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lunes, septiembre 08, 2025

SUEDE: «ANTIDEPRESSANTS» (BMG, 2025) — CRUDEZA EN BLANCO Y NEGRO

«Estaba convencido de que ninguna otra banda de nuestra generación continuaba publicando discos tan significativos como los que hacíamos nosotros».

Brett Anderson 

Resulta inspirador que, en pleno siglo XXI, Suede atraviese una etapa de plena madurez creativa, firmando una serie de discos que amenazan con eclipsar incluso su legendaria época dorada.

Tras más de treinta años sobre los escenarios, la banda sigue en plena forma, ofreciendo espectáculos electrizantes. Suede rehúye de la nostalgia: su mirada está puesta en la excelencia, disfrutan lo que hacen y se niegan a ser un simple grupo de revival —las giras de Oasis y Radiohead serían un buen ejemplo— en contraste con tantos otros. Existencialismo, glamur, determinación y resiliencia. Si algo funciona...

La portada rinde homenaje a Francis Bacon: Brett Anderson, oculto en la penumbra y descamisado, con el rostro velado por la oscuridad. Al fondo, dos piezas de carne que se abren como alas. El mensaje es inequívoco: un nuevo renacimiento. Y ya son varios.

Antidepressants (BMG, 2025) prolonga el camino iniciado con «Turn off Your Brain and Yell», de Autofiction (2022), y expande su universo sonoro mirando hacia el pasado, en concreto al post-punk de finales de los setenta. El grupo suena honesto y carente de artificios, pero al mismo tiempo, épico y teatral.

La influencia de The Fall resulta innegable en «Desintegrate», donde Anderson ruge como un animal herido: «Come down and disintegrate with me, we're cut down like the daisies». La sombra de Mark E. Smith planea sobre la canción, un pildorazo punk demoledor.

La contagiosa «Dancing with the Europeans» tiene madera de clásico, en la estela de «Beautiful Ones» o «Life is Golden». Un estribillo infeccioso, marca inconfundible de la casa: «I got a European stain within me, and a European suffering, I want to be, dancing with the Europeans». Podría ser el tema que defina cómo será recordado este álbum.

«Antidepressants» es puro Public Image Ltd: la forma de cantar de Anderson evoca a John Lydon —roto y combativo a la vez—, mientras que las guitarras afiladas remiten a Keith Levene. «I’m on antidepressants I just lie awake, singing a song while I’m happy». Fue presentado como primer adelanto del álbum, acompañado por un vídeo en directo grabado durante un concierto en Alexandra Palace. Una auténtica declaración de principios. 

«Sweet Kid» y «Somewhere Between an Atom and a Star» reverberan con ecos glam que navegan por océanos góticos. Material que remite a su debut con Suede (Nude, 1993), filtrado ahora por la experiencia acumulada.

El sonido es árido y urgente, despojado de cualquier orquestación. Las guitarras de Richard Oakes y Neil Codling asumen el protagonismo absoluto, con resonancias de Siouxsie and the Banshees o Magazine. «Broken Music for Broken People» es un ejemplo paradigmático. A diferencia de las primeras producciones del veterano Ed Buller para la banda, aquí todo es áspero y minimalista, en perfecta sintonía con la dureza lírica del álbum.

«The Sound and the Summer», uno de los cortes más destacados del conjunto, combina un gancho melódico eficaz con una palpable sensación de urgencia. Opción evidente para un cuarto sencillo. «Trance State» remite a Coming Up (Nude, 1996); de hecho, podría haber funcionado como una cara B perdida de aquel disco.

Energía oscura y letras que abordan relaciones tóxicas, crisis de mediana edad y la adicción a los antidepresivos. Anderson vuelve a retratar a outsiders y personajes dañados, tan característicos de su prosa a lo largo de los años. Muestran el declive del mundo contemporáneo, el impulso de escapar del caos del presente y el amor como fuerza motriz en tiempos aciagos. También laten la fragilidad emocional, la autodestrucción y la eterna búsqueda de belleza en medio de la decadencia.

«Criminal Ways» y «June Rain» —piezas destinadas para ser coreadas en vivo— también conquistan. «So I close my eyes and walk into the traffic flow»... Energía, músculo y vehemencia: no sobra ni una nota. La sección rítmica de Matt Osman (bajo) y Simon Gilbert (batería) mantiene una precisión de metrónomo. Con un minutaje breve, el álbum va directo al grano, sin concesiones a la experimentación. Su sonido áspero remite más a pubs de mala muerte que a teatros o festivales veraniegos. Un terreno ideal para que Anderson se lance de lleno entre el público: al fin y al cabo, el escenario siempre ha sido su hábitat natural.

Suede, como cualquier formación con una larga trayectoria, ha cometido errores. Pero esos tropiezos han servido para crecer. En comparación con otros grupos de los noventa —Pulp, Kula Shaker, Blur, Supergrass— su camino ha sido constante, sin rendirse jamás. Antidepressants —quinto álbum tras su resurrección— no está concebido para la radiofórmula ni para agradar a todos los públicos: ahora la banda compone para sí misma, ajena a la presión de las listas de éxitos.

Si bien las comparaciones resultan inevitables, donde A New Morning (Epic, 2002) intentaba sobrevivir con optimismo algo ingenuo, Antidepressants se erige como una declaración artística plena: cruda, urgente y emocionalmente intensa. Si el primero representó un renacimiento frágil, el segundo es un renacimiento pleno, con Suede reconciliado consigo mismo y con su historia.

La introspectiva «Life Is Endless, Life Is a Moment» pone el broche de oro a otro trabajo notable de los londinenses. Se perciben claros reflejos de The Cure en su período The Top (1984). Letra sobria y melancólica: «Formless, as a cloud, weightless, as a sound»... La única tregua en un elepé desafiante.

La crítica especializada, antaño tan presta a despachar a Suede como un producto prefabricado, hoy se deshace en elogios. Cuatro y cinco estrellas a mansalva, como si siempre hubiesen creído en ellos. Qué rápido se entierra el cinismo cuando toca subirse al carro ganador... El elepé alcanzó el número 2 en las listas británicas. Solo queda esperar el tercer volumen de esta «trilogía en blanco y negro», tal como el propio combo la ha definido. Que llegue cuanto antes.



viernes, junio 02, 2023

«RADIOGRAFÍA DEL BRITPOP: EL SUEÑO BRITÁNICO DE LOS NOVENTA» (PRIMERA PARTE)

BLUR VS OASIS: LA BATALLA DEL BRITPOP

El 14 de agosto de 1995, en una guerra orquestada por la prensa, Blur —miembros de clase media estudiantes de arte del sur de Inglaterra— y Oasis —chicos duros de los barrios pobres del norte del país— lanzaban los sencillos Country House y Roll With It respectivamente. Una histeria colectiva similar a la de The Beatles contra The Rolling Stones, hizo que los compradores invadieran las tiendas de discos. Más que un entretenimiento, la música se había convertido en un fenómeno social que reflejaba las tensiones de la época. Al terminar la jornada, los primeros resultaron vencedores de la batalla aunque, a la larga, Oasis dominarían el mercado con el multiplatino (What's The Story) Morning Glory? (Creation, 1995). Con el paso de los años ambas formaciones reconocerían que fueron títeres de los medios cuyo único objetivo era alcanzar notoriedad y vender ejemplares. Por desgracia para Blur, su imagen pública frívola e irónica quedó empañada frente a la de Oasis, que se convirtieron en los héroes de la clase trabajadora; ello causó su derrota definitiva en los charts.            

GÉNESIS DEL BRITPOP

Inglaterra, finales de los ochenta. El gobierno de Margaret Thatcher había hundido el país en la miseria: privatización de empresas, educación y medios a favor de los poderosos, recortes presupuestarios, índices de desempleo alarmantes y sindicatos en franca decadencia. El Partido Conservador continuaría en el poder y John Major se preparaba para tomar el relevo de la Dama de Hierro.

El 27 de mayo de 1990, sumida una nube tóxica propiciada por todo tipo de narcóticos, en la Isla de Spike se celebraba un festival con Dave Haslam, Frankie Bones, Paul Oakenfold, Gary Clail y The Stone Roses como cabezas de cartel. «El Woodstock de la Generación Baggy» lo denominaron los medios. A pesar de la pésima organización por parte de los promotores, el calor agobiante y la mala calidad del sonido, treinta mil asistentes pudieron disfrutar de la consagración de Ian Brown sobre los escenarios. Puede que aquel concierto fuera el punto álgido de la Movida Madchester.       

Madchester: El final del Segundo Verano Del Amor

Mánchester, después del declive de Joy Division y The Smiths, volvía a enarbolar el cetro de la industria musical británica gracias al funk, la psicodelia, el house, la electrónica y el éxtasis. El Segundo Verano del Amor traía una sensación de libertad, hedonismo y diversión, todo ello propiciado por la necesidad de olvidar los años implacables del thatcherismo, las raves, el MDMA y el cambio de milenio. 

The Haçienda, club propiedad de Tony Wilson, fue el precursor que llevaría a la música de baile a la adoración popular. The Stone Roses, Happy Mondays, World Of Twist, Inspiral Carpets, The Farm, Soup Dragons, The Charlatans y unos reconvertidos Primal Scream alcanzaron los primeros puestos de los charts con sus melodías dance rock heredadas de los sesenta. Yes Please! (Factory, 1992) de Happy Mondays, en lugar de salvar la discográfica Factory la obligó a declararse en bancarrota: el disco había costado una fortuna que los miembros del grupo dilapidaron en drogas. Por otra parte, New Order había tardado demasiado tiempo en presentar Republic (Factory, 1993): las discotecas de Ibiza eran mucho más interesantes que el estudio. 

Como último punto negativo, traficantes operaban en el exterior de The Haçienda y los clientes consumían agua en vez de alcohol. Todo ello, junto a la persecución por parte de la policía de las raves clandestinas, terminó por hundir el movimiento. La administración liderada con sumo celo por Major consideraba la cultura del ácido perjudicial para la juventud.      

La escena se celebra a sí misma: Distorsión deudora de la Velvet Underground

El shoegaze (etiqueta cortesía de New Musical Express) abrió la caja de los truenos con sus guitarras ruidosas, feedback, atmósferas espaciales, voces etéreas y melodías inspiradas en Cocteau Twins y The Jesus And Mary Chain. Aunque el movimiento compartió espacio y tiempo con Madchester, no alcanzó la repercusión del primero y fue condenado al underground. Bandas como Ride, Curve, Catherine Wheel, Slowdive, Pale Saints, Chapterhouse y —grupo icónico del género— My Bloody Valentine marcarían la pauta a seguir del futuro revival de The Horrors, True Widow, Pains Of Being Pure At Heart o A Place To Bury Strangers.

Aparte de no contar con singles digeribles para las masas y discos que destacaran en las listas, la actitud poco llamativa de los músicos shoegaze carecía de interés para la presa inglesa que deseaba escándalos, declaraciones controvertidas e imágenes rompedoras para llamar la atención del público. Formaciones que alcanzarían celebridad en el auge del Britpop —Blur, Lush, The Boo Radleys, The Verve— darían sus primeros pasos encuadrados en el movimiento hasta que cambiaron de estilo para permanecer en la industria.

NACIMIENTO DEL BRITPOP

El éxito internacional de Nirvana con Smell Like Teen Spirit y, por extensión, Nevermind (Geffen, 1991) desató la fiebre grunge que dominó ambos lados del Atlántico hasta mediados de los noventa. Ello demostró a las casas discográficas que el rock alternativo podía obtener enormes beneficios comerciales. Sistemáticamente, el Reino Unido se sintió amenazado. Tanto Melody Marker como NME, defenestraron el género que había irrumpido en las costas británicas conjugando un fuerte sentimiento de orgullo nacional a la vez que suspiraban por encontrar a los nuevos The Smiths. 

La Cool Britannia que bebía del Swinging London de los 60 representado por los The Who, The Rolling Stones, The Kinks, The Beatles y The Small Faces, se convirtió en la moda imperante para resituar Londres como centro de la galaxia musical. Un ejercicio de retroalimentación nacido en Camden cargado de energía positiva, esperanza y electricidad que los jóvenes aceptaron de buena gana. Por otra parte, un nuevo tipo de masculinidad promocionado por Loaded hacía hincapié en la ordinariez, los valores de la clase obrera, la ingestión de cerveza y el fútbol. Los colores de la Union Jack y Paul Weller eran motivo de veneración. Todo fue un producto de mercadotecnia: las bases habían sido cimentadas y marcarían la pauta a seguir por el Britpop durante el próximo lustro.   


Aunque The Stone Roses fueron vaticinados como dioses del rock que dominarían el mercado, su lucha legal con Silvertone los dejó fuera de combate. Cuando quisieron resucitar con Second Coming (Geffen, 1994) la atención de la prensa y el público estaba centrada en Oasis y su vuelta fue un rotundo fracaso.

Suede: Ambigüedad y desesperación existencial

La publicación del single The Drowners de Suede —banda influenciada por Bowie, Scott Walker y Morrissey— tuvo excelentes críticas y disparó el nacimiento del Britpop. El grupo tenía todo lo necesario para destacar: artificio, teatralidad, un cantante capaz de proporcionar titulares jugosos, y temas amargos y provocativos que trataban sobre urbanidad, aislamiento, sexo confuso, suicidio y drogas. Su primer disco homónimo, Suede (Nude, 1993), batió récords de venta hasta la llegada de Oasis al año siguiente. A diferencia de Denim, Shack, The Auteurs o Saint Etienne, las revistas especializadas encumbraron a la formación. 

Suede fue un éxito en Inglaterra gracias a canciones como Metal Mickey, Animal Nitrate o So Young pero, al igual que le sucedería a Blur por aquel entonces, no lograron triunfar en Estados Unidos. El tándem formado por Anderson/Butler fue comparado con la asociación Morrissey/Marr hasta que, durante la grabación de su segundo álbum, el guitarrista se vio obligado a abandonar el grupo alegando diferencias creativas. La llegada de Dog Man Star (Nude, 1994) silenció a aquellos que los daban por acabados con un elepé ambicioso, depresivo y asfixiante liderado por We Are The Pigs, The Wild Ones o New Generation. Aunque el disco tuvo aclamación crítica, no despachó tantas unidades como su debut. 


AUGE DEL BRITPOP

Primera generación del movimiento:

Blur: Narradores abúlicos del pop británico

Leisure (Food, 1991) —un híbrido madchester/soeghaze de las corrientes prominentes de la época—, incluía temas como She’s So High, There’s No Other Way o Bang que no consiguieron la consagración que Blur anhelaba. La gira de promoción por Estados Unidos dejó una sensación amarga a los músicos que empezaron a tratar el grunge con desdén, detalle que les impidió tener éxito en tierras americanas durante sus años de mayor popularidad. 

Popscene fue el preludio de las irónicas canciones de tradición británica y narrativa social inspiradas en los libros de Martin Amis que impregnarían sus álbumes hasta la mitad de la década. Bajo la tutela de Stephen Street (The Smiths) Modern Life Is Rubish (Food, 1993) con For Tomorrow, Chemical World y Sunday, Sunday como singles, estaba imbuido en un sentimiento patriótico que bebía de The Kinks, XTC, The Jam, Ian Dury y Madness. El disco fue alabado por la crítica y el estrellato no tardaría en hacer mella en Damon Albarn al que el éxito de Suede le resultaba insoportable; mantener una relación con Justine Frischmann, anterior pareja de Brett Anderson, daría material sobre el que escribir a los tabloides sensacionalistas. 


Parklife (Food, 1994) gracias al corte bailable Girls & Boys, los llevaría al número uno en el Reino Unido. Considerado un clásico desde su lanzamiento, To The End, Parklife y End Of A Century se desempeñaron de forma positiva a nivel comercial. Aunque la fórmula empezaba a dar señales de cansancio, The Great Escape (Food, 1995) continúa siendo el trabajo más vendido de Blur. Country House, The Universal, Stereotypes y Charmless Man entraron en el Top Ten mientras la “guerra” contra Oasis continuaba su curso. 

Oasis: La banda del pueblo  

Oriundos de Mánchester e influenciados por el glam rock, el punk y, sobre todo, The Beatles, Oasis representaba la otra cara de la moneda de Blur. Criados en viviendas de protección oficial, obras y pubs de mala muerte, antes de entrar en el estudio de grabación, habían esculpido su repertorio tocando en vivo durante años. Definity Maybe (Creation, 1994) vendió la friolera de 18 millones de copias y ofreció un ramillete de clásicos para tararear en estadios de fútbol: Supersonic, Live Forever, Cigarettes & Alcohol y Rock ‘N’ Roll Star. Aunque su sonido fuera criticado por limitarse a la misma fórmula de impenetrables muros de guitarras y estribillos contagiosos, no impidió que el público los adorara de tal forma que, aunque los futuros lanzamientos de la banda fueron inferiores a las viejas glorias, continuarían agotando las entradas de sus actuaciones. 

Los hermanos Gallagher alcanzarían la fama gracias a sus actividades extramusicales: egos exorbitados, insultos contra la prensa, compañeros de profesión y ellos mismos, peleas constantes y cabezonería. Ello aportó una corriente de aire fresco al mainstream, siempre ávido de provocaciones. (What’s The Story) Morning Glory?, aunque obtuvo tibias críticas, pulverizó cualquier predicción al convertirse uno de los elepés más exitosos de todos los tiempos. A Some Might Say (primer número 1 de la banda) seguirían Roll With It y las baladas Wonderwall y Don't Look Back in Anger. De enarbolar la bandera del proletariado, Oasis se habían convertido en multimillonarios insoportables. Más peleas, cocaína, deportivos, relaciones tormentosas, mansiones de lujo y una gira triunfal los transformaría en la formación inglesa más representativa de los noventa; la controversia siempre ayuda a vender discos. 


Pulp: Francotiradores del Britpop


Pulp, banda liderada por el excéntrico Jarvis Cocker, después de más de una década intentando alcanzar el estrellato, logró repercusión comercial por primera vez en su carrera gracias a los cortes Babies, Lipgloss y Do You Remember The First Time? incluidos en His 'n' Hers (Island, 1994). Las brillantes letras de Cocker, protagonizadas por una serie de personajes marginados y triviales, mezclaban lo sublime con lo patético, noches de excesos y frustración sexual.

Los medios que los habían ignorado hasta entonces, al percibir su error, no tardaron en deshacerse en elogios ante la inventiva de la formación. Un año después, aprovechando la fiebre Britpop, Different Class (Island, 1995) apareció en el momento oportuno. Common People se convirtió en un himno que los catapultó al primer puesto de los charts. Nadie esperaba un éxito tan rotundo por parte de una banda que había permanecido en la periferia de la industria durante tanto tiempo. 


El sonido de Pulp, a diferencia de otros grupos de la época, estaba influenciado por la música disco, Roxy Music, el krautrock y David Bowie. Aparte de su tema más conocido, destacan Mis-Shapes, Sorted For E's & Wizz y Disco 2000. Cocker, al descubrir que la gloria no era tan dulce como aparentaba, no tardaría en rebelarse contra su recién adquirido estatus de ídolo multitudinario.




jueves, junio 01, 2023

«RADIOGRAFÍA DEL BRITPOP: EL OCASO DE LOS DIOSES» (SEGUNDA PARTE)

Segunda generación del movimiento:

El Britpop era una realidad y todas las bandas del momento querían su porcentaje de fama, dinero y adulación. Las casas discográficas, al descubrir el lucrativo negocio que tenían entre manos, hicieron lo imposible por fichar a nuevos grupos. Durante el periodo 94/98, Cast, Echobelly, Gene, Menswear, Kula Shaker, Ocean Colour Scene, Ash, Shed Seven, Sleeper, Catatonia, Placebo, The Verve, Super Furry Animals, Elastica, Supergrass, The Bluetones, Manic Street Preachers, The Boo Radleys, Sleeper, Mansun, Lush, Travis, Rialto y These Animal Men, entre muchos otros, invadieron las listas de ventas con diferente fortuna comercial. Inesperadamente, surgidos de las cenizas de Madchester, Shaun Ryder y Bez (Happy Mondays) lanzaban It's Great When You're Straight... Yeah (Radioactive Records, 1995) como Black Grape que, para sorpresa de todos, alcanzó el número 1 de los charts.

TONY BLAIR: LA POLÍTICA A FAVOR DEL BRITPOP       

Tony Blair, líder del Partido Laborista, intentó utilizar el Britpop para obtener votos entre los jóvenes. En un principio, Noel Gallagher y Damon Albarn, portavoces indiscutibles del movimiento, se sintieron atraídos por su propuesta hasta que, al percibir que pretendía manipularlos en beneficio propio, cesaron de brindarle su apoyo. Jarvis Cocker también fue tentado pero, fiel a su naturaleza desencantada y escéptica, no le concedió la menor oportunidad para conocerle. Tanto Albarn (Charmless Man) como Cocker (Cocaine Socialismresponderían con sendos temas que criticaban al Nuevo Laborismo.

EL DECLIVE DEL BRITPOP

Durante el 11 y el 12 de agosto de 1996, teloneados por The Charlatans, Ocean Colour Scene, The Chemical Brothers, Kula Shaker, Manic Street Preachers y The Prodigy, Oasis brindaron en Knebworth los conciertos más masivos de su carrera. Según la leyenda, habían despachado suficientes entradas como para tocar una semana entera, pero a Noel Gallagher le bastaron dos días para ofrecer su propuesta a las masas que lo adoraban. Quizá la banda tenía que haberse disuelto después de estas actuaciones irrepetibles. ¿Se podía llegar más lejos después de tocar ante medio millón de personas?      

Primeros síntomas de agotamiento:

Al igual que sucedió con Madchester, el Britpop tenía las horas contadas. Como producto de la época, cuando las bandas que lo representaban alcanzaron la gloria popular y económica, aparecieron las primeras grietas en forma de egos desmesurados, problemas con las drogas y el alcohol, tensiones internas, canciones mediocres y hastío vital.

El ejemplo perfecto sería Elástica, banda liderada por Justine Frischmann, influenciada por el punk y la New Wave, no había tenido problema alguno en llegar a los primeros puestos de las listas británicas y estadounidenses gracias a SutterLine Up y Connection. Demandas por plagio aparte, el éxito instantáneo no sentó bien al grupo: la adicción de Frischmann a la heroína junto al abandono de dos de sus miembros originales desintegró Elastica que, aunque intentó resucitar a principios del nuevo milenio, no tuvo continuidad.

Suede se encontraban en la cuerda floja: era necesario un cambio de rumbo, abandonar la oscuridad de los trabajos previos a favor de un enfoque más luminoso y comercial para asegurar su propia supervivencia. Coming Up (Nude, 1996) barrió cualquier duda acerca de la calidad de sus nuevas composiciones: Trash, Beautiful Ones, Saturday NightFilmstar fueron himnos destinados a las radiofórmulas que los proyectaron al estrellato internacional.
            
Durante la actuación de Michael Jackson en los premios Brit Awards de 1996, Cocker invadió el escenario con la intención de burlarse del egocentrismo del cantante y acaparar las portadas de los tabloides. Aquel acto, aunque le costó una noche en prisión, tuvo el efecto de aumentar el nivel de ventas de los elepés de Pulp. La nueva monarquía del pop se reía en la cara del rey del espectáculo sin vergüenza alguna.

Trainspotting (Danny Boyle, 1996), película de culto basada en la novela de Irvine Welsh que trataba sobre las desventuras de un grupo de heroinómanos de Edimburgo puede ser considerada la película definitiva sobre el Britpop. Su banda sonora contaba con temas de Blur, Pulp, Elastica, Sleeper y Damon Albarn, aparte de Underworld, Leftfield, New Order y Primal Scream. Una radiografía de los noventa a través de temas clásicos de los setenta como Lust For Life de Iggy Pop y Perfect Day de Lou Reed. ¿Acaso el movimiento no pretendía abrazar el futuro gracias a la exaltación de un pasado glorioso?        

La euforia ha desaparecido:

Finalmente, cuando el Britpop agonizaba, gracias al guitarrista Graham Coxon, Blur abrazó la música americana de la que tanto había renegado para reinventarse. En Blur (Food, 1997) la influencia de Pavement, Sonic Youth, Pixies y Dinosaur Jr. resulta innegable. Beetlebum, Song 2 y On Your Own pertenecen a lo que es considerado su última obra maestra. Por fin el grupo había logrado impactar en las listas de Estados Unidos.

Be Here Now (Creation, 1997) de Oasis, aunque tuvo ventas iniciales aplastantes no tardó en ser despedazado por los medios tachándolo de sobreproducido, autocomplaciente y con minutaje de sobra. Noel Gallagher tampoco dudó en criticar su propia obra y aniquilar a su hermano Liam como cantante y frontman, algo que tuvo una fuerte repercusión negativa sobre la opinión pública. Ninguno de los sencillos —D'You Know What I Mean, Stand By Me y All Around The World— duraba menos de cinco minutos y con el paso de los años fueron desterrados de las presentaciones en directo e incluso de su recopilatorio Stop the Clocks (Big Brother, 2006).    

Radiohead y The Verve, combos que habían permanecido a la sombra del Britpop, triunfaron con el seminal OK Computer (EMI, 1997) trabajo vanguardista y paranoide que se convertiría en el modelo musical a seguir durante siglo XXI—, y Urban Hymns (Hut, 1997) el canto del cisne del movimiento, con himnos memorables como Bitter Sweet Symphony, la balada The Drugs Don’t Work y Lucky ManAunque The Verve había publicado dos discos, fue necesario un sencillo de éxito para convertirse en superestrellas. El videoclip de Bitter Sweet Symphony —Richard Ashcroft caminando con arrogancia por una calle mientras choca contra todos aquellos se interponen ante su paso—se ha convertido por derecho propio en uno de los mejores de la historia de la música.  

El ocaso de los dioses:

Jarvis Cocker, harto de ser el centro de atención de los focos, se desmarcó de la corriente dominante con el arriesgado, desolador y experimental This Is Hardcore (Island, 1998). Abanderado por Help The Aged, This Is Hardcore y A Little Soul, pese a sus letras crípticas y pesimismo, el álbum tuvo una recepción entusiasta por parte de los medios. La última lúgubre obra maestra (a la altura de A Northern Soul de The Verve (Hut, 1995) y Dog Man Star de Suede) había sido liberada; ahora solo quedaría nostalgia al rememorar los días de gloria. 

EPÍLOGO

Décadas más tarde, en cierta manera, el Britpop continúa presente gracias a bandas como Coldplay, Keane, The Libertines, Snow Patrol, The Strokes, Kaiser Chiefs, Arctic Monkeys, The Killers, Bloc Party, The Hives o Kasabian. Supervivientes del movimiento como Jarvis Cocker, Brett Anderson, Richard Ashcroft, los hermanos Gallagher y Damon Albarn emprenderían carreras en solitario que, junto algún regreso puntual junto a sus antiguas formaciones, les haría mantenerse vigentes hasta la fecha. 

Manic Street Preachers volvió a la cumbre de las listas inglesas con The Ultra Vivid Lament (Columbia, 2022); Ash publicó Islands (Infectious, 2018); Blur ha anunciado The Ballad of Darren para el 2023; Ocean Colour Scene giró para revivir las glorias de Moseley Shoals (MCA, 1996); Pulp realizan su primer tour en una década en estos momentos; Travis lanzó 10 Songs (BMG, 2020); Kula Shaker continúa en la brecha con 1st Congregational Church of Eternal Love and Free Hugs (Strange F.O.L.K. Records, 2022); Radiohead reeditó el clásico OK Computer con motivo de su vigésimo aniversario; Cast, Saint Etienne, Shed Seven, Sleeper y The Boo Radleys también sacaron nuevos elepés; y unos renacidos Suede recorren la carretera promocionando Autofiction (BMG, 2022).


¿Quién dijo que el sueño británico de los noventa había muerto?




domingo, septiembre 25, 2022

SUEDE: "AUTOFICTION" (BMG, 2022)

Tres décadas después de su single de debut, Suede regresan al mercado con un disco que, de forma indirecta, nos remite a su pasado. La portada que homenajea a Dog Man Star es la mejor prueba de ello. Sencillo, enérgico y con ecos post-punkAutofiction (BMG, 2022) se desmarca de los últimos elepés de la banda. Nadie puede acusar a los londinenses de repetir esquemas. Fieles a su estilo musical, cada trabajo ha sido un paso adelante —con sus respectivos éxitos y fracasos— a la hora de evolucionar como artistas.

 

El álbum —producido nuevamente por Ed Buller— suena limpio y musculoso. Suede no han perdido garra, al contrario, desde el año 2013 viven inmersos en una segunda juventud que poco tiene que envidiar a las obras magnas de los noventa. Según las declaraciones de la banda, decidieron volver a lo básico: tocar cara a cara en un pequeño estudio, sin grandes sobreproducciones, para recuperar la magia de antaño. Como curiosidad, Brett Anderson colgó en Spotify hace unas semanas una lista de canciones que le habían inspirado a la hora de grabar: Ultravox, Dry Cleaning, PIL, Fontaines D.C., The Horrors, Crass, Fat White Family, Siouxsie and the Banshess, Eagulls y The Fall. Una mezcla entre lo clásico y lo actual. Doy fe que las influencias se notan.

 

Abrir con la confesional She Still Leads Me On —inspirada en la madre de Anderson— es toda una declaración de intenciones. La forma de cantar en Personality Disorder y Shadow Self recuerda a Mark Smith de The Fall. 15 Again es mi favorita, puede que su tema más directo desde Like KidsThe Only Way I Can Love You es la gema pop por excelencia del álbum, opción evidente para un cuarto sencillo. That Boy On the Stage remite al grupo inexperto de principios de su carrera, cuando tocaban en locales de ínfima categoría, intentando labrarse un nombre. El piano melancólico de Drive Myself Home recuerda a los tiempos de Suede, mientras What Am I Without You?, es la mejor interpretación vocal de Autofiction. Triste y melodramática, sus seis minutos de duración son belleza pura.

 

Al igual que trabajos anteriores, Autofiction no cuenta con singles evidentes para la radio. Por fortuna, la banda se encuentra por encima de las presiones comerciales de rigor. Black Ice es un pelotazo para escuchar en directo, Shadow Self —con un bajo a lo Simon Gallup— parece salida de los primeros discos de The Cure, It's Always the Quiet Ones —dedicada a la lealtad de los fans— destaca por su epicidad. Como despedida, acostumbrados a grandes baladas con aire cinematográfico, choca escuchar Turn off Your Brain and Yell. Cruda y siniestra, todo un cambio de tercio en la discografía del grupo.  

 

El álbum tardó una semana en llegar al número 2 de las listas británicas. Su mejor posición desde Head Music en 1999. Desde principios de septiembre, la formación se encuentra en la carretera para promocionarlo. Prácticamente tocan el disco al completo, con los consabidos hits en los bises. Ello demuestra la confianza que tienen en su obra recién publicada; nada de concesiones al pasado. A diferencia de la reciente gira por el veinticinco aniversario de Coming Up, han decidido dar peso absoluto a sus nuevas composiciones para evitar que los tachen de nostálgicos. 


Ha sido anunciada una edición especial de Autofiction con cinco temas inéditos: Still WaitingThe Sadness in You, The Sadness in MeDays Like Dead Moths, There Is No Me If There Is No YouThe Prey y You Don't Know Me. Si estas caras B tienen la misma calidad que el resto de las piezas, intuyo que valdrá la pena escucharlas.




lunes, octubre 14, 2019

"TARDES DE PERSIANAS BAJADAS", DE BRETT ANDERSON


«Después de toda la tristeza contenida en estas páginas, quizás sea ahora cuando viene la parte más triste para mí. Cartografiar el colapso triste y silencioso de un grupo que tanto significó para mí representa, en cierto modo, un destino más cruel que si hubiéramos estallado en una profusión de escándalos y conflictos».

Brett Anderson

Después de incontables horas de ensayo y afilar sus canciones en locales de mala muerte frente a públicos indiferentes, gracias a la histeria mediática fomentada por la prensa, Suede obtuvieron el triunfo que anhelaban. El lanzamiento de The Drowners propició que fueran encumbrados en una mezcla de adoración y hostilidad. Por una parte alabaron su música —ambigua, romántica, subversiva y decadente— que reflejaba las miserias de los jóvenes británicos de principios de los noventa y por otra, como llegaron a la cima de forma instantánea, los consideraron un producto prefabricado, sin garra ni alma, cuyas horas estaban contadas. A pesar de sus orígenes humildes, al igual que sus composiciones, fueron tachados de artificiales, frívolos y cosmopolitas. 

La banda surgió en plena resaca Madchester —Happy Mondays, Stone Roses, The Charlatans— y el efímero auge del shoegazing —My Bloody Valentine, Ride, Slowdive—. Evidentemente, su propuesta no encajaba en ninguna parte. El grupo se aferró a aquella oportunidad como a un clavo ardiendo sin pensar en las consecuencias. Desesperado por abandonar la falta de reconocimiento, pobreza y precariedad laboral, Brett Anderson reconoce sin tapujos que hubiera hecho lo imposible para mantenerse en la cresta de la ola. Su exagerado perfil inicial los convirtió en un grupo “sobrevalorado”, etiqueta que los ha acompañado a lo largo de su andadura discográfica.

Anderson reflexiona constantemente sobre su papel público, cómo la fama influyó en su vida privada y moldeó su personalidad. Se muestra crítico con su trabajo, tanto en las declaraciones controvertidas del pasado como con los errores discográficos. Suede siempre alternaron entre la grandeza y la vulgaridad. Muchas de sus caras b —My Insatiable One, My Dark Star, Killing of a Flashboy, Europe Is Our Playground, Let’s Go, Cheap—, superan el contenido de los mismos álbumes. El cantante no se avergüenza de la temática de sus letras —excesos, nocturnidad, sexo crudo, relaciones destrozadas, caos urbano— que con el paso del tiempo, junto a la decadencia de la formación, se convertirían en un cliché que rozaba la autoparodia. Su corpus creativo fue perdiendo fuerza: discos mal enfocados, con temas débiles, que echaron por tierra el trabajo que tanto les costó conseguir.

Suede (Nude, 1993) se convirtió en el disco más vendido de todos los tiempos en Inglaterra y ganó el prestigioso Mercury Prize. Tal como ha sucedido en infinidad de ocasiones en la historia de la música, ninguno de sus miembros se encontraba preparado para afrontar un éxito tan descomunal. Mientras realizaban una agotadora gira por Estados Unidos, comenzaron los problemas. A raíz del fallecimiento de su padre, el guitarrista y motor musical, Bernard Butler, se encontraba exhausto y deprimido. Harto de los rigores del estrellato, comenzó a distanciarse de la banda: viajaba en el autobús de otros grupos, grababa sus partes musicales cuando sus compañeros no se encontraban en el estudio y pretendió que despidieran al productor Ed Buller (White Lies, Pulp, Lush) para encargarse de la creación de Dog Man Star (Nude, 1994), la sombría obra maestra de Suede. Todo avanzaba demasiado rápido: ninguno tuvo la madurez suficiente para intentar solucionar sus problemas. Por consiguiente, las heridas empeoraron hasta un límite insoportable.

El Britpop convulsionaba a la sociedad británica pero Suede, fieles a su estilo de nadar a contracorriente, al considerar aquel movimiento tan nacionalista como espantoso, no dudaron en desmarcarse del mismo. Anderson se perdió en un universo de química, obsesión, fragilidad y ego desmesurado. Pasó por alto la amistad que mantenía con el guitarrista, la unidad de antaño desapareció y la visión musical de ambos cesó de complementarse. Todos se encontraban paranoicos, tristes y amargados; temían que aquel fuera el final del camino. Gracias a ello, el disco cobró la atmósfera  deprimente que lo caracteriza. Finalmente, la expulsión de Butler fue inevitable. La crítica volvió a abalanzarse sobre ellos para despedazarlos a conciencia.

La arriesgada inclusión del nuevo guitarrista Richard Oakes —tenía diecisiete años en aquella época— fue recibida con desdén, por no decir inquina, por parte de los medios y seguidores. Contra viento y marea, la banda continuó adelante. Todos habían llegado a la conclusión que Butler era un engranaje irremplazable y que estaban acabados. Aunque muchas de las mejores canciones de Suede se encuentran en este elepé — The Wild Ones, Still Life, The Two of Us, The Asphalt World—, no despachó tantas unidades como su debut. Oakes, a pesar de su juventud, la presión de los tabloides y las comparaciones con Bernard Butler, consiguió salir airoso de la tormenta gracias a sus propios méritos musicales.     

Luego de las sesiones asfixiantes y conflictivas de Dog Man Star  —que para consternación de Anderson continúa siendo el álbum mejor valorado de Suede—, Coming Up (Nude, 1996) supuso un revulsivo: directo, enérgico y urgente, en el que todos los temas tendrían potencial de single. La incorporación de Neil Codling como teclista aportó savia fresca al grupo. Aunque siempre fue infravalorado por considerarlo mero “relleno”, su influencia ha moldeado el sonido de la banda hasta la actualidad. Las áridas orquestaciones de The Blue Hour (Warner Bros, 2018) lo demuestran de sobra.  

Trash, Beautiful Ones, Saturday Night y Filmsta se convirtieron en himnos radiofónicos. El grupo volvió a la cúspide de la popularidad en plena vorágine Britpop, compitiendo contra Oasis, Blur y Pulp en las listas de ventas, y lograron el reconocimiento que merecían por derecho. La nueva formación, en un dulce momento de gloria, logró renacer de la sobreexposición que estuvo a punto de aniquilarlos.

Mientras tanto en Westbourne Park, lo que en un principio fue el disoluto estilo de vida de estrella de rock que alimentaba su creatividad, entre fiestas interminables, alcohol, ceniceros llenos, bolsas de basura, traficantes, groupies, colgados e ingentes cantidades de crack, la adicción quebró a Anderson y causaría fuertes repercusiones en el futuro de la banda. El impulso creativo, la ambición, el deseo de triunfar que lo impulsó al principio, fue reemplazado por el exceso de confianza, la soberbia y la carencia de perspectiva.

En un afán de modernizar su sonido para mantenerse vigentes en la industria, Suede perdió la esencia primaria basada en el rock de los setenta que los caracterizaba. Ante la profusión electrónica, Oakes se sintió desplazado como guitarrista. Irónicamente, Head Music (Nude, 1999) supuso un triunfo clamoroso. Por primera vez contaban con el apoyo de la crítica pero entregaron un trabajo que si bien contaba con buenas composiciones como Can’t Get Enough, la popular She’s in Fashion o He’s Gone, pecaba de pereza e intrascendencia. Un elepé comercial que los alejó de la excelencia para caer de lleno en la superficialidad, tal como tantas veces fueron acusados.

A New Morning (Epic, 2002) supuso el canto del cisne, abandonar la función ante la indiferencia del público. Confundidos, después de la salida de Codling debido al síndrome de fatiga crónica, por primera vez en su carrera, la banda se encontraba perdida, sin la pasión de los caracterizaba. Pese a que Anderson se encontraba sobrio, continuaba debilitado por la antigua dependencia a los narcóticos y no fue capaz de ofrecer lo mejor de sí mismo. Las sesiones se prolongaron durante dos años, diversos estudios y productores, intentando salvar un repertorio en el que reinaba la incertidumbre y la apatía. El fichaje de Alex Lee (Strangelove) en los teclados no llegó a cuajar y el intento de reinventarse con un disco acústico, íntimo y acogedor, tampoco estuvo a la altura. A New Morning fue tan costoso que se vieron obligados a regresar a la carretera para recuperar los gastos de grabación. Desde entonces, el vocalista no ha cesado de afirmar que fue un error que saliera a la venta.

El final del libro, al terminar en el punto más bajo de la formación, posee un sabor amargo. De hecho, queda abierto para que Anderson escriba una hipotética tercera parte de sus memorias en las que narre el reencuentro con Bernard Butler en el proyecto The Tears, su carrera en solitario, paternidad y, evidentemente, el regreso triunfal de Suede que, en pleno siglo XXI, continúan editando trabajos tan excelsos como su obra de principios de los  noventa —Nights Toughts (Warner Bros, 2016) y The Blue Hour— en los que persiguen la estela del barroco y atormentado Dog Man Star.




martes, octubre 23, 2018

"MAÑANAS NEGRAS COMO EL CARBÓN", DE BRETT ANDERSON


«Era nuestro y solo nuestro —nuestro andrajoso himno, nuestro aullido de frustración—, un poema al fracaso y la pérdida, y también un panegírico a la Gran Bretaña envilecida e indiferente que veíamos ante nosotros. Y mientras asestábamos estocadas y pateábamos contra la sombría mediocridad de los tiempos, lo hicimos con un estilo, un espíritu y una energía que acabaron echando puertas abajo y poniendo los cimientos de una música que definió una década».

Brett Anderson

La frase “Mañanas negras como el carbón” podría ser el leitmotiv de las memorias de Brett Anderson: define los momentos más oscuros, dramáticos y angustiosos de su pasado. Todo sucede antes del destello de las cámaras, las listas de éxito, las giras extenuantes, el fervor de los fans, las críticas despiadadas, la falta de inspiración, el efecto de las drogas y los roces internos, llevaran al ocaso a una de las formaciones más representativas de los noventa. Entre luces, sombras y pérdida, queda lugar para el reconocimiento; triunfar frente a las adversidades que conlleva el camino del estrellato.

Anderson se dirige al lector como si se tratara de un viejo amigo, con franqueza, honestidad y la perspectiva que ofrece el paso del tiempo. Gracias a una prosa elegante, sencilla y sin florituras, las páginas avanzan con rapidez. Incondicional de los Smiths, resulta curioso que Morrissey y Johnny Marr publicaran sus memorias durante los últimos tiempos. ¿Habrán inspirado al cantante a narrar sus recuerdos de juventud para que su hijo pueda leerlos en el futuro?  

Criado en una minúscula vivienda de protección oficial situada en el extrarradio de Haywards Healt, entre Londres y Brighgton, dominada por carreteras rurales, vallas metálicas cubiertas de grafitis, bosques y un vertedero de chatarra. Su familia vivía hacinada en un ambiente de penuria, aislamiento y caridad. A pesar de ello, tanto su madre como su padre poseían inquietudes artísticas, detalle que los hacía diferenciarse de los vecinos. Respecto a su infancia, destaca la relación con un padre autoritario que lo marcó profundamente. La obsesión de no cometer los mismos errores que el mismo: un hombre de clase baja, agobiado por la responsabilidad de mantener a una familia, la carencia de empleo estable, una infancia marcada por los abusos de un progenitor alcohólico que dejaron huellas imborrables: decepción, rabia y amargura. Por otra parte, este fue un gran amante de la música clásica que admiraba a Wagner, Berlioz, Brahms, Chopin y Liszt; su influencia sería notoria en el sonido de Suede. Basta con escuchar las grandilocuentes orquestaciones que han ostentado durante toda su carrera.

El descubrimiento de la música, como no podía ser de otro modo, llegó durante la adolescencia del cantante. En una Inglaterra de posguerra devastada por la pobreza, los altos índices de desempleo, huelgas y el gobierno despótico de La Dama de Hierro, el punk de Crass, Discharge, UK Decay, Sham 69, Cockney Rejects, Buzzcocks y el Never Mind The Bollocks de los Sex Pistols como buque insignia, era la mejor manera de escapar de una vida gris y rutinaria. Rebeldía, pasión, despecho hacia un sistema laminador y corrupto. Gracias a su hermana, Anderson se interesaría por formaciones como Roxy Music, Jefferson Airplane, Iggy Pop, T-Rex, Led Zeppelin y The Who. Bowie y The Smiths serían sus ídolos de cabecera durante décadas.

Nostálgico y emotivo a partes iguales, Anderson rememora paseos sin rumbo por las calles de Londres, los tiempos de universidad, noches de fiesta, apartamentos alquilados, ropas de segunda mano compradas en mercadillos, relaciones personales rotas, debacles amorosos y la muerte de seres queridos. Todo tipo de personajes marginales —drogadictos, hippies, okupas, parados, artistas y estudiantes fracasados— formarían el imaginario de sus composiciones más celebradas. Inevitablemente, las circunstancias, el entorno y lo personal, sirven de lienzo para la creación artística.

Los primeros pasos de la banda fueron erráticos: canciones flojas, pubs vacíos, público indiferente. Solo quedaba la opción de trabajar duro. Instrumentos baratos, locales de ensayo de mala muerte que hedían a sudor, fracaso y colillas. Temas como Wonderful Sometimes, Be My God, Art, Going Blonde, Natural Born Servant, She’s a Layabout o Just a Girl, se encontrarían por debajo de los estandartes de las canciones que los lanzarían a la fama. Excepto esta última, jamás han sido editadas de forma oficial. Joven e ingenuo, sin conocimientos musicales y escaso de ambición, el cantante reconoce que el guitarrista Bernard Butler tenía más talento que el resto del grupo y que, gracias a su constancia, los impulsó a mejorar. Por suerte las joyas de las se enorgullece sin reparos no tardarían en ver la luz: Metal Mickey, So Young, My Insatiable One o Animal Nitrate.

Rupturas sentimentales (Pantomime Horse, To the Birds, He’s Dead) amores pasajeros (The Drowners), amas de casas deprimidas adictas al Valium (Slepping Pills, The Two Of Us), amigos de infancia hundidos en la depresión (Breakdown, Simon), setas alucinógenas (Where the Pigs Don’t Fly), el fallecimiento de su madre víctima de cáncer (The Next Life), la magia y miseria de Londres (She, This Time, By the Sea), violencia juvenil (Killing of a Flashboy), vecinos aniquilados por el VIH (The Living Dead) y el suicidio de familiares (She's Not Dead). En cierta forma, Anderson se muestra arrepentido por utilizar las desdichas e intimidades de terceras personas para componer sus canciones. ¿Acaso importa la fuente cuando el tema es inolvidable?

Anderson se abstiene en hablar de forma negativa de antiguos miembros de Suede: Bernard Butler o su novia por aquel entonces, Justine Frischmann —futura líder de Elastica—, para no alimentar los tabloides. De hecho, ni siquiera menciona el nombre de Damon Albarn —vocalista de Blur— que, movido por los celos, la competitividad y el elevado número de ventas que despacharon con el homónimo Suede (Nude Records, 1993), no dudó en proporcionar carnaza a los medios con declaraciones polémicas: «La heroína es una mierda y sé que Brett Anderson toma heroína, así que él también es una mierda». La imagen que la prensa amarillista forjó sobre Frischmann —niña pija arribista que empezó a salir con Albarn porque este tenía más éxito comercial y podía ayudarla a impulsar su propia carrera— perdura en la actualidad. Respecto a Butler, diferencias creativas lo obligó a abandonar la banda durante la tormentosa grabación de Dog Man Star (Nude Records, 1994); elepé que con el paso de los años ganó la condición de clásico y obra maestra de Suede. El cantante y Butler volverían a trabajar juntos una década después en el proyecto The Tears. El presente es lo único que importa; no es necesario abrir viejas heridas.

La imagen decadente, hedonista, sofisticada y glamurosa de la formación fue un invento de la prensa. Marginales desde el primer momento, fogueados por años de rechazos por parte de las compañías discográficas, promotores de conciertos y dueños de locales, poco tenían que ver con la Inglaterra patriótica y futbolera, de cerveza en vasos de plástico, camaradería, Union Jack, masculinidad y ordinariez. Cuando el sonido revisionista del Britpop se encontraba en su máximo apogeo con Oasis (The Beatles), Blur (The Kinks), Pulp (David Bowie) o Radiohead (Pink Floyd), pocos reconocieron que Suede fueron precursores de aquel movimiento cuya influencia perdura en la actualidad en Coldplay, Keane, The Libertines, Snow Patrol, The Strokes, Kaiser Chiefs, Arctic Monkeys, The Killers, Bloc Party, The Hives o Kasabian.

Todo termina cuando la famosa cabecera del Melody Maker (25/04/1992) los puso en el punto de mira de la industria declarando que eran «La mejor nueva banda de Gran Bretaña». Aún no había salido a la venta su primer single. Las expectativas se dispararon. El grupo ha firmado con Nude Records y el futuro resulta prometedor: ambigüedad sexual, controversia, glam, premios, histeria colectiva, papparazis, Suedemanía. Brett Anderson ha confirmado la segunda parte de sus memorias para otoño del próximo año: Tardes de persianas bajadas (Editorial Contra, 2019). La historia solo acaba de empezar.