martes, agosto 25, 2026

RADAR SONORO: SUNDAY, JUNE PRESENTA «WHAT IF I TRIED?»

Sunday,June es un quinteto hispano-suizo formado en Ginebra y liderado por el músico valenciano Mario Peiró Espí. Su sonido se mueve entre la psicodelia, el indie-rock y el shoegaze, aunque ellos prefieren definirlo como solar psych.


Después de publicar en 2025 su debut, Sun Glitter and Other Reflections, la banda ya tiene preparado un segundo álbum que verá la luz este otoño. «What if I Tried?» sirve como primer adelanto y habla de esos sueños que vamos dejando por el camino, de las presiones que terminan frenándonos y de algo tan sencillo como encontrar el valor para intentarlo.


FANFICTION — BRAN MAK MORN: «EL ÚLTIMO REY PICTO», PUBLICADO EN HISTORIAS PULP

Ni siquiera el diluvio

duró eternamente.

Acabaron bajando

las negras aguas.

¡Realmente, qué pocos

han pervivido!

Bertolt Brecht

I

LAS REFLEXIONES DEL REY PICTO

El manto aterciopelado de la noche, veteado de estrellas lejanas, cubría el continente hasta donde alcanzaba la vista. En el firmamento, la luna llena rasgó las pesadas nubes e iluminó los sombríos contornos del bosque.

Bran Mak Morn, último rey de los pictos, terminó la frugal cena y se puso en pie. La hoguera iluminó su figura fornida, de amplios hombros y caderas estrechas, ataviada con un taparrabos, una camisa de malla, una capa de piel y unas sandalias de cuero.

Triste, se ajustó la poblada melena negra bajo la banda de hierro que le ceñía la frente. Sus ojos, oscuros y melancólicos, escrutaron el cosmos infinito, que no ofrecía respuesta alguna a los interrogantes que le carcomían el alma.

A su espalda, Gonar el Sabio, sumo consejero del rey, dijo mientras se mesaba la barba blanca:

—Estás demasiado pensativo —comentó—. ¿Qué diablos te ronda por la cabeza?

Bran apretó los dientes.

—Me preocupa el destino de nuestro clan, Gonar. Las águilas romanas avanzan desde el este, dispuestas a acabar con el pueblo de los brezales. ¿Nunca terminará esta maldita guerra?

El anciano se encogió de hombros.

—Son tiempos difíciles, Bran. Has nacido en una época de caos, donde la palabra de un hombre carece de valor. No envidio tu destino.

El rey picto contempló los árboles, vencido por una amargura imposible de soportar. Antaño, aquellas tierras pertenecían a su pueblo. Eran hombres libres y no pagaban tributo a nadie. Ahora todo era diferente. La bota extranjera aplastaba los valles y las colinas donde habían morado sus antepasados, mientras palacios de mármol se alzaban por todos los rincones de Caledonia.

La civilización romana, viciosa y decadente, corrompía cuanto tocaba. Gracias a sus ejércitos implacables, superiores en armamento y tácticas de combate, habían dejado tras de sí una estela de muerte y destrucción, derrotando a todas las tribus que habían osado plantarles cara.

Un odio visceral ardió en su interior al recordar a los hombres crucificados que se pudrían bajo los elementos a lo largo de la Muralla, convertidos en alimento para cuervos y otras aves carroñeras.

Bran tragó saliva. La bilis que le subía por la garganta tenía sabor a hiel.

Lo peor era que, aun luchando contra Roma, sabía que aquella guerra estaba condenada al fracaso. Disponía de pocos guerreros y se encontraba en clara inferioridad para sostener un conflicto prolongado.

El rey cambió el peso de un pie a otro y entrecerró los párpados. Aquel dilema le impedía conciliar el sueño desde hacía semanas.

Solo le quedaba una opción: unir a todos los clanes bajo su estandarte y plantar cara a Roma.

El problema eran los jefes tribales. Existían demasiadas disputas y viejas rencillas entre el pueblo de los brezales. Convencerlos de luchar juntos no sería tarea sencilla.

Gonar carraspeó mientras removía el fuego con una rama.

—¿Piensas seguir adelante con tu plan? —preguntó—. Ningún hombre ha pisado las Marismas de los Muertos y vivido para contarlo.

Bran se volvió y lo miró a los ojos.

—Es mi única opción, viejo amigo —repuso—. Si la leyenda es cierta, habré resuelto gran parte de nuestros problemas.

El anciano fue inflexible.

—Pones tu vida en juego —protestó—. Si algo te ocurriera, no sé qué sería de noso...

Bran lo interrumpió con sequedad.

—Solo quiero que nuestro pueblo sobreviva, Gonar —gruñó—. ¡Prefiero morir antes que verlos convertidos en esclavos!

El viejo guardó silencio.

—Mi deber es arriesgar cuanto tengo por mis súbditos —terció Bran—. ¿Crees que ignoro lo que me espera si fracaso?

La voz de Gonar adquirió un tono sombrío.

—Los demonios vigilan las marismas, Bran. Quienes tomaron ese camino jamás volvieron a contemplar la luz del sol. Puedes perder algo más que la vida.

El rey picto soltó una carcajada salvaje.

—¿Cómo qué?

—Tu alma, por ejemplo.

Bran apretó el pomo de la espada que colgaba de su cinto hasta que los nudillos se le volvieron blancos.

—Me da igual —masculló—. Haré cuanto sea necesario para expulsar a las legiones y proteger todo cuanto hemos defendido durante siglos.

El anciano dejó escapar un suspiro resignado. Conocía a su rey desde el día de su nacimiento. Nada lograría hacerlo retroceder. Era tan testarudo como valeroso.

Bran recordó las historias sobre las Marismas de los Muertos. Leyendas susurradas junto al fuego de los campamentos. Relatos sobre criaturas monstruosas que custodiaban aquel territorio desde hacía eones.

Sacudió la cabeza y desterró aquellos pensamientos. Su destino descansaba en manos de los dioses.

Decidido, contempló los cenagales que se extendían en el horizonte durante kilómetros. Necesitaría un milagro para encontrar aquello que buscaba.

Un escalofrío supersticioso recorrió su espalda y le erizó el vello de la nuca.

El rey se despidió de su consejero.

—Gracias por acompañarme hasta aquí, Gonar —dijo—. Si no he regresado al amanecer, vuelve a Baaldor y reúne a los hombres. Lucha hasta el último de nuestros guerreros. Impide que Roma nos convierta en esclavos, como ha hecho con tantos otros pueblos de Britania.

El anciano se incorporó y le estrechó la mano con fuerza.

—Suerte, Bran —musitó—. Entonaré una plegaria por ti.

Sin más preámbulos, el picto dio media vuelta y tomó el sendero que descendía entre las lomas. Poco a poco, su figura se fundió con las tinieblas, internándose en un territorio tan odiado como temido.

Gonar permaneció inmóvil, con la mirada cargada de preocupación, sintiendo que algo valioso moría en su interior.

Un murmullo escapó de sus labios.

—Que los dioses te protejan, mi rey...

 II

LAS MARISMAS DE LOS MUERTOS

Bran alcanzó el bote que los había conducido hasta aquel lugar. Con movimientos ágiles, lo arrastró sobre la ribera del río y lo empujó al agua. El rey picto empuñó los remos y avanzó en dirección sur, ignorando los vapores fétidos que impregnaban el ambiente. Las primeras estrellas despuntaron en el firmamento e iluminaron las marismas hediondas. Una vaga sensación de temor le invadió el corazón: estaba seguro de que algo lo observaba entre las sombras.

Lentamente, cruzó los canales putrefactos, adentrándose en el corazón de las tinieblas, que parecían querer aplastarlo con su peso. La bruma se arremolinó alrededor de la barca y le atravesó los pulmones, dificultándole la respiración. Los nubarrones ocultaron la luna. Bran no podía encender una antorcha: si las leyendas eran ciertas, la luz significaría su perdición. Sin prisa, pero sin pausa, continuó adelante, sorteando los pequeños islotes rodeados de cañaverales. La atmósfera opresiva lo hizo dudar de sus planes: puede que su empresa fuera un suicidio.

El rey picto apretó los remos con fuerza y penetró en una laguna un poco más amplia que las demás. Un relámpago iluminó las montañas distantes y retumbó sobre la tierra. Desde el cielo, una fría llovizna empezó a picotear las aguas, empapándolo de la cabeza a los pies. Bran se arrebujó en la gruesa capa y forzó la vista: creía distinguir una sombra de gran tamaño a muchas brazas de su posición.

El silencio turbador que dominaba el páramo le impedía relajarse. A diferencia de otros lugares de Caledonia, en los pantanos no habitaba alma humana alguna. Los hombres de los cenagales, mezcla de celtas y britanos, evitaban las marismas desde hacía muchos años. Aquella tierra dormida, cuyos secretos se perdían en los albores de la historia, estaba colmada de poderes intangibles, desconocidos incluso para los sabios.

Unas garzas levantaron el vuelo, rompiendo la quietud del erial. Bran observó a los animales dar media vuelta en el aire y desvanecerse en la penumbra, asustados ante la presencia del bárbaro invasor que se atrevía a desafiar los misterios de las lagunas.

Una hora después, la silueta embarrancada entre los islotes adquirió sustancia propia, creciendo de tamaño según el bote se aproximaba. Los altos juncos se arremolinaron en torno a la embarcación, arañando la quilla de madera e impidiéndole ver el camino con nitidez. El rey picto se introdujo entre los cañaverales, pasando por alto el viento cortante y la lluvia helada, con una determinación que iba más allá de la responsabilidad o del coraje.

De nuevo, tuvo la desagradable impresión de que unos ojos monstruosos acechaban sus movimientos. Nervioso, dejó de remar y escudriñó las sombras, listo para vender cara su piel. Algo parecido a una risa, carente de cualquier sentido del humor, se escuchó a su derecha.

Bran se incorporó con el arma en la mano. La hoja centelleó como una línea de plata en la oscuridad. Tal como había aparecido, la voz se desvaneció, permitiendo que el silencio volviera a cubrir el páramo. El rey picto enfundó la espada y volvió a tomar los remos: quizá todo había sido producto de su imaginación.

El lodo burbujeante fluctuó debajo de sus pies y emitió gases venenosos, enrareciendo aún más la atmósfera contaminada. Bran contuvo la respiración y atravesó la laguna: por fin había alcanzado su objetivo.

Las nubes se rompieron durante un segundo, permitiéndole ver los contornos del navío encallado entre los islotes coronados de hierba seca. El rey picto experimentó un temor reverencial desconocido: hasta la fecha nunca había visto un barco de aquella envergadura. De la vieja galera romana, semihundida sobre el costado de estribor, emanaba un aura de malevolencia indescriptible.

Bran apaciguó los latidos de su corazón y se limpió la frente cubierta de sudor; a pesar del frío y la llovizna, transpiraba. Un enorme boquete abría el casco a la altura de la línea de flotación. La superficie del barco había sido corroída por la intemperie y la humedad propias de la zona.

El picto esperó unos minutos hasta que el pálido resplandor de las estrellas volvió a mostrarle los confines del pantano; al parecer, aquella era la única entrada viable para acceder al cascarón. Mientras avanzaba hacia el agujero, la niebla otorgó un aspecto fantasmal y amenazador al barco.

¿Cuántos valientes habrían perecido intentando descubrir los secretos que escondía en su interior?

La estela del bote levantó pequeñas olas que chocaron contra la madera podrida. De inmediato, arrugó la nariz, vencido por el hedor nauseabundo y penetrante que escapaba de las entrañas de la trirreme. La fetidez era idéntica a la de un campo de combate atestado de cadáveres.

Bran venció la repugnancia y accedió al interior de la galera. Las tinieblas lo circundaron, propagando una gelidez profana y estremecedora que erizó hasta el último poro de su anatomía. Con gestos rígidos, tomó un rollo de tela embreada del fondo de la barca y sacó una antorcha, prendiéndola con yesca y pedernal.

La luminiscencia le mostró las aguas estancadas y ponzoñosas que llenaban la bodega a oscuras. Gracias a aquellas naves de guerra, con sus espolones de acero y dotaciones sanguinarias, Roma había conquistado todos los océanos del mundo.

¿Cómo demonios había naufragado aquel barco en las marismas de su país?

Bran ató el bote a una cuaderna y saltó al exterior. El barro que cubrió sus pies le arrancó un escalofrío de asco. Con el arma en la diestra y la tea en la siniestra, caminó hacia el interior de la nave, buscando respuesta a sus preguntas.

III

UNA CANCIÓN DE LA RAZA 

El rey picto avanzó con cautela, midiendo cada uno de sus pasos, dispuesto a enfrentarse a quien hiciera falta. El silencio de los cenagales no era nada comparado con el que reinaba en las entrañas de la trirreme. El agua sucia le cubría las rodillas con su masa viscosa. Bran movió la antorcha de un lado a otro, intentando traspasar las tinieblas, algo del todo imposible. Lentamente, fue penetrando en la bodega, alejándose del mundo exterior. Su pie tropezó con un objeto indeterminado, haciéndole perder el equilibrio. Curioso, inclinó la tea hacia el suelo: un esqueleto le sonrió con sus facciones descarnadas. El rey picto reculó involuntariamente. Su entorno estaba lleno de cuerpos consumidos por los peces.

—¡Por todos los fuegos del Infierno! —gruñó—. ¿Qué diablos ha pasado aquí?

Bran contuvo el aliento mientras estudiaba los cadáveres cubiertos de jirones de ropa. Por el aspecto de los huesos quebrados, comprendió que pertenecían a los antiguos tripulantes de la nave. Cascos y armaduras oxidadas, junto a lanzas y escudos rotos, lo circundaban como un dosel lúgubre.

Un susurro espectral rompió la quietud aplastante y le puso la carne de gallina. Bran se volvió con la espada en alto. Ante él solo encontró oscuridad. Las viejas supersticiones, heredadas de generación en generación, lucharon por controlar su temple. Quería gritar de angustia, huir a cualquier parte, escapar de las sombras que lo acechaban en la penumbra.

Cualquier otro hombre habría sucumbido a sus temores, pero el rey picto, demostrando la pureza de su sangre y el valor de sus ancestros, resistió el impulso de regresar a la barca y buscar tierra firme.

Inesperadamente, una hilera de cofres de hierro apareció ante sus ojos. Exultante, Bran alzó la espada sobre su cabeza y la descargó contra uno de los baúles. El acero reventó la cerradura entre una lluvia de chispas carmesíes. A pesar de la oscuridad, distinguió el contenido del cofre: con aquellos lingotes de oro podría comprar la ayuda de Cormac na Connacht, príncipe de los galos del norte.

El rey picto se congratuló consigo mismo. El sabor de la victoria era más dulce que el mejor vino.

Entonces, cuando menos lo esperaba, algo le aferró la pierna con un tacto informe. Sobresaltado, lanzó un grito de repulsión al descubrir el miembro fluorescente, de aspecto gelatinoso, que pretendía arrastrarlo a las profundidades de la ciénaga. Sin detenerse a pensar, impulsado por sus curtidos reflejos de luchador, hundió la espada en el tentáculo coronado por gruesas ventosas. El acero perforó la carne palpitante y diseminó un chorro de sangre negra en las aguas empozadas.

Siseando, la extremidad desapareció en la penumbra, dejando una estela lóbrega tras su paso.

Bran retrocedió a trompicones, vencido por un horror indescriptible. El estómago se le subió a la garganta y estuvo a punto de devolver la cena que había ingerido pocas horas antes. Con la boca seca y los nervios a flor de piel, escrutó las tinieblas en busca de su rival, preparado para matar o morir.

¿Qué clase de criatura primigenia, desconocida para el hombre, habitaba en las Marismas de los Muertos?

El rey picto comprendió que su presencia había despertado a la bestia que moraba en el erial mucho antes de que el pueblo de los brezales surgiera de las catacumbas de la historia. Aquella galera romana, ignorante de las leyendas del país que había pretendido conquistar, fue destruida por el mismo ser que ahora intentaba acabar con él.

—¡Adelante! —exclamó—. ¡No moriré sin prestar resistencia!

La criatura pareció aceptar su desafío y el barco osciló con brusquedad. Las aguas se alzaron como una marea fosca e inundaron la bodega, creando pegajosos remolinos de espuma. Bran luchó por mantener el equilibrio y apenas logró sostenerse en pie. Los aparejos de la trirreme, carcomidos por el paso del tiempo, crujieron siniestramente al venirse abajo. Una fuerza imponente y destructiva, que escapaba a la comprensión de los seres humanos, había decidido hundir la nave.

El rey picto pasó por alto sus miedos y se abrió paso hacia el bote; salir de allí cuanto antes era su única oportunidad de sobrevivir. El lodo ascendió a gran velocidad y devoró los baúles y los cuerpos de los legionarios. Bran lanzó un juramento entre dientes: su fervor por aniquilar Roma lo había conducido al borde de la autodestrucción.

Una corriente de agua golpeó su cuerpo y le arrancó la antorcha de la mano. A oscuras, cubierto de barro hasta el cuello, luchó por conservar una bocanada de aire en los pulmones. La galera, impulsada por los miembros infernales de su adversario, se partió por la mitad y se deslizó hacia las profundidades.

El picto cerró los ojos. Su hora había llegado…

Las legiones romanas recorrían las tierras de Britania, inmisericordes, trazando un camino de fuego y sangre. Los cielos se oscurecieron. Miles de soldados, calzados con botas de hierro, aplastaron la resistencia de los hombres de Caledonia, convirtiendo a los orgullosos pictos en pálidas sombras de lo que fueron.

El pueblo de los brezales pereció, una tribu tras otra, derrotado por los invasores que habían reclamado su país como propio. El viento recorrió las colinas atestadas de túmulos funerarios, cargado de cenizas y humillación, apagando los alaridos de los moribundos. Los muertos se revolvieron en sus tumbas, airados por el ultraje sufrido, incapaces de volver a descansar en paz.

Los años pasaron mientras aquella raza indomable desaparecía bajo los depravados hábitos de sus conquistadores. Roma, como otros grandes imperios de la antigüedad, también sucumbió al lento declive que traen los siglos. Toda su grandeza, atesorada en leyes escritas sobre tablas de piedra, desapareció sin dejar rastro.

Los bárbaros que moraban en Europa, al descubrir que los hombres a quienes tanto habían temido se habían vuelto vagos e indolentes, no tardaron en plantarles cara. Nuevos fuegos se alzaron en el horizonte teñido de escarlata, iluminando las ciudades de mármol que terminaron pasando a la historia, vencidas por individuos feroces y apasionados.

Tal como había aparecido, el Imperio romano se transformó en un jirón de niebla en la memoria de los hombres. Las hazañas de los ejércitos que antaño dominaron el mundo se desvanecieron en el péndulo del tiempo.

Una religión despiadada reemplazó a los viejos dioses. La cruz donde los romanos colgaban a quienes consideraban malhechores se convirtió en su símbolo. Los hombres del futuro, idólatras e ignorantes, olvidaron las leyendas del pasado, erigiendo iglesias y estatuas a su Dios.

Los cristianos, tal como se denominaban a sí mismos, instauraron su fe a lo largo y ancho del mundo conocido. La oscuridad del pensamiento y del espíritu se apoderó de Europa, convirtiendo a las orgullosas tribus libres en pueblos supersticiosos, obsesionados con el pecado original.

Bran Mak Morn, al contemplar los acontecimientos venideros y comprender que su pueblo carecía de toda posibilidad de sobrevivir, rompió a llorar.

El sol rasgó las nubes grises y se deslizó sobre los cenagales. Exhausto, con el cuerpo convertido en una constelación de moratones y cortes menores, el rey picto abrió los párpados. La visión de la bóveda celeste lo devolvió a la realidad: los dioses aún le concedían tiempo.

Bran se puso en pie. Tenía las rodillas y los brazos cubiertos de rasguños y lodo seco. Instintivamente, llevó la mano a la cadera y descubrió que había perdido la espada.

Una brisa agitó los juncos ondulados y le refrescó el rostro. El rey intentó recordar lo sucedido después de que la nave fuera atacada, pero su mente permanecía en blanco; unas lagunas más profundas que las que lo rodeaban le habían arrebatado la memoria.

Con expresión sombría, examinó los bordes del erial en busca de algún punto de referencia para regresar al campamento donde Gonar lo esperaba. Su búsqueda había resultado una pérdida de tiempo. La galera romana yacía en el fondo del pantano, inaccesible para cualquiera que codiciara los tesoros que escondía en su interior.

Bran refunfuñó lleno de rabia:

—¡Malditas sean todas las criaturas del Infierno! He arriesgado el cuello para nada… ¡Volveré a Baaldor con promesas vanas y la bolsa vacía!

La derrota le supo tan amarga como el destino que pesaba sobre sus hombros. Ya no disponía de medios para comprar a los galos; tendría que confiar en que el destino le mostrara una solución más adelante, algo que lo exasperaba.

El rey picto apartó pensamientos fatídicos que le rondaban la cabeza. La carga de preservar a su pueblo le resultaba insoportable. Deprimido, inspiró una bocanada de aire y cruzó el islote de un extremo a otro, impulsado por una voluntad sin límites.

Lentamente, avanzó hacia el norte hasta que su figura se perdió entre las marismas como una sombra.

Sin saberlo, había dado los primeros pasos que lo convertirían en leyenda…



miércoles, agosto 19, 2026

RADAR SONORO: VISOR FEST 2026

Ride, Ocean Colour Scene, New Model Army, The Wannadies, Gene, Hoodoo Gurus, Manic Street Preachers y The Damned pasarán por València los días 25 y 26 de septiembre.

Visor Fest ya tiene listo el cartel de su edición de 2026. Los días 25 y 26 de septiembre, València volverá a convertirse en punto de encuentro para un festival que desde sus comienzos ha apostado por una forma bastante particular de entender este tipo de citas: conciertos completos, un solo escenario y nada de elegir entre dos bandas que tocan a la misma hora.

Este año pasarán por el festival Ride, Ocean Colour Scene, New Model Army, The Wannadies, Gene, Hoodoo Gurus, Manic Street Preachers y The Damned. Ocho nombres con historias y procedencias muy distintas, pero con un nexo evidente: todos han dejado su huella en el rock y la música alternativa de las últimas décadas.

Uno de los platos fuertes será Ocean Colour Scene, que llegará a València celebrando el 30.º aniversario de Moseley Shoals. Publicado en 1996, el disco marcó el gran salto de la banda de Birmingham y terminó convirtiéndose en uno de los trabajos más representativos del rock británico de aquella década.

No será el único aniversario de la edición. The Damned cumplen nada menos que 50 años de trayectoria. Pioneros del punk británico, la banda encabezada por Dave Vanian continúa sobre los escenarios medio siglo después de irrumpir en una escena que estaba a punto de cambiar las reglas del juego.

También estarán Ride, uno de los grupos imprescindibles para entender el shoegaze y aquella fértil escena de Oxford de finales de los ochenta y comienzos de los noventa, y Manic Street Preachers, supervivientes de una generación del rock británico a la que han sabido trascender con una carrera que supera ya las tres décadas.

La nómina se completa con los siempre combativos New Model Army, los australianos Hoodoo Gurus y dos nombres estrechamente vinculados al indie de los noventa: The Wannadies y Gene. Estos últimos cuentan además con un atractivo especial, ya que su paso por Visor Fest será su única actuación en España.

Y la música seguirá sonando entre concierto y concierto. El viernes 25 estarán a los platos Eneida Fever! y Luis Bonias, mientras que el sábado 26 será el turno de Alesa DJ y Mario Oldies.

Un escenario y tiempo para disfrutar de cada banda

Visor Fest mantiene un año más una fórmula que lo diferencia de buena parte de los grandes festivales. Aquí desaparecen las carreras de un escenario a otro, los horarios imposibles y la obligación de sacrificar medio concierto para llegar al siguiente. Hay un único escenario, las actuaciones se ofrecen completas, no existen solapamientos ni front stage y el sonido ocupa un lugar prioritario.

La idea es sencilla: que cada grupo tenga su momento y que el público pueda disfrutar del concierto entero con calma. Una filosofía especialmente apropiada para un cartel formado por bandas con repertorios que atraviesan varias décadas y que difícilmente pueden resumirse en actuaciones de cuarenta minutos.

Con el cartel ya cerrado, Visor Fest 2026 volverá a reunir durante dos jornadas en València a bandas y público de distintas generaciones. Algunas de estas canciones llevan treinta, cuarenta o incluso cincuenta años circulando. La mejor prueba de su vigencia será volver a escucharlas donde realmente cobran sentido: sobre un escenario.

 VISOR FEST 2026

25 y 26 de septiembre de 2026

València




martes, agosto 11, 2026

CRÓNICA ADAM ANT: UN SUPERVIVIENTE QUE SIGUE AL PIE DEL CAÑÓN

Hay artistas que viven de la nostalgia y otros que siguen demostrando, cada vez que se suben a un escenario, por qué dejaron huella. En el Olympia Hall del Winter Gardens de Blackpool, Adam Ant volvió a confirmarlo. A sus 71 años, el británico continúa recorriendo carreteras y ofreciendo conciertos con la misma personalidad que lo convirtió en un icono. Después de una carrera marcada por el éxito, los altibajos y la reinvención, sigue ahí, fiel a sí mismo.

El concierto fue un viaje por todas las etapas de su trayectoria. Desde el arranque con «Beat My Guest» y «Dog Eat Dog», quedó claro que la noche estaría dedicada a los grandes himnos de Adam & the Ants. Canciones como «Kings of the Wild Frontier», «Zerox», «Prince Charming», «Cartrouble» o la imprescindible «Antmusic» hicieron que el público respondiera desde el primer momento, cantando cada estribillo con la misma ilusión de hace cuatro décadas.

El repertorio también reservó un espacio importante para su carrera en solitario. «Friend or Foe», «Vive le Rock», «Desperate but Not Serious» o «Goody Two Shoes» recordaron que Adam Ant supo mantener una identidad propia más allá de la banda que lo lanzó al estrellato y que su catálogo está lleno de canciones que han resistido el paso del tiempo.

El paso del tiempo ha dejado su huella en la voz de Adam Ant. Sin embargo, eso queda en un segundo plano cuando aparece sobre las tablas. Su presencia sigue siendo magnética: el sombrero, esa inconfundible imagen de pirata —de la que Jack Sparrow parece haber heredado más de un detalle— y la teatralidad que siempre ha acompañado a sus actuaciones siguen formando parte de un espectáculo que conecta con el respetable desde la autenticidad, más que desde la perfección.

El cierre con «Stand And Deliver» puso el broche perfecto a un espectáculo que fue mucho más que un ejercicio de nostalgia. Fue la confirmación de que Adam Ant sigue siendo un superviviente, un artista que continúa al pie del cañón defendiendo un repertorio repleto de clásicos, tanto de su etapa con Adam & the Ants como de su carrera en solitario, y recordando que hay leyendas que nunca dejan de pertenecer al escenario.

Setlist

«Beat My Guest»

«Dog Eat Dog»

«Vive le Rock»

«Lady/Fall In»

«Desperate but Not Serious»

«Cartrouble»

«Prince Charming»

«Zerox»

«Ants Invasion»

«Kings of the Wild Frontier»

«Christian D'or»

«Friend or Foe»

«Antmusic»

«Red Scab»

«Never Trust a Man (With Egg on His Face)»

«Young Parisians»

«It Doesn't Matter»

«Killer in the Home»

«Goody Two Shoes»

Bis:

«Stand and Deliver»



jueves, agosto 06, 2026

RESEÑA DE «UN ALMA DEL NORTE», CORTESÍA DE ROCK THE BEST MUSIC

Como buen exponente de cualquier movimiento musical que haya alcanzado las mieles del éxito masivo, el Britpop cuenta con su correspondiente legión de fieles y detractores, sobrecargados de argumentos que definen su posicionamiento a uno u otro lado de la barrera. Lo cual no implica que detrás de una concepción musical genuinamente británica como fue el Britpop haya un bagaje que vaya más allá de la difusión masiva en las ondas.

En su nuevo libro, Alex Brito Delgado construye una historia novelada del Britpop desde los ojos de uno de sus acólitos. Un alma del norte es una road movie trasladada a los ambientes más oscuros de la noche británica: dos días de desenfreno físico y emocional para llegar a un concierto de The Verve, banda fetiche del protagonista y de cuyo disco, A Northern Soul, extrae el autor el nombre de la novela. Una historia trepidante de sexo, drogas y rock and roll, pero también de tristeza, perdedores, amistad y arrepentimiento.

Alex Brito Delgado consigue transmitir esa sensación de inmediatez de unos personajes para los que el futuro no pervive más allá del próximo minuto. Todo ello repasando, desde la memoria de los protagonistas, aquellas canciones que marcaron buena parte de los años noventa en el Reino Unido, con una banda sonora que vale su peso en oro. Un alma del norte se configura como el hijo bastardo de Detroit Rock City y Trainspotting: sin la pirotecnia de la primera, pero sí con la atmósfera sórdida de la segunda. Además, el libro finaliza con una bien dirigida historia del Britpop relatada en primera persona por el protagonista.

Un libro que devoras en un par de días con el mismo ritmo frenético que el autor propone en su historia. Una recomendación: en las páginas finales del libro, Alex Brito Delgado propone la banda sonora de la novela. Comienza por ahí, confeccionando la correspondiente playlist, y sumérgete en la City de los noventa. 



miércoles, agosto 05, 2026

RADAR SONORO: HOWLIN' JAWS PRESENTAN LIVING THE DREAM Y ANUNCIAN CONCIERTO EN ESPAÑA

Howlin' Jaws ya tienen listo Living The Dream, su tercer álbum de estudio, que se publicará el próximo 2 de octubre a través de Bellevue Music.

Con la producción de Kalle Gustafsson Jerneholm —habitual colaborador de bandas como Foals o The Hives—, el trío parisino amplía su sonido sin renunciar a la energía y la frescura que han marcado su trayectoria.

Como carta de presentación, la banda ha estrenado «Living The Dream» y «Troubled Mind», dos temas que adelantan el rumbo del nuevo disco. El primero juega con la ironía para cuestionar la idea del éxito, mientras que el segundo aborda el duelo desde un enfoque luminoso y esperanzador, combinando psicodelia, garage y un marcado instinto pop.

Después de compartir escenario con The Black Keys, The Limiñanas o Les Wampas, Howlin' Jaws llevarán este nuevo repertorio a España el próximo 28 de noviembre, con un concierto en Santiago de Compostela junto a The Sadies dentro de la programación del Outono Códax Festival.


RADAR SONORO: TIWAYO VUELVE A ESPAÑA CON UN DISCO QUE REIVINDICA EL SOUL MÁS AUTÉNTICO

El cantante y compositor francés Tiwayo volverá a España el próximo mes de noviembre para presentar Outsider, su tercer álbum de estudio, publicado el pasado mes de abril. Producido por Adrián Quesada (Black Pumas), el disco confirma la evolución de un artista que ha hecho del soul, el blues y el góspel las señas de identidad de su sonido.

Grabado en los Electric Deluxe Studios de Austin (Texas), Outsider reúne a varios músicos vinculados a Black Pumas, además del guitarrista Doyle Bramhall II y la cantante Kendra Morris. El resultado es un álbum de sonido cálido y orgánico, que apuesta por la esencia del soul sureño y las raíces del género, dejando a un lado las producciones más sofisticadas.

A lo largo del disco, Tiwayo explora temas como la libertad, la soledad o la pérdida en canciones como «I've Got to Travel Alone», «Dark Skies» o «Sunshine Lady», interpretadas con una voz cargada de emoción y autenticidad. Su talento también ha despertado el interés de artistas como Norah Jones, Marcus Miller o Tony Visconti, y le ha permitido compartir escenario con músicos de la talla de Curtis Harding y Cody Chesnutt.



RADAR SONORO: CIMARRÓN ESTRENA «LA CULPABLE» JUNTO A ATERCIOPELADOS

La banda colombiana Cimarrón une fuerzas con Aterciopelados en «La Culpable», su nuevo sencillo, ya disponible en plataformas digitales. La canción fusiona el joropo con el rock en una propuesta que reúne el sonido tradicional del arpa, la bandola y el cuatro con una base más contemporánea. La letra, interpretada por Ana Veydó y Andrea Echeverri, rinde homenaje a las mujeres fuertes e independientes desde la identidad y la fuerza de la música colombiana.

Con esta colaboración, Aterciopelados celebra además el 30.º aniversario de La pipa de la paz, uno de los discos más importantes de su trayectoria, junto a una de las formaciones que más ha contribuido a llevar el joropo colombiano a los escenarios internacionales.



ENTREVISTA A SARA ZOZAYA: CANCIONES PARA DETENERSE, RESPIRAR Y MIRAR HACIA DENTRO

Sara Zozaya lleva tiempo construyendo un universo propio dentro de la escena independiente, con canciones que encuentran la belleza en lo cotidiano y la emoción en los pequeños detalles. Hablamos con ella sobre attä, un EP que nace de la introspección, la incertidumbre y la necesidad de seguir su propio camino.

En varias canciones parece que hay una conversación constante entre lo que dejas atrás y lo que decides conservar. ¿Qué cosas has aprendido a soltar durante el proceso de creación de este EP?

Creo que he soltado el miedo a la incertidumbre. Este EP ha sido el trabajo que más claro he tenido musicalmente y, al mismo tiempo, el que más dudas me ha generado en torno a las expectativas externas y al juicio de los demás. He aprendido a confiar mucho más en mi instinto, aunque al principio hubo muchas resistencias. Ahora veo cada vez más claro que lo que tiene que ser, será. Y muchas veces aquello que acaba sucediendo no es lo que pensábamos que queríamos, pero termina siendo incluso mejor.

Hay una sensación de reflexión muy presente en estas canciones. En una época en la que todo parece exigir atención inmediata, ¿qué papel tiene el silencio en tu vida?

El silencio es una necesidad muy grande para mí desde pequeña. De hecho, casi no hablaba, y eso era algo que mi entorno vivía con cierta preocupación. A veces pienso que por eso canto. La soledad me alivia y el silencio me equilibra. Aunque últimamente me cuesta más enfrentarme a él y, siendo sincera, creo que es una señal bastante clara de que hay algo de lo que intento escapar.

Tus canciones suelen transmitir mucha intimidad sin necesidad de explicarlo todo. ¿Hay emociones que te resulta más fácil cantar que contar en una conversación?

Sí. Y no solo con las canciones. Cuando tengo que decirle algo importante a alguien, primero necesito escribirlo. Desde las palabras reposadas puedo crear realmente un puente hacia la comprensión del otro. Lo bonito de la música es que transmite desde lo sutil y, muchas veces, ni siquiera necesita un idioma para hacer llegar el mensaje. Hay algo que escapa de lo terrenal y, en las nubes, me siento súper a gusto, la verdad.

La naturaleza aparece como un espacio de refugio y de conexión. Cuando necesitas volver a ti misma, ¿dónde encuentras hoy ese lugar seguro?

Nací en Donosti y siempre he tenido el mar como punto de apoyo cuando necesito respirar. Creo que la naturaleza nos devuelve precisamente eso: la posibilidad de respirar y de observar lo insignificante que, muchas veces, resulta aquello que sentimos que nos asfixia.

Escuchando el EP da la impresión de que no busca respuestas cerradas, sino convivir con ciertas preguntas. ¿Hay alguna incertidumbre que hayas aprendido a aceptar en los últimos años?

Ahora mismo estoy muy abierta a la improvisación. A no seguir siempre una estructura, a jugar con el momento y a crear universos pasajeros. Creo que en el siguiente trabajo buscaré algo más definido porque empiezo a sentir esa necesidad. Pero attä ha sido justo lo contrario y está siendo muy divertido llevarlo al directo.

En tus canciones conviven la delicadeza y una cierta oscuridad. ¿Qué has descubierto sobre ti misma en esos momentos menos luminosos que no habrías encontrado de otra manera?

Siempre digo que la gente que más me atrapa es la que también muestra su sombra. Creo que es inevitable sostenerla y mirarla de frente para poder vivir desde una mayor consciencia y dejar que entre una luz más verdadera, menos impostada. Me cuestan los días malos, pero también son los que me llevan a lugares más profundos.

Si pudieras volver a encontrarte con la Sara que empezó a escribir estas canciones, ¿qué le dirías ahora que el EP ya está fuera y pertenece también a quienes lo escuchan?

Le diría que todas las decisiones difíciles que ha tomado para llegar hasta aquí han merecido la pena. Y que estoy orgullosa de haber apostado por un camino propio, aunque no fuera el que parecía estar marcado.

Muchas veces hablamos de la música como una forma de expresión, pero pocas veces como una forma de escucha. ¿Qué te está enseñando la gente que conecta con tus canciones sobre ti misma?

Creo que, en el fondo, somos todos lo mismo. Pertenecemos a este juego que es la vida y poco más sabemos. Hay algo muy bonito en descubrir que lo más íntimo acaba siendo también lo más comprendido. Muchas veces sentimos que estamos viviendo algo único y, sin embargo, la vida tiene una manera muy curiosa de repetirse cíclicamente.



martes, agosto 04, 2026

RADAR SONORO: EL FOLK DE LUCA FOGALE LLEGARÁ A MADRID Y BARCELONA

«Cuanto más tiempo paso involucrado en esta vida, más amplia se vuelve mi visión del mundo. Me obliga a reflexionar sobre mí mismo y a responsabilizarme de quién soy. Eleva el listón de quién quiero ser.»

Luca Fogale llegará a Madrid y Barcelona el próximo mes de septiembre para presentar Challenger, su cuarto trabajo de estudio, editado este año por Nettwerk.

El cantautor canadiense ofrecerá dos conciertos en formato íntimo los días 3 y 4 de septiembre en la Wurlitzer Ballroom y Club Sauvage, una oportunidad perfecta para descubrir de cerca a una de las voces más personales del folk contemporáneo.

Con dos nominaciones a los Premios JUNO, Fogale ha ido consolidando una propuesta marcada por la sensibilidad y la honestidad. En Challenger vuelve a explorar temas como la identidad, el paso del tiempo y la transformación personal a través de canciones sobrias y despojadas de artificios, al estilo del mejor Bon Iver, donde cada detalle está al servicio de la emoción.


jueves, julio 30, 2026

«EL MODERNO PROMETEO», PUBLICADO EN RELATOS FANTÁSTICOS

Vosotros que aquí entráis, abandonad toda esperanza.

Dante

 

Nueva York, 31 de agosto de 1892

Regresar a mi laboratorio después de los desgraciados sucesos de las últimas semanas me ha producido un placer difícil de describir con palabras. No puedo negarlo: extrañaba las bobinas, los enormes generadores y las lámparas tubulares que, más que instrumentos útiles para mis investigaciones, parecen una extensión de mi propia fisonomía. Por primera vez desde el fallecimiento de mi madre, el dolor de la pérdida se había convertido en algo soportable; me encontraba listo para volver al trabajo.

Durante una hora, a través de los ventanales, contemplé las viviendas de la Quinta Avenida que rodeaban la Tesla Electric Company. Aunque me encontraba exhausto por el largo viaje, ardía en deseos de poner manos a la obra. Mi querida amiga Katharine me había enviado una carta rogándome que pasara a visitarla en cuanto el Augusta Victoria fondeara en el puerto de Nueva York. Nada me hubiera gustado más que complacerla, pero tuve que declinar su amable oferta: el deber es el deber.

Nunca, ni siquiera durante mi infancia, he logrado refrenar el fuego devorador que me roe las entrañas; la necesidad de crear todo aquello que pasa por mi imaginación. Por mucho que trabaje, por muchas horas que dedique a mis proyectos, jamás son suficientes. Mis ideas —que muchos colegas de profesión envidiosos tachan de descabelladas— son tan intensas que me obligan a crear majestuosos inventos capaces de transformar el porvenir de la humanidad. Me asaltan a todas horas, sin misericordia, de tal forma que apenas me permiten conciliar el sueño. Aquella era mi vida y no deseaba perderla por nada del mundo.

Bastantes trabajos mediocres, indignos de mis capacidades, había tenido que desempeñar para ganarme el sustento. Afortunadamente, desde que logré escapar de las garras de Edison, la fortuna se había puesto de mi parte. No pensaba desempeñar labores denigrantes, como trabajar en el ferrocarril, en minas de carbón, en fábricas o cuidando ganado; antes hubiera preferido regresar a Croacia para dedicarme en cuerpo y alma a una vida eclesiástica, tal como siempre fue el deseo de mi padre.

Recorrí el taller contando mis pasos, tal como es mi costumbre, mientras me familiarizaba de nuevo con la maquinaria industrial cubierta de polvo. A la mañana siguiente, a primera hora, tendría que ordenar a mi ayudante que limpiara la nave a conciencia. Me es imposible dar lo mejor de mí mismo en un ambiente inadecuado; el orden y la pulcritud son esenciales en la vida de cualquier científico.

Inesperadamente, tropecé con el ejemplar de Ensayo sobre las costumbres de Voltaire que Mark Twain me había prestado hacía más de un año. Una amplia sonrisa cruzó mis labios al recordar que, durante mi juventud, mientras estudiaba en la Escuela Politécnica de Graz, había leído todas las obras del filósofo. ¡Una tarea nada sencilla para un joven de diecinueve años! Por desgracia, tendría que continuar aplazando la lectura de aquel volumen; no tenía tiempo que perder en placeres intelectuales.

Nueva York, 22 de septiembre de 1892 

Me encuentro tan agotado que apenas puedo escribir estas notas. Durante las últimas semanas he trabajado día y noche en mi sistema polifásico de corriente alterna. Me duele la cabeza espantosamente; tengo la sensación de que el zumbido de los motores terminará perforándome el cráneo. El mundo invisible de las moléculas y los átomos se niega a ser dominado. Es necesaria una fuerza de voluntad férrea, interminables horas de estudio y experimentos incesantes para conducir mis investigaciones a buen puerto.

Las lámparas sin cables, alimentadas por generadores de alta frecuencia de mi invención, simbolizan la línea que quiero seguir en mis investigaciones. Si Anteo sacaba su fuerza de la tierra, ¿por qué yo no habría de hacer lo mismo? Ondas luminosas, partículas de carbono, emisiones de electrones, moléculas de aire, campos magnéticos y oscilaciones eléctricas. Todo destella delante de mis ojos sin aportarme resultados tangibles. Furioso, me mordería los puños hasta que brotara la sangre. ¡Tengo la solución delante de las narices y soy incapaz de encontrarla!

Al mediodía, después de un ligero almuerzo, salí a dar un paseo por los alrededores para despejarme. Las calles de Bleecker Street, grises y apagadas, estaban cubiertas de nieve. Apático, me detuve en un parque, observando el cielo oculto tras densas nubes negras. ¿Por qué las capas superiores de la atmósfera impedían la transmisión de la energía eléctrica? Aquel era mi sueño, la obsesión que guiaba todos mis esfuerzos: transmitir electricidad sin necesidad de cableado.

En el edificio de enfrente, una vieja iglesia anglicana, distinguí unas palomas en lo alto del campanario. Lamenté no llevar alpiste en los bolsillos; siempre me ha agradado alimentar a aquellas pequeñas criaturas aladas.

Al regresar al laboratorio, me centré en el problema que había acaparado mis energías desde que volví a Nueva York: la necesidad de crear un transformador diminuto y compacto que me permitiera controlar una tensión de un millón de voltios. Cuando lo consiga —sin duda, tarde o temprano, alcanzaré mi objetivo—, estaré por delante de todos mis competidores; los mismos que, con sus prejuicios, su mala publicidad y sus campañas difamatorias, habían hecho lo imposible por hundir mi carrera.

Siempre he tenido mala suerte con las patentes y las bonificaciones. Muchos individuos, por llamarlos de algún modo, que se consideraban hombres de palabra, me estafaron apropiándose de mis ideas y descubrimientos. Evidentemente, no pienso permitir que vuelva a suceder.

Nueva York, 14 de octubre de 1892 

Me he involucrado demasiado en este proyecto; me encuentro física y psicológicamente exhausto. Tengo la terrible impresión de que, como continúe por el mismo camino, me sobrevendrá otra crisis nerviosa. Debería preocuparme más por mi salud; de lo contrario, la naturaleza terminará pasándome factura.

Los trabajos de James Clerk Maxwell sobre los campos de oscilaciones electromagnéticas situados por encima del espectro visual no tienen nada que hacer al lado de mis recientes descubrimientos. He encontrado la respuesta a muchos enigmas pero, como de costumbre, han surgido nuevas incógnitas que demandan una solución. Para bien o para mal, el eterno problema de la ciencia es que siempre habrá horizontes desconocidos por conquistar.

Al atardecer, mientras disfruto de una merecida media hora de descanso junto a un vaso de leche tibia, Czito me trae los periódicos de la semana. Han escrito artículos halagadores sobre mi trabajo en el New York Times, The Press, Electrical Review, New York Herald, Public Opinion y Electrical Journal. El mundo me considera un genio, un profeta adelantado a su tiempo, un visionario… ¡De estar en mi pellejo no opinarían lo mismo!

A diferencia de otros colegas de profesión, siempre me ha gustado tener de mi parte a periodistas, escritores y directores de publicaciones especializadas. Los medios, siempre que les aportes titulares sustanciosos, son fáciles de encandilar. Basta con proporcionarles un poco de espectáculo para que coman de tu mano. Podía considerarme afortunado por contar con tantos hombres de letras dispuestos a defender mi causa.

En cambio, los peces gordos de Wall Street, aparte de querer recuperar su inversión lo antes posible, niegan que la corriente alterna sea más efectiva que la corriente continua. Por mucho que intente explicarles que los grandes descubrimientos precisan paciencia y tiempo, no les entra en la sesera que un proyecto científico suele tardar años en dar frutos; todos los empresarios y magnates financieros son iguales.

Aunque sea un maestro de las matemáticas, capaz de realizar complejas ecuaciones de cabeza, siempre calculo mal los plazos y los costes de mis investigaciones. No puedo negar que tener que codearme con los miembros de la alta sociedad, con los ricachones que han amasado sus fortunas explotando a los más débiles, me produce una profunda aversión. Aprecio demasiado mi libertad para venderla al mejor postor, sea cual sea la suma.

En el hotel Waldorf-Astoria se dan cita todas las luminarias económicas del momento: Rockefeller, Morgan, Harriman y los Vanderbilt. No soporto a esos capitostes podridos de dinero, con sus puros y trajes caros, que solo hablan de acciones, dividendos y beneficios. Desgraciadamente, la ciencia exige grandes sacrificios; debo relacionarme con ellos para conseguir fondos llevar adelante mis proyectos.

Esta noche tengo una cita en el Players' Club con Mark Twain. No me apetece abandonar mi trabajo pero, finalmente, he decidido ceder a sus ruegos para disfrutar de una velada juntos. Antes de salir a la calle, reviso mi indumentaria: una levita Príncipe Alberto, un sombrero hongo, un traje de buen corte, un pañuelo de seda blanca, una camisa de cuello duro, corbata y guantes de piel de cabritilla. Me gusta pensar que soy el individuo mejor vestido de la Quinta Avenida.

Antes de abandonar el taller, hice notar a mi ayudante que, como siguiera engordando, me vería obligado a despedirlo. La gente obesa me causa un rechazo indescriptible.

Nueva York, 3 de noviembre de 1892 

Acabo de sufrir una pesadilla espantosa. Resplandores azulados, fogonazos eléctricos, visiones deformes, arcos de luz, puntos verdes, líneas perpendiculares doradas… Acarreo esta maldición desde que era niño; a pesar del paso del tiempo, nada ha cambiado. Nuevamente, he soñado con la muerte de mi hermano. En mi pesadilla, cae una y otra vez por unas escaleras sumidas en la penumbra. Este sueño en particular me atormenta desde que tenía ocho años.

A veces tengo la sensación de que estuve involucrado de algún modo en el fallecimiento de Daniel. Como es lógico, cuando me encuentro en mi laboratorio, seducido por los misterios de la corriente alterna, estos pensamientos me resultan ridículos. Ahora, en la soledad de mi dormitorio, no ceso de dar vueltas a tan sombrías especulaciones.

En el exterior, la nieve cubre las calles de Manhattan y repiquetea contra las ventanas cerradas. Puede que, en un futuro próximo, gracias a la electricidad, logre controlar los elementos. El motor de inducción era la clave para conseguir aquella hazaña, que muchos daban por imposible, pero hasta que no construyera uno lo bastante potente, mi teoría jamás abandonaría el terreno de la especulación.

Un zumbido molesto y pertinaz me despertó. Frenético, encendí la lámpara situada sobre la mesa de noche. Al fondo de la habitación, oculta en la negrura, volaba una mosca. Aunque el resplandor de la luz apenas alcanzaba la puerta, la presencia del insecto me resultaba tan nítida como si el sol brillara en el firmamento. Aquella era otra maldición con la que tenía que convivir: mis sentidos estaban hiperdesarrollados, hasta límites sobrehumanos. Era capaz de escuchar la caída de un rayo a más de seiscientos kilómetros de distancia.

La imagen de mi hermano sigue ocupando mis pensamientos, por mucho que intente apartarla. Recuerdo su rostro pálido, el cabello negro y ensortijado, los miembros robustos y elegantes. Daniel siempre fue el favorito de mi padre. Puede que por ello, para suplir su ausencia, tuviera que esforzarme por ser el mejor en todo. Mis estudios de ingeniería mecánica y física demostraron que poseía un talento desconocido en mi familia; logré terminarlos con un año de antelación.

Hermano… Siempre me he preguntado si, en cierta forma, te debo todo lo que he conseguido. Tu recuerdo me impulsó a destacar, a cultivar mi mente, a creer en las ideas que forjaba en mi cerebro. Es posible que, si no hubieras muerto tan joven, hubiera sido un individuo débil y caprichoso durante toda mi vida.

Lo cierto era que tenía motivos de sobra para sentirme satisfecho. Había llegado a Estados Unidos con cuatro centavos en el bolsillo y una carta de recomendación. Solo contaba con mi disciplina y mi talento para la mecánica para abrirme paso en la tierra de las oportunidades. Pese a algunos patinazos, logré ascender en la escala social hasta convertirme en uno de los científicos más reputados del mundo. Mis conferencias despertaron la curiosidad y la admiración de miles de personas, aunque también suscitaron rivalidades y antipatías entre quienes no soportaban que hubiera alcanzado el éxito en tan poco tiempo. El mundo solo respeta a quienes triunfan; los perdedores quedan relegados al olvido. Tenía un destino que cumplir y estaba dispuesto a afrontar cualquier adversidad que surgiera en mi camino: abrir una nueva era de luz y conocimiento para el género humano.

Finalmente, me incorporé de un salto y aplasté a la mosca con un periódico. Su cadáver cayó al suelo y quedó inmóvil. Envolví el insecto en un pañuelo y lo arrojé a la basura. Sabía que el sueño tardaría en regresar. Una idea rondaba insistentemente mi cabeza: la construcción de una torre capaz de almacenar la energía necesaria para iluminar ciudades.

Metódico, empecé a diseñar los primeros bocetos de aquel titánico proyecto. Los demonios del pasado desaparecieron en un rincón remoto de mi subconsciente; volvía a estar en paz conmigo mismo. Me esperaba una larga noche de trabajo.

Nueva York, 7 de diciembre de 1892

Arquímedes siempre ha sido mi modelo a seguir. Cuando pienso que, en aquella época, sin ninguna clase de tecnología como la que tenemos en los tiempos modernos, pudo realizar semejantes descubrimientos, me quito el sombrero. Los grandes individuos adelantados a su tiempo sirven de inspiración a las generaciones venideras.

Hace meses, un reputado físico me recomendó que me centrara en un solo proyecto, que no intentara abarcar todas las ramas de la ciencia con mis investigaciones. ¡Nada me gustaría más que seguir su consejo! Las ideas se agolpan en mi mente todos los días de la semana, haciendo imposible que me dedique a un único trabajo. La ingeniería es un terreno fascinante; llena mi existencia de tal modo que nada más tiene importancia: las frivolidades sociales, mi rostro en las portadas de los diarios, compartir opiniones con otros científicos o las cenas en restaurantes de lujo… De poder prescindir de todo ello, lo haría sin vacilar un instante.

La gente nunca ha comprendido que me entregue de forma completa y absoluta a mi trabajo. Es necesario que dedique toda mi concentración, toda mi fuerza de voluntad y todo mi tiempo libre a mis investigaciones. De tener un lema que me definiera como persona, sin duda alguna sería causa y efecto. Mi desbordante imaginación siempre encuentra un camino entre las dificultades. Exijo conclusiones, hechos prácticos, construir poderosos transmisores de alta frecuencia para alterar las condiciones climáticas, estar un paso por delante de la competencia... ¿Qué otra cosa puedo hacer, excepto dedicar cada minuto de la jornada a mis ambiciosos planes? Por ello apenas me relaciono con mis semejantes; la ciencia es una amante egoísta.

Por fortuna, cuento con fondos suficientes para cubrir los gastos ocasionados por los materiales que utilizo para la bobina de transmisión sin aspas en la que llevo trabajando desde septiembre. El señor Westinghouse es mi principal benefactor; generoso y dedicado, confía en que, cuando termine este proyecto, ambos alcanzaremos la gloria económica. Nunca le agradeceré lo suficiente que confiara en mí, en las posibilidades de la corriente alterna, cuando otros inversores me cerraron la puerta en las narices.

La desleal campaña de la Edison Company, alertando al público sobre los «supuestos» peligros que entrañaba aquella forma de energía, había calado hondo en todas las esferas de la sociedad. ¿Por qué no fui consciente de sus malas intenciones desde el principio? Edison es un charlatán de la peor especie, un oportunista que se aprovecha del trabajo de sus subordinados. No tiene honor, ni principios, ni ética de ningún tipo.

Aún me duele recordar que, después de mejorar sus malditos generadores durante un año, cuando terminé mi labor con éxito, se negó a pagarme la suma que habíamos acordado, alegando que «había aprendido muy poco del humor norteamericano». Peor aún, aparte de haberse reído en mi cara, me ofreció subirme el sueldo diez dólares para «compensarme». Naturalmente, presenté mi dimisión de inmediato. Aquel maldito estafador no merecía otra cosa.

Nueva York, 29 de diciembre de 1892

Falta poco para que termine el año. Haciendo balance de mi trabajo, debo reconocer que ha salido mejor de lo que esperaba. Mis investigaciones han dado frutos positivos: la bobina de inducción, que ha ocupado todos mis esfuerzos durante los últimos meses, será capaz de alcanzar los cuatro millones de voltios. Nadie, excepto mi ayudante, está al corriente de mis progresos. Aunque solo sea un prototipo, confío en que funcione correctamente. Hasta la fecha, excluyendo unos pocos experimentos, todas las máquinas que he fabricado han resultado operativas.

Esta mañana, mientras me afeitaba, percibí que el mechón de pelo blanco que me salió a principios de febrero había desaparecido. Más tarde, mientras un carruaje me llevaba al laboratorio, comprendí que había superado la muerte de mi madre. El mechón, junto con una crisis de amnesia, fueron los primeros síntomas de que algo no iba bien. Me temo que nunca sabré cómo pude intuir que se encontraba enferma. Por ello, aunque me costó horrores abandonar el taller, partí hacia Europa en cuanto me fue posible.

Mi conferencia ante los miembros de la Institution of Electrical Engineers de Londres fue un éxito absoluto. Como pude comprobar, los británicos demostraban una mentalidad mucho más abierta que mis compatriotas norteamericanos. Al día siguiente me dirigí a París, donde pronuncié dos nuevos coloquios ante los miembros de la Société Internationale des Électriciens y la Société Française de Physique; la visión de mis lámparas electrónicas dejó a los franceses con la boca abierta.

Entonces, en el Hôtel de la Paix, reviví en mis propias carnes el sueño que me había arrastrado hasta el Viejo Continente: un mensajero me entregó un telegrama anunciándome que a mi madre le quedaba poco tiempo de vida. De inmediato, pese al cansancio que apenas me permitía mantenerme en pie, tomé un tren hacia Croacia. Tuve suerte: aquella tarde pasé unas horas a su lado antes de que expirara.

Por la noche tuve visiones: rostros angelicales, nubes resplandecientes, música celestial… Al abrir los ojos, supe con absoluta certeza que había muerto; la intuición resultó acertada.

Mientras atravieso la puerta de la nave, recuerdo con ternura que mi madre tenía un talento excepcional para la invención. Lástima que, por las circunstancias de la época, su entorno y la educación que recibió, no pudiera desarrollar plenamente sus aptitudes. De haber nacido lejos de Europa, en una ciudad como Nueva York, la gloria y la fortuna habrían llamado a su puerta. Por desgracia, sus responsabilidades familiares la obligaron a ser esposa y madre, como tantas otras mujeres. La vida suele reservar un destino cruel a muchas personas dotadas de un talento extraordinario. Interiormente, volví a prometerme que, a través de mis descubrimientos, haría justicia a su memoria.

Nueva York, 8 de enero de 1893 

La electricidad es la clave de todos los progresos. Imagino un mundo futuro en el que la corriente alterna circule gratuitamente hacia todos los hogares sin cables engorrosos que le impongan ataduras. Imagino terrenos desiertos bañados por la lluvia gracias a transmisores de frecuencia amplificada capaces de alterar las condiciones meteorológicas. Imagino lámparas fluorescentes que permitan analizar el interior del cuerpo humano con absoluta precisión. Imagino comunicaciones inalámbricas que lleguen a cualquier lugar del planeta. Imagino «autómatas mecánicos» que ejecuten los trabajos tediosos que el ser humano está obligado a realizar.

Tengo la esperanza de cumplir mis sueños en poco tiempo. Exijo resultados positivos cuanto antes. Me resulta imposible creer que, por una simple casualidad, cualquiera de mis experimentos funcione. Siempre he pensado que el éxito se basa en un noventa por ciento de trabajo duro y un diez por ciento de inspiración. Las matemáticas son incuestionables; en el mundo de la ciencia solo existe el rigor.

Por ello procuro apartar de mi vida todo aquello que resulte ajeno a mis proyectos. Perder el tiempo con trivialidades me resulta aborrecible. ¿Quién necesita casarse o formar una familia para ser feliz? La sola idea de tocar el cabello de una mujer me repele. Puede que por ello los individuos que han aportado grandes descubrimientos al mundo estén casados con su trabajo.

Me encuentro tan agotado… Paso de la euforia a la tristeza con una velocidad de vértigo. Me obligo a alimentarme casi a diario. Veinticuatro horas no resultan suficientes para mis ambiciones. Para que el día me resultara rentable necesitaría, como mínimo, treinta y seis horas. ¡Cuando pienso en todo lo que podría haber hecho mientras dormía, me dan ganas de arrancarme el bigote! Por desgracia, el cuerpo humano es una herramienta que necesita cobijo y descanso. La mente, en cambio, desde que deja de utilizarse, se pudre como los alimentos expuestos a la intemperie. Por ello siempre estoy inmerso en profundas especulaciones científicas; deseo conservar la prodigiosa memoria que me caracteriza.

La bobina polifásica avanza a buen ritmo. De hecho, si mis planes salen según lo previsto, a principios de febrero podré probarla. Esa idea hace que redoble mis esfuerzos con todo el ahínco que aún me queda. Ardo en deseos de pasar de la teoría a la práctica.

Anoche soñé que lograba encender una batería de luces fluorescentes sin utilizar cables de ninguna clase. Cuando desperté, me sentía tan feliz como si lo hubiera conseguido de verdad. Al llegar al laboratorio, mis ilusiones se hicieron añicos; el condensador continuaba a medio terminar. El tamaño del motor me había obligado a modificar las dimensiones originales hasta alcanzar los nueve metros de largo, seis de ancho y tres de altura. Nunca había construido un aparato tan descomunal; el temor y el orgullo se dan la mano en mi interior de una forma turbadora.

Nueva York, 30 de enero de 1893 

Son las cuatro de la madrugada pasadas. La negrura cubre la ciudad con su manto; prefiero evitar que los vecinos vuelvan a quejarse a la policía por los fogonazos que escapan de las bobinas. Esta prueba es demasiado importante; por ello he de hacerla solo. Czito sería un estorbo de encontrarse presente.

Cauteloso, me he tapado los oídos con algodón y calzo zapatos con suelas de corcho. En un extremo de la nave descansa un generador de alta frecuencia. He aislado las piezas polares del equipo con trapos impregnados de aceite; los conductores trenzados reducirán la resistencia de las bobinas. La separación entre los conductores y su correcto aislamiento evitarán cualquier interrupción en el suministro de energía. El motor principal es una dinamo monocilíndrica, impulsada por aire comprimido.

En el centro del laboratorio, sobre una plataforma de madera, he colocado una veintena de tubos fluorescentes y lámparas de lenteja de carbono. He calculado la distancia entre el transmisor —el condensador polifásico— y el receptor —los tubos, sin ningún tipo de cableado—: cincuenta metros exactos. Lleno de impaciencia, confirmo que todo esté en orden; diez mil voltiamperios exigen el máximo respeto. Si el experimento fracasa, podría prender fuego al edificio y reducirlo a un montón de escombros humeantes.

Al encender el generador, un potente zumbido recorrió el laboratorio de un extremo a otro. Las oscilaciones creadas por la bobina de inducción llenaron el aire de electricidad estática. Los muebles, aparatos e instrumentos empezaron a temblar, amenazando con salir despedidos por los aires. Fríamente, aumenté la potencia del condensador. El velocímetro temblaba. Un chispazo escapó del motor y chocó contra una columna, ennegreciendo la superficie de hormigón. Las placas cargadas con gran voltaje se pusieron al rojo vivo. El estruendo del generador se hizo tan intenso que me obligó a morderme los labios; tenía la espeluznante sensación de que un martillo me golpeaba el cráneo.

Estuve a punto de desplomarme de bruces; el suelo oscilaba como si un terremoto invisible sacudiera el taller. El techo crujió sonoramente y pedazos de cemento cayeron por todas partes. Para mi consternación, las lámparas continuaban apagadas. Iracundo, ignoré la hecatombe que reinaba a mi alrededor. ¿Por qué demonios no se encendían? ¿Dónde estaba el problema? ¿Qué había pasado por alto?

La densidad eléctrica convirtió el aire en una masa irrespirable. Lentamente, sin que fuera consciente de ello, una sensación de temor empezó a encogerme el estómago. Había desatado fuerzas que escapaban a mi control. Los minutos pasaron con una lentitud aplastante. Tenía la boca seca, los nervios de punta y los ojos enrojecidos. La fuerza electromotriz era tan intensa que hacía flotar el condensador, la maquinaria y la batería de lámparas ultravioletas a unos veinte centímetros del suelo. Las paredes, el techo y las columnas se agrietaban cada vez más. Un sonido ensordecedor me obligó a lanzar un grito de pánico: los tubos habían explotado en un millar de fragmentos iridiscentes.

«¡Apágalo!», pensé al borde de la locura. «¡O la nave se vendrá abajo!»

Antes de tener tiempo de poner aquella idea en práctica, un poderoso haz de luz escapó del generador y atravesó el techo del laboratorio. La descarga de cuatro millones de voltios estuvo a punto de achicharrarme las pestañas. El impacto me arrojó de espaldas, haciéndome derribar una mesa. Un pedazo de roca cayó en el lugar donde había estado apenas unos segundos antes.

Lastimado, a través del agujero del techo alcancé a contemplar cómo las nubes se arremolinaban en la bóveda celeste, formando un vórtice relampagueante. Rayos azules, dorados y púrpuras inundaron el cielo, iluminando la noche. El firmamento pareció arder, estremeciéndose de forma apocalíptica, rebelándose contra la energía que lo había atacado. Sin previo aviso, las nubes vomitaron una espesa cortina de lluvia sobre la Quinta Avenida.

Temeroso, con las piernas temblando, me incorporé a duras penas. Tenía la impresión de que me habían estallado los tímpanos. El chaparrón limpió las lágrimas de alivio que descendían por mi rostro. Contra todo pronóstico, la intensidad de la corriente destruyó el generador. De no haber sido así, habría muerto.

Nueva York, 6 de febrero de 1893

Las obras de reconstrucción del taller han finalizado. Por suerte, nadie estaba al tanto de lo que había sucedido en realidad. A la mañana siguiente del desastre, mi ayudante se quedó de piedra al llegar a la nave. Después de quince minutos de explicaciones, logré convencerlo de que guardara silencio al respecto. Evité darle demasiados detalles sobre lo ocurrido. Estaba profundamente avergonzado de mí mismo; perder el control de un experimento es lo peor que puede pasarle a cualquier científico.

He permanecido en el edificio durante toda la semana. La noticia sigue lejos de la prensa; una generosa suma bastó para comprar la discreción de los obreros respecto al incidente. Esperaba que ninguno se fuera de la lengua; mi carrera podría verse seriamente comprometida. 

Las quemaduras producidas por el accidente sanan bien. Un médico del mercado negro me había recetado un ungüento de origen incierto que debía aplicarme seis veces al día sobre las lesiones. El número me pareció correcto: me fascinan los múltiplos de tres. Las ampollas apenas son visibles; tengo la esperanza de que no dejen cicatrices.

Mi secretaria ha dejado una nota de Katharine sobre la mesa de mi despacho:

¿Dónde ha estado metido desde el año pasado? Me aburro profundamente sin usted. Esta noche organizaremos una pequeña cena en casa. Nada ostentoso; unos amigos vendrán a hacernos compañía. ¿Por qué no abandona sus deberes y nos hace una visita? Sabe perfectamente que siempre tendrá un lugar reservado en nuestros pensamientos y corazones. La velada comenzará a las nueve de la noche. Espero que pueda honrarnos con su presencia.

Al levantar la mirada del papel, la visión del generador carbonizado me obliga a olvidar cualquier consideración social. Por muchas veces que reflexione sobre ello, soy incapaz de averiguar qué fue lo que hice mal. Teóricamente, todo estaba bajo control; había calculado hasta los más ínfimos detalles. Me equivocaba: la energía electromotriz del aparato había estado cerca de destruirme. Al igual que Ícaro, había volado demasiado alto y el sol se había encargado de devolverme a la tierra de la peor manera posible.

Apartando a un lado cualquier muestra de desánimo, tomé mis herramientas y empecé a reconstruir el aparato. Recrearme en el fracaso carecía de sentido; solo encontrar una respuesta me devolvería la tranquilidad. El trabajo duro lo es todo; en el mundo de la ciencia solo cuentan el esfuerzo y la perseverancia. Objetivos, disciplina, pasión, lucha constante; esas son mis palabras favoritas. Un tropiezo solo reforzaría mi determinación de construir un transmisor de frecuencia amplificada capaz de encender las luces de Nueva York sin necesidad de cables.

Preocupado, llego a la conclusión de que estas anotaciones podrían delatarme como un estúpido ante las generaciones venideras. Tomo nota mental de destruirlas lo antes posible. La grandeza no es compatible con el fracaso. Soy un triunfador, siempre lo he sido; mi nombre quedará grabado con letras gigantes en la posteridad. Podía verlo con absoluta nitidez:

«Nikola Tesla: padre de la tecnología moderna».