Mostrando entradas con la etiqueta Trabalibros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Trabalibros. Mostrar todas las entradas

viernes, febrero 06, 2026

WILLIAM S. BURROUGHS: «EL TRABAJO - ENTREVISTAS CON WILLIAM S. BURROUGHS» (ENCLAVE DE LIBROS, 2014)

Todos los sistemas de control se basan en el binomio castigo-premio. Cuando los castigos son desproporcionados a los premios y cuando a los patrones ya no les quedan premios, se producen las sublevaciones.

William S. Burroughs


Novelista, intelectual, ensayista y crítico social, William S. Burroughs fue una de las mentes más peculiares y brillantes de su generación; el hombre que sobrevivió al infierno de los narcóticos —piedra angular de toda su obra— para plasmarlo en sus escritos. En ellos encontramos una invectiva mordaz contra el sistema, una continua experimentación estilística y un incesante delirio creativo. Influido por Rimbaud, T. S. Eliot, Genet, Beckett, Artaud, Joseph Conrad y Bataille, desarrolló un universo propio, poblado por mutaciones físicas y mentales, donde los paisajes de ciencia ficción bañados por la lluvia nuclear conviven con ciudades en ruinas y supervivientes reducidos al primitivismo más elemental. Su visión del mundo, anárquica e iconoclasta —entre la paranoia, el pesimismo y la sátira—, ha ejercido una profunda influencia en la literatura, el cine, la música y la pintura. Hablamos, en definitiva, de un autor que atravesó y marcó a cuatro generaciones distintas: beatniks, hippies, punks y cyberpunks.

Burroughs se caracteriza por su búsqueda constante de nuevas formas de lenguaje, la liberación personal, la experimentación sexual y su afición por las armas de fuego —símbolo del poder y la violencia institucional—. Tal como explica en la serie de entrevistas y relatos reunidos en El trabajo (Enclave de Libros, 2014), utilizó grabadoras, cámaras de televisión, noticias, periódicos, mítines políticos, conversaciones, insultos y toda clase de efectos para montar sus collages literarios. La cultura pop —no el mainstream socialmente aceptado, sino el underground, la fina línea que separa un cuerpo hambriento de un chute de heroína— contaba con un auténtico exterminador entre sus filas.

Según el autor, la palabra es un «virus» que se fusiona con su portador, modificando de forma definitiva su estructura genética y, por consiguiente, la evolución de la especie. Una simbiosis comparable a la del adicto con los narcóticos: ambos quedan unidos de manera irresoluble. Desde el Jardín del Edén hasta la sociedad norteamericana ensombrecida por el resplandor atómico de Hiroshima, pasando por milenios de guerras, locura, devastación y muerte, Burroughs rastrea esa infección del lenguaje. En ese contexto se sitúa una época marcada por el escándalo de Watergate, las junglas de Vietnam bañadas por el napalm y el asesinato de Martin Luther King. No olvidemos que la edición original de este libro apareció por primera vez a finales de los sesenta.

Con el propósito de contrarrestar la literatura convencional, Burroughs desarrolló técnicas como el cut-up (cortar el texto y distribuirlo aleatoriamente), el fold-in (trasladar el final de una página al principio para generar una sensación de flashback) y el splice-in (usar varias grabadoras con diferentes sonidos a la vez). De esta manera rompió la codificación lineal de la escritura en favor de formas artísticas no lineales, que le abrían caminos y asociaciones alternativas. Aunque estos experimentos puedan parecer caóticos o carentes de sentido, en realidad eran lo opuesto: Burroughs seleccionaba y combinaba sus fragmentos con sumo cuidado, logrando una perspectiva caleidoscópica y plural que —como afirmaba— le permitía anticipar el futuro. Una visión surgida de la neblina de los opiáceos que desmantelaba cualquier noción de modernidad establecida.

El autor despedaza al sistema pudiente que, además de crear generaciones consumistas y superficiales, aniquila cualquier forma de individualismo, pensamiento propio o creatividad. El control, la manipulación, el capitalismo, la muerte de las emociones, el patriotismo, la familia y la educación son diseccionados con la precisión quirúrgica de un cirujano gracias a una lucidez nacida de la suspicacia, el sarcasmo y la procacidad. Para Burroughs, la juventud representaba la posible salvación del planeta, siempre y cuando lograra liberarse de los dogmas inculcados y optara por la rebelión en las calles: la única forma de enfrentarse a un sistema corrupto, tan decadente como uniformador.

Como destructor y constructor del lenguaje, icono cultural y francotirador agazapado en el extrarradio del academicismo, Burroughs rechazó toda etiqueta y operó durante su vida al margen de las modas, los conceptos y los clichés. Denunció cómo el monopolio de las élites —gobiernos, inmobiliarias, ingenierías, corporaciones médicas y automovilísticas, entre otras— controla la riqueza, la cultura y los avances científicos para conservar sus privilegios, mientras mantiene en la ruina a quienes se encuentran por debajo de su nivel. En sus textos reaparecen obsesiones recurrentes: el tratamiento revolucionario con apomorfina (que lo ayudó a desintoxicarse definitivamente), el acumulador de orgones patentado por Wilhelm Reich y los infrasonidos capaces de incitar a las multitudes a destruir ciudades.

Huelga decir que Burroughs sufrió en carne propia la censura de los medios debido a su lenguaje obsceno, su misoginia radical y sus puntos de vista extremos. A pesar de ello, se mantuvo firmemente en contra de la pena de muerte, la hegemonía cultural, el histerismo antidroga, la segregación racial, la moral tradicional, el sistema penal y la religión cristiana dominante en Estados Unidos. Irónicamente, pese a provenir de una familia adinerada —su abuelo fue el inventor de la calculadora— que le brindó una excelente educación en las mejores universidades, Burroughs prefirió romper con sus raíces y abrazar la marginalidad. Por ello trató con drogadictos, artistas, ladrones, bohemios, enfermos mentales, románticos, chulos y prostitutas: aquellos que vivían al margen de la sociedad y escupían en la cara del «Sueño Americano». Ese fue el primer paso que lo convertiría en una leyenda que continúa vigente en pleno siglo XXI.



miércoles, enero 14, 2026

IRVINE WELSH: «PORNO» (EDITORIAL ANAGRAMA, 2005)

Miro su rostro socarrón, recobro la compostura y pienso en la extraña relación que hemos mantenido, no menos misteriosa por haber estado separados durante años. Supongo que él era un poco como yo: ambos sabíamos que para los inquilinos de viviendas de protección oficial la decadencia es una costumbre de mala nota. Una costumbre ridícula, de hecho. La razón de ser de nuestra clase era sobrevivir, sin más.

Irvine Welsh

 

Una década después de los acontecimientos narrados en Trainspotting, volvemos a encontrarnos con los personajes que marcaron a una generación: Simon David Williamson, Daniel Murphy, Francis Begbie y Mark Renton. Marginales, políticamente incorrectos y de escasos escrúpulos, poco han cambiado en este lapso de tiempo. La narración, sin florituras y de gran viveza lingüística, nos sumerge de lleno en una decadente Edimburgo devastada por los cambios: los viejos tiempos nunca regresarán y la sociedad corrupta que antes recurría a los narcóticos para escapar del tedio, la pobreza y la desesperación ahora se encuentra obsesionada con el sexo, el dinero, el consumismo y la trivialidad absoluta. Leith —barrio en el que creció la clase obrera, aplastada por la política represora de Margaret Thatcher— ha sido transformado, con el paso del tiempo, en una zona pija para los adinerados.

Sick Boy es el narrador principal: un antihéroe adicto a la cocaína, arrabalero, egocéntrico, sórdido, manipulador y con delirios de grandeza. Decidido a ganarse la vida sin demasiado esfuerzo, realiza toda clase de chanchullos: venta de drogas, prostitución, fraudes y, finalmente, se embarca en el rodaje de una película porno que, por un lado, le permita mezclar trabajo y placer y, por otro, alcanzar la gloria económica y el prestigio social que tanto ansía. Como es natural, Williamson desea una obra de calidad que se convierta en un clásico del género, no una aberración gonzo de ínfimo presupuesto. Huelga decir que hará todo lo necesario para sacar adelante su nuevo y ambicioso proyecto: Siete polvos para siete hermanos.

Aparte del protagonista, reaparecen viejos conocidos como Spud —ingenuo choricillo con un corazón de oro, incapaz de abandonar el caballo y rehacer su vida—; Franco —recién salido de la cárcel, tan psicópata como de costumbre, perpetuamente irascible y dispuesto a recurrir a la violencia física ante la menor excusa—, y Rent Boy, limpio de estupefacientes, que se siente culpable por haber traicionado a sus antiguos colegas. Este último parece ser el único que, hasta cierto punto, se ha reconciliado con el tormentoso pasado que todos compartieron. Cabe destacar también la inclusión de Terry Juice Lawson y Rab Birrel, personajes de Cola, ambos con un papel fundamental en el presente libro, creando un todo coherente y sin fisuras dentro del llamado Universo Trainspotting, en el que transcurre la mayor parte de la producción del autor.

La profusión de voces de Trainspotting se ha reducido al mínimo, aportando mayor agilidad y coherencia a la narración. Se agradece que Welsh no haya fotocopiado su obra más célebre y ofrezca una historia completamente distinta a la anterior. Puede que Nikki Fuller-Smith —una bella estudiante de cine que trabaja en una sauna para ganar un dinero extra a la asignación paternal— sea el personaje más logrado (junto a Sick Boy) de la novela. Pese a ello, junto a la pérdida de frescura, el gran error de Porno es reducir el protagonismo de Renton a un mero secundario. Los capítulos dedicados al personaje —en especial la parte ambientada en Ámsterdam— carecen de la garra de antaño y parecen escritos con prisa, sin profundizar en sus motivaciones. Por fortuna, en Los chicos del jaco (precuela de Trainspotting), Rent Boy volvería a primera división para recuperar la importancia que merece.

Reflexiones sobre el paso del tiempo, el precio que se paga por los errores cometidos, las amistades rotas y la madurez de unos personajes que no han logrado tomar las riendas de su presente son los temas más destacados de la obra. Porno es un libro que tiene que competir inevitablemente con su predecesor. A diferencia de Trainspotting, la denuncia social ha sido reemplazada por una visión negra, cruda, visceral y humorística de la industria cinematográfica para adultos; la misma que hoy influye en la cultura contemporánea y que, gracias a Internet, pocos pueden ignorar.

Al igual que la primera parte, la novela fue llevada al cine por Danny Boyle, como una especie de homenaje a la película estrenada en los noventa. Una tardía secuela, inferior a la original —pues apenas toma prestados unos ligeros esbozos del libro—, que hace demasiado hincapié en la nostalgia. Lejos han quedado las memorables imágenes de 1996: la carrera al ritmo de Lust for Life de Iggy Pop, el «peor retrete de Escocia», la sobredosis con Perfect Day de Lou Reed de fondo, el bebé gateando por el techo y Born Slippy de Underworld mientras Renton se despide de los espectadores decidido a empezar de cero. Vivir del pasado nunca fue una buena opción.



viernes, octubre 17, 2025

HENRY MILLER: «EL COLOSO DE MARUSI» (EDHASA EDITORIAL, 2014)

Me sentí completamente separado de Europa. Había entrado en un nuevo mundo como un hombre libre: todo se había conjuntado para que aquella experiencia fuera feliz y fructífera. ¡La Virgen, qué feliz era! Pero, por primera vez en mi vida, era feliz con la plena conciencia de serlo.

Henry Miller


En 1939, a los cuarenta y ocho años de edad, gracias a su amigo Lawrence Durrell, Henry Miller acepta tomar unas vacaciones en Grecia. Después de veinte años de empleos miserables, relaciones tormentosas, escritura, aceras rotas, penalidades, tugurios y prostíbulos de mala muerte —primero en Nueva York y después en París—, el escritor no tarda en aceptar la invitación. La imagen de la costa griega, las aguas cálidas del Mediterráneo, la caricia del sol sobre su cuerpo y el chocar de la espuma contra el casco del barco le hacen experimentar una sensación de plenitud desconocida. ¿Sería posible que, por primera vez en toda su existencia, pudiera olvidar las cicatrices del pasado? Puede que la vida, la misma a la que había decidido enfrentarse en su obra, no fuera tan sórdida como siempre había creído. Debía aprovechar aquella oportunidad: la Segunda Guerra Mundial se encontraba próxima, vaticinando millones de muertos, destrucción y caos.

Miller era un individuo desilusionado con el mundo moderno, sobre todo con la política imperialista y opresora de Estados Unidos y, por extensión, de Nueva York, su ciudad natal, con la que siempre mantuvo una relación de amor y odio. Su literatura puede tacharse de todo menos de convencional: crítica a la sociedad, vuelos de imaginación metafísica, inquietudes espirituales, odio hacia el egoísmo humano, pasión desbordada y filosofía extrema. Al contrario de lo que puedan pensar los lectores, Miller fue un vitalista que disfrutó cada segundo de su vida con una fruición digna de elogio. La búsqueda que guio toda su carrera literaria fue la felicidad personal, amorosa, espiritual, sexual y económica.

El coloso de Marusi destaca por su canto a la naturaleza, las leyendas, los mitos, los sueños, la pobreza y la eternidad condensada en la belleza de las ruinas, estatuas y caminos cubiertos de polvo que desfilan ante los ojos del escritor durante su viaje. A diferencia de Primavera negra, Trópico de Capricornio, Trópico de Cáncer o Días tranquilos en Clichy, nos encontramos con un Henry Miller que ha encontrado la paz interior y acepta a sus semejantes con todas sus virtudes y defectos. Su mirada cínica, implacable y corrosiva ha dado paso a la visión de un hombre maduro y contemplativo, el mismo que se maravilla profundamente de su entorno, costumbres y habitantes durante su recorrido de meses a través de todo el país.

La prosa de Miller —líquida, tumultuosa, sensual y firme— conduce al lector a través del mundo antiguo. Nuevamente, nos encontramos con un individuo libre de trabas morales, políticas, sociales y filosóficas, que lo único que anhela es aprender todo lo posible. Grecia le devuelve la esperanza de que la raza humana, cuando se libere de sus ataduras, pueda encontrar la salvación. Su admiración hacia el pueblo griego no conoce límites. Lo considera valiente, amable, fiel, generoso y agradecido, algo que no opina de sus compatriotas estadounidenses, a quienes tacha de falsos, absurdos e ignorantes, engañados por los tres pilares en los que se basa su modo de vida: patria, familia y religión. Cabe destacar el análisis al que somete a sus amigos (poetas, pintores, novelistas), siempre desde la calidez, la admiración y el humor. En cambio, su ojo crítico no deja intactos a los poderosos: magnates, políticos, religiosos y militares que, gracias a su ambición, estrechez de miras y mezquindad, han convertido el planeta en un lugar miserable.

Durante un año —entre largos paseos, baños en la playa, cenas en casas de amigos, estancias en hoteles y excursiones—, Miller contempla una Grecia clásica incólume al paso del tiempo, por la que desfilan los dioses antiguos antes de que el cristianismo mancillara aquellas tierras con su doctrina aniquiladora. La belleza del país, de un modo u otro, sobrevivirá a la memoria de los hombres. Nápoles, el Pireo, las ruinas de Pompeya, Corfú, Eleusis, Hidra, Epidauro, Tirinto, Micenas, Cnosos, Festos, Tebas, el Peloponeso, Corinto, Esparta… Cálido, inteligente y lleno de ternura hacia el universo, nos propone realizar un recorrido espiritual que sane nuestras almas.

Las palabras del autor después de visitar la tumba de Agamenón definen la nueva filosofía existencial que había adquirido y sirven como cierre para resumir la obra:

«No quiero saber nada más de la civilización y de sus productos de almas cultivadas. Renuncié a mí mismo al entrar en esta tumba. De ahora en adelante soy un nómada, un don nadie espiritual. Podéis coger vuestro mundo fabricado y ordenarlo en los museos; yo no lo quiero, de nada me sirve. No creo que ningún ser civilizado sepa ni haya sabido nunca lo que ha tenido lugar en este recinto sagrado. Eso está más allá del conocimiento y la comprensión del hombre civilizado; él está al otro lado de esa pendiente cuya cima fue escalada mucho antes que él o sus antepasados estuvieran en el mundo. A eso llaman la tumba de Agamenón. Bien; tal vez uno llamado Agamenón descansaba aquí. ¿Y qué? ¿Voy por eso a quedarme parado, abriendo la boca como un idiota? No lo haré. Me niego a detenerme en ese hecho,  demasiado  sólido.  Aquí me elevo,  no  como poeta,  narrador, cuentista o mitólogo, sino como espíritu puro. Digo que el mundo entero, abriéndose en abanico en todas direcciones desde este lugar, vivía antiguamente de un modo que nadie es capaz de imaginar».



jueves, junio 13, 2024

RESEÑA «TUMBA DE GRAVEDAD», CORTESÍA DE TRABALIBROS

A finales de los noventa, el Reino Unido vivió una etapa de efervescencia cultural y musical propiciada por las drogas de diseño y la búsqueda de libertad. Hastiados de la política represora de Margaret Thatcher, en un acto de rebeldía, los jóvenes ingleses invadieron los clubs y organizaron fiestas ilegales al aire libre.

Tumba de gravedad, de Alexis Brito Delgado, está ambientada en aquella etapa de hedonismo y desenfreno conocida como El segundo verano del amor. Los protagonistas —cuatro amigos que deciden pasar un fin de semana de raves— representan un retrato de la juventud de entonces: divertidos, lúbricos y desencantados del sistema capitalista que solo quiere laminar a sus habitantes.

Con grandes dosis de humor negro, cinismo e irreverencia, a través del narrador del que nunca llegamos a conocer su nombre, Brito relata los acontecimientos de la noche; la misma que los cambiará para siempre. La obra funciona a dos niveles: el primero, una ácida crítica al modo de vida británico y el estudio de una sociedad sumisa y complaciente; y el segundo, una mirada introspectiva sobre las emociones del protagonista, el anhelo de escapar de una existencia que aborrece, la relación con sus compañeros de juerga y el efecto del éxtasis sobre su personalidad. 

Un fragmento de la novela que ejemplifica las reflexiones del narrador:

«La vulgaridad y la hipocresía eran la moneda de cambio en un mundo que se jactaba de abrazar lo nuevo y dejar atrás todo lo inservible. Aquello, cosa que no tardé demasiado en descubrir, era una terrible mentira. De haberlo querido, con aceptar los designios de la mayoría habría sido admitido como uno más. Me negué rotundamente y elegí mi camino. Me aferré a mis aficiones, a la música en general, para formar mi personalidad. Me enorgullecía saber que me había hecho a mí mismo, en todos los sentidos, como un superhombre nietzscheano. Logré escapar de la tontería de mi familia, de la estrechez de miras de mis vecinos, de la mediocridad de mis profesores, compañeros del colegio e instituto. Fui firme, no cedí en ningún momento, a pesar de que todo estaba en mi contra».

Entre alcohol, todo tipo de sustancias ilegales y un burlón análisis del mundo nocturno, destaca el gurú del grupo —el Terence McKenna de la pérfida Albión— Spike: un alma errante inmerso en el lado salvaje de la vida que, gracias a la química, ha ampliado los horizontes espirituales de —tal como se denominan a ellos mismos— Los cuatro jinetes del Apocalipsis.

La música, como no podía ser de otro modo, es un personaje más de la obra. Como si se tratara de una película, las canciones de las bandas más emblemáticas de la Movida Madchester The Stone Roses, Happy Mondays, The Charlatans, Primal Scream, The Soup Dragons, Inspiral Carpets y The Verve— nos acompañan mientras transcurre la historia. El Britpop se encontraba a la vuelta de la esquina dispuesto a arrasar en las listas de ventas de Inglaterra.

Aunque las comparaciones resulten odiosas, Tumba de gravedad es un viaje iniciático al estilo de El guardián entre el centeno que, a diferencia del clásico de J. D. Salinger, resulta mucho más desolador: el mundo no ofrece demasiadas expectativas, el futuro está agotado y la sociedad implacable aniquila a los débiles. En especial, los sueños y ambiciones del narrador, cuya máxima aspiración es escribir un libro que refleje las vivencias que ha experimentado. A pesar de ello, siempre quedará un resquicio de esperanza al final del túnel.

Tumba de gravedad es una novela cruda y arriesgada: cuenta con una prosa electrizante, una exhaustiva labor de investigación y una serie de personajes atípicos en un mercado editorial que busca lo “políticamente correcto” para agradar a todos los públicos. Sin un ápice de nostalgia, nos sumerge en una etapa en la que los jóvenes pensaban que iban a conquistar el planeta. Por desgracia para ellos, tal como sucedió con otros movimientos musicales del pasado, Madchester tuvo las horas contadas.