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martes, agosto 25, 2026

FANFICTION — BRAN MAK MORN: «EL ÚLTIMO REY PICTO», PUBLICADO EN HISTORIAS PULP

Ni siquiera el diluvio

duró eternamente.

Acabaron bajando

las negras aguas.

¡Realmente, qué pocos

han pervivido!

Bertolt Brecht

I

LAS REFLEXIONES DEL REY PICTO

El manto aterciopelado de la noche, veteado de estrellas lejanas, cubría el continente hasta donde alcanzaba la vista. En el firmamento, la luna llena rasgó las pesadas nubes e iluminó los sombríos contornos del bosque.

Bran Mak Morn, último rey de los pictos, terminó la frugal cena y se puso en pie. La hoguera iluminó su figura fornida, de amplios hombros y caderas estrechas, ataviada con un taparrabos, una camisa de malla, una capa de piel y unas sandalias de cuero.

Triste, se ajustó la poblada melena negra bajo la banda de hierro que le ceñía la frente. Sus ojos, oscuros y melancólicos, escrutaron el cosmos infinito, que no ofrecía respuesta alguna a los interrogantes que le carcomían el alma.

A su espalda, Gonar el Sabio, sumo consejero del rey, dijo mientras se mesaba la barba blanca:

—Estás demasiado pensativo —comentó—. ¿Qué diablos te ronda por la cabeza?

Bran apretó los dientes.

—Me preocupa el destino de nuestro clan, Gonar. Las águilas romanas avanzan desde el este, dispuestas a acabar con el pueblo de los brezales. ¿Nunca terminará esta maldita guerra?

El anciano se encogió de hombros.

—Son tiempos difíciles, Bran. Has nacido en una época de caos, donde la palabra de un hombre carece de valor. No envidio tu destino.

El rey picto contempló los árboles, vencido por una amargura imposible de soportar. Antaño, aquellas tierras pertenecían a su pueblo. Eran hombres libres y no pagaban tributo a nadie. Ahora todo era diferente. La bota extranjera aplastaba los valles y las colinas donde habían morado sus antepasados, mientras palacios de mármol se alzaban por todos los rincones de Caledonia.

La civilización romana, viciosa y decadente, corrompía cuanto tocaba. Gracias a sus ejércitos implacables, superiores en armamento y tácticas de combate, habían dejado tras de sí una estela de muerte y destrucción, derrotando a todas las tribus que habían osado plantarles cara.

Un odio visceral ardió en su interior al recordar a los hombres crucificados que se pudrían bajo los elementos a lo largo de la Muralla, convertidos en alimento para cuervos y otras aves carroñeras.

Bran tragó saliva. La bilis que le subía por la garganta tenía sabor a hiel.

Lo peor era que, aun luchando contra Roma, sabía que aquella guerra estaba condenada al fracaso. Disponía de pocos guerreros y se encontraba en clara inferioridad para sostener un conflicto prolongado.

El rey cambió el peso de un pie a otro y entrecerró los párpados. Aquel dilema le impedía conciliar el sueño desde hacía semanas.

Solo le quedaba una opción: unir a todos los clanes bajo su estandarte y plantar cara a Roma.

El problema eran los jefes tribales. Existían demasiadas disputas y viejas rencillas entre el pueblo de los brezales. Convencerlos de luchar juntos no sería tarea sencilla.

Gonar carraspeó mientras removía el fuego con una rama.

—¿Piensas seguir adelante con tu plan? —preguntó—. Ningún hombre ha pisado las Marismas de los Muertos y vivido para contarlo.

Bran se volvió y lo miró a los ojos.

—Es mi única opción, viejo amigo —repuso—. Si la leyenda es cierta, habré resuelto gran parte de nuestros problemas.

El anciano fue inflexible.

—Pones tu vida en juego —protestó—. Si algo te ocurriera, no sé qué sería de noso...

Bran lo interrumpió con sequedad.

—Solo quiero que nuestro pueblo sobreviva, Gonar —gruñó—. ¡Prefiero morir antes que verlos convertidos en esclavos!

El viejo guardó silencio.

—Mi deber es arriesgar cuanto tengo por mis súbditos —terció Bran—. ¿Crees que ignoro lo que me espera si fracaso?

La voz de Gonar adquirió un tono sombrío.

—Los demonios vigilan las marismas, Bran. Quienes tomaron ese camino jamás volvieron a contemplar la luz del sol. Puedes perder algo más que la vida.

El rey picto soltó una carcajada salvaje.

—¿Cómo qué?

—Tu alma, por ejemplo.

Bran apretó el pomo de la espada que colgaba de su cinto hasta que los nudillos se le volvieron blancos.

—Me da igual —masculló—. Haré cuanto sea necesario para expulsar a las legiones y proteger todo cuanto hemos defendido durante siglos.

El anciano dejó escapar un suspiro resignado. Conocía a su rey desde el día de su nacimiento. Nada lograría hacerlo retroceder. Era tan testarudo como valeroso.

Bran recordó las historias sobre las Marismas de los Muertos. Leyendas susurradas junto al fuego de los campamentos. Relatos sobre criaturas monstruosas que custodiaban aquel territorio desde hacía eones.

Sacudió la cabeza y desterró aquellos pensamientos. Su destino descansaba en manos de los dioses.

Decidido, contempló los cenagales que se extendían en el horizonte durante kilómetros. Necesitaría un milagro para encontrar aquello que buscaba.

Un escalofrío supersticioso recorrió su espalda y le erizó el vello de la nuca.

El rey se despidió de su consejero.

—Gracias por acompañarme hasta aquí, Gonar —dijo—. Si no he regresado al amanecer, vuelve a Baaldor y reúne a los hombres. Lucha hasta el último de nuestros guerreros. Impide que Roma nos convierta en esclavos, como ha hecho con tantos otros pueblos de Britania.

El anciano se incorporó y le estrechó la mano con fuerza.

—Suerte, Bran —musitó—. Entonaré una plegaria por ti.

Sin más preámbulos, el picto dio media vuelta y tomó el sendero que descendía entre las lomas. Poco a poco, su figura se fundió con las tinieblas, internándose en un territorio tan odiado como temido.

Gonar permaneció inmóvil, con la mirada cargada de preocupación, sintiendo que algo valioso moría en su interior.

Un murmullo escapó de sus labios.

—Que los dioses te protejan, mi rey...

 II

LAS MARISMAS DE LOS MUERTOS

Bran alcanzó el bote que los había conducido hasta aquel lugar. Con movimientos ágiles, lo arrastró sobre la ribera del río y lo empujó al agua. El rey picto empuñó los remos y avanzó en dirección sur, ignorando los vapores fétidos que impregnaban el ambiente. Las primeras estrellas despuntaron en el firmamento e iluminaron las marismas hediondas. Una vaga sensación de temor le invadió el corazón: estaba seguro de que algo lo observaba entre las sombras.

Lentamente, cruzó los canales putrefactos, adentrándose en el corazón de las tinieblas, que parecían querer aplastarlo con su peso. La bruma se arremolinó alrededor de la barca y le atravesó los pulmones, dificultándole la respiración. Los nubarrones ocultaron la luna. Bran no podía encender una antorcha: si las leyendas eran ciertas, la luz significaría su perdición. Sin prisa, pero sin pausa, continuó adelante, sorteando los pequeños islotes rodeados de cañaverales. La atmósfera opresiva lo hizo dudar de sus planes: puede que su empresa fuera un suicidio.

El rey picto apretó los remos con fuerza y penetró en una laguna un poco más amplia que las demás. Un relámpago iluminó las montañas distantes y retumbó sobre la tierra. Desde el cielo, una fría llovizna empezó a picotear las aguas, empapándolo de la cabeza a los pies. Bran se arrebujó en la gruesa capa y forzó la vista: creía distinguir una sombra de gran tamaño a muchas brazas de su posición.

El silencio turbador que dominaba el páramo le impedía relajarse. A diferencia de otros lugares de Caledonia, en los pantanos no habitaba alma humana alguna. Los hombres de los cenagales, mezcla de celtas y britanos, evitaban las marismas desde hacía muchos años. Aquella tierra dormida, cuyos secretos se perdían en los albores de la historia, estaba colmada de poderes intangibles, desconocidos incluso para los sabios.

Unas garzas levantaron el vuelo, rompiendo la quietud del erial. Bran observó a los animales dar media vuelta en el aire y desvanecerse en la penumbra, asustados ante la presencia del bárbaro invasor que se atrevía a desafiar los misterios de las lagunas.

Una hora después, la silueta embarrancada entre los islotes adquirió sustancia propia, creciendo de tamaño según el bote se aproximaba. Los altos juncos se arremolinaron en torno a la embarcación, arañando la quilla de madera e impidiéndole ver el camino con nitidez. El rey picto se introdujo entre los cañaverales, pasando por alto el viento cortante y la lluvia helada, con una determinación que iba más allá de la responsabilidad o del coraje.

De nuevo, tuvo la desagradable impresión de que unos ojos monstruosos acechaban sus movimientos. Nervioso, dejó de remar y escudriñó las sombras, listo para vender cara su piel. Algo parecido a una risa, carente de cualquier sentido del humor, se escuchó a su derecha.

Bran se incorporó con el arma en la mano. La hoja centelleó como una línea de plata en la oscuridad. Tal como había aparecido, la voz se desvaneció, permitiendo que el silencio volviera a cubrir el páramo. El rey picto enfundó la espada y volvió a tomar los remos: quizá todo había sido producto de su imaginación.

El lodo burbujeante fluctuó debajo de sus pies y emitió gases venenosos, enrareciendo aún más la atmósfera contaminada. Bran contuvo la respiración y atravesó la laguna: por fin había alcanzado su objetivo.

Las nubes se rompieron durante un segundo, permitiéndole ver los contornos del navío encallado entre los islotes coronados de hierba seca. El rey picto experimentó un temor reverencial desconocido: hasta la fecha nunca había visto un barco de aquella envergadura. De la vieja galera romana, semihundida sobre el costado de estribor, emanaba un aura de malevolencia indescriptible.

Bran apaciguó los latidos de su corazón y se limpió la frente cubierta de sudor; a pesar del frío y la llovizna, transpiraba. Un enorme boquete abría el casco a la altura de la línea de flotación. La superficie del barco había sido corroída por la intemperie y la humedad propias de la zona.

El picto esperó unos minutos hasta que el pálido resplandor de las estrellas volvió a mostrarle los confines del pantano; al parecer, aquella era la única entrada viable para acceder al cascarón. Mientras avanzaba hacia el agujero, la niebla otorgó un aspecto fantasmal y amenazador al barco.

¿Cuántos valientes habrían perecido intentando descubrir los secretos que escondía en su interior?

La estela del bote levantó pequeñas olas que chocaron contra la madera podrida. De inmediato, arrugó la nariz, vencido por el hedor nauseabundo y penetrante que escapaba de las entrañas de la trirreme. La fetidez era idéntica a la de un campo de combate atestado de cadáveres.

Bran venció la repugnancia y accedió al interior de la galera. Las tinieblas lo circundaron, propagando una gelidez profana y estremecedora que erizó hasta el último poro de su anatomía. Con gestos rígidos, tomó un rollo de tela embreada del fondo de la barca y sacó una antorcha, prendiéndola con yesca y pedernal.

La luminiscencia le mostró las aguas estancadas y ponzoñosas que llenaban la bodega a oscuras. Gracias a aquellas naves de guerra, con sus espolones de acero y dotaciones sanguinarias, Roma había conquistado todos los océanos del mundo.

¿Cómo demonios había naufragado aquel barco en las marismas de su país?

Bran ató el bote a una cuaderna y saltó al exterior. El barro que cubrió sus pies le arrancó un escalofrío de asco. Con el arma en la diestra y la tea en la siniestra, caminó hacia el interior de la nave, buscando respuesta a sus preguntas.

III

UNA CANCIÓN DE LA RAZA 

El rey picto avanzó con cautela, midiendo cada uno de sus pasos, dispuesto a enfrentarse a quien hiciera falta. El silencio de los cenagales no era nada comparado con el que reinaba en las entrañas de la trirreme. El agua sucia le cubría las rodillas con su masa viscosa. Bran movió la antorcha de un lado a otro, intentando traspasar las tinieblas, algo del todo imposible. Lentamente, fue penetrando en la bodega, alejándose del mundo exterior. Su pie tropezó con un objeto indeterminado, haciéndole perder el equilibrio. Curioso, inclinó la tea hacia el suelo: un esqueleto le sonrió con sus facciones descarnadas. El rey picto reculó involuntariamente. Su entorno estaba lleno de cuerpos consumidos por los peces.

—¡Por todos los fuegos del Infierno! —gruñó—. ¿Qué diablos ha pasado aquí?

Bran contuvo el aliento mientras estudiaba los cadáveres cubiertos de jirones de ropa. Por el aspecto de los huesos quebrados, comprendió que pertenecían a los antiguos tripulantes de la nave. Cascos y armaduras oxidadas, junto a lanzas y escudos rotos, lo circundaban como un dosel lúgubre.

Un susurro espectral rompió la quietud aplastante y le puso la carne de gallina. Bran se volvió con la espada en alto. Ante él solo encontró oscuridad. Las viejas supersticiones, heredadas de generación en generación, lucharon por controlar su temple. Quería gritar de angustia, huir a cualquier parte, escapar de las sombras que lo acechaban en la penumbra.

Cualquier otro hombre habría sucumbido a sus temores, pero el rey picto, demostrando la pureza de su sangre y el valor de sus ancestros, resistió el impulso de regresar a la barca y buscar tierra firme.

Inesperadamente, una hilera de cofres de hierro apareció ante sus ojos. Exultante, Bran alzó la espada sobre su cabeza y la descargó contra uno de los baúles. El acero reventó la cerradura entre una lluvia de chispas carmesíes. A pesar de la oscuridad, distinguió el contenido del cofre: con aquellos lingotes de oro podría comprar la ayuda de Cormac na Connacht, príncipe de los galos del norte.

El rey picto se congratuló consigo mismo. El sabor de la victoria era más dulce que el mejor vino.

Entonces, cuando menos lo esperaba, algo le aferró la pierna con un tacto informe. Sobresaltado, lanzó un grito de repulsión al descubrir el miembro fluorescente, de aspecto gelatinoso, que pretendía arrastrarlo a las profundidades de la ciénaga. Sin detenerse a pensar, impulsado por sus curtidos reflejos de luchador, hundió la espada en el tentáculo coronado por gruesas ventosas. El acero perforó la carne palpitante y diseminó un chorro de sangre negra en las aguas empozadas.

Siseando, la extremidad desapareció en la penumbra, dejando una estela lóbrega tras su paso.

Bran retrocedió a trompicones, vencido por un horror indescriptible. El estómago se le subió a la garganta y estuvo a punto de devolver la cena que había ingerido pocas horas antes. Con la boca seca y los nervios a flor de piel, escrutó las tinieblas en busca de su rival, preparado para matar o morir.

¿Qué clase de criatura primigenia, desconocida para el hombre, habitaba en las Marismas de los Muertos?

El rey picto comprendió que su presencia había despertado a la bestia que moraba en el erial mucho antes de que el pueblo de los brezales surgiera de las catacumbas de la historia. Aquella galera romana, ignorante de las leyendas del país que había pretendido conquistar, fue destruida por el mismo ser que ahora intentaba acabar con él.

—¡Adelante! —exclamó—. ¡No moriré sin prestar resistencia!

La criatura pareció aceptar su desafío y el barco osciló con brusquedad. Las aguas se alzaron como una marea fosca e inundaron la bodega, creando pegajosos remolinos de espuma. Bran luchó por mantener el equilibrio y apenas logró sostenerse en pie. Los aparejos de la trirreme, carcomidos por el paso del tiempo, crujieron siniestramente al venirse abajo. Una fuerza imponente y destructiva, que escapaba a la comprensión de los seres humanos, había decidido hundir la nave.

El rey picto pasó por alto sus miedos y se abrió paso hacia el bote; salir de allí cuanto antes era su única oportunidad de sobrevivir. El lodo ascendió a gran velocidad y devoró los baúles y los cuerpos de los legionarios. Bran lanzó un juramento entre dientes: su fervor por aniquilar Roma lo había conducido al borde de la autodestrucción.

Una corriente de agua golpeó su cuerpo y le arrancó la antorcha de la mano. A oscuras, cubierto de barro hasta el cuello, luchó por conservar una bocanada de aire en los pulmones. La galera, impulsada por los miembros infernales de su adversario, se partió por la mitad y se deslizó hacia las profundidades.

El picto cerró los ojos. Su hora había llegado…

Las legiones romanas recorrían las tierras de Britania, inmisericordes, trazando un camino de fuego y sangre. Los cielos se oscurecieron. Miles de soldados, calzados con botas de hierro, aplastaron la resistencia de los hombres de Caledonia, convirtiendo a los orgullosos pictos en pálidas sombras de lo que fueron.

El pueblo de los brezales pereció, una tribu tras otra, derrotado por los invasores que habían reclamado su país como propio. El viento recorrió las colinas atestadas de túmulos funerarios, cargado de cenizas y humillación, apagando los alaridos de los moribundos. Los muertos se revolvieron en sus tumbas, airados por el ultraje sufrido, incapaces de volver a descansar en paz.

Los años pasaron mientras aquella raza indomable desaparecía bajo los depravados hábitos de sus conquistadores. Roma, como otros grandes imperios de la antigüedad, también sucumbió al lento declive que traen los siglos. Toda su grandeza, atesorada en leyes escritas sobre tablas de piedra, desapareció sin dejar rastro.

Los bárbaros que moraban en Europa, al descubrir que los hombres a quienes tanto habían temido se habían vuelto vagos e indolentes, no tardaron en plantarles cara. Nuevos fuegos se alzaron en el horizonte teñido de escarlata, iluminando las ciudades de mármol que terminaron pasando a la historia, vencidas por individuos feroces y apasionados.

Tal como había aparecido, el Imperio romano se transformó en un jirón de niebla en la memoria de los hombres. Las hazañas de los ejércitos que antaño dominaron el mundo se desvanecieron en el péndulo del tiempo.

Una religión despiadada reemplazó a los viejos dioses. La cruz donde los romanos colgaban a quienes consideraban malhechores se convirtió en su símbolo. Los hombres del futuro, idólatras e ignorantes, olvidaron las leyendas del pasado, erigiendo iglesias y estatuas a su Dios.

Los cristianos, tal como se denominaban a sí mismos, instauraron su fe a lo largo y ancho del mundo conocido. La oscuridad del pensamiento y del espíritu se apoderó de Europa, convirtiendo a las orgullosas tribus libres en pueblos supersticiosos, obsesionados con el pecado original.

Bran Mak Morn, al contemplar los acontecimientos venideros y comprender que su pueblo carecía de toda posibilidad de sobrevivir, rompió a llorar.

El sol rasgó las nubes grises y se deslizó sobre los cenagales. Exhausto, con el cuerpo convertido en una constelación de moratones y cortes menores, el rey picto abrió los párpados. La visión de la bóveda celeste lo devolvió a la realidad: los dioses aún le concedían tiempo.

Bran se puso en pie. Tenía las rodillas y los brazos cubiertos de rasguños y lodo seco. Instintivamente, llevó la mano a la cadera y descubrió que había perdido la espada.

Una brisa agitó los juncos ondulados y le refrescó el rostro. El rey intentó recordar lo sucedido después de que la nave fuera atacada, pero su mente permanecía en blanco; unas lagunas más profundas que las que lo rodeaban le habían arrebatado la memoria.

Con expresión sombría, examinó los bordes del erial en busca de algún punto de referencia para regresar al campamento donde Gonar lo esperaba. Su búsqueda había resultado una pérdida de tiempo. La galera romana yacía en el fondo del pantano, inaccesible para cualquiera que codiciara los tesoros que escondía en su interior.

Bran refunfuñó lleno de rabia:

—¡Malditas sean todas las criaturas del Infierno! He arriesgado el cuello para nada… ¡Volveré a Baaldor con promesas vanas y la bolsa vacía!

La derrota le supo tan amarga como el destino que pesaba sobre sus hombros. Ya no disponía de medios para comprar a los galos; tendría que confiar en que el destino le mostrara una solución más adelante, algo que lo exasperaba.

El rey picto apartó pensamientos fatídicos que le rondaban la cabeza. La carga de preservar a su pueblo le resultaba insoportable. Deprimido, inspiró una bocanada de aire y cruzó el islote de un extremo a otro, impulsado por una voluntad sin límites.

Lentamente, avanzó hacia el norte hasta que su figura se perdió entre las marismas como una sombra.

Sin saberlo, había dado los primeros pasos que lo convertirían en leyenda…



sábado, mayo 09, 2026

FANFICTION — REY KULL: «ALMAS MUERTAS», PUBLICADO EN HISTORIAS PULP

Reemplazo la melancolía por el coraje, la duda por la certeza, la desesperación por la esperanza, la maldad por el bien, las quejas por el deber, el escepticismo por la fe, los sofismas por la frialdad de la calma y el orgullo por la modestia.

Lautréamont

 

I

EL TRONO DE VALUSIA


A última hora de la tarde, la sala del consejo del palacio estaba casi vacía. El amplio recinto, sostenido por gruesas columnas y adornado con ricos tapices, cortinas de seda y mullidas alfombras, conservaba su regio esplendor bajo la tenue luz vespertina.

Durante la jornada, una multitud de individuos había expuesto sus problemas ante la corte: embajadores, sacerdotes, campesinos, nobles y mercaderes llegados de los confines del mundo. Para el rey no existían distinciones; todos los hombres eran iguales ante sus ojos.

En el trono de topacio, un individuo de anchos hombros y músculos poderosos escuchaba el resumen del día con la barbilla apoyada en el puño y la mirada perdida. Kull estaba exhausto: los asuntos del reino eran una madeja laberíntica en la que cualquier hombre podía naufragar.

Añoraba la libertad de los bosques de Atlantis, sus montañas escarpadas, los acantilados batidos por el oleaje y las gentes fieras e indómitas que los habitaban. Aunque intentaba reprimirlo, despreciaba la hipocresía y las máscaras de la civilización; odiaba a los cortesanos que lo lisonjeaban mientras maldecían sus orígenes entre dientes; aborrecía las intrigas de una aristocracia que, antes de su ascenso al poder, se tambaleaba víctima de su propia decadencia.

Al fondo de la sala, un balcón ofrecía una panorámica de Valusia: torres enjalbegadas, cúpulas escarlatas, tejados bruñidos por el sol, palacios imponentes y murallas doradas.

Tu, primer consejero de la corte y amigo del rey, carraspeó:

—¿Habéis escuchado algo de lo que he dicho, señor?

El gigante volvió a la realidad.

—Perdona, Tu. ¿De qué hablabas?

El anciano suspiró; nunca lograba retener la atención del bárbaro.

—Majestad, decía que el embajador de Kamelia ha protestado por...

Kull fingió escuchar mientras su mente se alejaba de nuevo. Las complejas responsabilidades del Estado lo aburrían. A veces, cuando el sueño le era esquivo, sentía que se había convertido en esclavo de su propio reino; de leyes y tradiciones que se perdían en el polvo de los siglos.

Un relámpago peligroso encendió sus pupilas. Jamás sería un títere. Le había costado sudor y sangre conquistar el trono de la Ciudad de las Maravillas, y no permitiría que nada ni nadie se lo arrebatara. Quien lo intentara moriría bajo el filo de su acero.

Una expresión desdeñosa endureció su rostro moreno, surcado de diminutas cicatrices. Poco le importaban las disputas de la nobleza; que se las arreglaran como pudieran. Sabía que, pese a haber levantado el país tras derrocar a Borna, muchos conspiraban a su espalda, murmurando en las sombras de sus casas. Nada les complacería más que ver destronado al bárbaro usurpador.

El anciano continuaba:

—En cuanto al conde Murom, desea que bendigáis la boda de su hija Nalissa con Dalgar de Farsun, apadrinando a los novios y...

Kull tomó nota mental. Murom era un súbdito fiel, uno de los primeros en abrazar su causa; no tendría más remedio que complacerlo, aunque detestara ese tipo de ceremonias.

Desvió la vista hacia los asesinos rojos apostados junto al trono, inmóviles como estatuas de bronce. Aquellos hombres, enfundados en armaduras carmesíes, eran los mejores guerreros del mundo: arrostrarían las llamas del Infierno y derramarían hasta la última gota de sangre por proteger a su señor.

El sol se ocultó por poniente y derramó una luz anaranjada sobre los azulejos de mármol. Por un instante, un cansancio inesperado oprimió el alma de Kull; el peso de la corona se le antojó insoportable.

Tu detuvo su discurso, se frotó las manos apergaminadas, y pareció envejecer varios años de pronto.

—¿Qué sucede, amigo mío? —preguntó Kull.

El anciano exhaló lentamente.

—Corren rumores por la ciudad, señor.

El atlante enarcó las espesas cejas.

—No te andes por las ramas, Tu.

El consejero fue directo al grano:

—Mis espías aseguran que Menkara, mano derecha del emperador de Zarfhaana, se encuentra en la ciudad...

Kull lo interrumpió con brusquedad.

—¿Qué hace aquí ese perro?

Tu encogió los hombros.

—No lo sé, majestad. Pero se rumorea que inmola vírgenes valusas en los altares de la Serpiente.

Sin advertirlo, el gigante llevó la diestra al pomo de su espada.

—¿Cómo es posible? —bramó—. ¡Quiero su cabeza!

—Primero debemos obtener pruebas, señor —replicó el anciano—. Si lo detenemos ahora, provocaremos un conflicto diplomático de consecuencias imprevisibles.

Kull enrojeció de ira.

—¿Por qué no me lo habías dicho?

—Porque sabía que reaccionaríais así, majestad.

El atlante gruñó.

—¿Y qué significa eso?

—Que debemos obrar con cautela. Cuando consiga testigos fidedignos, dará con sus huesos en las mazmorras.

Kull golpeó el estrado con el puño.

—¿Y mientras tanto? ¿Permitirás que sacrifique a todas las muchachas que quiera? ¿Esperarás a que cometa un error?

Tu bajó la mirada.

—No podemos hacer nada… todavía.

El gigante se puso en pie.

—¡Estoy harto de las normas de la corte! —rugió—. ¡Son cadenas disfrazadas de oro!

El primer consejero retrocedió ante la furia del atlante.

—La ley es la ley, señor.

Kull entrecerró los párpados.

—¿Dónde está Menkara? —masculló—. Quiero saberlo.

—En la Torre del Esplendor.

Sin añadir palabra, el atlante descendió la escalinata y abandonó el salón como una tormenta desatada.

Tu murmuró en voz baja:

—Que los dioses nos protejan…

 

II

LA DECISIÓN DEL REY

 

Al llegar a sus aposentos, Kull despidió a los criados con un gesto brusco. Necesitaba estar solo.

Furioso, recorrió la estancia de un lado a otro, como un lobo enjaulado, haciendo resonar sus pasos en la penumbra. Había forjado su destino con el valor de su brazo y el filo de su espada; no debía su trono a intrigas cortesanas ni a pactos susurrados en la oscuridad.

Para los valusos, seguía siendo un extranjero. Un invasor que había derrocado a la antigua dinastía entre llamas y sangre para ceñirse la corona. Y, sin embargo, gracias a los bárbaros que ahora patrullaban el imperio, la Ciudad de las Maravillas seguía en pie. De otro modo habría sucumbido, corroída por la decadencia de sus propios hijos.

Había reconstruido los ejércitos, quebrado la supremacía de los grondaros, aplastado a los sediciosos, desmantelado la Federación Triple y aniquilado el culto de los hombres serpiente. Logros suficientes —pensaba— para merecer la lealtad de un pueblo que aún lo denigraba en voz baja.

El gigante profirió una maldición en su lengua natal y apretó los puños.

¿Qué clase de rey sería si permitía tales horrores en su propio reino?

Con la mente en ebullición cruzó la estancia, apartó las cortinas de un manotazo y fijó la vista en la Torre del Esplendor. La antigua fortaleza, erigida milenios atrás, relucía como una gema oscura sobre las calles sumidas en sombras.

Alzó la mirada hacia el cielo. Las estrellas brillaban frías e indiferentes, y por un instante tuvo la sensación de que se burlaban de su impotencia.

Recordó el camino que lo había conducido hasta allí: la infancia salvaje entre las fieras que lo adoptaron; los años encadenado al banco de una galera lemuria; los saqueos juveniles en las colinas de Valusia; las mazmorras del palacio; la arena del circo, teñida con la sangre de hombres que murieron bajo su espada; el mando supremo de los ejércitos.

Una amargura antigua le cerró la garganta y le nubló los ojos. A veces anhelaba aquella vida brutal y simple, cuando el enemigo estaba frente a él y no oculto tras sonrisas diplomáticas.

—¡Por Valka! —rugió—. ¡No permitiré que Menkara haga su voluntad en mi reino!

La cólera inflamó su pecho y le tensó las venas del cuello. Sabía que el político zarfhaano era un ser corrupto, capaz de las peores atrocidades; los rumores que lo precedían no eran invenciones de taberna. Lo había visto el día de su coronación, y desde entonces su recuerdo le producía repulsión: frente estrecha, ojos hundidos y oblicuos, labios finos que apenas ocultaban una crueldad innata.

Con un gesto brusco, Kull arrojó la corona sobre la cama. Se despojó de las vestiduras reales y ciñó el pesado mandoble a su cintura. Necesitaba ver con sus propios ojos lo que Tu le había contado.

Se detuvo en el alféizar.

A cien pies más abajo, el jardín yacía envuelto en tinieblas. Los guardianes tardarían aún unos minutos en volver a pasar bajo sus ventanas.

Examinó las enredaderas que descendían hasta el suelo, los árboles agitados por el viento nocturno, las fuentes silenciosas, los setos recortados y los muros del castillo.

La decisión estaba tomada.

 

III

LA CIUDAD DE LAS MARAVILLAS

 

En lo alto, un cuarto de luna rasgó la negrura e inundó las calles empedradas con una luz espectral. La ciudad adquirió un aspecto fantasmagórico, como si perteneciera más al reino de los sueños que al de los hombres.

Kull cruzó la azotea a gran velocidad y, sin vacilar, saltó al edificio contiguo. El impacto le recorrió el cuerpo de pies a cabeza, pero apenas se detuvo. Atravesó el tejado en diagonal, se aferró a una cañería, tomó impulso y se proyectó hacia la siguiente cubierta. Usó manos y pies para escalar el pretil, quebró varias tejas bajo su peso y se irguió sobre la altura.

A una legua de distancia se alzaba la Torre del Esplendor.

Tres pisos más abajo, una pareja de guardias armados con lanzas y espadas rectas cruzó la avenida antes de desaparecer tras una vivienda. El rey contuvo la respiración, aguardó unos segundos y prosiguió su avance. La rabia daba ligereza a sus pasos.

—Veremos qué clase de hombre eres —murmuró entre dientes— cuando nos encontremos cara a cara, bastardo.

Sabía que estaba cometiendo una insensatez. Un solo error podía desatar la guerra entre Valusia y Zarfhaana. Pero le resultaba imposible sofocar aquella sed de justicia. Menkara no quedaría impune. Los dioses eran testigos de su juramento.

Descendió una tapia, cruzó varias terrazas contiguas y, tras medir la distancia con un vistazo rápido, salvó de un salto el abismo entre dos edificios. Pocos hombres habrían podido realizar semejante hazaña.

Con la respiración agitada y el sudor perlándole la piel, se orientó entre el laberinto de azoteas y eligió el trayecto más seguro.

Abandonar el palacio había sido sencillo. Sus guardianes no estaban preparados para hombres como él; hasta un ciego habría encontrado los puntos ciegos de la vigilancia. Descendió por las enredaderas, aguardó oculto tras unos setos y cruzó el jardín en ráfagas silenciosas, deteniéndose solo para dejar pasar a las patrullas. En pocos minutos alcanzó la muralla.

Sin reducir la velocidad, saltó, se aferró al parapeto y se izó con la fuerza de sus brazos hasta coronar el muro.

Ante él, la Ciudad de las Maravillas dormía, ignorante de los crímenes que germinaban en la oscuridad.

Sacudió la negra melena y se deslizó al otro lado como una sombra desprendida de la noche.

Kull se detuvo un instante sobre un tejado inclinado y contempló la Torre del Esplendor. Ahora que la cólera empezaba a disiparse, una frialdad penetrante ocupó su lugar y templó su ánimo.

Lo más prudente sería buscar una brecha en el muro exterior, evitar a los guardianes y ascender hasta lo alto de la fortificación.

Lamentó no haber llevado una cuerda o una cota de malla. Pero lo hecho estaba hecho; el acero bastaría.

Atravesó una hilera de tejados irregulares, eludió a varios hombres que salían tambaleantes de una taberna y alzó la vista al cielo. Nubes pesadas cubrieron la luna, y la oscuridad se volvió más densa.

Sonrió.

La noche era su aliada.

Por primera vez en meses, una sensación desbordante de libertad inundó su espíritu con el recuerdo de mares espumosos y montañas lejanas. Se desvanecieron las reflexiones sombrías, el tacto del terciopelo, las ceremonias de la corte, el peso insoportable de la corona.

Seguía siendo un hombre libre.

Y eso —pensó mientras avanzaba hacia la torre— era lo único que importaba.

 

IV

ALMAS MUERTAS

 

Cautelosamente, el bárbaro se aproximó a la claraboya y miró a través del cristal.

Una docena de sacerdotes, envueltos en túnicas sombrías, oraban bajo su posición. Un canto monótono y reptante ascendía hasta la bóveda, impregnado de una cadencia antinatural.

La piel de Kull se erizó.

Detestaba la brujería. La aborrecía con la misma intensidad con la que amaba el acero limpio y el combate frontal. Su mano se cerró en torno al pomo de la espada.

Un estremecimiento le recorrió la espalda. La superstición ancestral de su raza despertó en lo más profundo de su espíritu: las viejas creencias no mueren; duermen.

Un poder malsano, nacido cuando Atlantis era aún una isla joven entre brumas primitivas, emanaba de aquel círculo de figuras encapuchadas.

En el centro de la estancia, sobre un altar de obsidiana, yacía una joven de miembros pálidos, encadenada de pies y manos con grilletes de plata. Tras ella, la figura inconfundible del político zarfhaano sostenía un puñal ritual, preparado para hundirlo en carne inocente.

Kull rechinó los dientes. Los espías de Tu no habían mentido.

El canto se intensificó.

Menkara avanzó, se situó junto a la muchacha y alzó el arma. En sus ojos enrojecidos ardía una devoción febril.

—¡Acepta nuestro sacrificio, Thulsa Doom! —aulló con voz ronca—. ¡Devuelve el poder al pueblo de los hombres serpiente!

El rey no dudó.

El tragaluz estalló bajo su peso. El cristal se hizo añicos y cayó como lluvia cortante sobre los sacerdotes. Un clamor de sorpresa sacudió la cámara.

Kull aterrizó en medio del círculo.

El mandoble brillaba en su puño como un relámpago contenido.

De sus labios brotaron palabras antiguas, sin que él supiera de dónde provenían:

—Ka nama kaa lajerama…

Los sacerdotes alzaron el rostro.

Y entonces las capuchas ya no ocultaban hombres.

Los rasgos se distorsionaron, las mandíbulas se alargaron, los ojos se tornaron amarillos y verticales. Lenguas bífidas silbaron entre colmillos húmedos. Las túnicas se tensaron sobre cuerpos sinuosos.

Hombres serpiente.

Kull rugió y descargó el acero en un arco brutal. La hoja hendió un cráneo escamoso desde la coronilla hasta el pecho. Sin detenerse, giró sobre sí mismo y abrió el torso del siguiente; vísceras humeantes salpicaron el mármol negro.

—¡Matadlo! —chilló Menkara—. ¡Es Kull de Valusia!

 El atlante respondió con una carcajada feroz.

Avanzó como una tormenta desatada. El acero subía y bajaba, describiendo medias lunas sangrientas. Miembros cercenados golpeaban el suelo; cuerpos retorcidos se agitaban en espasmos finales.

Ignoró los cuchillos que rasgaban su piel, las garras que buscaban su garganta. No retrocedió ni un paso. Había nacido para aquel instante: matar o morir bajo la mirada indiferente de los dioses.

Su visión se tiñó de rojo.

Los hombres serpiente, poco diestros en el arte del combate, no pudieron contener la furia primordial del atlante. Uno tras otro cayeron bajo su acero.

Minutos después, el silencio regresó a la cámara.

Kull se irguió entre los cadáveres. Pequeños cortes cubrían su cuerpo y la sangre —ajena y propia— empapaba sus piernas. Respiraba con dificultad, pero en sus labios se dibujaba una sonrisa helada.

Cruzó el altar, avanzó entre los restos y fijó los ojos en Menkara.

El terror había borrado todo rastro de fanatismo en el rostro del zarfhaano.

—¡Socorro! —chilló—. ¡Guardias!

Kull rio.

—Grita cuanto quieras, perro. Tus guardianes yacen despedazados.

—¡Mientes!

La punta del mandoble señaló su pecho.

—Basta de palabras.

Menkara alzó los brazos y comenzó a recitar en una lengua oscura, más antigua que los tronos de los hombres.

El efecto fue inmediato.

El avance de Kull se detuvo en seco.

Una fuerza invisible aprisionó sus miembros. Una corriente glacial recorrió su cuerpo; la sangre se volvió pesada, espesa. El corazón latió con dolor.

Menkara sonrió con triunfo.

—Estás atrapado, bárbaro. Ningún hombre puede romper mi conjuro.

El llanto desgarrado de la joven atravesó la bruma que oprimía los sentidos del atlante.

Kull concentró toda su voluntad en el brazo que sostenía la espada.

No permitiría que aquella inocente muriera.

Los músculos temblaron. Las venas se hincharon como cuerdas tensas. Un gruñido surgió de lo más hondo de su pecho.

Menkara retrocedió.

—¡No!… Es imposible…

Con un esfuerzo que desgarró algo en su interior, Kull lanzó el mandoble.

La hoja surcó el aire como un cometa de acero.

Se hundió en el esternón del zarfhaano y lo clavó contra el muro. Un borbotón oscuro brotó de su boca. Sus ojos se abrieron en un gesto de incredulidad absoluta antes de apagarse para siempre.

El hechizo se quebró.

Kull cayó de rodillas, estremecido por violentos temblores. Había estado a un aliento de la muerte.

Tras unos instantes, se puso en pie con dificultad y se acercó al altar.

La joven sollozaba.

—Gracias, señor… No sé cómo…

Kull rompió las cadenas con sus manos ensangrentadas y la ayudó a incorporarse. La sostuvo con una firmeza sorprendentemente delicada.

—Todo ha terminado —dijo con voz grave—. Estás a salvo.

Por un instante, en la cámara aún impregnada de muerte, el rey pareció más hombre que monarca.



lunes, febrero 23, 2026

FANFICTION — SOLOMON KANE: «LOS ACÓLITOS DE SATANÁS», PUBLICADO EN HISTORIAS PULP

Y sus ojos tienen la apariencia

de los de un demonio que está soñando.

Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama

tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,

del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,

no podrá liberarse.

 

Edgar Allan Poe

 

I

 

El PURITANO SOLITARIO

 

Año de Nuestro Señor 1.553.

 

La bóveda entenebrecida colgaba sobre el páramo desolado. Haces de sol iluminaban los altos juncos y anunciaban la llegada de una noche temprana. Una corriente de aire hizo cimbrear las riendas del animal. Los canales hedían de forma nauseabunda y propagaban el sonido de las bestias salvajes del lugar. A la derecha, las montañas rasgaban el límite que separaba el cielo de la tierra, como una cuchillada dorado-rojiza que se extendía hasta las orillas del distante mar Mediterráneo. A la izquierda, el camino intrincado y tortuoso que había recorrido desde Francia, a través de una Europa devastada por las guerras civiles y religiosas. Quedaban demasiados fantasmas detrás de sus pasos. La iniquidad de los hombres en el campo de batalla lo había obligado a abandonar los ejércitos en los que combatió. Ahora era un alma libre: el Señor guiaba sus pasos mientras se aproximaba a Florencia, impulsado por la llama azul de la venganza.

Bancos de niebla ocultaron la maleza enmarañada y deformaron las dimensiones del pantano, creando una atmósfera sobrenatural. Lo peor era la fetidez de las aguas: imaginaba siglos de locura humana, sacrificios impíos y enfermedades capaces de hacer perder la cabeza a cualquier cristiano devoto de Dios. Incómodo, el caballo resopló y pisoteó la tierra con los cascos delanteros, levantando una nube de polvo.

—Tranquilo —dijo, acariciando con su mano enguantada el cuello del animal—. A mí tampoco me gusta.

El jinete apretó la capa alrededor de sus hombros, estudió aquella naturaleza amenazadora y encajó las mandíbulas: no sabía qué camino escoger. Exhausto, se limpió la suciedad del rostro. Llevaba más de dos semanas sin tomar un respiro, cabalgando día y noche detrás de un adversario que no se atrevía a dar la cara. El puritano inspiró aire: los mapas que había traído desde Inglaterra eran inútiles; en ninguno aparecía aquella ciénaga que abarcaba el horizonte hasta donde la vista alcanzaba. Involuntariamente, acarició la culata del mosquete que colgaba a un lado de la silla. Los últimos días pesaban sobre su espalda y le carcomían el espíritu, absorbiendo sus energías como una plaga.

—¿Cruzamos o no? —preguntó a la montura.

De nuevo sintió la desagradable sensación de ser vigilado. Alguien podía estar esperando el momento adecuado para atacarlo cuando bajara la guardia. El inglés cerró los acerados ojos azules y rememoró a la joven que había encontrado en el linde del bosque: violada y torturada por Le Loup, el enemigo que había jurado cazar. Abrió los párpados; una docena de flamencos rosados levantó vuelo y cruzó el cielo encapotado. La tarde vibró con el aleteo de sus alas.

El jinete se adentró en la marisma, ignorando al animal que avanzaba sin ganas, asustado por la atmósfera insana que los envolvía. Poco a poco atravesaron las aguas con los cinco sentidos alerta, expectantes ante la posibilidad de un ataque. El avance del caballo levantó ecos; el tiempo parecía detenido, suspendido sobre el lodo burbujeante que amenazaba con tragarlos. La oscuridad creció: apenas podía ver lo que tenía ante las narices. El chillido de un topo asustado lo hizo estremecer y soltar una blasfemia indecorosa. Las lagunas ocultaban misterios imposibles de responder: soldados masacrados, aldeanos desaparecidos, brujas quemadas, niños secuestrados por los sirvientes del Diablo.

El puritano vestía sombrero de ala ancha, vestiduras negras y sombrías, botas de cuero hasta los muslos y un cinturón ancho donde colgaban un largo estoque en una vaina sin adornos y dos pistolas de aspecto temible. Le costaba reconocer al mercenario enlutado y solitario en el que se había convertido. Su infancia en Devonshire había muerto; el pasado ardía miles de kilómetros atrás, una imagen abstracta que ya no le proporcionaba consuelo.

El inglés se secó el sudor de la frente con un pañuelo escarlata. Entonces, una sombra cruzó los cañaverales. Tenso, con los ojos enrojecidos por la falta de sueño, miró las hierbas e ignoró los vapores venenosos. Tiró de las riendas, pero fue inútil: su instinto de luchador le advertía que tendría problemas. El jinete hizo retroceder al caballo, vadeó una laguna más profunda que las otras e irrumpió en un claro rodeado de juncos retorcidos.

Tuvo la tentación de encender la yesca con pedernal y eslabón, pero no quiso atraer a nadie hacia su posición. Intuía que la luz lo volvería vulnerable: un riesgo que no estaba dispuesto a correr. Mareado, apretó el pomo de la silla y recuperó el equilibrio. Los efluvios de la ciénaga le estaban jugando una mala pasada; no debió arriesgarse a cruzarla a aquellas horas. Su temeridad podía conducirlo a la autodestrucción. Se había perdido. Apretó los flancos del animal y se dirigió hacia un islote situado a su diestra, con la esperanza de encontrar el sendero que lo había conducido hasta allí.

A través de la bruma, durante un latido de su corazón, contempló una cara familiar... y luego se ocultó en las tinieblas.

 

II

 

UNA APARICIÓN DEL PASADO

 

 Un murmullo le escapó de la boca seca.

—¿Padre? —inquirió con recelo—. ¿Eres tú?

Solomon...

¿Había escuchado la voz del difunto Josiah Kane?

—¿Padre?

Una oleada de temor ascendió por su columna vertebral.

—¿Padre?... ¿Estás ahí?

La sangre le zumbaba en los oídos. Un hervidero movedizo le cubrió el cuerpo: enormes mosquitos chocaban contra su anatomía. El jinete agitó la mano, apartó a los insectos y taladró la negrura con la mirada, buscando el rostro de su progenitor.

—Siento haberte decepcionado, padre —susurró—. Los Tudor exterminaron a nuestra orden sin que pudiéramos evitarlo.

Su confesión se desvaneció. Quedaban pocos minutos de luz; pronto estaría a merced del terreno traicionero, encerrado entre las algas cubiertas de espuma.

—He sido un buen cristiano, padre —explicó—. Jamás me he apartado del camino recto.

El silencio sepulcral, matizado por el zumbido de los mosquitos, le dio la impresión de que estaba a punto de perder la cordura.

—¿Dónde estás, padre?

La neblina no le ofreció respuesta. El aire le pesaba en los pulmones y el cieno parecía espesarse por segundos.

—Padre...

Entonces su progenitor emergió entre las cañas, montado en un ruano de gran altura, y se dirigió hacia él. Su figura era borrosa; una impresión de triste bondad cubría su aura espectral, la misma que había visto en su rostro el día del funeral, hacía más de una década.

—¡Dios Todopoderoso!

Josiah Kane susurró con voz ronca:

Ten cuidado, hijo. Los pantanos de la Camarga rebosan de peligros.

Solomon sintió la carne erizarse.

—¡Brujería! —farfulló—. ¡Esto es obra de Satanás!

La voz del espectro resonó desde una distancia imposible.

He vuelto del más allá para advertirte que temo por tu vida...

Un juramento escapó de los labios de Kane.

—¡Por Lucifer! ¿Por qué me atormentas con tu presencia?

La figura comenzó a desvanecerse.

He de irme —musitó—. Recuerda que siempre te querré, hijo mío.

Un puño angustioso le apretó las entrañas.

—¡Padre! —gritó—. ¡Vuelve, padre!

El espectro de Josiah Kane se despidió con un susurro que pareció venir del fondo de las aguas:

Nos encontraremos en el Reino del Señor, Solomon...

 

III

 

LOS ACÓLITOS DE SATANÁS

 

Antes de que pudiera reaccionar, el cuerpo cambió y se convirtió en una máscara cruel: el filo de una espada buscó su cuello. Kane retrocedió, impulsado por sus reflejos entrenados, y esquivó la hoja que le lamió la nuez de Adán. Rápido como un resorte, sacó el cuchillo de la funda y lo hundió en el muslo de su atacante. Un aullido desgarró la niebla y rompió la quietud de la ciénaga.

Un caballo irrumpió entre los herbazales, bufando espuma por los belfos y con los ojos inyectados en sangre. Atontado, Kane desenvainó el estoque y logró parar un hachazo a duras penas. Una lluvia de chispas azules empañó su campo de visión. Dando un tirón a las riendas, saltó hacia adelante, escapó de sus adversarios y alcanzó una isla de hierbas quemadas por el sol.

Una flecha le rozó el hombro. El aguijonazo, a la altura del deltoides, lo obligó a rechinar los dientes. Tres enemigos tomaban posiciones. Solomon Kane reconoció su calaña de inmediato: bandidos, asaltantes de caminos, escoria que creía haber encontrado una presa fácil. El puritano arrancó la flecha, sacó el pistolón y disparó. El proyectil cruzó el aire y lanzó hacia atrás al primero de ellos. Guardó el arma y detuvo una nueva embestida del hacha; el golpe le insensibilizó el brazo y le provocó un calambre hasta el hombro.

—¡Te mataré! —bramó el rufián—. ¡Me comeré tu corazón!

Kane le dio un cabezazo y le rompió la nariz. La sangre le salpicó los ojos y nubló su visión. El hombretón lanzó un grito rabioso; sus ojillos porcinos se llenaron de lágrimas mientras se llevaba la mano a la cara ensangrentada. El inglés aprovechó la oportunidad y cortó la cincha de la silla: el gigante resbaló y se hundió en el cieno como una roca.

Otra flecha rozó el cuello de Solomon. Clavó los talones en los flancos del animal, atravesó los cañaverales y descargó la espada contra el casco del arquero. La hoja partió el cráneo hasta la mandíbula; trozos de masa encefálica saltaron de la herida espantosa.

Se volvió. El hombretón cruzaba el claro, enarbolando el hacha sobre los hombros, dispuesto a asesinarlo. El caballo relinchó, herido de muerte, con el costado abierto; las entrañas se derramaron sobre el barro. El agua invadió sus pulmones. Kane liberó la pierna atrapada bajo el cadáver del animal, levantó el estoque y contuvo la arremetida de su adversario. Escupiendo lodo, le propinó una patada en la entrepierna. El bandido brincó hacia atrás, soltando juramentos.

El inglés se incorporó, se arrancó el sombrero anegado de barro. Su expresión taciturna y amarga fue sustituida por el odio. El gigante se recuperó. La hoja del hacha rozó la cara de Solomon y le abrió un tajo en la sien. Kane dominó el dolor, cambió el arma de mano y la hundió hasta la empuñadura en el vientre del rival. El hombretón chilló y atrapó la hoja con las manos desnudas, expirando como un condenado en la cruz. El puritano retorció el estoque, sádico, gozando de su espantosa agonía.

La vida abandonó al gigante; sus ojos se pusieron en blanco y exhaló un estertor.

—¡Bastardo! —maldijo Solomon—. ¡Púdrete en el Averno!

Temblando por la tensión, enfundó la espada. Mareado, apretó la herida y detuvo la hemorragia como pudo. Uno de los caballos miraba el cadáver de su dueño, nervioso, con los ojos inflamados por el miedo. Kane lo tomó por las riendas y trató de calmarlo.

Agotado por la batalla, lo condujo hasta un islote y lo ató a una raíz que sobresalía entre las hierbas. Luego registró los cuerpos y se apoderó de sus escasas posesiones: unas monedas de cobre, alforjas con víveres, un pedernal de repuesto y una cuerda de buena factura. Aborrecía desvalijar a los muertos, pero no podía permitirse escrúpulos: había agotado las baratijas que guardó antes de salir tras Le Loup y necesitaba todo lo que encontrara para seguir adelante.

Más tarde, recogió sus pertenencias, ensilló la nueva montura y arrastró los otros dos corceles atados a la perilla de la silla. No podía quejarse: seguía vivo. Pocos hubieran sobrevivido a aquella emboscada. Lo sentía por el caballo caído; fue un buen compañero, merecía algo mejor que un hachazo en las tripas.

Cuervos siniestros surcaron los cañaverales, atraídos por el olor de la sangre, listos para darse un festín.

—¡Que os aproveche, pequeños! —dijo el inglés con sarcasmo.

La frase murió en sus labios. Una mano helada le paralizó el corazón. El mistral agitó el follaje y desdibujó su contorno. Entre las volutas de niebla vio el verdadero rostro de los cadáveres: cuerpos marchitos, piel apergaminada, colmillos de bestia, harapos que exhalaban el aliento de la tumba.

Vampiros… hijos de Lucifer, sedientos de la sangre de los inocentes.

El puritano retrocedió, tambaleante. Su mente de creyente rechazaba aquella visión impía, pero su alma sabía que era cierta. La ciénaga, los muertos, el olor del azufre... todo hablaba del Reino del Enemigo.

Espoleado por el miedo y la ira, Kane marchó hacia levante, en busca de tierra firme. Detrás de él, la niebla se cerró como una lápida. Aún le quedaba mucho camino por recorrer hasta Italia… y el Infierno no olvidaba su nombre.