sábado, abril 11, 2026

DORIAN STARK: «NEÓN Y SANGRE», PUBLICADO EN RELATOS FANTÁSTICOS

«Tus esfuerzos han sido endebles e ilusorios. Te propusiste la tarea de describir el impulso de la humanidad hacia la autodestrucción, pero solo te has señalado a ti mismo.»

Greg Bear

 

Después de la Tercera Guerra Mundial, las Casas Madres relegaron el poder de los gobiernos a un segundo plano, tomando el control de los planetas colonizados del Mundo Exterior. La robotización industrial —que tanto auxilio prestó a Estados Unidos durante el conflicto— cobró una importancia desmesurada: los fondos económicos de las grandes corporaciones se destinaron a la construcción de nuevos prototipos de combate.

Las empresas armamentísticas, que antaño los vendían al ejército, no tardaron en fabricarlos en masa. Nadie imaginó que las máquinas adquirirían conciencia propia y se rebelarían contra sus creadores. Una oleada de terroristas, letales y sanguinarios, perfectamente organizados y provistos del mejor armamento, sembró una estela de muerte y destrucción.

Al comprender que habían abierto la Caja de Pandora, los presidentes de las Casas Madres crearon unidades de élite para eliminar a las máquinas que habían arrojado al mundo: los agentes ejecutores. Estos fueron entrenados bajo los auspicios de militares veteranos de todas las guerras conocidas. Trabajarían al margen de la ley, tendrían jurisdicción en todas las naciones y podrían utilizar cualquier método necesario para llevar a buen puerto las operaciones asignadas.

En un universo carente de esperanza, devastado por la lluvia ácida, la contaminación industrial y la escasez de recursos naturales, las soluciones extremas se convirtieron en la única alternativa viable para restaurar la armonía. El ser humano aceptó exterminar el caos a cualquier precio.

Soy un simple soldado —un sargento de la Orden de los Centinelas al servicio de la Corporación Schneider— instruido para obedecer a sus superiores. Aunque mi profesión me repugne, cumplo las órdenes a rajatabla. El Consejo de Guerra se cierne sobre mi cabeza; un destino que no pienso aceptar si puedo evitarlo.

Mi primera operación cibernética sentenció mi destino. Desde el momento en que los neurocirujanos reemplazaron las partes dañadas de mi anatomía por implantes mecánicos, no hubo marcha atrás.

Me transformé en un asesino frío y despiadado, capaz de cometer las peores atrocidades. Nunca logré controlar la insensibilidad de los injertos. Por eso consumo anfetaminas: gracias a ellas consigo experimentar algo parecido a una emoción, escapar —aunque sea por instantes— de los bordes helados de los órganos artificiales que me empujan hacia la hibridación absoluta.

¿Qué puedo hacer para evitar el futuro inaceptable que se dibuja en el horizonte?

Las misiones de exterminio son cada vez peores. Me enfrento a enemigos más sofisticados de lo que cualquier militar podría temer: cibernados con capacidades físicas e intelectuales que rozan lo sobrehumano.

A veces deseo empuñar un arma y poner fin a una vida que dejó de tener sentido hace décadas. El problema es que mis superiores reconstruirían lo que quedara de mí. Jamás me permitirán descansar.

Soy más máquina que humano.

Y eso me mantiene atado a las cenizas del pasado con una fuerza devoradora.

Lloro, sumido en la amargura, enervado por el efecto de los estimulantes que acabo de consumir.

Lo he perdido todo…

Dorian Stark

 

1. MISIÓN

 

Dorian...

Nessa se inclinó sobre el alemán.

—¿Estás bien? Despierta... ¡Por favor! No me abandones ahora.

La cyborg lo sacudió con desesperación.

—Dorian... ¡Dorian, despierta!

 

Con una expresión amarga, Stark abrió los ojos y recorrió con la vista el dormitorio a oscuras. Sus pupilas fotoeléctricas transformaron las tinieblas en un amanecer artificial. Otra pesadilla. Como siempre.

Tenía demasiados fantasmas para dormir tranquilo; su conciencia estaba manchada por la sangre de innumerables víctimas.

Desanimado, extendió el brazo izquierdo, tomó un frasco metálico e ingirió tres anfetaminas sin agua. El sabor amargo le abrasó la garganta, y la descarga química encendió sus músculos embotados por la falta de descanso. La energía artificial le devolvió el movimiento. Se levantó del lecho de látex y avanzó hacia el salón, con pasos erráticos por la subida repentina. Inconscientemente, rozó con los dedos las paredes recubiertas de papel de arroz.

Sus sensores captaron que la lluvia había cesado. Un alivio. No tendría que soportar el repiqueteo interminable de las tormentas que asolaban la ciudad.

Dorian se dejó caer en el sofá de gomaespuma y observó su entorno: televisor Thomson de cincuenta pulgadas, mesa hexagonal de metacrilato, dispensador automático de comida y persianas de aluminio anodizado. El apartamento era una caja vacía con aire reciclado.

La imagen de Nessa volvió para atormentarle la escasa humanidad que le quedaba. Cerró los puños hasta que las uñas se clavaron en la carne sintética. Extrañaba a la cyborg. ¿Por qué lo había dejado? Nunca le dio una explicación. Simplemente desapareció, quizá para unirse a algún grupo insurgente, quizá para borrar cualquier rastro de él.

Tú decidiste por los dos, pensó. No tuviste el valor de decirme la verdad, Nessa.

Abrió las manos doloridas; ocho pequeñas heridas marcaban sus palmas enrojecidas. Se levantó de un salto y abrió el balcón con violencia. Una ráfaga de aire helado le golpeó el rostro, y los circuitos sensoriales de su columna vertebral enviaron una descarga al cerebro que erizó su piel sintética.

El panorama urbano lo hundió aún más. En el horizonte, torres de refinerías lanzaban llamaradas de magnesio que iluminaban las cúpulas corporativas bajo un cielo cubierto de ceniza.

El zumbido del comunicador Sony lo sacó de sus pensamientos. Una videollamada del Departamento.

—Buenas noches, Stark.

El comandante Aries sostenía un cigarrillo de contrabando entre los labios.

—Buenas noches, señor.

El superior fue directo al grano:

—El General Moser me ha encomendado una misión para usted.

El alemán sintió una punzada de cansancio mezclada con desconfianza.

—Lo escucho.

Aries exhaló humo por la nariz.

—Debe eliminar a cuatro androides Helix-9.

Dorian frunció el ceño.

—¿Por qué, señor?

El comandante no mostró compasión.

—Porque asesinaron a uno de nuestros agentes.

El alemán soltó una risa amarga.

—Magnífico.

Aries ignoró la ironía.

—La Corporación Helix ha proporcionado sus archivos de creación a nuestros técnicos...

Stark lo interrumpió:

—Mi trabajo no consiste en eliminar unidades biotécnicas. Para eso está la División Externa.

—¡Obedecerá mis órdenes, sargento! —gruñó Aries—. ¡O terminará limpiando túneles de drenaje el resto de su carrera!

Stark apretó la mandíbula. No tenía elección.

—Sí, señor.

El comandante aplastó el cigarrillo en el cenicero.

—El honor de nuestra organización debe ser restaurado. El General Moser no permitirá que un puñado de androides elimine a un miembro de los Centinelas. Tómeselo en serio, Stark.

El alemán no creyó una palabra.

—¿A quién eliminaron?

—No es de su incumbencia —cortó Aries—. Le enviaré los datos esta noche. Quiero su informe en veinticuatro horas.

Dorian sintió la rabia subirle al estómago.

—De acuerdo, señor.

El comunicador se apagó, dejando la habitación en silencio.

Y con el silencio, volvió la certeza de que aquella misión sería otra mancha más en su conciencia.

 

2. JEAN

 

El rostro inexpresivo del primer androide llenó la pantalla líquida ultraplana, girando lentamente sobre sí mismo bajo un fondo blanco.

 

Unidad Helix-9 / Serie H9-M-Vance

Función: combate y carga pesada

Físico: nivel A / Mental:** nivel B**

 

Jean bromeó:

—Poca cosa para ti, Dorian.

Stark forzó una sonrisa tensa.

—Tenía entendido que la Helix les implantaba una fecha de desconexión. ¿Dónde diablos está ese detalle?

La cyborg gruñó:

—A esos bastardos no les interesa que lo sepamos.

El segundo androide reemplazó al anterior.

 

Unidad Helix-9 / Serie H9-M-Disch

Función: defensa de colonias exteriores

Físico: nivel A / Mental:** nivel B**

 

Jean frunció los labios.

—No me gusta. Tiene cara de ser duro de romper.

Stark asintió, excitado: los objetivos difíciles lo mantenían vivo.

—Cierto.

El tercer androide apareció.

 

Unidad Helix-9 / Serie H9-M-Bear

Función: seguridad urbana

Físico: nivel A / Mental:** nivel C**

 

Stark torció una sonrisa.

—El idiota del grupo.

Jean estalló en carcajadas.

—¿Nivel C? ¡Menuda basura! ¡Prefiero seguir siendo una cyborg!

El último archivo sustituyó al anterior.

 

Unidad Helix-9 / Serie H9-H-Takako

Función: piloto de cruceros estelares

Físico: nivel A / Mental:** nivel A**

 

Takako le robó el aliento: cabello negro, frente amplia, ojos rasgados, nariz recta, labios carnosos. Su belleza oriental le recordó dolorosamente a Nessa. Los recuerdos le atravesaron el pecho como cuchillas. Por mucho que lo intentara, no podía huir del pasado.

Jean advirtió su gesto.

—¿La conoces?

—No —mintió.

Demasiado íntimo. Demasiado doloroso para compartir.

—Pareces haber visto un fantasma —comentó ella.

Stark cambió de tema.

—¿Puedes localizarlos?

Jean arqueó las cejas con una sonrisa taimada.

—Posiblemente. ¿Qué me ofreces a cambio?

Su tono malicioso lo hizo tensarse.

—Yendólares.

—¿De la Corporación Schneider?

—Claro.

—Perfecto.

Mientras la cyborg tecleaba en la consola, Dorian observó sus movimientos. El mono de poliéster gris realzaba su cuerpo de curvas duras y perfectas. Le atraía. Desde hacía años. Pero sabía que ese deseo era otra condena.

Ya amaste a una máquina una vez, pensó con amargura. Con una vez bastó.

Jean percibió su mirada.

—¿Ves algo que te interese, Dorian?

Él esbozó una mueca.

—Quizá.

Ella rio, disfrutando del juego.

—¿Cuándo vas a mandar al infierno a tus superiores?

La pregunta lo pilló desprevenido.

—Sabes que si deserto, la Orden de los Centinelas me cazaría como a un perro.

—Eres un cobarde —gruñó—. Ganarías más como mercenario.

Dorian encogió los hombros.

—El dinero no lo es todo.

—Eres un nihilista —se burló—. Te lavaron el cerebro desde que entraste en el cuerpo.

Stark entrecerró los ojos.

—Jamás.

Jean se levantó con gesto felino y se apoyó contra el escritorio de palo de rosa.

—¿Dónde tienes el chip de crédito?

El olor de su cabello lo mareó.

—Dime lo que sabes —pidió—. Sacaré mis propias conclusiones.

—He encontrado a tu colega Takako —dijo ella—. Trabaja en una clínica de mercado negro.

Él no dudó de su palabra.

—¿Dónde?

—Long Beach, Carson Street 747.

La dirección le sonaba.

—¿En qué distrito?

Jean sonrió con sarcasmo.

—En el Cuarto.

—El Barrio de Ning…

—Te ha tocado el peor de todos, Dorian.

Stark suspiró.

—Lo habitual. ¿Y la clínica?

—Imposible de rastrear. Necesitarías a un hacker con toda la parafernalia: implantes parietales de gama alta, fibra óptica, guantes de retroalimentación.

La mujer se acercó a él con mirada eléctrica. Dorian tragó saliva, fingiendo indiferencia.

—¿Cómo lo descubriste?

—Takako es idiota —respondió—. Vendió sangre para sobrevivir. Cualquiera con una consola puede seguirle el rastro.

—¿La sangre de los androides sirve para transfusiones? —preguntó con genuina sorpresa.

Jean le acarició el mentón.

—Por desgracia, sí.

Lo besó con intensidad. Sus bocas se fundieron, compartiendo un instante de ternura y vacío. Dorian respondió, pero enseguida se apartó. Ese tipo de consuelo le estaba negado.

—Tengo que irme.

Jean bajó la mirada.

—¿Volveré a verte?

—Sí.

 

3. MEGALÓPOLIS

 

Mientras avanzaba por la avenida, Stark hundió las manos en los bolsillos de su trinchera de cuero. La calle era un vertedero interminable: montones de desechos, neones parpadeantes y el eco metálico de las cloacas subterráneas. Los rascacielos se alzaban hacia el cielo como colmillos de acero, ocultando el horizonte bajo una niebla de smog y lluvia ácida.

El aire hedía a combustible, sudor rancio, basura fermentada y restos de comida sintética. Los bidones ardiendo con fósforo iluminaban los rostros de los sin techo, convertidos en sombras vivientes.

Takako caminaba entre la multitud, ajena a la llovizna pegajosa que resbalaba por su chaqueta de polipiel. Llevaba horas siguiéndola, invisible para los sensores de la androide. Esperaba que lo guiara hasta el resto del grupo Helix-9.

Ambos cruzaron el Distrito Cuarto, una selva de luces, ruido y miseria. Pasaron frente a locales de placer, puestos de sushi luminosos, templos de realidad virtual y fumaderos de opio sintético. Los letreros en kanji y árabe se mezclaban con anuncios en inglés y español, creando una cacofonía visual imposible de descifrar.

Los transeúntes avanzaban como una masa única, envueltos en su desesperación por sentirse humanos en un mundo que les negaba la elección. Para Dorian, todos eran iguales: engranajes gastados en una máquina demasiado grande.

Aceleró el paso, esquivando cuerpos y miradas. Un par de prostitutas intentó interceptarlo; ni las miró. No podía perder de vista a Takako.

El barrio se transformó poco a poco en un laberinto de bóvedas bajo los rascacielos. A su alrededor, pantallas holográficas proyectaban anuncios intermitentes: “Neurocarcasas de última generación — ¡sienta la inmortalidad digital!” o “Carne nueva, recuerdos nuevos — créditos fáciles, sin preguntas.”

Pasó junto a un grupo de vietnamitas tambaleantes, drogados con eucodal de baja pureza. Llevaban camisetas de plástico, pantalones raídos y sandalias abiertas.

Cada día odio más esta ciudad, pensó con amargura. Debería haberme marchado a las colonias.

Y, sin embargo, sabía que las colonias no eran mejores. Eran otro vertedero, más grande, más lejos.

¿Por qué habían desertado los Helix-9? En el fondo, los comprendía. Esa empatía lo irritaba: lo acercaba demasiado a ellos. Había demasiada máquina en su cuerpo y en su mente; su naturaleza híbrida lo convertía en un paria. No era completamente humano, ni completamente sintético.

Una hilera de monjes nepalíes recitaba mantras bajo un toldo empapado, envueltos en túnicas naranjas raídas. Pedían limosna a la puerta de un local de striptease. Takako dobló a la derecha, internándose en una zona aún más oscura.

Un acuario gigantesco mostraba un tiburón mecánico nadando en líquido amniótico; era el reclamo de una cadena de comida rápida. Las dependientas, con rasgos ambiguos, servían bandejas luminosas a los clientes zombificados.

El alemán sintió una punzada en el pecho. Odiaba ese mundo, pero sabía que pertenecía a él. Era una pieza más del engranaje que mantenía el sistema en movimiento.

Takako cruzó frente a un puesto de aves artificiales ensambladas con piezas de aluminio y polímeros. El aire estaba impregnado con el olor sintético de las bestias mecánicas. Una anciana discutía con un comerciante por el precio de un colibrí fosforescente. Jaulas llenas de réplicas de especies extintas colgaban del techo: ibis rojos, águilas, halcones, jilgueros, aves del paraíso.

Un vagabundo se interpuso en su camino y le clavó el cañón de una Taurus en el abdomen.

—¡Dame la pasta, cabrón!

Antes de que terminara la frase, Dorian desvió el arma y le destrozó la tráquea con el canto de la mano. El hombre se desplomó entre la multitud, muerto antes de tocar el suelo.

Naciste para morir, pensó con frialdad.

Nadie reaccionó. Los transeúntes lo rodearon como si fuera una bolsa de basura. Nadie miró el cuerpo. Nadie dijo una palabra.

Dorian siguió caminando. A lo lejos, distinguió a Takako a unos cien metros, dispuesta a cruzar la autopista elevada.

Un dirigible publicitario pasó sobre su cabeza, proyectando un eslogan tridimensional en el aire contaminado:

 

“VIAJES INTERPLANETARIOS CON RAKUTEN TOUR SYSTEMS —

Descubra Himalia, el nuevo paraíso humano.”

 

El mensaje le provocó una mueca de asco. Sabía que era una mentira: las colonias eran tan sucias y corruptas como la Tierra. Solo que el vacío hacía el ruido más soportable.

 

“Este anuncio ha sido cortesía de Helix Corporation:

Ayudando a la humanidad a trascender los límites.”

 

Dorian levantó la vista hacia el cielo saturado de neones y sonrió con amargura.

—Sí... ayudando a morir más despacio.

 

4. VIDEOGALERÍA

 

Con cautela, Stark penetró en la vídeogalería. El local estaba sumido en un zumbido constante: cientos de máquinas holográficas proyectaban luces intermitentes, melodías sintéticas y gritos digitales. La atmósfera era densa, cargada de ozono y sudor.

Takako se detuvo frente a una consola y apartó el cabello mojado de su frente. El gesto, tan humano, le recordó a Nessa, y un dolor conocido le recorrió el pecho.

En la pantalla, una criatura alienígena devoraba a los tripulantes de una nave espacial. Los clientes observaban absortos, sin sospechar que entre ellos había una androide Helix-9. Dorian la hubiera reconocido a kilómetros: su instinto cazador lo delataba. La Helix-9 era casi perfecta, y ese “casi” la hacía más peligrosa.

Su comunicador vibró en el bolsillo. Lo más probable era que Aries intentara contactarle, pero la señal mostraba otro nombre.

—Hola, Dorian.

Jean apareció en la diminuta pantalla del dispositivo.

—¿Qué tal estás? —preguntó ella.

Él miró a su alrededor, buscando cobertura y salida. No debía distraerse durante una operación.

—Bien. La he encontrado.

Jean desvió la mirada a un punto fuera del encuadre, tecleando algo.

—He conseguido la información que querías.

—¿Y bien?

—Los Helix-9 escaparon de Deimos. Robaron una lanzadera y asesinaron a toda la tripulación.

Dorian apretó los dientes.

—Típico.

Jean sonrió con cierta ironía.

—¿Adivinas quién viajaba con ellos?

—Sorpréndeme.

—Un pez gordo: Miyoshi Hitsukaza.

El nombre le sonó familiar.

—Sí, lo conozco.

—¿De qué?

—Tuve que eliminar a sus antiguos jefes hace unos años. Trabajaba para la Corporación Fujifujih antes de venderse a Helix. No sabía que lo habían enviado a Marte.

Jean asintió.

—Probablemente lo mantenían oculto para que no repitiera la jugada.

—Sin duda —respondió él.

De pronto, Takako se giró. Su mirada se cruzó con la de Dorian. Un segundo bastó. Lo había descubierto.

—Jean, tengo que dejarte —susurró.

—Vigila tu espalda, Dorian.

—Siempre lo hago.

Colgó justo cuando Takako desenfundó una H&K compacta. El primer disparo destrozó una máquina recreativa a su lado; los clientes corrieron en pánico, cubriéndose la cabeza mientras los proyectiles trazadores iluminaban la estancia con destellos naranjas.

Stark respondió de inmediato. Sus balas perforaron pantallas, vidrios y hologramas. La Helix-9 se ocultó tras una columna, pero él sabía que no tardaría en contraatacar.

Sin previo aviso, el espejo del fondo le devolvió una silueta: otro androide avanzaba por su flanco derecho, blandiendo una ametralladora Hawk. Reconoció la cara de Bear, serie H9-M-C912.

Trampa.

Rodó hacia una consola destrozada y disparó desde el suelo. Tres impactos precisos atravesaron el pecho del androide, que se desplomó como un muñeco desarticulado. En ese mismo instante, una bala le rozó el hombro mecánico, arrancando chispas. El dolor eléctrico le recorrió la espina dorsal, pero se mantuvo en pie.

El ruido era ensordecedor. Takako gritó algo en japonés; Vance, el Helix-9 de combate, rugió como un animal. Su ráfaga de fuego cruzó el aire, arrancando trozos del mobiliario y del suelo. Dorian respondió con precisión quirúrgica, apuntando a las rodillas del androide. Vance cayó, su cuello quebrándose al golpear una máquina de bebidas.

El alemán jadeó. La videogalería estaba cubierta de sangre sintética y humo.

Disch emergió de entre los restos, cargando una Franchi Spas. El golpe de la culata abrió una brecha en la cara de Dorian; el impacto lo habría matado si no fuera por los refuerzos óseos de su mandíbula. Cayó al suelo, rodando, mientras el androide lanzaba otra patada.

Stark la bloqueó con la rodilla y contraatacó con la mano izquierda, los dedos extendidos en forma de garra. Disch esquivó, lo agarró por el cuello y lo lanzó contra una columna. El impacto le arrancó un gemido, pero su cuerpo aguantó.

El siguiente golpe fue directo a la cara. Stark lo detuvo a medio camino y, con un giro brutal, activó los implantes de su antebrazo. Tres cuchillas de tungsteno emergieron de su puño y se hundieron en la cabeza del androide. Un chasquido seco. Silencio.

El cuerpo de Disch cayó al suelo con un sonido metálico.

Dorian recuperó el aliento, la vista borrosa por el dolor. Frente a él, Takako temblaba, acorralada entre los restos humeantes de las máquinas. Lágrimas oscuras corrían por sus mejillas.

—¡Asesino! —gritó.

Él alzó su arma.

—Solo hago mi trabajo.

Apretó el gatillo.

La bala le atravesó el cráneo. Los sesos sintéticos salpicaron la consola detrás de ella.

Dorian bajó lentamente el arma. El eco del disparo se disipó. Solo quedó el zumbido de los monitores rotos y el olor a plástico quemado.

Todo ha terminado, pensó. Aries ha conseguido lo que quería.

La misión había sido un éxito.

Y otra cicatriz más se grababa en su conciencia.



miércoles, abril 08, 2026

FANFICTION — LAS CRÓNICAS DE RIDDICK: «OJOS DE CAZADOR», PUBLICADO EN PORTAL CIENCIA Y FICCIÓN

We have no future
Heaven wasn't made for me
We burn ourselves to hell
As fast as it can be...

Marilyn Manson

...Ahora, mi nave me conduce al Planeta 6 del Sistema U.V.: un lugar infernal formado por rocas y hielo, donde pocos consiguen sobrevivir. El criosueño no me produce ningún alivio; nunca estaré a salvo de los mercenarios que buscan mi cabeza constantemente a cambio de una buena recompensa. Por ello debo alejarme de la gente que me importa: personas como Imam o Jack...

Richard B. Riddick

 

GLIESE 876 C

Impasible, Riddick se introdujo dentro del río de cuerpos humanos, con una expresión inescrutable en el rostro. Los pliegues de la capa oscilaron sobre sus piernas mientras se abría camino entre los miles de transeúntes que llenaban el mercado abarrotado.

A través de las gafas de sol, contempló, asqueado, las tiendas fabricadas con tubos de aluminio: aborrecía la civilización. Instintivamente, soslayó a los colonos vestidos con ropas de llamativos colores y avanzó a contracorriente sin molestarse en mirar a nadie. El furiano era un criminal buscado en cinco mundos y tres sistemas: pasar desapercibido era fundamental para su supervivencia.

Desde la bóveda celeste, cubierta por la polución industrial, el sol abrasador caía como plomo fundido sobre su cabeza desnuda, haciendo que el sudor se deslizara por su musculosa anatomía de casi un metro noventa. Riddick vestía como de costumbre: camiseta de tirantes, guantes de cuero, pantalones militares y botas de combate.

Sistema Gliese 876: distancia, 15 años luz de la Tierra. Constelación: Acuario. Magnitud: 10.17. Planetas: Gliese 876 B, C y D. Resonancia orbital: 2:1.

Después de quince semanas de travesía, las células energéticas de la nave comenzaron a agotarse. No le quedó otro remedio que hacer escala para abastecerse. En caso contrario, habría quedado varado en el espacio exterior, abandonado a su suerte, inmerso en una hibernación eterna.

Riddick se encontraba en el interior del Templo Sukhothai, al amparo de las nueve torres que oscilaban, difuminadas por el calor agobiante. Un Shiva de piedra lo observaba. Su figura maciza y atemporal descollaba sobre las numerosas casetas que llenaban el recinto: puestos de ropa de segunda mano, avanzadillas de biochips de baja calidad, museos vivientes de arte local, zocos de bestias manufacturadas, autoservicios de sushi, instrumental de tatuaje luminoso, compra y venta de armas de segunda generación y codificadores de ADN clandestinos.

El Vat Mahathat sonreía, reinando sobre la humanidad postrada bajo sus pies cruzados, con las manos de piedra unidas sobre el regazo. El fugitivo sorteó a un grupo de mineros y llegó al módulo donde podía comprar suministros. La construcción cúbica, rematada por una estructura cónica, resaltaba entre dos neones publicitarios.

Aquel lugar sagrado se había transformado en una cloaca. Ya no existía el respeto atávico del pasado; los vendedores que propagaban sus productos por altavoces se encargaban de arruinarlo a conciencia.

¿Qué pensarían los antepasados de esta escoria si levantaran la cabeza? Una sonrisa sardónica llenó sus labios. ¿Les complacería descubrir que los turistas compran sus reliquias religiosas como souvenirs?

Una joven se acercó al furiano. Sus caderas oscilaron, provocativas. Vestía una falda de piel sintética, una vaporosa camisa transparente y enormes plataformas de doble tacón. Esta pasó un dedo por su mejilla sin afeitar y susurró, melosa, acariciándolo con los ojos sesgados:

—¿Quieres pasar un buen rato?

Riddick miró detrás de su hombro. Un chulo no le quitaba la vista de encima: cicatrices tribales cruzaban su rostro de color ébano como relámpagos blanquecinos en la pantalla de una consola.

—No me parece una buena idea. —El olor a sudor de su piel le desagradó—. Quizá otro día.

Ella insistió.

—No te arrepentirás, guapo. —Levantó la tela atigrada, mostrándole su pubis afeitado—. ¿Qué te parece?

—No, gracias. —Riddick la rodeó—. No eres mi tipo, muñeca.

La mujer lanzó una obscenidad en su propio idioma. El furiano no la escuchó; su atención estaba fija en un cartel tridimensional suspendido en lo alto de un edificio. Riddick estudió las facciones angulosas del mercenario: frente hundida, ojos fríos y calculadores, mentón afilado y labios inexistentes.

—Benton Ju —susurró—. Qué pequeño es el universo...

Como era lógico, conocía a aquel cazarrecompensas. Estaba a todas horas en los noticiarios; sus capturas se retransmitían en vivo y en directo en múltiples sistemas. Benton Ju había hecho de su miserable profesión un arte.

El furiano apretó los dientes, molesto. Parecía que la fortuna estaba en su contra. De todos los sistemas posibles, de todos los planetas de la galaxia, de todas las ciudades de Gliese 876 C, había tenido que coincidir con aquel bastardo.

La terrible muerte de Johns regresó a su memoria: gracias a su codicia, fue devorado en un planeta sin nombre por criaturas espantosas.

Espero que no te cruces en mi camino, pensó. Lo pagarías muy caro, amigo...

SISTEMA HELIÓN

La nave se aproximaba al Sistema Helión: seis planetas doradorrojizos que giraban alrededor de un sol incandescente que se perdía en el infinito.

Imam entró en la cabina. Su galabiyya olía a hierbas aromáticas; llevaba toda la mañana realizando sus oraciones. Riddick inquirió con ironía:

—¿Ya has terminado, pastor?

El santón no le hizo caso.

—Estamos a punto de llegar —comentó—. ¿Vas a quedarte con nosotros?

—No.

La voz de Imam tembló:

—Aunque insista, no cambiarás de opinión, ¿verdad?

El furiano apartó la vista del cosmos interminable.

—Tú lo has dicho.

Imam se ajustó el turbante.

—Jack lo va a pasar mal —dijo—. ¿Cuándo se lo dirás?

Riddick jugueteaba con un cuchillo.

—Más tarde.

El santón lanzó un suspiro.

—¿Por qué tienes que irte?

El furiano no quiso decirle la verdad:

—No me queda otro remedio.

Sus temores eran demasiado íntimos para compartirlos con Imam. Tras su encuentro con Antonia Chillingsworth, había comprendido que Jack nunca estaría a salvo a su lado; tarde o temprano, un grupo de mercenarios lo encontraría. No quería ponerla en peligro de ninguna manera.

Quién lo hubiera dicho, reflexionó con acidez. Me he vuelto un sentimental.

El santón lo arrancó de sus sombrías especulaciones:

—¿Y ahora qué piensas hacer?

El furiano guardó el arma.

—Desaparecer del mapa.

Imam insistió:

—¿A dónde piensas ir, Riddick?

Riddick apretó unos botones en la consola para corregir la trayectoria de vuelo.

—¿Por qué te importa tanto, pastor?

El santón jugueteó con un collar de cuentas rojas, negras y amarillas.

—Te debo la vida.

Riddick se mostró desagradecido:

—Si no hubiera sido por Carolyn, os habría dejado tirados en aquel planeta, Imam.

Imam reaccionó con gravedad:

—No intentes engañarte a ti mismo, Riddick.

El furiano sonrió.

—¿Eso crees?

—No lo creo —argumentó con seguridad—. Lo afirmo.

Riddick no quiso seguirle el juego:

—No me importáis ninguno de los dos —replicó—. No olvides con quién estás hablando.

Imam agitó la mano, quitándole importancia a sus palabras.

—¿Vas a decirme la verdad?

A pesar de todo lo que habían compartido durante los últimos meses, le costaba confiar en aquel hombre. El Sistema Penal lo había cambiado definitivamente. Una punzada de orgullo recorrió su interior: podía vanagloriarse de haber escapado de las peores prisiones del universo —Altair, Ursa Luna, Ribald, Tangiers y Butcher Bay—. Su espíritu continuaba intacto; los carceleros no lograron aniquilarlo. Siempre salía vencedor ante las adversidades.

—Sistema U.V. ¿Contento?

El santón le devolvió la sonrisa.

—Te ha costado decírmelo, ¿no es cierto?

—Ni te lo imaginas.

OJOS DE CAZADOR

El furiano abandonó el módulo. Colgado a su espalda, dentro de un petate, estaban las provisiones que había adquirido: dos células de energía, raciones de hierro, agua y artículos varios.

Con rapidez, recorrió el camino a la inversa. El sol empezaba a esconderse tras el horizonte. En breve anochecería: el momento ideal para abandonar aquel horrible planeta devorado por refinerías que se extendían hasta el infinito.

Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Estaba en peligro. Ojos crueles lo observaban entre las sombras.

Una descarga de plasma le rozó el hombro.

Riddick saltó hacia la derecha y derribó un puesto de galletas de proteínas. La mujer que había intentado seducirlo gritó:

—¡Ahí está! —indicó a sus enemigos—. ¡Cogedlo!

Cuatro mercenarios corrieron en su dirección. El furiano rodó sobre sí mismo, se puso en pie, apartó a los sorprendidos compradores y salió disparado por una callejuela adyacente.

Una red metálica atrapafugitivos se clavó en una pared a sus espaldas. Había faltado poco.

Riddick aumentó el paso, brincó sobre un carromato tirado por bueyes y entró en un callejón sin salida.

Joder, pensó. Lo que me faltaba.

Sin pausa, soltó la bolsa, desenfundó ambos cuchillos y se precipitó contra la pared del fondo. Las hojas curvadas se hundieron hasta las empuñaduras; sus pies buscaron puntos de apoyo y ascendió a una velocidad frenética.

Los mercenarios estaban bajo su posición.

—¡Dispárale!

El furiano llegó a la azotea justo a tiempo. Una salva de balas de nitrógeno líquido lamió sus pasos; si hubiera tardado un segundo más, ahora estaría muerto.

Una voz familiar se impuso al fragor de los disparos:

—¡Suelta el arma! —exclamó—. ¡Lo queremos vivo, idiota!

Riddick se quitó las gafas y asomó la cabeza por el borde de la azotea. La imagen violácea, poco definida, de Benton Ju llenó su visión.

Eran cinco hombres, la tripulación básica de cualquier nave de cazarrecompensas. Un fugitivo de su categoría merecía algo mejor.

Benton Ju continuó:

—¡No bajéis la guardia! —chilló—. ¡Es más peligroso de lo que imagináis!

El furiano se incorporó, corrió hasta un extremo del edificio y saltó a la vivienda de enfrente. El impacto del aterrizaje recorrió su cuerpo de los pies a la cabeza.

Un mercenario se asomó delante de su posición con un rifle de redes en la diestra.

—¡Lo he encontrado! —aulló, victorioso—. ¡Está aquí!

No tuvo tiempo de decir nada más.

Riddick se abalanzó sobre él. El cuchillo destelló en el aire y el cuello del hombre se abrió de un extremo a otro. El cadáver se desplomó al vacío.

Un cazarrecompensas levantó su escopeta de cañones aserrados.

—¡Hijo de puta!

La andanada le rozó la pierna. El furiano ignoró el dolor y volvió a brincar hacia otro edificio.

Tenía quince segundos antes de ser localizado. De un rápido vistazo comprobó que la herida era superficial. No tenía tiempo de detener la hemorragia.

Solo es un arañazo, pensó. Por ahora...

De una patada, reventó una puerta de madera y penetró en la casa. Unas escaleras se perdían en la oscuridad.

Riddick bajó los escalones de dos en dos y se detuvo en el rellano del tercer piso, expectante.

Un par de mercenarios subieron en su búsqueda. Las suelas claveteadas de sus botas de combate resonaron en la negrura, dispuestos a atraparlo.

El furiano saltó por el hueco de las escaleras y aterrizó entre ellos con los cuchillos preparados.

Ambos emitieron un estertor agónico. Tenían los corazones atravesados. Ninguno volvería a darle problemas.

De un tirón, sacó las armas y limpió la sangre en la camisa de uno de los cuerpos inertes.

Una linterna iluminó su rostro.

Riddick lanzó un gruñido de dolor: ser fotosensible tenía sus desventajas.

Una niña lo observaba con los ojos dilatados por el miedo.

El furiano apartó el aparato con delicadeza.

—Vuelve a casa, pequeña —dijo—, o te meterás en un buen lío.

La joven le recordó a Jack.

—Sí, señor.

La voz de Benton Ju resonó desde el exterior:

—¡Sal, Riddick! —amenazó—. ¡O acabaré con la mocosa!

Riddick esperó a que la niña desapareciera. Luego se colocó las gafas de sol y bajó al nivel de la calle. Ningún inocente perdería la vida por su culpa.

Benton Ju lo esperaba, empuñando un escáner termográfico.

—Ha sido conmovedor —se burló—. Ignoraba que una mierda como tú tuviera sentimientos.

El furiano hizo caso omiso.

—Esto es entre tú y yo, Benton. —Señaló al mercenario que lo apuntaba—. Dile a tu colega que quite el dedo del gatillo.

Benton Ju masculló:

—Suelta el arma, Riddick.

Los cuchillos rebotaron contra el suelo.

Riddick decidió herir su amor propio:

—¿Dónde están las cámaras, Benton? —preguntó con sarcasmo—. ¿No vas a vender la exclusiva a ningún informativo?

Los dientes del mercenario chirriaron.

—Ha sido todo demasiado precipitado —confesó—. Espero que en Crematoria me den un buen precio por tu pellejo.

Crematoria: un planeta prisión infernal cuyas temperaturas alcanzaban los 450 grados durante el día y descendían a 190 bajo cero por la noche. La peor penitenciaría de triple seguridad de todo aquel sector de la galaxia.

—¿Crematoria? —rio—. ¿Crees que ese jardín de infancia podrá contenerme mucho tiempo?

Benton Ju vibraba de rabia.

—¡No volverás a ver la luz del sol, Riddick!

El mercenario sacó un cuchillo. La hoja arañó la cara del furiano: una delgada línea roja quedó marcada sobre su pómulo izquierdo.

Riddick se puso en posición de combate.

El cazarrecompensas cambió el arma de mano y fintó por la zurda con una mirada asesina. El furiano evitó el ataque a duras penas.

Moviéndose en círculos, giraron, midiendo las defensas del otro, buscando una grieta en la guardia contraria.

Riddick no quitaba los ojos del cuchillo. El mercenario apenas hacía ruido al deslizarse; su economía de gestos era letal.

Es bueno, meditó. No será fácil derrotarlo.

La hoja buscó su cuerpo. El furiano retrocedió y evitó la línea mortal dirigida a sus costillas.

Riddick contraatacó. Benton Ju saltó hacia atrás y esquivó la patada dirigida a sus rodillas que estuvo a punto de derribarlo.

El cazarrecompensas recuperó la estabilidad, cubrió su costado indefenso y subió la guardia.

El furiano retrocedió imperceptiblemente y llevó a su oponente a su terreno.

Benton Ju se acercó. El arma pasó de la mano izquierda a la derecha. Una promesa de muerte brillaba en sus pupilas aceradas por la rabia.

Una vena palpitó en la sien de Riddick.

El mercenario embistió de lado. Su brazo chocó contra el del fugitivo. Había cometido un error fatal.

El furiano extendió la zurda y aplastó la laringe de su adversario con el canto de la mano, arrebatándole la respiración.

Benton Ju se recuperó con presteza, pero Riddick no le dio oportunidad: de un talonazo lo arrojó de espaldas contra la pared del edificio.

Acto seguido, aprovechó el desequilibrio del cazarrecompensas y le quitó el arma de un manotazo, a punto de romperle la muñeca.

El mercenario bramó. Su rugido de dolor desgarró el silencio.

Riddick le agarró la cabeza y le partió el cuello, brutalmente.

El último cazarrecompensas temblaba de pánico.

El fugitivo se puso las gafas en la frente. Sus pupilas plateadas se cruzaron con las azules del hombre.

—¡Largo!

El mercenario arrojó el arma y desapareció de su vista.

El furiano recogió sus cuchillos y salió del callejón en busca del petate que había abandonado. Cuanto antes volviera a su nave, mejor.

El Sistema U.V. le esperaba.

Este ha sido tu último programa, Benton Ju...

HELIÓN PRIMERO

La silueta de la Nueva Meca empequeñecía la diminuta figura de Jack.

—No me dejes, Riddick.

El furiano ahogó el nudo de dolor que le estrangulaba las entrañas.

—Debo hacerlo, Jack.

La joven resistía las lágrimas lo mejor que podía.

—¿Por qué?

Riddick señaló las brillantes cúpulas de la ciudad.

—Esto no es para mí.

Jack gimió.

—¡Mientes!

El furiano se aproximó a la niña.

—Soy un fugitivo, Jack —explicó—. Si me quedara en la Nueva Meca, no tardarían en encontrarme. ¿Lo entiendes?

—No es cierto —protestó—. ¡Todos creen que has muerto!

Riddick suspiró, impaciente.

—¿Recuerdas a Antonia Chillingsworth?

La joven asintió a regañadientes.

—Sí.

—Tengo a la mitad de los cazarrecompensas de su nave detrás de mi cabeza. Debo alejarme de Helión Primero para que estéis a salvo.

Jack no estaba convencida.

—¿Por qué estás tan seguro?

El furiano bajó la voz.

—Cuando tenía dieciocho años me destinaron al Sistema Sigma 3 —dijo—. Serví en una compañía Ranger hasta que me echaron por no obedecer las órdenes de mis superiores: querían que nuestro escuadrón exterminara una colonia de mineros. Cuando escapé, me uní a un grupo de mercenarios libres que auxiliaba a los soldados ETAC que luchaban en las Guerras Wailing.

Hizo una pausa.

—Fui el único superviviente de quinientos hombres, Jack. Todos murieron en una batalla que no quiero ni recordar. Luego me capturaron y me encerraron en Altair: un trullo lleno de mutantes psicópatas donde lo máximo que podías sobrevivir eran dos semanas.

La joven tenía los ojos abiertos de par en par, entre la admiración y la incredulidad.

—¿Y qué pasó?

Riddick se encogió de hombros.

—Logré salir de allí durante una evaluación psicológica. He estado huyendo desde entonces, año tras año, de una penitenciaría a otra, seguido de cerca por hombres como Johns.

La mirada de Jack se suavizó.

—Pero continúas libre.

El furiano asintió.

—Efectivamente.

—Razón de más para que no me abandones.

Es curioso, reflexionó Riddick. Ni siquiera ha mencionado a Imam.

Riddick decidió atajar la conversación:

—Nunca seré un hombre de paz, Jack. Lejos de mí tendrás una oportunidad de futuro. Conmigo solo te espera miseria y desesperación.

La joven fue sincera:

—No me importa.

El furiano le acarició la cabeza.

—Quédate en la Nueva Meca, Jack.

Jack inclinó la cabeza, desalentada.

—¿Volverás a buscarme?

Aquella fue su despedida. Ignoraba que no volvería a verla hasta dentro de cinco años.

—Te lo prometo.

SISTEMA U.V.

La nave se aproximaba al Planeta 6 del sistema U.V. Riddick dormitaba, intranquilo, dentro de la cápsula de criosueño, vencido por pesadillas inenarrables:

Dicen que casi todo el cerebro deja de funcionar durante la hibernación. Todo menos el lado primitivo, el lado animal. Ahora entiendo por qué sigo despierto...

El furiano intentó abrir los ojos. Algo iba mal. La hibernación debería proporcionarle descanso, paz, pero, desgraciadamente, los científicos que diseñaron aquel aparato se equivocaron...

...los que me dicen que me alimente de eso dulce que hay a la izquierda de la columna, junto a la cuarta lumbar: la aorta abdominal. La sangre humana tiene sabor metálico, como a cobre, pero si la mezclas con licor de menta, el sabor se va...

Riddick apretó los puños, revolviéndose en sueños, con expresión consternada. Nunca podría escapar de su destino. La salvación del universo pesaba sobre su espalda como un cepo...

...ir al trullo donde te dicen que nunca volverás a ver la luz del sol. Buscas a un médico, le pagas con veinte cigarrillos mentolados y entonces consigues que te opere los globos oculares...

El fugitivo emergió del ataúd de acero y gomaespuma. Su cuerpo desnudo temblaba de frío. Sus pies descalzos pisaron la moqueta de poliéster del camarote. Le costaba mantener la estabilidad después de tres meses de travesía.

Las últimas palabras del sueño rebotaron en su mente...

Acabas de hacer algo muy poco civilizado, Jack...

Riddick apretó las mandíbulas.

No era una voz cualquiera. No era un recuerdo difuso ni una alucinación pasajera. Era una advertencia. Un eco de algo que había visto… o que aún estaba por suceder.

Caminó con lentitud, dejando que el frío terminara de despertar su cuerpo. El silencio del camarote era absoluto, roto únicamente por el leve zumbido de los sistemas de la nave.

Jack.

El nombre permaneció suspendido en su cabeza como una herida abierta.

Había tomado la decisión correcta. Alejarse. Desaparecer. Cortar cualquier vínculo antes de que alguien lo utilizara en su contra.

Siempre funcionaba así.

Siempre.

Riddick avanzó hasta el panel de control y observó el vacío a través del visor frontal. El Planeta 6 del Sistema U.V. crecía lentamente ante él: un mundo muerto, congelado, perfecto para alguien como él.

Un lugar donde nadie haría preguntas.

Un lugar donde nadie importaba.

Pero la voz no desaparecía.

Muy poco civilizado...

El furiano entrecerró los ojos.

—Ha sido lo mejor —murmuró para sí—. Debo protegerla.

Sus pupilas plateadas brillaron en la penumbra.

Activó los sistemas de descenso.

Las coordenadas quedaron fijadas.

El destino, sellado.

Y en algún lugar, muy lejos de allí, una chica a la que había prometido regresar seguía esperando algo que él no estaba seguro de poder cumplir.

Riddick no volvió a pensar en ello.

La nave se precipitó hacia la atmósfera.