Mostrando entradas con la etiqueta Bruce Springsteen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bruce Springsteen. Mostrar todas las entradas

lunes, diciembre 01, 2025

«DELIVER ME FROM NOWHERE — LA HISTORIA Y CREACIÓN DE NEBRASKA DE BRUCE SPRINGSTEEN» (NEO PERSON, 2025), WARREN ZANES

En Deliver Me from Nowhere — La historia y creación de Nebraska de Bruce Springsteen (Neo Person, 2025), Warren Zanes reconstruye el nacimiento de un disco improbable: un elepé grabado en soledad, con medios mínimos, que terminó convertido en una de las obras más influyentes y enigmáticas de la música norteamericana. Nebraska demostró que no era necesario contar con una banda ni con un estudio de grabación. Bastaban una grabadora de cuatro pistas, una armónica, una guitarra y la voluntad de mirar hacia adentro. Sonido casero, baja fidelidad y letras que retratan la vida de los márgenes: esa fue la esencia de un álbum que nunca estuvo pensado para ser publicado.

El técnico Mike Batlan proporcionó a Springsteen una TEAC 144, micrófonos Shure 57, una J-200 y algunos instrumentos de percusión. Bruce grabó sentado en la cama de su dormitorio, en su rancho de Colt Necks, utilizando cintas Maxwell y pasando todo por una Echoplex para recrear el eco crudo de los primeros discos de Elvis en Sun Records. En ningún momento creyó tener un disco terminado: aquellas canciones eran simples maquetas destinadas a servir de base para la E Street Band en un estudio profesional, lo que además permitiría ahorrar tiempo y dinero.

Sin embargo, Nebraska nació envuelto en la depresión incipiente que Springsteen comenzaba a padecer sin saberlo. El álbum está habitado por imágenes de desiertos interiores: vallas publicitarias, autopistas eternas, moteles vacíos, patrulleros, asesinos, sueños rotos del Medio Oeste y perdedores que, pese a fracasar una y otra vez, insisten en seguir adelante.

El paso del tiempo

Con los años, el elepé se convirtió en una pieza mítica de su discografía. En 1982 nadie esperaba un trabajo sin sencillos, de sonido austero y espíritu maquetero; un proyecto que nadaba a contracorriente en una industria obsesionada con los superventas. ¿Suicidio comercial? ¿Acto de integridad? ¿Necesidad vital? Tal vez un poco de todo.

Además, no había nada parecido en el mercado. Mientras álbumes como Thriller de Michael Jackson o Are You Ready de Bucks Fizz dominaban las listas con producción brillante, múltiples singles y presencia masiva en los medios, este disco avanzaba en sentido opuesto: sin artificio, sin hits, grabado como un cuaderno íntimo en una habitación. Ese contraste subraya su singularidad y explica por qué, pese a su aparente fragilidad comercial, terminó convirtiéndose en una obra de culto.

Zanes describe el agotamiento de Springsteen: el interminable The River Tour, la presión de la fama y las exigencias del negocio lo habían dejado exhausto. Nebraska se convirtió en un refugio, un disco grabado para sí mismo, sin pensar en el público ni en la industria. Más que un trabajo de la E Street Band, surgió como un proyecto solista en el que dejó a un lado el rock para adentrarse en el folk.

La historia y creación de Nebraska de Bruce Springsteen: las influencias 

Las influencias de Woody Guthrie, Bob Dylan o Hank Williams se perciben en el tono de trovador que adopta aquí. Las letras, melancólicas y meditativas, exponen su alma y sus viejos fantasmas en un ejercicio de introspección: heridas no cerradas, cicatrices que laten en el subconsciente e impiden conciliar un sueño apacible.

Ese nivel de desnudez contrastaba con el perfeccionismo obsesivo que había marcado sus discos anteriores. Darkness on the Edge of Town y The River llevaron al grupo al límite; este último, especialmente, exigió tanto tiempo en el estudio que Bruce tuvo que financiar parte de la grabación, rozando la bancarrota. Paradójicamente, The River fue su primer número uno en Estados Unidos, y el sencillo «Hungry Heart» llegó al puesto 5 del Top 10.

El contexto tampoco ayudaba. Ronald Reagan acababa de ganar las elecciones y se abría paso una era conservadora que favorecía a las clases altas y dejaba a las trabajadoras cada vez más desprotegidas. Springsteen, hijo de familia humilde, observaba aquel cambio con inquietud. El éxito tampoco le resultaba cómodo: el dinero no le importaba y la compra de su primer coche nuevo, un Camaro Z28, incluso le provocó vergüenza. A esto se sumaban las agotadoras batallas legales contra su antiguo representante, Mike Appel, que lo dejaron casi en la ruina.

Los personajes 

Por las noches vagaba por Freehold, pasando por la antigua casa de sus padres, perseguido por el peso del pasado. De ahí surgieron muchos de los personajes de Nebraska: figuras turbias, violencia como única salida, recuerdos infantiles y estampas del ayer, todo narrado sin juicio alguno y desde una distancia redentora. Bruce había perdido el vínculo tanto con sus orígenes como con ese inesperado estatus de superestrella que ahora lo rodeaba.

Incluso la sesión de fotos de David Michael Kennedy buscaba esa misma sencillez: retratar al cantante sin artificios, como un elemento más del paisaje. La portada —una autopista solitaria bajo la nieve— sintetiza a la perfección un proyecto influido por Malas tierras de Malick, «Frankie Teardrop» de Suicide, La noche del cazador de Charles Laughton, los relatos de Flannery O’Connor y las fotografías de Robert Frank. La historia de los fugitivos Charles Starkweather y Caril Ann Fugate, base del filme de Malick, también marcó profundamente el tono del disco.

Los estilos musicales 

El country, el blues y el folk aportaron el marco ideal para contar la vida de personajes anónimos. En un gesto de principios, el Boss decidió publicar Nebraska antes que Born in the U.S.A., pese a que ambos álbumes nacieron prácticamente al mismo tiempo. El primero se convertiría en obra de culto; el segundo, en el trabajo que lo disparó hacia el estrellato mundial. Se barajó incluso la idea de un disco doble, pero la experiencia de The River lo llevó a descartarla.

La mezcla de Nebraska fue un reto considerable. Durante meses se intentó que las cintas caseras —llenas de ruidos y limitaciones propias de una grabadora doméstica— sonaran de forma aceptable en distintos estudios y configuraciones. Nada lograba preservar su crudeza sin sacrificar claridad, hasta que Dennis King, mediante equipos analógicos y un trabajo minucioso, consiguió una versión final que equilibraba la aspereza original con la mínima limpieza necesaria para publicarla.

Nebraska 

Columbia Records, acostumbrada a éxitos comerciales, comprendía que Nebraska sería difícil de vender. Su mánager, Jon Landau, el presidente de la discográfica, Walter Yetnikoff, y el resto de ejecutivos asumieron el riesgo y apostaron por un elepé que quizá no arrasaría en las listas, pero cuyo prestigio crecería con los años hasta convertirlo en un clásico. A partir de entonces, el público descubrió una faceta distinta de Springsteen. Todos conocían su poderío en directo; Nebraska reveló al narrador valiente dispuesto a sacrificar las imposiciones del mercado para mantener vivo su arte. Quizá por eso evitó el circo promocional: ninguna gira, ninguna entrevista, ninguna aparición mediática. Prefirió que el público llegara a sus propias conclusiones.

Tras la publicación, Bruce emprendió un viaje en carretera hacia Los Ángeles con su amigo Matt Delia, en un Ford XL de 1969. A mitad del trayecto se derrumbó. Como relata en su autobiografía Born to Run, fue entonces cuando comprendió que atravesaba una crisis nerviosa y que necesitaba ayuda profesional. Durante la creación del disco había volcado, sin darse cuenta, los traumas de su infancia, especialmente la relación conflictiva con su padre alcohólico. A partir de ese momento comenzó a acudir a terapia de forma regular.

Zanes demuestra que Nebraska no fue una estrategia ni un gesto excéntrico, sino un acto de supervivencia. Un diario íntimo transformado, casi por accidente, en obra maestra. En un mundo saturado de ruido, este álbum recuerda que lo más poderoso puede nacer en silencio, cuando un hombre decide enfrentarse a su oscuridad con una grabadora barata y una historia que narrar. 



sábado, octubre 25, 2025

«SPRINGSTEEN: DELIVER ME FROM NOWHERE» — EL SILENCIO DESPUÉS DEL RUIDO

Un hombre roto, agotado por el peso de la fama y del propio mito que él mismo ha creado. Deliver Me from Nowhere retrata a Bruce Springsteen en uno de los momentos más introspectivos de su vida: el tránsito entre la euforia de The River y la desnudez emocional de Nebraska. La película explora ese miedo profundo a perder sus raíces, su esencia y el contacto con Freehold, el lugar del que vino y al que pertenece.

Inspirado por Flannery O’Connor, el debut de Suicide y por el universo moral de Malas tierras, el protagonista da forma a un nuevo yo artístico. Lejos del sonido exuberante de la E Street Band, surgen canciones sobre la soledad, la culpa, la pobreza, el crimen y la pérdida del sueño americano. Entre forajidos, almas heridas y carreteras interminables, nacen piezas tan bellas como dolorosas —«Mansion on the Hill», «My Father’s House», «Used Cars»—, donde la relación con su padre, Douglas Springsteen, se convierte en un espejo constante de sus heridas.

El film muestra a un artista que regresa a sus orígenes: bares de carretera, escenarios pequeños, la humildad del oficio. A pesar de la fama y el dinero, Springsteen conserva la mirada del músico de barrio, sin arrogancia ni artificios. Frente a los excesos típicos del rock —drogas, groupies, autodestrucción— aquí encontramos realismo.

El retrato intimista que propone el director Scott Cooper se aleja del biopic convencional. La estrella solo aparece en la secuencia inicial, en una poderosa interpretación de Born to Run. El resto del metraje nos sumerge en la soledad de un hombre que escribe canciones como exorcismo. No hay estadios, ni multitudes, ni luces cegadoras: solo un individuo, su guitarra, una grabadora de cuatro pistas y la mezcla de pureza y brutalidad que coexisten en el corazón de Estados Unidos.

La relación rota con su padre alcohólico marca toda la narración. Ese amor mezclado con miedo y resentimiento define la herida fundacional del artista. Bruce visita una y otra vez la casa vacía de su infancia: un lugar fantasma donde se gestan sus obras maestras. Deliver Me from Nowhere sugiere que el arte nace del dolor; que las canciones son intentos de llenar un vacío imposible.

Sobria y elegante, la película evita cualquier tentación mitificadora. Todo gira en torno a la grabación de Nebraska, un disco que la discográfica Columbia recibió con desconcierto: un álbum acústico, sin hits, sin portada llamativa, sin intención comercial. Fue un suicidio artístico, pero también una declaración de principios. Springsteen luchó obsesivamente por conservar el sonido áspero y doméstico de la maqueta original, una decisión que lo llevó a meses de frustración y mezclas interminables.

Destaca su relación con John Landau, más amigo que representante, el único capaz de entender la necesidad de autenticidad del protagonista y su rechazo a los mecanismos de la industria. Por otro lado, el vínculo romántico con Faye Romano —personaje ficticio que condensa distintas relaciones sentimentales del Boss—, una madre soltera, añade una capa íntima al retrato: revela la incapacidad del músico para construir lazos estables y su miedo a repetir los errores paternos. En el fondo, Bruce se parece más a Douglas de lo que quisiera admitir. Por eso vive aislado, huyendo siempre hacia adelante. El encuentro con un terapeuta hacia el final —uno de los momentos más potentes del film— funciona como catarsis: cuando la máscara cae, aparece el hombre real, vulnerable, hecho pedazos.

En cuanto a las interpretaciones, Jeremy Allen White capta con precisión la vulnerabilidad y el conflicto interno del personaje de Springsteen, en plena transformación creativa. Jeremy Strong transmite con solidez la figura de apoyo y, al mismo tiempo, de tensión que representa Landau, mientras que Stephen Graham aporta una presencia contenida pero emocionalmente cargada al retratar a Douglas, pieza clave en el trasfondo familiar del protagonista.

Deliver Me from Nowhere es, en esencia, una reflexión sobre el precio de la integridad y la fragilidad del creador. Un film contenido, humano, que devuelve al rock su poder más puro: convertir el sufrimiento en belleza.



jueves, octubre 23, 2025

BRUCE SPRINGSTEEN: «NEBRASKA ’82 – EXPANDED EDITION»

Tras la exitosa gira The River Tour, Bruce Springsteen quiso continuar la estela de aquel álbum con un sonido crudo, casi de garaje. Las posibilidades del estudio eran infinitas, pero el matiz comercial de Born to Run (1975) ya no le interesaba. La fama y la sobreexposición mediática habían perdido el brillo prometido.

Nebraska (1982) fue un disco oscuro, habitado por perdedores, criminales, mafiosos, policías y obreros. El sonido se redujo a su mínima expresión: una Gibson J-200, armónica, carillón, mandolina y la voz del Boss, desnuda y directa. Nadie esperaba aquel álbum: el hombre detrás del mito se convertía en cantautor, una especie de Bob Dylan surgido del asfalto de Nueva Jersey.

Fue una maniobra anticomercial, especialmente viniendo de una superestrella como Springsteen. En Columbia Records recibieron las cintas con cautela: esperaban otro éxito en las listas, un nuevo Top 10 que prolongara la estela de The River (1980). Lo que obtuvieron fue un elepé áspero, introspectivo y sin potencial radial, una colección de historias que desafiaban cualquier estrategia de mercado.

El imaginario de Nebraska oscila entre los sueños rotos, los veteranos de Vietnam caídos en desgracia, el peso del pasado y los individuos vencidos. Y, de fondo, de manera velada, la presencia de un país bajo el gobierno de Ronald Reagan, que amenazaba con ofrecer a sus ciudadanos una versión amarga de la libertad.

Un álbum influido por el gótico sureño, la historia de Estados Unidos, la novela negra, los músicos y activistas, los héroes de guerra y el cine de John Huston o Terrence Malick. Un universo con un halo de tristeza: habitaciones de hotel vacías, autopistas desiertas, lluvia, horizontes infinitos donde no hay esperanza. Tono rural, con ecos de western, recuerdos de infancia dolorosos, un niño perdido. Y, sobre todo, la alargada sombra de su padre, Douglas —miedo, dolor y rechazo—, con quien mantuvo siempre una relación compleja, marcada por la introspección, la frustración y el alcohol.

Incluso la portada, con esa carretera vacía bajo un cielo plomizo, anticipa lo que encontraremos en el interior: un viaje solitario por el corazón profundo de EE. UU donde la clase trabajadora continúa adelante a duras penas.

Desde la lóbrega «Nebraska» hasta la melancólica «Reason to Believe», el álbum recorre las grietas del sueño americano. «Atlantic City», «Highway Patrolman» o «State Trooper» dibujan paisajes de desesperanza y redención, mientras «Johnny 99» y «Used Cars» dan voz a la América obrera, perdida entre la culpa y la supervivencia.

Registrado de forma casera en su rancho de Colts Neck, Nueva Jersey, con una grabadora de cuatro pistas, el Boss suena descarnado, visceral, sin ningún tipo de artificio. Las canciones son tan auténticas que ni siquiera necesitan el respaldo de la E Street Band. Cuando intentaron registrarlas en los Power Station de Nueva York, comprendieron que la electricidad y los nuevos arreglos les robaban la esencia. Algunos temas fueron apartados para el siguiente disco, el multiplatino Born in the U.S.A. (1984), que lo convertiría en un ídolo de masas, mientras que el resto permaneció en el limbo hasta que, tras meses de pruebas y mezclas fallidas, Dennis King consiguió una versión que les hiciera justicia.

Bruce fue perspicaz: entendió que la calidad en bruto de la maqueta no podría ser replicada en un estudio. Por consiguiente, decidió publicarla en su forma más pura.

Las influencias son evidentes: blues, rockabilly, country, punk, folk. John Lee Hooker, Chuck Berry, Dylan, Suicide, Hank Williams y Elvis Presley. Lo importante era la sencillez, el mensaje. Quizá por eso no hubo gira de promoción, ni entrevistas, ni presencia en los medios. Las maquetas —conocidas entre los seguidores como Electric Nebraska— fueron durante décadas material codiciado, y en esta reedición ven la luz por primera vez. A diferencia de otros trabajos del Boss difundidos en bootlegs, las sesiones del álbum habían permanecido ocultas hasta ahora.

El elepé fue un hito dentro de su discografía. Sin él, no existirían The Ghost of Tom Joad (1995) ni Devils & Dust (2005). Su minimalismo, parquedad y crudeza lírica servirían de inspiración para toda una generación de músicos. Con su tono confesional y una espiritualidad sombría, demostró que menos puede ser más.

Nick Cave, Steve Earle, Bon Iver, Beck, The Killers, Sufjan Stevens, Phoebe Bridgers, The National e incluso el mismísimo Johnny Cash: todos cayeron rendidos ante su hechizo. Nebraska tendió puentes entre el indie rock, el country alternativo y el folk americano.

En cuanto al material inédito: numerosas outtakes, demos, caras B y tomas en directo. Destacan los cortes primerizos retocados por la E Street Band, más crudos y enérgicos que los que finalmente llegarían al público.

Nebraska ’82: Expanded Edition se encuentra disponible en una cuidada caja de cuatro CDs y un Blu-ray, y también en edición de vinilo con cuatro LPs. Una joya imprescindible para los devotos del Boss, que demuestra que la espera ha merecido la pena. La leyenda no conoce límites. 




miércoles, octubre 22, 2025

BRUCE SPRINGSTEEN: «BORN TO RUN» – MEMORIAS (PRIMERA PARTE) (LITERATURA RANDOM HOUSE, 2016)

De Freehold a la gloria del rock: repasamos la vida de Bruce Springsteen en su autobiografía Born to Run. Un viaje a las raíces del Boss.

I. El hombre

Bruce Springsteen creció en Freehold, Nueva Jersey, siempre en los márgenes, hijo de una familia trabajadora que apenas llegaba a fin de mes. En casa, la figura de su padre, Douglas, marcó su vida con una mezcla de silencio, frustración y amor reprimido. El alcohol, la depresión y la imposibilidad de expresar afecto generaron una distancia que pesaría durante décadas. Aquella tensión familiar fue la semilla de muchas de sus canciones: una lucha constante entre la necesidad de huir y el deseo de redención.

Desde muy joven supo lo que era sentirse un inadaptado: demasiado pobre para encajar en los círculos de moda, demasiado inquieto para resignarse al destino obrero de su barrio. Bruce veía en su padre el espejo del desencanto y la derrota que él se juró no repetir. Años después escribiría sobre ese vínculo roto en temas como «Adam Raised a Cain» o «Independence Day», donde el hijo intenta comprender a un hombre endurecido por el trabajo y la pobreza.

Antes de conocer el éxito, su vida transcurrió entre bares donde tocaba por unos dólares y bolos interminables en salas pequeñas. Fueron años de pura escasez, de ruina económica, en los que incluso llegó a pasar hambre. La carretera, sin embargo, le dio lo que la rutina le negaba: oficio, resistencia y un talento esculpido a base de sudor, kilómetros y noches sin dormir.

Pasaron tres años de giras y esfuerzos titánicos hasta que, finalmente, John Hammond —el mismo que había descubierto a Dylan— lo escuchó y apostó por él en Columbia Records. Fue el inicio de todo: el salto desde la periferia al centro, de la oscuridad de los clubes de Nueva Jersey a los focos del rock.

A lo largo de su vida, la figura paterna se transformó en espejo y advertencia. Bruce temía repetir los errores de su padre: la dureza, el aislamiento emocional, la incapacidad de abrirse a los demás. Sin embargo, durante sus años de mayor fama —cuando Born in the U.S.A. lo convirtió en un fenómeno global— acabó reproduciendo parte de ese patrón.

Su matrimonio con la actriz Julianne Phillips, en pleno auge de los ochenta, lo enfrentó a su propio vacío. Ella representaba el éxito y la estabilidad que él creía desear, pero Bruce descubrió que seguía atrapado entre la carretera y los fantasmas de Freehold. El divorcio fue doloroso y lo obligó a mirar hacia adentro: comprendió que el amor no basta cuando uno no sabe quién es.

Poco después, en la gira de Tunnel of Love (1987), encontró en Patti Scialfa —compañera de la E Street Band y confidente desde hacía años— a la persona que realmente comprendía su mundo. Con ella formó la familia que siempre había anhelado: Evan, Jessica y Sam. El nacimiento de su primogénito, en 1990, marcó un cambio profundo en su vida.

La prosa de Springsteen —en sus letras y en su autobiografía— es un reflejo del hombre: humilde, perseverante y de clase obrera. Un artista que ama su oficio por encima de todo, que ganó lo que tiene a base de esfuerzo y que, pese al éxito, conserva la gratitud y la capacidad de mirar la vida desde el asombro.

Chupa de cuero, camisa de cuadros, jeans, botas y una Fender Esquire de 1950. ¿Para qué más?

II. Bruce Springsteen y la E Street Band

Springsteen jamás se planteó un trabajo de nueve a cinco con cuello blanco. Solo le interesaba la música y, a diferencia de otros menos afortunados, logró cumplir sus sueños. Siempre lo tuvo claro: cero atracción por los excesos del rock and roll que se llevaron por delante a tantos grandes —Jim Morrison, Kurt Cobain, Amy Winehouse—. Quizá por eso se ha mantenido en pie en la industria hasta el presente. Para el Boss solo existe una opción: continuar adelante, devorar kilómetros y nunca mirar atrás.

También vivió la eterna lucha contra las discográficas, plagadas de ejecutivos sin visión que solo buscaban explotar a los artistas. La marcha de John Hammond y Clive Davis de Columbia lo dejó en una situación complicada tras su segundo álbum: los nuevos jefes no apostaron por él. Más tarde, incluso cuando ya era un éxito masivo, tuvo que pelear por unas condiciones contractuales más justas frente a Mike Appel, su representante.

Más que una estrella del rock, Springsteen siempre proyectó la imagen de alguien que podría encajar en un taller mecánico o conduciendo un camión por la Ruta 66. En esa sencillez se adivinaba la herencia de su padre: un hombre duro, de manos agrietadas y mirada cansada, que nunca entendió la pasión de su hijo por la música, pero cuya sombra impulsó al joven Bruce a demostrar que el talento también podía ser una forma de dignidad.

Esa misma filosofía de lealtad y trabajo en equipo fue la que lo llevó a crear una de las bandas más sólidas y queridas de la historia del rock: La E Street Band. Con ellos, Bruce no solo formó un grupo, sino una auténtica familia.

Steven Van Zandt, Clarence Clemons, Max Weinberg, Garry Tallent, Roy Bittan, Nils Lofgren, Danny Federici y, más tarde, Patti Scialfa, compartían con el Boss una misma ética: la música como oficio, no como lujo. Cada concierto era una celebración del esfuerzo colectivo, una prueba de hermandad que trascendía los escenarios.

Springsteen cuidaba de los suyos como un hermano mayor. Se aseguraba de que todos cobraran, de que nadie pasara apuros, de que cada integrante se sintiera parte de algo más grande que una simple banda. En los buenos y en los malos tiempos, el vínculo que los unía era indestructible.

Para Bruce, la E Street Band representaba lo que su padre nunca pudo darle del todo: una familia estable, sólida y llena de afecto. Era, al fin, el hogar que había buscado en la música.

III. La estrella del rock

La perfeccionista y agotadora grabación del corte «Born to Run» llevó seis meses: Springsteen sabía que necesitaba un elepé de éxito o la discográfica no renovaría su contrato. El resto del disco se terminó en Nueva York, en los legendarios estudios Record Plant, con John Landau como productor, apostando por la sencillez en los arreglos y las letras sobre ciudadanos comunes de una América herida.

«Thunder Road», «Tenth Avenue Freeze-Out» y «Jungleland» marcaron un antes y un después. Con ellas, todo cambió para siempre: la crítica lo aclamó, el público lo adoptó y el propio Bruce comprendió que su sueño —convertirse en el portavoz de una generación— se había cumplido. Pero junto al éxito llegó también el miedo: perder el alma, su autenticidad y convertirse en un producto más de la industria.

La batalla en los tribunales contra Mike Appel mantuvo a Springsteen tres años alejado de los estudios, sin poder grabar nueva música. Además, lo dejó en la bancarrota —pese a ser un músico de prestigio con ventas millonarias— hasta principios de los años ochenta.

Desde Inglaterra, el punk había sacudido la industria hasta sus cimientos. Nada volvería a ser igual. En Darkness on the Edge of Town (1978), el cantante habló sobre las privaciones de su infancia, la dureza de los barrios obreros y la muerte del sueño americano, a través de personajes exhaustos que, sin embargo, se resisten a aceptar la derrota. Un trabajo oscuro y adusto, que llegó a los fans gracias a una gira incendiaria. No tardaría en convertirse en uno de los más venerados de su discografía.

The River (1980) significó un revulsivo personal para el Boss: un sonido crudo, áspero, casi de garage, que arropaba historias teñidas de cierto halo político y de desesperación; demasiados compromisos familiares no resueltos y heridas íntimas aún por cicatrizar. «Hungry Heart» se convirtió en un éxito y les abrió las puertas a un tour europeo —el primero en cinco años— en el que arrasaron.

La novela Nacido el 4 de julio hizo que Springsteen tomara conciencia de los veteranos de Vietnam, de sus heridas invisibles y su abandono por parte del país. A partir de entonces, su compromiso con la causa sería absoluto.

El country, el blues, el góspel y la música folk inspiraron lo que muchos consideran su obra maestra indiscutible: Nebraska (1982). Un elepé tranquilo y desnudo en el que el Boss expone su alma en formato acústico, enfrentándose a los fantasmas de su niñez y el destino de los desheredados. La sombra de Freehold nunca lo abandonaría del todo. Tras terminar las maquetas, regrabó el álbum con la E Street Band, pero concluyó que debía quedarse tal cual. No hubo gira para promocionarlo. La película que se estrena, Deliver Me from Nowhere, dirigida por Scott Cooper, se centra precisamente en esta etapa crucial de su carrera, explorando el proceso creativo y emocional que dio forma a Nebraska, así como el aislamiento y la introspección que marcaron aquel momento en la vida de Bruce.

La integridad artística de Springsteen siempre ha estado fuera de duda. Por ello, la publicación de Born in the U.S.A. (1984), el disco más vendido de su carrera, no puede considerarse un producto vacío. El tema titular, malinterpretado por Ronald Reagan, era una denuncia feroz contra el sistema que descartaba a sus ciudadanos cuando dejaban de ser útiles.

El videoclip de «Dancing in the Dark» lo impulsó a una dimensión mediática inédita. Por primera vez, el Boss aparecía como una auténtica estrella de la MTV, bailando y sonriendo ante millones de espectadores: un obrero del rock convertido, sin quererlo, en ícono pop. Por suerte, la fama no lo consumió. Supo mantener los pies en la tierra y seguir fiel a sus raíces.

Tunnel of Love (1987) trajo un tono más introspectivo y personal, centrado en el amor, la madurez y la desilusión. Después llegarían el matrimonio con Patti Scialfa, la paternidad y la búsqueda de equilibrio tras años de tormentas internas.




jueves, noviembre 17, 2022

BRUCE SPRINGSTEEN: «ONLY THE STRONG SURVIVE» (COLUMBIA, 2022)

Bruce Springsteen siempre se ha caracterizado por su honestidad. Por consiguiente, Only the Strong Survive (Columbia, 2022) queda fuera de sospecha. Los más cínicos pueden alegar que es un álbum de relleno, que no aporta nada a su extensa discografía, que es un producto destinado a engrosar sus arcas de cara al mercado navideño… Si al Boss le apetece publicar un disco de covers, está en su perfecto derecho a hacerlo. A estas alturas de su carrera no tiene que rendirle explicaciones a nadie, menos a la prensa musical. De hecho, la mayoría de los críticos de rigor ni siquiera habían nacido cuando se convirtió en una estrella gracias a Born to Run (Columbia, 1975).

 

Me temo que la excelente acogida de Letter to You (Columbia, 2020) ha empañado la percepción de su trabajo reciente. Ello no es nada nuevo, cuando un artista/banda edita un disco notable, la continuación pagará las consecuencias. Puede que exijamos demasiado a nuestros ídolos musicales, que se mantengan al máximo nivel, que saquen al mercado una obra maestra detrás de otra en perpetuo estado de gracia y reinvención.

 

No es la primera vez que el de Nueva Jersey graba un disco con temas ajenos. We Shall Overcome: The Seeger Sessions (Columbia, 2006) —homenaje al compositor Pete Seeger que se centraba en sus raíces folk— fue aclamado por la crítica y consiguió un Grammy. Lo cierto es que sus incondicionales hubieran preferido mayor riesgo, versiones radicalmente remodeladas o, mejor aún, un álbum inédito. No les quedará más remedio que ser pacientes y esperar. Imagino que Springsteen también tiene derecho a disfrutar de su oficio, sin la presión de crear material que pase a la posteridad. ¿O me equivoco?

 

Producido por Ron Aniello (Shania Twain, Lifehouse) que lo ha acompañado durante sus últimos cinco elepés —este se encargar prácticamente de tocar todos los instrumentos— y grabado en su estudio Thrill Hill Recording en Nueva Jersey con The E Street Horns, Only the Strong Survive suena exuberante: arreglos fieles a las versiones originales, coros góspel, piano, duetos con la leyenda Sam Moore —Souls Days y I Forgot to Be Your Lover— cuerdas y metales y, sobre todo, un Springsteen relajado, eufórico, que continúa manteniendo su poderío vocal. Se nota que el cantante está disfrutando, pura diversión.

 

De todas las encarnaciones que he escuchado del Boss —políticamente comprometido, cronista de los suburbios de Asbury Park, poeta de los desheredados del sueño americano, defensor de los trabajadores, romántico incurable, trovador folk y un largo etcétera—, ahora da la impresión de ser un novato que se abre camino tocando en bares de carretera hasta el amanecer. Sorprende escuchar esta faceta en un setentón. El rock da vida, sin duda alguna.

 

En un ejercicio revisionista no exento de cierta nostalgia, Springsteen ha rendido un tributo sincero a sus raíces soul y R&B, a la música que lo influenció durante su juventud; su reivindicación a una serie de grandes artistas prácticamente olvidados: Aretha Franklin, The Temptations, Sam & Dave, The Supremes, Four Tops, Walker Brothers… Hablamos de un álbum que no marcará un antes y después en su trayectoria, sin embargo, es dinámico y entretenido. A diferencia de Rod Steward o Bryan Ferry —por poner ejemplos—, ha prescindido de grabar una colección de covers empalagosa y comercial. La dignidad, la poesía que lo caracteriza, continúa intacta.

 

También se agradece que el Boss tampoco haya optado por el hit popular. En los quince temas que bucean en los viejos tiempos —cuando la música era un producto honesto al margen de las casas discográficas que lo único que desean es despachar millones—, es un placer redescubrir glorias como The Sun Ain't Gonna Shine Anymore de Frankie Vali, I Wish It Would Rain de The Temptations o What Becomes of the Brokenhearted de Jimmy Rufin. Su actuación el pasado catorce de noviembre en The Tonight Show de Jimmy Fallon —trajeado y carismático— ha convencido hasta a sus detractores. Cuando se tiene clase…

 

Only the Strong Survive es un disco perfecto para la carretera, el imaginario de una interminable autopista americana bañada por el resplandor del crepúsculo.