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viernes, julio 24, 2026

UN ALMA DEL NORTE - INTRODUCCIÓN

El poderoso motor del Dodge Charger retumbaba en la oscuridad previa al amanecer. Iluminada por luces eléctricas, Chandos Grove poseía un aspecto gélido y fantasmal. Aunque las ventanas delanteras estaban abiertas, en el habitáculo del carro se había formado una burbuja de humo; el olor de la hierba habría vuelto loco a cualquier perro detector de drogas. Spike conocía Salford como la palma de su mano; llevaba unos quince minutos transitando por calles secundarias poco frecuentadas. Indolente, soltó el acelerador y redujo la velocidad. Observé el cuentakilómetros con cierta sorpresa; mi colega no solía conducir a menos de cuarenta.

—La bofia vigila esta zona —el menda pareció leerme el pensamiento—. Pasar desapercibidos es la mejor opción. 

Embutido en una raída chupa de cuero, parecía haber escapado de un programa de desintoxicación: pelo largo teñido de canas, rostro demacrado debido al consumo de todo tipo de sustancias ilícitas, profundas bolsas debajo de los ojos, nariz prominente, pómulos angulosos, cuerpo terriblemente delgado. Una versión arrabalera y magullada de Mark E. Smith, de The Fall. Estilo y decadencia a partes iguales: gafas de sol y cuero. Su mirada estaba en otra órbita; contemplaba universos inalcanzables para el resto de los mortales.

La tarde anterior, entre los cuatro miembros del Grupo Salvaje, habíamos reunido un buen fajo destinado a actividades recreativas. Pese a llevar toda la noche de juerga, nos quedaban porros, farla y priva como para descarrilar un tren. Éramos los supervivientes del Segundo Verano del Amor, hijos de la cultura rave. Habíamos bailado Hallelujah, de los Happy Mondays; Come Together, de Primal Scream; Fool’s Gold, de The Stone Roses; I’m Free, de The Soup Dragons, y Weekender, de Flowered Up, en una nebulosa de MDMA, locura y cachondeo.

Como en los viejos tiempos, Spike se encargó de pillar la mandanga. Hacía siglos que no probaba una farlopa tan cojonuda. Nada más meterte una raya —antes incluso de que terminara de hacer efecto— ya te apetecía volver al baño a darle otro toque al tema. Parafraseando a William S. Burroughs: «Si Dios inventó algo mejor, se lo habrá reservado para él». Íbamos con cuidado: el Partido Laborista, al igual que su predecesor, tampoco apoyaba la legalización de los narcóticos.

—¿A quién le compraste la coca?  —pregunté—. Te has lucido, tronco.

—Al Pulga —explicó—. Tiene un contacto en Escocia que le trajo un cuarto de kilo de lo mejorcito. Estuve en el chabolo mientras lo cortaba y dejó nuestra parte tal cual llegó. Las nieves del Kilimanjaro se quedan pañales en comparación con esta mierda, chaval.

Me costaba creerlo. El perico del camello tenía fama de dudoso, una guarrada, sin circunloquios. Ya era hora de que se pusiera las pilas. Fui sarcástico:

—Pensaba que Richard se había retirado.

—¿Estás de coña? —rio—. ¿En serio no lo viste anoche?

—En absoluto.

—Estuvo en el tigre todo el tiempo. Llevaba una mordida de la hostia. Tenía la mandíbula tan desencajada que parecía Forrest Gump. ¡Viva Colombia!

El Pulga poco había cambiado desde que traficaba en las raves a principios de los noventa. Siempre lo recordaba con el casco de moto —donde guardaba el material— bajo el brazo, de palique con todo Dios, trapicheando para asegurarse una vejez digna.

Una noche, a las afueras de un garito, mientras hacíamos el intercambio de rigor de efectivo por tripis, vio el reflejo de las luces de un coche patrulla y salió escopeteado como alma que lleva el diablo. Por suerte, teníamos la merca en mano y no nos dejó en la estacada. Un tipo con nervios de acero.

Examiné la calle: viviendas victorianas, árboles, una iglesia en obras, cabinas de teléfono, pequeños comercios, restaurantes y roñosos pubs cerrados. Aborrecía Salford: sus gentes poligoneras, el ambiente tétrico de las fábricas, los bloques de protección oficial y las colas frente a las oficinas de empleo. Puto infierno de ciudad repugnante... Haber crecido en Eccles me moldeó para siempre. Cada día tenía más claro que mis raíces eran terribles: un entorno opresivo, aniquilador. Una ciudad de carcas amargados. De milagro no terminé en el bareto de la esquina, jugando al Cribbage y enganchado al Grouse. Mudarme a Londres me abrió los ojos; jamás podría regresar a aquella cloaca.

Le comenté a Spike:

—La peña continúa igual que siempre, ¿verdad?

— El problema de dejar las drogas es que, cuando vuelves a sus brazos, lo haces con el doble de ganas. Es como encontrarte con una guarrilla que tenía un polvo espectacular y le echas un revolcón para rememorar viejas glorias. ¡Te enganchas por defecto!

—Bonita metáfora —bromeé—. Tomaré nota para mi próximo libro.

—Muy sensato por tu parte. —El amigo esbozó una sonrisa mordaz—.  Te lo he dicho mil veces: tu próximo personaje debe ser un misógino, perforador de culos femeninos de alto standing.

En el asiento trasero, Tom quitó la anilla a una lata de Guinness y echó un trago al coleto. Después de todo lo que nos habíamos metido, daba igual que estuviera caliente. Por alguna extraña razón, el lote de cerveza seguía siendo considerable.

—¿Te apetece una, tío?

Tom llevaba pañuelo de pirata, polo Fred Perry, vaqueros y Nike blancas. Había bailado como un neurótico varias horas; seguía empapado de sudor y parecía que los ojos azules le iban a saltar del cráneo. Por mucho que largara que iba a reformarse —vida sana, bicicleta, nada de carne y batidos de espinacas—, tenía complejo de Tony Montana.

—¡Vale! —Cacé la birra en el aire—. Marion, ¿estás bien?                                              

Este apuró el canuto antes de replicar:

—¡Claro! ¿Por qué lo preguntas?

Marion tenía pinta de navajero: gabardina, camiseta de Marilyn Manson —época Antichrist Superstar—, pitillos ceñidos, pesadas Doc Martens, anillos de armadura y uñas pintadas de negro. El cabello le sobrepasaba los hombros y se había dejado barba. Fumeta compulsivo, amante de la literatura rusa, obsesionado con la política y coleccionar cuchillos, su fama de bolinga era legendaria en los bajos fondos de la Universidad de Salford. El tipo había logrado escapar de Wythenshawe —una de las muchas barriadas chungas de Manchester— de una pieza. Punto a favor del amigo. 

—No has abierto el pico desde que salimos del Blue Moon.

Aunque estaba cocido, Marion controlaba la situación. Mantenía la voz firme y las ginebras que había pimplado en el estómago. La charla de una hora con una zumbada no lo había dejado para el arrastre. Lo típico: una relación mediocre, años de celos, abusos psicológicos, polvos cutres y, por último, la patada por una tía más joven en busca de nuevos horizontes. ¿Por qué la gente, cuando salía de marcha, en vez de olvidar sus problemas, se empeñaba en joder la marrana al personal?

—Disfruto de la hierba, capitán.

Tipas ajadas, reventadas de tanta polla, puestas de costo y alcohol mañana y noche, con varios hijos a cuestas y una mochila emocional que parece el petate de un marine en maniobras. Eran todas un coñazo. Decidí pincharle:

—Pensaba que andabas ciego y que ibas a echar las papas sobre Tom.

Spike intervino de inmediato:

 —¡Como alguno de vosotros, cabrones de mierda, se atreva a potar en mi buga, lo reviento!

Estallamos en carcajadas. No sería la primera vez que un miembro de la pandilla perdía el control de sus actos dentro del Charger. En el equipo sonaba Definitely Maybe, puede que uno de los mejores discos de la historia. Pensé que a los Gallagher —en especial a Liam— se la sudaba todo. Pura chulería, mesianismo y egos desorbitados. Al final terminabas cogiéndoles cariño, a pesar de que fueran tan pedantes y bocazas como Morrissey.

Pulp, Suede, Elastica, Supergrass… La batalla del Britpop: Blur versus Oasis. Manchester frente a Londres. Norte y sur en conflicto. Clase obrera contra élite. Las bandas se forraron, la prensa vendió miles de ejemplares, las tiendas de discos arrasaron, los promotores de conciertos se hicieron de oro y la gente disfrutó de buena música. Todo el mundo salió ganando y fue una época espectacular. Joder, hasta Robbie Williams —hablamos de un fulano que meneaba el culo en Take That— había despachado el impecable Life Tru A Lens, cuando nadie daba un penique por su carrera en solitario. Músicos... ¿Qué sería de la sociedad sin ellos? Probablemente más limpia… o, qué coño, un muermo. El rock era la tabla de salvación perfecta para unos marginados como nosotros. Demos gracias a la química y a la mala vida por las obras maestras. [...]

Spike cambió de carril y adelantó a un vehículo por la derecha. Continuábamos al pie del cañón: noctámbulos, colocados y erráticos, disfrutando de la vida sin pensar en el mañana. The Verve tocaba en Wigan aquella misma tarde. Bitter Sweet Symphony los había catapultado al estrellato internacional, y la banda aprovechaba la popularidad del momento para salir del ostracismo tras dos años de hibernación.

Previsor, cuando me enteré de la noticia pedí el día libre a la zorra de mi jefa. En un principio no hubo problema, pero a pocas horas del evento me comunicó que, como la plantilla andaba escasa de personal, le era imposible concedérmelo. Llevaba once meses chupándome todos los turnos posibles, puteado y ganando una miseria; aquella fue la gota que colmó el vaso. Ni siquiera me molesté en despedirme: que le dieran por culo a Sainsbury’s y, por extensión, a aquella imbécil que solo quería lameculos para manipularlos a su antojo. Me daba igual haberme quedado en la calle: los trabajos de mierda abundaban en Inglaterra. ¿Reponer mercancía en un supermercado de Charing Cross, o disfrutar de mi grupo favorito en directo? Más fácil, imposible.

Todos habíamos comprado entradas en Ticket and Travel (veintiún libras por cabeza) para el concierto. No esperaba que la peña se apuntara al carro. Por norma, cuando proponía algún plan, me daban largas. La última vez que vimos a The Verve sobre un escenario fue en Glastonbury. El cartel moló bastante: Oasis, The Cure, Pulp, Orbital, Elastica y The Charlatans, entre muchos otros. La banda tuvo problemas de sonido —se les reventó un amplificador— y mantuvo al público a la espera, tocando mientras los técnicos arreglaban el incidente. Richard Ashcroft, arrogante como de costumbre, se tomó aquel contratiempo con humor y bromeó: «No escucháis una sección rítmica como esta todos los días, ¿eh?», antes de cantar las inéditas «The Rolling People» y «Come On», que más adelante pasarían a formar parte del aclamado Urban Hymns. Fueron buenos tiempos: faltaba poco para que me independizara económicamente y plantara a mi familia en la miseria en la que estaban inmersos. En cierta manera, tomé la decisión de abandonar Salford aquel veinticinco de junio de 1995 en el NME Stage, a la vez que escuchaba Life’s an Ocean. Todo se unió a mi favor: la letra del tema, las buenas vibraciones del festival, la presencia de mis colegas, el Adam que había ingerido en primera fila… para librarme de las cadenas del pasado. Por desgracia, aquellos largos días de verano jamás regresarían. [...]

Spike se detuvo frente a un semáforo en rojo. El resplandor de las farolas le daba un aspecto sombrío. Inesperadamente, un coche patrulla apareció por Eccles Old Road y, al reconocer el Dodge Charger, encendió las luces y se dirigió hacia nosotros.

—¡Mierda! —exclamó—. ¡Lo que nos faltaba!

El menda bajó el volumen del equipo de música. Un calambre de ansiedad me recorrió el estómago.

—¿Por qué viene a por nosotros? —gimoteó Tom con voz ronca—. ¡No hemos hecho nada, joder!

Impertérrito, Spike relajó las manos sobre el volante y observó a la bofia a través del espejo retrovisor. Si estaba alterado, lo disimulaba por completo.

—Nadie tiene un buga como el tuyo en todo Manchester —rezongué—. Deberías plantearte pillar uno menos llamativo. ¡La policía puede localizarte a mil kilómetros!

—¡Y una mierda! —replicó—. Esta joya es la mejor inversión que he hecho en mi vida. Nunca subestimes la potencia americana.

Los segundos transcurrieron con una lentitud aplastante. ¿Qué diablos podíamos hacer? Apenas quedaba tiempo para deshacernos de la mandanga. Marion, intoxicado hasta las trancas, estaba en otro planeta. Tom, en cambio, se revolvía como un animal enjaulado; parecía víctima de un electroshock.

—¡Tengo que salir de aquí! —murmuraba—. ¡Tengo que salir de aquí!

El vehículo se detuvo detrás del Charger. El madero abrió la puerta del conductor y se aproximó con una linterna en la mano. Tenía cara de malas pulgas y la pipa le colgaba, bien visible, del costado. Si Tom no hubiera estado haciendo el cafre en la parte trasera, quizá —con un poco de suerte— habríamos podido salir de aquel fregado.

—¡Relájate! —farfullé—. ¡O nos meterán en el trullo por tu culpa!

—¡Tengo que salir de aquí! —Tuve ganas de pegarle un guantazo—. ¡Tengo que salir de aquí! —continuó entre tembleques.

Cuando faltaba un metro para que el pies planos pudiera vernos con claridad, Spike metió primera y pisó el acelerador. El carro salió picando ruedas; debimos de haber despertado a todos los vecinos. El poli, al recuperarse de la sorpresa, corrió hacia el coche, se subió de un salto y encendió la sirena.

—¡Menudo imbécil! —exclamó—. ¡Teníais que haberle visto el careto!

Dobló a la derecha a todo trapo y dejó la marca de los neumáticos en el asfalto. Cambió a segunda con vértigo. El ulular de la sirena taladraba el silencio mientras rozábamos los cincuenta kilómetros por hora; el límite permitido era treinta. Si nos trincaban, aparte de la mercancía y la perturbación del orden público, fijo que lo multaban por exceso de velocidad. La idea me arrancó una carcajada febril.

—¿De qué te ríes, capullo? —preguntó, con media sonrisa dibujada en los labios carnosos.

—Con las multas que te han metido, me extraña que te dejen conducir.

Irónico, respondió con otra pregunta:

—¿Y por qué estás tan seguro de que me lo permiten?

Entramos en un callejón sin salida. Nadie advirtió la señal de obras: balizas luminosas, escombros, conos y una zanja nos cortaban el paso; habían levantado el suelo. Spike frenó en seco; todos salimos despedidos hacia delante. Estábamos atrapados: era imposible continuar en esa dirección. Acto seguido, dio marcha atrás. El motor emitió un sonido áspero que me taladró los tímpanos.

—¡Apartaos, mamones! —masculló—. ¡No veo una mierda!

Tom y Marion se echaron a los lados para facilitarle la maniobra. Al llegar al final de la calle, torció a la izquierda. El coche patrulla apareció de improviso detrás del Charger. El impacto nos dejó galvanizados: Spike le había hundido el morro con el maletero.

—¡Maldita sea! —gritó—. ¡Cabrón!

Furioso, se vino arriba y subió el volumen al máximo:

You're the uninvited guest who stays 'till the end

I know you've got a problem that the devil sends

You think they're talking 'bout you but you don't know who

I'll be scraping your life from the soul of my shoe tonight…[1]

Sin pensarlo, continuó en plan kamikaze. La pasma, a duras penas, reanudó la persecución. Los minutos se sucedían; empezaba a acojonarme con todo lo que estaba pasando. Nos aproximábamos a una intersección. Mi colega se saltó el semáforo de Regent Road y esquivó un camión de basura por los pelos. La imagen del buga, con el lateral abollado, los cristales rotos y echando humo por el motor, bailó frente a mis retinas durante un segundo. En el interior, nuestros cadáveres ensangrentados aparecerían en la portada de los periódicos; carnaza que los lectores ociosos consumirían mientras apuraban el primer café de la mañana.

—¡Para el coche! —lloriqueaba Tom—. ¡Quiero bajar, tío, por favor!

—Que te den por culo —contestó Spike—. ¡Haz algo útil y prepara el tema, cojones! Si nos pillan, quiero ir sin la manteca encima.

Marion, de milagro, abandonó su ostracismo de fumeta.

—¿Qué pretendes? ¿Que nos la metamos toda, hermano?

—¡Obvio! —resopló—. ¡No te jode!

Dadas las circunstancias, era la opción más sensata que podíamos tomar. Pasaba de comerme un marrón por posesión de narcóticos o desperdiciar la pasta invertida en farlopa; era un material demasiado bueno para que acabara en garras de la pasma. Aquellos dos estaban tan puestos que no podrían preparar un tiro, menos aún enrollar un billete. Inútiles para la batalla.

—Yo me encargo —propuse—. ¿Quién tiene el marisco?

Tom me alcanzó su caja mágica. Dentro, aparte del material, había una cuchilla de afeitar, un pequeño espejo y un tubo de platino. Ignoré las sacudidas del vehículo y los edificios que desfilaban como una mancha borrosa. Saqué la abultada bolsa, calculando que restarían unos cinco gramos. Tendría que preparar unas lonchas del tamaño de las líneas de señalización de la calzada. Ante todo y sobre todo: generosidad y reparto equitativo. Abrí la guantera y saqué el primer cedé que encontré: Screamadelica, de Primal Scream. Siempre recordaría la primera vez que escuché «Loaded», el buen rollo que me transmitió el temazo de los escoceses. Su vibra optimista, espiritual y rebelde. Magia pura y dura. Aunque sabía que se subieron al tren de Madchester para intentar resucitar una carrera a la deriva, los muy cabrones parieron un disco tan brutal que cualquiera diría que ellos habían inventado el rollo.

Sonreí ante los recuerdos: durante años fue nuestro soundtrack cuando íbamos a surfear a la playa de Formby. Era un ritual escucharlo, tanto en el viaje de ida como en el de vuelta, junto a los porros de hierba y la botella de Suave Jack en el maletero. Uno de esos álbumes especiales que podía escuchar un millón de veces y siempre descubriría algo nuevo. ¿De dónde coño salían aquellos himnos? Asociaba Screamadelica al embate de las olas, la caricia del sol, la espuma salada y el tacto de la tabla entre mis manos.

Bowie —el labrador retriever amarillo que le había regalado a Spike— corría de un lado a otro como un poseso, se revolcaba en la arena, se daba chapuzones y jugaba con la pelota que le lanzábamos. Después, exhausto y feliz, se acercaba a su dueño meneando la cola en busca de un premio. Sus ladridos de satisfacción podían escucharse hasta la otra punta de Merseyside. Lo pasábamos bomba; llegó un momento en que mi colega se consideró tan nativo del lugar como Wayne Rooney o Steven Gerrard. 

Observé el espejo lateral: el jodido madero, aunque iba quedando atrás por momentos, no cesaba de perseguirnos. Otro gilipollas de uniforme que creía firmemente en el cumplimiento del deber. Spike era «un tanque de gasolina suicida» al volante —citando al Jinete Nocturno de Mad Max—; necesitaría refuerzos de la tropa de la Comisaría de Pendleton para trincarnos.

En plena Trafford Road, coloqué el disco sobre mis rodillas y volqué el perico encima. Los colores chillones de la portada me permitían distinguir la cocaína con nitidez. Hundí la cuchilla de afeitar en el polvo blanco y tracé cuatro generosas líneas de grosor y longitud similares. Una puta salvajada.  

Por el rabillo del ojo, contemplé el reflejo mortecino de los muelles. La carretera estaba mal asfaltada: el bamboleo del buga casi me parte todos los huesos. Hice lo imposible para conservar la merca. Mal asunto; sería sencillo interceptarnos al abandonar la seguridad del laberinto de callejuelas estrechas que habíamos estado recorriendo hasta aquel instante.

Spike tomó una curva; poco faltó para que la mandanga se fuera a tomar por culo. El hedor a goma quemada me impregnó las fosas nasales. Hábilmente, esquivó a un motorista; no se lo había llevado por delante de milagro. El pobre diablo levantó el puño con ademán amenazador mientras aullaba:

—¡Hijo de la gran puta!

Spike se desternilló como un maníaco y Marion le hizo un corte de mangas por la ventana trasera.

—¡No te hagas el gallito, soplapollas! —graznó—. ¡O volveremos para partirte la boca!

A duras penas, debido al movimiento del coche, esnifé una de las rayas que había preparado. Me costó un infierno terminarla y el efecto fue instantáneo, gracias a la adrenalina. Mis glándulas suprarrenales estaban haciendo horas extras: sudaba, me rechinaban los piños y tenía el hígado a punto de salirme por la boca. Chupé la bolsa de nieve y la escupí por la ventanilla; llevaba un cebollón impresionante. Le pasé el cedé y el tubo de platino a Tom.

—¡Empólvate la napia y deja de quejarte, mamonazo!

Histérico, se lanzó sobre la mercancía y dejó limpia su parte en menos de lo que canta un gallo; los fabricantes de aspiradoras tenían mucho que aprender de aquel capullo. El subidón lo obligó a lanzar un jadeo y a golpear el techo del vehículo. Marion necesitó toda su fuerza de voluntad y los dos orificios nasales para cumplir su objetivo.

Spike no perdía detalle de lo que sucedía en los asientos posteriores.

—¿Y yo qué, zorras? —soltó con fingida indignación—. ¿Me habéis dejado para el final? ¡Lo que hay que aguantar!

—¡Calla y conduce, coño! —mascullé—. Tienes cosas más importantes de las que preocuparte.

—Soy un hombre versátil —espetó mientras le colocaba el cedé debajo de la tocha—. Parece mentira que no lo sepas, chaval.

Mi colega apartó los ojos de la carretera, acercó la nariz al tubo de platino y liquidó la última línea de una pasada. El cabrón era capaz de meterse una raya mientras conducía a toda pastilla; ni John Belushi en sus mejores tiempos. Increíble, si lo contara, nadie me creería. Estábamos como cabras: huíamos de la bofia puestos hasta el culo y lo único que nos preocupaba era finiquitar el marisco que podía empapelarnos. Lamentar las circunstancias era una pérdida de tiempo. Lo importante era escapar de una pieza; no me apetecía terminar en una celda y que un pandillero me sodomizara sin vaselina.

Spike zigzagueó entre varios vehículos, insultos y bocinas irritadas acompañaron el frenético avance del Charger. Las calles empezaban a llenarse de tráfico. Los esclavos contentos se dirigían a sus miserables empleos para llegar a duras penas a final de mes; Gran Bretaña continuaba a la cola de Europa y nosotros no queríamos saber nada del asunto.

Bruscamente, un coche de policía prorrumpió desde Albion Way. Con una rapidez de reflejos envidiable, pegó un volantazo y logró sortearlo; unos segundos de diferencia y nos hubiera embestido. El madero clavó el freno, perdió el control y chocó contra el bordillo de la acera; uno de sus tapacubos salió rodando.

—¡Desgraciado! —bramó el amigo—. ¿Te has fijado que llevaba la sirena apagada para que no le escucháramos venir?

—Pues le ha salido el tiro por la culata —reí—. ¡Ignora con quién está tratando!

El marisco me hacía sentir invulnerable. Aunque hubiera roto la promesa que me había hecho a mí mismo de evitar consumir mandanga, no experimentaba remordimiento alguno. Después de meses trabajando como un troyano, hastiado y sin poder escribir una palabra, me encontraba en mi elemento. Fiesta, drogas, mi basca y el puto Dodge Charger. ¿Qué más podía pedirle a la vida?

Spike adelantó a un todoterreno invadiendo el carril contrario. Todos contuvimos el aliento; un furgón de reparto avanzaba de frente. Con una maniobra suicida, desfiló entre ambos coches, atravesó la calzada en diagonal y se montó sobre la acera. Los amortiguadores acusaron el impacto, una lluvia de chispas escapó de los bajos del vehículo y el cinturón de seguridad se me clavó en el tórax. Una bilis amarga me llenó la garganta, causándome deseos de vomitar. Aunque el menda era un conductor excepcional, volví a pensar que íbamos a palmarla. Apretó los dientes, enderezó el rumbo del buga y embistió de costado una verja metálica. Un grito colectivo escapó de nuestras bocas. Con gran estrépito, irrumpimos en una cancha de baloncesto. Spike nos ignoró y encendió las luces largas para orientarse en la negrura. Detrás, los coches de la pasma se vieron obligados a detenerse; ninguno estaba dispuesto a jugarse el pellejo. Habíamos ganado un tiempo precioso.

Estábamos en el interior de St. Philip's; otro centro de enseñanza primaria católico para la próxima generación de mamarrachos que tendrían que levantar un país podrido desde el mandato de Winston Churchill. Mi colega abandonó la cancha deportiva, pasó de largo el patio de recreo, la fachada cubierta de cristaleras y un aparcamiento vacío. Al llegar a la entrada, reventó la puerta y prorrumpió al exterior.

Tom chillaba al borde del llanto:

—¡Estás colgado! ¡Vas a matarnos a todos!

Spike cambió de luces y continuó por Hall Street. Puede que no hubiera sido buena idea drogarle más de lo que ya estaba; corría el riesgo de terminar metido en una bolsa de plástico. Franqueamos otro aparcamiento, una parada de autobús, una farmacia y una gasolinera. Después, dobló a la izquierda, se saltó el enésimo semáforo en rojo de la noche y recorrió en dirección prohibida Salford Quays. Por fortuna, estaba vacía. A lo lejos, escuchábamos las sirenas de la pasma. Los muy bastardos se habían tomado aquello como algo personal; no descansarían hasta entrullarnos. Una señal de tráfico nos indicó que la vía estaba cortada. Inesperadamente, Spike aminoró la velocidad y aparcó delante de una casa poco visible desde la carretera. Lleno de arrogancia, apagó el motor. La calma se apoderó del coche, rota únicamente por el sonido de nuestras respiraciones aceleradas. Era como si Hundred Mile High City, de Ocean Colour Scene, se hubiera desbordado a lo bestia.

—Ha sido la hostia, ¿verdad? —zumbó—. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien.

Marion tenía cara de querer arrearle una galleta.

—¡Que te folle un pez, Spike! —explotó—. ¡Última vez que me subo en tu carro en mi vida!

El colega pasó por alto su comentario y encendió un pitillo.

—Os recomiendo que, en vez de gimotear como maricones, guardéis silencio un rato. Con suerte, saldremos de esta mierda sin problemas.

Agotado, me limpié el sudor de la frente. Tenía la boca seca, los músculos rígidos y los nervios a flor de piel. El bienestar causado por la cocaína desaparecía a pasos agigantados, dando paso a un bajón informe. Tom estaba blanco como una sábana, se retorcía los dedos y respiraba con dificultad.

—Pásame una birra, tío.

El menda abrió los ojos como platos.

—¿Qué dices, loco? ¿Aún te quedan ganas de pimplar?

—¡Claro! —Me encogí de hombros—. ¿Por qué no?

Tom me alcanzó una Guinness. Antes de que pudiera llevármela a la boca, Spike le arrancó la anilla y la vació de un trago interminable. Menudo morro gastaba; la generosidad no era una de sus virtudes.

—Está caliente de cojones. —Torció la boca con asco—. Toda tuya, chaval.

Apuré el fondo de la lata. Marion encendió un cigarro con movimientos torpes. Le temblaban las manos. Estaba cabreado y lanzaba miradas asesinas a Spike

—Lo siento, tronco —se disculpó el menda—. Reconozco que la situación se me fue de las manos. Me acojoné cuando vi a la pasma y actué sin pensar. Te prometo que no volveré a hacerlo.

Marion no se molestó en responder. Al escuchar las sirenas de la policía aproximándose, nos inclinamos para no llamar la atención. Nerviosos, contuvimos el aliento. Spike me guiñó un ojo en la penumbra. Sabía lo que pensaba: después de unos canutos, nuestro colega volvería a la normalidad. Tres vehículos pasaron a toda velocidad, intentando encontrarnos. Chapuceros: con razón los índices de criminalidad cada vez eran mayores; en breve no podríamos salir a tomar una copa sin que nos diera el palo algún zumbado. Cuando desaparecieron, risas de alivio llenaron el interior del Charger.

Los primeros haces lechosos de sol despuntaban encima de los tejados; la mañana estaba a la vuelta de la esquina. Ni en broma íbamos a meternos en la cama; con el pasote que llevábamos, no podríamos dormir. No sería la primera vez que, gracias a los efectos residuales del perico, me quedaba comiendo techo hasta altas horas de la tarde. Cuando tuvimos la seguridad de que no tropezaríamos con la bofia, Spike encendió el contacto del coche.

—La juerga solo acaba de empezar. —Sonrió como un pirado. Adrenalina, caos, exceso y lucidez momentánea en medio del delirio—. ¿Listos para marcharnos?



[1] «Bring It on Down», Oasis (Creation Records).




lunes, diciembre 01, 2025

«DELIVER ME FROM NOWHERE — LA HISTORIA Y CREACIÓN DE NEBRASKA DE BRUCE SPRINGSTEEN» (NEO PERSON, 2025), WARREN ZANES

En Deliver Me from Nowhere — La historia y creación de Nebraska de Bruce Springsteen (Neo Person, 2025), Warren Zanes reconstruye el nacimiento de un disco improbable: un elepé grabado en soledad, con medios mínimos, que terminó convertido en una de las obras más influyentes y enigmáticas de la música norteamericana. Nebraska demostró que no era necesario contar con una banda ni con un estudio de grabación. Bastaban una grabadora de cuatro pistas, una armónica, una guitarra y la voluntad de mirar hacia adentro. Sonido casero, baja fidelidad y letras que retratan la vida de los márgenes: esa fue la esencia de un álbum que nunca estuvo pensado para ser publicado.

El técnico Mike Batlan proporcionó a Springsteen una TEAC 144, micrófonos Shure 57, una J-200 y algunos instrumentos de percusión. Bruce grabó sentado en la cama de su dormitorio, en su rancho de Colt Necks, utilizando cintas Maxwell y pasando todo por una Echoplex para recrear el eco crudo de los primeros discos de Elvis en Sun Records. En ningún momento creyó tener un disco terminado: aquellas canciones eran simples maquetas destinadas a servir de base para la E Street Band en un estudio profesional, lo que además permitiría ahorrar tiempo y dinero.

Sin embargo, Nebraska nació envuelto en la depresión incipiente que Springsteen comenzaba a padecer sin saberlo. El álbum está habitado por imágenes de desiertos interiores: vallas publicitarias, autopistas eternas, moteles vacíos, patrulleros, asesinos, sueños rotos del Medio Oeste y perdedores que, pese a fracasar una y otra vez, insisten en seguir adelante.

El paso del tiempo

Con los años, el elepé se convirtió en una pieza mítica de su discografía. En 1982 nadie esperaba un trabajo sin sencillos, de sonido austero y espíritu maquetero; un proyecto que nadaba a contracorriente en una industria obsesionada con los superventas. ¿Suicidio comercial? ¿Acto de integridad? ¿Necesidad vital? Tal vez un poco de todo.

Además, no había nada parecido en el mercado. Mientras álbumes como Thriller de Michael Jackson o Are You Ready de Bucks Fizz dominaban las listas con producción brillante, múltiples singles y presencia masiva en los medios, este disco avanzaba en sentido opuesto: sin artificio, sin hits, grabado como un cuaderno íntimo en una habitación. Ese contraste subraya su singularidad y explica por qué, pese a su aparente fragilidad comercial, terminó convirtiéndose en una obra de culto.

Zanes describe el agotamiento de Springsteen: el interminable The River Tour, la presión de la fama y las exigencias del negocio lo habían dejado exhausto. Nebraska se convirtió en un refugio, un disco grabado para sí mismo, sin pensar en el público ni en la industria. Más que un trabajo de la E Street Band, surgió como un proyecto solista en el que dejó a un lado el rock para adentrarse en el folk.

La historia y creación de Nebraska de Bruce Springsteen: las influencias 

Las influencias de Woody Guthrie, Bob Dylan o Hank Williams se perciben en el tono de trovador que adopta aquí. Las letras, melancólicas y meditativas, exponen su alma y sus viejos fantasmas en un ejercicio de introspección: heridas no cerradas, cicatrices que laten en el subconsciente e impiden conciliar un sueño apacible.

Ese nivel de desnudez contrastaba con el perfeccionismo obsesivo que había marcado sus discos anteriores. Darkness on the Edge of Town y The River llevaron al grupo al límite; este último, especialmente, exigió tanto tiempo en el estudio que Bruce tuvo que financiar parte de la grabación, rozando la bancarrota. Paradójicamente, The River fue su primer número uno en Estados Unidos, y el sencillo «Hungry Heart» llegó al puesto 5 del Top 10.

El contexto tampoco ayudaba. Ronald Reagan acababa de ganar las elecciones y se abría paso una era conservadora que favorecía a las clases altas y dejaba a las trabajadoras cada vez más desprotegidas. Springsteen, hijo de familia humilde, observaba aquel cambio con inquietud. El éxito tampoco le resultaba cómodo: el dinero no le importaba y la compra de su primer coche nuevo, un Camaro Z28, incluso le provocó vergüenza. A esto se sumaban las agotadoras batallas legales contra su antiguo representante, Mike Appel, que lo dejaron casi en la ruina.

Los personajes 

Por las noches vagaba por Freehold, pasando por la antigua casa de sus padres, perseguido por el peso del pasado. De ahí surgieron muchos de los personajes de Nebraska: figuras turbias, violencia como única salida, recuerdos infantiles y estampas del ayer, todo narrado sin juicio alguno y desde una distancia redentora. Bruce había perdido el vínculo tanto con sus orígenes como con ese inesperado estatus de superestrella que ahora lo rodeaba.

Incluso la sesión de fotos de David Michael Kennedy buscaba esa misma sencillez: retratar al cantante sin artificios, como un elemento más del paisaje. La portada —una autopista solitaria bajo la nieve— sintetiza a la perfección un proyecto influido por Malas tierras de Malick, «Frankie Teardrop» de Suicide, La noche del cazador de Charles Laughton, los relatos de Flannery O’Connor y las fotografías de Robert Frank. La historia de los fugitivos Charles Starkweather y Caril Ann Fugate, base del filme de Malick, también marcó profundamente el tono del disco.

Los estilos musicales 

El country, el blues y el folk aportaron el marco ideal para contar la vida de personajes anónimos. En un gesto de principios, el Boss decidió publicar Nebraska antes que Born in the U.S.A., pese a que ambos álbumes nacieron prácticamente al mismo tiempo. El primero se convertiría en obra de culto; el segundo, en el trabajo que lo disparó hacia el estrellato mundial. Se barajó incluso la idea de un disco doble, pero la experiencia de The River lo llevó a descartarla.

La mezcla de Nebraska fue un reto considerable. Durante meses se intentó que las cintas caseras —llenas de ruidos y limitaciones propias de una grabadora doméstica— sonaran de forma aceptable en distintos estudios y configuraciones. Nada lograba preservar su crudeza sin sacrificar claridad, hasta que Dennis King, mediante equipos analógicos y un trabajo minucioso, consiguió una versión final que equilibraba la aspereza original con la mínima limpieza necesaria para publicarla.

Nebraska 

Columbia Records, acostumbrada a éxitos comerciales, comprendía que Nebraska sería difícil de vender. Su mánager, Jon Landau, el presidente de la discográfica, Walter Yetnikoff, y el resto de ejecutivos asumieron el riesgo y apostaron por un elepé que quizá no arrasaría en las listas, pero cuyo prestigio crecería con los años hasta convertirlo en un clásico. A partir de entonces, el público descubrió una faceta distinta de Springsteen. Todos conocían su poderío en directo; Nebraska reveló al narrador valiente dispuesto a sacrificar las imposiciones del mercado para mantener vivo su arte. Quizá por eso evitó el circo promocional: ninguna gira, ninguna entrevista, ninguna aparición mediática. Prefirió que el público llegara a sus propias conclusiones.

Tras la publicación, Bruce emprendió un viaje en carretera hacia Los Ángeles con su amigo Matt Delia, en un Ford XL de 1969. A mitad del trayecto se derrumbó. Como relata en su autobiografía Born to Run, fue entonces cuando comprendió que atravesaba una crisis nerviosa y que necesitaba ayuda profesional. Durante la creación del disco había volcado, sin darse cuenta, los traumas de su infancia, especialmente la relación conflictiva con su padre alcohólico. A partir de ese momento comenzó a acudir a terapia de forma regular.

Zanes demuestra que Nebraska no fue una estrategia ni un gesto excéntrico, sino un acto de supervivencia. Un diario íntimo transformado, casi por accidente, en obra maestra. En un mundo saturado de ruido, este álbum recuerda que lo más poderoso puede nacer en silencio, cuando un hombre decide enfrentarse a su oscuridad con una grabadora barata y una historia que narrar. 



viernes, noviembre 28, 2025

CRÓNICA FIRA B! 2025

Fira! B 2025 fue el latido mediterráneo de la creación contemporánea. Un punto de encuentro donde la música y las artes escénicas dialogan con el mundo, donde la tradición se reinventa y la vanguardia cobra forma.

Durante varios días, Mallorca se convirtió en un escenario abierto, un cruce de caminos donde artistas, programadores y público compartieron un mismo impulso: descubrir, experimentar y conectar. Fira! B no solo exhibió talento; lo celebró, lo impulsó y lo proyectó más allá del mar.

Esta edición miró al futuro con la energía de lo local y la visión de lo global. Una invitación a escuchar nuevas voces, a dejarse sorprender por la diversidad y a entender el arte como un territorio sin fronteras.

Primera jornada musical (jueves 6 de noviembre, Teatre Municipal Xesc Forteza)

La tarde del jueves 6 de noviembre, el Teatre Municipal Xesc Forteza acogió la primera jornada dedicada a la música dentro de Fira! B 2025. Sobre el escenario, una cuidada selección de formaciones mostró la riqueza de los sonidos vinculados al jazz y sus múltiples ramificaciones.

El evento abrió con Pere Bujosa, quien presentó una propuesta que mezcla folclore balear, jazz moderno y música electrónica. Luego actuó Carmen Vela, fusionando flamenco, swing y ritmos latinos con un enfoque jazzístico. El Cuarteto de Clélya Abraham ofreció una combinación de músicas caribeñas, de La Reunión, clásica y jazz moderno. Ovella Negra aportó una puesta en escena donde la tradición y el jazz interactuaron con un fuerte componente teatral. Finalmente, el Biel Ballester Photonic Quintet cerró la jornada con una interpretación del jazz del siglo XX, ampliando el formato manouche con trompeta y trombón para crear un sonido sofisticado sin batería.

El jazz es clásico y, al mismo tiempo, moderno. Cuna de grandes músicos, donde la improvisación constituye una parte ineludible de su esencia. Evoca clubes llenos de humo, copas de bourbon y barras solitarias. El jazz es Charlie Parker, Miles Davis, John Coltrane y Billie Holiday. Es romanticismo, bares de carretera, y sueños suspendidos en un solo interminable. Es Dean Moriarty y Sal Paradise en un Buick, devorando millas en busca del sueño americano. Es precisión, sobriedad y elegancia.

El evento continuó en el ático del Hotel Saratoga con un ambiente cercano. K12 abrió con una actuación enérgica y espontánea, resaltando la esencia del género en la proximidad con el público. Luego, The Apple Thief aportó frescura con una mezcla de soul, funk y hip hop. El cierre estuvo a cargo de Endless Trio, que presentó su elepé New Horizont en un clima íntimo marcado por un piano envolvente, poniendo un broche de calma a la jornada.

La velada evidenció la variedad inabarcable de subgéneros del jazz y la vitalidad de una escena que, partiendo de los instrumentos esenciales del género —piano, contrabajo y batería—, continúa reinventándose con creatividad.

Segunda jornada musical (viernes 7 de noviembre, Teatre Municipal Maruja Alfaro)

Al día siguiente, en el Teatre Municipal Maruja Alfaro (Mar i Terra), y en paralelo a las ponencias sobre la industria musical, actuaron Anna Colom —cantaora con influencias flamencas— y Two Little Rooms, un proyecto íntimo y delicado, cuya voz, la de Aina Zanoguera, podría encajar perfectamente en cualquier disco de dream pop de los ochenta.

Por la tarde, el resto de la jornada tuvo lugar en Es Gremi, repartida en tres salas y marcada por un notable eclecticismo. La programación incluyó a Mòpia, Pascuale Caló, Theorem of Joy, Blau Salvatge, Pedro Rosa & Lakki Patey, Kosmonauci y Roseye —en clave jazz—, así como a Tamara Kramar —soul y pop—, los potentes Cool Aid —indie rock— y los psicodélicos Brama —con una puesta en escena anfetamínica—. También actuaron Saïm y Peligro!, representantes del pop rock.

En el ámbito de la música tradicional destacó Ella Crevani, L’Aranná, Toc de Crida, Ganna —cuyo estilo evocaba a la Björk de los noventa—, Boc —new age con aires de espagueti western— y el dúo Carmen y María, que fusionó flamenco y rumba con gran acogida del público. Para cerrar, Lyras Hëll aportó un estallido de glam metal con influencias de bandas como Mötley Crüe o Poison: un desenlace tan inesperado como contundente.

Fue una jornada intensa, cargada de buena música y de estilos muy diversos que, lejos de chocar entre sí, encajaron a la perfección dentro de la propuesta del festival.

Tercera jornada musical (sábado 8 de noviembre, Motorworld)

Durante la mañana del sábado, nuevamente en el Teatre Municipal Maruja Alfaro, se celebraron nuevas ponencias sobre festivales de música y la audiencia moderna, alternadas con dos conciertos: When the Robin Sings y Anouck, ambos situados entre el folk, el formato acústico y las canciones emotivas con bonitos juegos de voces.

La siguiente parada fue en Motorworld, donde tres escenarios y una exposición de coches creaban un ambiente vibrante. Entre los vehículos destacaba un espectacular Dodge Charger del 67, capaz de eclipsar incluso a los modelos más modernos. A diferencia del día anterior, la programación musical se centró en el pop, el indie y el rock.

David Cabot abrió la jornada —el cronista aprovechó para adquirir álbum Collage en la zona de merchandising, donde se echó en falta un catálogo más amplio de los grupos participantes—. Le siguieron Alejandra Burgos Band —blues clásico—, el estupendo R&B de Miss Blanche, Komodo García con su energía discofunk y Sara Azurza aportando matices soul.

También actuaron Victoria Lerma, enérgica y rockera, O’o, Nadia Sheik y Marta Knight, dentro de coordenadas más indies; así como las jóvenes Al·lèrgiques al Pol·len, Go Cactus y Niños Raros, formaciones con influencias del pop noventero patrio.

En el terreno electrónico destacaron Jordi Maranges, Soy David Goodman y Damasso. En el caso de Soy David Goodman, una bailarina acompañó sus atmósferas de estética espacial. Damasso —mi combo favorito de todo el festival— ofreció un sonido que recordó a Tame Impala, con un estilo bailable ideal para un chill out playero. Cabe destacar el trombón, que llegaba a eclipsar la parte sintética. Impresionantes.

Y como colofón, actuaron Pau Walters i els AvantGardistas, una propuesta de hip hop con letras combativas y críticas hacia la sociedad. Igual que el día anterior, fue un cierre imprevisto.

Fira B! 2025 celebró su décimo aniversario por todo lo alto. Un festival heterogéneo, con un ambiente excelente y una organización impecable en todos los aspectos —desde el catering, los horarios de los conciertos hasta el funcionamiento de las barras—. La calidad de los grupos convirtió esta edición en una experiencia magnífica que no dudaría en repetir y que puede servir como referencia para el resto de festivales españoles. Dudo que los asistentes se sintieran decepcionados.



martes, octubre 28, 2025

ENTREVISTA A SYD dePALMA: UN REFUGIO LLAMADO «PARIS»

El artista convierte paris en un refugio emocional donde el ritmo late despacio y cada nota respira deseo y distancia.

Syd dePalma es una de esas figuras que no necesitan etiquetas para definirse. Músico, compositor, productor y multiinstrumentista granadino afincado en Barcelona, su sonido se mueve entre el post-punk, la psicodelia y una espiritualidad sonora difícil de encasillar. Tras el éxito de su debut El Lugar de Arder (2023), vuelve con un nuevo álbum, paris (.raso), que promete consolidarlo como una de las voces más singulares del indie-psych en castellano.

Tu álbum debut El Lugar de Arder fue muy bien recibido. ¿Cómo sientes que ha evolucionado tu sonido hasta llegar a paris?

La idea para paris era componer todo de una manera más cruda. Muchas canciones han sido compuestas en su versión demo con una guitarra acústica o un piano, intentando que ya funcionaran así, con pocos elementos. A partir de ahí, quise volver un poco al sonido del primer álbum. Intento que toda la música que hago se retroalimente entre sí; hay una especie de involución que, en realidad, me hace avanzar.

En tu música se percibe una mezcla de psicodelia, oscuridad y espiritualidad. ¿De dónde nace ese equilibrio tan característico?

Son cosas que definen un poco mi personalidad, creo. Siempre me ha gustado buscar la psicodelia en todo, en la vida. A veces veo una silla y le intuyo formas psicodélicas, o un mantel, o cualquier cosa. Creo que esa forma de mirar la exporto hacia mi música. Y, bueno, la oscuridad también es algo que me atrae bastante, aunque intento mantener una relación cauta con ella: me dejo gustar, pero sin que me atrape.

¿Qué representa para ti el título paris y cómo se conecta con la atmósfera del disco?

paris representa un colectivo de personalidades, de almas. Cada una ha escrito historias diferentes en este disco. Lo escribo en minúscula porque, al igual que “gente” o “colectivo”, se usa en minúsculas; para mí paris también debe escribirse así, porque no quiero personalizarlo en nadie en concreto. Puede tener que ver conmigo, con alguien con quien me cruce una noche, con quien imagine en un sueño, o con ese largo etcétera de casualidades que se dan en nuestras vidas y que crean esas personalidades. Eso es paris.

En este nuevo trabajo colaboras con artistas como Niño de Elche, Florent Muñoz (Los Planetas) y Heather Cameron. ¿Cómo surgieron esas colaboraciones?

Con Niño de Elche, después de haber hablado varias veces de que molaría hacer algo juntos, un día me escribió para preguntarme cómo llevaba el disco. Le dije que genial, que solo faltaba que él cantara algo y ya lo tendríamos, y así fue: le pasé el álbum y me dijo que quería cantar en «Vuela y sus pupilas se dilatan». En dos semanas lo teníamos ya bordado.

Con Florent estuve el verano de 2024 tocando los sintes para su proyecto personal, y alguna noche, después de tocar, le enseñé cómo tenía los temas. Le molaron y me dijo que se grabaría algo.

Y con Heather la conozco desde hace mil, y ya hacía tiempo que quería grabar algo con ella.

Además de estas colaboraciones, hay mucha gente que ha participado en el álbum. Germán (Plataforma, Univers, Heather) grabó casi todas las guitarras del disco; Eros Migo grabó unos violines en «Ojos, sus ojos»; también hay un taconeo en «Cristal gris», etc.

Tus canciones evocan influencias que van desde The Cure o Echo & the Bunnymen hasta Dean Blunt o Spiritualized. ¿Qué papel juegan las referencias musicales en tu proceso creativo?

Las influencias son totalmente incontrolables, porque se quedan en un subconsciente un poco maleante que, cuando quiere, te las saca sin que te des cuenta. Aun así, en procesos de mucha creación intento escuchar menos música, porque si no es imposible: me sobrecargo de cosas que quiero hacer y pierdo el hilo. Entonces prefiero dejar que juegue un poco ese maleante que ya existe en mi cabeza y que deje pasar las cosas sin buscarlas.

En tus composiciones mezclas instrumentos tradicionales con técnicas de producción modernas. ¿Es una forma de reconciliar pasado y futuro?

Al escuchar música de distintas épocas, imagino que vuelve a activarse ese maleante, y me lleva a buscar instrumentos más “tradicionales”, pero luego los paso por una vorágine de futurismo.

Has tocado en salas emblemáticas como Apolo, Razzmatazz o Mutek, y también en Berlín. ¿Qué diferencias notas entre los públicos y las escenas?

En algunas salas he tocado con otros proyectos anteriores, como Galera. La verdad es que las veces que he tocado en Berlín la vibra ha sido mil veces más intensa. Estoy muy decepcionado, personalmente, con la escena musical en España. Hace tiempo que no me dice nada, más allá de tres o cuatro cosas de gente cercana. En la movida más rock solo veo bandas que son copia y pega de otras, porque los promotores buscan eso: cosas que ya has escuchado antes, no vaya a ser que si haces algo diferente no encaje. Muy decepcionante para mí, lo siento.

Fuiste seleccionado por el programa Artist Talent 2025 del IMB y por Casa de la Música, además de participar en el BAM 2025. ¿Qué valor tiene este tipo de apoyos para un artista independiente?

Pues la verdad es que esa ayuda económica viene muy bien para no desistir en esta industria, que es como estar echándole continuamente monedas a una tragaperras, a ver si algún día sale el bote.

Muchos describen tu sonido como “post-punk espacial” o “psicodelia brumosa”. ¿Te sientes cómodo con esas etiquetas?

Una vez, después de un bolo, alguien me dijo que lo que hacía le parecía “una movida color púrpura”. Para mí, es la mejor etiqueta que me han puesto. Las demás suelen ser un poco pretenciosas y buscan colocarte en un sitio. Tendemos a querer ser organizados con la música, por eso etiquetar con un color me parece mucho más interesante: puede abarcar muchos estilos. Es más un feeling que un estilo con sus standards. Al final, el morado puede ser post-punk, pop o vete tú a saber.

Si tuvieras que describir paris con una sola palabra, ¿cuál sería y por qué?

Desde el principio quise poner solo una palabra: paris. Tuve varias ideas para titular el álbum, pero conforme fui avanzando me di cuenta de que una sola palabra unificaría todo mucho mejor que un título descriptivo.

¿Qué te inspira a seguir creando en un panorama musical tan cambiante?

Bueno, yo principalmente creo para mí. Me inspira lo que siento cada día. Suele pasar que, cuando estoy más hacia abajo emocionalmente, me siento más inspirado y necesito ponerme a hacer música para salir de ahí… o quizá para ir aún más hacia abajo, quién sabe. No tengo muy en cuenta el panorama musical, excepto cuando llega el momento de sacar la música. Ahí sí, de repente, me da una hostia y aparece diciéndome: “Hola, soy Mr. Panorama Musical”.

Después de paris, ¿qué nuevas direcciones te gustaría explorar en tu música?

Tengo ideas de hacer algo más electrónico e intentar componer más a partir de lo que vaya surgiendo en directo con la banda que tengo ahora. Pero, bueno, de momento son solo ideas… pueden cambiar mañana mismo.