Bajo
la dirección de Isabella Eklöf (Kalak) y con guion de Pete Jackson (Somewhere
Boy), la perturbadora novela de Nick Cave, La muerte de Bunny Munro,
aterriza en SkyShowtime convertida en una adaptación intensa y descarnada para
la pequeña pantalla.
Bunny
Munro es un vendedor de cosméticos narcisista, mujeriego, estafador, ladrón,
fumador compulsivo y adicto al sexo. Un ser caótico y profundamente egoísta que
solo vive para alimentar su insaciable apetito. Burdo, sin educación, curtido
en la calle y rodeado de gente de su misma calaña, Munro es un crápula difícil
de soportar. No todos los espectadores estarán dispuestos a acompañarlo en su
deriva.
Tras
el suicidio de su esposa, hundida por las constantes infidelidades y la
indiferencia de su marido, Bunny huye hacia adelante: se echa a la carretera
con su hijo para escapar de los Servicios Sociales y, sobre todo, de sí mismo.
Pretende ahogar los remordimientos en alcohol, cocaína y encuentros sexuales
fugaces. Pero, por mucho que consuma o seduzca, los fantasmas del pasado lo
acechan cuando cae la noche. La suya es una huida frenética hacia ninguna
parte, una culpa que pesa como una losa y adopta la forma espectral de la mujer
perdida.
En
paralelo, un asesino en serie disfrazado de Diablo —cuernos y bieldo incluidos—
siembra el pánico en el sur del Reino Unido. Su presencia mediática es
constante, ominosa. Solo es cuestión de tiempo que ambas trayectorias
colisionen.
La
serie dibuja una Inglaterra gris y desangelada, poblada de almas solitarias
—las clientas de Munro— que adquieren cosméticos como quien compra compañía.
Viviendas de protección oficial, hoteles de mala muerte, pubs sórdidos y
carreteras interminables configuran el paisaje de esta caída libre por la costa
de Sussex. Munro avanza a trompicones, sin pensar en el mañana,
autodestruyéndose kilómetro a kilómetro. Incapaz de escuchar a nadie, ni
siquiera a su hijo —que sufre una severa infección ocular a la que apenas
presta atención—, se encierra en el monólogo perpetuo de su propio deseo.
Frente
a él, Bunny Boy encarna la inocencia. Educado, dulce, leal hasta la ceguera,
adora a un padre que no está a la altura. Representa ese instante previo a la
fractura, cuando la infancia todavía no ha sido arrasada por la intemperie del
mundo adulto. Ve a su madre fallecida como una presencia protectora, y en esos
destellos sobrenaturales se filtran algunos de los momentos más conmovedores
del relato. La ternura asoma, breve y frágil, cuando el padre contempla al hijo
o recuerda a la esposa ausente.
Raphael
Mathé compone un Bunny Jr. lleno de matices, sosteniendo con naturalidad ese
viaje prematuro hacia la madurez. A menudo es él quien actúa como el verdadero
adulto de la historia.
Matt
Smith, por su parte, firma uno de los mejores trabajos de su carrera. Su Munro
es seductor y patético, carismático y repulsivo, cómico y trágico al mismo
tiempo. Un antihéroe que se mueve en el filo de la comedia negra, tan
entrañable como aborrecible. Aquí no hay rastro de intelectualismo
existencialista: Munro es vulgar, tóxico y orgulloso de serlo. Un bufón cruel
que hace del exceso su única identidad.
La
serie, afortunadamente, rehúye la corrección política y cualquier tentación
moralizante. No juzga; expone. El abismo no es una metáfora sofisticada, sino
el destino lógico de las almas errantes. Heridas abiertas, pérdida, castigo y
redención son temas recurrentes en la obra de Cave, y aquí resurgen con fuerza.
Resulta inevitable preguntarse hasta qué punto el músico australiano volcó
parte de sí mismo en este personaje. No cuesta imaginar al Cave de finales de
los ochenta, en plena espiral narcótica, deambulando por escenarios similares.
La
banda sonora refuerza esa atmósfera turbia y melancólica. Además de la música
instrumental compuesta por Nick Cave y Warren Ellis, suenan clásicos de Johnny
Thunders, The Fall, Primal Scream, Joy Division, Blondie, The Cure o Elvis
Presley. Y, como guiño irónico, también aparecen Avril Lavigne y Kylie Minogue,
figuras sobre las que el protagonista proyecta sus fantasías sexuales.
En definitiva, La muerte de Bunny Munro es una adaptación valiente y profundamente fiel al espíritu del original, que en varios tramos logra incluso superarlo. Décadas después de su publicación, la espera ha valido la pena: una de las propuestas más incómodas y arriesgadas de la televisión reciente, una road movie hacia el infierno con barra libre de culpa y autodestrucción.
