Observando
a John con la máquina, de repente lo vi claro. El Terminator jamás se
detendría, jamás le abandonaría y jamás le haría daño. Ni le gritaría ni se
emborracharía para pegarle. Ni diría que estaba demasiado ocupado para pasar un
rato con él. Siempre estaría allí y moriría para protegerlo. De todos los
posibles padres que vinieron y se fueron año tras año, aquella cosa, aquella
máquina, era la única que daba la talla…
Sarah
Connor
1
JOHN CONNOR
John
apretó el martillo con ambas manos, ignoró los haces tórridos del sol y
continuó golpeando la roca. A su alrededor, las excavadoras rompían las paredes
del cañón y desmenuzaban las grandes piedras, propagando un estruendo
ensordecedor. El sudor resbaló por su espalda y le empapó la
camiseta: necesitaba un descanso. Agotado, soltó la herramienta, se inclinó,
agarró una botella de plástico y tomó un trago. Una mueca crispó su expresión:
tenía que haber dejado el agua a la sombra.
Como
de costumbre, Connor trabajaba solo. Sus compañeros lo evitaban en la medida de
lo posible; les desagradaba su actitud reservada y taciturna. John levantó la
cabeza y observó a los obreros situados a un centenar de metros. Estos le
lanzaban miradas burlonas y cuchicheaban a sus espaldas. Sin dar importancia al
asunto, estiró los músculos doloridos, apretó el mango del martillo y volvió al
trabajo con renovados ánimos.
Poco
a poco, el sonido del metal contra la roca lo apartó de sus tétricos
pensamientos y calmó los dilemas que le roían las entrañas. John había tenido
una mala noche. Apenas pudo dormir y, cuando por fin lo consiguió, negras
pesadillas asaltaron su sueño. Un suspiro le escapó de los labios. No quería
recordar las imágenes de la madrugada anterior. Cargaba con demasiados
remordimientos. El peso del futuro se desplomaba sobre su espalda.
Hacía
meses que Connor vagaba por Los Ángeles, sin rumbo ni dirección, enlazando una
profesión miserable con otra mientras huía de un pasado que amenazaba con
aplastarlo. De vez en cuando anhelaba la compañía de otras personas, sentirse
parte del mundo, pero sabía que su destino era la soledad: no soportaría perder
a quienes amaba.
Ahora,
después de tantos años desde la destrucción de Cyberdyne, las dudas regresaban
una y otra vez. ¿Realmente habían evitado el Juicio Final? Un escalofrío
recorrió su columna y le erizó el vello de la nuca. Algo en su interior le
advertía de que todos sus esfuerzos habían sido inútiles. John sacudió la
cabeza, apartó el sudor de los ojos y procuró alejar aquellos pensamientos.
Estaba harto de sufrir por algo que escapaba a su control.
Furioso,
descargó el martillo contra la piedra una y otra vez, hasta que sus brazos se
convirtieron en una masa ardiente. Fragmentos de roca le salpicaron el rostro,
arañándole las mejillas, mientras se obligaba a seguir golpeando: pensaba dormir tranquilo aquella noche.
Derrotado,
bajó el martillo y recuperó el aliento. Un hierro al rojo vivo parecía
atravesarle el costado derecho, a la altura de las costillas, impidiéndole
respirar con normalidad. Connor agradeció el dolor. Le recordaba que seguía
vivo, insuflaba energía a sus miembros agotados y avivaba el fuego de la
rebelión que ardía en su interior: Skynet había fracasado en su intento de eliminarlo.
Sin
embargo, aquella exaltación dio paso enseguida a una tristeza infinita. Tendría
que haber muerto antes de nacer. Connor apretó los labios y contuvo el aliento.
Unas lágrimas recorrieron sus facciones, deformadas por la amargura. Molesto
consigo mismo, se secó el rostro y se frotó las manos contra los vaqueros
cubiertos de polvo. Consideraba la fortaleza una obligación permanente.
En
aquel instante, una sombra amenazadora lo obligó a girarse, tenso como un cable a punto de romperse, empuñando el martillo con ambas manos.
—¡Lo
has asustado!
Un corro de hombres, latinos en su mayoría, con los brazos cubiertos de tatuajes, cadenas al cuello y gorras caladas hasta las cejas, lo rodeó entre burlas, dispuesto a divertirse a su costa.
John
comprendió la situación al instante y se preparó para luchar. Una frialdad
implacable se apoderó de él, relegando el nerviosismo y las inquietudes a un
segundo plano. Aquellos cretinos ignoraban con quién estaban jugando.
—¿Qué
queréis?
El que parecía el jefe
del grupo dijo:
—Los
maricas como tú no deberían trabajar con hombres de verdad, Connor.
John
sonrió con desprecio.
—Entonces
hace tiempo que deberías estar vendiendo coca, colega. Te han metido tantas
pollas por el culo que tienes un buen agujero donde guardar el material.
El
mexicano enrojeció de rabia.
—¡Te
voy a abrir la cabeza!
Antes
de que terminara la frase, Connor le estampó la cabeza del
martillo contra la nariz. El crujido de los huesos acompañó al
chorro de sangre y a un grito ahogado. John saltó a un lado, esquivó el embate
de su adversario y lo derribó de una patada en la espalda. El hombretón lanzó
un alarido de sorpresa y se desgarró las palmas al estrellarse contra el suelo.
Connor
levantó el martillo, dispuesto a aplastarle el cráneo, pero una chispa de
lucidez atravesó sus pensamientos antes de descargar el golpe. La cabeza de la
herramienta impactó a escasos centímetros de la oreja del hombre, levantando
una nube de polvo.
Colérico,
se volvió hacia los demás, que guardaban silencio, sorprendidos por la
velocidad del individuo al que habían subestimado.
—¿Estáis
contentos? —inquirió—. ¿Os habéis divertido?
Nadie
respondió. La derrota de su líder les había bajado los humos.
John
recorrió el grupo con la mirada. Ya no veían a un joven delgado, de huesos
nudosos y expresión solitaria, sino a un hombre capaz de dominar la situación
con una seguridad que imponía respeto.
—¡Llevadlo
a la enfermería! —masculló en español—. ¡Casi le hundo la nariz en el cerebro!
A
regañadientes, dos mexicanos levantaron al herido y lo arrastraron lejos del
corro. El desprecio había dado paso al miedo: aquel gringo tenía agallas y un
temperamento peligroso; convenía mantener las distancias.
Connor
detuvo al trío con un gesto y se dirigió a su antagonista con voz glacial.
—Cuando
quieras la revancha, estaré esperándote —puntualizó—. La próxima vez te mataré.
¿Entendido?
El
herido musitó unas palabras de disculpa con los ojos anegados en lágrimas.
—¡Volved
al trabajo! —gruñó John—. ¡Queda mucho por hacer!
2
PESADILLAS
Al
entrar en la habitación, Connor arrojó la mochila sobre la cama, cerró la
puerta con llave y encajó una silla bajo el picaporte. Después sacó una Beretta
92FS del bolsillo trasero del pantalón, comprobó el cargador y amartilló el
arma.
Metódico,
recorrió la estancia con la mirada y evaluó las posibles vías de escape en caso
de ser atacado: las ventanas del segundo piso, la escalera de incendios que
descendía hasta la calle y la solidez de la pared del baño. Todo parecía en
orden.
Se
desnudó, lanzó la ropa sucia a un rincón y se dio una ducha caliente que apenas
alivió sus preocupaciones. Quince minutos más tarde, frente al espejo del baño,
estudió su rostro bronceado por el sol de California. Aunque todavía conservaba
la apariencia de un adolescente, John sabía que jamás había tenido la
oportunidad de disfrutar de una vida normal. Los reveses y sinsabores del
pasado habían moldeado su carácter.
Limpió
el vaho del espejo con una toalla. En sus ojos se agitaban pozos de amargura y resentimiento.
Con
los hombros hundidos, abandonó el baño y regresó a la habitación. Desde el
exterior, un pálido haz de luz nocturna atravesaba las persianas y bañaba uno
de los laterales de la cama. Connor dejó la mochila en el suelo, escondió el
arma bajo la almohada y se tumbó boca arriba, con los dedos entrelazados bajo
la nuca.
El
rumor de los vehículos que recorrían las calles llegó con claridad hasta sus
oídos: chirridos de neumáticos, bocinas, motores de gran cilindrada, equipos de
música y tubos de escape. Cerró los párpados e intentó ignorar el calor agobiante.
Al día siguiente le esperaba una larga jornada en la carretera.
John
había gastado sus últimos ahorros en aquella habitación de motel de mala
muerte, situada en las afueras de la ciudad. Después del incidente, terminó la jornada, exigió el cheque al capataz, recogió sus
pertenencias de la taquilla y abandonó la obra.
Quería
evitar llamar la atención. Desde aquel momento, los demás obreros ya no lo
considerarían un petimetre, un gringo blanco con pocos redaños, sino un tipo
peligroso capaz de defender el pellejo. Le harían la vida imposible.
Una
sonrisa burlona se dibujó en sus labios. Solo por contemplar las caras de
sorpresa de los mexicanos había merecido la pena participar en aquella estúpida
pelea.
Tenso,
se volvió hacia la izquierda, introdujo la mano bajo la almohada y acarició la
culata de la pistola. Su contacto le proporcionó la seguridad que necesitaba.
Veinte minutos después, cambió de postura una vez más. Le costaba conciliar el
sueño.
Tumbado
sobre el costado derecho, taladró las sombras con la mirada y recordó a su
madre, muerta de leucemia dos años atrás.
Sin
darse cuenta, Connor había comenzado a comportarse como ella. Adoptaba aquella
actitud fría y distante, desprovista de afecto, que tanto había odiado durante
su infancia. Por desgracia, ahora comprendía a Sarah demasiado bien. La pérdida
y las privaciones la habían convertido en un bloque de acero.
John
apretó los labios y recordó el espantoso hospital psiquiátrico de Pescadero,
donde permaneció encerrada durante años, atrapada entre las paredes blancas de
una celda y repudiada por quienes se negaban a aceptar la verdad: el Juicio
Final se acercaba.
«Siento
no haberte comprendido, mamá», pensó. «Fui egoísta. Te fallé cuando más me
necesitabas».
Después
pensó en su padre, Kyle Reese, un soldado de Tech-Com al que jamás había
conocido. ¿Cómo pudo su madre enamorarse con tanta intensidad de aquel hombre?
Sacudió
la cabeza y rememoró las palabras del Terminator:
«Lo
conocerás».
Muchos
años después, cuando las máquinas alcanzaran la cúspide de su poder, John
enviaría a Reese al pasado, al año 1984, para proteger a Sarah Connor
y convertirse, sin saberlo, en su progenitor.
¿Cómo
podía conocer de antemano lo que sucedería entre ambos?
La
paradoja de los viajes temporales, los caprichos del destino y las
implicaciones de convertirse en el líder de la humanidad empeoraron su ánimo.
Habría entregado el alma por ser otra persona. Rechazaba al hombre en el que
acabaría transformándose.
Boca
abajo, Connor repasó su vida desde la muerte de su madre en aquel hospital de
Nuevo México: las horas de soledad, los trabajos degradantes, las pesadillas,
la angustia de vivir sin respuestas y la ausencia de cualquier objetivo.
A pesar de haberlo intentado con todas sus fuerzas, seguía sin reconstruir su existencia. Vivía al día, tratando de escapar de algo que ni
siquiera podía explicar.
¿Y
si todo eran imaginaciones suyas? ¿Y si las máquinas del futuro jamás llegaban
a existir? ¿Y si realmente habían conseguido detener el apocalipsis nuclear?
La
imagen de Sarah, fría y distante, ocupó su memoria. Detrás de cada uno de sus
actos siempre había existido amor: una entrega absoluta que solo alguien
verdaderamente abnegado podía ofrecer sin esperar nada a cambio.
Era
demasiado tarde para valorar a la única persona que lo había querido.
El
dolor de la pérdida le humedeció los ojos. Le parecía
increíble que todavía le quedaran lágrimas.
Finalmente,
el cansancio venció a John y su conciencia se desvaneció en las tinieblas. Sus
sueños, débiles al principio, aumentaron de intensidad hasta mostrarle el
futuro que tanto deseaba evitar...
Una
cegadora luz blanca cubrió el horizonte y abrasó las colinas cubiertas de
hierba. Los edificios desaparecieron bajo una tormenta de fuego.
Tres
mil millones de personas perecieron bajo el impacto de los misiles nucleares
que barrieron la Tierra de un extremo al otro.
Meses
después, cuando los efectos inmediatos de la radiación comenzaron a disiparse,
los supervivientes tuvieron que enfrentarse al verdadero horror: la guerra
contra las máquinas.
Millones
de T-1, T-600 y T-800, apoyados por HK-Tank, HK-Aerial y enormes Harvesters,
ocuparon las ruinas, masacraron a la población e instalaron campos de
exterminio para abastecer sus fábricas. Los Ángeles se convirtió en un erial de
rascacielos derruidos, vehículos carbonizados, carreteras desiertas y
esqueletos calcinados.
En
aquel páramo, la Resistencia combatía a duras penas contra organismos cibernéticos
superiores en fuerza, capacidad y número.
John
contempló a los supervivientes hacinados bajo tierra como animales: sucios,
desesperados, ocultos en túneles pestilentes y obligados a alimentarse de ratas
y desperdicios.
Escuchó
las súplicas de sus futuros hombres, el fragor de los láseres, el retumbar de
las explosiones, las ráfagas de las ametralladoras y los gritos de los
moribundos.
Adondequiera
que fuese, la gente repetía su nombre y se aferraba a él en busca de esperanza.
John Connor.
John Connor.
John Connor.
Lo
peor aguardaba en el exterior: miles de kilómetros de escombros impregnados de
azufre y combustible, por los que debían luchar a diario.
Eran
los restos de un planeta que Skynet había reducido a cenizas después de que los
militares, cegados por la arrogancia y la avaricia, le entregaran el control de
sus ejércitos y sistemas defensivos.
Al
comprender lo que le esperaba, los horrores que tendría que presenciar y la
responsabilidad que pesaría sobre sus hombros, John rompió a llorar.
Y
continuaba llorando cuando despertó, vencido por un dolor que le atenazaba las
entrañas y le robaba el aire.
Aturdido,
se encogió sobre sí mismo en busca de algún consuelo, de una chispa de claridad
capaz de apartarlo de aquel horror. Gruesas gotas de sudor le recorrían la
frente. La atmósfera cargada de la habitación resultaba insoportable.
Connor
sacó la pistola y observó el brillo azulado del cañón.
Sintió
la tentación de acabar con todo de una vez.
Un
impulso ajeno a su voluntad lo llevó a introducir el cañón en la boca. El sabor
metálico y grasiento le invadió la lengua.
Bastaba
con apretar el gatillo. Sus problemas desaparecerían. Las pesadillas
terminarían. Por fin sería libre.
Temblando,
retiró el arma y la dejó sobre el colchón. Después se secó las lágrimas que le
recorrían las mejillas.
Sabía
que aquel no era su destino.
3
EXTERMINADOR
Bruscamente,
un estampido atravesó la calle y lo arrancó de sus morbosas propensiones. Con
los nervios en tensión, saltó hacia la ventana y apartó las cortinas. Su físico
desnudo quedó recortado a contraluz. Era un blanco fácil para cualquier
francotirador, pero aquel detalle carecía de importancia para él.: estaba demasiado
turbado por la reciente pesadilla.
En
el exterior, al otro lado de la calle, frente a una gasolinera, un camión
cisterna había perdido el control. John evaluó la magnitud del desastre: el
vehículo estaba volcado sobre uno de sus costados y perdía gasolina
copiosamente por el motor abierto, manchando el alquitrán ya ennegrecido por el
aceite.
«Ponte
a cubierto, idiota», pensó. «Si han enviado un Terminator, te localizará sin
problemas».
De
inmediato, Connor cerró las cortinas, se puso una muda limpia que llevaba en la
mochila, guardó varios cargadores en los bolsillos de los vaqueros y regresó a
su puesto de observación. Esta vez tomó las precauciones indispensables: se
inclinó a un lado de la ventana, apartó apenas un resquicio de la cortina y
oteó la avenida con la mirada alerta.
Un
empleado salió de la gasolinera. Su mono amarillo con el logotipo del
establecimiento era inconfundible. Cruzó la calle, asustado, y se aproximó al
siniestro con la boca abierta por el asombro.
John
estuvo a punto de gritar para advertirle que se apartara del camión, pero los
nervios le cerraron la garganta. Los latidos de su corazón amenazaban con
ahogarlo, le dolían los pulmones de contener el aliento y estaba demasiado
aterrado para moverse.
La
puerta del vehículo cayó al suelo con un sonoro estruendo metálico,
permitiéndole distinguir la silueta del conductor.
Connor
reculó unos centímetros.
Había
reconocido aquella figura.
«Es
imposible», pensó con las piernas temblando. «Yo lo vi arder en aquella
fábrica...».
Un
hombre de casi dos metros de altura, vestido con ropas de cuero negro, quedó
iluminado por las farolas. El rostro inexpresivo, la mandíbula cuadrada y el
cabello cortado al cepillo giraron lentamente a ambos lados, como si estuviera
calculando su posición.
¿Acaso
contemplaba al T-800 que le había salvado la vida en el pasado?
John
pasó por alto sus reservas y su cautela habitual. Debía cerciorarse de que
aquel individuo era quien creía que era.
El
conductor descendió del camión, avanzó entre los coches destrozados y se
dirigió hacia el empleado de la gasolinera.
Un
disparo quebró la quietud de la noche.
El
joven salió despedido hacia atrás con la cabeza abierta en dos.
Connor
ahogó un grito y aferró la culata hasta que le dolieron los dedos: Skynet lo
había localizado. Todo encajaba. Los Terminators siempre actuaban igual: conseguían
ropa, un vehículo, armas y eliminaban cualquier obstáculo sin el menor
remordimiento. Su mente ya no contemplaba otra posibilidad. El desconocido giró
sobre sus propios pasos, estudió la fachada del motel y pareció localizar su
refugio.
John
se arrojó al suelo. El impacto le recorrió los codos hasta los hombros mientras
luchaba por pasar desapercibido.
Tenía
que salir de allí.
Tenía
que huir.
Durante
un instante contempló la pistola. Aquel trozo de metal era inútil contra un
Terminator. Necesitaba armamento más potente; sabía mejor que nadie lo
complicado que era exterminar a aquellas máquinas.
John
corrió hacia la puerta, apartó la silla de un manotazo y subió las escaleras.
Tenía
que llegar al edificio de enfrente, descender por el callejón y coger la
motocicleta. Si salía por la entrada principal, el Terminator lo haría pedazos.
Su única opción era ocultarse entre las sombras y escapar como una rata acosada
por un enorme depredador.
El
miedo dio alas a sus pies. Subió los escalones de cuatro en cuatro, esperando
que la máquina encontrara su rastro en cualquier momento.
Al
llegar arriba, reventó la cerradura de un disparo y salió a la azotea.
Tenía
el cuerpo empapado en sudor y estaba a punto de sufrir una crisis nerviosa.
El
sonido de unas sirenas de policía le taladró los tímpanos. Luces ámbar
inundaron la noche. Aquellos hombres avanzaban hacia su propio ocaso.
John
asomó la cabeza por el borde de la azotea.
Tres
coches patrulla rodearon al desconocido y varios agentes descendieron con las
armas automáticas preparadas.
—¡Suelte
el arma! —ordenó el jefe de los policías—. ¡Tiene cinco segundos para obedecer!
El
Terminator permaneció inmóvil.
—Cinco...
cuatro... tres... dos...
La
máquina interrumpió la cuenta de un disparo.
El
jefe se desplomó con el cráneo perforado.
Los
demás agentes vacilaron apenas un instante al ver caer a su superior.
Aquello
selló su destino.
El
desconocido los abatió con despiadada eficiencia, sin desperdiciar una sola
bala.
Connor
se llevó una mano a la boca. La
escena le revolvió el estómago.
Sin
perder un segundo, atravesó el tejado en diagonal y saltó al edificio contiguo al motel.
El
impacto al aterrizar le devolvió parte de la cordura.
Había
malgastado un tiempo precioso.
«Skynet
nunca dejará de perseguirme», pensó. «Mamá tenía razón cuando decía que jamás
debía bajar la guardia».
Connor
cruzó la azotea, llegó a unas escaleras oxidadas y comenzó a descender hacia
la calle con el máximo sigilo.
Alguien
salió del motel y se interpuso delante del desconocido.
John
reconoció la figura gorda y repugnante del dueño del local.
—¿Qué
coño estás haciendo? ¿Quieres que me metan en la trena o qué?
El
Terminator no respondió.
—¡Tienes
que largarte de aquí! —exclamó—. ¡La pasma volverá enseguida con refuerzos!
Connor
llegó a la calle, se pegó a una pared y recuperó el aliento.
¿Acaso
ambos se conocían?
El
dueño del motel propinó un empellón al desconocido.
—¡Sal
cagando leches, joder! ¡Solo te lo diré una vez!
La
máquina le metió un balazo en el pecho.
El
hombre se desplomó con expresión de absoluta sorpresa.
El
Terminator fijó la mirada en John.
—¡No!
—Una mano helada le atenazó el alma—. ¡Morirás antes que yo, hijo de puta!
Connor
vació el tambor sobre el rostro de la máquina.
Esta
efectuó una pirueta y cayó sobre un costado.
Nada
indicaba que siguiera con vida.
Con
cautela, midiendo cada paso, John recargó el arma y se aproximó al cuerpo
inmóvil, tendido sobre el césped manchado de sangre.
Incrédulo,
distinguió fragmentos de masa encefálica alrededor de la cabeza de su enemigo.
Connor
se quedó inmóvil.
Tragó
saliva.
A
pesar de tener el cráneo destrozado, las facciones del cadáver diferían de las del T-800.
Aquel
individuo no era un Terminator.
Había
matado a un ser humano.
Se
inclinó sobre el cuerpo inerte.
Debajo
del chaleco antibalas había carne y hueso.
—¡Cerdo! —susurró una voz—. ¡Te arrancaré el corazón!
Con
un sobresalto, Connor levantó la pistola y estuvo a punto de disparar al dueño
del motel.
—¿Quién
era este chiflado? —acertó a preguntar—. ¿Por qué lo protegías?
El
hombre se arrastró por el suelo escupiendo sangre.
—Te
has cargado a mi hermano, cabrón...
John
se incorporó y ató cabos.
El rostro del hombre que acababa de matar ocupaba los titulares desde hacía semanas. Tras quebrantar la libertad condicional, había iniciado una fuga marcada por una violencia extrema. Cada intento de detenerlo acababa con nuevos muertos. Patrullas enteras le seguían la pista sin éxito, mientras la cifra de víctimas no dejaba de crecer.
—Le
hice un favor —gruñó—. Es lo que merecen los asesinos.
El
moribundo profirió una maldición.
—Te
voy a...
Connor
le propinó una patada en la mejilla y lo dejó sin sentido.
No
pensaba perder el tiempo escuchando a aquella escoria. La policía regresaría en
cualquier momento, y si lo encontraban allí, acabaría detenido.
Su
voz sonó cínica.
—Que
descanses, colega.
EPÍLOGO
John
detuvo la motocicleta en lo alto de la colina y se quitó el casco. El sol
bañaba las montañas, recorría la carretera desierta e iluminaba su rostro. Un
pájaro cruzó el cielo despejado antes de perderse en el horizonte.
Desde
Mulholland Drive, Connor contempló el valle de Los Ángeles con una mezcla de
incertidumbre y desesperación. Ya no sabía qué creer. Tal vez las máquinas
jamás llegarían a tomar el poder, pero necesitaba una prueba, algo que le
permitiera convencerse de que podía vivir en paz.
Tomó
una decisión. Permanecería aislado del mundo. Nadie volvería a encontrarlo.
Seguiría siendo un fugitivo el resto de su vida.
Recordó
a su madre, al T-800, a Cameron y a Derek Reese. Todos habían estado dispuestos
a dar la vida por protegerlo. Por un motivo u otro, les debía seguir adelante
hasta encontrar una respuesta.
¿Cuánto
faltaba para el Día del Juicio Final?
John
arrancó la motocicleta y salió disparado hacia la ciudad que brillaba en la
distancia bajo las primeras luces del amanecer.
La
tormenta se acercaba.