jueves, julio 30, 2026

ENTREVISTA A MINIÑO: PASITO A PASITO

MINIÑO es una banda de Castilla y León que ha encontrado una voz propia mezclando indie, post-rock, punk y pop. Con su álbum de debut, LA MITAD, ha logrado conectar con el público y despertar el interés de la crítica gracias a unas canciones honestas y cargadas de emoción. Después de recorrer buena parte del país con más de veinte conciertos y dejar una gran impresión en FÀCYL, el grupo ya trabaja en su próximo disco.

Han pasado unas semanas desde vuestro concierto en FÀCYL. Ahora que habéis tenido tiempo para asimilarlo, ¿sentís que ese día marcó un punto de inflexión para MINIÑO?

Sentimos que aquel día se nos valoró en nuestra ciudad. Sentimos cariño por las piedras contra las que rebotó el sonido y por la gente que cantó y bailó con nosotros. No sabemos si lo llamaríamos un punto de inflexión, pero sí estamos seguros de que será un concierto que recordaremos durante mucho tiempo y siempre con una sonrisa.

Actuasteis en el Patio Chico de Salamanca, un lugar muy especial y, además, jugando en casa. ¿Qué se siente al subir a un escenario así y encontrarse con un público que conoce las canciones y las canta con vosotros?

Nos hemos criado viendo cómo artistas que para nosotros eran desconocidos, o a los que considerábamos referentes, se subían a los escenarios repartidos por la ciudad durante FÀCYL. Algunos de nuestros mejores recuerdos como público están ligados a esas plazas.

Así que puedes imaginar lo que supone descolgar el teléfono y que te pregunten si quieres tocar con la catedral de Salamanca a tus espaldas. Fue una auténtica pasada.

LA MITAD nació de una forma muy artesanal, grabado y autoproducido en una bodega. ¿Imaginabais que iba a conectar tan bien tanto con el público como con la crítica?

Hicimos canciones que nos salían de dentro. No teníamos ni idea de cómo conectarían con la gente, pero sí queríamos que quienes las escucharan pudieran hacerlas suyas.

Creemos que muchas personas han conectado con estos temas porque encuentran en ellos experiencias que también han vivido. Verte reflejado en los sentimientos de otra persona genera esa conexión. Queremos que siga siendo así siempre.

En poco más de un año habéis ofrecido más de veinte conciertos por toda España. Mirando atrás, ¿qué os ha enseñado esta gira sobre vuestra música y sobre vosotros como banda?

Sobre nuestra música, hemos aprendido que estamos orgullosos de lo que hacemos. Venimos del barro y queríamos crear algo que, sin ser pretencioso, pudiéramos llevar a cualquier lugar, ya hubiera cuatro personas o mil delante del escenario.

Sentir que es algo nuestro, que se valoran todas las horas de esfuerzo, que la gente escucha las canciones y que cada vez se suma más gente a esta locura significa muchísimo para nosotros.

Sobre la banda, hemos aprendido que, pase lo que pase, lo importante es que seguimos teniéndonos los unos a los otros y que los cuatro remamos en la misma dirección. Surgen momentos de tensión, como es normal cuando pasas tantas horas fuera de casa o cuando algo no sale como estaba planeado.

Pero, cuando llegamos a casa y nos bajamos de la furgoneta, seguimos siendo lo que llevamos siendo más de media vida: amigos.

En vuestras canciones conviven el indie, el post-rock, el punk e incluso algunos momentos más cercanos al pop. ¿Sentís que ya habéis encontrado vuestra identidad o seguís descubriéndola disco a disco?

Creemos que ya existe una identidad en todo lo que hacemos, pero también seguimos descubriéndonos disco a disco. Intentamos crecer y mejorar con cada cosa que publicamos.

La música que escuchamos también cambia y nos influye, así que todo nace de la convivencia entre nuestra propia identidad, el descubrimiento y las ganas de probar cosas nuevas.

Quienes os han visto en directo suelen destacar la intensidad de vuestros conciertos. ¿Es sobre el escenario donde las canciones cobran todo su sentido o seguís disfrutando igual del trabajo en el estudio?

Sobre el escenario es donde sentimos que conectamos de verdad con nuestra música. Cantas, gritas, saltas, sacudes el cuerpo y te dejas llevar por el momento, el sudor y las luces. También está esa conexión visual entre nosotros y la reacción del público. Todo eso puede ponerte la piel de gallina o emocionarte.

Aun así, probablemente seguiremos siendo quienes más escuchan nuestros propios discos. También disfrutamos de nuestra música en casa, con auriculares o altavoces, sentados en el sofá, porque esa parte de nosotros es tan importante como lo que sucede sobre el escenario.

Habéis adelantado que este verano empezaréis a grabar vuestro próximo álbum. Sin desvelar demasiado, ¿qué os gustaría explorar en esta nueva etapa que no estaba presente en LA MITAD?

Ahora queremos explorar lo cotidiano, las historias que le pueden suceder a cualquier persona: el miedo a equivocarse, el cariño que sentimos al recordar quiénes éramos de pequeños o el intento de aceptar que no somos perfectos.

La vida también consiste en equivocarse y aprender a quererse, aunque a veces seamos un desastre.

Hace apenas un año erais una banda emergente y ahora vuestro nombre aparece cada vez más entre los grupos destacados de la escena alternativa nacional. ¿Cómo vivís ese crecimiento y qué metas os marcáis para los próximos meses?

Seguimos sin prestarle demasiada atención y todavía no terminamos de creérnoslo del todo, jajaja. Nos gusta dejar que las cosas nos sorprendan.

Ahora mismo nuestra principal meta es disfrutar del proceso, de las canciones y de toda la gente que se acerca al proyecto y cree en él. También queremos agradecer y valorar a quienes nos han apoyado desde el principio y continúan acompañándonos en este viaje.

Nuestro sueño sería poder vivir de esto junto a nuestra gente.


RADAR SONORO: SILA LUA PRESENTA «SOLDADITO», SU PRIMER LANZAMIENTO TRAS DANZAS DE AMOR Y VENENO

La artista gallega Sila Lua regresa con «Soldadito», su primer lanzamiento desde la publicación de Danzas de Amor y Veneno. Producida junto a Mumbai Moon y Pau Aymí, la canción vuelve a explorar algunos de los temas que definen su universo creativo, como la fragilidad humana, el choque entre los ideales y la realidad o las contradicciones del poder.

En «Soldadito», Sila Lua cuenta la historia de un joven militar que abandona su hogar convencido de que lucha por una causa justa. Sin embargo, el viaje acaba enfrentándolo a las consecuencias de la violencia y la obediencia ciega. El resultado es una canción íntima y reflexiva que habla del desencanto y de la pérdida de las certezas.

El lanzamiento llegó acompañado de un videoclip dirigido por Mikel Godoy y coincidió con una actuación muy especial en el Festival Acento de Santiago de Compostela. Allí, Sila Lua estrenó un formato inédito en el que su habitual propuesta electroacústica junto a Greta Ch'aska se amplió con un trío de cuerdas, ofreciendo un concierto exclusivo en la terraza de la SGAE, dentro del Parque Vista Alegre.

Por ahora, Sila Lua no ha anunciado nuevas fechas de concierto, aunque todo apunta a que «Soldadito» marcará el inicio de una nueva etapa en directo durante los próximos meses.



miércoles, julio 29, 2026

FANFICTION — TERMINATOR: «ECOS DEL FUTURO», PUBLICADO EN PORTAL CIENCIA Y FICCIÓN

Observando a John con la máquina, de repente lo vi claro. El Terminator jamás se detendría, jamás le abandonaría y jamás le haría daño. Ni le gritaría ni se emborracharía para pegarle. Ni diría que estaba demasiado ocupado para pasar un rato con él. Siempre estaría allí y moriría para protegerlo. De todos los posibles padres que vinieron y se fueron año tras año, aquella cosa, aquella máquina, era la única que daba la talla…

Sarah Connor

 

1

JOHN CONNOR

John apretó el martillo con ambas manos, ignoró los haces tórridos del sol y continuó golpeando la roca. A su alrededor, las excavadoras rompían las paredes del cañón y desmenuzaban las grandes piedras, propagando un estruendo ensordecedor. El sudor resbaló por su espalda y le empapó la camiseta: necesitaba un descanso. Agotado, soltó la herramienta, se inclinó, agarró una botella de plástico y tomó un trago. Una mueca crispó su expresión: tenía que haber dejado el agua a la sombra.

Como de costumbre, Connor trabajaba solo. Sus compañeros lo evitaban en la medida de lo posible; les desagradaba su actitud reservada y taciturna. John levantó la cabeza y observó a los obreros situados a un centenar de metros. Estos le lanzaban miradas burlonas y cuchicheaban a sus espaldas. Sin dar importancia al asunto, estiró los músculos doloridos, apretó el mango del martillo y volvió al trabajo con renovados ánimos.

Poco a poco, el sonido del metal contra la roca lo apartó de sus tétricos pensamientos y calmó los dilemas que le roían las entrañas. John había tenido una mala noche. Apenas pudo dormir y, cuando por fin lo consiguió, negras pesadillas asaltaron su sueño. Un suspiro le escapó de los labios. No quería recordar las imágenes de la madrugada anterior. Cargaba con demasiados remordimientos. El peso del futuro se desplomaba sobre su espalda.

Hacía meses que Connor vagaba por Los Ángeles, sin rumbo ni dirección, enlazando una profesión miserable con otra mientras huía de un pasado que amenazaba con aplastarlo. De vez en cuando anhelaba la compañía de otras personas, sentirse parte del mundo, pero sabía que su destino era la soledad: no soportaría perder a quienes amaba.

Ahora, después de tantos años desde la destrucción de Cyberdyne, las dudas regresaban una y otra vez. ¿Realmente habían evitado el Juicio Final? Un escalofrío recorrió su columna y le erizó el vello de la nuca. Algo en su interior le advertía de que todos sus esfuerzos habían sido inútiles. John sacudió la cabeza, apartó el sudor de los ojos y procuró alejar aquellos pensamientos. Estaba harto de sufrir por algo que escapaba a su control.

Furioso, descargó el martillo contra la piedra una y otra vez, hasta que sus brazos se convirtieron en una masa ardiente. Fragmentos de roca le salpicaron el rostro, arañándole las mejillas, mientras se obligaba a seguir golpeando: pensaba dormir tranquilo aquella noche.

Derrotado, bajó el martillo y recuperó el aliento. Un hierro al rojo vivo parecía atravesarle el costado derecho, a la altura de las costillas, impidiéndole respirar con normalidad. Connor agradeció el dolor. Le recordaba que seguía vivo, insuflaba energía a sus miembros agotados y avivaba el fuego de la rebelión que ardía en su interior: Skynet había fracasado en su intento de eliminarlo.

Sin embargo, aquella exaltación dio paso enseguida a una tristeza infinita. Tendría que haber muerto antes de nacer. Connor apretó los labios y contuvo el aliento. Unas lágrimas recorrieron sus facciones, deformadas por la amargura. Molesto consigo mismo, se secó el rostro y se frotó las manos contra los vaqueros cubiertos de polvo. Consideraba la fortaleza una obligación permanente.

En aquel instante, una sombra amenazadora lo obligó a girarse, tenso como un cable a punto de romperse, empuñando el martillo con ambas manos.

—¡Lo has asustado!

Un corro de hombres, latinos en su mayoría, con los brazos cubiertos de tatuajes, cadenas al cuello y gorras caladas hasta las cejas, lo rodeó entre burlas, dispuesto a divertirse a su costa.

John comprendió la situación al instante y se preparó para luchar. Una frialdad implacable se apoderó de él, relegando el nerviosismo y las inquietudes a un segundo plano. Aquellos cretinos ignoraban con quién estaban jugando.

—¿Qué queréis?

El que parecía el jefe del grupo dijo:

—Los maricas como tú no deberían trabajar con hombres de verdad, Connor.

John sonrió con desprecio.

—Entonces hace tiempo que deberías estar vendiendo coca, colega. Te han metido tantas pollas por el culo que tienes un buen agujero donde guardar el material.

El mexicano enrojeció de rabia.

—¡Te voy a abrir la cabeza!

Antes de que terminara la frase, Connor le estampó la cabeza del martillo contra la nariz. El crujido de los huesos acompañó al chorro de sangre y a un grito ahogado. John saltó a un lado, esquivó el embate de su adversario y lo derribó de una patada en la espalda. El hombretón lanzó un alarido de sorpresa y se desgarró las palmas al estrellarse contra el suelo.

Connor levantó el martillo, dispuesto a aplastarle el cráneo, pero una chispa de lucidez atravesó sus pensamientos antes de descargar el golpe. La cabeza de la herramienta impactó a escasos centímetros de la oreja del hombre, levantando una nube de polvo.

Colérico, se volvió hacia los demás, que guardaban silencio, sorprendidos por la velocidad del individuo al que habían subestimado.

—¿Estáis contentos? —inquirió—. ¿Os habéis divertido?

Nadie respondió. La derrota de su líder les había bajado los humos.

John recorrió el grupo con la mirada. Ya no veían a un joven delgado, de huesos nudosos y expresión solitaria, sino a un hombre capaz de dominar la situación con una seguridad que imponía respeto.

—¡Llevadlo a la enfermería! —masculló en español—. ¡Casi le hundo la nariz en el cerebro!

A regañadientes, dos mexicanos levantaron al herido y lo arrastraron lejos del corro. El desprecio había dado paso al miedo: aquel gringo tenía agallas y un temperamento peligroso; convenía mantener las distancias.

Connor detuvo al trío con un gesto y se dirigió a su antagonista con voz glacial.

—Cuando quieras la revancha, estaré esperándote —puntualizó—. La próxima vez te mataré. ¿Entendido?

El herido musitó unas palabras de disculpa con los ojos anegados en lágrimas.

—¡Volved al trabajo! —gruñó John—. ¡Queda mucho por hacer!

2

PESADILLAS

Al entrar en la habitación, Connor arrojó la mochila sobre la cama, cerró la puerta con llave y encajó una silla bajo el picaporte. Después sacó una Beretta 92FS del bolsillo trasero del pantalón, comprobó el cargador y amartilló el arma.

Metódico, recorrió la estancia con la mirada y evaluó las posibles vías de escape en caso de ser atacado: las ventanas del segundo piso, la escalera de incendios que descendía hasta la calle y la solidez de la pared del baño. Todo parecía en orden.

Se desnudó, lanzó la ropa sucia a un rincón y se dio una ducha caliente que apenas alivió sus preocupaciones. Quince minutos más tarde, frente al espejo del baño, estudió su rostro bronceado por el sol de California. Aunque todavía conservaba la apariencia de un adolescente, John sabía que jamás había tenido la oportunidad de disfrutar de una vida normal. Los reveses y sinsabores del pasado habían moldeado su carácter.

Limpió el vaho del espejo con una toalla. En sus ojos se agitaban pozos de amargura y resentimiento.

Con los hombros hundidos, abandonó el baño y regresó a la habitación. Desde el exterior, un pálido haz de luz nocturna atravesaba las persianas y bañaba uno de los laterales de la cama. Connor dejó la mochila en el suelo, escondió el arma bajo la almohada y se tumbó boca arriba, con los dedos entrelazados bajo la nuca.

El rumor de los vehículos que recorrían las calles llegó con claridad hasta sus oídos: chirridos de neumáticos, bocinas, motores de gran cilindrada, equipos de música y tubos de escape. Cerró los párpados e intentó ignorar el calor agobiante. Al día siguiente le esperaba una larga jornada en la carretera.

John había gastado sus últimos ahorros en aquella habitación de motel de mala muerte, situada en las afueras de la ciudad. Después del incidente, terminó la jornada, exigió el cheque al capataz, recogió sus pertenencias de la taquilla y abandonó la obra.

Quería evitar llamar la atención. Desde aquel momento, los demás obreros ya no lo considerarían un petimetre, un gringo blanco con pocos redaños, sino un tipo peligroso capaz de defender el pellejo. Le harían la vida imposible.

Una sonrisa burlona se dibujó en sus labios. Solo por contemplar las caras de sorpresa de los mexicanos había merecido la pena participar en aquella estúpida pelea.

Tenso, se volvió hacia la izquierda, introdujo la mano bajo la almohada y acarició la culata de la pistola. Su contacto le proporcionó la seguridad que necesitaba. Veinte minutos después, cambió de postura una vez más. Le costaba conciliar el sueño.

Tumbado sobre el costado derecho, taladró las sombras con la mirada y recordó a su madre, muerta de leucemia dos años atrás.

Sin darse cuenta, Connor había comenzado a comportarse como ella. Adoptaba aquella actitud fría y distante, desprovista de afecto, que tanto había odiado durante su infancia. Por desgracia, ahora comprendía a Sarah demasiado bien. La pérdida y las privaciones la habían convertido en un bloque de acero.

John apretó los labios y recordó el espantoso hospital psiquiátrico de Pescadero, donde permaneció encerrada durante años, atrapada entre las paredes blancas de una celda y repudiada por quienes se negaban a aceptar la verdad: el Juicio Final se acercaba.

«Siento no haberte comprendido, mamá», pensó. «Fui egoísta. Te fallé cuando más me necesitabas».

Después pensó en su padre, Kyle Reese, un soldado de Tech-Com al que jamás había conocido. ¿Cómo pudo su madre enamorarse con tanta intensidad de aquel hombre?

Sacudió la cabeza y rememoró las palabras del Terminator:

«Lo conocerás».

Muchos años después, cuando las máquinas alcanzaran la cúspide de su poder, John enviaría a Reese al pasado, al año 1984, para proteger a Sarah Connor y convertirse, sin saberlo, en su progenitor.

¿Cómo podía conocer de antemano lo que sucedería entre ambos?

La paradoja de los viajes temporales, los caprichos del destino y las implicaciones de convertirse en el líder de la humanidad empeoraron su ánimo. Habría entregado el alma por ser otra persona. Rechazaba al hombre en el que acabaría transformándose.

Boca abajo, Connor repasó su vida desde la muerte de su madre en aquel hospital de Nuevo México: las horas de soledad, los trabajos degradantes, las pesadillas, la angustia de vivir sin respuestas y la ausencia de cualquier objetivo.

A pesar de haberlo intentado con todas sus fuerzas, seguía sin reconstruir su existencia. Vivía al día, tratando de escapar de algo que ni siquiera podía explicar.

¿Y si todo eran imaginaciones suyas? ¿Y si las máquinas del futuro jamás llegaban a existir? ¿Y si realmente habían conseguido detener el apocalipsis nuclear?

La imagen de Sarah, fría y distante, ocupó su memoria. Detrás de cada uno de sus actos siempre había existido amor: una entrega absoluta que solo alguien verdaderamente abnegado podía ofrecer sin esperar nada a cambio.

Era demasiado tarde para valorar a la única persona que lo había querido.

El dolor de la pérdida le humedeció los ojos. Le parecía increíble que todavía le quedaran lágrimas.

Finalmente, el cansancio venció a John y su conciencia se desvaneció en las tinieblas. Sus sueños, débiles al principio, aumentaron de intensidad hasta mostrarle el futuro que tanto deseaba evitar...

Una cegadora luz blanca cubrió el horizonte y abrasó las colinas cubiertas de hierba. Los edificios desaparecieron bajo una tormenta de fuego.

Tres mil millones de personas perecieron bajo el impacto de los misiles nucleares que barrieron la Tierra de un extremo al otro.

Meses después, cuando los efectos inmediatos de la radiación comenzaron a disiparse, los supervivientes tuvieron que enfrentarse al verdadero horror: la guerra contra las máquinas.

Millones de T-1, T-600 y T-800, apoyados por HK-Tank, HK-Aerial y enormes Harvesters, ocuparon las ruinas, masacraron a la población e instalaron campos de exterminio para abastecer sus fábricas. Los Ángeles se convirtió en un erial de rascacielos derruidos, vehículos carbonizados, carreteras desiertas y esqueletos calcinados.

En aquel páramo, la Resistencia combatía a duras penas contra organismos cibernéticos superiores en fuerza, capacidad y número.

John contempló a los supervivientes hacinados bajo tierra como animales: sucios, desesperados, ocultos en túneles pestilentes y obligados a alimentarse de ratas y desperdicios.

Escuchó las súplicas de sus futuros hombres, el fragor de los láseres, el retumbar de las explosiones, las ráfagas de las ametralladoras y los gritos de los moribundos.

Adondequiera que fuese, la gente repetía su nombre y se aferraba a él en busca de esperanza.

John Connor.

John Connor.

John Connor.

Lo peor aguardaba en el exterior: miles de kilómetros de escombros impregnados de azufre y combustible, por los que debían luchar a diario.

Eran los restos de un planeta que Skynet había reducido a cenizas después de que los militares, cegados por la arrogancia y la avaricia, le entregaran el control de sus ejércitos y sistemas defensivos.

Al comprender lo que le esperaba, los horrores que tendría que presenciar y la responsabilidad que pesaría sobre sus hombros, John rompió a llorar.

Y continuaba llorando cuando despertó, vencido por un dolor que le atenazaba las entrañas y le robaba el aire.

Aturdido, se encogió sobre sí mismo en busca de algún consuelo, de una chispa de claridad capaz de apartarlo de aquel horror. Gruesas gotas de sudor le recorrían la frente. La atmósfera cargada de la habitación resultaba insoportable.

Connor sacó la pistola y observó el brillo azulado del cañón.

Sintió la tentación de acabar con todo de una vez.

Un impulso ajeno a su voluntad lo llevó a introducir el cañón en la boca. El sabor metálico y grasiento le invadió la lengua.

Bastaba con apretar el gatillo. Sus problemas desaparecerían. Las pesadillas terminarían. Por fin sería libre.

Temblando, retiró el arma y la dejó sobre el colchón. Después se secó las lágrimas que le recorrían las mejillas.

Sabía que aquel no era su destino.

3

EXTERMINADOR

Bruscamente, un estampido atravesó la calle y lo arrancó de sus morbosas propensiones. Con los nervios en tensión, saltó hacia la ventana y apartó las cortinas. Su físico desnudo quedó recortado a contraluz. Era un blanco fácil para cualquier francotirador, pero aquel detalle carecía de importancia para él.: estaba demasiado turbado por la reciente pesadilla.

En el exterior, al otro lado de la calle, frente a una gasolinera, un camión cisterna había perdido el control. John evaluó la magnitud del desastre: el vehículo estaba volcado sobre uno de sus costados y perdía gasolina copiosamente por el motor abierto, manchando el alquitrán ya ennegrecido por el aceite.

«Ponte a cubierto, idiota», pensó. «Si han enviado un Terminator, te localizará sin problemas».

De inmediato, Connor cerró las cortinas, se puso una muda limpia que llevaba en la mochila, guardó varios cargadores en los bolsillos de los vaqueros y regresó a su puesto de observación. Esta vez tomó las precauciones indispensables: se inclinó a un lado de la ventana, apartó apenas un resquicio de la cortina y oteó la avenida con la mirada alerta.

Un empleado salió de la gasolinera. Su mono amarillo con el logotipo del establecimiento era inconfundible. Cruzó la calle, asustado, y se aproximó al siniestro con la boca abierta por el asombro.

John estuvo a punto de gritar para advertirle que se apartara del camión, pero los nervios le cerraron la garganta. Los latidos de su corazón amenazaban con ahogarlo, le dolían los pulmones de contener el aliento y estaba demasiado aterrado para moverse.

La puerta del vehículo cayó al suelo con un sonoro estruendo metálico, permitiéndole distinguir la silueta del conductor.

Connor reculó unos centímetros.

Había reconocido aquella figura.

«Es imposible», pensó con las piernas temblando. «Yo lo vi arder en aquella fábrica...».

Un hombre de casi dos metros de altura, vestido con ropas de cuero negro, quedó iluminado por las farolas. El rostro inexpresivo, la mandíbula cuadrada y el cabello cortado al cepillo giraron lentamente a ambos lados, como si estuviera calculando su posición.

¿Acaso contemplaba al T-800 que le había salvado la vida en el pasado?

John pasó por alto sus reservas y su cautela habitual. Debía cerciorarse de que aquel individuo era quien creía que era.

El conductor descendió del camión, avanzó entre los coches destrozados y se dirigió hacia el empleado de la gasolinera.

Un disparo quebró la quietud de la noche.

El joven salió despedido hacia atrás con la cabeza abierta en dos.

Connor ahogó un grito y aferró la culata hasta que le dolieron los dedos: Skynet lo había localizado. Todo encajaba. Los Terminators siempre actuaban igual: conseguían ropa, un vehículo, armas y eliminaban cualquier obstáculo sin el menor remordimiento. Su mente ya no contemplaba otra posibilidad. El desconocido giró sobre sus propios pasos, estudió la fachada del motel y pareció localizar su refugio.

John se arrojó al suelo. El impacto le recorrió los codos hasta los hombros mientras luchaba por pasar desapercibido.

Tenía que salir de allí.

Tenía que huir.

Durante un instante contempló la pistola. Aquel trozo de metal era inútil contra un Terminator. Necesitaba armamento más potente; sabía mejor que nadie lo complicado que era exterminar a aquellas máquinas.

John corrió hacia la puerta, apartó la silla de un manotazo y subió las escaleras.

Tenía que llegar al edificio de enfrente, descender por el callejón y coger la motocicleta. Si salía por la entrada principal, el Terminator lo haría pedazos. Su única opción era ocultarse entre las sombras y escapar como una rata acosada por un enorme depredador.

El miedo dio alas a sus pies. Subió los escalones de cuatro en cuatro, esperando que la máquina encontrara su rastro en cualquier momento.

Al llegar arriba, reventó la cerradura de un disparo y salió a la azotea.

Tenía el cuerpo empapado en sudor y estaba a punto de sufrir una crisis nerviosa.

El sonido de unas sirenas de policía le taladró los tímpanos. Luces ámbar inundaron la noche. Aquellos hombres avanzaban hacia su propio ocaso.

John asomó la cabeza por el borde de la azotea.

Tres coches patrulla rodearon al desconocido y varios agentes descendieron con las armas automáticas preparadas.

—¡Suelte el arma! —ordenó el jefe de los policías—. ¡Tiene cinco segundos para obedecer!

El Terminator permaneció inmóvil.

—Cinco... cuatro... tres... dos...

La máquina interrumpió la cuenta de un disparo.

El jefe se desplomó con el cráneo perforado.

Los demás agentes vacilaron apenas un instante al ver caer a su superior.

Aquello selló su destino.

El desconocido los abatió con despiadada eficiencia, sin desperdiciar una sola bala.

Connor se llevó una mano a la boca. La escena le revolvió el estómago.

Sin perder un segundo, atravesó el tejado en diagonal y saltó al edificio contiguo al motel.

El impacto al aterrizar le devolvió parte de la cordura.

Había malgastado un tiempo precioso.

«Skynet nunca dejará de perseguirme», pensó. «Mamá tenía razón cuando decía que jamás debía bajar la guardia».

Connor cruzó la azotea, llegó a unas escaleras oxidadas y comenzó a descender hacia la calle con el máximo sigilo.

Alguien salió del motel y se interpuso delante del desconocido.

John reconoció la figura gorda y repugnante del dueño del local.

—¿Qué coño estás haciendo? ¿Quieres que me metan en la trena o qué?

El Terminator no respondió.

—¡Tienes que largarte de aquí! —exclamó—. ¡La pasma volverá enseguida con refuerzos!

Connor llegó a la calle, se pegó a una pared y recuperó el aliento.

¿Acaso ambos se conocían?

El dueño del motel propinó un empellón al desconocido.

—¡Sal cagando leches, joder! ¡Solo te lo diré una vez!

La máquina le metió un balazo en el pecho.

El hombre se desplomó con expresión de absoluta sorpresa.

El Terminator fijó la mirada en John.

—¡No! —Una mano helada le atenazó el alma—. ¡Morirás antes que yo, hijo de puta!

Connor vació el tambor sobre el rostro de la máquina.

Esta efectuó una pirueta y cayó sobre un costado.

Nada indicaba que siguiera con vida.

Con cautela, midiendo cada paso, John recargó el arma y se aproximó al cuerpo inmóvil, tendido sobre el césped manchado de sangre.

Incrédulo, distinguió fragmentos de masa encefálica alrededor de la cabeza de su enemigo.

Connor se quedó inmóvil.

Tragó saliva.

A pesar de tener el cráneo destrozado, las facciones del cadáver diferían de las del T-800.

Aquel individuo no era un Terminator.

Había matado a un ser humano.

Se inclinó sobre el cuerpo inerte.

Debajo del chaleco antibalas había carne y hueso.

—¡Cerdo! —susurró una voz—. ¡Te arrancaré el corazón!

Con un sobresalto, Connor levantó la pistola y estuvo a punto de disparar al dueño del motel.

—¿Quién era este chiflado? —acertó a preguntar—. ¿Por qué lo protegías?

El hombre se arrastró por el suelo escupiendo sangre.

—Te has cargado a mi hermano, cabrón...

John se incorporó y ató cabos.

El rostro del hombre que acababa de matar ocupaba los titulares desde hacía semanas. Tras quebrantar la libertad condicional, había iniciado una fuga marcada por una violencia extrema. Cada intento de detenerlo acababa con nuevos muertos. Patrullas enteras le seguían la pista sin éxito, mientras la cifra de víctimas no dejaba de crecer.

—Le hice un favor —gruñó—. Es lo que merecen los asesinos. 

El moribundo profirió una maldición.

—Te voy a...

Connor le propinó una patada en la mejilla y lo dejó sin sentido.

No pensaba perder el tiempo escuchando a aquella escoria. La policía regresaría en cualquier momento, y si lo encontraban allí, acabaría detenido.

Su voz sonó cínica.

—Que descanses, colega.

EPÍLOGO

John detuvo la motocicleta en lo alto de la colina y se quitó el casco. El sol bañaba las montañas, recorría la carretera desierta e iluminaba su rostro. Un pájaro cruzó el cielo despejado antes de perderse en el horizonte.

Desde Mulholland Drive, Connor contempló el valle de Los Ángeles con una mezcla de incertidumbre y desesperación. Ya no sabía qué creer. Tal vez las máquinas jamás llegarían a tomar el poder, pero necesitaba una prueba, algo que le permitiera convencerse de que podía vivir en paz.

Tomó una decisión. Permanecería aislado del mundo. Nadie volvería a encontrarlo. Seguiría siendo un fugitivo el resto de su vida.

Recordó a su madre, al T-800, a Cameron y a Derek Reese. Todos habían estado dispuestos a dar la vida por protegerlo. Por un motivo u otro, les debía seguir adelante hasta encontrar una respuesta.

¿Cuánto faltaba para el Día del Juicio Final?

John arrancó la motocicleta y salió disparado hacia la ciudad que brillaba en la distancia bajo las primeras luces del amanecer.

La tormenta se acercaba.



martes, julio 28, 2026

REVIEW DE «UN ALMA DEL NORTE», PUBLICADA EN NO TE DETENGAS MAGAZINE

Hay conciertos que se recuerdan toda la vida y discos capaces de definir una generación. Un Alma del Norte, la nueva novela de Alexis Brito Delgado, ya está disponible en Amazon y continúa la historia iniciada en Tumba de Gravedad, aunque puede leerse de forma completamente independiente.

La historia nos traslada a la Inglaterra de 1998, cuando el Britpop empezaba a apagarse y la cultura club tomaba el relevo. Un grupo de amigos emprende un viaje para asistir al regreso de The Verve a su ciudad natal. Lo que comienza como una escapada para ver a su banda favorita acaba convirtiéndose en un recorrido marcado por la amistad, los excesos, la violencia y ese momento en el que uno descubre que crecer también significa dejar cosas atrás.

Aunque la música está presente en cada página, Un Alma del Norte va mucho más allá de una novela sobre el Britpop. Es una historia sobre una generación y sobre una época que dejó una huella imborrable. Oasis, Blur, Pulp, Suede, The Verve y la Inglaterra de finales de los noventa no son solo referencias musicales, sino el escenario sobre el que se desarrolla un viaje cargado de emociones.

Con esta nueva obra, Alexis Brito Delgado vuelve a unir literatura y música en una novela pensada tanto para quienes vivieron aquellos años como para quienes siguen descubriendo una de las escenas musicales más influyentes de las últimas décadas.

Un Alma del Norte ya puede adquirirse en Amazon, mientras la primera tirada impresa comienza a llegar a los primeros lectores.



lunes, julio 27, 2026

MARILYN MANSON: MISA NEGRA A 40 GRADOS

Las primeras notas de «Bela Lugosi’s Dead», de Bauhaus, emergen de la oscuridad. Pocas canciones podrían servir mejor de prólogo: nueve minutos de sombras, decadencia y liturgia gótica antes de que el Reverendo salga a oficiar su propia misa negra. El ambiente está preparado.

La carrera de Manson, después de unos últimos años erráticos, ha vuelto a la carretera, donde lleva promocionando su disco, One Assassination Under God – Chapter 1, desde 2024. Pocas trayectorias musicales han sido tan conflictivas como la del Reverendo. No obstante, es un superviviente y continúa al pie del cañón rozando los 60 palos.

La organización del festival —zona de catering, puestos de comida y espacios habilitados para comer y beber en la Plaza de España de Sevilla—, perfecta. Buen ambiente, a pesar de un calor insoportable que rozaba los 40 grados a las 22:30, hora de inicio del espectáculo.

Fue un concierto fiero, potente, con un Manson en buena forma que desgranó un repertorio basado principalmente en sus primeros discos, los más aclamados. Que nadie espere a un Reverendo especialmente receptivo con el público. Nunca ha sido su estilo. Caña desde el primer minuto, sonido crudo y directo al grano, sin grandes aspavientos. Como aderezo escénico, un efectivo juego de luces, neones y cruces invertidas reforzaba la imaginería oscura y provocadora de la ceremonia. La parroquia de Manson, completamente entregada, disfrutó enormemente y respondió con entusiasmo a cada uno de los clásicos.

Hubo varios cambios de vestuario: gabardina de cuero para empezar, chaqueta de plumas, bombín para la época burlesca de «mOBSCENE», plumas para Holy Wood y sombrero militar en otros temas. Los mismos trucos de siempre, esos que tan buenos resultados le han dado durante toda su andadura.

El mesías alienígena Omega apareció en dos cortes: «Great Big White World» y una truncada «I Don’t Like the Drugs (But the Drugs Like Me)», que dio paso a «The Dope Show». Evidentemente, Manson arengó a los fieles. Él es la droga que su público necesita.

«Exit Wound», el más reciente sencillo, y «Nod If You Understand» representaron la etapa actual. A partir de ahí, el viaje fue directo a los años noventa. El Reverendo sabe perfectamente qué quiere la parroquia: un repertorio de grandes éxitos en el que brillaron cuatro temas de Antichrist Superstar (1996), su obra capital. Hits infalibles en directo que siguen llevando al respetable al frenesí colectivo.

Entre los momentos culminantes destacaron también sus célebres versiones, temas que Manson ha hecho prácticamente suyos. «Sweet Dreams (Are Made of This)» fue, con diferencia, la más aclamada y desató la euforia general. Para el cierre quedó «Personal Jesus», convertida en el último golpe de efecto de la noche.

Mención especial al bis, «Tourniquet», en el que Manson apareció sobre el escenario subido a unos zancos que lo hacían parecer una araña maligna gigantesca. El que tuvo, retuvo...

Lo cierto es que compadecí a los músicos. El escenario, con los focos, las luces y aquel calor, tenía que ser un infierno. Aun así, cumplieron con profesionalidad, sin dar un segundo de respiro y con un espectáculo medido hasta el último milímetro. Quedó ADN del Reverendo por todas partes, todo hay que decirlo.

Evidentemente, y tal como ha hecho durante décadas, que nadie espere un concierto al estilo de The Cure: 14 canciones, una hora y cuarto justa y fin del espectáculo.

Manson continúa manteniendo su enigma sobre las tablas.


Setlist:

Nod If You Understand

Disposable Teens

Angel With the Scabbed Wings

Great Big White World

This Is the New Shit

Dried Up, Tied and Dead to the World

Exit Wound

The Nobodies

The Dope Show

Sweet Dreams (Are Made of This)

mOBSCENE

The Beautiful People

Encore:

Tourniquet

Personal Jesus



domingo, julio 26, 2026

RADAR SONORO: STU LARSEN ANUNCIA UN ÚNICO CONCIERTO EN ESPAÑA

El cantautor australiano Stu Larsen volverá a España el próximo 22 de octubre para ofrecer un único concierto en la sala Golem'S de Barcelona. La cita forma parte de The Solitude Tour, la gira de presentación de su nuevo álbum, Solitude.

Para crear este disco, Larsen se propuso un reto muy especial durante 2024: viajar durante doce meses por países como Nueva Zelanda, Australia, Indonesia, Escocia, Inglaterra, Austria, Alemania, Italia, Canadá, Estados Unidos y Argentina, componiendo una canción en cada destino y grabando allí mismo una interpretación en directo.


De esa experiencia nació Solitude, un álbum que invita a bajar el ritmo y disfrutar del camino. Con su característico sonido acústico e intimista, Stu Larsen vuelve a poner el foco en las canciones y en las historias que ha ido recogiendo a lo largo de sus viajes.

 Fecha en España

22 de octubre – Golem'S – Barcelona 



viernes, julio 24, 2026

UN ALMA DEL NORTE - INTRODUCCIÓN

El poderoso motor del Dodge Charger retumbaba en la oscuridad previa al amanecer. Iluminada por luces eléctricas, Chandos Grove poseía un aspecto gélido y fantasmal. Aunque las ventanas delanteras estaban abiertas, en el habitáculo del carro se había formado una burbuja de humo; el olor de la hierba habría vuelto loco a cualquier perro detector de drogas. Spike conocía Salford como la palma de su mano; llevaba unos quince minutos transitando por calles secundarias poco frecuentadas. Indolente, soltó el acelerador y redujo la velocidad. Observé el cuentakilómetros con cierta sorpresa; mi colega no solía conducir a menos de cuarenta.

—La bofia vigila esta zona —el menda pareció leerme el pensamiento—. Pasar desapercibidos es la mejor opción. 

Embutido en una raída chupa de cuero, parecía haber escapado de un programa de desintoxicación: pelo largo teñido de canas, rostro demacrado debido al consumo de todo tipo de sustancias ilícitas, profundas bolsas debajo de los ojos, nariz prominente, pómulos angulosos, cuerpo terriblemente delgado. Una versión arrabalera y magullada de Mark E. Smith, de The Fall. Estilo y decadencia a partes iguales: gafas de sol y cuero. Su mirada estaba en otra órbita; contemplaba universos inalcanzables para el resto de los mortales.

La tarde anterior, entre los cuatro miembros del Grupo Salvaje, habíamos reunido un buen fajo destinado a actividades recreativas. Pese a llevar toda la noche de juerga, nos quedaban porros, farla y priva como para descarrilar un tren. Éramos los supervivientes del Segundo Verano del Amor, hijos de la cultura rave. Habíamos bailado Hallelujah, de los Happy Mondays; Come Together, de Primal Scream; Fool’s Gold, de The Stone Roses; I’m Free, de The Soup Dragons, y Weekender, de Flowered Up, en una nebulosa de MDMA, locura y cachondeo.

Como en los viejos tiempos, Spike se encargó de pillar la mandanga. Hacía siglos que no probaba una farlopa tan cojonuda. Nada más meterte una raya —antes incluso de que terminara de hacer efecto— ya te apetecía volver al baño a darle otro toque al tema. Parafraseando a William S. Burroughs: «Si Dios inventó algo mejor, se lo habrá reservado para él». Íbamos con cuidado: el Partido Laborista, al igual que su predecesor, tampoco apoyaba la legalización de los narcóticos.

—¿A quién le compraste la coca?  —pregunté—. Te has lucido, tronco.

—Al Pulga —explicó—. Tiene un contacto en Escocia que le trajo un cuarto de kilo de lo mejorcito. Estuve en el chabolo mientras lo cortaba y dejó nuestra parte tal cual llegó. Las nieves del Kilimanjaro se quedan pañales en comparación con esta mierda, chaval.

Me costaba creerlo. El perico del camello tenía fama de dudoso, una guarrada, sin circunloquios. Ya era hora de que se pusiera las pilas. Fui sarcástico:

—Pensaba que Richard se había retirado.

—¿Estás de coña? —rio—. ¿En serio no lo viste anoche?

—En absoluto.

—Estuvo en el tigre todo el tiempo. Llevaba una mordida de la hostia. Tenía la mandíbula tan desencajada que parecía Forrest Gump. ¡Viva Colombia!

El Pulga poco había cambiado desde que traficaba en las raves a principios de los noventa. Siempre lo recordaba con el casco de moto —donde guardaba el material— bajo el brazo, de palique con todo Dios, trapicheando para asegurarse una vejez digna.

Una noche, a las afueras de un garito, mientras hacíamos el intercambio de rigor de efectivo por tripis, vio el reflejo de las luces de un coche patrulla y salió escopeteado como alma que lleva el diablo. Por suerte, teníamos la merca en mano y no nos dejó en la estacada. Un tipo con nervios de acero.

Examiné la calle: viviendas victorianas, árboles, una iglesia en obras, cabinas de teléfono, pequeños comercios, restaurantes y roñosos pubs cerrados. Aborrecía Salford: sus gentes poligoneras, el ambiente tétrico de las fábricas, los bloques de protección oficial y las colas frente a las oficinas de empleo. Puto infierno de ciudad repugnante... Haber crecido en Eccles me moldeó para siempre. Cada día tenía más claro que mis raíces eran terribles: un entorno opresivo, aniquilador. Una ciudad de carcas amargados. De milagro no terminé en el bareto de la esquina, jugando al Cribbage y enganchado al Grouse. Mudarme a Londres me abrió los ojos; jamás podría regresar a aquella cloaca.

Le comenté a Spike:

—La peña continúa igual que siempre, ¿verdad?

— El problema de dejar las drogas es que, cuando vuelves a sus brazos, lo haces con el doble de ganas. Es como encontrarte con una guarrilla que tenía un polvo espectacular y le echas un revolcón para rememorar viejas glorias. ¡Te enganchas por defecto!

—Bonita metáfora —bromeé—. Tomaré nota para mi próximo libro.

—Muy sensato por tu parte. —El amigo esbozó una sonrisa mordaz—.  Te lo he dicho mil veces: tu próximo personaje debe ser un misógino, perforador de culos femeninos de alto standing.

En el asiento trasero, Tom quitó la anilla a una lata de Guinness y echó un trago al coleto. Después de todo lo que nos habíamos metido, daba igual que estuviera caliente. Por alguna extraña razón, el lote de cerveza seguía siendo considerable.

—¿Te apetece una, tío?

Tom llevaba pañuelo de pirata, polo Fred Perry, vaqueros y Nike blancas. Había bailado como un neurótico varias horas; seguía empapado de sudor y parecía que los ojos azules le iban a saltar del cráneo. Por mucho que largara que iba a reformarse —vida sana, bicicleta, nada de carne y batidos de espinacas—, tenía complejo de Tony Montana.

—¡Vale! —Cacé la birra en el aire—. Marion, ¿estás bien?                                              

Este apuró el canuto antes de replicar:

—¡Claro! ¿Por qué lo preguntas?

Marion tenía pinta de navajero: gabardina, camiseta de Marilyn Manson —época Antichrist Superstar—, pitillos ceñidos, pesadas Doc Martens, anillos de armadura y uñas pintadas de negro. El cabello le sobrepasaba los hombros y se había dejado barba. Fumeta compulsivo, amante de la literatura rusa, obsesionado con la política y coleccionar cuchillos, su fama de bolinga era legendaria en los bajos fondos de la Universidad de Salford. El tipo había logrado escapar de Wythenshawe —una de las muchas barriadas chungas de Manchester— de una pieza. Punto a favor del amigo. 

—No has abierto el pico desde que salimos del Blue Moon.

Aunque estaba cocido, Marion controlaba la situación. Mantenía la voz firme y las ginebras que había pimplado en el estómago. La charla de una hora con una zumbada no lo había dejado para el arrastre. Lo típico: una relación mediocre, años de celos, abusos psicológicos, polvos cutres y, por último, la patada por una tía más joven en busca de nuevos horizontes. ¿Por qué la gente, cuando salía de marcha, en vez de olvidar sus problemas, se empeñaba en joder la marrana al personal?

—Disfruto de la hierba, capitán.

Tipas ajadas, reventadas de tanta polla, puestas de costo y alcohol mañana y noche, con varios hijos a cuestas y una mochila emocional que parece el petate de un marine en maniobras. Eran todas un coñazo. Decidí pincharle:

—Pensaba que andabas ciego y que ibas a echar las papas sobre Tom.

Spike intervino de inmediato:

 —¡Como alguno de vosotros, cabrones de mierda, se atreva a potar en mi buga, lo reviento!

Estallamos en carcajadas. No sería la primera vez que un miembro de la pandilla perdía el control de sus actos dentro del Charger. En el equipo sonaba Definitely Maybe, puede que uno de los mejores discos de la historia. Pensé que a los Gallagher —en especial a Liam— se la sudaba todo. Pura chulería, mesianismo y egos desorbitados. Al final terminabas cogiéndoles cariño, a pesar de que fueran tan pedantes y bocazas como Morrissey.

Pulp, Suede, Elastica, Supergrass… La batalla del Britpop: Blur versus Oasis. Manchester frente a Londres. Norte y sur en conflicto. Clase obrera contra élite. Las bandas se forraron, la prensa vendió miles de ejemplares, las tiendas de discos arrasaron, los promotores de conciertos se hicieron de oro y la gente disfrutó de buena música. Todo el mundo salió ganando y fue una época espectacular. Joder, hasta Robbie Williams —hablamos de un fulano que meneaba el culo en Take That— había despachado el impecable Life Tru A Lens, cuando nadie daba un penique por su carrera en solitario. Músicos... ¿Qué sería de la sociedad sin ellos? Probablemente más limpia… o, qué coño, un muermo. El rock era la tabla de salvación perfecta para unos marginados como nosotros. Demos gracias a la química y a la mala vida por las obras maestras. [...]

Spike cambió de carril y adelantó a un vehículo por la derecha. Continuábamos al pie del cañón: noctámbulos, colocados y erráticos, disfrutando de la vida sin pensar en el mañana. The Verve tocaba en Wigan aquella misma tarde. Bitter Sweet Symphony los había catapultado al estrellato internacional, y la banda aprovechaba la popularidad del momento para salir del ostracismo tras dos años de hibernación.

Previsor, cuando me enteré de la noticia pedí el día libre a la zorra de mi jefa. En un principio no hubo problema, pero a pocas horas del evento me comunicó que, como la plantilla andaba escasa de personal, le era imposible concedérmelo. Llevaba once meses chupándome todos los turnos posibles, puteado y ganando una miseria; aquella fue la gota que colmó el vaso. Ni siquiera me molesté en despedirme: que le dieran por culo a Sainsbury’s y, por extensión, a aquella imbécil que solo quería lameculos para manipularlos a su antojo. Me daba igual haberme quedado en la calle: los trabajos de mierda abundaban en Inglaterra. ¿Reponer mercancía en un supermercado de Charing Cross, o disfrutar de mi grupo favorito en directo? Más fácil, imposible.

Todos habíamos comprado entradas en Ticket and Travel (veintiún libras por cabeza) para el concierto. No esperaba que la peña se apuntara al carro. Por norma, cuando proponía algún plan, me daban largas. La última vez que vimos a The Verve sobre un escenario fue en Glastonbury. El cartel moló bastante: Oasis, The Cure, Pulp, Orbital, Elastica y The Charlatans, entre muchos otros. La banda tuvo problemas de sonido —se les reventó un amplificador— y mantuvo al público a la espera, tocando mientras los técnicos arreglaban el incidente. Richard Ashcroft, arrogante como de costumbre, se tomó aquel contratiempo con humor y bromeó: «No escucháis una sección rítmica como esta todos los días, ¿eh?», antes de cantar las inéditas «The Rolling People» y «Come On», que más adelante pasarían a formar parte del aclamado Urban Hymns. Fueron buenos tiempos: faltaba poco para que me independizara económicamente y plantara a mi familia en la miseria en la que estaban inmersos. En cierta manera, tomé la decisión de abandonar Salford aquel veinticinco de junio de 1995 en el NME Stage, a la vez que escuchaba Life’s an Ocean. Todo se unió a mi favor: la letra del tema, las buenas vibraciones del festival, la presencia de mis colegas, el Adam que había ingerido en primera fila… para librarme de las cadenas del pasado. Por desgracia, aquellos largos días de verano jamás regresarían. [...]

Spike se detuvo frente a un semáforo en rojo. El resplandor de las farolas le daba un aspecto sombrío. Inesperadamente, un coche patrulla apareció por Eccles Old Road y, al reconocer el Dodge Charger, encendió las luces y se dirigió hacia nosotros.

—¡Mierda! —exclamó—. ¡Lo que nos faltaba!

El menda bajó el volumen del equipo de música. Un calambre de ansiedad me recorrió el estómago.

—¿Por qué viene a por nosotros? —gimoteó Tom con voz ronca—. ¡No hemos hecho nada, joder!

Impertérrito, Spike relajó las manos sobre el volante y observó a la bofia a través del espejo retrovisor. Si estaba alterado, lo disimulaba por completo.

—Nadie tiene un buga como el tuyo en todo Manchester —rezongué—. Deberías plantearte pillar uno menos llamativo. ¡La policía puede localizarte a mil kilómetros!

—¡Y una mierda! —replicó—. Esta joya es la mejor inversión que he hecho en mi vida. Nunca subestimes la potencia americana.

Los segundos transcurrieron con una lentitud aplastante. ¿Qué diablos podíamos hacer? Apenas quedaba tiempo para deshacernos de la mandanga. Marion, intoxicado hasta las trancas, estaba en otro planeta. Tom, en cambio, se revolvía como un animal enjaulado; parecía víctima de un electroshock.

—¡Tengo que salir de aquí! —murmuraba—. ¡Tengo que salir de aquí!

El vehículo se detuvo detrás del Charger. El madero abrió la puerta del conductor y se aproximó con una linterna en la mano. Tenía cara de malas pulgas y la pipa le colgaba, bien visible, del costado. Si Tom no hubiera estado haciendo el cafre en la parte trasera, quizá —con un poco de suerte— habríamos podido salir de aquel fregado.

—¡Relájate! —farfullé—. ¡O nos meterán en el trullo por tu culpa!

—¡Tengo que salir de aquí! —Tuve ganas de pegarle un guantazo—. ¡Tengo que salir de aquí! —continuó entre tembleques.

Cuando faltaba un metro para que el pies planos pudiera vernos con claridad, Spike metió primera y pisó el acelerador. El carro salió picando ruedas; debimos de haber despertado a todos los vecinos. El poli, al recuperarse de la sorpresa, corrió hacia el coche, se subió de un salto y encendió la sirena.

—¡Menudo imbécil! —exclamó—. ¡Teníais que haberle visto el careto!

Dobló a la derecha a todo trapo y dejó la marca de los neumáticos en el asfalto. Cambió a segunda con vértigo. El ulular de la sirena taladraba el silencio mientras rozábamos los cincuenta kilómetros por hora; el límite permitido era treinta. Si nos trincaban, aparte de la mercancía y la perturbación del orden público, fijo que lo multaban por exceso de velocidad. La idea me arrancó una carcajada febril.

—¿De qué te ríes, capullo? —preguntó, con media sonrisa dibujada en los labios carnosos.

—Con las multas que te han metido, me extraña que te dejen conducir.

Irónico, respondió con otra pregunta:

—¿Y por qué estás tan seguro de que me lo permiten?

Entramos en un callejón sin salida. Nadie advirtió la señal de obras: balizas luminosas, escombros, conos y una zanja nos cortaban el paso; habían levantado el suelo. Spike frenó en seco; todos salimos despedidos hacia delante. Estábamos atrapados: era imposible continuar en esa dirección. Acto seguido, dio marcha atrás. El motor emitió un sonido áspero que me taladró los tímpanos.

—¡Apartaos, mamones! —masculló—. ¡No veo una mierda!

Tom y Marion se echaron a los lados para facilitarle la maniobra. Al llegar al final de la calle, torció a la izquierda. El coche patrulla apareció de improviso detrás del Charger. El impacto nos dejó galvanizados: Spike le había hundido el morro con el maletero.

—¡Maldita sea! —gritó—. ¡Cabrón!

Furioso, se vino arriba y subió el volumen al máximo:

You're the uninvited guest who stays 'till the end

I know you've got a problem that the devil sends

You think they're talking 'bout you but you don't know who

I'll be scraping your life from the soul of my shoe tonight…[1]

Sin pensarlo, continuó en plan kamikaze. La pasma, a duras penas, reanudó la persecución. Los minutos se sucedían; empezaba a acojonarme con todo lo que estaba pasando. Nos aproximábamos a una intersección. Mi colega se saltó el semáforo de Regent Road y esquivó un camión de basura por los pelos. La imagen del buga, con el lateral abollado, los cristales rotos y echando humo por el motor, bailó frente a mis retinas durante un segundo. En el interior, nuestros cadáveres ensangrentados aparecerían en la portada de los periódicos; carnaza que los lectores ociosos consumirían mientras apuraban el primer café de la mañana.

—¡Para el coche! —lloriqueaba Tom—. ¡Quiero bajar, tío, por favor!

—Que te den por culo —contestó Spike—. ¡Haz algo útil y prepara el tema, cojones! Si nos pillan, quiero ir sin la manteca encima.

Marion, de milagro, abandonó su ostracismo de fumeta.

—¿Qué pretendes? ¿Que nos la metamos toda, hermano?

—¡Obvio! —resopló—. ¡No te jode!

Dadas las circunstancias, era la opción más sensata que podíamos tomar. Pasaba de comerme un marrón por posesión de narcóticos o desperdiciar la pasta invertida en farlopa; era un material demasiado bueno para que acabara en garras de la pasma. Aquellos dos estaban tan puestos que no podrían preparar un tiro, menos aún enrollar un billete. Inútiles para la batalla.

—Yo me encargo —propuse—. ¿Quién tiene el marisco?

Tom me alcanzó su caja mágica. Dentro, aparte del material, había una cuchilla de afeitar, un pequeño espejo y un tubo de platino. Ignoré las sacudidas del vehículo y los edificios que desfilaban como una mancha borrosa. Saqué la abultada bolsa, calculando que restarían unos cinco gramos. Tendría que preparar unas lonchas del tamaño de las líneas de señalización de la calzada. Ante todo y sobre todo: generosidad y reparto equitativo. Abrí la guantera y saqué el primer cedé que encontré: Screamadelica, de Primal Scream. Siempre recordaría la primera vez que escuché «Loaded», el buen rollo que me transmitió el temazo de los escoceses. Su vibra optimista, espiritual y rebelde. Magia pura y dura. Aunque sabía que se subieron al tren de Madchester para intentar resucitar una carrera a la deriva, los muy cabrones parieron un disco tan brutal que cualquiera diría que ellos habían inventado el rollo.

Sonreí ante los recuerdos: durante años fue nuestro soundtrack cuando íbamos a surfear a la playa de Formby. Era un ritual escucharlo, tanto en el viaje de ida como en el de vuelta, junto a los porros de hierba y la botella de Suave Jack en el maletero. Uno de esos álbumes especiales que podía escuchar un millón de veces y siempre descubriría algo nuevo. ¿De dónde coño salían aquellos himnos? Asociaba Screamadelica al embate de las olas, la caricia del sol, la espuma salada y el tacto de la tabla entre mis manos.

Bowie —el labrador retriever amarillo que le había regalado a Spike— corría de un lado a otro como un poseso, se revolcaba en la arena, se daba chapuzones y jugaba con la pelota que le lanzábamos. Después, exhausto y feliz, se acercaba a su dueño meneando la cola en busca de un premio. Sus ladridos de satisfacción podían escucharse hasta la otra punta de Merseyside. Lo pasábamos bomba; llegó un momento en que mi colega se consideró tan nativo del lugar como Wayne Rooney o Steven Gerrard. 

Observé el espejo lateral: el jodido madero, aunque iba quedando atrás por momentos, no cesaba de perseguirnos. Otro gilipollas de uniforme que creía firmemente en el cumplimiento del deber. Spike era «un tanque de gasolina suicida» al volante —citando al Jinete Nocturno de Mad Max—; necesitaría refuerzos de la tropa de la Comisaría de Pendleton para trincarnos.

En plena Trafford Road, coloqué el disco sobre mis rodillas y volqué el perico encima. Los colores chillones de la portada me permitían distinguir la cocaína con nitidez. Hundí la cuchilla de afeitar en el polvo blanco y tracé cuatro generosas líneas de grosor y longitud similares. Una puta salvajada.  

Por el rabillo del ojo, contemplé el reflejo mortecino de los muelles. La carretera estaba mal asfaltada: el bamboleo del buga casi me parte todos los huesos. Hice lo imposible para conservar la merca. Mal asunto; sería sencillo interceptarnos al abandonar la seguridad del laberinto de callejuelas estrechas que habíamos estado recorriendo hasta aquel instante.

Spike tomó una curva; poco faltó para que la mandanga se fuera a tomar por culo. El hedor a goma quemada me impregnó las fosas nasales. Hábilmente, esquivó a un motorista; no se lo había llevado por delante de milagro. El pobre diablo levantó el puño con ademán amenazador mientras aullaba:

—¡Hijo de la gran puta!

Spike se desternilló como un maníaco y Marion le hizo un corte de mangas por la ventana trasera.

—¡No te hagas el gallito, soplapollas! —graznó—. ¡O volveremos para partirte la boca!

A duras penas, debido al movimiento del coche, esnifé una de las rayas que había preparado. Me costó un infierno terminarla y el efecto fue instantáneo, gracias a la adrenalina. Mis glándulas suprarrenales estaban haciendo horas extras: sudaba, me rechinaban los piños y tenía el hígado a punto de salirme por la boca. Chupé la bolsa de nieve y la escupí por la ventanilla; llevaba un cebollón impresionante. Le pasé el cedé y el tubo de platino a Tom.

—¡Empólvate la napia y deja de quejarte, mamonazo!

Histérico, se lanzó sobre la mercancía y dejó limpia su parte en menos de lo que canta un gallo; los fabricantes de aspiradoras tenían mucho que aprender de aquel capullo. El subidón lo obligó a lanzar un jadeo y a golpear el techo del vehículo. Marion necesitó toda su fuerza de voluntad y los dos orificios nasales para cumplir su objetivo.

Spike no perdía detalle de lo que sucedía en los asientos posteriores.

—¿Y yo qué, zorras? —soltó con fingida indignación—. ¿Me habéis dejado para el final? ¡Lo que hay que aguantar!

—¡Calla y conduce, coño! —mascullé—. Tienes cosas más importantes de las que preocuparte.

—Soy un hombre versátil —espetó mientras le colocaba el cedé debajo de la tocha—. Parece mentira que no lo sepas, chaval.

Mi colega apartó los ojos de la carretera, acercó la nariz al tubo de platino y liquidó la última línea de una pasada. El cabrón era capaz de meterse una raya mientras conducía a toda pastilla; ni John Belushi en sus mejores tiempos. Increíble, si lo contara, nadie me creería. Estábamos como cabras: huíamos de la bofia puestos hasta el culo y lo único que nos preocupaba era finiquitar el marisco que podía empapelarnos. Lamentar las circunstancias era una pérdida de tiempo. Lo importante era escapar de una pieza; no me apetecía terminar en una celda y que un pandillero me sodomizara sin vaselina.

Spike zigzagueó entre varios vehículos, insultos y bocinas irritadas acompañaron el frenético avance del Charger. Las calles empezaban a llenarse de tráfico. Los esclavos contentos se dirigían a sus miserables empleos para llegar a duras penas a final de mes; Gran Bretaña continuaba a la cola de Europa y nosotros no queríamos saber nada del asunto.

Bruscamente, un coche de policía prorrumpió desde Albion Way. Con una rapidez de reflejos envidiable, pegó un volantazo y logró sortearlo; unos segundos de diferencia y nos hubiera embestido. El madero clavó el freno, perdió el control y chocó contra el bordillo de la acera; uno de sus tapacubos salió rodando.

—¡Desgraciado! —bramó el amigo—. ¿Te has fijado que llevaba la sirena apagada para que no le escucháramos venir?

—Pues le ha salido el tiro por la culata —reí—. ¡Ignora con quién está tratando!

El marisco me hacía sentir invulnerable. Aunque hubiera roto la promesa que me había hecho a mí mismo de evitar consumir mandanga, no experimentaba remordimiento alguno. Después de meses trabajando como un troyano, hastiado y sin poder escribir una palabra, me encontraba en mi elemento. Fiesta, drogas, mi basca y el puto Dodge Charger. ¿Qué más podía pedirle a la vida?

Spike adelantó a un todoterreno invadiendo el carril contrario. Todos contuvimos el aliento; un furgón de reparto avanzaba de frente. Con una maniobra suicida, desfiló entre ambos coches, atravesó la calzada en diagonal y se montó sobre la acera. Los amortiguadores acusaron el impacto, una lluvia de chispas escapó de los bajos del vehículo y el cinturón de seguridad se me clavó en el tórax. Una bilis amarga me llenó la garganta, causándome deseos de vomitar. Aunque el menda era un conductor excepcional, volví a pensar que íbamos a palmarla. Apretó los dientes, enderezó el rumbo del buga y embistió de costado una verja metálica. Un grito colectivo escapó de nuestras bocas. Con gran estrépito, irrumpimos en una cancha de baloncesto. Spike nos ignoró y encendió las luces largas para orientarse en la negrura. Detrás, los coches de la pasma se vieron obligados a detenerse; ninguno estaba dispuesto a jugarse el pellejo. Habíamos ganado un tiempo precioso.

Estábamos en el interior de St. Philip's; otro centro de enseñanza primaria católico para la próxima generación de mamarrachos que tendrían que levantar un país podrido desde el mandato de Winston Churchill. Mi colega abandonó la cancha deportiva, pasó de largo el patio de recreo, la fachada cubierta de cristaleras y un aparcamiento vacío. Al llegar a la entrada, reventó la puerta y prorrumpió al exterior.

Tom chillaba al borde del llanto:

—¡Estás colgado! ¡Vas a matarnos a todos!

Spike cambió de luces y continuó por Hall Street. Puede que no hubiera sido buena idea drogarle más de lo que ya estaba; corría el riesgo de terminar metido en una bolsa de plástico. Franqueamos otro aparcamiento, una parada de autobús, una farmacia y una gasolinera. Después, dobló a la izquierda, se saltó el enésimo semáforo en rojo de la noche y recorrió en dirección prohibida Salford Quays. Por fortuna, estaba vacía. A lo lejos, escuchábamos las sirenas de la pasma. Los muy bastardos se habían tomado aquello como algo personal; no descansarían hasta entrullarnos. Una señal de tráfico nos indicó que la vía estaba cortada. Inesperadamente, Spike aminoró la velocidad y aparcó delante de una casa poco visible desde la carretera. Lleno de arrogancia, apagó el motor. La calma se apoderó del coche, rota únicamente por el sonido de nuestras respiraciones aceleradas. Era como si Hundred Mile High City, de Ocean Colour Scene, se hubiera desbordado a lo bestia.

—Ha sido la hostia, ¿verdad? —zumbó—. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien.

Marion tenía cara de querer arrearle una galleta.

—¡Que te folle un pez, Spike! —explotó—. ¡Última vez que me subo en tu carro en mi vida!

El colega pasó por alto su comentario y encendió un pitillo.

—Os recomiendo que, en vez de gimotear como maricones, guardéis silencio un rato. Con suerte, saldremos de esta mierda sin problemas.

Agotado, me limpié el sudor de la frente. Tenía la boca seca, los músculos rígidos y los nervios a flor de piel. El bienestar causado por la cocaína desaparecía a pasos agigantados, dando paso a un bajón informe. Tom estaba blanco como una sábana, se retorcía los dedos y respiraba con dificultad.

—Pásame una birra, tío.

El menda abrió los ojos como platos.

—¿Qué dices, loco? ¿Aún te quedan ganas de pimplar?

—¡Claro! —Me encogí de hombros—. ¿Por qué no?

Tom me alcanzó una Guinness. Antes de que pudiera llevármela a la boca, Spike le arrancó la anilla y la vació de un trago interminable. Menudo morro gastaba; la generosidad no era una de sus virtudes.

—Está caliente de cojones. —Torció la boca con asco—. Toda tuya, chaval.

Apuré el fondo de la lata. Marion encendió un cigarro con movimientos torpes. Le temblaban las manos. Estaba cabreado y lanzaba miradas asesinas a Spike

—Lo siento, tronco —se disculpó el menda—. Reconozco que la situación se me fue de las manos. Me acojoné cuando vi a la pasma y actué sin pensar. Te prometo que no volveré a hacerlo.

Marion no se molestó en responder. Al escuchar las sirenas de la policía aproximándose, nos inclinamos para no llamar la atención. Nerviosos, contuvimos el aliento. Spike me guiñó un ojo en la penumbra. Sabía lo que pensaba: después de unos canutos, nuestro colega volvería a la normalidad. Tres vehículos pasaron a toda velocidad, intentando encontrarnos. Chapuceros: con razón los índices de criminalidad cada vez eran mayores; en breve no podríamos salir a tomar una copa sin que nos diera el palo algún zumbado. Cuando desaparecieron, risas de alivio llenaron el interior del Charger.

Los primeros haces lechosos de sol despuntaban encima de los tejados; la mañana estaba a la vuelta de la esquina. Ni en broma íbamos a meternos en la cama; con el pasote que llevábamos, no podríamos dormir. No sería la primera vez que, gracias a los efectos residuales del perico, me quedaba comiendo techo hasta altas horas de la tarde. Cuando tuvimos la seguridad de que no tropezaríamos con la bofia, Spike encendió el contacto del coche.

—La juerga solo acaba de empezar. —Sonrió como un pirado. Adrenalina, caos, exceso y lucidez momentánea en medio del delirio—. ¿Listos para marcharnos?



[1] «Bring It on Down», Oasis (Creation Records).