Y sus ojos tienen la
apariencia
de los de un demonio que
está soñando.
Y la luz de la lámpara
que sobre él se derrama
tiende en el suelo su
sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra
que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse.
Edgar Allan Poe
I
El PURITANO SOLITARIO
Año de Nuestro Señor
1.553.
La
bóveda entenebrecida colgaba sobre el páramo desolado. Haces de sol iluminaban
los altos juncos y anunciaban la llegada de una noche temprana. Una corriente
de aire hizo cimbrear las riendas del animal. Los canales hedían de forma
nauseabunda y propagaban el sonido de las bestias salvajes del lugar. A la
derecha, las montañas rasgaban el límite que separaba el cielo de la tierra,
como una cuchillada dorado-rojiza que se extendía hasta las orillas del
distante mar Mediterráneo. A la izquierda, el camino intrincado y tortuoso que
había recorrido desde Francia, a través de una Europa devastada por las guerras
civiles y religiosas. Quedaban demasiados fantasmas detrás de sus pasos. La
iniquidad de los hombres en el campo de batalla lo había obligado a abandonar
los ejércitos en los que combatió. Ahora era un alma libre: el Señor guiaba sus
pasos mientras se aproximaba a Florencia, impulsado por la llama azul de la
venganza.
Bancos
de niebla ocultaron la maleza enmarañada y deformaron las dimensiones del
pantano, creando una atmósfera sobrenatural. Lo peor era la fetidez de las
aguas: imaginaba siglos de locura humana, sacrificios impíos y enfermedades
capaces de hacer perder la cabeza a cualquier cristiano devoto de Dios.
Incómodo, el caballo resopló y pisoteó la tierra con los cascos delanteros,
levantando una nube de polvo.
—Tranquilo
—dijo, acariciando con su mano enguantada el cuello del animal—. A mí tampoco
me gusta.
El
jinete apretó la capa alrededor de sus hombros, estudió aquella naturaleza
amenazadora y encajó las mandíbulas: no sabía qué camino escoger. Exhausto, se limpió
la suciedad del rostro. Llevaba más de dos semanas sin tomar un respiro,
cabalgando día y noche detrás de un adversario que no se atrevía a dar la cara.
El puritano inspiró aire: los mapas que había traído desde Inglaterra eran
inútiles; en ninguno aparecía aquella ciénaga que abarcaba el horizonte hasta
donde la vista alcanzaba. Involuntariamente, acarició la culata del mosquete
que colgaba a un lado de la silla. Los últimos días pesaban sobre su espalda y
le carcomían el espíritu, absorbiendo sus energías como una plaga.
—¿Cruzamos
o no? —preguntó a la montura.
De
nuevo sintió la desagradable sensación de ser vigilado. Alguien podía estar
esperando el momento adecuado para atacarlo cuando bajara la guardia. El inglés
cerró los acerados ojos azules y rememoró a la joven que había encontrado en el
linde del bosque: violada y torturada por Le Loup, el enemigo que había jurado
cazar. Abrió los párpados; una docena de flamencos rosados levantó vuelo y
cruzó el cielo encapotado. La tarde vibró con el aleteo de sus alas.
El
jinete se adentró en la marisma, ignorando al animal que avanzaba sin ganas,
asustado por la atmósfera insana que los envolvía. Poco a poco atravesaron las
aguas con los cinco sentidos alerta, expectantes ante la posibilidad de un
ataque. El avance del caballo levantó ecos; el tiempo parecía detenido,
suspendido sobre el lodo burbujeante que amenazaba con tragarlos. La oscuridad
creció: apenas podía ver lo que tenía ante las narices. El chillido de un topo
asustado lo hizo estremecer y soltar una blasfemia indecorosa. Las lagunas
ocultaban misterios imposibles de responder: soldados masacrados, aldeanos
desaparecidos, brujas quemadas, niños secuestrados por los sirvientes del
Diablo.
El
puritano vestía sombrero de ala ancha, vestiduras negras y sombrías, botas de
cuero hasta los muslos y un cinturón ancho donde colgaban un largo estoque en
una vaina sin adornos y dos pistolas de aspecto temible. Le costaba reconocer
al mercenario enlutado y solitario en el que se había convertido. Su infancia
en Devonshire había muerto; el pasado ardía miles de kilómetros atrás, una
imagen abstracta que ya no le proporcionaba consuelo.
El
inglés se secó el sudor de la frente con un pañuelo escarlata. Entonces, una
sombra cruzó los cañaverales. Tenso, con los ojos enrojecidos por la falta de
sueño, miró las hierbas e ignoró los vapores venenosos. Tiró de las riendas,
pero fue inútil: su instinto de luchador le advertía que tendría problemas. El
jinete hizo retroceder al caballo, vadeó una laguna más profunda que las otras
e irrumpió en un claro rodeado de juncos retorcidos.
Tuvo
la tentación de encender la yesca con pedernal y eslabón, pero no quiso atraer
a nadie hacia su posición. Intuía que la luz lo volvería vulnerable: un riesgo
que no estaba dispuesto a correr. Mareado, apretó el pomo de la silla y
recuperó el equilibrio. Los efluvios de la ciénaga le estaban jugando una mala
pasada; no debió arriesgarse a cruzarla a aquellas horas. Su temeridad podía
conducirlo a la autodestrucción. Se había perdido. Apretó los flancos del
animal y se dirigió hacia un islote situado a su diestra, con la esperanza de
encontrar el sendero que lo había conducido hasta allí.
A
través de la bruma, durante un latido de su corazón, contempló una cara
familiar... y luego se ocultó en las tinieblas.
II
UNA APARICIÓN DEL PASADO
—¿Padre?
—inquirió con recelo—. ¿Eres tú?
—Solomon...
¿Había
escuchado la voz del difunto Josiah Kane?
—¿Padre?
Una
oleada de temor ascendió por su columna vertebral.
—¿Padre?...
¿Estás ahí?
La
sangre le zumbaba en los oídos. Un hervidero movedizo le cubrió el cuerpo:
enormes mosquitos chocaban contra su anatomía. El jinete agitó la mano, apartó
a los insectos y taladró la negrura con la mirada, buscando el rostro de su
progenitor.
—Siento
haberte decepcionado, padre —susurró—. Los Tudor exterminaron a nuestra orden
sin que pudiéramos evitarlo.
Su
confesión se desvaneció. Quedaban pocos minutos de luz; pronto estaría a merced
del terreno traicionero, encerrado entre las algas cubiertas de espuma.
—He
sido un buen cristiano, padre —explicó—. Jamás me he apartado del camino recto.
El
silencio sepulcral, matizado por el zumbido de los mosquitos, le dio la
impresión de que estaba a punto de perder la cordura.
—¿Dónde
estás, padre?
La
neblina no le ofreció respuesta. El aire le pesaba en los pulmones y el cieno
parecía espesarse por segundos.
—Padre...
Entonces
su progenitor emergió entre las cañas, montado en un ruano de gran altura, y se
dirigió hacia él. Su figura era borrosa; una impresión de triste bondad cubría
su aura espectral, la misma que había visto en su rostro el día del funeral,
hacía más de una década.
—¡Dios
Todopoderoso!
Josiah
Kane susurró con voz ronca:
—Ten
cuidado, hijo. Los pantanos de la Camarga rebosan de peligros.
Solomon
sintió la carne erizarse.
—¡Brujería!
—farfulló—. ¡Esto es obra de Satanás!
La
voz del espectro resonó desde una distancia imposible.
—He
vuelto del más allá para advertirte que temo por tu vida...
Un
juramento escapó de los labios de Kane.
—¡Por
Lucifer! ¿Por qué me atormentas con tu presencia?
La
figura comenzó a desvanecerse.
—He
de irme —musitó—. Recuerda que siempre te querré, hijo mío.
Un
puño angustioso le apretó las entrañas.
—¡Padre!
—gritó—. ¡Vuelve, padre!
El
espectro de Josiah Kane se despidió con un susurro que pareció venir del fondo
de las aguas:
—Nos
encontraremos en el Reino del Señor, Solomon...
III
LOS ACÓLITOS DE SATANÁS
Antes
de que pudiera reaccionar, el cuerpo cambió y se convirtió en una máscara
cruel: el filo de una espada buscó su cuello. Kane retrocedió, impulsado por
sus reflejos entrenados, y esquivó la hoja que le lamió la nuez de Adán. Rápido
como un resorte, sacó el cuchillo de la funda y lo hundió en el muslo de su
atacante. Un aullido desgarró la niebla y rompió la quietud de la ciénaga.
Un
caballo irrumpió entre los herbazales, bufando espuma por los belfos y con los
ojos inyectados en sangre. Atontado, Kane desenvainó el estoque y logró parar
un hachazo a duras penas. Una lluvia de chispas azules empañó su campo de
visión. Dando un tirón a las riendas, saltó hacia adelante, escapó de sus
adversarios y alcanzó una isla de hierbas quemadas por el sol.
Una
flecha se clavó en su hombro. El aguijonazo, a la altura del deltoides, lo
obligó a rechinar los dientes. Tres enemigos tomaban posiciones. Solomon Kane
reconoció su calaña de inmediato: bandidos, asaltantes de caminos, escoria que
creía haber encontrado una presa fácil. El puritano arrancó la flecha, sacó el
pistolón y disparó. El proyectil cruzó el aire y lanzó hacia atrás al primero
de ellos. Guardó el arma y detuvo una nueva embestida del hacha; el golpe le
insensibilizó el brazo y le provocó un calambre hasta el hombro.
—¡Te
mataré! —bramó el rufián—. ¡Me comeré tu corazón!
Kane
le dio un cabezazo y le rompió la nariz. La sangre le salpicó los ojos y nubló
su visión. El hombretón lanzó un grito rabioso; sus ojillos porcinos se
llenaron de lágrimas mientras se llevaba la mano a la cara ensangrentada. El
inglés aprovechó la oportunidad y cortó la cincha de la silla: el gigante
resbaló y se hundió en el cieno como una roca.
Otra
flecha rozó el cuello de Solomon. Clavó los talones en los flancos del animal,
atravesó los cañaverales y descargó la espada contra el casco del arquero. La
hoja partió el cráneo hasta la mandíbula; trozos de masa encefálica saltaron de
la herida espantosa.
Se
volvió. El hombretón cruzaba el claro, enarbolando el hacha sobre los hombros,
dispuesto a asesinarlo. El caballo relinchó, herido de muerte, con el costado
abierto; las entrañas se derramaron sobre el barro. El agua invadió sus
pulmones. Kane liberó la pierna atrapada bajo el cadáver del animal, levantó el
estoque y contuvo la arremetida de su adversario. Escupiendo lodo, le propinó
una patada en la entrepierna. El bandido brincó hacia atrás, soltando
juramentos.
El
inglés se incorporó, se arrancó el sombrero anegado de barro. Su expresión
taciturna y amarga fue sustituida por el odio. El gigante se recuperó. La hoja
del hacha rozó la cara de Solomon y le abrió un tajo en la sien. Kane dominó el
dolor, cambió el arma de mano y la hundió hasta la empuñadura en el vientre del
rival. El hombretón chilló y atrapó la hoja con las manos desnudas, expirando
como un condenado en la cruz. El puritano retorció el estoque, sádico, gozando
de su espantosa agonía.
La
vida abandonó al gigante; sus ojos se pusieron en blanco y exhaló un estertor.
—¡Bastardo!
—maldijo Solomon—. ¡Púdrete en el Averno!
Temblando
por la tensión, enfundó la espada. Tambaleante, apretó la herida y detuvo la
hemorragia como pudo. Uno de los caballos miraba el cadáver de su dueño,
nervioso, con los ojos inflamados por el miedo. Kane lo tomó por las riendas y
trató de calmarlo.
Agotado
por la batalla, lo condujo hasta un islote y lo ató a una raíz que sobresalía
entre las hierbas. Luego registró los cuerpos y se apoderó de sus escasas
posesiones: unas monedas de cobre, alforjas con víveres, un pedernal de
repuesto y una cuerda de buena factura. Aborrecía desvalijar a los muertos,
pero no podía permitirse escrúpulos: había agotado las baratijas que guardó
antes de salir tras Le Loup y necesitaba todo lo que encontrara para seguir
adelante.
Más
tarde, recogió sus pertenencias, ensilló la nueva montura y arrastró los otros
dos corceles atados a la perilla de la silla. No podía quejarse: seguía vivo.
Pocos hubieran sobrevivido a aquella emboscada. Lo sentía por el caballo caído;
fue un buen compañero, merecía algo mejor que un hachazo en las tripas.
Cuervos
siniestros surcaron los cañaverales, atraídos por el olor de la sangre, listos
para darse un festín.
—¡Que
os aproveche, pequeños! —dijo el inglés con sarcasmo.
La
frase murió en sus labios. Una mano helada le paralizó el corazón. El mistral
agitó el follaje y desdibujó su contorno. Entre las volutas de niebla vio el
verdadero rostro de los cadáveres: cuerpos marchitos, piel apergaminada,
colmillos de bestia, harapos que exhalaban el aliento de la tumba.
Vampiros…
hijos de Lucifer, sedientos de la sangre de los inocentes.
El
puritano retrocedió, tambaleante. Su mente de creyente rechazaba aquella visión
impía, pero su alma sabía que era cierta. La ciénaga, los muertos, el olor del
azufre... todo hablaba del Reino del Enemigo.
Espoleado
por el miedo y la ira, Kane marchó hacia levante, en busca de tierra firme.
Detrás de él, la niebla se cerró como una lápida. Aún le quedaba mucho camino
por recorrer hasta Italia… y el Infierno no olvidaba su nombre.






