jueves, julio 30, 2026

«EL MODERNO PROMETEO», PUBLICADO EN RELATOS FANTÁSTICOS

Vosotros que aquí entráis, abandonad toda esperanza.

Dante

 

Nueva York, 31 de agosto de 1892

Regresar a mi laboratorio después de los desgraciados sucesos de las últimas semanas me ha producido un placer difícil de describir con palabras. No puedo negarlo: extrañaba las bobinas, los enormes generadores y las lámparas tubulares que, más que instrumentos útiles para mis investigaciones, parecen una extensión de mi propia fisonomía. Por primera vez desde el fallecimiento de mi madre, el dolor de la pérdida se había convertido en algo soportable; me encontraba listo para volver al trabajo.

Durante una hora, a través de los ventanales, contemplé las viviendas de la Quinta Avenida que rodeaban la Tesla Electric Company. Aunque me encontraba exhausto por el largo viaje, ardía en deseos de poner manos a la obra. Mi querida amiga Katharine me había enviado una carta rogándome que pasara a visitarla en cuanto el Augusta Victoria fondeara en el puerto de Nueva York. Nada me hubiera gustado más que complacerla, pero tuve que declinar su amable oferta: el deber es el deber.

Nunca, ni siquiera durante mi infancia, he logrado refrenar el fuego devorador que me roe las entrañas; la necesidad de crear todo aquello que pasa por mi imaginación. Por mucho que trabaje, por muchas horas que dedique a mis proyectos, jamás son suficientes. Mis ideas —que muchos colegas de profesión envidiosos tachan de descabelladas— son tan intensas que me obligan a crear majestuosos inventos capaces de transformar el porvenir de la humanidad. Me asaltan a todas horas, sin misericordia, de tal forma que apenas me permiten conciliar el sueño. Aquella era mi vida y no deseaba perderla por nada del mundo.

Bastantes trabajos mediocres, indignos de mis capacidades, había tenido que desempeñar para ganarme el sustento. Afortunadamente, desde que logré escapar de las garras de Edison, la fortuna se había puesto de mi parte. No pensaba desempeñar labores denigrantes, como trabajar en el ferrocarril, en minas de carbón, en fábricas o cuidando ganado; antes hubiera preferido regresar a Croacia para dedicarme en cuerpo y alma a una vida eclesiástica, tal como siempre fue el deseo de mi padre.

Recorrí el taller contando mis pasos, tal como es mi costumbre, mientras me familiarizaba de nuevo con la maquinaria industrial cubierta de polvo. A la mañana siguiente, a primera hora, tendría que ordenar a mi ayudante que limpiara la nave a conciencia. Me es imposible dar lo mejor de mí mismo en un ambiente inadecuado; el orden y la pulcritud son esenciales en la vida de cualquier científico.

Inesperadamente, tropecé con el ejemplar de Ensayo sobre las costumbres de Voltaire que Mark Twain me había prestado hacía más de un año. Una amplia sonrisa cruzó mis labios al recordar que, durante mi juventud, mientras estudiaba en la Escuela Politécnica de Graz, había leído todas las obras del filósofo. ¡Una tarea nada sencilla para un joven de diecinueve años! Por desgracia, tendría que continuar aplazando la lectura de aquel volumen; no tenía tiempo que perder en placeres intelectuales.

Nueva York, 22 de septiembre de 1892 

Me encuentro tan agotado que apenas puedo escribir estas notas. Durante las últimas semanas he trabajado día y noche en mi sistema polifásico de corriente alterna. Me duele la cabeza espantosamente; tengo la sensación de que el zumbido de los motores terminará perforándome el cráneo. El mundo invisible de las moléculas y los átomos se niega a ser dominado. Es necesaria una fuerza de voluntad férrea, interminables horas de estudio y experimentos incesantes para conducir mis investigaciones a buen puerto.

Las lámparas sin cables, alimentadas por generadores de alta frecuencia de mi invención, simbolizan la línea que quiero seguir en mis investigaciones. Si Anteo sacaba su fuerza de la tierra, ¿por qué yo no habría de hacer lo mismo? Ondas luminosas, partículas de carbono, emisiones de electrones, moléculas de aire, campos magnéticos y oscilaciones eléctricas. Todo destella delante de mis ojos sin aportarme resultados tangibles. Furioso, me mordería los puños hasta que brotara la sangre. ¡Tengo la solución delante de las narices y soy incapaz de encontrarla!

Al mediodía, después de un ligero almuerzo, salí a dar un paseo por los alrededores para despejarme. Las calles de Bleecker Street, grises y apagadas, estaban cubiertas de nieve. Apático, me detuve en un parque, observando el cielo oculto tras densas nubes negras. ¿Por qué las capas superiores de la atmósfera impedían la transmisión de la energía eléctrica? Aquel era mi sueño, la obsesión que guiaba todos mis esfuerzos: transmitir electricidad sin necesidad de cableado.

En el edificio de enfrente, una vieja iglesia anglicana, distinguí unas palomas en lo alto del campanario. Lamenté no llevar alpiste en los bolsillos; siempre me ha agradado alimentar a aquellas pequeñas criaturas aladas.

Al regresar al laboratorio, me centré en el problema que había acaparado mis energías desde que volví a Nueva York: la necesidad de crear un transformador diminuto y compacto que me permitiera controlar una tensión de un millón de voltios. Cuando lo consiga —sin duda, tarde o temprano, alcanzaré mi objetivo—, estaré por delante de todos mis competidores; los mismos que, con sus prejuicios, su mala publicidad y sus campañas difamatorias, habían hecho lo imposible por hundir mi carrera.

Siempre he tenido mala suerte con las patentes y las bonificaciones. Muchos individuos, por llamarlos de algún modo, que se consideraban hombres de palabra, me estafaron apropiándose de mis ideas y descubrimientos. Evidentemente, no pienso permitir que vuelva a suceder.

Nueva York, 14 de octubre de 1892 

Me he involucrado demasiado en este proyecto; me encuentro física y psicológicamente exhausto. Tengo la terrible impresión de que, como continúe por el mismo camino, me sobrevendrá otra crisis nerviosa. Debería preocuparme más por mi salud; de lo contrario, la naturaleza terminará pasándome factura.

Los trabajos de James Clerk Maxwell sobre los campos de oscilaciones electromagnéticas situados por encima del espectro visual no tienen nada que hacer al lado de mis recientes descubrimientos. He encontrado la respuesta a muchos enigmas pero, como de costumbre, han surgido nuevas incógnitas que demandan una solución. Para bien o para mal, el eterno problema de la ciencia es que siempre habrá horizontes desconocidos por conquistar.

Al atardecer, mientras disfruto de una merecida media hora de descanso junto a un vaso de leche tibia, Czito me trae los periódicos de la semana. Han escrito artículos halagadores sobre mi trabajo en el New York Times, The Press, Electrical Review, New York Herald, Public Opinion y Electrical Journal. El mundo me considera un genio, un profeta adelantado a su tiempo, un visionario… ¡De estar en mi pellejo no opinarían lo mismo!

A diferencia de otros colegas de profesión, siempre me ha gustado tener de mi parte a periodistas, escritores y directores de publicaciones especializadas. Los medios, siempre que les aportes titulares sustanciosos, son fáciles de encandilar. Basta con proporcionarles un poco de espectáculo para que coman de tu mano. Podía considerarme afortunado por contar con tantos hombres de letras dispuestos a defender mi causa.

En cambio, los peces gordos de Wall Street, aparte de querer recuperar su inversión lo antes posible, niegan que la corriente alterna sea más efectiva que la corriente continua. Por mucho que intente explicarles que los grandes descubrimientos precisan paciencia y tiempo, no les entra en la sesera que un proyecto científico suele tardar años en dar frutos; todos los empresarios y magnates financieros son iguales.

Aunque sea un maestro de las matemáticas, capaz de realizar complejas ecuaciones de cabeza, siempre calculo mal los plazos y los costes de mis investigaciones. No puedo negar que tener que codearme con los miembros de la alta sociedad, con los ricachones que han amasado sus fortunas explotando a los más débiles, me produce una profunda aversión. Aprecio demasiado mi libertad para venderla al mejor postor, sea cual sea la suma.

En el hotel Waldorf-Astoria se dan cita todas las luminarias económicas del momento: Rockefeller, Morgan, Harriman y los Vanderbilt. No soporto a esos capitostes podridos de dinero, con sus puros y trajes caros, que solo hablan de acciones, dividendos y beneficios. Desgraciadamente, la ciencia exige grandes sacrificios; debo relacionarme con ellos para conseguir fondos llevar adelante mis proyectos.

Esta noche tengo una cita en el Players' Club con Mark Twain. No me apetece abandonar mi trabajo pero, finalmente, he decidido ceder a sus ruegos para disfrutar de una velada juntos. Antes de salir a la calle, reviso mi indumentaria: una levita Príncipe Alberto, un sombrero hongo, un traje de buen corte, un pañuelo de seda blanca, una camisa de cuello duro, corbata y guantes de piel de cabritilla. Me gusta pensar que soy el individuo mejor vestido de la Quinta Avenida.

Antes de abandonar el taller, hice notar a mi ayudante que, como siguiera engordando, me vería obligado a despedirlo. La gente obesa me causa un rechazo indescriptible.

Nueva York, 3 de noviembre de 1892 

Acabo de sufrir una pesadilla espantosa. Resplandores azulados, fogonazos eléctricos, visiones deformes, arcos de luz, puntos verdes, líneas perpendiculares doradas… Acarreo esta maldición desde que era niño; a pesar del paso del tiempo, nada ha cambiado. Nuevamente, he soñado con la muerte de mi hermano. En mi pesadilla, cae una y otra vez por unas escaleras sumidas en la penumbra. Este sueño en particular me atormenta desde que tenía ocho años.

A veces tengo la sensación de que estuve involucrado de algún modo en el fallecimiento de Daniel. Como es lógico, cuando me encuentro en mi laboratorio, seducido por los misterios de la corriente alterna, estos pensamientos me resultan ridículos. Ahora, en la soledad de mi dormitorio, no ceso de dar vueltas a tan sombrías especulaciones.

En el exterior, la nieve cubre las calles de Manhattan y repiquetea contra las ventanas cerradas. Puede que, en un futuro próximo, gracias a la electricidad, logre controlar los elementos. El motor de inducción era la clave para conseguir aquella hazaña, que muchos daban por imposible, pero hasta que no construyera uno lo bastante potente, mi teoría jamás abandonaría el terreno de la especulación.

Un zumbido molesto y pertinaz me despertó. Frenético, encendí la lámpara situada sobre la mesa de noche. Al fondo de la habitación, oculta en la negrura, volaba una mosca. Aunque el resplandor de la luz apenas alcanzaba la puerta, la presencia del insecto me resultaba tan nítida como si el sol brillara en el firmamento. Aquella era otra maldición con la que tenía que convivir: mis sentidos estaban hiperdesarrollados, hasta límites sobrehumanos. Era capaz de escuchar la caída de un rayo a más de seiscientos kilómetros de distancia.

La imagen de mi hermano sigue ocupando mis pensamientos, por mucho que intente apartarla. Recuerdo su rostro pálido, el cabello negro y ensortijado, los miembros robustos y elegantes. Daniel siempre fue el favorito de mi padre. Puede que por ello, para suplir su ausencia, tuviera que esforzarme por ser el mejor en todo. Mis estudios de ingeniería mecánica y física demostraron que poseía un talento desconocido en mi familia; logré terminarlos con un año de antelación.

Hermano… Siempre me he preguntado si, en cierta forma, te debo todo lo que he conseguido. Tu recuerdo me impulsó a destacar, a cultivar mi mente, a creer en las ideas que forjaba en mi cerebro. Es posible que, si no hubieras muerto tan joven, hubiera sido un individuo débil y caprichoso durante toda mi vida.

Lo cierto era que tenía motivos de sobra para sentirme satisfecho. Había llegado a Estados Unidos con cuatro centavos en el bolsillo y una carta de recomendación. Solo contaba con mi disciplina y mi talento para la mecánica para abrirme paso en la tierra de las oportunidades. Pese a algunos patinazos, logré ascender en la escala social hasta convertirme en uno de los científicos más reputados del mundo. Mis conferencias despertaron la curiosidad y la admiración de miles de personas, aunque también suscitaron rivalidades y antipatías entre quienes no soportaban que hubiera alcanzado el éxito en tan poco tiempo. El mundo solo respeta a quienes triunfan; los perdedores quedan relegados al olvido. Tenía un destino que cumplir y estaba dispuesto a afrontar cualquier adversidad que surgiera en mi camino: abrir una nueva era de luz y conocimiento para el género humano.

Finalmente, me incorporé de un salto y aplasté a la mosca con un periódico. Su cadáver cayó al suelo y quedó inmóvil. Envolví el insecto en un pañuelo y lo arrojé a la basura. Sabía que el sueño tardaría en regresar. Una idea rondaba insistentemente mi cabeza: la construcción de una torre capaz de almacenar la energía necesaria para iluminar ciudades.

Metódico, empecé a diseñar los primeros bocetos de aquel titánico proyecto. Los demonios del pasado desaparecieron en un rincón remoto de mi subconsciente; volvía a estar en paz conmigo mismo. Me esperaba una larga noche de trabajo.

Nueva York, 7 de diciembre de 1892

Arquímedes siempre ha sido mi modelo a seguir. Cuando pienso que, en aquella época, sin ninguna clase de tecnología como la que tenemos en los tiempos modernos, pudo realizar semejantes descubrimientos, me quito el sombrero. Los grandes individuos adelantados a su tiempo sirven de inspiración a las generaciones venideras.

Hace meses, un reputado físico me recomendó que me centrara en un solo proyecto, que no intentara abarcar todas las ramas de la ciencia con mis investigaciones. ¡Nada me gustaría más que seguir su consejo! Las ideas se agolpan en mi mente todos los días de la semana, haciendo imposible que me dedique a un único trabajo. La ingeniería es un terreno fascinante; llena mi existencia de tal modo que nada más tiene importancia: las frivolidades sociales, mi rostro en las portadas de los diarios, compartir opiniones con otros científicos o las cenas en restaurantes de lujo… De poder prescindir de todo ello, lo haría sin vacilar un instante.

La gente nunca ha comprendido que me entregue de forma completa y absoluta a mi trabajo. Es necesario que dedique toda mi concentración, toda mi fuerza de voluntad y todo mi tiempo libre a mis investigaciones. De tener un lema que me definiera como persona, sin duda alguna sería causa y efecto. Mi desbordante imaginación siempre encuentra un camino entre las dificultades. Exijo conclusiones, hechos prácticos, construir poderosos transmisores de alta frecuencia para alterar las condiciones climáticas, estar un paso por delante de la competencia... ¿Qué otra cosa puedo hacer, excepto dedicar cada minuto de la jornada a mis ambiciosos planes? Por ello apenas me relaciono con mis semejantes; la ciencia es una amante egoísta.

Por fortuna, cuento con fondos suficientes para cubrir los gastos ocasionados por los materiales que utilizo para la bobina de transmisión sin aspas en la que llevo trabajando desde septiembre. El señor Westinghouse es mi principal benefactor; generoso y dedicado, confía en que, cuando termine este proyecto, ambos alcanzaremos la gloria económica. Nunca le agradeceré lo suficiente que confiara en mí, en las posibilidades de la corriente alterna, cuando otros inversores me cerraron la puerta en las narices.

La desleal campaña de la Edison Company, alertando al público sobre los «supuestos» peligros que entrañaba aquella forma de energía, había calado hondo en todas las esferas de la sociedad. ¿Por qué no fui consciente de sus malas intenciones desde el principio? Edison es un charlatán de la peor especie, un oportunista que se aprovecha del trabajo de sus subordinados. No tiene honor, ni principios, ni ética de ningún tipo.

Aún me duele recordar que, después de mejorar sus malditos generadores durante un año, cuando terminé mi labor con éxito, se negó a pagarme la suma que habíamos acordado, alegando que «había aprendido muy poco del humor norteamericano». Peor aún, aparte de haberse reído en mi cara, me ofreció subirme el sueldo diez dólares para «compensarme». Naturalmente, presenté mi dimisión de inmediato. Aquel maldito estafador no merecía otra cosa.

Nueva York, 29 de diciembre de 1892

Falta poco para que termine el año. Haciendo balance de mi trabajo, debo reconocer que ha salido mejor de lo que esperaba. Mis investigaciones han dado frutos positivos: la bobina de inducción, que ha ocupado todos mis esfuerzos durante los últimos meses, será capaz de alcanzar los cuatro millones de voltios. Nadie, excepto mi ayudante, está al corriente de mis progresos. Aunque solo sea un prototipo, confío en que funcione correctamente. Hasta la fecha, excluyendo unos pocos experimentos, todas las máquinas que he fabricado han resultado operativas.

Esta mañana, mientras me afeitaba, percibí que el mechón de pelo blanco que me salió a principios de febrero había desaparecido. Más tarde, mientras un carruaje me llevaba al laboratorio, comprendí que había superado la muerte de mi madre. El mechón, junto con una crisis de amnesia, fueron los primeros síntomas de que algo no iba bien. Me temo que nunca sabré cómo pude intuir que se encontraba enferma. Por ello, aunque me costó horrores abandonar el taller, partí hacia Europa en cuanto me fue posible.

Mi conferencia ante los miembros de la Institution of Electrical Engineers de Londres fue un éxito absoluto. Como pude comprobar, los británicos demostraban una mentalidad mucho más abierta que mis compatriotas norteamericanos. Al día siguiente me dirigí a París, donde pronuncié dos nuevos coloquios ante los miembros de la Société Internationale des Électriciens y la Société Française de Physique; la visión de mis lámparas electrónicas dejó a los franceses con la boca abierta.

Entonces, en el Hôtel de la Paix, reviví en mis propias carnes el sueño que me había arrastrado hasta el Viejo Continente: un mensajero me entregó un telegrama anunciándome que a mi madre le quedaba poco tiempo de vida. De inmediato, pese al cansancio que apenas me permitía mantenerme en pie, tomé un tren hacia Croacia. Tuve suerte: aquella tarde pasé unas horas a su lado antes de que expirara.

Por la noche tuve visiones: rostros angelicales, nubes resplandecientes, música celestial… Al abrir los ojos, supe con absoluta certeza que había muerto; la intuición resultó acertada.

Mientras atravieso la puerta de la nave, recuerdo con ternura que mi madre tenía un talento excepcional para la invención. Lástima que, por las circunstancias de la época, su entorno y la educación que recibió, no pudiera desarrollar plenamente sus aptitudes. De haber nacido lejos de Europa, en una ciudad como Nueva York, la gloria y la fortuna habrían llamado a su puerta. Por desgracia, sus responsabilidades familiares la obligaron a ser esposa y madre, como tantas otras mujeres. La vida suele reservar un destino cruel a muchas personas dotadas de un talento extraordinario. Interiormente, volví a prometerme que, a través de mis descubrimientos, haría justicia a su memoria.

Nueva York, 8 de enero de 1893 

La electricidad es la clave de todos los progresos. Imagino un mundo futuro en el que la corriente alterna circule gratuitamente hacia todos los hogares sin cables engorrosos que le impongan ataduras. Imagino terrenos desiertos bañados por la lluvia gracias a transmisores de frecuencia amplificada capaces de alterar las condiciones meteorológicas. Imagino lámparas fluorescentes que permitan analizar el interior del cuerpo humano con absoluta precisión. Imagino comunicaciones inalámbricas que lleguen a cualquier lugar del planeta. Imagino «autómatas mecánicos» que ejecuten los trabajos tediosos que el ser humano está obligado a realizar.

Tengo la esperanza de cumplir mis sueños en poco tiempo. Exijo resultados positivos cuanto antes. Me resulta imposible creer que, por una simple casualidad, cualquiera de mis experimentos funcione. Siempre he pensado que el éxito se basa en un noventa por ciento de trabajo duro y un diez por ciento de inspiración. Las matemáticas son incuestionables; en el mundo de la ciencia solo existe el rigor.

Por ello procuro apartar de mi vida todo aquello que resulte ajeno a mis proyectos. Perder el tiempo con trivialidades me resulta aborrecible. ¿Quién necesita casarse o formar una familia para ser feliz? La sola idea de tocar el cabello de una mujer me repele. Puede que por ello los individuos que han aportado grandes descubrimientos al mundo estén casados con su trabajo.

Me encuentro tan agotado… Paso de la euforia a la tristeza con una velocidad de vértigo. Me obligo a alimentarme casi a diario. Veinticuatro horas no resultan suficientes para mis ambiciones. Para que el día me resultara rentable necesitaría, como mínimo, treinta y seis horas. ¡Cuando pienso en todo lo que podría haber hecho mientras dormía, me dan ganas de arrancarme el bigote! Por desgracia, el cuerpo humano es una herramienta que necesita cobijo y descanso. La mente, en cambio, desde que deja de utilizarse, se pudre como los alimentos expuestos a la intemperie. Por ello siempre estoy inmerso en profundas especulaciones científicas; deseo conservar la prodigiosa memoria que me caracteriza.

La bobina polifásica avanza a buen ritmo. De hecho, si mis planes salen según lo previsto, a principios de febrero podré probarla. Esa idea hace que redoble mis esfuerzos con todo el ahínco que aún me queda. Ardo en deseos de pasar de la teoría a la práctica.

Anoche soñé que lograba encender una batería de luces fluorescentes sin utilizar cables de ninguna clase. Cuando desperté, me sentía tan feliz como si lo hubiera conseguido de verdad. Al llegar al laboratorio, mis ilusiones se hicieron añicos; el condensador continuaba a medio terminar. El tamaño del motor me había obligado a modificar las dimensiones originales hasta alcanzar los nueve metros de largo, seis de ancho y tres de altura. Nunca había construido un aparato tan descomunal; el temor y el orgullo se dan la mano en mi interior de una forma turbadora.

Nueva York, 30 de enero de 1893 

Son las cuatro de la madrugada pasadas. La negrura cubre la ciudad con su manto; prefiero evitar que los vecinos vuelvan a quejarse a la policía por los fogonazos que escapan de las bobinas. Esta prueba es demasiado importante; por ello he de hacerla solo. Czito sería un estorbo de encontrarse presente.

Cauteloso, me he tapado los oídos con algodón y calzo zapatos con suelas de corcho. En un extremo de la nave descansa un generador de alta frecuencia. He aislado las piezas polares del equipo con trapos impregnados de aceite; los conductores trenzados reducirán la resistencia de las bobinas. La separación entre los conductores y su correcto aislamiento evitarán cualquier interrupción en el suministro de energía. El motor principal es una dinamo monocilíndrica, impulsada por aire comprimido.

En el centro del laboratorio, sobre una plataforma de madera, he colocado una veintena de tubos fluorescentes y lámparas de lenteja de carbono. He calculado la distancia entre el transmisor —el condensador polifásico— y el receptor —los tubos, sin ningún tipo de cableado—: cincuenta metros exactos. Lleno de impaciencia, confirmo que todo esté en orden; diez mil voltiamperios exigen el máximo respeto. Si el experimento fracasa, podría prender fuego al edificio y reducirlo a un montón de escombros humeantes.

Al encender el generador, un potente zumbido recorrió el laboratorio de un extremo a otro. Las oscilaciones creadas por la bobina de inducción llenaron el aire de electricidad estática. Los muebles, aparatos e instrumentos empezaron a temblar, amenazando con salir despedidos por los aires. Fríamente, aumenté la potencia del condensador. El velocímetro temblaba. Un chispazo escapó del motor y chocó contra una columna, ennegreciendo la superficie de hormigón. Las placas cargadas con gran voltaje se pusieron al rojo vivo. El estruendo del generador se hizo tan intenso que me obligó a morderme los labios; tenía la espeluznante sensación de que un martillo me golpeaba el cráneo.

Estuve a punto de desplomarme de bruces; el suelo oscilaba como si un terremoto invisible sacudiera el taller. El techo crujió sonoramente y pedazos de cemento cayeron por todas partes. Para mi consternación, las lámparas continuaban apagadas. Iracundo, ignoré la hecatombe que reinaba a mi alrededor. ¿Por qué demonios no se encendían? ¿Dónde estaba el problema? ¿Qué había pasado por alto?

La densidad eléctrica convirtió el aire en una masa irrespirable. Lentamente, sin que fuera consciente de ello, una sensación de temor empezó a encogerme el estómago. Había desatado fuerzas que escapaban a mi control. Los minutos pasaron con una lentitud aplastante. Tenía la boca seca, los nervios de punta y los ojos enrojecidos. La fuerza electromotriz era tan intensa que hacía flotar el condensador, la maquinaria y la batería de lámparas ultravioletas a unos veinte centímetros del suelo. Las paredes, el techo y las columnas se agrietaban cada vez más. Un sonido ensordecedor me obligó a lanzar un grito de pánico: los tubos habían explotado en un millar de fragmentos iridiscentes.

«¡Apágalo!», pensé al borde de la locura. «¡O la nave se vendrá abajo!»

Antes de tener tiempo de poner aquella idea en práctica, un poderoso haz de luz escapó del generador y atravesó el techo del laboratorio. La descarga de cuatro millones de voltios estuvo a punto de achicharrarme las pestañas. El impacto me arrojó de espaldas, haciéndome derribar una mesa. Un pedazo de roca cayó en el lugar donde había estado apenas unos segundos antes.

Lastimado, a través del agujero del techo alcancé a contemplar cómo las nubes se arremolinaban en la bóveda celeste, formando un vórtice relampagueante. Rayos azules, dorados y púrpuras inundaron el cielo, iluminando la noche. El firmamento pareció arder, estremeciéndose de forma apocalíptica, rebelándose contra la energía que lo había atacado. Sin previo aviso, las nubes vomitaron una espesa cortina de lluvia sobre la Quinta Avenida.

Temeroso, con las piernas temblando, me incorporé a duras penas. Tenía la impresión de que me habían estallado los tímpanos. El chaparrón limpió las lágrimas de alivio que descendían por mi rostro. Contra todo pronóstico, la intensidad de la corriente destruyó el generador. De no haber sido así, habría muerto.

Nueva York, 6 de febrero de 1893

Las obras de reconstrucción del taller han finalizado. Por suerte, nadie estaba al tanto de lo que había sucedido en realidad. A la mañana siguiente del desastre, mi ayudante se quedó de piedra al llegar a la nave. Después de quince minutos de explicaciones, logré convencerlo de que guardara silencio al respecto. Evité darle demasiados detalles sobre lo ocurrido. Estaba profundamente avergonzado de mí mismo; perder el control de un experimento es lo peor que puede pasarle a cualquier científico.

He permanecido en el edificio durante toda la semana. La noticia sigue lejos de la prensa; una generosa suma bastó para comprar la discreción de los obreros respecto al incidente. Esperaba que ninguno se fuera de la lengua; mi carrera podría verse seriamente comprometida. 

Las quemaduras producidas por el accidente sanan bien. Un médico del mercado negro me había recetado un ungüento de origen incierto que debía aplicarme seis veces al día sobre las lesiones. El número me pareció correcto: me fascinan los múltiplos de tres. Las ampollas apenas son visibles; tengo la esperanza de que no dejen cicatrices.

Mi secretaria ha dejado una nota de Katharine sobre la mesa de mi despacho:

¿Dónde ha estado metido desde el año pasado? Me aburro profundamente sin usted. Esta noche organizaremos una pequeña cena en casa. Nada ostentoso; unos amigos vendrán a hacernos compañía. ¿Por qué no abandona sus deberes y nos hace una visita? Sabe perfectamente que siempre tendrá un lugar reservado en nuestros pensamientos y corazones. La velada comenzará a las nueve de la noche. Espero que pueda honrarnos con su presencia.

Al levantar la mirada del papel, la visión del generador carbonizado me obliga a olvidar cualquier consideración social. Por muchas veces que reflexione sobre ello, soy incapaz de averiguar qué fue lo que hice mal. Teóricamente, todo estaba bajo control; había calculado hasta los más ínfimos detalles. Me equivocaba: la energía electromotriz del aparato había estado cerca de destruirme. Al igual que Ícaro, había volado demasiado alto y el sol se había encargado de devolverme a la tierra de la peor manera posible.

Apartando a un lado cualquier muestra de desánimo, tomé mis herramientas y empecé a reconstruir el aparato. Recrearme en el fracaso carecía de sentido; solo encontrar una respuesta me devolvería la tranquilidad. El trabajo duro lo es todo; en el mundo de la ciencia solo cuentan el esfuerzo y la perseverancia. Objetivos, disciplina, pasión, lucha constante; esas son mis palabras favoritas. Un tropiezo solo reforzaría mi determinación de construir un transmisor de frecuencia amplificada capaz de encender las luces de Nueva York sin necesidad de cables.

Preocupado, llego a la conclusión de que estas anotaciones podrían delatarme como un estúpido ante las generaciones venideras. Tomo nota mental de destruirlas lo antes posible. La grandeza no es compatible con el fracaso. Soy un triunfador, siempre lo he sido; mi nombre quedará grabado con letras gigantes en la posteridad. Podía verlo con absoluta nitidez:

«Nikola Tesla: padre de la tecnología moderna».




ENTREVISTA A MINIÑO: PASITO A PASITO

MINIÑO es una banda de Castilla y León que ha encontrado una voz propia mezclando indie, post-rock, punk y pop. Con su álbum de debut, LA MITAD, ha logrado conectar con el público y despertar el interés de la crítica gracias a unas canciones honestas y cargadas de emoción. Después de recorrer buena parte del país con más de veinte conciertos y dejar una gran impresión en FÀCYL, el grupo ya trabaja en su próximo disco.

Han pasado unas semanas desde vuestro concierto en FÀCYL. Ahora que habéis tenido tiempo para asimilarlo, ¿sentís que ese día marcó un punto de inflexión para MINIÑO?

Sentimos que aquel día se nos valoró en nuestra ciudad. Sentimos cariño por las piedras contra las que rebotó el sonido y por la gente que cantó y bailó con nosotros. No sabemos si lo llamaríamos un punto de inflexión, pero sí estamos seguros de que será un concierto que recordaremos durante mucho tiempo y siempre con una sonrisa.

Actuasteis en el Patio Chico de Salamanca, un lugar muy especial y, además, jugando en casa. ¿Qué se siente al subir a un escenario así y encontrarse con un público que conoce las canciones y las canta con vosotros?

Nos hemos criado viendo cómo artistas que para nosotros eran desconocidos, o a los que considerábamos referentes, se subían a los escenarios repartidos por la ciudad durante FÀCYL. Algunos de nuestros mejores recuerdos como público están ligados a esas plazas.

Así que puedes imaginar lo que supone descolgar el teléfono y que te pregunten si quieres tocar con la catedral de Salamanca a tus espaldas. Fue una auténtica pasada.

LA MITAD nació de una forma muy artesanal, grabado y autoproducido en una bodega. ¿Imaginabais que iba a conectar tan bien tanto con el público como con la crítica?

Hicimos canciones que nos salían de dentro. No teníamos ni idea de cómo conectarían con la gente, pero sí queríamos que quienes las escucharan pudieran hacerlas suyas.

Creemos que muchas personas han conectado con estos temas porque encuentran en ellos experiencias que también han vivido. Verte reflejado en los sentimientos de otra persona genera esa conexión. Queremos que siga siendo así siempre.

En poco más de un año habéis ofrecido más de veinte conciertos por toda España. Mirando atrás, ¿qué os ha enseñado esta gira sobre vuestra música y sobre vosotros como banda?

Sobre nuestra música, hemos aprendido que estamos orgullosos de lo que hacemos. Venimos del barro y queríamos crear algo que, sin ser pretencioso, pudiéramos llevar a cualquier lugar, ya hubiera cuatro personas o mil delante del escenario.

Sentir que es algo nuestro, que se valoran todas las horas de esfuerzo, que la gente escucha las canciones y que cada vez se suma más gente a esta locura significa muchísimo para nosotros.

Sobre la banda, hemos aprendido que, pase lo que pase, lo importante es que seguimos teniéndonos los unos a los otros y que los cuatro remamos en la misma dirección. Surgen momentos de tensión, como es normal cuando pasas tantas horas fuera de casa o cuando algo no sale como estaba planeado.

Pero, cuando llegamos a casa y nos bajamos de la furgoneta, seguimos siendo lo que llevamos siendo más de media vida: amigos.

En vuestras canciones conviven el indie, el post-rock, el punk e incluso algunos momentos más cercanos al pop. ¿Sentís que ya habéis encontrado vuestra identidad o seguís descubriéndola disco a disco?

Creemos que ya existe una identidad en todo lo que hacemos, pero también seguimos descubriéndonos disco a disco. Intentamos crecer y mejorar con cada cosa que publicamos.

La música que escuchamos también cambia y nos influye, así que todo nace de la convivencia entre nuestra propia identidad, el descubrimiento y las ganas de probar cosas nuevas.

Quienes os han visto en directo suelen destacar la intensidad de vuestros conciertos. ¿Es sobre el escenario donde las canciones cobran todo su sentido o seguís disfrutando igual del trabajo en el estudio?

Sobre el escenario es donde sentimos que conectamos de verdad con nuestra música. Cantas, gritas, saltas, sacudes el cuerpo y te dejas llevar por el momento, el sudor y las luces. También está esa conexión visual entre nosotros y la reacción del público. Todo eso puede ponerte la piel de gallina o emocionarte.

Aun así, probablemente seguiremos siendo quienes más escuchan nuestros propios discos. También disfrutamos de nuestra música en casa, con auriculares o altavoces, sentados en el sofá, porque esa parte de nosotros es tan importante como lo que sucede sobre el escenario.

Habéis adelantado que este verano empezaréis a grabar vuestro próximo álbum. Sin desvelar demasiado, ¿qué os gustaría explorar en esta nueva etapa que no estaba presente en LA MITAD?

Ahora queremos explorar lo cotidiano, las historias que le pueden suceder a cualquier persona: el miedo a equivocarse, el cariño que sentimos al recordar quiénes éramos de pequeños o el intento de aceptar que no somos perfectos.

La vida también consiste en equivocarse y aprender a quererse, aunque a veces seamos un desastre.

Hace apenas un año erais una banda emergente y ahora vuestro nombre aparece cada vez más entre los grupos destacados de la escena alternativa nacional. ¿Cómo vivís ese crecimiento y qué metas os marcáis para los próximos meses?

Seguimos sin prestarle demasiada atención y todavía no terminamos de creérnoslo del todo, jajaja. Nos gusta dejar que las cosas nos sorprendan.

Ahora mismo nuestra principal meta es disfrutar del proceso, de las canciones y de toda la gente que se acerca al proyecto y cree en él. También queremos agradecer y valorar a quienes nos han apoyado desde el principio y continúan acompañándonos en este viaje.

Nuestro sueño sería poder vivir de esto junto a nuestra gente.


RADAR SONORO: SILA LUA PRESENTA «SOLDADITO», SU PRIMER LANZAMIENTO TRAS DANZAS DE AMOR Y VENENO

La artista gallega Sila Lua regresa con «Soldadito», su primer lanzamiento desde la publicación de Danzas de Amor y Veneno. Producida junto a Mumbai Moon y Pau Aymí, la canción vuelve a explorar algunos de los temas que definen su universo creativo, como la fragilidad humana, el choque entre los ideales y la realidad o las contradicciones del poder.

En «Soldadito», Sila Lua cuenta la historia de un joven militar que abandona su hogar convencido de que lucha por una causa justa. Sin embargo, el viaje acaba enfrentándolo a las consecuencias de la violencia y la obediencia ciega. El resultado es una canción íntima y reflexiva que habla del desencanto y de la pérdida de las certezas.

El lanzamiento llegó acompañado de un videoclip dirigido por Mikel Godoy y coincidió con una actuación muy especial en el Festival Acento de Santiago de Compostela. Allí, Sila Lua estrenó un formato inédito en el que su habitual propuesta electroacústica junto a Greta Ch'aska se amplió con un trío de cuerdas, ofreciendo un concierto exclusivo en la terraza de la SGAE, dentro del Parque Vista Alegre.

Por ahora, Sila Lua no ha anunciado nuevas fechas de concierto, aunque todo apunta a que «Soldadito» marcará el inicio de una nueva etapa en directo durante los próximos meses.



miércoles, julio 29, 2026

FANFICTION — TERMINATOR: «ECOS DEL FUTURO», PUBLICADO EN PORTAL CIENCIA Y FICCIÓN

Observando a John con la máquina, de repente lo vi claro. El Terminator jamás se detendría, jamás le abandonaría y jamás le haría daño. Ni le gritaría ni se emborracharía para pegarle. Ni diría que estaba demasiado ocupado para pasar un rato con él. Siempre estaría allí y moriría para protegerlo. De todos los posibles padres que vinieron y se fueron año tras año, aquella cosa, aquella máquina, era la única que daba la talla…

Sarah Connor

 

1

JOHN CONNOR

John apretó el martillo con ambas manos, ignoró los haces tórridos del sol y continuó golpeando la roca. A su alrededor, las excavadoras rompían las paredes del cañón y desmenuzaban las grandes piedras, propagando un estruendo ensordecedor. El sudor resbaló por su espalda y le empapó la camiseta: necesitaba un descanso. Agotado, soltó la herramienta, se inclinó, agarró una botella de plástico y tomó un trago. Una mueca crispó su expresión: tenía que haber dejado el agua a la sombra.

Como de costumbre, Connor trabajaba solo. Sus compañeros lo evitaban en la medida de lo posible; les desagradaba su actitud reservada y taciturna. John levantó la cabeza y observó a los obreros situados a un centenar de metros. Estos le lanzaban miradas burlonas y cuchicheaban a sus espaldas. Sin dar importancia al asunto, estiró los músculos doloridos, apretó el mango del martillo y volvió al trabajo con renovados ánimos.

Poco a poco, el sonido del metal contra la roca lo apartó de sus tétricos pensamientos y calmó los dilemas que le roían las entrañas. John había tenido una mala noche. Apenas pudo dormir y, cuando por fin lo consiguió, negras pesadillas asaltaron su sueño. Un suspiro le escapó de los labios. No quería recordar las imágenes de la madrugada anterior. Cargaba con demasiados remordimientos. El peso del futuro se desplomaba sobre su espalda.

Hacía meses que Connor vagaba por Los Ángeles, sin rumbo ni dirección, enlazando una profesión miserable con otra mientras huía de un pasado que amenazaba con aplastarlo. De vez en cuando anhelaba la compañía de otras personas, sentirse parte del mundo, pero sabía que su destino era la soledad: no soportaría perder a quienes amaba.

Ahora, después de tantos años desde la destrucción de Cyberdyne, las dudas regresaban una y otra vez. ¿Realmente habían evitado el Juicio Final? Un escalofrío recorrió su columna y le erizó el vello de la nuca. Algo en su interior le advertía de que todos sus esfuerzos habían sido inútiles. John sacudió la cabeza, apartó el sudor de los ojos y procuró alejar aquellos pensamientos. Estaba harto de sufrir por algo que escapaba a su control.

Furioso, descargó el martillo contra la piedra una y otra vez, hasta que sus brazos se convirtieron en una masa ardiente. Fragmentos de roca le salpicaron el rostro, arañándole las mejillas, mientras se obligaba a seguir golpeando: pensaba dormir tranquilo aquella noche.

Derrotado, bajó el martillo y recuperó el aliento. Un hierro al rojo vivo parecía atravesarle el costado derecho, a la altura de las costillas, impidiéndole respirar con normalidad. Connor agradeció el dolor. Le recordaba que seguía vivo, insuflaba energía a sus miembros agotados y avivaba el fuego de la rebelión que ardía en su interior: Skynet había fracasado en su intento de eliminarlo.

Sin embargo, aquella exaltación dio paso enseguida a una tristeza infinita. Tendría que haber muerto antes de nacer. Connor apretó los labios y contuvo el aliento. Unas lágrimas recorrieron sus facciones, deformadas por la amargura. Molesto consigo mismo, se secó el rostro y se frotó las manos contra los vaqueros cubiertos de polvo. Consideraba la fortaleza una obligación permanente.

En aquel instante, una sombra amenazadora lo obligó a girarse, tenso como un cable a punto de romperse, empuñando el martillo con ambas manos.

—¡Lo has asustado!

Un corro de hombres, latinos en su mayoría, con los brazos cubiertos de tatuajes, cadenas al cuello y gorras caladas hasta las cejas, lo rodeó entre burlas, dispuesto a divertirse a su costa.

John comprendió la situación al instante y se preparó para luchar. Una frialdad implacable se apoderó de él, relegando el nerviosismo y las inquietudes a un segundo plano. Aquellos cretinos ignoraban con quién estaban jugando.

—¿Qué queréis?

El que parecía el jefe del grupo dijo:

—Los maricas como tú no deberían trabajar con hombres de verdad, Connor.

John sonrió con desprecio.

—Entonces hace tiempo que deberías estar vendiendo coca, colega. Te han metido tantas pollas por el culo que tienes un buen agujero donde guardar el material.

El mexicano enrojeció de rabia.

—¡Te voy a abrir la cabeza!

Antes de que terminara la frase, Connor le estampó la cabeza del martillo contra la nariz. El crujido de los huesos acompañó al chorro de sangre y a un grito ahogado. John saltó a un lado, esquivó el embate de su adversario y lo derribó de una patada en la espalda. El hombretón lanzó un alarido de sorpresa y se desgarró las palmas al estrellarse contra el suelo.

Connor levantó el martillo, dispuesto a aplastarle el cráneo, pero una chispa de lucidez atravesó sus pensamientos antes de descargar el golpe. La cabeza de la herramienta impactó a escasos centímetros de la oreja del hombre, levantando una nube de polvo.

Colérico, se volvió hacia los demás, que guardaban silencio, sorprendidos por la velocidad del individuo al que habían subestimado.

—¿Estáis contentos? —inquirió—. ¿Os habéis divertido?

Nadie respondió. La derrota de su líder les había bajado los humos.

John recorrió el grupo con la mirada. Ya no veían a un joven delgado, de huesos nudosos y expresión solitaria, sino a un hombre capaz de dominar la situación con una seguridad que imponía respeto.

—¡Llevadlo a la enfermería! —masculló en español—. ¡Casi le hundo la nariz en el cerebro!

A regañadientes, dos mexicanos levantaron al herido y lo arrastraron lejos del corro. El desprecio había dado paso al miedo: aquel gringo tenía agallas y un temperamento peligroso; convenía mantener las distancias.

Connor detuvo al trío con un gesto y se dirigió a su antagonista con voz glacial.

—Cuando quieras la revancha, estaré esperándote —puntualizó—. La próxima vez te mataré. ¿Entendido?

El herido musitó unas palabras de disculpa con los ojos anegados en lágrimas.

—¡Volved al trabajo! —gruñó John—. ¡Queda mucho por hacer!

2

PESADILLAS

Al entrar en la habitación, Connor arrojó la mochila sobre la cama, cerró la puerta con llave y encajó una silla bajo el picaporte. Después sacó una Beretta 92FS del bolsillo trasero del pantalón, comprobó el cargador y amartilló el arma.

Metódico, recorrió la estancia con la mirada y evaluó las posibles vías de escape en caso de ser atacado: las ventanas del segundo piso, la escalera de incendios que descendía hasta la calle y la solidez de la pared del baño. Todo parecía en orden.

Se desnudó, lanzó la ropa sucia a un rincón y se dio una ducha caliente que apenas alivió sus preocupaciones. Quince minutos más tarde, frente al espejo del baño, estudió su rostro bronceado por el sol de California. Aunque todavía conservaba la apariencia de un adolescente, John sabía que jamás había tenido la oportunidad de disfrutar de una vida normal. Los reveses y sinsabores del pasado habían moldeado su carácter.

Limpió el vaho del espejo con una toalla. En sus ojos se agitaban pozos de amargura y resentimiento.

Con los hombros hundidos, abandonó el baño y regresó a la habitación. Desde el exterior, un pálido haz de luz nocturna atravesaba las persianas y bañaba uno de los laterales de la cama. Connor dejó la mochila en el suelo, escondió el arma bajo la almohada y se tumbó boca arriba, con los dedos entrelazados bajo la nuca.

El rumor de los vehículos que recorrían las calles llegó con claridad hasta sus oídos: chirridos de neumáticos, bocinas, motores de gran cilindrada, equipos de música y tubos de escape. Cerró los párpados e intentó ignorar el calor agobiante. Al día siguiente le esperaba una larga jornada en la carretera.

John había gastado sus últimos ahorros en aquella habitación de motel de mala muerte, situada en las afueras de la ciudad. Después del incidente, terminó la jornada, exigió el cheque al capataz, recogió sus pertenencias de la taquilla y abandonó la obra.

Quería evitar llamar la atención. Desde aquel momento, los demás obreros ya no lo considerarían un petimetre, un gringo blanco con pocos redaños, sino un tipo peligroso capaz de defender el pellejo. Le harían la vida imposible.

Una sonrisa burlona se dibujó en sus labios. Solo por contemplar las caras de sorpresa de los mexicanos había merecido la pena participar en aquella estúpida pelea.

Tenso, se volvió hacia la izquierda, introdujo la mano bajo la almohada y acarició la culata de la pistola. Su contacto le proporcionó la seguridad que necesitaba. Veinte minutos después, cambió de postura una vez más. Le costaba conciliar el sueño.

Tumbado sobre el costado derecho, taladró las sombras con la mirada y recordó a su madre, muerta de leucemia dos años atrás.

Sin darse cuenta, Connor había comenzado a comportarse como ella. Adoptaba aquella actitud fría y distante, desprovista de afecto, que tanto había odiado durante su infancia. Por desgracia, ahora comprendía a Sarah demasiado bien. La pérdida y las privaciones la habían convertido en un bloque de acero.

John apretó los labios y recordó el espantoso hospital psiquiátrico de Pescadero, donde permaneció encerrada durante años, atrapada entre las paredes blancas de una celda y repudiada por quienes se negaban a aceptar la verdad: el Juicio Final se acercaba.

«Siento no haberte comprendido, mamá», pensó. «Fui egoísta. Te fallé cuando más me necesitabas».

Después pensó en su padre, Kyle Reese, un soldado de Tech-Com al que jamás había conocido. ¿Cómo pudo su madre enamorarse con tanta intensidad de aquel hombre?

Sacudió la cabeza y rememoró las palabras del Terminator:

«Lo conocerás».

Muchos años después, cuando las máquinas alcanzaran la cúspide de su poder, John enviaría a Reese al pasado, al año 1984, para proteger a Sarah Connor y convertirse, sin saberlo, en su progenitor.

¿Cómo podía conocer de antemano lo que sucedería entre ambos?

La paradoja de los viajes temporales, los caprichos del destino y las implicaciones de convertirse en el líder de la humanidad empeoraron su ánimo. Habría entregado el alma por ser otra persona. Rechazaba al hombre en el que acabaría transformándose.

Boca abajo, Connor repasó su vida desde la muerte de su madre en aquel hospital de Nuevo México: las horas de soledad, los trabajos degradantes, las pesadillas, la angustia de vivir sin respuestas y la ausencia de cualquier objetivo.

A pesar de haberlo intentado con todas sus fuerzas, seguía sin reconstruir su existencia. Vivía al día, tratando de escapar de algo que ni siquiera podía explicar.

¿Y si todo eran imaginaciones suyas? ¿Y si las máquinas del futuro jamás llegaban a existir? ¿Y si realmente habían conseguido detener el apocalipsis nuclear?

La imagen de Sarah, fría y distante, ocupó su memoria. Detrás de cada uno de sus actos siempre había existido amor: una entrega absoluta que solo alguien verdaderamente abnegado podía ofrecer sin esperar nada a cambio.

Era demasiado tarde para valorar a la única persona que lo había querido.

El dolor de la pérdida le humedeció los ojos. Le parecía increíble que todavía le quedaran lágrimas.

Finalmente, el cansancio venció a John y su conciencia se desvaneció en las tinieblas. Sus sueños, débiles al principio, aumentaron de intensidad hasta mostrarle el futuro que tanto deseaba evitar...

Una cegadora luz blanca cubrió el horizonte y abrasó las colinas cubiertas de hierba. Los edificios desaparecieron bajo una tormenta de fuego.

Tres mil millones de personas perecieron bajo el impacto de los misiles nucleares que barrieron la Tierra de un extremo al otro.

Meses después, cuando los efectos inmediatos de la radiación comenzaron a disiparse, los supervivientes tuvieron que enfrentarse al verdadero horror: la guerra contra las máquinas.

Millones de T-1, T-600 y T-800, apoyados por HK-Tank, HK-Aerial y enormes Harvesters, ocuparon las ruinas, masacraron a la población e instalaron campos de exterminio para abastecer sus fábricas. Los Ángeles se convirtió en un erial de rascacielos derruidos, vehículos carbonizados, carreteras desiertas y esqueletos calcinados.

En aquel páramo, la Resistencia combatía a duras penas contra organismos cibernéticos superiores en fuerza, capacidad y número.

John contempló a los supervivientes hacinados bajo tierra como animales: sucios, desesperados, ocultos en túneles pestilentes y obligados a alimentarse de ratas y desperdicios.

Escuchó las súplicas de sus futuros hombres, el fragor de los láseres, el retumbar de las explosiones, las ráfagas de las ametralladoras y los gritos de los moribundos.

Adondequiera que fuese, la gente repetía su nombre y se aferraba a él en busca de esperanza.

John Connor.

John Connor.

John Connor.

Lo peor aguardaba en el exterior: miles de kilómetros de escombros impregnados de azufre y combustible, por los que debían luchar a diario.

Eran los restos de un planeta que Skynet había reducido a cenizas después de que los militares, cegados por la arrogancia y la avaricia, le entregaran el control de sus ejércitos y sistemas defensivos.

Al comprender lo que le esperaba, los horrores que tendría que presenciar y la responsabilidad que pesaría sobre sus hombros, John rompió a llorar.

Y continuaba llorando cuando despertó, vencido por un dolor que le atenazaba las entrañas y le robaba el aire.

Aturdido, se encogió sobre sí mismo en busca de algún consuelo, de una chispa de claridad capaz de apartarlo de aquel horror. Gruesas gotas de sudor le recorrían la frente. La atmósfera cargada de la habitación resultaba insoportable.

Connor sacó la pistola y observó el brillo azulado del cañón.

Sintió la tentación de acabar con todo de una vez.

Un impulso ajeno a su voluntad lo llevó a introducir el cañón en la boca. El sabor metálico y grasiento le invadió la lengua.

Bastaba con apretar el gatillo. Sus problemas desaparecerían. Las pesadillas terminarían. Por fin sería libre.

Temblando, retiró el arma y la dejó sobre el colchón. Después se secó las lágrimas que le recorrían las mejillas.

Sabía que aquel no era su destino.

3

EXTERMINADOR

Bruscamente, un estampido atravesó la calle y lo arrancó de sus morbosas propensiones. Con los nervios en tensión, saltó hacia la ventana y apartó las cortinas. Su físico desnudo quedó recortado a contraluz. Era un blanco fácil para cualquier francotirador, pero aquel detalle carecía de importancia para él.: estaba demasiado turbado por la reciente pesadilla.

En el exterior, al otro lado de la calle, frente a una gasolinera, un camión cisterna había perdido el control. John evaluó la magnitud del desastre: el vehículo estaba volcado sobre uno de sus costados y perdía gasolina copiosamente por el motor abierto, manchando el alquitrán ya ennegrecido por el aceite.

«Ponte a cubierto, idiota», pensó. «Si han enviado un Terminator, te localizará sin problemas».

De inmediato, Connor cerró las cortinas, se puso una muda limpia que llevaba en la mochila, guardó varios cargadores en los bolsillos de los vaqueros y regresó a su puesto de observación. Esta vez tomó las precauciones indispensables: se inclinó a un lado de la ventana, apartó apenas un resquicio de la cortina y oteó la avenida con la mirada alerta.

Un empleado salió de la gasolinera. Su mono amarillo con el logotipo del establecimiento era inconfundible. Cruzó la calle, asustado, y se aproximó al siniestro con la boca abierta por el asombro.

John estuvo a punto de gritar para advertirle que se apartara del camión, pero los nervios le cerraron la garganta. Los latidos de su corazón amenazaban con ahogarlo, le dolían los pulmones de contener el aliento y estaba demasiado aterrado para moverse.

La puerta del vehículo cayó al suelo con un sonoro estruendo metálico, permitiéndole distinguir la silueta del conductor.

Connor reculó unos centímetros.

Había reconocido aquella figura.

«Es imposible», pensó con las piernas temblando. «Yo lo vi arder en aquella fábrica...».

Un hombre de casi dos metros de altura, vestido con ropas de cuero negro, quedó iluminado por las farolas. El rostro inexpresivo, la mandíbula cuadrada y el cabello cortado al cepillo giraron lentamente a ambos lados, como si estuviera calculando su posición.

¿Acaso contemplaba al T-800 que le había salvado la vida en el pasado?

John pasó por alto sus reservas y su cautela habitual. Debía cerciorarse de que aquel individuo era quien creía que era.

El conductor descendió del camión, avanzó entre los coches destrozados y se dirigió hacia el empleado de la gasolinera.

Un disparo quebró la quietud de la noche.

El joven salió despedido hacia atrás con la cabeza abierta en dos.

Connor ahogó un grito y aferró la culata hasta que le dolieron los dedos: Skynet lo había localizado. Todo encajaba. Los Terminators siempre actuaban igual: conseguían ropa, un vehículo, armas y eliminaban cualquier obstáculo sin el menor remordimiento. Su mente ya no contemplaba otra posibilidad. El desconocido giró sobre sus propios pasos, estudió la fachada del motel y pareció localizar su refugio.

John se arrojó al suelo. El impacto le recorrió los codos hasta los hombros mientras luchaba por pasar desapercibido.

Tenía que salir de allí.

Tenía que huir.

Durante un instante contempló la pistola. Aquel trozo de metal era inútil contra un Terminator. Necesitaba armamento más potente; sabía mejor que nadie lo complicado que era exterminar a aquellas máquinas.

John corrió hacia la puerta, apartó la silla de un manotazo y subió las escaleras.

Tenía que llegar al edificio de enfrente, descender por el callejón y coger la motocicleta. Si salía por la entrada principal, el Terminator lo haría pedazos. Su única opción era ocultarse entre las sombras y escapar como una rata acosada por un enorme depredador.

El miedo dio alas a sus pies. Subió los escalones de cuatro en cuatro, esperando que la máquina encontrara su rastro en cualquier momento.

Al llegar arriba, reventó la cerradura de un disparo y salió a la azotea.

Tenía el cuerpo empapado en sudor y estaba a punto de sufrir una crisis nerviosa.

El sonido de unas sirenas de policía le taladró los tímpanos. Luces ámbar inundaron la noche. Aquellos hombres avanzaban hacia su propio ocaso.

John asomó la cabeza por el borde de la azotea.

Tres coches patrulla rodearon al desconocido y varios agentes descendieron con las armas automáticas preparadas.

—¡Suelte el arma! —ordenó el jefe de los policías—. ¡Tiene cinco segundos para obedecer!

El Terminator permaneció inmóvil.

—Cinco... cuatro... tres... dos...

La máquina interrumpió la cuenta de un disparo.

El jefe se desplomó con el cráneo perforado.

Los demás agentes vacilaron apenas un instante al ver caer a su superior.

Aquello selló su destino.

El desconocido los abatió con despiadada eficiencia, sin desperdiciar una sola bala.

Connor se llevó una mano a la boca. La escena le revolvió el estómago.

Sin perder un segundo, atravesó el tejado en diagonal y saltó al edificio contiguo al motel.

El impacto al aterrizar le devolvió parte de la cordura.

Había malgastado un tiempo precioso.

«Skynet nunca dejará de perseguirme», pensó. «Mamá tenía razón cuando decía que jamás debía bajar la guardia».

Connor cruzó la azotea, llegó a unas escaleras oxidadas y comenzó a descender hacia la calle con el máximo sigilo.

Alguien salió del motel y se interpuso delante del desconocido.

John reconoció la figura gorda y repugnante del dueño del local.

—¿Qué coño estás haciendo? ¿Quieres que me metan en la trena o qué?

El Terminator no respondió.

—¡Tienes que largarte de aquí! —exclamó—. ¡La pasma volverá enseguida con refuerzos!

Connor llegó a la calle, se pegó a una pared y recuperó el aliento.

¿Acaso ambos se conocían?

El dueño del motel propinó un empellón al desconocido.

—¡Sal cagando leches, joder! ¡Solo te lo diré una vez!

La máquina le metió un balazo en el pecho.

El hombre se desplomó con expresión de absoluta sorpresa.

El Terminator fijó la mirada en John.

—¡No! —Una mano helada le atenazó el alma—. ¡Morirás antes que yo, hijo de puta!

Connor vació el tambor sobre el rostro de la máquina.

Esta efectuó una pirueta y cayó sobre un costado.

Nada indicaba que siguiera con vida.

Con cautela, midiendo cada paso, John recargó el arma y se aproximó al cuerpo inmóvil, tendido sobre el césped manchado de sangre.

Incrédulo, distinguió fragmentos de masa encefálica alrededor de la cabeza de su enemigo.

Connor se quedó inmóvil.

Tragó saliva.

A pesar de tener el cráneo destrozado, las facciones del cadáver diferían de las del T-800.

Aquel individuo no era un Terminator.

Había matado a un ser humano.

Se inclinó sobre el cuerpo inerte.

Debajo del chaleco antibalas había carne y hueso.

—¡Cerdo! —susurró una voz—. ¡Te arrancaré el corazón!

Con un sobresalto, Connor levantó la pistola y estuvo a punto de disparar al dueño del motel.

—¿Quién era este chiflado? —acertó a preguntar—. ¿Por qué lo protegías?

El hombre se arrastró por el suelo escupiendo sangre.

—Te has cargado a mi hermano, cabrón...

John se incorporó y ató cabos.

El rostro del hombre que acababa de matar ocupaba los titulares desde hacía semanas. Tras quebrantar la libertad condicional, había iniciado una fuga marcada por una violencia extrema. Cada intento de detenerlo acababa con nuevos muertos. Patrullas enteras le seguían la pista sin éxito, mientras la cifra de víctimas no dejaba de crecer.

—Le hice un favor —gruñó—. Es lo que merecen los asesinos. 

El moribundo profirió una maldición.

—Te voy a...

Connor le propinó una patada en la mejilla y lo dejó sin sentido.

No pensaba perder el tiempo escuchando a aquella escoria. La policía regresaría en cualquier momento, y si lo encontraban allí, acabaría detenido.

Su voz sonó cínica.

—Que descanses, colega.

EPÍLOGO

John detuvo la motocicleta en lo alto de la colina y se quitó el casco. El sol bañaba las montañas, recorría la carretera desierta e iluminaba su rostro. Un pájaro cruzó el cielo despejado antes de perderse en el horizonte.

Desde Mulholland Drive, Connor contempló el valle de Los Ángeles con una mezcla de incertidumbre y desesperación. Ya no sabía qué creer. Tal vez las máquinas jamás llegarían a tomar el poder, pero necesitaba una prueba, algo que le permitiera convencerse de que podía vivir en paz.

Tomó una decisión. Permanecería aislado del mundo. Nadie volvería a encontrarlo. Seguiría siendo un fugitivo el resto de su vida.

Recordó a su madre, al T-800, a Cameron y a Derek Reese. Todos habían estado dispuestos a dar la vida por protegerlo. Por un motivo u otro, les debía seguir adelante hasta encontrar una respuesta.

¿Cuánto faltaba para el Día del Juicio Final?

John arrancó la motocicleta y salió disparado hacia la ciudad que brillaba en la distancia bajo las primeras luces del amanecer.

La tormenta se acercaba.