Después
de que lo sepultó, dijo a sus hijos: «Cuando yo muera, me sepultaréis en la
sepultura donde está enterrado el hombre de Dios, poniendo mis huesos junto a
los suyos para que se mantengan intactos; porque se ha de cumplir la palabra
que de parte de Yahvé gritó él contra el altar de Betel y contra todos los
altares de la ciudad de Samaria.»
Reyes
13:31-32
Año
de Nuestro Señor de 1316.
Stark apretó las bridas y
ascendió por el promontorio rocoso. El viento cortante agitaba los pliegues de
su capa de cuero; parecía que la propia naturaleza se volvía contra él.
A la derecha, las aguas del mar
Caspio batían la costa con un retumbar constante.
Entrecerró los ojos y siguió
avanzando. La borrasca le azotaba el rostro. El caballo, tras cuatro semanas
encerrado en la bodega de un barco, necesitaba moverse.
El sol pendía sobre el océano
como una rueda de fuego; pronto, las tinieblas caerían sobre aquella tierra
hostil.
El territorio pertenecía a los
tártaros de Levante: individuos que solo vivían para la carnicería y el
pillaje. De tropezar con ellos, su destino estaba sellado.
Stark recorrió con la vista las
depresiones del terreno, buscando un lugar seguro donde instalarse; tenía
hambre y necesitaba dormir.
Rápidamente, decidió montar el campamento
en una cueva, creada por medios naturales, que se perfilaba delante de su
posición. No conocía aquellas tierras.
Prefería pernoctar con las
espaldas cubiertas antes que al aire libre: corrían negras leyendas, desde
Tabriz a Samarcanda, sobre los trasgos que moraban en el desierto.
Stark se revolvió sobre la silla:
el pavor de los comerciantes al respecto no presagiaba nada bueno; tenía
suficientes experiencias con lo sobrenatural como para atender a los rumores
que había escuchado.
Inesperadamente, un grito de
mujer desgarró el ocaso, haciendo que su cuerpo se pusiera rígido.
Sin pensarlo, hundió los talones
en los flancos de la montura y se lanzó terraplén abajo, buscando el origen de
la exclamación.
El avance del antiguo caballero
templario propagó un estruendo infernal mientras descendía en dirección al
océano. Otro alarido le taladró los tímpanos antes de ser silenciado con
brusquedad.
Una serie de gritos y blasfemias
llegaron a sus oídos, desvirtuados por la distancia.
Con los labios apretados en una
mueca salvaje, sorteó las rocas y las grietas diseminadas ante las patas del
animal, levantando una nube de polvo.
Al doblar un recodo, contempló
una escena que le hizo hervir la sangre de rabia: media docena de jinetes
zarrapastrosos rodeaban a una muchacha con las cimitarras alzadas.
En el suelo, en un charco
carmesí, un anciano agonizaba con el pecho abierto. Uno de los asaltantes
exclamó con malicia:
—¡Reserva las fuerzas, zorra!
—rio—. ¡Te harán falta para probarnos a todos!
La joven intentó esconderse
detrás del carromato volcado: estaba acorralada, sin posibilidad de escapar.
—¡Hijos de Shaitán! —chilló,
llena de odio—. ¡Que Alá maldiga vuestras almas!
Sin detenerse, Stark desenfundó
la ballesta de corredera y disparó: la flecha se hundió entre los omóplatos del
individuo que había hablado.
Sorprendidos, los compañeros del
muerto se volvieron como relámpagos, con expresiones salvajes y amenazadoras.
Stark no se dejó amilanar por la
superioridad numérica: estaba acostumbrado a luchar por su vida; acabaría con
aquellos inicuos o perecería en el intento.
—¡Ha matado a Yussef! —ladró un
miembro del grupo—. ¡Colguemos su piel en nuestras sillas!
Una saeta atravesó el aire y le
perforó la mejilla; su adversario se desplomó del animal lanzando un grito de
agonía. Stark arrojó el arma y desenvainó la espada a la vez que avanzaba.
Un rugido de guerra escapó de su
boca:
—¡Muerte a los sarracenos!
El mandoble trazó una estela
fulminante y derribó al primer jinete que se interpuso en su camino con la cabeza
abierta: un chorro escarlata salpicó el rostro del germano.
Un enemigo levantó su acero, pero
la hoja de Stark fue mucho más rápida y detuvo la acometida; una lluvia de
chispas acompañó al estruendo de los metales.
Ambos hombres entablaron una
lucha mortífera, buscando la piel del contrario, moviéndose con pericia sobre
las sillas.
Stark esquivó una estocada
dirigida a su pecho y rompió la guardia de su rival, hundiéndole la espada en
la clavícula. El jinete aulló y se desplomó convertido en un guiñapo.
Aterrados, los supervivientes
recularon, intentando huir del demonio vestido de negro que los había atacado.
Stark alzó el arma enrojecida y lanzó una carcajada burlona.
—¡Cobardes! —bramó—. ¡Volved
aquí!
Ambos individuos pusieron pies en
polvorosa. Stark estuvo tentado de seguirlos y acabar con ellos, pero sabía que
no volverían a darle problemas; tenía cosas más importantes por las que
preocuparse.
De inmediato, buscó a la muchacha
con la mirada para descubrir que yacía al lado del viejo; uno de los asaltantes
la había herido mientras combatía.
De un salto, descendió del
caballo y se inclinó sobre la joven: restaba poco para que muriera.
—Lo siento, pequeña —murmuró con
los dientes encajados—. He llegado demasiado tarde.
La muchacha lo miró con los ojos empañados
por la desesperación.
—Mi hermano… —balbució—. Tenéis
que encontrarlo…
Wolfgang le acarició los cabellos
con algo similar a la ternura.
—Haré lo que me pidáis
—prometió—. ¿Dónde está?
—Logró huir antes de que fuésemos
atacados —explicó—. Los bandidos no lograron captu…
La joven no pudo terminar la
frase: un borbotón de sangre le escapó de los labios y ahogó su voz. Conmovido,
Stark le cerró los párpados y oró una plegaria piadosa:
—In hora mortis meae voca me —musitó—. Et iube me venire ad te, ut cum Sanctis tuis laudem te in saecula saeculorum. Amen[1]
Furioso, se puso en pie, echando
chispas por los ojos; odiaba fracasar de un modo tan innoble.
Un gimoteo lo hizo girar la
cabeza: el hombre al que había abatido agonizaba, víctima de atroces sufrimientos.
Stark se aproximó al herido y le puso la punta del mandoble en el cuello.
—Sois una escoria —gruñó—.
¡Espero que ardáis en el Averno por vuestros pecados!
La hoja descendió y efectuó una
carnicería espantosa: el chasquido de la carne desgarrada y de los huesos rotos
se fundió con el aullido póstumo de su víctima.
Stark escupió sobre el cadáver y
se limpió la sangre que le había salpicado el rostro; agradecía que el Señor le
hubiera permitido vengar la muerte de la muchacha.
Acto seguido, examinó su entorno
con ojos expertos, comprobando las huellas de los corceles.
A pesar de que la luz del sol
menguaba, descubrió unas pequeñas pisadas que se desvanecían en dirección este,
hacia el nacimiento del acantilado por el que había descendido unos minutos
antes.
Stark se preguntó quiénes habrían
sido aquellas personas: parecían comerciantes que regresaban a casa después de
vender las mercancías que tanto sudor y esfuerzo les había costado conseguir;
presas fáciles para los ladrones de caminos que pululaban por aquellas tierras.
Curioso, se aproximó al carromato
y corroboró sus sospechas: rollos de tela, especias, verduras, figuras exóticas
y frutas.
Durante un momento, la simpleza y
honestidad de las vidas del anciano y la muchacha le hizo un nudo en la boca
del estómago; sabía que nunca podría tener una existencia como la de aquellos
individuos asesinados.
Stark estuvo tentado de
proporcionarles una sepultura digna —no quería que los buitres devoraran los
cadáveres—, pero tendría que dejarlo para más tarde; una promesa era una
promesa.
Decidido, regresó al caballo y
siguió las huellas que empezaba a barrer el viento; no descansaría tranquilo
hasta encontrar al hermano de la joven.
El germano se inclinó todo lo que
pudo en dirección al suelo mientras cabalgaba como un endemoniado detrás de su
objetivo.
Una mirada ardiente, no exenta de
cierto fanatismo, le brillaba en los ojos melancólicos. En el fondo, aunque
detestara reconocerlo, siempre sería un hombre de acción.
Pretender lo contrario suponía
negar su naturaleza: no le restaron muchas alternativas desde el día en que sus
hermanos fueron hostigados y exterminados por el Santo Oficio.
El animal se introdujo en el
interior de una pequeña playa y chapoteó las aguas revueltas, coronadas de
blanco, formando con su marcha una estela irregular.
Estupefacto, Stark tiró del
bocado del corcel y detuvo su avance al descubrir la extraña visión que yacía
embarrancada sobre la arena.
Bañado por los haces moribundos
que descendían desde la cúpula celeste, la silueta de un viejo cascarón
cubierto de algas se recortaba contra los peñones que lo circundaban.
Involuntariamente, Stark llevó la
mano al pomo de la espada, vencido por una sensación de desconfianza. Aquella
nave abandonada no le gustaba en absoluto.
Con frialdad, estudió los
mástiles podridos y las velas desgarradas, las jarcias sueltas y las vergas
rotas, y los castillos de proa y popa, sin atreverse a dar un paso.
Asustado, el animal piafó,
reluctante ante la posibilidad de aproximarse al barco.
—¿Dónde diablos os habéis metido,
muchacho? —susurró—. Espero que no hayáis entrado en esa inmunda nave…
Tenso, Stark buscó una bandera que le diera alguna idea sobre la procedencia o nacionalidad del barco, recorriendo con la vista el trinquete y los velachos, las sobremesanas y el contrafoque, sin encontrar nada que le sirviera de auxilio en su empresa.
La impresión de vejez que emanaba
de la embarcación le puso la carne de gallina.
Estaba seguro de que, si abordaba
la nave, tendría motivos para lamentarlo, tanto que no querría volver a pisar
un barco en mucho tiempo.
Stark bajó del caballo, abrió las
alforjas y tomó una antorcha.
A pesar del penoso estado de la
nave, reconoció el diseño de indudable manufactura europea; sin duda, había
efectuado un largo viaje hasta aquel rincón inhóspito.
Sorteó las maderas sueltas que
poblaban el suelo y ató las bridas a un matorral; no quería correr el riesgo de
que la montura huyera despavorida.
Empuñando el mandoble, se
aproximó al barco, atento ante la posibilidad de un ataque. Las pisadas se
desvanecían al llegar al casco.
Encima de su cabeza, en lo alto
del palo de mesana, la vela de sobreperico suelta chasqueaba contra las vergas,
propagando un sonido estridente.
El antiguo caballero templario
utilizó una escalerilla y alcanzó la cubierta, ignorando las aprensiones que lo
intranquilizaban.
El hedor nauseabundo del agua
emponzoñada y la madera putrefacta inundó sus fosas nasales, obligándolo a
contener la respiración.
Desde el castillo de popa, a
duras penas distinguió la toldilla arruinada y el timón desbaratado en mil
pedazos.
Stark pisó unos escalones
crujientes y descendió a la cubierta principal, listo para vender cara su piel;
nada ni nadie le impediría salvar al muchacho.
Las tinieblas cubrían los
mástiles y parte del castillo de proa.
En el cielo, las primeras
estrellas aparecieron entre las nubes, incapaces de romper el hechizo que sumía
la embarcación en un manto horripilante.
Stark se aclaró la garganta y se
detuvo ante la escotilla de popa: un tramo de escaleras desaparecía
gradualmente en las entrañas de la nave.
Stark se agazapó al amparo de un
pretil, prendiendo la tea con yesca y pedernal; no pensaba penetrar en las
bodegas sin una luz que lo respaldara en las tinieblas.
Reprimió un escalofrío supersticioso
y bajó las escaleras podridas con los nervios a flor de piel; los dientes le
castañeaban sin que pudiera evitarlo.
La negrura se avecinaba colmada
de malos presagios; estaba seguro de que en aquel cascarón había muerto gente
de manera cruel. Titubeante, su voz traspasó la oscuridad que lo aplastaba con
su masa:
—¿Dónde estáis? —murmuró—. No
quiero haceros ningún daño, pequeño.
Un silencio perturbador respondió
a sus palabras.
—No soy uno de esos canallas que
os atacaron —continuó—. Vuestra hermana me ha rogado que os lleve junto a ella…
El agua helada le empapó las
botas y le causó un espasmo de repugnancia. Alrededor, una serie de toneles
destrozados flotaban a la deriva, chocando contra las paredes hinchadas por la
humedad.
Stark movió la tea de un lado a
otro, intentando quebrar las tinieblas que parecían cerrarse sobre él. Aguzó el
oído, pero no percibió nada más que su propia respiración.
La antorcha diseminó luces y
sombras movedizas, formando siluetas que le erizaron el vello de la nuca.
La frialdad que llenaba la bodega
penetró en sus huesos y lo hizo desfallecer de debilidad; el cansancio
acumulado durante la jornada empezaba a pasarle factura.
Aunque intuía que se estaba
metiendo en la boca del lobo, no podía retroceder; prefería consumirse en el
abismo antes que abandonar al muchacho.
Inesperadamente, una sombra
rompió la quietud del agua y se abalanzó sobre su cuerpo. Stark reaccionó de
inmediato, lanzando una estocada hacia la negrura.
La hoja chocó contra la silueta y
le arrancó un gruñido de dolor, arrojándola de espaldas sobre las aguas.
Aterrorizado, dio unos pasos
hacia atrás, pasando por alto los enloquecidos embates de su corazón, sin poder
percibir qué era lo que le había atacado.
Ojos carmesíes brillaron en las
tinieblas, lejos del resplandor de la tea, con una malignidad blasfema. El
germano gruñó, lleno de odio:
—¡Mostraos! ¡No os tengo ningún
miedo!
De manera vaga, ocultas en la
penumbra, avistó una serie de criaturas pálidas y repugnantes, de cuerpos
nudosos y cráneos deformes, que lo observaban con las fauces llenas de sangre.
El pánico cerval que invadió su
espíritu estuvo a punto de hacerlo vomitar. Cuencas oculares hambrientas,
vacías de cualquier expresión humana, lo traspasaron de un lado a otro.
Garras afiladas y dientes
podridos destellaron en la negrura, presagiando una carnicería inminente.
Stark reculó con lentitud hacia
las escaleras que lo conducían al exterior: sabía que el muchacho había sido
devorado por aquellos engendros diabólicos; de no salir de la bodega lo antes
posible, correría la misma suerte.
Las criaturas lo siguieron,
expectantes, procurando mantenerse alejadas de la antorcha.
Con el agua hasta las rodillas,
Stark apretó la empuñadura del mandoble hasta que le punzaron los dedos:
hubiera dado su alma por no haberse metido en aquella trampa.
Gruñidos sibilantes acompañaban
sus pasos. Lo rodeaban por todas partes; necesitaría un milagro para salir con
vida del barco.
El miedo y el odio luchaban en su
interior; vengaría la muerte del pequeño aunque pereciera en el intento.
—¡Bastardos! —masculló—.
¡Pagaréis por vuestra infamia!
Acto seguido, ascendió los
escalones y subió a la cubierta con toda la velocidad que sus piernas podían
proporcionarle. Un demonio saltó sobre su espalda y le hundió los dientes en el
hombro.
Stark lanzó una maldición y
apartó las uñas sarmentosas que le arañaban los omóplatos.
El acero abrió las facciones
nauseabundas hasta los dientes; un chorro de sangre negra salpicó los tablones
de la popa.
Una marejada de figuras deformes
surgió por la escotilla, aullando como endemoniados, dispuestos a acabar con su
existencia.
Acorralado, Stark arrojó la tea
al suelo y empuñó el arma con ambas manos, trazando un semicírculo defensivo a
su alrededor.
La antorcha chisporroteó al entrar
en contacto con la madera reseca y se extendió hacia el pasamanos.
Al ver el fuego, los engendros
chillaron de terror, apartándose lo más lejos posible de las llamas
anaranjadas.
Stark aprovechó el inesperado
hueco entre las filas enemigas y salió despedido hacia los cuartos de proa.
La espada destelló y una cabeza
rodó por los tablazones con una mueca de agonía en los rasgos pavorosos.
Stark intentó saltar al océano,
pero los trasgos se interpusieron en su camino; no podía moverse
en ninguna dirección.
Sin pensarlo, enfundó el acero y
brincó hacia los obenques, esquivando a duras penas las garras de sus
adversarios.
Desesperado, mantuvo el
equilibrio lo mejor que pudo y utilizó manos y pies para llegar a la cofa.
Debajo, los engendros imitaron sus movimientos, saltando tras su rastro.
El germano afianzó su posición y
desnudó el puñal; una criatura se desplomó en el vacío con la garganta abierta.
De inmediato, sostuvo el cuchillo
con los dientes y agarró los flechastes, alcanzando la verga de velacho alto.
El incendio que había prendido en
la parte posterior de la nave, abrasando el castillo de popa y el mastelero,
empezó a lamer el palo mayor.
Los demonios, al descubrir que el
fuego amenazaba con engullirlos, ascendieron por el trinquete, enardecidos por
el pánico. Una columna de humo remolineó hacia el firmamento tachonado de
estrellas.
Stark tosió y continuó su alocada
huida, interponiendo la máxima distancia posible entre él y sus oponentes.
La embarcación chirrió, oscilando
hacia babor debido al peso acumulado en el mástil, que amenazaba con partir el
casco en dos.
Stark resbaló, pero pudo
sostenerse de las jarcias en el último segundo; de no ser por sus reflejos,
habría muerto aplastado sobre la cubierta llameante.
Un engendro lo agarró por el
tobillo e intentó morderle la pantorrilla. Stark le propinó una patada en la
mandíbula; el sonido de los huesos aplastados se mezcló con un rugido de dolor.
Su enemigo se derrumbó como un
plomo, arrastrando a las criaturas adelantadas hacia el fuego.
El palo mayor crepitó y aterrizó
en la amura de babor, levantando un infierno de chispas escarlatas que
salpicaron las velas que aún quedaban intactas.
Stark tomó impulso, dejó atrás la
cruceta y el tamborete, y alcanzó la verga de juanete de proa.
Desesperado, se paralizó unos
instantes para recuperar el aliento: le dolían todos los músculos del cuerpo y
tenía las manos en carne viva.
Debajo, entre el humo y los
reflejos del incendio, los demonios ascendían a gran velocidad, chasqueando las
mandíbulas afiladas.
De un rápido vistazo, comprobó la
distancia que lo separaba del mar; no tenía más opciones si quería sobrevivir.
Una risotada frenética surgió de sus labios.
—¡Nos veremos en el Infierno!
—exclamó—. ¡Os estaré esperando, hijos de Satanás!
El antiguo caballero templario se
arrojó al vacío. El estómago se le subió a la garganta y la eternidad bailó
delante de sus pupilas. Con un estampido, irrumpió en el océano.
La frialdad de las aguas lo dejó
aturdido. Stark pataleó con todas sus fuerzas y asomó la cabeza a la
superficie; el aire inundó sus pulmones como una puñalada.
Delante, las llamas prendieron el
mastelero, consumiendo a los engendros, que murieron entre terribles estertores
de agonía.
Satisfecho, ignoró el peso de la
loriga y los calambres que le recorrían los miembros. Con poderosas brazadas,
interpuso toda la distancia posible entre su persona y el cascarón en llamas.
Ni siquiera se molestó en mirar
atrás: Dios había hecho justicia.
Horas después, cuando hubo
enterrado los cadáveres de los mercaderes, una súbita amargura inundó su
espíritu.
Fracasar, a pesar de sus mejores
intenciones, le recordaba que no había logrado salvar a sus hermanos cuando
Guillermo de Nogaret asaltó la sede de la Orden del Temple.
Aquella fatídica noche cometió el
error de tomar demasiado vino caliente para conciliar el sueño; dormía cuando
el enemigo irrumpió en el patio del castillo.
Mientras contemplaba las tumbas
del anciano y de la muchacha, tuvo la sensación de que el destino giraba en su
contra, haciéndolo repetir siempre los mismos errores; la experiencia y la edad
no le habían servido de nada en aquella arriesgada aventura.
Deprimido, observó el sol que
empezaba a clarear el horizonte; nunca podría liberarse de los remordimientos
que le aniquilaban el presente.
Stark subió a la silla y espoleó
al caballo: quería partir de aquel lugar maldito lo antes posible.
El futuro se abría delante de sus
pasos con su pesada carga: tendría que realizar aún muchos méritos para llegar
a alcanzar la expiación.
[1] «En la hora de mi muerte, llámame. Y ordéname acudir a ti, para que, junto a tus santos, te alabe por toda la eternidad. Amén.»
