miércoles, abril 08, 2026

FANFICTION — LAS CRÓNICAS DE RIDDICK: «OJOS DE CAZADOR», PUBLICADO EN PORTAL CIENCIA Y FICCIÓN

We have no future
Heaven wasn't made for me
We burn ourselves to hell
As fast as it can be...

Marilyn Manson

...Ahora, mi nave me conduce al Planeta 6 del Sistema U.V.: un lugar infernal formado por rocas y hielo, donde pocos consiguen sobrevivir. El criosueño no me produce ningún alivio; nunca estaré a salvo de los mercenarios que buscan mi cabeza constantemente a cambio de una buena recompensa. Por ello debo alejarme de la gente que me importa: personas como Imam o Jack...

Richard B. Riddick

 

GLIESE 876 C

Impasible, Riddick se introdujo dentro del río de cuerpos humanos, con una expresión inescrutable en el rostro. Los pliegues de la capa oscilaron sobre sus piernas mientras se abría camino entre los miles de transeúntes que llenaban el mercado abarrotado.

A través de las gafas de sol, contempló, asqueado, las tiendas fabricadas con tubos de aluminio: aborrecía la civilización. Instintivamente, soslayó a los colonos vestidos con ropas de llamativos colores y avanzó a contracorriente sin molestarse en mirar a nadie. El furiano era un criminal buscado en cinco mundos y tres sistemas: pasar desapercibido era fundamental para su supervivencia.

Desde la bóveda celeste, cubierta por la polución industrial, el sol abrasador caía como plomo fundido sobre su cabeza desnuda, haciendo que el sudor se deslizara por su musculosa anatomía de casi un metro noventa. Riddick vestía como de costumbre: camiseta de tirantes, guantes de cuero, pantalones militares y botas de combate.

Sistema Gliese 876: distancia, 15 años luz de la Tierra. Constelación: Acuario. Magnitud: 10.17. Planetas: Gliese 876 B, C y D. Resonancia orbital: 2:1.

Después de quince semanas de travesía, las células energéticas de la nave comenzaron a agotarse. No le quedó otro remedio que hacer escala para abastecerse. En caso contrario, habría quedado varado en el espacio exterior, abandonado a su suerte, inmerso en una hibernación eterna.

Riddick se encontraba en el interior del Templo Sukhothai, al amparo de las nueve torres que oscilaban, difuminadas por el calor agobiante. Un Shiva de piedra lo observaba. Su figura maciza y atemporal descollaba sobre las numerosas casetas que llenaban el recinto: puestos de ropa de segunda mano, avanzadillas de biochips de baja calidad, museos vivientes de arte local, zocos de bestias manufacturadas, autoservicios de sushi, instrumental de tatuaje luminoso, compra y venta de armas de segunda generación y codificadores de ADN clandestinos.

El Vat Mahathat sonreía, reinando sobre la humanidad postrada bajo sus pies cruzados, con las manos de piedra unidas sobre el regazo. El fugitivo sorteó a un grupo de mineros y llegó al módulo donde podía comprar suministros. La construcción cúbica, rematada por una estructura cónica, resaltaba entre dos neones publicitarios.

Aquel lugar sagrado se había transformado en una cloaca. Ya no existía el respeto atávico del pasado; los vendedores que propagaban sus productos por altavoces se encargaban de arruinarlo a conciencia.

¿Qué pensarían los antepasados de esta escoria si levantaran la cabeza? Una sonrisa sardónica llenó sus labios. ¿Les complacería descubrir que los turistas compran sus reliquias religiosas como souvenirs?

Una joven se acercó al furiano. Sus caderas oscilaron, provocativas. Vestía una falda de piel sintética, una vaporosa camisa transparente y enormes plataformas de doble tacón. Esta pasó un dedo por su mejilla sin afeitar y susurró, melosa, acariciándolo con los ojos sesgados:

—¿Quieres pasar un buen rato?

Riddick miró detrás de su hombro. Un chulo no le quitaba la vista de encima: cicatrices tribales cruzaban su rostro de color ébano como relámpagos blanquecinos en la pantalla de una consola.

—No me parece una buena idea. —El olor a sudor de su piel le desagradó—. Quizá otro día.

Ella insistió.

—No te arrepentirás, guapo. —Levantó la tela atigrada, mostrándole su pubis afeitado—. ¿Qué te parece?

—No, gracias. —Riddick la rodeó—. No eres mi tipo, muñeca.

La mujer lanzó una obscenidad en su propio idioma. El furiano no la escuchó; su atención estaba fija en un cartel tridimensional suspendido en lo alto de un edificio. Riddick estudió las facciones angulosas del mercenario: frente hundida, ojos fríos y calculadores, mentón afilado y labios inexistentes.

—Benton Ju —susurró—. Qué pequeño es el universo...

Como era lógico, conocía a aquel cazarrecompensas. Estaba a todas horas en los noticiarios; sus capturas se retransmitían en vivo y en directo en múltiples sistemas. Benton Ju había hecho de su miserable profesión un arte.

El furiano apretó los dientes, molesto. Parecía que la fortuna estaba en su contra. De todos los sistemas posibles, de todos los planetas de la galaxia, de todas las ciudades de Gliese 876 C, había tenido que coincidir con aquel bastardo.

La terrible muerte de Johns regresó a su memoria: gracias a su codicia, fue devorado en un planeta sin nombre por criaturas espantosas.

Espero que no te cruces en mi camino, pensó. Lo pagarías muy caro, amigo...

SISTEMA HELIÓN

La nave se aproximaba al Sistema Helión: seis planetas doradorrojizos que giraban alrededor de un sol incandescente que se perdía en el infinito.

Imam entró en la cabina. Su galabiyya olía a hierbas aromáticas; llevaba toda la mañana realizando sus oraciones. Riddick inquirió con ironía:

—¿Ya has terminado, pastor?

El santón no le hizo caso.

—Estamos a punto de llegar —comentó—. ¿Vas a quedarte con nosotros?

—No.

La voz de Imam tembló:

—Aunque insista, no cambiarás de opinión, ¿verdad?

El furiano apartó la vista del cosmos interminable.

—Tú lo has dicho.

Imam se ajustó el turbante.

—Jack lo va a pasar mal —dijo—. ¿Cuándo se lo dirás?

Riddick jugueteaba con un cuchillo.

—Más tarde.

El santón lanzó un suspiro.

—¿Por qué tienes que irte?

El furiano no quiso decirle la verdad:

—No me queda otro remedio.

Sus temores eran demasiado íntimos para compartirlos con Imam. Tras su encuentro con Antonia Chillingsworth, había comprendido que Jack nunca estaría a salvo a su lado; tarde o temprano, un grupo de mercenarios lo encontraría. No quería ponerla en peligro de ninguna manera.

Quién lo hubiera dicho, reflexionó con acidez. Me he vuelto un sentimental.

El santón lo arrancó de sus sombrías especulaciones:

—¿Y ahora qué piensas hacer?

El furiano guardó el arma.

—Desaparecer del mapa.

Imam insistió:

—¿A dónde piensas ir, Riddick?

Riddick apretó unos botones en la consola para corregir la trayectoria de vuelo.

—¿Por qué te importa tanto, pastor?

El santón jugueteó con un collar de cuentas rojas, negras y amarillas.

—Te debo la vida.

Riddick se mostró desagradecido:

—Si no hubiera sido por Carolyn, os habría dejado tirados en aquel planeta, Imam.

Imam reaccionó con gravedad:

—No intentes engañarte a ti mismo, Riddick.

El furiano sonrió.

—¿Eso crees?

—No lo creo —argumentó con seguridad—. Lo afirmo.

Riddick no quiso seguirle el juego:

—No me importáis ninguno de los dos —replicó—. No olvides con quién estás hablando.

Imam agitó la mano, quitándole importancia a sus palabras.

—¿Vas a decirme la verdad?

A pesar de todo lo que habían compartido durante los últimos meses, le costaba confiar en aquel hombre. El Sistema Penal lo había cambiado definitivamente. Una punzada de orgullo recorrió su interior: podía vanagloriarse de haber escapado de las peores prisiones del universo —Altair, Ursa Luna, Ribald, Tangiers y Butcher Bay—. Su espíritu continuaba intacto; los carceleros no lograron aniquilarlo. Siempre salía vencedor ante las adversidades.

—Sistema U.V. ¿Contento?

El santón le devolvió la sonrisa.

—Te ha costado decírmelo, ¿no es cierto?

—Ni te lo imaginas.

OJOS DE CAZADOR

El furiano abandonó el módulo. Colgado a su espalda, dentro de un petate, estaban las provisiones que había adquirido: dos células de energía, raciones de hierro, agua y artículos varios.

Con rapidez, recorrió el camino a la inversa. El sol empezaba a esconderse tras el horizonte. En breve anochecería: el momento ideal para abandonar aquel horrible planeta devorado por refinerías que se extendían hasta el infinito.

Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Estaba en peligro. Ojos crueles lo observaban entre las sombras.

Una descarga de plasma le rozó el hombro.

Riddick saltó hacia la derecha y derribó un puesto de galletas de proteínas. La mujer que había intentado seducirlo gritó:

—¡Ahí está! —indicó a sus enemigos—. ¡Cogedlo!

Cuatro mercenarios corrieron en su dirección. El furiano rodó sobre sí mismo, se puso en pie, apartó a los sorprendidos compradores y salió disparado por una callejuela adyacente.

Una red metálica atrapafugitivos se clavó en una pared a sus espaldas. Había faltado poco.

Riddick aumentó el paso, brincó sobre un carromato tirado por bueyes y entró en un callejón sin salida.

Joder, pensó. Lo que me faltaba.

Sin pausa, soltó la bolsa, desenfundó ambos cuchillos y se precipitó contra la pared del fondo. Las hojas curvadas se hundieron hasta las empuñaduras; sus pies buscaron puntos de apoyo y ascendió a una velocidad frenética.

Los mercenarios estaban bajo su posición.

—¡Dispárale!

El furiano llegó a la azotea justo a tiempo. Una salva de balas de nitrógeno líquido lamió sus pasos; si hubiera tardado un segundo más, ahora estaría muerto.

Una voz familiar se impuso al fragor de los disparos:

—¡Suelta el arma! —exclamó—. ¡Lo queremos vivo, idiota!

Riddick se quitó las gafas y asomó la cabeza por el borde de la azotea. La imagen violácea, poco definida, de Benton Ju llenó su visión.

Eran cinco hombres, la tripulación básica de cualquier nave de cazarrecompensas. Un fugitivo de su categoría merecía algo mejor.

Benton Ju continuó:

—¡No bajéis la guardia! —chilló—. ¡Es más peligroso de lo que imagináis!

El furiano se incorporó, corrió hasta un extremo del edificio y saltó a la vivienda de enfrente. El impacto del aterrizaje recorrió su cuerpo de los pies a la cabeza.

Un mercenario se asomó delante de su posición con un rifle de redes en la diestra.

—¡Lo he encontrado! —aulló, victorioso—. ¡Está aquí!

No tuvo tiempo de decir nada más.

Riddick se abalanzó sobre él. El cuchillo destelló en el aire y el cuello del hombre se abrió de un extremo a otro. El cadáver se desplomó al vacío.

Un cazarrecompensas levantó su escopeta de cañones aserrados.

—¡Hijo de puta!

La andanada le rozó la pierna. El furiano ignoró el dolor y volvió a brincar hacia otro edificio.

Tenía quince segundos antes de ser localizado. De un rápido vistazo comprobó que la herida era superficial. No tenía tiempo de detener la hemorragia.

Solo es un arañazo, pensó. Por ahora...

De una patada, reventó una puerta de madera y penetró en la casa. Unas escaleras se perdían en la oscuridad.

Riddick bajó los escalones de dos en dos y se detuvo en el rellano del tercer piso, expectante.

Un par de mercenarios subieron en su búsqueda. Las suelas claveteadas de sus botas de combate resonaron en la negrura, dispuestos a atraparlo.

El furiano saltó por el hueco de las escaleras y aterrizó entre ellos con los cuchillos preparados.

Ambos emitieron un estertor agónico. Tenían los corazones atravesados. Ninguno volvería a darle problemas.

De un tirón, sacó las armas y limpió la sangre en la camisa de uno de los cuerpos inertes.

Una linterna iluminó su rostro.

Riddick lanzó un gruñido de dolor: ser fotosensible tenía sus desventajas.

Una niña lo observaba con los ojos dilatados por el miedo.

El furiano apartó el aparato con delicadeza.

—Vuelve a casa, pequeña —dijo—, o te meterás en un buen lío.

La joven le recordó a Jack.

—Sí, señor.

La voz de Benton Ju resonó desde el exterior:

—¡Sal, Riddick! —amenazó—. ¡O acabaré con la mocosa!

Riddick esperó a que la niña desapareciera. Luego se colocó las gafas de sol y bajó al nivel de la calle. Ningún inocente perdería la vida por su culpa.

Benton Ju lo esperaba, empuñando un escáner termográfico.

—Ha sido conmovedor —se burló—. Ignoraba que una mierda como tú tuviera sentimientos.

El furiano hizo caso omiso.

—Esto es entre tú y yo, Benton. —Señaló al mercenario que lo apuntaba—. Dile a tu colega que quite el dedo del gatillo.

Benton Ju masculló:

—Suelta el arma, Riddick.

Los cuchillos rebotaron contra el suelo.

Riddick decidió herir su amor propio:

—¿Dónde están las cámaras, Benton? —preguntó con sarcasmo—. ¿No vas a vender la exclusiva a ningún informativo?

Los dientes del mercenario chirriaron.

—Ha sido todo demasiado precipitado —confesó—. Espero que en Crematoria me den un buen precio por tu pellejo.

Crematoria: un planeta prisión infernal cuyas temperaturas alcanzaban los 450 grados durante el día y descendían a 190 bajo cero por la noche. La peor penitenciaría de triple seguridad de todo aquel sector de la galaxia.

—¿Crematoria? —rio—. ¿Crees que ese jardín de infancia podrá contenerme mucho tiempo?

Benton Ju vibraba de rabia.

—¡No volverás a ver la luz del sol, Riddick!

El mercenario sacó un cuchillo. La hoja arañó la cara del furiano: una delgada línea roja quedó marcada sobre su pómulo izquierdo.

Riddick se puso en posición de combate.

El cazarrecompensas cambió el arma de mano y fintó por la zurda con una mirada asesina. El furiano evitó el ataque a duras penas.

Moviéndose en círculos, giraron, midiendo las defensas del otro, buscando una grieta en la guardia contraria.

Riddick no quitaba los ojos del cuchillo. El mercenario apenas hacía ruido al deslizarse; su economía de gestos era letal.

Es bueno, meditó. No será fácil derrotarlo.

La hoja buscó su cuerpo. El furiano retrocedió y evitó la línea mortal dirigida a sus costillas.

Riddick contraatacó. Benton Ju saltó hacia atrás y esquivó la patada dirigida a sus rodillas que estuvo a punto de derribarlo.

El cazarrecompensas recuperó la estabilidad, cubrió su costado indefenso y subió la guardia.

El furiano retrocedió imperceptiblemente y llevó a su oponente a su terreno.

Benton Ju se acercó. El arma pasó de la mano izquierda a la derecha. Una promesa de muerte brillaba en sus pupilas aceradas por la rabia.

Una vena palpitó en la sien de Riddick.

El mercenario embistió de lado. Su brazo chocó contra el del fugitivo. Había cometido un error fatal.

El furiano extendió la zurda y aplastó la laringe de su adversario con el canto de la mano, arrebatándole la respiración.

Benton Ju se recuperó con presteza, pero Riddick no le dio oportunidad: de un talonazo lo arrojó de espaldas contra la pared del edificio.

Acto seguido, aprovechó el desequilibrio del cazarrecompensas y le quitó el arma de un manotazo, a punto de romperle la muñeca.

El mercenario bramó. Su rugido de dolor desgarró el silencio.

Riddick le agarró la cabeza y le partió el cuello, brutalmente.

El último cazarrecompensas temblaba de pánico.

El fugitivo se puso las gafas en la frente. Sus pupilas plateadas se cruzaron con las azules del hombre.

—¡Largo!

El mercenario arrojó el arma y desapareció de su vista.

El furiano recogió sus cuchillos y salió del callejón en busca del petate que había abandonado. Cuanto antes volviera a su nave, mejor.

El Sistema U.V. le esperaba.

Este ha sido tu último programa, Benton Ju...

HELIÓN PRIMERO

La silueta de la Nueva Meca empequeñecía la diminuta figura de Jack.

—No me dejes, Riddick.

El furiano ahogó el nudo de dolor que le estrangulaba las entrañas.

—Debo hacerlo, Jack.

La joven resistía las lágrimas lo mejor que podía.

—¿Por qué?

Riddick señaló las brillantes cúpulas de la ciudad.

—Esto no es para mí.

Jack gimió.

—¡Mientes!

El furiano se aproximó a la niña.

—Soy un fugitivo, Jack —explicó—. Si me quedara en la Nueva Meca, no tardarían en encontrarme. ¿Lo entiendes?

—No es cierto —protestó—. ¡Todos creen que has muerto!

Riddick suspiró, impaciente.

—¿Recuerdas a Antonia Chillingsworth?

La joven asintió a regañadientes.

—Sí.

—Tengo a la mitad de los cazarrecompensas de su nave detrás de mi cabeza. Debo alejarme de Helión Primero para que estéis a salvo.

Jack no estaba convencida.

—¿Por qué estás tan seguro?

El furiano bajó la voz.

—Cuando tenía dieciocho años me destinaron al Sistema Sigma 3 —dijo—. Serví en una compañía Ranger hasta que me echaron por no obedecer las órdenes de mis superiores: querían que nuestro escuadrón exterminara una colonia de mineros. Cuando escapé, me uní a un grupo de mercenarios libres que auxiliaba a los soldados ETAC que luchaban en las Guerras Wailing.

Hizo una pausa.

—Fui el único superviviente de quinientos hombres, Jack. Todos murieron en una batalla que no quiero ni recordar. Luego me capturaron y me encerraron en Altair: un trullo lleno de mutantes psicópatas donde lo máximo que podías sobrevivir eran dos semanas.

La joven tenía los ojos abiertos de par en par, entre la admiración y la incredulidad.

—¿Y qué pasó?

Riddick se encogió de hombros.

—Logré salir de allí durante una evaluación psicológica. He estado huyendo desde entonces, año tras año, de una penitenciaría a otra, seguido de cerca por hombres como Johns.

La mirada de Jack se suavizó.

—Pero continúas libre.

El furiano asintió.

—Efectivamente.

—Razón de más para que no me abandones.

Es curioso, reflexionó Riddick. Ni siquiera ha mencionado a Imam.

Riddick decidió atajar la conversación:

—Nunca seré un hombre de paz, Jack. Lejos de mí tendrás una oportunidad de futuro. Conmigo solo te espera miseria y desesperación.

La joven fue sincera:

—No me importa.

El furiano le acarició la cabeza.

—Quédate en la Nueva Meca, Jack.

Jack inclinó la cabeza, desalentada.

—¿Volverás a buscarme?

Aquella fue su despedida. Ignoraba que no volvería a verla hasta dentro de cinco años.

—Te lo prometo.

SISTEMA U.V.

La nave se aproximaba al Planeta 6 del sistema U.V. Riddick dormitaba, intranquilo, dentro de la cápsula de criosueño, vencido por pesadillas inenarrables:

Dicen que casi todo el cerebro deja de funcionar durante la hibernación. Todo menos el lado primitivo, el lado animal. Ahora entiendo por qué sigo despierto...

El furiano intentó abrir los ojos. Algo iba mal. La hibernación debería proporcionarle descanso, paz, pero, desgraciadamente, los científicos que diseñaron aquel aparato se equivocaron...

...los que me dicen que me alimente de eso dulce que hay a la izquierda de la columna, junto a la cuarta lumbar: la aorta abdominal. La sangre humana tiene sabor metálico, como a cobre, pero si la mezclas con licor de menta, el sabor se va...

Riddick apretó los puños, revolviéndose en sueños, con expresión consternada. Nunca podría escapar de su destino. La salvación del universo pesaba sobre su espalda como un cepo...

...ir al trullo donde te dicen que nunca volverás a ver la luz del sol. Buscas a un médico, le pagas con veinte cigarrillos mentolados y entonces consigues que te opere los globos oculares...

El fugitivo emergió del ataúd de acero y gomaespuma. Su cuerpo desnudo temblaba de frío. Sus pies descalzos pisaron la moqueta de poliéster del camarote. Le costaba mantener la estabilidad después de tres meses de travesía.

Las últimas palabras del sueño rebotaron en su mente...

Acabas de hacer algo muy poco civilizado, Jack...

Riddick apretó las mandíbulas.

No era una voz cualquiera. No era un recuerdo difuso ni una alucinación pasajera. Era una advertencia. Un eco de algo que había visto… o que aún estaba por suceder.

Caminó con lentitud, dejando que el frío terminara de despertar su cuerpo. El silencio del camarote era absoluto, roto únicamente por el leve zumbido de los sistemas de la nave.

Jack.

El nombre permaneció suspendido en su cabeza como una herida abierta.

Había tomado la decisión correcta. Alejarse. Desaparecer. Cortar cualquier vínculo antes de que alguien lo utilizara en su contra.

Siempre funcionaba así.

Siempre.

Riddick avanzó hasta el panel de control y observó el vacío a través del visor frontal. El Planeta 6 del Sistema U.V. crecía lentamente ante él: un mundo muerto, congelado, perfecto para alguien como él.

Un lugar donde nadie haría preguntas.

Un lugar donde nadie importaba.

Pero la voz no desaparecía.

Muy poco civilizado...

El furiano entrecerró los ojos.

—Ha sido lo mejor —murmuró para sí—. Debo protegerla.

Sus pupilas plateadas brillaron en la penumbra.

Activó los sistemas de descenso.

Las coordenadas quedaron fijadas.

El destino, sellado.

Y en algún lugar, muy lejos de allí, una chica a la que había prometido regresar seguía esperando algo que él no estaba seguro de poder cumplir.

Riddick no volvió a pensar en ello.

La nave se precipitó hacia la atmósfera.



viernes, abril 03, 2026

THE TWILIGHT SAD: «IT'S THE LONG GOODBYE» (ROCK ACTION RECORDS, 2026)

La música de The Twilight Sad es un universo otoñal, envuelto en atmósferas folk, guitarras densas y una constante sensación de melancolía. Una fusión entre Joy Division y My Bloody Valentine. Sus lanzamientos han sido siempre bien recibidos, tanto por la crítica como por el público y, pese a no haber alcanzado el reconocimiento que merecen, nunca han firmado un trabajo que baje del notable. Siete años han tardado en alumbrar It's the Long Goodbye (Rock Action Records, 2026), el periodo más largo de silencio en toda su trayectoria.

Un disco compuesto entre el matrimonio, la paternidad —el cantante James Graham fue padre hace unos años—, la pérdida —el fallecimiento de su madre— y la depresión posterior derivada de aquella tragedia. Todos estos momentos vitales —amor, nacimiento, muerte y crisis— han sido el motor que ha impulsado las canciones del álbum.

Graham vuelca en las letras todos sus dilemas, obsesiones y esperanzas. Ello se refleja en las guitarras sobresaturadas de efectos de Andy MacFarlane, el arquitecto sonoro de la formación. Los de Lanarkshire siempre se ha caracterizado por su mezcla de intensidad y catarsis.

It's the Long Goodbye cuenta con colaboradores de lujo: David Jeans (Arab Strap) a la batería, Alex MacKay (Mogwai) al bajo y el propio Robert Smith (The Cure) —uno de los mayores admiradores del grupo—, que participa en tres temas aportando guitarra, bajo y teclados. Y, por último, Chris Coady, productor de Slowdive y Future Islands, entre otros combos del panorama alternativo.

El single de presentación, «Waiting for the Phone Call», con Smith a la guitarra, se sostiene sobre una base electrónica bailable que contrasta con su letra sombría: «There's a pain in me no one can see / Gather round and come die with me / Watch me die».

En «Designed to Lose», el fatalismo va de la mano con una melodía pegadiza —canto en falsete incluido—, quizá la más inmediata del elepé. Por su parte, en «Attempt a Crash Landing – Theme», Graham aborda un colapso emocional que lo empuja a tocar fondo, acompañado de una música visceral.

«Chest Wound to the Chest» trata sobre el duelo, sobre heridas abiertas que tardan en cicatrizar. «Back to Fourteen» explora los recuerdos de infancia, con Robert Smith al bajo. Inquietante, la canción evoca fantasmas del pasado que se niegan a desaparecer.

En el abrasivo tema de apertura, «Get Away From It All», McKay asume el protagonismo absoluto. Smith participa con teclados y guitarras en «Dead Flowers» —puro shoegaze—, en el que Graham entrega una interpretación contenida. «The Ceiling Underground», con su piano minimalista y atmósfera folk, remite a los primeros trabajos de la banda. En «Inhospitable/Hospital», pese a su temática sobre la enfermedad, el cantante suena tranquilo, casi en paz consigo mismo. Al fin y al cabo, tal y como ha reconocido en entrevistas, It's the Long Goodbye es uno de los álbumes más personales de su carrera, por no decir el más terapéutico.

Para terminar, en «TV People Still Throwing TVs At People», Graham llega a una conclusión: «It’s ok to feel this way / I don’t want to feel this way». La única manera de seguir adelante es aceptar el pasado y no mirar atrás. Resulta inevitable trazar ciertos paralelismos con Songs of a Lost World (2025) de The Cure, un elepé con el que comparte muchas de sus temáticas.

Drama, profundidad, resiliencia... The Twilight Sad han logrado lo que pocos grupos consiguen tras décadas de trayectoria: reinventarse sin dejar de ser fieles a su estilo. En cuanto al éxito comercial… ¿a quién le importa mientras sigan publicando grandes discos?



FANFICTION — JUEZ DREDD: «NÉMESIS», PUBLICADO EN PORTAL CIENCIA Y FICCIÓN

La delincuencia constituye culpabilidad. La sentencia es obligatoria.

Código de Justicia · Artículo 001

 

SECTOR 44

 

La Ley Maestra descendió por el paso elevado a doscientos kilómetros por hora. El motor bramaba mientras el vehículo recorría la plataforma suspendida entre los rascacielos interminables del Sector 44. Detrás de los bloques Frank Sinatra, en dirección sudeste, las seiscientas plantas del Museo de Mega-City se recortaban contra un cielo ensombrecido.

Dredd apretó el acelerador.

A su diestra, un panel tridimensional retransmitía en directo el encuentro final de la Superbowl CXXXIV. Las imágenes de jugadores biónicos destrozándose a golpes sobre el campo no le interesaban en absoluto.

Anochecía. La Fiebre de la Noche del Domingo alcanzaba su cenit. Las calles habían sido invadidas por el caos: guerras de bloques, atracos, manifestaciones, actos terroristas, tráfico de drogas, prostitución, razias y millones de incidentes más que serían el preludio de una semana colmada de delitos.

Dredd estaba preparado para afrontar cualquiera de ellos.

La radio transmitía los acontecimientos de las últimas horas:

Arrestos por Código 249: 1.654. “Cubos” llenos en los Sectores 23, 55, 68 y 147. Detenida una nueva oleada de Reventadores en el Sector 27. Atención: todas las unidades cercanas a la Plaza George Bush acudan al Bloque Casablanca. Posible kamikaze humano. Repito, todas las unidades…

Dredd recordó los datos aprendidos en la Academia.

Sector 44.

Apodo: El Centro.

Superficie: 32.000 km².

Habitantes: 50.000.000.

Densidad de población: 156.000 personas por km².

Niveles: 100.

La Hora Feliz —tal como la definían los Jueces— había llegado: el momento en que los ciudadanos regresaban a sus cubículos, intentaban olvidar la jornada y se preparaban para un descanso ilusorio.

La motocicleta se internó bajo las arcadas empresariales coronadas por anuncios publicitarios. Por el momento, todo estaba relativamente tranquilo. No le gustaba. Aquella calma siempre era falsa. Tarde o temprano, alguien infringiría la Ley.

Dredd llevaba cuarenta y ocho horas ininterrumpidas de patrulla. Gracias a los I.R.T. (Inductores de Relajación Total) del Departamento de Justicia, continuaba operativo. Las Máquinas de Sueño condensaban en diez minutos el descanso de toda una noche. En ese instante se encontraba fresco, atento, relajado.

Su cuerpo demandaba acción.

Control realizó una llamada.

—Control a Dredd. Acuda al Bloque Elvis Presley. Un varón llamado James Reed amenaza con saltar desde la planta 115.

El Juez respondió con sequedad:

—Recibido.

La Ley Maestra giró, cambió de sentido y se dirigió hacia su objetivo a toda velocidad. El gigantesco rascacielos octogonal creció hasta ocupar su campo visual. Metódico, Dredd revisó la información disponible. Una pantalla iluminó el tablero de mandos.

 

Sujeto: James Reed

Nacido: 3 de septiembre de 2074. Mega-City Dos

Edad: 36

Estatura: 178 cm

Peso: 85 kg

Características distintivas: numerosas

Intervenciones biónicas:

—2097: trasplante en la parte posterior del bulbo raquídeo

—2101: injerto de toma de datos en la mejilla derecha

—2106: sustitución robótica del brazo izquierdo

Profesión: programador informático

Dirección: Apt. 4.567B, Bloque Elvis Presley

 

Diez minutos después, Dredd aparcó frente al edificio. Un deslizador en segunda fila entorpecía la circulación ascendente de la vía congestionada. No tenía tiempo para aquello.

—Dredd a Control. Vehículo Chevrolet mal estacionado frente al Bloque Elvis Presley. Matrícula 3.478. Violación del Código 88. Seis meses de rehabilitación en el Cubo para su propietario.

—Recibido, Dredd —respondió Control.

Con grandes zancadas, penetró en el lujoso vestíbulo del edificio, ignorando la riqueza que lo rodeaba. El recibidor parecía extraído de una película del siglo XX: recepción, fuente de agua, escaleras de mármol y reproducciones de Jackson Pollock colgadas de las paredes.

Dredd torció los labios.

El uniforme negro de los Jueces se ceñía a su anatomía como una segunda piel: casco, hombreras metálicas, placa dorada, cinturón de combate, guantes aislantes y botas de caña alta. En el muslo derecho, su Legislador descansaba en la funda de cuero, listo para ser usado en cualquier momento.

Un recepcionista se le acercó.

—Buenas noches, Juez Dredd.

Dredd despreciaba los formalismos.

—¿Dónde está Reed?

El hombre temblaba.

—En su vivienda… apartamento 4.56—

—Gracias por su colaboración, ciudadano —lo interrumpió.

Se dirigió al ascensor más cercano, los hombros balanceándose con seguridad. Entró en el cilindro acolchado y pulsó la planta 115.

Al llegar, las puertas se abrieron a ambos lados. Un pasillo azul se extendía de izquierda a derecha. Dredd eligió la izquierda. Sus botas quebraron la quietud de la noche, levantando ecos metálicos.

Un escalofrío recorrió su espalda. El rascacielos estaba demasiado silencioso. No era normal. Menos aún cuando los Old Town Rats se enfrentaban a los Radiators en televisión.

Dredd dudó. Su sexto sentido rara vez fallaba. Consideró pedir refuerzos.

El orgullo se lo impidió.

Resolvería el caso solo. Un suicida no era nada para un Juez de su categoría.

Se detuvo frente al apartamento.

De una patada arrancó la puerta de los goznes e irrumpió en la vivienda con el dedo en el gatillo del Legislador. Su voz resonó como un disparo:

—¡Alto en nombre de la Ley!

 

 JUEZ MUERTE

 

Dredd recorrió el entorno con la mirada. En el balcón, un hombre permanecía de pie sobre la cornisa de cemento; el viento agitaba su cabello rubio.

—¡James Reed! —ordenó—. ¡Queda usted detenido!

Reed se volvió, mortalmente pálido.

—No se acerque, Juez Dredd —respondió con voz lastimera.

Dredd atravesó el salón sin dejar de apuntarle, irritado.

—Lo que hace es ilegal —puntualizó—. Baje de inmediato o terminará en la Isla del Diablo.

El hombre estuvo a punto de caer al oír el nombre del espantoso centro penitenciario.

—No puedo hacerlo, su señoría.

Dredd decidió seguirle el juego. Debía ganar tiempo, el suficiente para atraparlo e impedir que se arrojara al vacío.

—¿Por qué?

Reed vaciló.

—¡Respóndame, gusano! —restalló Dredd—. ¡O le encerraré de por vida!

Reed chilló, aterrorizado:

—¡Porque el Juez Muerte me lo ha dicho!

Un soplo de aire helado acarició la espalda de Dredd. Una mano intangible, áspera, que prometía el peor de los destinos. De un salto, se apartó y esquivó el ataque.

Una sombra alargada cubrió la estancia, absorbiendo la luz que entraba por la ventana. Entre las tinieblas percibió a su némesis: el casco negro, los dientes afilados, el uniforme en jirones, las manos desproporcionadas y la placa con forma de calavera.

El hedor a carne podrida lo mareó. Una arcada recorrió su estómago. Jamás terminaría de acostumbrarse a la pestilencia que emanaba de su oponente.

La voz rasposa de Muerte lo estremeció:

Hass ssido juzgado —siseó—. Debess morir para que sse haga Jusssticia.

Dredd levantó el Legislador.

—Perforador.

El disparo atravesó el esternón de su adversario sin causarle daño alguno. Un manto de oscuridad se abalanzó sobre Dredd, dispuesto a absorber su energía vital.

No puedesss matarme, Dredd.

Retrocedió y contraatacó con destreza.

—Incendiaria.

Muerte esquivó el proyectil. La detonación prendió la pared; las llamas se propagaron, levantando una cortina dorado-rojiza. La alarma antiincendios comenzó a ulular.

Debo erradicar el crimen de la vidda —susurró Muerte—. Eress culpable de infringir mi Jussticia…

Los dientes de Dredd chirriaron.

—Hablas demasiado, perro.

Intentó abatirlo. Su oponente se movió con diabólica rapidez y le propinó un manotazo que le arrancó la pistola de la diestra. Ambos rodaron por el suelo, destrozando una mesa de cristal.

El aliento nauseabundo de su enemigo invadió sus fosas nasales. Fragmentos de vidrio se le incrustaron en la espalda, mientras el frío de la Otra Dimensión se filtraba hasta lo más profundo de sus entrañas.

Dredd contuvo el aliento, desenfundó el puñal oculto en la bota y lo hundió entre las mandíbulas cortantes. Muerte se tambaleó. El fuego lo desorientaba, inmune al dolor, ajeno al sufrimiento.

Dredd aprovechó la oportunidad.

Alzó las piernas y pateó el rostro de su adversario. La rejilla del casco se aplastó contra la nariz del Juez Oscuro. Acto seguido, enlazó tres golpes letales: talonazo en la rodilla, gancho en el vientre y puñetazo en la mandíbula.

Muerte retrocedió, furioso, los puños crispados. Un gruñido animal escapó de sus labios putrefactos.

—¡Pagarass tusss crimeness!

Dredd recuperó el arma.

—Granada.

El impacto fue devastador. Muerte atravesó la pared; su cuerpo estalló contra el pasillo, abriendo un boquete. Pedazos de yeso llovieron sobre su figura.

Dredd se volvió, cruzó el fuego y agarró a Reed por la camisa.

—No intente resistirse a la Ley, ciudadano.

Reed tartamudeó:

—Muerte me obligó a tenderle una trampa, señor…

Dredd no tenía tiempo para escucharlo. A empujones, sacó a Reed del apartamento, esquivando las llamas en el último segundo. Luego lo lanzó a un lado y buscó a Muerte con el Legislador en alto.

Había desaparecido.

Tres Jueces aparecieron al fondo del corredor. Dos eran novatos en plena fase de examen. Al ver a Dredd, bajaron las armas. La Juez Hershey tomó la palabra.

—¿Qué ha pasado, JD?

Dredd enfundó la pistola.

—Muerte ha vuelto —replicó—. Ha intentado matarme.

El grupo se agitó.

—Mierda —gruñó Hershey—. Justo lo que nos faltaba.

Dredd preguntó con frialdad:

—¿Qué demonios hacéis aquí?

El humo le irritaba los pulmones.

—Llamaste a Control hace diez minutos, ¿recuerdas?

Su expresión no cambió.

—¿Y por qué habéis subido? —inquirió—. Deberíais estar encerrando al propietario del Chevrolet.

Hershey no ocultó su enojo.

—Pensamos que podías necesitar ayuda.

Dredd no le prestó atención. Se volvió hacia Reed.

—Levántese.

El hombre obedeció.

—Gracias por salvarme, su señoría.

El tono de Dredd fue metálico.

—Le ha tocado el quince, amigo.

Reed palideció.

—¿Quince años? —gimió—. ¿Por qué?

La imponente figura del Juez se alzó sobre él.

—Código 145: colaboración con un criminal. ¿Cómo se declara?

Reed no dudó.

—Inocente.

Dredd esbozó una sonrisa gélida.

—Sabía que diría eso.

Hizo una seña a los novatos.

—Lleváoslo.


UNDERCITY

 

Dredd se detuvo en la curva de la autopista abandonada. Un carraspeo sonó a su espalda. Molesto, observó a sus compañeros: el Departamento de Justicia le había asignado como refuerzo al mismo equipo de la jornada anterior.

Apretó los labios. Prefería trabajar solo; sus camaradas eran un estorbo.

Hershey adivinó sus pensamientos.

—¿Disfrutas de la compañía, Dredd?

No se molestó en responder.

—Mantened los ojos bien abiertos —gruñó—. Hay cosas peores que el Juez Muerte en Undercity.

De forma instintiva, acarició la culata del arma y contempló la decadencia que lo rodeaba. Los restos de Times Square se perdían en la oscuridad: calles abandonadas, edificios carcomidos, neones destrozados, vehículos desmantelados y parques moribundos.

Tras la Guerra del Apocalipsis, el Consejo decidió enterrar la antigua Nueva York. Las tasas de delincuencia, desempleo, enfermedades y pobreza habían alcanzado un límite insoportable. Fue preferible hacer borrón y cuenta nueva.

A kilómetros de altura, sobre una gruesa capa de hormigón, Mega-City Uno resplandecía con su caótico esplendor. Nadie recordaba —o quería recordar— que bajo la megalópolis reinaba la entropía: mutantes, criaturas semihumanas, mendigos, ladrones y marginados sociales.

Uno de los novatos preguntó:

—¿Cómo vamos a encontrarlo?

Las palabras de Dredd destilaron veneno.

—Evitando preguntas estúpidas, Armstrong.

El aspirante a Juez enrojeció bajo el casco.

—Armstrong tiene razón —intervino Hershey—. ¿Cómo esperas dar con Muerte, JD?

Dredd masculló:

—Intuición.

Wagner tomó el relevo.

—¿Podría ser más concreto, señor?

El rostro pétreo de Dredd se volvió hacia él.

—Cierre el pico, novato.

Dredd eligió la calle 42. Los faros de la motocicleta iluminaron rascacielos cancerosos mientras cruzaban Times Square y enfilaban Broadway. Sus compañeros lo siguieron en silencio. La fama irascible de Dredd era legendaria en el Departamento; no les quedaba más remedio que obedecer, por poco ortodoxos que fueran sus métodos.

Hershey informó:

—El radar indica movimiento al norte.

Dredd asintió.

—Ya lo sé.

 

Recordó, preocupado, la conversación mantenida con Max Normal en un mugriento callejón del Sector Doce. Confiaba en que la información del carterista fuera verídica.

—Hola, Dredd.

Fue directo al grano.

—Necesito encontrar a Muerte, Max.

Normal se sacudió una mota imaginaria del Versace de cremalleras.

—No será tan fácil.

Dredd lo agarró por las solapas.

—¿Dónde está?

Max levantó las manos.

—Tranquilo, JD. Estás demasiado tenso.

—Si tuvieras un demonio salido del Infierno pegado al culo, también lo estarías.

Normal recuperó la compostura.

—He oído rumores…

—Escúpelos.

—Los mendigos de Undercity están aterrorizados. Hablan de una criatura diabólica, un devorador de almas… ya sabes, chorradas habituales.

—¿Podría ser él?

—Al principio pensé que era una leyenda urbana —admitió—. Pero cuando mencionaste lo de “un demonio salido del Infierno”, recapacité.

Dredd tomó una decisión.

—Undercity es inmensa. ¿Por dónde empiezo?

—Times Square. Es tu mejor opción.

Dredd subió a la Ley Maestra.

—Como me hayas mentido, volveré a buscarte.

—Código 189: engañar a un Juez —sonrió Max—. Cinco años en el Cubo.

Dredd ladeó la cabeza.

—Ahora son diez.

—Suerte, Dredd.

 

No quiso dar explicaciones. Le avergonzaba admitir que había recurrido a un soplón para localizar al Juez Muerte. Al principio, los tres se negaron a descender a las catacumbas de la ciudad; tuvo que recurrir al reglamento para imponer su autoridad.

Los tiempos habían cambiado. Los Jueces de su promoción habían desaparecido hacía años. Ahora las calles estaban llenas de recién licenciados: el caldo de cultivo perfecto para la decadencia de la Orden.

Sacudió la cabeza. Pensamientos inútiles.

La misión ordenada por el Juez Supremo era prioritaria.

Al doblar la esquina, una visión de pesadilla le oprimió el pecho.

Un centenar de cadáveres yacían en el suelo, inertes, con los rostros congelados en expresiones de terror absoluto. Habían sido ejecutados de la forma más atroz imaginable.

Una oleada de rabia recorrió a Dredd. Mataría a Muerte, costara lo que costara. Aquello era personal.

Hershey frenó la motocicleta.

—Drokk… —susurró—. Muerte ha perdido la cabeza.

—Vigilad vuestra espalda —ordenó Dredd—. Puede estar en cualquier parte.

Examinó los cuerpos sin emoción. Eran los desechos que vivían bajo Mega-City Uno. Nadie los echaría de menos. El Juez Oscuro había hecho una limpieza eficiente.

La Ley Maestra anunció:

—Enemigo localizado a doscientos metros.

El cuarteto avanzó y abrió fuego con ametralladoras pesadas. Muerte saltó desde un apartamento vacío, esquivando los proyectiles de plasma. Las detonaciones destrozaron la fachada.

He venido a traer la Ley a esta ciudad —susurró—. La Ley de la Muerte…

—¡No permitáis que os toque! —gritó Dredd.

Demasiado tarde.

La mano de Muerte atravesó el pecho de Armstrong, arrancándole la vida con horripilante satisfacción.

—¡No podráss evitar mi Justicia, Dreddd!

Dredd descolgó el arma suministrada por la Unidad de Defensa Psíquica.

—¡Cubridme! ¡Lo enviaré al Infierno!

Las balas incendiarias levantaron un muro de fuego alrededor de Muerte.

—¡No podéiss matar lo que no tiene vidda!

Dredd disparó. Una esfera plateada emergió del cañón y abrió un portal hacia la Otra Dimensión.

—¡Salid de ahí! ¡Ahora!

La fuerza del vórtice los arrastró. Hershey perdió el equilibrio y fue lanzada contra el asfalto.

—¡JD! ¡Ayúdame!

Wagner salió despedido de la motocicleta y cayó a los pies del Juez Oscuro. Su grito fue su epitafio.

Dredd sacó el Legislador. Tenía una sola oportunidad.

—Granada.

La explosión lanzó a Muerte dentro del portal. Su figura se disolvió lentamente en la oscuridad.

—¡Volveré parrra juzgarte, Dredd!…

Un último disparo selló la grieta dimensional. El hedor a azufre flotó unos segundos antes de disiparse.

La Ley había vencido.

Dredd ayudó a Hershey a incorporarse.

—Todo ha terminado.

Ella miró los cuerpos de los novatos.

—Una pena. Ni siquiera se habían graduado.

—Sabían a lo que se atenían —replicó—. Han muerto por una causa justa.

Hershey se colocó el casco.

—Nunca te ha importado la suerte de los demás, ¿verdad?

Dredd enfundó el arma.

—Solo me importa la Ley.