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sábado, diciembre 31, 2022

COMBUSTIBLE EDISON: "FOUR ROOMS" SOUNDTRACK (ELECTRA RECORS, 1995)

Según la leyenda, la idea de Four Rooms surgió durante el Festival de Sundance de 1992. Los directores implicados —Allison Anders, Alexander Rockwell, Robert Rodríguez y Quentin Tarantino— tomaron alguna copa de más durante la cena y decidieron rodar una película juntos. Todos compartían el amor por el cine, empezaban a darse a conocer y se movían en el circuito independiente. Tres años después el resultado llegaría a las pantallas. 

Tim Roth, que venía de trabajar con Tarantino en las seminales Reservoir Dogs (1992) y Pulp Fiction (1994), es la estrella indiscutible de la función. Histriónico, patoso y con pocas luces, Ted lo único que busca es lucrarse. Tiene un precio y arramblará con los billetes que le pongan por delante. El hotel en el que trabaja se encuentra en decadencia, la clientela es excéntrica y, para rematar la faena, el botones es el único empleado que está de servicio. 

Conforme transcurre la historia, Ted va adquiriendo carisma y personalidad. Una especie de Bugs Bunny embutido en un uniforme ridículo que se pavonea por los pasillos del Mon Signor de Los Ángeles durante la víspera de Año Nuevo, ajeno a los problemas que le deparará el futuro. Será una larga noche imposible de olvidar… 

Four Rooms es una comedia negra, absurda y sin pretensiones, que no puede ser tomada en serio de ninguna manera. Cada segmento está rodado por un director diferente, cada uno más surrealista que el anterior. El reparto no tiene desperdicio: Marc Lawrence, Valeria Godino, Madonna, Lili Taylor, Jennifer Beals, Antonio Banderas, Salma Hayek, Marisa Tomei, Kathy Griffin y Bruce Willis, entre otros. Más que un plantel de estrellas, es una reunión de amigos que lo único que buscan es pasarlo bien. Ello se refleja en la pantalla. 

La película recuerda a las comedias de los años sesenta, en especial las de Jerry Lewis —Tarantino le dedicará el correspondiente homenaje en su parte—, en la que el protagonista cumple con su papel hilarante, sobrellevando lo mejor posible una serie de situaciones rocambolescas. Four Rooms es una gamberrada en la que prima el humor, el disparate y el instinto de supervivencia por parte de Ted. Políticamente incorrecta, en la actualidad sería complicado rodar un film de estas características. Los maravillosos años noventa quedaron atrás. 

Una noche infernal 

El primer capítulo, El ingrediente que falta, marca la pauta de lo que encontraremos a continuación: lujuria, disparate y humor grueso. Un aquelarre se ha reunido en la suite nupcial para resucitar a Diana, una antigua diosa. Durante la realización de la ceremonia, es necesario un ingrediente para finalizar el ritual con éxito: semen. Por desgracia, la encargada en proporcionarlo, Eva, llevada por el entusiasmo, tragó en lugar de escupir (sic). Aunque Ted se resiste, sucumbirá a los encantos de la joven. No le quedará más remedio que realizar una desinteresada "donación" para que las brujas puedan conseguir su objetivo. Directora: Allison Anders. 

En El hombre equivocado, Ted recibe la llamada de una de las habitaciones solicitando hielo para la fiesta. Nuestro héroe termina por error en la 404, donde encuentra a uno de los clientes, Sigfried, hasta las cejas de tranquilizantes, bourbon y armado con una Magnum 44, que amenaza con liquidar a su esposa Angela. En este caso, la vida del botones se encuentra en juego. Puede llevarse un balazo por una infidelidad que no ha cometido. Todo se resume en un perverso juego sexual en el que la pareja lo hace partícipe en contra de su voluntad: bondage, infartos fingidos, declaraciones de amor y mil adjetivos sobre el tamaño de los genitales del protagonista. Director: Alexander Rockwell. 

Después de un inicio titubeante, el tercer capítulo, Los niños malos, es el mejor de la película. Un mafioso mexicano interpretado por Antonio Banderas lo obliga a que haga de canguro para poder disfrutar de la Nochevieja con su mujer. Ted acepta el dinero, sin embargo, los chavales no se lo pondrán fácil. Desquiciado, el nivel de histeria del protagonista resulta apabullante. El final de la historia en la 309 es glorioso: una prostituta muerta, la habitación en llamas, el botones con una jeringuilla clavada en la pierna y los niños en estado de guerra. «¿Se han portado mal?». Director: Robert Rodríguez. 

El nivel se mantiene en El hombre de Hollywood, la última historia, donde Tarantino lleva la voz cantante. Sus diálogos, como de costumbre, son extensos, frenéticos, banales y llenos de referencias a la cultura pop. Angela, después de dejar a su marido durmiendo en la 404, aparece como invitada en la suite presidencial. El tema es el siguiente: Norman apuesta que, si consigue encender su Zippo diez veces, se llevará el Chevy Chevelle de 1964 del director Chester Rush. Si pierde, le cortarán el dedo meñique. La idea surge a raíz del visionado del episodio El hombre de Río de la serie Alfred Hitchcock presenta protagonizado por Steve McQueen y Peter Lorre que, borrachos como cubas, los fiesteros desean emular. Evidentemente, resulta obvio quién será el encargado de empuñar el trinchante. 1000 dólares es la cifra pactada por los servicios de nuestro héroe. El desenlace es glorioso. Director: Quentin Tarantino. 

La película recaudó lo justo para cubrir los costes. La crítica fue ambivalente sobre la disparidad de las historias. El ingrediente que falta y El hombre equivocado se llevaron la peor parte, mientras Los niños malos y El hombre de Hollywood fueron alabadas. Nunca ha habido un punto intermedio entre el amor y el odio que suscita el filmFour Rooms posee méritos, es divertida y recomendable para pasar un rato de evasión. Las reseñas fueron mayoritariamente negativas y pese a su corto tiempo en pantalla, Madonna ganó un Razzie como peor actriz de reparto. La película fue el principio de la larga amistad entre Rodríguez y Tarantino que, en años posteriores nos ofrecería Abierto hasta el amanecer (1996) y el proyecto Grindhouse (2007) formado por la dupla Planet Terror/Death Proof

La banda sonora de Four Rooms

Producida por Mark Mothersbaugh (Devo), el soundtrack está compuesto por cortes de Combustible Edison, Juan García Esquivel (Sentimental Journey y Harlem Nocturne), el clásico televisivo Bewitched YMCA de Village People. Las canciones aportan un sabor retro típico de los años cincuenta, moviéndose entre las coordenadas de cocktailjazz y loungue. El tema principal de la película, Vertigogo, fue presentado a los premios de la academia, sin embargo, los responsables lo descalificaron por carecer de una letra comprensible. 

La música de Four Rooms es ligera, humorística y con un toque kitsch que se queda grabado en la mente. Piezas cortas, muchas no llegan ni al minuto. Tarantino realizó una buena elección al encargar a Combustible Edison la banda sonora; encaja perfectamente con las imágenes que vemos en la pantalla. 




domingo, diciembre 25, 2022

MICHAEL KAMEN: "DIE HARD: 30 ANNIVERSARY REMASTERED LIMITED EDITION" (LA-LA LAND RECORDS, 2018)

En lo alto de la ciudad de Los Ángeles un grupo armado ha secuestrado un edificio, apoderándose de unos rehenes. Un hombre ha conseguido escapar… Es un policía fuera de servicio. Está solo, agotado… La única oportunidad, es él.

 

Die Hard —Jungla de cristal tal como tradujeron por estos lares— es una de las películas más emblemáticas de los años ochenta. Aunque parecía que todo estaba inventado en el género, resultó pionera en muchos aspectos. Por otra parte, el personaje John McClane, interpretado por Bruce Willis, se convirtió en un icono del cine de acción que nos depararía cuatro secuelas. 

 

El hombre al que nadie había invitado a la fiesta, el que siempre se encuentra en el lugar erróneo en el momento inadecuado, es el que debe salvar la papeleta. Todo empieza con un viaje de Nueva York a California. John lleva seis meses separado de su mujer, Holly, y tiene la oportunidad de solucionar las cosas. Lo que nadie esperaba era que un grupo armado invadiera el Nakatomi Plaza. La trama va directa al grano, sin florituras. McClane logra escapar. No le queda otra que apretar los dientes y echarle un par de huevos. Así funciona el mundo. 

 

Recuerdo que como me gustaba la serie Luz de luna, le di la tabarra a mi madre para que fuéramos a verla al cine. Tenía ocho tiernos añitos. A diferencia de otros chavales, tuve la suerte de crecer viendo películas para adultos: la trilogía de RamboPerseguidoTango & CashArma letal 2Por encima de la leyDanko: Calor rojoLionheartDesafío totalCobraSin perdónTerminator 2Soldado universalGoldenEye… Disney nunca fue lo mío.

 

Jungla de cristal me dejó flipando. Desde entonces es una de mis películas favoritas, repito los diálogos de memoria y suelo revisionarla en Navidad como acabo de hacer para escribir este artículo. No ha perdido vigencia, debo reconocerlo. Como fan de la saga, las he visto todas en pantalla grande, incluida la última —La jungla: un buen día para morir (2013)— que, en mi humilde opinión, podrían haberse ahorrado.

 

Por qué es la mejor película navideña

 

Entremos en materia: el guion escrito por Steven E. Souza y Jeb Stuart se basaba en la novela Nothing Last Forever de Roderick Torp, secuela de su libro The Detective, que conoció una adaptación cinematográfica protagonizada por Frank Sinatra en 1968. Por motivos contractuales, se le ofreció el papel a Ojos azules, pero este declinó la oferta; contaba con más de setenta años de edad, demasiado mayor para interpretarlo.

 

Mel Gibson, Burt Reynolds, Richard Gere, Clint Eastwood, Silvester Stallone y Arnold Schwarzenegger —en un principio Jungla de cristal se planeó como una secuela de Commando— también lo rechazaron. Finalmente, el rol recaería en Bruce Willis, actor en la pequeña pantalla que siendo prácticamente un desconocido, exigió a Twentieth Century Fox cinco millones de dólares, sueldo que fue criticado por los medios en la época. 

 

Aunque en la actualidad es imposible imaginar a McClane interpretado por otro individuo, la elección generó controversia su momento. Willis carecía del tirón comercial de cualquiera de los anteriormente mencionados, no era un héroe musculoso lleno de testosterona como los que triunfaban en taquilla. Irónicamente, ello fue una baza a favor del film: McClane es un tipo normal, el vecino de al lado, con sus dudas y flaquezas, con el que el público empatiza desde el primer instante. Hasta tiene miedo a volar, por Dios. Fumador empedernido, cínico y deslenguado, se la sopla el sistema y sus normas. Gran parte de los diálogos fueron improvisados por el propio actor. Su juventud de clase obrera de Nueva Jersey le fue útil a la hora de dar matices al personaje. Huelga decir que Willis cumplió y con creces. 

 

Un héroe no puede medirse sin un villano que esté a la altura. Hans Gruber —un Alan Rickman que venía de interpretar al pérfido Vizconde de Valmont de Las amistades peligrosas en el teatro— aceptó el papel en lo que se convertiría en su debut en el celuloide. Mejor elección, imposible.

 

Gruber es la antítesis de McClane: culto, sofisticado y expeditivo. Con la barba perfectamente recortada, trajes de marca, pedantería y educación clásica, se muestra condescendiente con el protagonista tachándolo de vaquero: «Otro americano que vio demasiadas películas de niño, otro huérfano de una cultura en declive que se cree John Wayne, Rambo, el Equipo A». La mítica respuesta de nuestro héroe pasaría a la historia: «Yipi kai yei, hijo de puta». Eso es tener clase y lo demás tontería. El patrón se repetiría de 1988 en adelante: el antagonista principal, con todo su refinamiento, planes perfectos, inteligencia y secuaces, morderá el polvo ante un poli irlandés medio paleto. ¿Clasismo? Por supuesto. Nunca subestimes a la basura obrera, puede correrte a hostias cuando menos lo esperes. 

 

Mientras se desata el caos, las caricaturescas fuerzas del orden son inútiles. Dwayne T. Robinson, subcomisario del Departamento de Policía de Los Ángeles, es incapaz de sobrellevar el ataque de los terroristas, al igual que los agentes del FBI, Big Johnson y Little Johnson, a los que les importa un comino el destino de los rehenes. Los aliados de McClane son gente de la calle: el sargento All Powell y Argyle, el chófer de la limusina que conduce a protagonista al Nakatomi. Tipos humildes, currantes en los que se puede confiar para las emergencias. Resulta irónico que Zeus Carver lo acuse de racista en el futuro. John siempre se ha llevado fenomenal con sus hermanos negros. Un detalle a tener en cuenta: la inclusión forzada no formaba parte del canon del cine de los ochenta. McClane se las tendrá que ingeniar para mantener la cabeza sobre los hombros, salvar a los rehenes y, ya puestos, reconciliarse con la parienta. Parece sencillo, ¿verdad? 

 

El rascacielos a medio construir —que homenajea indirectamente a El Coloso en llamas— es un protagonista más de la película. Un laberinto de pasillos, oficinas, ascensores, obras y conductos de ventilación, en el que la muerte acecha detrás de cada esquina. Los villanos, un grupo de ladrones alemanes que se hacen pasar por terroristas, no tienen escrúpulos y ejecutarán a quien sea necesario para conseguir sus objetivos. 640 millones de dólares en bonos es el objetivo. Pasta, mucha pasta. John termina hecho mierda: herido, manchado de sangre, grasa, sudor y mugre. Maravilloso. Los héroes que cobran el salario mínimo molan más con la cara reventada. 

 

La puesta en escena de John McTiernan (DepredadorLa caza del Octubre Rojo) resulta impecable. Un entorno sofisticado, claustrofóbico, al que se le saca todo el partido posible. El director rueda como la vieja escuela: apenas se usan efectos especiales y las set pieces de acción poseen claridad, nervio y energía. Solo ante el peligro, descalzo y en camisilla, armado con una Beretta 92FS y en inferioridad de condiciones, McClane debe enfrentarse a unos adversarios superiores en entrenamiento, número y recursos. Powell es su único amigo. Este lo apoya durante la aventura, le cuenta lo que sucede en el exterior y comparten confidencias íntimas. Todo fluye de forma natural, nada suena impostado.

 

Escenas míticas del cine de acción

 

Jungla de cristal cuenta con escenas míticas: John arrastrándose por las entrañas del rascacielos, John volando una planta del edificio con C4, el enemigo disparando a las cristaleras para herir a McClane, la respuesta admirada de Holly cuando un frustrado Karl destroza el minibar: «Sigue vivo. Solo John consigue cabrear así a alguien», el salto atado a una manguera mientras explota la azotea del Nakatomi, la caída de Gruber al vacío… Una Navidad sin ver el careto de susto de Hans mientras se va a tomar por culo, no es Navidad. Nuestro héroe, un Sonny Crockett de barrio, se las apaña en todo momento con lo que va encontrando por el camino para sobrevivir. 

 

John es vulnerable: sangra, sufre, llora, se muestra arrepentido por los errores de su matrimonio, por no apoyar a Holly cuando fue ascendida en su empresa. Las peleas cuerpo a cuerpo son sucias, barriobajeras. Todo vale, sin reglas. Lástima que la humanidad del detective fuera desvaneciéndose durante las siguientes entregas hasta convertirlo en un superhéroe indestructible 

 

Jungla de cristal es puro entretenimiento, diversión y espectacularidad. Los personajes son simples, pero bien desarrollados. Hasta los secundarios —el despreciable reportero Richard Thornburg, capaz de hundir a cualquiera con tal de conseguir un reportaje o Harry Ellis, el yuppie enfarlopado que pretende vender al protagonista para salvar el pellejo—, tienen sus cinco minutos de gloria en la pantalla. La hemoglobina que no falte. Por desgracia, la sangre ha desaparecido en las salas de cine para conseguir una calificación apta para todos los públicos. 

 

Contra todo pronóstico, la película fue un bombazo veraniego que recaudó 140 millones de dólares en taquilla, convirtió a Willis en una superestrella, recibió cuatro nominaciones a los Oscar en apartados técnicos, creó su propia franquicia de películas, cómics y videojuegos, y marcó escuela para una serie de imitadoras —SpeedPasajero 57Alerta MáximaMuerte súbita, La RocaDecisión críticaMáximo riesgoAir Force One, etcétera— que fueron incapaces de igualarla. Lo dicho: un clásico navideño al que, además, colabora su gran banda sonora. 

 

La banda sonora de Jungla de Cristal

 

Michael Kamen (Arma LetalLicencia para matar) fue el encargado de la banda sonora. La música, tensa y ominosa, refleja el suspense de las escenas. Sin embargo, no está exenta de cierto humor. Al fin y al cabo, hablamos de un producto palomitero. Percusión, guitarras, electrónica, cuerdas, metales y cascabeles cuadran perfectamente, tanto como en los momentos de acción como en los más reposados.

 

Las brillantes suites —Assault on the Tower y The Battle— no permiten un segundo de respiro. Kamen interpola piezas como Ode to Joy de la Novena Sinfonía de Beethoven —fue idea del director incluirla—, los clásicos navideños Winter Wonderland y Let It Snow, y la famosa Singing in the Rain en la partitura.

 

Como en un principio nadie confiaba en el éxito de la película, el soundtrack fue triturado y reorganizado en la edición final, privándolo de su espectacularidad. Nunca se llegó a utilizar el material original al completo, solo las mismas pistas que se repiten constantemente. De hecho, entraron cortes descartados de otros compositores, —James Horner (Resolution and Hyperspace (Excerpt) de Alien 2) y John Scott (We’ve Got Each Other de Man in Fire)— para redondear el conjunto. Brandenburg Concerto No. 3 in G Major (Allegro Moderato) de Bach, Christmas in Hollis de RUN-D.M.C., Skeletons de Stevie Wonder y Let It Snow, Let It Snow, Let It Snow, de Vaughn Monroe también suenan en el film.

 

Durante años, circularon copias de la banda sonora con pésima calidad de sonido. A pesar del deseo de los fanáticos, no vería la luz la edición íntegra hasta Die Hard: 30 Anniversary Remastered Limited Edition (La-La Land Records, 2018), con los consabidos extras, temas inéditos y versiones alternativas. 




 

lunes, noviembre 14, 2022

"DIRTY DANCING" SOUNDTRACK (RCA RECORDS, 1987)

La película 

 

Verano de 1963. Francis Baby Houseman se dispone a pasar las vacaciones con sus padres, el doctor Jack y Marjorie Houseman, y su hermana mayor, Lisa, en un elegante complejo residencial en Catskills, Nueva York. 

 

La película aúna baile, romance y drama. Una historia escrita y dirigida al público femenino, en el que caló hondamente. La lucha de clases es una constante a lo largo de la historia. La diferencia entre los niños pijos de la Ivy League, futuros miembros de Yale —estudiantes jóvenes y sus respectivas familias adineradas que residen en el complejo turístico, aburridos y sin alicientes— y los obreros que trabajan en las instalaciones —camareros, chóferes, ballets, etcétera— que disfrutan de la vida con una intensidad digna de elogio. 

 

Baby, generosa e idealista, pide dinero a su padre con la intención de costear el aborto de Penny, la mejor amiga y pareja de baile de uno de los instructores de danza, Johnny Castle. Debido a ello, para que no pierdan una actuación importante de la que dependen a nivel económico, Baby se ofrece como acompañante para reemplazar a Penny. Entre ambos personajes se desarrolla una relación que va más allá de lo profesional. Primero surge la atracción física, después el respeto y la admiración mutua, y por último los sentimientos. El eterno verano de la juventud, en el que se conoce al primer amor inolvidable que te marca para siempre. Simple, pero efectivo. 

 

Aunque Jennifer Grey y Patrick Swayze habían trabajado juntos en Red Dawn (1984), se llevaban fatal. No obstante, basta con echar una mirada a la prueba de pantalla que realizaron durante el casting: la química sexual es explosiva. Del amor al odio solo hay un paso… Debido a las fricciones existentes entre ambos, el director Emile Ardolino (Sister Act) los obligó a revisionarla para que recordaran la buena impresión que causaron en un primer momento. Funcionó. 


Dirty Dancing cuenta con secuencias para el recuerdo: la entrada de Castle a lo Tony Manero en la fiesta de la cabaña, la escena del lago —la película se rodó en otoño. El agua estaba helada. Los actores lo pasaron canutas—, las prácticas de equilibrio sobre el tronco del árbol, Baby riéndose en los ensayos cuando Johnny le acaricia el brazo —Momento  real. Swayze se encontraba molesto por la falta de profesionalidad de Grey— y, sobre todo, el mítico salto final, parodiado cariñosamente por Ryan Gosling y Emma Stone en Crazy, Stupid, Love (2011). 

 

A pesar de un presupuesto ajustado de cinco millones de dólares, el film es lujoso en pantalla. Fue un rodaje rápido y sin incidentes: en cuarenta y tres días había finalizado, cumpliendo el plazo previsto. Durante la post-producción, los ejecutivos de Vestron auguraron que la película sería un fracaso de taquilla. A nadie le gustó el montaje, querían eliminar la trama del aborto para no espantar a la audiencia. Hablamos de 1987. Si en la actualidad continúa considerándose un tema espinoso, no imaginemos en la época, más aún en una película de consumo juvenil. De hecho, el productor Aaron Russo llegó a declarar a uno de sus empleados después del visionar el pase previo: «Queme el negativo y cobre el seguro». Todos se equivocaron. 

 

Dirty Dancing arrasó en taquilla recaudando 214 millones de dólares. La mezcla de amor, amistad, superación, clasismo e integridad fue apreciada tanto por el público como por la crítica. Los protagonistas crecen durante la historia, luchan por superar los problemas que se interponen en su camino y terminan triunfando ante las adversidades. Una frase célebre: «No permitiré que nadie te arrincone». Los roles están bien definidos: Baby es tierna, maternal y segura de sí misma, mientras Johnny resulta protector, sensible y varonil. En los ochenta las cosas se hacían con clase, buen gusto y honestidad, no como ahora, que todo resulta tan forzado, sufragista, inclusivo y políticamente correcto en la mayoría de las ocasiones, que elimina cualquier credibilidad a favor del esperpento. Aparte de su éxito en las salas de cine, la película despachó más de diez millones de copias en el mercado de vídeo. Del soundtrack hablaremos en unos momentos. Junto a Grease, Foodlose, Pretty Woman, Ghost, Nothing Hill o Sex in the City, continúa siendo una apuesta segura para las plataformas televisivas. La magia de los ochenta… Lástima que se haya perdido. 

 

La banda sonora de Dirty Dancing  

 

Jimmy Lenner (John Lennon, Bay City Rollers) fue el elegido para seleccionar las canciones de la banda sonora. Esta cuenta con clásicos infalibles como Be My Baby de The Ronnetes, Do You Love Me de The Contours, Big Girls Don't Cryde Frankie Valli and the Four Seasons, Love Man y These Arms of Mine de Otis Reding, Hey! Baby! de Bruce Channel, Will You Love Me Tomorrow de The Shirelles, Some Kind of Wonderful de The Drifters o Cry to Me de Solomon Burke. 

 

Resulta incongruente que siendo una película ambientada en los sesenta, tengan cabida temas de los ochenta como You Don't Own Me de The Blow Monkeys, Hungry Eyes de Eric Carmen, Yes de Merry Clayton, She's Like the Wind compuesta y cantada por Patrick Swayze y la joya de la corona, el dueto (I've Had) The Time of My Life de Bill Medley y Jennifer Warnes —que ganó el Oscar, un Globo de oro y un Grammy—, imprescindible en cualquier pinchada o recopilatorio ochentero que se precie, y la canción principal por méritos propios. 

 

La BSO de Dirty Dancing (RCA Records, 1987) fue número 1 en el Billboard durante cuatro meses y despachó la friolera de 32 millones de copias. El impecable soundtrack forma parte del éxito de la película. Es imposible separar la música de las imágenes; ambas están unidas de forma indisoluble. 


El eterno verano de la juventud 

 

Dirty Dancing es uno de los films más exitosos y queridos de los ochenta. Alcanzó el estatus de culto prácticamente el mismo año de su lanzamiento, por consiguiente, se han realizado obras de teatro, musicales, reality shows, videojuegos, una serie de televisión fallida, una precuela —Dirty Dancing: Havana Nights (2004) con cameo de Swayze incluido— y un prescindible remake televisivo Dirty Dancing (2017). 


Pese a las mejores intenciones, ninguno de los productos del celuloide ha logrado estar a la altura del original. Se ha anunciado una secuela con Jennifer Grey como protagonista y Jonathan Levine (Nine Perfect Strangers) en la silla del director para el 2024. Causa inquietud el estropicio que puede perpetrarse. Sería mucho más sencillo dejar las cosas como están, pero en una era en la que la nostalgia vende y la creatividad brilla por su ausencia, es inevitable que los estudios vuelvan a intentar exprimir a la gallina de los huevos de oro. 





martes, noviembre 01, 2022

"THE CROW" SOUNDTRACK (ATLANTIC RECORDS, 1994)

Nunca olvidaremos y nunca perdonaremos.

Lo único que quiere es dolor.

El miedo es para el enemigo.

Miedo y las balas.

James O’Barr


El cómic

The Crow (Caliber Press, 1989) tiene el honor de haber sido el cómic underground más vendido de la historia. Según la leyenda, James O’Barr plasmó en sus páginas el trauma que le supuso perder a su pareja en un accidente de trafico debido a un conductor ebrio. El arte siempre ha sido el mejor modo de superar las adversidades.

La historia está ambientada en una Detroit sumida en el caos, con altos índices de delincuencia, drogadicción y pobreza. Eric Draven y Shelly Webster —una joven pareja comprometida, idealista y profundamente enamorada— tienen la mala suerte de encontrarse en el lugar equivocado en el momento inoportuno. Una pandilla de macarras asesina a Eric de dos disparos a quemarropa en la cabeza y, acto seguido, violan y ejecutan a su novia.

Un año después, Eric resucita dispuesto a vengarse de los individuos que se lo arrebataron todo. Conforme pasan las páginas, las matanzas del protagonista son crueles y despiadadas; no le queda nada por perder. Corrupta, tenebrosa y de aspecto victoriano, el Detroit que O’Barr nos presenta no deja lugar para la esperanza. El Cuervo recorre los peores barrios donde la escoria campa a sus anchas: calles abandonadas cubiertas de basura, decadencia, edificios en ruinas y desesperación. Reina un ambiente fantasmagórico, opresivo. La policía es incapaz de hacer nada pese a todos sus esfuerzos. 

El protagonista es un espíritu obsesionado por el pasado, lleno de odio, dolor y deseos de venganza y al mismo tiempo, compasión por los débiles y necesitados; las víctimas de una sociedad destrozada. Una mezcla entre ángel de la muerte y salvador.

Con una estética que bebe de Edgard Allan Poe, la historia transcurre entre resonancias bíblicas, poemas de Rimbaud, Rose Fyleman y Baudelaire. El spleen de Artaud, Villon o Bataille es evidente, aparte del nihilismo de Nietzsche y letras de canciones de The Cure y Joy Division. El cómic aúna romanticismo, soledad, violencia, redención y muerte.

La trama es directa, sencilla y sin florituras. El dibujo de trazos gruesos y toscos, se nutre de la estética ochentera de The Batcave de Londres. Sin ir más lejos, Draven recuerda a un joven Peter Murphy de Bauhaus. Tristeza y desesperación emanan de las viñetas; visceralidad que roza la locura.

The Crow es una historia de amor. Regresar a la vida sin Shelly atormenta a Eric de tal forma que llega a automutilarse para aliviar el vacío que le produce su ausencia. Los recuerdos lo hieren, lo único que anhela es que la muerte lo reclame de forma definitiva para reunirse con ella.

La película

La adaptación cinematográfica dirigida por Alex Proyas (Dark City) amplia el universo del cómic desarrollando la Noche del Diablo —en la que las bandas criminales organizadas prenden incendios por toda la ciudad en Halloween—; el motivo que conduce al asesinato de los protagonistas; los personajes del sargento Daryl Albrecht —un policía honrado y compasivo— y Sarah —una niña amiga de la pareja desde el principio de la película—; el líder de los mafiosos, Top Dollar, que mantiene una relación incestuosa con su media hermana, Myca; el vínculo entre el cuervo y Draven: este lo devuelve a la vida, por consiguiente, si aniquilas al animal, Eric perderá su inmortalidad; y la lucha final en lo alto de la iglesia, un claro homenaje a Metrópolis.

Destaca la pandilla de villanos completamente despreciables: Tin Tin, Funboy, T-Bird y Skank. Chusma que lo único que merece es perecer de la forma más sádica posible. Caricaturescos, rozan la parodia. El Cuervo va dejando un reguero de cadáveres a través de una urbe azotada por la lluvia interminable que es incapaz de limpiar los pecados de sus habitantes. El tendero Gideon y la mano derecha de Top Dollar, Grange, también son estereotipos. No hay tiempo para el desarrollo de personajes, su destino es la muerte. Top Dollar es la estrella de la función: sus parlamentos pasados de vueltas, imagen dieciochesca, carencia de escrúpulos, afición por coleccionar los ojos de sus víctimas y esnifar cocaína, son inolvidables.

La película cuenta con escenas míticas: Eric convirtiéndose en el Cuervo mientras suena Burn de The Cure. La pandilla de T-Bird tragando balas, bebiendo chupitos y aullando «¡Fuego a tope!». Eric corriendo bajo la lluvia por los tejados de Detroit acompañado por Dead Souls de Nine Inch Nails. Eric sacando la morfina de las venas de Darla, la madre de Sarah. La silueta de un cuervo dibujada con gasolina después de ejecutar a T-Bird. Eric riéndose cuando los niños lo rodean… Este plano siempre me ha parecido el más poético de la película. The Crow se convirtió en el legado de Brandon Lee. Eric reuniéndose con su prometida en el cementerio… Resulta difícil que el remake protagonizado por Bill Skarsgård logre superar lo anterior. Según las noticias se estrenará en 2023.

La imagen de Brandon —maquillaje, gabardina, cuero negro, alambre de espino y cinta aislante— creó escuela. The Crow es película muy visual, con la estética de videoclip tan propia de los noventa, precursora del cine de superhéroes que impera en la actualidad, cuando el género no contaba con el apoyo de las grandes masas.

La trágica muerte de Lee —al igual que Heath Ledger en El caballero oscuro— avivó el morbo de los espectadores. Gracias a ello, un humilde film de bajo presupuesto se convirtió en un éxito de taquilla, dando pie a una serie de secuelas infumables que ninguna estuvo a la altura de la original, mucho menos convertirse en una obra de culto. A raíz de ello, la leyenda negra de los Lee continuó creciendo. Brandon falleció en las mismas circunstancias turbias que su padre, Bruce.

Huelga decir que el cómic y la película se complementan. Ambas poseen el mismo nivel de calidad.

La banda sonora

La banda sonora de The Crow (Atlantic Records, 1994) es electrizante: rock, industrial, grunge, heavy, metal, shoegaze, etcétera. Aunque se quería utilizar The Hanging Garden de The Cure tal como sucede en el cómic, la banda compuso Burn expresamente para la película. Nine Inch Nails colaboró con un cover de Dead Souls que iguala a la original de Joy Division. Pantera versionó The Badge de Poison Idea y Rollins Band hizo lo mismo con Ghost Rider de Suicide. Rage Against the Machine regrabó una vieja cara B, Darkness of the Greed, y la convirtió en Darkness. My Life with the Thrill Kill Kult pulió Nervous Xians, que terminó en pantalla como After the Flesh. Medicine actualizó Time Baby II con Elizabeth Fraser como vocalista (Cocteau Twins) y la incluyó como Time Baby III. Jane Siberry cantó en I Can’t Rain All the Time con arreglos de Graeme Revell (Días extraños), el compositor de la banda sonora. Stone Temple Pilots quiso añadir Only Dying, no obstante, a raíz de la muerte de Brandon Lee, fue reemplazada por Big Empty.

Las canciones encajan como un guante con la fotografía oscura y escarlata, de grano grueso, de la película. Joy Divison y The Cure fueron una gran influencia para James O’Barr. En el cómic aparece la letra al completo de The Hanging Garden de The Cure y fragmentos de Atmosphere, Disorder y Atrocity Exhibition de Joy Division.

El soundtrack fue reeditado en vinilo en 2019 el Record Store Day con motivo del veinticinco aniversario de la película.

The Crow marcó a la generación de los noventa, entre los que me incluyo. Pienso que todos los que escuchábamos rock alternativo caímos rendidos ante su hechizo. Eran otros tiempos, me temo que hoy en día sería imposible que una película de estas características se convirtiera en un clásico. Una frase para el recuerdo: «No llueve eternamente».