La fama, los conciertos, las giras interminables, las
drogas, las apariciones mediáticas, las limusinas, las groupies… No
quedaba nada.
En un principio, los destellos de neón de los anuncios
publicitarios y los flashes de las cámaras fueron hipnóticos: disfrutaba
de su merecida popularidad; había trabajado duro para llegar a la cima. Durante
sesenta meses consecutivos, sus singles y discos fueron número uno en
todos los rincones posibles del planeta. Podía considerarse la mayor estrella
del rock de la historia y, con diferencia, una supernova que había ascendido a
lo más alto… para hacer explosión.
Deprimido, Ziggy Stardust se inclinó sobre la mesa de
cristal, tomó un exótico tubo de platino decorado con filigranas e inhaló dos
enormes líneas de cocaína. Después, se frotó la nariz y se lamió las encías
insensibilizadas con la lengua flácida. Estaba tan pasado de rosca que ni
siquiera las drogas lo auxiliaban a escapar del espantoso letargo que lo
dominaba. El material, adquirido por el roadie de la banda en el
Village, Nueva York, apenas estaba cortado. Como podía comprobar, el camino del
exceso conducía al templo de la sabiduría.
1
Five Years
Su mente regresó al pasado, cinco años atrás, cuando supo que la Tierra estaba condenada a perecer. Ziggy fue el único que adivinó que el mundo tenía las horas contadas: cambio climático, impacto de un meteorito, pandemia viral, terrorismo, guerra nuclear, rebelión de las máquinas contra el hombre, supervolcanes, agotamiento de los recursos naturales… Una serie de catástrofes aniquilaron a la humanidad que, ciega en su arrogancia, ignoró premeditadamente sus advertencias.
Un
día cualquiera, al despertar después de una noche de excesos, descubrió que
había llegado el final que había vaticinado en sus álbumes. Ziggy no logró
sentir piedad o tristeza por lo sucedido: los líderes políticos que pudieron
impedir la hecatombe no le hicieron ningún caso, y los fans estaban más
preocupados por fornicar y colocarse que por descifrar sus elaboradas letras. Puta
contracultura... Aquellos idiotas habían labrado su propio destino.
A
través de los ventanales de fibra de vidrio, la visión de las calles
transformadas en pozos fuliginosos cubiertos de cadáveres resonó contra las
paredes de su cráneo. Stardust se preguntó cuál fue el auténtico motivo que
había producido aquel caos: ¿un virus?, ¿una explosión atómica?, ¿un meteorito?
Nunca lo sabría; llevaba demasiado tiempo inmerso en su propio universo,
aislado de sus semejantes, recreándose en su ego, enervado por las enormes
cantidades de farlopa que consumía a diario. Sobre las fachadas aún permanecían
grabadas siluetas calcinadas sobre el hormigón, sombras humanas detenidas para
siempre en el instante exacto de la destrucción.
La
sociedad se había hundido y él, para bien o para mal, era el único
superviviente. El destino obró con una monstruosa ironía: Ziggy intentó evitar
el Armagedón con todas sus fuerzas, sin éxito. El peso de la derrota lo hacía
sentir como una mierda; parecía un monstruo kabuki, glacial e inexpresivo,
atrapado en una prisión de cromo líquido.
El
silencio del planeta poseía la misma frialdad que Neptuno, el último
movimiento de Los Planetas, de Gustav Holst. Una gelidez sobrecogedora
se extendía hasta el horizonte, como si el cosmos entero hubiera dejado de
respirar. Nunca antes había sentido tan cerca la inmensidad del universo ni
comprendido hasta qué punto una estrella podía apagarse sin que nadie escuchara
su último suspiro.
2
Soul Love
La Tierra, a su llegada, rebosaba amor por los cuatro costados. Jóvenes recorrían las calles tomados de la mano, serenos y felices, ajenos a todo mal. Stardust sonrió con cierta amargura mientras jugueteaba con un mechón de su cabello color zanahoria: jamás podría retroceder en el tiempo y cambiar lo sucedido.
Recordaba
días de vino y rosas, de carmín y brillantina, de sonrisas y sueños, cuando las
metrópolis cubrían los continentes hasta donde la vista podía alcanzar. Los
rascacielos de acero y cristal que punteaban los límites del firmamento, altos
y orgullosos, ahora solo eran ruinas calcinadas.
En
ocasiones, cuando el silencio se volvía insoportable, una vieja melodía
atravesaba su memoria. Era Stardust, de Hoagy Carmichael, una canción
tan melancólica como el mundo que había perdido. Otras veces aparecía Judy
Garland cantando Over the Rainbow, invitándolo a seguir un imposible
camino de baldosas amarillas hacia un lugar donde las diferencias dejaran de
importar. Aquel arcoíris, convertido con el paso de los años en símbolo de
libertad y orgullo para millones de personas, resumía mejor que ningún
manifiesto el mundo que Ziggy había intentado construir con su música.
Recordaba
a todas las personas que había amado, tanto hombres como mujeres, durante sus correrías
como estrella del pop. Centenares de jóvenes vestidos como él, con un rayo
brillante pintado cruzándoles el rostro, le habían ofrecido sus cuerpos y
anhelos sin ningún tipo de duda moral o filosófica. Aunque siempre se hubiera
negado a admitirlo, era un romántico por naturaleza. Por desgracia, aquellos
chicos y chicas habían fallecido; solo le quedaba el amor divino para
consolarse.
Recordaba
bosques verdes, océanos azules y brillantes, montañas escarpadas coronadas de
blanco, enternecedoras puestas de sol que acariciaban su frío corazón como los
dedos de un amante. Aquella fue una época feliz; no podía negarlo, a pesar de
todo lo que sucedió después. Nada lo conmovía más que el valor de la pérdida.
Ziggy estaba solo; no le quedaba nada a lo que aferrarse, excepto una montaña
de polvo blanco que menguaba por minutos.
Mientras contemplaba el horizonte gris, comprendió que el amor siempre había sido el verdadero núcleo de su misión. No había venido únicamente para advertir a la humanidad del fin del mundo; había llegado para enseñarle que cualquiera podía reinventarse y vivir sin miedo a ser quien era. Ese sueño también había desaparecido entre las cenizas. Solo quedaba el eco de unas cuantas canciones flotando en un planeta vacío.
3
Moonage Daydream
Stardust había ideado una estratagema para intentar salvar a la humanidad: se convertiría en una «Zorra del Rock 'N' Roll» y se presentaría en todos los hogares como el invasor del espacio que era. Evidentemente, sabía que los padres bienpensantes repudiarían su actitud; la arriesgada propuesta que tenía en mente no sería del agrado de las almas cristianas: una revolución sexual a gran escala que aniquilaría los anticuados conceptos sociales inculcados durante miles de generaciones.
Con
la mente llena de hirvientes pensamientos y una energía ilimitada, Ziggy se
puso manos a la obra y comenzó a buscar músicos para montar una banda. Quería
tocar un rock innovador, totalmente adelantado a su época, sin parangón en el
panorama musical. Primero estudió el mercado, dominado por productos
comerciales creados por grandes compañías discográficas: títeres sin talento
alguno que cantaban lo que les ponían delante de las narices; subproductos
obsesionados por el éxito que no representarían amenaza alguna cuando él
saltara a la palestra.
Había
llegado a la Tierra como un auténtico forastero en tierra extraña, fascinado
por una especie capaz de crear belleza y, al mismo tiempo, empeñada en
destruirse a sí misma. Durante meses absorbió todo cuanto encontró a su paso.
Escuchó a Chuck Berry y Little Richard para comprender el origen del rock;
estudió el desquiciado magnetismo de Vince Taylor y el refinamiento teatral de
Anthony Newley; devoró las novelas de H. G. Wells y los seriales de Flash
Gordon; quedó hipnotizado por las historias del profesor Bernard Quatermass y
por la violencia estilizada de La naranja mecánica. Incluso la figura de
Andy Warhol le enseñó que el arte podía convertirse en un espejo deformado de
la fama. Ninguna de aquellas influencias explicaba por sí sola quién era Ziggy Stardust,
pero todas dejaron una pequeña cicatriz en su imaginación.
Un
mes más tarde consiguió el equipo básico para montar su grupo —guitarra, bajo y
batería— a través de un anuncio publicado en las páginas de Melody Maker.
Los elegidos, tres jóvenes de Hull de aspecto ambiguo y soñador, encajaban como
un guante en sus ambiciosos planes. Sin dudarlo, alquilaron los estudios
Trident de Londres y contrataron los servicios de Ken Scott, uno de los mejores
productores de Inglaterra, para pulir las aristas. Durante doce semanas
ininterrumpidas trabajaron duro, centrándose en los arreglos, los solos de
guitarra y las letras que definirían el álbum. Ziggy fue el motor que guio las
sesiones. Sus temas favoritos eran los siguientes: sexualidad, política,
estupefacientes, estrellato, decadencia, aislamiento y locura. ¿Cómo podría
encajar todos aquellos conceptos con estilo?
A
diferencia de los álbumes que vendrían después, la grabación fue tranquila; un
ambiente colaborativo y optimista llenaba las sesiones. Stardust compuso todas
las canciones, tocó la guitarra acústica y coprodujo el álbum. La historia del
elepé —que sería premonitoria— trataba sobre un extraterrestre que llegaba a la
Tierra para salvarla de la destrucción convirtiéndose en un mesías del rock. Como
era lógico, el protagonista de la narración —el propio Ziggy— terminaría
olvidando sus objetivos y sería víctima de su descomunal éxito. La realidad
imitaba a la ficción y la ficción imitaría a la realidad: una paradoja cósmica
de proporciones infinitas. Su propósito inicial acabaría sepultado bajo el peso
del personaje, como si Orfeo hubiera descendido a los infiernos y, fascinado
por los ecos de su propia música, hubiera olvidado para siempre el camino de
regreso.
4
Starman
El disco, turbadoramente titulado The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, contó con una monstruosa campaña de promoción que lo catapultó al número uno de las listas británicas y estadounidenses. Una histeria colectiva, superior a la de The Beatles, invadió el planeta de un extremo a otro. Multitudes se volcaron a las tiendas para comprar el álbum. El sencillo de vinilo de siete pulgadas, girando a cuarenta y cinco revoluciones por minuto, se convirtió en un objeto de culto que desaparecía de los escaparates pocas horas después de ponerse a la venta. Al final de su corta carrera, Stardust recibiría la notificación de que había superado los doscientos millones de copias despachadas. Un récord que ninguna banda obtuvo ni antes… ni después.
Y
entonces ocurrió lo imposible.
Copérnico,
Bruno, Galileo, Kepler... Ninguna de aquellas mentes prodigiosas alcanzó a
imaginar que el verdadero Hombre de las Estrellas no llegaría en una nave, sino
sobre un escenario. Su nombre era Ziggy Stardust.
Los
discos de oro, platino y uranio, el Mercury Prize, los Brit Awards,
el Ivor Novello y los premios Grammy comenzaron a amontonarse en las
oficinas de la discográfica. RCA Records comprendió enseguida que no había
contratado a un simple cantante: tenía entre manos un fenómeno cultural sin precedentes.
Estrellas en el Paseo de la Fama de Hollywood, menciones en el Libro Guinness
de los récords… De una banda desconocida del sur de Inglaterra, Ziggy y las
Arañas de Marte ascendieron hasta la cima del pop, codeándose con los artistas
más grandes de la historia.
El
equipo de marketing planificó una gira mundial de veinte largos meses por
Inglaterra, Estados Unidos, Canadá, Europa, Extremo Oriente y Sudamérica. El
escenario —que representaba una megalópolis aniquilada— alcanzó cotas de
sofisticación jamás vistas hasta el momento: cincuenta toneladas de andamios,
iluminación y equipos de sonido. Se necesitaba una enorme infraestructura para
trasladarlo de un sitio a otro a través de grandes distancias. Estaba valorado
en cinco millones de libras y requería cien hombres y dos días para montarlo,
sin contar con la veintena de camiones de quince metros de largo destinados a
transportar todo el equipo.
A
través de la radio, Ziggy entró en todos los hogares gracias a aquel pop
cósmico que mezclaba guitarras, melodías irresistibles y ciencia ficción con
una naturalidad que nadie había imaginado posible. Los jóvenes pasaban la
noticia de boca en boca, entusiasmados por la nueva estrella que despuntaba en
el firmamento.
Su
celebrada actuación en Top of the Pops —glamoroso, provocativo y
seductor— despertó las iras de los padres que no querían que sus hijos
escucharan a «un puto maricón». Durante aquella época, todos querían ser como
Stardust: tener su mismo peinado; vestir los exóticos diseños kabuki de Kansai
Yamamoto; calzarse aquellas plataformas imposibles; maquillarse de manera
andrógina. Las fotografías de Brian Ward en Heddon Street, junto a la
inconfundible cabina telefónica roja modelo K2 de Mayfair, crearon escuela;
incontables admiradores imitaron la pose de la portada del elepé, convirtiendo
aquel rincón de Londres en un lugar de peregrinación.
El
Apocalipsis había comenzado.
Elvis
debía de estar muerto de envidia.
5
It Ain’t Easy
La cubierta del disco aparecía en todos los medios informativos. Se distribuyeron carteles en las paradas de autobuses, estaciones de metro y aeropuertos. Colgaron enormes anuncios en la Gran Pirámide de Guiza, los Jardines Colgantes de Babilonia, el Templo de Artemisa, la Estatua de Zeus en Olimpia, el Mausoleo de Halicarnaso, el Coloso de Rodas y el Faro de Alejandría. Muñecos, disfraces, chapas, pósteres, cereales, libretas, carteras escolares, videojuegos e innumerables artículos más entraron en la campaña de marketing. Coca-Cola y McDonald's adquirieron los derechos para promocionar la gira por mil millones de dólares cada una. El presidente de los Estados Unidos y la reina de Inglaterra se declararon incondicionales del grupo. El primer concierto, celebrado en el estadio de Wembley, con capacidad para noventa mil espectadores, despachó suficientes entradas para llenarlo durante semanas.
Mientras
tanto, Ziggy recordaba lo difícil que había sido llegar hasta allí. Los
ejecutivos de las casas discográficas solían ser hombres avaros y desconfiados
que solo entendían un idioma: el dinero. La calidad artística era un concepto
secundario; los balances trimestrales siempre pesaban más que las canciones.
Aun así, RCA Records había decidido apostar por aquel extraño de cabello
naranja cuando casi nadie veía futuro en él.
Ahora,
convertido en un ídolo multimillonario con una docena de discos de oro en su
poder, aquellos que lo habían despreciado tenían motivos para lamentarlo. El
presidente de Warner Records, que en un principio había calificado a las Arañas
de Marte como «una banda mediocre que canta sobre drogas, sodomía y el fin del
mundo», sufrió un ataque al corazón al descubrir que el álbum había vendido más
ejemplares que la Biblia durante la última década. Idéntica suerte corrieron un
sinfín de ejecutivos, roadies y mánagers que, incapaces de soportar las
burlas de la competencia, abandonaron sus despachos convencidos de que habían
dejado escapar la oportunidad de sus vidas.
Desde
el escenario, acompañado por la troupe de mimos de Lindsay Kemp, Stardust se
disponía a lanzar su ofensiva definitiva contra el mundo.
No
pretendía conquistar países ni levantar imperios. Su revolución era mucho más
peligrosa: consistía en cambiar la forma en que millones de jóvenes se miraban
a sí mismos. Si un muchacho tímido encontraba el valor para maquillarse por
primera vez, si una chica decidía vivir sin pedir permiso a nadie, o si alguien
comprendía que podía amar libremente sin avergonzarse de ello, entonces la
misión habría merecido la pena.
Las guitarras sustituían a los sermones, los escenarios a las catedrales y los focos a los vitrales. El rock se había convertido en una religión, y Ziggy Stardust era su profeta más brillante... aunque todavía ignoraba que todos los profetas terminan pagando un precio demasiado alto por sus milagros.
6
Lady Stardust
El grupo tenía un jet privado con el logotipo del disco pintado sobre el fuselaje: una imagen de Ziggy vestido con un brillante mono plateado. Contaban con un equipo de filmación dirigido por D. A. Pennebaker que se encargaría de documentar la gira. Su mánager, Tony Defries, era un caballero de la vieja escuela dispuesto a hacer cualquier cosa para proteger los intereses de sus pupilos. Contrataron a más de trescientas personas y una brigada de seguridad formada por antiguos agentes del FBI que habían trabajado para Frank Sinatra e incluso para el presidente Nixon. El director técnico diseñó una innovadora iluminación basada en franjas de luz blancas y negras que conferían a los decorados en ruinas un aspecto espectral. Todo estaba preparado para el mayor espectáculo que el planeta conocería.
Durante
la primera manga de la gira, todo marchó de maravilla: aforos completos,
críticas entusiastas y un público completamente entregado. Poco después, al
cruzar el Atlántico y dejar atrás la vieja Inglaterra, también los
estadounidenses sucumbieron al magnetismo de las Arañas de Marte.
Las
apariciones televisivas fueron un triunfo rotundo, especialmente en Russell
Harty Plus y en The 1980 Floor Show, donde Ziggy compartió escenario
con Marianne Faithfull, enfundada en un provocador hábito de monja. Aquella
actuación resultó tan elegante como irreverente; una mezcla de erotismo, teatro
y sacrilegio que dejó atónitos tanto a sus admiradores como a sus detractores.
El
fenómeno alcanzó tal magnitud que incluso grupos profundamente conservadores
—desde el Ku Klux Klan hasta los mormones— acabaron tarareando sus canciones...
e incluso experimentando con el maquillaje. Gracias a Stardust, aquellos
hombres descubrieron una parte sensible que llevaban toda la vida ocultando
bajo toneladas de prejuicios. El personaje había dejado de pertenecer a Ziggy;
ahora pertenecía al mundo.
Cuando
el equipo pasó por Texas, Ziggy comenzó a hacer de las suyas, apareciendo sobre
el escenario vestido con kimonos diseñados por Kansai Yamamoto, cuyas formas
imposibles desdibujaban cualquier frontera entre Oriente y Occidente, entre lo
masculino y lo femenino, entre el ser humano y el extraterrestre. Cada
concierto parecía un desfile de moda llegado de otra galaxia.
Los
grandes diseñadores de la época —Giorgio Armani, Ralph Lauren, Tommy Hilfiger,
Diane von Fürstenberg, Gianni Versace o Jean Paul Gaultier— observaban
fascinados aquella explosión de color y teatralidad. Comprendieron que la ropa
podía dejar de ser una simple prenda para convertirse en un lenguaje. Ziggy no
vestía disfraces; construía mitologías.
Mientras
tanto, Andy Warhol contemplaba el fenómeno desde la Factory con la curiosidad
de quien reconoce a un igual. El emperador albino del arte pop entendía mejor
que nadie que la celebridad también podía ser una obra artística. Ambos
compartían la misma obsesión: borrar la frontera entre la persona y el
personaje hasta que resultara imposible distinguir cuál de los dos era real.
Sin embargo, Stardust comenzaba a sospechar que aquella transformación tenía un precio. Cada aplauso alimentaba al personaje y debilitaba al hombre que se ocultaba bajo el maquillaje. El extraterrestre crecía; Ziggy desaparecía lentamente tras el rayo pintado sobre su rostro.
7
Star
Desde su aterrizaje en la Tierra, Ziggy se había sentido irresistiblemente atraído por las estrellas del rock. Había algo perverso en aquellas personas que, con apenas tres acordes y un puñado de versos, podían alterar la vida de millones de desconocidos. Gracias a Stardust, viejas glorias que llevaban más de una década sin colocar un sencillo en las listas regresaron inesperadamente al primer plano al versionar sus canciones. Durante seis meses llegó a tener veintidós temas simultáneamente en el Top 40, entre composiciones propias y versiones ajenas. Nadie recordaba un fenómeno semejante.
En
las entrevistas promocionales citaba sin rubor a Vince Taylor, Kim Fowley, The
Legendary Stardust Cowboy, The Velvet Underground —con Lou Reed al frente— y
The Stooges de Iggy Pop como algunas de sus principales influencias. Pero la
lista siempre se quedaba corta. En su universo también convivían Chuck Berry y Little
Richard con H. G. Wells, Flash Gordon, Bernard Quatermass, Anthony Newley y el
universo pop de Andy Warhol. Incluso La naranja mecánica había dejado su
huella en aquella mezcla de violencia estilizada, provocación y futurismo
decadente que respiraban sus espectáculos.
A
los periodistas les fascinaba encontrar conexiones entre todas aquellas
referencias y las canciones de las Arañas de Marte. Sin embargo, cuanto más
analizaban el fenómeno, más evidente resultaba que Ziggy había construido algo
completamente nuevo. Había tomado retazos de cultura popular, ciencia ficción,
teatro kabuki, rock and roll y arte contemporáneo para fundirlos en una
identidad imposible de clasificar.
A
raíz de aquella revolución surgiría un movimiento musical que la prensa bautizó
como glam rock, aunque Ziggy prefería pensar que aquello era simplemente pop
cósmico. El virtuosismo infinito del rock progresivo y los interminables solos
psicodélicos comenzaron a parecer reliquias de otro tiempo. Las nuevas
canciones eran breves, directas, teatrales y pegadizas. Lo importante ya no era
demostrar quién tocaba mejor, sino quién era capaz de construir el personaje
más fascinante.
Como
Bob Dylan había electrificado el folk unos años antes y el Festival de Monterey
Pop había anunciado la llegada de una nueva generación de artistas, Ziggy
comprendió que cada época necesitaba su propia revolución estética. La suya no
consistía únicamente en cambiar la música; pretendía transformar la forma en
que el público entendía el éxito, el sexo, la identidad y la fama.
Antes
de un año, decenas de bandas siguieron el sendero que las Arañas de Marte
habían abierto prácticamente de la nada: Roxy Music, Queen, Slade, Elton John,
Suzi Quatro, Mud, Sweet, Mott the Hoople, Cockney Rebel o Wizzard comenzaron a
recorrer una carretera que Ziggy había asfaltado con purpurina, maquillaje y
electricidad.
Marc
Bolan, líder de T. Rex y compañero de correrías, observó aquel ascenso con
sentimientos encontrados. Admiraba el talento de Stardust, pero también comprendía
que el alumno acababa de superar al maestro. Así funcionaba el firmamento del
rock: las estrellas más jóvenes siempre terminaban eclipsando a las anteriores.
Sin
darse cuenta, Ziggy ya no era solo un músico. Se había convertido en un mito
viviente, en una constelación con forma humana cuya luz comenzaba a brillar con
demasiada intensidad como para no terminar consumiéndose.
8
Hang On To Yourself
En los camerinos, después de los conciertos, aparte de la consabida ración de flores, drogas y adulaciones, las groupies luchaban por los favores de los miembros del grupo. Esto también se extendía a los hombres: muchachos jóvenes e imberbes, que apenas alcanzaban la mayoría de edad, querían hacer el amor con Ziggy, Ronno, Weird y Gilly por encima de todas las cosas. Divertido, Stardust aceptaba de buena gana las proposiciones de sus admiradores. Según la leyenda, más de mil personas llegaron a pasar por sus brazos: un récord que Lord Byron habría envidiado.
Ziggy
disfrutaba de cualquier oportunidad; jamás hacía ascos a nada y, lo más
importante, permanecía abierto a una infinidad de posibilidades: cuanto más
perversas, mejor. Gracias a su descomunal fama podía conseguir lo que quisiera:
los mejores pasajes de avión, las suites más lujosas, las limusinas más
extravagantes, los restaurantes más exclusivos, las drogas más puras, los
amantes más hermosos... No existía límite alguno. Stardust no tenía ningún
sentido de la culpabilidad católica; era libre como un pájaro. Las convenciones
sociales pertenecían a otro mundo.
Sobre
el escenario, Ronno se convertía en el complemento perfecto de aquella criatura
llegada del espacio. Su inseparable Les Paul blanca rugía como un motor
estelar, lanzando solos afilados que parecían rasgar el cielo sobre las cabezas
del público. Ningún guitarrista conseguía combinar elegancia y violencia con
semejante naturalidad. Mientras Ziggy dominaba con la mirada, Ronno conquistaba
con cada nota.
¿Por
qué Stardust resultaba tan irresistible? Aparte de la conversación y sus
excepcionales dotes como amante, poseía una belleza difícil de igualar, sin
contar su talento sobre las tablas y una voz capaz de recorrer cualquier
registro. Sus ojos de distinto color —el derecho, azul; el izquierdo, gris—
hipnotizaban a todos los mortales. Su cabello naranja, cuidadosamente esculpido,
era la envidia del mundo artístico. Su cuerpo, delgado y andrógino, desafiaba
cualquier definición posible.
Y,
sin embargo, todavía conservaba algo que las superestrellas solían perder
demasiado pronto: la capacidad de reírse de sí mismo. No se creía un dios; solo
interpretaba uno. Sabía que todo personaje termina por devorar al actor si este
deja de distinguir dónde acaba la representación y dónde comienza la realidad.
Cada
noche, antes de salir al escenario, escuchaba el rugido del público tras el
telón. Miles de voces pronunciaban su nombre al unísono, como si estuvieran
invocando a una divinidad. Durante unos segundos cerraba los ojos, respiraba
hondo y sonreía.
Después
cruzaba la cortina de humo.
Y el hombre desaparecía para dar paso al mito.
9
Ziggy Stardust
Ziggy se encontraba deprimido: llevaba demasiados meses en la carretera y la presión de la fama comenzaba a resultarle insoportable. Ávida de nuevos éxitos, la discográfica lo obligó a regresar al estudio para grabar un álbum que igualara —o incluso superara— las cifras de ventas del anterior. Stardust se resistió. No había compuesto material nuevo y necesitaba desaparecer durante una temporada, volver a ser un hombre corriente, aunque solo fuera por unos días. Sin embargo, Tony Defries le mostró el contrato con una frialdad implacable. Si no cumplía lo firmado, sería demandado.
A
regañadientes reunió de nuevo a las Arañas y regresó a Inglaterra con el rabo
entre las piernas. Durante las sesiones apenas existía la complicidad que había
convertido el primer disco en un milagro irrepetible. Ninguno entendía las
letras improvisadas, centradas ahora en trastornos mentales, aislamiento,
decadencia moral, ciudades devoradas por la lluvia ácida y los efectos
corrosivos de la cocaína. Ken Scott terminó rindiéndose. Era imposible trabajar
con Ziggy: cuando no desaparecía durante días, aparecía completamente colocado,
acompañado por un séquito de aduladores que convertía el estudio en un circo.
Después
de escribir unos cuantos temas, Stardust sufrió una sobredosis que lo mantuvo
varias semanas alejado de los focos. Mientras se recuperaba, contempló los
últimos años de su vida con una lucidez dolorosa. Comprendió que ya no
controlaba al personaje; era el personaje quien decidía por él.
La
gira, sin embargo, debía continuar.
Japón
fue la última gran conquista. El concierto del Kōkaidō de Shibuya desató una
auténtica locura colectiva. Miles de admiradores lloraban, gritaban y se
desmayaban al paso de Ziggy, convencidos de estar contemplando algo mucho más
grande que una simple estrella del rock. Aquella gira por Extremo Oriente había
superado cualquier expectativa. Nadie imaginaba que también sería la última.
Pocos
días después, el Hammersmith Odeon apareció bañado por un resplandor rojo que
parecía anunciar el fin del mundo. Desde el camerino, Ziggy escuchaba el
murmullo del público mientras la tensión crecía lentamente, solemne, como los
primeros compases de la Quinta Sinfonía de Beethoven. Respiró hondo.
Sabía que aquella noche no solo estaba a punto de terminar una gira.
Cuando
las luces se apagaron, las Arañas ocuparon sus posiciones. Ronno hizo rugir su
Les Paul blanca, arrancando un sonido afilado que atravesó el teatro como una
descarga eléctrica. Durante casi dos horas ofrecieron unos de los mejores conciertos
de toda su carrera. Cada canción sonaba como una despedida, aunque nadie entre
el público alcanzara a comprenderlo.
Entonces
llegó el momento.
Ziggy
se acercó lentamente al micrófono. Observó aquellos miles de rostros iluminados
por los focos y comprendió que estaba contemplando a la única familia que
realmente había tenido.
—No
solo es el último concierto de la gira —dijo con la voz apenas quebrada—, sino
el último que haremos nunca.
Durante
unos segundos nadie reaccionó. Después llegaron los gritos, los sollozos y una
sensación de incredulidad que recorrió el teatro como una onda expansiva.
Aquella
noche no murió únicamente Ziggy Stardust.
También
desapareció el sueño colectivo de una generación que había creído posible
reinventarse a través del rock.
Mientras
abandonaba el escenario sin volver la vista atrás, los últimos compases de la Marcha
n.º 1 en Re mayor, Pompa y Circunstancia, parecían acompañar el funeral de
un personaje que había vivido demasiado deprisa. Como Orfeo alejándose del
inframundo, Ziggy desapareció entre bastidores sin saber si alguna vez volvería
a encontrar el camino de regreso.
Al
día siguiente, las Arañas de Marte recibieron un escueto comunicado remitido a
través de New Musical Express.
Ziggy
Stardust había decidido disolver la banda.
10
Suffragette City
Después de la noticia, Stardust desapareció del mapa. Necesitaba una purga que limpiara su interior antes de que el personaje terminara por devorarlo definitivamente. La discográfica intentó localizarlo por todos los medios posibles; nadie estaba dispuesto a perder la mayor fuente de ingresos de la industria musical. Tony Defries, después de años exprimiendo hasta el último penique de su protegido, acabó arrojando la toalla. Aseguraba estar cansado del circo del rock, aunque la verdad era mucho más sencilla: ni siquiera él podía controlar a Ziggy.
Las
fiestas se sucedieron unas a otras, interminables, en una orgía de sexo,
alcohol y cocaína que habría destruido a cualquier ser humano. Stardust abrazó
el exceso como si fuera el único refugio que le quedaba. Perdió quince kilos en
apenas unos meses. Su rostro se transformó en una máscara apergaminada, sus
pómulos se afilaron como cuchillas y la piel comenzó a pegarse a los huesos.
Vivía suspendido en un estado de agotamiento permanente, incapaz de distinguir
el día de la noche.
Encerrado
en su apartamento de Los Ángeles, sobrevivía a base de leche y pimientos, sin
molestarse siquiera en abrir las persianas. Las habitaciones permanecían
sumidas en una penumbra enfermiza. Pentagramas inacabados convivían sobre el
suelo con bolsitas vacías de cocaína, vasos de leche agria y libros de
ocultismo abiertos por páginas al azar. Coco, su asistente, encontraba cada
mañana el mismo panorama: Ziggy desvanecido sobre la alfombra, respirando
apenas. Acercaba un espejo bajo su nariz para comprobar que todavía seguía
vivo.
Las
pocas amistades que conservaba comenzaron a desaparecer una tras otra. Nadie
quería acercarse a un hombre consumido por sus propios demonios. Incluso las
Arañas de Marte intentaron tenderle la mano, pero él rechazó todas las
llamadas. La vergüenza pesaba más que la soledad.
Algunas
noches, sentado frente a la ventana, observaba el perfil oscuro de la ciudad y
murmuraba palabras que ni él mismo comprendía del todo.
—Me
he convertido en la muerte... en el destructor de mundos...
La
frase resonaba en el apartamento vacío como un eco llegado desde otra
dimensión. Ya no sabía si pertenecía a un físico, a un profeta o a un loco. Lo
único cierto era que describía con precisión aquello en lo que se había
convertido. Había querido salvar el mundo y solo había contemplado su
destrucción. Había creado un mesías del rock... y el mesías había terminado
crucificando a su creador.
Las
montañas de discos de oro, las portadas de las revistas, los premios y los millones
de admiradores parecían pertenecer a la vida de otra persona. Ziggy contemplaba
aquellas fotografías como quien observa las ruinas de una antigua civilización.
Apenas reconocía al muchacho de cabello rojo que sonreía desde las portadas.
Por
primera vez desde su llegada a la Tierra, empezó a preguntarse si todo había
sido un error. Si la humanidad merecía realmente ser salvada. O si,
sencillamente, el universo seguía un orden demasiado antiguo para que un
cantante pudiera alterarlo con un puñado de canciones.
11
Rock 'N' Roll Suicide
El tiempo, como un cigarrillo, se consumía lentamente entre sus dedos.
Ziggy
lamentaba todos los errores cometidos. El deseo de cambiar el pasado abrasaba
los últimos restos de racionalidad que conservaba. ¿Por qué había fracasado?
Había llegado a la Tierra con la intención de salvar a la humanidad y terminaba
contemplando un planeta muerto, convertido en un inmenso cementerio de acero,
cristal y ceniza.
A
trompicones se incorporó y caminó hasta los ventanales del apartamento. Las
avenidas permanecían desiertas. Ni una luz. Ni un automóvil. Ni una sola voz.
Durante unos segundos, la idea del suicidio le pareció reconfortante. Bastaría
con un pequeño gesto para silenciar el remordimiento que lo perseguía desde
hacía años.
Intentó
llorar. Necesitaba una sola lágrima que demostrara que todavía quedaba algo
humano bajo aquella máscara de maquillaje, cocaína y fama. Pero sus ojos
permanecieron secos. Las drogas habían calcificado cualquier emoción. La
desesperación lo obligó a regresar hasta la mesa de cristal. Encendió un
cigarrillo Gitanes y observó las líneas perfectamente alineadas sobre la
superficie.
Por
primera vez en mucho tiempo, apartó el tubo de platino.
No
quería seguir huyendo.
Permaneció
inmóvil durante varios minutos, escuchando únicamente el zumbido del viento
colándose entre los edificios vacíos. Entonces comprendió algo que jamás había
imaginado.
El
mundo no había terminado con la humanidad.
Solo
había terminado una civilización.
Algún
día surgirían nuevos supervivientes entre aquellas ruinas. Hombres y mujeres
que jamás habrían oído hablar de Inglaterra, del rock and roll o de Ziggy
Stardust. Caminarían entre esqueletos de rascacielos como arqueólogos de un
pasado incomprensible. Fabricarían herramientas con los restos del viejo mundo
y levantarían aldeas donde antes existieron ciudades.
Con
el paso de los siglos, aquellas aldeas se transformarían en reinos.
Los
reinos levantarían templos.
Y
los templos acabarían convirtiéndose en inmensos zigurats, construidos para
honrar al misterioso Hombre de las Estrellas que, según las leyendas, descendió
del firmamento para advertir a la humanidad de su propia destrucción.
Las
canciones sobrevivirían convertidas en himnos.
Los
conciertos pasarían a ser ceremonias religiosas.
Las
guitarras serían reliquias sagradas.
El
rayo pintado sobre su rostro terminaría grabado en piedra, repetido una y otra
vez por artesanos que ya no recordarían su verdadero significado.
Comprendió
entonces que todos los dioses nacían exactamente del mismo modo: primero fueron
hombres; después, recuerdos; finalmente, mitos.
Aceptó
su destino con los dientes apretados.
Ya
no era una estrella del rock.
Ya
no era un extraterrestre.
Ya
no era siquiera Ziggy Stardust.
Se
había transformado en la primera divinidad de un mundo nuevo.
Y
mientras el sol comenzaba a levantarse sobre las ruinas de la antigua
civilización, una leve sonrisa apareció en su rostro.
Quizá
nunca hubiera conseguido salvar a la humanidad.
Pero
había dejado tras de sí una historia lo bastante poderosa como para sobrevivir
al fin del mundo.
