«A
menudo me encontraba pensando, “¿Así que este es el lado oscuro que ellos ven y
yo no?” Entonces eso abrió una puerta para entender todo lo que había estado
pasando desde que era una niña. Era un regalo escondido».
Lana
Del Rey
Durante los últimos años, concretamente a partir de Norman Fucking Rockwell (2019), Lana Del Rey ha alcanzado el reconocimiento que merecía desde principios de su carrera. Su universo lánguido y decadente, velado por relaciones tormentosas, nostalgia y oscuridad, no fue del agrado de todos. Los medios se cebaron acusándola de soporífera, glamurizar el abuso y ser un producto prefabricado. A diferencia de sus coetáneas —Billie Eilish, Adele, Taylor Swift, Lorde, Sky Ferreira, Miley Cyrus o Selena Gómez—, la estadounidense ha recibido ataques implacables por parte del público y la prensa. Motivo que la obligó a prescindir de las redes sociales, entrevistas y giras durante una temporada para centrarse en su música.
Lana
siempre ha sido una artista contradictoria, vulnerable y dramática. La tristeza
es su marca de fábrica; el amor que causa profundas cicatrices espirituales
imposibles de olvidar. Una mirada taciturna que desgrana el falso sueño
americano sin ambages. Imágenes de Los Ángeles: el Paseo de la Fama, Santa
Mónica, Laurel Canyon, Venice Beach, Sunset Street, Mulholland Drive, Hollywood… La melancolía acompaña su
obra, el anhelo de un pasado glorioso, del eterno verano de la juventud. Los
hermosos perdedores —boyfriends— son su fuente de inspiración.
Pese
a sus numerosos detractores, Del Rey ha mantenido una carrera prolífica: nueve
discos —todos de una calidad notable— en los que el sexo, el glamur, la
soledad, el misterio y la búsqueda personal van unidos de la mano. Sin contar con bandas sonoras, covers y docenas de featurings con artistas de toda índole.
En
2021 tuvo la osadía de publicar dos álbumes que salieron con siete meses de
diferencia: Chemtrails over the Country Club y Blue Banisters.
Resulta evidente que la cantante se encuentra por encima de las presiones
comerciales, del estrellato, de la opinión pública e incluso de las listas de
ventas. Autenticidad en estado puro.
Did
You Know That There’s a Tunnel Under Ocean Blvd
(Interscope/Polydor, 2023) continúa la estela de trabajos previos. Un álbum
barroco en el que explora su mundo interior junto a una lista de productores
—Jack Antonoff, Mike Hermosa, Drew Erickson, Zach Dawes, Benji— e invitados
—Jon Batiste, Father John Misty, Bleachers, Tommy Genesis, SYML, Riopy— de
lujo. Sensual, elegante, sofisticada y ambigua, Lana ofrece una serie de cortes
autobiográficos que hablan de su familia, fe, relaciones rotas, el hogar,
maternidad, amor, el futuro, fama, sueños y la pérdida de los seres queridos.
Omnipresentes melodías de piano, guitarras acústicas y etéreos arreglos
orquestales nos retrotraen a los años setenta en muchos temas. En esta ocasión,
aunque no parezca posible, resta lugar para la esperanza.
En
el primer sencillo homónimo nos encontramos en el interior del Jergins Tunnel
de L.A., aislados, anhelando un futuro mejor. Una balada en crescendo mecida
por cuerdas en la que Lana suplica a un amante invisible «Fuck me to death,
love me until I love myself» (“Fóllame hasta la muerte, ámame hasta que me ame
a mí misma”) antes de su cierre. ¿Quién dijo que el romanticismo había muerto?
The
Grants es una pieza góspel en la que se acompaña de las
armonías de Melodye Perry, Pattie Howard y Shikena Jones. Las coristas fallan
al principio, revisan la letra y vuelven a empezar. Cualquier otro músico
hubiera corregido el tema, sin embargo, para Del Rey el error es válido. Toda
una declaración de intenciones.
En
la cinematográfica Sweet, la neoyorquina recupera su papel de femme
fatale inalcanzable. El tipo de mujer que nunca podrá pertenecer a nadie por
la sencilla razón de que es demasiado fuerte para entregarse. Unos versos para
el recuerdo: «I’m a different kind of woman, if you want some basic bitch, go
to the Beverly Center and find her». (“Soy una clase diferente de mujer. Si
quieres una zorra básica, ve al Berverly Center y encuéntrala”). Acompañada por
SLYM, Paris, Texas —título de un clásico de Wim Wenders— nos conduce con
su melodía folk a un viaje por el desierto, la necesidad de escapar del
mundo cotidiano.
Jon Batiste participa en Candy Necklace. Obsesión, sueños destrozados, habitaciones a oscuras, biblias manoseadas. Su inicio recuerda a Cinnamon Girl. El pianista cuenta con su propio tema, Jon Batiste Interlude, un desbarre jazzístico de tres minutos y medio; estilo explorado en If You Lie Down With Me. Mientras el dueto con Father John Misty, Let the Light In, parece un descarte con aroma country del Rumours de Fleetwood Mac.
Kintsugi,
Fingertips y Grandfather Please Stand on the Shoulders of My Father
While He’s Deep-Sea Fishing (la última con featuring de Ryopi),
sirven a la estadounidense para explorar diversas situaciones y sentimientos
relacionados con su familia. Puro vintage. Judah Smith Interlude es una pieza
experimental, un sermón con aire apocalíptico acompañado por risas y
comentarios grabados en el estudio. Su inclusión es extraña, en el mejor de los
casos.
Margaret
está inspirada en la esposa del productor Jack Antonoff, la actriz Margaret
Qualley. Una balada dulce y cruda al mismo tiempo. Antonoff colabora en el tema
con su banda, Bleachers. Tommy Genesis, el rapero canadiense, aporta un sampler
de Angelina en Peppers —un homenaje a los californianos Red Hot
Chili Peppers— que devuelve a Lana a Lust for Life (2017).
En
A&W y Fishtail predominan las atmósferas trap de Born
to Die (2012). Mención especial merece A&W —acrónimo de American
Whore— que empieza como una balada de piano con reminiscencias a Norman
Fucking Rockwell y termina con un rap que samplea Shimmy Shimmy Ko Ko
Bop de Little Anthony & The Imperial. Sexo sucio en un motel de mala
muerte en Ramada Inn, drogas, desolación. El mejor corte del elepé.
Y
no podemos pasar por alto Taco Truck x VB en la que actualiza Venice
Beach con una base hip hop de lo más efectiva. «Before you talk let
me stop what you say, I know, I know, I know that you hate me» (“Antes de que
hables déjame parar lo que dices, lo sé, lo sé, sé que me odias”) recrimina a
la industria musical. Sin desperdicio.
