domingo, 4 de noviembre de 2018

ENTREVISTA CORTESÍA DE ATLÁNTICOHOY


Alexis Brito (Tenerife, 1980) siempre soñó con plasmar en letra impresa las historias y personajes que rondaban por su cabeza desde niño. Consciente de las dificultades para hacerse un hueco en el mundo editorial, su mejor baza siempre ha sido creer en sí mismo y no ponerse límites de ningún tipo. Avanzar sin prisa pero con determinación , tal y como demuestra en su trayectoria literaria.

Firme defensor de escribir sobre lo que capta su interés y no sobre lo que atrae a las editoriales, el autor de novelas como “Wolfgang Stark: El último templario” y “Gravity Grave”, además de numerosos relatos, poemas y reseñas, asegura en esta entrevista al medio digital AtlánticoHoy que “no existen límites cuando la imaginación toma las riendas”.

¿Cuándo se dio cuenta de que quería escribir?

Desde mi temprana infancia he sido un lector voraz. A los doce o trece años empecé a escribir relatos y poemas. Nada ha cambiado durante este tiempo; continúo inmerso en las palabras como si fuera el primer día.  

Los escritores mezclan sus recuerdos y experiencias para crear personajes, situaciones, etc. ¿Qué hay de usted en sus obras?

Todo depende de la novela, del contexto y la historia. Por norma mis personajes, en mayor o en menor grado, tienen algo de mí. Intento introducirme en la psicología de los protagonistas, ponerme en el punto de vista de los mismos, pensar y sentir del modo en que ellos lo harían. Llevar el Método Stanislavski del Actors Studio —experimentar las emociones que experimenta el personaje— al papel. Es la parte más estimulante de la creación literaria.

¿Qué ingredientes ha de tener una buena novela?

Una buena novela tiene que ser sencilla de leer, con profundidad y contenido. Que haga pensar al lector. Que lo entretenga y lo obligue a evadirse de la realidad. Es lo que siempre he deseado conseguir con mi propia obra.

¿Por qué ha decidido seguir los pasos de una saga familiar, los Stark, desde el Medievo hasta el futuro?

Soy un escritor inquieto. Todas las épocas de la historia, incluso las que no han sucedido, tienen algo cautivador. La Familia Stark es el trabajo de toda mi carrera. Me ha permitido escribir sobre el Medievo, la Guerra de los Treinta años, la Segunda Guerra Mundial, novela negra, la Guerra Fría, el presente e incluso el futuro. Las posibilidades son infinitas.

No solo cambian las épocas y evolucionan los personajes, sino que también son diferentes los géneros literarios utilizados.

Sería monótono limitarme a un solo género literario o los mismos personajes durante toda mi vida. Me gusta pensar que cada Stark es más avanzado y está mejor escrito que el anterior. No existen límites cuando la imaginación toma las riendas.

¿Cómo nacen sus personajes?

Mis personajes nacen cuando un tema me apasiona. Por poner un ejemplo, durante mi adolescencia, inspirado por la obra de Sven Hassel, publiqué un relato ambientado en la Batalla de Berlín en la revista del instituto. Los nazis se niegan a reconocer que han perdido la guerra y el Ejército soviético avanza sobre las ruinas de la ciudad. Años después, a raíz del visionado de “El Hundimiento” (Oliver Hirschbiegel, 2004) retomé la idea de aquel capitán de las SS que protagonizaba la historia. Mi última novela, “Némesis” (Serial Ediciones, 2018) resume mi interés por la Segunda Guerra Mundial: horror, muerte, millones de fallecidos, exterminio, destrucción… Fue una época tan fascinante como aterradora. Tarde o temprano terminaría escribiendo sobre ella.        

Aparte de la familia Stark, ha publicado relatos cortos, poemas, críticas literarias, entrevistas, reseñas musicales, etc. ¿Dónde se siente más como pez en el agua?

Tal como he mencionado, la escritura no conoce límites. Me encuentro cómodo con cualquier género literario que implique trabajo duro. Siempre estoy buscando nuevos caminos con la intención de crecer como novelista. Los desafíos son positivos para salir de la zona de confort. Sin riesgos, un escritor se limita a repetir la misma fórmula hasta la saciedad.

En ‘Wolfgang Stark: El Último Templario’ analiza temas como la Inquisición y la lucha contra el pecado. ¿Por qué este episodio de la historia?

La fiebre editorial sobre los caballeros de Dios que invadió el mercado hace años propició el nacimiento de Wolfgang Stark. Era el marco perfecto para escribir sobre una de mis debilidades: el antihéroe torturado por el pasado. La estela de Michael Moorcock y Robert E. Howard fue esencial a la hora de desarrollar sus historias. Creo que ningún escritor español ha aunado el pulp, la fantasía heroica, la historia y los caballeros de la Orden del Temple. Las aventuras de Stark me permitirían profundizar en las luchas dinásticas de la época, en la devastadora influencia de la religión, en la mentalidad de los templarios que sobrevivieron al exterminio de su orden. Wolfgang vaga por el mundo luchando contra toda clase de criaturas sobrenaturales para aliviar el remordimiento, el dolor de sentirse abandonado por Dios, el desarraigo que le produce su condición de mercenario que vende su espada al mejor postor. Reconozco que no es un personaje positivo ni agradable; esa fue la intención desde el primer borrador.     

En su penúltima novela "Gravity Grave" (Palabras de Agua, 2014) publicada, da un brusco giro con una historia que va del realismo al thriller psicológico, del drama humano al exceso y al descontrol del alcohol y las drogas, del cinismo a la amistad. ¿La considera un retrato de la sociedad actual?

Por supuesto. “Gravity Grave” refleja el mundo de la noche: las falsas amistades, la gente que se cree con derecho a juzgar a los demás, locales en los que solo pinchan música insoportable, la búsqueda de sexo rápido y sin complicaciones, el efecto de las drogas y el alcohol, personas que harían lo imposible por encajar para sentirse aceptadas, los grupos de rock que actúan como estrellas sin haber grabado un single, el vacío de las tribus urbanas y la superficialidad que domina el presente. Utilicé el cinismo y el humor negro como revulsivo para hablar sobre ello. Puede que, de todas mis novelas, “Gravity Grave” sea la más autobiográfica. No escatimé en acidez a la hora de narrarla.        

En la misma novela se encuentra el germen de la “Trilogía del Jinete de Ácido Eléctrico”: una saga de novelas de sexo, drogas y rock and roll que espera publicar algún día. ¿En qué estado se encuentra este proyecto?

Por desgracia, en el momento actual, en puntos suspensivos. Tengo el defecto (o la virtud) de escribir sobre temáticas que me atraen, no las que interesan a las editoriales o, por defecto, a los lectores. La segunda parte de la trilogía, “Un alma del norte”, lleva un año en diversos departamentos de valoración editoriales víctima de los inevitables rechazos de rigor. Tarde o temprano encontraré a un editor con la mentalidad lo suficientemente abierta que apueste por mi proyecto. Ser novelista es una carrera de fondo: miles de kilómetros por delante y una meta inalcanzable. La paciencia, la humildad y la perseverancia son fundamentales si quieres llegar a alguna parte.  

¿Cuáles son las mayores dificultades a las que se ha enfrentado para ser escritor?

Escribir, por experiencia personal, es sinónimo de rechazo. Rechazo por parte de las editoriales, de las revistas, la indiferencia del público, etc. Es un mundo competitivo en lo que priman son las ventas, no la calidad, la inventiva o el riesgo de la obra. Aún así publico con regularidad en diferentes medios, tanto en papel como digital; ello demuestra que la única forma correcta es hacerlo a mi modo.   

¿En Canarias se puede vivir de la literatura?

En mi caso es imposible. Tal como funciona el mercado literario, a no ser que firmes un contrato con una editorial importante, veo complicado vivir de la literatura. Pocos son los privilegiados que pueden dedicarse a las palabras única y exclusivamente en la actualidad. 

Algún autor que le haya influido especialmente.

Henry Miller, Robert E. Howard, William Blake, J.G. Ballard, Irvine Welsh, Jack Kerouac, Arthur Rimbaud, Patrick O’Brian, Thomas Bernhard, Michel Houellebecq, Fiódor Dostoyevski, Philip K. Dick, Bret Easton Ellis, John Milton, Hunter S. Thompson, Ernest Hemingway, Albert Camus, William Butler Yeats, Ian Fleming, Charles Bukowski, Dudley Pope, Bertolt Brecht, Michael Moorcock, Thomas Mann, William Burroughs… Podría continuar (risas). 

¿Es de los que inicia su siguiente novela de inmediato o necesita un tiempo de regeneración creativa?

Cuando termino una novela quedo agotado a nivel mental: necesito unos meses, como mínimo, para desconectar de la misma y emprender otro proyecto literario. En los viejos tiempos, solía empezar el siguiente libro antes de terminar el anterior. En el momento actual me tomo un tiempo de descanso para recargar mi musa. Me quedan unos treinta años de carrera por delante; no me corre ninguna prisa.

Presenta ‘Némesis’ su última novela el próximo 3 de noviembre. ¿Qué destacaría de su obra?

“Némesis” es una novela a la antigua usanza: aventura, acción, crítica social, humor patibulario, las horribles consecuencias de la guerra, etc. Mientras revisaba las pruebas de corrección, llegué a la conclusión que había escrito una novela con estilo añejo, clásico por decirlo de alguna manera. Deseaba escribir desde el punto de vista del ejército alemán. La parte que más me gusta del libro es la evolución moral del protagonista. Es imposible que debido a los acontecimientos por los que pasa el personaje —el sufrimiento, la violencia y la pérdida— no encuentre la humanidad que el reglamento militar había aniquilado en su interior.

Enlace original:





martes, 23 de octubre de 2018

"MAÑANAS NEGRAS COMO EL CARBÓN", DE BRETT ANDERSON


“Era nuestro y solo nuestro —nuestro andrajoso himno, nuestro aullido de frustración—, un poema al fracaso y la pérdida, y también un panegírico a la Gran Bretaña envilecida e indiferente que veíamos ante nosotros. Y mientras asestábamos estocadas y pateábamos contra la sombría mediocridad de los tiempos, lo hicimos con un estilo, un espíritu y una energía que acabaron echando puertas abajo y poniendo los cimientos de una música que definió una década”.

Brett Anderson

La frase “Mañanas negras como el carbón” podría ser el leitmotiv de las memorias de Brett Anderson: define los momentos más oscuros, dramáticos y angustiosos de su pasado. Todo sucede antes del destello de las cámaras, las listas de éxito, las giras extenuantes, el fervor de los fans, las críticas despiadadas, la falta de inspiración, el efecto de las drogas y los roces internos, llevaran al ocaso a una de las formaciones más representativas de los noventa. Entre luces, sombras y pérdida, queda lugar para el reconocimiento; triunfar frente a las adversidades que conlleva el camino del estrellato.

Anderson se dirige al lector como si se tratara de un viejo amigo, con franqueza, honestidad y la perspectiva que ofrece el paso del tiempo. Gracias a una prosa elegante, sencilla y sin florituras, las páginas avanzan con rapidez. Incondicional de los Smiths, resulta curioso que Morrissey y Johnny Marr publicaran sus memorias durante los últimos tiempos. ¿Habrán inspirado al cantante a narrar sus recuerdos de juventud para que su hijo pueda leerlos en el futuro?  

Criado en una minúscula vivienda de protección oficial situada en el extrarradio de Haywards Healt, entre Londres y Brighgton, dominada por carreteras rurales, vallas metálicas cubiertas de grafitis, bosques y un vertedero de chatarra. Su familia vivía hacinada en un ambiente de penuria, aislamiento y caridad. A pesar de ello, tanto su madre como su padre poseían inquietudes artísticas, detalle que los hacía diferenciarse de los vecinos. Respecto a su infancia, destaca la relación con un padre autoritario que lo marcó profundamente. La obsesión de no cometer los mismos errores que el mismo: un hombre de clase baja, agobiado por la responsabilidad de mantener a una familia, la carencia de empleo estable, una infancia marcada por los abusos de un progenitor alcohólico que dejaron huellas imborrables: decepción, rabia y amargura. Por otra parte, fue un gran amante de la música clásica que admiraba a Wagner, Berlioz, Brahms, Chopin y Liszt; su influencia sería notoria en el sonido de Suede. Basta con escuchar las grandilocuentes orquestaciones que han ostentado durante toda su carrera.

El descubrimiento de la música, como no podía ser de otro modo, llegó durante la adolescencia del cantante. En una Inglaterra de posguerra devastada por la pobreza, los altos índices de desempleo, huelgas y el gobierno despótico de La Dama de Hierro, el punk de Crass, Discharge, UK Decay, Sham 69, Cockney Rejects, Buzzcocks y el Never Mind The Bollocks de los Sex Pistols como buque insignia, era la mejor manera de escapar de una vida gris y rutinaria. Rebeldía, pasión, despecho hacia un sistema laminador y corrupto. Gracias a su hermana, Anderson se interesaría por formaciones como Roxy Music, Jefferson Airplane, Iggy Pop, T-Rex, Led Zeppelin y los Who. Bowie y los Smiths serían sus ídolos de cabecera durante décadas.

Nostálgico y emotivo a partes iguales, Anderson rememora paseos sin rumbo por las calles de Londres, los tiempos de universidad, noches de fiesta, apartamentos alquilados, ropas de segunda mano compradas en mercadillos, relaciones personales rotas, debacles amorosos y la muerte de seres queridos. Todo tipo de personajes marginales —drogadictos, hippies, okupas, parados, artistas y estudiantes fracasados— formarían el imaginario de sus composiciones más celebradas. Inevitablemente, las circunstancias, el entorno y lo personal, sirven de lienzo para la creación artística.

Los primeros pasos de la banda fueron erráticos: canciones flojas, pubs vacíos, público indiferente. Solo quedaba la opción de trabajar duro. Instrumentos baratos, locales de ensayo de mala muerte que hedían a sudor, fracaso y colillas. Temas como “Wonderful Sometimes”, “Be My God”, “Art”, “Going Blonde”, “Natural Born Servant”, “She’s A Layabout” o “Just A Girl”, se encontrarían por debajo de los estandartes de las canciones que los lanzarían a la fama. Excepto esta última, jamás han sido editadas de forma oficial. Joven e ingenuo, sin conocimientos musicales y escaso de ambición, el cantante reconoce que el guitarrista Bernard Butler tenía más talento que el resto del grupo y que, gracias a su constancia, los impulsó a mejorar. Por suerte las joyas de las se enorgullece sin reparos no tardarían en ver la luz: “Metal Mickey”, “So Young”, “My Insatiable One” o “Animal Nitrate”.

Rupturas sentimentales (“Pantomime Horse”, “To The Birds”, “He’s Dead”), amores pasajeros (“The Drowners”), amas de casas deprimidas adictas al Valium (“Slepping Pills”, “The Two Of Us”), amigos de infancia hundidos en la depresión (“Breakdown”, “Simon”), setas alucinógenas (“Where The Pigs Don’t Fly”), el fallecimiento de su madre víctima de cáncer (“The Next Life”), la magia y miseria de Londres (“She”, “This Time”, “By The Sea”), violencia juvenil (“Killing Of A Flashboy”), vecinos aniquilados por el VIH (“The Living Dead”) y el suicidio de familiares (“She's Not Dead”). En cierta forma, Anderson se muestra arrepentido por utilizar las desdichas e intimidades de terceras personas para componer sus canciones. ¿Acaso importa la fuente cuando el tema es inolvidable?

Anderson se abstiene en hablar de forma negativa de antiguos miembros de Suede: Bernard Butler o su novia por aquel entonces, Justine Frischmann (futura líder de Elastica), para no alimentar los tabloides. De hecho, ni siquiera menciona el nombre de Damon Albarn (vocalista de Blur) que, movido por los celos, la competitividad y el elevado número de ventas que despacharon con el homónimo Suede (Nude Records, 1993), no dudó en proporcionar carnaza a los medios con declaraciones polémicas: «La heroína es una mierda y sé que Brett Anderson toma heroína, así que él también es una mierda». La imagen que la prensa amarillista forjó sobre Frischmann —niña pija arribista que empezó a salir con Albarn porque este tenía más éxito comercial y podía ayudarla a impulsar su propia carrera— perdura en la actualidad. Respecto a Butler, diferencias creativas lo obligaron a abandonar la banda durante la tormentosa grabación de Dog Man Star (Nude Records, 1994); elepé que con el paso de los años ganó la condición de clásico y obra maestra de Suede. El cantante y Butler volverían a trabajar juntos una década después en el proyecto The Tears. El presente es lo único que importa; no es necesario abrir viejas heridas.

La imagen decadente, hedonista, sofisticada y glamurosa de la formación fue un invento de la prensa. Marginales desde el primer momento, fogueados por años de rechazos por parte de las compañías discográficas, promotores de conciertos y dueños de locales, poco tenían que ver con la Inglaterra patriótica y futbolera, de cerveza en vasos de plástico, camaradería, Union Jack, masculinidad y ordinariez. Cuando el sonido revisionista del Britpop se encontraba en su máximo apogeo con Oasis (los Beatles), Blur (los Kinks), Pulp (David Bowie) o Radiohead (Pink Floyd), pocos reconocieron que Suede fueron precursores de aquel movimiento cuya influencia perdura en la actualidad en Coldplay, Keane, The Libertines, Snow Patrol, The Strokes, Kaiser Chiefs, Arctic Monkeys, The Killers, Bloc Party, The Hives o Kasabian.

Todo termina cuando la famosa cabecera del Melody Maker (25/04/1992) los puso en el punto de mira de la industria declarando que eran “La mejor nueva banda de Gran Bretaña”. Aún no había salido a la venta su primer single. Las expectativas se dispararon. El grupo ha firmado con Nude Records y el futuro resulta prometedor: ambigüedad sexual, controversia, glam, premios, histeria colectiva, papparazis, Suedemanía. Brett Anderson ha confirmado la segunda parte de sus memorias para otoño del próximo año: Tardes de persianas bajadas (Editorial Contra, 2019). La historia solo acaba de empezar.





lunes, 22 de octubre de 2018

RICHARD ASHCROFT: "NATURAL REBEL"


“Con la experiencia viene el conocimiento, para mí, este es mi conjunto más fuerte de canciones hasta la fecha. Todos mis sonidos favoritos se convierten en algo que, con suerte, dará a mis fans un placer duradero. Es para ellos. La música es poder”.

Richard Ashcroft




La publicación de These People (Cooking Vinyl, 2016) devolvió a Richard Ashcroft al mercado discográfico después de seis años en un discreto segundo plano. La gira de promoción fue un éxito que lo hizo recorrer medio planeta, ofrecer numerosas entrevistas en los medios y reactivar las redes sociales en las que apenas participó durante aquel tiempo. Parece que el británico se encuentra en un momento dulce de su vida: feliz, lleno de vitalidad y cómodo con su papel de artista. El peso de los noventa, la sombra de The Verve y The United Nations Of Sound ha quedado atrás. Incluso fue telonero de su viejo amigo Liam Gallagher. Bienvenido Mr. Capitán Rock.  

Natural Rebel (BMG, 2018) resulta una evolución lógica y coherente respecto a su anterior trabajo: sonido sencillo sustentado por guitarras acústicas y secciones orquestales. El veterano Chris Porter —productor habitual del cantante durante las últimas décadas— ha cedido la batuta al tándem formado por Jon Kelly/Emre Ramazanoglu. Rock, psicodelia, soul, pop, blues, hip hop, folk, funk, electrónica, country… Estas influencias han desfilado por su discografía en solitario pero, al igual que los Beach Boys, los Moddy Blues o Pink Floyd, Ashcroft ha sido fiel al rock sinfónico durante toda su carrera. Sereno, romántico, elegante y en paz consigo mismo, su música destinada a cualquier tipo de público aspira a reconocimiento universal.

El británico desea disfrutar de la vida y compartirlo con su público. La prueba se encuentra en los sencillos “Surprise By The Joy” —pop jovial al estilo de “C'mon People (We're Making It Now)”, “Science Of Silence”, “Music Is Power” o “Hold On” —, la bailable “Born To Be Strangers” y la épica “That’s When I Feel It”; carne de directos y festivales. Ignoramos lo que puede pasar mañana; divirtámonos hasta el último minuto.

“All My Dreams”, con sus punteos rasgueados y coros femeninos de fondo, incide en un sonido clásico que bebe de los setenta. “Birds Fly” cuenta con un slide de aroma country y cuerdas. “That's How Strong” descansa sobre una guitarra acústica y voz más desgarrada que de costumbre; una bella balada mecida por violines dedicada a su esposa, Kate Radley, capaz de tocar la fibra sensible de los más escépticos.

En “We All Bleed” —la pieza más oscura del álbum— el cantante parece reflexionar sobre sí mismo, de las luces y sombras que siempre han acompañado su arte. “A Man In Motion” es una declaración de principios; Ashcroft no piensa detenerse por muchas dificultades que se interpongan en su camino. “Streets Of Amsterdam”, con su piano, trabajo electroacústico y arreglos de cuerdas, resulta tan nostálgica como “Birds Fly”. Para terminar, “Money Money”, la canción más incendiaria del disco, impregnada de gasolina, humo y sudor. Una despedida atípica; suele finalizar sus elepés con medios tiempos o baladas. Lástima que el de Wigan reserve temas potentes —“Get Up Now”, “Slip Sliding” y “Long Way Down”— como caras b de sus discos. La energía rockera siempre es de agradecer.    

Para no perder la costumbre, la crítica británica se ha cebado con el nuevo álbum del cantante, tomando como punto de referencia Urban Hymns (1997): “Bitter Sweet Symphony”, “The Drugs Don´t Work”, “Lucky Man” y “Sonnet” en cabeza. Cualquier artista de los noventa que continúe activo en la actualidad saldrá perdiendo si se compara su trabajo reciente con las glorias del pasado. Eran otros tiempos, la música era diferente y no existía un renacimiento sociocultural cómo el que ofreció el Britpop al pueblo de Gran Bretaña. Ashcroft no debería ser la excepción de la regla. Aniquilar el disco al completo, alegando que no tiene ni un solo tema salvable, resulta una hipérbole a todas luces. Probablemente la propuesta de The Good, The Bad And The Queen —por poner un ejemplo— reciba los elogios que le son negados de forma sistemática. El público no opina igual que la prensa: Natural Rebel fue número uno en las listas inglesas a los pocos días de su lanzamiento.

El británico ha agotado las entradas de los próximos bolos de Barrow Lands, Town Hall, Rock City, Albert Hall y The Kentish Town Forum. Todo indica que su próxima gira también será un triunfo. El trabajo duro, tarde o temprano, obtiene su recompensa. Natural Rebel es un compendio de luz, pasión, tinieblas, profundidad y melancolía. Richard Ashcroft en definitiva.  




lunes, 24 de septiembre de 2018

RICHARD ASHCROFT DISCOGRAFÍA (2000-2016)


Han pasado más de veinte años desde que The Verve alcanzaran la fama mundial y conquistaran las listas musicales con el aclamado Urban Hymns (Hut Records, 1997), última obra maestra del Britpop que, en cierto modo, significó el cierre de aquel movimiento que tantas pasiones despertó durante los noventa. A pesar de la controversia causada por la demanda de Allen Klein que los acusó de plagiar su versión orquestal de “The Last Time” de los Rolling Stones, “Bitter Sweet Symphony” se convirtió en un clásico por derecho propio y pasó a formar parte de la cultura popular. ¿Quién no recuerda a Ashcroft caminando con arrogancia por una calle londinense mientras choca contra los peatones que se interponen ante su paso?      

Tal como siempre ha pasado con la banda, cuando se encontraban en la cúspide de su carrera, sus desavenencias personales (la tormentosa relación de Richard Ashcroft con el guitarrista Nick McCabe es similar a la que mantienen los hermanos Gallagher de Oasis) los obligó a disolverse por segunda vez. Tal como declaró Noel Gallagher: «Somos mejores que The Verve, quienes no pueden mantenerse juntos por más de seis meses». Para bien o para mal, la segunda parte de la frase encierra una verdad incuestionable.  

Alone With Everybody (Hut Records, 2000)


Alone With Everybody supone el debut de Ashcroft como cantante en solitario. Un disco intimista que habla del amor, la belleza de las cosas sencillas, su matrimonio con Kate Radley (antigua teclista de Spiritualized), la paz interior y la redención. Fiel a su estilo, continúa la senda abierta por Urban Hymns en una serie de canciones preciosistas, con múltiples arreglos de cuerda cortesía de Will Malone, perfectamente radiables pero sin caer en la comercialidad más descarada. 

El primer single, “A Song For The Lovers”, llegó al número tres de las listas británicas. El álbum cuenta con grandes baladas —“I Get My Beat”, “You On My Mind In My Sleep”, “On A Beach”—, temas rockeros —“New York”, “Money To Burn”— y pop —“Crazy World”, “C'mon People (We're Making It Now)”. 

Gracias a los nuevos músicos de estudio, el reto de superar el pasado junto a su antigua formación y el talento innato del de Wigan, el disco recibió buenas críticas por parte de la prensa especializada y llegó a número uno de los charts británicos. Cabe destacar que los videoclips de “A Song For The Lovers” y “Money To Run” explotan su característica forma de caminar altanera, enojada contra el mundo y llena de seguridad en sí mismo.

Human Conditions (Hut Records, 2002)


Dos años después del lanzamiento de su primer elepé, Ashcroft regresó a la actualidad musical con un trabajo notable que, injustamente, no fue tan bien recibido como Alone With Everybody. Human Conditions es un viaje filosófico y espiritual alrededor del mundo que habla sobre Dios, el amor y el sentido de la vida. 

“Check The Meaning”, con sus vientos y cuerdas, puede que sea su mejor canción en solitario; un tema épico y ambicioso a la altura de “Bitter Sweet Symphony”. El álbum destaca por sus grandes melodías, segundas voces y arreglos orquestales que, lejos de saturar, encajan a la perfección con la música. Canciones como “Science Of Silence”, “Buy It In Bottles”, “God In The Numbers”, “Running Away” o “Nature Is The Law” (con la colaboración de Brian Wilson de los Beach Boys) demuestran la madurez del cantante que, a diferencia de sus coetáneos, creó un trabajo destinado a la posteridad. 

Este llegó al número tres de las listas británicas. Un disco que, ignorando las reseñas negativas que le acompañarían a partir de entonces, sus incondicionales han sabido valorar en su justa medida.          

Keys To The World (Parlophone, 2006)


Al igual que su anterior álbum, Keys To The World volvió a recibir malas críticas de los medios, tachándolo de dispar, poco inspirado y lleno de material de relleno que no se encontraba a la altura. Temas como “Why Not Nothing?”, “Simple Song” o “Keys To The World” (que debió ser single) proporcionan un ramalazo de energía a un trabajo tranquilo, melódico y orquestal. 

El primer sencillo, “Break The Night With Colour” destaca por el protagonismo de la voz del cantante y su evocadora melodía de piano. “Music Is Power”, con su sampleado de Curtis Mayfiel, muestra el interés de Ashcroft por la Motown americana; un tema elegante con aroma soul que sería un anticipo de su futura dirección musical. Guitarras acústicas, cuerdas y piano acompañan a canciones como la balada folk “Sweet Brother Malcom” (que recuerda a Simon & Garfunkel), “Word Just Get In The Way” y la desgarrada “Why Do Lovers?”. 

Un disco natural, compacto y sencillo cuyas letras se alejan del misticismo de sus comienzos y tratan sobre emociones universales como la tristeza, el amor, la felicidad, la vida y la muerte. Keys To The World alcanzó el número dos de los charts ingleses: un triunfo que desafió a los críticos empeñados en menospreciar su trabajo.  

RPA & The United Nations Of Sound (Parlophone, 2010)
                                 

En el año 2008, de forma inesperada, Ashcroft se volvió reunir con The Verve y sacaron a la venta Forth. Los críticos maliciosos alegaron que fue debido a motivos puramente comerciales para relanzar una carrera hundida por los álbumes previamente mencionados. El elepé —que retomó el sonido space rock de sus inicios aderezado con las orquestaciones propias de su etapa más popular— no llegó a tener el éxito esperado y, después de una corta gira de promoción, el grupo volvió a disolverse. 

Para su siguiente paso discográfico, Ashcroft formaría una nueva banda con músicos de hip hop y R&B americanos y cedería los controles de producción a No I.D. (Jay-Z, Janet Jackson, Kayne West, Common). El resultado es un trabajo que mezcla su estilo habitual con profusión de arreglos de cuerda, soul, percusiones electrónicas, guitarras funky y coros góspel, que fue un fracaso de ventas y crítica. 

RPA & The United Nations Of Sound cuenta con los potentes sencillos “Are You Ready?” y “Born Again” arraigados en el sonido tradicional del cantante. También podemos encontrar temas notables como “Glory”, “How Deep Your Man” (con influencia de Chuck Berry) y la velvetiana “Royal Highness”. Las baladas “This Thing Called Live”, “She Brings Me The Music” y “Good Loving” muestran su lado más melódico y sensible, mientras las animadas “America”, “Beatitudes” y “Life Can Be So Beautiful” (con un falsete impagable a lo Bee Gees) ofrecen nuevos terrenos en su discografía. Un disco arriesgado, luminoso y enérgico que mereció mejor suerte comercial.    

These People (Cooking Vinyl, 2016)



Después de seis años de silencio roto por algunas esporádicas actuaciones en formato acústico, Richard Ashcroft regresó al mercado musical con un álbum en el que se mantiene fiel a las coordenadas propias de su carrera solista. Volvemos a encontrarnos con un disco sencillo, equilibrado y elegante en el que destacan los envolventes arreglos de cuerda cortesía del fiel Will Malone con el que ha trabajado desde mediados de los noventa.

La inesperada “Out Of My Body” empieza con una guitarra de estilo country para irrumpir en un cruce bailable entre funk y discotequero; himnos como “This Is How It Feels” (primer single), “They Don’t Owned Me” y “These People”, típicas del cantante británico, recuerdan a sus tiempos con The Verve; pop comercial destinado a los radiofórmulas; “Hold On” (segundo sencillo que trata sobre el levantamiento de Siria) y “Everybody Needs Somebody To Hurt You”, medios tiempos pausados e introspectivos; “Picture Of You”, “Black Line” o “Ain't The Future So Bright” podrían encajar en cualquiera de sus antiguos elepés en solitario y la contundente “Songs Of Experience” forman un mosaico que demuestran una madurez que bebe del pasado del artista sin ninguna clase de nostalgia.

Piano, guitarras, cuerdas, loops electrónicos, letras elaboradas y grandes estribillos sirven para acompañar un trabajo orgánico medido hasta el último detalle que ofrece nuevas texturas y horizontes, pequeñas gemas pop soberbiamente producidas por el propio británico sin pecar de comerciales en su vertiente más descarada. Cabe destacar que Ashcroft no ha sido medido con el mismo brasero que otros compañeros de generación. Todo lo contrario, desde el notable Human Conditions (Hut Records, 2002), la crítica se ha empeñado en destruir su carrera tachándolo de tedioso, ególatra, blando, sobreproducido, carente de fondo y otras lindezas absurdas.

Irónicamente, a pesar de haber sido crucificado por la prensa especializada, durante los últimos veinte años (excepto The United Nations Of Sound, que no vendió lo esperado) todos sus trabajos han alcanzado los primeros puestos de las listas británicas. Una “decadente” carrera que, según los entendidos de turno, lleva dando bandazos desde principios de la década pasada. Los mismos que han elevado a niveles exagerados las propuestas de Damon Albarn, Liam y Noel Gallagher, Jarvis Cocker o Thom Yorke. Sin duda, ciertos periodistas deberían prescindir de tanta modernidad y prejuicios a favor de una mayor amplitud de miras y objetividad profesional.  

              
  

viernes, 21 de septiembre de 2018

SUEDE: "THE BLUE HOUR"


"Me aburre hablar del Britpop. Fue una gran caricatura".

Brett Anderson




Suede han abandonado los barrios suburbanos, las viviendas de protección oficial, el sexo sucio en la parte trasera de automóviles, los opiáceos por vía intravenosa y las noches de excesos. Su nueva propuesta podría ubicarse en el imaginario de una autopista cubierta de chatarra, escombros y cristales rotos. Los vagabundos campan entre los despojos de la civilización, entre bidones de basura, vallas corroídas por el óxido, maleza reseca y el hedor de la gasolina quemada.

Los londinenses han aprendido de sus errores, de los álbumes blandos y comerciales que echaron a perder su carrera a principios de siglo. A diferencia de otras bandas, triunfan cuando publican propuestas a contracorriente al mercado musical. El destello pop, el tema radiable como “Beautiful Ones”, “She’s In Fashion”, “Positivity” o “Attitude”, ha desaparecido a favor de una sonoridad árida, orquestal y extravagante. 

The Blue Hour (Suede Ltd./Warner, 2018) destila perturbadoras imágenes en cinemascope: niños secuestrados, entierros en mitad de la madrugada, el anhelo de huir a cualquier parte, pájaros muertos, el dolor de viejas heridas, pesadillas, romanticismo, sordidez y pérdida. La producción de Alan Moulder (Depeche Mode, Editors, Smashing Pumpkins, White Lies) conduce a la banda a territorios tan extraños como inexplorados en su discografía. Por otra parte, Neil Codling se ha encargado de los numerosos arreglos orquestales.  

“The Invisibles”, presentada como primer adelanto, es una decadente balada sobre el sufrimiento del amor de juventud, con arpegios etéreos y cuerdas cortesía de Craig Armstrong (Massive Attack, U2, Pavarotti). Brett Anderson alterna entre el drama, la tristeza y el falsete, causando emociones a flor de piel.

La Orquesta Filarmónica de Praga aporta un sonido wagneriano propio de una  ópera de Bertolt Brecht. “As One”, “Chalk Circles” y el spoken word “Roadkill” (puro “Future Legend” de Bowie), cuentan con oscuras secciones orquestales, coros gregorianos, aire medieval y atmósferas misteriosas. El Duque Blanco continúa siendo un referente para el grupo; muchas piezas no hubieran desentonado en Baal (RCA, 1982).  

Los riffs rugosos y envolventes de Richard Oakes predominan por doquier. “Wastelands”, “Life Is Golden” (tercer single) y la balada “Beyond The Outskirts” (con madera de himno); pop clásico de toda la vida de Suede. “Mistress” (delicada e intimista), la épica “Tides” y “All The Wild Places” (pieza en crescendo conducida por piano y cuerdas con final sobrecogedor) remite a la República de Weimar, a clubs llenos de humo y el entrechocar de las copas de Bollinger.

“Cold Hands” destaca por una melodía pegadiza y una interpretación vertiginosa que roza del punk. “Don't Be Afraid If Nobody Loves You” (segundo sencillo), hermanada con “Animal Nitrate” o “Starcrazy”, posee guitarras siniestras y falsete en el estribillo. Imposible no bailarlas en futuros conciertos. “Flytipping”, al igual que “Still Life” o “The Fur & The Feathers”, resulta cinemática, solemne y llena de emoción. Una despedida a la altura de las circunstancias.

Anderson (que acaba de publicar su autobiografía Mañanas negras como el carbón, 2018) es la estrella indiscutible de la función. Melodramático, arrogante y ampuloso, entre Scott Walker, Bowie y Morrissey, arropado por una instrumentación rica y lóbrega, ofrece una nueva clase de elegancia y divismo vocal. Las letras inspiradas en sus recuerdos de adolescencia son ideales para los solitarios y marginados por la sociedad.

Al contrario de muchos grupos de los noventa que también han regresado a la actualidad musical, los londinenses se encuentran en la cúspide creativa gracias a una serie de álbumes que pueden competir contra sus obras magnas. The Blue Hour es un trabajo dirigido a su público esencial que funciona como un todo, en el que las canciones se encuentran conectadas entre sí, ofreciendo un empaque sonoro casi conceptual. De hecho, los singles aparecen en la segunda cara del elepé; todo un desafío al público que demanda una escucha sin complicaciones.

El Britpop está muerto y enterrado: Suede son supervivientes del movimiento. Endurecidos por los reveses del pasado, han conseguido perdurar a su propia leyenda con la credibilidad artística intacta. Sus incondicionales pueden respirar con tranquilidad.



lunes, 20 de agosto de 2018

SUEDE DISCOGRAFÍA (1993-1997)


"Soy un bisexual que nunca ha tenido una experiencia homosexual".

Brett Anderson

Fundadores del Britpop, Suede fue una de las bandas que más pasiones (y odios) despertó durante los años noventa. Su estética andrógina que bebía del Bowie de la época Ziggy Stardust, el carisma de su cantante Brett Anderson, diferentes cambios de formación, una discografía que con el paso del tiempo perdió el apoyo de la crítica y de sus incondicionales y una colección de sencillos notable, los convierten en una rara avis del mercado musical británico de las últimas décadas. Pocos grupos fueron capaces de sintetizar el glamour, la desesperación y el lado amargo de la vida, y venderlo al público mayoritario con éxito. Después de diez años de silencio, los londinenses limaron asperezas y reanudaron su carrera con una gira de grandes éxitos que devino en un nuevo álbum de estudio que, aunque no tuvo el mismo nivel de ventas de antaño, demostró que valía la pena apostar por su regreso.

Suede (Nude Records, 1993)


A principios de los noventa Suede eran considerados una de las grandes promesas del pop británico. Los sencillos “The Drowners”, “Metal Mickey”, “Animal Nitrate” y “So Young” fueron recibidos con elogios por la crítica especializada. Las influencias de la banda eran evidentes: David Bowie, T-Rex y los Smiths. Las letras —que hablaban sobre alienación, suicidio, el mundo de la noche, angustia, drogas y excesos emocionales —se encontraban a la altura de unos estribillos memorables, la ampulosa forma de cantar de Anderson y las afiladas guitarras de Bernard Butler, deudoras de Mick Ronson. La portada del disco era una extensión del grupo: ambigua, subversiva y provocadora. 

Aparte de los temas mencionados, destacan las baladas “She’s Not Dead”, “Pantomine Horse”, “Sleeping Pills” y “The Next Life” (con su sencillo y evocador piano) en las que el cantante demuestra todo su poderío vocal. El álbum batió récords de ventas, ganó el Mercury Prize y está considerado uno de sus mejores trabajos. 

Como contrapunto negativo, el grupo siempre ha tenido el problema de alternar grandes canciones con medianías en sus lanzamientos oficiales. De haber reemplazado “Moving” y “Animal Lover” por caras b como “My Insatiable One”, “To The Birds” o “He’s Dead”, el disco hubiera sido perfecto. 

Dog Man Star (Nude Records, 1994)


Para su segundo disco Suede perfeccionaron la propuesta de su debut fundiendo la estela de David Bowie y los Smiths a favor de unas canciones melodramáticas, casi teatrales, que bebían de William Blake, Scott Walker, Peter Hammill y Lord Byron. “We Are The Pigs” fue el primer single: una pieza sobre el caos, viento nuclear, ciudades ardiendo y revuelta en las calles. La relación entre Brett Anderson y Bernard Butler había hecho aguas, obligando al guitarrista a abandonar la banda antes de terminar las grabaciones. Los símiles con el tándem Morrissey/Marr fueron odiosos. 

La portada de Dog Man Star condensa a la perfección lo que vamos a encontrar en el interior: sueños tristes en mañanas frías, epicidad, belleza, tortura y sexualidad desbordante. “The Wild Ones” (título de una película de Marlon Brando) continúa siendo el mejor sencillo del grupo: un romance solemne con arreglos de cuerda de Brian Gasgoine que habla de pérdida, añoranza y el anhelo por recuperar al ser amado. La voz de Anderson es más oscura que en Suede, con un registro más alto y profundo; canta con una insultante seguridad en sí mismo que derritió hasta a los más escépticos. “New Generation” es el “All The Young Dudes” de Suede; un pegadizo tema glam escrito como himno para la generación de los noventa. En el tercer y último single del elepé debuta un nuevo guitarrista: el menor de edad Richard Oakes que asumió sobre sus hombros la pesada carga de reemplazar a una pieza esencial de la formación. 

El resto del álbum no tiene desperdicio: “Daddy’s Speeding” recrea sonoramente el accidente de tráfico que le arrebató al vida a James Dean. “The Two Of Us” es una preciosa balada de piano en la que Anderson se muestra altamente inspirado. “Black Or Blue” cuenta la historia de una pareja interracial que, debido a las presiones de un entorno hostil, no le queda más remedio que separarse. “The Asphalt World” es la joya de la corona: un tema épico, ambicioso, desesperado y avasallador que trata sobre un camello incapaz de soportar que una de sus clientes mantenga relaciones sexuales con otros hombres. La claustrofóbica “Still Life” parece arrancada de las páginas de Dylan Thomas; el sonido de la Orquesta de Londres sintetiza al mejor Scott Walker de los setenta. 

Deberían haber sustituido “The Power” (una balada ramplona sin gancho) y “This Hollywood Life” (una nulidad glam rock que critica a la industria musical) por “My Dark Star” (cara b de Stay Together) y “Killing Of A Flashboy”. De este modo el disco hubiera quedado redondo y sin fisuras.

Coming Up (Nude Records, 1996)


Después de la publicación de Dog Man Star —que aunque tuvo aclamación crítica no despachó tantas unidades como su debut— el futuro del grupo era incierto. La prensa afirmaba que Anderson poseía la lírica callejera y Butler el talento melódico: no podrían continuar sin él. Era necesario un cambio de rumbo, abandonar la oscuridad de los dos trabajos previos a favor de un enfoque más luminoso y comercial para asegurar su propia supervivencia. 

La publicación de Coming Up despejó cualquier duda acerca de la calidad de las nuevas composiciones de la banda: “Trash”, “Beautiful Ones”, “Saturday Night”, “Lazy” y “Filmstar” son himnos destinados a reventar las radiofórmulas. La formación se encontraba en un gran momento compositivo y, con la arrogancia que los caracteriza, decidieron asaltar las listas de ventas con un disco prácticamente perfecto en el que todas las canciones podrían ser sencillos. La inclusión de Neil Codling a los teclados fue bien recibida por los fans, Oakes tomó como modelo a Johnny Marr para sus riffs sucios y la brillante producción de Ed Buller realza el sonido potente, sincero y cristalino del elepé. 

Anderson se había hecho con el control del grupo: sus letras continúan hablando de glamour, sordidez, nostalgia y pérdida. La portada de Peter Saville (Joy Division, Roxy Music, New Order, OMD) incide en los colores brillantes mostrándonos a un joven con aspecto de sufrir una resaca espantosa. También destaca la balada “By The Sea” (con un piano magistral), la bondiana “She” (con arreglos de Craig Armstrong), la guitarrera “Starcrazy” y la melancólica “Pinic In The Motorway”. El álbum fue un éxito clamoroso (tanto de ventas y crítica) que los lanzó al estrellato internacional. 

Respecto a los descartes, Coming Up cuenta con joyas del calibre de “Europe Is Our Playground”, “Have You Ever Been This Low”, “This Time” y “Graffiti Women”, entre muchas otras. Sin duda alguna, el mejor trabajo posible para empezar con la discografía de Suede. 

Sci-Fi Lullabies (Nude Records, 1997)


Aprovechando su reciente éxito comercial, la banda decidió sacar al mercado un recopilatorio de caras b de los álbumes que habían editado por aquel entonces. Al igual que sus adorados Smiths, los descartes poseen una calidad sobresaliente que no tienen nada que envidiar a sus singles. 

Del disco homónimo sobresalen “To The Birds”, “Where The Pigs Don't Fly”, “The Big Time” y “High Rising”; “The Living Dead” del sencillo “Stay Together”; de Dog Man Star: “Whipsnade”, “Bentswood Boys” y “Together”; y de Coming Up: “Every Monday Morning Comes”, “The Sound Of The Streets”, “These Are The Sad Songs” y “Duchess”. Por cuestión de espacio, temas notables como “Painted People”, “Dolly”, “This World Needs A Father”, la experimental “Eno's Introducing The Band”, “Shipbuilding” (cover de Evis Costelo aparecido en The Help Album) “Digging A Hole” y “Feel”, quedaron fuera del doble disco. 

Cualquiera de los cedés podría ser un trabajo más que digno de la formación. Sci-Fi Lullabies resulta una compra obligatoria para los fanáticos de Suede que sirve como cierre de su época dorada.