martes, 31 de julio de 2018

LA MORADA DEL DIABLO (I): LA PROPOCISIÓN DEL MERCADER


Después de que lo sepultó, dijo a sus hijos: «Cuando yo muera, me sepultaréis en la sepultura donde está enterrado el hombre de Dios, poniendo mis huesos junto a los suyos para que mis huesos se mantengan intactos junto a los suyos; porque se ha de cumplir la palabra que de parte Yahvé gritó él contra el altar de Bétel y contra todos los altares de la ciudades de Samaria».

Reyes 13:31-32


Año de Nuestro Señor de 1316.

La taberna iluminada por candiles de aceite, situada en el corazón de Bujará, estaba atestada de parroquianos. Wolfgang ignoró el rumor de las conversaciones y se sirvió otra copa de vino: quería retornar a la tranquilidad de los páramos persas que había dejado atrás. Molesto, levantó la cabeza y observó la barra llena de individuos barbudos, ataviados con túnicas y turbantes, que bebían y trapicheaban a grandes voces, ajenos a sus ojos gélidos. Stark terminó la bebida y volvió a llenar la copa: después de toda la jornada cabalgando, necesitaba descansar y reponer fuerzas; era un milagro que hubiera conseguido una jarra de vino decente en aquella ciudad. El olor de las verduras, la carne de cordero, el arroz y las especias, salieron de la cocina y llegaron a sus fosas nasales. Delante, sobre la mesa de madera, descansaba un plato de lentejas vacío; la primera comida caliente que había probado en semanas. El dueño del local pasó a su derecha y colocó una bandeja de costillas lechales ante un gordo mercader; una jugosa cena que se encontraba fuera del alcance de su precaria economía. Una vaharada de hierbas aromáticas flotó en su dirección: sazbi, canela, menta y somag. El germano terminó el pan y las cebollas crudas, soltó un suspiro y se reclinó contra la pared: no se había dado cuenta de lo cansado que estaba.

Aquella misma tarde, después de cinco días cruzando el desierto, donde solo encontró valles y dunas, vientos cortantes y calurosos, y oasis llenos de agua insalubre, había alcanzado la ciudad. Desde una altiplanicie, contempló las cúpulas azules que coronaban los edificios, las mezquitas de cerámica troceada, las murallas imponentes, las madrasas rodeadas por columnas de piedra y los minaretes de delicada manufactura. La arquitectura de Bujará, no contaminada por la influencia de Europa, de tonos pasteles, rosas, amarillos, índigos y anaranjados, le causó un escalofrío de placer. La belleza de Jerusalén no tenía nada que hacer al lado de aquellas calles bien construidas, las viviendas y torres enjalbegadas, los palacios inmemoriales, los jardines cuidados por manos expertas y los mausoleos edificados siglos atrás. Conforme descendía por una colina arenosa, hacia las puertas con forma de arco, sintió que el pasado quedaba delineado en un rincón distante de su memoria. Viajar por las tierras de Oriente lo había auxiliado a olvidar las contriciones que aplastaban su espíritu.

Stark comprobó el contenido de su bolsa, y decidió pedir otro odre al posadero. Las paredes sombrías decoradas con tapices, y los suelos cubiertos por mullidas alfombras, habían conocido tiempos mejores años antes. Previsivo, había alquilado una habitación en una pensión cercana con las últimas monedas que le restaban. Mañana tendría que salir a recorrer la ciudad; debía encontrar trabajo para renovar su equipo y provisiones. Encontrar a una caravana que necesitara protección sería lo ideal; desde que desembarcó en el límite sur del mar Negro, aquella había sido su manera de ganarse el sustento. Según sus cálculos, había avanzado a lo largo del continente a buen ritmo; pocos hombres habrían podido recorrer aquella distancia solos, viviendo de la naturaleza y alquilando su espada al mejor postor. Involuntariamente, observó la empuñadura del acero que sobresalía, dentro de una vaina oscura, por uno de los laterales de la mesa. Debía la vida a aquel mandoble, el pomo rodeado por tiras de cuero estaba desgastado por infinitos combates; ambos formaban una unidad compacta de carne y metal. 

Faltaba poco para que expirara el año. En breve transcurriría una década desde la caída de la Orden de los Caballeros de Dios. Dudaba que en Francia alguien recordara las torturas y vejaciones que los dominicos hicieron sufrir a sus hermanos. El recuerdo de la muerte de Jacques de Molay regresó a su memoria: solo transcurrían dos años desde que lo había visto arder ante la catedral de Notre Dame. Por fortuna, el Señor había hecho justicia, y el rey Felipe IV y el papa Clemente V fueron aniquilados por su mano vengadora. Las maldiciones que su superior lanzó a ambos, presagiándoles una muerte próxima, resultaron atinadas. Aunque fuera un pecado, Stark experimentaba una salvaje satisfacción al pensar que aquellos inicuos estaban bajo tierra. Esperaba que Satanás los hubiera acogido con los brazos abiertos. En Samarcanda, antes de partir hacia Bujará, un mercader lo había puesto al día respecto al tema en cuestión. Felipe "el Hermoso" había perecido en Fontainebleau, durante una partida de caza, rodeado por sus aduladores y sirvientes; su cadáver fue sepultado en la basílica de Saint-Denis. Las circunstancias del fallecimiento de Clemente V no las tenía tan claras: al parecer había muerto en abril de 1314, pocos meses antes que el soberano de Francia, en la ciudad de Avignon. En su opinión, los dos habían tenido un final demasiado piadoso. Dadas las aberraciones y los crímenes que habían perpetrado, un suplicio lento y doloroso en un potro de tortura hubiera sido lo ideal. La posterior sucesión al trono, tal como era costumbre en Europa, fue realizada con el escándalo y destrucción habitual: Isabel de Francia denunció a Margarita y a Blanca de Borgoña, acusándolas de adulterio a sus respectivos maridos, Luis X y Carlos IV. De inmediato, ambas fueron encarceladas y despojadas de todos sus títulos y bienes. Sus supuestos amantes, los hermanos Felipe y Gauthier de Aunay, después de un juicio hipócrita, fueron desollados vivos, castrados, decapitados, arrastrados y colgados por las axilas, por sus verdugos en la plaza de Pontoise. El germano frunció el entrecejo al recordar el resto de la historia: Margarita de Borgoña había fallecido el año anterior en turbias circunstancias, en la celda del castillo de Gaillard, donde fue encerrada. Las malas lenguas apuntaban que su esposo, Luis X de Francia, al desear contraer matrimonio con la princesa Clemencia de Hungría, no había dudado en ordenar su asesinato para realizar sus abyectos planes. Según lo que le habían comentado, Blanca de Borgoña y su hermana Juana, seguían confinadas en la fortaleza de Château-Gaillard, sin la posibilidad de ser liberadas. Stark apretó los labios. Abominaba a los monarcas europeos, todos eran igual de corruptos; seres amorales y sin conciencia de ninguna clase, que venderían su alma a Lucifer por conservar sus tronos enmohecidos. La Dinastía de los Capetos debería ser exterminada de la faz de la tierra.

Una corriente de aire hizo cimbrear la llama de las linternas y recorrió el establecimiento. Un individuo embozado hablaba con el dueño del local, susurrando por lo bajo, mientras señalaba con el índice al antiguo caballero templario. Este llevó la mano a la empuñadura del cuchillo que le colgaba en el costado; odiaba ser el centro de atención. Las charlas cesaron. Los hombres que ocupaban la taberna apuraron las copas; la atmósfera cálida y acogedora se había vuelto fría como el hielo. El encapuchado se aproximó al lugar donde estaba el germano. La voz fría de Stark lo detuvo antes de que llegara a la mesa:
—Si buscáis complicaciones, habéis dado con el hombre correcto.
El desconocido se detuvo bruscamente y echó la capucha hacia atrás.
—Siento haberos alarmado —se disculpó—. ¿Os importaría concederme un rato de vuestro tiempo, señor?
Stark estudió las facciones del anciano: cabellos escasos, rostro cubierto de arrugas, ojos profundos y turbados, barba blanca bien cuidada. ¿Qué podía querer aquel individuo de su persona?
—De acuerdo. —Hizo un ademán para que sentara—. Podéis acompañarme.
Mientras lo hacía, la mirada inquisitiva del germano analizó las ricas vestiduras bordadas con hilos de oro, el turbante con perlas preciosas y las manos cuajadas de anillos; dudaba que tuviera un arma oculta debajo de la túnica de pelo de camello.
—Me llamo Muhammad ibn Mansur al-Mahdi —dijo—. ¿Habéis oído hablar de mí?
Stark adoptó una sonrisa siniestra a la vez que acariciaba la cruz del mandoble.
—Me resulta familiar —su tono fue socarrón—. ¿No fue un califa abassí hace siglos?
El anciano sonrió sin ganas.
—Sois un hombre instruido, señor —admitió—. ¿Conocéis nuestra historia?
El germano asintió con cierta condescendencia.
—Llevo un año viajando por estas tierras —admitió—. Los fieles que peregrinan a la Meca suelen ser hombres parlanchines, señor.
Al-Mahdi explicó: 
—Es costumbre en mi familia llamar a los primogénitos como nuestros antepasados.
—Ya lo sé —reconoció—. En mi patria los padres hacen lo mismo. ¿Os importa que os llame Muhammad?
—No, caballero.
Stark no se andó con rodeos.
—¿Qué deseáis de mí?
—Deseo contratar vuestros servicios, señor.
—¿De veras? —Enarcó las cejas con interés—. ¿Qué querríais que hiciera por vos, Muhammad?

Stark sabía que el anciano era uno de los mercaderes más poderosos de la zona. Comerciaba con algodón, pistachos, cebada, frutas, pescado salado, dátiles, gemas y paños de oro y seda. Sus caravanas cruzaban los interminables desiertos, arrostrando los peligros del clima implacable y los forajidos que moraban en las colinas, hacia Trebisonda, Saba, Bagdad, Kerman, Samarcanda, Ormuz, Kuhbonan, Camandi y Sheberghan. Pocos lugares del Imperio Persa quedaban fuera de sus redes comerciales. Le convenía ganarse la confianza de aquel hombre; bajo su servicio podría alcanzar China sin problemas.    

—Mi hija ha sido secuestrada —dijo—. Os ruego que la rescatéis.
El antiguo caballero templario se inclinó hacia delante: había encontrado trabajo sin mover un dedo. 
—¿Secuestrada? —inquirió—. ¿Quién lo ha hecho?
Al-Mahdi temblaba de nerviosismo.
—¿Habéis oído hablar de la hueste de Hamidullah?
—Sí —reconoció—. Tengo entendido que son ladrones que asaltan a los pobres diablos que tienen la desgracia de encontrarse con ellos.
—Llevo semanas recibiendo amenazas de su jefe —repuso—. Pretende que le pague un tributo por atravesar el desierto.
—¿Acaso habéis aceptado sus coacciones?
—Jamás —gruñó el anciano—. Me ha costado mucho tiempo y esfuerzo llegar a conseguir mi posición. Prefiero morir antes que ceder ante un chacal como Hamidullah.
Stark se acarició el mentón ensombrecido por una barba incipiente.
—Supongo que a raíz de vuestra negativa ha decidido tomar cartas en el asunto, ¿verdad?
—No os equivocáis, caballero —aceptó—. Mi amada Hawa ha sido raptada en mi propia casa.
—¿Cómo sucedió?
—Sobornaron al capitán de la guardia —explicó—. Este ordenó a sus tropas que fueran a los jardines del palacio con el pretexto de que había escuchado algo extraño. Cuando estuvo solo, abrió una puerta secreta y permitió que los perros de Hamidullah entraran en mi hogar. Más tarde los llevó a los aposentos de mi hija —su voz se quebró durante unos instantes al borde de las lágrimas—, y desaparecieron sin dejar rastro.
—¿Y cómo supisteis qué fueron ellos?
—Asesinaron al capitán de la guardia cuando consiguieron su objetivo —continuó con aspereza—. El bastardo confesó su crimen antes de perecer con la esperanza de vengarse de sus verdugos.
Stark volvió a sonreír sombríamente.
—Entonces recibió su merecido —enfatizó con maldad—. Si haces un trato con el Diablo puedes terminar escaldado. Nadie lo mandaba a dejarse sobornar por ratas de esa calaña.
Al-Mahdi tomó aire.
—¿Aceptáis mi oferta? —suplicó—. Sois el único que puede hacerlo.
El germano fue irónico:
—¿En serio? —Unió las yemas de los dedos en actitud reflexiva—. ¿Por qué? ¿No contáis con la guardia de palacio o vuestros propios hombres para rescatarla?
El anciano suspiró:
—Son unos cobardes —dijo abatido—. Ninguno se atreve a batirse contra la hueste de Hamidullah. La fama de sus crímenes aterroriza a los hombres de bien. Nadie quiere tener problemas ni ser objetivo de su venganza. 
—¿Por qué yo? —inquirió con aspereza—. No me conocéis de nada. Podría traicionaros como hizo el capitán de vuestra guardia. 
—He oído hablar de vos —confesó—. Los hombres que vigilaban la caravana con la que llegasteis a Samarcanda han extendido vuestra fama por el desierto.
Stark apuró la copa.
—¿Sí? ¿Y qué contaban? 
Al-Mahdi continuó:
—Me dijeron que erais un mercenario de pocas palabras, sombrío y taciturno, que ofrecía sus servicios al mejor postor.
Stark lanzó una sorda carcajada.
—¿De veras?
—Efectivamente.
—¿Debería sentirme halagado por ello?
El anciano se encogió de hombros.
—Mis hombres no suelen darme buenas referencias sobre los extranjeros. Me temo que, para bien o para mal, los habéis impresionado con vuestra conducta, señor.
El germano se centró en cuestiones prácticas: aquel trabajo era una bendición caída del cielo; prefería arriesgar su vida por una causa justa.
—¿Y cuáles serían mis honorarios, Muhammad?
Al-Mahdi sacó una gruesa bolsa de cuero del interior de sus vestiduras y la arrojó sobre la mesa.
—Aquí tenéis la mitad —puntualizó—. El resto cuando rescatéis a mi Hawa.
Stark abrió el saquillo y comprobó su interior: rebosaba de monedas de oro.
—Perfecto. ¿Dónde puedo encontrarla?
—Los guardianes de la ciudad han visto fuegos en los bosques situados al sur. Lo más probable es que Hamidullah haya acampado a las afueras de Bujará a la espera de una respuesta por mi parte.
Stark guardó la bolsa dentro del jubón.
—¿Hasta cuándo tenéis para responderle?
—Hasta mañana —especificó—. Cuando salga el sol.
—¿Cuál fue el precio?
El anciano no se molestó en mentir.
—Un carromato lleno de riquezas.
Stark enarcó las cejas.
—Sabéis que podría exigiros el mismo precio, ¿verdad?
—Lo he tenido en cuenta, caballero.
—¿Y bien?
—No creo que seáis una persona que obre impulsada por la avaricia.
—¿Y cuáles creéis que son mis motivos?
Al-Mahdi no dudó al responder:
—Creo que os impulsa un sentido moral basado en la justicia y la equidad. Reconozco a un cristiano devoto cuando lo veo. Mi abuelo, que Alá lo tenga en su gloria, trató con los guerreros que lucharon contra el sultán Maomé. Me contó las historias de aquellos caballeros, hombres decididos y fieles a su Dios, que intentaron recuperar la Tierra Santa que habían perdido. Vos podríais haber sido uno de ellos.

El antiguo caballero templario rememoró lo que sabía de la Octava Cruzada: Luis IX de Francia había partido hacia Túnez con la intención de convertir la ciudad y a sus dirigentes al cristianismo. Después de desembarcar, antes de poder combatir por su causa, una extraña enfermedad diezmó a sus tropas, aniquilando al propio rey y a uno de sus hijos. Cómo podía comprobar, la estupidez humana no conocía límites. Aquella empresa estuvo condenada al fracaso desde el principio; detalle que sus líderes no tuvieron en cuenta. Miles de buenos cristianos perecieron sin haber desenvainado las armas. Sin duda, la guerra era un invento de Satanás. Ningún hombre se libraba de su maligna presencia; siempre terminaba cobrándose su perverso tributo.

—He escuchado rumores de que en los bosques habitan los demonios. ¿Qué hay de cierto en ellos?
El anciano hizo un gesto despectivo con la mano.
—¡Tonterías! —bufó—. ¡Leyendas populares para espantar a los ignorantes!
—¿Leyendas populares? —coreó con desconfianza—. Las peores atrocidades son las que se susurran en voz baja, Muhammad. No sería la primera vez que los cuentos de los campesinos y los comerciantes me salvan el pellejo. ¿Qué sabéis de ellas?
Al-Mahdi miró su entorno con nerviosismo. Los parroquianos estaban inmersos en sus asuntos; nadie les prestaba atención.
—Al parecer unos pecadores fueron ajusticiados hace años en ellos, señor.
—¿Qué fue lo qué hicieron?
—Se dice que profanaron una mezquita —explicó—. Consumieron alimentos en su interior durante el Ramadán. Los soldados del emir los persiguieron hasta el bosque y los despellejaron a latigazos. Nadie se había atrevido a pecar de una forma tan ignominiosa en esta ciudad. Ni siquiera cuando fuimos atacados por los mongoles de Gengis Khan hace casi un siglo.
—¿Y qué más?
—Los viajeros evitan pasar por ese lugar. Desde entonces, todos los que se atrevieron a entrar en el bosque desaparecieron y…
El germano lo interrumpió.
—¿Y Hamidullah conoce esa historia?
—Debería conocerla —reflexionó el anciano—. La leyenda ha corrido de boca en boca por el desierto. ¡Tanto, que incluso ha llegado a vuestros oídos!
El tiempo apremiaba, el manto protector de la noche no tardaría en desaparecer; tendría más probabilidades de penetrar en el campamento a oscuras. Esperaba liberar a la hija del mercader y estar de vuelta en la ciudad antes del alba. Sería un trabajo fácil siempre que no surgieran contratiempos inesperados; podría utilizar las supersticiones de aquellos pecadores en beneficio propio.
Stark sostuvo el mandoble y se incorporó.
—Nos veremos mañana —dijo—. Espero poder realizar la tarea que me habéis encomendado.
El anciano puso los ojos en blanco.
—Doy gracias a Alá por escuchar mis súplicas…
El germano se mostró brusco:
—Ahorráoslas —gruñó—. Esto os costará caro.  




miércoles, 11 de julio de 2018

LA MORADA DEL DIABLO (II): LA HUESTE DE HAMIDULLAH


La luna enrojecida asomó entre las nubes, iluminando los contornos del bosque. Los árboles opacos, velados por un silencio antinatural, se extendían durante varias leguas. Stark ascendió una colina y se introdujo en la floresta. A su derecha, los troncos formaban una tupida barrera que se deslizaba a lo largo de los cerros abruptos cubiertos de hierba. A su siniestra, un sendero irregular, descuidado por el paso del tiempo, trazaba un ángulo en pendiente entre los herbazales. Sobre su cabeza, las copas de los árboles tejían un manto tétrico, roto por los rayos oblicuos que el espejismo lunar derramaba sobre la tierra. Stark apartó sus recelos y tiró de las riendas, conduciendo al animal hacia el sur. Los cascos del corcel —que había tenido la cautela de vendar— apenas producían sonido al aplastar las hojas secas y las ramas podridas que cubrían el suelo. 

En junio de aquel mismo año, Luis El Obstinado, vástago de Fernando IV y Juana I de Navarra, había muerto, según la creencia popular, envenenado en Vincennes. Durante su corto reinado en Francia —de 1314 a 1316— tuvo tiempo de participar en la Rebelión de Flandes y en el Invierno del Hambre que azotó el país tras el fallecimiento de su progenitor. Después del escándalo de la Torre de Nesle, contrajo segundas nupcias con su prima Clemencia de Hungría. Su único vástago, Juan El Póstumo, pereció a los pocos días de nacer; una semana antes de que el germano abandonara Samarcanda con la intención de dirigirse a Bujará. Una sonrisa maliciosa se dibujó en los labios de Stark: esperaba que el actual monarca de Francia, Felipe V, no tardara en acompañar a sus familiares. Por fortuna, el Todopoderoso había intervenido, aniquilando a la familia real que, dada su degradación y malevolencia, merecía arder en el infierno por todos sus pecados.

Enfrente, a una distancia indeterminada, una hoguera resplandecía entre los huecos de los árboles. Stark se puso tenso sobre la silla y aminoró el paso del caballo, procurando ocultarse en la espesura. Primero, antes de entrar en acción, debía comprobar si había vigías por los alrededores. Luego, infiltrarse en el campamento de sus enemigos. Y, por último, si lograba encontrar a la hija del mercader, escapar del lugar sin perder la cabeza. Entrecerrando los ojos, reconoció el terreno; parecía que no había guardias en el exterior del claro. Stark descendió de la montura, ató las bridas a un árbol, y avanzó con prudencia hacia su objetivo. Una corriente de aire sopló entre los árboles y meció las ramas bajas. El bosque, sombrío y amenazador, lo circundó con su presencia, causándole un escalofrío.
Lentamente, sorteó los setos y los hundimientos traicioneros del suelo, y caminó el diagonal con los músculos tirantes. Su respiración formaba nubecillas blancas y un frío estremecedor invadió su cuerpo conforme ganaba terreno; el silencio que emanaba de la floresta podía cortarse con una navaja. Al llegar a la entrada del campamento, se ocultó detrás de un tronco, estudiando el claro con una mirada penetrante. Una docena de yurtas, clavadas al suelo con estacas de madera, se recortaban a contraluz. Aquella tranquilidad le daba mala espina, podía ser el preludio de una trampa; era improbable que sus adversarios durmieran sin tomar precauciones. Un individuo harapiento, ataviado con las ropas propias de los hombres del desierto, pasó delante de la hoguera, armado con una lanza y un sable de hoja curva. Stark reculó un paso y se fundió entre las sombras. El centinela bostezó y estiró su anatomía enjuta, con una expresión de cansancio dibujada en el rostro. Acto seguido, recuperó la compostura y continuó la guardia, ajeno a la presencia del antiguo caballero templario que lo observaba a escasas yardas de distancia, con una mirada acerada en los ojos grises. Al desaparecer el vigía, tomó una bocanada de aire y corrió un corto trecho sin hacer ruido, penetrando en el campamento con el cuchillo en la mano. Velozmente, se agazapó al amparo de una tienda de brillantes colores que lo más probable, dada la calidad y los exquisitos dibujos que adornaban la tela, fuera parte de algún botín conseguido por sus oponentes. El vigía dio la vuelta y recorrió el camino a la inversa, tiritando, víctima del frío avasallador que acababa de invadir el bosque. De un salto, Stark lo atacó por la espalda y le hundió la hoja en la nuca. Su rival sufrió un espasmo y emitió un gemido estrangulado, expirando en los brazos de su agresor. Este escondió el cadáver entre unos arbustos, limpió el puñal en las sucias vestiduras, y comprobó que todo estaba en orden; nadie había advertido su presencia. Sin pensarlo, movido por el instinto de soldado, que tantas veces le había auxiliado antes, Stark cruzó las sombras movedizas que desperdigaba la hoguera, dirigiéndose a una tienda más suntuosa que las demás. Los ladrones vivían como los tártaros: vagando de un lado a otro, siempre en busca de presas, alimentándose de los frutos conseguidos gracias a la rapiña. Durante el camino, tuvo la suerte de no tropezarse con ningún vigía; puede que aquél que había asesinado fuera el único que estuviera de guardia. Al fondo del claro, cerca del linde del bosque, descansaban las monturas de los ladrones, amarradas a un carro con un techo de lona. Stark pasó dentro de la tienda. A su nariz llegó el repugnante aroma del interior, una amalgama de sudor rancio, putrefacción y leche de yegua, además de los ronquidos de su propietario, que resonaban estruendosamente en aquel espacio cerrado. En cuatro rápidos pasos, soslayó las mantas y los cojines diseminados por los suelos, y se arrodilló encima del durmiente, poniéndole la zurda en la boca y el cuchillo en la garganta. El individuo tuvo un brusco despertar, estremeciéndose de terror y estirando la mano para coger su cimitarra. Stark apretó la hoja hasta que brotó la sangre y susurró heladamente:
—Si intentáis gritar, os degollaré como a un cerdo.
Su cautivo temblaba de pánico: gruesas gotas de sudor se le deslizaron por la frente.
—¿Dónde está la muchacha?
El hombre hizo ademán de hablar pero la presa del antiguo caballero templario se lo impidió.
—Voy a permitir que respondáis —continuó—, pero como os atreváis a dar la voz de alarma acabaré con vos, ¿entendido?
Su cautivo asintió y replicó quejumbrosamente:
—Está en el pabellón de Hamidullah.
Stark deslizó el puñal sobre su nuez de Adán.
—¿Y cuál es el pabellón de Hamidullah?
—El verde situado en mitad del campamento…
Impasible, Stark enterró el arma hasta la empuñadura en el corazón de su rival. Había averiguado lo que necesitaba saber; no tenía sentido dejarlo con vida. Cuando el cuerpo cesó de contraerse, soltó el cadáver, tanteó en la oscuridad y encontró una túnica entre sus pertenencias. No experimentaba ninguna clase de remordimiento por los dos individuos que había asesinado: aquellos inicuos merecían la muerte. Con un gesto de asco, se puso la prenda sobre sus vestiduras, ocultando el rostro bajo la amplia capucha. Al salir al exterior de la tienda, reconoció el terreno, sin encontrar nada anormal. De inmediato, localizó el pabellón que le había indicado su víctima. Mientras andaba, distinguió la figura de otro centinela en la parte superior del claro, envuelto por oscuras ropas que lo permitían pasar desapercibido en la negrura. Stark inclinó la cabeza y apretó el paso. No tenía tiempo para eliminarlo. Si alguien descubría el cadáver, el campamento se convertiría en un caos; tenía que salir de allí cuanto antes. Cuando pasó al interior de la yurta, que olía a cuero curtido y a hierbas aromáticas, descubrió una forma borrosa sobre el lecho situado en uno de los laterales del pabellón. ¿Dónde demonios estaba la hija del mercader? Vencido por un extraño presentimiento, se acercó a la figura dormida, listo para utilizar el arma. Dos cuerpos desnudos descansaban bajo las mantas, unidos en un estrecho abrazo. Estupefacto, bajó el cuchillo: algo no encajaba en la escena; tanto la mujer como el hombre parecían amantes. Indeciso, contempló la expresión de felicidad de la muchacha, sus mejillas arreboladas y la manera en la que apretaba a Hamidullah entre sus finos brazos. Si hubiera sido violada por aquel bellaco, todo sería completamente diferente. Stark apoyó la hoja en el cuello de la mujer, obligándola a despertar; necesitaba conseguir respuestas. Ambos lanzaron a la vez un respingo de estupor al abrir los ojos.
—Si os atrevéis a gritar la mataré, escoria del desierto.
Hamidullah apretó los puños, asombrado y colérico a partes iguales, con una luz enloquecida en la mirada.
—¿Quién sois? —barbotó —. ¿Qué queréis de nosotros?
Stark esbozó una sonrisa capaz de helar la sangre en las venas.
—Un mercader de Bujará me ha contratado para rescatar a esta muchacha —repuso—. ¿Qué podéis decir al respecto?
El individuo rechinó los dientes.
—¿Ese perro se ha atrevido a mandaros a liquidarme? ¡Juro por Alá que será pasto de los buitres!
La joven se cubrió los pechos lo mejor que pudo y secundó a su amante:
—Mi padre es un diablo —murmuró aterrorizada—. ¡Sirve a Shaitán!
Stark ignoró las curvas de la mujer e inquirió con acritud:
—¿A qué demonios os referís?
La muchacha tragó saliva.
—Ayer descubrí que sacrificaba a sus criados en los altares de Ashur —explicó—. ¡No me quedó más remedio que escapar de mi propia casa!
Una sensación gélida recorrió los nervios del germano.
—Entonces… ¿No habéis sido raptada?
—¡No! —exclamó—. ¡Huí para no correr la misma suerte!
Hamidullah intervino:
—¡Al-Mahdi os ha engañado! —gruñó—. ¡Hawa es mi prometida, maldito seáis!
Stark tomó una profunda bocanada de aire y meditó las palabras que acababa de escuchar: los amantes le estaban diciendo la verdad. La furia relegó las dudas a un segundo plano y colmó su espíritu de deseos de venganza: el mercader pagaría su hipocresía aunque fuera lo último que hiciera.
—¿Vuestra prometida? —repitió con las mandíbulas encajadas por la rabia—. ¿Qué clase de locura es esta?
La joven continuó a punto de estallar en sollozos:
—Mi padre nunca ha querido que nos casáramos —dijo—. Su afán de poder lo ha cegado ante los deseos de su familia. Solo piensa en acumular riquezas a costa de las personas que tienen la desdicha de trabajar en sus caravanas. ¡Os lo juro!
El arma tembló en la diestra de Stark.
—Dejadla en paz —farfulló el hombre—. Matadme y acabemos con esto. ¡Es a mí a quién queréis!
Hamidullah hizo ademán de levantarse pero Stark cortó su movimiento con un gesto hosco.
—¿Por qué debería creeros?
—¡Sois un idiota! —escupió—. Os habéis dejado embaucar por las sofisterías de ese chacal. ¿Tanto os cuesta admitir que estáis equivocado?
El germano ignoró su malestar interior. Le costaba tragarse el orgullo y dar el brazo a torcer. Quizá toda la historia que el anciano le había contado en la taberna fuera una patraña: odiaría actuar en contra de sus principios y aniquilar a los inocentes. Debía averiguar cuál de los tres decía la verdad o perecer en el intento. Las circunstancias se habían torcido y estaban en su contra. Stark propinó un puñetazo al jefe de los bandidos en el rostro, dejándolo sin conocimiento. Hawa intentó chillar pero el germano fue más rápido y silenció su exclamación. Bruscamente, la volvió boca abajo, desgarró las sábanas y le puso una mordaza en la boca, atándole las manos y los pies. Hasta el momento jamás había golpeado a una mujer; su honor jamás le hubiera permitido realizar aquella acción.
—Volveré a la ciudad para hablar con vuestro padre —sentenció—. Si descubro que me habéis mentido, no volveréis a ver la luz del sol.
Con rapidez, cruzó el pabellón y salió al campamento enemigo, enervado por una cólera monstruosa; detestaba que jugaran con él. De improviso, un individuo apareció delante de sus narices. Durante un segundo, sus ojos se encontraron en la penumbra. El grito del vigía rompió la quietud del claro:
—¡Alerta! —Levantó la lanza para protegerse—. ¡Intruso!
Maldiciendo, Stark desenvainó el mandoble y destripó a su adversario: las entrañas rojas y azuladas le salpicaron las botas. La madrugada estalló en un clamor colectivo. Cuerpos delgados y macilentos surgieron de las tiendas, empuñando espadas curvas, hachas y picas. El antiguo caballero templario profirió una blasfemia y salió disparado hacia el bosque. Voces amenazadoras prometieron dolor, torturas y muerte. El reflejo de las llamas iluminó las caras enjutas y mal afeitadas de la hueste de Hamidullah. Flechas de penachos negros llovieron a su alrededor, zumbando malignamente, dispuestas a arrancarle la vida, sin conseguir alcanzarlo. A trompicones, se introdujo en la floresta, procurando ganar la máxima distancia posible a sus perseguidores. Ramas y brezos le arañaban el rostro.
Una saeta le rozó el hombro y se clavó en un árbol: había faltado poco para que lo alcanzara. Haciendo de tripas corazón, pasó por alto la sequedad de su boca, los pulmones inflamados, el palpitar de sus gemelos doloridos, y se exigió un esfuerzo supremo. En aquel instante, el relincho asustado de su corcel le puso los pelos de punta. Siluetas informes, de miembros monstruosos y cuerpos velludos, atacaban al animal. Aterrado, olvidó a los individuos que lo perseguían; aquellos seres demoníacos eran mucho peores que los forajidos. Una transpiración helada cubrió su cuerpo de la cabeza a los pies. Los hombres de Hamidullah se frenaron en seco, al borde del pánico, entre juramentos y gritos de sorpresa. La bilis pastosa se apiló en la garganta de Stark y le arrebató el aliento: aquellas criaturas eran obra del Diablo. A su espalda, jinetes provistos de cimitarras irrumpieron entre los árboles y frenaron su avance con brusquedad al descubrir el horror que se desarrollaba ante sus ojos. El germano apretó las mandíbulas y se abalanzó sobre los monstruos: sin la montura nunca podría escapar del bosque. Unas garras afiladas le rozaron el jubón y rechinaron contra su caperuza. El hedor, corrupto y vomitivo del engendro impregnó sus fosas nasales, causándole una arcada de repulsión. El mandoble descendió como una llama azulada y penetró en la carne correosa. La criatura aulló, rabiosamente, extendiendo sus colosales zarpas, con las mandíbulas amorfas llenas de saliva. Stark brincó hacia atrás, esquivando las uñas en el último momento, y volvió a descargar el arma. La cabeza rodó por los suelos y el cuerpo se desplomó soltando un chorro de sangre negra por la arteria abierta. Desesperado, movió la espada un lado a otro, manteniendo a raya a los demonios del bosque, que gruñeron con voces roncas e inhumanas. Su cabalgadura tiró de las riendas, enloquecida por el miedo, cabriolando de un lado a otro, alzando y bajando las patas. Stark se abrió paso a golpes, desgarró y fintó con movimientos precisos, matando a los contrincantes que se atrevían a interponerse en su camino. Una gota de sangre le salpicó la mano y lo hizo gemir de dolor; los fluidos vitales de los engendros quemaban como el fuego. Los ladrones, vencidos por el temor ancestral de las leyendas que, hasta ese momento, habían ignorado, retornaron al campamento a toda velocidad, soltando las armas y suplicando clemencia a los dioses.
Stark temblaba, le dolían los brazos y le pesaba el mandoble, cuyo filo comenzaba a embotarse por la sangre maligna de las criaturas. Tres cuerpos yacían ante sus pies, pero la superioridad numérica continuaba siendo aplastante. Una veintena de figuras vibraban en la penumbra, con ojos hambrientos y enrojecidos, tomando posiciones para devorarlo. Vagamente, distinguió una sombra de rasgos humanos en las facciones de sus enemigos. ¿Qué clase de infame brujería había creado a aquellos monstruos? ¿Qué manos diabólicas pervirtieron el barro de la Creación para formar una semilla tan impura que profanara la tierra? Las estrellas irradiaron los ángulos del bosque. Bajo la luz mortecina, pudo distinguir las bocas babeantes y las garras afiladas, los rasgos diabólicos y los físicos nauseabundos; si sus adversarios fueron hombres, poco restaba de su antigua condición. Rabioso, avanzó a golpes de espada, amputando miembros y segando vidas, hasta alcanzar al animal. Soltó las bridas y lo obligó a agachar la orgullosa cabeza, sin perder de vista a sus adversarios, que dudaban ante el helado empuje del germano. Este colocó el pie en un estribo, subió a la silla y trazó una barrera de acero, hendiendo cráneos y cortando las zarpas que pretendían apresarlo. Los árboles se convirtieron en un borrón indistinto conforme galopaba lejos de los demonios. Garras arañaron inofensivamente los costados acorazados del animal, caras retorcidas por el furor protestaron, un grito colectivo surgió de los labios putrefactos; a pesar de su degenerada inteligencia las criaturas eran conscientes de que habían perdido a su presa.
El caballo arrolló un cuerpo; el crujido de huesos quebrados fue acompañado por un quejido moribundo. Stark soltó una risotada cruel.
—¡Adelante, perros! —exclamó lleno de maligna alegría—. ¡Atrapadme si sois capaces!
Los cascos de la montura hoyaron la hierba ennegrecida por la sangre de los diablos. Stark escapó del círculo de siluetas y se dirigió hacia el claro del bosque. Antes de que se diera cuenta, pasó como un trueno entre las tiendas, acabando con los incautos que se atrevían a entorpecer su carrera. Un forajido pereció con la cabeza abierta hasta los hombros y giró sobre su propio cuerpo, desplomándose encima de la hoguera; un chorro de chispas ardientes abrasó a los individuos que estaban cerca del cadáver. Un chillido angustiado se elevó entre la cacofonía que imperaba en el campamento:
—¡Huid, hermanos! ¡Nos atacan los gules!
Stark vislumbró cómo las criaturas invadían el claro y arremetían a los ladrones del desierto, impulsadas por el deseo de vengar a sus camaradas caídos. Al instante, espoleó al animal y trazó un rodeo para salir de aquel infierno; el mercader debía explicarle ciertas cuestiones cuando volviera a Bujará. El estruendo de las armas se mezcló con los gritos de los heridos y las imprecaciones de los hombres: dudaba que la hueste de Hamidullah tuviera la oportunidad de vencer a los demonios. Impertérrito, dejó el campamento atrás y olvidó la horrible escena: el Señor lo había utilizado para castigar los crímenes realizados por aquellos individuos.





viernes, 29 de junio de 2018

LA MORADA DEL DIABLO (III): LA MORADA DEL DIABLO


Bajo los primeros haces del amanecer, las líneas sinuosas del palacio resaltaban entre las calles desiertas. El germano contempló las torres que sobresalían por encima de los muros dorados; parecía que el lugar estaba vacío. Inmediatamente, abandonó la oscuridad de la callejuela y se acercó a la muralla; una serie de enredaderas se deslizaban desde lo alto hasta el nivel de la avenida. Stark trepó por las hiedras y alcanzó la parte superior del muro, decidido a invadir el palacio del mercader. Arriba, se colocó boca abajo y analizó el jardín que se abría delante de su visión: árboles estremecidos por la brisa matutina, fuentes de agua, setos recortados con formas exóticas, caminos de piedra bien pavimentados. Enfrente, del palacio de paredes de granito y tejados azules con forma de cúpula, emanaba un aura maligna y repugnante, tan antigua como la dinastía Aqueménida que gobernó aquellas tierras un milenio atrás. Stark se aseguró de que no hubiera centinelas por los alrededores y descendió las enredaderas, ocultándose detrás de unos arbustos. Rápidamente, con la espada desnuda, traspasó el jardín y llegó ante una puerta de madera decorada con adornos florales. De un mandoble, reventó la cerradura y pasó al interior del palacio envuelto en sombras. Con los cinco sentidos alerta, cruzó un pasillo engalanado por ricos tapices, y llegó a unas escaleras de mármol que ascendían en espiral hacia los pisos superiores.
Extrañado, Stark aguzó los oídos y contuvo el aliento. Aquella paz lo repelía; le desconcertaba la facilidad con la que había accedido a la morada del mercader. El silencio sepulcral, roto por su propia respiración, le hacía temer lo peor. ¿Dónde estaban los vigías o los sirvientes que habitaban el palacio? Lentamente, subió los escalones con el arma preparada, dispuesto a defenderse ante el menor ataque. Las escaleras lo condujeron a un vasto salón iluminado por linternas, de muros y suelos opalescentes, decorados por alfombras y frisos que mostraban orgullosas figuras. Stark estudió su entorno, expectante, sin percibir nada extraño. Atravesó la estancia y se aproximó a una puerta de gran altura, tachonada con mosaicos geométricos y piedras semipreciosas, para descubrir que estaba cerrada desde el exterior. Irritado, levantó la cabeza y descubrió un balcón en el extremo norte de la cámara, desde el cual podría acceder a otras habitaciones del palacio. Acto seguido, tomó una escalera y ganó el palco. Una sensación funesta le mordisqueaba las entrañas; sabía que algo no iba bien.
Desde algún lugar impreciso, un sonido etéreo flotó en el aire y llegó a sus oídos. Era una música hipnotizadora, profunda y sensual, que evocaba todos los apetitos perversos y disolutos del ser humano. Nervioso, Wolfgang se santiguó y oró una plegaria:
Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus bonae voluntatis —dijo—. Crucem tuam adoramos, Domine[1].
Tenía suficiente experiencia con el mundo sobrenatural, como para intuir que en aquellas habitaciones se había vertido la sangre de cientos de inocentes. La riqueza que lo circundaba lo desagradaba profundamente. Su mentalidad cristiana siempre le había hecho despreciar los lujos; prefería la pobreza y la castidad antes que la opulencia, era la única manera posible de no caer bajo las garras de Satanás.
Cautelosamente, cruzó el balcón y penetró en la estancia adyacente, idéntica en todos los sentidos a la anterior. Una docena de sacerdotes vestidos con sombrías túnicas oraban debajo de su posición. El monótono canto religioso que había distinguido arreció. Stark sintió como se le erizaba el vello de la nuca: aborrecía la brujería con todas sus fuerzas. Su mano aferró el pomo de la espada y un estremecimiento le recorrió la columna vertebral. La superstición hizo mella en su espíritu; las costumbres heredadas eran difíciles de borrar. Un poder malsano, que se perdía en el alba de los tiempos, cuando Jerusalén era una isla entre las aguas, emanaba de aquellos individuos. En el centro de la cámara, sobre un altar de ónice, una joven de pálidos miembros, yacía esposada de pies y manos por cadenas de plata. Detrás de ella, la figura familiar del mercader sostenía un puñal en la diestra, listo para cumplir su aciaga inmolación. El germano rechinó los dientes: los amantes estaban en lo cierto; Al-Madhi lo había engañado. Las voces aumentaron de intensidad. Muhammad avanzó unos pasos, se situó a un lado de la muchacha y levantó el arma sobre su cabeza. Una mirada fanática le ardía en los ojos.
—¡Acepta nuestro sacrificio, Ashur! —aulló con voz ronca y reverencial—. ¡Devuelve su poder a los hijos de Termagant, tal como nos prometiste!
Stark se precipitó hacia delante y saltó por encima de la barandilla, aterrizando entre sus oponentes. Un bramido de asombro escapó de los sacerdotes. El mandoble destellaba en su puño, prometiendo muerte a todos aquellos que se atrevieran a atacarlo. Su juramento resonó hasta el último confín del salón:   
—¡Hijos del Diablo! —gruñó—. ¡Acabaré con vuestras puercas vidas!
Stark trazó un arco con la espada y dividió la cabeza de un hombre desde la coronilla hasta el esternón. Al instante, se desembarazó el cadáver y abrió el pecho del sacerdote que tenía a la izquierda; sus pulmones salpicaron las baldosas de mármol. Al-Madhi reculó, aterrado, cuando reconoció al individuo que había pretendido manipular.
—¡Matad al extranjero o acabará con nosotros! —ordenó a sus acólitos.
Stark lanzó una carcajada asesina y trazó una estela sanguinolenta entre sus adversarios. Sin pensarlo, embistió como un lobo, destrozando los cuerpos que se le ponían por delante, enloquecido por la alegría del combate. El antiguo caballero templario ignoró las heridas superficiales, los cuchillos que buscaban su físico, las caras perversas de los sacerdotes, y cualquier iniciativa de protegerse: estaba en su elemento, había nacido para matar o morir. Su visión se tiñó de rojo. Cortó miembros, extirpó vidas, exterminó a placer a los hombres del mercader. Aquellos individuos, poco y mal entrenados en el uso de las armas, no podían vencer la cólera elemental del germano. Minutos más tarde, se irguió entre los cuerpos aniquilados: una miríada de pequeños cortes llenaba su anatomía. Satisfecho, adoptó una sonrisa horrible, pasando por encima de los cadáveres, mientras se aproximaba al anciano. Sus intenciones homicidas eran evidentes.
—¡Socorro! —chilló Muhammad—. ¡Ayuda!
Stark volvió a reír con siniestra alegría.
—¡Grita todo lo que quieras! ¡Tus hombres no pueden auxiliarte, perro!
El mercader palideció.
—¡Maldita sea vuestra estampa!
La punta de la espada apuntó el corazón del anciano.
—Quiero que me digáis la verdad —dijo—. ¿Por qué contratasteis mis servicios?
Al-Madhi guardó silencio.
—¡Responded!
Con voz trémula, el mercader replicó con otra cuestión:
—¿Qué ha sido de mi hija?
—No estáis en condiciones de hacer preguntas, viejo.
Los labios del anciano temblaron.
—Ya os lo dije que…
El germano restalló:
—¡Mentiroso! —masculló—. ¡Hawa me contó la clase de engendro que sois!
—Mi hija me traicionó por un ladrón de mierda —argumentó—. ¿Qué esperabais que hiciera?
Stark sintió deseos de esparcir sus entrañas por los suelos.
—Nunca he permitido que nadie me manipule —resopló—. Todas vuestras buenas palabras y propósitos fueron una patraña desde el principio. ¡He matado a varios hombres por vuestra culpa!
El mercader fue sarcástico:
—¿Y eso que importa? —dijo—. Creía que erais un mercenario profesional, no un hombre santo.
Stark se limpió el sudor de la frente.
—Me temo que os habéis equivocado respecto a mi persona —puntualizó—. No soy un asesino al que podáis utilizar impunemente.
Muhammad rio con cinismo.
—Me temo que vuestra religión os ha echado a perder... ¡Habláis como un cristiano devoto de Jesucristo!
—¡Al menos no sirvo al Maligno! —bramó—. ¡Mi espíritu no está corrompido como el vuestro!
Stark reprimió el deseo de acabar con aquel degenerado. La ira espumeaba en su interior: no le perdonaría que lo hubiera mandado al campamento de Hamidullah para realizar una misión profana. A su espalda, la joven maniatada sollozaba de terror, desnuda sobre el altar que habían dispuesto para asesinarla.
El anciano respondió despreciativamente:
—Sois un pobre ignorante al repudiar los misterios de lo arcano. ¡Desconocéis el poder que Shaitán otorga a aquellos que lo sirven!
—He conocido a muchos hombres que hablaban como vos. La Santa Inquisición se ocupó de acabar con ellos. ¡Lástima que su influencia no haya llegado hasta Bujará!     
Al-Madhi hizo un gesto desdeñoso.
—¡El Santo Oficio! —estalló—. ¡Habláis de esos pecadores obsesionados por la herejía como si los admirarais!
Stark arrastró las palabras:
—Al contrario —repuso—. Los aniquilaría, tal como haré con vos.
—Os he pagado generosamente —le recriminó Muhammad—. ¿Dónde está mi Hawa?
El germano lanzó una carcajada cruel.
—¿De verdad queréis saberlo?
—¡Por supuesto!
—Os equivocasteis respecto a las leyendas que corren por la ciudad —terció—. El bosque está habitado por los diablos. Podrían ser vuestros sirvientes sin ningún problema. 
El mercader ignoró su explicación:
—¿Y qué?
—Entré en el campamento amparado por la oscuridad y tuve la ocasión de conocer a Hawa y a su amante. —Al ver cómo el anciano enrojecía de rabia, prosiguió con malicia—. Tengo que confesar que hacía años que no veía a unos jóvenes tan enamorados.
—¡Canalla!
Stark decidió terminar la historia:
—Cuando vuestra hija me dijo que huyó de vuestra morada porque había averiguado que sacrificabais a esclavas en el altar de Satanás, no fui capaz de obligarla a que me acompañara…
Al Madhi lo interrumpió:
—¿La dejasteis con esos ladrones? ¡Estáis loco de atar!
—Exacto —admitió con sorna—. Los gules se encargaron de acabar con ella.
—¿Cómo?
—Conduje a las criaturas al campamento —confesó de mala gana—. Era mi vida o la de ellos. A estas horas Hawa debe estar en la panza de uno de esos demonios. El destino quiso que ella y Hamidullah se reunieran en el Infierno.
El anciano estaba rojo como un tomate.
—¡Mentís!
Una vaga sensación de resquemor se apoderó de su ser: el sufrimiento lo había cambiado, volviéndolo un individuo frío y despiadado, sin esperanzas ni conciencia alguna. ¿Hasta que punto estaba dispuesto a llegar para cumplir sus objetivos? ¿Cuánta sangre debía derramar para saciar la sed de justicia que inundaba su interior? El bien y el mal le importaban bien poco, había perdido su integridad hacía años, detalle que no lograba soportar. 
—Yo nunca miento —sentenció con brutalidad—. Las muchachas que habéis asesinado podrán descansar en paz. ¡Dios me ha concedido el placer de ser el artífice de su venganza!   
—No puede ser cier…
—¡Basta de charla! —gruñó Stark—. ¡Acabemos con esto!
El mercader levantó los brazos, puso los ojos en blanco y pronunció una frase en un idioma primigenio, tenebroso como el abismo. Bruscamente, el avance del germano se inmovilizó: el hechizo le había paralizado los miembros. Una corriente helada acarició su cuerpo y le espesó la sangre en las venas, congelándole corazón. El anciano lanzó una risa hueca.
—¡Estáis atrapado, extranjero! —masculló—. ¡Ningún hombre puede romper mi conjuro!
El llanto desgarrador de la joven se alzó sobre el rugido que inundaba los tímpanos del antiguo caballero templario. Frenético, este concentró toda su energía en el brazo que sostenía el acero: no pensaba permitir que aquella muchacha muriera. Al-Madhi volvió a retroceder, asombrado, incapaz de creer lo que estaba viendo.
—¡No! —exclamó ante el poder del individuo que había cometido el error de subestimar—. ¡Es imposible!
Con un último esfuerzo, Stark arrojó la espada hacia el mercader. El acero surcó el aire y perforó el esternón de su enemigo, clavándolo en la pared como a una mosca. El anciano se estremeció y escupió un borbotón púrpura por la boca, pereciendo con un gesto horrible en las facciones retorcidas por la agonía. Exhausto, Stark se desplomó de rodillas, estremecido por espantosos temblores. Le había faltado poco para no contarlo. Al recuperarse de la horrible experiencia, se incorporó a trompicones y alcanzó a la joven desecha en lágrimas.
—Gracias, señor… —susurró la muchacha—. No sé cómo agradecéroslo...
Wolfgang destrozó las cadenas con el mandoble y la acunó entre sus poderosos brazos.
—Todo ha terminado —dijo—. Ya estáis a salvo, pequeña.    



[1] Gloria a Dios en el Cielo y paz en la Tierra a los hombres que ama el Señor.  Adoramos tu cruz, Señor. (N. del A.)




sábado, 16 de junio de 2018

JOHNNY MARR: "CALL THE COMET"


Desde la disolución de los Smiths, Johnny Marr ha participado como músico de sesión y productor en innumerables formaciones (Electronic, Pet Shop Boys, 7 Worlds Collide, Modest Mouse, The Cribs, etc). Al igual que Morrissey, la sombra de su vieja banda fue tan alargada que perdura en la actualidad. Durante décadas, fiel a su naturaleza poco amante de los titulares, Marr se mantuvo en un discreto segundo plano hasta que decidió despegar en solitario. Su proyecto Johnny Marr + The Healers (Boomslang, 2003), si bien contó con singles dignos como “The Last Ride”, “Banging On” o “Down On The Corner”, fue un fracaso absoluto. Las críticas no se hicieron esperar: una mala copia de Oasis, voz que no estaba a la altura, lírica pobre, temas mediocres en comparación con los clásicos que grabó junto a Mozz, Andy Rourke y Mike Joyce durante los ochenta. Borrón y cuenta nueva. La trilogía formada por The Messenger (Warner Bros, 2013), Playland (Warner Bros, 2014) y el directo Adrenalin Baby (Warner Bros, 2015) —en el que revisaba tanto su nuevo periodo solista como con los Smiths—, demostró que la carrera del mancuniano era más sólida de lo que muchos imaginaban.

Tres años después del cover “I Feel You” (Depeche Mode) para Record Store Day, las memorias Set The Boy Free (2016) y diversas colaboraciones musicales (Noel Gallagher, Blondie, Hans Zimmer, Maxine Peake), Call The Comet (Warner Bros, 2018) constituye un necesario paso adelante y al mismo tiempo, durante ciertos pasajes, una puesta al día del pasado glorioso. “The Tracers”, lanzada como primer sencillo, con una sección rítmica que hermana “The Queen Is Dead/The Headmaster Ritual”, evoca madrugadas, autopistas, rascacielos y luces de neón; un mañana distópico arrancado de las páginas de J.G. Ballard. “Hi Hello” (segundo single), luminoso jangle pop marca de la casa, hubiera podido encajar perfectamente en cualquier disco de los Smiths. De hecho, no cuesta en absoluto imaginarla con la voz de Morrissey. “Walk Into The Sea” (tercer adelanto) probablemente es la joya de la corona: una pieza en crescendo de seis minutos, épica y ambiciosa, con piano, spoken word, guitarras potentes, riff  que queda grabado en la memoria y coros efectivos.  

En la producción, limpia y cristalina, Marr se luce en todo momento con su estilo de guitarra sostenido por arpegios y afinaciones abiertas. “Day In Day Out” remite a “Hand In Glove” gracias a su sonido y candencia rítmica. En “Bug” volvemos a encontrar otro tema de los Smiths (“Barbarism Begings At Home”) revisitado de forma velada; bajo funky, batería dominante y estribillo coreable. “Rise”, “Hey Angel” y “Spiral Cities”, alternan entre rock enérgico y pop asequible para las radiofórmulas. “My Eternal”, como en “The Tracers”, con su sensación de urgencia y estructura circular, remite al sonido patentado por Siouxsie And The Banshess, The Cure o Joy Division. “New Dominions” y “Actor Attractor”, electrónicas y experimentales, podrían pertenecer a New Order etapa Technique. Por último, como cierre del elepé, “A Diferent Gun” resulta tranquila y no exenta de cierta melancolía.

Marr es consciente de las elevadas expectativas que despierta su persona entre los fanáticos de los Smiths. Para bien o para mal, su trabajo siempre será comparado con el de Morrissey. Irónicamente, aunque Mozz se caracteriza por sus críticas despiadadas a compañeros de profesión y numerosas declaraciones polémicas que copan los medios, no suele mencionar a su antiguo guitarrista. La conclusión es obvia: ambos han tomado diferentes caminos y se respetan mutuamente. Maduro, diverso y redondo, Call The Comet reúne lo mejor de su pasado, actualizándolo sin un ápice de nostalgia, para conducirlo al futuro.



viernes, 25 de mayo de 2018

ENTREVISTA CORTESÍA DE ADOPTA UN ESCRITOR


Podrías hablarnos un poco más sobre ti, ¿cuáles son tus gustos literarios, tus aficiones, tus inquietudes, a qué te dedicas?


Soy un gran admirador de Henry Miller, William Burroughs, Thomas Bernhard y Hunter S. Thompson, entre otros muchos escritores. Me encanta el rock y la buena literatura, cuanto más radical y subversiva, mejor. Durante los últimos años he descubierto mi faceta de crítico literario/musical y suelo colaborar con regularidad en revistas como Drugstore Magazine, Trabalibros, Croa Magazine, Muzikalia, Rock The Best Music, El Quinto Beatle, etc. Aparte de ello, también colaboro con el sello escocés EmuBands, entrevistando a bandas de su cantera musical. Me gusta mantenerme activo.   
  
¿Qué te impulsó a escribir tu primera novela?

La necesidad de contar una historia y plasmarla sobre las páginas. Siempre he sido una persona muy imaginativa, por consiguiente, es la mejor forma de comunicarme que conozco. Para mí no existe mayor placer que dejarme llevar por las palabras y perderme en mis personajes.

Háblanos de tu libro “El último templario”. ¡Nos gusta el título! ¿De qué trata?

“El último templario” narra la historia de Wolfgang Stark, uno de los pocos caballeros de Dios que logra sobrevivir al ataque producido por soldados franceses a la Sede del Temple cuando la Orden cayó en desgracia. A partir de aquel fatídico momento, el protagonista vaga por el mundo, luchando contra el mal y toda clase de criaturas sobrenaturales. Stark es un antihéroe, un personaje torturado por el pasado, por la pérdida de sus hermanos templarios. Este libro resume mi devoción por el pulp de principios del siglo veinte, cuando escritores de la talla de Howard o Lovecraft publicaban en Weird Tales. He intentado escribir una novela añeja y moderna a la vez, que conjugase la fascinación que despiertan los templarios en la actualidad con el estilo de espada y brujería que leí durante mi adolescencia (Michael Moorcock, Fritz Leiber, Tolkien), sin caer en estereotipos. Espero haberlo conseguido.   

¿Por qué deberían leer nuestros lectores “Gravity Grave”?

A todo aquel que le guste la música de principios de los noventa, la literatura de sexo, drogas y Rock And Roll, debería dar una oportunidad a “Gravity Grave”. Mi novela está escrita sin concesiones, es crítica con la sociedad y cuenta una serie de personajes que se salen de lo “políticamente correcto” que impera en la actualidad literaria. Pienso que es una obra divertida, salvaje, desvergonzada y sencilla de leer. Ideal para tomar una copa mientras escuchas “Screamadelica” de Primal Scream, como banda sonora que recomendaría a los lectores. 

¿Cuánto tiempo te llevó acabar tu primera novela? ¿Y la última?

Mi método de trabajo ha cambiado con el paso del tiempo. Mi primer libro, como no tenía experiencia como novelista, me llevó unos dos años terminarlo. Fue una obra nacida de la improvisación, de diversas experiencias personales, de sentimientos a flor de piel. Ahora escribo de otro modo: preparo la historia exhaustivamente, de principio a fin, documentándome y tomando notas, antes de empezar a escribirla. Mi última novela, finalizada el año pasado, me llevó unos cuatro años de investigación y un mes y medio escribirla. He batido mi propio récord: nunca había narrado una historia en tan poco tiempo.

¿Cómo llevas el tema de la promoción? ¿Las redes sociales te han facilitado el camino para llegar al público o por el contrario no has notado gran avance?

El tema de la promoción es complicado. Tal como he dicho, suelo colaborar con diversas revistas musicales y páginas de literatura para darme a conocer. Aparte de ello, tengo varios libros en el mercado. A diferencia de cuando empecé a escribir, cuento con currículum. No soy gran seguidor de las redes sociales. Prefiero utilizar mi tiempo para trabajar, no para hablar de mis intereses, vida privada o puntos de vista políticos, por poner ejemplos.

¿Consideras que es más fácil hacerse famoso estando amparado por un sello editorial que autopublicándose? ¿En qué crees que es beneficioso o no estar abrigado por una editorial?

No me cabe la menor duda. La mayoría de los libros que triunfan a nivel mundial cuentan con una campaña de publicidad, promoción y distribución en grandes centros comerciales por parte editoriales poderosas. Independientemente de la calidad de la obra, si tiene visibilidad en todas partes y adaptación cinematográfica, el público es consciente de su existencia y, por lo tanto, compra. La autopublicación, al no tener ninguna clase de respaldo, te limita a un público menor; resulta complicado colocar tu libro en las mejores librerías españolas de este modo. De hecho, en muchas revistas, si no eres conocido o cuentas con una editorial que te represente, se niegan a publicitarte y mucho menos reseñarte. 

Muchas editoriales rehúyen de los libros electrónicos debido al miedo que esa forma de publicación pueda repercutir negativamente en sus beneficios. ¿Qué opinas de los libros digitales? ¿Crees que llegarán a reemplazar a los libros tradicionales?

La edición tradicional y digital es compatible. Aunque en mi caso prefiero el papel, muchas veces recurro a libros electrónicos cuando no consigo encontrar lo que me interesa o escapa de mi presupuesto. Pienso que, para que el libro digital prospere, deberían abaratar los precios: resulta absurdo que cuesten casi lo mismo en ambos formatos. El mundo editorial es muy tradicional; jamás ha aceptado bien los cambios. Por poner un ejemplo, la venta de vinilos, a pesar de las descargas ilegales y plataformas como Spotify, ha aumentado durante los últimos años. El libro tradicional, al igual que la música, siempre tendrá representación física.    

¿Has estado en la feria del libro firmando?

No. Tengo la esperanza de poder hacerlo en el futuro.

¿Qué opinas de las ferias de libros? ¿Crees que los autores independientes tienen las mismas oportunidades en ellas que los publicados por editoriales?

En la ferias de libros tienes la oportunidad de tratar con los lectores cara a cara, conocer a otros compañeros de profesión y vender. Conozco el caso de una escritora que, dado que la (famosa) editorial con la que había firmado ignoró sus peticiones, no le quedó otro remedio que presentarse en el stand de una amiga para firmar su obra. Ahí es donde radica el problema de este negocio: si la editorial no demuestra compromiso, respeto y perseverancia, el autor queda desprotegido y no genera beneficios. Todos salen perdiendo, en especial el escritor, que no logra despegar.

¿Qué serías capaz de hacer por llegar a ser famoso y ser leído por un gran número de personas?

Me remito a “Fausto” de Goethe. Define el precio que estoy dispuesto a pagar con tal de conseguir mis objetivos (risas).

Aparte de los libros publicados, ¿estás imbuido en algún otro proyecto con vista de salir en un futuro cercano?

Es pronto para hablar de ello pero en estos momentos estoy en trato con una editorial para publicar mi última novela. Con suerte, saldrá a la venta a finales de año.

Por nuestra parte damos por finalizada la entrevista, pero te invitamos a que añadas lo que desees para poner punto y final.

Agradecer la entrevista a Adopta un escritor y desearles la mejor de las suertes en sus futuros proyectos. Invito a los lectores a visitar mi blog. En él podrán encontrar una muestra de mi trabajo: críticas musicales, relatos, reseñas literarias y puntos de venta de mi obra.

Te agradecemos el tiempo empleado, un cordial saludo del equipo de Adopta un Escritor.

Enlace original:




martes, 15 de mayo de 2018

“EL SECRETO DE LA TUMBA Y OTROS CASOS DE STEVE HARRISON”, DE ROBERT E. HOWARD


Harrison cayó al suelo de espaldas, y yació allí, temporalmente ciego y sordo por aquella espantosa confusión. Cuando logró ponerse en pie, aturdido, observó la escena con asombro. No quedaba el menor rastro de la cabaña: tan sólo unos pocos troncos retorcidos, entre los que yacían algunos fragmentos de ropa desgarrada.

Howard se caracterizaba por su perseverancia. Aunque gran parte de su obra fue rechazada por los pulps de la época, el texano no cesaba de escribir hasta obtener la ansiada publicación. El mundo editorial no ha cambiado en absoluto desde entonces: grandes novelistas pasan desapercibidos mientras otros con ínfimo talento copan las listas de ventas. Si bien el género policíaco no era su punto fuerte significaba un mercado lucrativo en los años de la Gran Depresión; continuaría alternando historias del duro detective Steve Harrison con relatos de boxeo de la dupla de marineros Steve Costigan/Dennis Dorgan, los westerns humorísticos de Breckinridge Elkins, y las aventuras orientales de Francis Xavier Gordon, alias “El Borak”.

Inspirado por Lovecraft, compañero literario en Weird Tales con el que carteaba profusamente, Howard no tenía el menor problema a la hora de abordar el género de terror. Buena prueba de ello son obras maestras como “Las palomas del infierno”, “Gusanos de la tierra” o “El hombre del suelo”. En El secreto de la tumba y otros casos de Steve Harrison (Los libros de Barsoom, 2009), el enfoque es diferente. Las tramas de “peligro amarillo” son reemplazadas por el estilo “weird menace” popularizado por Jules de Grandin de Seabury Quinn, en la que la influencia de lo sobrenatural resulta notoria. Violentos, oscuros y macabros, los cuentos del texano poco tenían que ver con los estereotipos del género.

Pueblos perdidos en la América rural, tumbas profanadas, rituales vudú, crímenes imposibles, espectros asesinos, pantanos llenos de peligros… El detective abandona el Barrio Chino para continuar luchando contra el mal. Su carácter sombrío, taciturno y obsesionado con el trabajo, no es un impedimento a la hora de impartir justicia. Una fuerza de voluntad inquebrantable, junto a sus puños de acero y un revólver bien cargado, lo harán prevalecer sobre las tinieblas en el lugar que muchos otros fracasarían. Harrison es un héroe: siempre alcanza el triunfo pese a todas las adversidades que se interpongan en su camino.    

Con su atmósfera tétrica, cabezas cercenadas, odio ancestral entre familias y apariciones fantasmales, “Ratas en el cementerio” podría ser considerada la mejor historia del detective. Howard demuestra su pericia como narrador:

 … Como sintiendo su indefensión, las ratas se abalanzaron sobre él. Harrison luchó por su vida, como un hombre inmerso en una pesadilla. Golpeó, lanzó alaridos, maldijo, y las aporreó con el revólver de seis tiros que empuñaba aún en la mano derecha.
Sus fauces se clavaron en él, rasgando ropa y carne, mientras sus fétidos alientos acres le causaban nauseas; casi había quedado cubierto por completo por sus cuerpos ávidos y temblorosos. Intentó quitárselas de encima, golpeando con frenesí con demoledores golpes de la culata de su revólver de seis tiros.
Los caníbales vivos se abalanzaban sobre sus hermanos muertos. Llevado por la desesperación, el detective se giró de medio lado y clavó el cañón de su revólver contra la tapa del ataúd.
Ante el destello del disparo y su correspondiente estampido, las ratas escaparon en todas direcciones. Apretó el gatillo una y otra vez, hasta quedarse sin cartuchos. Las pesadas balas destrozaron la tapa, abriendo un gran agujero junto al borde. Harrison logró, al fin, sacar su mano entumecida a través de aquella abertura…

Howard por fin había descubierto la fórmula correcta. Los relatos de terror policíaco “El secreto de la tumba” (bajo seudónimo) y “Fauces doradas”, fueron publicados en el mismo número de Strange Detectives Stories (febrero de 1934),  y “Ratas en el cementerio” (febrero de 1936) en Thrilling Mystery. En cambio, “La morada de la sospecha” y “La voz de la muerte”, permanecerían inéditos hasta ser rescatados del olvido a finales de los setenta y mediados de los ochenta, respectivamente.

El texano no volvería a escribir sobre Steve Harrison durante el resto de su breve carrera literaria. En comparación, el detective palidece junto a célebres personajes como Conan de Cimmeria, Solomon Kane o el Rey Kull. A pesar de ello, no se encuentra tan alejado de estos a nivel de calidad y merece la pena leer sus historias. Ambos libros (El Señor de la muerte y otros casos de Steve Harrison y El secreto de la tumba y otros casos de Steve Harrison) se encuentran agotados desde hace tiempo: solo cabe esperar que una reedición permita a nuevas generaciones disfrutar de los mismos.