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sábado, mayo 09, 2026

FANFICTION — REY KULL: «ALMAS MUERTAS», PUBLICADO EN HISTORIAS PULP

Reemplazo la melancolía por el coraje, la duda por la certeza, la desesperación por la esperanza, la maldad por el bien, las quejas por el deber, el escepticismo por la fe, los sofismas por la frialdad de la calma y el orgullo por la modestia.

Lautréamont

 

I

EL TRONO DE VALUSIA


A última hora de la tarde, la sala del consejo del palacio estaba casi vacía. El amplio recinto, sostenido por gruesas columnas y adornado con ricos tapices, cortinas de seda y mullidas alfombras, conservaba su regio esplendor bajo la tenue luz vespertina.

Durante la jornada, una multitud de individuos había expuesto sus problemas ante la corte: embajadores, sacerdotes, campesinos, nobles y mercaderes llegados de los confines del mundo. Para el rey no existían distinciones; todos los hombres eran iguales ante sus ojos.

En el trono de topacio, un individuo de anchos hombros y músculos poderosos escuchaba el resumen del día con la barbilla apoyada en el puño y la mirada perdida. Kull estaba exhausto: los asuntos del reino eran una madeja laberíntica en la que cualquier hombre podía naufragar.

Añoraba la libertad de los bosques de Atlantis, sus montañas escarpadas, los acantilados batidos por el oleaje y las gentes fieras e indómitas que los habitaban. Aunque intentaba reprimirlo, despreciaba la hipocresía y las máscaras de la civilización; odiaba a los cortesanos que lo lisonjeaban mientras maldecían sus orígenes entre dientes; aborrecía las intrigas de una aristocracia que, antes de su ascenso al poder, se tambaleaba víctima de su propia decadencia.

Al fondo de la sala, un balcón ofrecía una panorámica de Valusia: torres enjalbegadas, cúpulas escarlatas, tejados bruñidos por el sol, palacios imponentes y murallas doradas.

Tu, primer consejero de la corte y amigo del rey, carraspeó:

—¿Habéis escuchado algo de lo que he dicho, señor?

El gigante volvió a la realidad.

—Perdona, Tu. ¿De qué hablabas?

El anciano suspiró; nunca lograba retener la atención del bárbaro.

—Majestad, decía que el embajador de Kamelia ha protestado por...

Kull fingió escuchar mientras su mente se alejaba de nuevo. Las complejas responsabilidades del Estado lo aburrían. A veces, cuando el sueño le era esquivo, sentía que se había convertido en esclavo de su propio reino; de leyes y tradiciones que se perdían en el polvo de los siglos.

Un relámpago peligroso encendió sus pupilas. Jamás sería un títere. Le había costado sudor y sangre conquistar el trono de la Ciudad de las Maravillas, y no permitiría que nada ni nadie se lo arrebatara. Quien lo intentara moriría bajo el filo de su acero.

Una expresión desdeñosa endureció su rostro moreno, surcado de diminutas cicatrices. Poco le importaban las disputas de la nobleza; que se las arreglaran como pudieran. Sabía que, pese a haber levantado el país tras derrocar a Borna, muchos conspiraban a su espalda, murmurando en las sombras de sus casas. Nada les complacería más que ver destronado al bárbaro usurpador.

El anciano continuaba:

—En cuanto al conde Murom, desea que bendigáis la boda de su hija Nalissa con Dalgar de Farsun, apadrinando a los novios y...

Kull tomó nota mental. Murom era un súbdito fiel, uno de los primeros en abrazar su causa; no tendría más remedio que complacerlo, aunque detestara ese tipo de ceremonias.

Desvió la vista hacia los asesinos rojos apostados junto al trono, inmóviles como estatuas de bronce. Aquellos hombres, enfundados en armaduras carmesíes, eran los mejores guerreros del mundo: arrostrarían las llamas del Infierno y derramarían hasta la última gota de sangre por proteger a su señor.

El sol se ocultó por poniente y derramó una luz anaranjada sobre los azulejos de mármol. Por un instante, un cansancio inesperado oprimió el alma de Kull; el peso de la corona se le antojó insoportable.

Tu detuvo su discurso, se frotó las manos apergaminadas, y pareció envejecer varios años de pronto.

—¿Qué sucede, amigo mío? —preguntó Kull.

El anciano exhaló lentamente.

—Corren rumores por la ciudad, señor.

El atlante enarcó las espesas cejas.

—No te andes por las ramas, Tu.

El consejero fue directo al grano:

—Mis espías aseguran que Menkara, mano derecha del emperador de Zarfhaana, se encuentra en la ciudad...

Kull lo interrumpió con brusquedad.

—¿Qué hace aquí ese perro?

Tu encogió los hombros.

—No lo sé, majestad. Pero se rumorea que inmola vírgenes valusas en los altares de la Serpiente.

Sin advertirlo, el gigante llevó la diestra al pomo de su espada.

—¿Cómo es posible? —bramó—. ¡Quiero su cabeza!

—Primero debemos obtener pruebas, señor —replicó el anciano—. Si lo detenemos ahora, provocaremos un conflicto diplomático de consecuencias imprevisibles.

Kull enrojeció de ira.

—¿Por qué no me lo habías dicho?

—Porque sabía que reaccionaríais así, majestad.

El atlante gruñó.

—¿Y qué significa eso?

—Que debemos obrar con cautela. Cuando consiga testigos fidedignos, dará con sus huesos en las mazmorras.

Kull golpeó el estrado con el puño.

—¿Y mientras tanto? ¿Permitirás que sacrifique a todas las muchachas que quiera? ¿Esperarás a que cometa un error?

Tu bajó la mirada.

—No podemos hacer nada… todavía.

El gigante se puso en pie.

—¡Estoy harto de las normas de la corte! —rugió—. ¡Son cadenas disfrazadas de oro!

El primer consejero retrocedió ante la furia del atlante.

—La ley es la ley, señor.

Kull entrecerró los párpados.

—¿Dónde está Menkara? —masculló—. Quiero saberlo.

—En la Torre del Esplendor.

Sin añadir palabra, el atlante descendió la escalinata y abandonó el salón como una tormenta desatada.

Tu murmuró en voz baja:

—Que los dioses nos protejan…

 

II

LA DECISIÓN DEL REY

 

Al llegar a sus aposentos, Kull despidió a los criados con un gesto brusco. Necesitaba estar solo.

Furioso, recorrió la estancia de un lado a otro, como un lobo enjaulado, haciendo resonar sus pasos en la penumbra. Había forjado su destino con el valor de su brazo y el filo de su espada; no debía su trono a intrigas cortesanas ni a pactos susurrados en la oscuridad.

Para los valusos, seguía siendo un extranjero. Un invasor que había derrocado a la antigua dinastía entre llamas y sangre para ceñirse la corona. Y, sin embargo, gracias a los bárbaros que ahora patrullaban el imperio, la Ciudad de las Maravillas seguía en pie. De otro modo habría sucumbido, corroída por la decadencia de sus propios hijos.

Había reconstruido los ejércitos, quebrado la supremacía de los grondaros, aplastado a los sediciosos, desmantelado la Federación Triple y aniquilado el culto de los hombres serpiente. Logros suficientes —pensaba— para merecer la lealtad de un pueblo que aún lo denigraba en voz baja.

El gigante profirió una maldición en su lengua natal y apretó los puños.

¿Qué clase de rey sería si permitía tales horrores en su propio reino?

Con la mente en ebullición cruzó la estancia, apartó las cortinas de un manotazo y fijó la vista en la Torre del Esplendor. La antigua fortaleza, erigida milenios atrás, relucía como una gema oscura sobre las calles sumidas en sombras.

Alzó la mirada hacia el cielo. Las estrellas brillaban frías e indiferentes, y por un instante tuvo la sensación de que se burlaban de su impotencia.

Recordó el camino que lo había conducido hasta allí: la infancia salvaje entre las fieras que lo adoptaron; los años encadenado al banco de una galera lemuria; los saqueos juveniles en las colinas de Valusia; las mazmorras del palacio; la arena del circo, teñida con la sangre de hombres que murieron bajo su espada; el mando supremo de los ejércitos.

Una amargura antigua le cerró la garganta y le nubló los ojos. A veces anhelaba aquella vida brutal y simple, cuando el enemigo estaba frente a él y no oculto tras sonrisas diplomáticas.

—¡Por Valka! —rugió—. ¡No permitiré que Menkara haga su voluntad en mi reino!

La cólera inflamó su pecho y le tensó las venas del cuello. Sabía que el político zarfhaano era un ser corrupto, capaz de las peores atrocidades; los rumores que lo precedían no eran invenciones de taberna. Lo había visto el día de su coronación, y desde entonces su recuerdo le producía repulsión: frente estrecha, ojos hundidos y oblicuos, labios finos que apenas ocultaban una crueldad innata.

Con un gesto brusco, Kull arrojó la corona sobre la cama. Se despojó de las vestiduras reales y ciñó el pesado mandoble a su cintura. Necesitaba ver con sus propios ojos lo que Tu le había contado.

Se detuvo en el alféizar.

A cien pies más abajo, el jardín yacía envuelto en tinieblas. Los guardianes tardarían aún unos minutos en volver a pasar bajo sus ventanas.

Examinó las enredaderas que descendían hasta el suelo, los árboles agitados por el viento nocturno, las fuentes silenciosas, los setos recortados y los muros del castillo.

La decisión estaba tomada.

 

III

LA CIUDAD DE LAS MARAVILLAS

 

En lo alto, un cuarto de luna rasgó la negrura e inundó las calles empedradas con una luz espectral. La ciudad adquirió un aspecto fantasmagórico, como si perteneciera más al reino de los sueños que al de los hombres.

Kull cruzó la azotea a gran velocidad y, sin vacilar, saltó al edificio contiguo. El impacto le recorrió el cuerpo de pies a cabeza, pero apenas se detuvo. Atravesó el tejado en diagonal, se aferró a una cañería, tomó impulso y se proyectó hacia la siguiente cubierta. Usó manos y pies para escalar el pretil, quebró varias tejas bajo su peso y se irguió sobre la altura.

A una legua de distancia se alzaba la Torre del Esplendor.

Tres pisos más abajo, una pareja de guardias armados con lanzas y espadas rectas cruzó la avenida antes de desaparecer tras una vivienda. El rey contuvo la respiración, aguardó unos segundos y prosiguió su avance. La rabia daba ligereza a sus pasos.

—Veremos qué clase de hombre eres —murmuró entre dientes— cuando nos encontremos cara a cara, bastardo.

Sabía que estaba cometiendo una insensatez. Un solo error podía desatar la guerra entre Valusia y Zarfhaana. Pero le resultaba imposible sofocar aquella sed de justicia. Menkara no quedaría impune. Los dioses eran testigos de su juramento.

Descendió una tapia, cruzó varias terrazas contiguas y, tras medir la distancia con un vistazo rápido, salvó de un salto el abismo entre dos edificios. Pocos hombres habrían podido realizar semejante hazaña.

Con la respiración agitada y el sudor perlándole la piel, se orientó entre el laberinto de azoteas y eligió el trayecto más seguro.

Abandonar el palacio había sido sencillo. Sus guardianes no estaban preparados para hombres como él; hasta un ciego habría encontrado los puntos ciegos de la vigilancia. Descendió por las enredaderas, aguardó oculto tras unos setos y cruzó el jardín en ráfagas silenciosas, deteniéndose solo para dejar pasar a las patrullas. En pocos minutos alcanzó la muralla.

Sin reducir la velocidad, saltó, se aferró al parapeto y se izó con la fuerza de sus brazos hasta coronar el muro.

Ante él, la Ciudad de las Maravillas dormía, ignorante de los crímenes que germinaban en la oscuridad.

Sacudió la negra melena y se deslizó al otro lado como una sombra desprendida de la noche.

Kull se detuvo un instante sobre un tejado inclinado y contempló la Torre del Esplendor. Ahora que la cólera empezaba a disiparse, una frialdad penetrante ocupó su lugar y templó su ánimo.

Lo más prudente sería buscar una brecha en el muro exterior, evitar a los guardianes y ascender hasta lo alto de la fortificación.

Lamentó no haber llevado una cuerda o una cota de malla. Pero lo hecho estaba hecho; el acero bastaría.

Atravesó una hilera de tejados irregulares, eludió a varios hombres que salían tambaleantes de una taberna y alzó la vista al cielo. Nubes pesadas cubrieron la luna, y la oscuridad se volvió más densa.

Sonrió.

La noche era su aliada.

Por primera vez en meses, una sensación desbordante de libertad inundó su espíritu con el recuerdo de mares espumosos y montañas lejanas. Se desvanecieron las reflexiones sombrías, el tacto del terciopelo, las ceremonias de la corte, el peso insoportable de la corona.

Seguía siendo un hombre libre.

Y eso —pensó mientras avanzaba hacia la torre— era lo único que importaba.

 

IV

ALMAS MUERTAS

 

Cautelosamente, el bárbaro se aproximó a la claraboya y miró a través del cristal.

Una docena de sacerdotes, envueltos en túnicas sombrías, oraban bajo su posición. Un canto monótono y reptante ascendía hasta la bóveda, impregnado de una cadencia antinatural.

La piel de Kull se erizó.

Detestaba la brujería. La aborrecía con la misma intensidad con la que amaba el acero limpio y el combate frontal. Su mano se cerró en torno al pomo de la espada.

Un estremecimiento le recorrió la espalda. La superstición ancestral de su raza despertó en lo más profundo de su espíritu: las viejas creencias no mueren; duermen.

Un poder malsano, nacido cuando Atlantis era aún una isla joven entre brumas primitivas, emanaba de aquel círculo de figuras encapuchadas.

En el centro de la estancia, sobre un altar de obsidiana, yacía una joven de miembros pálidos, encadenada de pies y manos con grilletes de plata. Tras ella, la figura inconfundible del político zarfhaano sostenía un puñal ritual, preparado para hundirlo en carne inocente.

Kull rechinó los dientes. Los espías de Tu no habían mentido.

El canto se intensificó.

Menkara avanzó, se situó junto a la muchacha y alzó el arma. En sus ojos enrojecidos ardía una devoción febril.

—¡Acepta nuestro sacrificio, Thulsa Doom! —aulló con voz ronca—. ¡Devuelve el poder al pueblo de los hombres serpiente!

El rey no dudó.

El tragaluz estalló bajo su peso. El cristal se hizo añicos y cayó como lluvia cortante sobre los sacerdotes. Un clamor de sorpresa sacudió la cámara.

Kull aterrizó en medio del círculo.

El mandoble brillaba en su puño como un relámpago contenido.

De sus labios brotaron palabras antiguas, sin que él supiera de dónde provenían:

—Ka nama kaa lajerama…

Los sacerdotes alzaron el rostro.

Y entonces las capuchas ya no ocultaban hombres.

Los rasgos se distorsionaron, las mandíbulas se alargaron, los ojos se tornaron amarillos y verticales. Lenguas bífidas silbaron entre colmillos húmedos. Las túnicas se tensaron sobre cuerpos sinuosos.

Hombres serpiente.

Kull rugió y descargó el acero en un arco brutal. La hoja hendió un cráneo escamoso desde la coronilla hasta el pecho. Sin detenerse, giró sobre sí mismo y abrió el torso del siguiente; vísceras humeantes salpicaron el mármol negro.

—¡Matadlo! —chilló Menkara—. ¡Es Kull de Valusia!

 El atlante respondió con una carcajada feroz.

Avanzó como una tormenta desatada. El acero subía y bajaba, describiendo medias lunas sangrientas. Miembros cercenados golpeaban el suelo; cuerpos retorcidos se agitaban en espasmos finales.

Ignoró los cuchillos que rasgaban su piel, las garras que buscaban su garganta. No retrocedió ni un paso. Había nacido para aquel instante: matar o morir bajo la mirada indiferente de los dioses.

Su visión se tiñó de rojo.

Los hombres serpiente, poco diestros en el arte del combate, no pudieron contener la furia primordial del atlante. Uno tras otro cayeron bajo su acero.

Minutos después, el silencio regresó a la cámara.

Kull se irguió entre los cadáveres. Pequeños cortes cubrían su cuerpo y la sangre —ajena y propia— empapaba sus piernas. Respiraba con dificultad, pero en sus labios se dibujaba una sonrisa helada.

Cruzó el altar, avanzó entre los restos y fijó los ojos en Menkara.

El terror había borrado todo rastro de fanatismo en el rostro del zarfhaano.

—¡Socorro! —chilló—. ¡Guardias!

Kull rio.

—Grita cuanto quieras, perro. Tus guardianes yacen despedazados.

—¡Mientes!

La punta del mandoble señaló su pecho.

—Basta de palabras.

Menkara alzó los brazos y comenzó a recitar en una lengua oscura, más antigua que los tronos de los hombres.

El efecto fue inmediato.

El avance de Kull se detuvo en seco.

Una fuerza invisible aprisionó sus miembros. Una corriente glacial recorrió su cuerpo; la sangre se volvió pesada, espesa. El corazón latió con dolor.

Menkara sonrió con triunfo.

—Estás atrapado, bárbaro. Ningún hombre puede romper mi conjuro.

El llanto desgarrado de la joven atravesó la bruma que oprimía los sentidos del atlante.

Kull concentró toda su voluntad en el brazo que sostenía la espada.

No permitiría que aquella inocente muriera.

Los músculos temblaron. Las venas se hincharon como cuerdas tensas. Un gruñido surgió de lo más hondo de su pecho.

Menkara retrocedió.

—¡No!… Es imposible…

Con un esfuerzo que desgarró algo en su interior, Kull lanzó el mandoble.

La hoja surcó el aire como un cometa de acero.

Se hundió en el esternón del zarfhaano y lo clavó contra el muro. Un borbotón oscuro brotó de su boca. Sus ojos se abrieron en un gesto de incredulidad absoluta antes de apagarse para siempre.

El hechizo se quebró.

Kull cayó de rodillas, estremecido por violentos temblores. Había estado a un aliento de la muerte.

Tras unos instantes, se puso en pie con dificultad y se acercó al altar.

La joven sollozaba.

—Gracias, señor… No sé cómo…

Kull rompió las cadenas con sus manos ensangrentadas y la ayudó a incorporarse. La sostuvo con una firmeza sorprendentemente delicada.

—Todo ha terminado —dijo con voz grave—. Estás a salvo.

Por un instante, en la cámara aún impregnada de muerte, el rey pareció más hombre que monarca.



lunes, febrero 23, 2026

FANFICTION — SOLOMON KANE: «LOS ACÓLITOS DE SATANÁS», PUBLICADO EN HISTORIAS PULP

Y sus ojos tienen la apariencia

de los de un demonio que está soñando.

Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama

tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,

del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,

no podrá liberarse.

 

Edgar Allan Poe

 

I

 

El PURITANO SOLITARIO

 

Año de Nuestro Señor 1.553.

 

La bóveda entenebrecida colgaba sobre el páramo desolado. Haces de sol iluminaban los altos juncos y anunciaban la llegada de una noche temprana. Una corriente de aire hizo cimbrear las riendas del animal. Los canales hedían de forma nauseabunda y propagaban el sonido de las bestias salvajes del lugar. A la derecha, las montañas rasgaban el límite que separaba el cielo de la tierra, como una cuchillada dorado-rojiza que se extendía hasta las orillas del distante mar Mediterráneo. A la izquierda, el camino intrincado y tortuoso que había recorrido desde Francia, a través de una Europa devastada por las guerras civiles y religiosas. Quedaban demasiados fantasmas detrás de sus pasos. La iniquidad de los hombres en el campo de batalla lo había obligado a abandonar los ejércitos en los que combatió. Ahora era un alma libre: el Señor guiaba sus pasos mientras se aproximaba a Florencia, impulsado por la llama azul de la venganza.

Bancos de niebla ocultaron la maleza enmarañada y deformaron las dimensiones del pantano, creando una atmósfera sobrenatural. Lo peor era la fetidez de las aguas: imaginaba siglos de locura humana, sacrificios impíos y enfermedades capaces de hacer perder la cabeza a cualquier cristiano devoto de Dios. Incómodo, el caballo resopló y pisoteó la tierra con los cascos delanteros, levantando una nube de polvo.

—Tranquilo —dijo, acariciando con su mano enguantada el cuello del animal—. A mí tampoco me gusta.

El jinete apretó la capa alrededor de sus hombros, estudió aquella naturaleza amenazadora y encajó las mandíbulas: no sabía qué camino escoger. Exhausto, se limpió la suciedad del rostro. Llevaba más de dos semanas sin tomar un respiro, cabalgando día y noche detrás de un adversario que no se atrevía a dar la cara. El puritano inspiró aire: los mapas que había traído desde Inglaterra eran inútiles; en ninguno aparecía aquella ciénaga que abarcaba el horizonte hasta donde la vista alcanzaba. Involuntariamente, acarició la culata del mosquete que colgaba a un lado de la silla. Los últimos días pesaban sobre su espalda y le carcomían el espíritu, absorbiendo sus energías como una plaga.

—¿Cruzamos o no? —preguntó a la montura.

De nuevo sintió la desagradable sensación de ser vigilado. Alguien podía estar esperando el momento adecuado para atacarlo cuando bajara la guardia. El inglés cerró los acerados ojos azules y rememoró a la joven que había encontrado en el linde del bosque: violada y torturada por Le Loup, el enemigo que había jurado cazar. Abrió los párpados; una docena de flamencos rosados levantó vuelo y cruzó el cielo encapotado. La tarde vibró con el aleteo de sus alas.

El jinete se adentró en la marisma, ignorando al animal que avanzaba sin ganas, asustado por la atmósfera insana que los envolvía. Poco a poco atravesaron las aguas con los cinco sentidos alerta, expectantes ante la posibilidad de un ataque. El avance del caballo levantó ecos; el tiempo parecía detenido, suspendido sobre el lodo burbujeante que amenazaba con tragarlos. La oscuridad creció: apenas podía ver lo que tenía ante las narices. El chillido de un topo asustado lo hizo estremecer y soltar una blasfemia indecorosa. Las lagunas ocultaban misterios imposibles de responder: soldados masacrados, aldeanos desaparecidos, brujas quemadas, niños secuestrados por los sirvientes del Diablo.

El puritano vestía sombrero de ala ancha, vestiduras negras y sombrías, botas de cuero hasta los muslos y un cinturón ancho donde colgaban un largo estoque en una vaina sin adornos y dos pistolas de aspecto temible. Le costaba reconocer al mercenario enlutado y solitario en el que se había convertido. Su infancia en Devonshire había muerto; el pasado ardía miles de kilómetros atrás, una imagen abstracta que ya no le proporcionaba consuelo.

El inglés se secó el sudor de la frente con un pañuelo escarlata. Entonces, una sombra cruzó los cañaverales. Tenso, con los ojos enrojecidos por la falta de sueño, miró las hierbas e ignoró los vapores venenosos. Tiró de las riendas, pero fue inútil: su instinto de luchador le advertía que tendría problemas. El jinete hizo retroceder al caballo, vadeó una laguna más profunda que las otras e irrumpió en un claro rodeado de juncos retorcidos.

Tuvo la tentación de encender la yesca con pedernal y eslabón, pero no quiso atraer a nadie hacia su posición. Intuía que la luz lo volvería vulnerable: un riesgo que no estaba dispuesto a correr. Mareado, apretó el pomo de la silla y recuperó el equilibrio. Los efluvios de la ciénaga le estaban jugando una mala pasada; no debió arriesgarse a cruzarla a aquellas horas. Su temeridad podía conducirlo a la autodestrucción. Se había perdido. Apretó los flancos del animal y se dirigió hacia un islote situado a su diestra, con la esperanza de encontrar el sendero que lo había conducido hasta allí.

A través de la bruma, durante un latido de su corazón, contempló una cara familiar... y luego se ocultó en las tinieblas.

 

II

 

UNA APARICIÓN DEL PASADO

 

 Un murmullo le escapó de la boca seca.

—¿Padre? —inquirió con recelo—. ¿Eres tú?

Solomon...

¿Había escuchado la voz del difunto Josiah Kane?

—¿Padre?

Una oleada de temor ascendió por su columna vertebral.

—¿Padre?... ¿Estás ahí?

La sangre le zumbaba en los oídos. Un hervidero movedizo le cubrió el cuerpo: enormes mosquitos chocaban contra su anatomía. El jinete agitó la mano, apartó a los insectos y taladró la negrura con la mirada, buscando el rostro de su progenitor.

—Siento haberte decepcionado, padre —susurró—. Los Tudor exterminaron a nuestra orden sin que pudiéramos evitarlo.

Su confesión se desvaneció. Quedaban pocos minutos de luz; pronto estaría a merced del terreno traicionero, encerrado entre las algas cubiertas de espuma.

—He sido un buen cristiano, padre —explicó—. Jamás me he apartado del camino recto.

El silencio sepulcral, matizado por el zumbido de los mosquitos, le dio la impresión de que estaba a punto de perder la cordura.

—¿Dónde estás, padre?

La neblina no le ofreció respuesta. El aire le pesaba en los pulmones y el cieno parecía espesarse por segundos.

—Padre...

Entonces su progenitor emergió entre las cañas, montado en un ruano de gran altura, y se dirigió hacia él. Su figura era borrosa; una impresión de triste bondad cubría su aura espectral, la misma que había visto en su rostro el día del funeral, hacía más de una década.

—¡Dios Todopoderoso!

Josiah Kane susurró con voz ronca:

Ten cuidado, hijo. Los pantanos de la Camarga rebosan de peligros.

Solomon sintió la carne erizarse.

—¡Brujería! —farfulló—. ¡Esto es obra de Satanás!

La voz del espectro resonó desde una distancia imposible.

He vuelto del más allá para advertirte que temo por tu vida...

Un juramento escapó de los labios de Kane.

—¡Por Lucifer! ¿Por qué me atormentas con tu presencia?

La figura comenzó a desvanecerse.

He de irme —musitó—. Recuerda que siempre te querré, hijo mío.

Un puño angustioso le apretó las entrañas.

—¡Padre! —gritó—. ¡Vuelve, padre!

El espectro de Josiah Kane se despidió con un susurro que pareció venir del fondo de las aguas:

Nos encontraremos en el Reino del Señor, Solomon...

 

III

 

LOS ACÓLITOS DE SATANÁS

 

Antes de que pudiera reaccionar, el cuerpo cambió y se convirtió en una máscara cruel: el filo de una espada buscó su cuello. Kane retrocedió, impulsado por sus reflejos entrenados, y esquivó la hoja que le lamió la nuez de Adán. Rápido como un resorte, sacó el cuchillo de la funda y lo hundió en el muslo de su atacante. Un aullido desgarró la niebla y rompió la quietud de la ciénaga.

Un caballo irrumpió entre los herbazales, bufando espuma por los belfos y con los ojos inyectados en sangre. Atontado, Kane desenvainó el estoque y logró parar un hachazo a duras penas. Una lluvia de chispas azules empañó su campo de visión. Dando un tirón a las riendas, saltó hacia adelante, escapó de sus adversarios y alcanzó una isla de hierbas quemadas por el sol.

Una flecha le rozó el hombro. El aguijonazo, a la altura del deltoides, lo obligó a rechinar los dientes. Tres enemigos tomaban posiciones. Solomon Kane reconoció su calaña de inmediato: bandidos, asaltantes de caminos, escoria que creía haber encontrado una presa fácil. El puritano arrancó la flecha, sacó el pistolón y disparó. El proyectil cruzó el aire y lanzó hacia atrás al primero de ellos. Guardó el arma y detuvo una nueva embestida del hacha; el golpe le insensibilizó el brazo y le provocó un calambre hasta el hombro.

—¡Te mataré! —bramó el rufián—. ¡Me comeré tu corazón!

Kane le dio un cabezazo y le rompió la nariz. La sangre le salpicó los ojos y nubló su visión. El hombretón lanzó un grito rabioso; sus ojillos porcinos se llenaron de lágrimas mientras se llevaba la mano a la cara ensangrentada. El inglés aprovechó la oportunidad y cortó la cincha de la silla: el gigante resbaló y se hundió en el cieno como una roca.

Otra flecha rozó el cuello de Solomon. Clavó los talones en los flancos del animal, atravesó los cañaverales y descargó la espada contra el casco del arquero. La hoja partió el cráneo hasta la mandíbula; trozos de masa encefálica saltaron de la herida espantosa.

Se volvió. El hombretón cruzaba el claro, enarbolando el hacha sobre los hombros, dispuesto a asesinarlo. El caballo relinchó, herido de muerte, con el costado abierto; las entrañas se derramaron sobre el barro. El agua invadió sus pulmones. Kane liberó la pierna atrapada bajo el cadáver del animal, levantó el estoque y contuvo la arremetida de su adversario. Escupiendo lodo, le propinó una patada en la entrepierna. El bandido brincó hacia atrás, soltando juramentos.

El inglés se incorporó, se arrancó el sombrero anegado de barro. Su expresión taciturna y amarga fue sustituida por el odio. El gigante se recuperó. La hoja del hacha rozó la cara de Solomon y le abrió un tajo en la sien. Kane dominó el dolor, cambió el arma de mano y la hundió hasta la empuñadura en el vientre del rival. El hombretón chilló y atrapó la hoja con las manos desnudas, expirando como un condenado en la cruz. El puritano retorció el estoque, sádico, gozando de su espantosa agonía.

La vida abandonó al gigante; sus ojos se pusieron en blanco y exhaló un estertor.

—¡Bastardo! —maldijo Solomon—. ¡Púdrete en el Averno!

Temblando por la tensión, enfundó la espada. Mareado, apretó la herida y detuvo la hemorragia como pudo. Uno de los caballos miraba el cadáver de su dueño, nervioso, con los ojos inflamados por el miedo. Kane lo tomó por las riendas y trató de calmarlo.

Agotado por la batalla, lo condujo hasta un islote y lo ató a una raíz que sobresalía entre las hierbas. Luego registró los cuerpos y se apoderó de sus escasas posesiones: unas monedas de cobre, alforjas con víveres, un pedernal de repuesto y una cuerda de buena factura. Aborrecía desvalijar a los muertos, pero no podía permitirse escrúpulos: había agotado las baratijas que guardó antes de salir tras Le Loup y necesitaba todo lo que encontrara para seguir adelante.

Más tarde, recogió sus pertenencias, ensilló la nueva montura y arrastró los otros dos corceles atados a la perilla de la silla. No podía quejarse: seguía vivo. Pocos hubieran sobrevivido a aquella emboscada. Lo sentía por el caballo caído; fue un buen compañero, merecía algo mejor que un hachazo en las tripas.

Cuervos siniestros surcaron los cañaverales, atraídos por el olor de la sangre, listos para darse un festín.

—¡Que os aproveche, pequeños! —dijo el inglés con sarcasmo.

La frase murió en sus labios. Una mano helada le paralizó el corazón. El mistral agitó el follaje y desdibujó su contorno. Entre las volutas de niebla vio el verdadero rostro de los cadáveres: cuerpos marchitos, piel apergaminada, colmillos de bestia, harapos que exhalaban el aliento de la tumba.

Vampiros… hijos de Lucifer, sedientos de la sangre de los inocentes.

El puritano retrocedió, tambaleante. Su mente de creyente rechazaba aquella visión impía, pero su alma sabía que era cierta. La ciénaga, los muertos, el olor del azufre... todo hablaba del Reino del Enemigo.

Espoleado por el miedo y la ira, Kane marchó hacia levante, en busca de tierra firme. Detrás de él, la niebla se cerró como una lápida. Aún le quedaba mucho camino por recorrer hasta Italia… y el Infierno no olvidaba su nombre.



viernes, junio 02, 2023

«RADIOGRAFÍA DEL BRITPOP: EL SUEÑO BRITÁNICO DE LOS NOVENTA» (PRIMERA PARTE)

BLUR VS OASIS: LA BATALLA DEL BRITPOP

El 14 de agosto de 1995, en una guerra orquestada por la prensa, Blur —miembros de clase media estudiantes de arte del sur de Inglaterra— y Oasis —chicos duros de los barrios pobres del norte del país— lanzaban los sencillos Country House y Roll With It respectivamente. Una histeria colectiva similar a la de The Beatles contra The Rolling Stones, hizo que los compradores invadieran las tiendas de discos. Más que un entretenimiento, la música se había convertido en un fenómeno social que reflejaba las tensiones de la época. Al terminar la jornada, los primeros resultaron vencedores de la batalla aunque, a la larga, Oasis dominarían el mercado con el multiplatino (What's The Story) Morning Glory? (Creation, 1995). Con el paso de los años ambas formaciones reconocerían que fueron títeres de los medios cuyo único objetivo era alcanzar notoriedad y vender ejemplares. Por desgracia para Blur, su imagen pública frívola e irónica quedó empañada frente a la de Oasis, que se convirtieron en los héroes de la clase trabajadora; ello causó su derrota definitiva en los charts.            

GÉNESIS DEL BRITPOP

Inglaterra, finales de los ochenta. El gobierno de Margaret Thatcher había hundido el país en la miseria: privatización de empresas, educación y medios a favor de los poderosos, recortes presupuestarios, índices de desempleo alarmantes y sindicatos en franca decadencia. El Partido Conservador continuaría en el poder y John Major se preparaba para tomar el relevo de la Dama de Hierro.

El 27 de mayo de 1990, sumida una nube tóxica propiciada por todo tipo de narcóticos, en la Isla de Spike se celebraba un festival con Dave Haslam, Frankie Bones, Paul Oakenfold, Gary Clail y The Stone Roses como cabezas de cartel. «El Woodstock de la Generación Baggy» lo denominaron los medios. A pesar de la pésima organización por parte de los promotores, el calor agobiante y la mala calidad del sonido, treinta mil asistentes pudieron disfrutar de la consagración de Ian Brown sobre los escenarios. Puede que aquel concierto fuera el punto álgido de la Movida Madchester.       

Madchester: El final del Segundo Verano Del Amor

Mánchester, después del declive de Joy Division y The Smiths, volvía a enarbolar el cetro de la industria musical británica gracias al funk, la psicodelia, el house, la electrónica y el éxtasis. El Segundo Verano del Amor traía una sensación de libertad, hedonismo y diversión, todo ello propiciado por la necesidad de olvidar los años implacables del thatcherismo, las raves, el MDMA y el cambio de milenio. 

The Haçienda, club propiedad de Tony Wilson, fue el precursor que llevaría a la música de baile a la adoración popular. The Stone Roses, Happy Mondays, World Of Twist, Inspiral Carpets, The Farm, Soup Dragons, The Charlatans y unos reconvertidos Primal Scream alcanzaron los primeros puestos de los charts con sus melodías dance rock heredadas de los sesenta. Yes Please! (Factory, 1992) de Happy Mondays, en lugar de salvar la discográfica Factory la obligó a declararse en bancarrota: el disco había costado una fortuna que los miembros del grupo dilapidaron en drogas. Por otra parte, New Order había tardado demasiado tiempo en presentar Republic (Factory, 1993): las discotecas de Ibiza eran mucho más interesantes que el estudio. 

Como último punto negativo, traficantes operaban en el exterior de The Haçienda y los clientes consumían agua en vez de alcohol. Todo ello, junto a la persecución por parte de la policía de las raves clandestinas, terminó por hundir el movimiento. La administración liderada con sumo celo por Major consideraba la cultura del ácido perjudicial para la juventud.      

La escena se celebra a sí misma: Distorsión deudora de la Velvet Underground

El shoegaze (etiqueta cortesía de New Musical Express) abrió la caja de los truenos con sus guitarras ruidosas, feedback, atmósferas espaciales, voces etéreas y melodías inspiradas en Cocteau Twins y The Jesus And Mary Chain. Aunque el movimiento compartió espacio y tiempo con Madchester, no alcanzó la repercusión del primero y fue condenado al underground. Bandas como Ride, Curve, Catherine Wheel, Slowdive, Pale Saints, Chapterhouse y —grupo icónico del género— My Bloody Valentine marcarían la pauta a seguir del futuro revival de The Horrors, True Widow, Pains Of Being Pure At Heart o A Place To Bury Strangers.

Aparte de no contar con singles digeribles para las masas y discos que destacaran en las listas, la actitud poco llamativa de los músicos shoegaze carecía de interés para la presa inglesa que deseaba escándalos, declaraciones controvertidas e imágenes rompedoras para llamar la atención del público. Formaciones que alcanzarían celebridad en el auge del Britpop —Blur, Lush, The Boo Radleys, The Verve— darían sus primeros pasos encuadrados en el movimiento hasta que cambiaron de estilo para permanecer en la industria.

NACIMIENTO DEL BRITPOP

El éxito internacional de Nirvana con Smell Like Teen Spirit y, por extensión, Nevermind (Geffen, 1991) desató la fiebre grunge que dominó ambos lados del Atlántico hasta mediados de los noventa. Ello demostró a las casas discográficas que el rock alternativo podía obtener enormes beneficios comerciales. Sistemáticamente, el Reino Unido se sintió amenazado. Tanto Melody Marker como NME, defenestraron el género que había irrumpido en las costas británicas conjugando un fuerte sentimiento de orgullo nacional a la vez que suspiraban por encontrar a los nuevos The Smiths. 

La Cool Britannia que bebía del Swinging London de los 60 representado por los The Who, The Rolling Stones, The Kinks, The Beatles y The Small Faces, se convirtió en la moda imperante para resituar Londres como centro de la galaxia musical. Un ejercicio de retroalimentación nacido en Camden cargado de energía positiva, esperanza y electricidad que los jóvenes aceptaron de buena gana. Por otra parte, un nuevo tipo de masculinidad promocionado por Loaded hacía hincapié en la ordinariez, los valores de la clase obrera, la ingestión de cerveza y el fútbol. Los colores de la Union Jack y Paul Weller eran motivo de veneración. Todo fue un producto de mercadotecnia: las bases habían sido cimentadas y marcarían la pauta a seguir por el Britpop durante el próximo lustro.   


Aunque The Stone Roses fueron vaticinados como dioses del rock que dominarían el mercado, su lucha legal con Silvertone los dejó fuera de combate. Cuando quisieron resucitar con Second Coming (Geffen, 1994) la atención de la prensa y el público estaba centrada en Oasis y su vuelta fue un rotundo fracaso.

Suede: Ambigüedad y desesperación existencial

La publicación del single The Drowners de Suede —banda influenciada por Bowie, Scott Walker y Morrissey— tuvo excelentes críticas y disparó el nacimiento del Britpop. El grupo tenía todo lo necesario para destacar: artificio, teatralidad, un cantante capaz de proporcionar titulares jugosos, y temas amargos y provocativos que trataban sobre urbanidad, aislamiento, sexo confuso, suicidio y drogas. Su primer disco homónimo, Suede (Nude, 1993), batió récords de venta hasta la llegada de Oasis al año siguiente. A diferencia de Denim, Shack, The Auteurs o Saint Etienne, las revistas especializadas encumbraron a la formación. 

Suede fue un éxito en Inglaterra gracias a canciones como Metal Mickey, Animal Nitrate o So Young pero, al igual que le sucedería a Blur por aquel entonces, no lograron triunfar en Estados Unidos. El tándem formado por Anderson/Butler fue comparado con la asociación Morrissey/Marr hasta que, durante la grabación de su segundo álbum, el guitarrista se vio obligado a abandonar el grupo alegando diferencias creativas. La llegada de Dog Man Star (Nude, 1994) silenció a aquellos que los daban por acabados con un elepé ambicioso, depresivo y asfixiante liderado por We Are The Pigs, The Wild Ones o New Generation. Aunque el disco tuvo aclamación crítica, no despachó tantas unidades como su debut. 


AUGE DEL BRITPOP

Primera generación del movimiento:

Blur: Narradores abúlicos del pop británico

Leisure (Food, 1991) —un híbrido madchester/soeghaze de las corrientes prominentes de la época—, incluía temas como She’s So High, There’s No Other Way o Bang que no consiguieron la consagración que Blur anhelaba. La gira de promoción por Estados Unidos dejó una sensación amarga a los músicos que empezaron a tratar el grunge con desdén, detalle que les impidió tener éxito en tierras americanas durante sus años de mayor popularidad. 

Popscene fue el preludio de las irónicas canciones de tradición británica y narrativa social inspiradas en los libros de Martin Amis que impregnarían sus álbumes hasta la mitad de la década. Bajo la tutela de Stephen Street (The Smiths) Modern Life Is Rubish (Food, 1993) con For Tomorrow, Chemical World y Sunday, Sunday como singles, estaba imbuido en un sentimiento patriótico que bebía de The Kinks, XTC, The Jam, Ian Dury y Madness. El disco fue alabado por la crítica y el estrellato no tardaría en hacer mella en Damon Albarn al que el éxito de Suede le resultaba insoportable; mantener una relación con Justine Frischmann, anterior pareja de Brett Anderson, daría material sobre el que escribir a los tabloides sensacionalistas. 


Parklife (Food, 1994) gracias al corte bailable Girls & Boys, los llevaría al número uno en el Reino Unido. Considerado un clásico desde su lanzamiento, To The End, Parklife y End Of A Century se desempeñaron de forma positiva a nivel comercial. Aunque la fórmula empezaba a dar señales de cansancio, The Great Escape (Food, 1995) continúa siendo el trabajo más vendido de Blur. Country House, The Universal, Stereotypes y Charmless Man entraron en el Top Ten mientras la “guerra” contra Oasis continuaba su curso. 

Oasis: La banda del pueblo  

Oriundos de Mánchester e influenciados por el glam rock, el punk y, sobre todo, The Beatles, Oasis representaba la otra cara de la moneda de Blur. Criados en viviendas de protección oficial, obras y pubs de mala muerte, antes de entrar en el estudio de grabación, habían esculpido su repertorio tocando en vivo durante años. Definity Maybe (Creation, 1994) vendió la friolera de 18 millones de copias y ofreció un ramillete de clásicos para tararear en estadios de fútbol: Supersonic, Live Forever, Cigarettes & Alcohol y Rock ‘N’ Roll Star. Aunque su sonido fuera criticado por limitarse a la misma fórmula de impenetrables muros de guitarras y estribillos contagiosos, no impidió que el público los adorara de tal forma que, aunque los futuros lanzamientos de la banda fueron inferiores a las viejas glorias, continuarían agotando las entradas de sus actuaciones. 

Los hermanos Gallagher alcanzarían la fama gracias a sus actividades extramusicales: egos exorbitados, insultos contra la prensa, compañeros de profesión y ellos mismos, peleas constantes y cabezonería. Ello aportó una corriente de aire fresco al mainstream, siempre ávido de provocaciones. (What’s The Story) Morning Glory?, aunque obtuvo tibias críticas, pulverizó cualquier predicción al convertirse uno de los elepés más exitosos de todos los tiempos. A Some Might Say (primer número 1 de la banda) seguirían Roll With It y las baladas Wonderwall y Don't Look Back in Anger. De enarbolar la bandera del proletariado, Oasis se habían convertido en multimillonarios insoportables. Más peleas, cocaína, deportivos, relaciones tormentosas, mansiones de lujo y una gira triunfal los transformaría en la formación inglesa más representativa de los noventa; la controversia siempre ayuda a vender discos. 


Pulp: Francotiradores del Britpop


Pulp, banda liderada por el excéntrico Jarvis Cocker, después de más de una década intentando alcanzar el estrellato, logró repercusión comercial por primera vez en su carrera gracias a los cortes Babies, Lipgloss y Do You Remember The First Time? incluidos en His 'n' Hers (Island, 1994). Las brillantes letras de Cocker, protagonizadas por una serie de personajes marginados y triviales, mezclaban lo sublime con lo patético, noches de excesos y frustración sexual.

Los medios que los habían ignorado hasta entonces, al percibir su error, no tardaron en deshacerse en elogios ante la inventiva de la formación. Un año después, aprovechando la fiebre Britpop, Different Class (Island, 1995) apareció en el momento oportuno. Common People se convirtió en un himno que los catapultó al primer puesto de los charts. Nadie esperaba un éxito tan rotundo por parte de una banda que había permanecido en la periferia de la industria durante tanto tiempo. 


El sonido de Pulp, a diferencia de otros grupos de la época, estaba influenciado por la música disco, Roxy Music, el krautrock y David Bowie. Aparte de su tema más conocido, destacan Mis-Shapes, Sorted For E's & Wizz y Disco 2000. Cocker, al descubrir que la gloria no era tan dulce como aparentaba, no tardaría en rebelarse contra su recién adquirido estatus de ídolo multitudinario.