viernes, 11 de enero de 2019

RESEÑA "NÉMESIS", CORTESÍA DE HISTORIAS PULP


Como uno de los más asiduos colaboradores de Historias Pulp, Alexis Brito Delgado es un escritor que se ha ganado nuestra admiración gracias a una narración honesta, liberada de artificios y que, pese a su intencionada frugalidad de palabras, se las arregla para ambientar escenarios, describir sucesos y transmitir sensaciones con una manera tan certera e intensa como lo es la incisión de la veloz bala de un rifle de francotirador Mosin-Nagant.

La reseña de EL ÚLTIMO TEMPLARIO que encontraréis en este mismo blog os servirá como garantía de que la adquisición de esta nueva obra, NÉMESIS, está recomendada para cualquier lector que disfrute de las historias de aventuras y acción sin que el autor os aburra con una vacía pretensión de complejidad o profundidad en el modo de presentaros la historia. Alexis utiliza las menos de las palabras para detallar la acción, y cuando necesita hablar de las pasiones humanas o de la refrescante o deprimente belleza de la naturaleza, según las circunstancias, lo hace utilizando las más acertadas y concisas de las oraciones. Precisamente, esta facilidad que le da al lector para abandonarse al seguimiento de la historia es una de las que consideramos las mayores virtudes en común de sus relatos.

Volviendo a NÉMESIS, la nueva novela está ambientada en el apogeo de la Segunda Guerra Mundial, en la época en la que los nazis se han decidido a atacar a la Unión Soviética. La misión del protagonista, otro miembro más de la larga dinastía alemana de los Stark (como Wolfgang en EL ÚLTIMO TEMPLARIO, o Dorian en la saga de relatos iniciada con MENTE Y ACERO), es la de introducirse clandestinamente en territorio de los rusos para asaltar un castillo en el que se ha afincado un desertor alemán, habiendo secuestrado además a un científico de confianza de la mano derecha de Hitler, Heinrich Himmler.

Así es, en esta ocasión seguimos los pasos de un capitán del las fuerzas armadas de las SS. Un personaje que se nos presenta a mitad de un primer y terrorífico primer capítulo, en el que somos testigos de cómo los hombres de su unidad dan caza, con la ayuda de perros de la raza doberman, a judíos fugitivos que tratan de llegar a las ruinas de una ciudad devastada por la guerra que asola buena parte de Europa. A lo largo de varias páginas, se nos van presentando los distintos personajes, dándonos detalles de sus personalidades y de sus especialidades de combate, tal cual se nos representarían en una película o de cara a conocer sus habilidades en un videojuego. Mencionándolos de memoria, se encuentran los sanguinarios hermanos gemelos Mason, el forzudo Meyer, el nervioso y algo pusilánime médico adicto a la morfina de nombre Treser, el irónico Michael Konrad como el francotirador (mi favorito), Krauss como el disciplinado y obediente segundo al mando de la unidad; y, por fin, y revelándosenos a lo largo de la escena final del capítulo como un cruel y vengativo creyente en las paridas del III Reich, Johannes Stark, nuestro protagonista.

Es muy fácil leer este primer capítulo y terminar en un pequeño estado de turbación al descubrir que el personaje al que vamos a acompañar en toda la historia es una persona capaz de matar a sangre fría a personas indefensas, ejerciendo incluso horribles torturas sobre alguno por intentar, legítimamente, defenderse del exterminio. Pero esta es una historia de violencia extrema, y lo que está por llegar no es otra cosa que una lenta caída en desgracia de unas personas que han sido entrenadas para matar sin pensar. Johannes Stark recibe para sí mismo y su unidad la misión de Himmler con el estoicismo y el cinismo del que sabe que no tiene otra opción (dadas las veladas amenazas si se negaran a desempeñarla), y como lectores nos morimos de ganas por ver a estos despreciables y convencidos nazis por mostrar sus agallas y habilidades en un territorio tan hostil y desconocido como el de la frontera con el territorio de la unión soviética.

Sin embargo, se da una paradoja mientras la aventura se va desarrollando y complicando para ellos: tras descubrirlos como unas bestias inhumanas, unas máquinas de guerra programadas para matar sin pensar, vamos encontrando que se va despertando en nosotros algo parecido a la camaradería. No sé si esto es resultado del “buen rollo” que se traen entre sí los miembros de la unidad de Stark, o si se produce por hacernos partícipes tan cercanos (casi con la sensación de que una cámara de reportero, al estilo documental, los va siguiendo), de los duros esfuerzos y penurias por los que tienen que pasar unos hombres que realizan estoicamente “su trabajo”, con la misma eficiencia y temple tanto si se trata de asesinar a sangre fría a personas inocentes e indefensas, como cuando es hora de luchar por la vida contra un enemigo mayor en número, emboscada tras emboscada. Es difícil no ver como héroes a unos hombres que no dejan de avanzar aunque se encuentran, cada vez más, con la sangre y la mierda al cuello.

Esto mismo se acaba aplicando en menor medida, diría, al protagonista. La narración se va adentrando más y más en la psique de Johannes Stark al mismo tiempo que su unidad al mando se va adentrando en la Unión Soviética, y acabamos por descubrir que el alemán, como lo distingue el propio autor a lo largo de la novela, había sido un joven, voluntarioso y fanático soldado al que en el momento de la lectura le ha sobrepasado el hastío y la indiferencia ante los continuos horrores de la guerra. En su interior se ha vuelto cínico, y desprecia en secreto a sus mediocres líderes del partido nazi. Al mismo tiempo se tortura ocasionalmente por las atrocidades cometidas en nombre de la grandeza de Alemania, y los remordimientos por las malas y fanáticas decisiones de su juventud parecen volver su voluntad errática e impulsiva.

Esto hace que el protagonista, para mi percepción, acabe siendo casi más despreciable que sus subordinados; al no saber qué piensan y cómo han acabado como soldados, su situación parece algo más inconsciente, más cercanos a los perros que azuzaban contra los judíos en el primer capítulo que a personas que, voluntariamente, han elegido una vida de fanatismo: los hermanos Mason parece que solo les importa seguir juntos, y que están convencidos de que así podrán enfrentarse a cualquier cosa; Konrad, el francotirador, es alguien que tiene una habilidad especial a la que puede sacar mejor partido en la guerra, mostrándose cínico respecto a la causa y maneras negligentes de proceder de sus superiores; Treser es un médico adicto a la morfina, que vive constantemente debatido entre la fiebre de la adicción y la anestesia que le proporciona cada inyección; Meyer es un hombretón que parece sentirse realizado al desempeñar hazañas casi sobrehumanas durante las batallas; y, finalmente, Krauss, es un sargento dedicado por completo a la obediencia y la eficiencia. Es imposible creer que cada uno no tenga sus propios demonios y contradicciones dolorosas, pero al no quedar reflejadas en la narración no llegan a resultar tan patéticos y despreciables como parece el protagonista, sobre todo teniendo en cuenta que todos son nazis más o menos convencidos, y que es muy difícil ponerse en el lugar de ninguno de ellos.

Este Stark acaba convirtiéndose en un paria espiritual y terrenal, como lo fue en su momento su pretérito templario, Wolfgang. Su camino es de todo menos ejemplar, pero acaba en una situación muy parecida, sin saber si se merece una vuelta a la normalidad, no viendo nunca el fin de su camino de soldado y asesino, y temiendo, más que otra cosa, no tener nadie más a quien matar. Podría parecer que este Stark es una persona mucho más perdida y mezquina que los demás de su saga familiar, pero nada más lejos. Es otro hombre hecho para matar, un ser de una estirpe que, aunque se salta algunas generaciones, tiene en su propia sangre la sed de la de los demás, y que, mejor que ningún otro, ha encontrado su lugar en mitad de la guerra más grande y del lado que más le conviene a la hora de dar rienda suelta a su ferocidad.

No quiero desvelar nada de la trama que debéis descubrir por vosotros mismos, pero os adelantaré que el libro es una golosina para cualquier fanático de la Segunda Guerra Mundial, y que se utiliza mucha jerga en versión original de alemán, ruso y hasta en judío (creo recordar), todo ello aclarado en anotaciones a pie de página. Además se nombran muchas armas y vehículos de la época, y las detalladas y trepidantes escenas de acción nos permiten imaginarlas en funcionamiento tal cual que si viéramos una buena peli bélica. Las escenas de acción, aunque no se recrean en exceso en los detalles sangrientos, son contundentes y brutales, un reflejo espectacular de la furia y crueldad de la que es capaz la raza humana.

¿Es todo perfecto en esta nueva obra de Alexis? Bueno, ahí entran los gustos de cada uno. Quizá el final es demasiado abierto (lo que me lleva a pensar a que sabremos más de Johannes Stark), y quizá alguno pueda pensar que pararse a leer las anotaciones a pie de página puede ser farragoso, pero no es mi caso. En cambio, encuentro que el primer capítulo se vuelve un poco lento y confuso, a pesar de ser la descripción de una matanza. ¿Por qué? Empieza bastante bien, pero pronto empiezan a sucederse escenas muy cortas que describen brutales ataques de la unidad Stark contra los fugitivos judíos, y son pequeños espacios con descripciones muy cortas o diálogos entre los protagonistas. Aún no los conocemos, y es difícil seguir el hilo de quién es quién y qué está haciendo en qué momento. Y no porque esté mal escrito, ni mucho menos, pero parecen escenas y diálogos algo descontextualizados, y al principio es difícil quedarse con la presentación de tantos nombres distintos y tan seguidos.

Me paro a explicar esto porque a un lector sin expectativas quizá le pueda parecer que el inicio se está haciendo largo y difícil de seguir, pero os aseguro que es algo que se da durante tan solo un par de páginas, y vale mucho la pena continuar para disfrutar del resto de la novela.

Por otro lado, creo muy importante señalar la valentía de Alexis o cualquiera que se atreva a contar la historia de los malos, usándolos de protagonistas. Hay muchas historias de nazis que traicionan a los suyos o que trataron de detener la locura de Alemania en aquel entonces, pero no tantas que nos pongan a caminar hombro con hombro con los verdaderos villanos de una historia. Los sufrimientos de Stark no dejan de ser los propios de cualquier ser humano, y no creo que se usen en la novela para justificar sus acciones, sino como un reflejo de hasta qué punto puede una persona ser mezquina y malvada, en realidad. No es el tema central de la trama, pero casi diría que esta es la historia de un perturbado mental descrito de forma tan precisa como el de la novela MI ASCENSO, TU MUERTE, de Miguel Ángel Rosique, y que se vuelve, en algunas secciones un pequeño ensayo sobre la psicopatía, especialmente cuando habla de su familia, a la que recuerda siempre como si de visiones entre anestesia se trataran. Es decir, como parte de algo que no le había correspondido nunca experimentar.

Esperamos que os animéis vosotros mismos a disfrutar de esta novela de horror humano y acción, y que nos contéis qué os ha parecido.


Enlace original:
https://historiaspulp.com/resena-de-nemesis-novela-de-alexis-brito-delgado/




viernes, 21 de diciembre de 2018

RESEÑA "NÉMESIS", CORTESÍA DE LA NOVELA ANTIHISTÓRICA


Una vez más vuelve a estas páginas la inacabable saga de la familia Stark narrada, ya desde hace años, por su creador, el escritor canario Alexis Brito Delgado.

En esta ocasión, el escenario en el que se van a desarrollar las aventuras del vástago de los Stark no son la Europa de las guerras napoleónicas, ni la de las Cruzadas y el fin de la siempre sugestiva Orden del Temple. La apuesta literaria, si se quiere decir así, es esta vez mucho más alta. El nuevo Stark, de nombre Johannes, desarrolla su actividad de criatura literaria en un ambiente verdaderamente difícil: la II Guerra Mundial. Y no sólo eso. El reto que se impone Alexis Brito Delgado es aún mayor, pues su nuevo Stark no es uno de los “buenos”. Todo lo contrario. Los hechos de “Némesis” son la narración de un soldado alemán, del Tercer Reich. Y ni siquiera se trata de un simple soldado de la Wehrmacht, figuras hasta cierto punto recuperables para nuestra democrática opinión actual.

Ni mucho menos. Johannes Stark, el protagonista de “Némesis” es un miembro de la Orden Negra. Es decir de las temidas “Escuadras de Protección”… Las “Schutzstaffel”, más conocidas como “SS”. De hecho, es un hauptmann. Un oficial, un capitán de ese cuerpo de devotos fanáticos del régimen nazi.

Y aún así, Alexis Brito Delgado no se da un golpe de bruces literario en ese terreno tan resbaladizo.

Todo lo contrario. “Némesis” es, con mucho, una de las mejores piezas de esa larga saga literaria que tiene a la familia Stark como protagonista. En cierto modo podría decirse que “Némesis” es el “Sin perdón” de esa serie de novelas que recorren distintos episodios de la Historia de la mano de los expeditivos Stark. Una unidad familiar sin duda dotada para la violencia y el oficio militar.

En efecto, si Clint Eastwood sorprendió a la crítica y al público con “Sin perdón” reviviendo y dando la vuelta a todos los tópicos del género “western” que, en 1992, se daba por amortizado y acabado— Alexis Brito Delgado hace algo parecido en “Némesis”.

Ésta sigue siendo, en buena medida, una novela que habrá quién no dude en llamar “de aventuras”. Una de esas, por tanto, donde la acción y el detalle histórico primarían sobre la reflexión más profunda. Como en mucho del cine de Eastwood antes de que este actor y director sacase todo el talento que ya se le intuía desde la época de la “Trilogía del dólar”, o intentos fallidos anteriores a “Sin perdón” como “Cazador blanco, corazón negro”.

Sin embargo, “Némesis” como “Sin perdón” se remonta sobre ese marco de pura y simple acción para pasar a algo mucho más profundo e inquietante.

El hecho de que su autor haya elegido como escenario histórico el frente ruso durante la II Guerra Mundial y, además, contado desde la perspectiva de los “malos” (de hecho, los “peores”, los miembros de las Waffen-SS) no hace sino dar más brillo a esta novela que, como decía, supera a todas las anteriores de los Stark, permitiendo mostrar al autor todo su genio literario. Presente y esperemos que futuro.

En efecto, “Némesis” es una novela heredera no hay la menor duda de un lector ávido de la saga de Sven Hassel ambientada en distintos frentes de la II Guerra Mundial vistos desde la perspectiva de unos díscolos soldados alemanes. Un tanto al margen de la línea oficial del Tercer Reich, aunque verdaderamente aplicados a la hora de ejercer la Política de violencia preconizada por Hitler y sus adláteres.

Pero todo indica que “Némesis” es también heredera de otra Literatura y otro Cine sobre la II Guerra Mundial. Esa reflejada en “Los desnudos y los muertos” de Norman Mailer o “La delgada línea roja” de James Jones. Johannes Stark también debe mucho a personajes como el oficial alemán interpretado por Michael Caine en “Ha llegado el águila” o, aún más, al sargento Steiner de “La cruz de hierro”.

Con esos algo más sólidos cimientos, Alexis Brito Delgado construye en esta nueva entrega de la saga de los Stark un cuadro histórico magnífico.

Hay que advertir, eso sí, que la acción, devastadora, brutal, prima en todo el relato y no lo hace demasiado apto para esa sensibilidad algo morbosa que ha fructificado en la estrambótica España actual. Esa donde el pensamiento “blando” de la corrección política parece haber encontrado un terreno muy fértil. Ese, por ejemplo, que lleva a algunas asociaciones de padres a poner el grito en el cielo porque, como parte de las clases de Historia, se lleve a sus hijos a museos militares. Una pueril reacción que, por cierto, no tiene lugar en países tan envidiados en España como Holanda…

Sin embargo, hay en “Némesis” más, mucho más, por debajo de esa acción cruenta y directa en la que el autor se desenvuelve verdaderamente a gusto, como sabrán quienes lo hayan leído anteriormente.

En efecto, Johannes Stark es un personaje complejo “redondo” en término de crítica literaria— no un simple estereotipo de “germano perverso sobre fondo de II Guerra Mundial” que, a fuerza de repetido, resulta ya casi desgraciadamente manido.

Por el contrario, a medida que pasamos las páginas de “Némesis” vamos descubriendo a un “junker” prusiano atrapado como muchos otros alemanes de toda clase y condición en la apocalíptica situación que ahora hace justo cien años llevó al colapso del II Reich alemán y, sobre todo, al de la República de Weimar.

Alexis Brito Delgado es verdaderamente explícito al respecto. A través de los ojos de Johannes Stark todavía un adolescente cuando comienza el imparable ascenso del nazismo nos relata los porqués de todo lo que ocurre en “Némesis”. Por ejemplo, el porqué del exterminio brutal de los judíos que Johannes Stark ejerce sin ningún tipo de contemplaciones y con agravantes de verdadera brutalidad en los primeros compases de esta novela.

Así, a medida que avanzamos, el personaje, atrapado en lo más crudo de las aventuras militares del III Reich (los comienzos de la “Operación Barbarroja” y la invasión de Rusia), va evolucionando, cuestionándose cosas. Lo que ve, lo que hace, o lo que ordena hacer a sus hombres o estos ejecutan con verdadero celo. Recitando incluso pasajes del “Mein Kampf” hitleriano, mientas aprietan el gatillo para arrancar una vida que ven extinguirse en una atroz agonía a través del visor de una mira telescópica de fusil de francotirador.

En esa evolución del personaje hasta el sorprendente final abierto de “Némesis”, juega, además, un papel fundamental Marlene. La mujer de Johannes Stark que, al final, descubrimos ha actuado como catalizador del cambio de opinión del protagonista de esta novela, que nos desgrana así el sistemático lavado de cerebro sufrido pero también aceptado por unos alemanes desesperados los de los negros años 30 del siglo pasado que han pasado demasiadas dificultades como para considerar que lo que dice Hitler y su camarilla son lo que finalmente descubre Johannes Stark en el frente ruso. Envuelto ya en una misión tan absurda como suicida y que, de paso, muestra el espantajo ridículo que fue el Tercer Reich.

Todo esto, y muchas otras cuestiones, como el profundo conocimiento del autor de los detalles de época armamento, uniformes, las wagnerianas megalomanías hitlerianas plasmadas en ridículos apodos como ese “Señor Lobo” aplicado al Führer… hacen de “Némesis” una novela cuando menos interesante y provechosa de leer.

Sus méritos son grandes, sin duda. Y entre ellos el menor no es, desde luego, que su autor demuestra con ella que un escritor español lo mismo que cualquier francés o anglosajón ya no está condenado a escribir sólo sobre España y desde España y con personajes netamente españoles. Por ejemplo, en el caso que nos ocupa, los manidos —y hoy bastante bochornosos miembros de la “División Azul”.

Por todo ello “Némesis” en efecto, pese a trabajar más allá del cada día más adocenado sistema “mainstream” de la actual Literatura española (o precisamente gracias a eso), merece, en efecto, ser leída con atención. Con mucha atención de hecho, profundizando en ella más allá del estruendo del grito de los heridos o los disparos de las LGM o las Maxim…


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lunes, 19 de noviembre de 2018

ENTREVISTA EXPRÉS CORTESÍA DE DRAGARIA


Alexis Brito se califica como poeta, narrador y reseñista. Acaba de sacar a la luz su novela Némesis (Serial Ediciones, 2018), ambientada en la Segunda Guerra Mundial. Ha participado en varias antologías aportando relatos y cuenta en su haber con el I Concurso de Relato Fantástico A. C. Forjadores. En la actualidad tiene entre manos una trilogía y otras cuatro novelas: «Calculo que en una década habré finalizado todos estos proyectos», señala.


TRES CLAVES DE TU ÚLTIMO TRABAJO

Némesis se podría definir en los siguientes puntos: una novela de aventuras protagonizada por personajes (un comando de las Waffen-SS) endurecidos por misiones implacables, grandes escenas de acción y dinamismo narrativo. La Segunda Guerra Mundial fue una etapa terrible en la historia de la humanidad: el drama, la violencia y el horror causados por conflictos bélicos que arruinaron el planeta. La evolución del protagonista, un militar frío y despiadado que, debido a las circunstancias, termina sucumbiendo a su humanidad oculta detrás de largos años de disciplina y ordenanzas.

¿QUÉ AUTOR O AUTORA TE INSPIRA?

Cuento con muchas influencias: Henry Miller, por sus vuelos de imaginación y prosa absorbente; Thomas Bernhard, el escritor terriblemente lúcido que he leído en toda mi vida; Charles Bukowski, quien demuestra que dentro de la decadencia de la vida cotidiana y los excesos con el alcohol, un artista puede triunfar; Sven Hassel, sus novelas fueron una gran influencia a la hora de escribir mi propio libro; y William S. Burroughs, la sátira, la locura y el humor disparatado de su obra siempre he han causado gran hilaridad.

UN POEMA, UNA NOVELA, UN CUENTO

— Un poema: Coral del gran Baal, de Bertolt Brecht. Fue el primer poema que leí en mi vida. Tiene un gran valor sentimental.

— Una novela: La montaña mágica, de Thomas Mann. Obra maestra de la literatura del siglo XX.

— Un cuento: La metamorfosis, de Kafka. Ningún escritor ha definido tan bien la sensación de impotencia y aislamiento respecto a una sociedad despiadada.

UNA OBRA DE TEATRO, UN GUION CINEMATOGRÁFICO

— Una obra de teatro: Plataforma, de Michel Houellebecq.

—Un guion: imposible elegir uno solo. Me quedo con Pulp Fiction, dirigida por Quentin Tarantino; El club de la lucha, por David Fincher; y Trainspotting, dirigida por Danny Boyle.

PROYECTOS

Tengo varios proyectos en mente. El primero: terminar la Trilogía del jinete de ácido eléctrico. Una serie de novelas de sexo, drogas y rock and roll que abarca desde principios de los noventa hasta la actualidad. Segundo: una novela negra situada en la Nueva Orleans de los años setenta, entre pantanos, con traficantes de drogas y grandes dosis de violencia. Tercero: una novela náutica estilo Patrick O’Brian ambientada en la Guerra de los Treinta Años. Cuarto: un libro protagonizado por el padre del protagonista de Némesis, Karl Stark, durante la Batalla de las Ardenas.

¿QUÉ PERSONAJE DE DRAGARIA SERÍAS?

Un ave fénix: a pesar de consumirse por el fuego tiene la capacidad de renacer de sus propias cenizas.

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domingo, 4 de noviembre de 2018

ENTREVISTA CORTESÍA DE ATLÁNTICOHOY


Alexis Brito (Tenerife, 1980) siempre soñó con plasmar en letra impresa las historias y personajes que rondaban por su cabeza desde niño. Consciente de las dificultades para hacerse un hueco en el mundo editorial, su mejor baza siempre ha sido creer en sí mismo y no ponerse límites de ningún tipo. Avanzar sin prisa pero con determinación , tal y como demuestra en su trayectoria literaria.

Firme defensor de escribir sobre lo que capta su interés y no sobre lo que atrae a las editoriales, el autor de novelas como “Wolfgang Stark: El último templario” y “Gravity Grave”, además de numerosos relatos, poemas y reseñas, asegura en esta entrevista al medio digital AtlánticoHoy que “no existen límites cuando la imaginación toma las riendas”.

¿Cuándo se dio cuenta de que quería escribir?

Desde mi temprana infancia he sido un lector voraz. A los doce o trece años empecé a escribir relatos y poemas. Nada ha cambiado durante este tiempo; continúo inmerso en las palabras como si fuera el primer día.  

Los escritores mezclan sus recuerdos y experiencias para crear personajes, situaciones, etc. ¿Qué hay de usted en sus obras?

Todo depende de la novela, del contexto y la historia. Por norma mis personajes, en mayor o en menor grado, tienen algo de mí. Intento introducirme en la psicología de los protagonistas, ponerme en el punto de vista de los mismos, pensar y sentir del modo en que ellos lo harían. Llevar el Método Stanislavski del Actors Studio —experimentar las emociones que experimenta el personaje— al papel. Es la parte más estimulante de la creación literaria.

¿Qué ingredientes ha de tener una buena novela?

Una buena novela tiene que ser sencilla de leer, con profundidad y contenido. Que haga pensar al lector. Que lo entretenga y lo obligue a evadirse de la realidad. Es lo que siempre he deseado conseguir con mi propia obra.

¿Por qué ha decidido seguir los pasos de una saga familiar, los Stark, desde el Medievo hasta el futuro?

Soy un escritor inquieto. Todas las épocas de la historia, incluso las que no han sucedido, tienen algo cautivador. La Familia Stark es el trabajo de toda mi carrera. Me ha permitido escribir sobre el Medievo, la Guerra de los Treinta años, la Segunda Guerra Mundial, novela negra, la Guerra Fría, el presente e incluso el futuro. Las posibilidades son infinitas.

No solo cambian las épocas y evolucionan los personajes, sino que también son diferentes los géneros literarios utilizados.

Sería monótono limitarme a un solo género literario o los mismos personajes durante toda mi vida. Me gusta pensar que cada Stark es más avanzado y está mejor escrito que el anterior. No existen límites cuando la imaginación toma las riendas.

¿Cómo nacen sus personajes?

Mis personajes nacen cuando un tema me apasiona. Por poner un ejemplo, durante mi adolescencia, inspirado por la obra de Sven Hassel, publiqué un relato ambientado en la Batalla de Berlín en la revista del instituto. Los nazis se niegan a reconocer que han perdido la guerra y el Ejército soviético avanza sobre las ruinas de la ciudad. Años después, a raíz del visionado de “El Hundimiento” (Oliver Hirschbiegel, 2004) retomé la idea de aquel capitán de las SS que protagonizaba la historia. Mi última novela, “Némesis” (Serial Ediciones, 2018) resume mi interés por la Segunda Guerra Mundial: horror, muerte, millones de fallecidos, exterminio, destrucción… Fue una época tan fascinante como aterradora. Tarde o temprano terminaría escribiendo sobre ella.        

Aparte de la familia Stark, ha publicado relatos cortos, poemas, críticas literarias, entrevistas, reseñas musicales, etc. ¿Dónde se siente más como pez en el agua?

Tal como he mencionado, la escritura no conoce límites. Me encuentro cómodo con cualquier género literario que implique trabajo duro. Siempre estoy buscando nuevos caminos con la intención de crecer como novelista. Los desafíos son positivos para salir de la zona de confort. Sin riesgos, un escritor se limita a repetir la misma fórmula hasta la saciedad.

En ‘Wolfgang Stark: El Último Templario’ analiza temas como la Inquisición y la lucha contra el pecado. ¿Por qué este episodio de la historia?

La fiebre editorial sobre los caballeros de Dios que invadió el mercado hace años propició el nacimiento de Wolfgang Stark. Era el marco perfecto para escribir sobre una de mis debilidades: el antihéroe torturado por el pasado. La estela de Michael Moorcock y Robert E. Howard fue esencial a la hora de desarrollar sus historias. Creo que ningún escritor español ha aunado el pulp, la fantasía heroica, la historia y los caballeros de la Orden del Temple. Las aventuras de Stark me permitirían profundizar en las luchas dinásticas de la época, en la devastadora influencia de la religión, en la mentalidad de los templarios que sobrevivieron al exterminio de su orden. Wolfgang vaga por el mundo luchando contra toda clase de criaturas sobrenaturales para aliviar el remordimiento, el dolor de sentirse abandonado por Dios, el desarraigo que le produce su condición de mercenario que vende su espada al mejor postor. Reconozco que no es un personaje positivo ni agradable; esa fue la intención desde el primer borrador.     

En su penúltima novela "Gravity Grave" (Palabras de Agua, 2014) publicada, da un brusco giro con una historia que va del realismo al thriller psicológico, del drama humano al exceso y al descontrol del alcohol y las drogas, del cinismo a la amistad. ¿La considera un retrato de la sociedad actual?

Por supuesto. “Gravity Grave” refleja el mundo de la noche: las falsas amistades, la gente que se cree con derecho a juzgar a los demás, locales en los que solo pinchan música insoportable, la búsqueda de sexo rápido y sin complicaciones, el efecto de las drogas y el alcohol, personas que harían lo imposible por encajar para sentirse aceptadas, los grupos de rock que actúan como estrellas sin haber grabado un single, el vacío de las tribus urbanas y la superficialidad que domina el presente. Utilicé el cinismo y el humor negro como revulsivo para hablar sobre ello. Puede que, de todas mis novelas, “Gravity Grave” sea la más autobiográfica. No escatimé en acidez a la hora de narrarla.        

En la misma novela se encuentra el germen de la “Trilogía del Jinete de Ácido Eléctrico”: una saga de novelas de sexo, drogas y rock and roll que espera publicar algún día. ¿En qué estado se encuentra este proyecto?

Por desgracia, en el momento actual, en puntos suspensivos. Tengo el defecto (o la virtud) de escribir sobre temáticas que me atraen, no las que interesan a las editoriales o, por defecto, a los lectores. La segunda parte de la trilogía, “Un alma del norte”, lleva un año en diversos departamentos de valoración editoriales víctima de los inevitables rechazos de rigor. Tarde o temprano encontraré a un editor con la mentalidad lo suficientemente abierta que apueste por mi proyecto. Ser novelista es una carrera de fondo: miles de kilómetros por delante y una meta inalcanzable. La paciencia, la humildad y la perseverancia son fundamentales si quieres llegar a alguna parte.  

¿Cuáles son las mayores dificultades a las que se ha enfrentado para ser escritor?

Escribir, por experiencia personal, es sinónimo de rechazo. Rechazo por parte de las editoriales, de las revistas, la indiferencia del público, etc. Es un mundo competitivo en lo que priman son las ventas, no la calidad, la inventiva o el riesgo de la obra. Aún así publico con regularidad en diferentes medios, tanto en papel como digital; ello demuestra que la única forma correcta es hacerlo a mi modo.   

¿En Canarias se puede vivir de la literatura?

En mi caso es imposible. Tal como funciona el mercado literario, a no ser que firmes un contrato con una editorial importante, veo complicado vivir de la literatura. Pocos son los privilegiados que pueden dedicarse a las palabras única y exclusivamente en la actualidad. 

Algún autor que le haya influido especialmente.

Henry Miller, Robert E. Howard, William Blake, J.G. Ballard, Irvine Welsh, Jack Kerouac, Arthur Rimbaud, Patrick O’Brian, Thomas Bernhard, Michel Houellebecq, Fiódor Dostoyevski, Philip K. Dick, Bret Easton Ellis, John Milton, Hunter S. Thompson, Ernest Hemingway, Albert Camus, William Butler Yeats, Ian Fleming, Charles Bukowski, Dudley Pope, Bertolt Brecht, Michael Moorcock, Thomas Mann, William Burroughs… Podría continuar (risas). 

¿Es de los que inicia su siguiente novela de inmediato o necesita un tiempo de regeneración creativa?

Cuando termino una novela quedo agotado a nivel mental: necesito unos meses, como mínimo, para desconectar de la misma y emprender otro proyecto literario. En los viejos tiempos, solía empezar el siguiente libro antes de terminar el anterior. En el momento actual me tomo un tiempo de descanso para recargar mi musa. Me quedan unos treinta años de carrera por delante; no me corre ninguna prisa.

Presenta ‘Némesis’ su última novela el próximo 3 de noviembre. ¿Qué destacaría de su obra?

“Némesis” es una novela a la antigua usanza: aventura, acción, crítica social, humor patibulario, las horribles consecuencias de la guerra, etc. Mientras revisaba las pruebas de corrección, llegué a la conclusión que había escrito una novela con estilo añejo, clásico por decirlo de alguna manera. Deseaba escribir desde el punto de vista del ejército alemán. La parte que más me gusta del libro es la evolución moral del protagonista. Es imposible que debido a los acontecimientos por los que pasa el personaje —el sufrimiento, la violencia y la pérdida— no encuentre la humanidad que el reglamento militar había aniquilado en su interior.

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martes, 23 de octubre de 2018

"MAÑANAS NEGRAS COMO EL CARBÓN", DE BRETT ANDERSON


“Era nuestro y solo nuestro —nuestro andrajoso himno, nuestro aullido de frustración—, un poema al fracaso y la pérdida, y también un panegírico a la Gran Bretaña envilecida e indiferente que veíamos ante nosotros. Y mientras asestábamos estocadas y pateábamos contra la sombría mediocridad de los tiempos, lo hicimos con un estilo, un espíritu y una energía que acabaron echando puertas abajo y poniendo los cimientos de una música que definió una década”.

Brett Anderson

La frase “Mañanas negras como el carbón” podría ser el leitmotiv de las memorias de Brett Anderson: define los momentos más oscuros, dramáticos y angustiosos de su pasado. Todo sucede antes del destello de las cámaras, las listas de éxito, las giras extenuantes, el fervor de los fans, las críticas despiadadas, la falta de inspiración, el efecto de las drogas y los roces internos, llevaran al ocaso a una de las formaciones más representativas de los noventa. Entre luces, sombras y pérdida, queda lugar para el reconocimiento; triunfar frente a las adversidades que conlleva el camino del estrellato.

Anderson se dirige al lector como si se tratara de un viejo amigo, con franqueza, honestidad y la perspectiva que ofrece el paso del tiempo. Gracias a una prosa elegante, sencilla y sin florituras, las páginas avanzan con rapidez. Incondicional de los Smiths, resulta curioso que Morrissey y Johnny Marr publicaran sus memorias durante los últimos tiempos. ¿Habrán inspirado al cantante a narrar sus recuerdos de juventud para que su hijo pueda leerlos en el futuro?  

Criado en una minúscula vivienda de protección oficial situada en el extrarradio de Haywards Healt, entre Londres y Brighgton, dominada por carreteras rurales, vallas metálicas cubiertas de grafitis, bosques y un vertedero de chatarra. Su familia vivía hacinada en un ambiente de penuria, aislamiento y caridad. A pesar de ello, tanto su madre como su padre poseían inquietudes artísticas, detalle que los hacía diferenciarse de los vecinos. Respecto a su infancia, destaca la relación con un padre autoritario que lo marcó profundamente. La obsesión de no cometer los mismos errores que el mismo: un hombre de clase baja, agobiado por la responsabilidad de mantener a una familia, la carencia de empleo estable, una infancia marcada por los abusos de un progenitor alcohólico que dejaron huellas imborrables: decepción, rabia y amargura. Por otra parte, fue un gran amante de la música clásica que admiraba a Wagner, Berlioz, Brahms, Chopin y Liszt; su influencia sería notoria en el sonido de Suede. Basta con escuchar las grandilocuentes orquestaciones que han ostentado durante toda su carrera.

El descubrimiento de la música, como no podía ser de otro modo, llegó durante la adolescencia del cantante. En una Inglaterra de posguerra devastada por la pobreza, los altos índices de desempleo, huelgas y el gobierno despótico de La Dama de Hierro, el punk de Crass, Discharge, UK Decay, Sham 69, Cockney Rejects, Buzzcocks y el Never Mind The Bollocks de los Sex Pistols como buque insignia, era la mejor manera de escapar de una vida gris y rutinaria. Rebeldía, pasión, despecho hacia un sistema laminador y corrupto. Gracias a su hermana, Anderson se interesaría por formaciones como Roxy Music, Jefferson Airplane, Iggy Pop, T-Rex, Led Zeppelin y los Who. Bowie y los Smiths serían sus ídolos de cabecera durante décadas.

Nostálgico y emotivo a partes iguales, Anderson rememora paseos sin rumbo por las calles de Londres, los tiempos de universidad, noches de fiesta, apartamentos alquilados, ropas de segunda mano compradas en mercadillos, relaciones personales rotas, debacles amorosos y la muerte de seres queridos. Todo tipo de personajes marginales —drogadictos, hippies, okupas, parados, artistas y estudiantes fracasados— formarían el imaginario de sus composiciones más celebradas. Inevitablemente, las circunstancias, el entorno y lo personal, sirven de lienzo para la creación artística.

Los primeros pasos de la banda fueron erráticos: canciones flojas, pubs vacíos, público indiferente. Solo quedaba la opción de trabajar duro. Instrumentos baratos, locales de ensayo de mala muerte que hedían a sudor, fracaso y colillas. Temas como “Wonderful Sometimes”, “Be My God”, “Art”, “Going Blonde”, “Natural Born Servant”, “She’s A Layabout” o “Just A Girl”, se encontrarían por debajo de los estandartes de las canciones que los lanzarían a la fama. Excepto esta última, jamás han sido editadas de forma oficial. Joven e ingenuo, sin conocimientos musicales y escaso de ambición, el cantante reconoce que el guitarrista Bernard Butler tenía más talento que el resto del grupo y que, gracias a su constancia, los impulsó a mejorar. Por suerte las joyas de las se enorgullece sin reparos no tardarían en ver la luz: “Metal Mickey”, “So Young”, “My Insatiable One” o “Animal Nitrate”.

Rupturas sentimentales (“Pantomime Horse”, “To The Birds”, “He’s Dead”), amores pasajeros (“The Drowners”), amas de casas deprimidas adictas al Valium (“Slepping Pills”, “The Two Of Us”), amigos de infancia hundidos en la depresión (“Breakdown”, “Simon”), setas alucinógenas (“Where The Pigs Don’t Fly”), el fallecimiento de su madre víctima de cáncer (“The Next Life”), la magia y miseria de Londres (“She”, “This Time”, “By The Sea”), violencia juvenil (“Killing Of A Flashboy”), vecinos aniquilados por el VIH (“The Living Dead”) y el suicidio de familiares (“She's Not Dead”). En cierta forma, Anderson se muestra arrepentido por utilizar las desdichas e intimidades de terceras personas para componer sus canciones. ¿Acaso importa la fuente cuando el tema es inolvidable?

Anderson se abstiene en hablar de forma negativa de antiguos miembros de Suede: Bernard Butler o su novia por aquel entonces, Justine Frischmann (futura líder de Elastica), para no alimentar los tabloides. De hecho, ni siquiera menciona el nombre de Damon Albarn (vocalista de Blur) que, movido por los celos, la competitividad y el elevado número de ventas que despacharon con el homónimo Suede (Nude Records, 1993), no dudó en proporcionar carnaza a los medios con declaraciones polémicas: «La heroína es una mierda y sé que Brett Anderson toma heroína, así que él también es una mierda». La imagen que la prensa amarillista forjó sobre Frischmann —niña pija arribista que empezó a salir con Albarn porque este tenía más éxito comercial y podía ayudarla a impulsar su propia carrera— perdura en la actualidad. Respecto a Butler, diferencias creativas lo obligaron a abandonar la banda durante la tormentosa grabación de Dog Man Star (Nude Records, 1994); elepé que con el paso de los años ganó la condición de clásico y obra maestra de Suede. El cantante y Butler volverían a trabajar juntos una década después en el proyecto The Tears. El presente es lo único que importa; no es necesario abrir viejas heridas.

La imagen decadente, hedonista, sofisticada y glamurosa de la formación fue un invento de la prensa. Marginales desde el primer momento, fogueados por años de rechazos por parte de las compañías discográficas, promotores de conciertos y dueños de locales, poco tenían que ver con la Inglaterra patriótica y futbolera, de cerveza en vasos de plástico, camaradería, Union Jack, masculinidad y ordinariez. Cuando el sonido revisionista del Britpop se encontraba en su máximo apogeo con Oasis (los Beatles), Blur (los Kinks), Pulp (David Bowie) o Radiohead (Pink Floyd), pocos reconocieron que Suede fueron precursores de aquel movimiento cuya influencia perdura en la actualidad en Coldplay, Keane, The Libertines, Snow Patrol, The Strokes, Kaiser Chiefs, Arctic Monkeys, The Killers, Bloc Party, The Hives o Kasabian.

Todo termina cuando la famosa cabecera del Melody Maker (25/04/1992) los puso en el punto de mira de la industria declarando que eran “La mejor nueva banda de Gran Bretaña”. Aún no había salido a la venta su primer single. Las expectativas se dispararon. El grupo ha firmado con Nude Records y el futuro resulta prometedor: ambigüedad sexual, controversia, glam, premios, histeria colectiva, papparazis, Suedemanía. Brett Anderson ha confirmado la segunda parte de sus memorias para otoño del próximo año: Tardes de persianas bajadas (Editorial Contra, 2019). La historia solo acaba de empezar.





lunes, 22 de octubre de 2018

RICHARD ASHCROFT: "NATURAL REBEL"


“Con la experiencia viene el conocimiento, para mí, este es mi conjunto más fuerte de canciones hasta la fecha. Todos mis sonidos favoritos se convierten en algo que, con suerte, dará a mis fans un placer duradero. Es para ellos. La música es poder”.

Richard Ashcroft




La publicación de These People (Cooking Vinyl, 2016) devolvió a Richard Ashcroft al mercado discográfico después de seis años en un discreto segundo plano. La gira de promoción fue un éxito que lo hizo recorrer medio planeta, ofrecer numerosas entrevistas en los medios y reactivar las redes sociales en las que apenas participó durante aquel tiempo. Parece que el británico se encuentra en un momento dulce de su vida: feliz, lleno de vitalidad y cómodo con su papel de artista. El peso de los noventa, la sombra de The Verve y The United Nations Of Sound ha quedado atrás. Incluso fue telonero de su viejo amigo Liam Gallagher. Bienvenido Mr. Capitán Rock.  

Natural Rebel (BMG, 2018) resulta una evolución lógica y coherente respecto a su anterior trabajo: sonido sencillo sustentado por guitarras acústicas y secciones orquestales. El veterano Chris Porter —productor habitual del cantante durante las últimas décadas— ha cedido la batuta al tándem formado por Jon Kelly/Emre Ramazanoglu. Rock, psicodelia, soul, pop, blues, hip hop, folk, funk, electrónica, country… Estas influencias han desfilado por su discografía en solitario pero, al igual que los Beach Boys, los Moddy Blues o Pink Floyd, Ashcroft ha sido fiel al rock sinfónico durante toda su carrera. Sereno, romántico, elegante y en paz consigo mismo, su música destinada a cualquier tipo de público aspira a reconocimiento universal.

El británico desea disfrutar de la vida y compartirlo con su público. La prueba se encuentra en los sencillos “Surprise By The Joy” —pop jovial al estilo de “C'mon People (We're Making It Now)”, “Science Of Silence”, “Music Is Power” o “Hold On” —, la bailable “Born To Be Strangers” y la épica “That’s When I Feel It”; carne de directos y festivales. Ignoramos lo que puede pasar mañana; divirtámonos hasta el último minuto.

“All My Dreams”, con sus punteos rasgueados y coros femeninos de fondo, incide en un sonido clásico que bebe de los setenta. “Birds Fly” cuenta con un slide de aroma country y cuerdas. “That's How Strong” descansa sobre una guitarra acústica y voz más desgarrada que de costumbre; una bella balada mecida por violines dedicada a su esposa, Kate Radley, capaz de tocar la fibra sensible de los más escépticos.

En “We All Bleed” —la pieza más oscura del álbum— el cantante parece reflexionar sobre sí mismo, de las luces y sombras que siempre han acompañado su arte. “A Man In Motion” es una declaración de principios; Ashcroft no piensa detenerse por muchas dificultades que se interpongan en su camino. “Streets Of Amsterdam”, con su piano, trabajo electroacústico y arreglos de cuerdas, resulta tan nostálgica como “Birds Fly”. Para terminar, “Money Money”, la canción más incendiaria del disco, impregnada de gasolina, humo y sudor. Una despedida atípica; suele finalizar sus elepés con medios tiempos o baladas. Lástima que el de Wigan reserve temas potentes —“Get Up Now”, “Slip Sliding” y “Long Way Down”— como caras b de sus discos. La energía rockera siempre es de agradecer.    

Para no perder la costumbre, la crítica británica se ha cebado con el nuevo álbum del cantante, tomando como punto de referencia Urban Hymns (1997): “Bitter Sweet Symphony”, “The Drugs Don´t Work”, “Lucky Man” y “Sonnet” en cabeza. Cualquier artista de los noventa que continúe activo en la actualidad saldrá perdiendo si se compara su trabajo reciente con las glorias del pasado. Eran otros tiempos, la música era diferente y no existía un renacimiento sociocultural cómo el que ofreció el Britpop al pueblo de Gran Bretaña. Ashcroft no debería ser la excepción de la regla. Aniquilar el disco al completo, alegando que no tiene ni un solo tema salvable, resulta una hipérbole a todas luces. Probablemente la propuesta de The Good, The Bad And The Queen —por poner un ejemplo— reciba los elogios que le son negados de forma sistemática. El público no opina igual que la prensa: Natural Rebel fue número uno en las listas inglesas a los pocos días de su lanzamiento.

El británico ha agotado las entradas de los próximos bolos de Barrow Lands, Town Hall, Rock City, Albert Hall y The Kentish Town Forum. Todo indica que su próxima gira también será un triunfo. El trabajo duro, tarde o temprano, obtiene su recompensa. Natural Rebel es un compendio de luz, pasión, tinieblas, profundidad y melancolía. Richard Ashcroft en definitiva.  




lunes, 24 de septiembre de 2018

RICHARD ASHCROFT DISCOGRAFÍA (2000-2016)


Han pasado más de veinte años desde que The Verve alcanzaran la fama mundial y conquistaran las listas musicales con el aclamado Urban Hymns (Hut Records, 1997), última obra maestra del Britpop que, en cierto modo, significó el cierre de aquel movimiento que tantas pasiones despertó durante los noventa. A pesar de la controversia causada por la demanda de Allen Klein que los acusó de plagiar su versión orquestal de “The Last Time” de los Rolling Stones, “Bitter Sweet Symphony” se convirtió en un clásico por derecho propio y pasó a formar parte de la cultura popular. ¿Quién no recuerda a Ashcroft caminando con arrogancia por una calle londinense mientras choca contra los peatones que se interponen ante su paso?      

Tal como siempre ha pasado con la banda, cuando se encontraban en la cúspide de su carrera, sus desavenencias personales (la tormentosa relación de Richard Ashcroft con el guitarrista Nick McCabe es similar a la que mantienen los hermanos Gallagher de Oasis) los obligó a disolverse por segunda vez. Tal como declaró Noel Gallagher: «Somos mejores que The Verve, quienes no pueden mantenerse juntos por más de seis meses». Para bien o para mal, la segunda parte de la frase encierra una verdad incuestionable.  

Alone With Everybody (Hut Records, 2000)


Alone With Everybody supone el debut de Ashcroft como cantante en solitario. Un disco intimista que habla del amor, la belleza de las cosas sencillas, su matrimonio con Kate Radley (antigua teclista de Spiritualized), la paz interior y la redención. Fiel a su estilo, continúa la senda abierta por Urban Hymns en una serie de canciones preciosistas, con múltiples arreglos de cuerda cortesía de Will Malone, perfectamente radiables pero sin caer en la comercialidad más descarada. 

El primer single, “A Song For The Lovers”, llegó al número tres de las listas británicas. El álbum cuenta con grandes baladas —“I Get My Beat”, “You On My Mind In My Sleep”, “On A Beach”—, temas rockeros —“New York”, “Money To Burn”— y pop —“Crazy World”, “C'mon People (We're Making It Now)”. 

Gracias a los nuevos músicos de estudio, el reto de superar el pasado junto a su antigua formación y el talento innato del de Wigan, el disco recibió buenas críticas por parte de la prensa especializada y llegó a número uno de los charts británicos. Cabe destacar que los videoclips de “A Song For The Lovers” y “Money To Run” explotan su característica forma de caminar altanera, enojada contra el mundo y llena de seguridad en sí mismo.

Human Conditions (Hut Records, 2002)


Dos años después del lanzamiento de su primer elepé, Ashcroft regresó a la actualidad musical con un trabajo notable que, injustamente, no fue tan bien recibido como Alone With Everybody. Human Conditions es un viaje filosófico y espiritual alrededor del mundo que habla sobre Dios, el amor y el sentido de la vida. 

“Check The Meaning”, con sus vientos y cuerdas, puede que sea su mejor canción en solitario; un tema épico y ambicioso a la altura de “Bitter Sweet Symphony”. El álbum destaca por sus grandes melodías, segundas voces y arreglos orquestales que, lejos de saturar, encajan a la perfección con la música. Canciones como “Science Of Silence”, “Buy It In Bottles”, “God In The Numbers”, “Running Away” o “Nature Is The Law” (con la colaboración de Brian Wilson de los Beach Boys) demuestran la madurez del cantante que, a diferencia de sus coetáneos, creó un trabajo destinado a la posteridad. 

Este llegó al número tres de las listas británicas. Un disco que, ignorando las reseñas negativas que le acompañarían a partir de entonces, sus incondicionales han sabido valorar en su justa medida.          

Keys To The World (Parlophone, 2006)


Al igual que su anterior álbum, Keys To The World volvió a recibir malas críticas de los medios, tachándolo de dispar, poco inspirado y lleno de material de relleno que no se encontraba a la altura. Temas como “Why Not Nothing?”, “Simple Song” o “Keys To The World” (que debió ser single) proporcionan un ramalazo de energía a un trabajo tranquilo, melódico y orquestal. 

El primer sencillo, “Break The Night With Colour” destaca por el protagonismo de la voz del cantante y su evocadora melodía de piano. “Music Is Power”, con su sampleado de Curtis Mayfiel, muestra el interés de Ashcroft por la Motown americana; un tema elegante con aroma soul que sería un anticipo de su futura dirección musical. Guitarras acústicas, cuerdas y piano acompañan a canciones como la balada folk “Sweet Brother Malcom” (que recuerda a Simon & Garfunkel), “Word Just Get In The Way” y la desgarrada “Why Do Lovers?”. 

Un disco natural, compacto y sencillo cuyas letras se alejan del misticismo de sus comienzos y tratan sobre emociones universales como la tristeza, el amor, la felicidad, la vida y la muerte. Keys To The World alcanzó el número dos de los charts ingleses: un triunfo que desafió a los críticos empeñados en menospreciar su trabajo.  

RPA & The United Nations Of Sound (Parlophone, 2010)
                                 

En el año 2008, de forma inesperada, Ashcroft se volvió reunir con The Verve y sacaron a la venta Forth. Los críticos maliciosos alegaron que fue debido a motivos puramente comerciales para relanzar una carrera hundida por los álbumes previamente mencionados. El elepé —que retomó el sonido space rock de sus inicios aderezado con las orquestaciones propias de su etapa más popular— no llegó a tener el éxito esperado y, después de una corta gira de promoción, el grupo volvió a disolverse. 

Para su siguiente paso discográfico, Ashcroft formaría una nueva banda con músicos de hip hop y R&B americanos y cedería los controles de producción a No I.D. (Jay-Z, Janet Jackson, Kayne West, Common). El resultado es un trabajo que mezcla su estilo habitual con profusión de arreglos de cuerda, soul, percusiones electrónicas, guitarras funky y coros góspel, que fue un fracaso de ventas y crítica. 

RPA & The United Nations Of Sound cuenta con los potentes sencillos “Are You Ready?” y “Born Again” arraigados en el sonido tradicional del cantante. También podemos encontrar temas notables como “Glory”, “How Deep Your Man” (con influencia de Chuck Berry) y la velvetiana “Royal Highness”. Las baladas “This Thing Called Live”, “She Brings Me The Music” y “Good Loving” muestran su lado más melódico y sensible, mientras las animadas “America”, “Beatitudes” y “Life Can Be So Beautiful” (con un falsete impagable a lo Bee Gees) ofrecen nuevos terrenos en su discografía. Un disco arriesgado, luminoso y enérgico que mereció mejor suerte comercial.    

These People (Cooking Vinyl, 2016)



Después de seis años de silencio roto por algunas esporádicas actuaciones en formato acústico, Richard Ashcroft regresó al mercado musical con un álbum en el que se mantiene fiel a las coordenadas propias de su carrera solista. Volvemos a encontrarnos con un disco sencillo, equilibrado y elegante en el que destacan los envolventes arreglos de cuerda cortesía del fiel Will Malone con el que ha trabajado desde mediados de los noventa.

La inesperada “Out Of My Body” empieza con una guitarra de estilo country para irrumpir en un cruce bailable entre funk y discotequero; himnos como “This Is How It Feels” (primer single), “They Don’t Owned Me” y “These People”, típicas del cantante británico, recuerdan a sus tiempos con The Verve; pop comercial destinado a los radiofórmulas; “Hold On” (segundo sencillo que trata sobre el levantamiento de Siria) y “Everybody Needs Somebody To Hurt You”, medios tiempos pausados e introspectivos; “Picture Of You”, “Black Line” o “Ain't The Future So Bright” podrían encajar en cualquiera de sus antiguos elepés en solitario y la contundente “Songs Of Experience” forman un mosaico que demuestran una madurez que bebe del pasado del artista sin ninguna clase de nostalgia.

Piano, guitarras, cuerdas, loops electrónicos, letras elaboradas y grandes estribillos sirven para acompañar un trabajo orgánico medido hasta el último detalle que ofrece nuevas texturas y horizontes, pequeñas gemas pop soberbiamente producidas por el propio británico sin pecar de comerciales en su vertiente más descarada. Cabe destacar que Ashcroft no ha sido medido con el mismo brasero que otros compañeros de generación. Todo lo contrario, desde el notable Human Conditions (Hut Records, 2002), la crítica se ha empeñado en destruir su carrera tachándolo de tedioso, ególatra, blando, sobreproducido, carente de fondo y otras lindezas absurdas.

Irónicamente, a pesar de haber sido crucificado por la prensa especializada, durante los últimos veinte años (excepto The United Nations Of Sound, que no vendió lo esperado) todos sus trabajos han alcanzado los primeros puestos de las listas británicas. Una “decadente” carrera que, según los entendidos de turno, lleva dando bandazos desde principios de la década pasada. Los mismos que han elevado a niveles exagerados las propuestas de Damon Albarn, Liam y Noel Gallagher, Jarvis Cocker o Thom Yorke. Sin duda, ciertos periodistas deberían prescindir de tanta modernidad y prejuicios a favor de una mayor amplitud de miras y objetividad profesional.