viernes, julio 24, 2026

UN ALMA DEL NORTE - INTRODUCCIÓN

El poderoso motor del Dodge Charger retumbaba en la oscuridad previa al amanecer. Iluminada por luces eléctricas, Chandos Grove poseía un aspecto gélido y fantasmal. Aunque las ventanas delanteras estaban abiertas, en el habitáculo del carro se había formado una burbuja de humo; el olor de la hierba habría vuelto loco a cualquier perro detector de drogas. Spike conocía Salford como la palma de su mano; llevaba unos quince minutos transitando por calles secundarias poco frecuentadas. Indolente, soltó el acelerador y redujo la velocidad. Observé el cuentakilómetros con cierta sorpresa; mi colega no solía conducir a menos de cuarenta.

—La bofia vigila esta zona —el menda pareció leerme el pensamiento—. Pasar desapercibidos es la mejor opción. 

Embutido en una raída chupa de cuero, parecía haber escapado de un programa de desintoxicación: pelo largo teñido de canas, rostro demacrado debido al consumo de todo tipo de sustancias ilícitas, profundas bolsas debajo de los ojos, nariz prominente, pómulos angulosos, cuerpo terriblemente delgado. Una versión arrabalera y magullada de Mark E. Smith, de The Fall. Estilo y decadencia a partes iguales: gafas de sol y cuero. Su mirada estaba en otra órbita; contemplaba universos inalcanzables para el resto de los mortales.

La tarde anterior, entre los cuatro miembros del Grupo Salvaje, habíamos reunido un buen fajo destinado a actividades recreativas. Pese a llevar toda la noche de juerga, nos quedaban porros, farla y priva como para descarrilar un tren. Éramos los supervivientes del Segundo Verano del Amor, hijos de la cultura rave. Habíamos bailado Hallelujah, de los Happy Mondays; Come Together, de Primal Scream; Fool’s Gold, de The Stone Roses; I’m Free, de The Soup Dragons, y Weekender, de Flowered Up, en una nebulosa de MDMA, locura y cachondeo.

Como en los viejos tiempos, Spike se encargó de pillar la mandanga. Hacía siglos que no probaba una farlopa tan cojonuda. Nada más meterte una raya —antes incluso de que terminara de hacer efecto— ya te apetecía volver al baño a darle otro toque al tema. Parafraseando a William S. Burroughs: «Si Dios inventó algo mejor, se lo habrá reservado para él». Íbamos con cuidado: el Partido Laborista, al igual que su predecesor, tampoco apoyaba la legalización de los narcóticos.

—¿A quién le compraste la coca?  —pregunté—. Te has lucido, tronco.

—Al Pulga —explicó—. Tiene un contacto en Escocia que le trajo un cuarto de kilo de lo mejorcito. Estuve en el chabolo mientras lo cortaba y dejó nuestra parte tal cual llegó. Las nieves del Kilimanjaro se quedan pañales en comparación con esta mierda, chaval.

Me costaba creerlo. El perico del camello tenía fama de dudoso, una guarrada, sin circunloquios. Ya era hora de que se pusiera las pilas. Fui sarcástico:

—Pensaba que Richard se había retirado.

—¿Estás de coña? —rio—. ¿En serio no lo viste anoche?

—En absoluto.

—Estuvo en el tigre todo el tiempo. Llevaba una mordida de la hostia. Tenía la mandíbula tan desencajada que parecía Forrest Gump. ¡Viva Colombia!

El Pulga poco había cambiado desde que traficaba en las raves a principios de los noventa. Siempre lo recordaba con el casco de moto —donde guardaba el material— bajo el brazo, de palique con todo Dios, trapicheando para asegurarse una vejez digna.

Una noche, a las afueras de un garito, mientras hacíamos el intercambio de rigor de efectivo por tripis, vio el reflejo de las luces de un coche patrulla y salió escopeteado como alma que lleva el diablo. Por suerte, teníamos la merca en mano y no nos dejó en la estacada. Un tipo con nervios de acero.

Examiné la calle: viviendas victorianas, árboles, una iglesia en obras, cabinas de teléfono, pequeños comercios, restaurantes y roñosos pubs cerrados. Aborrecía Salford: sus gentes poligoneras, el ambiente tétrico de las fábricas, los bloques de protección oficial y las colas frente a las oficinas de empleo. Puto infierno de ciudad repugnante... Haber crecido en Eccles me moldeó para siempre. Cada día tenía más claro que mis raíces eran terribles: un entorno opresivo, aniquilador. Una ciudad de carcas amargados. De milagro no terminé en el bareto de la esquina, jugando al Cribbage y enganchado al Grouse. Mudarme a Londres me abrió los ojos; jamás podría regresar a aquella cloaca.

Le comenté a Spike:

—La peña continúa igual que siempre, ¿verdad?

— El problema de dejar las drogas es que, cuando vuelves a sus brazos, lo haces con el doble de ganas. Es como encontrarte con una guarrilla que tenía un polvo espectacular y le echas un revolcón para rememorar viejas glorias. ¡Te enganchas por defecto!

—Bonita metáfora —bromeé—. Tomaré nota para mi próximo libro.

—Muy sensato por tu parte. —El amigo esbozó una sonrisa mordaz—.  Te lo he dicho mil veces: tu próximo personaje debe ser un misógino, perforador de culos femeninos de alto standing.

En el asiento trasero, Tom quitó la anilla a una lata de Guinness y echó un trago al coleto. Después de todo lo que nos habíamos metido, daba igual que estuviera caliente. Por alguna extraña razón, el lote de cerveza seguía siendo considerable.

—¿Te apetece una, tío?

Tom llevaba pañuelo de pirata, polo Fred Perry, vaqueros y Nike blancas. Había bailado como un neurótico varias horas; seguía empapado de sudor y parecía que los ojos azules le iban a saltar del cráneo. Por mucho que largara que iba a reformarse —vida sana, bicicleta, nada de carne y batidos de espinacas—, tenía complejo de Tony Montana.

—¡Vale! —Cacé la birra en el aire—. Marion, ¿estás bien?                                              

Este apuró el canuto antes de replicar:

—¡Claro! ¿Por qué lo preguntas?

Marion tenía pinta de navajero: gabardina, camiseta de Marilyn Manson —época Antichrist Superstar—, pitillos ceñidos, pesadas Doc Martens, anillos de armadura y uñas pintadas de negro. El cabello le sobrepasaba los hombros y se había dejado barba. Fumeta compulsivo, amante de la literatura rusa, obsesionado con la política y coleccionar cuchillos, su fama de bolinga era legendaria en los bajos fondos de la Universidad de Salford. El tipo había logrado escapar de Wythenshawe —una de las muchas barriadas chungas de Manchester— de una pieza. Punto a favor del amigo. 

—No has abierto el pico desde que salimos del Blue Moon.

Aunque estaba cocido, Marion controlaba la situación. Mantenía la voz firme y las ginebras que había pimplado en el estómago. La charla de una hora con una zumbada no lo había dejado para el arrastre. Lo típico: una relación mediocre, años de celos, abusos psicológicos, polvos cutres y, por último, la patada por una tía más joven en busca de nuevos horizontes. ¿Por qué la gente, cuando salía de marcha, en vez de olvidar sus problemas, se empeñaba en joder la marrana al personal?

—Disfruto de la hierba, capitán.

Tipas ajadas, reventadas de tanta polla, puestas de costo y alcohol mañana y noche, con varios hijos a cuestas y una mochila emocional que parece el petate de un marine en maniobras. Eran todas un coñazo. Decidí pincharle:

—Pensaba que andabas ciego y que ibas a echar las papas sobre Tom.

Spike intervino de inmediato:

 —¡Como alguno de vosotros, cabrones de mierda, se atreva a potar en mi buga, lo reviento!

Estallamos en carcajadas. No sería la primera vez que un miembro de la pandilla perdía el control de sus actos dentro del Charger. En el equipo sonaba Definitely Maybe, puede que uno de los mejores discos de la historia. Pensé que a los Gallagher —en especial a Liam— se la sudaba todo. Pura chulería, mesianismo y egos desorbitados. Al final terminabas cogiéndoles cariño, a pesar de que fueran tan pedantes y bocazas como Morrissey.

Pulp, Suede, Elastica, Supergrass… La batalla del Britpop: Blur versus Oasis. Manchester frente a Londres. Norte y sur en conflicto. Clase obrera contra élite. Las bandas se forraron, la prensa vendió miles de ejemplares, las tiendas de discos arrasaron, los promotores de conciertos se hicieron de oro y la gente disfrutó de buena música. Todo el mundo salió ganando y fue una época espectacular. Joder, hasta Robbie Williams —hablamos de un fulano que meneaba el culo en Take That— había despachado el impecable Life Tru A Lens, cuando nadie daba un penique por su carrera en solitario. Músicos... ¿Qué sería de la sociedad sin ellos? Probablemente más limpia… o, qué coño, un muermo. El rock era la tabla de salvación perfecta para unos marginados como nosotros. Demos gracias a la química y a la mala vida por las obras maestras. [...]

Spike cambió de carril y adelantó a un vehículo por la derecha. Continuábamos al pie del cañón: noctámbulos, colocados y erráticos, disfrutando de la vida sin pensar en el mañana. The Verve tocaba en Wigan aquella misma tarde. Bitter Sweet Symphony los había catapultado al estrellato internacional, y la banda aprovechaba la popularidad del momento para salir del ostracismo tras dos años de hibernación.

Previsor, cuando me enteré de la noticia pedí el día libre a la zorra de mi jefa. En un principio no hubo problema, pero a pocas horas del evento me comunicó que, como la plantilla andaba escasa de personal, le era imposible concedérmelo. Llevaba once meses chupándome todos los turnos posibles, puteado y ganando una miseria; aquella fue la gota que colmó el vaso. Ni siquiera me molesté en despedirme: que le dieran por culo a Sainsbury’s y, por extensión, a aquella imbécil que solo quería lameculos para manipularlos a su antojo. Me daba igual haberme quedado en la calle: los trabajos de mierda abundaban en Inglaterra. ¿Reponer mercancía en un supermercado de Charing Cross, o disfrutar de mi grupo favorito en directo? Más fácil, imposible.

Todos habíamos comprado entradas en Ticket and Travel (veintiún libras por cabeza) para el concierto. No esperaba que la peña se apuntara al carro. Por norma, cuando proponía algún plan, me daban largas. La última vez que vimos a The Verve sobre un escenario fue en Glastonbury. El cartel moló bastante: Oasis, The Cure, Pulp, Orbital, Elastica y The Charlatans, entre muchos otros. La banda tuvo problemas de sonido —se les reventó un amplificador— y mantuvo al público a la espera, tocando mientras los técnicos arreglaban el incidente. Richard Ashcroft, arrogante como de costumbre, se tomó aquel contratiempo con humor y bromeó: «No escucháis una sección rítmica como esta todos los días, ¿eh?», antes de cantar las inéditas «The Rolling People» y «Come On», que más adelante pasarían a formar parte del aclamado Urban Hymns. Fueron buenos tiempos: faltaba poco para que me independizara económicamente y plantara a mi familia en la miseria en la que estaban inmersos. En cierta manera, tomé la decisión de abandonar Salford aquel veinticinco de junio de 1995 en el NME Stage, a la vez que escuchaba Life’s an Ocean. Todo se unió a mi favor: la letra del tema, las buenas vibraciones del festival, la presencia de mis colegas, el Adam que había ingerido en primera fila… para librarme de las cadenas del pasado. Por desgracia, aquellos largos días de verano jamás regresarían. [...]

Spike se detuvo frente a un semáforo en rojo. El resplandor de las farolas le daba un aspecto sombrío. Inesperadamente, un coche patrulla apareció por Eccles Old Road y, al reconocer el Dodge Charger, encendió las luces y se dirigió hacia nosotros.

—¡Mierda! —exclamó—. ¡Lo que nos faltaba!

El menda bajó el volumen del equipo de música. Un calambre de ansiedad me recorrió el estómago.

—¿Por qué viene a por nosotros? —gimoteó Tom con voz ronca—. ¡No hemos hecho nada, joder!

Impertérrito, Spike relajó las manos sobre el volante y observó a la bofia a través del espejo retrovisor. Si estaba alterado, lo disimulaba por completo.

—Nadie tiene un buga como el tuyo en todo Manchester —rezongué—. Deberías plantearte pillar uno menos llamativo. ¡La policía puede localizarte a mil kilómetros!

—¡Y una mierda! —replicó—. Esta joya es la mejor inversión que he hecho en mi vida. Nunca subestimes la potencia americana.

Los segundos transcurrieron con una lentitud aplastante. ¿Qué diablos podíamos hacer? Apenas quedaba tiempo para deshacernos de la mandanga. Marion, intoxicado hasta las trancas, estaba en otro planeta. Tom, en cambio, se revolvía como un animal enjaulado; parecía víctima de un electroshock.

—¡Tengo que salir de aquí! —murmuraba—. ¡Tengo que salir de aquí!

El vehículo se detuvo detrás del Charger. El madero abrió la puerta del conductor y se aproximó con una linterna en la mano. Tenía cara de malas pulgas y la pipa le colgaba, bien visible, del costado. Si Tom no hubiera estado haciendo el cafre en la parte trasera, quizá —con un poco de suerte— habríamos podido salir de aquel fregado.

—¡Relájate! —farfullé—. ¡O nos meterán en el trullo por tu culpa!

—¡Tengo que salir de aquí! —Tuve ganas de pegarle un guantazo—. ¡Tengo que salir de aquí! —continuó entre tembleques.

Cuando faltaba un metro para que el pies planos pudiera vernos con claridad, Spike metió primera y pisó el acelerador. El carro salió picando ruedas; debimos de haber despertado a todos los vecinos. El poli, al recuperarse de la sorpresa, corrió hacia el coche, se subió de un salto y encendió la sirena.

—¡Menudo imbécil! —exclamó—. ¡Teníais que haberle visto el careto!

Dobló a la derecha a todo trapo y dejó la marca de los neumáticos en el asfalto. Cambió a segunda con vértigo. El ulular de la sirena taladraba el silencio mientras rozábamos los cincuenta kilómetros por hora; el límite permitido era treinta. Si nos trincaban, aparte de la mercancía y la perturbación del orden público, fijo que lo multaban por exceso de velocidad. La idea me arrancó una carcajada febril.

—¿De qué te ríes, capullo? —preguntó, con media sonrisa dibujada en los labios carnosos.

—Con las multas que te han metido, me extraña que te dejen conducir.

Irónico, respondió con otra pregunta:

—¿Y por qué estás tan seguro de que me lo permiten?

Entramos en un callejón sin salida. Nadie advirtió la señal de obras: balizas luminosas, escombros, conos y una zanja nos cortaban el paso; habían levantado el suelo. Spike frenó en seco; todos salimos despedidos hacia delante. Estábamos atrapados: era imposible continuar en esa dirección. Acto seguido, dio marcha atrás. El motor emitió un sonido áspero que me taladró los tímpanos.

—¡Apartaos, mamones! —masculló—. ¡No veo una mierda!

Tom y Marion se echaron a los lados para facilitarle la maniobra. Al llegar al final de la calle, torció a la izquierda. El coche patrulla apareció de improviso detrás del Charger. El impacto nos dejó galvanizados: Spike le había hundido el morro con el maletero.

—¡Maldita sea! —gritó—. ¡Cabrón!

Furioso, se vino arriba y subió el volumen al máximo:

You're the uninvited guest who stays 'till the end

I know you've got a problem that the devil sends

You think they're talking 'bout you but you don't know who

I'll be scraping your life from the soul of my shoe tonight…[1]

Sin pensarlo, continuó en plan kamikaze. La pasma, a duras penas, reanudó la persecución. Los minutos se sucedían; empezaba a acojonarme con todo lo que estaba pasando. Nos aproximábamos a una intersección. Mi colega se saltó el semáforo de Regent Road y esquivó un camión de basura por los pelos. La imagen del buga, con el lateral abollado, los cristales rotos y echando humo por el motor, bailó frente a mis retinas durante un segundo. En el interior, nuestros cadáveres ensangrentados aparecerían en la portada de los periódicos; carnaza que los lectores ociosos consumirían mientras apuraban el primer café de la mañana.

—¡Para el coche! —lloriqueaba Tom—. ¡Quiero bajar, tío, por favor!

—Que te den por culo —contestó Spike—. ¡Haz algo útil y prepara el tema, cojones! Si nos pillan, quiero ir sin la manteca encima.

Marion, de milagro, abandonó su ostracismo de fumeta.

—¿Qué pretendes? ¿Que nos la metamos toda, hermano?

—¡Obvio! —resopló—. ¡No te jode!

Dadas las circunstancias, era la opción más sensata que podíamos tomar. Pasaba de comerme un marrón por posesión de narcóticos o desperdiciar la pasta invertida en farlopa; era un material demasiado bueno para que acabara en garras de la pasma. Aquellos dos estaban tan puestos que no podrían preparar un tiro, menos aún enrollar un billete. Inútiles para la batalla.

—Yo me encargo —propuse—. ¿Quién tiene el marisco?

Tom me alcanzó su caja mágica. Dentro, aparte del material, había una cuchilla de afeitar, un pequeño espejo y un tubo de platino. Ignoré las sacudidas del vehículo y los edificios que desfilaban como una mancha borrosa. Saqué la abultada bolsa, calculando que restarían unos cinco gramos. Tendría que preparar unas lonchas del tamaño de las líneas de señalización de la calzada. Ante todo y sobre todo: generosidad y reparto equitativo. Abrí la guantera y saqué el primer cedé que encontré: Screamadelica, de Primal Scream. Siempre recordaría la primera vez que escuché «Loaded», el buen rollo que me transmitió el temazo de los escoceses. Su vibra optimista, espiritual y rebelde. Magia pura y dura. Aunque sabía que se subieron al tren de Madchester para intentar resucitar una carrera a la deriva, los muy cabrones parieron un disco tan brutal que cualquiera diría que ellos habían inventado el rollo.

Sonreí ante los recuerdos: durante años fue nuestro soundtrack cuando íbamos a surfear a la playa de Formby. Era un ritual escucharlo, tanto en el viaje de ida como en el de vuelta, junto a los porros de hierba y la botella de Suave Jack en el maletero. Uno de esos álbumes especiales que podía escuchar un millón de veces y siempre descubriría algo nuevo. ¿De dónde coño salían aquellos himnos? Asociaba Screamadelica al embate de las olas, la caricia del sol, la espuma salada y el tacto de la tabla entre mis manos.

Bowie —el labrador retriever amarillo que le había regalado a Spike— corría de un lado a otro como un poseso, se revolcaba en la arena, se daba chapuzones y jugaba con la pelota que le lanzábamos. Después, exhausto y feliz, se acercaba a su dueño meneando la cola en busca de un premio. Sus ladridos de satisfacción podían escucharse hasta la otra punta de Merseyside. Lo pasábamos bomba; llegó un momento en que mi colega se consideró tan nativo del lugar como Wayne Rooney o Steven Gerrard. 

Observé el espejo lateral: el jodido madero, aunque iba quedando atrás por momentos, no cesaba de perseguirnos. Otro gilipollas de uniforme que creía firmemente en el cumplimiento del deber. Spike era «un tanque de gasolina suicida» al volante —citando al Jinete Nocturno de Mad Max—; necesitaría refuerzos de la tropa de la Comisaría de Pendleton para trincarnos.

En plena Trafford Road, coloqué el disco sobre mis rodillas y volqué el perico encima. Los colores chillones de la portada me permitían distinguir la cocaína con nitidez. Hundí la cuchilla de afeitar en el polvo blanco y tracé cuatro generosas líneas de grosor y longitud similares. Una puta salvajada.  

Por el rabillo del ojo, contemplé el reflejo mortecino de los muelles. La carretera estaba mal asfaltada: el bamboleo del buga casi me parte todos los huesos. Hice lo imposible para conservar la merca. Mal asunto; sería sencillo interceptarnos al abandonar la seguridad del laberinto de callejuelas estrechas que habíamos estado recorriendo hasta aquel instante.

Spike tomó una curva; poco faltó para que la mandanga se fuera a tomar por culo. El hedor a goma quemada me impregnó las fosas nasales. Hábilmente, esquivó a un motorista; no se lo había llevado por delante de milagro. El pobre diablo levantó el puño con ademán amenazador mientras aullaba:

—¡Hijo de la gran puta!

Spike se desternilló como un maníaco y Marion le hizo un corte de mangas por la ventana trasera.

—¡No te hagas el gallito, soplapollas! —graznó—. ¡O volveremos para partirte la boca!

A duras penas, debido al movimiento del coche, esnifé una de las rayas que había preparado. Me costó un infierno terminarla y el efecto fue instantáneo, gracias a la adrenalina. Mis glándulas suprarrenales estaban haciendo horas extras: sudaba, me rechinaban los piños y tenía el hígado a punto de salirme por la boca. Chupé la bolsa de nieve y la escupí por la ventanilla; llevaba un cebollón impresionante. Le pasé el cedé y el tubo de platino a Tom.

—¡Empólvate la napia y deja de quejarte, mamonazo!

Histérico, se lanzó sobre la mercancía y dejó limpia su parte en menos de lo que canta un gallo; los fabricantes de aspiradoras tenían mucho que aprender de aquel capullo. El subidón lo obligó a lanzar un jadeo y a golpear el techo del vehículo. Marion necesitó toda su fuerza de voluntad y los dos orificios nasales para cumplir su objetivo.

Spike no perdía detalle de lo que sucedía en los asientos posteriores.

—¿Y yo qué, zorras? —soltó con fingida indignación—. ¿Me habéis dejado para el final? ¡Lo que hay que aguantar!

—¡Calla y conduce, coño! —mascullé—. Tienes cosas más importantes de las que preocuparte.

—Soy un hombre versátil —espetó mientras le colocaba el cedé debajo de la tocha—. Parece mentira que no lo sepas, chaval.

Mi colega apartó los ojos de la carretera, acercó la nariz al tubo de platino y liquidó la última línea de una pasada. El cabrón era capaz de meterse una raya mientras conducía a toda pastilla; ni John Belushi en sus mejores tiempos. Increíble, si lo contara, nadie me creería. Estábamos como cabras: huíamos de la bofia puestos hasta el culo y lo único que nos preocupaba era finiquitar el marisco que podía empapelarnos. Lamentar las circunstancias era una pérdida de tiempo. Lo importante era escapar de una pieza; no me apetecía terminar en una celda y que un pandillero me sodomizara sin vaselina.

Spike zigzagueó entre varios vehículos, insultos y bocinas irritadas acompañaron el frenético avance del Charger. Las calles empezaban a llenarse de tráfico. Los esclavos contentos se dirigían a sus miserables empleos para llegar a duras penas a final de mes; Gran Bretaña continuaba a la cola de Europa y nosotros no queríamos saber nada del asunto.

Bruscamente, un coche de policía prorrumpió desde Albion Way. Con una rapidez de reflejos envidiable, pegó un volantazo y logró sortearlo; unos segundos de diferencia y nos hubiera embestido. El madero clavó el freno, perdió el control y chocó contra el bordillo de la acera; uno de sus tapacubos salió rodando.

—¡Desgraciado! —bramó el amigo—. ¿Te has fijado que llevaba la sirena apagada para que no le escucháramos venir?

—Pues le ha salido el tiro por la culata —reí—. ¡Ignora con quién está tratando!

El marisco me hacía sentir invulnerable. Aunque hubiera roto la promesa que me había hecho a mí mismo de evitar consumir mandanga, no experimentaba remordimiento alguno. Después de meses trabajando como un troyano, hastiado y sin poder escribir una palabra, me encontraba en mi elemento. Fiesta, drogas, mi basca y el puto Dodge Charger. ¿Qué más podía pedirle a la vida?

Spike adelantó a un todoterreno invadiendo el carril contrario. Todos contuvimos el aliento; un furgón de reparto avanzaba de frente. Con una maniobra suicida, desfiló entre ambos coches, atravesó la calzada en diagonal y se montó sobre la acera. Los amortiguadores acusaron el impacto, una lluvia de chispas escapó de los bajos del vehículo y el cinturón de seguridad se me clavó en el tórax. Una bilis amarga me llenó la garganta, causándome deseos de vomitar. Aunque el menda era un conductor excepcional, volví a pensar que íbamos a palmarla. Apretó los dientes, enderezó el rumbo del buga y embistió de costado una verja metálica. Un grito colectivo escapó de nuestras bocas. Con gran estrépito, irrumpimos en una cancha de baloncesto. Spike nos ignoró y encendió las luces largas para orientarse en la negrura. Detrás, los coches de la pasma se vieron obligados a detenerse; ninguno estaba dispuesto a jugarse el pellejo. Habíamos ganado un tiempo precioso.

Estábamos en el interior de St. Philip's; otro centro de enseñanza primaria católico para la próxima generación de mamarrachos que tendrían que levantar un país podrido desde el mandato de Winston Churchill. Mi colega abandonó la cancha deportiva, pasó de largo el patio de recreo, la fachada cubierta de cristaleras y un aparcamiento vacío. Al llegar a la entrada, reventó la puerta y prorrumpió al exterior.

Tom chillaba al borde del llanto:

—¡Estás colgado! ¡Vas a matarnos a todos!

Spike cambió de luces y continuó por Hall Street. Puede que no hubiera sido buena idea drogarle más de lo que ya estaba; corría el riesgo de terminar metido en una bolsa de plástico. Franqueamos otro aparcamiento, una parada de autobús, una farmacia y una gasolinera. Después, dobló a la izquierda, se saltó el enésimo semáforo en rojo de la noche y recorrió en dirección prohibida Salford Quays. Por fortuna, estaba vacía. A lo lejos, escuchábamos las sirenas de la pasma. Los muy bastardos se habían tomado aquello como algo personal; no descansarían hasta entrullarnos. Una señal de tráfico nos indicó que la vía estaba cortada. Inesperadamente, Spike aminoró la velocidad y aparcó delante de una casa poco visible desde la carretera. Lleno de arrogancia, apagó el motor. La calma se apoderó del coche, rota únicamente por el sonido de nuestras respiraciones aceleradas. Era como si Hundred Mile High City, de Ocean Colour Scene, se hubiera desbordado a lo bestia.

—Ha sido la hostia, ¿verdad? —zumbó—. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien.

Marion tenía cara de querer arrearle una galleta.

—¡Que te folle un pez, Spike! —explotó—. ¡Última vez que me subo en tu carro en mi vida!

El colega pasó por alto su comentario y encendió un pitillo.

—Os recomiendo que, en vez de gimotear como maricones, guardéis silencio un rato. Con suerte, saldremos de esta mierda sin problemas.

Agotado, me limpié el sudor de la frente. Tenía la boca seca, los músculos rígidos y los nervios a flor de piel. El bienestar causado por la cocaína desaparecía a pasos agigantados, dando paso a un bajón informe. Tom estaba blanco como una sábana, se retorcía los dedos y respiraba con dificultad.

—Pásame una birra, tío.

El menda abrió los ojos como platos.

—¿Qué dices, loco? ¿Aún te quedan ganas de pimplar?

—¡Claro! —Me encogí de hombros—. ¿Por qué no?

Tom me alcanzó una Guinness. Antes de que pudiera llevármela a la boca, Spike le arrancó la anilla y la vació de un trago interminable. Menudo morro gastaba; la generosidad no era una de sus virtudes.

—Está caliente de cojones. —Torció la boca con asco—. Toda tuya, chaval.

Apuré el fondo de la lata. Marion encendió un cigarro con movimientos torpes. Le temblaban las manos. Estaba cabreado y lanzaba miradas asesinas a Spike

—Lo siento, tronco —se disculpó el menda—. Reconozco que la situación se me fue de las manos. Me acojoné cuando vi a la pasma y actué sin pensar. Te prometo que no volveré a hacerlo.

Marion no se molestó en responder. Al escuchar las sirenas de la policía aproximándose, nos inclinamos para no llamar la atención. Nerviosos, contuvimos el aliento. Spike me guiñó un ojo en la penumbra. Sabía lo que pensaba: después de unos canutos, nuestro colega volvería a la normalidad. Tres vehículos pasaron a toda velocidad, intentando encontrarnos. Chapuceros: con razón los índices de criminalidad cada vez eran mayores; en breve no podríamos salir a tomar una copa sin que nos diera el palo algún zumbado. Cuando desaparecieron, risas de alivio llenaron el interior del Charger.

Los primeros haces lechosos de sol despuntaban encima de los tejados; la mañana estaba a la vuelta de la esquina. Ni en broma íbamos a meternos en la cama; con el pasote que llevábamos, no podríamos dormir. No sería la primera vez que, gracias a los efectos residuales del perico, me quedaba comiendo techo hasta altas horas de la tarde. Cuando tuvimos la seguridad de que no tropezaríamos con la bofia, Spike encendió el contacto del coche.

—La juerga solo acaba de empezar. —Sonrió como un pirado. Adrenalina, caos, exceso y lucidez momentánea en medio del delirio—. ¿Listos para marcharnos?



[1] «Bring It on Down», Oasis (Creation Records).




RADAR SONORO: FARMAR PRESENTA «RAMBLA» Y ANUNCIA UNA GIRA POR ESPAÑA

El músico vienés Mario Fartacek presenta farmar, su proyecto en solitario, con «Rambla», un nuevo sencillo que combina electrónica de corte introspectivo con ritmos pensados para la pista de baile. Inspirada en su paso por Barcelona, la canción transmite la atmósfera de la ciudad a través de melodías melancólicas y una producción envolvente que crece poco a poco.

Con un sonido que puede recordar a artistas como Jamie xx, Moderat o The Blaze, "Rambla" confirma la personalidad musical de farmar. Muchos ya pudieron descubrir su propuesta durante la última gira española de ATZUR, banda con la que compartió escenario y mantiene una estrecha colaboración.

Coincidiendo con el lanzamiento del sencillo, farmar volverá a España el próximo otoño con una gira que pasará por varias ciudades del país.


Fechas de la gira

4 de noviembre – Siroco – Madrid

5 de noviembre – Paral·lel 62 – Barcelona

6 de noviembre – Factory – Ceuta

8 de noviembre – Marea Rock – Alicante

10 de noviembre – Planta Baja – Granada

12 de noviembre – Porta Caeli – Valladolid

13 de noviembre – Directo – Cuenca (junto a ATZUR)



jueves, julio 23, 2026

RADAR SONORO: RÜDIGER PUBLICAN «GIGANTIC STORM», PRIMER AVANCE DE LOVE IS A MUSCLE

Rüdiger, el proyecto del músico vasco Felix Buff, presenta «Gigantic Storm», el primer adelanto de Love is a Muscle, su tercer álbum de estudio, que llegará el próximo mes de septiembre. La canción combina folk y rock con una producción de atmósfera envolvente y sirve como carta de presentación de esta nueva etapa.

Tras colaborar con artistas como Gorka Urbizu, Ruper Ordorika, Joseba Irazoki, Rafa Berrio o Duncan Dhu, Buff regresa con un trabajo que reflexiona sobre el amor, entendido como un sentimiento que cambia, resiste y se fortalece con el paso del tiempo.

Con influencias que recuerdan a The War on Drugs, Fleetwood Mac o Kurt Vile, «Gigantic Storm» destaca por su sonido contenido y una instrumentación sencilla al servicio de la canción. El tema aborda las dudas, los vínculos y la decisión de seguir al lado de la persona elegida, una idea que atraviesa todo el álbum.


Coincidiendo con el lanzamiento del disco, Rüdiger volverá a los escenarios con una gira que recorrerá varias ciudades de la península.

 

Fechas confirmadas de la gira:

 

24 de septiembre de 2026 – Bilboko Kafe Antzokia – Bilbao

 

Próximamente se anunciarán las fechas de Barcelona, Zaragoza y San Sebastián.



RADAR SONORO: LAMBCHOP ANUNCIAN PUNCHING THE CLOWN Y ESTRENAN «WEAKENED»

Después de casi cuatro años sin publicar nuevas canciones, Lambchop vuelve con Punching The Clown, su decimoséptimo álbum de estudio. El disco llegará el próximo 21 de agosto de la mano de City Slang y supone el regreso del proyecto liderado por Kurt Wagner con una colección de canciones marcadas por un sonido íntimo y contenido.

Como carta de presentación, la banda ha compartido «Weakened», un tema delicado en el que la voz de Wagner se mueve entre guitarras, banjo y un sutil acompañamiento coral. La grabación cuenta con la colaboración de Andrew Broder a la guitarra y Justin Vernon (Bon Iver) al banjo, además de un coro dirigido por Blake Morgan. La producción corre a cargo de Ryan Olson, colaborador habitual de Lambchop, mientras que Mark Nevers se ha encargado de la grabación y la mezcla.


Con este nuevo trabajo, Lambchop demuestra que la elegancia y la emoción siguen siendo su mejor carta de presentación: menos ruido, más alma.


miércoles, julio 22, 2026

ENTREVISTA EXPRÉS A LA PERFECTA MOMENT

Con Escóndete hasta que todos hayan muerto, esta banda presenta su nuevo trabajo, un disco en el que conviven la energía del punk, el pop y unas letras cargadas de ironía. Hablamos con ellos para conocer mejor el álbum, sus influencias y su forma de entender la música.

Con Escóndete hasta que todos hayan muerto, esta banda presenta su nuevo trabajo, un disco en el que conviven la energía del punk, el pop y unas letras cargadas de ironía. Hablamos con ellos para conocer mejor el álbum, sus influencias y su forma de entender la música.

El título Escóndete hasta que todos hayan muerto llama la atención desde el primer momento. ¿Qué os llevó a elegir ese verso de Yoko Ono y qué representa para vosotros dentro del disco?

Es el demoledor verso que cierra un poemita de la grandísima Yoko Ono, una mujer que sufrió todos los prejuicios del mundo y, aun así, no buscó vengarse. Nosotros lo llevamos hacia el miedo, que, sin darnos cuenta, terminó convirtiéndose en el concepto que vertebra todo el disco. Es un poco aquello de «el infierno son los otros», pero en una versión todavía más extrema y, creemos, también más graciosa.

En vuestra presentación citáis influencias que van de The Pastels a Manolo Kabezabolo, pasando por Los Punsetes o Television Personalities. ¿Sentís que esas referencias aparecen de forma consciente al componer o simplemente acaban saliendo porque forman parte de vuestro ADN musical?

Acaban saliendo de forma natural. Nos gusta música muy variada, pero, al final, solo nos salen melodías excelsas cantadas con voz de payaso de la tele.

Hay una mezcla curiosa entre urgencia punk y un punto de fragilidad o melancolía en las canciones. ¿Buscáis ese equilibrio o surge de manera natural cuando os ponéis a escribir?

Surge de manera natural, otra vez. Debajo de la velocidad de un descapotable por Montecarlo y de las frases altisonantes hay una bomba lapa de pánico a una vida ridícula y otras mil mierdas más.

Habéis contado con Estrella Fugaz en la grabación y Bernardo Calvo en el máster. ¿Qué creéis que aportaron ellos al resultado final que quizá el disco no habría tenido de otra forma?

Estrella Fugaz es el Sufjan Stevens español y sus canciones nos han hecho llorar. Así que era la persona perfecta para elevar la emoción y, además, meter algún arreglo del recopetín. No sé si terminó hasta el moño de nosotros por pesados, pero fue increíble contar con su finura, su creatividad y su dominio de las emociones del sonido. Y luego Bernardo le dio el grado exacto de fuerza y equilibrio que ni siquiera concebíamos que existiera para sacar lo mejor de nuestro horror.

Para quien todavía no os conozca: si solo pudiera escuchar una canción del álbum para entender quiénes sois como banda, ¿cuál le recomendaríais y por qué?

La mejor es «Ernesto», pero, si lo que quiere es un reflejo más exacto de quiénes somos como banda, que escuche «Los Sadhus», que en Spotify se subió por error como «Los Shadus» (Risas).



martes, julio 21, 2026

RADAR SONORO: THE WATERBOYS LANZA ATLANTIC RAIN: THE LOST FISHERMAN'S BLUES RECORDINGS

The Waterboys acaban de publicar Atlantic Rain: The Lost Fisherman's Blues Recordings, un triple álbum que reúne 25 grabaciones inéditas de las sesiones de Fisherman's Blues, además de varias versiones alternativas de las canciones que acabaron formando parte de uno de los discos más importantes de su carrera.

Mike Scott explica que este lanzamiento nace de las cientos de grabaciones que la banda realizó durante aquella etapa y que todavía seguían guardadas. De entre todo ese material, Atlantic Rain recoge una selección de temas inéditos que, según el propio músico, está a la altura del álbum original. Las primeras reseñas han respaldado esa impresión, destacando tanto la calidad de las composiciones como el excelente momento creativo que vivía la banda a finales de los años ochenta.


La publicación del disco llega además en plena gira The Fisherman's Blues Revue, con la que The Waterboys rinde homenaje a Fisherman's Blues. El tour hará una única parada en España el próximo 3 de septiembre en el Roig Arena de Valencia, en un concierto que contará con la participación del violinista Steve Wickham y del cantautor estadounidense Steve Earle, además del resto de la formación habitual del grupo.



ENTREVISTA A GALA NELL: VIVA EL POP BLANDITO

Con pop blandito, Gala Nell abre las puertas de su habitación y de su mundo más personal.

Cuando hablas de pop blandito, ¿a qué te refieres exactamente? ¿Cómo empezó a tomar forma este EP?

Me preguntaban mucho en las entrevistas y, en general, en la industria qué género de música hacía, y siempre decía lo mismo: pop blandito. Creo que no hay mejor manera de describir mi música. Mi género musical favorito siempre ha sido el pop y creo que, cuando junto mis producciones tan suaves y mis letras cursis, hago el pop más blando y cálido que existe. Cuando empecé a crear este EP, me di cuenta de que todas las canciones tenían en común este sonido tan cursi y redondo. Es por eso que decidí llamarlo así. Creo que este EP es una recopilación de todo lo que he ido aprendiendo como compositora y productora durante todo este tiempo.

En varias ocasiones has dicho que estas canciones nacen de enamorarte mientras aún estabas rota. ¿Qué aprendiste de ese proceso?

Aprendí que el amor, el buen amor, es capaz de abrazar el dolor y acompañarte en el proceso de curación. Cuando empecé a escribir estas canciones estaba en un momento complejo de mi vida, con muchos cambios y un poco perdida (bastante) y, de repente, sin quererlo ni pedirlo, me enamoré de una chica increíble que decidió acompañarme en este proceso y decidimos encontrar la manera de estar juntas. Y, mirándolo ahora con más perspectiva, fue la mejor decisión que pudimos tomar. Hay mucho estigma con eso de "aprender a quererse primero" antes de estar con alguien, etc., pero creo que ambas cosas pueden existir al mismo tiempo, siempre que la relación no tape el proceso que estés haciendo. A todo esto, aprovecho este espacio para recomendar ir a terapia, porque creo que no hubiera podido sanar del todo bien sin un profesional acompañándome en este proceso. Al final, tu pareja puede estar a tu lado y acompañarte en el proceso, pero el trabajo debes hacerlo tú, ya sea solo o acompañado de un profesional.

Todo el EP lo has creado desde la intimidad de tu habitación. ¿De qué manera ha marcado el sonido y la temática de las letras?

Hacer estas canciones sola en mi habitación me ha permitido explorar libremente y sin prejuicios, y eso ha facilitado expresar esa intimidad y ese cariño, y traducirlos en canciones. Siempre digo que hacer este proceso sola me da una libertad absoluta para hacer lo que me apetece y cuando me apetece, y creo que eso acaba notándose en el resultado final, pues mis canciones van directamente de mi habitación a tus auriculares, y eso hace que la gente pueda escuchar la Gala Nell más pura que existe.

Si alguien está pasando por una ruptura amorosa en estos momentos, ¿qué canción del EP le dirías que escuche primero y por qué?

Sin duda debería ser «Fue un placer». Este tema relata el momento exacto en el que aceptas que esa relación ha acabado, pero agradeces que haya sucedido. Es una carta de nostalgia y agradecimiento para una persona y una relación que te han aportado muchísimo y te han llenado inmensamente, y probablemente no serías la persona que eres hoy si no hubiera existido esa historia.

¿Con qué sensación te gustaría que se quedara alguien que escucha pop blandito por primera vez?

Me gustaría que este EP se recibiera como un abrazo al corazón. Me encantaría que se escuchara en un momento tranquilo, cerrando los ojos, y que se disfrutara mucho de la sensación de calma y paz que creo que transmite. Ojalá el público conecte tanto con mis historias como yo lo he hecho, y ojalá se perciba el amor que le he puesto a cada nota y a cada sílaba.



lunes, julio 20, 2026

RADAR SONORO: THE SIDESHOWS — ROCK CON SABOR A CLÁSICO

The Sideshows, el nuevo proyecto de Rich Ragany, Sami Yaffa y Simon Maxwell, debuta con un primer álbum homónimo que combina power pop, punk y rock. Grabado en los Red Mud Studios de Mallorca, el disco reúne diez canciones marcadas por las melodías directas, las guitarras enérgicas y el espíritu del rock clásico.

La banda nació de forma natural tras la larga amistad entre Ragany y Yaffa, conocido por su trayectoria en Hanoi Rocks y junto a artistas como Michael Monroe o Jesse Malin. La idea tomó forma cuando ambos decidieron grabar unas maquetas en el estudio que Yaffa había construido en Mallorca. Aquellas primeras sesiones terminaron convirtiéndose en un álbum completo, al que más tarde se sumó Simon Maxwell.



Producido por Sami Yaffa y Rich Ragany, el debut de The Sideshows apuesta por un sonido directo y sin artificios, con influencias del rock escandinavo, el punk y el power pop. Un trabajo que refleja la experiencia de sus integrantes y la química surgida entre ellos desde el primer momento.


viernes, julio 17, 2026

RADAR SONORO: RIKAS VOLVERÁ A ESPAÑA PARA PRESENTAR BEDROOM TAPES

La banda alemana de indie pop Rikas regresará a España el próximo mes de diciembre para presentar Bedroom Tapes, el EP que publicó el pasado mes de mayo. El grupo actuará el 9 de diciembre en la sala Copérnico de Madrid y el 10 de diciembre en la sala Apolo de Barcelona. Las entradas ya están a la venta a través de Live Nation.

En Bedroom Tapes, Rikas recupera algunas de las primeras canciones que compuso cuando la banda daba sus primeros pasos. Formados en 2016 por cuatro amigos de la infancia en Stuttgart, el grupo está integrado por Sam Luca Baisch (bajo), Sascha Scherer (guitarra y teclados), Ferdinand Hübner (batería) y Chris Ronge (guitarra).

El lanzamiento llega después de Soundtrack For A Movie That Has Not Been Written Yet, su segundo álbum. Durante los ensayos de aquella etapa, los músicos empezaron a grabar versiones de canciones que siempre les habían gustado, como «Last Train To London», de Electric Light Orchestra, o «Goodnight Tonight», de Wings.



Esta última se hizo muy popular después de que la actriz Florence Pugh la compartiera en Instagram. La versión llegó hasta Paul McCartney, que felicitó a la banda y les animó a grabarla completa, un reconocimiento muy especial para el grupo.

Con Bedroom Tapes, Rikas vuelve a sus orígenes y recupera el sonido de sus comienzos, con ese indie pop melódico y cercano que ha marcado su trayectoria desde el principio.