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martes, julio 14, 2026

MOBY: ENERGÍA RAVE EN EL ICÓNICA DE SEVILLA

Moby fue uno de los grandes protagonistas de la pasada edición de ICÓNICA Sevilla Fest. El artista estadounidense regresó a España para ofrecer un concierto en el que repasó buena parte de su emblemático repertorio, conquistando al público con una actuación repleta de clásicos.

Un directo en el que sonaron sus temas más celebrados, que el respetable bailó como si no hubiera un mañana. Una mezcla de techno, rock, blues, soul, pop y góspel sin fisuras, que encaja perfectamente en vivo. La apertura con la electrizante «Bodyrock» dejó claro que estaba dispuesto a dejarse la piel sobre las tablas.

El cantante desplegó un montaje escénico repleto de imaginería psicodélica, ciudades futuristas, desiertos, animales y referencias a los cuatro elementos. Puro imaginario new age. Moby es vegano, ferviente defensor de los derechos de los animales —sus tatuajes son buena prueba de ello— y activista político desde hace tiempo, y ello se reflejó en las pantallas en numerosas ocasiones. A diferencia de Morrissey, su actitud nunca ha sido beligerante. Vive y deja vivir.

A pesar de las altas temperaturas, desplegó una energía contagiosa sobre el escenario, tocando la guitarra, las congas y los teclados. Un raver desde el primer hasta el último minuto. Respecto al sonido e iluminación, impecables.

El estadounidense se mostró cercano con el público, chapurreó en español, contó anécdotas, criticó a Trump y mencionó que el calor era insoportable. A diferencia de otros artistas, la empatía es uno de sus puntos fuertes.

Respecto al repertorio, sonaron numerosos cortes de Play (1999) y 18 (2002), sus álbumes más populares. India Carney y Nadia Duggin interpretaron con gran sentimiento algunas de las canciones clave, como «Natural Blues», «Why Does My Heart Feel So Bad?» o «Porcelain».

Cabe destacar la versión acústica e intimista de «Heroes», de David Bowie, uno de los momentos más pausados del espectáculo y un respiro necesario antes del tramo final del concierto.

El show fue una inmersión en los noventa, en especial los bises que recordaron a la energía propia de un club, sin un ápice de nostalgia, que dejó a los espectadores eufóricos y satisfechos. El setlist continúa vigente, demostrando que «Go», «Extreme Ways» o «Lift Me Up», aparte de clásicos, son atemporales.

El concierto confirmó que el paso del tiempo no ha mermado la vigencia de Moby. Tres décadas después de revolucionar la música electrónica, sigue siendo capaz de convertir sus canciones en una experiencia colectiva, intensa y profundamente humana.


Setlist

Bodyrock

Go

Next Is the E

In This World

We Are All Made of Stars

Machete

"Heroes" (David Bowie Cover)

Why Does My Heart Feel So Bad?

Raining Again (Steve Angello's Vocal Mix)

Disco Lies (Spencer and Hill Remix)

Flower / Find My Baby

Honey

Extreme Ways

Natural Blues

Encore:

Porcelain

Lift Me Up

Feeling So Real



sábado, marzo 21, 2026

SYNTHPOP CON ALMA: ASÍ SUENA «PARADISES» (COOKING VINYL, 2026) DE LADYTRON

Después de tres años de silencio, Ladytron regresan con Paradises (Cooking Vinyl, 2026), un disco claramente orientado a la pista de baile. Hay ecos de los ochenta —de New Order al sonido balearic—, con pinceladas de italo disco y acid house, sin perder ese aire de ensoñación y melancolía tan propio de la banda.

El sencillo de presentación, «I Believe in You», resume muy bien lo que ofrece el álbum: un sonido que mira a lo mejor del synthpop ochentero —Depeche Mode, The Human League, OMD o Pet Shop Boys—. Electrónica elegante, atmosférica y con cierto halo misterioso, cargada de sintetizadores, armonías vocales y estribillos con gancho.

Destacan cortes como el banger «Kingdom Undersea», «Sing», la envolvente «Metaphysica», «Caught in the Blink of an Eye» o «A Death in London», que recuerda a los DM de Some Great Reward (1985). Helen Marnie, Mira Aroyo, Daniel Hunt y Reuben Wu suenan tranquilos y seguros; al fin y al cabo, son expertos en lo suyo. Paradises es el octavo disco del grupo, y pocos pueden presumir de una trayectoria tan larga y, al mismo tiempo, tan sólida, al margen de los dictados del mainstream.

A pesar de su duración —dieciséis temas—, todo un desafío en un mercado que prioriza lo inmediato y lo fácil de asimilar, la escucha no se hace pesada en ningún momento. Es cierto que parte de la crítica ha podido penalizar el disco por este motivo. Tiene sentido: estamos cada vez más acostumbrados a álbumes breves y de digestión rápida. Sin embargo, para quien disfruta de la música con calma, Paradises se vive más como una experiencia que como un simple consumo. En ese sentido, hay que reconocerle a los de Liverpool su ambición y su voluntad de ir a contracorriente. Las modas, desde luego, no son una prioridad para ellos.

Ladytron han puesto toda la carne en el asador, con hasta cinco sencillos como carta de presentación. No es casualidad: pocas veces han firmado un trabajo que baje del notable. Sorprende, de hecho, que nunca hayan gozado de mayor reconocimiento. Paradises suma otra muesca a una discografía prácticamente intachable. Un regreso que mira al pasado para sonar al futuro.



lunes, noviembre 24, 2025

NOEL GALLAGHER’S HIGH FLYING BIRDS: «WHO BUILT THE MOON?» (SOUR MASH RECORDS, 2017)

Who Built the Moon? (Sour Mash Records, 2017) no constituyó la reinvención sonora que muchos esperaban de Noel Gallagher. El músico, precavido como siempre, no hizo sino actualizar viejas propuestas como Fuckin’ in the Bushes (de la que Kasabian tomarían buena parte de su sonido), Setting Sun y Let Forever Be (ambas con The Chemical Brothers), aportando un empaque electrónico y psicodélico acorde a aquella etapa de su carrera. En cualquier caso, si hubiera abandonado el estilo clásico que lo caracterizaba, le habrían llovido críticas por todas partes. El público y los medios, independientemente de la calidad de su trabajo, siempre encontraron motivos para protestar. Los dos primeros elepés de Oasis dejaron una huella tan profunda que ninguno de sus miembros pudo desmarcarse de ellos por mucho que lo intentara. Los fans seguían esperando himnos como Supersonic, Wonderwall, Cigarettes & Alcohol o Don’t Look Back in Anger. Seamos realistas: los buenos y viejos tiempos no volvieron.

Gallagher comentó en entrevistas que el productor David Holmes lo obligó a trabajar desde cero en el estudio; nada de rescatar canciones antiguas que no habían visto la luz. A pesar de la larga lista de colaboradores y músicos de sesión, el disco destacó por su propuesta compacta: luminoso, pegadizo y con grandes estribillos. Todos los cortes rayaron a gran altura y no aburrieron en ningún momento. «Holy Mountain» funcionó como carta de presentación: saxos, glam, surf de la Costa Oeste, coros infecciosos y Paul Weller al órgano. Un caballo ganador desde la primera escucha; aires setenteros que encajaron perfectamente en la obra del mancuniano. El sencillo definió lo que el público encontraría en el nuevo trabajo de los High Flying Birds.

«It's a Beautiful World» fue una de las mejores canciones del álbum: bailable y jovial, con recitado francés incluido, remitía a los años noventa cuando la cultura dance dominaba las listas británicas. Contó con un estribillo irresistible y una atmósfera festiva propia de New Order. «Fort Knox» funcionó como extensión de Fuckin’ in the Bushes: comenzaba con una alarma y un sintetizador ominoso para desembocar en una sección rítmica atronadora, coros y guitarras afiladas. Un mantra lisérgico que recordó a piezas de Primal Scream. Ideal para la vuelta a casa cuando la rave fue un fracaso y se necesitaban estímulos para contrarrestar la mala química en el cuerpo.

«Keep on Reaching» pudo haber encajado en Dig Out Your Soul (2008): sección rítmica urgente, piano, cuerdas, voces femeninas. El tema más rockero del disco, con sabor soul, en el que Gallagher puso toda la carne en el asador como cantante. «She Taught Me How to Fly» tuvo madera de clásico: nuevamente regresábamos a las pistas de baile, entre luces estroboscópicas y humo de hielo seco. Coros efectivos y un estribillo demoledor. Madchester siguió con vida. «Be Careful What You Wish For» bebió sin tapujos de Come Together de The Beatles. Pulso blues, coros, puente con teclados y tempo incisivo. Muchos le reprocharon dejarse influenciar (una vez más) por la banda más famosa de todos los tiempos. ¿Acaso eso suponía una novedad a esas alturas de su carrera?

«Black & White Sunshine», jangle pop con sección de vientos, remitió —como «Holy Mountain»— a los Beach Boys. Quizá fuera el tema más asequible del álbum. Riff de guitarra efectivo, estructura circular y fondo surfero. Los instrumentales «Interlude (Wednesday Part 1)» y «End Credits (Wednesday Part 2)» sirvieron como puente y despedida del disco. Piezas tranquilas y atmosféricas, con cierto aire melancólico, que no aportaron gran cosa al elepé. Un recurso utilizado, por cierto, en el célebre (What’s The Story) Morning Glory (1995). «If Love Is the Law» contó con guitarra y armónica de Johnny Marr. Colaboración de lujo que, igual que la de Weller, demostró que Gallagher estaba muy bien conectado en el mundo discográfico. Rock de toda la vida, aunque en este caso la producción llegó a saturar hasta el punto de que el trabajo de Marr no se apreciaba en su esplendor. Como despedida, la orquestal «The Man Who Built the Moon» resultó tan grandilocuente que podría haber pertenecido a Be Here Now (1997). A diferencia de los temas de aquella época, la megalomanía inducida por la cocaína no apareció. El corte, que no superó los cinco minutos, se escuchó con agrado.

Who Built the Moon? recibió críticas muy positivas y, con razón, fue considerado el mejor trabajo de los High Flying Birds. Gracias al Black Friday, vendió una cantidad generosa de ejemplares en Inglaterra. Noel Gallagher jugó bien sus cartas al despachar una propuesta a la altura de As You Were (2017) de Liam. El punto justo entre nostalgia, clasicismo y experimentación. Transitó caminos ya recorridos, pero aportó un empaque sonoro que lo hizo parecer novedoso. Comparar ambos trabajos —publicados casi en las mismas fechas— fue inevitable. Los hermanos Gallagher ya no competían contra Blur en las listas; ahora lo hacían entre ellos mismos. Poco había cambiado desde antaño y, para bien o para mal, seguía resultando estimulante.

Mientras tanto, tras años de rumores, desavenencias y comentarios ácidos en las redes sociales, Oasis finalmente regresó a la carretera con una gira que ha batido récords y que, tras conquistar estadios en todo el mundo, llegó a su fin hace apenas hace unas horas. 




martes, noviembre 18, 2025

GARBAGE: «STRANGE LITTLE BIRDS» (STUNVOLUME, 2016)

Tras la fría acogida de Not Your Kind of People (2012), parte de la crítica no tuvo más remedio que rendirse ante la calidad del nuevo trabajo de Garbage. La banda, encabezada por Shirley Manson, entregó un álbum dirigido a su núcleo más fiel, dominado por baterías programadas, riffs incisivos y densas bases industriales. La voz de la escocesa, áspera y sin grandes arreglos, alternaba entre rabia, tristeza, sensualidad y desesperación. Strange Little Birds (Stunvolume, 2016) tenía poco que envidiar a las viejas glorias de los noventa en las que la prensa y los fans parecían haberse quedado estancados. ¿Tan difícil era disfrutar del presente y evitar comparaciones odiosas?

La vuelta de Garbage no fue una maniobra de marketing destinada a engrosar las arcas del grupo, sino un paso necesario para la dinámica interna de sus miembros tras una etapa de distancia y reflexión. La mejor prueba es que, desde entonces, han seguido publicando material con regularidad, realizando giras y encabezando festivales. El combo no ha perdido ni un ápice de la rebeldía, la actitud y el compromiso de antaño. Basta con leer las declaraciones de Manson en los últimos meses: la cantante continúa plantando cara al sistema y, sobre todo, a la industria musical. Al fin y al cabo, Garbage siempre han sido —y serán— unos outsiders.

«Empty» (primer corte destinado a las radiofórmulas) había servido como avanzadilla de un álbum cuya secuenciación arrancaba despacio (con medios tiempos y baladas como la orquestal/industrial «Sometimes») y reservaba sus temas más potentes para el final. «Blackout» era una de las mejores composiciones de la historia del grupo, con su atmósfera opresiva, bajo pesado y un destacable juego de voces. «If I Lost You», al igual que «Teaching Little Fingers to Play» y «Amends», recordaban a los U2 de la etapa Achtung Baby (1991) gracias a unos cuidados arreglos, sintetizadores envolventes y lírica melancólica. La cinemática «Night Drive Loneliness» destacaba por sus teclados, estribillo y sensación de nocturnidad, abandono y liberación, al igual que el segundo sencillo, la asfixiante «Even Though Our Love Is Doomed», que avanzaba en crescendo con su piano y sonido perlado de ecos hasta un amargo colofón.

Por último, «Magnetized» (quizá la más explosiva de todo el trabajo), «We Never Tell» (con un sonido próximo a Nine Inch Nails) y «So We Can Stay Alive» (con un final de pura distorsión) resultaban crudas y enérgicas; ideales para haber sido interpretadas en directo junto a sus clásicos noventeros. Garbage consiguió un trabajo descarnado, oscuro y experimental, en el que la electrónica brilló por encima de las guitarras, consolidando una nueva piedra angular dentro de su discografía reciente. Todo un logro tras una carrera tan extensa.



viernes, noviembre 14, 2025

WHITE LIES: «NIGHT LIGHT» (PIAS, 2025)

White Lies regresan a la actualidad musical con Night Light (PIAS), que continúa la estela de sus últimos trabajos, en los que predominan las atmósferas sintéticas deudoras de los ochenta.

El primer adelanto, «Nothing On Me», abre el disco con energía: una canción que recuerda a los primeros tiempos del grupo, antes de que la electrónica se convirtiera en la base de su propuesta.

«All The Best», «I Just Wanna Be One Time» y «Going Nowhere» —estas dos últimas con un saxo como colofón— son los temas más rockeros, grabados a la antigua usanza. «Everything Is OK», en la que Harry McVeigh adopta un tono crooner inédito en su registro, se erige como la balada por excelencia del álbum.

«Keep Up» e «In The Middle», accesibles e inmediatas —siempre bajo el prisma característico de la formación—, fueron lanzadas como sencillos. Ambas piezas cuentan con teclados, ritmos pegadizos y la batería precisa como un metrónomo de Jack Lawrence-Brown.

«Juice» —con el bajo prominente de Charles Cave— y «Night Light» —cuyo epílogo roza la pista de baile— remiten a su debut, a temas como To Lose My Life o Farewell to the Fairground, respectivamente. Más que nostalgia o repetición, un guiño para los fans.

Hace años que White Lies abandonaron el sonido post-punk primigenio, cuando la influencia de Joy Division era notable en su propuesta, a favor de un estilo más synth pop, al modo de Orchestral Manoeuvres in the Dark o Ultravox. Resulta curioso que una década tan denostada a nivel musical en el imaginario colectivo continúe siendo predominante en bandas actuales como The Killers, Editors, Muse o los propios británicos. Hasta la portada —sobria y elegante— remite a los creadores de Vienna.

En esta ocasión, tal como han declarado en entrevistas, prefirieron trabajar los temas en vivo antes de entrar al estudio: una rara avis en su forma habitual de proceder. Puede que por ello el álbum suene directo, sin grandes sobreproducciones, con espíritu de local de ensayo. Paisajes nocturnos con vocación cinematográfica, entre lluvia y luces de neón. Letras que hablan sobre el paso del tiempo, las emociones, el amor y la muerte, tal como siempre ha sido el imaginario de la banda. En cuanto al sonido: amplio, espacioso, con vibrantes suites en las que demuestran su pericia como músicos. Al fin y al cabo, llevan casi veinte años de carrera.

Night Light se suma como un nuevo acierto en la discografía de White Lies, un álbum pensado para brillar también en vivo. Un eslabón más en una trayectoria honesta, fruto del trabajo constante y la perseverancia.



domingo, noviembre 02, 2025

FLORENCE + THE MACHINE: «EVERYBODY SCREAMS» (POLYDOR RECORDS, 2025)

Florence + The Machine regresa con Everybody Screams (Polydor, 2025). Al igual que PJ Harvey en sus últimos trabajos, la británica construye aquí un universo fascinante que se mueve entre la lucha, la resignación y el dolor de la pérdida. No olvidemos que, como ella misma ha confesado, un aborto fue el catalizador del álbum: una experiencia límite que la empuja a enfrentarse —y trascender— sus propios traumas.

El disco se abre con «Everybody Screams», buque insignia del proyecto. Con su madera de himno y un estribillo tan extraño como hipnótico, el tema marca el tono emocional del álbum. En su videoclip, Florence se muestra sensual, dominante, casi ritual: una presencia magnética que no habíamos visto con esa fuerza hasta ahora.

«One of the Greats», acústica y reivindicativa, destaca como una de las piezas más potentes del elepé. En ella, Welch lanza una crítica directa a la industria musical y a los mitos de la grandeza. Por su parte, «Music by Men» apunta con precisión contra quienes controlan el sistema desde las sombras.

Con «Witch Dance», la artista recupera su característico recitado casi operístico, mientras juega con cambios de ritmo y atmósferas en constante transformación. En «Sympathy Magic», el protagonismo lo toma la electrónica: feminidad, mortalidad y sanación se funden en una espiral luminosa.

«Kraken» emerge como uno de los momentos más intensos del disco: una tormenta sonora donde los tambores y los coros evocan un monstruo marino interior, símbolo de la furia y la liberación. En «The Old Religion», Welch se sumerge en un paisaje de rituales antiguos y espiritualidad pagana, rescatando el poder de lo femenino a través de la mitología y la religiosidad. «Drink Deep» actúa como una plegaria —un canto al renacimiento tras el caos—, donde la voz de Florence se vuelve casi litúrgica sobre un fondo de cuerdas y sintetizadores envolventes.

El álbum destila una atmósfera sacra, casi medieval. Hay reminiscencias del mundo antiguo, de lo profano, de aquellas hechiceras que danzaban alrededor del fuego. Magia y espiritualidad, dolor y sacrificio. Un subtexto gótico que aporta profundidad en tiempos de frivolidad absoluta. Entre los colaboradores figuran James Ford, Mitski, Aaron Dessner, Mark Bowen, Danny L. Harle y Dave Bayley —una alineación que confirma la ambición del proyecto. La portada lo resume todo: un parto tan doloroso como liberador. No es una imagen vulgar ni calculada para el impacto; Florence, a diferencia de tantas estrellas del pop contemporáneo, transforma la exposición en arte y la vulnerabilidad en poder.

En el medio tiempo «Perfume and Milk», Florence brilla en su interpretación vocal; mientras que «Buckle» se levanta como una confesión íntima sobre la necesidad y la entrega. «You Can Have It All» ofrece un respiro melódico, un himno de aceptación y entrega absoluta que suaviza el dramatismo sin perder intensidad emocional.

Por último, «And Love» cierra el álbum como un suspiro final: una balada desnuda, vulnerable, que condensa la esencia del disco —el amor como herida, como motor, como redención.

Everybody Screams es uno de los trabajos más personales de Florence Welch: una obra en la que la catarsis es el único camino posible para seguir adelante. Más que una cantante pop, Florence se erige —como Kate Bush o Stevie Nicks— en una artista total, con una visión singular sobre la vida, los sentimientos y la espiritualidad. El resultado es un álbum de profundo carácter acústico, con resonancias folk al estilo de Joni Mitchell, pero siempre desde el inconfundible universo de la británica.

A diferencia de su predecesor Dance Fever (2022), cuyo concepto se diluía entre altibajos, Welch pule aquí todas las aristas para entregar un trabajo sólido, honesto y sin fisuras. En Everybody Screams, cada grito es una forma de renacer.



viernes, octubre 31, 2025

NICK CAVE & THE BAD SEEDS: SKELETON TREE (BAD SEED, LTD, 2016)

Nick Cave es un artista polifacético que ha incursionado en todo tipo de disciplinas: bandas sonoras, novelas, obras de teatro, lecturas poéticas, colaboraciones musicales, guiones de cine, proyectos paralelos a los Bad Seeds (Grinderman) y actuación. Era inevitable que una tragedia familiar de semejantes proporciones —la muerte de su hijo Arthur en un accidente— condicionara su nuevo trabajo.

Cave decidió no ofrecer entrevistas; por consiguiente, el documental One More Time With Feeling de Andrew Dominik (El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, 2007), en el que se mostró la grabación del disco, fue el complemento perfecto para aclarar cualquier duda a los curiosos, periodistas y fieles seguidores. Durante toda la película, el australiano, su esposa y la formación se mostraron sensibles y comedidos; apenas mencionaron el nefasto suceso para no proporcionar carnaza a los titulares amarillistas.

La seminal portada resultó un pequeño anticipo de lo que se encontraba en su interior. «Jesus Alone», primer single del álbum, con su austero videoclip en blanco y negro, marcó la pauta del sonido de Skeleton Tree (Bad Seed Ltd., 2016): ominoso, crudo y minimalista. La voz de Cave sonó descarnada en todos los cortes, como si al australiano apenas le quedaran fuerzas para cantar. Este se mostró frágil, íntimo y vulnerable frente al desconocido que lo observaba reflejado en el espejo. No quedó lugar para personajes ni artificios; Cave y sus sentimientos fueron los protagonistas absolutos. Un crooner salido de los infiernos cuyas letras mostraron imágenes bíblicas congeladas en un momento perpetuo de angustia, culpabilidad y desesperación.

Al igual que el laureado Push the Sky Away (2013), la música fue reducida a su mínima expresión: piano, sintetizadores fantasmales, tenues líneas de bajo, arreglos de cuerdas, loops, melodías rotas, electrónica y una percusión carente de peso. Aunque el grupo había comenzado las sesiones el año anterior, el fallecimiento del gemelo dio forma al disco tal como lo conocimos. Desde la partida de Mick Harvey, Warren Ellis se convirtió en el director musical de la banda. Lejos de cualquier estridencia, las guitarras desaparecieron, cediendo el protagonismo a atmósferas sobrevoladas por la mórbida tristeza que recorrió cada surco del álbum.

Además de «Jesus Alone» y la estremecedora «I Need You» (en la que el músico se entregó por completo), destacaron «Distant Sky», con sus aires de iglesia y coros cortesía de la soprano Else Torp, la claustrofóbica balada «Girl in Amber», la espectral «Magneto» y el resignado tema que tituló el álbum, que dejó una puerta abierta a la esperanza; un frío resquicio de luz en un camino velado por las tinieblas.

Sin duda, Skeleton Tree fue uno de los elepés más arriesgados y personales de Nick Cave —junto a The Good Son (1990) y The Boatman’s Call (1997)— en el que desnudó su alma rota sin pudor, ofreciendo sus demonios, temores y miserias al público. Un ejercicio de catarsis convertido en arte que narró la pérdida de la fe, el dolor y la redención. Este pudo haber aprovechado el morbo inherente de su situación para componer un tema apto para las radiofórmulas (Tears in Heaven de Eric Clapton sería un buen ejemplo), pero, a diferencia de otros artistas, ignoró la ocasión de lucrarse a favor de la autenticidad. Por una extraña ironía del destino, tal como sucedió con Blackstar de Bowie, su trabajo menos asequible se convirtió en un éxito que superó a nivel comercial a la mayoría de sus anteriores elepés. Ello demostró que músicos llegados a una edad madura como Alice Cooper, Neil Young, Iggy Pop, Van Morrison, Bob Dylan o Tom Waits siguieron publicando álbumes que corroboraron su talento.

La escucha del disco pudo resultar una experiencia perturbadora. Skeleton Tree fue un álbum de duelo no apto para todos los públicos, ideal para la soledad del hogar. Un amargo obsequio para los fanáticos del australiano, con los que compartió la pérdida que motivó la creación de otra singular obra maestra dentro de su fascinante discografía. Nick Cave no solo transformó el dolor en música, sino que también reafirmó su lugar como uno de los artistas más sinceros y trascendentes de su generación, capaz de convertir la tragedia en una forma de belleza profundamente humana.



viernes, octubre 17, 2025

TAME IMPALA: «DEADBEAT» (COLUMBIA RECORDS, 2025)

Tame Impala —el proyecto todoterreno de Kevin Parker: cantante, multiinstrumentista y productor australiano— regresa al panorama musical con un nuevo y esperado elepé. Han pasado cinco años desde el aclamado The Slow Rush (2020) y el hype está por las nubes. ¿Qué nos tendrá preparado en esta ocasión?

La portada, en blanco y negro, muestra al cantante junto a su hija. Sencilla y sobria, se convierte en toda una declaración de intenciones: el padre y el hombre cobran más protagonismo que la estrella de la música.

«My Old Ways» arranca en formato acústico para continuar con elementos jazzísticos, solo de saxo incluido. «No Reply», tema dance, incluye un final dominado por un piano envolvente. Un inicio lleno de contrastes, entre momentos brillantes y pasajes más introspectivos.

«Dracula» es otra pieza luminosa y bailable, con un atractivo gancho melódico y canto en falsete. «Loser» roza el terreno del R&B con su ritmo entrecortado. «Oblivion» nos devuelve a la barra de cualquier club nocturno, y el siguiente corte, «Not My World», desemboca directamente en la pista de baile.

La orquestal «Piece of Heaven» es la canción más profunda del álbum. Con su sonido synth pop, recuerda a temas como Joan of Arc, de Orchestral Manoeuvres in the Dark. «Obsolete» continúa por la misma senda, pero desde el prisma de las luces estroboscópicas y el hielo seco: un corte con un sutil toque funk que podría encajar en cualquier Best Of de los ochenta.

«Ethereal Connection» bebe del house noventero. Vibra profunda y potente, una de las mejores piezas del disco, con potencial de single. En «See You on Monday (You’re Lost)», la influencia de The Beatles en su etapa Sgt. Pepper’s es evidente, aunque siempre filtrada por la sensibilidad psicodélica y el pulido sonido característico de Parker. Puede que sea el tema que menos encaje en el conjunto, pero también aporta un respiro humano, una pausa antes del cierre.

El viaje concluye con la sintética expansiva de «Afterthought» y con «End of Summer», sin duda el mejor corte del conjunto y primer adelanto del disco. Un pulso de acid house que late con la energía de Madchester, bajos envolventes y una producción que combina nostalgia y modernidad a partes iguales. Es una pieza hipnótica, de esas que crecen con cada escucha, y que funciona tanto en la pista como en la ensoñación personal. Un final redondo que resume el trabajo con mucha clase.

La electrónica tiene un gran peso, junto a teclados, piano, saxo y paisajes caleidoscópicos. Pulcras armonías vocales, numerosos arreglos de cuerdas difusos y un tempo que flota entre lo onírico y lo melancólico. No cuesta imaginar el elepé de fondo en cualquier chill out mientras el sol se oculta en el horizonte. El álbum está secuenciado como si fuera una sesión de DJ: pieza tras pieza, con subidas y bajadas perfectamente medidas, construyendo un todo homogéneo.

Luz y oscuridad, exaltación y agotamiento creativo, vulnerabilidad y deseo de trascender lo cotidiano. El álbum explora esas tensiones con una sensibilidad que recuerda a la mejor tradición lírica de New Order. Parker vuelve a reinventarse con acierto: Deadbeat (Columbia Records, 2025) añade una nueva muesca a una discografía impecable.