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miércoles, julio 05, 2023

«ZIGGY STARDUST & THE SPIDERS FROM MARS: LA PELÍCULA», DE D.A. PENNEBAKER

«Esta no es solo la última actuación de la gira, sino que es la última que haremos jamás. […] Adiós. Os queremos.»

 

David Bowie 

 

La muerte del monstruo kabuki 

 

El concierto del 3 de julio de 1973 en el Hammersmith Odeon de Londres fue un momento crucial en la trayectoria de David Bowie. Cinco mil entregados fans contemplaron estupefactos cómo el cantante se despedía en el escenario. Todos creyeron que abandonaba el mundo de la música, sin embargo, no fue Bowie quien se retiraba, sino el alter ego más famoso de los muchos que creó durante su carrera: Ziggy Stardust. 

 

El bolo fue un show legendario que lo perseguiría para siempre. Por aquel entonces el glam rock comenzaba a decaer. Bowie supo abandonarlo a tiempo, antes de convertirse en una caricatura de sí mismo. El concierto significó un momento decisivo: David rompió cualquier atadura con el pasado a favor de un futuro prometedor. A partir de entonces, su música se volvió arriesgada, imprevisible, vanguardista. No tardaría mucho en conquistar el mercado americano con la dupla Diamond Dogs/Young Americans (RCA, 1974/1975). 

 

Antecedentes

 

Durante la gira estadounidense de Ziggy Stardust, comenzaron las primeras fricciones internas del grupo. El motivo: la diferencia de sueldo. Mientras el pianista Mike Garson —el "chico nuevo" de la tropa— cobraba 800 dólares a la semana, Woody Woodmansey (batería) y Trevor Bolder (bajo) ganaban 50 libras semanales. El guitarrista Mick Ronson se puso en contacto con Dennis Katz, representante de Lou Reed, con la intención de conseguir un contrato con CBS solo para los Spiders. Rápidamente, el manager de Bowie, Tony Defries, abortó el acuerdo. Furioso, Woodmansey exigió a Defries que el sueldo de los músicos acompañantes ascendiera 500 libras semanales. Este accedió a medias: 200 libras mientras durara el tour, y el resto más los atrasos, cuando llegaran a Inglaterra. Bolder y Woodmansey aceptaron. Huelga decir que Defries nunca cumplió su palabra. 

 

Mientras tanto, para seducir a Ronson, Defries le ofreció versionar Slaughter on Fifth Avenue de Richard Rodgers con motivo de un futuro disco en solitario. Fue una buena manera de tranquilizar a la banda mientras realizaban diez conciertos programados en Japón. Las actuaciones fueron un éxito. Divide y vencerás. 

 

Después de dieciocho meses en la carretera —seis giras por el Reino Unido, dos por Norteamérica y una por tierras niponas—, cuando regresaron a Gran Bretaña, todos se encontraban exhaustos. Apenas tuvieron tiempo de tomar un respiro antes de recorrer de nuevo —cuarenta actuaciones en cincuenta días— una Inglaterra en paro, con huelgas, piquetes y amenazada por el IRA. Un verano estimulante y caótico a partes iguales. El concierto del 13 de mayo en el Earls Court de Londres fue un desastre. Tanto, que, disgustado, el cantante abandonó el escenario. Bowie: 

 

«La verdad es que quería que se acabase todo aquello. Yo aspiraba a un tipo de proyecto muy distinto y estaba agotado y absolutamente aburrido del concepto Ziggy…»

 

Todo se aunó para la despedida de Ziggy Stardust: el deseo de evolucionar como artista de Bowie, los "amotinados" Spiders que únicamente querían un sueldo justo y la pérdida económica que sufriría MainMan en el caso de realizar otra gira por Estados Unidos. Todo estuvo calculado hasta el último detalle: D.A. Pennebaker (Don't Look BackMonterrey Pop) fue contratado para inmortalizar el evento, se filtró la noticia de la disolución a Charles Shaar Murray de NME, y horas previas al concierto, a Ronno, que no comentó nada a sus compañeros. Primero a los medios, por supuesto, el espectáculo debía continuar. 

 

Ziggy Stardust and the Spiders from Mars: La película. 

 

El film abre con una mesa redonda de unos cuarenta y cinco minutos vía satélite en el Apollo, medley de Mike Garson incluido. Woody Woodmansey apenas sale unos segundos en pantalla. Los asistentes —los directores Don Letts y Phil Alexander, Suggs (Madness), el compositor Geoff MacCormack, la periodista Danielle Perry, el actor Richard. E. Grant y el productor Ken Scott— cuentan anécdotas sobre la Ziggymanía, experiencias personales y la epopeya glam rock del grupo. Se extraña colaboradores más allegados a la trayectoria de Bowie como Tony ViscontiEarl Slick, Carlos Alomar o Brian Eno, por poner algunos ejemplos. Excepto Garson, un prólogo tedioso, en el mejor de los casos. 

 

El último show de los Spiders 

 

Acto seguido, empieza el último concierto de los Spiders. La iluminación es cruda, oscura, con grano grueso. Puesta en escena sencilla, sin artificios. Luz roja para resaltar el aspecto alienígena de Ziggy, maquillado, ágil y con las cejas afeitadas. Mick Ronson, un guitar hero de primera categoría, con una presencia escénica que rivaliza con la del propio Bowie, ofrece unos magníficos solos en Hang On to YourselfMoonage DeaydreamTime y The Width of a Circle, en la que Bowie ejecuta su número de mimo. Este se muestra enérgico, juguetón y camp, con el público metido en el bolsillo desde el primer minuto. Ziggy Stardust and the Spiders from Mars eran mejores en vivo que en el estudio. Puro punk, mucho antes de que existiera el movimiento. Destaca una psicodélica Space Oddity con bola de espejos de propina. Resulta curioso que las cámaras se centren en Bowie y Ronno todo el tiempo, los únicos a los que Defries quería en la nómina de MainMan: ¿Está hecho a propósito o es casualidad? 

 

Pennebaker graba constantemente desde el foso, ofreciendo el punto punto de vista del espectador. Bowie era un ídolo pop con un público adolescente, increíblemente joven, vestido como su héroe: ropa exótica, brillantina y plataformas. El cantante apenas interactúa con las masas, excepto en el legendario discurso de despedida, que arranca un rugido de consternación al respetable. Conmocionados, muchos incondicionales estallaron en lágrimas. Pobres críos… 

 

Respecto al sonido: Dolby 5.1 remasterizado por Tony Visconti, que amenaza con volar los tímpanos a los espectadores. La imagen ha sido restaurada en formato 4K por el hijo de Pennebaker, Frazer. Un trabajo magnífico. 

 

El setlist recorre su trayectoria con un inusual número de covers: una descarnada My Death (Jaques Brell) con Bowie en la guitarra acústica, Let's Spend the Night Together (The Rolling Stones), la incendiaria White Light/White Heat (The Velvet Underground) —Bowie fue el primero en reivindicar el legado de la banda—, Round and Round (Chuck Berry) e incluso Love Me Do (The Beatles). Clásicos como The Man Who Sold the WorldQuicksandLife on Mars?, StarmanJohn, I'm Only Dancing Drive-In Saturday fueron excluidos del repertorio. 

 

Escenas en los camerinos: una teatral Angie Bowie intercambiando bromas con su marido, Bowie cambiándose de vestuario (cinco cambios en total durante todo el concierto) con la ayuda de sus asistentes, el cantante fumando, maquillándose, relajándose…. E incluso vemos a Ringo Star (The Beatles) durante un momento. 

 

Resulta chocante que, a pesar del cansancio acumulado por el tour y sabiendo que era su último concierto con los Spiders, Bowie se mostrara tan competente en escena; su aura de estrella es palpable. Aunque no fue un bolo apoteósico, demuestra el nivel de una banda engrasada. Así eran los directos en los setenta, la época dorada del rock, espectaculares. 

 

Jeff Beck aparece como invitado sorpresa. Este se muestra tímido en el escenario. Gran química con Ronson, que lo anima a que se luzca en primera fila. Su actuación ha sido desempolvada de los archivos de la película, en su momento el guitarrista se negó a aparecer por —según la leyenda— derechos de imagen o a que lo asociaran con el movimiento glam. Nunca quedó claro. 

 

El cierre con Rock 'n' Roll Suicide es perfecto para decir adiós. Al fin y al cabo, Bowie escenificó el final del Ziggy Stardust del elepé: un mesías del rock devorado por los excesos que decide abandonar la función en el momento cumbre de su éxito

 



 

martes, junio 27, 2023

«ALADDIN SANE: 50 AÑOS» (LIBROS CÚPULA, 2023)

«No creo que Aladdin sea un personaje tan claramente delimitado y definido como lo era Ziggy. Ziggy debía estar claramente delimitado, definido y con áreas de interacción, mientras que Aladdin es bastante efímero. También es una situación, en lugar de ser solo un individuo. Creo que abarca situaciones además de ser un personaje.»

David Bowie 


La portada de Aladdin Sane 

The Fall and Rise of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (RCA, 1972) había catapultado a David Bowie a la fama. Este tenía una agenda apretada: conciertos en Inglaterra, una actuación en Top of the Pops, producir Transformer de Lou Reed, y otra gira por Estados Unidos y Japón para el año siguiente. El nuevo elepé debía triunfar para consolidar su reciente estatus de estrella. 

El libro abre con el hijo de Brian Duffy, Chris. El fotógrafo cuenta cómo conoció a Bowie siendo niño. Al escuchar por primera vez Ziggy Stardust, quedó fascinado por el cantante. Por consiguiente, su padre lo invitó a la sesión que tenía programada en los estudios Trident. La noche 9 de enero de 1973, Chris tuvo la oportunidad de contemplar a Ken Scott, Bowie y Mick Ronson grabando el cover Let's Spend the Night Together de The Rolling Stones. Chris Duffy: 

«Duffy finalmente apareció, Ken y Mick se tomaron un descanso y David empezó a discutir con Duffy sobre la inminente sesión de fotos para el álbum. Duffy preguntó cómo se iba a llamar el álbum, y David respondió: «A Lad Insane» (Un chico loco). Duffy lo procesó al instante y contestó: «Aladdin Sane». Ese momento reflejó perfectamente el proceso creativo que David y Duffy estaban desarrollando, y así nació Aladdin Sane.»

En la actualidad es complicado entender la revolución social, artística y sexual que despertó el cantante durante la Ziggymanía. El glam rock desafió a la industria y, sobre todo, al movimiento hippie. La paz y el amor fueron reemplazados por la brillantina, subversión y ambigüedad. A diferencia del rock psicodélico, el glitter apostaba por el contenido, la imagen como objetivo primordial, antes que lo filosófico. 

Geoffrey Mash, comisario de la exposición David Bowie Is, continúa la historia hablando de Brian Duffy y de la célebre sesión que crearía la portada del disco. Mash:

«La afirmación de Bowie de «soy gay y siempre lo he sido» en enero en el Melody Maker fue una táctica útil para llamar la atención en la emergente escena británica del glam rock, de la purpurina, del maquillaje y de la ambigüedad sexual.»

Tony Defries, mánager de Bowie, no escatimó en gastos para promocionar al cantante, contratando a los mejores fotógrafos que operaban en la escena londinense: Mick Rock, David Bailey, Brian Ward, Masayoshi Sukita y Brian Duffy. Defries recuerda: 

«Yo buscaba una imagen de portada icónica y un material gráfico que me ayudara a convencer a la RCA de que Bowie era lo suficientemente importante como para justificar un tratamiento de megaestrella y una financiación que lo impulsara exactamente a ese estatus. Contratar a un fotógrafo de talla internacional para que creara una imagen de marca y a un diseñador para el material gráfico era la mejor manera de enviar ese mensaje.»

Duffy, que había inmortalizado a actores —Charton Heston, Michael Caine, Brigitte Bardot—, músicos —John Lennon, Black Sabbath—, políticos —Harold Wilson— y hasta al célebre mafioso Reggie Kray, fue el encargado de realizar la portada con libertad creativa absoluta. En palabras del antiguo agente de Duffy, David Puttnam: 

«Brian era mucho más que un fotógrafo dotado; era un "anarquista social" singularmente constructivo que, a través de la pura fuerza de su personalidad, ayudó a que el anquilosado conservadurismo de la década de 1950 se extinguiese definitivamente». Un outsider, en definitiva, encajaba con Bowie. 

La sesión de Aladdin Sane

El sábado 13 de enero de 1973, en el estudio de Duffy situado en el número 151a de King Henry's Road —zona bohemia y artística del norte de Londres—, tuvo lugar la sesión que convertiría Aladdin Sane en una imagen icónica, perfectamente reconocible, que ha marcado la cultura pop desde hace cincuenta años. 

El equipo fue el siguiente: Defries, Brian Duffy, el maquillador Pierre Laroche, la diseñadora Celia Philo y Francis Newman, director del estudio de Duffy. El trabajo previo de Philo y Duffy en el Calendario Pirelli les sirvió de modelo a la hora de plasmar las ideas que tenían en mente. Según la leyenda, para el famoso rayo Bowie se basó en el logotipo "Taking Care of Business" de Elvis, aparte que una arrocera National Panasonic que se encontraba en el estudio contaba con el mismo símbolo. A ninguno se le escapó la coincidencia.

En un principio, Laroche quería dibujar un pequeño rayo en la mejilla de Bowie, sin embargo, en un arrebato de inspiración, Duffy lo extendió por todo su rostro para que resultara más llamativo. Newman:

«En realidad, fue Duffy quien hizo la forma inicial, no digo que hiciese el maquillaje real, pues eso fue obra de Pierre, que tardó una hora en terminarlo. El tono rojo es tan brillante porque en realidad era lápiz de labios.»

La cámara Hasselblad 500 de Duffy obró su magia. La "lágrima" de cromo que aparece en la clavícula de Bowie fue idea de Philo, inspirada en un broche con el logo warholiano de The Rolling Stones. Philip Castle (La Naranja Mecánica) se encargaría de aerografiar en color plata la imagen de la portada y del interior. Aunque los Spiders también fueron fotografiados, no llegaron al libreto. El material fue enviado a Photolitho Sturm (Suiza) para la producción de las planchas y separaciones del álbum. Aladdin Sane, el genio de la lámpara, el monstruo kabuki, el Ícaro de las estrellas, había nacido. Nadie imaginaba que tendría una muerte prematura. 

La Mona Lisa del pop

La portada de Aladdin Sane ha marcado escuela en la historia de la música. Hablamos de los años setenta: no existía el movimiento LGTBIQ+, la inclusión o la identidad de género. El rayo es un símbolo universal que ha trascendido épocas, e incluso al propio Bowie. La dualidad entre la cordura y la locura, Europa contra Estados Unidos, las fronteras sexuales difuminadas… Bowie es misterioso, irreal, extraño, alienígena; propuesta que utilizó desde Space Oddity hasta protagonizar El hombre que cayó a la Tierra (1976) en pantalla. 

La primera parte es amena, fácil de leer, con imágenes del estudio donde se realizó la sesión, diversos trabajos de Duffy, fotografías de las sesiones de Lodger (RCA, 1979) y Pierre Laroche, Celia Philo y Francis Newman. Mash narra el momento con elegancia, incluido el éxito del álbum, el revuelo que causó la portada en el público —no se parecía a nada previo— y las críticas de los medios del Reino Unido: Melody Marker y NME tacharon al disco de superficial. Mash: 

«A lo largo de las décadas posteriores […] Aladdin Sane se ha consolidado como la carátula definitiva del álbum de Bowie. La que no solo combina en una sola imagen todo el notable arte de David, sino también el impacto que su carrera tuvo en los valores sociales, la libertad de expresión y el poder que tiene cada uno para elegir quién quiere ser.»

Andrógino, frágil y robótico, Bowie parece engendrado por HAL de 2001: Una odisea en el espacio. El forastero en tierra extraña, un chamán del futuro, el visionario adelantado a su tiempo. Todo guarda continuidad en su obra: el Mayor Tom perdido en el cosmos de Space Oddity (Mercury, 1969), Ziggy Stardust en Heddon Street, los androides de Pin-Ups (RCA, 1973), el mutante canino de Diamond Dogs (RCA, 1974), la cámara de eco de Station to Station (RCA, 1976), el perfil alineado heredero de Thomas Jerome Newton de Low (RCA, 1977), el Che Guevara aplastado de Lodger y el pierrot de Scary Monsters (and Supercreeps) (RCA, 1980). Bowie volvería a trabajar con Duffy en los dos últimos álbumes. No obstante, ninguna portada, quizá excepto "Heroes" (RCA, 1977), resultaría tan emblemática como la de Aladdin Sane

El triunfo de Aladdin Sane

En la segunda parte, una serie de autores relacionados con el universo de David Bowie analizan el elepé canción a canción: Paul Morley (What That ManTime), Kevin Cann (Aladdin Sane (1913–1938–197?), The Prettiest Star), Charles Shaar Murray (Drive-In SaturdayLet's Spend the Night Together), Nicholas Pegg (Panic in DetroitThe Jean Genie) y Jérôme Soligny (Cracked ActorLady Grining Soul).

El disco salió a la venta el 19 de abril de 1973. Tal era la popularidad de Bowie, que el público había pedido cien mil copias por anticipado. Aladdin Sane fue número 1 en el Reino Unido durante cinco semanas. Todos respiraron tranquilos ante aquel triunfo arrollador.

A los Spiders from Mars —Mick Ronson (guitarra), Trevor Bolder (bajo) y Mick Woodmansey (batería)— se sumó el pianista de jazz Mike Garson, que amplió el lenguaje musical del artista con sus devaneos experimentales en Aladdin Sane (1913–1938–197?) —con un solo de piano mítico—, la teatral TimeLet's Spend the Night Together. Angie Bowie: 

«Cuando haces una nueva versión de una canción tan identificada con el artista original, estás rindiéndole homenaje, naturalmente. […] Y en este caso no me cabe la menor duda de que David quería robarle el protagonismo a los Stones, o, mejor dicho, el territorio de los Stones.»

Con una impecable producción de Ken Scott, Aladdin Sane fue un trabajo caótico, fracturado y ecléctico. Bowie nunca encajó en el mundo real, en lo políticamente correcto, en lo que se esperaba de un ídolo pop. El álbum recorre una Norteamérica alienada, estilo la Interzona de William S. Burroughs, en la que imperan el glamur, la fiesta y el exceso. Decadencia urbana, viñetas de cómics, soledad, violencia, flashes, paranoia, espejismos, locura: las consecuencias de bregar con el estrellato. Bowie, el eterno forajido portavoz de los marginados… Una mezcolanza de jazz, blues, glitter rock y cabaret… El Armagedón, la Tercera Guerra Mundial, podía suceder en cualquier momento. 

En un periodo de tours constantes, ansiedad, expectativas y fama, la mayoría de las canciones fueron compuestas en autobuses, hoteles y cruceros durante la gira americana de Ziggy Stardust en 1972. Cleveland, Memphis, Nueva York, Boston, Chicago, Detroit, San Luis, Kansas… Fue una época de cambios crucial para Bowie: después de casi una década anhelando el estrellato, el peso del mismo empezaba a pasarle factura. En breve, los narcóticos empeorarían las cosas. El cantante declararía más adelante a Rolling Stone

«No quería quedar atrapado en este personaje toda mi vida. Y supongo que lo que estaba haciendo con Aladdin Sane, era intentar moverme al siguiente nivel, usando una imitación pálida de Ziggy como un segundo recurso. En mi mente, era Ziggy va a Washington: Ziggy bajo la influencia de América…»

What That Man filtra el Exile on Main St. de los Stones a través del glam con un Ronno espectacular, en Drive-In Saturday, con su atmósfera doo-wop de los años cincuenta, los habitantes del futuro revisan cintas porno del siglo XX para recordar sobre qué trataba el sexo. La culebreante The Jean Genie —primer single del álbum— encuentra su inspiración en Iggy Pop y en el escritor underground Jean Genet. 

En Panic in Detroit —incursión soul a lo Bo Diddley— predominan las guitarras, al igual que en la enérgica Cracked Actor, una ácida pulla al mundo del espectáculo. The Prettiest Star —tema que pasó desapercibido en las listas en 1970— se regrabó sin la guitarra de Marc Bolan. Mención especial merece la balada Lady Grining Soul —inspirada en la corista Claudia Lennear—, con su atmósfera sensual, ritmo flamenco, piano exuberante y metales. Una de las joyas más infravaloradas del catálogo de Bowie. 

Aunque hayan sido escritos por autores distintos, los diez análisis se complementan perfectamente. Una visión calidoscópica de la importancia del disco llena de anécdotas, momentos claves en la trayectoria de Bowie y la calidad de las canciones. Respecto a la parte visual, encontramos la sesión "perdida" de los Spiders, primeros planos en blanco y negro del cantante, la gráfica del álbum, multitud de imágenes inéditas hasta la fecha y el material de la campaña de prensa de RCA para promocionar el elepé. 

Meses después, al igual que sucede en el disco homónimo, Ziggy mordería el polvo. La fecha: 3 de julio de 1973 en el Hammersmith Odeon de Londres. Bowie se despidió en el escenario: 

«Esta no es solo la última actuación de la gira, sino que es la última que haremos jamás. […] Adiós. Os queremos.»

La leyenda acababa de empezar… 

Conclusión:

Aladdin Sane: 50 Años desgrana la creación visual y sonora del mítico Aladdin Sane. Provisto de numerosas fotografías inéditas, artículos y análisis musicales, resulta de compra obligada para los seguidores de David Bowie. 




miércoles, enero 20, 2016

ZIGGY STARDUST: SUICIDA DEL ROCK 'N' ROLL

«No creo en la muerte, porque uno no está presente para saber que en efecto ha ocurrido.»

Andy Warhol

Introducción

Todo había terminado…

La fama, los conciertos, las giras interminables, las drogas, las apariciones mediáticas, las limusinas, las groupies… No quedaba nada.

En un principio, los destellos de neón de los anuncios publicitarios y los flashes de las cámaras fueron hipnóticos: disfrutaba de su merecida popularidad; había trabajado duro para llegar a la cima. Durante sesenta meses consecutivos, sus singles y discos fueron número uno en todos los rincones posibles del planeta. Podía considerarse la mayor estrella del rock de la historia y, con diferencia, una supernova que había ascendido a lo más alto… para hacer explosión.

Deprimido, Ziggy Stardust se inclinó sobre la mesa de cristal, tomó un exótico tubo de platino decorado con filigranas e inhaló dos enormes líneas de cocaína. Después, se frotó la nariz y se lamió las encías insensibilizadas con la lengua flácida. Estaba tan pasado de rosca que ni siquiera las drogas lo auxiliaban a escapar del espantoso letargo que lo dominaba. El material, adquirido por el roadie de la banda en el Village, Nueva York, apenas estaba cortado. Como podía comprobar, el camino del exceso conducía al templo de la sabiduría.

 1

Five Years

Su mente regresó al pasado, cinco años atrás, cuando supo que la Tierra estaba condenada a perecer. Ziggy fue el único que adivinó que el mundo tenía las horas contadas: cambio climático, impacto de un meteorito, pandemia viral, terrorismo, guerra nuclear, rebelión de las máquinas contra el hombre, supervolcanes, agotamiento de los recursos naturales… Una serie de catástrofes aniquilaron a la humanidad que, ciega en su arrogancia, ignoró premeditadamente sus advertencias.

Un día cualquiera, al despertar después de una noche de excesos, descubrió que había llegado el final que había vaticinado en sus álbumes. Ziggy no logró sentir piedad o tristeza por lo sucedido: los líderes políticos que pudieron impedir la hecatombe no le hicieron ningún caso, y los fans estaban más preocupados por fornicar y colocarse que por descifrar sus elaboradas letras. Puta contracultura... Aquellos idiotas habían labrado su propio destino.

A través de los ventanales de fibra de vidrio, la visión de las calles transformadas en pozos fuliginosos cubiertos de cadáveres resonó contra las paredes de su cráneo. Stardust se preguntó cuál fue el auténtico motivo que había producido aquel caos: ¿un virus?, ¿una explosión atómica?, ¿un meteorito? Nunca lo sabría; llevaba demasiado tiempo inmerso en su propio universo, aislado de sus semejantes, recreándose en su ego, enervado por las enormes cantidades de farlopa que consumía a diario. Sobre las fachadas aún permanecían grabadas siluetas calcinadas sobre el hormigón, sombras humanas detenidas para siempre en el instante exacto de la destrucción.

La sociedad se había hundido y él, para bien o para mal, era el único superviviente. El destino obró con una monstruosa ironía: Ziggy intentó evitar el Armagedón con todas sus fuerzas, sin éxito. El peso de la derrota lo hacía sentir como una mierda; parecía un monstruo kabuki, glacial e inexpresivo, atrapado en una prisión de cromo líquido.

El silencio del planeta poseía la misma frialdad que Neptuno, el último movimiento de Los Planetas, de Gustav Holst. Una gelidez sobrecogedora se extendía hasta el horizonte, como si el cosmos entero hubiera dejado de respirar. Nunca antes había sentido tan cerca la inmensidad del universo ni comprendido hasta qué punto una estrella podía apagarse sin que nadie escuchara su último suspiro.

2

Soul Love

La Tierra, a su llegada, rebosaba amor por los cuatro costados. Jóvenes recorrían las calles tomados de la mano, serenos y felices, ajenos a todo mal. Stardust sonrió con cierta amargura mientras jugueteaba con un mechón de su cabello color zanahoria: jamás podría retroceder en el tiempo y cambiar lo sucedido.

Recordaba días de vino y rosas, de carmín y brillantina, de sonrisas y sueños, cuando las metrópolis cubrían los continentes hasta donde la vista podía alcanzar. Los rascacielos de acero y cristal que punteaban los límites del firmamento, altos y orgullosos, ahora solo eran ruinas calcinadas.

En ocasiones, cuando el silencio se volvía insoportable, una vieja melodía atravesaba su memoria. Era Stardust, de Hoagy Carmichael, una canción tan melancólica como el mundo que había perdido. Otras veces aparecía Judy Garland cantando Over the Rainbow, invitándolo a seguir un imposible camino de baldosas amarillas hacia un lugar donde las diferencias dejaran de importar. Aquel arcoíris, convertido con el paso de los años en símbolo de libertad y orgullo para millones de personas, resumía mejor que ningún manifiesto el mundo que Ziggy había intentado construir con su música.

Recordaba a todas las personas que había amado, tanto hombres como mujeres, durante sus correrías como estrella del pop. Centenares de jóvenes vestidos como él, con un rayo brillante pintado cruzándoles el rostro, le habían ofrecido sus cuerpos y anhelos sin ningún tipo de duda moral o filosófica. Aunque siempre se hubiera negado a admitirlo, era un romántico por naturaleza. Por desgracia, aquellos chicos y chicas habían fallecido; solo le quedaba el amor divino para consolarse.

Recordaba bosques verdes, océanos azules y brillantes, montañas escarpadas coronadas de blanco, enternecedoras puestas de sol que acariciaban su frío corazón como los dedos de un amante. Aquella fue una época feliz; no podía negarlo, a pesar de todo lo que sucedió después. Nada lo conmovía más que el valor de la pérdida. Ziggy estaba solo; no le quedaba nada a lo que aferrarse, excepto una montaña de polvo blanco que menguaba por minutos.

Mientras contemplaba el horizonte gris, comprendió que el amor siempre había sido el verdadero núcleo de su misión. No había venido únicamente para advertir a la humanidad del fin del mundo; había llegado para enseñarle que cualquiera podía reinventarse y vivir sin miedo a ser quien era. Ese sueño también había desaparecido entre las cenizas. Solo quedaba el eco de unas cuantas canciones flotando en un planeta vacío.

3

Moonage Daydream

Stardust había ideado una estratagema para intentar salvar a la humanidad: se convertiría en una «Zorra del Rock 'N' Roll» y se presentaría en todos los hogares como el invasor del espacio que era. Evidentemente, sabía que los padres bienpensantes repudiarían su actitud; la arriesgada propuesta que tenía en mente no sería del agrado de las almas cristianas: una revolución sexual a gran escala que aniquilaría los anticuados conceptos sociales inculcados durante miles de generaciones.

Con la mente llena de hirvientes pensamientos y una energía ilimitada, Ziggy se puso manos a la obra y comenzó a buscar músicos para montar una banda. Quería tocar un rock innovador, totalmente adelantado a su época, sin parangón en el panorama musical. Primero estudió el mercado, dominado por productos comerciales creados por grandes compañías discográficas: títeres sin talento alguno que cantaban lo que les ponían delante de las narices; subproductos obsesionados por el éxito que no representarían amenaza alguna cuando él saltara a la palestra.

Había llegado a la Tierra como un auténtico forastero en tierra extraña, fascinado por una especie capaz de crear belleza y, al mismo tiempo, empeñada en destruirse a sí misma. Durante meses absorbió todo cuanto encontró a su paso. Escuchó a Chuck Berry y Little Richard para comprender el origen del rock; estudió el desquiciado magnetismo de Vince Taylor y el refinamiento teatral de Anthony Newley; devoró las novelas de H. G. Wells y los seriales de Flash Gordon; quedó hipnotizado por las historias del profesor Bernard Quatermass y por la violencia estilizada de La naranja mecánica. Incluso la figura de Andy Warhol le enseñó que el arte podía convertirse en un espejo deformado de la fama. Ninguna de aquellas influencias explicaba por sí sola quién era Ziggy Stardust, pero todas dejaron una pequeña cicatriz en su imaginación.

Un mes más tarde consiguió el equipo básico para montar su grupo —guitarra, bajo y batería— a través de un anuncio publicado en las páginas de Melody Maker. Los elegidos, tres jóvenes de Hull de aspecto ambiguo y soñador, encajaban como un guante en sus ambiciosos planes. Sin dudarlo, alquilaron los estudios Trident de Londres y contrataron los servicios de Ken Scott, uno de los mejores productores de Inglaterra, para pulir las aristas. Durante doce semanas ininterrumpidas trabajaron duro, centrándose en los arreglos, los solos de guitarra y las letras que definirían el álbum. Ziggy fue el motor que guio las sesiones. Sus temas favoritos eran los siguientes: sexualidad, política, estupefacientes, estrellato, decadencia, aislamiento y locura. ¿Cómo podría encajar todos aquellos conceptos con estilo?

A diferencia de los álbumes que vendrían después, la grabación fue tranquila; un ambiente colaborativo y optimista llenaba las sesiones. Stardust compuso todas las canciones, tocó la guitarra acústica y coprodujo el álbum. La historia del elepé —que sería premonitoria— trataba sobre un extraterrestre que llegaba a la Tierra para salvarla de la destrucción convirtiéndose en un mesías del rock. Como era lógico, el protagonista de la narración —el propio Ziggy— terminaría olvidando sus objetivos y sería víctima de su descomunal éxito. La realidad imitaba a la ficción y la ficción imitaría a la realidad: una paradoja cósmica de proporciones infinitas. Su propósito inicial acabaría sepultado bajo el peso del personaje, como si Orfeo hubiera descendido a los infiernos y, fascinado por los ecos de su propia música, hubiera olvidado para siempre el camino de regreso.

4

Starman

El disco, turbadoramente titulado The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, contó con una monstruosa campaña de promoción que lo catapultó al número uno de las listas británicas y estadounidenses. Una histeria colectiva, superior a la de The Beatles, invadió el planeta de un extremo a otro. Multitudes se volcaron a las tiendas para comprar el álbum. El sencillo de vinilo de siete pulgadas, girando a cuarenta y cinco revoluciones por minuto, se convirtió en un objeto de culto que desaparecía de los escaparates pocas horas después de ponerse a la venta. Al final de su corta carrera, Stardust recibiría la notificación de que había superado los doscientos millones de copias despachadas. Un récord que ninguna banda obtuvo ni antes… ni después.

Y entonces ocurrió lo imposible.

Copérnico, Bruno, Galileo, Kepler... Ninguna de aquellas mentes prodigiosas alcanzó a imaginar que el verdadero Hombre de las Estrellas no llegaría en una nave, sino sobre un escenario. Su nombre era Ziggy Stardust.

Los discos de oro, platino y uranio, el Mercury Prize, los Brit Awards, el Ivor Novello y los premios Grammy comenzaron a amontonarse en las oficinas de la discográfica. RCA Records comprendió enseguida que no había contratado a un simple cantante: tenía entre manos un fenómeno cultural sin precedentes. Estrellas en el Paseo de la Fama de Hollywood, menciones en el Libro Guinness de los récords… De una banda desconocida del sur de Inglaterra, Ziggy y las Arañas de Marte ascendieron hasta la cima del pop, codeándose con los artistas más grandes de la historia.

El equipo de marketing planificó una gira mundial de veinte largos meses por Inglaterra, Estados Unidos, Canadá, Europa, Extremo Oriente y Sudamérica. El escenario —que representaba una megalópolis aniquilada— alcanzó cotas de sofisticación jamás vistas hasta el momento: cincuenta toneladas de andamios, iluminación y equipos de sonido. Se necesitaba una enorme infraestructura para trasladarlo de un sitio a otro a través de grandes distancias. Estaba valorado en cinco millones de libras y requería cien hombres y dos días para montarlo, sin contar con la veintena de camiones de quince metros de largo destinados a transportar todo el equipo.

A través de la radio, Ziggy entró en todos los hogares gracias a aquel pop cósmico que mezclaba guitarras, melodías irresistibles y ciencia ficción con una naturalidad que nadie había imaginado posible. Los jóvenes pasaban la noticia de boca en boca, entusiasmados por la nueva estrella que despuntaba en el firmamento.

Su celebrada actuación en Top of the Pops —glamoroso, provocativo y seductor— despertó las iras de los padres que no querían que sus hijos escucharan a «un puto maricón». Durante aquella época, todos querían ser como Stardust: tener su mismo peinado; vestir los exóticos diseños kabuki de Kansai Yamamoto; calzarse aquellas plataformas imposibles; maquillarse de manera andrógina. Las fotografías de Brian Ward en Heddon Street, junto a la inconfundible cabina telefónica roja modelo K2 de Mayfair, crearon escuela; incontables admiradores imitaron la pose de la portada del elepé, convirtiendo aquel rincón de Londres en un lugar de peregrinación.

El Apocalipsis había comenzado.

Elvis debía de estar muerto de envidia.

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It Ain’t Easy

La cubierta del disco aparecía en todos los medios informativos. Se distribuyeron carteles en las paradas de autobuses, estaciones de metro y aeropuertos. Colgaron enormes anuncios en la Gran Pirámide de Guiza, los Jardines Colgantes de Babilonia, el Templo de Artemisa, la Estatua de Zeus en Olimpia, el Mausoleo de Halicarnaso, el Coloso de Rodas y el Faro de Alejandría. Muñecos, disfraces, chapas, pósteres, cereales, libretas, carteras escolares, videojuegos e innumerables artículos más entraron en la campaña de marketing. Coca-Cola y McDonald's adquirieron los derechos para promocionar la gira por mil millones de dólares cada una. El presidente de los Estados Unidos y la reina de Inglaterra se declararon incondicionales del grupo. El primer concierto, celebrado en el estadio de Wembley, con capacidad para noventa mil espectadores, despachó suficientes entradas para llenarlo durante semanas.

Mientras tanto, Ziggy recordaba lo difícil que había sido llegar hasta allí. Los ejecutivos de las casas discográficas solían ser hombres avaros y desconfiados que solo entendían un idioma: el dinero. La calidad artística era un concepto secundario; los balances trimestrales siempre pesaban más que las canciones. Aun así, RCA Records había decidido apostar por aquel extraño de cabello naranja cuando casi nadie veía futuro en él.

Ahora, convertido en un ídolo multimillonario con una docena de discos de oro en su poder, aquellos que lo habían despreciado tenían motivos para lamentarlo. El presidente de Warner Records, que en un principio había calificado a las Arañas de Marte como «una banda mediocre que canta sobre drogas, sodomía y el fin del mundo», sufrió un ataque al corazón al descubrir que el álbum había vendido más ejemplares que la Biblia durante la última década. Idéntica suerte corrieron un sinfín de ejecutivos, roadies y mánagers que, incapaces de soportar las burlas de la competencia, abandonaron sus despachos convencidos de que habían dejado escapar la oportunidad de sus vidas.

Desde el escenario, acompañado por la troupe de mimos de Lindsay Kemp, Stardust se disponía a lanzar su ofensiva definitiva contra el mundo.

No pretendía conquistar países ni levantar imperios. Su revolución era mucho más peligrosa: consistía en cambiar la forma en que millones de jóvenes se miraban a sí mismos. Si un muchacho tímido encontraba el valor para maquillarse por primera vez, si una chica decidía vivir sin pedir permiso a nadie, o si alguien comprendía que podía amar libremente sin avergonzarse de ello, entonces la misión habría merecido la pena.

Las guitarras sustituían a los sermones, los escenarios a las catedrales y los focos a los vitrales. El rock se había convertido en una religión, y Ziggy Stardust era su profeta más brillante... aunque todavía ignoraba que todos los profetas terminan pagando un precio demasiado alto por sus milagros.

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Lady Stardust

El grupo tenía un jet privado con el logotipo del disco pintado sobre el fuselaje: una imagen de Ziggy vestido con un brillante mono plateado. Contaban con un equipo de filmación dirigido por D. A. Pennebaker que se encargaría de documentar la gira. Su mánager, Tony Defries, era un caballero de la vieja escuela dispuesto a hacer cualquier cosa para proteger los intereses de sus pupilos. Contrataron a más de trescientas personas y una brigada de seguridad formada por antiguos agentes del FBI que habían trabajado para Frank Sinatra e incluso para el presidente Nixon. El director técnico diseñó una innovadora iluminación basada en franjas de luz blancas y negras que conferían a los decorados en ruinas un aspecto espectral. Todo estaba preparado para el mayor espectáculo que el planeta conocería.

Durante la primera manga de la gira, todo marchó de maravilla: aforos completos, críticas entusiastas y un público completamente entregado. Poco después, al cruzar el Atlántico y dejar atrás la vieja Inglaterra, también los estadounidenses sucumbieron al magnetismo de las Arañas de Marte.

Las apariciones televisivas fueron un triunfo rotundo, especialmente en Russell Harty Plus y en The 1980 Floor Show, donde Ziggy compartió escenario con Marianne Faithfull, enfundada en un provocador hábito de monja. Aquella actuación resultó tan elegante como irreverente; una mezcla de erotismo, teatro y sacrilegio que dejó atónitos tanto a sus admiradores como a sus detractores.

El fenómeno alcanzó tal magnitud que incluso grupos profundamente conservadores —desde el Ku Klux Klan hasta los mormones— acabaron tarareando sus canciones... e incluso experimentando con el maquillaje. Gracias a Stardust, aquellos hombres descubrieron una parte sensible que llevaban toda la vida ocultando bajo toneladas de prejuicios. El personaje había dejado de pertenecer a Ziggy; ahora pertenecía al mundo.

Cuando el equipo pasó por Texas, Ziggy comenzó a hacer de las suyas, apareciendo sobre el escenario vestido con kimonos diseñados por Kansai Yamamoto, cuyas formas imposibles desdibujaban cualquier frontera entre Oriente y Occidente, entre lo masculino y lo femenino, entre el ser humano y el extraterrestre. Cada concierto parecía un desfile de moda llegado de otra galaxia.

Los grandes diseñadores de la época —Giorgio Armani, Ralph Lauren, Tommy Hilfiger, Diane von Fürstenberg, Gianni Versace o Jean Paul Gaultier— observaban fascinados aquella explosión de color y teatralidad. Comprendieron que la ropa podía dejar de ser una simple prenda para convertirse en un lenguaje. Ziggy no vestía disfraces; construía mitologías.

Mientras tanto, Andy Warhol contemplaba el fenómeno desde la Factory con la curiosidad de quien reconoce a un igual. El emperador albino del arte pop entendía mejor que nadie que la celebridad también podía ser una obra artística. Ambos compartían la misma obsesión: borrar la frontera entre la persona y el personaje hasta que resultara imposible distinguir cuál de los dos era real.

Sin embargo, Stardust comenzaba a sospechar que aquella transformación tenía un precio. Cada aplauso alimentaba al personaje y debilitaba al hombre que se ocultaba bajo el maquillaje. El extraterrestre crecía; Ziggy desaparecía lentamente tras el rayo pintado sobre su rostro.

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Star

Desde su aterrizaje en la Tierra, Ziggy se había sentido irresistiblemente atraído por las estrellas del rock. Había algo perverso en aquellas personas que, con apenas tres acordes y un puñado de versos, podían alterar la vida de millones de desconocidos. Gracias a Stardust, viejas glorias que llevaban más de una década sin colocar un sencillo en las listas regresaron inesperadamente al primer plano al versionar sus canciones. Durante seis meses llegó a tener veintidós temas simultáneamente en el Top 40, entre composiciones propias y versiones ajenas. Nadie recordaba un fenómeno semejante.

En las entrevistas promocionales citaba sin rubor a Vince Taylor, Kim Fowley, The Legendary Stardust Cowboy, The Velvet Underground —con Lou Reed al frente— y The Stooges de Iggy Pop como algunas de sus principales influencias. Pero la lista siempre se quedaba corta. En su universo también convivían Chuck Berry y Little Richard con H. G. Wells, Flash Gordon, Bernard Quatermass, Anthony Newley y el universo pop de Andy Warhol. Incluso La naranja mecánica había dejado su huella en aquella mezcla de violencia estilizada, provocación y futurismo decadente que respiraban sus espectáculos.

A los periodistas les fascinaba encontrar conexiones entre todas aquellas referencias y las canciones de las Arañas de Marte. Sin embargo, cuanto más analizaban el fenómeno, más evidente resultaba que Ziggy había construido algo completamente nuevo. Había tomado retazos de cultura popular, ciencia ficción, teatro kabuki, rock and roll y arte contemporáneo para fundirlos en una identidad imposible de clasificar.

A raíz de aquella revolución surgiría un movimiento musical que la prensa bautizó como glam rock, aunque Ziggy prefería pensar que aquello era simplemente pop cósmico. El virtuosismo infinito del rock progresivo y los interminables solos psicodélicos comenzaron a parecer reliquias de otro tiempo. Las nuevas canciones eran breves, directas, teatrales y pegadizas. Lo importante ya no era demostrar quién tocaba mejor, sino quién era capaz de construir el personaje más fascinante.

Como Bob Dylan había electrificado el folk unos años antes y el Festival de Monterey Pop había anunciado la llegada de una nueva generación de artistas, Ziggy comprendió que cada época necesitaba su propia revolución estética. La suya no consistía únicamente en cambiar la música; pretendía transformar la forma en que el público entendía el éxito, el sexo, la identidad y la fama.

Antes de un año, decenas de bandas siguieron el sendero que las Arañas de Marte habían abierto prácticamente de la nada: Roxy Music, Queen, Slade, Elton John, Suzi Quatro, Mud, Sweet, Mott the Hoople, Cockney Rebel o Wizzard comenzaron a recorrer una carretera que Ziggy había asfaltado con purpurina, maquillaje y electricidad.

Marc Bolan, líder de T. Rex y compañero de correrías, observó aquel ascenso con sentimientos encontrados. Admiraba el talento de Stardust, pero también comprendía que el alumno acababa de superar al maestro. Así funcionaba el firmamento del rock: las estrellas más jóvenes siempre terminaban eclipsando a las anteriores.

Sin darse cuenta, Ziggy ya no era solo un músico. Se había convertido en un mito viviente, en una constelación con forma humana cuya luz comenzaba a brillar con demasiada intensidad como para no terminar consumiéndose.

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Hang On To Yourself

En los camerinos, después de los conciertos, aparte de la consabida ración de flores, drogas y adulaciones, las groupies luchaban por los favores de los miembros del grupo. Esto también se extendía a los hombres: muchachos jóvenes e imberbes, que apenas alcanzaban la mayoría de edad, querían hacer el amor con Ziggy, Ronno, Weird y Gilly por encima de todas las cosas. Divertido, Stardust aceptaba de buena gana las proposiciones de sus admiradores. Según la leyenda, más de mil personas llegaron a pasar por sus brazos: un récord que Lord Byron habría envidiado.

Ziggy disfrutaba de cualquier oportunidad; jamás hacía ascos a nada y, lo más importante, permanecía abierto a una infinidad de posibilidades: cuanto más perversas, mejor. Gracias a su descomunal fama podía conseguir lo que quisiera: los mejores pasajes de avión, las suites más lujosas, las limusinas más extravagantes, los restaurantes más exclusivos, las drogas más puras, los amantes más hermosos... No existía límite alguno. Stardust no tenía ningún sentido de la culpabilidad católica; era libre como un pájaro. Las convenciones sociales pertenecían a otro mundo.

Sobre el escenario, Ronno se convertía en el complemento perfecto de aquella criatura llegada del espacio. Su inseparable Les Paul blanca rugía como un motor estelar, lanzando solos afilados que parecían rasgar el cielo sobre las cabezas del público. Ningún guitarrista conseguía combinar elegancia y violencia con semejante naturalidad. Mientras Ziggy dominaba con la mirada, Ronno conquistaba con cada nota.

¿Por qué Stardust resultaba tan irresistible? Aparte de la conversación y sus excepcionales dotes como amante, poseía una belleza difícil de igualar, sin contar su talento sobre las tablas y una voz capaz de recorrer cualquier registro. Sus ojos de distinto color —el derecho, azul; el izquierdo, gris— hipnotizaban a todos los mortales. Su cabello naranja, cuidadosamente esculpido, era la envidia del mundo artístico. Su cuerpo, delgado y andrógino, desafiaba cualquier definición posible.

Y, sin embargo, todavía conservaba algo que las superestrellas solían perder demasiado pronto: la capacidad de reírse de sí mismo. No se creía un dios; solo interpretaba uno. Sabía que todo personaje termina por devorar al actor si este deja de distinguir dónde acaba la representación y dónde comienza la realidad.

Cada noche, antes de salir al escenario, escuchaba el rugido del público tras el telón. Miles de voces pronunciaban su nombre al unísono, como si estuvieran invocando a una divinidad. Durante unos segundos cerraba los ojos, respiraba hondo y sonreía.

Después cruzaba la cortina de humo.

Y el hombre desaparecía para dar paso al mito.

9

Ziggy Stardust

Ziggy se encontraba deprimido: llevaba demasiados meses en la carretera y la presión de la fama comenzaba a resultarle insoportable. Ávida de nuevos éxitos, la discográfica lo obligó a regresar al estudio para grabar un álbum que igualara —o incluso superara— las cifras de ventas del anterior. Stardust se resistió. No había compuesto material nuevo y necesitaba desaparecer durante una temporada, volver a ser un hombre corriente, aunque solo fuera por unos días. Sin embargo, Tony Defries le mostró el contrato con una frialdad implacable. Si no cumplía lo firmado, sería demandado.

A regañadientes reunió de nuevo a las Arañas y regresó a Inglaterra con el rabo entre las piernas. Durante las sesiones apenas existía la complicidad que había convertido el primer disco en un milagro irrepetible. Ninguno entendía las letras improvisadas, centradas ahora en trastornos mentales, aislamiento, decadencia moral, ciudades devoradas por la lluvia ácida y los efectos corrosivos de la cocaína. Ken Scott terminó rindiéndose. Era imposible trabajar con Ziggy: cuando no desaparecía durante días, aparecía completamente colocado, acompañado por un séquito de aduladores que convertía el estudio en un circo.

Después de escribir unos cuantos temas, Stardust sufrió una sobredosis que lo mantuvo varias semanas alejado de los focos. Mientras se recuperaba, contempló los últimos años de su vida con una lucidez dolorosa. Comprendió que ya no controlaba al personaje; era el personaje quien decidía por él.

La gira, sin embargo, debía continuar.

Japón fue la última gran conquista. El concierto del Kōkaidō de Shibuya desató una auténtica locura colectiva. Miles de admiradores lloraban, gritaban y se desmayaban al paso de Ziggy, convencidos de estar contemplando algo mucho más grande que una simple estrella del rock. Aquella gira por Extremo Oriente había superado cualquier expectativa. Nadie imaginaba que también sería la última.

Pocos días después, el Hammersmith Odeon apareció bañado por un resplandor rojo que parecía anunciar el fin del mundo. Desde el camerino, Ziggy escuchaba el murmullo del público mientras la tensión crecía lentamente, solemne, como los primeros compases de la Quinta Sinfonía de Beethoven. Respiró hondo. Sabía que aquella noche no solo estaba a punto de terminar una gira.

Cuando las luces se apagaron, las Arañas ocuparon sus posiciones. Ronno hizo rugir su Les Paul blanca, arrancando un sonido afilado que atravesó el teatro como una descarga eléctrica. Durante casi dos horas ofrecieron unos de los mejores conciertos de toda su carrera. Cada canción sonaba como una despedida, aunque nadie entre el público alcanzara a comprenderlo.

Entonces llegó el momento.

Ziggy se acercó lentamente al micrófono. Observó aquellos miles de rostros iluminados por los focos y comprendió que estaba contemplando a la única familia que realmente había tenido.

—No solo es el último concierto de la gira —dijo con la voz apenas quebrada—, sino el último que haremos nunca.

Durante unos segundos nadie reaccionó. Después llegaron los gritos, los sollozos y una sensación de incredulidad que recorrió el teatro como una onda expansiva.

Aquella noche no murió únicamente Ziggy Stardust.

También desapareció el sueño colectivo de una generación que había creído posible reinventarse a través del rock.

Mientras abandonaba el escenario sin volver la vista atrás, los últimos compases de la Marcha n.º 1 en Re mayor, Pompa y Circunstancia, parecían acompañar el funeral de un personaje que había vivido demasiado deprisa. Como Orfeo alejándose del inframundo, Ziggy desapareció entre bastidores sin saber si alguna vez volvería a encontrar el camino de regreso.

Al día siguiente, las Arañas de Marte recibieron un escueto comunicado remitido a través de New Musical Express.

Ziggy Stardust había decidido disolver la banda.

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Suffragette City

Después de la noticia, Stardust desapareció del mapa. Necesitaba una purga que limpiara su interior antes de que el personaje terminara por devorarlo definitivamente. La discográfica intentó localizarlo por todos los medios posibles; nadie estaba dispuesto a perder la mayor fuente de ingresos de la industria musical. Tony Defries, después de años exprimiendo hasta el último penique de su protegido, acabó arrojando la toalla. Aseguraba estar cansado del circo del rock, aunque la verdad era mucho más sencilla: ni siquiera él podía controlar a Ziggy.

Las fiestas se sucedieron unas a otras, interminables, en una orgía de sexo, alcohol y cocaína que habría destruido a cualquier ser humano. Stardust abrazó el exceso como si fuera el único refugio que le quedaba. Perdió quince kilos en apenas unos meses. Su rostro se transformó en una máscara apergaminada, sus pómulos se afilaron como cuchillas y la piel comenzó a pegarse a los huesos. Vivía suspendido en un estado de agotamiento permanente, incapaz de distinguir el día de la noche.

Encerrado en su apartamento de Los Ángeles, sobrevivía a base de leche y pimientos, sin molestarse siquiera en abrir las persianas. Las habitaciones permanecían sumidas en una penumbra enfermiza. Pentagramas inacabados convivían sobre el suelo con bolsitas vacías de cocaína, vasos de leche agria y libros de ocultismo abiertos por páginas al azar. Coco, su asistente, encontraba cada mañana el mismo panorama: Ziggy desvanecido sobre la alfombra, respirando apenas. Acercaba un espejo bajo su nariz para comprobar que todavía seguía vivo.

Las pocas amistades que conservaba comenzaron a desaparecer una tras otra. Nadie quería acercarse a un hombre consumido por sus propios demonios. Incluso las Arañas de Marte intentaron tenderle la mano, pero él rechazó todas las llamadas. La vergüenza pesaba más que la soledad.

Algunas noches, sentado frente a la ventana, observaba el perfil oscuro de la ciudad y murmuraba palabras que ni él mismo comprendía del todo.

—Me he convertido en la muerte... en el destructor de mundos...

La frase resonaba en el apartamento vacío como un eco llegado desde otra dimensión. Ya no sabía si pertenecía a un físico, a un profeta o a un loco. Lo único cierto era que describía con precisión aquello en lo que se había convertido. Había querido salvar el mundo y solo había contemplado su destrucción. Había creado un mesías del rock... y el mesías había terminado crucificando a su creador.

Las montañas de discos de oro, las portadas de las revistas, los premios y los millones de admiradores parecían pertenecer a la vida de otra persona. Ziggy contemplaba aquellas fotografías como quien observa las ruinas de una antigua civilización. Apenas reconocía al muchacho de cabello rojo que sonreía desde las portadas.

Por primera vez desde su llegada a la Tierra, empezó a preguntarse si todo había sido un error. Si la humanidad merecía realmente ser salvada. O si, sencillamente, el universo seguía un orden demasiado antiguo para que un cantante pudiera alterarlo con un puñado de canciones.

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Rock 'N' Roll Suicide

El tiempo, como un cigarrillo, se consumía lentamente entre sus dedos.

Ziggy lamentaba todos los errores cometidos. El deseo de cambiar el pasado abrasaba los últimos restos de racionalidad que conservaba. ¿Por qué había fracasado? Había llegado a la Tierra con la intención de salvar a la humanidad y terminaba contemplando un planeta muerto, convertido en un inmenso cementerio de acero, cristal y ceniza.

A trompicones se incorporó y caminó hasta los ventanales del apartamento. Las avenidas permanecían desiertas. Ni una luz. Ni un automóvil. Ni una sola voz. Durante unos segundos, la idea del suicidio le pareció reconfortante. Bastaría con un pequeño gesto para silenciar el remordimiento que lo perseguía desde hacía años.

Intentó llorar. Necesitaba una sola lágrima que demostrara que todavía quedaba algo humano bajo aquella máscara de maquillaje, cocaína y fama. Pero sus ojos permanecieron secos. Las drogas habían calcificado cualquier emoción. La desesperación lo obligó a regresar hasta la mesa de cristal. Encendió un cigarrillo Gitanes y observó las líneas perfectamente alineadas sobre la superficie.

Por primera vez en mucho tiempo, apartó el tubo de platino.

No quería seguir huyendo.

Permaneció inmóvil durante varios minutos, escuchando únicamente el zumbido del viento colándose entre los edificios vacíos. Entonces comprendió algo que jamás había imaginado.

El mundo no había terminado con la humanidad.

Solo había terminado una civilización.

Algún día surgirían nuevos supervivientes entre aquellas ruinas. Hombres y mujeres que jamás habrían oído hablar de Inglaterra, del rock and roll o de Ziggy Stardust. Caminarían entre esqueletos de rascacielos como arqueólogos de un pasado incomprensible. Fabricarían herramientas con los restos del viejo mundo y levantarían aldeas donde antes existieron ciudades.

Con el paso de los siglos, aquellas aldeas se transformarían en reinos.

Los reinos levantarían templos.

Y los templos acabarían convirtiéndose en inmensos zigurats, construidos para honrar al misterioso Hombre de las Estrellas que, según las leyendas, descendió del firmamento para advertir a la humanidad de su propia destrucción.

Las canciones sobrevivirían convertidas en himnos.

Los conciertos pasarían a ser ceremonias religiosas.

Las guitarras serían reliquias sagradas.

El rayo pintado sobre su rostro terminaría grabado en piedra, repetido una y otra vez por artesanos que ya no recordarían su verdadero significado.

Comprendió entonces que todos los dioses nacían exactamente del mismo modo: primero fueron hombres; después, recuerdos; finalmente, mitos.

Aceptó su destino con los dientes apretados.

Ya no era una estrella del rock.

Ya no era un extraterrestre.

Ya no era siquiera Ziggy Stardust.

Se había transformado en la primera divinidad de un mundo nuevo.

Y mientras el sol comenzaba a levantarse sobre las ruinas de la antigua civilización, una leve sonrisa apareció en su rostro.

Quizá nunca hubiera conseguido salvar a la humanidad.

Pero había dejado tras de sí una historia lo bastante poderosa como para sobrevivir al fin del mundo.