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domingo, agosto 30, 2026

RADAR SONORO: MURAGA SE ESTRENA CON «KO»

muraga debuta con «KO», un primer adelanto de guitarras ruidosas, baterías crudas y una voz que transmite toda la urgencia de la canción.

«KO» habla de la desesperación y el deseo ante un posible reencuentro. El tema arranca entre distorsiones que poco a poco dejan paso a las guitarras y a una batería que va ganando terreno hasta envolverlo todo. El shoegaze está muy presente, con ecos de My Bloody Valentine, Dharmacide y los italianos Verdena.

El single llega acompañado de un videoclip que juega con diferentes texturas y distorsiones visuales que transforman la silueta del cantante.

«KO» es el primero de varios temas que muraga publicará durante los próximos meses y que acabarán formando parte de su álbum de debut.



martes, agosto 25, 2026

RADAR SONORO: SUNDAY, JUNE PRESENTA «WHAT IF I TRIED?»

Sunday,June es un quinteto hispano-suizo formado en Ginebra y liderado por el músico valenciano Mario Peiró Espí. Su sonido se mueve entre la psicodelia, el indie-rock y el shoegaze, aunque ellos prefieren definirlo como solar psych.


Después de publicar en 2025 su debut, Sun Glitter and Other Reflections, la banda ya tiene preparado un segundo álbum que verá la luz este otoño. «What if I Tried?» sirve como primer adelanto y habla de esos sueños que vamos dejando por el camino, de las presiones que terminan frenándonos y de algo tan sencillo como encontrar el valor para intentarlo.


miércoles, agosto 19, 2026

RADAR SONORO: VISOR FEST 2026

Ride, Ocean Colour Scene, New Model Army, The Wannadies, Gene, Hoodoo Gurus, Manic Street Preachers y The Damned pasarán por València los días 25 y 26 de septiembre.

Visor Fest ya tiene listo el cartel de su edición de 2026. Los días 25 y 26 de septiembre, València volverá a convertirse en punto de encuentro para un festival que desde sus comienzos ha apostado por una forma bastante particular de entender este tipo de citas: conciertos completos, un solo escenario y nada de elegir entre dos bandas que tocan a la misma hora.

Este año pasarán por el festival Ride, Ocean Colour Scene, New Model Army, The Wannadies, Gene, Hoodoo Gurus, Manic Street Preachers y The Damned. Ocho nombres con historias y procedencias muy distintas, pero con un nexo evidente: todos han dejado su huella en el rock y la música alternativa de las últimas décadas.

Uno de los platos fuertes será Ocean Colour Scene, que llegará a València celebrando el 30.º aniversario de Moseley Shoals. Publicado en 1996, el disco marcó el gran salto de la banda de Birmingham y terminó convirtiéndose en uno de los trabajos más representativos del rock británico de aquella década.

No será el único aniversario de la edición. The Damned cumplen nada menos que 50 años de trayectoria. Pioneros del punk británico, la banda encabezada por Dave Vanian continúa sobre los escenarios medio siglo después de irrumpir en una escena que estaba a punto de cambiar las reglas del juego.

También estarán Ride, uno de los grupos imprescindibles para entender el shoegaze y aquella fértil escena de Oxford de finales de los ochenta y comienzos de los noventa, y Manic Street Preachers, supervivientes de una generación del rock británico a la que han sabido trascender con una carrera que supera ya las tres décadas.

La nómina se completa con los siempre combativos New Model Army, los australianos Hoodoo Gurus y dos nombres estrechamente vinculados al indie de los noventa: The Wannadies y Gene. Estos últimos cuentan además con un atractivo especial, ya que su paso por Visor Fest será su única actuación en España.

Y la música seguirá sonando entre concierto y concierto. El viernes 25 estarán a los platos Eneida Fever! y Luis Bonias, mientras que el sábado 26 será el turno de Alesa DJ y Mario Oldies.

Un escenario y tiempo para disfrutar de cada banda

Visor Fest mantiene un año más una fórmula que lo diferencia de buena parte de los grandes festivales. Aquí desaparecen las carreras de un escenario a otro, los horarios imposibles y la obligación de sacrificar medio concierto para llegar al siguiente. Hay un único escenario, las actuaciones se ofrecen completas, no existen solapamientos ni front stage y el sonido ocupa un lugar prioritario.

La idea es sencilla: que cada grupo tenga su momento y que el público pueda disfrutar del concierto entero con calma. Una filosofía especialmente apropiada para un cartel formado por bandas con repertorios que atraviesan varias décadas y que difícilmente pueden resumirse en actuaciones de cuarenta minutos.

Con el cartel ya cerrado, Visor Fest 2026 volverá a reunir durante dos jornadas en València a bandas y público de distintas generaciones. Algunas de estas canciones llevan treinta, cuarenta o incluso cincuenta años circulando. La mejor prueba de su vigencia será volver a escucharlas donde realmente cobran sentido: sobre un escenario.




viernes, julio 24, 2026

UN ALMA DEL NORTE - INTRODUCCIÓN

El poderoso motor del Dodge Charger retumbaba en la oscuridad previa al amanecer. Iluminada por luces eléctricas, Chandos Grove poseía un aspecto gélido y fantasmal. Aunque las ventanas delanteras estaban abiertas, en el habitáculo del carro se había formado una burbuja de humo; el olor de la hierba habría vuelto loco a cualquier perro detector de drogas. Spike conocía Salford como la palma de su mano; llevaba unos quince minutos transitando por calles secundarias poco frecuentadas. Indolente, soltó el acelerador y redujo la velocidad. Observé el cuentakilómetros con cierta sorpresa; mi colega no solía conducir a menos de cuarenta.

—La bofia vigila esta zona —el menda pareció leerme el pensamiento—. Pasar desapercibidos es la mejor opción. 

Embutido en una raída chupa de cuero, parecía haber escapado de un programa de desintoxicación: pelo largo teñido de canas, rostro demacrado debido al consumo de todo tipo de sustancias ilícitas, profundas bolsas debajo de los ojos, nariz prominente, pómulos angulosos, cuerpo terriblemente delgado. Una versión arrabalera y magullada de Mark E. Smith, de The Fall. Estilo y decadencia a partes iguales: gafas de sol y cuero. Su mirada estaba en otra órbita; contemplaba universos inalcanzables para el resto de los mortales.

La tarde anterior, entre los cuatro miembros del Grupo Salvaje, habíamos reunido un buen fajo destinado a actividades recreativas. Pese a llevar toda la noche de juerga, nos quedaban porros, farla y priva como para descarrilar un tren. Éramos los supervivientes del Segundo Verano del Amor, hijos de la cultura rave. Habíamos bailado Hallelujah, de los Happy Mondays; Come Together, de Primal Scream; Fool’s Gold, de The Stone Roses; I’m Free, de The Soup Dragons, y Weekender, de Flowered Up, en una nebulosa de MDMA, locura y cachondeo.

Como en los viejos tiempos, Spike se encargó de pillar la mandanga. Hacía siglos que no probaba una farlopa tan cojonuda. Nada más meterte una raya —antes incluso de que terminara de hacer efecto— ya te apetecía volver al baño a darle otro toque al tema. Parafraseando a William S. Burroughs: «Si Dios inventó algo mejor, se lo habrá reservado para él». Íbamos con cuidado: el Partido Laborista, al igual que su predecesor, tampoco apoyaba la legalización de los narcóticos.

—¿A quién le compraste la coca?  —pregunté—. Te has lucido, tronco.

—Al Pulga —explicó—. Tiene un contacto en Escocia que le trajo un cuarto de kilo de lo mejorcito. Estuve en el chabolo mientras lo cortaba y dejó nuestra parte tal cual llegó. Las nieves del Kilimanjaro se quedan pañales en comparación con esta mierda, chaval.

Me costaba creerlo. El perico del camello tenía fama de dudoso, una guarrada, sin circunloquios. Ya era hora de que se pusiera las pilas. Fui sarcástico:

—Pensaba que Richard se había retirado.

—¿Estás de coña? —rio—. ¿En serio no lo viste anoche?

—En absoluto.

—Estuvo en el tigre todo el tiempo. Llevaba una mordida de la hostia. Tenía la mandíbula tan desencajada que parecía Forrest Gump. ¡Viva Colombia!

El Pulga poco había cambiado desde que traficaba en las raves a principios de los noventa. Siempre lo recordaba con el casco de moto —donde guardaba el material— bajo el brazo, de palique con todo Dios, trapicheando para asegurarse una vejez digna.

Una noche, a las afueras de un garito, mientras hacíamos el intercambio de rigor de efectivo por tripis, vio el reflejo de las luces de un coche patrulla y salió escopeteado como alma que lleva el diablo. Por suerte, teníamos la merca en mano y no nos dejó en la estacada. Un tipo con nervios de acero.

Examiné la calle: viviendas victorianas, árboles, una iglesia en obras, cabinas de teléfono, pequeños comercios, restaurantes y roñosos pubs cerrados. Aborrecía Salford: sus gentes poligoneras, el ambiente tétrico de las fábricas, los bloques de protección oficial y las colas frente a las oficinas de empleo. Puto infierno de ciudad repugnante... Haber crecido en Eccles me moldeó para siempre. Cada día tenía más claro que mis raíces eran terribles: un entorno opresivo, aniquilador. Una ciudad de carcas amargados. De milagro no terminé en el bareto de la esquina, jugando al Cribbage y enganchado al Grouse. Mudarme a Londres me abrió los ojos; jamás podría regresar a aquella cloaca.

Le comenté a Spike:

—La peña continúa igual que siempre, ¿verdad?

— El problema de dejar las drogas es que, cuando vuelves a sus brazos, lo haces con el doble de ganas. Es como encontrarte con una guarrilla que tenía un polvo espectacular y le echas un revolcón para rememorar viejas glorias. ¡Te enganchas por defecto!

—Bonita metáfora —bromeé—. Tomaré nota para mi próximo libro.

—Muy sensato por tu parte. —El amigo esbozó una sonrisa mordaz—.  Te lo he dicho mil veces: tu próximo personaje debe ser un misógino, perforador de culos femeninos de alto standing.

En el asiento trasero, Tom quitó la anilla a una lata de Guinness y echó un trago al coleto. Después de todo lo que nos habíamos metido, daba igual que estuviera caliente. Por alguna extraña razón, el lote de cerveza seguía siendo considerable.

—¿Te apetece una, tío?

Tom llevaba pañuelo de pirata, polo Fred Perry, vaqueros y Nike blancas. Había bailado como un neurótico varias horas; seguía empapado de sudor y parecía que los ojos azules le iban a saltar del cráneo. Por mucho que largara que iba a reformarse —vida sana, bicicleta, nada de carne y batidos de espinacas—, tenía complejo de Tony Montana.

—¡Vale! —Cacé la birra en el aire—. Marion, ¿estás bien?                                              

Este apuró el canuto antes de replicar:

—¡Claro! ¿Por qué lo preguntas?

Marion tenía pinta de navajero: gabardina, camiseta de Marilyn Manson —época Antichrist Superstar—, pitillos ceñidos, pesadas Doc Martens, anillos de armadura y uñas pintadas de negro. El cabello le sobrepasaba los hombros y se había dejado barba. Fumeta compulsivo, amante de la literatura rusa, obsesionado con la política y coleccionar cuchillos, su fama de bolinga era legendaria en los bajos fondos de la Universidad de Salford. El tipo había logrado escapar de Wythenshawe —una de las muchas barriadas chungas de Manchester— de una pieza. Punto a favor del amigo. 

—No has abierto el pico desde que salimos del Blue Moon.

Aunque estaba cocido, Marion controlaba la situación. Mantenía la voz firme y las ginebras que había pimplado en el estómago. La charla de una hora con una zumbada no lo había dejado para el arrastre. Lo típico: una relación mediocre, años de celos, abusos psicológicos, polvos cutres y, por último, la patada por una tía más joven en busca de nuevos horizontes. ¿Por qué la gente, cuando salía de marcha, en vez de olvidar sus problemas, se empeñaba en joder la marrana al personal?

—Disfruto de la hierba, capitán.

Tipas ajadas, reventadas de tanta polla, puestas de costo y alcohol mañana y noche, con varios hijos a cuestas y una mochila emocional que parece el petate de un marine en maniobras. Eran todas un coñazo. Decidí pincharle:

—Pensaba que andabas ciego y que ibas a echar las papas sobre Tom.

Spike intervino de inmediato:

 —¡Como alguno de vosotros, cabrones de mierda, se atreva a potar en mi buga, lo reviento!

Estallamos en carcajadas. No sería la primera vez que un miembro de la pandilla perdía el control de sus actos dentro del Charger. En el equipo sonaba Definitely Maybe, puede que uno de los mejores discos de la historia. Pensé que a los Gallagher —en especial a Liam— se la sudaba todo. Pura chulería, mesianismo y egos desorbitados. Al final terminabas cogiéndoles cariño, a pesar de que fueran tan pedantes y bocazas como Morrissey.

Pulp, Suede, Elastica, Supergrass… La batalla del Britpop: Blur versus Oasis. Manchester frente a Londres. Norte y sur en conflicto. Clase obrera contra élite. Las bandas se forraron, la prensa vendió miles de ejemplares, las tiendas de discos arrasaron, los promotores de conciertos se hicieron de oro y la gente disfrutó de buena música. Todo el mundo salió ganando y fue una época espectacular. Joder, hasta Robbie Williams —hablamos de un fulano que meneaba el culo en Take That— había despachado el impecable Life Tru A Lens, cuando nadie daba un penique por su carrera en solitario. Músicos... ¿Qué sería de la sociedad sin ellos? Probablemente más limpia… o, qué coño, un muermo. El rock era la tabla de salvación perfecta para unos marginados como nosotros. Demos gracias a la química y a la mala vida por las obras maestras. [...]

Spike cambió de carril y adelantó a un vehículo por la derecha. Continuábamos al pie del cañón: noctámbulos, colocados y erráticos, disfrutando de la vida sin pensar en el mañana. The Verve tocaba en Wigan aquella misma tarde. Bitter Sweet Symphony los había catapultado al estrellato internacional, y la banda aprovechaba la popularidad del momento para salir del ostracismo tras dos años de hibernación.

Previsor, cuando me enteré de la noticia pedí el día libre a la zorra de mi jefa. En un principio no hubo problema, pero a pocas horas del evento me comunicó que, como la plantilla andaba escasa de personal, le era imposible concedérmelo. Llevaba once meses chupándome todos los turnos posibles, puteado y ganando una miseria; aquella fue la gota que colmó el vaso. Ni siquiera me molesté en despedirme: que le dieran por culo a Sainsbury’s y, por extensión, a aquella imbécil que solo quería lameculos para manipularlos a su antojo. Me daba igual haberme quedado en la calle: los trabajos de mierda abundaban en Inglaterra. ¿Reponer mercancía en un supermercado de Charing Cross, o disfrutar de mi grupo favorito en directo? Más fácil, imposible.

Todos habíamos comprado entradas en Ticket and Travel (veintiún libras por cabeza) para el concierto. No esperaba que la peña se apuntara al carro. Por norma, cuando proponía algún plan, me daban largas. La última vez que vimos a The Verve sobre un escenario fue en Glastonbury. El cartel moló bastante: Oasis, The Cure, Pulp, Orbital, Elastica y The Charlatans, entre muchos otros. La banda tuvo problemas de sonido —se les reventó un amplificador— y mantuvo al público a la espera, tocando mientras los técnicos arreglaban el incidente. Richard Ashcroft, arrogante como de costumbre, se tomó aquel contratiempo con humor y bromeó: «No escucháis una sección rítmica como esta todos los días, ¿eh?», antes de cantar las inéditas «The Rolling People» y «Come On», que más adelante pasarían a formar parte del aclamado Urban Hymns. Fueron buenos tiempos: faltaba poco para que me independizara económicamente y plantara a mi familia en la miseria en la que estaban inmersos. En cierta manera, tomé la decisión de abandonar Salford aquel veinticinco de junio de 1995 en el NME Stage, a la vez que escuchaba Life’s an Ocean. Todo se unió a mi favor: la letra del tema, las buenas vibraciones del festival, la presencia de mis colegas, el Adam que había ingerido en primera fila… para librarme de las cadenas del pasado. Por desgracia, aquellos largos días de verano jamás regresarían. [...]

Spike se detuvo frente a un semáforo en rojo. El resplandor de las farolas le daba un aspecto sombrío. Inesperadamente, un coche patrulla apareció por Eccles Old Road y, al reconocer el Dodge Charger, encendió las luces y se dirigió hacia nosotros.

—¡Mierda! —exclamó—. ¡Lo que nos faltaba!

El menda bajó el volumen del equipo de música. Un calambre de ansiedad me recorrió el estómago.

—¿Por qué viene a por nosotros? —gimoteó Tom con voz ronca—. ¡No hemos hecho nada, joder!

Impertérrito, Spike relajó las manos sobre el volante y observó a la bofia a través del espejo retrovisor. Si estaba alterado, lo disimulaba por completo.

—Nadie tiene un buga como el tuyo en todo Manchester —rezongué—. Deberías plantearte pillar uno menos llamativo. ¡La policía puede localizarte a mil kilómetros!

—¡Y una mierda! —replicó—. Esta joya es la mejor inversión que he hecho en mi vida. Nunca subestimes la potencia americana.

Los segundos transcurrieron con una lentitud aplastante. ¿Qué diablos podíamos hacer? Apenas quedaba tiempo para deshacernos de la mandanga. Marion, intoxicado hasta las trancas, estaba en otro planeta. Tom, en cambio, se revolvía como un animal enjaulado; parecía víctima de un electroshock.

—¡Tengo que salir de aquí! —murmuraba—. ¡Tengo que salir de aquí!

El vehículo se detuvo detrás del Charger. El madero abrió la puerta del conductor y se aproximó con una linterna en la mano. Tenía cara de malas pulgas y la pipa le colgaba, bien visible, del costado. Si Tom no hubiera estado haciendo el cafre en la parte trasera, quizá —con un poco de suerte— habríamos podido salir de aquel fregado.

—¡Relájate! —farfullé—. ¡O nos meterán en el trullo por tu culpa!

—¡Tengo que salir de aquí! —Tuve ganas de pegarle un guantazo—. ¡Tengo que salir de aquí! —continuó entre tembleques.

Cuando faltaba un metro para que el pies planos pudiera vernos con claridad, Spike metió primera y pisó el acelerador. El carro salió picando ruedas; debimos de haber despertado a todos los vecinos. El poli, al recuperarse de la sorpresa, corrió hacia el coche, se subió de un salto y encendió la sirena.

—¡Menudo imbécil! —exclamó—. ¡Teníais que haberle visto el careto!

Dobló a la derecha a todo trapo y dejó la marca de los neumáticos en el asfalto. Cambió a segunda con vértigo. El ulular de la sirena taladraba el silencio mientras rozábamos los cincuenta kilómetros por hora; el límite permitido era treinta. Si nos trincaban, aparte de la mercancía y la perturbación del orden público, fijo que lo multaban por exceso de velocidad. La idea me arrancó una carcajada febril.

—¿De qué te ríes, capullo? —preguntó, con media sonrisa dibujada en los labios carnosos.

—Con las multas que te han metido, me extraña que te dejen conducir.

Irónico, respondió con otra pregunta:

—¿Y por qué estás tan seguro de que me lo permiten?

Entramos en un callejón sin salida. Nadie advirtió la señal de obras: balizas luminosas, escombros, conos y una zanja nos cortaban el paso; habían levantado el suelo. Spike frenó en seco; todos salimos despedidos hacia delante. Estábamos atrapados: era imposible continuar en esa dirección. Acto seguido, dio marcha atrás. El motor emitió un sonido áspero que me taladró los tímpanos.

—¡Apartaos, mamones! —masculló—. ¡No veo una mierda!

Tom y Marion se echaron a los lados para facilitarle la maniobra. Al llegar al final de la calle, torció a la izquierda. El coche patrulla apareció de improviso detrás del Charger. El impacto nos dejó galvanizados: Spike le había hundido el morro con el maletero.

—¡Maldita sea! —gritó—. ¡Cabrón!

Furioso, se vino arriba y subió el volumen al máximo:

You're the uninvited guest who stays 'till the end

I know you've got a problem that the devil sends

You think they're talking 'bout you but you don't know who

I'll be scraping your life from the soul of my shoe tonight…[1]

Sin pensarlo, continuó en plan kamikaze. La pasma, a duras penas, reanudó la persecución. Los minutos se sucedían; empezaba a acojonarme con todo lo que estaba pasando. Nos aproximábamos a una intersección. Mi colega se saltó el semáforo de Regent Road y esquivó un camión de basura por los pelos. La imagen del buga, con el lateral abollado, los cristales rotos y echando humo por el motor, bailó frente a mis retinas durante un segundo. En el interior, nuestros cadáveres ensangrentados aparecerían en la portada de los periódicos; carnaza que los lectores ociosos consumirían mientras apuraban el primer café de la mañana.

—¡Para el coche! —lloriqueaba Tom—. ¡Quiero bajar, tío, por favor!

—Que te den por culo —contestó Spike—. ¡Haz algo útil y prepara el tema, cojones! Si nos pillan, quiero ir sin la manteca encima.

Marion, de milagro, abandonó su ostracismo de fumeta.

—¿Qué pretendes? ¿Que nos la metamos toda, hermano?

—¡Obvio! —resopló—. ¡No te jode!

Dadas las circunstancias, era la opción más sensata que podíamos tomar. Pasaba de comerme un marrón por posesión de narcóticos o desperdiciar la pasta invertida en farlopa; era un material demasiado bueno para que acabara en garras de la pasma. Aquellos dos estaban tan puestos que no podrían preparar un tiro, menos aún enrollar un billete. Inútiles para la batalla.

—Yo me encargo —propuse—. ¿Quién tiene el marisco?

Tom me alcanzó su caja mágica. Dentro, aparte del material, había una cuchilla de afeitar, un pequeño espejo y un tubo de platino. Ignoré las sacudidas del vehículo y los edificios que desfilaban como una mancha borrosa. Saqué la abultada bolsa, calculando que restarían unos cinco gramos. Tendría que preparar unas lonchas del tamaño de las líneas de señalización de la calzada. Ante todo y sobre todo: generosidad y reparto equitativo. Abrí la guantera y saqué el primer cedé que encontré: Screamadelica, de Primal Scream. Siempre recordaría la primera vez que escuché «Loaded», el buen rollo que me transmitió el temazo de los escoceses. Su vibra optimista, espiritual y rebelde. Magia pura y dura. Aunque sabía que se subieron al tren de Madchester para intentar resucitar una carrera a la deriva, los muy cabrones parieron un disco tan brutal que cualquiera diría que ellos habían inventado el rollo.

Sonreí ante los recuerdos: durante años fue nuestro soundtrack cuando íbamos a surfear a la playa de Formby. Era un ritual escucharlo, tanto en el viaje de ida como en el de vuelta, junto a los porros de hierba y la botella de Suave Jack en el maletero. Uno de esos álbumes especiales que podía escuchar un millón de veces y siempre descubriría algo nuevo. ¿De dónde coño salían aquellos himnos? Asociaba Screamadelica al embate de las olas, la caricia del sol, la espuma salada y el tacto de la tabla entre mis manos.

Bowie —el labrador retriever amarillo que le había regalado a Spike— corría de un lado a otro como un poseso, se revolcaba en la arena, se daba chapuzones y jugaba con la pelota que le lanzábamos. Después, exhausto y feliz, se acercaba a su dueño meneando la cola en busca de un premio. Sus ladridos de satisfacción podían escucharse hasta la otra punta de Merseyside. Lo pasábamos bomba; llegó un momento en que mi colega se consideró tan nativo del lugar como Wayne Rooney o Steven Gerrard. 

Observé el espejo lateral: el jodido madero, aunque iba quedando atrás por momentos, no cesaba de perseguirnos. Otro gilipollas de uniforme que creía firmemente en el cumplimiento del deber. Spike era «un tanque de gasolina suicida» al volante —citando al Jinete Nocturno de Mad Max—; necesitaría refuerzos de la tropa de la Comisaría de Pendleton para trincarnos.

En plena Trafford Road, coloqué el disco sobre mis rodillas y volqué el perico encima. Los colores chillones de la portada me permitían distinguir la cocaína con nitidez. Hundí la cuchilla de afeitar en el polvo blanco y tracé cuatro generosas líneas de grosor y longitud similares. Una puta salvajada.  

Por el rabillo del ojo, contemplé el reflejo mortecino de los muelles. La carretera estaba mal asfaltada: el bamboleo del buga casi me parte todos los huesos. Hice lo imposible para conservar la merca. Mal asunto; sería sencillo interceptarnos al abandonar la seguridad del laberinto de callejuelas estrechas que habíamos estado recorriendo hasta aquel instante.

Spike tomó una curva; poco faltó para que la mandanga se fuera a tomar por culo. El hedor a goma quemada me impregnó las fosas nasales. Hábilmente, esquivó a un motorista; no se lo había llevado por delante de milagro. El pobre diablo levantó el puño con ademán amenazador mientras aullaba:

—¡Hijo de la gran puta!

Spike se desternilló como un maníaco y Marion le hizo un corte de mangas por la ventana trasera.

—¡No te hagas el gallito, soplapollas! —graznó—. ¡O volveremos para partirte la boca!

A duras penas, debido al movimiento del coche, esnifé una de las rayas que había preparado. Me costó un infierno terminarla y el efecto fue instantáneo, gracias a la adrenalina. Mis glándulas suprarrenales estaban haciendo horas extras: sudaba, me rechinaban los piños y tenía el hígado a punto de salirme por la boca. Chupé la bolsa de nieve y la escupí por la ventanilla; llevaba un cebollón impresionante. Le pasé el cedé y el tubo de platino a Tom.

—¡Empólvate la napia y deja de quejarte, mamonazo!

Histérico, se lanzó sobre la mercancía y dejó limpia su parte en menos de lo que canta un gallo; los fabricantes de aspiradoras tenían mucho que aprender de aquel capullo. El subidón lo obligó a lanzar un jadeo y a golpear el techo del vehículo. Marion necesitó toda su fuerza de voluntad y los dos orificios nasales para cumplir su objetivo.

Spike no perdía detalle de lo que sucedía en los asientos posteriores.

—¿Y yo qué, zorras? —soltó con fingida indignación—. ¿Me habéis dejado para el final? ¡Lo que hay que aguantar!

—¡Calla y conduce, coño! —mascullé—. Tienes cosas más importantes de las que preocuparte.

—Soy un hombre versátil —espetó mientras le colocaba el cedé debajo de la tocha—. Parece mentira que no lo sepas, chaval.

Mi colega apartó los ojos de la carretera, acercó la nariz al tubo de platino y liquidó la última línea de una pasada. El cabrón era capaz de meterse una raya mientras conducía a toda pastilla; ni John Belushi en sus mejores tiempos. Increíble, si lo contara, nadie me creería. Estábamos como cabras: huíamos de la bofia puestos hasta el culo y lo único que nos preocupaba era finiquitar el marisco que podía empapelarnos. Lamentar las circunstancias era una pérdida de tiempo. Lo importante era escapar de una pieza; no me apetecía terminar en una celda y que un pandillero me sodomizara sin vaselina.

Spike zigzagueó entre varios vehículos, insultos y bocinas irritadas acompañaron el frenético avance del Charger. Las calles empezaban a llenarse de tráfico. Los esclavos contentos se dirigían a sus miserables empleos para llegar a duras penas a final de mes; Gran Bretaña continuaba a la cola de Europa y nosotros no queríamos saber nada del asunto.

Bruscamente, un coche de policía prorrumpió desde Albion Way. Con una rapidez de reflejos envidiable, pegó un volantazo y logró sortearlo; unos segundos de diferencia y nos hubiera embestido. El madero clavó el freno, perdió el control y chocó contra el bordillo de la acera; uno de sus tapacubos salió rodando.

—¡Desgraciado! —bramó el amigo—. ¿Te has fijado que llevaba la sirena apagada para que no le escucháramos venir?

—Pues le ha salido el tiro por la culata —reí—. ¡Ignora con quién está tratando!

El marisco me hacía sentir invulnerable. Aunque hubiera roto la promesa que me había hecho a mí mismo de evitar consumir mandanga, no experimentaba remordimiento alguno. Después de meses trabajando como un troyano, hastiado y sin poder escribir una palabra, me encontraba en mi elemento. Fiesta, drogas, mi basca y el puto Dodge Charger. ¿Qué más podía pedirle a la vida?

Spike adelantó a un todoterreno invadiendo el carril contrario. Todos contuvimos el aliento; un furgón de reparto avanzaba de frente. Con una maniobra suicida, desfiló entre ambos coches, atravesó la calzada en diagonal y se montó sobre la acera. Los amortiguadores acusaron el impacto, una lluvia de chispas escapó de los bajos del vehículo y el cinturón de seguridad se me clavó en el tórax. Una bilis amarga me llenó la garganta, causándome deseos de vomitar. Aunque el menda era un conductor excepcional, volví a pensar que íbamos a palmarla. Apretó los dientes, enderezó el rumbo del buga y embistió de costado una verja metálica. Un grito colectivo escapó de nuestras bocas. Con gran estrépito, irrumpimos en una cancha de baloncesto. Spike nos ignoró y encendió las luces largas para orientarse en la negrura. Detrás, los coches de la pasma se vieron obligados a detenerse; ninguno estaba dispuesto a jugarse el pellejo. Habíamos ganado un tiempo precioso.

Estábamos en el interior de St. Philip's; otro centro de enseñanza primaria católico para la próxima generación de mamarrachos que tendrían que levantar un país podrido desde el mandato de Winston Churchill. Mi colega abandonó la cancha deportiva, pasó de largo el patio de recreo, la fachada cubierta de cristaleras y un aparcamiento vacío. Al llegar a la entrada, reventó la puerta y prorrumpió al exterior.

Tom chillaba al borde del llanto:

—¡Estás colgado! ¡Vas a matarnos a todos!

Spike cambió de luces y continuó por Hall Street. Puede que no hubiera sido buena idea drogarle más de lo que ya estaba; corría el riesgo de terminar metido en una bolsa de plástico. Franqueamos otro aparcamiento, una parada de autobús, una farmacia y una gasolinera. Después, dobló a la izquierda, se saltó el enésimo semáforo en rojo de la noche y recorrió en dirección prohibida Salford Quays. Por fortuna, estaba vacía. A lo lejos, escuchábamos las sirenas de la pasma. Los muy bastardos se habían tomado aquello como algo personal; no descansarían hasta entrullarnos. Una señal de tráfico nos indicó que la vía estaba cortada. Inesperadamente, Spike aminoró la velocidad y aparcó delante de una casa poco visible desde la carretera. Lleno de arrogancia, apagó el motor. La calma se apoderó del coche, rota únicamente por el sonido de nuestras respiraciones aceleradas. Era como si Hundred Mile High City, de Ocean Colour Scene, se hubiera desbordado a lo bestia.

—Ha sido la hostia, ¿verdad? —zumbó—. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien.

Marion tenía cara de querer arrearle una galleta.

—¡Que te folle un pez, Spike! —explotó—. ¡Última vez que me subo en tu carro en mi vida!

El colega pasó por alto su comentario y encendió un pitillo.

—Os recomiendo que, en vez de gimotear como maricones, guardéis silencio un rato. Con suerte, saldremos de esta mierda sin problemas.

Agotado, me limpié el sudor de la frente. Tenía la boca seca, los músculos rígidos y los nervios a flor de piel. El bienestar causado por la cocaína desaparecía a pasos agigantados, dando paso a un bajón informe. Tom estaba blanco como una sábana, se retorcía los dedos y respiraba con dificultad.

—Pásame una birra, tío.

El menda abrió los ojos como platos.

—¿Qué dices, loco? ¿Aún te quedan ganas de pimplar?

—¡Claro! —Me encogí de hombros—. ¿Por qué no?

Tom me alcanzó una Guinness. Antes de que pudiera llevármela a la boca, Spike le arrancó la anilla y la vació de un trago interminable. Menudo morro gastaba; la generosidad no era una de sus virtudes.

—Está caliente de cojones. —Torció la boca con asco—. Toda tuya, chaval.

Apuré el fondo de la lata. Marion encendió un cigarro con movimientos torpes. Le temblaban las manos. Estaba cabreado y lanzaba miradas asesinas a Spike

—Lo siento, tronco —se disculpó el menda—. Reconozco que la situación se me fue de las manos. Me acojoné cuando vi a la pasma y actué sin pensar. Te prometo que no volveré a hacerlo.

Marion no se molestó en responder. Al escuchar las sirenas de la policía aproximándose, nos inclinamos para no llamar la atención. Nerviosos, contuvimos el aliento. Spike me guiñó un ojo en la penumbra. Sabía lo que pensaba: después de unos canutos, nuestro colega volvería a la normalidad. Tres vehículos pasaron a toda velocidad, intentando encontrarnos. Chapuceros: con razón los índices de criminalidad cada vez eran mayores; en breve no podríamos salir a tomar una copa sin que nos diera el palo algún zumbado. Cuando desaparecieron, risas de alivio llenaron el interior del Charger.

Los primeros haces lechosos de sol despuntaban encima de los tejados; la mañana estaba a la vuelta de la esquina. Ni en broma íbamos a meternos en la cama; con el pasote que llevábamos, no podríamos dormir. No sería la primera vez que, gracias a los efectos residuales del perico, me quedaba comiendo techo hasta altas horas de la tarde. Cuando tuvimos la seguridad de que no tropezaríamos con la bofia, Spike encendió el contacto del coche.

—La juerga solo acaba de empezar. —Sonrió como un pirado. Adrenalina, caos, exceso y lucidez momentánea en medio del delirio—. ¿Listos para marcharnos?



[1] «Bring It on Down», Oasis (Creation Records).




jueves, julio 23, 2026

RADAR SONORO: LAMBCHOP ANUNCIAN PUNCHING THE CLOWN Y ESTRENAN «WEAKENED»

Después de casi cuatro años sin publicar nuevas canciones, Lambchop vuelve con Punching The Clown, su decimoséptimo álbum de estudio. El disco llegará el próximo 21 de agosto de la mano de City Slang y supone el regreso del proyecto liderado por Kurt Wagner con una colección de canciones marcadas por un sonido íntimo y contenido.

Como carta de presentación, la banda ha compartido «Weakened», un tema delicado en el que la voz de Wagner se mueve entre guitarras, banjo y un sutil acompañamiento coral. La grabación cuenta con la colaboración de Andrew Broder a la guitarra y Justin Vernon (Bon Iver) al banjo, además de un coro dirigido por Blake Morgan. La producción corre a cargo de Ryan Olson, colaborador habitual de Lambchop, mientras que Mark Nevers se ha encargado de la grabación y la mezcla.


Con este nuevo trabajo, Lambchop demuestra que la elegancia y la emoción siguen siendo su mejor carta de presentación: menos ruido, más alma.


viernes, julio 17, 2026

RADAR SONORO: RIKAS VOLVERÁ A ESPAÑA PARA PRESENTAR BEDROOM TAPES

La banda alemana de indie pop Rikas regresará a España el próximo mes de diciembre para presentar Bedroom Tapes, el EP que publicó el pasado mes de mayo. El grupo actuará el 9 de diciembre en la sala Copérnico de Madrid y el 10 de diciembre en la sala Apolo de Barcelona. Las entradas ya están a la venta a través de Live Nation.

En Bedroom Tapes, Rikas recupera algunas de las primeras canciones que compuso cuando la banda daba sus primeros pasos. Formados en 2016 por cuatro amigos de la infancia en Stuttgart, el grupo está integrado por Sam Luca Baisch (bajo), Sascha Scherer (guitarra y teclados), Ferdinand Hübner (batería) y Chris Ronge (guitarra).

El lanzamiento llega después de Soundtrack For A Movie That Has Not Been Written Yet, su segundo álbum. Durante los ensayos de aquella etapa, los músicos empezaron a grabar versiones de canciones que siempre les habían gustado, como «Last Train To London», de Electric Light Orchestra, o «Goodnight Tonight», de Wings.



Esta última se hizo muy popular después de que la actriz Florence Pugh la compartiera en Instagram. La versión llegó hasta Paul McCartney, que felicitó a la banda y les animó a grabarla completa, un reconocimiento muy especial para el grupo.

Con Bedroom Tapes, Rikas vuelve a sus orígenes y recupera el sonido de sus comienzos, con ese indie pop melódico y cercano que ha marcado su trayectoria desde el principio.



RADAR SONORO: SUNWHEEL REGRESA CON «GLORIOUS WAYS»

Sunwheel sigue dando forma a su nueva etapa con «Glorious Ways», un sencillo que mira de frente al indie británico de los noventa sin caer en la nostalgia.

El tema habla de esos días que terminan siendo inolvidables y de la ilusión por los que todavía están por venir. Guitarras brillantes, melodías de las que se quedan y un estribillo con vocación de himno.



Formados en los 90 y reunidos de nuevo hace unos años, los británicos continúan desarrollando un sonido que bebe de bandas como The Verve o The Charlatans, pero con la mirada puesta en el presente. «Glorious Ways» confirma la evolución del grupo y su apuesta por canciones directas, pensadas tanto para el directo como para la escucha en el hogar.



sábado, julio 04, 2026

RADAR SONORO: THE MUMBO ORCHESTRA ENCUENTRA LA CALMA EN «ALRIGHT»

La banda británica The Mumbo Orchestra vuelve a demostrar su buen pulso para el indie pop con «Alright», un sencillo que combina melodías luminosas, guitarras veraniegas y una actitud tan desenfadada como contagiosa.

La canción gira en torno a una idea sencilla: no todo merece nuestra preocupación. Con una letra ingeniosa y cercana, el grupo reflexiona sobre la ansiedad cotidiana, el exceso de vueltas que damos a las cosas y la tranquilidad que llega cuando aprendemos a relativizar.


Entre estribillos pegadizos y una producción cálida, «Alright» se convierte en una invitación a bajar el ritmo, reírse del caos y recordar que, muchas veces, todo acaba saliendo bien. Un tema fresco, optimista y perfecto para acompañar la banda sonora del verano.


miércoles, julio 01, 2026

RADAR SONORO: THE MISSING DIAMONDS, PURO ROCK DESDE LAS MIDLANDS

The Missing Diamonds es una banda de rock procedente de Burton-on-Trent, en las Midlands británicas. Desde su aparición en 2025, el grupo ha ido ganando seguidores con un sonido basado en guitarras potentes, melodías pegadizas y una clara influencia del rock clásico.

Ahora presentan «Naked», su cuarto sencillo, una canción intensa que habla sobre la adicción, la tentación y la dependencia emocional. El tema mantiene la energía que caracteriza a la banda y continúa el camino iniciado con «Little Wonder», «Call On Me» y «Lost Love».


Con un disco ya grabado y nuevos conciertos previstos para este año, The Missing Diamonds siguen dando pasos para consolidarse como una de las bandas emergentes de la escena rock británica.



lunes, junio 15, 2026

ENTREVISTA A BESTIA BEBÉ: EL ARTE DE IR RÁPIDO A NINGÚN LUGAR

Bestia Bebé son una banda clave del rock independiente argentino que, a lo largo de los años, construyó una identidad propia con temas directos y cercanos. Ahora vuelven a nuestro país para presentar Yendo rápido a ningún lugar, su nuevo disco. Tenemos la excusa perfecta para hablar sobre esta nueva etapa, las canciones y todo lo que viene para la banda. Tom Quintans, vocalista del grupo, se encarga de dar respuesta a nuestras inquietudes.

 

Yendo rápido a ningún lugar tiene un título potente. ¿Qué significa para ustedes el concepto de “ir rápido a ningún lugar”? ¿Es una crítica, una sensación generacional o algo más personal?

Creo que es un título que engloba bastante la temática general del álbum. No es que sea un disco conceptual ni nada, pero se ve en estos 2 años que estuve escribiendo tenía esas ideas en la cabeza. Me gusta que se pueda interpretar de varias formas. Yo no lo pensé como una crítica a la sociedad actual, va más por el lado de disfrutar las cosas que nos pasan hoy, sin pensar tanto en llegar a algo. También siento que tiene una buena relación con la temática del paso del tiempo, el crecer en este planeta y como las relaciones se van modificando con los años.

En “El Atrevido” aparece la idea de crecer sin seguir ciertos mandatos. ¿Cómo cambió Bestia Bebé con los años y qué cosas siguen intactas desde los comienzos?

Siguen intactas las ganas de hacer música nueva, grabar discos, girar por el mundo. Sigue estando en el centro de la escena la diversión, que al fin y al cabo es el motor de esto. Creo que cuando ya no sea del todo divertido no va a existir más. Siento que hoy día tocamos mucho mejor, no salimos tan borrachos como al principio y tratamos de siempre dar un buen show y que la gente se vaya contenta. Tenemos mucha más gente que nos ayuda.

Este disco parece mirar mucho hacia el paso del tiempo y las consecuencias de las decisiones. ¿Sienten que hoy escriben desde un lugar distinto al de hace diez años?

Sí, claro. Cuando compuse las primeras canciones tenía menos de 20 años y ahora tengo 37. Si escribiera lo mismo sería un imbécil, más que nada porque mis letras son en su mayoría vivencias, sentimientos y pensamientos personales. Siempre intento no repetirme o mejorar disco a disco.

En “Si me voy no significa que te quiera menos” trabajan sobre los errores y las caídas. ¿Les resulta más difícil escribir desde la vulnerabilidad o desde la energía del rock?

No creo que sean dos cosas separadas. Se puede hacer una canción muy rockera y que la letra sea más vulnerable o sentimental. Es más, siempre me gustó el contraste en nuestras canciones. Si la música es medio blanda a veces me gusta que la letra sea lo opuesto y al revés también.

En este álbum también aparecen nuevas búsquedas sonoras. ¿Cómo fue encontrar ese equilibrio entre probar cosas nuevas y mantener la esencia de Bestia Bebé?

Me compré una computadora nueva y empecé a probar cosas con samples de batería, teclados, baterías electrónicas programadas, etc. Todo esto a la hora de hacer las maquetas de las canciones. Después me gustó mucho cómo quedaba y sentí que le daba algo distinto a lo que veníamos haciendo. No dejan de ser canciones que agarras una guitarra y las podés tocar perfectamente.

Han construido una identidad muy ligada a lo cotidiano, la amistad y la vida de la calle. ¿Por qué creen que esas historias siguen conectando tanto con la gente?

Escribo en su mayoría cosas que me pasan o pensamientos que tengo. Supongo que la gente también los tiene y encuentra ahí una identificación. Hablo de mi barrio porque es donde vivo, de mis relaciones, errores, pequeñas victorias, etc. Son cosas muy humanas con las que cierta gente conecta al parecer.

Después de tantos años tocando juntos, ¿qué los sigue emocionando más: grabar discos, tocar en vivo o descubrir que una canción acompaña momentos importantes de otras personas?

Creo que es un poco de todo. Cada cosa tiene su encanto y su parte aburrida. Me gusta que haya un balance equitativo que permita disfrutarlas todas.

Si alguien nunca escuchó a Bestia Bebé y tiene que entrar a Yendo rápido a ningún lugar por una sola canción, ¿cuál elegirían y por qué?

“El atrevido” sin duda es la canción que mejor refleja la temática reinante del disco. Y musicalmente también tiene un poco de todo.