lunes, febrero 23, 2026

FANFICTION — SOLOMON KANE: «LOS ACÓLITOS DE SATANÁS», PUBLICADO EN HISTORIAS PULP

Y sus ojos tienen la apariencia

de los de un demonio que está soñando.

Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama

tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,

del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,

no podrá liberarse.

 

Edgar Allan Poe

 

I

 

El PURITANO SOLITARIO

 

Año de Nuestro Señor 1.553.

 

La bóveda entenebrecida colgaba sobre el páramo desolado. Haces de sol iluminaban los altos juncos y anunciaban la llegada de una noche temprana. Una corriente de aire hizo cimbrear las riendas del animal. Los canales hedían de forma nauseabunda y propagaban el sonido de las bestias salvajes del lugar. A la derecha, las montañas rasgaban el límite que separaba el cielo de la tierra, como una cuchillada dorado-rojiza que se extendía hasta las orillas del distante mar Mediterráneo. A la izquierda, el camino intrincado y tortuoso que había recorrido desde Francia, a través de una Europa devastada por las guerras civiles y religiosas. Quedaban demasiados fantasmas detrás de sus pasos. La iniquidad de los hombres en el campo de batalla lo había obligado a abandonar los ejércitos en los que combatió. Ahora era un alma libre: el Señor guiaba sus pasos mientras se aproximaba a Florencia, impulsado por la llama azul de la venganza.

Bancos de niebla ocultaron la maleza enmarañada y deformaron las dimensiones del pantano, creando una atmósfera sobrenatural. Lo peor era la fetidez de las aguas: imaginaba siglos de locura humana, sacrificios impíos y enfermedades capaces de hacer perder la cabeza a cualquier cristiano devoto de Dios. Incómodo, el caballo resopló y pisoteó la tierra con los cascos delanteros, levantando una nube de polvo.

—Tranquilo —dijo, acariciando con su mano enguantada el cuello del animal—. A mí tampoco me gusta.

El jinete apretó la capa alrededor de sus hombros, estudió aquella naturaleza amenazadora y encajó las mandíbulas: no sabía qué camino escoger. Exhausto, se limpió la suciedad del rostro. Llevaba más de dos semanas sin tomar un respiro, cabalgando día y noche detrás de un adversario que no se atrevía a dar la cara. El puritano inspiró aire: los mapas que había traído desde Inglaterra eran inútiles; en ninguno aparecía aquella ciénaga que abarcaba el horizonte hasta donde la vista alcanzaba. Involuntariamente, acarició la culata del mosquete que colgaba a un lado de la silla. Los últimos días pesaban sobre su espalda y le carcomían el espíritu, absorbiendo sus energías como una plaga.

—¿Cruzamos o no? —preguntó a la montura.

De nuevo sintió la desagradable sensación de ser vigilado. Alguien podía estar esperando el momento adecuado para atacarlo cuando bajara la guardia. El inglés cerró los acerados ojos azules y rememoró a la joven que había encontrado en el linde del bosque: violada y torturada por Le Loup, el enemigo que había jurado cazar. Abrió los párpados; una docena de flamencos rosados levantó vuelo y cruzó el cielo encapotado. La tarde vibró con el aleteo de sus alas.

El jinete se adentró en la marisma, ignorando al animal que avanzaba sin ganas, asustado por la atmósfera insana que los envolvía. Poco a poco atravesaron las aguas con los cinco sentidos alerta, expectantes ante la posibilidad de un ataque. El avance del caballo levantó ecos; el tiempo parecía detenido, suspendido sobre el lodo burbujeante que amenazaba con tragarlos. La oscuridad creció: apenas podía ver lo que tenía ante las narices. El chillido de un topo asustado lo hizo estremecer y soltar una blasfemia indecorosa. Las lagunas ocultaban misterios imposibles de responder: soldados masacrados, aldeanos desaparecidos, brujas quemadas, niños secuestrados por los sirvientes del Diablo.

El puritano vestía sombrero de ala ancha, vestiduras negras y sombrías, botas de cuero hasta los muslos y un cinturón ancho donde colgaban un largo estoque en una vaina sin adornos y dos pistolas de aspecto temible. Le costaba reconocer al mercenario enlutado y solitario en el que se había convertido. Su infancia en Devonshire había muerto; el pasado ardía miles de kilómetros atrás, una imagen abstracta que ya no le proporcionaba consuelo.

El inglés se secó el sudor de la frente con un pañuelo escarlata. Entonces, una sombra cruzó los cañaverales. Tenso, con los ojos enrojecidos por la falta de sueño, miró las hierbas e ignoró los vapores venenosos. Tiró de las riendas, pero fue inútil: su instinto de luchador le advertía que tendría problemas. El jinete hizo retroceder al caballo, vadeó una laguna más profunda que las otras e irrumpió en un claro rodeado de juncos retorcidos.

Tuvo la tentación de encender la yesca con pedernal y eslabón, pero no quiso atraer a nadie hacia su posición. Intuía que la luz lo volvería vulnerable: un riesgo que no estaba dispuesto a correr. Mareado, apretó el pomo de la silla y recuperó el equilibrio. Los efluvios de la ciénaga le estaban jugando una mala pasada; no debió arriesgarse a cruzarla a aquellas horas. Su temeridad podía conducirlo a la autodestrucción. Se había perdido. Apretó los flancos del animal y se dirigió hacia un islote situado a su diestra, con la esperanza de encontrar el sendero que lo había conducido hasta allí.

A través de la bruma, durante un latido de su corazón, contempló una cara familiar... y luego se ocultó en las tinieblas.

 

II

 

UNA APARICIÓN DEL PASADO

 

 Un murmullo le escapó de la boca seca.

—¿Padre? —inquirió con recelo—. ¿Eres tú?

Solomon...

¿Había escuchado la voz del difunto Josiah Kane?

—¿Padre?

Una oleada de temor ascendió por su columna vertebral.

—¿Padre?... ¿Estás ahí?

La sangre le zumbaba en los oídos. Un hervidero movedizo le cubrió el cuerpo: enormes mosquitos chocaban contra su anatomía. El jinete agitó la mano, apartó a los insectos y taladró la negrura con la mirada, buscando el rostro de su progenitor.

—Siento haberte decepcionado, padre —susurró—. Los Tudor exterminaron a nuestra orden sin que pudiéramos evitarlo.

Su confesión se desvaneció. Quedaban pocos minutos de luz; pronto estaría a merced del terreno traicionero, encerrado entre las algas cubiertas de espuma.

—He sido un buen cristiano, padre —explicó—. Jamás me he apartado del camino recto.

El silencio sepulcral, matizado por el zumbido de los mosquitos, le dio la impresión de que estaba a punto de perder la cordura.

—¿Dónde estás, padre?

La neblina no le ofreció respuesta. El aire le pesaba en los pulmones y el cieno parecía espesarse por segundos.

—Padre...

Entonces su progenitor emergió entre las cañas, montado en un ruano de gran altura, y se dirigió hacia él. Su figura era borrosa; una impresión de triste bondad cubría su aura espectral, la misma que había visto en su rostro el día del funeral, hacía más de una década.

—¡Dios Todopoderoso!

Josiah Kane susurró con voz ronca:

Ten cuidado, hijo. Los pantanos de la Camarga rebosan de peligros.

Solomon sintió la carne erizarse.

—¡Brujería! —farfulló—. ¡Esto es obra de Satanás!

La voz del espectro resonó desde una distancia imposible.

He vuelto del más allá para advertirte que temo por tu vida...

Un juramento escapó de los labios de Kane.

—¡Por Lucifer! ¿Por qué me atormentas con tu presencia?

La figura comenzó a desvanecerse.

He de irme —musitó—. Recuerda que siempre te querré, hijo mío.

Un puño angustioso le apretó las entrañas.

—¡Padre! —gritó—. ¡Vuelve, padre!

El espectro de Josiah Kane se despidió con un susurro que pareció venir del fondo de las aguas:

Nos encontraremos en el Reino del Señor, Solomon...

 

III

 

LOS ACÓLITOS DE SATANÁS

 

Antes de que pudiera reaccionar, el cuerpo cambió y se convirtió en una máscara cruel: el filo de una espada buscó su cuello. Kane retrocedió, impulsado por sus reflejos entrenados, y esquivó la hoja que le lamió la nuez de Adán. Rápido como un resorte, sacó el cuchillo de la funda y lo hundió en el muslo de su atacante. Un aullido desgarró la niebla y rompió la quietud de la ciénaga.

Un caballo irrumpió entre los herbazales, bufando espuma por los belfos y con los ojos inyectados en sangre. Atontado, Kane desenvainó el estoque y logró parar un hachazo a duras penas. Una lluvia de chispas azules empañó su campo de visión. Dando un tirón a las riendas, saltó hacia adelante, escapó de sus adversarios y alcanzó una isla de hierbas quemadas por el sol.

Una flecha se clavó en su hombro. El aguijonazo, a la altura del deltoides, lo obligó a rechinar los dientes. Tres enemigos tomaban posiciones. Solomon Kane reconoció su calaña de inmediato: bandidos, asaltantes de caminos, escoria que creía haber encontrado una presa fácil. El puritano arrancó la flecha, sacó el pistolón y disparó. El proyectil cruzó el aire y lanzó hacia atrás al primero de ellos. Guardó el arma y detuvo una nueva embestida del hacha; el golpe le insensibilizó el brazo y le provocó un calambre hasta el hombro.

—¡Te mataré! —bramó el rufián—. ¡Me comeré tu corazón!

Kane le dio un cabezazo y le rompió la nariz. La sangre le salpicó los ojos y nubló su visión. El hombretón lanzó un grito rabioso; sus ojillos porcinos se llenaron de lágrimas mientras se llevaba la mano a la cara ensangrentada. El inglés aprovechó la oportunidad y cortó la cincha de la silla: el gigante resbaló y se hundió en el cieno como una roca.

Otra flecha rozó el cuello de Solomon. Clavó los talones en los flancos del animal, atravesó los cañaverales y descargó la espada contra el casco del arquero. La hoja partió el cráneo hasta la mandíbula; trozos de masa encefálica saltaron de la herida espantosa.

Se volvió. El hombretón cruzaba el claro, enarbolando el hacha sobre los hombros, dispuesto a asesinarlo. El caballo relinchó, herido de muerte, con el costado abierto; las entrañas se derramaron sobre el barro. El agua invadió sus pulmones. Kane liberó la pierna atrapada bajo el cadáver del animal, levantó el estoque y contuvo la arremetida de su adversario. Escupiendo lodo, le propinó una patada en la entrepierna. El bandido brincó hacia atrás, soltando juramentos.

El inglés se incorporó, se arrancó el sombrero anegado de barro. Su expresión taciturna y amarga fue sustituida por el odio. El gigante se recuperó. La hoja del hacha rozó la cara de Solomon y le abrió un tajo en la sien. Kane dominó el dolor, cambió el arma de mano y la hundió hasta la empuñadura en el vientre del rival. El hombretón chilló y atrapó la hoja con las manos desnudas, expirando como un condenado en la cruz. El puritano retorció el estoque, sádico, gozando de su espantosa agonía.

La vida abandonó al gigante; sus ojos se pusieron en blanco y exhaló un estertor.

—¡Bastardo! —maldijo Solomon—. ¡Púdrete en el Averno!

Temblando por la tensión, enfundó la espada. Tambaleante, apretó la herida y detuvo la hemorragia como pudo. Uno de los caballos miraba el cadáver de su dueño, nervioso, con los ojos inflamados por el miedo. Kane lo tomó por las riendas y trató de calmarlo.

Agotado por la batalla, lo condujo hasta un islote y lo ató a una raíz que sobresalía entre las hierbas. Luego registró los cuerpos y se apoderó de sus escasas posesiones: unas monedas de cobre, alforjas con víveres, un pedernal de repuesto y una cuerda de buena factura. Aborrecía desvalijar a los muertos, pero no podía permitirse escrúpulos: había agotado las baratijas que guardó antes de salir tras Le Loup y necesitaba todo lo que encontrara para seguir adelante.

Más tarde, recogió sus pertenencias, ensilló la nueva montura y arrastró los otros dos corceles atados a la perilla de la silla. No podía quejarse: seguía vivo. Pocos hubieran sobrevivido a aquella emboscada. Lo sentía por el caballo caído; fue un buen compañero, merecía algo mejor que un hachazo en las tripas.

Cuervos siniestros surcaron los cañaverales, atraídos por el olor de la sangre, listos para darse un festín.

—¡Que os aproveche, pequeños! —dijo el inglés con sarcasmo.

La frase murió en sus labios. Una mano helada le paralizó el corazón. El mistral agitó el follaje y desdibujó su contorno. Entre las volutas de niebla vio el verdadero rostro de los cadáveres: cuerpos marchitos, piel apergaminada, colmillos de bestia, harapos que exhalaban el aliento de la tumba.

Vampiros… hijos de Lucifer, sedientos de la sangre de los inocentes.

El puritano retrocedió, tambaleante. Su mente de creyente rechazaba aquella visión impía, pero su alma sabía que era cierta. La ciénaga, los muertos, el olor del azufre... todo hablaba del Reino del Enemigo.

Espoleado por el miedo y la ira, Kane marchó hacia levante, en busca de tierra firme. Detrás de él, la niebla se cerró como una lápida. Aún le quedaba mucho camino por recorrer hasta Italia… y el Infierno no olvidaba su nombre.



viernes, febrero 20, 2026

ENTREVISTA MOMO: MÚSICA PARA DÍAS DE MIERDA

MOMO es un proyecto de rock-punk nacido en Valencia y capitaneado por Marcos (Mafalda). Suena directo, sin rodeos, y está pensado para sudarlo en el escenario. Son canciones que transforman la rabia del día a día, la precariedad y el cansancio generacional en algo compartido, pero sin caer en el victimismo. Canciones para un día de mierda, su primer disco, mezcla energía, actitud y sentimiento de comunidad con una idea muy clara: aunque a veces todo se tuerza, la buena gente acaba imponiéndose

El título Canciones para un día de mierda suena a desahogo, pero también a plantarse y resistir. ¿En qué momento personal nace este disco? ¿Qué estabas necesitando sacar fuera cuando escribiste estas canciones?

MOMO para nosotras es un sitio seguro donde poder expresar nuestra música con la única responsabilidad de divertirnos y hacerlo lo mejor posible. Después de 15 años de Mafalda esto es justo lo que necesitaba. Eso, y juntarme con unxs artistas con tanto talento como Victoria, Jose, Carlos y Saul.

No buscamos otra cosa que hacer la música que nos gustaría escuchar, evitando radio fórmulas y dándole al público algo diferente. Teníamos claro que el disco podía ser cualquier cosa menos aburrido. Por desgracia hoy en día a la bandas les da miedo arriesgar, se lanza tanta música todos los días que es muy difícil diferenciarse.

El álbum rehúye la autocompasión y apuesta por la fuerza, el pogo y la urgencia. ¿Tenías claro desde el principio que querías ir por ahí o esa energía fue saliendo sola mientras componías?

Teníamos claro que si volvíamos a apostar por la música era para hacer algo contundente y picante, algo que te hiciera despertar por dentro emociones que solemos tener dormidas, rabia, amor incondicional, ganas de luchar y de romperlo todo, inconformidad.

En las letras aparecen la precariedad, el agotamiento y la frustración de toda una generación, pero también los afectos y el apoyo mutuo. ¿Cuidarnos entre nosotros se ha convertido, hoy más que nunca, en un gesto político?

Venimos de una larga época donde muchas bandas han evitado apostar por mensajes explícitos y la "metáfora" en las letras ha sido el vehículo para tratar temáticas que a mi parecer deben ser más contundentes y dolorosas. Creemos en la música como un elemento transformador de la sociedad a nivel político y aunque hemos vivido recientemente la subida de bandas con temática de "Izquierdas" a un nivel grandísimo esto no se ha traducido en la sociedad. Mensajes vacíos no llevan a nadie a plantearse nada.

Temas como «Paren el mundo» o «¿La buena gente siempre gana?» tienen algo de himno. Cuando escribes, ¿piensas ya en cómo van a explotar en directo o es el escenario el que termina de darles su verdadero sentido?

Sin duda somos una banda de directo. Pensamos en el directo en cada paso y una de nuestras recompensas reside en buscar esa energía en la gente en nuestros conciertos, esa complicidad. Cantar y bailar canciones debería ser algo emocionante y liberador, buscamos que la gente vibre fuerte siempre que se pueda.

MOMO nace como proyecto musical, pero también como refugio para ese “ejército de raros”. Cuando te sientas a escribir, ¿a quién le estás hablando realmente? ¿Quiénes son esas personas?

Creo que las personas nos conformamos pero que no queremos hacerlo y creo que a pesar del miedo a diferenciarnos y pelear por un cambio en el status quo de la sociedad, realmente hay un ejército dormido de personas "raras" esperando el momento adecuado para explotar y romperlo todo para crear algo mejor. Les hablo a ellas.

El disco inaugura Alcazaba Records, que se define más como un espacio ético que como un sello al uso. ¿Qué significa para ti levantar ese “castillo donde solo entra la buena gente”?

Para nosotrxs es un orgullo que Alcazaba alce el vuelo casi con MOMO y que sigan naciendo proyectos underground antifascistas y que apuestan  por la originalidad y el amor a la música. Queremos rodearnos de esa gente que todavía no piensa solo en el dinero o en la rentabilidad, quedan muy muy pocas.

A nivel sonoro es un álbum compacto, sin rellenos ni rodeos. ¿Cómo fue el proceso de grabación? ¿Qué aportaron Jose Sempere y Víctor Llinares para que el resultado suene así de sólido?

Jose fue el productor del disco aparte de guitarrista de la banda, él aportó una barbaridad de elementos y una visión muy diferente a lo que estaba acostumbrado, al final tocar tantos años en Mafalda nos hizo caer sin querer en las mismas dinámicas y en las mismas discusiones y creo que eso provocó que bajara la calidad de nuestras composiciones.

Víctor por otro lado masterizó el disco y fue un lujo trabajar con él, realmente entendió el sonido que buscábamos.

Ahora que el disco ya está fuera y rodando: cuando todo parece torcerse, ¿qué te gustaría que sintiera alguien al ponerse los cascos y darle al play a MOMO?

Quiero que sientan emociones salvajes, quiero que les dé morbo lo raro, la atracción de lo diferente. Quiero que la gente apoye a las bandas Underground, que vayan a sus conciertos y que sientan el movimiento político y musical como suyo, que formemos parte de algo grande y trasnsformador de nuevo, diablos añoro las tribus urbanas y las luchas políticas que les acompañaban.



jueves, febrero 19, 2026

POEMA: «VOCES DEL RECUERDO», PUBLICADO EN REVISTA HOJAS SUELTAS

Voces del recuerdo

son murmullos de ríos

que discurren serenos

por tiernas riberas

en torno a mi cuerpo.

 

Voces del recuerdo

emiten sonidos apagados

que nunca coincidirán

de la misma manera

en el mismo espacio.

 

Voces del recuerdo

relatan la magia de los ecos

con palabras sencillas,

cargadas de enigmas

que me hacen feliz.

 

Voces del recuerdo

acogen mi alma en su seno

mientras experimento los sueños

de cada personaje que creo

y que forman parte de mí.




viernes, febrero 13, 2026

RELATO: «CARRETERA AL INFIERNO», PUBLICADO EN REVISTA BLASTER

Funny how secrets travel

I'd start to believe, if I were to bleed

Thin skies, the man chains his hands held high…

David Bowie

 

1

 

La autopista se sucedía. Las luces fantasmagóricas del anochecer iluminaban la vía oscura e interminable, que cobraba vida gracias a los faros del vehículo, dejando un recuerdo suspendido en la frontera del sueño. El narcótico le hacía sentir una oleada intensa de energía, fluyendo con violencia por su cuerpo, incitándolo a presionar el acelerador, inmerso en una sensación de irrealidad.

A aquellas horas de la madrugada apenas había tráfico. El frío penetraba por la ventanilla abierta, mientras las líneas intermitentes, devoradas por los focos, desaparecían difuminándose en la negrura.

 

2

 

La música llenaba el local abarrotado; focos estroboscópicos lanzaban destellos irreales contra las masas sudorosas, fragmentando los rostros brillantes que se agitaban en una excitación colectiva. Divisó a la mujer entre la multitud: su cabello rubio platino era inconfundible. Se detuvo en la sombra de sus pómulos, en la boca ancha y sensual, en el vestido plateado que realzaba sus curvas.

 —¡Cuánto has tardado!

—Lo siento —respondió ella—. He tenido dos pacientes a última hora.

—No pasa nada. —Encendió su cigarrillo con un Zippo—. Tomemos algo.

Abriéndose paso entre la gente, le tomó la mano húmeda, sintiendo una reacción física inmediata al contacto con su piel. Sonrió levemente y ocupó un asiento en la barra.

—Un whisky con hielo —pidió—. Y para ella… ¿qué deseas?

—Lo de siempre.

—Vodka con lima.

Se volvió hacia ella y la besó con suavidad.

—Estás preciosa.

—Gracias —respondió con una sonrisa ambigua—. ¿Cuándo sales al escenario?

—En quince minutos.

La observó en silencio, saboreando la cercanía.

—¿Qué te parece el grupo?

Ella dirigió la mirada al escenario. Los músicos tocaban con intensidad hipnótica. El vocalista giraba frente al público —cabello a lo Jim Morrison, traje de cuero negro ajustado, botas altas con remaches metálicos, uñas pintadas de negro— con el micrófono pegado a los labios.

 

Let's shirt the issue of Discipline

Let's start an illusion

With hand and pen

Re-read the words and start again

Accept the gift of sin

The gift of...

 

3

 

—¿Qué pensaría tu esposo de esto? —preguntó una voz grave, con ironía.

La habitación estaba a oscuras; sobre la cama desordenada se elevaba el humo fino de dos cigarrillos, dibujando arabescos en el techo.

—No lo sé —respondió ella—. Supongo que no le agradaría.

—Cada cual es como es. —Sus ojos la observaban con atención—. La vida no siempre ofrece respuestas sencillas.

—Regresará por la mañana. —Apartó un mechón de cabello de su rostro—. Actúa toda la noche en ese club. Nunca tiene tiempo para mí.

—¿No es suficiente para ti?

—No —respondió con calma—. Hay un vacío que no logra llenar.

El contacto entre ambas se volvió más cercano.

—¿Lo necesitas ahora?

—Sí —comprendió, mientras un suspiro escapaba de sus labios—. Por favor…

 

4

 

Confuso, tras aparcar el BMW, avanzó sobre la arena ardiente. El sol lo cegaba, deformando sus recuerdos en figuras inquietantes.

—Camina —ordenó una voz infantil en su interior—. Ya no hay vuelta atrás.

Continuó avanzando. Sus botas se hundían en las dunas incandescentes.

—No te detengas.

La frustración lo desbordó. Se llevó las manos a la cabeza. Las lágrimas nublaron su visión. El mar rompía contra la costa; la espuma se deslizaba sobre las rocas oscuras. El graznido de las gaviotas resonaba en su mente.

—¿Qué estás esperando?

—Déjame en paz —murmuró, al borde del colapso—. Déjame tranquilo.

El arma pesaba en sus manos. Una risa distante lo devolvió al presente. Al girarse, vio a un niño observándolo desde lo alto de una duna. Quiso hablar, pero comprendió la verdad: el niño era él mismo.

 

5

 

Sujetando el micrófono, dobló una rodilla y se inclinó hacia el público. La tensión marcaba su rostro. Soltó el soporte y dejó que el cable colgara libre bajo las luces azuladas. Sacudió la cabeza, sin apartar la vista de su esposa, que reía en la barra junto a un desconocido.

 

I hear the sons of the city and dispossessed

Get down, get undressed

Get pretty but you and me,

We got the kingdom, we got the key…

 

6


La noche cubrió la realidad con su manto sombrío y el niño desapareció como si nunca hubiera existido. Un elegante chalet de dos pisos se alzaba ante su figura, dibujando una enorme sombra sobre la arena blanquecina. Aferró la escopeta de cañones aserrados y subió por las escaleras del porche.

Abrió la puerta sin emitir sonido alguno, con la llave que llevaba en el bolsillo del pantalón. Dirigiéndose hacia el dormitorio, mientras ascendía los escalones, escuchó los gemidos de placer de las dos mujeres.

Su silueta se materializó en la entrada: una presencia que presagiaba un horror inmediato, mostrando los ojos negros del arma a punto de estallar…

 

7

 

—¿Recuerdas a la chica que empezó a trabajar la semana pasada en el club?

—Sí. ¿Qué ocurrió?

—La encontraron sin vida en su casa.

El cigarrillo desprendía espirales de humo.

—Ella y su acompañante. Murieron por el disparo de una escopeta.

—¿Quién pudo hacerlo?

—Algún desesperado como tu marido, quizá.

 

8

 

Tras el escenario, preparó el polvo blanco con precisión sobre un amplificador. Aspiró profundamente. Una oleada de energía recorrió su cuerpo. Echó la cabeza hacia atrás, respirando con dificultad. Sus ojos estaban muy abiertos. Era su momento.

Salió al escenario. Las pantallas fragmentadas brillaban a su espalda. Ignoró los aplausos y se sumergió en la atmósfera densa del espectáculo.

 

White on white, translucent black capes

Back on the rack

Bela Lugosi's dead

The bats have left the bell tower

The victims have been bled

Red velvet lines the black…

 

9

 

Apartando el arma a un lado, evitó el disparo directo. Las postas destrozaron la puerta. Fragmentos de cristal lo cubrieron. Respondió con un golpe certero en el abdomen de su oponente.

Ambos cayeron, rodaron por las escaleras y terminaron en el porche. Un impacto le abrió una ceja. La sangre nubló su visión.

Frente a frente, se incorporaron. Dos figuras exhaustas: una, delgada y vestida de negro; la otra, más corpulenta, con chaqueta de piel de serpiente. Se midieron bajo la luz de las estrellas. Una navaja apareció de pronto y trazó un movimiento rápido.

La sangre salpicó la arena fría con su color carmesí…

 

10

 

La autopista se sucedía. Las luces fantasmagóricas del anochecer iluminaban la vía oscura e interminable, que cobraba vida gracias a los faros del vehículo, dejando un recuerdo suspendido en la frontera del sueño. El narcótico le hacía sentir una oleada intensa de energía, fluyendo con violencia por su cuerpo, incitándolo a presionar el acelerador, inmerso en una sensación de irrealidad.

A aquellas horas de la madrugada apenas había tráfico. El frío penetraba por la ventanilla abierta, mientras las líneas intermitentes, devoradas por los focos, desaparecían difuminándose en la negrura.




miércoles, febrero 11, 2026

ENTREVISTA CELESTIAL BUMS: MUROS DE SONIDO Y RUPTURA ENVOLVENTE

Desde Barcelona, Celestial Bums llevan más de una década explorando los límites de la neo-psicodelia, el shoegaze y el dream pop. Considerados pioneros del género en España y convertidos en banda de culto dentro de la escena europea, su música traza viajes íntimos y cósmicos a través de paisajes sonoros envolventes y profundamente emocionales. Con Minutes From Heaven, su nuevo álbum, la banda firma el capítulo más personal y liberador de su trayectoria.

Desde vuestro debut en 2012 se os ha considerado una banda en constante transformación. ¿Cómo sentís que ha cambiado Celestial Bums a nivel creativo y humano a lo largo de estos años?

En el plano artístico y creativo, como bien dices, somos un grupo en constante transformación. En cada nuevo disco intentamos que nuestra esencia encuentre otros ropajes para poder manifestarse; nuestro ADN siempre está presente. A veces ocurre, como en nuestro primer álbum homónimo (2012), con canciones de diez minutos en un viaje más profundo e hipnótico; o como en Ascend (2016), donde el rock psicodélico y los muros de sonido cobran mucha fuerza. Después llegaría Sleep Inside a Horse (2020), con un sonido más nítido y abierto, anteponiendo los detalles a las capas de sonido y a la masificación de arreglos.

En el plano personal y humano, el cambio también ha sido importante. Hemos experimentado grandes transformaciones en nuestras vidas, y esto nos ha llevado a replantear muchas cosas: desde la composición y la grabación hasta la estructura y el formato de la banda a la hora de defender el directo. Pero lo misterioso de Celestial Bums es que, a pesar de las dificultades personales y los obstáculos que podemos encontrar ahí fuera, de una manera u otra la banda encuentra fisuras en el sistema para filtrar su música y su mensaje. Hay una fuerza que va más allá de nosotros que nos empuja a continuar.

Minutes From Heaven se presenta como vuestro trabajo más íntimo y personal. ¿En qué se diferencia este disco de los anteriores a la hora de componer y producir las canciones?

Como comentábamos, cada disco se ha hecho en circunstancias distintas, y este también ha sido el caso. La sensación es que en Minutes From Heaven el proceso, en conjunto, ha sido más espontáneo, más libre y ha fluido con mayor facilidad que en otras ocasiones.

A la hora de componer un posible nuevo disco teníamos claro que debía ser algo libre de prejuicios y fijaciones externas. No siempre es sencillo. Decidirnos a hacerlo fue una necesidad, pero conllevaba explorarnos a nosotros mismos sin saber cuáles iban a ser los resultados. No ha sido necesariamente un proceso corto, como imaginábamos al principio, pero los temas han surgido con más claridad y de forma más directa.

A nivel de producción, esta se ha quedado en casa. Hemos tomado las decisiones que considerábamos oportunas y, diría, nos hemos escuchado más que otras veces. Únicamente Bobby Hecksher, de The Warlocks, se involucró en el proceso de producción y nos dio su valiosa opinión, que por supuesto tuvimos en cuenta.

El álbum fue escrito durante un periodo de profunda transformación personal para Japhy Ryder. ¿Hasta qué punto lo emocional y lo vital marcaron el sonido y las letras del disco?

El proyecto había pasado por un periodo de menor actividad, y eso dio lugar a transformaciones vitales en otros ámbitos. Uno tiene que aprender a digerir esos cambios y no olvidar cómo quiere seguir escribiendo su propia vida ni qué decisiones debe tomar para lograrlo. Expresar cómo te sientes, descubrir qué resuena en tu interior…

Para Japhy, hacer todo eso a través de una melodía o una letra es una forma esencial de autoconocimiento y alivio.

Vuestra música siempre ha orbitado entre la neo-psicodelia, el shoegaze y el dream pop. ¿Creéis que este nuevo LP define de forma definitiva vuestro universo sonoro o es solo una nueva estación en el viaje?

Muy probablemente nuestro universo sonoro primordial nació con una impronta, una huella que, a lo largo de nuestros trabajos, ha seguido siendo muy reconocible. En este sentido, alcanzamos una madurez sonora desde nuestros inicios; de hecho, ese fue el gran punto de partida que nos unió a todos. Comprendimos bien la esencia de un estilo que por aquel entonces aún era bastante desconocido a nivel nacional, y éramos plenamente conscientes de ello.

 Por lo tanto, podríamos decir que nuestro nuevo trabajo, más allá de lo sonoro, plantea un universo más emocional y personal.

Habéis girado extensamente por Europa y compartido escenario con bandas clave del género. ¿Qué ha cambiado en vuestra forma de tocar en directo después de tantos kilómetros y experiencias compartidas?

Es un gran aprendizaje poder girar por Europa; uno aprende mucho observando cómo el otro se desarrolla en el escenario y también fuera de él. Resulta muy interesante situarse como observador y espectador de los músicos y bandas con los que compartimos cartel: se aprende muchísimo.

Es maravilloso poder salir de casa y encontrarte con un público y lugares nuevos. Es una experiencia profundamente inspiradora.

En vuestras canciones hay un equilibrio muy marcado entre la calma introspectiva y la catarsis distorsionada. ¿Ese contraste nace de forma consciente o es algo que surge de manera natural en el proceso creativo?

Creo que, al igual que nuestro sonido, en nuestra propia naturaleza oscilamos entre esos dos aspectos. Nos sentimos muy cómodos en los temas de medio tiempo, buscando constantemente una belleza envolvente que, a su vez, contenga momentos de ruptura.

Podemos decir que ese contraste del que hablas es necesario para expresarnos y que surge de manera natural durante el proceso.

Muchas críticas destacan que es en directo donde se revela vuestra verdadera intensidad. ¿Cómo afrontáis la adaptación de un disco tan introspectivo como Minutes From Heaven al escenario?

El directo es donde realmente somos felices y donde podemos expandirnos sin las limitaciones técnicas del estudio de grabación. En ese sentido, en nuestros nuevos conciertos volvemos al formato de quinteto, con tres guitarras sobre el escenario. Teníamos claro que, si regresábamos al directo, queríamos hacerlo con todas las consecuencias.

Eso nos da un extra de intensidad que nos gusta aportar en el live.

Mirando hacia adelante, ¿qué os gustaría que el oyente se lleve después de escuchar Minutes From Heaven de principio a fin, tanto a nivel emocional como sensorial?

Tenemos que aprender, como artistas, que una vez que el disco sale a la luz no podemos pretender controlar lo que el oyente debe sentir o percibir. Resulta muy ilusionante dejarse sorprender: aquellas ideas que dábamos por cerradas quizá se transforman cuando, del otro lado, surge una nueva visión de la canción.

Puede tratarse de una melodía que no era protagonista y que se descubre a medida que aumentan las escuchas, o de una frase de la letra que el oyente recibe y que conecta directamente con sus emociones, tanto a nivel emocional como sensorial.



viernes, febrero 06, 2026

WILLIAM S. BURROUGHS: «EL TRABAJO - ENTREVISTAS CON WILLIAM S. BURROUGHS» (ENCLAVE DE LIBROS, 2014)

Todos los sistemas de control se basan en el binomio castigo-premio. Cuando los castigos son desproporcionados a los premios y cuando a los patrones ya no les quedan premios, se producen las sublevaciones.

William S. Burroughs


Novelista, intelectual, ensayista y crítico social, William S. Burroughs fue una de las mentes más peculiares y brillantes de su generación; el hombre que sobrevivió al infierno de los narcóticos —piedra angular de toda su obra— para plasmarlo en sus escritos. En ellos encontramos una invectiva mordaz contra el sistema, una continua experimentación estilística y un incesante delirio creativo. Influido por Rimbaud, T. S. Eliot, Genet, Beckett, Artaud, Joseph Conrad y Bataille, desarrolló un universo propio, poblado por mutaciones físicas y mentales, donde los paisajes de ciencia ficción bañados por la lluvia nuclear conviven con ciudades en ruinas y supervivientes reducidos al primitivismo más elemental. Su visión del mundo, anárquica e iconoclasta —entre la paranoia, el pesimismo y la sátira—, ha ejercido una profunda influencia en la literatura, el cine, la música y la pintura. Hablamos, en definitiva, de un autor que atravesó y marcó a cuatro generaciones distintas: beatniks, hippies, punks y cyberpunks.

Burroughs se caracteriza por su búsqueda constante de nuevas formas de lenguaje, la liberación personal, la experimentación sexual y su afición por las armas de fuego —símbolo del poder y la violencia institucional—. Tal como explica en la serie de entrevistas y relatos reunidos en El trabajo (Enclave de Libros, 2014), utilizó grabadoras, cámaras de televisión, noticias, periódicos, mítines políticos, conversaciones, insultos y toda clase de efectos para montar sus collages literarios. La cultura pop —no el mainstream socialmente aceptado, sino el underground, la fina línea que separa un cuerpo hambriento de un chute de heroína— contaba con un auténtico exterminador entre sus filas.

Según el autor, la palabra es un «virus» que se fusiona con su portador, modificando de forma definitiva su estructura genética y, por consiguiente, la evolución de la especie. Una simbiosis comparable a la del adicto con los narcóticos: ambos quedan unidos de manera irresoluble. Desde el Jardín del Edén hasta la sociedad norteamericana ensombrecida por el resplandor atómico de Hiroshima, pasando por milenios de guerras, locura, devastación y muerte, Burroughs rastrea esa infección del lenguaje. En ese contexto se sitúa una época marcada por el escándalo de Watergate, las junglas de Vietnam bañadas por el napalm y el asesinato de Martin Luther King. No olvidemos que la edición original de este libro apareció por primera vez a finales de los sesenta.

Con el propósito de contrarrestar la literatura convencional, Burroughs desarrolló técnicas como el cut-up (cortar el texto y distribuirlo aleatoriamente), el fold-in (trasladar el final de una página al principio para generar una sensación de flashback) y el splice-in (usar varias grabadoras con diferentes sonidos a la vez). De esta manera rompió la codificación lineal de la escritura en favor de formas artísticas no lineales, que le abrían caminos y asociaciones alternativas. Aunque estos experimentos puedan parecer caóticos o carentes de sentido, en realidad eran lo opuesto: Burroughs seleccionaba y combinaba sus fragmentos con sumo cuidado, logrando una perspectiva caleidoscópica y plural que —como afirmaba— le permitía anticipar el futuro. Una visión surgida de la neblina de los opiáceos que desmantelaba cualquier noción de modernidad establecida.

El autor despedaza al sistema pudiente que, además de crear generaciones consumistas y superficiales, aniquila cualquier forma de individualismo, pensamiento propio o creatividad. El control, la manipulación, el capitalismo, la muerte de las emociones, el patriotismo, la familia y la educación son diseccionados con la precisión quirúrgica de un cirujano gracias a una lucidez nacida de la suspicacia, el sarcasmo y la procacidad. Para Burroughs, la juventud representaba la posible salvación del planeta, siempre y cuando lograra liberarse de los dogmas inculcados y optara por la rebelión en las calles: la única forma de enfrentarse a un sistema corrupto, tan decadente como uniformador.

Como destructor y constructor del lenguaje, icono cultural y francotirador agazapado en el extrarradio del academicismo, Burroughs rechazó toda etiqueta y operó durante su vida al margen de las modas, los conceptos y los clichés. Denunció cómo el monopolio de las élites —gobiernos, inmobiliarias, ingenierías, corporaciones médicas y automovilísticas, entre otras— controla la riqueza, la cultura y los avances científicos para conservar sus privilegios, mientras mantiene en la ruina a quienes se encuentran por debajo de su nivel. En sus textos reaparecen obsesiones recurrentes: el tratamiento revolucionario con apomorfina (que lo ayudó a desintoxicarse definitivamente), el acumulador de orgones patentado por Wilhelm Reich y los infrasonidos capaces de incitar a las multitudes a destruir ciudades.

Huelga decir que Burroughs sufrió en carne propia la censura de los medios debido a su lenguaje obsceno, su misoginia radical y sus puntos de vista extremos. A pesar de ello, se mantuvo firmemente en contra de la pena de muerte, la hegemonía cultural, el histerismo antidroga, la segregación racial, la moral tradicional, el sistema penal y la religión cristiana dominante en Estados Unidos. Irónicamente, pese a provenir de una familia adinerada —su abuelo fue el inventor de la calculadora— que le brindó una excelente educación en las mejores universidades, Burroughs prefirió romper con sus raíces y abrazar la marginalidad. Por ello trató con drogadictos, artistas, ladrones, bohemios, enfermos mentales, románticos, chulos y prostitutas: aquellos que vivían al margen de la sociedad y escupían en la cara del «Sueño Americano». Ese fue el primer paso que lo convertiría en una leyenda que continúa vigente en pleno siglo XXI.



jueves, enero 15, 2026

RELATO: «LUCES DE NEÓN», PUBLICADO EN REVISTA BLASTER

«Tú que sobre la nada sabes más que los muertos».

Mallarmé

 

Sobresaltada, Teiko abrió los párpados rasgados. El despertador digital sonaba sobre la mesilla de noche. De un manotazo lo arrojó al suelo, revolviéndose en la cama de espuma sintética. Su cuerpo desnudo emergió entre las sábanas, músculos firmes de judoka, desperezándose como una gata bobtail. Con movimientos ágiles se dirigió al baño del fondo, sorteando la ropa diseminada en la alfombra.

Bajo el chorro candente intentó apartar los pensamientos oscuros, frotando su piel con fuerza. Al terminar, salió del cilindro de cristal, se secó y vistió con un mono de látex negro. El cabello cortado a capas se arremolinaba alrededor de su rostro oriental, ocultando el implante en la mejilla derecha y velando las pupilas modificadas quirúrgicamente.

Abandonó la planta superior del apartamento y descendió las escaleras en espiral hacia el salón. Sobre la mesa de palo de rosa descansaban una consola Daewoo sin estrenar, un paquete de sushi —su cena de la noche anterior—, varias botellas de Red Bull y un cartón de Dunhill de mercado negro.

Encendió el equipo Sony, pinchó La Valkiria de Richard Wagner y, mientras prendía el primer cigarrillo de la jornada, preparó café negro. Observó los ventanales que mostraban la costa desierta: olas espumosas deslizándose sobre la arena bañada por el sol del mediodía. La música se elevó sobre el silencio del apartamento, devolviéndole una sensación de control. Pero la tranquilidad era engañosa: los hombres de Kanetomak habían pasado la tarde anterior, tres cibersamuráis poderosamente armados. Su hermano tenía problemas.

Los cibersamuráis eran fríos e implacables, máquinas sin alma diseñadas para obedecer. Vestían armaduras negras que absorbían la luz, y bajo sus máscaras sin rostro sólo brillaba una línea roja, delgada y cruel como una incisión. Se movían con una precisión inhumana, silenciosa, guiados por algoritmos de combate que predecían cada gesto antes de ejecutarlo. Eran la voluntad mecánica de la Yakuza: emisarios del miedo, perfección sin compasión, cyborgs odiosos creados para matar sin dudar.

—Corporación Schneider —dijo la máquina—. Debes conseguir el bloque H.G.F.

—¿Qué información contiene el programa? —preguntó con desconfianza.

—No es tu problema. Actúa como una buena hermana o Hiroshi morirá.

—¡Que te den, imbécil! —escupió—. ¿Cómo puedo saber que sigue vivo?

El cibersamurái arrojó unos dedos al suelo.

—¿Necesitas alguna prueba más?

Teiko estuvo a punto de vomitar. Una rabia helada le recorrió el cuerpo.

—De acuerdo —susurró con la voz estrangulada—. Lo haré.

Tras tres tazas de café, se acercó a la consola. La Daewoo chispeaba tras el embalaje. De su dedo índice surgió una cuchilla y rasgó el paquete en dos movimientos. Ignoró el manual, conectó los cables de fibra óptica, ajustó la clavija en su implante facial y se colocó los guantes de retroalimentación. Cerró los ojos un instante y encendió la consola. Sus dedos se deslizaron sobre el teclado imaginario.

Una voz metálica resonó en su implante auditivo:

—Conexión lista. Latidos estables. Temperatura corporal en descenso.

Teiko ignoró los datos clínicos; el miedo y la adrenalina se mezclaban en su sangre como dos sistemas incompatibles. No era la primera vez que se conectaba, pero sabía que cada inmersión podía ser la última. En la superficie, los reflejos de los monitores parpadeaban sobre su piel; parecía una estatua de obsidiana, medio humana, medio espectro, al borde de disolverse en la frecuencia binaria.

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BAUDELAIRE_618.448 // SECURITY CLEARANCE LEVEL: OMEGA_9

SCHNEIDER DEFENSE GRID : NODE BAUDELAIRE_618.448 ONLINE

CORP_NET//BAUDELAIRE_618.448::AUTHORIZED ACCESS GRANTED

> PROTOCOL: H.G.F. > ACTIVE NODE [BAUDELAIRE_618.448]

SYSTEM ALERT: BAUDELAIRE_618.448 ENTERED RESTRICTED ZONE

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Una retícula de luz envolvió sus sentidos, disolviendo el espacio en una negrura sin límites. Meridianos de topacio cruzaban el infinito: logotipos, caracteres en neón, estructuras piramidales de información.

Teiko avanzó en la red, sorteando monolitos de acero que atravesaban el abismo. Su avatar, hecho de estática y código, se movía con precisión quirúrgica. Esperaba que la contraseña falsificada bastara para atravesar el perímetro exterior.

Una serie de notificaciones emergieron a su alrededor, proyectadas en fragmentos de luz azul:

FIREWALL DETECTED // TRACE ROUTE INITIATED // USER SIGNAL: ANOMALOUS.

El pulso de Teiko se aceleró. Veía su propio código descomponerse en líneas que temblaban como si estuvieran vivas. Los algoritmos de defensa de Schneider no eran simples programas: tenían instinto, hambre. Uno de ellos giró su ojo electrónico hacia ella, un centelleo rojo que la atravesó por completo. La sensación fue física, como si una mano invisible tratara de arrancarle el alma.

Cuando alcanzó su objetivo, se paralizó: un astro maligno flotaba en el no-espacio. Cometas defensivos giraban a su alrededor, protegiendo la base de información. Un bloque de defensa emergió, despedía llamaradas de sodio. Teiko contuvo un grito.

Solo es uno, pensó. Puedo librarme de él.

De sus manos surgió un programa con forma de fénix. Las alas rojizas brillaron con intensidad cegadora. Las dos criaturas chocaron, estallando en chispas dentro de la inmaterialidad. Pulsó una serie de códigos y esquivó la garra del enemigo. Escapó del área de interacción, dejando un rastro detectable. Debía darse prisa.

El interior de la base era una réplica de la sede de Schneider. Llegó a la Sección H.G.F., tecleó las claves sobre una pared semitransparente. Los datos aparecieron enmarcados en un rectángulo rosa. Los volcó en su memoria RAM. Entonces la detectaron. Una docena de Agentes Ejecutores emergieron al final del corredor.

Maldita sea, pensó. La he jodido.

Corrió entre los hangares, esquivando las luces cenitales que parpadeaban como ojos artificiales, vigilando cada movimiento. El sonido de los disparos retumbó a su alrededor, una sinfonía metálica que rebotaba entre los muros de acero. Los casquillos golpeaban el suelo como lluvia ardiente. Uno de los agentes cayó con un chasquido seco, su visor astillado por un disparo directo al rostro.

Teiko avanzó a trompicones, respirando con dificultad. La interfaz de su implante se saturaba con mensajes de alerta: niveles de dopamina críticos, daño tisular 34%. La sangre le resbalaba por la clavija de conexión que aún colgaba de su rostro. Se lanzó tras una columna, recargando las automáticas con movimientos mecánicos. La realidad y el código se mezclaban; veía las trayectorias balísticas como líneas de luz suspendidas en el aire, prediciendo dónde moriría si se movía un segundo tarde.

Un proyectil silbó junto a su oído. Disparó a ciegas, y otro ejecutor cayó. Avanzó, rompió los controles de una puerta con un talonazo y se deslizó bajo el marco antes de que los goznes se cerraran de golpe. El corredor que la recibió olía a ozono y metal fundido. Una alarma aguda perforaba el aire. Desde las compuertas laterales emergieron nuevos agentes con armaduras negras y visores rojos.

Rodó, disparó, rodó de nuevo. Cada impacto de su arma levantaba una nube de chispas azules. Las balas impactaban contra los paneles de datos, haciendo estallar ristras de símbolos luminosos que flotaban unos segundos antes de desvanecerse. Uno de los ejecutores intentó flanquearla; Teiko lo abatió con una ráfaga doble, pero otra detonación la lanzó contra el suelo.

Sintió el calor del plasma atravesándole la espalda. Los sensores de su cuerpo artificial estallaron en un torrente de dolor blanco. Aún tuvo fuerzas para girarse y disparar una última vez: el proyectil se incrustó en el pecho de su atacante, que cayó de rodillas antes de evaporarse en una nube de código incandescente.

Otra ráfaga la alcanzó de lleno, fragmentándole el corazón. La tercera hizo que su cabeza explotara en una tormenta de píxeles ardientes. El eco de su grito se prolongó más allá del sonido, convirtiéndose en un espectro de datos que vibró dentro de los bancos de la Corporación. Teiko sintió cómo sus ojos ardían, consumiéndose dentro de la red, mientras su conciencia se disolvía entre las corrientes digitales del sistema Schneider.

Entonces creyó deslizarse en un bosque multicolor: copas que ascendían hacia un cielo imposible. Cruzaba senderos cubiertos de hojarasca digital, una pesadilla emitida por millones de pantallas. Fue una figura varada entre árboles de neón. Intentó pintar una acuarela sobre el lienzo de su memoria, pero los colores se deshacían ante sus manos.

—¿Dónde estoy? —susurró—. ¿Quién soy?

La lluvia ácida caía sobre el alabastro donde flotaba, perdida en un océano de luz. Se encogió, cubriéndose con fragmentos de sueños. Más allá de las estrellas, sus recuerdos la mantenían despierta dentro de la matriz. Y comprendió: ya no había cuerpo, solo código.

Teiko estaba perdida. Había sido absorbida por la red. Su mente se disolvía en el flujo de datos. Hiroshi estaba condenado. Un dolor sordo ascendió por su pecho y, con un último estertor, se rindió.

En el instante final, sus pensamientos se expandieron, confundidos con las corrientes luminosas del ciberespacio. Allí donde la carne terminaba, el alma digital de Teiko continuó viajando, eterna y sin cuerpo.

En la red, los ecos de su conciencia se fragmentaron en miles de pulsos eléctricos. Algunos decían su nombre. Otros eran solo ruido. Pero entre el flujo de datos, algo persistía: una chispa diminuta, un patrón que se negaba a desaparecer.

En los servidores de la Corporación Schneider, un archivo sin clasificación comenzó a replicarse sin permiso.

Nombre de archivo: TEIKO_Ω.resurge

Estado: desconocido.

Las luces de neón nunca se apagan del todo.