martes, mayo 19, 2026

ENTREVISTA A IÑAKI LÓPEZ DE KOKOSHCA: «DIVINO TESORO» MUESTRA LO QUE FUIMOS Y LO QUE SOMOS.

Hablamos por Zoom con Iñaki López, cantante y compositor de Kokoshca, sobre Divino Tesoro, el nuevo disco de la banda. Durante la conversación charlamos sobre la evolución del grupo, el paso del tiempo, el rock, las nuevas generaciones y la forma en la que Kokoshca ha conseguido mantenerse como una de las bandas más personales de la escena indie nacional.

Teniendo en cuenta que acabáis de publicar un nuevo álbum. ¿Cómo ha sido vuestro proceso creativo, como nacieron las canciones, cómo fueron creciendo? ¿Y cómo han envejecido con el tiempo?

Bueno, era un ejercicio extraño que no habíamos hecho nunca, que era básicamente revisitar canciones de hace 15 o 18 años. Llevábamos tiempo dándole vueltas a hacer una especie de recopilatorio, pero veíamos que no tenía mucho sentido a nivel técnico, porque mezclar canciones más recientes, que están bien grabadas y suenan bien, con otras más antiguas que, por falta de medios, sonaban peor, era complicado.

Entonces dijimos: “Joder, hay una época inicial de nuestra vida que quizá tuvo menos visibilidad porque era todo más underground”. Editábamos con un sello, Birra y Perdiz, que hacía tiradas de 150 CDs grabados en discos vírgenes. Era un circuito muy pequeño, pero también muy estimulante. Ahí conocimos a gente como Antonia, de Los Punsetes, o Germán Carrascosa y Alegría del Barrio.

Pensamos que era guay recuperar esas canciones porque muchas nos seguían gustando. Es verdad que también hemos ido creciendo, tanto como personas como artistas, pero seguimos reconociéndonos en ellas. No sé si estoy respondiendo o me estoy pasando, pero bueno, como está grabado, esto es lo que queda.

Todo perfecto, Iñaki. La nueva versión de «El Búho», como primer adelanto, tiene un rollo bastante ochentero; recuerda un poco a The Cure o Décima Víctima. ¿Teníais ese sonido en mente o surgió de forma natural?

¿Ah, sí? Pues la verdad es que no lo habíamos pensado así. Ya entiendo lo que dices: hay un sintetizador que hace un sonido muy betacam y que puede recordar a cierta música ochentera que nos gusta mucho. Pero, en realidad, siempre hemos pensado que es un rock and roll muy sincero. Cuando la compusimos, hacia 2013 o así, teníamos más en mente a New York Dolls.

Un gran grupo. Más punk.

Sí, más punk. Siempre hemos tirado más hacia el punk, aunque al final muchas de esas bandas también tenían mucho de pop. De hecho, Robert Smith decía que les llamaban góticos por la estética de sus videoclips, que tenían un punto oscuro o de terror, cuando en realidad sus canciones eran súper pop.

Los vídeos de The Cure eran increíbles. «Close to Me», por ejemplo, con ellos metidos en un armario cayendo por un precipicio, me parece una auténtica maravilla. Divino Tesoro no es solo un recopilatorio, también aporta una nueva perspectiva sobre vuestra trayectoria. ¿Qué os hizo volver atrás en vez de hacer un álbum nuevo?

Bueno, un poco lo que te estaba diciendo. Habíamos acabado hacía poco La juventud y teníamos en mente, por el juego de palabras, hacer un EP que se llamase Divino Tesoro. Pero esta idea llevaba tiempo rondándonos.

Nos costó saber cómo darle forma: si teníamos que regrabar las canciones o dejar las originales, cuáles meter y cuáles no. Pero cuando finalmente lo hicimos, entendimos que también era guay volver a esas canciones con la libertad de cambiar una estructura si hacía falta, o dejarla igual si estaba bien. Un poco la libertad de hacer lo que quisiéramos.

Coincidió también con un momento en el que quizá tenemos más visibilidad y pensamos que había canciones que molaban mucho y que conocía la gente que estaba desde el principio, pero que otra gente igual no había escuchado nunca. Y nos apetecía darles un poco de salida otra vez.

Siempre habéis tenido ese punto entre lo social, la vida cotidiana, los sentimientos y el humor. Canciones como «El Mal» (que es muy cachonda pero también muy política) por ejemplo. ¿Cuáles son las preocupaciones de Kokoshca en este momento?

Bueno, están los temas universales, que serían la vida, el humanismo, el amor y esas cosas. Y luego está el momento actual, el del tecnofeudalismo y todo este rollo, este cambio geopolítico en el que tienen mucha importancia estos nuevos ricos de Silicon Valley, que están cambiando nuestra manera de relacionarnos y también nuestra manera de sentir a través de los dispositivos y del poder.

Con los años os habéis convertido en una banda influyente dentro de la escena indie patria. El año pasado os vi en las fiestas de la Mercè, en Barcelona, y me llamó la atención la cantidad de chavales que había entre el público. ¿Cómo os sienta seguir conectando con nuevas generaciones y ver que sigue asistiendo gente joven a vuestros conciertos?

Pues muy guay, la verdad. Sí que existe ese temor de que tú vas creciendo y que sea el público de tu edad el que te siga acompañando. Pero también me sorprende y me agrada mucho que venga gente joven, que cante las canciones y que conecte con ellas. Es muy agradecido.

Yo siempre he pensado que la clave para que un grupo tenga una carrera larga es encontrar una nueva generación de oyentes con cada disco. Está el público fiel que os sigue desde hace años, pero también hace falta sangre nueva constantemente. Y vosotros lo habéis conseguido: en cada etapa habéis sumado nuevo público, y eso es lo que mantiene viva a una banda durante tanto tiempo. Al final, incluso grupos como The Rolling Stones siguen sacando discos después de décadas de carrera porque han sabido mantenerse conectados con distintas generaciones.

Sí, sí. La verdad es que no lo había analizado tanto. Lo de encontrar nuevas generaciones con los discos sí, pero aplicado a nosotros no lo había pensado así. Y sí, es verdad que pasa.

También es guay porque, al final, cualquier persona, aunque tenga su propia personalidad o su propia visión del mundo, comparte muchas de las mismas preocupaciones. Entonces está bien encontrar gente nueva que se acerque a las canciones y conecte con ellas.

Y también creo que todo el sonido más guitarrero, con grupos jóvenes que han seguido un poco esa estela y que además son fans declarados de Kokoshca y de otros grupos, ha ayudado a visibilizar ese entorno. Y eso está guay.

Es magnífico. El disco salió en el Record Store Day. Resulta curioso que el formato físico haya vuelto con fuerza en plena era del streaming. ¿Qué lugar ocupan hoy el vinilo y las tiendas de discos para vosotros?

Yo creo que es una contestación natural, no solo hacia lo físico. La gente quiere tener objetos. Hay gente que se compra un disco y ni siquiera tiene tocadiscos. Pero creo que hay algo contestatario en eso, o simplemente algo natural.

Quiero decir, cuando inventen una pastilla para que los hombres no pierdan pelo —que seguramente será pronto—, igual lo diferente acaba siendo ser calvo. Pues esto es un poco lo mismo: cuando el mainstream es el streaming, seguir teniendo un objeto como un vinilo le otorga otro valor al oyente. Me refiero a toda la relación de comprarlo, tenerlo, ir a una tienda de discos o a una firma. Es un tejido más orgánico y más de comunidad que quizá el aislamiento del streaming.

Las tiendas de discos ya no tienen la importancia como prescriptoras que tenían en los 80 o los 90, donde nosotros ni siquiera estábamos. Pero han sido capitales para las escenas musicales. Cuando no había internet, la gente iba a la tienda de discos de no sé quién porque había traído discos de Londres o cosas difíciles de encontrar. Es una generación anterior a la mía, pero siempre han sido lugares importantes para construir comunidad.

Y eso también nos molaba por una parte: otorgarle valor al disco como objeto. Divino Tesoro tiene una edición un poco más cuidada que otras, con una carpeta que se abre así, con dos puertas, dos portadas… Queríamos darle valor también al recorrido histórico y a toda esa gente que lleva tanto tiempo ahí, ganándose la vida con mucho esfuerzo, porque las tiendas de vinilos tampoco es que den precisamente mucho dinero.

Durante muchos años me dejé seducir por el streaming, pero con el tiempo he vuelto al vinilo y al formato físico. Poco a poco he ido recuperando una colección y la verdad es que disfruto mucho más de la experiencia de escuchar música en casa así. Hay algo especial en tener los discos físicamente y también en el componente de coleccionismo, que había olvidado durante más de una década. Al final, volver a comprar música en formato físico ha sido, de alguna manera, volver a los orígenes.

Quiero decir que todo eso puede coexistir perfectamente con el streaming, que también puede ser maravilloso. De repente quieres escuchar un disco de Fela Kuti o cualquier otra cosa, lo buscas y lo tienes ahí, y eso está muy bien. No estoy en contra de eso.

Pero, como dices, el ritual de poner un disco, levantarte a mitad para cambiar la cara… todo eso le otorga otro valor a la experiencia. Más allá de las tendencias actuales o de plataformas como Tik-Tok, donde todo parece reducido a 30 segundos para destacar una canción. Es otra cosa completamente distinta.

¿Después de una carrera tan larga, la necesidad de crear música sigue siendo tan importante como el primer día para vosotros?

A ver, buena pregunta. La necesidad, yo diría que sí sigue estando. La manera de hacerlo quizá cambia, porque cuando empiezas todo puede ser más puro, más inocente o más fresco, como quieras llamarlo. No tienes más expectativas que aceptar esa necesidad de hacer cosas.

Como dice Amaia, nosotros empezamos un poco por aburrimiento. Yo intento romantizarlo y pensar que había una necesidad interior muy fuerte, pero la realidad es que tampoco teníamos expectativas. Éramos de la época de MySpace: subíamos un par de canciones, a alguien le gustaban y no sé muy bien cómo acabaron llegando a Madrid y al sello del que te hablaba antes.

Quizá ahora hay más oficio y también es verdad que entras más en los tiempos y en el ritmo de la industria. Pero la necesidad de expresar algo sigue ahí. No es tanto “tengo que explicar esto o me muero”, sino que es una manera de mirar el mundo que está contigo las 24 horas.

La diferencia es que ahora quizá todo es más pautado y antes era más libre. Pero sí, yo creo que sigue siendo una forma de vida. No es exactamente igual ni permanece intacta, pero sigue estando ahí.

Como músicos, evidentemente no sois los mismos que al principio. Con los años llegan la experiencia, los conciertos, el rodaje y el trabajo con distintos productores, y eso hace que una banda evolucione y madure. Nadie nace aprendido.

También pasa mucho que parte de la crítica o del público idealiza los primeros discos de ciertos grupos y se queda anclada ahí para siempre. Ha ocurrido con bandas como The Strokes, donde mucha gente sigue señalando el debut como la cima absoluta de su carrera, independientemente de todo lo que hayan hecho después.

En vuestro caso, habéis tenido la suerte —o quizá el mérito— de escapar un poco de esa visión tan reduccionista. Vuestra carrera no se ha quedado atrapada en una sola etapa, sino que habéis sabido evolucionar sin perder identidad, y eso es algo que no todas las bandas consiguen.

Son masivos, claro. La cosa es que, bueno, también entiendo que, como The Strokes fueron tan exitosos, todo eso se magnifica mucho más.

Nosotros, como hemos sido un grupo más desconocido, quizá no pasa tanto. Y luego también está la crítica, que al final era la de un fan inicial al que quizá no le gustó tanto esta revisitación. Pero bueno, es una cosa extraña, porque realmente no estaba criticando canciones nuevas, sino esta nueva visión de las canciones.

Hablando de envejecer... En vuestro anterior trabajo había muchas referencias al paso del tiempo («Cuando callen estos viejos...»). ¿Sentís que poco a poco vais acercándoos a esos “viejos” de los que hablabais?

Sí, bueno, hay cierta ironía en esa canción, «La juventud». Intentábamos ser una especie de médium o de contenedor desde nuestra madurez, por decirlo así, desde nuestra edad actual, que son ya 40 o 42 años, y proyectar esa idea más teenager de la juventud, pero también riéndonos un poco de ella.

Porque en ese disco también hablamos de que existe una edad biológica y una edad mental. Y de que la mirada de cada persona, como decía Kenji Mizoguchi, sigue intacta aunque pasen los años.

Sí, claro que ya somos esos viejos. Pero no los viejos que no dejan hablar a los jóvenes o que viven anclados en otra época. No somos esos.

Somos viejos molones, que es muy diferente. Está el viejo tradicional y luego está el viejo molón. Vosotros sois viejos molones y yo también.

Pero también existe el joven viejo, el típico chaval de 20 años que ya parece un señor. El viejo joven, el viejo chiste.

El viejoven (risas). Siempre habéis sido un grupo bastante comprometido, con un trasfondo político y social en vuestras letras. ¿Sentís que esto sigue siendo una parte central de la banda hoy en día?

A ver, yo creo que nunca hemos sido un grupo panfletario o especialmente político, como sí pueden ser otras bandas. Pero sí que hemos tenido una mirada crítica y bastante atenta hacia todo lo que pasa alrededor.

Bandas como The Clash siempre me han parecido increíbles, pero las letras de Joe Strummer eran mucho más directas, casi como un panfleto político o anarquista. El punk, al final, tenía mucho de eso: un mensaje frontal, sin demasiados rodeos.

Vosotros, en cambio, sois más sutiles en vuestra manera de abordar ciertos temas. Hay una intención y una mirada crítica, pero nunca desde un discurso tan explícito o tan directo sobre lo que el oyente tiene que pensar.

Sí, yo creo que somos un grupo político, aunque no al uso. Quizá más humanista, más atento a todas esas visiones políticas que tienen que ver con la vida de la gente.

Entonces, si veo que nuestras ciudades están llenas de obras y que están echando a la gente de sus barrios y todo este rollo, pues claro que eso me afecta. Y sí, yo qué sé, vamos a manifestaciones y todo eso. Así que sí, sí somos políticos.

Y en general, ¿creéis que el rock sigue siendo una voz de la calle? ¿O ese papel lo están ocupando ahora otros géneros, como el reggaetón?

Bueno, yo creo que el reguetón sí lo fue en su momento. Ahora ya no sé si lo es tanto, quizá porque ya se ha convertido en mainstream. Creo que ahora mismo la voz de la calle está más en el reguetón, el rap y toda la música urbana, el drill y todo ese rollo.

Pero el rock and roll también sigue teniendo algo de eso. Al final cualquiera puede hacer rock and roll: son tres acordes, algo popular, algo del pueblo. Y yo creo que eso sigue vigente.

De hecho, me parecen géneros que, tanto el rock and roll como el rap, tienen esa cosa muy simple y a la vez muy popular, muy directa y muy guay, que consigue llegar a mucha gente. Esa es mi visión. Igual estoy equivocado y sí está muerto, no lo sé. Pero yo creo que no.

Yo todavía conservo la esperanza de que el rock and roll vuelva a tener el peso que tuvo en los años noventa, cuando las bandas de guitarras dominaban las listas y marcaban el pulso de la industria musical. Ojalá en algún momento vuelva a suceder algo así, porque sería una gran noticia para quienes seguimos creyendo en ese espíritu del rock.

Yo no sé si volverá como en los noventa, pero sí creo que es algo cíclico. También, hablando con Luis, de Sonido Muchacho, me decía que las guitarras vuelven. Y si te fijas, ahora mismo hay mucha gente tocando con guitarras otra vez.

No sé si eso va a significar volver a ver a Nirvana o algo así siendo número uno, obviamente. Pero sí, creo que hay espacio para todo.

Y ya para terminar, tengo una última pregunta. En realidad me la sugirió mi amigo David, que fue quien me llevó a vuestro concierto y que además es muy fan de la banda. Me dijo: “Hazles esta pregunta”. Así que voy a apropiármela un poco. Para alguien que os descubra hoy por primera vez a través de Divino Tesoro, ¿qué creéis que va a encontrar en el disco?

Bueno, a ver, buena pregunta, David. Yo diría que quien nos descubra por primera vez con Divino Tesoro va a encontrar lo que fuimos y lo que somos. O sea, nuestra esencia.

Son canciones de nuestras primeras etapas que ahora hemos cambiado un poco o revisitado, pero que siguen mostrando muy bien quiénes somos. Igual algunas son más ingenuas o distintas a las que hacemos ahora, pero son parte de nosotros totalmente.




THE MAGIC IN THE AIR CLUB CELEBRA 30 AÑOS REVIVIENDO LA BARCELONA MOD MÁS LEGENDARIA

The Magic in The Air Club celebra este octubre sus 30 años de historia con dos citas especiales en Barcelona que recuperarán el espíritu mod, soul y sixties que convirtió aquellas fiestas en todo un referente de la escena underground barcelonesa de finales de los 90 y principios de los 2000. La celebración arrancará el día 16 con una warm-up party en Casa Sidral y culminará el 17 de octubre con una gran noche en la sala Upload.

La primera banda confirmada para el aniversario son Los Retrovisores, una de las formaciones más queridas y respetadas del panorama estatal gracias a su vibrante combinación de soul, beat, boogaloo, R&B y pop sesentero. Los barceloneses llegarán además presentando su último EP, Cambio y Corto, en un directo que apunta a ser uno de los grandes momentos de la celebración.

La cabina reunirá también a nombres históricos de la cultura mod y el acid jazz, encabezados por Eddie Piller, fundador de Acid Jazz Records y pieza clave en el descubrimiento de Jamiroquai. Junto a él estarán DJs como Roch “da Mod” Vidal, Miguel Velacoracho, Belle de Jour y Carles Armengol, además de los residentes habituales Marc Argenter, Eduardo Domingo y DJ Eneida Fever!, impulsora del club cuando apenas tenía 19 años.

The Magic in The Air Club nació en 1996 en la mítica sala Magic del Born y durante años fue uno de los pocos refugios barceloneses para los amantes de los sonidos sesenteros en plena explosión de la cultura electrónica. Por allí pasaron bandas como Sidonie, Elephant Band —el primer grupo de Xoel López—, Magic Bus, The Woggles o Bronco Bullfrog, además de DJs y músicos como Andy Lewis, Richard Searle (Corduroy) o miembros de Rinôçérôse y Brand New Heavies.

Este 30 aniversario servirá también para rendir homenaje a Javi “Maradona”, histórico director de la sala Magic y una figura esencial para que aquellas noches acabaran convirtiéndose en una auténtica escena alrededor de la psicodelia, el beat, el soul y el R&B en la Barcelona de aquella época.



viernes, mayo 15, 2026

ENTREVISTA A MUYAIO: HUMOR FRENTE AL CAOS DIGITAL

Muyaio combina música, inteligencia artificial y ahora también comedia. En su nuevo EP, Scroll Infinito, tira de pop alternativo e ironía para hablar, sin dramas, de cómo nos llevamos con la tecnología y los algoritmos.

Ocho preguntas para Muyaio:

Acabas de sacar Scroll Infinito. ¿Cómo lo describirías? ¿Qué crees que lo hace diferente?

Dos años de trabajo, de reconstrucción personal y de darle muchas vueltas a las letras. Es una pequeña ventana a lo cotidiano que nos pasa a todos, sobre todo con un móvil en la mano. ¿Qué lo hace diferente de mi música anterior? Que tiene un marcado carácter cómico. Antes hacía canciones más irónicas, otras más reflexivas y otras más bailables, y aquí decidí centrarme en una de esas facetas y llevarla hasta el final. Tan al final, que no solo son canciones, sino también parte de un monólogo de stand-up. ¿Y qué lo hace diferente del resto? Creo que es esa unión entre lo alternativo y lo cómico. No soy el único que lo hace, pero es una línea muy fina y difícil de transitar.

Al final, ¿qué dirías que aporta este proyecto: es más para entretener, para hacer pensar… o ese punto de ansiedad digital que compartimos todos?

Todo el mundo sabe —y ha sentido en sus carnes— lo que es el ghosting, el FOMO o el stalking. Es como un cuadro costumbrista: entretiene, pero también busca la reflexión desde la risa y no desde el sermón. Aquí las conclusiones las saca el oyente; yo solo me retrato a mí mismo.

En el EP hablas bastante de cómo nos relacionamos con la tecnología. ¿En qué momento dejamos de usar el móvil y empezó él a llevarnos a nosotros?

Como digo en el monólogo, si por mí fuera cogería un DeLorean, un condensador de fluzo y me plantaría en 1997 para evitar el acontecimiento que lo cambió todo: Clippy. No, en serio, creo que el momento determinante fue el iPhone 3G, cuando empezamos a tener datos en el móvil, a comunicarnos por WhatsApp en lugar de llamarnos y a hacer fotos con filtros raros.

Si un algoritmo de recomendación te analizara como artista, ¿crees que te incluiría en su lista o te mandaría a “algo similar, pero mejor”?

Depende de cómo esté hecho ese algoritmo: si se basa solo en la gente que me ha escuchado, como la mayoría, o si realmente analiza el contenido de la música. En el primer caso, solo me incluiría en sus listas si tuviera suficientes oyentes; si no, pasaría de mí, hiciera la música que hiciera. En el segundo, seguramente me colocaría en la lista ideal de ciertos oyentes que existen, pero vivimos en un entorno tan saturado de música nueva y de “slop” musical, que al final soy un grano de arena más.

Siendo doctor en IA, ¿te da cosa que algún día plataformas como Spotify se saquen de la manga un “Muyaio 2.0” que publique más que tú?

aja, pues ya están en ello. Spotify está apostando fuerte por desarrollar su propio sistema de música generativa y ha contratado a muchísimos científicos para eso, así que en breve habrá un Muyaio 2.0. Ahora mismo, lo que estoy pensando es sacar un Supertrópica 2.0 antes de que Spotify lo haga por mí: coger los temas de Supertrópica —mi antigua banda— y pasarlos por IA, a ver qué pasa.

Ahora también te has lanzado a la comedia en directo. ¿Qué impone más: el silencio en un concierto o un chiste que no termina de cuajar?

Un chiste, sin duda. En la comedia estás mucho más desnudo: tú solo con el micrófono y, además, con la obligación de hacer reír constantemente. La comedia es mucho más exigente que la música y tengo muchas menos tablas ahí, así que me impone bastante más. Aun así, me he lanzado a la piscina para hacer un show completo de stand-up con canciones, que se llama igual que el EP: Scroll Infinito.

Sacar música desde Canarias siempre tiene su historia. ¿Cómo ves la escena ahora mismo en Tenerife? ¿Hay sitio para algo como lo tuyo?

En Canarias hay músicos buenísimos y mucha música que lo está petando a nivel mundial dentro del género urbano. Pero, a nivel de infraestructura cultural, seguimos en un punto muy básico: no hay circuito para bandas locales si no haces folclore, no hay apoyo real a la música propia y los ayuntamientos se gastan millones en megaestrellas y grupos de versiones, mientras que a los grupos de las islas con temas propios apenas les llegan las migajas. Creo que para lo que yo hago sí hay sitio, pero es difícil ser profeta en tu tierra, y más viviendo fuera. Muchas veces la validación tiene que venir de fuera para que luego te valoren aquí. Si Quevedo hubiera sacado Baifo al principio de su carrera, probablemente ese disco no habría triunfado en Canarias; ahora, con el respaldo de ser una estrella internacional, todo el mundo le compra el discurso.

Y por acabar: si pudieras hackear el algoritmo global durante un día, ¿harías que todo el mundo escuchara tu EP o que apagaran el móvil y salieran a dar una vuelta?

Que apagaran el móvil. Si hiciera que todo el mundo escuchara mi EP, me llovería hate. Mi música es de nicho, no de masas, y un buen algoritmo debería mostrar tu música a quien realmente le vaya a gustar, no lanzarla a diestro y siniestro. Así que mejor apagar todos los móviles y, como digo en mi canción “Amigo de Tom”, parte del show Scroll Infinito: “quiero volver y oír a Kurt Cobain y pasear ya libre de algoritmos, tocarte el timbre y besarnos en el portal”.




sábado, mayo 09, 2026

FANFICTION — REY KULL: «ALMAS MUERTAS», PUBLICADO EN HISTORIAS PULP

Reemplazo la melancolía por el coraje, la duda por la certeza, la desesperación por la esperanza, la maldad por el bien, las quejas por el deber, el escepticismo por la fe, los sofismas por la frialdad de la calma y el orgullo por la modestia.

Lautréamont

 

I

EL TRONO DE VALUSIA


A última hora de la tarde, la sala del consejo del palacio estaba casi vacía. El amplio recinto, sostenido por gruesas columnas y adornado con ricos tapices, cortinas de seda y mullidas alfombras, conservaba su regio esplendor bajo la tenue luz vespertina.

Durante la jornada, una multitud de individuos había expuesto sus problemas ante la corte: embajadores, sacerdotes, campesinos, nobles y mercaderes llegados de los confines del mundo. Para el rey no existían distinciones; todos los hombres eran iguales ante sus ojos.

En el trono de topacio, un individuo de anchos hombros y músculos poderosos escuchaba el resumen del día con la barbilla apoyada en el puño y la mirada perdida. Kull estaba exhausto: los asuntos del reino eran una madeja laberíntica en la que cualquier hombre podía naufragar.

Añoraba la libertad de los bosques de Atlantis, sus montañas escarpadas, los acantilados batidos por el oleaje y las gentes fieras e indómitas que los habitaban. Aunque intentaba reprimirlo, despreciaba la hipocresía y las máscaras de la civilización; odiaba a los cortesanos que lo lisonjeaban mientras maldecían sus orígenes entre dientes; aborrecía las intrigas de una aristocracia que, antes de su ascenso al poder, se tambaleaba víctima de su propia decadencia.

Al fondo de la sala, un balcón ofrecía una panorámica de Valusia: torres enjalbegadas, cúpulas escarlatas, tejados bruñidos por el sol, palacios imponentes y murallas doradas.

Tu, primer consejero de la corte y amigo del rey, carraspeó:

—¿Habéis escuchado algo de lo que he dicho, señor?

El gigante volvió a la realidad.

—Perdona, Tu. ¿De qué hablabas?

El anciano suspiró; nunca lograba retener la atención del bárbaro.

—Majestad, decía que el embajador de Kamelia ha protestado por...

Kull fingió escuchar mientras su mente se alejaba de nuevo. Las complejas responsabilidades del Estado lo aburrían. A veces, cuando el sueño le era esquivo, sentía que se había convertido en esclavo de su propio reino; de leyes y tradiciones que se perdían en el polvo de los siglos.

Un relámpago peligroso encendió sus pupilas. Jamás sería un títere. Le había costado sudor y sangre conquistar el trono de la Ciudad de las Maravillas, y no permitiría que nada ni nadie se lo arrebatara. Quien lo intentara moriría bajo el filo de su acero.

Una expresión desdeñosa endureció su rostro moreno, surcado de diminutas cicatrices. Poco le importaban las disputas de la nobleza; que se las arreglaran como pudieran. Sabía que, pese a haber levantado el país tras derrocar a Borna, muchos conspiraban a su espalda, murmurando en las sombras de sus casas. Nada les complacería más que ver destronado al bárbaro usurpador.

El anciano continuaba:

—En cuanto al conde Murom, desea que bendigáis la boda de su hija Nalissa con Dalgar de Farsun, apadrinando a los novios y...

Kull tomó nota mental. Murom era un súbdito fiel, uno de los primeros en abrazar su causa; no tendría más remedio que complacerlo, aunque detestara ese tipo de ceremonias.

Desvió la vista hacia los asesinos rojos apostados junto al trono, inmóviles como estatuas de bronce. Aquellos hombres, enfundados en armaduras carmesíes, eran los mejores guerreros del mundo: arrostrarían las llamas del Infierno y derramarían hasta la última gota de sangre por proteger a su señor.

El sol se ocultó por poniente y derramó una luz anaranjada sobre los azulejos de mármol. Por un instante, un cansancio inesperado oprimió el alma de Kull; el peso de la corona se le antojó insoportable.

Tu detuvo su discurso, se frotó las manos apergaminadas, y pareció envejecer varios años de pronto.

—¿Qué sucede, amigo mío? —preguntó Kull.

El anciano exhaló lentamente.

—Corren rumores por la ciudad, señor.

El atlante enarcó las espesas cejas.

—No te andes por las ramas, Tu.

El consejero fue directo al grano:

—Mis espías aseguran que Menkara, mano derecha del emperador de Zarfhaana, se encuentra en la ciudad...

Kull lo interrumpió con brusquedad.

—¿Qué hace aquí ese perro?

Tu encogió los hombros.

—No lo sé, majestad. Pero se rumorea que inmola vírgenes valusas en los altares de la Serpiente.

Sin advertirlo, el gigante llevó la diestra al pomo de su espada.

—¿Cómo es posible? —bramó—. ¡Quiero su cabeza!

—Primero debemos obtener pruebas, señor —replicó el anciano—. Si lo detenemos ahora, provocaremos un conflicto diplomático de consecuencias imprevisibles.

Kull enrojeció de ira.

—¿Por qué no me lo habías dicho?

—Porque sabía que reaccionaríais así, majestad.

El atlante gruñó.

—¿Y qué significa eso?

—Que debemos obrar con cautela. Cuando consiga testigos fidedignos, dará con sus huesos en las mazmorras.

Kull golpeó el estrado con el puño.

—¿Y mientras tanto? ¿Permitirás que sacrifique a todas las muchachas que quiera? ¿Esperarás a que cometa un error?

Tu bajó la mirada.

—No podemos hacer nada… todavía.

El gigante se puso en pie.

—¡Estoy harto de las normas de la corte! —rugió—. ¡Son cadenas disfrazadas de oro!

El primer consejero retrocedió ante la furia del atlante.

—La ley es la ley, señor.

Kull entrecerró los párpados.

—¿Dónde está Menkara? —masculló—. Quiero saberlo.

—En la Torre del Esplendor.

Sin añadir palabra, el atlante descendió la escalinata y abandonó el salón como una tormenta desatada.

Tu murmuró en voz baja:

—Que los dioses nos protejan…

 

II

LA DECISIÓN DEL REY

 

Al llegar a sus aposentos, Kull despidió a los criados con un gesto brusco. Necesitaba estar solo.

Furioso, recorrió la estancia de un lado a otro, como un lobo enjaulado, haciendo resonar sus pasos en la penumbra. Había forjado su destino con el valor de su brazo y el filo de su espada; no debía su trono a intrigas cortesanas ni a pactos susurrados en la oscuridad.

Para los valusos, seguía siendo un extranjero. Un invasor que había derrocado a la antigua dinastía entre llamas y sangre para ceñirse la corona. Y, sin embargo, gracias a los bárbaros que ahora patrullaban el imperio, la Ciudad de las Maravillas seguía en pie. De otro modo habría sucumbido, corroída por la decadencia de sus propios hijos.

Había reconstruido los ejércitos, quebrado la supremacía de los grondaros, aplastado a los sediciosos, desmantelado la Federación Triple y aniquilado el culto de los hombres serpiente. Logros suficientes —pensaba— para merecer la lealtad de un pueblo que aún lo denigraba en voz baja.

El gigante profirió una maldición en su lengua natal y apretó los puños.

¿Qué clase de rey sería si permitía tales horrores en su propio reino?

Con la mente en ebullición cruzó la estancia, apartó las cortinas de un manotazo y fijó la vista en la Torre del Esplendor. La antigua fortaleza, erigida milenios atrás, relucía como una gema oscura sobre las calles sumidas en sombras.

Alzó la mirada hacia el cielo. Las estrellas brillaban frías e indiferentes, y por un instante tuvo la sensación de que se burlaban de su impotencia.

Recordó el camino que lo había conducido hasta allí: la infancia salvaje entre las fieras que lo adoptaron; los años encadenado al banco de una galera lemuria; los saqueos juveniles en las colinas de Valusia; las mazmorras del palacio; la arena del circo, teñida con la sangre de hombres que murieron bajo su espada; el mando supremo de los ejércitos.

Una amargura antigua le cerró la garganta y le nubló los ojos. A veces anhelaba aquella vida brutal y simple, cuando el enemigo estaba frente a él y no oculto tras sonrisas diplomáticas.

—¡Por Valka! —rugió—. ¡No permitiré que Menkara haga su voluntad en mi reino!

La cólera inflamó su pecho y le tensó las venas del cuello. Sabía que el político zarfhaano era un ser corrupto, capaz de las peores atrocidades; los rumores que lo precedían no eran invenciones de taberna. Lo había visto el día de su coronación, y desde entonces su recuerdo le producía repulsión: frente estrecha, ojos hundidos y oblicuos, labios finos que apenas ocultaban una crueldad innata.

Con un gesto brusco, Kull arrojó la corona sobre la cama. Se despojó de las vestiduras reales y ciñó el pesado mandoble a su cintura. Necesitaba ver con sus propios ojos lo que Tu le había contado.

Se detuvo en el alféizar.

A cien pies más abajo, el jardín yacía envuelto en tinieblas. Los guardianes tardarían aún unos minutos en volver a pasar bajo sus ventanas.

Examinó las enredaderas que descendían hasta el suelo, los árboles agitados por el viento nocturno, las fuentes silenciosas, los setos recortados y los muros del castillo.

La decisión estaba tomada.

 

III

LA CIUDAD DE LAS MARAVILLAS

 

En lo alto, un cuarto de luna rasgó la negrura e inundó las calles empedradas con una luz espectral. La ciudad adquirió un aspecto fantasmagórico, como si perteneciera más al reino de los sueños que al de los hombres.

Kull cruzó la azotea a gran velocidad y, sin vacilar, saltó al edificio contiguo. El impacto le recorrió el cuerpo de pies a cabeza, pero apenas se detuvo. Atravesó el tejado en diagonal, se aferró a una cañería, tomó impulso y se proyectó hacia la siguiente cubierta. Usó manos y pies para escalar el pretil, quebró varias tejas bajo su peso y se irguió sobre la altura.

A una legua de distancia se alzaba la Torre del Esplendor.

Tres pisos más abajo, una pareja de guardias armados con lanzas y espadas rectas cruzó la avenida antes de desaparecer tras una vivienda. El rey contuvo la respiración, aguardó unos segundos y prosiguió su avance. La rabia daba ligereza a sus pasos.

—Veremos qué clase de hombre eres —murmuró entre dientes— cuando nos encontremos cara a cara, bastardo.

Sabía que estaba cometiendo una insensatez. Un solo error podía desatar la guerra entre Valusia y Zarfhaana. Pero le resultaba imposible sofocar aquella sed de justicia. Menkara no quedaría impune. Los dioses eran testigos de su juramento.

Descendió una tapia, cruzó varias terrazas contiguas y, tras medir la distancia con un vistazo rápido, salvó de un salto el abismo entre dos edificios. Pocos hombres habrían podido realizar semejante hazaña.

Con la respiración agitada y el sudor perlándole la piel, se orientó entre el laberinto de azoteas y eligió el trayecto más seguro.

Abandonar el palacio había sido sencillo. Sus guardianes no estaban preparados para hombres como él; hasta un ciego habría encontrado los puntos ciegos de la vigilancia. Descendió por las enredaderas, aguardó oculto tras unos setos y cruzó el jardín en ráfagas silenciosas, deteniéndose solo para dejar pasar a las patrullas. En pocos minutos alcanzó la muralla.

Sin reducir la velocidad, saltó, se aferró al parapeto y se izó con la fuerza de sus brazos hasta coronar el muro.

Ante él, la Ciudad de las Maravillas dormía, ignorante de los crímenes que germinaban en la oscuridad.

Sacudió la negra melena y se deslizó al otro lado como una sombra desprendida de la noche.

Kull se detuvo un instante sobre un tejado inclinado y contempló la Torre del Esplendor. Ahora que la cólera empezaba a disiparse, una frialdad penetrante ocupó su lugar y templó su ánimo.

Lo más prudente sería buscar una brecha en el muro exterior, evitar a los guardianes y ascender hasta lo alto de la fortificación.

Lamentó no haber llevado una cuerda o una cota de malla. Pero lo hecho estaba hecho; el acero bastaría.

Atravesó una hilera de tejados irregulares, eludió a varios hombres que salían tambaleantes de una taberna y alzó la vista al cielo. Nubes pesadas cubrieron la luna, y la oscuridad se volvió más densa.

Sonrió.

La noche era su aliada.

Por primera vez en meses, una sensación desbordante de libertad inundó su espíritu con el recuerdo de mares espumosos y montañas lejanas. Se desvanecieron las reflexiones sombrías, el tacto del terciopelo, las ceremonias de la corte, el peso insoportable de la corona.

Seguía siendo un hombre libre.

Y eso —pensó mientras avanzaba hacia la torre— era lo único que importaba.

 

IV

ALMAS MUERTAS

 

Cautelosamente, el bárbaro se aproximó a la claraboya y miró a través del cristal.

Una docena de sacerdotes, envueltos en túnicas sombrías, oraban bajo su posición. Un canto monótono y reptante ascendía hasta la bóveda, impregnado de una cadencia antinatural.

La piel de Kull se erizó.

Detestaba la brujería. La aborrecía con la misma intensidad con la que amaba el acero limpio y el combate frontal. Su mano se cerró en torno al pomo de la espada.

Un estremecimiento le recorrió la espalda. La superstición ancestral de su raza despertó en lo más profundo de su espíritu: las viejas creencias no mueren; duermen.

Un poder malsano, nacido cuando Atlantis era aún una isla joven entre brumas primitivas, emanaba de aquel círculo de figuras encapuchadas.

En el centro de la estancia, sobre un altar de obsidiana, yacía una joven de miembros pálidos, encadenada de pies y manos con grilletes de plata. Tras ella, la figura inconfundible del político zarfhaano sostenía un puñal ritual, preparado para hundirlo en carne inocente.

Kull rechinó los dientes. Los espías de Tu no habían mentido.

El canto se intensificó.

Menkara avanzó, se situó junto a la muchacha y alzó el arma. En sus ojos enrojecidos ardía una devoción febril.

—¡Acepta nuestro sacrificio, Thulsa Doom! —aulló con voz ronca—. ¡Devuelve el poder al pueblo de los hombres serpiente!

El rey no dudó.

El tragaluz estalló bajo su peso. El cristal se hizo añicos y cayó como lluvia cortante sobre los sacerdotes. Un clamor de sorpresa sacudió la cámara.

Kull aterrizó en medio del círculo.

El mandoble brillaba en su puño como un relámpago contenido.

De sus labios brotaron palabras antiguas, sin que él supiera de dónde provenían:

—Ka nama kaa lajerama…

Los sacerdotes alzaron el rostro.

Y entonces las capuchas ya no ocultaban hombres.

Los rasgos se distorsionaron, las mandíbulas se alargaron, los ojos se tornaron amarillos y verticales. Lenguas bífidas silbaron entre colmillos húmedos. Las túnicas se tensaron sobre cuerpos sinuosos.

Hombres serpiente.

Kull rugió y descargó el acero en un arco brutal. La hoja hendió un cráneo escamoso desde la coronilla hasta el pecho. Sin detenerse, giró sobre sí mismo y abrió el torso del siguiente; vísceras humeantes salpicaron el mármol negro.

—¡Matadlo! —chilló Menkara—. ¡Es Kull de Valusia!

 El atlante respondió con una carcajada feroz.

Avanzó como una tormenta desatada. El acero subía y bajaba, describiendo medias lunas sangrientas. Miembros cercenados golpeaban el suelo; cuerpos retorcidos se agitaban en espasmos finales.

Ignoró los cuchillos que rasgaban su piel, las garras que buscaban su garganta. No retrocedió ni un paso. Había nacido para aquel instante: matar o morir bajo la mirada indiferente de los dioses.

Su visión se tiñó de rojo.

Los hombres serpiente, poco diestros en el arte del combate, no pudieron contener la furia primordial del atlante. Uno tras otro cayeron bajo su acero.

Minutos después, el silencio regresó a la cámara.

Kull se irguió entre los cadáveres. Pequeños cortes cubrían su cuerpo y la sangre —ajena y propia— empapaba sus piernas. Respiraba con dificultad, pero en sus labios se dibujaba una sonrisa helada.

Cruzó el altar, avanzó entre los restos y fijó los ojos en Menkara.

El terror había borrado todo rastro de fanatismo en el rostro del zarfhaano.

—¡Socorro! —chilló—. ¡Guardias!

Kull rio.

—Grita cuanto quieras, perro. Tus guardianes yacen despedazados.

—¡Mientes!

La punta del mandoble señaló su pecho.

—Basta de palabras.

Menkara alzó los brazos y comenzó a recitar en una lengua oscura, más antigua que los tronos de los hombres.

El efecto fue inmediato.

El avance de Kull se detuvo en seco.

Una fuerza invisible aprisionó sus miembros. Una corriente glacial recorrió su cuerpo; la sangre se volvió pesada, espesa. El corazón latió con dolor.

Menkara sonrió con triunfo.

—Estás atrapado, bárbaro. Ningún hombre puede romper mi conjuro.

El llanto desgarrado de la joven atravesó la bruma que oprimía los sentidos del atlante.

Kull concentró toda su voluntad en el brazo que sostenía la espada.

No permitiría que aquella inocente muriera.

Los músculos temblaron. Las venas se hincharon como cuerdas tensas. Un gruñido surgió de lo más hondo de su pecho.

Menkara retrocedió.

—¡No!… Es imposible…

Con un esfuerzo que desgarró algo en su interior, Kull lanzó el mandoble.

La hoja surcó el aire como un cometa de acero.

Se hundió en el esternón del zarfhaano y lo clavó contra el muro. Un borbotón oscuro brotó de su boca. Sus ojos se abrieron en un gesto de incredulidad absoluta antes de apagarse para siempre.

El hechizo se quebró.

Kull cayó de rodillas, estremecido por violentos temblores. Había estado a un aliento de la muerte.

Tras unos instantes, se puso en pie con dificultad y se acercó al altar.

La joven sollozaba.

—Gracias, señor… No sé cómo…

Kull rompió las cadenas con sus manos ensangrentadas y la ayudó a incorporarse. La sostuvo con una firmeza sorprendentemente delicada.

—Todo ha terminado —dijo con voz grave—. Estás a salvo.

Por un instante, en la cámara aún impregnada de muerte, el rey pareció más hombre que monarca.



jueves, mayo 07, 2026

ENTREVISTA A LOS SARA FONTÁN: ENTRE EL CONSUELO Y LA RESISTENCIA

Los Sara Fontán es el proyecto conjunto de Sara Fontán, al violín, y Edi Pou, a la percusión. Lo suyo es la música instrumental, pero lejos de encasillarse: mezclan post-rock, electrónica y una buena dosis de experimentación. Todo gira en torno al diálogo entre ambos y a una manera muy libre de crear, ya sea en el estudio o sobre el escenario.

«Creer fuerte» es la primera pista que podemos escuchar de vuestro nuevo disco. ¿Qué lugar ocupa dentro de Consuelo?

«Creer fuerte» resultó una música que nos evoca un estar hacia adelante, positiva, abierta y cambiante, así que decidimos colocar la esperanza que regala en el centro de Consuelo.

El álbum parece moverse constantemente entre la oscuridad y la luz, casi como si fuera un viaje espiritual. ¿Estoy en lo cierto?

Estás en lo cierto en que se mueve entre la oscuridad y la luz, pero no tanto como un viaje espiritual, sino como un reflejo de cómo nos sentimos ante la vida. La narrativa abierta que regala la música instrumental permite que el espectador se encargue de completarla.

Vuestra música cuesta encajarla en una sola etiqueta: hay post-rock, electrónica, incluso algo de clásica. ¿Cuáles son vuestras influencias?

Nos gustan muchos estilos de música; nos gustan los pájaros, los gatos, el agua, el vino, los ríos; nos gusta la noche y la mañana; nos gustan el rojo, el verde, el negro… Se nos hace muy difícil componer solo en un estilo. Puede que nuestra personalidad sea ese sentirse cómodo en diferentes ambientes, y ello provoca diversidad de estilos en nuestra música.

No utilizáis voz, pero aun así se percibe una narrativa muy clara en vuestros temas. ¿Es sencillo construir una historia sin palabras?

El principio no es narrativo, el principio siempre es visceral. No solemos intentar construir una narrativa; más bien se revela cuando la música está compuesta. Sí que nos motiva mucho ser capaces de hilar ideas sonoras y que tengan sentido consecutivamente, pero desde un lugar sonoro, estético e incluso radical. Esta forma de hacer música no tendría mucho sentido sin una forma parecida de “estar” en la música: cuestionando las formas de grabar, de distribuir, de comercializar o de compartir esta música.

En Consuelo se intuye cierta resistencia frente al momento actual, tanto a nivel social como político. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

¡Cualquier tiempo futuro esperemos que sea mejor! Vivimos inmersas en el resurgir de tiempos pasados imperialistas, de poderosos deshumanizados, machos dominantes imponiendo un mundo salvaje y poco empático, pero también estamos rodeadas de personas y lugares que tienden a la resistencia en el pensamiento y a la acción. La música, y las comunidades que se crean a su alrededor, pueden ser buenos entornos para organizar y repensar el futuro.

Da la sensación de que vuestro proceso creativo está muy ligado al directo. ¿Qué cambia cuando lleváis esas ideas al estudio?

En el estudio no tocamos siempre juntas: una graba a la otra y viceversa, y eso cambia bastante cómo nos relacionamos con las piezas. Se desgranan de una manera que nos permite trabajar profundamente sobre los detalles de producción y de interpretación. El mayor reto en el estudio es conseguir transmitir la fisicidad con la que tocamos en directo, rodeadas de otros cuerpos y oídos. Nos lo pasamos muy bien jugando a disponer micrófonos, escuchando a través de los cascos, cerrando y abriendo ambientes, cometiendo errores y sacrilegios…

Como dúo, habéis construido una conexión violín y percusión, alejándoos de la clásica base de batería y bajo. ¿Cómo fue desarrollar esa complicidad y encontrar vuestro propio lenguaje juntos?

Lo primero fue dejar a un lado la vergüenza y el afán de impresionarnos mutuamente. Una vez creado el clima, el reto es conseguir que nuestros instrumentos no sean un impedimento para que la música pueda fluir, sea la que sea. A fin de cuentas, la clave siempre es escucharse, no aburrirnos e intentar sorprendernos todo el rato.

Después de este disco, ¿lo sentís como un cierre de etapa o más bien como el inicio de nuevas posibilidades sonoras?

Grabamos un disco cuando sus canciones ya han sido tocadas, giradas, testeadas en muchos escenarios… En cierta manera, sacamos discos para despedirnos de esas canciones, para dejar constancia de ellas y seguir adelante. Sin embargo, tampoco seguimos la lógica de disco–promo–gira–pausa: estamos siempre girando y siempre componiendo, por lo que nuestra forma de hacer es un continuo, sin etapas claras. Cuando sintamos que no hay más posibilidades sonoras que explorar, lo dejaremos y nos centraremos en el gran damnificado por las giras: nuestro huerto.