNNY MUNRO» — UNA ROAD MOVIE HACIA EL INFIERNO CON BARRA LIBRE DE CULPA Y AUTODESTRUCCIÓN

Bajo la dirección de Isabella Eklöf (Kalak) y con guion de Pete Jackson (Somewhere Boy), la perturbadora novela de Nick Cave, La muerte de Bunny Munro, aterriza en SkyShowtime convertida en una adaptación intensa y descarnada para la pequeña pantalla.

Bunny Munro es un vendedor de cosméticos narcisista, mujeriego, estafador, ladrón, fumador compulsivo y adicto al sexo. Un ser caótico y profundamente egoísta que solo vive para alimentar su insaciable apetito. Burdo, sin educación, curtido en la calle y rodeado de gente de su misma calaña, Munro es un crápula difícil de soportar. No todos los espectadores estarán dispuestos a acompañarlo en su deriva.

Tras el suicidio de su esposa, hundida por las constantes infidelidades y la indiferencia de su marido, Bunny huye hacia adelante: se echa a la carretera con su hijo para escapar de los Servicios Sociales y, sobre todo, de sí mismo. Pretende ahogar los remordimientos en alcohol, cocaína y encuentros sexuales fugaces. Pero, por mucho que consuma o seduzca, los fantasmas del pasado lo acechan cuando cae la noche. La suya es una huida frenética hacia ninguna parte, una culpa que pesa como una losa y adopta la forma espectral de la mujer perdida.

En paralelo, un asesino en serie disfrazado de Diablo —cuernos y bieldo incluidos— siembra el pánico en el sur del Reino Unido. Su presencia mediática es constante, ominosa. Solo es cuestión de tiempo que ambas trayectorias colisionen.

La serie dibuja una Inglaterra gris y desangelada, poblada de almas solitarias —las clientas de Munro— que adquieren cosméticos como quien compra compañía. Viviendas de protección oficial, hoteles de mala muerte, pubs sórdidos y carreteras interminables configuran el paisaje de esta caída libre por la costa de Sussex. Munro avanza a trompicones, sin pensar en el mañana, autodestruyéndose kilómetro a kilómetro. Incapaz de escuchar a nadie, ni siquiera a su hijo —que sufre una severa infección ocular a la que apenas presta atención—, se encierra en el monólogo perpetuo de su propio deseo.

Frente a él, Bunny Boy encarna la inocencia. Educado, dulce, leal hasta la ceguera, adora a un padre que no está a la altura. Representa ese instante previo a la fractura, cuando la infancia todavía no ha sido arrasada por la intemperie del mundo adulto. Ve a su madre fallecida como una presencia protectora, y en esos destellos sobrenaturales se filtran algunos de los momentos más conmovedores del relato. La ternura asoma, breve y frágil, cuando el padre contempla al hijo o recuerda a la esposa ausente.

Raphael Mathé compone un Bunny Jr. lleno de matices, sosteniendo con naturalidad ese viaje prematuro hacia la madurez. A menudo es él quien actúa como el verdadero adulto de la historia.

Matt Smith, por su parte, firma uno de los mejores trabajos de su carrera. Su Munro es seductor y patético, carismático y repulsivo, cómico y trágico al mismo tiempo. Un antihéroe que se mueve en el filo de la comedia negra, tan entrañable como aborrecible. Aquí no hay rastro de intelectualismo existencialista: Munro es vulgar, tóxico y orgulloso de serlo. Un bufón cruel que hace del exceso su única identidad.

La serie, afortunadamente, rehúye la corrección política y cualquier tentación moralizante. No juzga; expone. El abismo no es una metáfora sofisticada, sino el destino lógico de las almas errantes. Heridas abiertas, pérdida, castigo y redención son temas recurrentes en la obra de Cave, y aquí resurgen con fuerza. Resulta inevitable preguntarse hasta qué punto el músico australiano volcó parte de sí mismo en este personaje. No cuesta imaginar al Cave de finales de los ochenta, en plena espiral narcótica, deambulando por escenarios similares.

La banda sonora refuerza esa atmósfera turbia y melancólica. Además de la música instrumental compuesta por Nick Cave y Warren Ellis, suenan clásicos de Johnny Thunders, The Fall, Primal Scream, Joy Division, Blondie, The Cure o Elvis Presley. Y, como guiño irónico, también aparecen Avril Lavigne y Kylie Minogue, figuras sobre las que el protagonista proyecta sus fantasías sexuales.

En definitiva, La muerte de Bunny Munro es una adaptación valiente y profundamente fiel al espíritu del original, que en varios tramos logra incluso superarlo. Décadas después de su publicación, la espera ha valido la pena: una de las propuestas más incómodas y arriesgadas de la televisión reciente, una road movie hacia el infierno con barra libre de culpa y autodestrucción.



domingo, marzo 08, 2026

MORRISSEY: «MAKE-UP IS A LIE» (SIRE RECORDS, 2026) — EL ÚLTIMO MARTIR DEL POP

Cuando llega el momento de valorar el nuevo trabajo de un artista con una carrera tan extensa —hablamos del decimocuarto elepé de Morrissey— las comparaciones con su glorioso pasado resultan inevitables. Que nadie espere un disco tan brillante como You Are the Quarry (2004), considerado uno de sus mejores álbumes, con el que logró revitalizar su trayectoria tras siete años de silencio discográfico.

Make–Up Is a Lie llega además cargado de polémica. Aparte de su terrible portada, el disco arrastra el peso de las controvertidas declaraciones de su creador, disputas con Johnny Marr sobre el legado de The Smiths, sus litigios con la industria musical y la historia reciente de dos álbumes que tuvo que recomprar a Capitol Records —World Peace Is None of Your Business (2014) y Bonfire of Teenagers—, además de los continuos cambios de título y de fecha de publicación y, sobre todo, una interminable lista de conciertos cancelados que han puesto en entredicho su profesionalidad, por no decir su reputación. Un divo irresponsable con una parroquia fiel que continúa llenando sus directos.

La crítica ha recibido el álbum con cierta ambivalencia, señalando su falta de cohesión y la presencia de material poco inspirado. ¿Se trata de prejuicios preconcebidos o de una valoración justificada? No sería extraño que el errático comportamiento reciente de Moz haya terminado proyectándose también sobre la percepción de su música. A nadie debería sorprenderle: siempre ha sido un artista incómodo. En algunos casos da la impresión de que ciertos cronistas juzgan antes al personaje que al disco, un fenómeno cada vez más habitual cuando se trata de figuras tan controvertidas como Morrissey.

Debemos reconocer que el sencillo de presentación, «Make–Up Is a Lie», carece de la fuerza necesaria para sostener el peso de la expectativa, mientras que la versión de «Amazona», de Roxy Music, se queda en una interpretación demasiado contenida —solo destaca su solo de guitarra final, a cargo del fiel Alain Whyte— para un artista de la talla de Morrissey. Entre ambos adelantos, «Notre-Dame» sí logró levantar el vuelo y devolver algo de esperanza gracias a su sonido de claras reminiscencias ochenteras. Sin duda, uno de los puntos álgidos del elepé, pese a una letra conspirativa que no terminó de cuajar. ¿Qué podemos decir del resto de los cortes?

«You’re Right, It’s Time» abre el disco con energía, un tema coreable sostenido por una base electrónica que funciona como carta de presentación. En la balada «Headache» —donde Moz apenas parece él mismo— ofrece una interpretación sombría sobre la mortalidad. En «Boulevard», conducida por una sencilla línea de piano y sintetizadores, Morrissey se mueve en un registro teatral, casi de vodevil. «Zoom Zoom the Little Boy» remite a los noventa con un toque glam rock que evoca al Bowie clásico. «Kerching Kerching» es la más dura del lote, con guitarras crujientes y un clima amenazador. Por su parte, la funk «The Night Pop Dropped» y «Lester Bangs» —un homenaje al desquiciado escritor que cambió la historia del periodismo musical en Estados Unidos— representan el lado más pop del álbum. Esta última incluye un estribillo contagioso y, como no podía ser de otra manera, gira en torno a un outsider, una bala perdida fuera de los márgenes de la sociedad: el mismo papel —por no decir mártir— que Morrissey ha encarnado durante toda su carrera.

En cuanto a las letras: el precio de la fama, marginados, decadencia cultural, crítica al espectáculo mediático, nostalgia por un pasado mejor, los derechos de los animales, muerte y memoria, cancelación, ironía hacia la industria musical y esa permanente sensación de desajuste con el mundo que siempre ha definido a Moz.

En la recta final aparece la ominosa «Many Icebergs Ago» —con cierto aire de un spaghetti western—, una pieza que se desmarca claramente del resto del álbum y que supone una apuesta arriesgada dentro del conjunto. El cierre llega con «The Monsters of Pig Alley», un final melancólico que devuelve al disco su pulso más inspirado. Si hubiera sido el primer sencillo, quizá todo habría sido diferente.

Estamos ante un elepé variado, ameno y bien secuenciado por Joe Chiccarelli (The White Stripes, The Strikes, My Morning Jacket), convertido ya en el productor de confianza de Morrissey —quinta colaboración entre ambos— durante los últimos años. En conjunto, el cantante entrega un trabajo disfrutable que, además, crece con las escuchas. Curiosamente, es en la cara B donde se concentran algunos de sus momentos más notables, demostrando que aún conserva la capacidad de sorprender cuando menos se espera. Probablemente no estemos ante una obra maestra dentro de su discografía, pero sí ante un álbum sólido que gustará a sus seguidores y ofrece suficientes motivos para regresar a él con cierta frecuencia. Y, a estas alturas de su carrera, con eso debería bastar.




lunes, diciembre 01, 2025

«DELIVER ME FROM NOWHERE — LA HISTORIA Y CREACIÓN DE NEBRASKA DE BRUCE SPRINGSTEEN» (NEO PERSON, 2025), WARREN ZANES

En Deliver Me from Nowhere — La historia y creación de Nebraska de Bruce Springsteen (Neo Person, 2025), Warren Zanes reconstruye el nacimiento de un disco improbable: un elepé grabado en soledad, con medios mínimos, que terminó convertido en una de las obras más influyentes y enigmáticas de la música norteamericana. Nebraska demostró que no era necesario contar con una banda ni con un estudio de grabación. Bastaban una grabadora de cuatro pistas, una armónica, una guitarra y la voluntad de mirar hacia adentro. Sonido casero, baja fidelidad y letras que retratan la vida de los márgenes: esa fue la esencia de un álbum que nunca estuvo pensado para ser publicado.

El técnico Mike Batlan proporcionó a Springsteen una TEAC 144, micrófonos Shure 57, una J-200 y algunos instrumentos de percusión. Bruce grabó sentado en la cama de su dormitorio, en su rancho de Colt Necks, utilizando cintas Maxwell y pasando todo por una Echoplex para recrear el eco crudo de los primeros discos de Elvis en Sun Records. En ningún momento creyó tener un disco terminado: aquellas canciones eran simples maquetas destinadas a servir de base para la E Street Band en un estudio profesional, lo que además permitiría ahorrar tiempo y dinero.

Sin embargo, Nebraska nació envuelto en la depresión incipiente que Springsteen comenzaba a padecer sin saberlo. El álbum está habitado por imágenes de desiertos interiores: vallas publicitarias, autopistas eternas, moteles vacíos, patrulleros, asesinos, sueños rotos del Medio Oeste y perdedores que, pese a fracasar una y otra vez, insisten en seguir adelante.

El paso del tiempo

Con los años, el elepé se convirtió en una pieza mítica de su discografía. En 1982 nadie esperaba un trabajo sin sencillos, de sonido austero y espíritu maquetero; un proyecto que nadaba a contracorriente en una industria obsesionada con los superventas. ¿Suicidio comercial? ¿Acto de integridad? ¿Necesidad vital? Tal vez un poco de todo.

Además, no había nada parecido en el mercado. Mientras álbumes como Thriller de Michael Jackson o Are You Ready de Bucks Fizz dominaban las listas con producción brillante, múltiples singles y presencia masiva en los medios, este disco avanzaba en sentido opuesto: sin artificio, sin hits, grabado como un cuaderno íntimo en una habitación. Ese contraste subraya su singularidad y explica por qué, pese a su aparente fragilidad comercial, terminó convirtiéndose en una obra de culto.

Zanes describe el agotamiento de Springsteen: el interminable The River Tour, la presión de la fama y las exigencias del negocio lo habían dejado exhausto. Nebraska se convirtió en un refugio, un disco grabado para sí mismo, sin pensar en el público ni en la industria. Más que un trabajo de la E Street Band, surgió como un proyecto solista en el que dejó a un lado el rock para adentrarse en el folk.

La historia y creación de Nebraska de Bruce Springsteen: las influencias 

Las influencias de Woody Guthrie, Bob Dylan o Hank Williams se perciben en el tono de trovador que adopta aquí. Las letras, melancólicas y meditativas, exponen su alma y sus viejos fantasmas en un ejercicio de introspección: heridas no cerradas, cicatrices que laten en el subconsciente e impiden conciliar un sueño apacible.

Ese nivel de desnudez contrastaba con el perfeccionismo obsesivo que había marcado sus discos anteriores. Darkness on the Edge of Town y The River llevaron al grupo al límite; este último, especialmente, exigió tanto tiempo en el estudio que Bruce tuvo que financiar parte de la grabación, rozando la bancarrota. Paradójicamente, The River fue su primer número uno en Estados Unidos, y el sencillo «Hungry Heart» llegó al puesto 5 del Top 10.

El contexto tampoco ayudaba. Ronald Reagan acababa de ganar las elecciones y se abría paso una era conservadora que favorecía a las clases altas y dejaba a las trabajadoras cada vez más desprotegidas. Springsteen, hijo de familia humilde, observaba aquel cambio con inquietud. El éxito tampoco le resultaba cómodo: el dinero no le importaba y la compra de su primer coche nuevo, un Camaro Z28, incluso le provocó vergüenza. A esto se sumaban las agotadoras batallas legales contra su antiguo representante, Mike Appel, que lo dejaron casi en la ruina.

Los personajes 

Por las noches vagaba por Freehold, pasando por la antigua casa de sus padres, perseguido por el peso del pasado. De ahí surgieron muchos de los personajes de Nebraska: figuras turbias, violencia como única salida, recuerdos infantiles y estampas del ayer, todo narrado sin juicio alguno y desde una distancia redentora. Bruce había perdido el vínculo tanto con sus orígenes como con ese inesperado estatus de superestrella que ahora lo rodeaba.

Incluso la sesión de fotos de David Michael Kennedy buscaba esa misma sencillez: retratar al cantante sin artificios, como un elemento más del paisaje. La portada —una autopista solitaria bajo la nieve— sintetiza a la perfección un proyecto influido por Malas tierras de Malick, «Frankie Teardrop» de Suicide, La noche del cazador de Charles Laughton, los relatos de Flannery O’Connor y las fotografías de Robert Frank. La historia de los fugitivos Charles Starkweather y Caril Ann Fugate, base del filme de Malick, también marcó profundamente el tono del disco.

Los estilos musicales 

El country, el blues y el folk aportaron el marco ideal para contar la vida de personajes anónimos. En un gesto de principios, el Boss decidió publicar Nebraska antes que Born in the U.S.A., pese a que ambos álbumes nacieron prácticamente al mismo tiempo. El primero se convertiría en obra de culto; el segundo, en el trabajo que lo disparó hacia el estrellato mundial. Se barajó incluso la idea de un disco doble, pero la experiencia de The River lo llevó a descartarla.

La mezcla de Nebraska fue un reto considerable. Durante meses se intentó que las cintas caseras —llenas de ruidos y limitaciones propias de una grabadora doméstica— sonaran de forma aceptable en distintos estudios y configuraciones. Nada lograba preservar su crudeza sin sacrificar claridad, hasta que Dennis King, mediante equipos analógicos y un trabajo minucioso, consiguió una versión final que equilibraba la aspereza original con la mínima limpieza necesaria para publicarla.

Nebraska 

Columbia Records, acostumbrada a éxitos comerciales, comprendía que Nebraska sería difícil de vender. Su mánager, Jon Landau, el presidente de la discográfica, Walter Yetnikoff, y el resto de ejecutivos asumieron el riesgo y apostaron por un elepé que quizá no arrasaría en las listas, pero cuyo prestigio crecería con los años hasta convertirlo en un clásico. A partir de entonces, el público descubrió una faceta distinta de Springsteen. Todos conocían su poderío en directo; Nebraska reveló al narrador valiente dispuesto a sacrificar las imposiciones del mercado para mantener vivo su arte. Quizá por eso evitó el circo promocional: ninguna gira, ninguna entrevista, ninguna aparición mediática. Prefirió que el público llegara a sus propias conclusiones.

Tras la publicación, Bruce emprendió un viaje en carretera hacia Los Ángeles con su amigo Matt Delia, en un Ford XL de 1969. A mitad del trayecto se derrumbó. Como relata en su autobiografía Born to Run, fue entonces cuando comprendió que atravesaba una crisis nerviosa y que necesitaba ayuda profesional. Durante la creación del disco había volcado, sin darse cuenta, los traumas de su infancia, especialmente la relación conflictiva con su padre alcohólico. A partir de ese momento comenzó a acudir a terapia de forma regular.

Zanes demuestra que Nebraska no fue una estrategia ni un gesto excéntrico, sino un acto de supervivencia. Un diario íntimo transformado, casi por accidente, en obra maestra. En un mundo saturado de ruido, este álbum recuerda que lo más poderoso puede nacer en silencio, cuando un hombre decide enfrentarse a su oscuridad con una grabadora barata y una historia que narrar. 



viernes, noviembre 28, 2025

CRÓNICA FIRA B! 2025

Fira! B 2025 fue el latido mediterráneo de la creación contemporánea. Un punto de encuentro donde la música y las artes escénicas dialogan con el mundo, donde la tradición se reinventa y la vanguardia cobra forma.

Durante varios días, Mallorca se convirtió en un escenario abierto, un cruce de caminos donde artistas, programadores y público compartieron un mismo impulso: descubrir, experimentar y conectar. Fira! B no solo exhibió talento; lo celebró, lo impulsó y lo proyectó más allá del mar.

Esta edición miró al futuro con la energía de lo local y la visión de lo global. Una invitación a escuchar nuevas voces, a dejarse sorprender por la diversidad y a entender el arte como un territorio sin fronteras.

Primera jornada musical (jueves 6 de noviembre, Teatre Municipal Xesc Forteza)

La tarde del jueves 6 de noviembre, el Teatre Municipal Xesc Forteza acogió la primera jornada dedicada a la música dentro de Fira! B 2025. Sobre el escenario, una cuidada selección de formaciones mostró la riqueza de los sonidos vinculados al jazz y sus múltiples ramificaciones.

El evento abrió con Pere Bujosa, quien presentó una propuesta que mezcla folclore balear, jazz moderno y música electrónica. Luego actuó Carmen Vela, fusionando flamenco, swing y ritmos latinos con un enfoque jazzístico. El Cuarteto de Clélya Abraham ofreció una combinación de músicas caribeñas, de La Reunión, clásica y jazz moderno. Ovella Negra aportó una puesta en escena donde la tradición y el jazz interactuaron con un fuerte componente teatral. Finalmente, el Biel Ballester Photonic Quintet cerró la jornada con una interpretación del jazz del siglo XX, ampliando el formato manouche con trompeta y trombón para crear un sonido sofisticado sin batería.

El jazz es clásico y, al mismo tiempo, moderno. Cuna de grandes músicos, donde la improvisación constituye una parte ineludible de su esencia. Evoca clubes llenos de humo, copas de bourbon y barras solitarias. El jazz es Charlie Parker, Miles Davis, John Coltrane y Billie Holiday. Es romanticismo, bares de carretera, y sueños suspendidos en un solo interminable. Es Dean Moriarty y Sal Paradise en un Buick, devorando millas en busca del sueño americano. Es precisión, sobriedad y elegancia.

El evento continuó en el ático del Hotel Saratoga con un ambiente cercano. K12 abrió con una actuación enérgica y espontánea, resaltando la esencia del género en la proximidad con el público. Luego, The Apple Thief aportó frescura con una mezcla de soul, funk y hip hop. El cierre estuvo a cargo de Endless Trio, que presentó su elepé New Horizont en un clima íntimo marcado por un piano envolvente, poniendo un broche de calma a la jornada.

La velada evidenció la variedad inabarcable de subgéneros del jazz y la vitalidad de una escena que, partiendo de los instrumentos esenciales del género —piano, contrabajo y batería—, continúa reinventándose con creatividad.

Segunda jornada musical (viernes 7 de noviembre, Teatre Municipal Maruja Alfaro)

Al día siguiente, en el Teatre Municipal Maruja Alfaro (Mar i Terra), y en paralelo a las ponencias sobre la industria musical, actuaron Anna Colom —cantaora con influencias flamencas— y Two Little Rooms, un proyecto íntimo y delicado, cuya voz, la de Aina Zanoguera, podría encajar perfectamente en cualquier disco de dream pop de los ochenta.

Por la tarde, el resto de la jornada tuvo lugar en Es Gremi, repartida en tres salas y marcada por un notable eclecticismo. La programación incluyó a Mòpia, Pascuale Caló, Theorem of Joy, Blau Salvatge, Pedro Rosa & Lakki Patey, Kosmonauci y Roseye —en clave jazz—, así como a Tamara Kramar —soul y pop—, los potentes Cool Aid —indie rock— y los psicodélicos Brama —con una puesta en escena anfetamínica—. También actuaron Saïm y Peligro!, representantes del pop rock.

En el ámbito de la música tradicional destacó Ella Crevani, L’Aranná, Toc de Crida, Ganna —cuyo estilo evocaba a la Björk de los noventa—, Boc —new age con aires de espagueti western— y el dúo Carmen y María, que fusionó flamenco y rumba con gran acogida del público. Para cerrar, Lyras Hëll aportó un estallido de glam metal con influencias de bandas como Mötley Crüe o Poison: un desenlace tan inesperado como contundente.

Fue una jornada intensa, cargada de buena música y de estilos muy diversos que, lejos de chocar entre sí, encajaron a la perfección dentro de la propuesta del festival.

Tercera jornada musical (sábado 8 de noviembre, Motorworld)

Durante la mañana del sábado, nuevamente en el Teatre Municipal Maruja Alfaro, se celebraron nuevas ponencias sobre festivales de música y la audiencia moderna, alternadas con dos conciertos: When the Robin Sings y Anouck, ambos situados entre el folk, el formato acústico y las canciones emotivas con bonitos juegos de voces.

La siguiente parada fue en Motorworld, donde tres escenarios y una exposición de coches creaban un ambiente vibrante. Entre los vehículos destacaba un espectacular Dodge Charger del 67, capaz de eclipsar incluso a los modelos más modernos. A diferencia del día anterior, la programación musical se centró en el pop, el indie y el rock.

David Cabot abrió la jornada —el cronista aprovechó para adquirir álbum Collage en la zona de merchandising, donde se echó en falta un catálogo más amplio de los grupos participantes—. Le siguieron Alejandra Burgos Band —blues clásico—, el estupendo R&B de Miss Blanche, Komodo García con su energía discofunk y Sara Azurza aportando matices soul.

También actuaron Victoria Lerma, enérgica y rockera, O’o, Nadia Sheik y Marta Knight, dentro de coordenadas más indies; así como las jóvenes Al·lèrgiques al Pol·len, Go Cactus y Niños Raros, formaciones con influencias del pop noventero patrio.

En el terreno electrónico destacaron Jordi Maranges, Soy David Goodman y Damasso. En el caso de Soy David Goodman, una bailarina acompañó sus atmósferas de estética espacial. Damasso —mi combo favorito de todo el festival— ofreció un sonido que recordó a Tame Impala, con un estilo bailable ideal para un chill out playero. Cabe destacar el trombón, que llegaba a eclipsar la parte sintética. Impresionantes.

Y como colofón, actuaron Pau Walters i els AvantGardistas, una propuesta de hip hop con letras combativas y críticas hacia la sociedad. Igual que el día anterior, fue un cierre imprevisto.

Fira B! 2025 celebró su décimo aniversario por todo lo alto. Un festival heterogéneo, con un ambiente excelente y una organización impecable en todos los aspectos —desde el catering, los horarios de los conciertos hasta el funcionamiento de las barras—. La calidad de los grupos convirtió esta edición en una experiencia magnífica que no dudaría en repetir y que puede servir como referencia para el resto de festivales españoles. Dudo que los asistentes se sintieran decepcionados.



martes, noviembre 18, 2025

GARBAGE: «STRANGE LITTLE BIRDS» (STUNVOLUME, 2016)

Tras la fría acogida de Not Your Kind of People (2012), parte de la crítica no tuvo más remedio que rendirse ante la calidad del nuevo trabajo de Garbage. La banda, encabezada por Shirley Manson, entregó un álbum dirigido a su núcleo más fiel, dominado por baterías programadas, riffs incisivos y densas bases industriales. La voz de la escocesa, áspera y sin grandes arreglos, alternaba entre rabia, tristeza, sensualidad y desesperación. Strange Little Birds (Stunvolume, 2016) tenía poco que envidiar a las viejas glorias de los noventa en las que la prensa y los fans parecían haberse quedado estancados. ¿Tan difícil era disfrutar del presente y evitar comparaciones odiosas?

La vuelta de Garbage no fue una maniobra de marketing destinada a engrosar las arcas del grupo, sino un paso necesario para la dinámica interna de sus miembros tras una etapa de distancia y reflexión. La mejor prueba es que, desde entonces, han seguido publicando material con regularidad, realizando giras y encabezando festivales. El combo no ha perdido ni un ápice de la rebeldía, la actitud y el compromiso de antaño. Basta con leer las declaraciones de Manson en los últimos meses: la cantante continúa plantando cara al sistema y, sobre todo, a la industria musical. Al fin y al cabo, Garbage siempre han sido —y serán— unos outsiders.

«Empty» (primer corte destinado a las radiofórmulas) había servido como avanzadilla de un álbum cuya secuenciación arrancaba despacio (con medios tiempos y baladas como la orquestal/industrial «Sometimes») y reservaba sus temas más potentes para el final. «Blackout» era una de las mejores composiciones de la historia del grupo, con su atmósfera opresiva, bajo pesado y un destacable juego de voces. «If I Lost You», al igual que «Teaching Little Fingers to Play» y «Amends», recordaban a los U2 de la etapa Achtung Baby (1991) gracias a unos cuidados arreglos, sintetizadores envolventes y lírica melancólica. La cinemática «Night Drive Loneliness» destacaba por sus teclados, estribillo y sensación de nocturnidad, abandono y liberación, al igual que el segundo sencillo, la asfixiante «Even Though Our Love Is Doomed», que avanzaba en crescendo con su piano y sonido perlado de ecos hasta un amargo colofón.

Por último, «Magnetized» (quizá la más explosiva de todo el trabajo), «We Never Tell» (con un sonido próximo a Nine Inch Nails) y «So We Can Stay Alive» (con un final de pura distorsión) resultaban crudas y enérgicas; ideales para haber sido interpretadas en directo junto a sus clásicos noventeros. Garbage consiguió un trabajo descarnado, oscuro y experimental, en el que la electrónica brilló por encima de las guitarras, consolidando una nueva piedra angular dentro de su discografía reciente. Todo un logro tras una carrera tan extensa.