viernes, abril 03, 2026

THE TWILIGHT SAD: «IT'S THE LONG GOODBYE» (ROCK ACTION RECORDS, 2026)

La música de The Twilight Sad es un universo otoñal, envuelto en atmósferas folk, guitarras densas y una constante sensación de melancolía. Una fusión entre Joy Division y My Bloody Valentine. Sus lanzamientos han sido siempre bien recibidos, tanto por la crítica como por el público y, pese a no haber alcanzado el reconocimiento que merecen, nunca han firmado un trabajo que baje del notable. Siete años han tardado en alumbrar It's the Long Goodbye (Rock Action Records, 2026), el periodo más largo de silencio en toda su trayectoria.

Un disco compuesto entre el matrimonio, la paternidad —el cantante James Graham fue padre hace unos años—, la pérdida —el fallecimiento de su madre— y la depresión posterior derivada de aquella tragedia. Todos estos momentos vitales —amor, nacimiento, muerte y crisis— han sido el motor que ha impulsado las canciones del álbum.

Graham vuelca en las letras todos sus dilemas, obsesiones y esperanzas. Ello se refleja en las guitarras sobresaturadas de efectos de Andy MacFarlane, el arquitecto sonoro de la formación. Los de Lanarkshire siempre se ha caracterizado por su mezcla de intensidad y catarsis.

It's the Long Goodbye cuenta con colaboradores de lujo: David Jeans (Arab Strap) a la batería, Alex MacKay (Mogwai) al bajo y el propio Robert Smith (The Cure) —uno de los mayores admiradores del grupo—, que participa en tres temas aportando guitarra, bajo y teclados. Y, por último, Chris Coady, productor de Slowdive y Future Islands, entre otros combos del panorama alternativo.

El single de presentación, «Waiting for the Phone Call», con Smith a la guitarra, se sostiene sobre una base electrónica bailable que contrasta con su letra sombría: «There's a pain in me no one can see / Gather round and come die with me / Watch me die».

En «Designed to Lose», el fatalismo va de la mano con una melodía pegadiza —canto en falsete incluido—, quizá la más inmediata del elepé. Por su parte, en «Attempt a Crash Landing – Theme», Graham aborda un colapso emocional que lo empuja a tocar fondo, acompañado de una música visceral.

«Chest Wound to the Chest» trata sobre el duelo, sobre heridas abiertas que tardan en cicatrizar. «Back to Fourteen» explora los recuerdos de infancia, con Robert Smith al bajo. Inquietante, la canción evoca fantasmas del pasado que se niegan a desaparecer.

En el abrasivo tema de apertura, «Get Away From It All», McKay asume el protagonismo absoluto. Smith participa con teclados y guitarras en «Dead Flowers» —puro shoegaze—, en el que Graham entrega una interpretación contenida. «The Ceiling Underground», con su piano minimalista y atmósfera folk, remite a los primeros trabajos de la banda. En «Inhospitable/Hospital», pese a su temática sobre la enfermedad, el cantante suena tranquilo, casi en paz consigo mismo. Al fin y al cabo, tal y como ha reconocido en entrevistas, It's the Long Goodbye es uno de los álbumes más personales de su carrera, por no decir el más terapéutico.

Para terminar, en «TV People Still Throwing TVs At People», Graham llega a una conclusión: «It’s ok to feel this way / I don’t want to feel this way». La única manera de seguir adelante es aceptar el pasado y no mirar atrás. Resulta inevitable trazar ciertos paralelismos con Songs of a Lost World (2025) de The Cure, un elepé con el que comparte muchas de sus temáticas.

Drama, profundidad, resiliencia... The Twilight Sad han logrado lo que pocos grupos consiguen tras décadas de trayectoria: reinventarse sin dejar de ser fieles a su estilo. En cuanto al éxito comercial… ¿a quién le importa mientras sigan publicando grandes discos?



FANFICTION — JUEZ DREDD: «NÉMESIS», PUBLICADO EN PORTAL CIENCIA Y FICCIÓN

La delincuencia constituye culpabilidad. La sentencia es obligatoria.

Código de Justicia · Artículo 001

 

SECTOR 44

 

La Ley Maestra descendió por el paso elevado a doscientos kilómetros por hora. El motor bramaba mientras el vehículo recorría la plataforma suspendida entre los rascacielos interminables del Sector 44. Detrás de los bloques Frank Sinatra, en dirección sudeste, las seiscientas plantas del Museo de Mega-City se recortaban contra un cielo ensombrecido.

Dredd apretó el acelerador.

A su diestra, un panel tridimensional retransmitía en directo el encuentro final de la Superbowl CXXXIV. Las imágenes de jugadores biónicos destrozándose a golpes sobre el campo no le interesaban en absoluto.

Anochecía. La Fiebre de la Noche del Domingo alcanzaba su cenit. Las calles habían sido invadidas por el caos: guerras de bloques, atracos, manifestaciones, actos terroristas, tráfico de drogas, prostitución, razias y millones de incidentes más que serían el preludio de una semana colmada de delitos.

Dredd estaba preparado para afrontar cualquiera de ellos.

La radio transmitía los acontecimientos de las últimas horas:

Arrestos por Código 249: 1.654. “Cubos” llenos en los Sectores 23, 55, 68 y 147. Detenida una nueva oleada de Reventadores en el Sector 27. Atención: todas las unidades cercanas a la Plaza George Bush acudan al Bloque Casablanca. Posible kamikaze humano. Repito, todas las unidades…

Dredd recordó los datos aprendidos en la Academia.

Sector 44.

Apodo: El Centro.

Superficie: 32.000 km².

Habitantes: 50.000.000.

Densidad de población: 156.000 personas por km².

Niveles: 100.

La Hora Feliz —tal como la definían los Jueces— había llegado: el momento en que los ciudadanos regresaban a sus cubículos, intentaban olvidar la jornada y se preparaban para un descanso ilusorio.

La motocicleta se internó bajo las arcadas empresariales coronadas por anuncios publicitarios. Por el momento, todo estaba relativamente tranquilo. No le gustaba. Aquella calma siempre era falsa. Tarde o temprano, alguien infringiría la Ley.

Dredd llevaba cuarenta y ocho horas ininterrumpidas de patrulla. Gracias a los I.R.T. (Inductores de Relajación Total) del Departamento de Justicia, continuaba operativo. Las Máquinas de Sueño condensaban en diez minutos el descanso de toda una noche. En ese instante se encontraba fresco, atento, relajado.

Su cuerpo demandaba acción.

Control realizó una llamada.

—Control a Dredd. Acuda al Bloque Elvis Presley. Un varón llamado James Reed amenaza con saltar desde la planta 115.

El Juez respondió con sequedad:

—Recibido.

La Ley Maestra giró, cambió de sentido y se dirigió hacia su objetivo a toda velocidad. El gigantesco rascacielos octogonal creció hasta ocupar su campo visual. Metódico, Dredd revisó la información disponible. Una pantalla iluminó el tablero de mandos.

 

Sujeto: James Reed

Nacido: 3 de septiembre de 2074. Mega-City Dos

Edad: 36

Estatura: 178 cm

Peso: 85 kg

Características distintivas: numerosas

Intervenciones biónicas:

—2097: trasplante en la parte posterior del bulbo raquídeo

—2101: injerto de toma de datos en la mejilla derecha

—2106: sustitución robótica del brazo izquierdo

Profesión: programador informático

Dirección: Apt. 4.567B, Bloque Elvis Presley

 

Diez minutos después, Dredd aparcó frente al edificio. Un deslizador en segunda fila entorpecía la circulación ascendente de la vía congestionada. No tenía tiempo para aquello.

—Dredd a Control. Vehículo Chevrolet mal estacionado frente al Bloque Elvis Presley. Matrícula 3.478. Violación del Código 88. Seis meses de rehabilitación en el Cubo para su propietario.

—Recibido, Dredd —respondió Control.

Con grandes zancadas, penetró en el lujoso vestíbulo del edificio, ignorando la riqueza que lo rodeaba. El recibidor parecía extraído de una película del siglo XX: recepción, fuente de agua, escaleras de mármol y reproducciones de Jackson Pollock colgadas de las paredes.

Dredd torció los labios.

El uniforme negro de los Jueces se ceñía a su anatomía como una segunda piel: casco, hombreras metálicas, placa dorada, cinturón de combate, guantes aislantes y botas de caña alta. En el muslo derecho, su Legislador descansaba en la funda de cuero, listo para ser usado en cualquier momento.

Un recepcionista se le acercó.

—Buenas noches, Juez Dredd.

Dredd despreciaba los formalismos.

—¿Dónde está Reed?

El hombre temblaba.

—En su vivienda… apartamento 4.56—

—Gracias por su colaboración, ciudadano —lo interrumpió.

Se dirigió al ascensor más cercano, los hombros balanceándose con seguridad. Entró en el cilindro acolchado y pulsó la planta 115.

Al llegar, las puertas se abrieron a ambos lados. Un pasillo azul se extendía de izquierda a derecha. Dredd eligió la izquierda. Sus botas quebraron la quietud de la noche, levantando ecos metálicos.

Un escalofrío recorrió su espalda. El rascacielos estaba demasiado silencioso. No era normal. Menos aún cuando los Old Town Rats se enfrentaban a los Radiators en televisión.

Dredd dudó. Su sexto sentido rara vez fallaba. Consideró pedir refuerzos.

El orgullo se lo impidió.

Resolvería el caso solo. Un suicida no era nada para un Juez de su categoría.

Se detuvo frente al apartamento.

De una patada arrancó la puerta de los goznes e irrumpió en la vivienda con el dedo en el gatillo del Legislador. Su voz resonó como un disparo:

—¡Alto en nombre de la Ley!

 

 JUEZ MUERTE

 

Dredd recorrió el entorno con la mirada. En el balcón, un hombre permanecía de pie sobre la cornisa de cemento; el viento agitaba su cabello rubio.

—¡James Reed! —ordenó—. ¡Queda usted detenido!

Reed se volvió, mortalmente pálido.

—No se acerque, Juez Dredd —respondió con voz lastimera.

Dredd atravesó el salón sin dejar de apuntarle, irritado.

—Lo que hace es ilegal —puntualizó—. Baje de inmediato o terminará en la Isla del Diablo.

El hombre estuvo a punto de caer al oír el nombre del espantoso centro penitenciario.

—No puedo hacerlo, su señoría.

Dredd decidió seguirle el juego. Debía ganar tiempo, el suficiente para atraparlo e impedir que se arrojara al vacío.

—¿Por qué?

Reed vaciló.

—¡Respóndame, gusano! —restalló Dredd—. ¡O le encerraré de por vida!

Reed chilló, aterrorizado:

—¡Porque el Juez Muerte me lo ha dicho!

Un soplo de aire helado acarició la espalda de Dredd. Una mano intangible, áspera, que prometía el peor de los destinos. De un salto, se apartó y esquivó el ataque.

Una sombra alargada cubrió la estancia, absorbiendo la luz que entraba por la ventana. Entre las tinieblas percibió a su némesis: el casco negro, los dientes afilados, el uniforme en jirones, las manos desproporcionadas y la placa con forma de calavera.

El hedor a carne podrida lo mareó. Una arcada recorrió su estómago. Jamás terminaría de acostumbrarse a la pestilencia que emanaba de su oponente.

La voz rasposa de Muerte lo estremeció:

Hass ssido juzgado —siseó—. Debess morir para que sse haga Jusssticia.

Dredd levantó el Legislador.

—Perforador.

El disparo atravesó el esternón de su adversario sin causarle daño alguno. Un manto de oscuridad se abalanzó sobre Dredd, dispuesto a absorber su energía vital.

No puedesss matarme, Dredd.

Retrocedió y contraatacó con destreza.

—Incendiaria.

Muerte esquivó el proyectil. La detonación prendió la pared; las llamas se propagaron, levantando una cortina dorado-rojiza. La alarma antiincendios comenzó a ulular.

Debo erradicar el crimen de la vidda —susurró Muerte—. Eress culpable de infringir mi Jussticia…

Los dientes de Dredd chirriaron.

—Hablas demasiado, perro.

Intentó abatirlo. Su oponente se movió con diabólica rapidez y le propinó un manotazo que le arrancó la pistola de la diestra. Ambos rodaron por el suelo, destrozando una mesa de cristal.

El aliento nauseabundo de su enemigo invadió sus fosas nasales. Fragmentos de vidrio se le incrustaron en la espalda, mientras el frío de la Otra Dimensión se filtraba hasta lo más profundo de sus entrañas.

Dredd contuvo el aliento, desenfundó el puñal oculto en la bota y lo hundió entre las mandíbulas cortantes. Muerte se tambaleó. El fuego lo desorientaba, inmune al dolor, ajeno al sufrimiento.

Dredd aprovechó la oportunidad.

Alzó las piernas y pateó el rostro de su adversario. La rejilla del casco se aplastó contra la nariz del Juez Oscuro. Acto seguido, enlazó tres golpes letales: talonazo en la rodilla, gancho en el vientre y puñetazo en la mandíbula.

Muerte retrocedió, furioso, los puños crispados. Un gruñido animal escapó de sus labios putrefactos.

—¡Pagarass tusss crimeness!

Dredd recuperó el arma.

—Granada.

El impacto fue devastador. Muerte atravesó la pared; su cuerpo estalló contra el pasillo, abriendo un boquete. Pedazos de yeso llovieron sobre su figura.

Dredd se volvió, cruzó el fuego y agarró a Reed por la camisa.

—No intente resistirse a la Ley, ciudadano.

Reed tartamudeó:

—Muerte me obligó a tenderle una trampa, señor…

Dredd no tenía tiempo para escucharlo. A empujones, sacó a Reed del apartamento, esquivando las llamas en el último segundo. Luego lo lanzó a un lado y buscó a Muerte con el Legislador en alto.

Había desaparecido.

Tres Jueces aparecieron al fondo del corredor. Dos eran novatos en plena fase de examen. Al ver a Dredd, bajaron las armas. La Juez Hershey tomó la palabra.

—¿Qué ha pasado, JD?

Dredd enfundó la pistola.

—Muerte ha vuelto —replicó—. Ha intentado matarme.

El grupo se agitó.

—Mierda —gruñó Hershey—. Justo lo que nos faltaba.

Dredd preguntó con frialdad:

—¿Qué demonios hacéis aquí?

El humo le irritaba los pulmones.

—Llamaste a Control hace diez minutos, ¿recuerdas?

Su expresión no cambió.

—¿Y por qué habéis subido? —inquirió—. Deberíais estar encerrando al propietario del Chevrolet.

Hershey no ocultó su enojo.

—Pensamos que podías necesitar ayuda.

Dredd no le prestó atención. Se volvió hacia Reed.

—Levántese.

El hombre obedeció.

—Gracias por salvarme, su señoría.

El tono de Dredd fue metálico.

—Le ha tocado el quince, amigo.

Reed palideció.

—¿Quince años? —gimió—. ¿Por qué?

La imponente figura del Juez se alzó sobre él.

—Código 145: colaboración con un criminal. ¿Cómo se declara?

Reed no dudó.

—Inocente.

Dredd esbozó una sonrisa gélida.

—Sabía que diría eso.

Hizo una seña a los novatos.

—Lleváoslo.


UNDERCITY

 

Dredd se detuvo en la curva de la autopista abandonada. Un carraspeo sonó a su espalda. Molesto, observó a sus compañeros: el Departamento de Justicia le había asignado como refuerzo al mismo equipo de la jornada anterior.

Apretó los labios. Prefería trabajar solo; sus camaradas eran un estorbo.

Hershey adivinó sus pensamientos.

—¿Disfrutas de la compañía, Dredd?

No se molestó en responder.

—Mantened los ojos bien abiertos —gruñó—. Hay cosas peores que el Juez Muerte en Undercity.

De forma instintiva, acarició la culata del arma y contempló la decadencia que lo rodeaba. Los restos de Times Square se perdían en la oscuridad: calles abandonadas, edificios carcomidos, neones destrozados, vehículos desmantelados y parques moribundos.

Tras la Guerra del Apocalipsis, el Consejo decidió enterrar la antigua Nueva York. Las tasas de delincuencia, desempleo, enfermedades y pobreza habían alcanzado un límite insoportable. Fue preferible hacer borrón y cuenta nueva.

A kilómetros de altura, sobre una gruesa capa de hormigón, Mega-City Uno resplandecía con su caótico esplendor. Nadie recordaba —o quería recordar— que bajo la megalópolis reinaba la entropía: mutantes, criaturas semihumanas, mendigos, ladrones y marginados sociales.

Uno de los novatos preguntó:

—¿Cómo vamos a encontrarlo?

Las palabras de Dredd destilaron veneno.

—Evitando preguntas estúpidas, Armstrong.

El aspirante a Juez enrojeció bajo el casco.

—Armstrong tiene razón —intervino Hershey—. ¿Cómo esperas dar con Muerte, JD?

Dredd masculló:

—Intuición.

Wagner tomó el relevo.

—¿Podría ser más concreto, señor?

El rostro pétreo de Dredd se volvió hacia él.

—Cierre el pico, novato.

Dredd eligió la calle 42. Los faros de la motocicleta iluminaron rascacielos cancerosos mientras cruzaban Times Square y enfilaban Broadway. Sus compañeros lo siguieron en silencio. La fama irascible de Dredd era legendaria en el Departamento; no les quedaba más remedio que obedecer, por poco ortodoxos que fueran sus métodos.

Hershey informó:

—El radar indica movimiento al norte.

Dredd asintió.

—Ya lo sé.

 

Recordó, preocupado, la conversación mantenida con Max Normal en un mugriento callejón del Sector Doce. Confiaba en que la información del carterista fuera verídica.

—Hola, Dredd.

Fue directo al grano.

—Necesito encontrar a Muerte, Max.

Normal se sacudió una mota imaginaria del Versace de cremalleras.

—No será tan fácil.

Dredd lo agarró por las solapas.

—¿Dónde está?

Max levantó las manos.

—Tranquilo, JD. Estás demasiado tenso.

—Si tuvieras un demonio salido del Infierno pegado al culo, también lo estarías.

Normal recuperó la compostura.

—He oído rumores…

—Escúpelos.

—Los mendigos de Undercity están aterrorizados. Hablan de una criatura diabólica, un devorador de almas… ya sabes, chorradas habituales.

—¿Podría ser él?

—Al principio pensé que era una leyenda urbana —admitió—. Pero cuando mencionaste lo de “un demonio salido del Infierno”, recapacité.

Dredd tomó una decisión.

—Undercity es inmensa. ¿Por dónde empiezo?

—Times Square. Es tu mejor opción.

Dredd subió a la Ley Maestra.

—Como me hayas mentido, volveré a buscarte.

—Código 189: engañar a un Juez —sonrió Max—. Cinco años en el Cubo.

Dredd ladeó la cabeza.

—Ahora son diez.

—Suerte, Dredd.

 

No quiso dar explicaciones. Le avergonzaba admitir que había recurrido a un soplón para localizar al Juez Muerte. Al principio, los tres se negaron a descender a las catacumbas de la ciudad; tuvo que recurrir al reglamento para imponer su autoridad.

Los tiempos habían cambiado. Los Jueces de su promoción habían desaparecido hacía años. Ahora las calles estaban llenas de recién licenciados: el caldo de cultivo perfecto para la decadencia de la Orden.

Sacudió la cabeza. Pensamientos inútiles.

La misión ordenada por el Juez Supremo era prioritaria.

Al doblar la esquina, una visión de pesadilla le oprimió el pecho.

Un centenar de cadáveres yacían en el suelo, inertes, con los rostros congelados en expresiones de terror absoluto. Habían sido ejecutados de la forma más atroz imaginable.

Una oleada de rabia recorrió a Dredd. Mataría a Muerte, costara lo que costara. Aquello era personal.

Hershey frenó la motocicleta.

—Drokk… —susurró—. Muerte ha perdido la cabeza.

—Vigilad vuestra espalda —ordenó Dredd—. Puede estar en cualquier parte.

Examinó los cuerpos sin emoción. Eran los desechos que vivían bajo Mega-City Uno. Nadie los echaría de menos. El Juez Oscuro había hecho una limpieza eficiente.

La Ley Maestra anunció:

—Enemigo localizado a doscientos metros.

El cuarteto avanzó y abrió fuego con ametralladoras pesadas. Muerte saltó desde un apartamento vacío, esquivando los proyectiles de plasma. Las detonaciones destrozaron la fachada.

He venido a traer la Ley a esta ciudad —susurró—. La Ley de la Muerte…

—¡No permitáis que os toque! —gritó Dredd.

Demasiado tarde.

La mano de Muerte atravesó el pecho de Armstrong, arrancándole la vida con horripilante satisfacción.

—¡No podráss evitar mi Justicia, Dreddd!

Dredd descolgó el arma suministrada por la Unidad de Defensa Psíquica.

—¡Cubridme! ¡Lo enviaré al Infierno!

Las balas incendiarias levantaron un muro de fuego alrededor de Muerte.

—¡No podéiss matar lo que no tiene vidda!

Dredd disparó. Una esfera plateada emergió del cañón y abrió un portal hacia la Otra Dimensión.

—¡Salid de ahí! ¡Ahora!

La fuerza del vórtice los arrastró. Hershey perdió el equilibrio y fue lanzada contra el asfalto.

—¡JD! ¡Ayúdame!

Wagner salió despedido de la motocicleta y cayó a los pies del Juez Oscuro. Su grito fue su epitafio.

Dredd sacó el Legislador. Tenía una sola oportunidad.

—Granada.

La explosión lanzó a Muerte dentro del portal. Su figura se disolvió lentamente en la oscuridad.

—¡Volveré parrra juzgarte, Dredd!…

Un último disparo selló la grieta dimensional. El hedor a azufre flotó unos segundos antes de disiparse.

La Ley había vencido.

Dredd ayudó a Hershey a incorporarse.

—Todo ha terminado.

Ella miró los cuerpos de los novatos.

—Una pena. Ni siquiera se habían graduado.

—Sabían a lo que se atenían —replicó—. Han muerto por una causa justa.

Hershey se colocó el casco.

—Nunca te ha importado la suerte de los demás, ¿verdad?

Dredd enfundó el arma.

—Solo me importa la Ley.



jueves, abril 02, 2026

THE SNAILS: «SONGS FROM THE SHOEBOX» (4AD, 2016)

Precedido por el EP Worth The Wait y el villancico «Snails Christmas (I Want a New Shell)», Samuel T. Herring (cantante) y William Cashion (bajista) de Future Islands decidieron lanzar el primer largo de su proyecto paralelo, con el que llevaban trabajando casi una década: The Snails.

El disco, corto y efectivo, destacó por su extravagante fusión de rock, reggae, jazz, ska y punk. Herring se erigió como la gran estrella del trabajo gracias a su inconfundible forma de cantar que, al igual que Morrissey, era capaz de elevar cualquier tema a una categoría superior. El bajo de Cashion tampoco se quedó atrás y brilló en la mayoría de las canciones con su estilo optimista y preciso.

Songs for the Shoebox (4AD, 2016) recordó a los primeros lanzamientos de Future Islands, donde la experimentación caminaba de la mano de lo festivo, aportando una agradable sensación de ligereza. Temas como «Tight Side of Life» —toda una declaración de intenciones para abrir el álbum—, las potentes «Streets Walkin’» y «Flames», la cálida «Parachutes» (que podría haber funcionado perfectamente como sencillo), «Tea Leaves», con un sintetizador de aire infantil y un bajo que acompasaba los fraseos del vocalista con precisión casi de metrónomo, y «Snails Christmas (I Want a New Shell)», rematada con un saxo final, condensaron un disco lúdico que solo pretendía hacer pasar un buen rato.

La banda programó una serie de conciertos por la costa Este de Estados Unidos para presentar el álbum, demostrando que The Snails era mucho más que un simple pasatiempo. Los escépticos pudieron respirar tranquilos: Songs for the Shoebox fue un trabajo altamente disfrutable que no defraudó a los seguidores de Future Islands.


miércoles, abril 01, 2026

CELESTIAL BUMS: «MINUTES FROM HEAVEN» (WWNBB, 2026)

Para su nuevo disco, Minutes from Heaven (We Were Never Being Boring, 2026), Celestial Bums ahondan en una fórmula que bebe del dreampop y el shoegaze de grupos míticos como Slowdive, Ride o Cocteau Twins, siempre desde una identidad propia bien definida.

Minutes from Heaven resulta una bocanada de aire fresco en la escena indie patria, gracias a sus atmósferas etéreas, letras introspectivas y ensoñadores desarrollos instrumentales. Suele ocurrir que, en el circuito independiente, lejos de los grandes sellos, surjan joyas discográficas que —por fortuna— rebosan autenticidad y escapan a los dictados del mainstream.

Un álbum breve y conciso —ocho cortes— en el que todo encaja con la precisión de un metrónomo. Entre lo más destacado: la apertura cósmica «I Didn't Know», la emocional «The Letters», la accesible «A Dream (Guide Me from the Stars)», «Walking on Ice» —mi favorita del lote—, un hipnótico desbarre psicodélico de ocho minutos y medio con guitarras capaces de conducirte a otra dimensión, y la épica ensoñadora de «Lifeblood» como cierre.

En cuanto a las letras, la paternidad del cantante Japhy Ryder aporta un nuevo grado de madurez: transformación personal, exploración del mundo interior y reconciliación con el pasado para poder avanzar. Vida, muerte y renacimiento; calma y catarsis. Temas universales y profundos que abordan el crecimiento espiritual, dejando un resquicio de esperanza bajo océanos de melancolía.

Entre luces y sombras, muros de sonido y rupturas envolventes, Celestial Bums firman su mejor elepé hasta la fecha: un pequeño clásico que bien podría haber brillado en las listas británicas de principios de los noventa.



POEMA: «ANTES DEL ANOCHECER», PUBLICADO EN REVISTA HOJAS SUELTAS

Los árboles crecen en torno al camino,

lleno de hojas secas y marchitas,

ocultando el cielo que arde arriba,

donde caen suaves rayos de sol.

 

El viento mece las ramas desnudas

como las caricias de un amante silencioso,

mientras las flores languidecen

y los animales han desaparecido.

 

Los troncos torcidos

parecen arrancados de un sueño,

tendiendo sombras sobre el suelo

antes del anochecer.


martes, marzo 31, 2026

ENTRE EL RUIDO Y LA MEMORIA: ENTREVISTA A THE LIONS CONSTELLATION

The Lions Constellation es una banda formada en 2007 que combina melodías pop con guitarras intensas y atmósferas envolventes. Tras una primera etapa activa y una larga pausa, el grupo retomó su actividad con una visión más madura. Con su nuevo trabajo, New Moon Rising, consolidan un sonido propio que equilibra ruido y sensibilidad, manteniéndose fieles a sus influencias.

Ocho preguntas a The Lions Constellation:

Después de más de diez años en pausa, habéis vuelto y la reacción ha sido muy positiva. ¿Qué os llevó a retomar la banda en 2021? ¿Ha cambiado vuestra forma de vivirla desde entonces?

La verdad es que, desde que se formó la banda a finales de 2007, todo fue bastante rápido: empezamos a dar conciertos enseguida y en 2009 editamos nuestro primer disco. Hasta nuestra última referencia, publicada en 2021, habían pasado bastantes años.

En un principio, desde 2009, tuvimos mucha actividad como banda, tocando y realizando giras estatales con grupos de fuera. Después, cada uno de los miembros empezó a centrarse más en sus propias prioridades y el grupo se fue diluyendo poco a poco. Aun así, continuamos activos hasta 2012 o 2013, aunque hubo cambios en la formación y dejamos de sacar material nuevo.

Si no recuerdo mal, hacia 2018 o 2019 volvimos a juntarnos para ver qué feeling había. Con una nueva formación y energías renovadas, empezamos a componer canciones nuevas e intentar volver a tocar en directo. Pero llegó el COVID y todo se frenó bastante, aunque conseguimos editar un EP. Más o menos ocurrió lo mismo que en el anterior parón.

Aun así, los tres que seguimos en la banda decidimos darnos otra oportunidad e intentar darle continuidad al proyecto, esta vez desde una perspectiva más madura y sin ningún tipo de pretensión, más allá de tocar y escribir canciones que realmente nos llenaran.

Nuestra intención inicial era grabar un EP, pero finalmente salieron doce canciones, que grabamos en solo cinco días. De hecho, a menos de un mes de entrar al estudio, solo teníamos cuatro temas. Todo surgió de forma muy natural: al final, somos una banda con un espíritu muy punk.

La verdad es que, como te comento, no teníamos muchas expectativas más allá de volver a grabar y darle continuidad a aquel disco de 2009. Pero, a medida que íbamos enseñando el nuevo trabajo, empezamos a notar cada vez más interés. Todo hay que decirlo: ese interés siempre ha venido de fuera de nuestras fronteras. Cada vez que mostrábamos el disco aquí, la gente nos daba muy buen feedback y buenas críticas, pero también nos comentaban que era difícil moverlo dentro del panorama nacional.

Finalmente, el disco ha sido editado en Estados Unidos, Europa y Asia, pero ningún sello español apostó por publicarlo.

Siempre se os ha identificado con ese “wall of sound” tan potente. En este nuevo disco, New Moon Rising, ¿cómo habéis trabajado las guitarras y las atmósferas? ¿Hay algo que hayáis hecho diferente esta vez?

Creo que, desde nuestras primeras grabaciones hasta el último EP, ya se podía percibir un cambio en nuestra forma de escribir. Este disco es, en cierto modo, la evolución de lo que empezamos allí.

No renegamos del sonido de nuestro primer disco, pero sí queríamos hacer algo más controlado. Aquel primer trabajo, aunque tuvo más tiempo de desarrollo, surgió de una manera más espontánea. En cambio, este disco, a pesar de haberse hecho en mucho menos tiempo, ha sido más consciente. O quizá no tanto, porque, como te decía, se ha grabado todo muy rápido, muchas veces a primeras tomas, pero sí teníamos muy claro cómo queríamos sonar.

Aun así, siguen estando presentes esos ecos de nuestros inicios. Seguimos siendo una banda de pop con guitarras, muy amante del fuzz, pero queríamos ver si éramos capaces de canalizar todo eso de otra manera, sin perder la rabia juvenil que llevamos arrastrando desde hace casi veinte años.

En esta ocasión, las canciones han nacido principalmente desde una guitarra acústica. Aunque mis conocimientos musicales son bastante limitados —no soy músico—, he intentado crear diferentes atmósferas que aportaran continuidad al disco, desde el primer tema hasta el último.

Además, hemos contado con la ayuda de otras personas que han sabido cubrir esos espacios a los que nosotros no llegábamos.

Si echamos la vista atrás, desde Flashing Light hasta ahora, seguís teniendo un sonido muy reconocible, pero también se nota una evolución. ¿Qué sentís que habéis aprendido en todo este tiempo?

Como ya te comentaba antes, creo que también la perspectiva que da el tiempo y la experiencia —desde entonces hemos grabado muchas más canciones con otros grupos— nos ha permitido enfocar las canciones de otra manera, y eso se ve reflejado claramente en este trabajo.

Aunque siguen siendo canciones pop, como en el primer disco, hemos intentado cuidar especialmente tanto las melodías como las estructuras. Aun así, creemos que, en esencia, seguimos siendo los mismos: haciendo las canciones que nos gustaría escuchar. Nuestros referentes, por supuesto, siguen muy presentes.

RJ, has pasado por proyectos muy distintos. ¿Qué es lo que hace especial a The Lions Constellation para ti? ¿Qué te ofrece que no encontrabas en otras bandas?

Cada una de las bandas en las que he tocado tiene algo especial. Siempre intento hacer cosas diferentes en cada proyecto en el que me involucro.

Por otro lado, como ya te comenté, no soy músico, y me resulta muy difícil formar parte de una banda en la que no escriba los temas. Al no tener una formación musical, necesito componer mis propias canciones y tocarlas a mi manera. Quizá eso haya podido limitar a mis bandas, pero es parte de mi forma de entender la música.

Como te decía, cada uno de mis proyectos cubre pequeños huecos dentro de mis gustos estilísticos, que son bastante variados y amplios. Además, aunque compongo siempre con guitarra acústica, en los directos suelo tocar distintos instrumentos dependiendo de la banda.

Habéis tocado con grupos como Interpol, Wire o The Horrors. Mirando atrás, ¿hay algún concierto o momento en vivo que recordéis como especialmente importante?

Sí, siempre es genial tocar con bandas con las que compartes afinidad o que, de alguna manera, han sido un referente. Además, girar con ellas también te abre a nuevos oyentes y te permite tocar para mucha gente que, de otro modo, probablemente no conocería tu música.

Cada concierto es especial y, a veces, el que menos esperas acaba siendo increíble. Siempre hay anécdotas. Ahora mismo me viene a la mente aquel concierto en el que abrimos para Interpol: la sala Apolo estaba llena a reventar. Salimos a tocar y, de repente, parte del público empezó a taparse los oídos… No sé si por el volumen y la intensidad del directo o porque, simplemente, no les gustábamos nada.

Ahora mismo el shoegaze está viviendo un nuevo renacer. ¿Cómo hacéis para mantener vuestra identidad dentro de esa escena?

Sí, es algo que nos están preguntando con bastante frecuencia. Supongo que, después de veinte años como banda, se espera que tengamos alguna respuesta al respecto. Pero tengo que decir que desconozco bastante el nuevo fenómeno del shoegaze; parece que hoy en día todo es shoegaze.

Lo único que puedo decir es que, cuando nosotros empezamos, no se hablaba tanto de este término. De hecho, aun siendo muy jóvenes, lo vivimos en primera persona y no fue algo tan sonado como lo es ahora. Muchas de las bandas que hoy se consideran referentes, en su momento no dejaban de ser grupos relativamente pequeños.

Para nosotros siempre ha sido algo natural: empezamos a tocar siguiendo a nuestros referentes, a las bandas que veíamos en directo cuando estaban de gira. Además, cuando editamos nuestro primer disco, aún faltaban muchos años para que todas esas bandas regresaran y se convirtieran en referentes para nuevas generaciones.

Me parece perfecto que la gente monte grupos y tome influencias actuales; si ahora el shoegaze está de moda, es lógico que surjan nuevas bandas dentro de ese sonido. Supongo que nosotros estamos un poco fuera de ese movimiento, tanto por una cuestión generacional como porque seguimos haciendo, en esencia, lo mismo que hacíamos hace veinte años.

En aquel momento no había una escena internacional como tal, y mucho menos en España. De hecho, siempre tuvimos más aceptación fuera que aquí. En algunos medios internacionales nos están mencionando como referentes, pero nos parece algo exagerado; nada más lejos de la realidad.

En vuestras canciones hay una mezcla entre ruido e intensidad, pero también mucha delicadeza en las melodías. ¿Cómo trabajáis ese equilibrio cuando componéis?

No dejamos de ser una banda de pop en la que prima la melodía, aunque después la vistamos de ruido. Son canciones melancólicas y, en cierta medida, nostálgicas.

Supongo que eso les da ese aire de atmósferas etéreas y delicadas, pero a la vez con cierto hedonismo ruidoso. Cada canción tiene vida propia y te pide cosas diferentes, pero, al formar parte de un disco, intentamos que todas mantengan una coherencia entre sí.

El 10 de abril presentáis New Moon Rising en Club Sauvage, en Barcelona. ¿Cómo imagináis ese concierto? ¿Qué os gustaría que se llevara el público de esa noche?

Esperamos que sea una noche especial, con momentos intensos y ruidistas, y otros más delicados e íntimos. Queremos que la gente que venga vuelva a casa con una sonrisa y con la sensación de haber escuchado canciones que los hayan llevado de viaje a momentos entrañables de su vida. Quizá haya sorpresas y toquemos canciones nuevas en las que ya estamos trabajando para un próximo lanzamiento.