«Un chico de diecisiete años (cumpliría los dieciocho en marzo) circulando
por Mulholland en un Mercedes descapotable vestido con uniforme de colegio
privado y con las Wayfarer puestas constituye una estampa de cierto momento
imperial del que, a veces, era autoconsciente: ¿Parezco un gilipollas?, me
preguntaba en un momento, y al siguiente pensaba: tengo una pinta tan fabulosa
que me da lo mismo».
Bret Easton Ellis en Los Destrozos
Desde su irrupción en el mundo literario con Menos que
cero (1985), Bret Easton Ellis ha creado un universo propio. Una serie
de personajes bellos, ricos y, sobre todo, amorales, se han entrecruzado en sus
novelas: Clay (Menos que cero, Suites Imperiales), Sean
Bateman (Las reglas de la atracción, American Psycho, Glamourama), Tim
Price (Los confidentes, American Psycho, Los
destrozos), Patrick Bateman (American Psycho, Glamourama, Lunar
Park), Victor Ward y Lauren Hynde (Las reglas de la atracción, Glamourama)…
Solo para empezar.
En Lunar Park (2005) Ellis fue el protagonista de su propia
obra; metaficción confesional en la que desgranaba su ascenso a la fama, el
papel indeseado como portavoz de la Generación X y las funestas consecuencias
de una vida de glamur y excesos. Aunque la novela carecía de la magia de las
viejas glorias, le mostró el camino a seguir. Blanco (2020)
—ensayo con tintes autobiográficos en el que atacaba a los millenials,
la cultura de la cancelación y el gobierno de Donald Trump— prometía, pero supo
a poco a sus incondicionales.
Trece años después, Ellis regresa a lo que mejor conoce: su pasado. Los
destrozos es una historia iniciática, en la que la frontera entre lo
real y la ficción se encuentra difuminada. Una especie de El guardián
entre el centeno (1951) de J. D. Salinger sórdida, violenta y sexual.
La actualización de su debut desde el prisma del oficio y la experiencia.
Año 1981. Ronald Reagan es presidente de Estados Unidos. Ellis es un
promiscuo adolescente de 17 años con madera de escritor que se encuentra en el
último curso de secundaria en Buckley junto a sus amigos Susan Reynolds, Thom
Wright y Debbie Shaffer, su novia desde principios de verano. Todo cambia con
la aparición del alumno Robert Mallory, un dios griego cargado de magnetismo,
que desbarata la dinámica del grupo. Ellis lleva una doble vida debido a su
homosexualidad: Debbie le sirve como tapadera hasta que se gradúe y pueda
empezar en Bennington College. Por otra parte, el Arrastrero— un
asesino en serie que guarda muchas similitudes con Francis Dolarhyde de El
dragón rojo (Thomas Harris, 1981)— amenaza a los jóvenes de
California. Ellis sospecha que Mallory —al que teme y desea a partes iguales—
puede estar relacionado con él…
Los Ángeles, enfermiza y perturbadora, bañada por luces de neón —El Valle
de San Fernando, Beverly Hills, Palm Springs, Sunset Boulevard, Mullholand
Drive, Burbank, Bel Air, Pasadena, Santa Monica, Hollywood— es un personaje más
del libro. Lugares emblemáticos sumidos en misterio y horror, sectas estilo
Charles Manson, coyotes aullando en la madrugada… La oscuridad del sueño
americano.
Los destrozos es una novela noir cocida
a fuego lento, en la que el protagonista desgrana la historia con la frialdad
de un cirujano. Desde la primera página se describe el estatus de las clases
adineradas: mansiones, cócteles, conciertos, pistas de tenis, restaurantes de
lujo, jacuzzis, fiestas privadas, galerías de arte, discotecas de moda,
piscinas y proyecciones de cine. Capítulos largos, bien hilados, escritos con
una prosa obsesiva; todo fluye con naturalidad. Respecto a los personajes
principales, impecablemente construidos.
Adolescentes rubios, bronceados — el ideal de belleza americana— vestidos
con ropa de marca —Armani, Ralph Lauren, Brook Brothers, Calvin Klein, Gucci—
con omnipresentes náuticos y Wayfarers, conducen Ferraris, Porsches, Jaguars,
Corvettes y Mercedes. Chicos de calendario que parecen aspirantes al casting
de American Gigolo (1980), como los que brillan en
los carteles publicitarios de las colinas de Hollywood. Carismáticos y
alienados, buscan emociones en el sexo, las drogas y el alcohol. Los
tranquilizantes —Valium, Quaalude, Xanax— son la moneda corriente a la hora de
olvidar los problemas, lo único que les permite conciliar el sueño.
Los futuros modelos, estrellas de cine, televisión o deportes, carne de
portada de revistas, son seres artificiales, sin alma. Todos cuentan con padres
divorciados, ausentes o alcohólicos. Estas profundas fallas familiares eliminan
cualquier clase de humanidad o empatía en sus vástagos. Nada llena el vacío,
excepto la violencia, la tortura o la muerte. El libro analiza los conflictos
de la juventud: narcisismo, celos, miedos, inseguridades y errores que se cometen por
falta de experiencia. La entrada en el mundo adulto no será idílica; perder la
inocencia conlleva pagar un precio.
Las canciones de Los destrozos
Ellis siempre ha dado una importancia crucial a la música en sus
novelas. Menos que cero y Suites imperiales, son
títulos de álbumes de Elvis Costello. Patrick Bateman ofrece largas
disertaciones sobre Genesis, Whitney Houston y Huey Lewis and the News, Victor
Ward no termina una frase sin citar la letra de un hit… Basta con
escuchar cualquiera de las adaptaciones cinematográficas de su obra —Golpe
al sueño americano (1987), American Psycho (2000), Las
reglas del juego (2002), Los confidentes (2008) y
—guionizada por el autor— The Canyons (2013)—: los soundtracks causan
impresión.
Ellis posee un estilo posmoderno, cinematográfico, en el que los cortes que
acompañan la escena sirven como banda sonora. En muchos casos, las letras
cuadran con lo que sucede en las páginas. Su estética recuerda a las películas
de Joel Schumacher, John Hughes o Tony Scott de los ochenta.
Los destrozos ofrece una visión nostálgica de la
época a través de sus canciones, films y literatura. Con una
imaginería propia de la MTV —videoclips, New Wave, pósters en
dormitorios, ambigüedad y sofisticación— encontramos pistas de combos punteros
de principios de la década: Ultravox, Billy Joel, The Cars, The Buggles,
Foreigner, The Go Go's, The Specials, Peter Gabriel, Blondie, U2, The Clash,
Devo, The Psychedelic Furs, Dire Straits, Soft Cell, Fleetwood Mac, Elvis Costello
& The Atrattions, Roxy Music, Duran Duran, Bruce Springsteen, Neil Diamond,
Queen, Pretenders… La lista podría ser interminable.
Ellis identifica la relación que mantiene con Susan Reynols con We
Can Get Together de Icehouse, el malogrado Matt Kellner cuenta con su
propio tema, Ghost Town de The Specials, el videoclip Kids
in America de Kim Wilde es analizado en profundidad mientras bebe con
sus amigos en un local de Melrose... El corte estrella del libro es Vienna de
Ultravox; una elección inmejorable. La música forma un mosaico indisoluble con
las palabras; resulta imposible ignorar la importancia de la misma.
El soundtrack —pop comercial destinado a las
masas— contrasta con la sordidez de una historia en la que la bondad es
cruelmente corrompida. En Los destrozos no resta lugar para la
esperanza; el caos resulta la única salida posible. Como coda: «Casi cada noche
mientras escribía el libro, en ocasiones durante tres o cuatro horas seguidas,
escuchaba las canciones que resumían aquel periodo, himnos sobre la esperanza
en el futuro, la nueva metamorfosis, dejar la infancia atrás: Vienna, Nowhere
Girl, Icehouse, Time For Me to Fly. Pero muchas de
las canciones sonaban ahora a deseo desesperado, a rechazo y a huida. Si las
canciones trataban, como pensé en su momento, sobre un niño que se convierte en
hombre, también trataban ahora, para mí a los cincuenta y seis años, sobre un
hombre que seguía siendo un niño». En mi criterio, el mejor libro de Bret
Easton Ellis desde American Psycho.