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viernes, octubre 31, 2025

HUNTER S. THOMPSON: «EL DIARIO DEL RON» (EDITORIAL ANAGRAMA, 2002)

Por mucho que deseara con vehemencia todas aquellas cosas para las cuales se necesita dinero, había una especie de corriente diabólica que me empujaba en otra dirección…, hacia la anarquía y la pobreza y la locura. Hacia ese delirio enloquecedor que sostiene que un hombre puede llevar una vida decente sin alquilarse a sí mismo como un mercenario.

Hunter S. Thompson

 

Puerto Rico, finales de los años cincuenta. Paul Kemp (álter ego de Hunter S. Thompson) abandona Nueva York con destino a San Juan para trabajar en un periodicucho en estado de quiebra. Recién cumplidos los treinta, el protagonista es un experimentado buscavidas, tan arruinado como idealista, con un pie en el abismo, siempre al borde de la fina línea que separa la genialidad de la autodestrucción.

La novela transcurre en una interminable bacanal de borracheras, zozobra, sexo, fiestas, peleas y disputas con la policía. Rodeado por una galería de personajes —perdedores, macarras, gacetilleros de tres al cuarto, radicales obsesionados con reventar el sistema y alcohólicos empedernidos— que sueñan con escapar del punto muerto en el que se encuentran sus existencias, pero son demasiado apáticos para tomar alguna decisión al respecto, Kemp intenta mantener sus principios y no dejarse comprar por los poderosos.

La plantilla del Daily News no tiene desperdicio: fotógrafos, correctores, jefes de sección, reporteros y corresponsales que esperan encontrar la gran oportunidad que los eleve del mísero estado profesional en el que se hallan hasta los grandes ámbitos del mundo periodístico. Mientras tanto, el diario está en la cuerda floja, acosado por una serie de antiguos empleados que se manifiestan frente a sus puertas por falta de cobro. El director, consciente de que su propia plantilla lo desprecia y de que todos sus esfuerzos están condenados al fracaso, hace lo imposible por mantener su negocio a flote. Huelga decir que ninguno de sus empleados moverá un dedo por auxiliarlo: la gente no desea ensuciarse las manos cuando el naufragio es inevitable.

Nos encontramos con ambiciosos inversores, arquitectos, asesores y magnates —hombres de trajes de marca que viven en chalets de lujo, conducen deportivos, pescan en yates y toman cócteles de gambas con ginebra helada antes del almuerzo— que ansían enriquecerse gracias a la construcción de grandes cadenas hoteleras, aun a costa de destruir el entorno paradisíaco de la isla. Bañado por un sol perpetuo, el olor salado del océano y el calor asfixiante propio del verano caribeño, Kemp deambula de un lugar a otro en una nebulosa alcohólica perpetua: peleas de gallos, hastío existencial y terribles resacas que bordean la paranoia. ¿Cómo no sentirse tentado a trabajar para estos individuos depravados a cambio de un puñado de efectivo que le permita tener un descapotable, alquilar un apartamento con sábanas limpias, un ventilador, la nevera llena y abundante alcohol?

Cabe destacar la frustrada relación con una mujer errónea, tan al límite como el resto de los personajes de la obra. En ella se encarna el binomio salvación/perdición: un personaje femenino que, con unas cuantas copas encima, no duda en bailar desnuda entre musculosos puertorriqueños para acabar la noche en una orgía desenfrenada. Aunque sus actos la conduzcan a la ruina, utiliza sus poderes de seducción para salir de cualquier atolladero y no tiene escrúpulos en abandonar a quienes la sostienen cuando encuentra una alternativa más ventajosa para sus intereses.

El diario del ron (The Rum Diary, Simon & Schuster, 1998) tardó casi cuarenta años en ver la luz. Johnny Depp, gran amigo de Thompson, encontró el manuscrito mientras revisaba sus papeles y lo convenció para publicarlo con un mínimo de correcciones. Más tarde, el actor produciría y protagonizaría una película basada en la novela, estrenada pocos años después del suicidio del padre del periodismo gonzo.

Como obra escrita durante su juventud, revela el enorme talento que el autor demostraría sobradamente a lo largo de su carrera. Thompson, a diferencia de muchos escritores contemporáneos, nunca escribió para un público mayoritario, sino para una selecta minoría capaz de valorar su estilo crudo, anárquico y visceral. Todo un logro en un mundo laminado por las apariencias, la uniformidad de pensamiento, los clichés literarios y la necesidad de imitar el estilo de los pusilánimes para ser aceptado. Quizá por ello el libro fue desestimado por las editoriales de la época. Por suerte, el tiempo le ha otorgado la oportunidad que merecía.



miércoles, octubre 22, 2025

BRUCE SPRINGSTEEN: «BORN TO RUN» – MEMORIAS (PRIMERA PARTE) (LITERATURA RANDOM HOUSE, 2016)

De Freehold a la gloria del rock: repasamos la vida de Bruce Springsteen en su autobiografía Born to Run. Un viaje a las raíces del Boss.

I. El hombre

Bruce Springsteen creció en Freehold, Nueva Jersey, siempre en los márgenes, hijo de una familia trabajadora que apenas llegaba a fin de mes. En casa, la figura de su padre, Douglas, marcó su vida con una mezcla de silencio, frustración y amor reprimido. El alcohol, la depresión y la imposibilidad de expresar afecto generaron una distancia que pesaría durante décadas. Aquella tensión familiar fue la semilla de muchas de sus canciones: una lucha constante entre la necesidad de huir y el deseo de redención.

Desde muy joven supo lo que era sentirse un inadaptado: demasiado pobre para encajar en los círculos de moda, demasiado inquieto para resignarse al destino obrero de su barrio. Bruce veía en su padre el espejo del desencanto y la derrota que él se juró no repetir. Años después escribiría sobre ese vínculo roto en temas como «Adam Raised a Cain» o «Independence Day», donde el hijo intenta comprender a un hombre endurecido por el trabajo y la pobreza.

Antes de conocer el éxito, su vida transcurrió entre bares donde tocaba por unos dólares y bolos interminables en salas pequeñas. Fueron años de pura escasez, de ruina económica, en los que incluso llegó a pasar hambre. La carretera, sin embargo, le dio lo que la rutina le negaba: oficio, resistencia y un talento esculpido a base de sudor, kilómetros y noches sin dormir.

Pasaron tres años de giras y esfuerzos titánicos hasta que, finalmente, John Hammond —el mismo que había descubierto a Dylan— lo escuchó y apostó por él en Columbia Records. Fue el inicio de todo: el salto desde la periferia al centro, de la oscuridad de los clubes de Nueva Jersey a los focos del rock.

A lo largo de su vida, la figura paterna se transformó en espejo y advertencia. Bruce temía repetir los errores de su padre: la dureza, el aislamiento emocional, la incapacidad de abrirse a los demás. Sin embargo, durante sus años de mayor fama —cuando Born in the U.S.A. lo convirtió en un fenómeno global— acabó reproduciendo parte de ese patrón.

Su matrimonio con la actriz Julianne Phillips, en pleno auge de los ochenta, lo enfrentó a su propio vacío. Ella representaba el éxito y la estabilidad que él creía desear, pero Bruce descubrió que seguía atrapado entre la carretera y los fantasmas de Freehold. El divorcio fue doloroso y lo obligó a mirar hacia adentro: comprendió que el amor no basta cuando uno no sabe quién es.

Poco después, en la gira de Tunnel of Love (1987), encontró en Patti Scialfa —compañera de la E Street Band y confidente desde hacía años— a la persona que realmente comprendía su mundo. Con ella formó la familia que siempre había anhelado: Evan, Jessica y Sam. El nacimiento de su primogénito, en 1990, marcó un cambio profundo en su vida.

La prosa de Springsteen —en sus letras y en su autobiografía— es un reflejo del hombre: humilde, perseverante y de clase obrera. Un artista que ama su oficio por encima de todo, que ganó lo que tiene a base de esfuerzo y que, pese al éxito, conserva la gratitud y la capacidad de mirar la vida desde el asombro.

Chupa de cuero, camisa de cuadros, jeans, botas y una Fender Esquire de 1950. ¿Para qué más?

II. Bruce Springsteen y la E Street Band

Springsteen jamás se planteó un trabajo de nueve a cinco con cuello blanco. Solo le interesaba la música y, a diferencia de otros menos afortunados, logró cumplir sus sueños. Siempre lo tuvo claro: cero atracción por los excesos del rock and roll que se llevaron por delante a tantos grandes —Jim Morrison, Kurt Cobain, Amy Winehouse—. Quizá por eso se ha mantenido en pie en la industria hasta el presente. Para el Boss solo existe una opción: continuar adelante, devorar kilómetros y nunca mirar atrás.

También vivió la eterna lucha contra las discográficas, plagadas de ejecutivos sin visión que solo buscaban explotar a los artistas. La marcha de John Hammond y Clive Davis de Columbia lo dejó en una situación complicada tras su segundo álbum: los nuevos jefes no apostaron por él. Más tarde, incluso cuando ya era un éxito masivo, tuvo que pelear por unas condiciones contractuales más justas frente a Mike Appel, su representante.

Más que una estrella del rock, Springsteen siempre proyectó la imagen de alguien que podría encajar en un taller mecánico o conduciendo un camión por la Ruta 66. En esa sencillez se adivinaba la herencia de su padre: un hombre duro, de manos agrietadas y mirada cansada, que nunca entendió la pasión de su hijo por la música, pero cuya sombra impulsó al joven Bruce a demostrar que el talento también podía ser una forma de dignidad.

Esa misma filosofía de lealtad y trabajo en equipo fue la que lo llevó a crear una de las bandas más sólidas y queridas de la historia del rock: La E Street Band. Con ellos, Bruce no solo formó un grupo, sino una auténtica familia.

Steven Van Zandt, Clarence Clemons, Max Weinberg, Garry Tallent, Roy Bittan, Nils Lofgren, Danny Federici y, más tarde, Patti Scialfa, compartían con el Boss una misma ética: la música como oficio, no como lujo. Cada concierto era una celebración del esfuerzo colectivo, una prueba de hermandad que trascendía los escenarios.

Springsteen cuidaba de los suyos como un hermano mayor. Se aseguraba de que todos cobraran, de que nadie pasara apuros, de que cada integrante se sintiera parte de algo más grande que una simple banda. En los buenos y en los malos tiempos, el vínculo que los unía era indestructible.

Para Bruce, la E Street Band representaba lo que su padre nunca pudo darle del todo: una familia estable, sólida y llena de afecto. Era, al fin, el hogar que había buscado en la música.

III. La estrella del rock

La perfeccionista y agotadora grabación del corte «Born to Run» llevó seis meses: Springsteen sabía que necesitaba un elepé de éxito o la discográfica no renovaría su contrato. El resto del disco se terminó en Nueva York, en los legendarios estudios Record Plant, con John Landau como productor, apostando por la sencillez en los arreglos y las letras sobre ciudadanos comunes de una América herida.

«Thunder Road», «Tenth Avenue Freeze-Out» y «Jungleland» marcaron un antes y un después. Con ellas, todo cambió para siempre: la crítica lo aclamó, el público lo adoptó y el propio Bruce comprendió que su sueño —convertirse en el portavoz de una generación— se había cumplido. Pero junto al éxito llegó también el miedo: perder el alma, su autenticidad y convertirse en un producto más de la industria.

La batalla en los tribunales contra Mike Appel mantuvo a Springsteen tres años alejado de los estudios, sin poder grabar nueva música. Además, lo dejó en la bancarrota —pese a ser un músico de prestigio con ventas millonarias— hasta principios de los años ochenta.

Desde Inglaterra, el punk había sacudido la industria hasta sus cimientos. Nada volvería a ser igual. En Darkness on the Edge of Town (1978), el cantante habló sobre las privaciones de su infancia, la dureza de los barrios obreros y la muerte del sueño americano, a través de personajes exhaustos que, sin embargo, se resisten a aceptar la derrota. Un trabajo oscuro y adusto, que llegó a los fans gracias a una gira incendiaria. No tardaría en convertirse en uno de los más venerados de su discografía.

The River (1980) significó un revulsivo personal para el Boss: un sonido crudo, áspero, casi de garage, que arropaba historias teñidas de cierto halo político y de desesperación; demasiados compromisos familiares no resueltos y heridas íntimas aún por cicatrizar. «Hungry Heart» se convirtió en un éxito y les abrió las puertas a un tour europeo —el primero en cinco años— en el que arrasaron.

La novela Nacido el 4 de julio hizo que Springsteen tomara conciencia de los veteranos de Vietnam, de sus heridas invisibles y su abandono por parte del país. A partir de entonces, su compromiso con la causa sería absoluto.

El country, el blues, el góspel y la música folk inspiraron lo que muchos consideran su obra maestra indiscutible: Nebraska (1982). Un elepé tranquilo y desnudo en el que el Boss expone su alma en formato acústico, enfrentándose a los fantasmas de su niñez y el destino de los desheredados. La sombra de Freehold nunca lo abandonaría del todo. Tras terminar las maquetas, regrabó el álbum con la E Street Band, pero concluyó que debía quedarse tal cual. No hubo gira para promocionarlo. La película que se estrena, Deliver Me from Nowhere, dirigida por Scott Cooper, se centra precisamente en esta etapa crucial de su carrera, explorando el proceso creativo y emocional que dio forma a Nebraska, así como el aislamiento y la introspección que marcaron aquel momento en la vida de Bruce.

La integridad artística de Springsteen siempre ha estado fuera de duda. Por ello, la publicación de Born in the U.S.A. (1984), el disco más vendido de su carrera, no puede considerarse un producto vacío. El tema titular, malinterpretado por Ronald Reagan, era una denuncia feroz contra el sistema que descartaba a sus ciudadanos cuando dejaban de ser útiles.

El videoclip de «Dancing in the Dark» lo impulsó a una dimensión mediática inédita. Por primera vez, el Boss aparecía como una auténtica estrella de la MTV, bailando y sonriendo ante millones de espectadores: un obrero del rock convertido, sin quererlo, en ícono pop. Por suerte, la fama no lo consumió. Supo mantener los pies en la tierra y seguir fiel a sus raíces.

Tunnel of Love (1987) trajo un tono más introspectivo y personal, centrado en el amor, la madurez y la desilusión. Después llegarían el matrimonio con Patti Scialfa, la paternidad y la búsqueda de equilibrio tras años de tormentas internas.




viernes, octubre 17, 2025

HENRY MILLER: «EL COLOSO DE MARUSI» (EDHASA EDITORIAL, 2014)

Me sentí completamente separado de Europa. Había entrado en un nuevo mundo como un hombre libre: todo se había conjuntado para que aquella experiencia fuera feliz y fructífera. ¡La Virgen, qué feliz era! Pero, por primera vez en mi vida, era feliz con la plena conciencia de serlo.

Henry Miller


En 1939, a los cuarenta y ocho años de edad, gracias a su amigo Lawrence Durrell, Henry Miller acepta tomar unas vacaciones en Grecia. Después de veinte años de empleos miserables, relaciones tormentosas, escritura, aceras rotas, penalidades, tugurios y prostíbulos de mala muerte —primero en Nueva York y después en París—, el escritor no tarda en aceptar la invitación. La imagen de la costa griega, las aguas cálidas del Mediterráneo, la caricia del sol sobre su cuerpo y el chocar de la espuma contra el casco del barco le hacen experimentar una sensación de plenitud desconocida. ¿Sería posible que, por primera vez en toda su existencia, pudiera olvidar las cicatrices del pasado? Puede que la vida, la misma a la que había decidido enfrentarse en su obra, no fuera tan sórdida como siempre había creído. Debía aprovechar aquella oportunidad: la Segunda Guerra Mundial se encontraba próxima, vaticinando millones de muertos, destrucción y caos.

Miller era un individuo desilusionado con el mundo moderno, sobre todo con la política imperialista y opresora de Estados Unidos y, por extensión, de Nueva York, su ciudad natal, con la que siempre mantuvo una relación de amor y odio. Su literatura puede tacharse de todo menos de convencional: crítica a la sociedad, vuelos de imaginación metafísica, inquietudes espirituales, odio hacia el egoísmo humano, pasión desbordada y filosofía extrema. Al contrario de lo que puedan pensar los lectores, Miller fue un vitalista que disfrutó cada segundo de su vida con una fruición digna de elogio. La búsqueda que guio toda su carrera literaria fue la felicidad personal, amorosa, espiritual, sexual y económica.

El coloso de Marusi destaca por su canto a la naturaleza, las leyendas, los mitos, los sueños, la pobreza y la eternidad condensada en la belleza de las ruinas, estatuas y caminos cubiertos de polvo que desfilan ante los ojos del escritor durante su viaje. A diferencia de Primavera negra, Trópico de Capricornio, Trópico de Cáncer o Días tranquilos en Clichy, nos encontramos con un Henry Miller que ha encontrado la paz interior y acepta a sus semejantes con todas sus virtudes y defectos. Su mirada cínica, implacable y corrosiva ha dado paso a la visión de un hombre maduro y contemplativo, el mismo que se maravilla profundamente de su entorno, costumbres y habitantes durante su recorrido de meses a través de todo el país.

La prosa de Miller —líquida, tumultuosa, sensual y firme— conduce al lector a través del mundo antiguo. Nuevamente, nos encontramos con un individuo libre de trabas morales, políticas, sociales y filosóficas, que lo único que anhela es aprender todo lo posible. Grecia le devuelve la esperanza de que la raza humana, cuando se libere de sus ataduras, pueda encontrar la salvación. Su admiración hacia el pueblo griego no conoce límites. Lo considera valiente, amable, fiel, generoso y agradecido, algo que no opina de sus compatriotas estadounidenses, a quienes tacha de falsos, absurdos e ignorantes, engañados por los tres pilares en los que se basa su modo de vida: patria, familia y religión. Cabe destacar el análisis al que somete a sus amigos (poetas, pintores, novelistas), siempre desde la calidez, la admiración y el humor. En cambio, su ojo crítico no deja intactos a los poderosos: magnates, políticos, religiosos y militares que, gracias a su ambición, estrechez de miras y mezquindad, han convertido el planeta en un lugar miserable.

Durante un año —entre largos paseos, baños en la playa, cenas en casas de amigos, estancias en hoteles y excursiones—, Miller contempla una Grecia clásica incólume al paso del tiempo, por la que desfilan los dioses antiguos antes de que el cristianismo mancillara aquellas tierras con su doctrina aniquiladora. La belleza del país, de un modo u otro, sobrevivirá a la memoria de los hombres. Nápoles, el Pireo, las ruinas de Pompeya, Corfú, Eleusis, Hidra, Epidauro, Tirinto, Micenas, Cnosos, Festos, Tebas, el Peloponeso, Corinto, Esparta… Cálido, inteligente y lleno de ternura hacia el universo, nos propone realizar un recorrido espiritual que sane nuestras almas.

Las palabras del autor después de visitar la tumba de Agamenón definen la nueva filosofía existencial que había adquirido y sirven como cierre para resumir la obra:

«No quiero saber nada más de la civilización y de sus productos de almas cultivadas. Renuncié a mí mismo al entrar en esta tumba. De ahora en adelante soy un nómada, un don nadie espiritual. Podéis coger vuestro mundo fabricado y ordenarlo en los museos; yo no lo quiero, de nada me sirve. No creo que ningún ser civilizado sepa ni haya sabido nunca lo que ha tenido lugar en este recinto sagrado. Eso está más allá del conocimiento y la comprensión del hombre civilizado; él está al otro lado de esa pendiente cuya cima fue escalada mucho antes que él o sus antepasados estuvieran en el mundo. A eso llaman la tumba de Agamenón. Bien; tal vez uno llamado Agamenón descansaba aquí. ¿Y qué? ¿Voy por eso a quedarme parado, abriendo la boca como un idiota? No lo haré. Me niego a detenerme en ese hecho,  demasiado  sólido.  Aquí me elevo,  no  como poeta,  narrador, cuentista o mitólogo, sino como espíritu puro. Digo que el mundo entero, abriéndose en abanico en todas direcciones desde este lugar, vivía antiguamente de un modo que nadie es capaz de imaginar».



jueves, octubre 16, 2025

AUGE Y CAÍDA DEL POST-PUNK REVIVAL: «NOS VEMOS EN EL BAÑO: RENACIMIENTO Y ROCK AND ROLL EN NUEVA YORK, 2001-2011» (NEO PERSON, 2018)

Nos vemos en el baño: Renacimiento y Rock and Roll en Nueva York, 2001-2011 (Neo Person, 2018), de Lizzy Goodman, cuenta la historia de las bandas de la Gran Manzana de principios de siglo a través de una serie de entrevistas cruzadas, al estilo de la biblia del género: Por favor, mátame. La historia oral del punk.

Nos encontramos con la crema musical de la época: The White Stripes, Fischerspooner, TV on the Radio, Yeah Yeah Yeahs, The Rapture, The National, Interpol, Vampire Weekend, LCD Soundsystem, The Killers, Kings of Leon, Franz Ferdinand y, por supuesto, «los famosísimos The Strokes». Todos empezaron de cero en garitos como el CBGB, el 2A, el Max Fish, el Darkroom, el Mercury Lounge, el Milk & Honey o el Pianos. Nueva York volvió a adquirir relevancia cultural. El post-punk revival recogió el testigo del grunge y del britpop, devolviendo el rock a la calle en una época en que triunfaba el nu metal de Korn, Deftones o Limp Bizkit.

The Strokes fueron la punta de lanza de aquel movimiento con sus chupas de cuero, pitillos, Ray-Ban y zapatillas Converse. Sus canciones eran urgentes, enérgicas y guitarreras. Los medios compararon al grupo con Television y los Ramones. The Strokes se convirtieron en el epítome de lo cool, de la modernidad neoyorquina. Nunca vendieron millones de elepés, pero fueron una fuente de inspiración. El resto de las bandas siguió su estela.

El indie de la Gran Manzana tuvo un ascenso vertiginoso hasta la primera línea: una fusión entre garage, rock alternativo, dance y electroclash. Eclecticismo al máximo. Fiestas, sexo, drogas, famoseo, alcohol, desfase, modelos, música... El estrellato corrompe hasta a los mejores. No tardaron en aparecer tensiones, resentimiento, negligencia, mal rollo, falta de creatividad y litigios discográficos. Las clínicas de rehabilitación recibieron muchas visitas de parte de nuestros héroes.

En aquella época, Internet era vista con recelo por las discográficas. Ninguna llegó a imaginar la repercusión que tendrían los blogs, las webs y las redes sociales en el futuro próximo. ¿Quién lo hubiera dicho, verdad? Plataformas como Napster o Soulseek sembraron el terror en la industria: la gente empezó a descargar música gratuitamente y, en consecuencia, las discográficas cerraron el grifo. Se acabaron los contratos de seis cifras, las limusinas y el catering para conquistar a los artistas. La globalización de la tecnología lo cambió todo. Por muchas demandas y multas que impusieran a los usuarios, Internet era una bola de nieve imparable. Las ventas de discos no tardaron en desplomarse.

Los ataques del 11-S y la invasión de Irak transformaron el país: miedo, angustia y paranoia. La gente empezó a salir de parranda como si no hubiera mañana. El cambio de Gobierno, el patriotismo, la religiosidad, la gentrificación, el cierre de locales veteranos… Barrios como Manhattan, Brooklyn y Williamsburg se volvieron pijos. Cuando te prohíben bailar en los baretos, la cosa está jodida de verdad. Por no hablar de fumar un miserable pitillo… Las clases pudientes pisotearon a las humildes. Nueva York y, por extensión, Estados Unidos cambiaron a peor.

A todos les alcanzó la fama repentina: giras interminables, adulación, excesos, dinero a mansalva… Tuvieron que arreglárselas del mejor modo posible para soportar la presión del estrellato y salir adelante. Aquellos grupos que pertenecían a la escena underground terminaron triunfando a nivel global y convirtiéndose en referentes para nuevas formaciones. A pesar de ello, conservaron su independencia artística; ninguno quiso ser absorbido por el sistema.

A diferencia de otros movimientos musicales, apenas existió competitividad entre las bandas mencionadas. Solo la justa y necesaria a nivel artístico. ¿The Strokes contra The White Stripes, como en su día Blur vs Oasis? Ni de broma... Nadie quiso entrar en ese juego. La mayoría eran colegas, alternaban en los mismos locales, conocían a gente en común y compartían estudios de grabación y escenarios. Un circuito formado por universitarios, hípsters, bohemios, intelectuales, outsiders, artistas de vanguardia, freaks y marginados. Irónicamente, nadie esperaba que alcanzaran el mainstream y se consolidaran. Citando al Alan McGee de Creation Stories: «El rock and roll nunca muere, solo se transforma».



miércoles, septiembre 20, 2023

«PLEASE, PLEASE TELL ME NOW: LA HISTORIA DE DURAN DURAN» DE STEPHEN DAVIS (LIBROS CÚPULA, 2023)

The Fab Five

Descubrí a Duran Duran gracias al videoclip Wild Boys. Su estética postapocalíptica que bebía de Mad Max me dejó fascinado. Extravagante y ambicioso, captó toda mi atención. El tema es uno de los mejores del grupo. Fue imposible no sentir interés por ellos. Juventud, divino tesoro…  

 

En aquella época la música rotaba constantemente en los medios. No existía Internet, Youtube, Spotify o Apple Music. Duran Duran fue uno de los combos más famosos de los ochenta gracias a trabajos referenciales como Rio (1982) y, sobre todo, a sus innovadores vídeos llenos de glamur, elegancia, chicas guapas, fantasía y exotismo que llevaron el género a otro nivel, calando hondo en la cultura popular. 

 

Simon Le Bon (voz), Nick Rhodes (teclados), John Taylor (bajo), Andy Taylor (guitarra) y Roger Taylor (batería) eran chavales de clase media, andróginos y sin grandes aptitudes musicales, amantes de David Bowie, T-Rex, Roxy Music, Kraftwerk, Giorgio Moroder, The Human League, Japan, Chic y Simple Minds. Su música terminaría siendo una mezcla de todos los anteriores.

 

Estos fueron apadrinados por Paul y Michael Berrow, dueños del mítico Club Rum Runner de Birmingham, local en el que tuvieron la oportunidad de perfeccionar su repertorio antes de saltar a la fama. Desde un primer momento, con una seguridad en sí mismos que rayaba lo insultante, Duran Duran supo que iban a ser estrellas. Tal como suele suceder, los medios les adjudicaron la etiqueta New Romantic junto a A Flock of Seagulls, Spandau Ballet, Culture Club, Visage, Yazoo o Ultravox. ¿Que tenían aquellas bandas en común? Poco. Aparte de una estética heredera del glam rock y el uso masivo de sintetizadores. 

 

Los hijos predilectos de la MTV

 

La MTV cambió la industria para siempre. Cualquier formación tenía la oportunidad de llegar a millones de espectadores, por consiguiente, se empezó a invertir en lo visual sin escatimar en presupuesto. Duran Duran cuenta con joyas como Girls on FilmHungry Like a Wolf, Save a Prayer, Is There Something I Should Know?, Rio, Union of the Snake, Wild Boys, A View to a Kill… La lista podría ser interminable. De hecho, puede que inspiraran a que Michael Jackson doblara la apuesta con Thriller

 

Primeros síntomas de desgaste 

 

Millones de discos vendidos, giras extenuantes, sobreexposición mediática, grabaciones maratonianas, egos, fiestas, drogas, la división interna en los proyectos Arcadia y The Power Station, Live Aid… 


La fama erosionó al grupo lentamente. Duran Duran fue una de las primeras boys bands, carne de revistas para adolescentes. Maquillaje, trajes llamativos, yates, escenarios exóticos, modelos… La crítica los tachó de superficiales, de grupo mediocre que había triunfado gracias a la MTV. Craso error: todos eran grandes músicos, mucho más que cinco guaperas que aparecían en los pósteres de las habitaciones adolescentes. No tengo nada contra la música pop, al contrario, siempre que tenga un nivel de calidad y compromiso, bienvenida sea. Tuvieron que pasar muchos años para que los medios les otorgaran el respeto que merecían por derecho propio. 

 

Para el cuarto elepé, Notorius (1986), bajo la batuta de Nile Rodgers (Bowie, Chic), en el que el combo demostró mayor madurez musical, Andy y Roger Taylor habían abandonado el barco. La formación original no volvería a publicar disco hasta el 2004. Fueron necesarios casi veinte años —y muchas ofertas económicas— para que volviera a reunirse. 

 

Los años noventa

 

La balada Ordinary World devolvió al grupo a la cima después de años indecisos en los que, aunque publicaron discos correctos —Big Thing (1988) y Liberty (1990), no alcanzaron el éxito de sus primeras obras. La banda se encontraba perdida y la adición de John Taylor no auxiliaba a mejorar las cosas. The Weeding Album (1993), les proporcionó una segunda juventud.


Todos han reconocido que el artífice de la resurrección de Duran Duran fue el guitarrista Warren Cuccurullo (Mising Persons): «Introducir a Warren como miembro de la banda y darle rienda suelta a su talento fue clave para The Wedding Album». El éxito volvería a mostrarse escurridizo: el álbum de covers Thank You (1995) y Medazzaland (1997), vendieron poco y recibieron malas reseñas. 

 

Los noventa alternaron entre el grunge, hip hop, britpop, nu metal y la música electrónica. El problema no es llegar a la cima, el problema es reinventarte, ofrecer un producto llamativo y fresco cada vez que regresas a la carretera. La industria musical se regenera casi a diario para sobrevivir. El público es voluble y cambia de intereses, sin contar que cada década cuenta con una nueva generación que crece influenciada por las tendencias que imperen en su momento. Pocas bandas New Romantic lograron superar los noventa.

 

El regreso de la formación original

 

Pop Trash (2000) significó otro punto bajo en la trayectoria de la banda. Tanto, que la nueva discográfica, Hollywood Records, rescindió el contrato. Solo quedaba una opción: resucitar a los Duran Duran primigenios. La vuelta de Andy Taylor significó la despedida de Cuccurullo. Fue triste prescindir de un miembro que había aportado tanto al grupo, sin embargo, el espectáculo debía continuar. 

 

Astronaut (2004), aunque poco tenía que hacer en comparación con las viejas glorias, fue el preludio a una clamorosa gira que agotó entradas. La nostalgia vende: no les quedó mas remedio que utilizarla para sobrevivir. 


Para The Red Carpet Massacre (2007), la discográfica los convenció para renovar su sonido con productores de moda como Timbaland o Justin Timberlake. El resultado: un estrepitoso fracaso que estuvo a punto de hundir su carrera. Andy Taylor volvió a abandonar la formación. 

 

El legado de un grupo incombustible

 

Para mantenerse vigentes, a partir de All You Need Is Now (2011), los discos de Duran Duran se convertirían en superproducciones con multitud de colaboradores de lujo. La banda regresó a su esencia: funk, temas bailables y melodías pegadizas. Ana Matronic (Scissor Sisters), Kelis, Owen Pallett (Arcade Fire) y Nino Rota (El Padrino) participaron en el mismo. El disco fue un éxito de ventas recibido con agrado por los fans

 

Para su continuación, Papers Monsters (2015), regresó Nile Rodgers junto a Janelle Monáe, Kiezsa, Lindsay Lohan, John Frusciante (Red Hot Chili Peppers) y Steve Jones (Sex Pistols), en un álbum que incidía en la fórmula del anterior. En una época en la que todos los grupos se inspiraban en el sonido de los ochenta, ¿quién mejor que Duran Duran para reivindicar su legado?

 

Future Past (2021) también cuenta con una serie de colaboradores envidiable: Mike Garson, Tove Lo, Chai, Giorgio Moroder y Graham Coxon (Blur) a la guitarra. El elepé fue lanzado para celebrar el cuarenta aniversario del grupo. ¿Quién hubiera dicho que los de Birmingham permanecerían tanto tiempo en la industria después de una carrera llena de éxitos y fracasos? 

 

El futuro de Duran Duran

 

La banda ha anunciado Danse Macabre para octubre. Un elepé inspirado en Halloween con tres temas nuevos, covers y versiones actualizadas de sus clásicos. Andy Taylor y Warren Cuccurullo vuelven, más la colaboración de Nile Rodgers y Victoria De Angelis (Måneskin). Si algo funciona… ¿Para que cambiarlo? Es evidente que la retirada queda muy lejos de los planes de Duran Duran. 

 

Please, Please Tell Me Now de Stephen Davis

 

Stephen Davis es uno de los mejores biógrafos musicales que ha escrito sobre Bob Marley, Led Zeppelin, Aerosmith, Jim Morrison, The Band y The Rolling Stones. Please, Please Tell Me Now está narrado con capítulos cortos, sencillos, profusamente documentados, que se devoran en un suspiro. 

 

A diferencia de otros libros de Davis, apenas existe sensacionalismo en las páginas. Como todas las bandas de rock, Duran Duran ha cometido sus excesos, no obstante, el autor se centra en su periplo musical, giras y grabaciones de discos, que es lo que importa a los incondicionales cuando leen la historia de sus grupos favoritos. 

 

Como punto negativo: el libro ahonda a principios de los ochenta, con entrevistas, profundos análisis musicales de sus álbumes y trayectoria en directo. Sin embargo, a partir de Notorious, el trabajo no es tan exhaustivo, se limita a mencionar los singles de rigor y el impacto en las listas de ventas. Please, Please Tell Me Now mantiene la cohesión pero, adolece de la garra de sus primeros capítulos. Imagino que a Davis le parecerían más interesantes los años de gloria y popularidad del grupo. 

 

Please, Please Tell Me Now es una estupenda biografía de una de las mejores bandas de los ochenta. Duran Duran ha logrado sobrevivir durante décadas con la calidad de su música intacta. Muy recomendable. 





martes, junio 27, 2023

«ALADDIN SANE: 50 AÑOS» (LIBROS CÚPULA, 2023)

«No creo que Aladdin sea un personaje tan claramente delimitado y definido como lo era Ziggy. Ziggy debía estar claramente delimitado, definido y con áreas de interacción, mientras que Aladdin es bastante efímero. También es una situación, en lugar de ser solo un individuo. Creo que abarca situaciones además de ser un personaje.»

David Bowie 


La portada de Aladdin Sane 

The Fall and Rise of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (RCA, 1972) había catapultado a David Bowie a la fama. Este tenía una agenda apretada: conciertos en Inglaterra, una actuación en Top of the Pops, producir Transformer de Lou Reed, y otra gira por Estados Unidos y Japón para el año siguiente. El nuevo elepé debía triunfar para consolidar su reciente estatus de estrella. 

El libro abre con el hijo de Brian Duffy, Chris. El fotógrafo cuenta cómo conoció a Bowie siendo niño. Al escuchar por primera vez Ziggy Stardust, quedó fascinado por el cantante. Por consiguiente, su padre lo invitó a la sesión que tenía programada en los estudios Trident. La noche 9 de enero de 1973, Chris tuvo la oportunidad de contemplar a Ken Scott, Bowie y Mick Ronson grabando el cover Let's Spend the Night Together de The Rolling Stones. Chris Duffy: 

«Duffy finalmente apareció, Ken y Mick se tomaron un descanso y David empezó a discutir con Duffy sobre la inminente sesión de fotos para el álbum. Duffy preguntó cómo se iba a llamar el álbum, y David respondió: «A Lad Insane» (Un chico loco). Duffy lo procesó al instante y contestó: «Aladdin Sane». Ese momento reflejó perfectamente el proceso creativo que David y Duffy estaban desarrollando, y así nació Aladdin Sane.»

En la actualidad es complicado entender la revolución social, artística y sexual que despertó el cantante durante la Ziggymanía. El glam rock desafió a la industria y, sobre todo, al movimiento hippie. La paz y el amor fueron reemplazados por la brillantina, subversión y ambigüedad. A diferencia del rock psicodélico, el glitter apostaba por el contenido, la imagen como objetivo primordial, antes que lo filosófico. 

Geoffrey Mash, comisario de la exposición David Bowie Is, continúa la historia hablando de Brian Duffy y de la célebre sesión que crearía la portada del disco. Mash:

«La afirmación de Bowie de «soy gay y siempre lo he sido» en enero en el Melody Maker fue una táctica útil para llamar la atención en la emergente escena británica del glam rock, de la purpurina, del maquillaje y de la ambigüedad sexual.»

Tony Defries, mánager de Bowie, no escatimó en gastos para promocionar al cantante, contratando a los mejores fotógrafos que operaban en la escena londinense: Mick Rock, David Bailey, Brian Ward, Masayoshi Sukita y Brian Duffy. Defries recuerda: 

«Yo buscaba una imagen de portada icónica y un material gráfico que me ayudara a convencer a la RCA de que Bowie era lo suficientemente importante como para justificar un tratamiento de megaestrella y una financiación que lo impulsara exactamente a ese estatus. Contratar a un fotógrafo de talla internacional para que creara una imagen de marca y a un diseñador para el material gráfico era la mejor manera de enviar ese mensaje.»

Duffy, que había inmortalizado a actores —Charton Heston, Michael Caine, Brigitte Bardot—, músicos —John Lennon, Black Sabbath—, políticos —Harold Wilson— y hasta al célebre mafioso Reggie Kray, fue el encargado de realizar la portada con libertad creativa absoluta. En palabras del antiguo agente de Duffy, David Puttnam: 

«Brian era mucho más que un fotógrafo dotado; era un "anarquista social" singularmente constructivo que, a través de la pura fuerza de su personalidad, ayudó a que el anquilosado conservadurismo de la década de 1950 se extinguiese definitivamente». Un outsider, en definitiva, encajaba con Bowie. 

La sesión de Aladdin Sane

El sábado 13 de enero de 1973, en el estudio de Duffy situado en el número 151a de King Henry's Road —zona bohemia y artística del norte de Londres—, tuvo lugar la sesión que convertiría Aladdin Sane en una imagen icónica, perfectamente reconocible, que ha marcado la cultura pop desde hace cincuenta años. 

El equipo fue el siguiente: Defries, Brian Duffy, el maquillador Pierre Laroche, la diseñadora Celia Philo y Francis Newman, director del estudio de Duffy. El trabajo previo de Philo y Duffy en el Calendario Pirelli les sirvió de modelo a la hora de plasmar las ideas que tenían en mente. Según la leyenda, para el famoso rayo Bowie se basó en el logotipo "Taking Care of Business" de Elvis, aparte que una arrocera National Panasonic que se encontraba en el estudio contaba con el mismo símbolo. A ninguno se le escapó la coincidencia.

En un principio, Laroche quería dibujar un pequeño rayo en la mejilla de Bowie, sin embargo, en un arrebato de inspiración, Duffy lo extendió por todo su rostro para que resultara más llamativo. Newman:

«En realidad, fue Duffy quien hizo la forma inicial, no digo que hiciese el maquillaje real, pues eso fue obra de Pierre, que tardó una hora en terminarlo. El tono rojo es tan brillante porque en realidad era lápiz de labios.»

La cámara Hasselblad 500 de Duffy obró su magia. La "lágrima" de cromo que aparece en la clavícula de Bowie fue idea de Philo, inspirada en un broche con el logo warholiano de The Rolling Stones. Philip Castle (La Naranja Mecánica) se encargaría de aerografiar en color plata la imagen de la portada y del interior. Aunque los Spiders también fueron fotografiados, no llegaron al libreto. El material fue enviado a Photolitho Sturm (Suiza) para la producción de las planchas y separaciones del álbum. Aladdin Sane, el genio de la lámpara, el monstruo kabuki, el Ícaro de las estrellas, había nacido. Nadie imaginaba que tendría una muerte prematura. 

La Mona Lisa del pop

La portada de Aladdin Sane ha marcado escuela en la historia de la música. Hablamos de los años setenta: no existía el movimiento LGTBIQ+, la inclusión o la identidad de género. El rayo es un símbolo universal que ha trascendido épocas, e incluso al propio Bowie. La dualidad entre la cordura y la locura, Europa contra Estados Unidos, las fronteras sexuales difuminadas… Bowie es misterioso, irreal, extraño, alienígena; propuesta que utilizó desde Space Oddity hasta protagonizar El hombre que cayó a la Tierra (1976) en pantalla. 

La primera parte es amena, fácil de leer, con imágenes del estudio donde se realizó la sesión, diversos trabajos de Duffy, fotografías de las sesiones de Lodger (RCA, 1979) y Pierre Laroche, Celia Philo y Francis Newman. Mash narra el momento con elegancia, incluido el éxito del álbum, el revuelo que causó la portada en el público —no se parecía a nada previo— y las críticas de los medios del Reino Unido: Melody Marker y NME tacharon al disco de superficial. Mash: 

«A lo largo de las décadas posteriores […] Aladdin Sane se ha consolidado como la carátula definitiva del álbum de Bowie. La que no solo combina en una sola imagen todo el notable arte de David, sino también el impacto que su carrera tuvo en los valores sociales, la libertad de expresión y el poder que tiene cada uno para elegir quién quiere ser.»

Andrógino, frágil y robótico, Bowie parece engendrado por HAL de 2001: Una odisea en el espacio. El forastero en tierra extraña, un chamán del futuro, el visionario adelantado a su tiempo. Todo guarda continuidad en su obra: el Mayor Tom perdido en el cosmos de Space Oddity (Mercury, 1969), Ziggy Stardust en Heddon Street, los androides de Pin-Ups (RCA, 1973), el mutante canino de Diamond Dogs (RCA, 1974), la cámara de eco de Station to Station (RCA, 1976), el perfil alineado heredero de Thomas Jerome Newton de Low (RCA, 1977), el Che Guevara aplastado de Lodger y el pierrot de Scary Monsters (and Supercreeps) (RCA, 1980). Bowie volvería a trabajar con Duffy en los dos últimos álbumes. No obstante, ninguna portada, quizá excepto "Heroes" (RCA, 1977), resultaría tan emblemática como la de Aladdin Sane

El triunfo de Aladdin Sane

En la segunda parte, una serie de autores relacionados con el universo de David Bowie analizan el elepé canción a canción: Paul Morley (What That ManTime), Kevin Cann (Aladdin Sane (1913–1938–197?), The Prettiest Star), Charles Shaar Murray (Drive-In SaturdayLet's Spend the Night Together), Nicholas Pegg (Panic in DetroitThe Jean Genie) y Jérôme Soligny (Cracked ActorLady Grining Soul).

El disco salió a la venta el 19 de abril de 1973. Tal era la popularidad de Bowie, que el público había pedido cien mil copias por anticipado. Aladdin Sane fue número 1 en el Reino Unido durante cinco semanas. Todos respiraron tranquilos ante aquel triunfo arrollador.

A los Spiders from Mars —Mick Ronson (guitarra), Trevor Bolder (bajo) y Mick Woodmansey (batería)— se sumó el pianista de jazz Mike Garson, que amplió el lenguaje musical del artista con sus devaneos experimentales en Aladdin Sane (1913–1938–197?) —con un solo de piano mítico—, la teatral TimeLet's Spend the Night Together. Angie Bowie: 

«Cuando haces una nueva versión de una canción tan identificada con el artista original, estás rindiéndole homenaje, naturalmente. […] Y en este caso no me cabe la menor duda de que David quería robarle el protagonismo a los Stones, o, mejor dicho, el territorio de los Stones.»

Con una impecable producción de Ken Scott, Aladdin Sane fue un trabajo caótico, fracturado y ecléctico. Bowie nunca encajó en el mundo real, en lo políticamente correcto, en lo que se esperaba de un ídolo pop. El álbum recorre una Norteamérica alienada, estilo la Interzona de William S. Burroughs, en la que imperan el glamur, la fiesta y el exceso. Decadencia urbana, viñetas de cómics, soledad, violencia, flashes, paranoia, espejismos, locura: las consecuencias de bregar con el estrellato. Bowie, el eterno forajido portavoz de los marginados… Una mezcolanza de jazz, blues, glitter rock y cabaret… El Armagedón, la Tercera Guerra Mundial, podía suceder en cualquier momento. 

En un periodo de tours constantes, ansiedad, expectativas y fama, la mayoría de las canciones fueron compuestas en autobuses, hoteles y cruceros durante la gira americana de Ziggy Stardust en 1972. Cleveland, Memphis, Nueva York, Boston, Chicago, Detroit, San Luis, Kansas… Fue una época de cambios crucial para Bowie: después de casi una década anhelando el estrellato, el peso del mismo empezaba a pasarle factura. En breve, los narcóticos empeorarían las cosas. El cantante declararía más adelante a Rolling Stone

«No quería quedar atrapado en este personaje toda mi vida. Y supongo que lo que estaba haciendo con Aladdin Sane, era intentar moverme al siguiente nivel, usando una imitación pálida de Ziggy como un segundo recurso. En mi mente, era Ziggy va a Washington: Ziggy bajo la influencia de América…»

What That Man filtra el Exile on Main St. de los Stones a través del glam con un Ronno espectacular, en Drive-In Saturday, con su atmósfera doo-wop de los años cincuenta, los habitantes del futuro revisan cintas porno del siglo XX para recordar sobre qué trataba el sexo. La culebreante The Jean Genie —primer single del álbum— encuentra su inspiración en Iggy Pop y en el escritor underground Jean Genet. 

En Panic in Detroit —incursión soul a lo Bo Diddley— predominan las guitarras, al igual que en la enérgica Cracked Actor, una ácida pulla al mundo del espectáculo. The Prettiest Star —tema que pasó desapercibido en las listas en 1970— se regrabó sin la guitarra de Marc Bolan. Mención especial merece la balada Lady Grining Soul —inspirada en la corista Claudia Lennear—, con su atmósfera sensual, ritmo flamenco, piano exuberante y metales. Una de las joyas más infravaloradas del catálogo de Bowie. 

Aunque hayan sido escritos por autores distintos, los diez análisis se complementan perfectamente. Una visión calidoscópica de la importancia del disco llena de anécdotas, momentos claves en la trayectoria de Bowie y la calidad de las canciones. Respecto a la parte visual, encontramos la sesión "perdida" de los Spiders, primeros planos en blanco y negro del cantante, la gráfica del álbum, multitud de imágenes inéditas hasta la fecha y el material de la campaña de prensa de RCA para promocionar el elepé. 

Meses después, al igual que sucede en el disco homónimo, Ziggy mordería el polvo. La fecha: 3 de julio de 1973 en el Hammersmith Odeon de Londres. Bowie se despidió en el escenario: 

«Esta no es solo la última actuación de la gira, sino que es la última que haremos jamás. […] Adiós. Os queremos.»

La leyenda acababa de empezar… 

Conclusión:

Aladdin Sane: 50 Años desgrana la creación visual y sonora del mítico Aladdin Sane. Provisto de numerosas fotografías inéditas, artículos y análisis musicales, resulta de compra obligada para los seguidores de David Bowie. 




lunes, junio 12, 2023

BRET EASTON ELLIS: «LOS DESTROZOS» (LITERATURA RANDOM HOUSE MONDADORI, 2023)

«Un chico de diecisiete años (cumpliría los dieciocho en marzo) circulando por Mulholland en un Mercedes descapotable vestido con uniforme de colegio privado y con las Wayfarer puestas constituye una estampa de cierto momento imperial del que, a veces, era autoconsciente: ¿Parezco un gilipollas?, me preguntaba en un momento, y al siguiente pensaba: tengo una pinta tan fabulosa que me da lo mismo».

Bret Easton Ellis en Los Destrozos 

Desde su irrupción en el mundo literario con Menos que cero (1985), Bret Easton Ellis ha creado un universo propio. Una serie de personajes bellos, ricos y, sobre todo, amorales, se han entrecruzado en sus novelas: Clay (Menos que ceroSuites Imperiales), Sean Bateman (Las reglas de la atracciónAmerican Psycho, Glamourama), Tim Price (Los confidentesAmerican PsychoLos destrozos), Patrick Bateman (American PsychoGlamouramaLunar Park), Victor Ward y Lauren Hynde (Las reglas de la atracciónGlamourama)… Solo para empezar. 

En Lunar Park (2005) Ellis fue el protagonista de su propia obra; metaficción confesional en la que desgranaba su ascenso a la fama, el papel indeseado como portavoz de la Generación X y las funestas consecuencias de una vida de glamur y excesos. Aunque la novela carecía de la magia de las viejas glorias, le mostró el camino a seguir. Blanco (2020) —ensayo con tintes autobiográficos en el que atacaba a los millenials, la cultura de la cancelación y el gobierno de Donald Trump— prometía, pero supo a poco a sus incondicionales. 

Trece años después, Ellis regresa a lo que mejor conoce: su pasado. Los destrozos es una historia iniciática, en la que la frontera entre lo real y la ficción se encuentra difuminada. Una especie de El guardián entre el centeno (1951) de J. D. Salinger sórdida, violenta y sexual. La actualización de su debut desde el prisma del oficio y la experiencia.

Año 1981. Ronald Reagan es presidente de Estados Unidos. Ellis es un promiscuo adolescente de 17 años con madera de escritor que se encuentra en el último curso de secundaria en Buckley junto a sus amigos Susan Reynolds, Thom Wright y Debbie Shaffer, su novia desde principios de verano. Todo cambia con la aparición del alumno Robert Mallory, un dios griego cargado de magnetismo, que desbarata la dinámica del grupo. Ellis lleva una doble vida debido a su homosexualidad: Debbie le sirve como tapadera hasta que se gradúe y pueda empezar en Bennington College. Por otra parte, el Arrastrero— un asesino en serie que guarda muchas similitudes con Francis Dolarhyde de El dragón rojo (Thomas Harris, 1981)— amenaza a los jóvenes de California. Ellis sospecha que Mallory —al que teme y desea a partes iguales— puede estar relacionado con él… 

Los Ángeles, enfermiza y perturbadora, bañada por luces de neón —El Valle de San Fernando, Beverly Hills, Palm Springs, Sunset Boulevard, Mullholand Drive, Burbank, Bel Air, Pasadena, Santa Monica, Hollywood— es un personaje más del libro. Lugares emblemáticos sumidos en misterio y horror, sectas estilo Charles Manson, coyotes aullando en la madrugada… La oscuridad del sueño americano.

Los destrozos es una novela noir cocida a fuego lento, en la que el protagonista desgrana la historia con la frialdad de un cirujano. Desde la primera página se describe el estatus de las clases adineradas: mansiones, cócteles, conciertos, pistas de tenis, restaurantes de lujo, jacuzzis, fiestas privadas, galerías de arte, discotecas de moda, piscinas y proyecciones de cine. Capítulos largos, bien hilados, escritos con una prosa obsesiva; todo fluye con naturalidad. Respecto a los personajes principales, impecablemente construidos.

Adolescentes rubios, bronceados — el ideal de belleza americana— vestidos con ropa de marca —Armani, Ralph Lauren, Brook Brothers, Calvin Klein, Gucci— con omnipresentes náuticos y Wayfarers, conducen Ferraris, Porsches, Jaguars, Corvettes y Mercedes. Chicos de calendario que parecen aspirantes al casting de American Gigolo (1980), como los que brillan en los carteles publicitarios de las colinas de Hollywood. Carismáticos y alienados, buscan emociones en el sexo, las drogas y el alcohol. Los tranquilizantes —Valium, Quaalude, Xanax— son la moneda corriente a la hora de olvidar los problemas, lo único que les permite conciliar el sueño. 

Los futuros modelos, estrellas de cine, televisión o deportes, carne de portada de revistas, son seres artificiales, sin alma. Todos cuentan con padres divorciados, ausentes o alcohólicos. Estas profundas fallas familiares eliminan cualquier clase de humanidad o empatía en sus vástagos. Nada llena el vacío, excepto la violencia, la tortura o la muerte. El libro analiza los conflictos de la juventud: narcisismo, celos, miedos, inseguridades y errores que se cometen por falta de experiencia. La entrada en el mundo adulto no será idílica; perder la inocencia conlleva pagar un precio. 

Las canciones de Los destrozos

Ellis siempre ha dado una importancia crucial a la música en sus novelas. Menos que cero y Suites imperiales, son títulos de álbumes de Elvis Costello. Patrick Bateman ofrece largas disertaciones sobre Genesis, Whitney Houston y Huey Lewis and the News, Victor Ward no termina una frase sin citar la letra de un hit… Basta con escuchar cualquiera de las adaptaciones cinematográficas de su obra —Golpe al sueño americano (1987), American Psycho (2000), Las reglas del juego (2002), Los confidentes (2008) y —guionizada por el autor— The Canyons (2013)—: los soundtracks causan impresión. 

Ellis posee un estilo posmoderno, cinematográfico, en el que los cortes que acompañan la escena sirven como banda sonora. En muchos casos, las letras cuadran con lo que sucede en las páginas. Su estética recuerda a las películas de Joel Schumacher, John Hughes o Tony Scott de los ochenta. 

Los destrozos ofrece una visión nostálgica de la época a través de sus canciones, films y literatura. Con una imaginería propia de la MTV —videoclips, New Wave, pósters en dormitorios, ambigüedad y sofisticación— encontramos pistas de combos punteros de principios de la década: Ultravox, Billy Joel, The Cars, The Buggles, Foreigner, The Go Go's, The Specials, Peter Gabriel, Blondie, U2, The Clash, Devo, The Psychedelic Furs, Dire Straits, Soft Cell, Fleetwood Mac, Elvis Costello & The Atrattions, Roxy Music, Duran Duran, Bruce Springsteen, Neil Diamond, Queen, Pretenders… La lista podría ser interminable.

Ellis identifica la relación que mantiene con Susan Reynols con We Can Get Together de Icehouse, el malogrado Matt Kellner cuenta con su propio tema, Ghost Town de The Specials, el videoclip Kids in America de Kim Wilde es analizado en profundidad mientras bebe con sus amigos en un local de Melrose... El corte estrella del libro es Vienna de Ultravox; una elección inmejorable. La música forma un mosaico indisoluble con las palabras; resulta imposible ignorar la importancia de la misma. 

El soundtrack —pop comercial destinado a las masas— contrasta con la sordidez de una historia en la que la bondad es cruelmente corrompida. En Los destrozos no resta lugar para la esperanza; el caos resulta la única salida posible. Como coda: «Casi cada noche mientras escribía el libro, en ocasiones durante tres o cuatro horas seguidas, escuchaba las canciones que resumían aquel periodo, himnos sobre la esperanza en el futuro, la nueva metamorfosis, dejar la infancia atrás: ViennaNowhere GirlIcehouseTime For Me to Fly. Pero muchas de las canciones sonaban ahora a deseo desesperado, a rechazo y a huida. Si las canciones trataban, como pensé en su momento, sobre un niño que se convierte en hombre, también trataban ahora, para mí a los cincuenta y seis años, sobre un hombre que seguía siendo un niño». En mi criterio, el mejor libro de Bret Easton Ellis desde American Psycho.