Dolor…
Todos mis sentidos se arremolinaban en los impactos
que había recibido en el vientre. Por suerte, las heridas eran limpias: las
balas no acertaron ningún órgano vital, besos mortales de una Browning y un
revólver calibre 38 de reglamento de la policía. Las horas pasaban lentas,
interminables, colmadas de miseria. A oscuras en la parte trasera de un camión
de mudanzas con la suspensión reventada, me dirigía a un destino incierto. Cada
maniobra, cambio de marchas o bache de la carretera me arrancaba un gemido de
los labios. Escupí sangre. El bastardo que se encontraba al volante no tenía ni
zorra idea de manejar un vehículo. Willie Pepperday era un transportista de
tres al cuarto afiliado a algún sindicato. Lo mismo servía para un roto que
para un descosido. Detestaba a los malos conductores; el mundo estaba lleno de
ellos. Ardía de fiebre; cada inspiración me llenaba de azufre los pulmones y
amenazaba con hacerme estallar el cráneo. Blanco y en botella: si lograba salir
de aquella mierda le destrozaría las piernas al hijoputa.
Impotente, luché por conservar las
pocas fuerzas que me restaban. Estaba muerto de sed. Jamás había deseado agua
con tanta violencia. Cada célula de mi cuerpo demandaba un trago que saciara la
necesidad que me abrasaba las entrañas. Tenía la garganta rasposa, las tripas
revueltas y los labios ennegrecidos. Y pensar que semanas atrás, mientras
andaba descolgándome del caballo, mi
mayor ambición fue un chute que calmara el
mono…
Esbocé una sonrisa amarga; el
destino no cesaba de darme extrañas lecciones. Con el cuerpo empapado de sudor,
hiel en el fondo de la garganta, los ojos desencajados y las mandíbulas
chirriando, poco restaba del viejo Möhler Stark.
Los vendajes, sucios y cubiertos de
sangre, necesitaban un cambio. El suero era un suplicio: ardía en deseos de
arrancarme la vía de cuajo. Atado a la camilla con correas de cuero y medio
inconsciente, observé el moratón que me crecía por momentos sobre el envés de
la mano. Lo tenía crudo para escapar del jaleo en el que me había metido por
voluntad propia. Aunque había recibido docenas de heridas durante los últimos
años, jamás había estado tan jodido como en aquel momento. Conforme pasaban los
kilómetros oscilaba entre la vida y la muerte; un péndulo demencial que
amenazaba con arrebatarme la cordura. El mañana se me escurría entre los dedos
sin que pudiera evitarlo…
Dolor…
Para bien o para mal, el matasanos
que me remendó. Cabreado y escupiendo pestes, zurció las heridas correctamente.
Aún sentía el tacto de sus duras manos sobre las costillas; hasta un perro
hubiera recibido un trato mejor. Recordé el careto impávido, los morros
fruncidos, el fuerte olor del alcohol para limpiar las heridas, la aguja
traspasándome la piel lacerada… Las puntadas desiguales resaltaban sobre el estómago
hundido; seguro que me quedarían cicatrices para el recuerdo.
Conocía al menda por referencias.
Smith solía contratarlo cuando alguno de los suyos resultaba herido; los
hospitales quedaban descartados cuando trabajabas para la mafia. Según los
rumores que corrían por el Club Paradise, Parker había perdido la licencia por
expender demasiadas recetas. Los yonquis eran insaciables; por mucha metadona
que se metieran siempre volverían a por más. Desde entonces, curraba como
veterinario en cualquier hipódromo que demandara sus servicios. Imaginé que
para un hombre de su clase, con estudios, consulta privada, pasta a mansalva y
reputación, ganarse la vida de aquel modo debía resultarle aberrante. Los pijos
eran de esa manera, odiaban descender a un nivel inferior. El mundo no
perdonaba a los fracasados: hoy nadabas en la abundancia, en lo más alto, y al
día siguiente, chapoteabas con la mugre hasta el cuello.
La imagen de mi padre no cesaba de
acosarme: fue herido en el abdomen por un casquillo de granada durante la
Segunda Guerra Mundial. Quizás estaba pagando por sus pecados. Todas las
personas que ejecutó durante el conflicto lo convirtieron en un individuo
flemático, cínico y distante. Harto del régimen nazi, de la locura y el horror
que había contemplado en los campos de batalla, desertó de las SS para regresar
con su familia. Abandonado a su suerte en mitad del territorio soviético, logró
volver a Alemania de una pieza. Renunció a cualquier riqueza, título nobiliario
y tierras, repartió sus pertenencias entre la servidumbre y prendió fuego al
castillo de sus antepasados para que no cayera en manos de Hitler. Junto a mi
madre y mi hermano pequeño, no tardamos en zarpar en un mercante hacia Estados
Unidos. El viejo tuvo el valor de arriesgarlo todo, incluidos los seres que
amaba, para huir de una vida terrible. Tuve una infancia feliz. No obstante, mi
destino estuvo escrito con heroína y plomo; jamás imaginé que terminaría
convirtiéndome en un adicto, mucho menos en cazador a sueldo. Morboso, me
pregunté qué opinaría el capitán de las Waffen-SS
Johannes Stark sobre mí… Sin duda reprobaría a la escoria en la que me había
convertido. Así fue mi padre: de mentalidad militar, corazón de acero y férreos
principios.
Aparte de la pérdida de sangre, lo
único por lo que tenía que preocuparme era de pillar una infección. Dadas las
circunstancias no me hubiera venido nada mal un pico de morfina para aliviar
los calambres que me hacían estremecer al borde del vómito. Lo peor del asunto
era que Graham había obligado a Parker acompañarme durante el trayecto; los
cuidados del cabrón dejaban mucho que desear. Otro con el que tendría que
ajustar cuentas siempre y cuando resistiera aquel asqueroso viaje. El odio
hirviente me auxiliaba a no perder la cabeza. «Parker, colega, has firmado tu
sentencia de muerte; lo juro por lo más sagrado». Los medicuchos venidos a
menos no tenían cabida en el planeta. Los tipos como yo estábamos para arrojar
la basura al contenedor cuando hiciera falta.
Hígado, intestinos, colon, riñones,
vejiga, pulmones, vasos sanguíneos, columna vertebral… No cesaba de darle
vueltas a las lesiones que podía haber sufrido. Desesperado, apreté los puños,
luchando por ahogar el llanto que amenazaba con hacerme estallar en lágrimas.
No pensaba venirme abajo, mucho menos rendirme a aquellas alturas de la
película. Agité la cabeza sobre las almohadas húmedas, tozudo, hasta que logré
recomponerme en la medida de mis posibilidades. Luchar, echarle un par de
huevos, no me quedaba otra o reventaría. Entre mi cuerpo debilitado por los
narcóticos, la transfusión de sangre, la deshidratación y la falta de papeo,
malgastar el aliento era una estupidez. Inspiré una bocanada profunda de aire
para relajarme e intentar conciliar el sueño. Por desgracia, el olvido se
negaba a hacer acto de presencia. Cualquier otro hubiera rezado. Me negaba a
rebajarme de aquella forma. Dios no me interesaba en absoluto; renegué de él desde que tuve uso de razón.
Dolor…
Sin motivo aparente, durante aquel
trayecto infernal rememoré cómo llegué al aparcamiento del Paradise el día
anterior. Después del tiroteo efectuado en el piso del teniente Morris,
renqueando conseguí tomar uno de los ascensores. Al alcanzar la planta baja
atravesé el vestíbulo y salí a la calle. Todo oscilaba a mi alrededor, me
costaba enfocar la vista y arrastraba los pies como un zombi. Milagrosamente,
crucé la avenida sin que ningún coche me atropellara y metí la llave en la
cerradura del Mustang. Conduje medio inconsciente, con el piloto automático,
las manzanas que me apartaban de Hell’s Kitchen, saltándome los semáforos que
encontré por el camino. El tráfico escaseaba. No me llevé por delante a ningún
peatón, me estallé contra un edificio, choqué contra otro vehículo o me detuvo
la bofia de chiripa. Me costó horrores coordinar los pedales, la palanca de
cambios y la dirección; aquella media hora se me hizo eterna. Derrengado, en la
entrada del casino perdí el control del buga, resbalé sobre la nieve, reventé
la valla de seguridad y terminé con el capó hundido contra una pared de
cemento. Alertado por el estruendo, uno de los vigilantes emergió del interior
con la pipa empuñada; el capullo creía que la competencia atacaba el club. Me dolía el pecho del hombro a la
cadera, el cinturón estuvo a punto de partirme por la mitad. De no habérmelo
puesto, el volante me hubiese aplastado la caja torácica. Varios hombres me
rodearon, entre ellos Tommy O’Sullivan —el Rodolfo Valentino bastardo—, la mano derecha de Jerry.
—¡Me cago en la hostia! —masculló.
Abrió la puerta de un tirón. Con cara de póker, a través del humo del radiador,
echó un vistazo al habitáculo ensangrentado—. ¡Llevadlo dentro!
El Mustang estaba hecho polvo:
parabrisas resquebrajado, olor a gasolina, metal retorcido. El destello pálido
del sol se reflejaba sobre las carrocerías de los vehículos estacionados. Lleno
de repugnancia, Tommy se apartó para no pringarse el traje de algodón
almidonado. Llevaba las solapas de la camisa de flores por encima de la
chaqueta, tenía aspecto que iba a salir de fiesta por el Copacabana. Sin
miramientos, el personal del club me sacó de la cabina aplastada y, agarrándome
por las axilas, me arrastró al edificio. Dejé un reguero escarlata y fragmentos
de cristal sobre el pavimento de hormigón hasta la salida de emergencia.
En el interior tardé unos segundos
en acostumbrarme a la penumbra. El pasillo sin adornos, con suelos de mármol,
se perdía doblando a la izquierda. Conocía la distribución del Paradise
perfectamente: sala de juego y barra a la derecha, comedor y dependencias del
personal en sentido contrario, y el despacho del Irlandés al fondo. Me dejaron
caer de cualquier modo. Un rostro familiar, de mandíbula cuadrada y rasgos
autoritarios, llenó mi campo visual. Inquieto, Jerry me levantó la camisa y
estudió los balazos con ojos penetrantes que no perdían detalle.
—Las he visto peores —intentó
tranquilizarme—. Saldrás de esta, Alemán.
Asentí, exhausto; mis energías se
habían evaporado. Graham tomó el control de la situación, por algo era el
lugarteniente de uno de los capos más poderosos de la mafia de Nueva York.
—Llamad a Parker. Que venga con todo
el equipo —ordenó—. Llevaos el Mustang y limpiad los destrozos; no debe quedar
ninguna prueba. —Se volvió hacia Tommy—. Trae el botiquín. Intentaremos
contener la hemorragia hasta que aparezca el médico.
Huraño, O’Sullivan se ajustó el
fedora sobre los ojos. Llevaba una medalla de oro de san Cristóbal colgando del
cuello. Su ridículo sentido de la vanidad no cesaba de sorprenderme.
—¿Para qué perder el tiempo?
Metámoslo en el maletero de su carro y a tomar por culo —rezongó—. Nadie lo
buscará en la trituradora del depósito de chatarra de la 41.
Aquel gilipollas siempre se había
sentido intimidado por mí. Furioso, le lancé una mirada de odio. Lo aborrecía;
me hubiera encantado convertirlo en jabón. Carecía de opciones, no me quedaba
otra que suplicar por la clemencia del hampa. El Boss era una figura casi
omnisciente; tenía contactos hasta debajo de las piedras, informadores tanto en
las altas esferas como en cada alcantarilla de la ciudad. Las cloacas no
suponían ningún misterio para él. Nunca terminaría como Albert Anastasia,
cosido a tiros en una barbería, con una toalla caliente en la cara.
¿Por qué me había permitido llegar a
aquel punto sin retorno? ¿Qué clase de persona era, que no contaba ni con un
puto amigo para las emergencias?
Jerry apretó los dientes. Para tener
cincuenta y tantos, se mantenía fuerte y en plenitud de facultades. Siempre
había admirado su seguridad. Inteligente y expeditivo, era capaz de solucionar
cualquier problema. Un tipo frío, impasible, puro autocontrol; atributos
esenciales para desempeñar las labores que realizaba. Los jefazos de las otras
familias envidiaban a Smith por tenerlo como consejero. Pese a las generosas y
variadas ofertas, Graham continuaba al servicio del Irlandés con una lealtad
digna de encomio. Este era una parte fundamental de su imperio: conocía sus
secretos, negocios, relaciones políticas y trapos sucios. Y si algo funcionaba,
no tenía sentido cambiarlo.
—Menos charla, O’Sullivan —gruñó—.
Cierra el pico y haz lo que digo, coño.
Una oleada de gratitud me envolvió.
Jerry era un tío legal, nunca me dejaría tirado. De mala gana, Tommy dio media
vuelta y desapareció sin dejar rastro; sus botas de cowboy resonaron por el corredor. Si antes me caía gordo, después
de aquel incidente el mamón se había buscado la ruina. Yo era un estorbo del
que quería deshacerse como el que se limpia un zurullo del zapato. Nunca
provoques a un sicario pasado de vueltas; puede vaciarte el cargador de una
Magnum en la jeta cuando menos lo esperes.
—Gracias, Jerry —farfullé—. Te debo
una.
Graham agitó la mano, quitándole
importancia al asunto.
—¿Qué has hecho, Alemán? —inquirió—.
¿Quién te disparó?
Delirando, le conté la movida: la
muerte del teniente Morris, los polis que lo acompañaban, Steven Wood y sus
matones. Los capullos habían quedado tendidos en el suelo, rodeados por su
propia sangre. Nadie los echaría de menos. Las manos me apestaban a pólvora.
Pese a tener un pie en la tumba, continuaba satisfecho por haberlos quitado de
en medio. La venganza era una de las escasas emociones que aún podía
experimentar.
—Joder —suspiró cuando terminé la
historia—. Smith tenía planeado sacarte de la ciudad esta misma tarde.
Tendremos que cambiar de plan —explicó—. Te desangrarías antes de que el buque
saliera del puerto de Brooklyn.
Graham velaba por mi pellejo. Confié
en sus palabras. Antes de perder el conocimiento logré replicar:
—Lo pillo, colega…
Desperté bruscamente cuando el matasanos
me cosió las heridas; una experiencia que prefería borrar de mi memoria.
Hicieron falta tres hombres, incluido Jerry, para sujetarme. Alguien me metió
una cuchara en la boca para evitar que me arrancara la lengua de un mordisco.
Los calmantes brillaron por su ausencia. Me costaba comprender el porqué de
tanta acritud, no conocía a aquel sádico de nada.
Dolor…
Abrí los ojos consumido por la sed,
regresando a la cruda realidad. El hedor de mi propio cuerpo me repugnaba:
transpiración rancia, sangre y meados. Parker no se había tomado la molestia de
vaciar la bolsa de orina; sentía el tacto caliente y desagradable de mis
secreciones entre las piernas. ¿Acaso el cabronazo pretendía liquidarme?
Herido, maniatado, desnudo y a merced del conductor y el medicucho, había
cometido el error de perder el control de mis actos, dejar de lado mi mente
fría y analítica en aquella ensalada de tiros. Ahora estaba pagando el precio
de cagarla; no sería sencillo ignorar el pasado reciente.
Jerry se encargó de montar el
tinglado, de limpiar la mierda. Había borrado del mapa a demasiadas personas
durante la última semana —un informador, federales, un jefe de policía local,
varios maderos y a un reputado mafioso— como para continuar deambulando por las
calles de Nueva York. Incluso me metió en el bolsillo de la camisa los mil
machacantes que me debía por haber quitado de en medio a Sturfo, guita que
aquellos cabrones me habían birlado a la primera de cambio; me encontraba
demasiado débil como para oponer resistencia. Las Cinco Familias pensarían que
el asesinato de Wood habría sido cosa de Smith, no mía. Solo por ello
reclamarían mi pellejo en bandeja de plata. Graham se jugaba mucho cargándose
el mochuelo; podía haberme echado a los leones, pero no lo hizo. Le debía el cuello
y no pensaba fallarle de nuevo. Inmerso en una enloquecida espiral de venganza,
en ningún momento tuve en cuenta que mis actos pudieran perjudicar a terceros.
Cuando te metes en problemas la porquería salpica hasta la estratosfera.
A diferencia de otros gánsteres que
vivían a todo trapo, el Boss se caracterizaba por su modestia. Nada de aparecer
en los medios, ni contar con un ejército de sirvientes, barberos, chóferes,
cocineros, abogados y mensajeros. Según lo que tenía entendido, en la intimidad
del hogar solo se rodeaba de los miembros de sangre de su numerosa familia.
Vivía en una sencilla casa de tres plantas en la Octava Avenida, a tiro de
piedra de los restaurantes, teatros, casas de apuestas y pubs de Broadway. Sus vecinos, gentes humildes en su mayoría, le
mostraban respeto y veneración. Integrado en la comunidad, ofrecía puestos de
trabajo con sus negocios que, todo había que decirlo, siempre resultaban un
éxito. Gracias a su influencia el barrio había salido de la pobreza, violencia
y marginalidad que lo caracterizaba. Su imperio abarcaba la mayoría de Nueva
York y Nueva Jersey. La pasma ignoraba que —desde la calle 34 Sur a la 59 Norte
y del río Hudson por el oeste hasta la Octava Avenida por el este— era el
dueño de Hell’s Kitchen. Michael
Spillane, Edward Cummiskey, Jimmy Coonan, Mickey Feartherstone y Kevin Kelly
obedecían sus órdenes sin rechistar.
Mi lista de cicatrices era extensa:
puñaladas en el muslo, brazo izquierdo y costillas inferiores; balazos en el
gemelo, hombro y cadera derecha; metralla en el pecho y la espalda; hasta los
dientes de un chucho en el tobillo. Heridas de la guerra que había mantenido en
las calles durante los últimos quince años contra todo tipo de chusma:
traficantes, chorizos, usureros, asesinos, proxenetas, mafiosos, chulos,
etcétera. Ahora contaba con un par nuevas para mi colección. Puede que las
peores que hubiera recibido hasta la fecha. Las cicatrices que atesoraba en el
alma eran mucho más graves que las que desfiguraban mi cuerpo. Nuevamente, volví
a plantearme si conseguiría escapar de aquel maldito camión. Siempre imaginé
que tendría una muerte dura, atroz, no agonizando como un imbécil. Me tocaba
los huevos ser incapaz de elegir mi final; era lo mínimo a lo que podía aspirar
un hombre hecho y derecho.
Dolor…
El caballo me había echado a perder. Después de probarlo, jamás volví
a ser la misma persona. Me enganché hasta las cejas; las marcas de los abscesos
que tenía en los brazos eran la mejor prueba de ello. La heroína llenó mi
existencia de una manera en la que nadie lo había hecho antes. Todos mis
miedos, problemas, dudas y conflictos quedaban cortados de raíz cuando invadía
mi torrente sanguíneo. Colocado, me sentía por encima del bien y del mal.
Incapaz de experimentar el menor remordimiento, quitar vidas era un proceso tan
sencillo como preparar una dosis. La moralidad es un concepto abstracto cuando
te has metido miles de pelotazos. El pasado deja de tener importancia, todo
gira alrededor del presente: pillar, disolver la mierda sobre una cucharilla
ennegrecida, apretarte el cinturón alrededor del antebrazo, buscar una vena y
perforarla. El mejor sexo se quedaba corto en comparación; ciento ochenta
miligramos de jaco eran el orgasmo definitivo. Pensar en la droga hizo que me
empalmara, toda una hazaña, teniendo en cuenta mi lamentable estado.
Cruzaba autopistas interminables
veteadas por luces de neón. Un trueno retumbó por encima del rugido del motor.
Nubes negras y amenazadoras, bestias de enormes alas velaban mi futuro. Pensé
en las lágrimas que vertió la multitud mientras el cuerpo de Cristo se consumía
en la cima del Gólgota. El martilleo de la lluvia empezó a repiquetear sobre el
techo del vehículo. Incliné la cabeza; clavos imaginarios atravesaban mis
miembros. Los jinetes del Apocalipsis vagaban por la Tierra: había llegado la
hora del Juicio Final; solo aquellos que se arrepintieran de sus pecados
podrían alcanzar el paraíso. Imágenes bíblicas congeladas en un momento
perpetuo de angustia, culpabilidad y desesperación. El cielo me estaba negado,
ardería en el infierno durante toda la eternidad.
Dolor…
Años muertos, tiempo perdido,
esperanzas frustradas… La autocompasión, deprimente y amorfa, me invadió como
un manto viscoso. Me encontraba al límite de mis fuerzas; un paso en falso y me
iría al otro barrio. La muerte era una vieja amiga, su presencia fue constante
desde la primera vez que apreté el gatillo de un arma. Siempre funcionó de la
siguiente forma: los demás o yo. Evidentemente, elegí la segunda alternativa
sin dudarlo un instante. No experimentaba ningún tipo de empatía, respeto o
consideración por la escoria que había liquidado. Muchos merecían palmarla,
otros no tanto. Lo importante era pasar página antes de que los cadáveres se
enfriaran. En mi profesión la conciencia era una pérdida de tiempo.
Por otra parte, como drogadicto
corría el riesgo de espicharla cuando iba a pillar o de una sobredosis.
Cualquier negrata me volaría la tapa de los sesos por una papelina. Un mal día,
una dosis adulterada, un pinchazo extra… Y terminabas tieso como una tabla de
planchar, con una expresión sorprendida en la cara y una hipodérmica suspendida
en el brazo. Riesgos, el pan de cada día para un heroinómano. Tenía frío, mucho
frío, y los minutos corrían en mi contra.
A pesar del asco que experimentaba
hacia la vida, de los fracasos, sinsabores y desgracias que había
experimentado, descubrí que continuaba queriendo seguir adelante. El instinto
de conservación arraigado en los seres humanos hizo acto de presencia. Culpar a
la heroína de mis problemas personales era una gilipollez. Estaba en la recta
final del largo camino de desintoxicarme; había comprobado en mis propias
carnes que el caballo no me dominaba
como antaño. A partir de ahora, cambiar era un proceso necesario. Contaba con
experiencia, un rodaje que me llevaría tan lejos como quisiera. ¿Me estaba
engañando a mí mismo? ¿La fiebre me hacía imaginar imposibles? No, en absoluto;
tocar fondo era necesario para renacer. Tenía las cosas muy claras y solo
estaba pasando por un bache. No retrocedería ni para tomar impulso. Volaría
alto, tanto, que iba a chocar contra el sol.
Entonces tomé una decisión
irrevocable: sobrevivir.