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lunes, marzo 07, 2016

“EL ESCRITOR GONZO”, DE HUNTER S. THOMPSON


Lo único que te pido es que te guardes tu opinión sobre mi dieta de drogas de aquel fin de semana. Como ya te señalé, los directivos de Rolling Stone han creído a pies juntillas en el carácter & detalles del artículo. Basándose en lo que han leído, están completamente convencidos de que empleé el dinero para gastos en comprar droga y de que fui a Las Vegas con un colocón de órdago. Creo que es mejor no sacarlos del error; impresiona más creer que aquella pavorosa experiencia salió un artículo como el mío. Así que guardemos para nosotros nuestras conclusiones personales…

Hunter S. Thompson


Escritas durante el periodo más productivo de su carrera (1965-1976), las cartas de Hunter S. Thompson revelan sus inquietudes, desprecio a la autoridad, filosofía, problemas económicos y métodos creativos. Su carácter irreverente, caustico, revolucionario y radical aparece en cada línea, sin concesiones de ninguna clase, azotando a directores, jefes de personal, colegas de profesión, agentes literarios, novelistas y toda clase de elementos que pululaban por el mundillo periodístico; el mismo que tachaba de obsoleto, decadente, corrupto y con falta de garra para los lectores.   

Después de varios años como periodista freelance cubriendo toda clase de sucesos deportivos y sociales de la época, Thompson saltó a la fama con el superventas Los Ángeles del Infierno (Random House, 1967), crónica de sus vivencias junto a los famosos moteros que recorrían las carreteras de los Estados Unidos en los sesenta. Según la leyenda, antes de terminar el libro, recibió una soberana paliza por parte de algunos miembros de la banda. ¿Qué mejor final para una novela que trataba sobre unos individuos tan marginales, desequilibrados y en contra de las normas como el propio autor, el enfant terrible que patrullaba por los márgenes de la sociedad para inspirarse?

Muchas de las misivas, escritas bajo los efectos del alcohol, son auténticos monumentos a la agresión verbal. La urbanidad no fue uno de los atributos más notables del creador de Miedo y asco en Las Vegas, siempre decía lo que pensaba y amenazaba físicamente a aquellos que se atrevían a menospreciar su trabajo que, a todas luces, era demasiado alternativo e innovador para muchas publicaciones que solo pretendían llenar sus páginas con artículos “políticamente correctos”. La incendiaria, explosiva y alucinada prosa de Thompson era una extensión de su personalidad y no era del agrado de los jefes de redacción sin vello en los genitales. Ello se reflejaba en sus escritos —una mezcla de realidad y ficción, altas dosis de psicotrópicos, crítica social y autobiografía— que crearon una nueva forma de periodismo que inspiró a multitud de imitadores que, aunque intentaron emularle, ninguno estuvo a la altura del genio.

Con absoluta certeza en su propio talento y una insultante seguridad en sí mismo, espoleado por el Chivas Regal, el tabaco y el LSD, desde su trinchera situada en las montañas de Woody Creek, su humor corrosivo, exagerado y catastrofista apareció en revistas notables como The National Observer, The Nation, The New York Times Magazine, Esquire, Pageant, Harper's, Scanlan's Monthly, Sports Illustrated, Esquire, Time, Vanity Fair, Playboy y la emergente Rolling Stone, entre muchas otras. Todos los grandes acontecimientos y personajes públicos de aquel entonces recibieron una mención por su parte: el asesinato de Kennedy, el Congreso Nacional Demócrata de Chicago, Bob Dylan, Vietnam, Tim Leary, el movimiento hippie, Nixon, Grateful Dead, La Invasión de Santo Domingo, Elvis, Watergate, Martin Luther King, el alunizaje del Apollo XI, Muhammad Ali, la Crisis de los misiles de Cuba, la Generación Beat, Marlon Brando, etc. Entre sus múltiples admiradores destacaban Tom Wolfe, Allen Ginsberg, Norman Mailer y Ken Kesey, con los que trató personalmente y llegó a mantener una variada y jocosa correspondencia.

Con su inquieta inteligencia, eterno pitillo en los labios, patriotismo, amor a las armas y un rostro con la dureza del cemento armado, Thompson no tenía ningún tipo de escrúpulo a la hora de enfrentarse a los acreedores que lo acusaban de moroso, insultar a sus compañeros de oficio, pedir efectivo por adelantado o enviar cuentas de gastos por necesidades (alcohol, comida, drogas, suites, vehículos de gran cilindrada) que consideraba imprescindibles para redactar sus artículos. A pesar de ello, era un perfeccionista nato que se tomaba su oficio muy en serio y trabajaba sus textos con gran esmero hasta que se encontraban listos para pasar por la imprenta. Al fin y al cabo, nadie llega a ninguna parte siendo honesto y el “Sueño Americano” había muerto desde hacía mucho tiempo. 



jueves, octubre 29, 2015

“CARTAS”, DE JACK KEROUAC Y ALLEN GINSBERG


En la actualidad la tecnología ocupa un lugar fundamental en nuestras vidas y la escritura de cartas ha pasado a convertirse en un arte olvidado. Abrir el buzón de correos y encontrar una misiva de un ser querido, fue una experiencia común antes de que el teléfono, el correo electrónico, las redes sociales y los móviles se convirtieran en las principales herramientas de comunicación. Gracias a la editorial Anagrama tenemos la oportunidad de conocer la correspondencia de dos los mejores autores americanos del siglo XX: Jack Kerouac y Allen Ginsberg,

De 1944 a 1963 ambos artistas se cartearon profusamente, manteniendo viva la llama de una sólida, honesta y profunda amistad. Apasionados, en sus cartas encontramos consejos literarios, humor, influencias estilísticas, drogas, charlas sobre amigos comunes, música, religión, anécdotas personales, viajes, sexo, espiritualidad, procesos creativos, poesía y futuras visitas. La correspondencia arranca mientras Kerouac se encuentra internado en prisión debido al asesinato de David Kammerer a manos de su amigo Lucien Carr (las autoridades lo consideraban cómplice) y termina en los sesenta, cuando ambos eran escritores famosos y (por desgracia) habían tomado caminos distintos.

Las largas misivas de Kerouac, escritas con el estilo exaltado y espontáneo que le caracterizaba, revelan a un individuo anárquico, visceral y eternamente insatisfecho que busca darle sentido a su existencia. Después de experimentar una juventud que serviría como columna vertebral de su obra, el resto de su vida fue aislamiento, escribir en casa de su madre, recordar tiempos mejores y beber hasta caer inconsciente. Católico, con un profundo sentido de la culpabilidad arraigado en su interior, apenas menciona la adicción al alcohol que terminó conduciéndolo a un gran declive físico y a la autodestrucción. Aunque intentó encontrar la estabilidad personal y espiritual a través del budismo (experiencias reflejadas en Los vagabundos del Dharma) y el exilio en una cabaña alejada de la civilización (narrada en su libro Big Sur), no pudo conseguirlo. Por otra parte, Ginsberg revela ser un poeta profundamente romántico, inocente, fiel a sus amigos, generoso, lleno de sueños y ambiciones, anhelante por exprimir la vida hasta sus últimas consecuencias y con ansias perennes de iluminación. Todo esto lo encontramos en obras como Kaddish y otros poemas, Sándwiches de realidad y La caída de América: poemas de otros estados. Curiosamente, dos personalidades tan dispares entre sí encontraban sustento con palabras de apoyo, admiración, celos, peleas y críticas constructivas.

A través de su correspondencia, resulta evidente cómo ambos influyeron de forma notoria en la personalidad y escritura del otro. Siendo autores nóveles, sin reputación ni contactos, tardaron mucho tiempo en triunfar a nivel masivo. En sus cartas nos encontramos con figuras conocidas como William Burroughs, Neal Cassady, Lucien Carr, Gregory Corso, Gary Snyder, John Cellon Holmes, Herbert Huncke y Michael McClure, entre muchos otros. Todos forman parte de la Generación Beat —innovador movimiento literario del que fueron progenitores— que hizo temblar las estrechas y arcaicas letras americanas de mediados de los años cincuenta. Pese a sus diferencias, se prestaban apoyo financiero, compartían editores y contactos literarios, y se reseñaban en revistas para ganar notoriedad. ¿Cuántos colegas de oficio serían capaces de hacer algo similar en un mundo de egos, envidias, estupidez y ambición desmesurada?

En el camino (de Kerouac), Aullido (de Ginsberg) y El almuerzo desnudo (de Burroughs) fueron bombas de relojería que detonaron las antiguas fórmulas que dominaban las listas de ventas. Los jóvenes encontraron modelos a seguir que, tal como era de esperar, no fueron del agrado de la sociedad conservadora y las almas bienpensantes americanas. Puede que por ello recibieran (y aún continúan recibiendo) críticas virulentas de los medios, tachándolos de pésimos autores que no tenían nada que aportar con sus escritos. Cuando lograron la fama que había estado esquivándolos durante años, ambos reaccionaron acorde a sus personalidades. Kerouac no pudo soportar el peso de la misma, se negó a realizar entrevistas y lecturas literarias, y se recluyó en el ostracismo, el alcohol y la depresión. Ginsberg, en cambio, disfrutaba efectuando recitales de poesía, conferencias y apariciones televisivas, convirtiéndose en un icono de la contracultura hippie.

Lentamente, conforme pasaban los años, la relación entre ambos fue deteriorándose debido al alcoholismo de Kerouac y el ascenso de Ginsberg en los círculos intelectuales. A pesar de ello, nunca llegaron a romper el contacto. La prematura muerte de Kerouac (a los cuarenta y siete años) debido a una hemorragia interna causada por la cirrosis, truncó una amistad que se hubiera prolongado durante mucho tiempo. Por fortuna para el disfrute de los lectores, ambos tuvieron en cuenta la posteridad y conservaron las misivas que habían intercambiado durante décadas.   

Citando las (proféticas) palabras del autor de Visiones de Cody: «La fama acaba con todo. Llegará el día en que las Cartas de Allen Ginsberg a Jack Kerouac hagan llorar a América».