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martes, septiembre 01, 2026

RADAR SONORO: WOLFWOLF PRESENTAN «I CAN SEE THINGS», PRIMER ADELANTO DE IN DELUSION

WolfWolf regresan con «I Can See Things», primer adelanto de In Delusion, el que será el quinto disco del dúo suizo.

Mr. Wolf y Mr. Wolf mantienen ese garage-punk-blues-trash que lleva años siendo su seña de identidad, pero esta vez introducen algunos cambios. Las guitarras recuerdan por momentos a los primeros The Cure, mientras que ciertos detalles psicodélicos le dan a la canción un aire más oscuro e inquietante.

La letra de «I Can See Things» nos mete de lleno en una pequeña historia de terror. Su protagonista ve siluetas en las paredes y se cruza con extrañas criaturas durante la noche, aunque nunca queda claro hasta qué punto todo está sucediendo de verdad o solo existe en su cabeza.


Ese mismo ambiente se traslada al videoclip, dirigido por la cineasta suiza Thaïs Odermatt, que juega con las imágenes y la sensación de estar continuamente entre la realidad y la imaginación.

«I Can See Things» es la primera pista de lo que encontraremos en In Delusion, un disco en el que WolfWolf se adentrarán en la paranoia, la psicosis, las ilusiones colectivas y esa necesidad tan humana de intentar encontrar una explicación a lo que no entendemos.



domingo, agosto 30, 2026

RADAR SONORO: MURAGA SE ESTRENA CON «KO»

muraga debuta con «KO», un primer adelanto de guitarras ruidosas, baterías crudas y una voz que transmite toda la urgencia de la canción.

«KO» habla de la desesperación y el deseo ante un posible reencuentro. El tema arranca entre distorsiones que poco a poco dejan paso a las guitarras y a una batería que va ganando terreno hasta envolverlo todo. El shoegaze está muy presente, con ecos de My Bloody Valentine, Dharmacide y los italianos Verdena.

El single llega acompañado de un videoclip que juega con diferentes texturas y distorsiones visuales que transforman la silueta del cantante.

«KO» es el primero de varios temas que muraga publicará durante los próximos meses y que acabarán formando parte de su álbum de debut.



martes, agosto 25, 2026

RADAR SONORO: SUNDAY, JUNE PRESENTA «WHAT IF I TRIED?»

Sunday,June es un quinteto hispano-suizo formado en Ginebra y liderado por el músico valenciano Mario Peiró Espí. Su sonido se mueve entre la psicodelia, el indie-rock y el shoegaze, aunque ellos prefieren definirlo como solar psych.


Después de publicar en 2025 su debut, Sun Glitter and Other Reflections, la banda ya tiene preparado un segundo álbum que verá la luz este otoño. «What if I Tried?» sirve como primer adelanto y habla de esos sueños que vamos dejando por el camino, de las presiones que terminan frenándonos y de algo tan sencillo como encontrar el valor para intentarlo.


martes, agosto 11, 2026

CRÓNICA ADAM ANT: UN SUPERVIVIENTE QUE SIGUE AL PIE DEL CAÑÓN

Hay artistas que viven de la nostalgia y otros que siguen demostrando, cada vez que se suben a un escenario, por qué dejaron huella. En el Olympia Hall del Winter Gardens de Blackpool, Adam Ant volvió a confirmarlo. A sus 71 años, el británico continúa recorriendo carreteras y ofreciendo conciertos con la misma personalidad que lo convirtió en un icono. Después de una carrera marcada por el éxito, los altibajos y la reinvención, sigue ahí, fiel a sí mismo.

El concierto fue un viaje por todas las etapas de su trayectoria. Desde el arranque con «Beat My Guest» y «Dog Eat Dog», quedó claro que la noche estaría dedicada a los grandes himnos de Adam & the Ants. Canciones como «Kings of the Wild Frontier», «Zerox», «Prince Charming», «Cartrouble» o la imprescindible «Antmusic» hicieron que el público respondiera desde el primer momento, cantando cada estribillo con la misma ilusión de hace cuatro décadas.

El repertorio también reservó un espacio importante para su carrera en solitario. «Friend or Foe», «Vive le Rock», «Desperate but Not Serious» o «Goody Two Shoes» recordaron que Adam Ant supo mantener una identidad propia más allá de la banda que lo lanzó al estrellato y que su catálogo está lleno de canciones que han resistido el paso del tiempo.

El paso del tiempo ha dejado su huella en la voz de Adam Ant. Sin embargo, eso queda en un segundo plano cuando aparece sobre las tablas. Su presencia sigue siendo magnética: el sombrero, esa inconfundible imagen de pirata —de la que Jack Sparrow parece haber heredado más de un detalle— y la teatralidad que siempre ha acompañado a sus actuaciones siguen formando parte de un espectáculo que conecta con el respetable desde la autenticidad, más que desde la perfección.

El cierre con «Stand And Deliver» puso el broche perfecto a un espectáculo que fue mucho más que un ejercicio de nostalgia. Fue la confirmación de que Adam Ant sigue siendo un superviviente, un artista que continúa al pie del cañón defendiendo un repertorio repleto de clásicos, tanto de su etapa con Adam & the Ants como de su carrera en solitario, y recordando que hay leyendas que nunca dejan de pertenecer al escenario.

Setlist

«Beat My Guest»

«Dog Eat Dog»

«Vive le Rock»

«Lady/Fall In»

«Desperate but Not Serious»

«Cartrouble»

«Prince Charming»

«Zerox»

«Ants Invasion»

«Kings of the Wild Frontier»

«Christian D'or»

«Friend or Foe»

«Antmusic»

«Red Scab»

«Never Trust a Man (With Egg on His Face)»

«Young Parisians»

«It Doesn't Matter»

«Killer in the Home»

«Goody Two Shoes»

Bis:

«Stand and Deliver»



miércoles, agosto 05, 2026

RADAR SONORO: HOWLIN' JAWS PRESENTAN LIVING THE DREAM Y ANUNCIAN CONCIERTO EN ESPAÑA

Howlin' Jaws ya tienen listo Living The Dream, su tercer álbum de estudio, que se publicará el próximo 2 de octubre a través de Bellevue Music.

Con la producción de Kalle Gustafsson Jerneholm —habitual colaborador de bandas como Foals o The Hives—, el trío parisino amplía su sonido sin renunciar a la energía y la frescura que han marcado su trayectoria.

Como carta de presentación, la banda ha estrenado «Living The Dream» y «Troubled Mind», dos temas que adelantan el rumbo del nuevo disco. El primero juega con la ironía para cuestionar la idea del éxito, mientras que el segundo aborda el duelo desde un enfoque luminoso y esperanzador, combinando psicodelia, garage y un marcado instinto pop.

Después de compartir escenario con The Black Keys, The Limiñanas o Les Wampas, Howlin' Jaws llevarán este nuevo repertorio a España el próximo 28 de noviembre, con un concierto en Santiago de Compostela junto a The Sadies dentro de la programación del Outono Códax Festival.


RADAR SONORO: CIMARRÓN ESTRENA «LA CULPABLE» JUNTO A ATERCIOPELADOS

La banda colombiana Cimarrón une fuerzas con Aterciopelados en «La Culpable», su nuevo sencillo, ya disponible en plataformas digitales. La canción fusiona el joropo con el rock en una propuesta que reúne el sonido tradicional del arpa, la bandola y el cuatro con una base más contemporánea. La letra, interpretada por Ana Veydó y Andrea Echeverri, rinde homenaje a las mujeres fuertes e independientes desde la identidad y la fuerza de la música colombiana.

Con esta colaboración, Aterciopelados celebra además el 30.º aniversario de La pipa de la paz, uno de los discos más importantes de su trayectoria, junto a una de las formaciones que más ha contribuido a llevar el joropo colombiano a los escenarios internacionales.



jueves, julio 30, 2026

ENTREVISTA A MINIÑO: PASITO A PASITO

MINIÑO es una banda de Castilla y León que ha encontrado una voz propia mezclando indie, post-rock, punk y pop. Con su álbum de debut, LA MITAD, ha logrado conectar con el público y despertar el interés de la crítica gracias a unas canciones honestas y cargadas de emoción. Después de recorrer buena parte del país con más de veinte conciertos y dejar una gran impresión en FÀCYL, el grupo ya trabaja en su próximo disco.

Han pasado unas semanas desde vuestro concierto en FÀCYL. Ahora que habéis tenido tiempo para asimilarlo, ¿sentís que ese día marcó un punto de inflexión para MINIÑO?

Sentimos que aquel día se nos valoró en nuestra ciudad. Sentimos cariño por las piedras contra las que rebotó el sonido y por la gente que cantó y bailó con nosotros. No sabemos si lo llamaríamos un punto de inflexión, pero sí estamos seguros de que será un concierto que recordaremos durante mucho tiempo y siempre con una sonrisa.

Actuasteis en el Patio Chico de Salamanca, un lugar muy especial y, además, jugando en casa. ¿Qué se siente al subir a un escenario así y encontrarse con un público que conoce las canciones y las canta con vosotros?

Nos hemos criado viendo cómo artistas que para nosotros eran desconocidos, o a los que considerábamos referentes, se subían a los escenarios repartidos por la ciudad durante FÀCYL. Algunos de nuestros mejores recuerdos como público están ligados a esas plazas.

Así que puedes imaginar lo que supone descolgar el teléfono y que te pregunten si quieres tocar con la catedral de Salamanca a tus espaldas. Fue una auténtica pasada.

LA MITAD nació de una forma muy artesanal, grabado y autoproducido en una bodega. ¿Imaginabais que iba a conectar tan bien tanto con el público como con la crítica?

Hicimos canciones que nos salían de dentro. No teníamos ni idea de cómo conectarían con la gente, pero sí queríamos que quienes las escucharan pudieran hacerlas suyas.

Creemos que muchas personas han conectado con estos temas porque encuentran en ellos experiencias que también han vivido. Verte reflejado en los sentimientos de otra persona genera esa conexión. Queremos que siga siendo así siempre.

En poco más de un año habéis ofrecido más de veinte conciertos por toda España. Mirando atrás, ¿qué os ha enseñado esta gira sobre vuestra música y sobre vosotros como banda?

Sobre nuestra música, hemos aprendido que estamos orgullosos de lo que hacemos. Venimos del barro y queríamos crear algo que, sin ser pretencioso, pudiéramos llevar a cualquier lugar, ya hubiera cuatro personas o mil delante del escenario.

Sentir que es algo nuestro, que se valoran todas las horas de esfuerzo, que la gente escucha las canciones y que cada vez se suma más gente a esta locura significa muchísimo para nosotros.

Sobre la banda, hemos aprendido que, pase lo que pase, lo importante es que seguimos teniéndonos los unos a los otros y que los cuatro remamos en la misma dirección. Surgen momentos de tensión, como es normal cuando pasas tantas horas fuera de casa o cuando algo no sale como estaba planeado.

Pero, cuando llegamos a casa y nos bajamos de la furgoneta, seguimos siendo lo que llevamos siendo más de media vida: amigos.

En vuestras canciones conviven el indie, el post-rock, el punk e incluso algunos momentos más cercanos al pop. ¿Sentís que ya habéis encontrado vuestra identidad o seguís descubriéndola disco a disco?

Creemos que ya existe una identidad en todo lo que hacemos, pero también seguimos descubriéndonos disco a disco. Intentamos crecer y mejorar con cada cosa que publicamos.

La música que escuchamos también cambia y nos influye, así que todo nace de la convivencia entre nuestra propia identidad, el descubrimiento y las ganas de probar cosas nuevas.

Quienes os han visto en directo suelen destacar la intensidad de vuestros conciertos. ¿Es sobre el escenario donde las canciones cobran todo su sentido o seguís disfrutando igual del trabajo en el estudio?

Sobre el escenario es donde sentimos que conectamos de verdad con nuestra música. Cantas, gritas, saltas, sacudes el cuerpo y te dejas llevar por el momento, el sudor y las luces. También está esa conexión visual entre nosotros y la reacción del público. Todo eso puede ponerte la piel de gallina o emocionarte.

Aun así, probablemente seguiremos siendo quienes más escuchan nuestros propios discos. También disfrutamos de nuestra música en casa, con auriculares o altavoces, sentados en el sofá, porque esa parte de nosotros es tan importante como lo que sucede sobre el escenario.

Habéis adelantado que este verano empezaréis a grabar vuestro próximo álbum. Sin desvelar demasiado, ¿qué os gustaría explorar en esta nueva etapa que no estaba presente en LA MITAD?

Ahora queremos explorar lo cotidiano, las historias que le pueden suceder a cualquier persona: el miedo a equivocarse, el cariño que sentimos al recordar quiénes éramos de pequeños o el intento de aceptar que no somos perfectos.

La vida también consiste en equivocarse y aprender a quererse, aunque a veces seamos un desastre.

Hace apenas un año erais una banda emergente y ahora vuestro nombre aparece cada vez más entre los grupos destacados de la escena alternativa nacional. ¿Cómo vivís ese crecimiento y qué metas os marcáis para los próximos meses?

Seguimos sin prestarle demasiada atención y todavía no terminamos de creérnoslo del todo, jajaja. Nos gusta dejar que las cosas nos sorprendan.

Ahora mismo nuestra principal meta es disfrutar del proceso, de las canciones y de toda la gente que se acerca al proyecto y cree en él. También queremos agradecer y valorar a quienes nos han apoyado desde el principio y continúan acompañándonos en este viaje.

Nuestro sueño sería poder vivir de esto junto a nuestra gente.


lunes, julio 27, 2026

MARILYN MANSON: MISA NEGRA A 40 GRADOS

Las primeras notas de «Bela Lugosi’s Dead», de Bauhaus, emergen de la oscuridad. Pocas canciones podrían servir mejor de prólogo: nueve minutos de sombras, decadencia y liturgia gótica antes de que el Reverendo salga a oficiar su propia misa negra. El ambiente está preparado.

La carrera de Manson, después de unos últimos años erráticos, ha vuelto a la carretera, donde lleva promocionando su disco, One Assassination Under God – Chapter 1, desde 2024. Pocas trayectorias musicales han sido tan conflictivas como la del Reverendo. No obstante, es un superviviente y continúa al pie del cañón rozando los 60 palos.

La organización del festival —zona de catering, puestos de comida y espacios habilitados para comer y beber en la Plaza de España de Sevilla—, perfecta. Buen ambiente, a pesar de un calor insoportable que rozaba los 40 grados a las 22:30, hora de inicio del espectáculo.

Fue un concierto fiero, potente, con un Manson en buena forma que desgranó un repertorio basado principalmente en sus primeros discos, los más aclamados. Que nadie espere a un Reverendo especialmente receptivo con el público. Nunca ha sido su estilo. Caña desde el primer minuto, sonido crudo y directo al grano, sin grandes aspavientos. Como aderezo escénico, un efectivo juego de luces, neones y cruces invertidas reforzaba la imaginería oscura y provocadora de la ceremonia. La parroquia de Manson, completamente entregada, disfrutó enormemente y respondió con entusiasmo a cada uno de los clásicos.

Hubo varios cambios de vestuario: gabardina de cuero para empezar, chaqueta de plumas, bombín para la época burlesca de «mOBSCENE», plumas para Holy Wood y sombrero militar en otros temas. Los mismos trucos de siempre, esos que tan buenos resultados le han dado durante toda su andadura.

El mesías alienígena Omega apareció en dos cortes: «Great Big White World» y una truncada «I Don’t Like the Drugs (But the Drugs Like Me)», que dio paso a «The Dope Show». Evidentemente, Manson arengó a los fieles. Él es la droga que su público necesita.

«Exit Wound», el más reciente sencillo, y «Nod If You Understand» representaron la etapa actual. A partir de ahí, el viaje fue directo a los años noventa. El Reverendo sabe perfectamente qué quiere la parroquia: un repertorio de grandes éxitos en el que brillaron cuatro temas de Antichrist Superstar (1996), su obra capital. Hits infalibles en directo que siguen llevando al respetable al frenesí colectivo.

Entre los momentos culminantes destacaron también sus célebres versiones, temas que Manson ha hecho prácticamente suyos. «Sweet Dreams (Are Made of This)» fue, con diferencia, la más aclamada y desató la euforia general. Para el cierre quedó «Personal Jesus», convertida en el último golpe de efecto de la noche.

Mención especial al bis, «Tourniquet», en el que Manson apareció sobre el escenario subido a unos zancos que lo hacían parecer una araña maligna gigantesca. El que tuvo, retuvo...

Lo cierto es que compadecí a los músicos. El escenario, con los focos, las luces y aquel calor, tenía que ser un infierno. Aun así, cumplieron con profesionalidad, sin dar un segundo de respiro y con un espectáculo medido hasta el último milímetro. Quedó ADN del Reverendo por todas partes, todo hay que decirlo.

Evidentemente, y tal como ha hecho durante décadas, que nadie espere un concierto al estilo de The Cure: 14 canciones, una hora y cuarto justa y fin del espectáculo.

Manson continúa manteniendo su enigma sobre las tablas.


Setlist:

Nod If You Understand

Disposable Teens

Angel With the Scabbed Wings

Great Big White World

This Is the New Shit

Dried Up, Tied and Dead to the World

Exit Wound

The Nobodies

The Dope Show

Sweet Dreams (Are Made of This)

mOBSCENE

The Beautiful People

Encore:

Tourniquet

Personal Jesus



viernes, julio 24, 2026

UN ALMA DEL NORTE - INTRODUCCIÓN

El poderoso motor del Dodge Charger retumbaba en la oscuridad previa al amanecer. Iluminada por luces eléctricas, Chandos Grove poseía un aspecto gélido y fantasmal. Aunque las ventanas delanteras estaban abiertas, en el habitáculo del carro se había formado una burbuja de humo; el olor de la hierba habría vuelto loco a cualquier perro detector de drogas. Spike conocía Salford como la palma de su mano; llevaba unos quince minutos transitando por calles secundarias poco frecuentadas. Indolente, soltó el acelerador y redujo la velocidad. Observé el cuentakilómetros con cierta sorpresa; mi colega no solía conducir a menos de cuarenta.

—La bofia vigila esta zona —el menda pareció leerme el pensamiento—. Pasar desapercibidos es la mejor opción. 

Embutido en una raída chupa de cuero, parecía haber escapado de un programa de desintoxicación: pelo largo teñido de canas, rostro demacrado debido al consumo de todo tipo de sustancias ilícitas, profundas bolsas debajo de los ojos, nariz prominente, pómulos angulosos, cuerpo terriblemente delgado. Una versión arrabalera y magullada de Mark E. Smith, de The Fall. Estilo y decadencia a partes iguales: gafas de sol y cuero. Su mirada estaba en otra órbita; contemplaba universos inalcanzables para el resto de los mortales.

La tarde anterior, entre los cuatro miembros del Grupo Salvaje, habíamos reunido un buen fajo destinado a actividades recreativas. Pese a llevar toda la noche de juerga, nos quedaban porros, farla y priva como para descarrilar un tren. Éramos los supervivientes del Segundo Verano del Amor, hijos de la cultura rave. Habíamos bailado Hallelujah, de los Happy Mondays; Come Together, de Primal Scream; Fool’s Gold, de The Stone Roses; I’m Free, de The Soup Dragons, y Weekender, de Flowered Up, en una nebulosa de MDMA, locura y cachondeo.

Como en los viejos tiempos, Spike se encargó de pillar la mandanga. Hacía siglos que no probaba una farlopa tan cojonuda. Nada más meterte una raya —antes incluso de que terminara de hacer efecto— ya te apetecía volver al baño a darle otro toque al tema. Parafraseando a William S. Burroughs: «Si Dios inventó algo mejor, se lo habrá reservado para él». Íbamos con cuidado: el Partido Laborista, al igual que su predecesor, tampoco apoyaba la legalización de los narcóticos.

—¿A quién le compraste la coca?  —pregunté—. Te has lucido, tronco.

—Al Pulga —explicó—. Tiene un contacto en Escocia que le trajo un cuarto de kilo de lo mejorcito. Estuve en el chabolo mientras lo cortaba y dejó nuestra parte tal cual llegó. Las nieves del Kilimanjaro se quedan pañales en comparación con esta mierda, chaval.

Me costaba creerlo. El perico del camello tenía fama de dudoso, una guarrada, sin circunloquios. Ya era hora de que se pusiera las pilas. Fui sarcástico:

—Pensaba que Richard se había retirado.

—¿Estás de coña? —rio—. ¿En serio no lo viste anoche?

—En absoluto.

—Estuvo en el tigre todo el tiempo. Llevaba una mordida de la hostia. Tenía la mandíbula tan desencajada que parecía Forrest Gump. ¡Viva Colombia!

El Pulga poco había cambiado desde que traficaba en las raves a principios de los noventa. Siempre lo recordaba con el casco de moto —donde guardaba el material— bajo el brazo, de palique con todo Dios, trapicheando para asegurarse una vejez digna.

Una noche, a las afueras de un garito, mientras hacíamos el intercambio de rigor de efectivo por tripis, vio el reflejo de las luces de un coche patrulla y salió escopeteado como alma que lleva el diablo. Por suerte, teníamos la merca en mano y no nos dejó en la estacada. Un tipo con nervios de acero.

Examiné la calle: viviendas victorianas, árboles, una iglesia en obras, cabinas de teléfono, pequeños comercios, restaurantes y roñosos pubs cerrados. Aborrecía Salford: sus gentes poligoneras, el ambiente tétrico de las fábricas, los bloques de protección oficial y las colas frente a las oficinas de empleo. Puto infierno de ciudad repugnante... Haber crecido en Eccles me moldeó para siempre. Cada día tenía más claro que mis raíces eran terribles: un entorno opresivo, aniquilador. Una ciudad de carcas amargados. De milagro no terminé en el bareto de la esquina, jugando al Cribbage y enganchado al Grouse. Mudarme a Londres me abrió los ojos; jamás podría regresar a aquella cloaca.

Le comenté a Spike:

—La peña continúa igual que siempre, ¿verdad?

— El problema de dejar las drogas es que, cuando vuelves a sus brazos, lo haces con el doble de ganas. Es como encontrarte con una guarrilla que tenía un polvo espectacular y le echas un revolcón para rememorar viejas glorias. ¡Te enganchas por defecto!

—Bonita metáfora —bromeé—. Tomaré nota para mi próximo libro.

—Muy sensato por tu parte. —El amigo esbozó una sonrisa mordaz—.  Te lo he dicho mil veces: tu próximo personaje debe ser un misógino, perforador de culos femeninos de alto standing.

En el asiento trasero, Tom quitó la anilla a una lata de Guinness y echó un trago al coleto. Después de todo lo que nos habíamos metido, daba igual que estuviera caliente. Por alguna extraña razón, el lote de cerveza seguía siendo considerable.

—¿Te apetece una, tío?

Tom llevaba pañuelo de pirata, polo Fred Perry, vaqueros y Nike blancas. Había bailado como un neurótico varias horas; seguía empapado de sudor y parecía que los ojos azules le iban a saltar del cráneo. Por mucho que largara que iba a reformarse —vida sana, bicicleta, nada de carne y batidos de espinacas—, tenía complejo de Tony Montana.

—¡Vale! —Cacé la birra en el aire—. Marion, ¿estás bien?                                              

Este apuró el canuto antes de replicar:

—¡Claro! ¿Por qué lo preguntas?

Marion tenía pinta de navajero: gabardina, camiseta de Marilyn Manson —época Antichrist Superstar—, pitillos ceñidos, pesadas Doc Martens, anillos de armadura y uñas pintadas de negro. El cabello le sobrepasaba los hombros y se había dejado barba. Fumeta compulsivo, amante de la literatura rusa, obsesionado con la política y coleccionar cuchillos, su fama de bolinga era legendaria en los bajos fondos de la Universidad de Salford. El tipo había logrado escapar de Wythenshawe —una de las muchas barriadas chungas de Manchester— de una pieza. Punto a favor del amigo. 

—No has abierto el pico desde que salimos del Blue Moon.

Aunque estaba cocido, Marion controlaba la situación. Mantenía la voz firme y las ginebras que había pimplado en el estómago. La charla de una hora con una zumbada no lo había dejado para el arrastre. Lo típico: una relación mediocre, años de celos, abusos psicológicos, polvos cutres y, por último, la patada por una tía más joven en busca de nuevos horizontes. ¿Por qué la gente, cuando salía de marcha, en vez de olvidar sus problemas, se empeñaba en joder la marrana al personal?

—Disfruto de la hierba, capitán.

Tipas ajadas, reventadas de tanta polla, puestas de costo y alcohol mañana y noche, con varios hijos a cuestas y una mochila emocional que parece el petate de un marine en maniobras. Eran todas un coñazo. Decidí pincharle:

—Pensaba que andabas ciego y que ibas a echar las papas sobre Tom.

Spike intervino de inmediato:

 —¡Como alguno de vosotros, cabrones de mierda, se atreva a potar en mi buga, lo reviento!

Estallamos en carcajadas. No sería la primera vez que un miembro de la pandilla perdía el control de sus actos dentro del Charger. En el equipo sonaba Definitely Maybe, puede que uno de los mejores discos de la historia. Pensé que a los Gallagher —en especial a Liam— se la sudaba todo. Pura chulería, mesianismo y egos desorbitados. Al final terminabas cogiéndoles cariño, a pesar de que fueran tan pedantes y bocazas como Morrissey.

Pulp, Suede, Elastica, Supergrass… La batalla del Britpop: Blur versus Oasis. Manchester frente a Londres. Norte y sur en conflicto. Clase obrera contra élite. Las bandas se forraron, la prensa vendió miles de ejemplares, las tiendas de discos arrasaron, los promotores de conciertos se hicieron de oro y la gente disfrutó de buena música. Todo el mundo salió ganando y fue una época espectacular. Joder, hasta Robbie Williams —hablamos de un fulano que meneaba el culo en Take That— había despachado el impecable Life Tru A Lens, cuando nadie daba un penique por su carrera en solitario. Músicos... ¿Qué sería de la sociedad sin ellos? Probablemente más limpia… o, qué coño, un muermo. El rock era la tabla de salvación perfecta para unos marginados como nosotros. Demos gracias a la química y a la mala vida por las obras maestras. [...]

Spike cambió de carril y adelantó a un vehículo por la derecha. Continuábamos al pie del cañón: noctámbulos, colocados y erráticos, disfrutando de la vida sin pensar en el mañana. The Verve tocaba en Wigan aquella misma tarde. Bitter Sweet Symphony los había catapultado al estrellato internacional, y la banda aprovechaba la popularidad del momento para salir del ostracismo tras dos años de hibernación.

Previsor, cuando me enteré de la noticia pedí el día libre a la zorra de mi jefa. En un principio no hubo problema, pero a pocas horas del evento me comunicó que, como la plantilla andaba escasa de personal, le era imposible concedérmelo. Llevaba once meses chupándome todos los turnos posibles, puteado y ganando una miseria; aquella fue la gota que colmó el vaso. Ni siquiera me molesté en despedirme: que le dieran por culo a Sainsbury’s y, por extensión, a aquella imbécil que solo quería lameculos para manipularlos a su antojo. Me daba igual haberme quedado en la calle: los trabajos de mierda abundaban en Inglaterra. ¿Reponer mercancía en un supermercado de Charing Cross, o disfrutar de mi grupo favorito en directo? Más fácil, imposible.

Todos habíamos comprado entradas en Ticket and Travel (veintiún libras por cabeza) para el concierto. No esperaba que la peña se apuntara al carro. Por norma, cuando proponía algún plan, me daban largas. La última vez que vimos a The Verve sobre un escenario fue en Glastonbury. El cartel moló bastante: Oasis, The Cure, Pulp, Orbital, Elastica y The Charlatans, entre muchos otros. La banda tuvo problemas de sonido —se les reventó un amplificador— y mantuvo al público a la espera, tocando mientras los técnicos arreglaban el incidente. Richard Ashcroft, arrogante como de costumbre, se tomó aquel contratiempo con humor y bromeó: «No escucháis una sección rítmica como esta todos los días, ¿eh?», antes de cantar las inéditas «The Rolling People» y «Come On», que más adelante pasarían a formar parte del aclamado Urban Hymns. Fueron buenos tiempos: faltaba poco para que me independizara económicamente y plantara a mi familia en la miseria en la que estaban inmersos. En cierta manera, tomé la decisión de abandonar Salford aquel veinticinco de junio de 1995 en el NME Stage, a la vez que escuchaba Life’s an Ocean. Todo se unió a mi favor: la letra del tema, las buenas vibraciones del festival, la presencia de mis colegas, el Adam que había ingerido en primera fila… para librarme de las cadenas del pasado. Por desgracia, aquellos largos días de verano jamás regresarían. [...]

Spike se detuvo frente a un semáforo en rojo. El resplandor de las farolas le daba un aspecto sombrío. Inesperadamente, un coche patrulla apareció por Eccles Old Road y, al reconocer el Dodge Charger, encendió las luces y se dirigió hacia nosotros.

—¡Mierda! —exclamó—. ¡Lo que nos faltaba!

El menda bajó el volumen del equipo de música. Un calambre de ansiedad me recorrió el estómago.

—¿Por qué viene a por nosotros? —gimoteó Tom con voz ronca—. ¡No hemos hecho nada, joder!

Impertérrito, Spike relajó las manos sobre el volante y observó a la bofia a través del espejo retrovisor. Si estaba alterado, lo disimulaba por completo.

—Nadie tiene un buga como el tuyo en todo Manchester —rezongué—. Deberías plantearte pillar uno menos llamativo. ¡La policía puede localizarte a mil kilómetros!

—¡Y una mierda! —replicó—. Esta joya es la mejor inversión que he hecho en mi vida. Nunca subestimes la potencia americana.

Los segundos transcurrieron con una lentitud aplastante. ¿Qué diablos podíamos hacer? Apenas quedaba tiempo para deshacernos de la mandanga. Marion, intoxicado hasta las trancas, estaba en otro planeta. Tom, en cambio, se revolvía como un animal enjaulado; parecía víctima de un electroshock.

—¡Tengo que salir de aquí! —murmuraba—. ¡Tengo que salir de aquí!

El vehículo se detuvo detrás del Charger. El madero abrió la puerta del conductor y se aproximó con una linterna en la mano. Tenía cara de malas pulgas y la pipa le colgaba, bien visible, del costado. Si Tom no hubiera estado haciendo el cafre en la parte trasera, quizá —con un poco de suerte— habríamos podido salir de aquel fregado.

—¡Relájate! —farfullé—. ¡O nos meterán en el trullo por tu culpa!

—¡Tengo que salir de aquí! —Tuve ganas de pegarle un guantazo—. ¡Tengo que salir de aquí! —continuó entre tembleques.

Cuando faltaba un metro para que el pies planos pudiera vernos con claridad, Spike metió primera y pisó el acelerador. El carro salió picando ruedas; debimos de haber despertado a todos los vecinos. El poli, al recuperarse de la sorpresa, corrió hacia el coche, se subió de un salto y encendió la sirena.

—¡Menudo imbécil! —exclamó—. ¡Teníais que haberle visto el careto!

Dobló a la derecha a todo trapo y dejó la marca de los neumáticos en el asfalto. Cambió a segunda con vértigo. El ulular de la sirena taladraba el silencio mientras rozábamos los cincuenta kilómetros por hora; el límite permitido era treinta. Si nos trincaban, aparte de la mercancía y la perturbación del orden público, fijo que lo multaban por exceso de velocidad. La idea me arrancó una carcajada febril.

—¿De qué te ríes, capullo? —preguntó, con media sonrisa dibujada en los labios carnosos.

—Con las multas que te han metido, me extraña que te dejen conducir.

Irónico, respondió con otra pregunta:

—¿Y por qué estás tan seguro de que me lo permiten?

Entramos en un callejón sin salida. Nadie advirtió la señal de obras: balizas luminosas, escombros, conos y una zanja nos cortaban el paso; habían levantado el suelo. Spike frenó en seco; todos salimos despedidos hacia delante. Estábamos atrapados: era imposible continuar en esa dirección. Acto seguido, dio marcha atrás. El motor emitió un sonido áspero que me taladró los tímpanos.

—¡Apartaos, mamones! —masculló—. ¡No veo una mierda!

Tom y Marion se echaron a los lados para facilitarle la maniobra. Al llegar al final de la calle, torció a la izquierda. El coche patrulla apareció de improviso detrás del Charger. El impacto nos dejó galvanizados: Spike le había hundido el morro con el maletero.

—¡Maldita sea! —gritó—. ¡Cabrón!

Furioso, se vino arriba y subió el volumen al máximo:

You're the uninvited guest who stays 'till the end

I know you've got a problem that the devil sends

You think they're talking 'bout you but you don't know who

I'll be scraping your life from the soul of my shoe tonight…[1]

Sin pensarlo, continuó en plan kamikaze. La pasma, a duras penas, reanudó la persecución. Los minutos se sucedían; empezaba a acojonarme con todo lo que estaba pasando. Nos aproximábamos a una intersección. Mi colega se saltó el semáforo de Regent Road y esquivó un camión de basura por los pelos. La imagen del buga, con el lateral abollado, los cristales rotos y echando humo por el motor, bailó frente a mis retinas durante un segundo. En el interior, nuestros cadáveres ensangrentados aparecerían en la portada de los periódicos; carnaza que los lectores ociosos consumirían mientras apuraban el primer café de la mañana.

—¡Para el coche! —lloriqueaba Tom—. ¡Quiero bajar, tío, por favor!

—Que te den por culo —contestó Spike—. ¡Haz algo útil y prepara el tema, cojones! Si nos pillan, quiero ir sin la manteca encima.

Marion, de milagro, abandonó su ostracismo de fumeta.

—¿Qué pretendes? ¿Que nos la metamos toda, hermano?

—¡Obvio! —resopló—. ¡No te jode!

Dadas las circunstancias, era la opción más sensata que podíamos tomar. Pasaba de comerme un marrón por posesión de narcóticos o desperdiciar la pasta invertida en farlopa; era un material demasiado bueno para que acabara en garras de la pasma. Aquellos dos estaban tan puestos que no podrían preparar un tiro, menos aún enrollar un billete. Inútiles para la batalla.

—Yo me encargo —propuse—. ¿Quién tiene el marisco?

Tom me alcanzó su caja mágica. Dentro, aparte del material, había una cuchilla de afeitar, un pequeño espejo y un tubo de platino. Ignoré las sacudidas del vehículo y los edificios que desfilaban como una mancha borrosa. Saqué la abultada bolsa, calculando que restarían unos cinco gramos. Tendría que preparar unas lonchas del tamaño de las líneas de señalización de la calzada. Ante todo y sobre todo: generosidad y reparto equitativo. Abrí la guantera y saqué el primer cedé que encontré: Screamadelica, de Primal Scream. Siempre recordaría la primera vez que escuché «Loaded», el buen rollo que me transmitió el temazo de los escoceses. Su vibra optimista, espiritual y rebelde. Magia pura y dura. Aunque sabía que se subieron al tren de Madchester para intentar resucitar una carrera a la deriva, los muy cabrones parieron un disco tan brutal que cualquiera diría que ellos habían inventado el rollo.

Sonreí ante los recuerdos: durante años fue nuestro soundtrack cuando íbamos a surfear a la playa de Formby. Era un ritual escucharlo, tanto en el viaje de ida como en el de vuelta, junto a los porros de hierba y la botella de Suave Jack en el maletero. Uno de esos álbumes especiales que podía escuchar un millón de veces y siempre descubriría algo nuevo. ¿De dónde coño salían aquellos himnos? Asociaba Screamadelica al embate de las olas, la caricia del sol, la espuma salada y el tacto de la tabla entre mis manos.

Bowie —el labrador retriever amarillo que le había regalado a Spike— corría de un lado a otro como un poseso, se revolcaba en la arena, se daba chapuzones y jugaba con la pelota que le lanzábamos. Después, exhausto y feliz, se acercaba a su dueño meneando la cola en busca de un premio. Sus ladridos de satisfacción podían escucharse hasta la otra punta de Merseyside. Lo pasábamos bomba; llegó un momento en que mi colega se consideró tan nativo del lugar como Wayne Rooney o Steven Gerrard. 

Observé el espejo lateral: el jodido madero, aunque iba quedando atrás por momentos, no cesaba de perseguirnos. Otro gilipollas de uniforme que creía firmemente en el cumplimiento del deber. Spike era «un tanque de gasolina suicida» al volante —citando al Jinete Nocturno de Mad Max—; necesitaría refuerzos de la tropa de la Comisaría de Pendleton para trincarnos.

En plena Trafford Road, coloqué el disco sobre mis rodillas y volqué el perico encima. Los colores chillones de la portada me permitían distinguir la cocaína con nitidez. Hundí la cuchilla de afeitar en el polvo blanco y tracé cuatro generosas líneas de grosor y longitud similares. Una puta salvajada.  

Por el rabillo del ojo, contemplé el reflejo mortecino de los muelles. La carretera estaba mal asfaltada: el bamboleo del buga casi me parte todos los huesos. Hice lo imposible para conservar la merca. Mal asunto; sería sencillo interceptarnos al abandonar la seguridad del laberinto de callejuelas estrechas que habíamos estado recorriendo hasta aquel instante.

Spike tomó una curva; poco faltó para que la mandanga se fuera a tomar por culo. El hedor a goma quemada me impregnó las fosas nasales. Hábilmente, esquivó a un motorista; no se lo había llevado por delante de milagro. El pobre diablo levantó el puño con ademán amenazador mientras aullaba:

—¡Hijo de la gran puta!

Spike se desternilló como un maníaco y Marion le hizo un corte de mangas por la ventana trasera.

—¡No te hagas el gallito, soplapollas! —graznó—. ¡O volveremos para partirte la boca!

A duras penas, debido al movimiento del coche, esnifé una de las rayas que había preparado. Me costó un infierno terminarla y el efecto fue instantáneo, gracias a la adrenalina. Mis glándulas suprarrenales estaban haciendo horas extras: sudaba, me rechinaban los piños y tenía el hígado a punto de salirme por la boca. Chupé la bolsa de nieve y la escupí por la ventanilla; llevaba un cebollón impresionante. Le pasé el cedé y el tubo de platino a Tom.

—¡Empólvate la napia y deja de quejarte, mamonazo!

Histérico, se lanzó sobre la mercancía y dejó limpia su parte en menos de lo que canta un gallo; los fabricantes de aspiradoras tenían mucho que aprender de aquel capullo. El subidón lo obligó a lanzar un jadeo y a golpear el techo del vehículo. Marion necesitó toda su fuerza de voluntad y los dos orificios nasales para cumplir su objetivo.

Spike no perdía detalle de lo que sucedía en los asientos posteriores.

—¿Y yo qué, zorras? —soltó con fingida indignación—. ¿Me habéis dejado para el final? ¡Lo que hay que aguantar!

—¡Calla y conduce, coño! —mascullé—. Tienes cosas más importantes de las que preocuparte.

—Soy un hombre versátil —espetó mientras le colocaba el cedé debajo de la tocha—. Parece mentira que no lo sepas, chaval.

Mi colega apartó los ojos de la carretera, acercó la nariz al tubo de platino y liquidó la última línea de una pasada. El cabrón era capaz de meterse una raya mientras conducía a toda pastilla; ni John Belushi en sus mejores tiempos. Increíble, si lo contara, nadie me creería. Estábamos como cabras: huíamos de la bofia puestos hasta el culo y lo único que nos preocupaba era finiquitar el marisco que podía empapelarnos. Lamentar las circunstancias era una pérdida de tiempo. Lo importante era escapar de una pieza; no me apetecía terminar en una celda y que un pandillero me sodomizara sin vaselina.

Spike zigzagueó entre varios vehículos, insultos y bocinas irritadas acompañaron el frenético avance del Charger. Las calles empezaban a llenarse de tráfico. Los esclavos contentos se dirigían a sus miserables empleos para llegar a duras penas a final de mes; Gran Bretaña continuaba a la cola de Europa y nosotros no queríamos saber nada del asunto.

Bruscamente, un coche de policía prorrumpió desde Albion Way. Con una rapidez de reflejos envidiable, pegó un volantazo y logró sortearlo; unos segundos de diferencia y nos hubiera embestido. El madero clavó el freno, perdió el control y chocó contra el bordillo de la acera; uno de sus tapacubos salió rodando.

—¡Desgraciado! —bramó el amigo—. ¿Te has fijado que llevaba la sirena apagada para que no le escucháramos venir?

—Pues le ha salido el tiro por la culata —reí—. ¡Ignora con quién está tratando!

El marisco me hacía sentir invulnerable. Aunque hubiera roto la promesa que me había hecho a mí mismo de evitar consumir mandanga, no experimentaba remordimiento alguno. Después de meses trabajando como un troyano, hastiado y sin poder escribir una palabra, me encontraba en mi elemento. Fiesta, drogas, mi basca y el puto Dodge Charger. ¿Qué más podía pedirle a la vida?

Spike adelantó a un todoterreno invadiendo el carril contrario. Todos contuvimos el aliento; un furgón de reparto avanzaba de frente. Con una maniobra suicida, desfiló entre ambos coches, atravesó la calzada en diagonal y se montó sobre la acera. Los amortiguadores acusaron el impacto, una lluvia de chispas escapó de los bajos del vehículo y el cinturón de seguridad se me clavó en el tórax. Una bilis amarga me llenó la garganta, causándome deseos de vomitar. Aunque el menda era un conductor excepcional, volví a pensar que íbamos a palmarla. Apretó los dientes, enderezó el rumbo del buga y embistió de costado una verja metálica. Un grito colectivo escapó de nuestras bocas. Con gran estrépito, irrumpimos en una cancha de baloncesto. Spike nos ignoró y encendió las luces largas para orientarse en la negrura. Detrás, los coches de la pasma se vieron obligados a detenerse; ninguno estaba dispuesto a jugarse el pellejo. Habíamos ganado un tiempo precioso.

Estábamos en el interior de St. Philip's; otro centro de enseñanza primaria católico para la próxima generación de mamarrachos que tendrían que levantar un país podrido desde el mandato de Winston Churchill. Mi colega abandonó la cancha deportiva, pasó de largo el patio de recreo, la fachada cubierta de cristaleras y un aparcamiento vacío. Al llegar a la entrada, reventó la puerta y prorrumpió al exterior.

Tom chillaba al borde del llanto:

—¡Estás colgado! ¡Vas a matarnos a todos!

Spike cambió de luces y continuó por Hall Street. Puede que no hubiera sido buena idea drogarle más de lo que ya estaba; corría el riesgo de terminar metido en una bolsa de plástico. Franqueamos otro aparcamiento, una parada de autobús, una farmacia y una gasolinera. Después, dobló a la izquierda, se saltó el enésimo semáforo en rojo de la noche y recorrió en dirección prohibida Salford Quays. Por fortuna, estaba vacía. A lo lejos, escuchábamos las sirenas de la pasma. Los muy bastardos se habían tomado aquello como algo personal; no descansarían hasta entrullarnos. Una señal de tráfico nos indicó que la vía estaba cortada. Inesperadamente, Spike aminoró la velocidad y aparcó delante de una casa poco visible desde la carretera. Lleno de arrogancia, apagó el motor. La calma se apoderó del coche, rota únicamente por el sonido de nuestras respiraciones aceleradas. Era como si Hundred Mile High City, de Ocean Colour Scene, se hubiera desbordado a lo bestia.

—Ha sido la hostia, ¿verdad? —zumbó—. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien.

Marion tenía cara de querer arrearle una galleta.

—¡Que te folle un pez, Spike! —explotó—. ¡Última vez que me subo en tu carro en mi vida!

El colega pasó por alto su comentario y encendió un pitillo.

—Os recomiendo que, en vez de gimotear como maricones, guardéis silencio un rato. Con suerte, saldremos de esta mierda sin problemas.

Agotado, me limpié el sudor de la frente. Tenía la boca seca, los músculos rígidos y los nervios a flor de piel. El bienestar causado por la cocaína desaparecía a pasos agigantados, dando paso a un bajón informe. Tom estaba blanco como una sábana, se retorcía los dedos y respiraba con dificultad.

—Pásame una birra, tío.

El menda abrió los ojos como platos.

—¿Qué dices, loco? ¿Aún te quedan ganas de pimplar?

—¡Claro! —Me encogí de hombros—. ¿Por qué no?

Tom me alcanzó una Guinness. Antes de que pudiera llevármela a la boca, Spike le arrancó la anilla y la vació de un trago interminable. Menudo morro gastaba; la generosidad no era una de sus virtudes.

—Está caliente de cojones. —Torció la boca con asco—. Toda tuya, chaval.

Apuré el fondo de la lata. Marion encendió un cigarro con movimientos torpes. Le temblaban las manos. Estaba cabreado y lanzaba miradas asesinas a Spike

—Lo siento, tronco —se disculpó el menda—. Reconozco que la situación se me fue de las manos. Me acojoné cuando vi a la pasma y actué sin pensar. Te prometo que no volveré a hacerlo.

Marion no se molestó en responder. Al escuchar las sirenas de la policía aproximándose, nos inclinamos para no llamar la atención. Nerviosos, contuvimos el aliento. Spike me guiñó un ojo en la penumbra. Sabía lo que pensaba: después de unos canutos, nuestro colega volvería a la normalidad. Tres vehículos pasaron a toda velocidad, intentando encontrarnos. Chapuceros: con razón los índices de criminalidad cada vez eran mayores; en breve no podríamos salir a tomar una copa sin que nos diera el palo algún zumbado. Cuando desaparecieron, risas de alivio llenaron el interior del Charger.

Los primeros haces lechosos de sol despuntaban encima de los tejados; la mañana estaba a la vuelta de la esquina. Ni en broma íbamos a meternos en la cama; con el pasote que llevábamos, no podríamos dormir. No sería la primera vez que, gracias a los efectos residuales del perico, me quedaba comiendo techo hasta altas horas de la tarde. Cuando tuvimos la seguridad de que no tropezaríamos con la bofia, Spike encendió el contacto del coche.

—La juerga solo acaba de empezar. —Sonrió como un pirado. Adrenalina, caos, exceso y lucidez momentánea en medio del delirio—. ¿Listos para marcharnos?



[1] «Bring It on Down», Oasis (Creation Records).