viernes, abril 24, 2026

WOLFGANG STARK: «EL NAVÍO DE LOS CONDENADOS», PUBLICADO EN RELATOS FANTÁSTICOS

Después de que lo sepultó, dijo a sus hijos: «Cuando yo muera, me sepultaréis en la sepultura donde está enterrado el hombre de Dios, poniendo mis huesos junto a los suyos para que se mantengan intactos; porque se ha de cumplir la palabra que de parte de Yahvé gritó él contra el altar de Betel y contra todos los altares de la ciudad de Samaria.»

Reyes 13:31-32

 

Año de Nuestro Señor de 1316.

Stark apretó las bridas y ascendió por el promontorio rocoso. El viento cortante agitaba los pliegues de su capa de cuero; parecía que la propia naturaleza se volvía contra él.

A la derecha, las aguas del mar Caspio batían la costa con un retumbar constante.

Entrecerró los ojos y siguió avanzando. La borrasca le azotaba el rostro. El caballo, tras cuatro semanas encerrado en la bodega de un barco, necesitaba moverse.

El sol pendía sobre el océano como una rueda de fuego; pronto, las tinieblas caerían sobre aquella tierra hostil.

El territorio pertenecía a los tártaros de Levante: individuos que solo vivían para la carnicería y el pillaje. De tropezar con ellos, su destino estaba sellado.

Stark recorrió con la vista las depresiones del terreno, buscando un lugar seguro donde instalarse; tenía hambre y necesitaba dormir.

Rápidamente, decidió montar el campamento en una cueva, creada por medios naturales, que se perfilaba delante de su posición. No conocía aquellas tierras.

Prefería pernoctar con las espaldas cubiertas antes que al aire libre: corrían negras leyendas, desde Tabriz a Samarcanda, sobre los trasgos que moraban en el desierto.

Stark se revolvió sobre la silla: el pavor de los comerciantes al respecto no presagiaba nada bueno; tenía suficientes experiencias con lo sobrenatural como para atender a los rumores que había escuchado.

Inesperadamente, un grito de mujer desgarró el ocaso, haciendo que su cuerpo se pusiera rígido.

Sin pensarlo, hundió los talones en los flancos de la montura y se lanzó terraplén abajo, buscando el origen de la exclamación.

El avance del antiguo caballero templario propagó un estruendo infernal mientras descendía en dirección al océano. Otro alarido le taladró los tímpanos antes de ser silenciado con brusquedad.

Una serie de gritos y blasfemias llegaron a sus oídos, desvirtuados por la distancia.

Con los labios apretados en una mueca salvaje, sorteó las rocas y las grietas diseminadas ante las patas del animal, levantando una nube de polvo.

Al doblar un recodo, contempló una escena que le hizo hervir la sangre de rabia: media docena de jinetes zarrapastrosos rodeaban a una muchacha con las cimitarras alzadas.

En el suelo, en un charco carmesí, un anciano agonizaba con el pecho abierto. Uno de los asaltantes exclamó con malicia:

—¡Reserva las fuerzas, zorra! —rio—. ¡Te harán falta para probarnos a todos!

La joven intentó esconderse detrás del carromato volcado: estaba acorralada, sin posibilidad de escapar.

—¡Hijos de Shaitán! —chilló, llena de odio—. ¡Que Alá maldiga vuestras almas!

Sin detenerse, Stark desenfundó la ballesta de corredera y disparó: la flecha se hundió entre los omóplatos del individuo que había hablado.

Sorprendidos, los compañeros del muerto se volvieron como relámpagos, con expresiones salvajes y amenazadoras.

Stark no se dejó amilanar por la superioridad numérica: estaba acostumbrado a luchar por su vida; acabaría con aquellos inicuos o perecería en el intento.

—¡Ha matado a Yussef! —ladró un miembro del grupo—. ¡Colguemos su piel en nuestras sillas!

Una saeta atravesó el aire y le perforó la mejilla; su adversario se desplomó del animal lanzando un grito de agonía. Stark arrojó el arma y desenvainó la espada a la vez que avanzaba.

Un rugido de guerra escapó de su boca:

—¡Muerte a los sarracenos!

El mandoble trazó una estela fulminante y derribó al primer jinete que se interpuso en su camino con la cabeza abierta: un chorro escarlata salpicó el rostro del germano.

Un enemigo levantó su acero, pero la hoja de Stark fue mucho más rápida y detuvo la acometida; una lluvia de chispas acompañó al estruendo de los metales.

Ambos hombres entablaron una lucha mortífera, buscando la piel del contrario, moviéndose con pericia sobre las sillas.

Stark esquivó una estocada dirigida a su pecho y rompió la guardia de su rival, hundiéndole la espada en la clavícula. El jinete aulló y se desplomó convertido en un guiñapo.

Aterrados, los supervivientes recularon, intentando huir del demonio vestido de negro que los había atacado. Stark alzó el arma enrojecida y lanzó una carcajada burlona.

—¡Cobardes! —bramó—. ¡Volved aquí!

Ambos individuos pusieron pies en polvorosa. Stark estuvo tentado de seguirlos y acabar con ellos, pero sabía que no volverían a darle problemas; tenía cosas más importantes por las que preocuparse.

De inmediato, buscó a la muchacha con la mirada para descubrir que yacía al lado del viejo; uno de los asaltantes la había herido mientras combatía.

De un salto, descendió del caballo y se inclinó sobre la joven: restaba poco para que muriera.

—Lo siento, pequeña —murmuró con los dientes encajados—. He llegado demasiado tarde.

La muchacha lo miró con los ojos empañados por la desesperación.

—Mi hermano… —balbució—. Tenéis que encontrarlo…

Wolfgang le acarició los cabellos con algo similar a la ternura.

—Haré lo que me pidáis —prometió—. ¿Dónde está?

—Logró huir antes de que fuésemos atacados —explicó—. Los bandidos no lograron captu…

La joven no pudo terminar la frase: un borbotón de sangre le escapó de los labios y ahogó su voz. Conmovido, Stark le cerró los párpados y oró una plegaria piadosa:

In hora mortis meae voca me —musitó—. Et iube me venire ad te, ut cum Sanctis tuis laudem te in saecula saeculorum. Amen[1]

Furioso, se puso en pie, echando chispas por los ojos; odiaba fracasar de un modo tan innoble.

Un gimoteo lo hizo girar la cabeza: el hombre al que había abatido agonizaba, víctima de atroces sufrimientos. Stark se aproximó al herido y le puso la punta del mandoble en el cuello.

—Sois una escoria —gruñó—. ¡Espero que ardáis en el Averno por vuestros pecados!

La hoja descendió y efectuó una carnicería espantosa: el chasquido de la carne desgarrada y de los huesos rotos se fundió con el aullido póstumo de su víctima.

Stark escupió sobre el cadáver y se limpió la sangre que le había salpicado el rostro; agradecía que el Señor le hubiera permitido vengar la muerte de la muchacha.

Acto seguido, examinó su entorno con ojos expertos, comprobando las huellas de los corceles.

A pesar de que la luz del sol menguaba, descubrió unas pequeñas pisadas que se desvanecían en dirección este, hacia el nacimiento del acantilado por el que había descendido unos minutos antes.

Stark se preguntó quiénes habrían sido aquellas personas: parecían comerciantes que regresaban a casa después de vender las mercancías que tanto sudor y esfuerzo les había costado conseguir; presas fáciles para los ladrones de caminos que pululaban por aquellas tierras.

Curioso, se aproximó al carromato y corroboró sus sospechas: rollos de tela, especias, verduras, figuras exóticas y frutas.

Durante un momento, la simpleza y honestidad de las vidas del anciano y la muchacha le hizo un nudo en la boca del estómago; sabía que nunca podría tener una existencia como la de aquellos individuos asesinados.

Stark estuvo tentado de proporcionarles una sepultura digna —no quería que los buitres devoraran los cadáveres—, pero tendría que dejarlo para más tarde; una promesa era una promesa.

Decidido, regresó al caballo y siguió las huellas que empezaba a barrer el viento; no descansaría tranquilo hasta encontrar al hermano de la joven.

El germano se inclinó todo lo que pudo en dirección al suelo mientras cabalgaba como un endemoniado detrás de su objetivo.

Una mirada ardiente, no exenta de cierto fanatismo, le brillaba en los ojos melancólicos. En el fondo, aunque detestara reconocerlo, siempre sería un hombre de acción.

Pretender lo contrario suponía negar su naturaleza: no le restaron muchas alternativas desde el día en que sus hermanos fueron hostigados y exterminados por el Santo Oficio.

El animal se introdujo en el interior de una pequeña playa y chapoteó las aguas revueltas, coronadas de blanco, formando con su marcha una estela irregular.

Estupefacto, Stark tiró del bocado del corcel y detuvo su avance al descubrir la extraña visión que yacía embarrancada sobre la arena.

Bañado por los haces moribundos que descendían desde la cúpula celeste, la silueta de un viejo cascarón cubierto de algas se recortaba contra los peñones que lo circundaban.

Involuntariamente, Stark llevó la mano al pomo de la espada, vencido por una sensación de desconfianza. Aquella nave abandonada no le gustaba en absoluto.

Con frialdad, estudió los mástiles podridos y las velas desgarradas, las jarcias sueltas y las vergas rotas, y los castillos de proa y popa, sin atreverse a dar un paso.

Asustado, el animal piafó, reluctante ante la posibilidad de aproximarse al barco.

—¿Dónde diablos os habéis metido, muchacho? —susurró—. Espero que no hayáis entrado en esa inmunda nave…

Tenso, Stark buscó una bandera que le diera alguna idea sobre la procedencia o nacionalidad del barco, recorriendo con la vista el trinquete y los velachos, las sobremesanas y el contrafoque, sin encontrar nada que le sirviera de auxilio en su empresa.

La impresión de vejez que emanaba de la embarcación le puso la carne de gallina.

Estaba seguro de que, si abordaba la nave, tendría motivos para lamentarlo, tanto que no querría volver a pisar un barco en mucho tiempo.

Stark bajó del caballo, abrió las alforjas y tomó una antorcha.

A pesar del penoso estado de la nave, reconoció el diseño de indudable manufactura europea; sin duda, había efectuado un largo viaje hasta aquel rincón inhóspito.

Sorteó las maderas sueltas que poblaban el suelo y ató las bridas a un matorral; no quería correr el riesgo de que la montura huyera despavorida.

Empuñando el mandoble, se aproximó al barco, atento ante la posibilidad de un ataque. Las pisadas se desvanecían al llegar al casco.

Encima de su cabeza, en lo alto del palo de mesana, la vela de sobreperico suelta chasqueaba contra las vergas, propagando un sonido estridente.

El antiguo caballero templario utilizó una escalerilla y alcanzó la cubierta, ignorando las aprensiones que lo intranquilizaban.

El hedor nauseabundo del agua emponzoñada y la madera putrefacta inundó sus fosas nasales, obligándolo a contener la respiración.

Desde el castillo de popa, a duras penas distinguió la toldilla arruinada y el timón desbaratado en mil pedazos.

Stark pisó unos escalones crujientes y descendió a la cubierta principal, listo para vender cara su piel; nada ni nadie le impediría salvar al muchacho.

Las tinieblas cubrían los mástiles y parte del castillo de proa.

En el cielo, las primeras estrellas aparecieron entre las nubes, incapaces de romper el hechizo que sumía la embarcación en un manto horripilante.

Stark se aclaró la garganta y se detuvo ante la escotilla de popa: un tramo de escaleras desaparecía gradualmente en las entrañas de la nave.

Stark se agazapó al amparo de un pretil, prendiendo la tea con yesca y pedernal; no pensaba penetrar en las bodegas sin una luz que lo respaldara en las tinieblas.

Reprimió un escalofrío supersticioso y bajó las escaleras podridas con los nervios a flor de piel; los dientes le castañeaban sin que pudiera evitarlo.

La negrura se avecinaba colmada de malos presagios; estaba seguro de que en aquel cascarón había muerto gente de manera cruel. Titubeante, su voz traspasó la oscuridad que lo aplastaba con su masa:

—¿Dónde estáis? —murmuró—. No quiero haceros ningún daño, pequeño.

Un silencio perturbador respondió a sus palabras.

—No soy uno de esos canallas que os atacaron —continuó—. Vuestra hermana me ha rogado que os lleve junto a ella…

El agua helada le empapó las botas y le causó un espasmo de repugnancia. Alrededor, una serie de toneles destrozados flotaban a la deriva, chocando contra las paredes hinchadas por la humedad.

Stark movió la tea de un lado a otro, intentando quebrar las tinieblas que parecían cerrarse sobre él. Aguzó el oído, pero no percibió nada más que su propia respiración.

La antorcha diseminó luces y sombras movedizas, formando siluetas que le erizaron el vello de la nuca.

La frialdad que llenaba la bodega penetró en sus huesos y lo hizo desfallecer de debilidad; el cansancio acumulado durante la jornada empezaba a pasarle factura.

Aunque intuía que se estaba metiendo en la boca del lobo, no podía retroceder; prefería consumirse en el abismo antes que abandonar al muchacho.

Inesperadamente, una sombra rompió la quietud del agua y se abalanzó sobre su cuerpo. Stark reaccionó de inmediato, lanzando una estocada hacia la negrura.

La hoja chocó contra la silueta y le arrancó un gruñido de dolor, arrojándola de espaldas sobre las aguas.

Aterrorizado, dio unos pasos hacia atrás, pasando por alto los enloquecidos embates de su corazón, sin poder percibir qué era lo que le había atacado.

Ojos carmesíes brillaron en las tinieblas, lejos del resplandor de la tea, con una malignidad blasfema. El germano gruñó, lleno de odio:

—¡Mostraos! ¡No os tengo ningún miedo!

De manera vaga, ocultas en la penumbra, avistó una serie de criaturas pálidas y repugnantes, de cuerpos nudosos y cráneos deformes, que lo observaban con las fauces llenas de sangre.

El pánico cerval que invadió su espíritu estuvo a punto de hacerlo vomitar. Cuencas oculares hambrientas, vacías de cualquier expresión humana, lo traspasaron de un lado a otro.

Garras afiladas y dientes podridos destellaron en la negrura, presagiando una carnicería inminente.

Stark reculó con lentitud hacia las escaleras que lo conducían al exterior: sabía que el muchacho había sido devorado por aquellos engendros diabólicos; de no salir de la bodega lo antes posible, correría la misma suerte.

Las criaturas lo siguieron, expectantes, procurando mantenerse alejadas de la antorcha.

Con el agua hasta las rodillas, Stark apretó la empuñadura del mandoble hasta que le punzaron los dedos: hubiera dado su alma por no haberse metido en aquella trampa.

Gruñidos sibilantes acompañaban sus pasos. Lo rodeaban por todas partes; necesitaría un milagro para salir con vida del barco.

El miedo y el odio luchaban en su interior; vengaría la muerte del pequeño aunque pereciera en el intento.

—¡Bastardos! —masculló—. ¡Pagaréis por vuestra infamia!

Acto seguido, ascendió los escalones y subió a la cubierta con toda la velocidad que sus piernas podían proporcionarle. Un demonio saltó sobre su espalda y le hundió los dientes en el hombro.

Stark lanzó una maldición y apartó las uñas sarmentosas que le arañaban los omóplatos.

El acero abrió las facciones nauseabundas hasta los dientes; un chorro de sangre negra salpicó los tablones de la popa.

Una marejada de figuras deformes surgió por la escotilla, aullando como endemoniados, dispuestos a acabar con su existencia.

Acorralado, Stark arrojó la tea al suelo y empuñó el arma con ambas manos, trazando un semicírculo defensivo a su alrededor.

La antorcha chisporroteó al entrar en contacto con la madera reseca y se extendió hacia el pasamanos.

Al ver el fuego, los engendros chillaron de terror, apartándose lo más lejos posible de las llamas anaranjadas.

Stark aprovechó el inesperado hueco entre las filas enemigas y salió despedido hacia los cuartos de proa.

La espada destelló y una cabeza rodó por los tablazones con una mueca de agonía en los rasgos pavorosos.

Stark intentó saltar al océano, pero los trasgos se interpusieron en su camino; no podía moverse en ninguna dirección.

Sin pensarlo, enfundó el acero y brincó hacia los obenques, esquivando a duras penas las garras de sus adversarios.

Desesperado, mantuvo el equilibrio lo mejor que pudo y utilizó manos y pies para llegar a la cofa. Debajo, los engendros imitaron sus movimientos, saltando tras su rastro.

El germano afianzó su posición y desnudó el puñal; una criatura se desplomó en el vacío con la garganta abierta.

De inmediato, sostuvo el cuchillo con los dientes y agarró los flechastes, alcanzando la verga de velacho alto.

El incendio que había prendido en la parte posterior de la nave, abrasando el castillo de popa y el mastelero, empezó a lamer el palo mayor.

Los demonios, al descubrir que el fuego amenazaba con engullirlos, ascendieron por el trinquete, enardecidos por el pánico. Una columna de humo remolineó hacia el firmamento tachonado de estrellas.

Stark tosió y continuó su alocada huida, interponiendo la máxima distancia posible entre él y sus oponentes.

La embarcación chirrió, oscilando hacia babor debido al peso acumulado en el mástil, que amenazaba con partir el casco en dos.

Stark resbaló, pero pudo sostenerse de las jarcias en el último segundo; de no ser por sus reflejos, habría muerto aplastado sobre la cubierta llameante.

Un engendro lo agarró por el tobillo e intentó morderle la pantorrilla. Stark le propinó una patada en la mandíbula; el sonido de los huesos aplastados se mezcló con un rugido de dolor.

Su enemigo se derrumbó como un plomo, arrastrando a las criaturas adelantadas hacia el fuego.

El palo mayor crepitó y aterrizó en la amura de babor, levantando un infierno de chispas escarlatas que salpicaron las velas que aún quedaban intactas.

Stark tomó impulso, dejó atrás la cruceta y el tamborete, y alcanzó la verga de juanete de proa.

Desesperado, se paralizó unos instantes para recuperar el aliento: le dolían todos los músculos del cuerpo y tenía las manos en carne viva.

Debajo, entre el humo y los reflejos del incendio, los demonios ascendían a gran velocidad, chasqueando las mandíbulas afiladas.

De un rápido vistazo, comprobó la distancia que lo separaba del mar; no tenía más opciones si quería sobrevivir. Una risotada frenética surgió de sus labios.

—¡Nos veremos en el Infierno! —exclamó—. ¡Os estaré esperando, hijos de Satanás!

El antiguo caballero templario se arrojó al vacío. El estómago se le subió a la garganta y la eternidad bailó delante de sus pupilas. Con un estampido, irrumpió en el océano.

La frialdad de las aguas lo dejó aturdido. Stark pataleó con todas sus fuerzas y asomó la cabeza a la superficie; el aire inundó sus pulmones como una puñalada.

Delante, las llamas prendieron el mastelero, consumiendo a los engendros, que murieron entre terribles estertores de agonía.

Satisfecho, ignoró el peso de la loriga y los calambres que le recorrían los miembros. Con poderosas brazadas, interpuso toda la distancia posible entre su persona y el cascarón en llamas.

Ni siquiera se molestó en mirar atrás: Dios había hecho justicia.

Horas después, cuando hubo enterrado los cadáveres de los mercaderes, una súbita amargura inundó su espíritu.

Fracasar, a pesar de sus mejores intenciones, le recordaba que no había logrado salvar a sus hermanos cuando Guillermo de Nogaret asaltó la sede de la Orden del Temple.

Aquella fatídica noche cometió el error de tomar demasiado vino caliente para conciliar el sueño; dormía cuando el enemigo irrumpió en el patio del castillo.

Mientras contemplaba las tumbas del anciano y de la muchacha, tuvo la sensación de que el destino giraba en su contra, haciéndolo repetir siempre los mismos errores; la experiencia y la edad no le habían servido de nada en aquella arriesgada aventura.

Deprimido, observó el sol que empezaba a clarear el horizonte; nunca podría liberarse de los remordimientos que le aniquilaban el presente.

Stark subió a la silla y espoleó al caballo: quería partir de aquel lugar maldito lo antes posible.

El futuro se abría delante de sus pasos con su pesada carga: tendría que realizar aún muchos méritos para llegar a alcanzar la expiación.



[1] «En la hora de mi muerte, llámame. Y ordéname acudir a ti, para que, junto a tus santos, te alabe por toda la eternidad. Amén.»



viernes, abril 17, 2026

ENTREVISTA A MINIBÚS INTERGALÀCTIC: GASEOSA DE ÁCIDO ELÉCTRICO

Minibús Intergalàctic mezcla psicodelia, groove y espíritu rave con un claro aire Madchester, dando forma a un sonido tan bailable como hipnótico. En su nuevo disco, producido por Martin “Youth” Glover, la banda da un paso adelante y amplía su propio universo sonoro.

Para empezar: habéis trabajado con Martin “Youth” Glover, alguien que ha producido a grandes artistas como The Verve, Primal Scream o The Jesus & Mary Chain. ¿Qué tal ha sido la experiencia?

Sin duda ha sido la experiencia más rock and roll que hemos vivido, y probablemente, viviremos. Youth es memoria viva del rock y tiene un oído increíble sacando potencial a las canciones con las que llegas. La semana que estuvimos en La Casa Estudio en Granada fue muy intensa: Youth tiene una forma de trabajar muy británica, muy exigente. No estamos acostumbrados a trabajar bajo presión, y hay temas a los que les vino muy bien que nos llevara al límite.

Más allá de la forma de trabajar, nos entendimos muy bien en general y su ingeniero de sonido, Iván Moreno, es un auténtico artesano de los cables y aparatejos. Los días allí combinaron batallitas de Youth, largas sesiones de grabación, cenas a la inglesa y una sensación de estar viviendo en un sueño como banda. Toda la casa era un gran museo del rock, llena de discos de platino y recuerdos. Desde luego es una experiencia increíble que recordaremos.

Da la sensación de que el disco es una aventura en busca de una rave perdida. ¿Es una imagen descabellada o se aproxima a la realidad?

No es para nada descabellada la idea, aunque creemos que el disco es más bien la resaca de después de pasar uno, o varios días, en esa rave de la que nos hablas. No es una mala resaca, por suerte, sino una de esas en las que todo lo que tomaste ayer aún no ha terminado de bajar y te pasas el día con tus amigos comentando la jugada, escuchando discos y llenando el sofá de reflexiones y palomitas. Amistad, amores, desamores y bailes perdidos en la noche.

Vuestro sonido recuerda a Madchester en muchas ocasiones: groove, psicodelia y ganas de darlo todo en la pista. ¿Happy Mondays o The Stone Roses?

En Minibús Intergalàctic no le hacemos ascos a nada y todo el mundo es bienvenido mientras mole. ¿Stone Roses? Elegancia, armonías byrdianas, instrumentales medio prog… Pónmelo. ¿Happy Mondays? Weirdness, house-punk, sudar mogollón, darle así con las maracas… Pónmelo.

Entre vosotros hay un psiquiatra, historiadores y hasta una casi-física… Así que la duda es inevitable: ¿los ensayos de la banda funcionan como terapia de grupo?

¡Está claro! El otro día alguien comentó una duda sobre algo que estaba leyendo y las tres horas de ensayo se convirtieron en un debate (a puños) sobre la validez del concepto de nación en la historiografía de época moderna. Por suerte estaba el psiquiatra y calmó los ánimos con unos trankimazines.

Este disco suena más maduro, por no decir ambicioso. ¿Cuáles han sido las experiencias de los últimos años que os han ayudado a crecer como artistas?

No es nada fácil encarar la idea de componer un segundo álbum, pero por suerte si algo nos sobra es entusiasmo. Para este LP teníamos más experiencia como banda y más angustias a las espaldas como sujetos. Eso se juntó con las ganas de explorar muchas de nuestras referencias como oyentes compulsivos de música, las de ayer y las de hoy. No sabemos si es un disco más ambicioso, pero sí que hemos conseguido tener más claro durante todo el proceso cómo queríamos sonar: más ruidosos, emocionales y eléctr(on)icos.

Vuestras canciones oscilan entre el baile y la reflexión. Un estilo que recuerda a bandas como New Order, que mezclaban el hedonismo y la tristeza al mismo tiempo. ¿Estoy en lo cierto?

Por qué no. Y a tantas otras. En general, toda creación artística que se precie tiene que tener un poco de dolç y de salat. Parafraseando la obra del intelectual más importante que ha tenido España en los últimos años, “Así es la puta vida”. Nada humano nos es ajeno.

Con ese sonido, vuestro directo puede ser toda una experiencia. ¿Qué esperáis de los próximos bolos?

Va a haber un cambio sustancial respecto la gira del primer disco, y no solo por el hecho de incluir las nuevas canciones y la nueva sonoridad. Hemos preparado el nuevo directo con mucho mimo y esfuerzo con la ayuda de Jonbi Belategi, técnico de infinidad de artistas y “coach” artístico que nos recomendaron. Y qué gran suerte. La mayoría de gente que se dedica a esto lo hace desde un enfoque muy teatrero, de coreografía y espectáculo, pero no es un terreno en el que estemos cómodos. En cambio, el trabajo con Jonbi ha sido muy enriquecedor porque se basa mucho en la música, las emociones que queremos transmitir y evoca cada canción, y en el viaje que se recorre con el directo.

Y para cerrar: si el Minibús Intergalàctic hiciera un viaje tipo Gaseosa de ácido eléctrico, ¿a quién os llevaríais sin dudarlo?

A Jordi Pujol



RADAR SONORO: MARSEILLE SUBE EL VOLUMEN CON «HALLELUJAH (MY BABY’S FREE)»

Marseille vuelve a la carga con «Hallelujah (My Baby’s Free)», un tema potente y lleno de guitarras que deja claro por dónde va su sonido. El single, publicado el 10 de abril a través de Echo Bass Records, confirma que la banda está lista para dar mucho que hablar en 2026.

Después de un 2025 muy sólido —con una gira por Reino Unido colgando el cartel de “sold out” y el apoyo constante de emisoras como BBC 6 Music o Radio X, además de varias radios en Estados Unidos—, el grupo sube la apuesta. Suena más grande, más directo, con la mirada puesta en escenarios cada vez más amplios. Este nuevo tema lo tiene todo: riffs potentes y un estribillo de esos que se quedan en la memoria, perfecto para abrir conciertos.


 

Formados en 2021 en Derbyshire, Marseille bebe del shoegaze de los 90, el britpop y la psicodelia de los 60. Mantienen muy presente su origen de clase trabajadora y lo trasladan a una propuesta sincera y ambiciosa, con la sensación de que lo suyo ya no es promesa: están listos para dar el salto.



miércoles, abril 15, 2026

ENTREVISTA: COMIC SANS HABLA DE SU NUEVO DISCO Y TODO LO QUE SALIÓ MAL

Comic Sans es una banda española de música alternativa que combina influencias del emo, el pop-punk y el indie. En sus canciones hablan de vivencias personales, situaciones del día a día y emociones con las que mucha gente puede sentirse identificada. Poco a poco, gracias a su música y a sus conciertos, han ido ganando un sitio dentro de la escena alternativa.

El título de vuestro nuevo disco es Todas las cosas que nos salieron mal. ¿Qué hay detrás de ese nombre y qué significa para vosotros?

El nombre del disco fue lo último que decidimos, incluso después de la portada (risas). No somos grandes genios a la hora de nombrar las cosas, así que, cuando ya estaban todos los temas grabados y nos pusimos a escucharlo, nos dimos cuenta de que prácticamente hablábamos, literalmente, de todas las cosas que nos habían salido mal en el último año y medio. Por eso, el nombre nos pareció bastante obvio.

El disco se convierte en un muestrario de nuestros pequeños o grandes fracasos, pero no desde una perspectiva derrotista o victimista, sino todo lo contrario: hablar de ellos, reírnos o incluso celebrarlos. ¡Al menos, nos dan algo sobre lo que escribir nuestras canciones emo! (risas)

Con este nuevo trabajo, ¿sentís que habéis evolucionado como banda? ¿En qué aspectos lo notáis más?

Creo que sí que hemos dado un paso, espero que hacia adelante (risas). En el disco anterior estábamos en territorio inexplorado, probando ideas y sonidos que nos flipaban, pero a los que aún estábamos aprendiendo a dar forma.

Ahora ya nos sentimos bastante cómodos en ese registro con el que comenzamos y queríamos hacer cosas más concretas, con las ideas más claras desde el principio para cada tema, aunque no fueran tan ortodoxas. Aparte de lo musical, creo que también hemos evolucionado bastante en las letras, que ahora están más cuidadas y son más desenfadadas.

En las letras del álbum, ¿qué temas o ideas aparecen con más fuerza?

Se podría decir que el tema que impregna casi todas las canciones es que no somos perfectos: la cagamos en muchos aspectos, nos afecta, pero queremos mejorar y seguir adelante.

Aparecen mucho las relaciones con otras personas y cómo se acaban, lo que nos hacen sentir o lo que hemos aprendido de ellas. Las letras también tienen un toque bastante costumbrista: hablamos de la rutina, del día a día, de salir de fiesta en una ciudad que no es la tuya, de estar sin trabajo o de ir a tocar apretados en la parte de atrás de un coche que se estropea…

Intentamos que prime el optimismo y las ganas de disfrutar y reírnos a pesar de las adversidades.

Vuestro sonido mezcla varios estilos. ¿Cómo nació esa combinación que caracteriza a Comic Sans?

Mentiría si dijera que es algo premeditado (risas). A nosotros nos gusta el midwest emo y es lo que intentamos hacer.

Ahora bien, cada uno tiene sus influencias, capacidades y “dejes”, y creo que por eso acabamos sonando de esa forma tan característica, llámalo más indie o más pop-punk. Cuando trabajamos en un tema no nos preocupa tanto que encaje en un género concreto, sino que nos guste, que “esté guapo”. Eso nos da la libertad para que salga un híbrido de lo que aporta cada uno como individuo.

¿Cómo vivisteis el proceso de grabación del disco?

Al grabar un disco siempre sientes una mezcla de sensaciones: satisfacción, impaciencia, estrés e incluso frustración. Por suerte, el balance global suele ser positivo, y este disco no fue una excepción.

Grabar con Santi ayuda mucho; es un gran profesional y nos apoya un montón. Además, hacerlo en un sitio como Sant Feliu, con sus calas, paseos, bares y rincones, en pleno verano, hace casi imposible estresarse. Nuestra rutina era grabar por la mañana, comer unas buenas raciones en el Corsari e irnos a la playa hasta que anochecía. Así cualquiera graba un disco (risas).

Para vosotros, ¿qué papel juegan los conciertos en directo dentro de la banda?

Son una parte esencial. Casi diríamos que los discos son una excusa para poder subirnos a los escenarios.

El público emo vive muchísimo los conciertos: baila, grita las canciones, salta desde el escenario, nos coge en brazos… Se vuelve adictivo y es la parte más satisfactoria de tener un grupo, incluso aunque a veces tengas que recorrer cientos de kilómetros de forma un poco precaria para llegar (y volver al día siguiente).

Cuando alguien escucha este álbum por primera vez, ¿qué os gustaría que sintiera o que se llevará de él?

Bueno, lo primero, que le flipe, ¿no? (risas). Nos gustaría que las canciones les interpelen y que, en cierta manera, las hagan suyas.

Nos ha pasado que alguien nos ha dicho que nuestra música le ha ayudado en una etapa complicada, o que ha usado algún tema para declararse a otra persona. También hay gente que se saca los riffs o las baterías porque le encantan… Ese tipo de cosas son las que más nos llenan.

Ahora que el disco ya está publicado, ¿qué planes tenéis para los próximos meses?

Ahora el plan es girar por prácticamente toda la península. Tenemos varios conciertos en distintas ciudades y con bandas que son buenas amigas, así que el plan es inmejorable.

Bueno, eso y ensayar bastante para que los temas salgan bien (risas).



sábado, abril 11, 2026

DORIAN STARK: «NEÓN Y SANGRE», PUBLICADO EN RELATOS FANTÁSTICOS

«Tus esfuerzos han sido endebles e ilusorios. Te propusiste la tarea de describir el impulso de la humanidad hacia la autodestrucción, pero solo te has señalado a ti mismo.»

Greg Bear

 

Después de la Tercera Guerra Mundial, las Casas Madres relegaron el poder de los gobiernos a un segundo plano, tomando el control de los planetas colonizados del Mundo Exterior. La robotización industrial —que tanto auxilio prestó a Estados Unidos durante el conflicto— cobró una importancia desmesurada: los fondos económicos de las grandes corporaciones se destinaron a la construcción de nuevos prototipos de combate.

Las empresas armamentísticas, que antaño los vendían al ejército, no tardaron en fabricarlos en masa. Nadie imaginó que las máquinas adquirirían conciencia propia y se rebelarían contra sus creadores. Una oleada de terroristas, letales y sanguinarios, perfectamente organizados y provistos del mejor armamento, sembró una estela de muerte y destrucción.

Al comprender que habían abierto la Caja de Pandora, los presidentes de las Casas Madres crearon unidades de élite para eliminar a las máquinas que habían arrojado al mundo: los agentes ejecutores. Estos fueron entrenados bajo los auspicios de militares veteranos de todas las guerras conocidas. Trabajarían al margen de la ley, tendrían jurisdicción en todas las naciones y podrían utilizar cualquier método necesario para llevar a buen puerto las operaciones asignadas.

En un universo carente de esperanza, devastado por la lluvia ácida, la contaminación industrial y la escasez de recursos naturales, las soluciones extremas se convirtieron en la única alternativa viable para restaurar la armonía. El ser humano aceptó exterminar el caos a cualquier precio.

Soy un simple soldado —un sargento de la Orden de los Centinelas al servicio de la Corporación Schneider— instruido para obedecer a sus superiores. Aunque mi profesión me repugne, cumplo las órdenes a rajatabla. El Consejo de Guerra se cierne sobre mi cabeza; un destino que no pienso aceptar si puedo evitarlo.

Mi primera operación cibernética sentenció mi destino. Desde el momento en que los neurocirujanos reemplazaron las partes dañadas de mi anatomía por implantes mecánicos, no hubo marcha atrás.

Me transformé en un asesino frío y despiadado, capaz de cometer las peores atrocidades. Nunca logré controlar la insensibilidad de los injertos. Por eso consumo anfetaminas: gracias a ellas consigo experimentar algo parecido a una emoción, escapar —aunque sea por instantes— de los bordes helados de los órganos artificiales que me empujan hacia la hibridación absoluta.

¿Qué puedo hacer para evitar el futuro inaceptable que se dibuja en el horizonte?

Las misiones de exterminio son cada vez peores. Me enfrento a enemigos más sofisticados de lo que cualquier militar podría temer: cibernados con capacidades físicas e intelectuales que rozan lo sobrehumano.

A veces deseo empuñar un arma y poner fin a una vida que dejó de tener sentido hace décadas. El problema es que mis superiores reconstruirían lo que quedara de mí. Jamás me permitirán descansar.

Soy más máquina que humano.

Y eso me mantiene atado a las cenizas del pasado con una fuerza devoradora.

Lloro, sumido en la amargura, enervado por el efecto de los estimulantes que acabo de consumir.

Lo he perdido todo…

Dorian Stark

 

MISIÓN

Dorian...

Nessa se inclinó sobre el alemán.

—¿Estás bien? Despierta... ¡Por favor! No me abandones ahora.

La cyborg lo sacudió con desesperación.

—Dorian... ¡Dorian, despierta!

Con una expresión amarga, Stark abrió los ojos y recorrió con la vista el dormitorio a oscuras. Sus pupilas fotoeléctricas transformaron las tinieblas en un amanecer artificial. Otra pesadilla. Como siempre.

Tenía demasiados fantasmas para dormir tranquilo; su conciencia estaba manchada por la sangre de innumerables víctimas.

Desanimado, extendió el brazo izquierdo, tomó un frasco metálico e ingirió tres anfetaminas sin agua. El sabor amargo le abrasó la garganta, y la descarga química encendió sus músculos embotados por la falta de descanso. La energía artificial le devolvió el movimiento. Se levantó del lecho de látex y avanzó hacia el salón, con pasos erráticos por la subida repentina. Inconscientemente, rozó con los dedos las paredes recubiertas de papel de arroz.

Sus sensores captaron que la lluvia había cesado. Un alivio. No tendría que soportar el repiqueteo interminable de las tormentas que asolaban la ciudad.

Dorian se dejó caer en el sofá de gomaespuma y observó su entorno: televisor Thomson de cincuenta pulgadas, mesa hexagonal de metacrilato, dispensador automático de comida y persianas de aluminio anodizado. El apartamento era una caja vacía con aire reciclado.

La imagen de Nessa volvió para atormentarle la escasa humanidad que le quedaba. Cerró los puños hasta que las uñas se clavaron en la carne sintética. Extrañaba a la cyborg. ¿Por qué lo había dejado? Nunca le dio una explicación. Simplemente desapareció, quizá para unirse a algún grupo insurgente, quizá para borrar cualquier rastro de él.

Tú decidiste por los dos, pensó. No tuviste el valor de decirme la verdad, Nessa.

Abrió las manos doloridas; ocho pequeñas heridas marcaban sus palmas enrojecidas. Se levantó de un salto y abrió el balcón con violencia. Una ráfaga de aire helado le golpeó el rostro, y los circuitos sensoriales de su columna vertebral enviaron una descarga al cerebro que erizó su piel sintética.

El panorama urbano lo hundió aún más. En el horizonte, torres de refinerías lanzaban llamaradas de magnesio que iluminaban las cúpulas corporativas bajo un cielo cubierto de ceniza.

El zumbido del comunicador Sony lo sacó de sus pensamientos. Una videollamada del Departamento.

—Buenas noches, Stark.

El comandante Aries sostenía un cigarrillo de contrabando entre los labios.

—Buenas noches, señor.

El superior fue directo al grano:

—El General Moser me ha encomendado una misión para usted.

El alemán sintió una punzada de cansancio mezclada con desconfianza.

—Lo escucho.

Aries exhaló humo por la nariz.

—Debe eliminar a cuatro androides Helix-9.

Dorian frunció el ceño.

—¿Por qué, señor?

El comandante no mostró compasión.

—Porque asesinaron a uno de nuestros agentes.

El alemán soltó una risa amarga.

—Magnífico.

Aries ignoró la ironía.

—La Corporación Helix ha proporcionado sus archivos de creación a nuestros técnicos...

Stark lo interrumpió:

—Mi trabajo no consiste en eliminar unidades biotécnicas. Para eso está la División Externa.

—¡Obedecerá mis órdenes, sargento! —gruñó Aries—. ¡O terminará limpiando túneles de drenaje el resto de su carrera!

Stark apretó la mandíbula. No tenía elección.

—Sí, señor.

El comandante aplastó el cigarrillo en el cenicero.

—El honor de nuestra organización debe ser restaurado. El General Moser no permitirá que un puñado de androides elimine a un miembro de los Centinelas. Tómeselo en serio, Stark.

El alemán no creyó una palabra.

—¿A quién eliminaron?

—No es de su incumbencia —cortó Aries—. Le enviaré los datos esta noche. Quiero su informe en veinticuatro horas.

Dorian sintió la rabia subirle al estómago.

—De acuerdo, señor.

El comunicador se apagó, dejando la habitación en silencio.

Y con el silencio, volvió la certeza de que aquella misión sería otra mancha más en su conciencia.

2

JEAN

El rostro inexpresivo del primer androide llenó la pantalla líquida ultraplana, girando lentamente sobre sí mismo bajo un fondo blanco.

 

Unidad Helix-9 / Serie H9-M-Vance

Función: combate y carga pesada

Físico: nivel A / Mental:** nivel B**

 

Jean bromeó:

—Poca cosa para ti, Dorian.

Stark forzó una sonrisa tensa.

—Tenía entendido que la Helix les implantaba una fecha de desconexión. ¿Dónde diablos está ese detalle?

La cyborg gruñó:

—A esos bastardos no les interesa que lo sepamos.

El segundo androide reemplazó al anterior.

 

Unidad Helix-9 / Serie H9-M-Disch

Función: defensa de colonias exteriores

Físico: nivel A / Mental:** nivel B**

 

Jean frunció los labios.

—No me gusta. Tiene cara de ser duro de romper.

Stark asintió, excitado: los objetivos difíciles lo mantenían vivo.

—Cierto.

El tercer androide apareció.

 

Unidad Helix-9 / Serie H9-M-Bear

Función: seguridad urbana

Físico: nivel A / Mental:** nivel C**

 

Stark torció una sonrisa.

—El idiota del grupo.

Jean estalló en carcajadas.

—¿Nivel C? ¡Menuda basura! ¡Prefiero seguir siendo una cyborg!

El último archivo sustituyó al anterior.

 

Unidad Helix-9 / Serie H9-H-Takako

Función: piloto de cruceros estelares

Físico: nivel A / Mental:** nivel A**

 

Takako le robó el aliento: cabello negro, frente amplia, ojos rasgados, nariz recta, labios carnosos. Su belleza oriental le recordó dolorosamente a Nessa. Los recuerdos le atravesaron el pecho como cuchillas. Por mucho que lo intentara, no podía huir del pasado.

Jean advirtió su gesto.

—¿La conoces?

—No —mintió.

Demasiado íntimo. Demasiado doloroso para compartir.

—Pareces haber visto un fantasma —comentó ella.

Stark cambió de tema.

—¿Puedes localizarlos?

Jean arqueó las cejas con una sonrisa taimada.

—Posiblemente. ¿Qué me ofreces a cambio?

Su tono malicioso lo hizo tensarse.

—Yendólares.

—¿De la Corporación Schneider?

—Claro.

—Perfecto.

Mientras la cyborg tecleaba en la consola, Dorian observó sus movimientos. El mono de poliéster gris realzaba su cuerpo de curvas duras y perfectas. Le atraía. Desde hacía años. Pero sabía que ese deseo era otra condena.

Ya amaste a una máquina una vez, pensó con amargura. Con una vez bastó.

Jean percibió su mirada.

—¿Ves algo que te interese, Dorian?

Él esbozó una mueca.

—Quizá.

Ella rio, disfrutando del juego.

—¿Cuándo vas a mandar al infierno a tus superiores?

La pregunta lo pilló desprevenido.

—Sabes que si deserto, la Orden de los Centinelas me cazaría como a un perro.

—Eres un cobarde —gruñó—. Ganarías más como mercenario.

Dorian encogió los hombros.

—El dinero no lo es todo.

—Eres un nihilista —se burló—. Te lavaron el cerebro desde que entraste en el cuerpo.

Stark entrecerró los ojos.

—Jamás.

Jean se levantó con gesto felino y se apoyó contra el escritorio de palo de rosa.

—¿Dónde tienes el chip de crédito?

El olor de su cabello lo mareó.

—Dime lo que sabes —pidió—. Sacaré mis propias conclusiones.

—He encontrado a tu colega Takako —dijo ella—. Trabaja en una clínica de mercado negro.

Él no dudó de su palabra.

—¿Dónde?

—Long Beach, Carson Street 747.

La dirección le sonaba.

—¿En qué distrito?

Jean sonrió con sarcasmo.

—En el Cuarto.

—El Barrio de Ning…

—Te ha tocado el peor de todos, Dorian.

Stark suspiró.

—Lo habitual. ¿Y la clínica?

—Imposible de rastrear. Necesitarías a un hacker con toda la parafernalia: implantes parietales de gama alta, fibra óptica, guantes de retroalimentación.

La mujer se acercó a él con mirada eléctrica. Dorian tragó saliva, fingiendo indiferencia.

—¿Cómo lo descubriste?

—Takako es idiota —respondió—. Vendió sangre para sobrevivir. Cualquiera con una consola puede seguirle el rastro.

—¿La sangre de los androides sirve para transfusiones? —preguntó con genuina sorpresa.

Jean le acarició el mentón.

—Por desgracia, sí.

Lo besó con intensidad. Sus bocas se fundieron, compartiendo un instante de ternura y vacío. Dorian respondió, pero enseguida se apartó. Ese tipo de consuelo le estaba negado.

—Tengo que irme.

Jean bajó la mirada.

—¿Volveré a verte?

—Sí.

3

MEGALÓPOLIS

Mientras avanzaba por la avenida, Stark hundió las manos en los bolsillos de su trinchera de cuero. La calle era un vertedero interminable: montones de desechos, neones parpadeantes y el eco metálico de las cloacas subterráneas. Los rascacielos se alzaban hacia el cielo como colmillos de acero, ocultando el horizonte bajo una niebla de smog y lluvia ácida.

El aire hedía a combustible, sudor rancio, basura fermentada y restos de comida sintética. Los bidones ardiendo con fósforo iluminaban los rostros de los sin techo, convertidos en sombras vivientes.

Takako caminaba entre la multitud, ajena a la llovizna pegajosa que resbalaba por su chaqueta de polipiel. Llevaba horas siguiéndola, invisible para los sensores de la androide. Esperaba que lo guiara hasta el resto del grupo Helix-9.

Ambos cruzaron el Distrito Cuarto, una selva de luces, ruido y miseria. Pasaron frente a locales de placer, puestos de sushi luminosos, templos de realidad virtual y fumaderos de opio sintético. Los letreros en kanji y árabe se mezclaban con anuncios en inglés y español, creando una cacofonía visual imposible de descifrar.

Los transeúntes avanzaban como una masa única, envueltos en su desesperación por sentirse humanos en un mundo que les negaba la elección. Para Dorian, todos eran iguales: engranajes gastados en una máquina demasiado grande.

Aceleró el paso, esquivando cuerpos y miradas. Un par de prostitutas intentó interceptarlo; ni las miró. No podía perder de vista a Takako.

El barrio se transformó poco a poco en un laberinto de bóvedas bajo los rascacielos. A su alrededor, pantallas holográficas proyectaban anuncios intermitentes: “Neurocarcasas de última generación — ¡sienta la inmortalidad digital!” o “Carne nueva, recuerdos nuevos — créditos fáciles, sin preguntas.”

Pasó junto a un grupo de vietnamitas tambaleantes, drogados con eucodal de baja pureza. Llevaban camisetas de plástico, pantalones raídos y sandalias abiertas.

Cada día odio más esta ciudad, pensó con amargura. Debería haberme marchado a las colonias.

Y, sin embargo, sabía que las colonias no eran mejores. Eran otro vertedero, más grande, más lejos.

¿Por qué habían desertado los Helix-9? En el fondo, los comprendía. Esa empatía lo irritaba: lo acercaba demasiado a ellos. Había demasiada máquina en su cuerpo y en su mente; su naturaleza híbrida lo convertía en un paria. No era completamente humano, ni completamente sintético.

Una hilera de monjes nepalíes recitaba mantras bajo un toldo empapado, envueltos en túnicas naranjas raídas. Pedían limosna a la puerta de un local de striptease. Takako dobló a la derecha, internándose en una zona aún más oscura.

Un acuario gigantesco mostraba un tiburón mecánico nadando en líquido amniótico; era el reclamo de una cadena de comida rápida. Las dependientas, con rasgos ambiguos, servían bandejas luminosas a los clientes zombificados.

El alemán sintió una punzada en el pecho. Odiaba ese mundo, pero sabía que pertenecía a él. Era una pieza más del engranaje que mantenía el sistema en movimiento.

Takako cruzó frente a un puesto de aves artificiales ensambladas con piezas de aluminio y polímeros. El aire estaba impregnado con el olor sintético de las bestias mecánicas. Una anciana discutía con un comerciante por el precio de un colibrí fosforescente. Jaulas llenas de réplicas de especies extintas colgaban del techo: ibis rojos, águilas, halcones, jilgueros, aves del paraíso.

Un vagabundo se interpuso en su camino y le clavó el cañón de una Taurus en el abdomen.

—¡Dame la pasta, cabrón!

Antes de que terminara la frase, Dorian desvió el arma y le destrozó la tráquea con el canto de la mano. El hombre se desplomó entre la multitud, muerto antes de tocar el suelo.

Naciste para morir, pensó con frialdad.

Nadie reaccionó. Los transeúntes lo rodearon como si fuera una bolsa de basura. Nadie miró el cuerpo. Nadie dijo una palabra.

Dorian siguió caminando. A lo lejos, distinguió a Takako a unos cien metros, dispuesta a cruzar la autopista elevada.

Un dirigible publicitario pasó sobre su cabeza, proyectando un eslogan tridimensional en el aire contaminado:

 

“VIAJES INTERPLANETARIOS CON RAKUTEN TOUR SYSTEMS —

Descubra Himalia, el nuevo paraíso humano.”

 

El mensaje le provocó una mueca de asco. Sabía que era una mentira: las colonias eran tan sucias y corruptas como la Tierra. Solo que el vacío hacía el ruido más soportable.

 

“Este anuncio ha sido cortesía de Helix Corporation:

Ayudando a la humanidad a trascender los límites.”

 

Dorian levantó la vista hacia el cielo saturado de neones y sonrió con amargura.

—Sí... ayudando a morir más despacio.

4

VIDEOGALERÍA

Con cautela, Stark penetró en la vídeogalería. El local estaba sumido en un zumbido constante: cientos de máquinas holográficas proyectaban luces intermitentes, melodías sintéticas y gritos digitales. La atmósfera era densa, cargada de ozono y sudor.

Takako se detuvo frente a una consola y apartó el cabello mojado de su frente. El gesto, tan humano, le recordó a Nessa, y un dolor conocido le recorrió el pecho.

En la pantalla, una criatura alienígena devoraba a los tripulantes de una nave espacial. Los clientes observaban absortos, sin sospechar que entre ellos había una androide Helix-9. Dorian la hubiera reconocido a kilómetros: su instinto cazador lo delataba. La Helix-9 era casi perfecta, y ese “casi” la hacía más peligrosa.

Su comunicador vibró en el bolsillo. Lo más probable era que Aries intentara contactarle, pero la señal mostraba otro nombre.

—Hola, Dorian.

Jean apareció en la diminuta pantalla del dispositivo.

—¿Qué tal estás? —preguntó ella.

Él miró a su alrededor, buscando cobertura y salida. No debía distraerse durante una operación.

—Bien. La he encontrado.

Jean desvió la mirada a un punto fuera del encuadre, tecleando algo.

—He conseguido la información que querías.

—¿Y bien?

—Los Helix-9 escaparon de Deimos. Robaron una lanzadera y asesinaron a toda la tripulación.

Dorian apretó los dientes.

—Típico.

Jean sonrió con cierta ironía.

—¿Adivinas quién viajaba con ellos?

—Sorpréndeme.

—Un pez gordo: Miyoshi Hitsukaza.

El nombre le sonó familiar.

—Sí, lo conozco.

—¿De qué?

—Tuve que eliminar a sus antiguos jefes hace unos años. Trabajaba para la Corporación Fujifujih antes de venderse a Helix. No sabía que lo habían enviado a Marte.

Jean asintió.

—Probablemente lo mantenían oculto para que no repitiera la jugada.

—Sin duda —respondió él.

De pronto, Takako se giró. Su mirada se cruzó con la de Dorian. Un segundo bastó. Lo había descubierto.

—Jean, tengo que dejarte —susurró.

—Vigila tu espalda, Dorian.

—Siempre lo hago.

Colgó justo cuando Takako desenfundó una H&K compacta. El primer disparo destrozó una máquina recreativa a su lado; los clientes corrieron en pánico, cubriéndose la cabeza mientras los proyectiles trazadores iluminaban la estancia con destellos naranjas.

Stark respondió de inmediato. Sus balas perforaron pantallas, vidrios y hologramas. La Helix-9 se ocultó tras una columna, pero él sabía que no tardaría en contraatacar.

Sin previo aviso, el espejo del fondo le devolvió una silueta: otro androide avanzaba por su flanco derecho, blandiendo una ametralladora Hawk. Reconoció la cara de Bear, serie H9-M-C912.

Trampa.

Rodó hacia una consola destrozada y disparó desde el suelo. Tres impactos precisos atravesaron el pecho del androide, que se desplomó como un muñeco desarticulado. En ese mismo instante, una bala le rozó el hombro mecánico, arrancando chispas. El dolor eléctrico le recorrió la espina dorsal, pero se mantuvo en pie.

El ruido era ensordecedor. Takako gritó algo en japonés; Vance, el Helix-9 de combate, rugió como un animal. Su ráfaga de fuego cruzó el aire, arrancando trozos del mobiliario y del suelo. Dorian respondió con precisión quirúrgica, apuntando a las rodillas del androide. Vance cayó, su cuello quebrándose al golpear una máquina de bebidas.

El alemán jadeó. La videogalería estaba cubierta de sangre sintética y humo.

Disch emergió de entre los restos, cargando una Franchi Spas. El golpe de la culata abrió una brecha en la cara de Dorian; el impacto lo habría matado si no fuera por los refuerzos óseos de su mandíbula. Cayó al suelo, rodando, mientras el androide lanzaba otra patada.

Stark la bloqueó con la rodilla y contraatacó con la mano izquierda, los dedos extendidos en forma de garra. Disch esquivó, lo agarró por el cuello y lo lanzó contra una columna. El impacto le arrancó un gemido, pero su cuerpo aguantó.

El siguiente golpe fue directo a la cara. Stark lo detuvo a medio camino y, con un giro brutal, activó los implantes de su antebrazo. Tres cuchillas de tungsteno emergieron de su puño y se hundieron en la cabeza del androide. Un chasquido seco. Silencio.

El cuerpo de Disch cayó al suelo con un sonido metálico.

Dorian recuperó el aliento, la vista borrosa por el dolor. Frente a él, Takako temblaba, acorralada entre los restos humeantes de las máquinas. Lágrimas oscuras corrían por sus mejillas.

—¡Asesino! —gritó.

Él alzó su arma.

—Solo hago mi trabajo.

Apretó el gatillo.

La bala le atravesó el cráneo. Los sesos sintéticos salpicaron la consola detrás de ella.

Dorian bajó lentamente el arma. El eco del disparo se disipó. Solo quedó el zumbido de los monitores rotos y el olor a plástico quemado.

Todo ha terminado, pensó. Aries ha conseguido lo que quería.

La misión había sido un éxito.

Y otra cicatriz más se grababa en su conciencia.