Incansable,
Spike pisó el acelerador, quemando kilómetros. Contemplé la carretera en movimiento,
rodeada de árboles agitados por la tormenta. Llevábamos un día sin dormir, de
fiesta en fiesta, a base de éxtasis para mantener el ritmo. Tom me pasó un
porro humeante. La marihuana despejó mis sentidos hechos polvo por el MDMA. El
tema que sonaba en el radiocasete era demasiado estridente; me ponía los pelos
de punta.
Tom susurró:
—Tío, quita
esa mierda.
Spike lo
observó a través del espejo retrovisor. Tenía las pupilas dilatadas como
platos. Una sonrisa maníaca se le dibujó en los labios.
—¡Estás
escuchando a My Bloody Valentine! —exclamó—. ¿No te mola el rollo?
Mi colega
ignoró su tono burlón.
—Ni de coña.
Jane abrió
la guantera, revolvió las cintas y sacó una elegida al azar.
—¿The Stone Roses?
—Odio a The Stone Roses —protestó Tom.
La menda fue
cortante:
—Cierra la
boca, joder.
Todos
estábamos de acuerdo. Necesitábamos música que estuviera en sintonía con
nuestro estado anímico o el bajón sería colectivo, desagradable.
—Pásame el canuto, cerdo.
Obedecí a mi
amiga. Espiré el humo perezosamente y cerré los ojos inflamados por la falta de
sueño. La canción serenó los ánimos de la tropa; a todos empezaba a entrarnos
la paranoia. La melodía penetró en mi cabeza, relajándome. Aquella maravilla
era un himno. El universo volvía a girar en dirección correcta.
I don’t have to sell my soul
He’s already in me
I don’t need to sell my soul
He’s already in me
I wanna be adored…
Me
hormigueaban los dedos. La hierba era cojonuda. Después de veinticuatro horas a
toda pastilla necesitaba una tregua. Spike subió el volumen. Las guitarras
llenaron el interior del viejo Dodge Charger, desvaneciendo el mundo exterior
en una nebulosa distante. Las responsabilidades de la vida cotidiana podían
esperar. Pegué el rostro a la ventanilla. Mi respiración formó una estela
blanquecina sobre el cristal cubierto de lluvia. El tiempo parecía transcurrir
a cámara lenta. La autopista estaba vacía; cero tráfico por ninguna parte.
Éramos los únicos supervivientes de una Tercera Guerra Mundial imaginaria. Las
bombas atómicas se encargaron en exterminar a la raza humana.
I wanna be adored
You adore me
You adore me
You adore me
I wanna
I wanna
I wanna be adored… [1]
Spike
sonreía, caustico, mientras se terminaba el porro.
—¿Te
enteraste de lo del nuevo disco?
Tom estaba
demasiado desfasado como para reaccionar con inmediatez.
—¿De quién? —inquirió—. ¿De The Stone Roses?
—¡Obvio!
—¿Qué pasó?
—La banda
tiene problemas legales.
—¿Y eso?
Jane se
adelantó:
—Silvertone
los ha demandado por incumplimiento de contrato.
—Venga ya—resopló
mi colega.
Spike fue
cínico:
—The Stone
Roses se han vendido; ahora son pura imagen y mainstream. Perdieron su mojo
y, en la actualidad, no se definen en absoluto —imitó las críticas que
aparecían en las revistas—. Todo por la pasta, ¿sabes?
Una historia
tan vieja como el mundo: los ejecutivos discográficos luchaban por explotar a
sus artistas lo máximo posible. El talento o la calidad de los grupos eran
irrelevantes, solo importaban las ganancias. El mundillo musical era una
porquería. Estaba lleno de sanguijuelas, de capullos trajeados dispuestos a
aniquilar a quien hiciera falta. La maldición del segundo elepé: pocos combos
lograban estar a la altura después de facturar un clásico.
El indie,
formado por clases trabajadoras, escupió a la cara a la élite, a las grandes
vacas sagradas y, sobre todo, a la industria. Sellos independientes como Rough
Trade, Mute, Factory, 4AD o Creation, white labels de doce pulgadas,
fanzines, radios piratas tipo Touchdown, Impact y Rush, maxis de importación, newsletters,
bootlegs, salas, promotores locales…; todo al margen de las majors que
cortaban la pana desde hacía siglos.
Una nueva
cultura, posibilidades infinitas, singles de calidad que nunca verías en
los puestos más altos de las listas de ventas, en la horripilante y subnormal
lista de Radio One. Sin embargo, ofrecían alternativas a personas como
nosotros, que teníamos un mínimo de criterio. Citando a Ian Brown: «El pasado es tuyo, el futuro es mío».
Tom replicó,
hastiado:
—La misma
mierda de siempre…
Sin darle
mucha importancia al asunto, continué inmerso en mis pensamientos, mientras
contaba los postes eléctricos que quebraban la monotonía de la vegetación
cubierta de niebla. El buga había respondido de puta madre. Spike era el mejor
conductor del planeta; en ningún momento perdía el control, a pesar de toda la
química que pudiera circularle por las venas. Noctámbulo, apenas dormía unas
cuantas horas diarias; la vida era demasiado breve para desperdiciarla con
chorradas.
La noche
anterior volvió a mi memoria: estuvimos bailando hasta el amanecer en una casa
abandonada, pimplando como locos, en lo profundo del bosque. Caos, luces
palpitantes, una atmósfera hipnótica, hielo seco, buena música... Como siempre,
reconocí a la peña de Liverpool, Manchester, Sheffield, Birmingham y, por
supuesto, Salford. Cuando te mueves en los mismos círculos, acabas por saber de
dónde es todo el mundo.
Tenía la garganta seca, me costaba tragar
saliva. Las secuelas de las pastillas eran leves. Recé para que no me jodieran
vivo; aún quedaba mucha distancia hasta Salford. Jane abrió una botella de Jack
Daniel’s. La última del lote; tendría que durar hasta la tarde, cosa que me
parecía imposible: éramos por antonomasia borrachos. Bebimos a palo seco. El
mantra de Spike: «Mezclar el
Suave Jack es de maricones». El whisky apartó el frío que me
hacía estremecer.
El álbum de
The Stone Roses continuaba sonando. Debía reconocer que era la hostia, pocos
grupos noveles tenían tanto talento. El noventa por ciento necesitaba años de
rodaje para sacar al mercado una obra maestra. Enumeré sus virtudes: la
portada, con su fondo expresionista a lo Jackson Pollock; la excelente
producción de John Leckie; los cortes, que revelaban un groove heredado del rock
clásico de los sesenta. Palabras de Bob Stanley en Melody Marker: «Este es simplemente el mejor álbum debut que he
escuchado desde que compro discos. Olviden a todos los demás, olviden trabajar
mañana». Una verdad como un templo.
La movida Madchester cambió nuestras vidas.
Después de probar el éxtasis no fuimos los mismos; nunca volveríamos a ser
inocentes, la infancia estaba enterrada en una tumba de gravedad. New Order,
Primal Scream, The Stone Roses, James, Happy Mondays, The Soup Dragons, Inspiral
Carpets y The Charlatans tornaron el panorama musical británico, convirtiéndolo
en una juerga perpetua que se desvanecía a pasos agigantados, con su sonido que
bebía de la electrónica, el funk, el soul, la psicodelia, el pop de toda la vida y de la reciente
escena house. El rock and roll había
muerto, solo quedaba lugar para el dance.
—¿Jane?
—Dime.
—Busca algo
de Verve.
Spike soltó
una risotada.
—¿Crees que
mi coche es una discoteca o qué?
Estaba
chalado por aquella banda. Seguía su carrera desde que, por pura casualidad,
los descubrí en The Boardwalk, en febrero de 1991. Los había visto actuar en el
Camden Falcon, en el Academy, en el Tom & Country Club, en el Mill at the
Pier —las tres libras con cincuenta mejor invertidas de mi vida, aunque fue un
tostón de concierto— y en el Camden Town Hall en primera fila. Jane me
consiguió sus sencillos publicados
hasta la fecha: All in the Mind, She’s a Superstar, Gravity
Grave y Blue. Tenía el abono para el festival de Glastonbury, que se
celebraba a finales de junio, y no veía la hora de que sacaran a la calle su debut.
—Sé que guardas
el EP en alguna parte…
—¡Qué listo
eres! —exclamó mi colega.
—Gracias, señor.
Spike
siempre fardaba de haber sido uno de los primeros socios del club Shoom, el
RIP, The Trip, el Spectrum y The Haçienda. Si Whitworth Street hablara… Cuando
la situación lo requería, Phuture, Marshall Jefferson, Joey Beltram, Inner City
y Frankie Knuckles sonaban en el Charger. Acid Tracks era el hitazo
perfecto para pinchar a toda mecha antes de salir de farra. El Roland TB-303[2] revolucionó la historia de la música. Años atrás, en agosto de 1989, cerca
de Reigate, Surrey, el menda estuvo presente en una de las raves más
grandiosas de la historia: unas veinte mil personas la armaron como Dios manda.
Un día de desenfreno, Molly y acid house. Las colas de coches alcanzaban
los cuatro kilómetros. Buenos tiempos. Lástima que me los perdiera.
Tom roncaba
a pierna suelta, acurrucado en posición fetal, con las manos hundidas entre los
muslos y su chaqueta de pana hecha manta. Satisfecho, prendí un pitillo y
expulsé una bocanada de humo. Oscilábamos a la deriva, impulsados por el futuro
ambiguo, naufragando en una tierra extraña, entre los escombros del pasado
reciente. Spike era nuestro guía espiritual: estudiante fracasado, hincha del
Manchester United, viajero acérrimo, buscavidas, consumidor de XTC, camello
a jornada completa, hacha al billar, estrella del rock que nunca había
grabado un disco, el Terence McKenna de la pérfida Albión. Un superviviente, en
definitiva. Tom nos había soplado un rumor que circulaba por el campus de la
Universidad de Salford: durante una rave
enloquecida que duró tres días consecutivos, de jueves a domingo, a las afueras
de Heywood, nuestro colega robó un coche de la pasma. Triposo, condujo sin
rumbo durante horas hasta dejarlo abandonado en las cercanías de la cueva de
Thor, Staffordshire. Como era lógico, nos costaba creer aquella historia; una
fantasmada como la copa de un pino. El amigo, con su malicia habitual, jamás se
molestó en desmentirla. Su frase favorita: «No hay mejor
publicidad que la mala publicidad».
Spike llevó
el vehículo al arcén. Aparcó cerca de la valla y saltó al exterior para estirar
las piernas. Estudié su cuerpo nervudo, terriblemente delgado y de metro
noventa, mientras se alejaba del Charger oscilando los hombros con chulería.
Llevaba ropa de segunda mano del Ejército de Salvación que se ajustaba a su
personalidad como un guante: zapatillas Adidas, pitillos amarillentos, camisa
de cuadros arrugada y chupa de cuero negra. Con aquella pinta de macarra,
ninguna madre con dos dedos de frente permitiría que su hija saliera con el
menda. Se detuvo y echó una meada contra un seto, ignorando la lluvia virulenta
que le picoteaba el cuerpo. Su cabello estriado de gris ondeaba al viento. Todo
un personaje. Connected, de Stereo MC’s, podía haber sido escrita para
él.
—¡Está como
una regadera! —bromeó Jane, muerta de frío, mientras subía la ventanilla. El
vaho que empañaba los cristales había desaparecido.
Le di la
razón.
—¡Sin duda!
Ambos
coreamos entre risas:
—¡Todo lo que puedas haber hecho, Spike lo hizo antes!
El colega entró
en el buga con una expresión soñadora en los rasgos angulosos, de los que
destacaba una tocha prominente entre dos saltones ojos azules.
—Tengo
hambre —comentó.
—Yo también
—lo secundó Jane—. ¿Dónde podemos llenar el buche?
—Pronto
llegaremos a una gasolinera —explicó—. Podríamos pillar unos sándwiches o algo
por el estilo. Tenemos que recargar las pilas, chavales.
Nuestra
amiga no se hizo de rogar.
—Perfecto.
Spike
regresó a la carretera a todo trapo. La tormenta arreció, repiqueteando sobre
el techo y el parabrisas. La autopista era una masa imprecisa: niebla, viento,
carteles de señalización, terrenos baldíos, cunetas llenas de malas hierbas,
viviendas aisladas con tejados a dos aguas, ovejas, soledad. Un tipo hacía dedo
bajo la lluvia. Lo habríamos llevado con nosotros, pero el coche iba petado
hasta la bandera.
La botella
circuló por el interior del Charger. En breve tendríamos que conseguir otra;
quedaba menos de la mitad. Spike adelantó a un camión cisterna. Los chorros de
agua que levantaban las enormes ruedas empaparon el parabrisas. El colega lanzó
un gruñido, mosqueado. Mis fantasías de aislamiento se rompieron.
Deseé llegar
a casa, descansar unas cuantas horas. Salford me pareció lejana, inalcanzable.
Dormir, echar una cabezada rápida, reunir fuerzas para el resto del viaje.
Aquel era mi lugar: la parte trasera del carro, borracho como una cuba o
aislado en mi propio narcisismo lisérgico, escuchando musicona al máximo
volumen posible.
—¡Despierta,
Tom! —bramó Jane—. ¡O te quedarás en la cuneta!
Este dio un
respingo. Malhumorado, balbució:
—¡Que te
follen!
Los tres
rompimos en carcajadas.
—¡Cuidado
con la bella durmiente —zumbó Spike—, que muerde!
La
gasolinera apareció en el horizonte, rótulo de Shell sobre los surtidores.
Tomando un desvío, nos aproximamos a la cafetería y aparcamos entre dos
camiones. Salimos del Dodge Charger somnolientos. Olor a combustible. A la
derecha, las puertas de unos servicios y jaulas metálicas atestadas de bombonas
de gas. Enfrente, un túnel de lavado donde una tipa le pegaba un manguerazo a
su coche. A la izquierda, varios vehículos estacionados en batería. Extintores
por doquier. Un cuervo graznó en alguna parte.
Recorrimos
el lugar, ateridos por el tiempo glacial. Estaba nervioso y lacónico; me dolían
las mandíbulas. Entramos en el establecimiento. Los escasos clientes —turistas,
camioneros y curreles— nos observaron con recelo. Teníamos que apestar a maría
por narices. Era evidente que no les gustábamos un carajo; la peña estaba
llena de prejuicios. Por norma general, los británicos son unos amargados,
ignoran lo que significa la palabra «bienestar». Por ello se refugian en el fútbol,
borracheras y gilipolleces, todo para enmascarar la desesperación que sienten.
Nosotros contra Ellos. Seguro que pensarían que éramos unos colgados, cosa que
se aproximaba bastante a la realidad; las medias tintas no casaban en nuestra
forma de vivir.
Estaba hecho
mierda. El agotamiento se apoderó de mis músculos haciendo que me retrajera en
un estado silencioso, depresivo. Mientras me sentaba en un taburete metálico,
estuve a punto de darle un cabezazo a la barra: la hierba deformaba mi sentido
de la orientación. Nadie pareció percibir el incidente. Entorné los párpados
para evitar las luces eléctricas que herían mis retinas hipersensibles. El
local me resultó amenazador, desenfocado, cubierto por una nebulosa plomiza que
lo transformaba en un erial lúgubre. «Ingresó
cadáver», tal como
decía Spike cuando alguien caía a plomo y terminaba hecho un despojo,
completamente destruido.
A través del
humo en suspensión de los cigarrillos, un rostro hermoso ocupó la barra. Sus
ojos verdes me llegaron al alma; parecía una estrella warholiana congelada en
un primer plano. Spike sonrió, mostrando su dentadura irregular a lo Mick
Jagger, y pidió con su tono más amable:
—Buenos
días, preciosa. ¿Podrías prepararnos cuatro sándwiches de huevo, mayonesa y
beicon?
—No olvides
las birras —puntualizó Jane, sarcástica.
Este enarcó
las cejas, altivo, con cierta condescendencia y mirándola de soslayo.
—¡Me acabas
de excitar sexualmente! —le soltó a bocajarro antes de volver a dirigirse a la
camarera—. Y doce cervezas. Todo para llevar, por favor.
El bombón le
devolvió el gesto.
—Marchando.
Arrogante,
Spike dio la espalda a la barra y apoyó los codos sobre el linóleo arañado por
miles de consumiciones. De alcohólico anónimo, nada; borracho reconocido. El menda había palicado con todos los grandes:
Peter Hook, Ian Brown, Nick Cave, Mark E. Smith, Shaun Ryder, Bobby Gillespie,
Alan McGee, Johnny Marr… Las mejores relaciones públicas se consiguen en los
clubs, sobre todo en los baños.
—Está buena,
¿verdad?
—Me la
follaría encantado. —Tom esbozó una mueca achispada—. Que me dé los auxilios
espirituales y me limpie el cetro a conciencia.
Mi colega lo
picó.
—¿Le
comerías el coño?
—¡Ni de
broma!
—Necesitas
tener confianza primero, ¿o me equivoco?
Tom se hizo
el monje.
—Por
supuesto.
Spike fue
mordaz:
—Eres un
puto reprimido.
Esbocé una
mueca sarcástica. El volumen de la conversación había escandalizado al
respetable. Rostros agriados nos miraban con repugnancia. Aquello empezaba a
animarse.
—¿Se lo
comías a Nicole? —insistió.
Nicole, la
ex de Tom a la que cuando lo mandó a freír espárragos le entró la crisis de la
mediana edad y se operó las tetas. Por desgracia, el menda no pudo disfrutar de
la cirugía. Fijo que lo haría el primer friegaplatos latino —lo más bajo del
gremio hostelero— al que ella le bajara los gayumbos para recuperar el tiempo
perdido. Un clásico en nuestro entorno. Según las malas lenguas, la amiga
llevaba buscando tranca desde entonces.
Tom movió
los pies, incómodo.
—A veces.
—¿Incluso
cuando tenía la regla?
—¡Eres un
guarro, tío!
Mi amigo
lanzó una risotada.
—¡Te he dado en tu punto flaco! ¡Seguro que le dejabas
el flujo a punto de nieve!
A mi nariz
llegó el aroma de la comida. Las lonchas de beicon crepitaban sobre la plancha,
propagando un olor delicioso. Mi estómago revuelto rugió.
Tom se había
ofendido.
—Vete a la
mierda, Spike.
Por todos
era sabido que, hacía años, después de una juerga brutal, Tom le hizo un
cunnilingus a una menda nada más conocerla. Los dos estaban tan colocados de
setas alucinógenas que permanecieron ajenos a todo, hasta que él levantó la
boca llena de sangre; resulta que a su amiguita le había venido la comunista
mientras follaban. Los monguis eran un invento del diablo.
Jane decidió
sumarse a la broma.
—¡Ahora se
hace el sueco!
—Los maricas
lo tienen chupado —berreó Spike sin quitarle los ojos de encima al pandero de
la camarera. Estaba como un tren. Demasiado guapa para currar en aquel agujero—.
Se libran de aguantar a las tías.
Estaba a
punto de devolver. El sabor agridulce del Jack Daniel’s se me pegaba al
paladar. Controlarme se me daba como el culo: jamás sabía dónde estaba el
límite y me encantaba pasármelo por el forro. Luché por recomponerme, rogando
porque ninguno de la pandilla reparara en mi estado; me vacilarían durante
semanas. Apreté los dientes. El último Adam
estaba demasiado fuerte; la resaca era fenomenal. Los violentos latidos de mi
corazón amenazaban con estallarme la caja torácica. Eso me pasaba por ser un pastillero
vicioso. Disgustado, busqué algún tipo de estabilidad sin conseguirla.
La puerta
del establecimiento se abrió y un par de polis entraron en la cafetería. La
pálida desapareció de inmediato. Al percibir mi careto de alarma, Spike se
volvió, provocador.
—¡Como
registren el carro se nos va a caer el pelo!
Tuve un
estremecimiento de pánico. Al menda le encantaba pinchar a la gente; siempre
estaba armando la gorda. La representación gráfica de los días del Imperio.
Jane le dio
un tirón de la manga.
—Cierra la
boca, capullo.
Spike
aumentó el volumen de su voz:
—¡Bah!
—exclamó—. El mundo está lleno de yonquis. ¡Qué más da!
Lo conocía.
Antes de que saliéramos de allí tendría que dar la nota. El colega era un
exhibicionista nato. La Batalla de Inglaterra, en comparación, fue una
chuminada.
Tom musitó,
preocupado:
—¿Queda algo
de mandanga en el Charger?
—Una bolsa
de rulas —contestó con descaro—. ¿Te parece poco?
Sentí deseos
de estrangularlo.
—¡Cállate o
voy a inflarte a hostias, cabronazo!
Mi voz
pastosa era una casa de putas, sin madame.
—¿Estabas
ahí? —dijo, mordaz—. ¡Creí que habías muerto!
La camarera
puso una bolsa de papel sobre la barra con expresión cómplice.
—Ocho libras
con cincuenta, chicos.
Spike sacó
su billetera de cuero gastada, le puso un billete de veinte en la mano y le
acarició los dedos con todo el morro del mundo.
—Quédate con
la vuelta, guapa.
Ambos
cruzaron una mirada pícara. Spike atraía a las pavas como un imán, su aura
decadente era imposible de ignorar. Voz grave, masculina, de barítono. Al amigo
le sobraba carisma.
—Gracias.
Spike se
lanzó de cabeza:
—¿A qué hora
sales?
—A las
cuatro.
Aquello era
entrar con elegancia y suavidad.
—Pasaré a
buscarte.
Sin darle
tiempo a que le respondiera, le metió la lengua en la boca y le pegó un beso de
tornillo.
Jane gruñó:
—¡Mierda!
Afortunadamente,
la bofia estaba demasiado ocupada para percatarse del asunto; tenían las
narices metidas en las tazas de café. El menda soltó los labios de la chorba.
—¿Cómo te
llamas?
—Victoria.
El nombre
ideal para la chica perfecta.
—Nos vemos a
las cuatro, nena.
—Estupendo.
Nos guiñó un
ojo, desdeñoso. Cogió el papeo y salió a la calle sin molestarse en mirar
atrás. Aquella hazaña pasaría a los anales de la historia de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis.
—¡Hijoputa!
—exclamó Tom.
La envidia
se mezclaba con la admiración. Jane lo secundó:
—Con lo feo
que es el mamón y siempre liga…
Me incorporé
a trompicones e intenté aparentar normalidad, haciendo caso omiso a las
expresiones siniestras de la peña. El camino hacia la puerta fue un infierno.
Era un coñazo controlar mis pasos; todo me daba vueltas como una peonza. La
gelidez del exterior me devolvió un atisbo de firmeza, las ráfagas de aire
helado parecieron abrirme cortes en la cara. Aterido, hundí las manos en los
bolsillos de la chaqueta y procuré darles alcance.
—¡Date
prisa, idiota! —me chilló Jane.
Recuperé el
sentido del humor. Abrí la puerta abollada y me hundí en el asiento trasero
desesperado por entrar en calor. Devoramos los sándwiches y apuramos las
birras. Después del desayuno temprano, Tom preparó unos canutos. La hierba
impregnó mis fosas nasales cargando el interior del vehículo. La pasma abandonó
la gasolinera, subió al coche y se dio el piro. Aquellos cretinos estaban en la
parra. Spike echó treinta pavos de gasofa y reanudamos la marcha a gran velocidad.
Nadie se tomó la molestia de bajar las ventanillas. Habíamos creado nuestro
propio mundo, lejos de la sociedad.
Amanecía. Un
haz moribundo de sol encendió la M60. La borrasca cesó durante unos minutos, la
luz diurna apenas lograba romper el manto de nubes. Pasamos de largo una
fábrica desmantelada. Sus dimensiones eran una mancha pardusca y espectral
sobre el paisaje húmedo, moteado con todas las tonalidades posibles de
verde.
Jane
inquirió:
—¿Vas a
venir a buscarla, Spike?
—Que no te
quepa la menor duda. Me sobra tiempo para lavarme los huevos y volver. —Sonrió
con suficiencia—. Una boca es una boca, muñeca. En época de guerra, cualquier
agujero es trinchera.
—¿Cómo
aguantas, macho?
Spike fue
irónico:
—Experiencia.
—Tienes un
polvo seguro —comentó Tom.
—¡Por supuesto! —acotó Spike—. Como se descuide, la
pongo a cuatro y la empotro por el culito. Si después hay que lavarse el
manubrio, se hace y punto, chavales.
Mi vida era
una mierda: cargante, carente de atractivo, mediocre; idéntica a la de millones
de jóvenes ingleses que desperdiciaban los mejores años de su existencia en
empleos miserables y mal pagados. Por fortuna, mis amigos me aportaban la
estabilidad que necesitaba; gracias a su influencia había descubierto una
manera distinta de apreciar las circunstancias, cosa que nunca les agradecería
lo suficiente.
Los estudié,
vencido por la fatiga. Jane: dependienta de la tienda de discos No Quarter, fan
de U2 hasta la muerte, quería ser dibujante de cómics cuando terminara la
universidad. Tom: hipocondríaco, cada vez que tomaba una pirula la armaba;
siempre terminaba liado con las peores fulanas de la fiesta. Y, por último,
Spike: toxicómano incontrolable, el equivalente a Dean Moriarty en nuestra
basca, todas las semanas cataba alguna sustancia química desconocida. Una vez consumes
éxtasis, la epifanía por excelencia, quieres compartirla con todo dios. Formábamos
una peña extraña; lo único que teníamos en común era un amor ilimitado por la
música. Jane adoraba el rock de
los setenta; Tom el baggy; Spike, el shoegaze; y en cuanto a mí, me quedaba
con el glam. Los demás me vacilaban,
alegando que los roqueros glitter
eran un puñado de truchas, pero yo pasaba de sus chistes. David Bowie, T. Rex,
Roxy Music o Elton John marcaron una época.
Necesitaba
un cambio de aires. Inglaterra se había vuelto aburrida; desde el Segundo
Verano del Amor, todo parecía estancado. Los clubs de siempre empezaban a echar
el cierre porque el negocio se había ido a pique. Los tripis eran la droga del
momento; pocos privaban cuando iban puestos de MDMA. Los beneficios iban a
parar a los bolsillos de gánsteres y dealers, detalle que arruinaba a
los propietarios de los garitos. Pandillas como Cheetham Hill, Wythenshawe, Doddington
y Gooch estaban haciendo el agosto: una merienda de negros de extorsión,
broncas, robos, joder al personal, tiroteos y navajazos. Ya ni nos molestábamos
en hacer la ronda de locales. Las raves
eran una opción mejor: no corrías el riesgo de que te dieran la del pulpo en
una sala chill out o de deshidratarte por bailar en un espacio cerrado
y, lo más importante, ningún camarero tardaría lo más grande en atenderte ni te
clavarían dos libras por un botellín de agua. La cosa estaba tan chunga que, a
diferencia de los viejos tiempos, era imposible meterse una humilde raya de
farla en el cagadero de cualquier antro. En las fiestas acid house no importaba
el color de tu piel, tus preferencias sexuales, la condición social, tu
filosofía o los estudios: todos éramos hermanos bajo el efecto de la química.
Mi zambullida en el mundo adulto. Los simbolismos o metáforas sobraban, el
ahora era mucho más interesante. Tal y como decía Spike: «¡Dios bendiga a la farmacéutica Merck!».
De la noche
a la mañana, todo cambió a una velocidad pasmosa. Las viejas pautas fueron
reemplazadas por los vaqueros acampanados, las camisas coloridas, los sombreros
de pescador, los Kickers y el símbolo del Smiley.
Como era lógico, agradecimos el viento fresco; las bandas que dominaban la
escena musical desde los ochenta eran vomitivas. La frialdad de los
sintetizadores desapareció, sustituida por los atractivos colores del arco
iris. Ya desde el lunes contaba las horas para que llegara el viernes. Tachaba
los días en el calendario, uno detrás otro, exasperado por huir de una
monotonía laboral aplastante. Beber, conocer peña, meterme rulas, ligar y
bailar hasta las tantas, me relajaba. «I see you everyday, you walk the same way[3]…», Weekender total.
Jane interrumpió
mis reflexiones.
—El próximo
sábado hay parranda en The Boardwalk.
—¿Cómo te
enteraste? —Tom se mostró interesado.
Spike se
anticipó a su respuesta:
—Seguro que
se la chupó al portero para conseguir la entrada.
Todos
reímos. Los seguratas de The Boardwalk eran
el eslabón perdido; sus pintas de chimpancés nos habían proporcionado material
para gastar bromas pesadas durante años. Jane puso cara de circunstancias
mientras se acababa el porro.
Tom
inquirió:
—¿Dónde
pillaste la hierba, Spike?
—Tengo una
pequeña plantación en casa.
El colega
añadió, oportunista:
—Tienes que
pasarme unas semillas.
Spike fue
magnánimo.
—Cuando
quieras, tronco.
—¿Os
acordáis del Imperdible? —dijo
Jane.
Fruncí los
labios, asqueado.
—¡Como para olvidarlo!
Warren, el Imperdible, era un punk del método Stanislavski que seguía al pie de la letra las
enseñanzas del Actor’s Studio: interpretaba a un personaje basándose en sus
emociones internas para conectar con la audiencia. En realidad, era un
soplapollas que iba de estrella, otro de tantos que hablaba de política las
veinticuatro horas sin tener ni zorra idea de lo que iba el rollo mientras
vendía pastillas caducadas a los incautos que desconocían su mala fama como
traficante. Según lo que tenía entendido, el único disco de su colección era Hangin’ Tough de New Kids on the Block;
un bodrio ideal para seducir a las crías de catorce años que se tiraba después
de colocarlas con Candy Flips en mal estado. En cuanto a su apariencia, era un
adalid de la moda y del buen gusto: cresta teñida de color naranja, ropa rota y
descuidada que no había visto una pastilla de jabón en meses, dentadura
destrozada por la metadona. Aquel bastardo había establecido su cuartel
permanente en el Konspiracy; parecía uno de los dueños o algo por el estilo.
Desde entonces, apenas habíamos vuelto a asomar por allí. Dessie Noonan —el
jefecillo mafioso que controlaba a los porteros del cotarro— y la gentuza que
acompañaba al Imperdible habían acabado con cualquier deseo de volver a entrar.
Al final, aquel sitio había terminado convertido en un cagadero decadente. Poco
después perdió la licencia y echó el cierre: demasiada droga, demasiados hijos
de puta buscando bronca, un apuñalamiento en plena pista y los mafiosos de
Salford estrujando a los dueños para sacarles pasta a cambio de protección. El
sueño acid house había acabado como el rosario de la aurora.
A Spike le
picó la curiosidad.
—Soy todo
oídos.
Jane
continuó:
—La bofia lo
pilló en el aeropuerto de Manchester con un kilo de caballo metido en el culo.
Tom rio.
—Espero que
le dieran un buen repaso.
Jane sacó
tabaco y papel Rizla extralargo y empezó a preparar otro porro.
—Está
ingresado en el hospital —explicó—. Le partieron la mandíbula por tres sitios
distintos. Cuando salga, irá al talego en silla de ruedas.
—¡Que se
joda! —sentenció Spike—. ¿Recordáis aquella vez que me hizo la pirula?
Hacía
tiempo, el menda cometió el error imperdonable de comprarle cinco gramos de
farlopa al Imperdible. Cuando
llegó el momento de probarla, descubrió que le había vendido speed mezclado con detergente; una
basura explosiva que nadie en su sano juicio querría esnifar. Warren utilizó el
truco más viejo del mundo: puso una capa de nieve encima de la mierda. Cuando
Spike examinó el tema, se quedó en la superficie; se limitó a meter el dedo en
la parte superior de la bolsa. Moraleja: desconfía de cualquiera que pueda
encularte. Nos metimos aquella porquería de calle. Tom tuvo hemorragias nasales
durante una semana.
—Eres
gilipollas —le recriminó Jane—. El Imperdible es un pichafloja que escapó de
las catacumbas de alguna clínica de desintoxicación. Estaba cantado que iba a
jugártela. ¿En qué pensabas cuando fuiste a pillarle?
Spike se
defendió.
—Estaba
puesto hasta las cejas, tía. El Imperdible era el único que tenía material
aquella noche. ¿Yo qué sabía que era un gusano de mierda? ¡Dios salve a la Reina
y al puto Johnny Rotten!
Warren era
una basurilla de Hulme, un Sid Vicious de pega que se creía Paul Massey, que no
había tenido la decencia de espicharla por sobredosis. Con la de peña conocida
que había pasado a mejor vida durante los últimos años, y aquel menda
continuaba como una puncha, siempre dispuesto a dar por saco. Tom ironizó:
—Ver para
creer…
Comprar
drogas es un peñazo: reunir la guita, conocer a un camello de confianza,
buscar un lugar tranquilo donde consumirla, quitarte de encima a los piojosos
que se te pegan como lapas cuando llevas algo en los bolsillos y esquivar a la
pasma, que siempre está al acecho. A veces, era preferible adquirir unas
cuantas botellas de whisky y
ahorrarse todo el proceso. Pero entonces, ¿dónde estaría la diversión? Sin
duda, el placer radicaba en romper las normas establecidas; lo prohibido atrae
más que lo legítimo. La evidencia era indiscutible, no me cabía la menor duda
al respecto.
Me
encontraba mejor. Las ganas de potar habían desaparecido. Busqué un Winston en
la caja aplastada: vacía.
—¡Mierda!
—¿Qué pasa, chaval? —preguntó Spike.
—Me quedé
sin cigarros.
Jane me
alcanzó el porro.
—Fuma esto y
deja el vicio, ¡cabrón!
—Paso,
gracias. —Rechacé el petardo con un gesto.
Spike se
burló de mí:
—¡Hazte el santo
con nosotros!
Prefería
mantenerme sobrio. Después de la bajona que había sufrido en la cafetería, mi
cuerpo no daba para más. Debía mantenerlo bajo control o echaría las papas en
el carro. Más valía prevenir que reventar.
Tom dijo:
—¿Dónde está
la bolsa, tío?
Spike estaba
concentrado en la carretera.
—¿Cuál?
—La de las
pastis, capullo.
—En el
maletero. ¿Quieres una?
—No. —Meneó
la cabeza—. Solo tenía curiosidad.
Mi colega lo
había calado.
—Vas listo,
si piensas que te las vas a llevar, macho.
Tom puso
cara de ingenuo.
—¡Qué mal
pensado eres!
Spike fue
sarcástico:
—Te conozco —puntualizó—. Venderías a tu madre por una
chocolatina.
Jane se
volvió y le propinó un puñetazo en el hombro.
—¡Mamonazo!
Por norma,
las peleas y los piques amistosos del grupo me divertían, pero estaba demasiado
exhausto para disfrutar de ellos en aquel instante. El problema era que dentro
de poco empezaría a comerme el tarro; me hartaba a dar vueltas a las cosas sin
llegar a ninguna conclusión grata. Lógicamente, no me arrepentía de nada de lo
que había hecho desde el sábado; había sido una de las raves más locas y
emocionantes de mi vida. De hecho, era el único de los que iban en el coche que
había conseguido echar un polvo, algo que nunca pensaba contar a mis colegas.
El sexo, tal como siempre ha sido mi estilo, está circunscrito entre las
personas que lo realizan. Mantener el pico cerrado, para bien o para mal, era
una de mis mayores virtudes. Detestaba a los maromos que iban fardando de las
tías que se trincaban. Una de las lecciones más importantes que había aprendido
en los clubs, noche tras noche desde los diecisiete, era que todo el mundo se
conocía. Si te acostabas con alguien, al día siguiente eras la comidilla de la
plebe. Así que, en mi caso, prefería hacer oídos sordos: las oportunidades
estaban para aprovecharlas.
Debajo de la
máscara de timidez con la que solía cubrirme las espaldas había un núcleo vago
y neutro que aún no había logrado tomar sustancia. Aunque hubiera vivido
experiencias que muchos tardarían años en aprender, estaba al principio del
camino. Me faltaba la picardía de Spike —por poner un ejemplo— para
considerarme un adulto. Mi carácter era observador e inquisitivo. Me molaba
escuchar a los demás, asimilar sus costumbres y hacerlas propias. Nunca fui un
tipo solitario, me gustaba relacionarme con la gente y tener colegas; no hay
nada más amargo que pimplar solo. Lo curioso era que, hasta hacía cuatro años,
aparte de mi madre y mis hermanos apenas me relacionaba con nadie. Conocí a
Spike en No Quarter. Empezamos a hablar de música entre estanterías llenas de
vinilos, y en poco tiempo ya éramos amigos, compartiendo gustos mientras la
clientela nos miraba como si estuviéramos chiflados. Desde entonces, mi vida
empezó a girar en círculos enloquecidos, de un pub a otro y de una droga
a otra, solo para seguir el ritmo frenético y despreocupado que él llevaba en
el cuerpo.
Indiferente
a la conversación que se escuchaba en la parte delantera del Dogde Charger, Tom
se echó la chaqueta por encima y volvió a cerrar los ojos; ni un niño de teta
se hubiese quedado dormido con tanta rapidez. La tentación de hacerle una
putada me invadió; sin embargo, después de recapacitarlo durante un momento
decidí dejarlo en paz. Todos merecíamos un descanso. A pesar de haber bebido el
doble, y, seguramente, meterse el triple de M, Spike continuaba al volante con
su eterna sonrisa dibujada en los labios. ¿Qué edad podía tener? Si mal no
recordaba, era mayor que nosotros, una década como mínimo. Sin ser conscientes
de ello, todos habíamos terminado imitando su desenfrenado estilo de vida: los
estupefacientes, las fiestas interminables, el sexo rápido sin complicaciones;
era nuestro gurú psíquico a todos los niveles.
Después de
la última juerga, lo más probable era que estuviéramos sin vernos unos días;
necesitábamos recargar las pilas y disfrutar de nuestra cotidianidad antes de
planear el siguiente fin de semana. La amistad era algo precioso: debía ser
atendida y cultivada con esmero. De lo contrario, terminaríamos peleados por
alguna causa estúpida y trivial.
Jane
preguntó:
—¿Cuál es
disco tu favorito, Spike? Solo puedes elegir uno.
Complicada
decisión.
—Disintegration
de The Cure —respondió sin dudarlo un instante.
La amiga se
quedó pasmada.
—Estás
vacilándome…
Spike se
echó a reír.
—¿Por qué te
sorprende tanto?
El pavo era
impredecible; siempre lograba evitar los tópicos.
—Pensé que sería alguno de The Jesus and Mary
Chain, Ride, The Fall o My Bloody Valentine, tío.
—Fue el score
de mi juventud —replicó con seriedad—. Forma parte de mi ADN.
Esbocé una
mueca sarcástica. Éramos unos culturetas musicales, pero de los auténticos, sin
poses ni gilipolleces. Tom añadió:
—Prefiero el house mil veces. Una vez
escuché a The Cure de resaca y me deprimí que lo flipas. Cortavenas total.
El cabrón
estaba despierto, con la oreja puesta. Spike puso los ojos en blanco. Ciertas
bandas eran intocables. El menda seguía dentro del buga de milagro.
—Desde luego…
—rezongó—. Te faltan pelotas para disfrutar de una obra maestra como Disintegration.
Flojo, que eres un flojo…
Los DJs
se convirtieron en las nuevas celebridades de la música: dioses que hacían
bailar a la multitud mejor que cualquier grupo de rock. Spike, como buen clubber,
lo supo desde los primeros días de The Haçienda. Estuvo allí cuando John
DaSilva, Dave Haslam, Mike Pickering y Graeme Park cortaban el bacalao.
Entendió, sin lugar a dudas, que la industria estaba a punto de cambiar para
siempre. Acid house, los Smileys, el Verano del 88… Sus
predicciones se cumplieron a rajatabla. Un puto visionario. En las raves
no había espacio para el artificio. Era una experiencia inmediata, sin
concesiones. Real como la vida misma. El público era la estrella. Si el punk
predicaba la anarquía, el individualismo y el caos, Madchester apostaba por
la inclusión, la hermandad y el amor. Un paisaje utópico en el que perder los
papeles. Masas exiliadas en su propia neurosis colectiva.
Irónicamente,
jamás me había tomado las relaciones demasiado en serio. Para mí, las mujeres
eran de usar y tirar. Quizás algún día conociera a una chavala que valiera la
pena y las cosas cambiaran, pero por entonces comprometerme con alguien era lo
último que quería. ¿Por qué? Muy sencillo: disfrutaba saliendo de marcha y
fornicando con todo lo que se me pusiera por delante. Atravesaba un momento
flipante y quería aprovecharlo al máximo. Atarme a alguien era lo último que me
apetecía. Me encantaba terminar desayunando en cualquier garito de mala muerte,
resacado, con el biberón vacío y el cuello lleno de chupones. Aquella era mi
mierda. Cuando llegara a los treinta, quizá viera las cosas de otra manera.
Hasta entonces, pensaba disfrutar de mi juventud y dejarme de monsergas.
Entonces,
sin venir a cuento, recordé lo que nos había sucedido desde el sábado. Spike
pasó a buscarme con el equipo de música a tope, inmerso en su habitual estupor
drogota, listo para liarla parda. Recordé la jeta de despecho de mi madre, a la
que no le gustaba en absoluto el menda; para ella, era poco menos que un
delincuente. Las cartas estaban sobre la mesa; imposible dar marcha atrás. Era
hora de volver al principio de la historia. Puede que aprendiera algo por el
camino…