«Tus esfuerzos han sido endebles e ilusorios. Te propusiste la tarea de describir el impulso de la humanidad hacia la autodestrucción, pero solo te has señalado a ti mismo.»
Greg
Bear
Después de
la Tercera Guerra Mundial, las Casas Madres relegaron el poder de los gobiernos
a un segundo plano, tomando el control de los planetas colonizados del Mundo
Exterior. La robotización industrial —que tanto auxilio prestó a Estados Unidos
durante el conflicto— cobró una importancia desmesurada: los fondos económicos
de las grandes corporaciones se destinaron a la construcción de nuevos
prototipos de combate.
Las empresas
armamentísticas, que antaño los vendían al ejército, no tardaron en fabricarlos
en masa. Nadie imaginó que las máquinas adquirirían conciencia propia y se
rebelarían contra sus creadores. Una oleada de terroristas, letales y
sanguinarios, perfectamente organizados y provistos del mejor armamento, sembró
una estela de muerte y destrucción.
Al
comprender que habían abierto la Caja de Pandora, los presidentes de las Casas
Madres crearon unidades de élite para eliminar a las máquinas que habían
arrojado al mundo: los agentes ejecutores. Estos fueron entrenados bajo los
auspicios de militares veteranos de todas las guerras conocidas. Trabajarían al
margen de la ley, tendrían jurisdicción en todas las naciones y podrían
utilizar cualquier método necesario para llevar a buen puerto las operaciones
asignadas.
En un
universo carente de esperanza, devastado por la lluvia ácida, la contaminación
industrial y la escasez de recursos naturales, las soluciones extremas se
convirtieron en la única alternativa viable para restaurar la armonía. El ser
humano aceptó exterminar el caos a cualquier precio.
Soy un
simple soldado —un sargento de la Orden de los Centinelas al servicio de la
Corporación Schneider— instruido para obedecer a sus superiores. Aunque mi
profesión me repugne, cumplo las órdenes a rajatabla. El Consejo de Guerra se
cierne sobre mi cabeza; un destino que no pienso aceptar si puedo evitarlo.
Mi primera
operación cibernética sentenció mi destino. Desde el momento en que los
neurocirujanos reemplazaron las partes dañadas de mi anatomía por implantes
mecánicos, no hubo marcha atrás.
Me
transformé en un asesino frío y despiadado, capaz de cometer las peores
atrocidades. Nunca logré controlar la insensibilidad de los injertos. Por eso
consumo anfetaminas: gracias a ellas consigo experimentar algo parecido a una
emoción, escapar —aunque sea por instantes— de los bordes helados de los órganos
artificiales que me empujan hacia la hibridación absoluta.
¿Qué puedo
hacer para evitar el futuro inaceptable que se dibuja en el horizonte?
Las misiones
de exterminio son cada vez peores. Me enfrento a enemigos más sofisticados de
lo que cualquier militar podría temer: cibernados con capacidades físicas e
intelectuales que rozan lo sobrehumano.
A veces
deseo empuñar un arma y poner fin a una vida que dejó de tener sentido hace
décadas. El problema es que mis superiores reconstruirían lo que quedara de mí.
Jamás me permitirán descansar.
Soy más
máquina que humano.
Y eso me
mantiene atado a las cenizas del pasado con una fuerza devoradora.
Lloro,
sumido en la amargura, enervado por el efecto de los estimulantes que acabo de
consumir.
Lo he
perdido todo…
Dorian Stark
1. MISIÓN
Dorian...
Nessa
se inclinó sobre el alemán.
—¿Estás
bien? Despierta... ¡Por favor! No me abandones ahora.
La
cyborg lo sacudió con desesperación.
—Dorian...
¡Dorian, despierta!
Con
una expresión amarga, Stark abrió los ojos y recorrió con la vista el
dormitorio a oscuras. Sus pupilas fotoeléctricas transformaron las tinieblas en
un amanecer artificial. Otra pesadilla. Como siempre.
Tenía
demasiados fantasmas para dormir tranquilo; su conciencia estaba manchada por
la sangre de innumerables víctimas.
Desanimado,
extendió el brazo izquierdo, tomó un frasco metálico e ingirió tres anfetaminas
sin agua. El sabor amargo le abrasó la garganta, y la descarga química encendió
sus músculos embotados por la falta de descanso. La energía artificial le
devolvió el movimiento. Se levantó del lecho de látex y avanzó hacia el salón,
con pasos erráticos por la subida repentina. Inconscientemente, rozó con los
dedos las paredes recubiertas de papel de arroz.
Sus
sensores captaron que la lluvia había cesado. Un alivio. No tendría que
soportar el repiqueteo interminable de las tormentas que asolaban la ciudad.
Dorian
se dejó caer en el sofá de gomaespuma y observó su entorno: televisor Thomson
de cincuenta pulgadas, mesa hexagonal de metacrilato, dispensador automático de
comida y persianas de aluminio anodizado. El apartamento era una caja vacía con
aire reciclado.
La
imagen de Nessa volvió para atormentarle la escasa humanidad que le quedaba.
Cerró los puños hasta que las uñas se clavaron en la carne sintética. Extrañaba
a la cyborg. ¿Por qué lo había dejado? Nunca le dio una explicación.
Simplemente desapareció, quizá para unirse a algún grupo insurgente, quizá para
borrar cualquier rastro de él.
Tú
decidiste por los dos, pensó. No tuviste el valor de decirme
la verdad, Nessa.
Abrió
las manos doloridas; ocho pequeñas heridas marcaban sus palmas enrojecidas. Se
levantó de un salto y abrió el balcón con violencia. Una ráfaga de aire helado le
golpeó el rostro, y los circuitos sensoriales de su columna vertebral enviaron
una descarga al cerebro que erizó su piel sintética.
El
panorama urbano lo hundió aún más. En el horizonte, torres de refinerías
lanzaban llamaradas de magnesio que iluminaban las cúpulas corporativas bajo un
cielo cubierto de ceniza.
El
zumbido del comunicador Sony lo sacó de sus pensamientos. Una videollamada del
Departamento.
—Buenas
noches, Stark.
El
comandante Aries sostenía un cigarrillo de contrabando entre los labios.
—Buenas
noches, señor.
El
superior fue directo al grano:
—El
General Moser me ha encomendado una misión para usted.
El
alemán sintió una punzada de cansancio mezclada con desconfianza.
—Lo
escucho.
Aries
exhaló humo por la nariz.
—Debe
eliminar a cuatro androides Helix-9.
Dorian
frunció el ceño.
—¿Por
qué, señor?
El
comandante no mostró compasión.
—Porque
asesinaron a uno de nuestros agentes.
El
alemán soltó una risa amarga.
—Magnífico.
Aries
ignoró la ironía.
—La
Corporación Helix ha proporcionado sus archivos de creación a nuestros
técnicos...
Stark
lo interrumpió:
—Mi
trabajo no consiste en eliminar unidades biotécnicas. Para eso está la División
Externa.
—¡Obedecerá
mis órdenes, sargento! —gruñó Aries—. ¡O terminará limpiando túneles de drenaje
el resto de su carrera!
Stark
apretó la mandíbula. No tenía elección.
—Sí,
señor.
El
comandante aplastó el cigarrillo en el cenicero.
—El
honor de nuestra organización debe ser restaurado. El General Moser no
permitirá que un puñado de androides elimine a un miembro de los Centinelas.
Tómeselo en serio, Stark.
El
alemán no creyó una palabra.
—¿A
quién eliminaron?
—No
es de su incumbencia —cortó Aries—. Le enviaré los datos esta noche. Quiero su
informe en veinticuatro horas.
Dorian
sintió la rabia subirle al estómago.
—De
acuerdo, señor.
El
comunicador se apagó, dejando la habitación en silencio.
Y
con el silencio, volvió la certeza de que aquella misión sería otra mancha más
en su conciencia.
2.
JEAN
El
rostro inexpresivo del primer androide llenó la pantalla líquida ultraplana,
girando lentamente sobre sí mismo bajo un fondo blanco.
Unidad
Helix-9 / Serie H9-M-Vance
Función:
combate y carga pesada
Físico:
nivel A / Mental:** nivel B**
Jean
bromeó:
—Poca
cosa para ti, Dorian.
Stark
forzó una sonrisa tensa.
—Tenía
entendido que la Helix les implantaba una fecha de desconexión. ¿Dónde diablos
está ese detalle?
La
cyborg gruñó:
—A
esos bastardos no les interesa que lo sepamos.
El
segundo androide reemplazó al anterior.
Unidad
Helix-9 / Serie H9-M-Disch
Función:
defensa de colonias exteriores
Físico:
nivel A / Mental:** nivel B**
Jean
frunció los labios.
—No
me gusta. Tiene cara de ser duro de romper.
Stark
asintió, excitado: los objetivos difíciles lo mantenían vivo.
—Cierto.
El
tercer androide apareció.
Unidad
Helix-9 / Serie H9-M-Bear
Función:
seguridad urbana
Físico:
nivel A / Mental:** nivel C**
Stark
torció una sonrisa.
—El
idiota del grupo.
Jean
estalló en carcajadas.
—¿Nivel
C? ¡Menuda basura! ¡Prefiero seguir siendo una cyborg!
El
último archivo sustituyó al anterior.
Unidad
Helix-9 / Serie H9-H-Takako
Función:
piloto de cruceros estelares
Físico:
nivel A / Mental:** nivel A**
Takako
le robó el aliento: cabello negro, frente amplia, ojos rasgados, nariz recta,
labios carnosos. Su belleza oriental le recordó dolorosamente a Nessa. Los
recuerdos le atravesaron el pecho como cuchillas. Por mucho que lo intentara,
no podía huir del pasado.
Jean
advirtió su gesto.
—¿La
conoces?
—No
—mintió.
Demasiado
íntimo. Demasiado doloroso para compartir.
—Pareces
haber visto un fantasma —comentó ella.
Stark
cambió de tema.
—¿Puedes
localizarlos?
Jean
arqueó las cejas con una sonrisa taimada.
—Posiblemente.
¿Qué me ofreces a cambio?
Su
tono malicioso lo hizo tensarse.
—Yendólares.
—¿De
la Corporación Schneider?
—Claro.
—Perfecto.
Mientras
la cyborg tecleaba en la consola, Dorian observó sus movimientos. El
mono de poliéster gris realzaba su cuerpo de curvas duras y perfectas. Le
atraía. Desde hacía años. Pero sabía que ese deseo era otra condena.
Ya
amaste a una máquina una vez, pensó con amargura. Con
una vez bastó.
Jean
percibió su mirada.
—¿Ves
algo que te interese, Dorian?
Él
esbozó una mueca.
—Quizá.
Ella
rio, disfrutando del juego.
—¿Cuándo
vas a mandar al infierno a tus superiores?
La
pregunta lo pilló desprevenido.
—Sabes
que si deserto, la Orden de los Centinelas me cazaría como a un perro.
—Eres
un cobarde —gruñó—. Ganarías más como mercenario.
Dorian
encogió los hombros.
—El
dinero no lo es todo.
—Eres
un nihilista —se burló—. Te lavaron el cerebro desde que entraste en el cuerpo.
Stark
entrecerró los ojos.
—Jamás.
Jean
se levantó con gesto felino y se apoyó contra el escritorio de palo de rosa.
—¿Dónde
tienes el chip de crédito?
El
olor de su cabello lo mareó.
—Dime
lo que sabes —pidió—. Sacaré mis propias conclusiones.
—He
encontrado a tu colega Takako —dijo ella—. Trabaja en una clínica de mercado
negro.
Él
no dudó de su palabra.
—¿Dónde?
—Long Beach, Carson Street 747.
La
dirección le sonaba.
—¿En
qué distrito?
Jean
sonrió con sarcasmo.
—En
el Cuarto.
—El
Barrio de Ning…
—Te
ha tocado el peor de todos, Dorian.
Stark
suspiró.
—Lo
habitual. ¿Y la clínica?
—Imposible
de rastrear. Necesitarías a un hacker con toda la parafernalia: implantes
parietales de gama alta, fibra óptica, guantes de retroalimentación.
La
mujer se acercó a él con mirada eléctrica. Dorian tragó saliva, fingiendo
indiferencia.
—¿Cómo
lo descubriste?
—Takako
es idiota —respondió—. Vendió sangre para sobrevivir. Cualquiera con una
consola puede seguirle el rastro.
—¿La
sangre de los androides sirve para transfusiones? —preguntó con genuina
sorpresa.
Jean
le acarició el mentón.
—Por
desgracia, sí.
Lo
besó con intensidad. Sus bocas se fundieron, compartiendo un instante de
ternura y vacío. Dorian respondió, pero enseguida se apartó. Ese tipo de
consuelo le estaba negado.
—Tengo
que irme.
Jean
bajó la mirada.
—¿Volveré
a verte?
—Sí.
3.
MEGALÓPOLIS
Mientras
avanzaba por la avenida, Stark hundió las manos en los bolsillos de su
trinchera de cuero. La calle era un vertedero interminable: montones de
desechos, neones parpadeantes y el eco metálico de las cloacas subterráneas.
Los rascacielos se alzaban hacia el cielo como colmillos de acero, ocultando el
horizonte bajo una niebla de smog y lluvia ácida.
El
aire hedía a combustible, sudor rancio, basura fermentada y restos de comida
sintética. Los bidones ardiendo con fósforo iluminaban los rostros de los sin
techo, convertidos en sombras vivientes.
Takako
caminaba entre la multitud, ajena a la llovizna pegajosa que resbalaba por su
chaqueta de polipiel. Llevaba horas siguiéndola, invisible para los sensores de
la androide. Esperaba que lo guiara hasta el resto del grupo Helix-9.
Ambos
cruzaron el Distrito Cuarto, una selva de luces, ruido y miseria. Pasaron
frente a locales de placer, puestos de sushi luminosos, templos de realidad
virtual y fumaderos de opio sintético. Los letreros en kanji y árabe se
mezclaban con anuncios en inglés y español, creando una cacofonía visual
imposible de descifrar.
Los
transeúntes avanzaban como una masa única, envueltos en su desesperación por
sentirse humanos en un mundo que les negaba la elección. Para Dorian, todos
eran iguales: engranajes gastados en una máquina demasiado grande.
Aceleró
el paso, esquivando cuerpos y miradas. Un par de prostitutas intentó
interceptarlo; ni las miró. No podía perder de vista a Takako.
El
barrio se transformó poco a poco en un laberinto de bóvedas bajo los
rascacielos. A su alrededor, pantallas holográficas proyectaban anuncios
intermitentes: “Neurocarcasas de última generación — ¡sienta la inmortalidad
digital!” o “Carne nueva, recuerdos nuevos — créditos fáciles, sin preguntas.”
Pasó
junto a un grupo de vietnamitas tambaleantes, drogados con eucodal de baja
pureza. Llevaban camisetas de plástico, pantalones raídos y sandalias abiertas.
Cada
día odio más esta ciudad, pensó con amargura. Debería
haberme marchado a las colonias.
Y,
sin embargo, sabía que las colonias no eran mejores. Eran otro vertedero, más
grande, más lejos.
¿Por
qué habían desertado los Helix-9? En el fondo, los comprendía. Esa empatía lo
irritaba: lo acercaba demasiado a ellos. Había demasiada máquina en su cuerpo y
en su mente; su naturaleza híbrida lo convertía en un paria. No era
completamente humano, ni completamente sintético.
Una
hilera de monjes nepalíes recitaba mantras bajo un toldo empapado, envueltos en
túnicas naranjas raídas. Pedían limosna a la puerta de un local de striptease.
Takako dobló a la derecha, internándose en una zona aún más oscura.
Un
acuario gigantesco mostraba un tiburón mecánico nadando en líquido amniótico;
era el reclamo de una cadena de comida rápida. Las dependientas, con rasgos
ambiguos, servían bandejas luminosas a los clientes zombificados.
El
alemán sintió una punzada en el pecho. Odiaba ese mundo, pero sabía que
pertenecía a él. Era una pieza más del engranaje que mantenía el sistema en
movimiento.
Takako
cruzó frente a un puesto de aves artificiales ensambladas con piezas de
aluminio y polímeros. El aire estaba impregnado con el olor sintético de las
bestias mecánicas. Una anciana discutía con un comerciante por el precio de un
colibrí fosforescente. Jaulas llenas de réplicas de especies extintas colgaban
del techo: ibis rojos, águilas, halcones, jilgueros, aves del paraíso.
Un
vagabundo se interpuso en su camino y le clavó el cañón de una Taurus en el
abdomen.
—¡Dame
la pasta, cabrón!
Antes
de que terminara la frase, Dorian desvió el arma y le destrozó la tráquea con
el canto de la mano. El hombre se desplomó entre la multitud, muerto antes de
tocar el suelo.
Naciste
para morir, pensó con frialdad.
Nadie
reaccionó. Los transeúntes lo rodearon como si fuera una bolsa de basura. Nadie
miró el cuerpo. Nadie dijo una palabra.
Dorian
siguió caminando. A lo lejos, distinguió a Takako a unos cien metros, dispuesta
a cruzar la autopista elevada.
Un
dirigible publicitario pasó sobre su cabeza, proyectando un eslogan
tridimensional en el aire contaminado:
“VIAJES
INTERPLANETARIOS CON RAKUTEN TOUR SYSTEMS —
Descubra
Himalia, el nuevo paraíso humano.”
El
mensaje le provocó una mueca de asco. Sabía que era una mentira: las colonias
eran tan sucias y corruptas como la Tierra. Solo que el vacío hacía el ruido
más soportable.
“Este
anuncio ha sido cortesía de Helix Corporation:
Ayudando
a la humanidad a trascender los límites.”
Dorian
levantó la vista hacia el cielo saturado de neones y sonrió con amargura.
—Sí...
ayudando a morir más despacio.
4.
VIDEOGALERÍA
Con
cautela, Stark penetró en la vídeogalería. El local estaba sumido en un zumbido
constante: cientos de máquinas holográficas proyectaban luces intermitentes,
melodías sintéticas y gritos digitales. La atmósfera era densa, cargada de
ozono y sudor.
Takako
se detuvo frente a una consola y apartó el cabello mojado de su frente. El
gesto, tan humano, le recordó a Nessa, y un dolor conocido le recorrió el
pecho.
En
la pantalla, una criatura alienígena devoraba a los tripulantes de una nave
espacial. Los clientes observaban absortos, sin sospechar que entre ellos había
una androide Helix-9. Dorian la hubiera reconocido a kilómetros: su instinto
cazador lo delataba. La Helix-9 era casi perfecta, y ese “casi” la hacía más
peligrosa.
Su
comunicador vibró en el bolsillo. Lo más probable era que Aries intentara
contactarle, pero la señal mostraba otro nombre.
—Hola,
Dorian.
Jean
apareció en la diminuta pantalla del dispositivo.
—¿Qué
tal estás? —preguntó ella.
Él
miró a su alrededor, buscando cobertura y salida. No debía distraerse durante
una operación.
—Bien.
La he encontrado.
Jean
desvió la mirada a un punto fuera del encuadre, tecleando algo.
—He
conseguido la información que querías.
—¿Y
bien?
—Los
Helix-9 escaparon de Deimos. Robaron una lanzadera y asesinaron a toda la
tripulación.
Dorian
apretó los dientes.
—Típico.
Jean
sonrió con cierta ironía.
—¿Adivinas
quién viajaba con ellos?
—Sorpréndeme.
—Un
pez gordo: Miyoshi Hitsukaza.
El
nombre le sonó familiar.
—Sí,
lo conozco.
—¿De
qué?
—Tuve
que eliminar a sus antiguos jefes hace unos años. Trabajaba para la Corporación
Fujifujih antes de venderse a Helix. No sabía que lo habían enviado a Marte.
Jean
asintió.
—Probablemente
lo mantenían oculto para que no repitiera la jugada.
—Sin
duda —respondió él.
De
pronto, Takako se giró. Su mirada se cruzó con la de Dorian. Un segundo bastó.
Lo había descubierto.
—Jean,
tengo que dejarte —susurró.
—Vigila
tu espalda, Dorian.
—Siempre
lo hago.
Colgó
justo cuando Takako desenfundó una H&K compacta. El primer disparo destrozó
una máquina recreativa a su lado; los clientes corrieron en pánico, cubriéndose
la cabeza mientras los proyectiles trazadores iluminaban la estancia con
destellos naranjas.
Stark
respondió de inmediato. Sus balas perforaron pantallas, vidrios y hologramas.
La Helix-9 se ocultó tras una columna, pero él sabía que no tardaría en
contraatacar.
Sin
previo aviso, el espejo del fondo le devolvió una silueta: otro androide
avanzaba por su flanco derecho, blandiendo una ametralladora Hawk. Reconoció la
cara de Bear, serie H9-M-C912.
Trampa.
Rodó
hacia una consola destrozada y disparó desde el suelo. Tres impactos precisos
atravesaron el pecho del androide, que se desplomó como un muñeco
desarticulado. En ese mismo instante, una bala le rozó el hombro mecánico,
arrancando chispas. El dolor eléctrico le recorrió la espina dorsal, pero se
mantuvo en pie.
El
ruido era ensordecedor. Takako gritó algo en japonés; Vance, el Helix-9 de
combate, rugió como un animal. Su ráfaga de fuego cruzó el aire, arrancando
trozos del mobiliario y del suelo. Dorian respondió con precisión quirúrgica,
apuntando a las rodillas del androide. Vance cayó, su cuello quebrándose al
golpear una máquina de bebidas.
El
alemán jadeó. La videogalería estaba cubierta de sangre sintética y humo.
Disch
emergió de entre los restos, cargando una Franchi Spas. El golpe de la culata
abrió una brecha en la cara de Dorian; el impacto lo habría matado si no fuera
por los refuerzos óseos de su mandíbula. Cayó al suelo, rodando, mientras el
androide lanzaba otra patada.
Stark
la bloqueó con la rodilla y contraatacó con la mano izquierda, los dedos
extendidos en forma de garra. Disch esquivó, lo agarró por el cuello y lo lanzó
contra una columna. El impacto le arrancó un gemido, pero su cuerpo aguantó.
El
siguiente golpe fue directo a la cara. Stark lo detuvo a medio camino y, con un
giro brutal, activó los implantes de su antebrazo. Tres cuchillas de tungsteno
emergieron de su puño y se hundieron en la cabeza del androide. Un chasquido
seco. Silencio.
El
cuerpo de Disch cayó al suelo con un sonido metálico.
Dorian
recuperó el aliento, la vista borrosa por el dolor. Frente a él, Takako
temblaba, acorralada entre los restos humeantes de las máquinas. Lágrimas
oscuras corrían por sus mejillas.
—¡Asesino!
—gritó.
Él
alzó su arma.
—Solo
hago mi trabajo.
Apretó
el gatillo.
La
bala le atravesó el cráneo. Los sesos sintéticos salpicaron la consola detrás
de ella.
Dorian
bajó lentamente el arma. El eco del disparo se disipó. Solo quedó el zumbido de
los monitores rotos y el olor a plástico quemado.
Todo
ha terminado, pensó. Aries ha conseguido lo que
quería.
La
misión había sido un éxito.
Y
otra cicatriz más se grababa en su conciencia.

