jueves, 3 de diciembre de 2020

LUZ BLANCA/CALOR BLANCO (PRÓLOGO)

« La figura había surgido de una región sin luz donde todo lo que nos han enseñado, todos los sentimientos convencionales, no sirven. No hay luz a la que verlos. Es de esta puerta oscura de la que surge el antihéroe...»

William S. Burroughs


Aparqué el Mustang a tres manzanas de mi objetivo. La tenue irradiación de las farolas incidía sobre las viviendas delineadas a ambos lados de la calle. Fríamente, ignorando el malestar que me retorcía las entrañas, recorrí la acera cubierta de nieve. Llevaba siglos sin trabajar en Chinatown. Por norma, los tenderos de la zona no solían causar problemas; los asiáticos detestaban relacionarse con aquellos ajenos a su círculo. De ser pobres inmigrantes, sin futuro ni esperanzas, durante los últimos años habían conseguido que el barrio creciera de tal forma que amenazaba con absorber Little Italy y parte del Lower East Side. Como era de esperar, a los spaghettis no les hacía la menor gracia que los orientales hubieran ganado tanto poder. Según lo que tenía entendido, la semana pasada, los hombres de Luigi Sturfo realizaron un tiroteo en Mott Street para poner las cosas en su sitio. La pasma, fiel a su costumbre, se lavó las manos sin remordimientos. A nadie le apetecía estar metido en medio de una guerra de bandas.

Con lentitud pasé de largo escaparates cerrados, carteles colgados de las fachadas y vehículos cubiertos de hielo. Comprobé la hora: eran las doce y media de la noche. Tal como había previsto, la calle estaba vacía; no deseaba testigos de ninguna clase. A mi espalda, el motor de una furgoneta me hizo ocultarme en un rincón sumido en la penumbra. Arrugué la nariz: un mendigo roncaba tirado de cualquier manera entre periódicos y bolsas de basura. Un hedor desagradable emanaba de las mantas que lo cubrían: sudor rancio, mierda y vino barato. Estuve tentado en desenfundar la Smith & Wesson y pegarle un tiro en la nuca. Aquel perdedor estaría a salvo mientras no abriera los ojos. Cuando el vehículo desapareció, dejé al pordiosero atrás y reanudé mi camino. El viento gélido estremeció las copas de los árboles. Aterido, subí el cuello de la gabardina para entrar en calor. No me encontraba en mi mejor momento; las náuseas me impedían concentrarme. Rabioso, sacudí la cabeza. La sangre fría que me caracterizaba era un recuerdo indefinido; calambres angustiosos me recorrían los músculos. Me detuve durante unos segundos e inspiré una profunda bocanada de aire, haciendo lo imposible por recuperar el control. A pesar de las bajas temperaturas, sudaba. Enfrente, encima de una escalera de incendios situada en un cuarto piso, alguien encendió una luz. Una figura cruzó por delante de la ventana y se dirigió al otro extremo de la vivienda. Paciente, esperé a que todo volviera a la normalidad. Pensé en encender un cigarrillo, pero me contuve: el olor del tabaco podía delatarme ante mis futuras víctimas. En pocos minutos, el edificio volvió a quedar en sombras. El coche patrulla del distrito pasaba dentro de una hora: terreno despejado.

Aquella tarde había recibido una llamada desde el Club Paradise para encargarme el trabajo. Tommy era un tipo peligroso —facciones cadavéricas, parco en palabras, medio chino, medio puertorriqueño— que solía asumir las faenas de Jerry Graham cuando este se encontraba liado. Fue corredor de apuestas, estuvo en la trena y luchó en Vietnam en la 101 División Aerotransportada. Cuando lo licenciaron, se convirtió en el brazo derecho del segundo al mando. La organización de Smith era pequeña pero efectiva: cuantos menos hombres estuvieran al corriente de sus asuntos, menos probabilidades tendría de que lo vendiesen a la poli.    

—El Irlandés quiere que te encargues de unos chinos, Stark —dijo cuando descolgué el teléfono.

No pude evitar hacer la pregunta de rigor: desconfiaba de aquel hijo de perra.

—¿Por qué no me ha llamado Jerry?

—Jerry está en el hospital —explicó de mala gana—. A su hermano le han pegado una puñalada en las costillas.

Frank, como contable, se encargaba de las cuentas del Paradise. Gracias al casino —crupiers legales, mesas de juego limpias de trampas, máquinas tragaperras sin amañar—, Smith blanqueaba el dinero negro obtenido por otras fuentes de dudosa procedencia. Al Capone, con su desastrosa política de fraudes fiscales, enseñó al hampa neoyorkino que Hacienda no se chupaba el dedo. El hermano de Jerry era un tipo tranquilo, cordial, genio de las matemáticas y demócrata hasta la médula. ¿Cómo demonios se había metido en un follón?    

—No jodas —gruñí—. ¿Quién ha sido?

—¿Conoces a Billy el Sapo?

El Sapo era un fullero de mierda que operaba por los bajos fondos de Manhattan. Milagrosamente, a pesar de toda la peña a la que había jodido, nadie se había molestado en borrarlo del mapa. El mundo estaba lleno de almas generosas y humanitarias, como podía comprobar.  

—Sí.

—El miércoles tuvo una mala racha en las mesas. El capullo montó un escándalo alegando que lo habían estafado. Jerry envió a los tipos de seguridad para que lo pusieran de patitas en la calle. La mala suerte quiso que Frank tropezara con el andoba en el parking. El Sapo, al reconocerlo, sacó el bardeo y lo pinchó. Por lo visto, todo fue tan rápido que nadie tuvo tiempo de hacer nada. 

El Sapo había cometido el mayor error de su puerca vida. Conociéndolo, Jerry se tomaría aquello como algo personal. Los hombres del Boss peinarían la ciudad de cabo a rabo hasta encontrarlo. Como mínimo, le esperaba una buena paliza con barras de hierro y después, cuando lo hubieran ablandado lo suficiente, seis tiros en la barriga de propina. Un trabajo bien hecho al estilo de la Mafia.      

Tommy regresó al tema original:

—Tengo cosas que hacer, Alemán. ¿Aceptas el curro o no?

Me centré en los negocios.

—¿Cuánto vas a pagarme?

—Trescientos dólares.

Aquello sonaba como el culo: no llegaba a mi tarifa habitual.

—Quinientos —acoté—. ¿No has hecho los deberes o qué?

—Es lo que me ha dicho Jerry —soltó—. O lo tomas o lo dejas. 

Estaba seguro de que quería hacerme la pirula para sacar tajada. Sería algo muy propio de aquel mestizo. No iba a colar ni de coña. 

—Que se ocupe Brown, entonces —repliqué secamente, dispuesto a colgar el teléfono—. Adiós.

Brown estaba pasando una mala racha: demasiada farlopa, priva, busconas y noches de juerga habían hecho que el Irlandés empezara a plantearse sacarlo de su nómina. Hasta había bajado el precio, joder.  

—¡Espera, coño! —exclamó—. Jerry ha insistido en que lo hagas tú.

Puto inútil de mierda. Había llegado el momento de finalizar la conversación.  

—Quinientos pavos —gruñí—. Te espero a las diez en el italiano de la esquina oeste de la 88.

A Tommy no le hizo la menor gracia que lo tratara como si fuera el chico de los recados. Sin embargo, apareció a la hora que le había dicho. Música jazz en el jukebox, un camarero limpiaba la barra y el dueño cerraba la caja; nadie nos prestaba atención. Ni siquiera se tomó la molestia de sentarse: puso cinco billetes de cien encima de la mesa y me dio la dirección de la lavandería.

—¿Qué es lo que han hecho? —pregunté con una sonrisa burlona en los labios. A pesar de lo jodido que estaba, no pude evitar mostrarme sarcástico. Tommy iba vestido como un matón de tres al cuarto: gabardina oscura, traje color pastel, zapatos de cocodrilo, sombrero de ala ancha. Llevaba un palillo en la boca, gruesos anillos de plata y una cadena de oro con una sencilla cruz en el cuello. Fijo que la Asociación de Jóvenes Cristianos lo aceptaría como miembro al instante. Con aquella pinta de chulo de barrio, la bofia podría pillarlo con facilidad en cualquier rueda de reconocimiento. 

Este se mostró petulante:

—¿Acaso importa?

—No te pases de listo, colega —dije—, o los basureros mañana tendrán trabajo extra.

Tommy conocía mi fama como cazador de cabezas mejor que nadie; no sería la primera vez que le partía los brazos a un gilipollas con un bate de aluminio. Palideció, turbado por la amenaza palpable que destilaban mis palabras. Aquel imbécil estaba demasiado embebido de su propia posición dentro de la banda del Boss para actuar con profesionalidad. Le vendría bien que le bajaran los humos.  

—Se han negado a pagar su cuota mensual de protección—explicó bajando la voz—. El Irlandés no quiere que cunda el ejemplo entre los demás tenderos de la zona. Sería malo para el negocio, ¿entiendes? 

Aquello me sorprendió. Smith solo derramaba sangre si no le quedaba más remedio. Existían formas más simples (y dolorosas) de hacer entrar en razón a los orientales. Estaba seguro de que, después de barajar todas las opciones posibles, se había visto obligado a recurrir a mis servicios. Puede que pertenecieran a alguna pandilla como los Ghost Shadows; a la gente dura de mollera es difícil convencerla de que actúe correctamente solo con palabras. La cortesía no funcionaba en ciertos ambientes.    

—Comprendido. —Lo miré a los ojos—. ¿Cuántos tipos habrá dentro?

—Ni idea —confesó—. Los domingos organizan una timba de cartas. Puede que tengas que apiolar a algunos amarillos de más.

Me encogí de hombros: en mi oficio siempre había que estar listo para lo inesperado. 

—De acuerdo.

Molesto, Tommy desapareció por donde había venido. Tendría que andarme con ojo si no quería acabar con una puñalada en los riñones. Aquel mestizo era famoso por utilizar el arma blanca y el alambre estrangulador, detalle que, junto al revólver que llevaba oculto en la pantorrilla, había que tener presente en todo momento. De todas maneras, a pesar de haberlo humillado, dudaba que tuviera suficientes agallas para vengarse de mí. Yo era uno de los mejores sicarios del Irlandés; su jefe le arrancaría la piel a tiras si se atrevía a tocarme un pelo.

Toda la vieja guardia del crimen organizado de Nueva York había pasado a la historia: Giuseppe Battista Balsamo, Frank Scalice, Lucky Luciano, Meyer Lansky, Albert Anastasia y Buggy Siegel. El Boss era uno de los pocos capos de la Mafia que había logrado sobrevivir a la quema. Este era un líder nato, metódico e inteligente, capaz de ganarse la amistad y la confianza de sus hombres. En un principio, durante la Gran Depresión de los años treinta, había prosperado gracias al contrabando de alcohol, apuestas ilegales, atracos a mano armada, trata de blancas, infracciones sindicales, tráfico de armas, sobornos pugilísticos y fraudes fiscales. Aparte de ello, contaba con negocios limpios como casinos, casas de apuestas, sindicatos laborales, negocios de importación y exportación, hipódromos, recogida de basura, compañías inmobiliarias y empresas constructoras. A diferencia de sus coetáneos, el Irlandés supo ampliar sus horizontes comerciales después del cese de la Ley Seca; no se limitó a vivir de la venta de estupefacientes como tantos otros. Por suerte, nunca había llegado a la altura de otros jefes del hampa. Prefería pequeños bocados que atragantarse con pasteles grandes, tal como le pasaba a la competencia, que se perdía por ser demasiado avariciosa. Smith había participado en las guerras de bandas de Frank Costello y Vito Genovese a mediados de los cuarenta, poniéndose siempre del lado del más fuerte, cambiando de bando según su conveniencia. Corría el rumor de que contaba con poderosos contactos en las altas esferas: funcionarios estatales, políticos y jefes de policía. Puede que por ello nunca hubiera sido procesado por la pasma; sus actividades delictivas siempre quedaban lejos de las portadas de la prensa. Trabajaba para el Boss por un simple motivo: de haberlo hecho por mi cuenta, no hubiera durado en la calle ni un mes. Los bajos fondos eran un mundo implacable, lleno de individuos dispuestos a apretar el gatillo ante la menor oportunidad. Necesitabas un protector, te gustara o no, para continuar con la cabeza sobre los hombros. Contaba con unos ingresos estables y un jefe que daría la cara por mí en los tribunales en el caso de que me trincaran. El Irlandés pagaba al contado y siempre cumplía sus promesas; no todos los capos de la Mafia actuaban de aquel modo. Aunque no perteneciera a ninguna de las Cinco Familias, era tan poderoso como cualquiera de ellas.

Un espasmo me retorció las entrañas, arrebatándome el aliento. Con la boca seca, tuve que apoyarme en la pared para no caer de bruces al suelo. Después de una larga semana sin pincharme, el síndrome de abstinencia era terrible. Lamentablemente, había agotado el Valium que estaba ingiriendo para controlar mis maltratados nervios. La heroína que me convertía en una barra de acero había desaparecido de mi torrente sanguíneo. Volvía a ser un tipo normal, con dudas y flaquezas, cosa que no me gustaba en absoluto. Ignoré las punzadas que me retorcían las tripas y limpié la transpiración que me descendía por la frente. ¿Por qué deseaba desengancharme? Por mucho que me lo planteara, no conseguía una respuesta. Puede que estuviera cansado de depender de la maldita droga que había hecho de mi existencia un infierno. Tiritando, apreté los puños hasta que me punzaron los dedos. El malestar aumentaba por segundos: tenía que actuar lo antes posible o dentro de unos minutos el mono me impediría ponerme en movimiento. Con las mandíbulas chirriando, avancé hacia la lavandería. El tiempo estaba suspendido en un instante tan interminable como perturbador. Todo parecía gris, nebuloso, desenfocado, amenazante. La carencia de caballo convertía mi cuerpo en una madeja de huesos quebradizos, de carne hambrienta por el contacto de la aguja, de células ávidas de sensaciones. Escupí al suelo, intentando librarme del sabor metálico adherido a mis papilas gustativas. Por mucho que quisiera, el azufre que me quemaba las entrañas no desaparecería fácilmente. Partir a Harlem para pillar una papelina a mi camello se había convertido en una obsesión inquebrantable. Durante los últimos días, mientras las horas muertas transcurrían en una espiral angustiosa, luché como un demonio para no ponerla en práctica. Odiaba pasar por el síndrome de abstinencia; antes preferiría que me arrancaran los dientes con unos alicates. La ventanilla de un Buick me devolvió mi reflejo: cabello rubio cortado a cepillo, barba de una semana, ojos enrojecidos por la falta de sueño, pómulos marcados, boca convertida en una línea cortante. Poco me faltó para vomitar; tenía la misma pinta que los yonquis que paraban por el Bronx. ¿Dónde estaba mi carácter? Siempre me había considerado un tipo duro, con los pies en la tierra, sin miedo a nada. Ahora, en cambio, me había transformado en una piltrafa que hubiera vendido a su madre por una dosis. La droga crea una dependencia espantosa. Físicamente, sin ella, ni siquiera serías capaz de levantarte de la cama. A nivel emocional, cuando careces de su presencia, los sentimientos estrangulados por la adicción emergen a la luz, transformándote en una escoria con apariencia humana. Todo queda condicionado por el número de chutes que te metes entre pecho y espalda a diario. Aquella era la realidad, ni más ni menos. Cuando leía los panfletos antidroga que distribuían los de la Oficina de Narcóticos me daban ganas de descojonarme: los capullos que los habían escrito no sabían una mierda sobre el tema. 

Aparté mis sombrías elucubraciones y me dispuse a entrar en acción cuanto antes. Al llegar a la puerta de la lavandería, eché un vistazo a través del cristal que conectaba con la avenida. Vislumbré una caja registradora sobre el mostrador a oscuras, anaqueles llenos de ropa y una planchadora de gran tamaño. Al fondo de la estancia, a través de una cortina, descubrí una luz. Agucé los oídos: el local estaba en silencio. Las manos me temblaban por el mono pero, con un gran esfuerzo de voluntad, pude reprimir las sacudidas. Eché una mirada a ambos lados de la calle: todo continuaba en orden. Rápidamente, saqué un estuche del bolsillo de la trinchera y elegí una ganzúa con forma de arpón para forzar la cerradura. En menos de un minuto, tenía el camino libre. Con el dedo en el gatillo del arma, cerré la puerta detrás de mi espalda. Tal como esperaba, no se habían molestado en instalar una alarma. Aquel barrio era una zona poco problemática: nadie trapicheaba por los alrededores, las furcias hacían la calle a unas treinta manzanas de distancia, apenas quedaban salones de opio y los night-clubs brillaban por su ausencia. A diferencia del Bronx, Harlem o Brownsville, Chinatown era un edén de paz. Aunque no me gustara admitirlo, tenía que reconocer que los amarillos se lo habían montado de puta madre.

A pesar del síndrome de abstinencia, sin ser consciente de ello, el viejo Möhler Stark tomó las riendas de la situación. Estaba en mi elemento: había nacido para quitar vidas. Impasible, coloqué el silenciador en el cañón de la pistola. Unas voces ininteligibles llegaron a mis oídos. ¿Hablaban en chino o en americano? En realidad poco importaba; a San Pedro le daría igual la nacionalidad de los turistas que le harían una visita en breve. Con cautela, alcancé el pasillo situado detrás del mostrador. La noche era mi aliada; ninguno esperaría un ataque sorpresa a aquellas horas. Tenso, aparté la cortina y recorrí un estrecho corredor bordeado por cuadros con pinturas exóticas. Me detuve antes de llegar al final, dispuesto a quitar de en medio al primer adversario que se me pusiera por delante. Tuve suerte: un espejo colgado en la pared mostraba el interior de la habitación. Aquellos cretinos, sin saberlo, me lo habían puesto a huevo. En un instante, tuve una panorámica de la estancia. Tres mendas jugaban al póker alrededor de una mesa cubierta con un mantel a cuadros. Uno, situado a espaldas del pasillo; los otros dos, frente al espejo. A la derecha, apoltronado en una silla metálica, un chaval pelaba una naranja. La mesa estaba cubierta de billetes, ceniceros llenos de colillas, vasos y una botella de Southern Comfort a medias. Al fondo, lavadoras con los tambores cerrados, cajas de cartón y cestos llenos de sábanas. Absortos, los jugadores solo prestaban atención a los naipes; les faltaba poco para terminar aquella mano. Conocía el percal de memoria; fijo que no habían tomado la molestia en aprender estadounidense como Dios mandaba. Estudié sus caretos; ninguno parecía llevar una pipa encima.

«Verschwende keine Zeit und töte sie[1]», pensé.

Entumecido, di un paso adelante mientras abría fuego. El primer impacto atravesó la cabeza del chino situado de espaldas al corredor. Sus sesos saltaron por los aires, salpicando las caras de sus compañeros. El segundo disparo acertó en el corazón del jugador de la izquierda. Este brincó hacia atrás y se desplomó en el suelo con los brazos en cruz. Atónito, el chico se quedó con los ojos como platos, con un pedazo de naranja de camino a la boca. Aquello fue lo último que hizo: astillas de hueso y fragmentos de tejido cerebral rociaron la pared. Borrosamente, el último asiático levantó una pistola con el rostro desfigurado por una expresión de rabia. Durante un momento, la visión del arma me dejó de piedra. Por fortuna, mi cuerpo tomó las riendas y salté a un lado. La detonación resonó en la quietud de la madrugada como una carga de dinamita, destrozando el espejo en mil pedazos. Colérico, no le di la ocasión de volver a apretar el gatillo. Le vacié la Smith & Wesson encima, convirtiéndolo en un colador. Hecho un guiñapo, mientras expiraba con un gemido quejumbroso, el revólver que llevaba en la mano rebotó sobre el suelo teñido de rojo.

—¡Maldito hijoputa! —mascullé—. ¡Un poco más y no lo cuento!  

Me sentía tan furioso conmigo mismo por haber permitido que un trabajo fácil se convirtiera en algo complicado, que olvidé vaciar los bolsillos a los cadáveres. El puto disparo tenía que haberse oído hasta el final de la manzana. Cuanto antes me abriera, mejor. No me hacía demasiadas ilusiones de lo que podría pasarme si la pasma me encontraba en la lavandería. Ni el Irlandés, por muchas influencias que tuviera, podría salvarme de una buena temporada a la sombra, o en su defecto, la jodida silla eléctrica. La había cagado a base de bien; hora de una retirada discreta.

Nervioso, salí a la calle. Aunque no pudiera creerlo, nadie había escuchado el tiro. Rápidamente, recorrí el camino a la inversa, con la intención de llegar a mi buga lo antes posible. El mono había sido reemplazado por una ponzoñosa emoción de autoaborrecimiento; era un gilipollas por haberme metido en aquel jaleo. Debería tomar un descanso, dejar el oficio hasta que me recuperara, o alguien me enviaría al otro barrio. Tal como temía, el edificio donde estaba situado el local entró en erupción. Luces encendieron las ventanas y gritos de alarma se alzaron en el silencio de la noche. Apreté el paso; con suerte, nadie me vería abandonar la escena del crimen. Pasé junto al vagabundo; aún continuaba durmiendo a pierna suelta. Cinco minutos más tarde entré en el Mustang. Temblando, metí la llave en el contacto y, con un rechinar de neumáticos, di un giro de noventa grados para salir en dirección contraria. Lleno de odio, pisé el acelerador a fondo. No me encontraba de humor para comunicarle a Jerry que el trabajo estaba hecho; lo dejaría para la mañana siguiente.

Mientras abandonaba Chinatown, preso de un impulso irracional, rompí el dinero en mil pedazos y lo arrojé por la ventana. ¡Era un estúpido de mierda! No merecía aquella pasta; ello me serviría para aprender de mis errores. Tiempo indeterminado después, alcancé Little Italy. El sabor acre de la nicotina arrastraba una impresión de fracaso. Los tugurios de la calle Mulberry, entre Broome y Canal, ardían en pleno apogeo: cines porno, música, luces de neón, bares de topless, peep shows, billares, salones de masaje, after-hours, fulanas por doquier; que nadie se atreviera a decir que el barrio se encontraba en decadencia. La agitación de la zona, en vez de animarme, me deprimió profundamente. Para mi pesar, la vida nocturna ya no presentaba ningún atractivo. El Filmore East, el Scene, el Electric Circus, el Café Bizarre, el Birland, el Max’s Kansas City, el Mercer Arts Center, el Dom, el Five Spot, el Gymnasium, el Club 82, el Conventry, el Bitter End… Jamás podría encajar en la sociedad; demasiados años enganchado al caballo para volver a actuar como un individuo normal. Aquel era el problema de descolgarme; me convertía en un blandengue llorón.

Aunque hubiera estado allí hacía unas pocas semanas, durante las fiestas de San Genaro, tenía la sensación de que habían transcurrido décadas. Todo estaba cubierto por una especie de niebla deforme; los recuerdos resultaban confusos e irreales. De nada me servía lamentarme; lo hecho, hecho estaba. Finalmente, me dirigí a mi apartamento. Las sombras se abalanzaban sobre mis venas. Más allá del habitáculo del vehículo me esperaba el abismo de una espantosa noche de insomnio; sabía que la necesidad de droga me impediría descansar.



[1] No pierdas el tiempo y mátalos.




miércoles, 13 de mayo de 2020

AL FILO DEL CUCHILLO


No consigo un conocimiento más profundo de mí mismo, no se puede extraer ninguna comprensión nueva de nada de lo que digo. No hay razón para que te cuente esto. Esta confesión no significa nada.

Bret Easton Ellis


PRIMERA PARTE

Al amanecer me quité las sábanas Calvin Klein de encima, salté del colchón de látex y me puse unos shorts Adidas de licra negros. Un delgado hilo de luz penetraba por las persianas de la habitación e iluminaba los muebles de ébano: cama de 2,90 x 2,50 con detalles de acero en la bancada, mesas de noche a juego con patas metálicas, espejo de 90 x 190 colgado de la pared encima del cabezal con luces incrustadas, sillón de cuero, palisandro y acero, y una alfombra azabache (regalo de un cliente satisfecho).
En el salón efectué mis estiramientos matinales, mientras por el equipo Philips retumbaba Bone Machine de Tom Waits. Primero, método estático pasivo, para calentar los músculos. Después, al entrar en calor, método dinámico pasivo. Acto seguido, pasé a las máquinas de musculación sin molestarme en descansar. Piernas: cinco tandas de diez repeticiones. Abdominales: diez series de veinte repeticiones. Bíceps: quince tandas de treinta repeticiones. Pecho: diez series de cuarenta repeticiones.
Entré en la cabina de hidromasaje. Ajusté la barra deslizante en la primera posición, la temperatura y el sistema de espuma. El agua chocó contra el plato de porcelana, mientras las boquillas de masaje dorsal, lumbar, cervical y lateral, masajeaban mis miembros. Primero, un exfoliante Nickel y un gel Calvin Klein para el cuerpo. De inmediato, un champú Yves Rocher y un acondicionador de L’Oreal para el pelo. Corrí las mamparas de fibra de vidrio, salí del compartimento lleno de vaho, me sequé con una toalla Ralph Laurent y utilicé un hidratante Deadsea spa Magik y un reafirmante abdominal Biotherm. Ante el espejo del baño, pasé al cuidado de mi cara, saltándome la bolsa de hielo para los ojos. Primera parte: gel exfoliante Anthony Logistics y mascarilla Vitaman (de aceite de sándalo australiano y arcilla) para pieles grasas. Cinco minutos más tarde, pasé a la segunda parte: hidratante Lancôme y crema antibolsas Shiseido.        
Al llegar al vestidor, me quité el albornoz. Camisa Versace negra, Levi’s azules, calcetines, ropa interior Emporio Armani y unas zapatillas deportivas Nike (de trescientos dólares). Tom Waits cantaba Going Out West:

Well I'm going out west
Where the wind blows tall
'Cause Tony Franciosa
Used to date my ma...

Satisfecho, estudié mi imagen en el espejo: rostro afilado, cabellos rubios, perilla bien recortada, pómulos salientes y ojos castaños. En cuanto a mi físico, un metro ochenta de altura. Las horas de gimnasio empezaban a dar resultado: mis abdominales, bíceps, tríceps, piernas, antebrazos, pectorales y hombros estaban duros como piedras. Vanitas vanitatis et omnia vanitas.
La cocina de diseño tiene este aspecto: una barra americana laminada en roble antracita, rinconero de lavado lacado en pomelo con puerta abatible, una despensa con giro de 90º extraíble, cinco vitrinas de aluminio, divididas en módulos, con vidrieras mateadas al ácido, un armario de acero, con puertas de cristal, que ocupa una pared y los electrodomésticos básicos: horno, nevera, cafetera eléctrica, microondas, placa de vitrocerámica. Mi desayuno consiste en lo siguiente: zumo de piña, dos manzanas reinetas, una barra de muesli, un vaso de leche desnatada y un descafeinado, solo, sin sacarina. 
Con un Marlboro Light en los labios, me aproximé al IPhone 11 Pro Max —procesador Apple 13 Bionic, 512GB de almacenamiento, Triple cámara 12MP, iOS 13— dispuesto a atender la llamada. El rostro sin afeitar de Jack apareció en la pantalla de 6.5 pulgadas, encuadrado por las familiares paredes de su despacho.
—Buenos días, Nathan. ¿Qué tal estás? —inquirió.
Jack llevaba un traje de tres botones, camisa blanca y corbata (con nudo Windsor) de lunares, todo de Armani. Conociéndolo, los zapatos estarían a juego con el cinturón, la corbata y las gafas de sol Ray Ban que llevaría en la funda correspondiente en el bolsillo interior izquierdo de la chaqueta.
—Genial —respondí—. ¿Y tú? 
—He tenido un día espantoso —resopló—. Tengo una hora para almorzar antes de volver a la oficina.
Medité las posibilidades: Hugo Boss, Gucci o Prada. Dudaba que llevara otra marca de calzado. Conocía sus gustos perfectamente. Mi tono fue burlón:
—Supéralo —dije—. Todo sea por la empresa.
Jack frunció el ceño.
—Gracias, Nathan, no sé lo que haría sin ti.
Sonreí.
—¿Tu jefe no te ha comentado nada de la barba?
—Se encuentra de vacaciones en Hawái.
Decidí seguir pinchándolo.
—Necesitas un buen afeitado. Lo sabes, ¿verdad?
Jack ignoró mi comentario.
—¿A qué hora quedaste con tus clientes?
Su cuestión me extrañó.
—A la una. ¿Por qué lo preguntas?
—Me han llegado rumores.
Enarqué las cejas.
—Sorpréndeme.
Jack bajó la voz:
—No te fíes de ellos. Tengo entendido que son colegas de Bryan. ¿Lo captas?
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
—Lo tendré en cuenta.
Jack se dispuso a colgar.
—Llámame cuando termines, ¿de acuerdo?
—No te preocupes —lo tranquilicé—. Por cierto, ¿qué zapatos llevas?
—Tod’s. ¿Y eso a qué viene?
Sentí vergüenza ajena.
—Estás de coña, ¿verdad?
Jack sonrió.
—Hugo Boss, idiota.
Comprobé mi Rolex de oro: eran las 12:45 PM. Tenía quince minutos para prepararme. De un cajón de mi dormitorio saqué una Taurus de 9mm, semiautomática, cargador extra de 13 tiros, doble acción, mira nocturna de tritio, armazón de polímero y cachas de carbono, que compré en Michigan el año pasado. Revisé el tambor, amartillé el arma y la guardé dentro de un módulo en la mesa del salón: la desconfianza era una de mis mejores virtudes.
Un cuarto de hora después, dos hombres y una mujer tomaron asiento sobre el sofá de cuero de tres plazas. El primero, un francés de la vieja escuela, llevaba un traje Christian Dior hecho a medida, corbata Versace (con doble nudo simple) y zapatos Gucci. El segundo, un gorila de dos metros de altura con cara de pocos amigos, vestía un traje Tommy Hilfiger color pastel, corbata (con nudo Windsor) Raffaello Excellence y calzado perforado de Prada. En cuanto a la joven, una japonesa de curvas sinuosas y ojos gélidos, un traje Yves Saint Laurent de lana, zapatos Rene Caovilla de tacón alto, un cinturón Dolce & Gabbana, bolso de piel Salvatore Ferragamo y gafas de pasta Chanel (era la primera vez que veía aquel modelo). Clase, mucha clase. Serví tres copas de Blackstone Pinot Noir (cosecha del 2006) mientras estudiaba las piernas de la joven, firmes y bien torneadas, producto de intensas sesiones de aeróbic. El franchute tomó la palabra:
—Gracias por recibirnos con tan poco tiempo de antelación. ¿Cuándo vas a sacar el material, Nathan?
No se había molestado en probar el vino. Él se lo perdía. Aquella añada era cojonuda.
—¿Qué es lo que quieres?
Su réplica no dejó lugar a dudas:
—Cocaína, evidentemente.
Al gorila le abultaba la chaqueta a la altura del corazón, dudaba que utilizara marcapasos. Lo más probable era que llevara una pipa de gran calibre, algo tosco con silenciador incluido: típico de los guardaespaldas profesionales. La chica hizo un gesto de desagrado.
—No perdamos el tiempo —comentó—. En dos horas tenemos una reunión en Shinjuku.
Su franqueza me agradó, me gustaban las mujeres que iban al grano. En la cama solían ser las mejores; eran tan exigentes como en el trabajo.
—Tienes razón —suspiró el francés—. Los negocios no dejan margen de diversión.
Fui práctico:
—¿Cuánto quieres?
Los ojos gélidos del franchute se entrecerraron.
—Primero deseo probarla.
Esbocé una sonrisa torcida.
—¿No te fías de mi reputación?   
La japonesa intervino:
—No podemos permitirnos el lujo de confiar en un camello.
Su tono despectivo me resultó indiferente. Estaba acostumbrado a comentarios peores. Procuré bajarle los humos.
—Estupendo —asentí—. A mí tampoco me gustan las secretarias fracasadas, ¿entiendes?
El gorila reprimió una carcajada. Una corriente de hostilidad emanó de la mujer, palpable como una descarga eléctrica. El comentario había herido su amor propio.
—No me molestaré en sacar nada —continué—, si no pillas más de un kilo. ¿Te interesa o no?
Las cartas estaban sobre la mesa.
—No te gusta andarte con rodeos, ¿verdad?
Fui arrogante:
—Tú lo has dicho.
—Si me gusta me llevaré dos, ¿te parece bien?
—Perfecto.
El franchute sostuvo el tubo de plata con el índice y el pulgar, me miró a los ojos, inclinó la cabeza y esnifó la línea de tres centímetros delineada sobre la mesa de cristal. Primero utilizó el orificio derecho, de inmediato, al llegar a la mitad, la ventanilla contraria. Al terminar, se echó hacia atrás, se frotó la nariz y esbozó una mueca de éxtasis: la pegada lo había dejado con la boca abierta.
—¿Qué te parece?
—Magnífica.
Una sensación de aprensión invadió mi cuerpo, notaba un peligro inminente. Las palabras de Jack regresaron a mi cabeza: aquellos bastardos querían mi pellejo.
—Levanta las manos, colega —El guardaespaldas tenía una pipa en la diestra—. O te volaré la tapa de los sesos.
La chica encendió un Winston.
—Hazle caso, Nathan. Por favor.  
Tranquilo, obedecí sus órdenes, sin perder de vista al franchute.
—¿A qué viene esto?
—Bryan me ha dado recuerdos de su parte.
Sonreí.
—¿Sabías que ese maldito negro me debe treinta de los grandes? Nunca ha sido lo suficientemente hombre para dar la cara. ¿Cómo te ha convencido para que le hagas el trabajo sucio?   
La ira coloreó sus mejillas.
—Eso es asunto mío, Nathan.    
Sostuve la respiración, preparado para saltar sobre el gorila. Mi ataque debería ser rápido, letal.
—Deberías informarte antes de meterte en follones, imbécil. Podrías diñarla por culpa de un estúpido niño de papá y mamá que no paga sus deudas. 
El franchute se cabreó por mis palabras.
—Estás acabado, Nathan.
Inesperadamente, propiné una patada a la mesa. La superficie de cristal estalló contra la cara del gorila: su rostro quedó convertido en un amasijo sanguinolento cubierto de cortes menores. Sin pensarlo, me incliné y aferré la culata de la Taurus: el arma se convirtió en una extensión de mi brazo. El guardaespaldas lanzó una imprecación, levantó la pistola (una Glock de 45mm) y abrió fuego: la detonación me rozó la mejilla. Con una rodilla en el suelo apreté el gatillo: el disparo acertó en su pómulo izquierdo, le reventó la cara y esparció su masa encefálica. El franchute levantó las manos, indefenso, mientras gritaba como un imbécil:
—¡No dispares!
El proyectil le perforó el pecho y le atravesó el corazón, dejándolo con la palabra en la boca: fue demasiado tarde para suplicar por su asquerosa vida. Una sombra se movió detrás de mí. De manera instintiva, me eché a un lado y esquivé el ataque: una navaja me rasgó el bíceps hasta el hueso. Apreté los dientes de dolor. Mi sangre salpicó la alfombra y las planchas de roble blanco. La japonesa se movió con diabólica rapidez. La hoja afilada me arañó la frente; todo se volvió rojo durante unos segundos. Apreté el gatillo frente a sus facciones distorsionadas por la bruma que enturbiaba mi visión. La cabeza le estalló a la altura del hueso malar: piel, materia cerebral y huesos mostraron el interior del cráneo. Herida de muerte se desplomó de bruces. Implacable, el arma tronó y reventó lo poco que le quedaba de cabeza.
—Descansa en paz, muñeca.
En el baño, curé la espantosa herida lo mejor que pude con un botiquín de primeros auxilios. Lo peor de toda la historia, aparte de haber estado a punto de perder la vida, era que mi piso había quedado hecho un asco. Suerte que la japonesa no me había acertado en ninguna vena o tendón importante, el apaño serviría hasta deshacerme de los cadáveres: la visita al hospital estaba pospuesta por el momento. Respecto a los vecinos no tendría que preocuparme por ellos, habían escuchado cosas peores: las fiestas que solía organizar en mi piso duraban semanas enteras.
El móvil llevaba un buen rato sonando. Al descolgarlo, Jack lanzó una exclamación ahogada; mi rostro continuaba manchado de sangre.     
—¡Maldita sea! ¿Estás bien?
Inconscientemente, me pasé la mano por el apósito que llevaba en la frente. Ignoré su tono de preocupación.
—No pasa nada —lo tranquilicé—. Me los he cargado a todos.
—Te dije que tuvieras cuidado —protestó—. ¿Por qué no me hiciste caso?
—¡Olvídalo! —encendí un pitillo—. Esto no va a quedar así. Bryan tendrá que pagar por lo que ha hecho. ¿A qué hora sales?
Jack respondió sin pensarlo:
—A las cuatro.
—Perfecto —asentí—. Tenemos trabajo que hacer.
—¿Podrás aguantar hasta entonces?
—Sí.
—¿Vas a contarme que ha pasado?
Prefería hablar del tema en privado.
—Más tarde —acoté—. Tengo que librarme de los cuerpos.
—De acuerdo —admitió—. Te llamaré cuando llegue a casa.
Le guiñé el ojo antes de colgar.  
—Como quieras, Jack.

SEGUNDA PARTE

Jack arrojó la chaqueta descuidadamente sobre una silla. Con movimientos precisos, abrió el minibar y se preparó un whisky de malta con varias piedras de hielo. Después del primer trago, recorrió con la mirada los confines de su apartamento. Tenía la sensación de que había viajado en el tiempo; el mobiliario y diseño Art Déco, propio de los años 20 del milenio anterior, de bordes redondos y estilizados, eran un anacronismo en pleno Siglo XXI. Con una sonrisa burlona en los labios, observó la araña de cristal colgada en el techo y el piano blanco, las paredes adornadas con papel pintado que evocaban animales extintos en la actualidad, las alfombras espesas de vívidos colores y las lámparas de latón con pantallas de papel ecológico. Filosófico, pensó que a pesar de los avances tecnológicos, las redes sociales y la tecnología espacial, el ser humano siempre terminaba volviendo a los orígenes. Aquella era la paradoja intrínseca de las modas: tarde o temprano, cuando los diseñadores agotaban las ideas, regresaban al punto de partida para vender lo antiguo por nuevo.
Comprobó la hora y decidió llamar a Nathan: había prometido ponerse en contacto con él cuando saliera de la oficina. Jack sacó el móvil del bolsillo, marcó el número de nueve dígitos y esperó a que su colega contestara. Al tercer timbrazo el rostro familiar de Nathan, moreno y atractivo, inundó la pantalla.
—Hola —saludó—. Has tardado.
Jack esbozó una sonrisa cansada.
—Pille un atasco tremendo —explicó—. ¿Cómo ha ido todo?
Nathan encogió los anchos hombros con autosuficiencia.
—De fábula —explicó—. Jim me ha echado una mano para solucionar el pequeño problemilla que tuve esta mañana.
El hermano de Nathan siempre tenía remedio para cualquier situación comprometida. Largos años trabajando para la Yakuza lo habían enseñado a estar preparado para lo inesperado. Imaginó los cuerpos cortados en pedazos, metidos en cubos llenos de cemento y arrojados en alta mar al fondo del océano. Solía ser el modus operandi habitual.
Un escalofrío le puso la piel de gallina. Jack se pasó la mano por el cabello desordenado.
—Ningún problema por lo que veo.
—En absoluto —dijo—. He reservado una suite en el Plaza Keio para esta noche. Corre el rumor de que Bryan está haciendo negocios con los peces gordos de la zona. ¿Podrás venir?
—Por supuesto. Tenemos que zanjar este asunto cuanto antes.
—Te recogeré a las ocho, ¿entendido?
Jack asintió.
—De acuerdo.  
Al terminar la llamada, apuró la copa de un trago. Satisfecho, avanzó hacia los ventanales panorámicos y contempló las avenidas abigarradas de Tokio: los enormes edificios, los destellos publicitarios de neón, los dragones modelados con fluorescentes y el cielo encapotado. En las calles atestadas de tráfico, los burdeles y las discotecas se daban de la mano, formando un calidoscopio de líneas punzantes; placer y consumismo para todos los públicos, fueran nativos del lugar o turistas en busca de emociones fuertes. Los transeúntes formaban un crisol de todos los colores y estilos posibles: mendigos en las esquinas, prostitutas con abrigos de piel artificial, jóvenes vestidos a la última moda, vendedores, policías, tendederos que ofrecían sus dudosas mercancías al público, ejecutivos con camisetas de cuellos almidonados. Humo, estruendo de motores, haces de luz, olor a pescado frito, eslóganes publicitarios, griterío incesante: Tokio seguía siendo la misma de siempre. Jack estudió los vehículos que avanzaban, a duras penas, por la carretera abarrotada; coches, ricksaws de tejados de bambú, limusinas, transportes públicos, carrozas tiradas por caballos. Enfrente, a través el hueco que dejaban dos rascacielos, los sampanes y los navíos mercantes, las chalupas de pescadores y los acorazados militares, se mecían sobre las olas bañadas por los últimos rayos de sol de la jornada.
Jack cerró la cortina aislándose premeditadamente de la caótica visión de la ciudad. Acto seguido, tomó una ducha rápida y se lavó los dientes; tenía la desagradable impresión de que los efluvios del exterior habían ensuciado su anatomía. Más tarde, se puso un albornoz Versace y se sirvió otro Glenffidich; disfrutaba con el lujo y la disipación que dominaban su existencia. El confort daba sentido a un universo que había sucumbido bajo los dictados de una tecnología deshumanizadora. Se encontraba nervioso: faltaba menos de una hora para que Nathan pasara a buscarle.

TERCERA PARTE

Al llegar al Hotel Plaza Keio, subimos a nuestra suite compartida y dejamos las bolsas de equipaje sobre la cama. Nathan no había querido que el botones tocara sus cosas: guardaba una remesa de MDMA capaz de tumbar a un elefante. El edificio, un imponente rascacielos blanco y ocre de 1450 habitaciones, se alzaba como un fantasma sobre los bloques de oficinas y centros comerciales de Shinjuku. Curioso, tomé asiento y ojeé el folleto informativo que descansaba sobre la mesa lacada con incrustaciones florales de nácar. 
—¿Alguna novedad? —inquirió Nathan.
—Lo de siempre —admití—. Puerto de datos con conexión a Internet 24 horas, aire acondicionado, televisión por cable con 300 canales, secador de cabello, jacuzzi, minibar, películas de pago y teléfono.
—Salgamos a tomar una copa —propuso—. Quiero ver que se cuece.
De inmediato, abandonamos la habitación y nos dirigimos a la piscina. Mientras descendíamos hacia la primera planta en un ascensor forrado de espejos, percibí que parecía un hombre de negocios: traje de tres botones Ralph Laurent, corbata Versace (con doble nudo simple), camisa blanca Calvin Klein, y cinturón y zapatos (perforados) Hugo Boss.
Nathan pareció leerme la mente.
—¿No podías haber venido un poco más informal?
Hice caso omiso a sus pullas.  
—Sabes que vas a desentonar en la fiesta, ¿verdad? —inquirió, sarcástico.
Me encogí de hombros.
—Me da igual.
Al llegar abajo, pasamos de largo la recepción, bajamos unas escaleras, avanzamos por un corto pasillo y salimos al exterior. Por el camino, nos encontramos con los invitados y clientes del hotel: jóvenes que iban de alternativos vestidos con ropas de marca, puestos de éxtasis hasta las orejas. Subproductos de la cultura del baile que había vuelto a florecer con la misma intensidad que a mediados de los noventa.
—Voy a vomitar —gruñí—. No soporto a esta gentuza.
Nathan me dio por loco.
—No seas tan duro con ellos —dijo—. Cuando hayas tomado un par de copas, cambiarás de opinión.
—Lo dudo. —Señalé a la peña que bailaba alrededor de la inmensa piscina con forma de riñón—. Pasé por todo esto cuando tenía veinte años y no me gustó.
Mi colega meneó la cabeza y añadió con sorna:
—Hablas como mi madre…
Llegamos frente a la barra y pedimos unas copas: un whisky de malta para mí y un Bloody Mary para Nathan. El DJ pinchaba un viejo tema de Trip Hop en la cabina situada entre las tumbonas de plástico y el servicio de catering. Los gorrones de turno estaban devorando los entremeses de woton con salmón, las brochetas de bambú, y los Chutney de piña delineados sobre la mesa de madera de imitación. La canción me resultaba familiar.
—¿De quién es el tema?
Mi colega vació la copa hasta la mitad.
—Massive Attack —explicó—. Angel.
—Un poco desfasado, ¿no te parece?
Nathan esbozó una mueca burlona.
—La música de hoy en día es basura —opinó—. Las industrias discográficas solo sacan productos comerciales a la calle. Seleccionan a un imbécil elegido entre miles de candidatos durante un casting. Lo visten a la moda, le dicen cómo debe cantar, y le escriben las canciones. Después, tienen unos cuantos sencillos de éxito gracias a una monstruosa campaña de promoción y se acabó. No se sabe nada de ellos al cabo de un año.
Al acabar la segunda ronda salimos al exterior. Una brisa helada corría entre las palmeras y los jardines artificiales. Una treintena de hombres y mujeres danzaban delante de la cabina del DJ como muñecos de resorte tirados por hilos invisibles. Dentro, inclinado sobre los platos, un pavo ataviado con ropas holgadas y un gorro con los colores de la bandera de Jamaica, animaba a los capullos que flipaban con su bazofia. El tema en cuestión era Livin' On A Prayer de Bon Jovi.
Nathan masculló:
—Como se atreva a pinchar a Bob Marley te juro que le pego un tiro.
Ambos detestábamos la música reggae con todas nuestras fuerzas: paz y amor, legalización de la marihuana, política y religión; temas para fracasados escritos por fumetas perdedores. Flotar en una nube de euforia causada por hierba de mala calidad no era nuestro estilo. El hedor, seco y áspero de la marihuana, flotaba por toda la piscina.
—¿Entramos? —propuso mi colega—. Justine acaba de enviarme un Whatsapp. Está en el interior del hotel.   
Justo en aquel momento, las primeras notas de No Woman, No Cry de Vincent Ford, versionada por Bob Marley And The Wailers llegaron a nuestros oídos. Un griterío alborozado y ensordecedor afloró de los bailarines. Nathan temblaba a mi costado, furioso, con los ojos abiertos como platos.
—No lo puedo creer —susurré al borde de la desesperación—. Es imposible…  
—No perdamos el tiempo —insistió Nathan—. Larguémonos.
De vuelta al ascensor, nos tropezamos con una pareja conocida, que caminaba cogida de la mano. Justine había adelgazado y tenía un moreno que le quedaba bastante bien. Llevaba unas Ray Ban polarizadas, camisa Dolce & Gabanna, falda vaquera Emilio Pucci, sandalias Vogue y un bolso Emporio Armani. Se había cortado el pelo y parecía completamente distinta.
—Hola, Nathan —saludó—. ¿Qué tal estás?
Mi colega fue directo al grano:
—¿Dónde puedo encontrar a Bryan?
Como de costumbre, Noel se mostraba tan incómodo como cada vez que se encontraba con Nathan; tenía la impresión de que le consideraba una especie de competidor o algo por el estilo. Éste vestía un polo Burberry, pantalón Paul Smith, y zapatillas Prada Sport. No había abierto la boca y tampoco pensaba hacerlo. No olvidaba que su mujer y mi amigo fueron amantes hacía tiempo. Justine, con sus contactos e influencias, lo puso en la órbita de los richachones de Japón. Esta no le quitaba los ojos de encima, llena de admiración por el buen aspecto físico que presentaba. Para mis adentros, tuve la certeza de que continuaba enamorada de Nathan. 
—En el Atom Tokyo Club sobre las doce de la noche. Tiene negocios que atender.
Mi colega esbozó una enorme sonrisa.
—Gracias, Justine.
—Ten cuidado, Nathan.
Este le dio un cálido beso en la mejilla.
—Nos vemos, cielo. Gracias otra vez.
Ignoró a Noel y se volvió hacia mí. Su rostro se había endurecido. En la suite, Nathan abrió la bolsa de viaje y sacó dos pastillas: una cara manga aparecía dibujada en uno de los laterales. Abrí el minibar y me serví un generoso Glenlivet con tres piedras de hielo.
—Nunca entenderé porqué se casó con ese subnormal —rezongó—. El tiempo que estuvimos juntos nos fue muy bien. ¡Te juro que tuve ganas de partirle la cara al muy cretino!
No me extrañaba; Noel era imbécil por naturaleza. Nathan me quitó la copa de las manos y bebió un sorbo para bajar el MDMA. Ahora estaba preparado para lo que tenía que hacer.
—¿Qué hacemos? —pregunté mientras ingería una pastilla—. ¿Vamos a por Bryan directamente?
—Faltan unas horas para las doce. Demos otra vuelta hasta que nos suba el tema, ¿te parece bien?
—Sí. 
Treinta minutos más tarde, estábamos en la zona vip del rascacielos, sentados alrededor de una mesa de granito de Bando con patas de aluminio. En frente, un centenar de personas de todos los sexos y nacionalidades del planeta bailaban al ritmo de la música: una mala mezcolanza de Gagaku contemporáneo, Bossa Nova, Jungle, Northern Soul y Big Beat. Los temas, sin orden ni concierto, saltaban de los colosales altavoces Marshall y se deslizaban por la pista abarrotada, haciendo retumbar las paredes. El MDMA había hecho efecto, me encontraba en un estado puramente contemplativo, con los sentidos despiertos y amodorrados por la cresta ascendente de la metilendioximetanfetamina. La mandanga, como de costumbre, era una maravilla. Nathan podía presumir de ser el mejor camello de Tokio y con diferencia.
—¿Dónde pillaste el material? —pregunté.
—Me lo pasó mi contacto de Nueva York. ¿Te gusta?
—Le doy un diez.
Luces estroboscópicas y haces de niebla artificial cubrieron la pista de baile. El frenesí colectivo se acrecentó, según las drogas, el alcohol y la intensidad de la atmósfera sobrecargada aumentaba por momentos. Tuve la impresión de que me encontraba ante hileras de estatuas de hielo, ralentizadas y congeladas en movimientos programados, siluetas de origami que buscaban con desesperación un atisbo de olvido entre la neurosis multitudinaria. Inhalé una bocanada de aire y me miré las palmas de las manos: cada línea impresa sobre la carne me resultaba tan ancha como una autopista transcontinental. Nathan comprobó su Rolex y se puso en pie.  
—Hora de marcharnos —dijo—. Será un trabajo fácil.
Asentí.
—De acuerdo. 

CUARTA PARTE

 «Será un trabajo fácil»…
Las palabras de Nathan regresaron a su memoria cuando salieron del brillante BMW negro metalizado con todos los accesorios correspondientes: llantas de aleación ligera, volante deportivo multifunción, motor diesel, sistema de navegación Steptronic, cambio automático de seis velocidades, manecillas del color de la carrocería, ochocientos caballos, equipo de música Toshiba. Una hermosa obra maestra de la tecnología alemana, regalo de un turbio magnate nipón que le debía ciertos favores. Como de costumbre, Nathan guardó silencio al respecto; su discreción significaba que no se molestara en hacerle preguntas. Ambos sabían que en aquellos tiempos agitados, la ignorancia era una virtud que escaseaba.
El portero les permitió pasar al interior de la discoteca. Se ahorraron la cola interminable que llenaba la calle y dejaron atrás el conglomerado de luces de la ciudad. Tokio parecía un panel de abejas: 23 barrios, 8.340.000 habitantes, 14.000 personas por kilómetro cuadrado, 1.894 horas de sol anuales, producto interior bruto de 1.315 billones de yens. Sin percibirlo, cifras técnicas invadieron la cabeza de Jack. Llevaba demasiado tiempo en Shinjuku, evaluando a competidores de bolsa en despachos insonorizados, mientras el sol se hundía en el Océano Pacífico.
Nathan avanzaba entre la multitud, balanceando los hombros con arrogancia, como una imagen de cómic de Jiro Tanigu-chi. Jamás pertenecería a los niños ricos que atestaban el local; su nihilismo no le permitía abrazar las consignas de lo políticamente correcto. Su vestimenta obligó a sonreír a Jack: chaqueta de cuero roja, camiseta Nike, gastados Levi’s negros, botas militares de caña alta con remaches de acero y omnipresentes gafas de sol Imatra talla XXL oscuras. Jack entornó los ojos, las luces estroboscópicas herían sus retinas. Se encontraba rodeado de riqueza: Calvin Klein, Gucci, Versace, Hugo Boss, Dolce & Gabbana, Ralph Laurent, Prada y Tommy Hilfiger. Ensordecido por los altavoces Sony colocados en los cuatro puntos cardinales, Nathan ignoró los carteles de prohibido fumar y prendió un Marlboro Light con un Zippo de oro. El DJ pinchaba viejos discos de Big Beat en la cabina, el volumen del tema era insoportable, probablemente una canción de los Chemical Brothers, Prodigy, Fatboy Slim, Propellerheads, Apollo 440 u Orbital.
Un arma hubiera aportado seguridad a Jack. Una Beretta 9.000 sería perfecta: calibre de 9 mm, doble acción, 168 mm de largo, cañón de 88 mm, seguro ambidiestro, armazón de polímero, 780 gramos de peso. Procuró pegarse a Nathan y lo siguió a través de la pista de baile, fascinado por los efectos que bañaban a los clientes: filtros de colores, luces de policía, destellos de niebla artificial. Con las manos en los bolsillos de la americana, contempló a los maniquís que oscilaban alrededor de su figura con movimientos ralentizados, irreales. Parecían cuadros de Edward Hooper en el siglo XXI: muestras de la sofisticación que absorbía el presente y borraba los recuerdos del milenio anterior. Nathan se detuvo y señaló el escenario: una mueca burlona le iluminó el rostro bronceado por los UVA de la MegaSun 4000 Super. Distraído, miró a las gogós que descendían desde el techo, deslizándose boca abajo por los tubos metálicos, uniformadas con botas de piel de serpiente, escasa ropa interior y máscaras de jugadores de hockey sobre hielo. Frenéticas, las mujeres danzaban en torno a las barras, ofrecían sus encantos al público con los cuerpos sudorosos bañados de aceite solar.
Nathan continuó adelante sin molestarse en esperarle; tenían trabajo que hacer. Inconscientemente, Jack envidió el físico que había conseguido durante los últimos meses. Las horas de gimnasio resultaban efectivas, sus abdominales, bíceps, tríceps, piernas, antebrazos, hombros y pectorales estaban esculpidos en mármol, endurecidos por horas de ejercicios sin necesidad de esteroides. Torcieron a la derecha y bajaron una rampa bordeada por parejas, los cócteles de diseño eran de ciencia ficción: Alexander, Dry Martini, Bloody Mary, Havana Planters, Upper-Cut, Long Island. Las bebidas no le impresionaron, solo le gustaba el whisky de malta; ciertas costumbres eran difíciles de romper. El consumismo exacerbado de la multitud lo asqueó. Suerte que Nathan le había abierto los ojos al respecto, estaba por encima de aquellos esnobs. Su colega detuvo a un portero, le susurró unas palabras en la oreja, y le pasó unos billetes sin llamar la atención. El gigante asintió, estaba a punto de reventar el esmoquin, sus abultados músculos apretaban la tela. Demasiados wisterols, en breve no podría ni tener una erección. Terreno libre: su objetivo les esperaba; no podían perder el tiempo. La lista Saturn de suplementos alimenticios que tomaba Nathan volvió a su mente: Amino Acid, C-1000 Complex, Join Aid, Mineral-Active y Tribex; estaba seguro que el gorila consumía los mismos nutricionales.
Al abandonar el piso superior, descendieron unas escaleras en espiral y se dirigieron a los lavabos. Nathan se hizo a un lado con fingida amabilidad, permitió pasar a un japonés borracho y le birló la cartera del bolsillo trasero de los pantalones. Incómodo, visualizó su traje Ralph Laurent de lana color gris, corte francés, talla cuarenta, de solapas estrechas, idéntico al suyo, con cierto desdén. Nathan rio, sardónico, al adivinar sus pensamientos. Sacó un fajo de yens de la Salvatore Ferragamo y la arrojó al suelo.
—Te han copiado el modelo, hermano.
Faltaba poco para llegar. La adrenalina acrecentó su sistema nervioso simpático, disparó las reservas de glucógeno hepático, aumentó la presión arterial y le bombeó el corazón a mil por hora. Tenía la boca seca, pupilas dilatadas, manos sudorosas y ritmo cardíaco en cien pulsaciones por minuto. Nathan parecía tranquilo. Sus palabras aún latían en su subconsciente; un mantra que no le aportaba la seguridad que necesitaba.
«Será un trabajo fácil»…
Se despreocupó y aceptó el momento actual. La venganza es un néctar que se servía frío. La ecuación era sencilla: comprar material de primera calidad, cortar la mercancía, venderla a terceros que quieren drogarse y cobrar por sus servicios, veinte por ciento de interés incluido. En aquel momento descubrió que la zona vip era cliente de su amigo. En caso contrario, lo hubieran echado a la calle por no llevar un maldito traje de marca. A veces las influencias son beneficiosas. Nathan era el camello del momento en Tokio: anfetaminas, cocaína apenas cortada, MDMA con dibujos manga en una de las caras, heroína cubana de las montañas de Nipe-Sagua-Baracoa, morfina industrial, opio chino, setas alucinógenas, benzodiacepinas, LSD y cannabis jamaicano, eran su especialidad. La clientela que les compraba era nutrida, variada, y forrada de pasta, que ingería drogas para escapar del tedio que invadía sus existencias.

And you open the door and you step inside
We're inside our hearts
Now imagine your pain as a white ball of healing light
That’s right
Your pain, the pain of self is a white ball of healing light
I don’t think so... [1]

Nathan desenfundó la navaja Jester: 112 mm de longitud, 15’7 gramos, hoja de acero AUS-6 y mango negro de fibra de vidrio reforzado con nylon. El acero absorbió la luz de su entorno y anticipó una promesa de muerte. Entraron de golpe en los servicios y asustaron a su objetivo. Bryan se encontraba inhalando una línea de cocaína. Nathan le golpeó la cabeza, el tubo de platino se le hundió en la nariz, haciendo que lanzara un espantoso aullido de dolor. Jack cerró la puerta para evitar interrupciones. Tenía que ser una operación limpia; daría ejemplo aquellos que no quisieran pagar.
—¡Nathan! —berreó el negro—. ¡No me hagas daño!
Sus ojos estaban llenos de lágrimas. El Armani color beige de tres botones empapado de sangre. No podía escapar de su destino: los 30.000 mil yens que les debía, junto a la escoria que había enviado a por su colega aquella misma mañana, significaban su certificado de muerte.      
—¡Tengo tu guita! —gritó—. ¡Te pagaré!
Nathan ignoró sus palabras.
—Demasiado tarde, Bryan.
Rápidamente, lo arrinconó contra la pared, con la Jester levantada. Una estela carmesí manchó el espejo. Su rostro quedó dividido en dos: la hoja afilada creó una segunda sonrisa y mostró los dientes perfectos. Bryan levantó las manos y bramó como un cerdo. Nathan lo derribó, la patada lo hizo vomitar; sus entrañas ensuciaron las baldosas impolutas.
—¡Nathan! —suplicó a duras penas—. ¡Por el amor de Dios!
Nathan se inclinó sobre el negro y le clavó una rodilla en el esternón, inmovilizándolo. La navaja se hundió en su ojo izquierdo; el globo ocular seccionado saltó de la órbita y supuró un desagradable líquido carmesí. El segundo tajo le abrió las fosas nasales. Jack Tuvo que apartar la mirada; la mezcla de nieve, mucosa nasal y sangre le revolvió el estómago. Bryan chilló, un círculo de orina cubrió su entrepierna, demandando un auxilio que nunca recibiría. Bajo los efectos del éxtasis, la violencia del acto le resultó excitante, mientras Nathan desfiguraba a su víctima, convirtiendo su rostro en picadillo.
«Será un trabajo fácil»…
Segundos después, todo terminó; las deudas estaban saldadas. El negro fue incapaz de resistir el terrible castigo y se desvaneció en la inconsciencia. Satisfecho, Nathan encendió un pitillo y comprobó su ropa, que milagrosamente estaba intacta; la carnicería ni siquiera lo había rozado.
—¿Lo has grabado?
—Claro.
De manera automática, guardó el Nokia 9 PureView con procesador Snapdragon 845, 128GB de almacenamiento y cinco cámaras traseras de 12 megapíxeles, con manos temblorosas. El dantesco espectáculo, al ser colgado en Internet, llegaría a recibir la respetable cifra de dos millones de visitas en menos de 24 horas. Aunque era una opción arriesgada airear los trapos sucios, daría de que hablar a la competencia y, lo más importante, disuadiría a posibles gorrones.  
Bryan se desangraba, su rostro era una masa desecha; la cirugía no podría reconstruir los daños irreparables ocasionados por los navajazos. Frankenstein, en comparación, sería el supermodelo masculino del año. Su colega escupió sobre el cuerpo inerte.
—Hasta nunca, Narciso —masculló burlonamente. 
Hora de desaparecer del mapa; la bofia podía aparecer cuando menos lo esperaran. Estaban en paz; aquel desgraciado no volvería a joder a nadie.



[1] “This Is Your Life (Feat. Tyler Durden)”, Dust Brothers (Restless Records, 1999).