Cuando llega el momento de valorar el nuevo trabajo de un artista con una carrera tan extensa —hablamos del decimocuarto elepé de Morrissey— las comparaciones con su glorioso pasado resultan inevitables. Que nadie espere un disco tan brillante como You Are the Quarry (2004), considerado uno de sus mejores álbumes, con el que logró revitalizar su trayectoria tras siete años de silencio discográfico.
Make–Up Is a Lie llega además cargado de polémica. Aparte de su terrible portada, el disco arrastra el peso de las controvertidas declaraciones de su creador, disputas con Johnny Marr sobre el legado de The Smiths, sus litigios con la industria musical y la historia reciente de dos álbumes que tuvo que recomprar a Capitol Records —World Peace Is None of Your Business (2014) y Bonfire of Teenagers—, además de los continuos cambios de título y de fecha de publicación y, sobre todo, una interminable lista de conciertos cancelados que han puesto en entredicho su profesionalidad, por no decir su reputación. Un divo irresponsable con una parroquia fiel que continúa llenando sus directos.
La crítica ha recibido el álbum con cierta ambivalencia, señalando su falta de cohesión y la presencia de material poco inspirado. ¿Se trata de prejuicios preconcebidos o de una valoración justificada? No sería extraño que el errático comportamiento reciente de Moz haya terminado proyectándose también sobre la percepción de su música. A nadie debería sorprenderle: siempre ha sido un artista incómodo. En algunos casos da la impresión de que ciertos cronistas juzgan antes al personaje que al disco, un fenómeno cada vez más habitual cuando se trata de figuras tan controvertidas como Morrissey.
Debemos reconocer que el sencillo de presentación, «Make–Up Is a Lie», carece de la fuerza necesaria para sostener el peso de la expectativa, mientras que la versión de «Amazona», de Roxy Music, se queda en una interpretación demasiado contenida —solo destaca su solo de guitarra final, a cargo del fiel Alain Whyte— para un artista de la talla de Morrissey. Entre ambos adelantos, «Notre-Dame» sí logró levantar el vuelo y devolver algo de esperanza gracias a su sonido de claras reminiscencias ochenteras. Sin duda, uno de los puntos álgidos del elepé, pese a una letra conspirativa que no terminó de cuajar. ¿Qué podemos decir del resto de los cortes?
«You’re Right, It’s Time» abre el disco con energía, un tema coreable sostenido por una base electrónica que funciona como carta de presentación. En la balada «Headache» —donde Moz apenas parece él mismo— ofrece una interpretación sombría sobre la mortalidad. En «Boulevard», conducida por una sencilla línea de piano y sintetizadores, Morrissey se mueve en un registro teatral, casi de vodevil. «Zoom Zoom the Little Boy» remite a los noventa con un toque glam rock que evoca al Bowie clásico. «Kerching Kerching» es la más dura del lote, con guitarras crujientes y un clima amenazador. Por su parte, la funk «The Night Pop Dropped» y «Lester Bangs» —un homenaje al desquiciado escritor que cambió la historia del periodismo musical en Estados Unidos— representan el lado más pop del álbum. Esta última incluye un estribillo contagioso y, como no podía ser de otra manera, gira en torno a un outsider, una bala perdida fuera de los márgenes de la sociedad: el mismo papel —por no decir mártir— que Morrissey ha encarnado durante toda su carrera.
En cuanto a las letras: el precio de la fama, marginados, decadencia cultural, crítica al espectáculo mediático, nostalgia por un pasado mejor, los derechos de los animales, muerte y memoria, cancelación, ironía hacia la industria musical y esa permanente sensación de desajuste con el mundo que siempre ha definido a Moz.
Como penúltimo tema aparece la ominosa «Many Icebergs Ago», una pieza que se desmarca claramente del resto del elepé y que supone una apuesta arriesgada dentro del conjunto. El cierre llega con «The Monsters of Pig Alley», un final melancólico que devuelve al disco su pulso más inspirado.
Estamos ante un elepé variado, ameno y bien secuenciado por Joe Chiccarelli (The White Stripes, The Strikes, My Morning Jacket), convertido ya en el productor de confianza de Morrissey —quinta colaboración entre ambos— durante los últimos años. En conjunto, el cantante entrega un trabajo disfrutable que, además, crece con las escuchas. Curiosamente, es en la cara B donde se concentran algunos de sus momentos más notables, demostrando que aún conserva la capacidad de sorprender cuando menos se espera. Probablemente no estemos ante una obra maestra dentro de su discografía, pero sí ante un álbum sólido que gustará a sus seguidores y ofrece suficientes motivos para regresar a él con cierta frecuencia. Y, a estas alturas de su carrera, con eso debería bastar.





