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miércoles, marzo 11, 2026

«LA MUERTE DE BUNNY MUNRO» — UNA ROAD MOVIE HACIA EL INFIERNO CON BARRA LIBRE DE CULPA Y AUTODESTRUCCIÓN

Bajo la dirección de Isabella Eklöf (Kalak) y con guion de Pete Jackson (Somewhere Boy), la perturbadora novela de Nick Cave, La muerte de Bunny Munro, aterriza en SkyShowtime convertida en una adaptación intensa y descarnada para la pequeña pantalla.

Bunny Munro es un vendedor de cosméticos narcisista, mujeriego, estafador, ladrón, fumador compulsivo y adicto al sexo. Un ser caótico y profundamente egoísta que solo vive para alimentar su insaciable apetito. Burdo, sin educación, curtido en la calle y rodeado de gente de su misma calaña, Munro es un crápula difícil de soportar. No todos los espectadores estarán dispuestos a acompañarlo en su deriva.

Tras el suicidio de su esposa, hundida por las constantes infidelidades y la indiferencia de su marido, Bunny huye hacia adelante: se echa a la carretera con su hijo para escapar de los Servicios Sociales y, sobre todo, de sí mismo. Pretende ahogar los remordimientos en alcohol, cocaína y encuentros sexuales fugaces. Pero, por mucho que consuma o seduzca, los fantasmas del pasado lo acechan cuando cae la noche. La suya es una huida frenética hacia ninguna parte, una culpa que pesa como una losa y adopta la forma espectral de la mujer perdida.

En paralelo, un asesino en serie disfrazado de Diablo —cuernos y bieldo incluidos— siembra el pánico en el sur del Reino Unido. Su presencia mediática es constante, ominosa. Solo es cuestión de tiempo que ambas trayectorias colisionen.

La serie dibuja una Inglaterra gris y desangelada, poblada de almas solitarias —las clientas de Munro— que adquieren cosméticos como quien compra compañía. Viviendas de protección oficial, hoteles de mala muerte, pubs sórdidos y carreteras interminables configuran el paisaje de esta caída libre por la costa de Sussex. Munro avanza a trompicones, sin pensar en el mañana, autodestruyéndose kilómetro a kilómetro. Incapaz de escuchar a nadie, ni siquiera a su hijo —que sufre una severa infección ocular a la que apenas presta atención—, se encierra en el monólogo perpetuo de su propio deseo.

Frente a él, Bunny Boy encarna la inocencia. Educado, dulce, leal hasta la ceguera, adora a un padre que no está a la altura. Representa ese instante previo a la fractura, cuando la infancia todavía no ha sido arrasada por la intemperie del mundo adulto. Ve a su madre fallecida como una presencia protectora, y en esos destellos sobrenaturales se filtran algunos de los momentos más conmovedores del relato. La ternura asoma, breve y frágil, cuando el padre contempla al hijo o recuerda a la esposa ausente.

Raphael Mathé compone un Bunny Jr. lleno de matices, sosteniendo con naturalidad ese viaje prematuro hacia la madurez. A menudo es él quien actúa como el verdadero adulto de la historia.

Matt Smith, por su parte, firma uno de los mejores trabajos de su carrera. Su Munro es seductor y patético, carismático y repulsivo, cómico y trágico al mismo tiempo. Un antihéroe que se mueve en el filo de la comedia negra, tan entrañable como aborrecible. Aquí no hay rastro de intelectualismo existencialista: Munro es vulgar, tóxico y orgulloso de serlo. Un bufón cruel que hace del exceso su única identidad.

La serie, afortunadamente, rehúye la corrección política y cualquier tentación moralizante. No juzga; expone. El abismo no es una metáfora sofisticada, sino el destino lógico de las almas errantes. Heridas abiertas, pérdida, castigo y redención son temas recurrentes en la obra de Cave, y aquí resurgen con fuerza. Resulta inevitable preguntarse hasta qué punto el músico australiano volcó parte de sí mismo en este personaje. No cuesta imaginar al Cave de finales de los ochenta, en plena espiral narcótica, deambulando por escenarios similares.

La banda sonora refuerza esa atmósfera turbia y melancólica. Además de la música instrumental compuesta por Nick Cave y Warren Ellis, suenan clásicos de Johnny Thunders, The Fall, Primal Scream, Joy Division, Blondie, The Cure o Elvis Presley. Y, como guiño irónico, también aparecen Avril Lavigne y Kylie Minogue, figuras sobre las que el protagonista proyecta sus fantasías sexuales.

En definitiva, La muerte de Bunny Munro es una adaptación valiente y profundamente fiel al espíritu del original, que en varios tramos logra incluso superarlo. Décadas después de su publicación, la espera ha valido la pena: una de las propuestas más incómodas y arriesgadas de la televisión reciente, una road movie hacia el infierno con barra libre de culpa y autodestrucción.



viernes, octubre 31, 2025

NICK CAVE & THE BAD SEEDS: SKELETON TREE (BAD SEED, LTD, 2016)

Nick Cave es un artista polifacético que ha incursionado en todo tipo de disciplinas: bandas sonoras, novelas, obras de teatro, lecturas poéticas, colaboraciones musicales, guiones de cine, proyectos paralelos a los Bad Seeds (Grinderman) y actuación. Era inevitable que una tragedia familiar de semejantes proporciones —la muerte de su hijo Arthur en un accidente— condicionara su nuevo trabajo.

Cave decidió no ofrecer entrevistas; por consiguiente, el documental One More Time With Feeling de Andrew Dominik (El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, 2007), en el que se mostró la grabación del disco, fue el complemento perfecto para aclarar cualquier duda a los curiosos, periodistas y fieles seguidores. Durante toda la película, el australiano, su esposa y la formación se mostraron sensibles y comedidos; apenas mencionaron el nefasto suceso para no proporcionar carnaza a los titulares amarillistas.

La seminal portada resultó un pequeño anticipo de lo que se encontraba en su interior. «Jesus Alone», primer single del álbum, con su austero videoclip en blanco y negro, marcó la pauta del sonido de Skeleton Tree (Bad Seed Ltd., 2016): ominoso, crudo y minimalista. La voz de Cave sonó descarnada en todos los cortes, como si al australiano apenas le quedaran fuerzas para cantar. Este se mostró frágil, íntimo y vulnerable frente al desconocido que lo observaba reflejado en el espejo. No quedó lugar para personajes ni artificios; Cave y sus sentimientos fueron los protagonistas absolutos. Un crooner salido de los infiernos cuyas letras mostraron imágenes bíblicas congeladas en un momento perpetuo de angustia, culpabilidad y desesperación.

Al igual que el laureado Push the Sky Away (2013), la música fue reducida a su mínima expresión: piano, sintetizadores fantasmales, tenues líneas de bajo, arreglos de cuerdas, loops, melodías rotas, electrónica y una percusión carente de peso. Aunque el grupo había comenzado las sesiones el año anterior, el fallecimiento del gemelo dio forma al disco tal como lo conocimos. Desde la partida de Mick Harvey, Warren Ellis se convirtió en el director musical de la banda. Lejos de cualquier estridencia, las guitarras desaparecieron, cediendo el protagonismo a atmósferas sobrevoladas por la mórbida tristeza que recorrió cada surco del álbum.

Además de «Jesus Alone» y la estremecedora «I Need You» (en la que el músico se entregó por completo), destacaron «Distant Sky», con sus aires de iglesia y coros cortesía de la soprano Else Torp, la claustrofóbica balada «Girl in Amber», la espectral «Magneto» y el resignado tema que tituló el álbum, que dejó una puerta abierta a la esperanza; un frío resquicio de luz en un camino velado por las tinieblas.

Sin duda, Skeleton Tree fue uno de los elepés más arriesgados y personales de Nick Cave —junto a The Good Son (1990) y The Boatman’s Call (1997)— en el que desnudó su alma rota sin pudor, ofreciendo sus demonios, temores y miserias al público. Un ejercicio de catarsis convertido en arte que narró la pérdida de la fe, el dolor y la redención. Este pudo haber aprovechado el morbo inherente de su situación para componer un tema apto para las radiofórmulas (Tears in Heaven de Eric Clapton sería un buen ejemplo), pero, a diferencia de otros artistas, ignoró la ocasión de lucrarse a favor de la autenticidad. Por una extraña ironía del destino, tal como sucedió con Blackstar de Bowie, su trabajo menos asequible se convirtió en un éxito que superó a nivel comercial a la mayoría de sus anteriores elepés. Ello demostró que músicos llegados a una edad madura como Alice Cooper, Neil Young, Iggy Pop, Van Morrison, Bob Dylan o Tom Waits siguieron publicando álbumes que corroboraron su talento.

La escucha del disco pudo resultar una experiencia perturbadora. Skeleton Tree fue un álbum de duelo no apto para todos los públicos, ideal para la soledad del hogar. Un amargo obsequio para los fanáticos del australiano, con los que compartió la pérdida que motivó la creación de otra singular obra maestra dentro de su fascinante discografía. Nick Cave no solo transformó el dolor en música, sino que también reafirmó su lugar como uno de los artistas más sinceros y trascendentes de su generación, capaz de convertir la tragedia en una forma de belleza profundamente humana.