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martes, agosto 25, 2026

FANFICTION — BRAN MAK MORN: «EL ÚLTIMO REY PICTO», PUBLICADO EN HISTORIAS PULP

Ni siquiera el diluvio

duró eternamente.

Acabaron bajando

las negras aguas.

¡Realmente, qué pocos

han pervivido!

Bertolt Brecht

I

LAS REFLEXIONES DEL REY PICTO

El manto aterciopelado de la noche, veteado de estrellas lejanas, cubría el continente hasta donde alcanzaba la vista. En el firmamento, la luna llena rasgó las pesadas nubes e iluminó los sombríos contornos del bosque.

Bran Mak Morn, último rey de los pictos, terminó la frugal cena y se puso en pie. La hoguera iluminó su figura fornida, de amplios hombros y caderas estrechas, ataviada con un taparrabos, una camisa de malla, una capa de piel y unas sandalias de cuero.

Triste, se ajustó la poblada melena negra bajo la banda de hierro que le ceñía la frente. Sus ojos, oscuros y melancólicos, escrutaron el cosmos infinito, que no ofrecía respuesta alguna a los interrogantes que le carcomían el alma.

A su espalda, Gonar el Sabio, sumo consejero del rey, dijo mientras se mesaba la barba blanca:

—Estás demasiado pensativo —comentó—. ¿Qué diablos te ronda por la cabeza?

Bran apretó los dientes.

—Me preocupa el destino de nuestro clan, Gonar. Las águilas romanas avanzan desde el este, dispuestas a acabar con el pueblo de los brezales. ¿Nunca terminará esta maldita guerra?

El anciano se encogió de hombros.

—Son tiempos difíciles, Bran. Has nacido en una época de caos, donde la palabra de un hombre carece de valor. No envidio tu destino.

El rey picto contempló los árboles, vencido por una amargura imposible de soportar. Antaño, aquellas tierras pertenecían a su pueblo. Eran hombres libres y no pagaban tributo a nadie. Ahora todo era diferente. La bota extranjera aplastaba los valles y las colinas donde habían morado sus antepasados, mientras palacios de mármol se alzaban por todos los rincones de Caledonia.

La civilización romana, viciosa y decadente, corrompía cuanto tocaba. Gracias a sus ejércitos implacables, superiores en armamento y tácticas de combate, habían dejado tras de sí una estela de muerte y destrucción, derrotando a todas las tribus que habían osado plantarles cara.

Un odio visceral ardió en su interior al recordar a los hombres crucificados que se pudrían bajo los elementos a lo largo de la Muralla, convertidos en alimento para cuervos y otras aves carroñeras.

Bran tragó saliva. La bilis que le subía por la garganta tenía sabor a hiel.

Lo peor era que, aun luchando contra Roma, sabía que aquella guerra estaba condenada al fracaso. Disponía de pocos guerreros y se encontraba en clara inferioridad para sostener un conflicto prolongado.

El rey cambió el peso de un pie a otro y entrecerró los párpados. Aquel dilema le impedía conciliar el sueño desde hacía semanas.

Solo le quedaba una opción: unir a todos los clanes bajo su estandarte y plantar cara a Roma.

El problema eran los jefes tribales. Existían demasiadas disputas y viejas rencillas entre el pueblo de los brezales. Convencerlos de luchar juntos no sería tarea sencilla.

Gonar carraspeó mientras removía el fuego con una rama.

—¿Piensas seguir adelante con tu plan? —preguntó—. Ningún hombre ha pisado las Marismas de los Muertos y vivido para contarlo.

Bran se volvió y lo miró a los ojos.

—Es mi única opción, viejo amigo —repuso—. Si la leyenda es cierta, habré resuelto gran parte de nuestros problemas.

El anciano fue inflexible.

—Pones tu vida en juego —protestó—. Si algo te ocurriera, no sé qué sería de noso...

Bran lo interrumpió con sequedad.

—Solo quiero que nuestro pueblo sobreviva, Gonar —gruñó—. ¡Prefiero morir antes que verlos convertidos en esclavos!

El viejo guardó silencio.

—Mi deber es arriesgar cuanto tengo por mis súbditos —terció Bran—. ¿Crees que ignoro lo que me espera si fracaso?

La voz de Gonar adquirió un tono sombrío.

—Los demonios vigilan las marismas, Bran. Quienes tomaron ese camino jamás volvieron a contemplar la luz del sol. Puedes perder algo más que la vida.

El rey picto soltó una carcajada salvaje.

—¿Cómo qué?

—Tu alma, por ejemplo.

Bran apretó el pomo de la espada que colgaba de su cinto hasta que los nudillos se le volvieron blancos.

—Me da igual —masculló—. Haré cuanto sea necesario para expulsar a las legiones y proteger todo cuanto hemos defendido durante siglos.

El anciano dejó escapar un suspiro resignado. Conocía a su rey desde el día de su nacimiento. Nada lograría hacerlo retroceder. Era tan testarudo como valeroso.

Bran recordó las historias sobre las Marismas de los Muertos. Leyendas susurradas junto al fuego de los campamentos. Relatos sobre criaturas monstruosas que custodiaban aquel territorio desde hacía eones.

Sacudió la cabeza y desterró aquellos pensamientos. Su destino descansaba en manos de los dioses.

Decidido, contempló los cenagales que se extendían en el horizonte durante kilómetros. Necesitaría un milagro para encontrar aquello que buscaba.

Un escalofrío supersticioso recorrió su espalda y le erizó el vello de la nuca.

El rey se despidió de su consejero.

—Gracias por acompañarme hasta aquí, Gonar —dijo—. Si no he regresado al amanecer, vuelve a Baaldor y reúne a los hombres. Lucha hasta el último de nuestros guerreros. Impide que Roma nos convierta en esclavos, como ha hecho con tantos otros pueblos de Britania.

El anciano se incorporó y le estrechó la mano con fuerza.

—Suerte, Bran —musitó—. Entonaré una plegaria por ti.

Sin más preámbulos, el picto dio media vuelta y tomó el sendero que descendía entre las lomas. Poco a poco, su figura se fundió con las tinieblas, internándose en un territorio tan odiado como temido.

Gonar permaneció inmóvil, con la mirada cargada de preocupación, sintiendo que algo valioso moría en su interior.

Un murmullo escapó de sus labios.

—Que los dioses te protejan, mi rey...

 II

LAS MARISMAS DE LOS MUERTOS

Bran alcanzó el bote que los había conducido hasta aquel lugar. Con movimientos ágiles, lo arrastró sobre la ribera del río y lo empujó al agua. El rey picto empuñó los remos y avanzó en dirección sur, ignorando los vapores fétidos que impregnaban el ambiente. Las primeras estrellas despuntaron en el firmamento e iluminaron las marismas hediondas. Una vaga sensación de temor le invadió el corazón: estaba seguro de que algo lo observaba entre las sombras.

Lentamente, cruzó los canales putrefactos, adentrándose en el corazón de las tinieblas, que parecían querer aplastarlo con su peso. La bruma se arremolinó alrededor de la barca y le atravesó los pulmones, dificultándole la respiración. Los nubarrones ocultaron la luna. Bran no podía encender una antorcha: si las leyendas eran ciertas, la luz significaría su perdición. Sin prisa, pero sin pausa, continuó adelante, sorteando los pequeños islotes rodeados de cañaverales. La atmósfera opresiva lo hizo dudar de sus planes: puede que su empresa fuera un suicidio.

El rey picto apretó los remos con fuerza y penetró en una laguna un poco más amplia que las demás. Un relámpago iluminó las montañas distantes y retumbó sobre la tierra. Desde el cielo, una fría llovizna empezó a picotear las aguas, empapándolo de la cabeza a los pies. Bran se arrebujó en la gruesa capa y forzó la vista: creía distinguir una sombra de gran tamaño a muchas brazas de su posición.

El silencio turbador que dominaba el páramo le impedía relajarse. A diferencia de otros lugares de Caledonia, en los pantanos no habitaba alma humana alguna. Los hombres de los cenagales, mezcla de celtas y britanos, evitaban las marismas desde hacía muchos años. Aquella tierra dormida, cuyos secretos se perdían en los albores de la historia, estaba colmada de poderes intangibles, desconocidos incluso para los sabios.

Unas garzas levantaron el vuelo, rompiendo la quietud del erial. Bran observó a los animales dar media vuelta en el aire y desvanecerse en la penumbra, asustados ante la presencia del bárbaro invasor que se atrevía a desafiar los misterios de las lagunas.

Una hora después, la silueta embarrancada entre los islotes adquirió sustancia propia, creciendo de tamaño según el bote se aproximaba. Los altos juncos se arremolinaron en torno a la embarcación, arañando la quilla de madera e impidiéndole ver el camino con nitidez. El rey picto se introdujo entre los cañaverales, pasando por alto el viento cortante y la lluvia helada, con una determinación que iba más allá de la responsabilidad o del coraje.

De nuevo, tuvo la desagradable impresión de que unos ojos monstruosos acechaban sus movimientos. Nervioso, dejó de remar y escudriñó las sombras, listo para vender cara su piel. Algo parecido a una risa, carente de cualquier sentido del humor, se escuchó a su derecha.

Bran se incorporó con el arma en la mano. La hoja centelleó como una línea de plata en la oscuridad. Tal como había aparecido, la voz se desvaneció, permitiendo que el silencio volviera a cubrir el páramo. El rey picto enfundó la espada y volvió a tomar los remos: quizá todo había sido producto de su imaginación.

El lodo burbujeante fluctuó debajo de sus pies y emitió gases venenosos, enrareciendo aún más la atmósfera contaminada. Bran contuvo la respiración y atravesó la laguna: por fin había alcanzado su objetivo.

Las nubes se rompieron durante un segundo, permitiéndole ver los contornos del navío encallado entre los islotes coronados de hierba seca. El rey picto experimentó un temor reverencial desconocido: hasta la fecha nunca había visto un barco de aquella envergadura. De la vieja galera romana, semihundida sobre el costado de estribor, emanaba un aura de malevolencia indescriptible.

Bran apaciguó los latidos de su corazón y se limpió la frente cubierta de sudor; a pesar del frío y la llovizna, transpiraba. Un enorme boquete abría el casco a la altura de la línea de flotación. La superficie del barco había sido corroída por la intemperie y la humedad propias de la zona.

El picto esperó unos minutos hasta que el pálido resplandor de las estrellas volvió a mostrarle los confines del pantano; al parecer, aquella era la única entrada viable para acceder al cascarón. Mientras avanzaba hacia el agujero, la niebla otorgó un aspecto fantasmal y amenazador al barco.

¿Cuántos valientes habrían perecido intentando descubrir los secretos que escondía en su interior?

La estela del bote levantó pequeñas olas que chocaron contra la madera podrida. De inmediato, arrugó la nariz, vencido por el hedor nauseabundo y penetrante que escapaba de las entrañas de la trirreme. La fetidez era idéntica a la de un campo de combate atestado de cadáveres.

Bran venció la repugnancia y accedió al interior de la galera. Las tinieblas lo circundaron, propagando una gelidez profana y estremecedora que erizó hasta el último poro de su anatomía. Con gestos rígidos, tomó un rollo de tela embreada del fondo de la barca y sacó una antorcha, prendiéndola con yesca y pedernal.

La luminiscencia le mostró las aguas estancadas y ponzoñosas que llenaban la bodega a oscuras. Gracias a aquellas naves de guerra, con sus espolones de acero y dotaciones sanguinarias, Roma había conquistado todos los océanos del mundo.

¿Cómo demonios había naufragado aquel barco en las marismas de su país?

Bran ató el bote a una cuaderna y saltó al exterior. El barro que cubrió sus pies le arrancó un escalofrío de asco. Con el arma en la diestra y la tea en la siniestra, caminó hacia el interior de la nave, buscando respuesta a sus preguntas.

III

UNA CANCIÓN DE LA RAZA 

El rey picto avanzó con cautela, midiendo cada uno de sus pasos, dispuesto a enfrentarse a quien hiciera falta. El silencio de los cenagales no era nada comparado con el que reinaba en las entrañas de la trirreme. El agua sucia le cubría las rodillas con su masa viscosa. Bran movió la antorcha de un lado a otro, intentando traspasar las tinieblas, algo del todo imposible. Lentamente, fue penetrando en la bodega, alejándose del mundo exterior. Su pie tropezó con un objeto indeterminado, haciéndole perder el equilibrio. Curioso, inclinó la tea hacia el suelo: un esqueleto le sonrió con sus facciones descarnadas. El rey picto reculó involuntariamente. Su entorno estaba lleno de cuerpos consumidos por los peces.

—¡Por todos los fuegos del Infierno! —gruñó—. ¿Qué diablos ha pasado aquí?

Bran contuvo el aliento mientras estudiaba los cadáveres cubiertos de jirones de ropa. Por el aspecto de los huesos quebrados, comprendió que pertenecían a los antiguos tripulantes de la nave. Cascos y armaduras oxidadas, junto a lanzas y escudos rotos, lo circundaban como un dosel lúgubre.

Un susurro espectral rompió la quietud aplastante y le puso la carne de gallina. Bran se volvió con la espada en alto. Ante él solo encontró oscuridad. Las viejas supersticiones, heredadas de generación en generación, lucharon por controlar su temple. Quería gritar de angustia, huir a cualquier parte, escapar de las sombras que lo acechaban en la penumbra.

Cualquier otro hombre habría sucumbido a sus temores, pero el rey picto, demostrando la pureza de su sangre y el valor de sus ancestros, resistió el impulso de regresar a la barca y buscar tierra firme.

Inesperadamente, una hilera de cofres de hierro apareció ante sus ojos. Exultante, Bran alzó la espada sobre su cabeza y la descargó contra uno de los baúles. El acero reventó la cerradura entre una lluvia de chispas carmesíes. A pesar de la oscuridad, distinguió el contenido del cofre: con aquellos lingotes de oro podría comprar la ayuda de Cormac na Connacht, príncipe de los galos del norte.

El rey picto se congratuló consigo mismo. El sabor de la victoria era más dulce que el mejor vino.

Entonces, cuando menos lo esperaba, algo le aferró la pierna con un tacto informe. Sobresaltado, lanzó un grito de repulsión al descubrir el miembro fluorescente, de aspecto gelatinoso, que pretendía arrastrarlo a las profundidades de la ciénaga. Sin detenerse a pensar, impulsado por sus curtidos reflejos de luchador, hundió la espada en el tentáculo coronado por gruesas ventosas. El acero perforó la carne palpitante y diseminó un chorro de sangre negra en las aguas empozadas.

Siseando, la extremidad desapareció en la penumbra, dejando una estela lóbrega tras su paso.

Bran retrocedió a trompicones, vencido por un horror indescriptible. El estómago se le subió a la garganta y estuvo a punto de devolver la cena que había ingerido pocas horas antes. Con la boca seca y los nervios a flor de piel, escrutó las tinieblas en busca de su rival, preparado para matar o morir.

¿Qué clase de criatura primigenia, desconocida para el hombre, habitaba en las Marismas de los Muertos?

El rey picto comprendió que su presencia había despertado a la bestia que moraba en el erial mucho antes de que el pueblo de los brezales surgiera de las catacumbas de la historia. Aquella galera romana, ignorante de las leyendas del país que había pretendido conquistar, fue destruida por el mismo ser que ahora intentaba acabar con él.

—¡Adelante! —exclamó—. ¡No moriré sin prestar resistencia!

La criatura pareció aceptar su desafío y el barco osciló con brusquedad. Las aguas se alzaron como una marea fosca e inundaron la bodega, creando pegajosos remolinos de espuma. Bran luchó por mantener el equilibrio y apenas logró sostenerse en pie. Los aparejos de la trirreme, carcomidos por el paso del tiempo, crujieron siniestramente al venirse abajo. Una fuerza imponente y destructiva, que escapaba a la comprensión de los seres humanos, había decidido hundir la nave.

El rey picto pasó por alto sus miedos y se abrió paso hacia el bote; salir de allí cuanto antes era su única oportunidad de sobrevivir. El lodo ascendió a gran velocidad y devoró los baúles y los cuerpos de los legionarios. Bran lanzó un juramento entre dientes: su fervor por aniquilar Roma lo había conducido al borde de la autodestrucción.

Una corriente de agua golpeó su cuerpo y le arrancó la antorcha de la mano. A oscuras, cubierto de barro hasta el cuello, luchó por conservar una bocanada de aire en los pulmones. La galera, impulsada por los miembros infernales de su adversario, se partió por la mitad y se deslizó hacia las profundidades.

El picto cerró los ojos. Su hora había llegado…

Las legiones romanas recorrían las tierras de Britania, inmisericordes, trazando un camino de fuego y sangre. Los cielos se oscurecieron. Miles de soldados, calzados con botas de hierro, aplastaron la resistencia de los hombres de Caledonia, convirtiendo a los orgullosos pictos en pálidas sombras de lo que fueron.

El pueblo de los brezales pereció, una tribu tras otra, derrotado por los invasores que habían reclamado su país como propio. El viento recorrió las colinas atestadas de túmulos funerarios, cargado de cenizas y humillación, apagando los alaridos de los moribundos. Los muertos se revolvieron en sus tumbas, airados por el ultraje sufrido, incapaces de volver a descansar en paz.

Los años pasaron mientras aquella raza indomable desaparecía bajo los depravados hábitos de sus conquistadores. Roma, como otros grandes imperios de la antigüedad, también sucumbió al lento declive que traen los siglos. Toda su grandeza, atesorada en leyes escritas sobre tablas de piedra, desapareció sin dejar rastro.

Los bárbaros que moraban en Europa, al descubrir que los hombres a quienes tanto habían temido se habían vuelto vagos e indolentes, no tardaron en plantarles cara. Nuevos fuegos se alzaron en el horizonte teñido de escarlata, iluminando las ciudades de mármol que terminaron pasando a la historia, vencidas por individuos feroces y apasionados.

Tal como había aparecido, el Imperio romano se transformó en un jirón de niebla en la memoria de los hombres. Las hazañas de los ejércitos que antaño dominaron el mundo se desvanecieron en el péndulo del tiempo.

Una religión despiadada reemplazó a los viejos dioses. La cruz donde los romanos colgaban a quienes consideraban malhechores se convirtió en su símbolo. Los hombres del futuro, idólatras e ignorantes, olvidaron las leyendas del pasado, erigiendo iglesias y estatuas a su Dios.

Los cristianos, tal como se denominaban a sí mismos, instauraron su fe a lo largo y ancho del mundo conocido. La oscuridad del pensamiento y del espíritu se apoderó de Europa, convirtiendo a las orgullosas tribus libres en pueblos supersticiosos, obsesionados con el pecado original.

Bran Mak Morn, al contemplar los acontecimientos venideros y comprender que su pueblo carecía de toda posibilidad de sobrevivir, rompió a llorar.

El sol rasgó las nubes grises y se deslizó sobre los cenagales. Exhausto, con el cuerpo convertido en una constelación de moratones y cortes menores, el rey picto abrió los párpados. La visión de la bóveda celeste lo devolvió a la realidad: los dioses aún le concedían tiempo.

Bran se puso en pie. Tenía las rodillas y los brazos cubiertos de rasguños y lodo seco. Instintivamente, llevó la mano a la cadera y descubrió que había perdido la espada.

Una brisa agitó los juncos ondulados y le refrescó el rostro. El rey intentó recordar lo sucedido después de que la nave fuera atacada, pero su mente permanecía en blanco; unas lagunas más profundas que las que lo rodeaban le habían arrebatado la memoria.

Con expresión sombría, examinó los bordes del erial en busca de algún punto de referencia para regresar al campamento donde Gonar lo esperaba. Su búsqueda había resultado una pérdida de tiempo. La galera romana yacía en el fondo del pantano, inaccesible para cualquiera que codiciara los tesoros que escondía en su interior.

Bran refunfuñó lleno de rabia:

—¡Malditas sean todas las criaturas del Infierno! He arriesgado el cuello para nada… ¡Volveré a Baaldor con promesas vanas y la bolsa vacía!

La derrota le supo tan amarga como el destino que pesaba sobre sus hombros. Ya no disponía de medios para comprar a los galos; tendría que confiar en que el destino le mostrara una solución más adelante, algo que lo exasperaba.

El rey picto apartó pensamientos fatídicos que le rondaban la cabeza. La carga de preservar a su pueblo le resultaba insoportable. Deprimido, inspiró una bocanada de aire y cruzó el islote de un extremo a otro, impulsado por una voluntad sin límites.

Lentamente, avanzó hacia el norte hasta que su figura se perdió entre las marismas como una sombra.

Sin saberlo, había dado los primeros pasos que lo convertirían en leyenda…



miércoles, julio 29, 2026

FANFICTION — TERMINATOR: «ECOS DEL FUTURO», PUBLICADO EN PORTAL CIENCIA Y FICCIÓN

Observando a John con la máquina, de repente lo vi claro. El Terminator jamás se detendría, jamás le abandonaría y jamás le haría daño. Ni le gritaría ni se emborracharía para pegarle. Ni diría que estaba demasiado ocupado para pasar un rato con él. Siempre estaría allí y moriría para protegerlo. De todos los posibles padres que vinieron y se fueron año tras año, aquella cosa, aquella máquina, era la única que daba la talla…

Sarah Connor

 

1

JOHN CONNOR

John apretó el martillo con ambas manos, ignoró los haces tórridos del sol y continuó golpeando la roca. A su alrededor, las excavadoras rompían las paredes del cañón y desmenuzaban las grandes piedras, propagando un estruendo ensordecedor. El sudor resbaló por su espalda y le empapó la camiseta: necesitaba un descanso. Agotado, soltó la herramienta, se inclinó, agarró una botella de plástico y tomó un trago. Una mueca crispó su expresión: tenía que haber dejado el agua a la sombra.

Como de costumbre, Connor trabajaba solo. Sus compañeros lo evitaban en la medida de lo posible; les desagradaba su actitud reservada y taciturna. John levantó la cabeza y observó a los obreros situados a un centenar de metros. Estos le lanzaban miradas burlonas y cuchicheaban a sus espaldas. Sin dar importancia al asunto, estiró los músculos doloridos, apretó el mango del martillo y volvió al trabajo con renovados ánimos.

Poco a poco, el sonido del metal contra la roca lo apartó de sus tétricos pensamientos y calmó los dilemas que le roían las entrañas. John había tenido una mala noche. Apenas pudo dormir y, cuando por fin lo consiguió, negras pesadillas asaltaron su sueño. Un suspiro le escapó de los labios. No quería recordar las imágenes de la madrugada anterior. Cargaba con demasiados remordimientos. El peso del futuro se desplomaba sobre su espalda.

Hacía meses que Connor vagaba por Los Ángeles, sin rumbo ni dirección, enlazando una profesión miserable con otra mientras huía de un pasado que amenazaba con aplastarlo. De vez en cuando anhelaba la compañía de otras personas, sentirse parte del mundo, pero sabía que su destino era la soledad: no soportaría perder a quienes amaba.

Ahora, después de tantos años desde la destrucción de Cyberdyne, las dudas regresaban una y otra vez. ¿Realmente habían evitado el Juicio Final? Un escalofrío recorrió su columna y le erizó el vello de la nuca. Algo en su interior le advertía de que todos sus esfuerzos habían sido inútiles. John sacudió la cabeza, apartó el sudor de los ojos y procuró alejar aquellos pensamientos. Estaba harto de sufrir por algo que escapaba a su control.

Furioso, descargó el martillo contra la piedra una y otra vez, hasta que sus brazos se convirtieron en una masa ardiente. Fragmentos de roca le salpicaron el rostro, arañándole las mejillas, mientras se obligaba a seguir golpeando: pensaba dormir tranquilo aquella noche.

Derrotado, bajó el martillo y recuperó el aliento. Un hierro al rojo vivo parecía atravesarle el costado derecho, a la altura de las costillas, impidiéndole respirar con normalidad. Connor agradeció el dolor. Le recordaba que seguía vivo, insuflaba energía a sus miembros agotados y avivaba el fuego de la rebelión que ardía en su interior: Skynet había fracasado en su intento de eliminarlo.

Sin embargo, aquella exaltación dio paso enseguida a una tristeza infinita. Tendría que haber muerto antes de nacer. Connor apretó los labios y contuvo el aliento. Unas lágrimas recorrieron sus facciones, deformadas por la amargura. Molesto consigo mismo, se secó el rostro y se frotó las manos contra los vaqueros cubiertos de polvo. Consideraba la fortaleza una obligación permanente.

En aquel instante, una sombra amenazadora lo obligó a girarse, tenso como un cable a punto de romperse, empuñando el martillo con ambas manos.

—¡Lo has asustado!

Un corro de hombres, latinos en su mayoría, con los brazos cubiertos de tatuajes, cadenas al cuello y gorras caladas hasta las cejas, lo rodeó entre burlas, dispuesto a divertirse a su costa.

John comprendió la situación al instante y se preparó para luchar. Una frialdad implacable se apoderó de él, relegando el nerviosismo y las inquietudes a un segundo plano. Aquellos cretinos ignoraban con quién estaban jugando.

—¿Qué queréis?

El que parecía el jefe del grupo dijo:

—Los maricas como tú no deberían trabajar con hombres de verdad, Connor.

John sonrió con desprecio.

—Entonces hace tiempo que deberías estar vendiendo coca, colega. Te han metido tantas pollas por el culo que tienes un buen agujero donde guardar el material.

El mexicano enrojeció de rabia.

—¡Te voy a abrir la cabeza!

Antes de que terminara la frase, Connor le estampó la cabeza del martillo contra la nariz. El crujido de los huesos acompañó al chorro de sangre y a un grito ahogado. John saltó a un lado, esquivó el embate de su adversario y lo derribó de una patada en la espalda. El hombretón lanzó un alarido de sorpresa y se desgarró las palmas al estrellarse contra el suelo.

Connor levantó el martillo, dispuesto a aplastarle el cráneo, pero una chispa de lucidez atravesó sus pensamientos antes de descargar el golpe. La cabeza de la herramienta impactó a escasos centímetros de la oreja del hombre, levantando una nube de polvo.

Colérico, se volvió hacia los demás, que guardaban silencio, sorprendidos por la velocidad del individuo al que habían subestimado.

—¿Estáis contentos? —inquirió—. ¿Os habéis divertido?

Nadie respondió. La derrota de su líder les había bajado los humos.

John recorrió el grupo con la mirada. Ya no veían a un joven delgado, de huesos nudosos y expresión solitaria, sino a un hombre capaz de dominar la situación con una seguridad que imponía respeto.

—¡Llevadlo a la enfermería! —masculló en español—. ¡Casi le hundo la nariz en el cerebro!

A regañadientes, dos mexicanos levantaron al herido y lo arrastraron lejos del corro. El desprecio había dado paso al miedo: aquel gringo tenía agallas y un temperamento peligroso; convenía mantener las distancias.

Connor detuvo al trío con un gesto y se dirigió a su antagonista con voz glacial.

—Cuando quieras la revancha, estaré esperándote —puntualizó—. La próxima vez te mataré. ¿Entendido?

El herido musitó unas palabras de disculpa con los ojos anegados en lágrimas.

—¡Volved al trabajo! —gruñó John—. ¡Queda mucho por hacer!

2

PESADILLAS

Al entrar en la habitación, Connor arrojó la mochila sobre la cama, cerró la puerta con llave y encajó una silla bajo el picaporte. Después sacó una Beretta 92FS del bolsillo trasero del pantalón, comprobó el cargador y amartilló el arma.

Metódico, recorrió la estancia con la mirada y evaluó las posibles vías de escape en caso de ser atacado: las ventanas del segundo piso, la escalera de incendios que descendía hasta la calle y la solidez de la pared del baño. Todo parecía en orden.

Se desnudó, lanzó la ropa sucia a un rincón y se dio una ducha caliente que apenas alivió sus preocupaciones. Quince minutos más tarde, frente al espejo del baño, estudió su rostro bronceado por el sol de California. Aunque todavía conservaba la apariencia de un adolescente, John sabía que jamás había tenido la oportunidad de disfrutar de una vida normal. Los reveses y sinsabores del pasado habían moldeado su carácter.

Limpió el vaho del espejo con una toalla. En sus ojos se agitaban pozos de amargura y resentimiento.

Con los hombros hundidos, abandonó el baño y regresó a la habitación. Desde el exterior, un pálido haz de luz nocturna atravesaba las persianas y bañaba uno de los laterales de la cama. Connor dejó la mochila en el suelo, escondió el arma bajo la almohada y se tumbó boca arriba, con los dedos entrelazados bajo la nuca.

El rumor de los vehículos que recorrían las calles llegó con claridad hasta sus oídos: chirridos de neumáticos, bocinas, motores de gran cilindrada, equipos de música y tubos de escape. Cerró los párpados e intentó ignorar el calor agobiante. Al día siguiente le esperaba una larga jornada en la carretera.

John había gastado sus últimos ahorros en aquella habitación de motel de mala muerte, situada en las afueras de la ciudad. Después del incidente, terminó la jornada, exigió el cheque al capataz, recogió sus pertenencias de la taquilla y abandonó la obra.

Quería evitar llamar la atención. Desde aquel momento, los demás obreros ya no lo considerarían un petimetre, un gringo blanco con pocos redaños, sino un tipo peligroso capaz de defender el pellejo. Le harían la vida imposible.

Una sonrisa burlona se dibujó en sus labios. Solo por contemplar las caras de sorpresa de los mexicanos había merecido la pena participar en aquella estúpida pelea.

Tenso, se volvió hacia la izquierda, introdujo la mano bajo la almohada y acarició la culata de la pistola. Su contacto le proporcionó la seguridad que necesitaba. Veinte minutos después, cambió de postura una vez más. Le costaba conciliar el sueño.

Tumbado sobre el costado derecho, taladró las sombras con la mirada y recordó a su madre, muerta de leucemia dos años atrás.

Sin darse cuenta, Connor había comenzado a comportarse como ella. Adoptaba aquella actitud fría y distante, desprovista de afecto, que tanto había odiado durante su infancia. Por desgracia, ahora comprendía a Sarah demasiado bien. La pérdida y las privaciones la habían convertido en un bloque de acero.

John apretó los labios y recordó el espantoso hospital psiquiátrico de Pescadero, donde permaneció encerrada durante años, atrapada entre las paredes blancas de una celda y repudiada por quienes se negaban a aceptar la verdad: el Juicio Final se acercaba.

«Siento no haberte comprendido, mamá», pensó. «Fui egoísta. Te fallé cuando más me necesitabas».

Después pensó en su padre, Kyle Reese, un soldado de Tech-Com al que jamás había conocido. ¿Cómo pudo su madre enamorarse con tanta intensidad de aquel hombre?

Sacudió la cabeza y rememoró las palabras del Terminator:

«Lo conocerás».

Muchos años después, cuando las máquinas alcanzaran la cúspide de su poder, John enviaría a Reese al pasado, al año 1984, para proteger a Sarah Connor y convertirse, sin saberlo, en su progenitor.

¿Cómo podía conocer de antemano lo que sucedería entre ambos?

La paradoja de los viajes temporales, los caprichos del destino y las implicaciones de convertirse en el líder de la humanidad empeoraron su ánimo. Habría entregado el alma por ser otra persona. Rechazaba al hombre en el que acabaría transformándose.

Boca abajo, Connor repasó su vida desde la muerte de su madre en aquel hospital de Nuevo México: las horas de soledad, los trabajos degradantes, las pesadillas, la angustia de vivir sin respuestas y la ausencia de cualquier objetivo.

A pesar de haberlo intentado con todas sus fuerzas, seguía sin reconstruir su existencia. Vivía al día, tratando de escapar de algo que ni siquiera podía explicar.

¿Y si todo eran imaginaciones suyas? ¿Y si las máquinas del futuro jamás llegaban a existir? ¿Y si realmente habían conseguido detener el apocalipsis nuclear?

La imagen de Sarah, fría y distante, ocupó su memoria. Detrás de cada uno de sus actos siempre había existido amor: una entrega absoluta que solo alguien verdaderamente abnegado podía ofrecer sin esperar nada a cambio.

Era demasiado tarde para valorar a la única persona que lo había querido.

El dolor de la pérdida le humedeció los ojos. Le parecía increíble que todavía le quedaran lágrimas.

Finalmente, el cansancio venció a John y su conciencia se desvaneció en las tinieblas. Sus sueños, débiles al principio, aumentaron de intensidad hasta mostrarle el futuro que tanto deseaba evitar...

Una cegadora luz blanca cubrió el horizonte y abrasó las colinas cubiertas de hierba. Los edificios desaparecieron bajo una tormenta de fuego.

Tres mil millones de personas perecieron bajo el impacto de los misiles nucleares que barrieron la Tierra de un extremo al otro.

Meses después, cuando los efectos inmediatos de la radiación comenzaron a disiparse, los supervivientes tuvieron que enfrentarse al verdadero horror: la guerra contra las máquinas.

Millones de T-1, T-600 y T-800, apoyados por HK-Tank, HK-Aerial y enormes Harvesters, ocuparon las ruinas, masacraron a la población e instalaron campos de exterminio para abastecer sus fábricas. Los Ángeles se convirtió en un erial de rascacielos derruidos, vehículos carbonizados, carreteras desiertas y esqueletos calcinados.

En aquel páramo, la Resistencia combatía a duras penas contra organismos cibernéticos superiores en fuerza, capacidad y número.

John contempló a los supervivientes hacinados bajo tierra como animales: sucios, desesperados, ocultos en túneles pestilentes y obligados a alimentarse de ratas y desperdicios.

Escuchó las súplicas de sus futuros hombres, el fragor de los láseres, el retumbar de las explosiones, las ráfagas de las ametralladoras y los gritos de los moribundos.

Adondequiera que fuese, la gente repetía su nombre y se aferraba a él en busca de esperanza.

John Connor.

John Connor.

John Connor.

Lo peor aguardaba en el exterior: miles de kilómetros de escombros impregnados de azufre y combustible, por los que debían luchar a diario.

Eran los restos de un planeta que Skynet había reducido a cenizas después de que los militares, cegados por la arrogancia y la avaricia, le entregaran el control de sus ejércitos y sistemas defensivos.

Al comprender lo que le esperaba, los horrores que tendría que presenciar y la responsabilidad que pesaría sobre sus hombros, John rompió a llorar.

Y continuaba llorando cuando despertó, vencido por un dolor que le atenazaba las entrañas y le robaba el aire.

Aturdido, se encogió sobre sí mismo en busca de algún consuelo, de una chispa de claridad capaz de apartarlo de aquel horror. Gruesas gotas de sudor le recorrían la frente. La atmósfera cargada de la habitación resultaba insoportable.

Connor sacó la pistola y observó el brillo azulado del cañón.

Sintió la tentación de acabar con todo de una vez.

Un impulso ajeno a su voluntad lo llevó a introducir el cañón en la boca. El sabor metálico y grasiento le invadió la lengua.

Bastaba con apretar el gatillo. Sus problemas desaparecerían. Las pesadillas terminarían. Por fin sería libre.

Temblando, retiró el arma y la dejó sobre el colchón. Después se secó las lágrimas que le recorrían las mejillas.

Sabía que aquel no era su destino.

3

EXTERMINADOR

Bruscamente, un estampido atravesó la calle y lo arrancó de sus morbosas propensiones. Con los nervios en tensión, saltó hacia la ventana y apartó las cortinas. Su físico desnudo quedó recortado a contraluz. Era un blanco fácil para cualquier francotirador, pero aquel detalle carecía de importancia para él.: estaba demasiado turbado por la reciente pesadilla.

En el exterior, al otro lado de la calle, frente a una gasolinera, un camión cisterna había perdido el control. John evaluó la magnitud del desastre: el vehículo estaba volcado sobre uno de sus costados y perdía gasolina copiosamente por el motor abierto, manchando el alquitrán ya ennegrecido por el aceite.

«Ponte a cubierto, idiota», pensó. «Si han enviado un Terminator, te localizará sin problemas».

De inmediato, Connor cerró las cortinas, se puso una muda limpia que llevaba en la mochila, guardó varios cargadores en los bolsillos de los vaqueros y regresó a su puesto de observación. Esta vez tomó las precauciones indispensables: se inclinó a un lado de la ventana, apartó apenas un resquicio de la cortina y oteó la avenida con la mirada alerta.

Un empleado salió de la gasolinera. Su mono amarillo con el logotipo del establecimiento era inconfundible. Cruzó la calle, asustado, y se aproximó al siniestro con la boca abierta por el asombro.

John estuvo a punto de gritar para advertirle que se apartara del camión, pero los nervios le cerraron la garganta. Los latidos de su corazón amenazaban con ahogarlo, le dolían los pulmones de contener el aliento y estaba demasiado aterrado para moverse.

La puerta del vehículo cayó al suelo con un sonoro estruendo metálico, permitiéndole distinguir la silueta del conductor.

Connor reculó unos centímetros.

Había reconocido aquella figura.

«Es imposible», pensó con las piernas temblando. «Yo lo vi arder en aquella fábrica...».

Un hombre de casi dos metros de altura, vestido con ropas de cuero negro, quedó iluminado por las farolas. El rostro inexpresivo, la mandíbula cuadrada y el cabello cortado al cepillo giraron lentamente a ambos lados, como si estuviera calculando su posición.

¿Acaso contemplaba al T-800 que le había salvado la vida en el pasado?

John pasó por alto sus reservas y su cautela habitual. Debía cerciorarse de que aquel individuo era quien creía que era.

El conductor descendió del camión, avanzó entre los coches destrozados y se dirigió hacia el empleado de la gasolinera.

Un disparo quebró la quietud de la noche.

El joven salió despedido hacia atrás con la cabeza abierta en dos.

Connor ahogó un grito y aferró la culata hasta que le dolieron los dedos: Skynet lo había localizado. Todo encajaba. Los Terminators siempre actuaban igual: conseguían ropa, un vehículo, armas y eliminaban cualquier obstáculo sin el menor remordimiento. Su mente ya no contemplaba otra posibilidad. El desconocido giró sobre sus propios pasos, estudió la fachada del motel y pareció localizar su refugio.

John se arrojó al suelo. El impacto le recorrió los codos hasta los hombros mientras luchaba por pasar desapercibido.

Tenía que salir de allí.

Tenía que huir.

Durante un instante contempló la pistola. Aquel trozo de metal era inútil contra un Terminator. Necesitaba armamento más potente; sabía mejor que nadie lo complicado que era exterminar a aquellas máquinas.

John corrió hacia la puerta, apartó la silla de un manotazo y subió las escaleras.

Tenía que llegar al edificio de enfrente, descender por el callejón y coger la motocicleta. Si salía por la entrada principal, el Terminator lo haría pedazos. Su única opción era ocultarse entre las sombras y escapar como una rata acosada por un enorme depredador.

El miedo dio alas a sus pies. Subió los escalones de cuatro en cuatro, esperando que la máquina encontrara su rastro en cualquier momento.

Al llegar arriba, reventó la cerradura de un disparo y salió a la azotea.

Tenía el cuerpo empapado en sudor y estaba a punto de sufrir una crisis nerviosa.

El sonido de unas sirenas de policía le taladró los tímpanos. Luces ámbar inundaron la noche. Aquellos hombres avanzaban hacia su propio ocaso.

John asomó la cabeza por el borde de la azotea.

Tres coches patrulla rodearon al desconocido y varios agentes descendieron con las armas automáticas preparadas.

—¡Suelte el arma! —ordenó el jefe de los policías—. ¡Tiene cinco segundos para obedecer!

El Terminator permaneció inmóvil.

—Cinco... cuatro... tres... dos...

La máquina interrumpió la cuenta de un disparo.

El jefe se desplomó con el cráneo perforado.

Los demás agentes vacilaron apenas un instante al ver caer a su superior.

Aquello selló su destino.

El desconocido los abatió con despiadada eficiencia, sin desperdiciar una sola bala.

Connor se llevó una mano a la boca. La escena le revolvió el estómago.

Sin perder un segundo, atravesó el tejado en diagonal y saltó al edificio contiguo al motel.

El impacto al aterrizar le devolvió parte de la cordura.

Había malgastado un tiempo precioso.

«Skynet nunca dejará de perseguirme», pensó. «Mamá tenía razón cuando decía que jamás debía bajar la guardia».

Connor cruzó la azotea, llegó a unas escaleras oxidadas y comenzó a descender hacia la calle con el máximo sigilo.

Alguien salió del motel y se interpuso delante del desconocido.

John reconoció la figura gorda y repugnante del dueño del local.

—¿Qué coño estás haciendo? ¿Quieres que me metan en la trena o qué?

El Terminator no respondió.

—¡Tienes que largarte de aquí! —exclamó—. ¡La pasma volverá enseguida con refuerzos!

Connor llegó a la calle, se pegó a una pared y recuperó el aliento.

¿Acaso ambos se conocían?

El dueño del motel propinó un empellón al desconocido.

—¡Sal cagando leches, joder! ¡Solo te lo diré una vez!

La máquina le metió un balazo en el pecho.

El hombre se desplomó con expresión de absoluta sorpresa.

El Terminator fijó la mirada en John.

—¡No! —Una mano helada le atenazó el alma—. ¡Morirás antes que yo, hijo de puta!

Connor vació el tambor sobre el rostro de la máquina.

Esta efectuó una pirueta y cayó sobre un costado.

Nada indicaba que siguiera con vida.

Con cautela, midiendo cada paso, John recargó el arma y se aproximó al cuerpo inmóvil, tendido sobre el césped manchado de sangre.

Incrédulo, distinguió fragmentos de masa encefálica alrededor de la cabeza de su enemigo.

Connor se quedó inmóvil.

Tragó saliva.

A pesar de tener el cráneo destrozado, las facciones del cadáver diferían de las del T-800.

Aquel individuo no era un Terminator.

Había matado a un ser humano.

Se inclinó sobre el cuerpo inerte.

Debajo del chaleco antibalas había carne y hueso.

—¡Cerdo! —susurró una voz—. ¡Te arrancaré el corazón!

Con un sobresalto, Connor levantó la pistola y estuvo a punto de disparar al dueño del motel.

—¿Quién era este chiflado? —acertó a preguntar—. ¿Por qué lo protegías?

El hombre se arrastró por el suelo escupiendo sangre.

—Te has cargado a mi hermano, cabrón...

John se incorporó y ató cabos.

El rostro del hombre que acababa de matar ocupaba los titulares desde hacía semanas. Tras quebrantar la libertad condicional, había iniciado una fuga marcada por una violencia extrema. Cada intento de detenerlo acababa con nuevos muertos. Patrullas enteras le seguían la pista sin éxito, mientras la cifra de víctimas no dejaba de crecer.

—Le hice un favor —gruñó—. Es lo que merecen los asesinos. 

El moribundo profirió una maldición.

—Te voy a...

Connor le propinó una patada en la mejilla y lo dejó sin sentido.

No pensaba perder el tiempo escuchando a aquella escoria. La policía regresaría en cualquier momento, y si lo encontraban allí, acabaría detenido.

Su voz sonó cínica.

—Que descanses, colega.

EPÍLOGO

John detuvo la motocicleta en lo alto de la colina y se quitó el casco. El sol bañaba las montañas, recorría la carretera desierta e iluminaba su rostro. Un pájaro cruzó el cielo despejado antes de perderse en el horizonte.

Desde Mulholland Drive, Connor contempló el valle de Los Ángeles con una mezcla de incertidumbre y desesperación. Ya no sabía qué creer. Tal vez las máquinas jamás llegarían a tomar el poder, pero necesitaba una prueba, algo que le permitiera convencerse de que podía vivir en paz.

Tomó una decisión. Permanecería aislado del mundo. Nadie volvería a encontrarlo. Seguiría siendo un fugitivo el resto de su vida.

Recordó a su madre, al T-800, a Cameron y a Derek Reese. Todos habían estado dispuestos a dar la vida por protegerlo. Por un motivo u otro, les debía seguir adelante hasta encontrar una respuesta.

¿Cuánto faltaba para el Día del Juicio Final?

John arrancó la motocicleta y salió disparado hacia la ciudad que brillaba en la distancia bajo las primeras luces del amanecer.

La tormenta se acercaba.