viernes, abril 03, 2026

FANFICTION — JUEZ DREDD: «NÉMESIS», PUBLICADO EN PORTAL CIENCIA Y FICCIÓN

La delincuencia constituye culpabilidad. La sentencia es obligatoria.

Código de Justicia · Artículo 001

 

SECTOR 44

 

La Ley Maestra descendió por el paso elevado a doscientos kilómetros por hora. El motor bramaba mientras el vehículo recorría la plataforma suspendida entre los rascacielos interminables del Sector 44. Detrás de los bloques Frank Sinatra, en dirección sudeste, las seiscientas plantas del Museo de Mega-City se recortaban contra un cielo ensombrecido.

Dredd apretó el acelerador.

A su diestra, un panel tridimensional retransmitía en directo el encuentro final de la Superbowl CXXXIV. Las imágenes de jugadores biónicos destrozándose a golpes sobre el campo no le interesaban en absoluto.

Anochecía. La Fiebre de la Noche del Domingo alcanzaba su cenit. Las calles habían sido invadidas por el caos: guerras de bloques, atracos, manifestaciones, actos terroristas, tráfico de drogas, prostitución, razias y millones de incidentes más que serían el preludio de una semana colmada de delitos.

Dredd estaba preparado para afrontar cualquiera de ellos.

La radio transmitía los acontecimientos de las últimas horas:

Arrestos por Código 249: 1.654. “Cubos” llenos en los Sectores 23, 55, 68 y 147. Detenida una nueva oleada de Reventadores en el Sector 27. Atención: todas las unidades cercanas a la Plaza George Bush acudan al Bloque Casablanca. Posible kamikaze humano. Repito, todas las unidades…

Dredd recordó los datos aprendidos en la Academia.

Sector 44.

Apodo: El Centro.

Superficie: 32.000 km².

Habitantes: 50.000.000.

Densidad de población: 156.000 personas por km².

Niveles: 100.

La Hora Feliz —tal como la definían los Jueces— había llegado: el momento en que los ciudadanos regresaban a sus cubículos, intentaban olvidar la jornada y se preparaban para un descanso ilusorio.

La motocicleta se internó bajo las arcadas empresariales coronadas por anuncios publicitarios. Por el momento, todo estaba relativamente tranquilo. No le gustaba. Aquella calma siempre era falsa. Tarde o temprano, alguien infringiría la Ley.

Dredd llevaba cuarenta y ocho horas ininterrumpidas de patrulla. Gracias a los I.R.T. (Inductores de Relajación Total) del Departamento de Justicia, continuaba operativo. Las Máquinas de Sueño condensaban en diez minutos el descanso de toda una noche. En ese instante se encontraba fresco, atento, relajado.

Su cuerpo demandaba acción.

Control realizó una llamada.

—Control a Dredd. Acuda al Bloque Elvis Presley. Un varón llamado James Reed amenaza con saltar desde la planta 115.

El Juez respondió con sequedad:

—Recibido.

La Ley Maestra giró, cambió de sentido y se dirigió hacia su objetivo a toda velocidad. El gigantesco rascacielos octogonal creció hasta ocupar su campo visual. Metódico, Dredd revisó la información disponible. Una pantalla iluminó el tablero de mandos.

 

Sujeto: James Reed

Nacido: 3 de septiembre de 2074. Mega-City Dos

Edad: 36

Estatura: 178 cm

Peso: 85 kg

Características distintivas: numerosas

Intervenciones biónicas:

—2097: trasplante en la parte posterior del bulbo raquídeo

—2101: injerto de toma de datos en la mejilla derecha

—2106: sustitución robótica del brazo izquierdo

Profesión: programador informático

Dirección: Apt. 4.567B, Bloque Elvis Presley

 

Diez minutos después, Dredd aparcó frente al edificio. Un deslizador en segunda fila entorpecía la circulación ascendente de la vía congestionada. No tenía tiempo para aquello.

—Dredd a Control. Vehículo Chevrolet mal estacionado frente al Bloque Elvis Presley. Matrícula 3.478. Violación del Código 88. Seis meses de rehabilitación en el Cubo para su propietario.

—Recibido, Dredd —respondió Control.

Con grandes zancadas, penetró en el lujoso vestíbulo del edificio, ignorando la riqueza que lo rodeaba. El recibidor parecía extraído de una película del siglo XX: recepción, fuente de agua, escaleras de mármol y reproducciones de Jackson Pollock colgadas de las paredes.

Dredd torció los labios.

El uniforme negro de los Jueces se ceñía a su anatomía como una segunda piel: casco, hombreras metálicas, placa dorada, cinturón de combate, guantes aislantes y botas de caña alta. En el muslo derecho, su Legislador descansaba en la funda de cuero, listo para ser usado en cualquier momento.

Un recepcionista se le acercó.

—Buenas noches, Juez Dredd.

Dredd despreciaba los formalismos.

—¿Dónde está Reed?

El hombre temblaba.

—En su vivienda… apartamento 4.56—

—Gracias por su colaboración, ciudadano —lo interrumpió.

Se dirigió al ascensor más cercano, los hombros balanceándose con seguridad. Entró en el cilindro acolchado y pulsó la planta 115.

Al llegar, las puertas se abrieron a ambos lados. Un pasillo azul se extendía de izquierda a derecha. Dredd eligió la izquierda. Sus botas quebraron la quietud de la noche, levantando ecos metálicos.

Un escalofrío recorrió su espalda. El rascacielos estaba demasiado silencioso. No era normal. Menos aún cuando los Old Town Rats se enfrentaban a los Radiators en televisión.

Dredd dudó. Su sexto sentido rara vez fallaba. Consideró pedir refuerzos.

El orgullo se lo impidió.

Resolvería el caso solo. Un suicida no era nada para un Juez de su categoría.

Se detuvo frente al apartamento.

De una patada arrancó la puerta de los goznes e irrumpió en la vivienda con el dedo en el gatillo del Legislador. Su voz resonó como un disparo:

—¡Alto en nombre de la Ley!

 

 JUEZ MUERTE

 

Dredd recorrió el entorno con la mirada. En el balcón, un hombre permanecía de pie sobre la cornisa de cemento; el viento agitaba su cabello rubio.

—¡James Reed! —ordenó—. ¡Queda usted detenido!

Reed se volvió, mortalmente pálido.

—No se acerque, Juez Dredd —respondió con voz lastimera.

Dredd atravesó el salón sin dejar de apuntarle, irritado.

—Lo que hace es ilegal —puntualizó—. Baje de inmediato o terminará en la Isla del Diablo.

El hombre estuvo a punto de caer al oír el nombre del espantoso centro penitenciario.

—No puedo hacerlo, su señoría.

Dredd decidió seguirle el juego. Debía ganar tiempo, el suficiente para atraparlo e impedir que se arrojara al vacío.

—¿Por qué?

Reed vaciló.

—¡Respóndame, gusano! —restalló Dredd—. ¡O le encerraré de por vida!

Reed chilló, aterrorizado:

—¡Porque el Juez Muerte me lo ha dicho!

Un soplo de aire helado acarició la espalda de Dredd. Una mano intangible, áspera, que prometía el peor de los destinos. De un salto, se apartó y esquivó el ataque.

Una sombra alargada cubrió la estancia, absorbiendo la luz que entraba por la ventana. Entre las tinieblas percibió a su némesis: el casco negro, los dientes afilados, el uniforme en jirones, las manos desproporcionadas y la placa con forma de calavera.

El hedor a carne podrida lo mareó. Una arcada recorrió su estómago. Jamás terminaría de acostumbrarse a la pestilencia que emanaba de su oponente.

La voz rasposa de Muerte lo estremeció:

Hass ssido juzgado —siseó—. Debess morir para que sse haga Jusssticia.

Dredd levantó el Legislador.

—Perforador.

El disparo atravesó el esternón de su adversario sin causarle daño alguno. Un manto de oscuridad se abalanzó sobre Dredd, dispuesto a absorber su energía vital.

No puedesss matarme, Dredd.

Retrocedió y contraatacó con destreza.

—Incendiaria.

Muerte esquivó el proyectil. La detonación prendió la pared; las llamas se propagaron, levantando una cortina dorado-rojiza. La alarma antiincendios comenzó a ulular.

Debo erradicar el crimen de la vidda —susurró Muerte—. Eress culpable de infringir mi Jussticia…

Los dientes de Dredd chirriaron.

—Hablas demasiado, perro.

Intentó abatirlo. Su oponente se movió con diabólica rapidez y le propinó un manotazo que le arrancó la pistola de la diestra. Ambos rodaron por el suelo, destrozando una mesa de cristal.

El aliento nauseabundo de su enemigo invadió sus fosas nasales. Fragmentos de vidrio se le incrustaron en la espalda, mientras el frío de la Otra Dimensión se filtraba hasta lo más profundo de sus entrañas.

Dredd contuvo el aliento, desenfundó el puñal oculto en la bota y lo hundió entre las mandíbulas cortantes. Muerte se tambaleó. El fuego lo desorientaba, inmune al dolor, ajeno al sufrimiento.

Dredd aprovechó la oportunidad.

Alzó las piernas y pateó el rostro de su adversario. La rejilla del casco se aplastó contra la nariz del Juez Oscuro. Acto seguido, enlazó tres golpes letales: talonazo en la rodilla, gancho en el vientre y puñetazo en la mandíbula.

Muerte retrocedió, furioso, los puños crispados. Un gruñido animal escapó de sus labios putrefactos.

—¡Pagarass tusss crimeness!

Dredd recuperó el arma.

—Granada.

El impacto fue devastador. Muerte atravesó la pared; su cuerpo estalló contra el pasillo, abriendo un boquete. Pedazos de yeso llovieron sobre su figura.

Dredd se volvió, cruzó el fuego y agarró a Reed por la camisa.

—No intente resistirse a la Ley, ciudadano.

Reed tartamudeó:

—Muerte me obligó a tenderle una trampa, señor…

Dredd no tenía tiempo para escucharlo. A empujones, sacó a Reed del apartamento, esquivando las llamas en el último segundo. Luego lo lanzó a un lado y buscó a Muerte con el Legislador en alto.

Había desaparecido.

Tres Jueces aparecieron al fondo del corredor. Dos eran novatos en plena fase de examen. Al ver a Dredd, bajaron las armas. La Juez Hershey tomó la palabra.

—¿Qué ha pasado, JD?

Dredd enfundó la pistola.

—Muerte ha vuelto —replicó—. Ha intentado matarme.

El grupo se agitó.

—Mierda —gruñó Hershey—. Justo lo que nos faltaba.

Dredd preguntó con frialdad:

—¿Qué demonios hacéis aquí?

El humo le irritaba los pulmones.

—Llamaste a Control hace diez minutos, ¿recuerdas?

Su expresión no cambió.

—¿Y por qué habéis subido? —inquirió—. Deberíais estar encerrando al propietario del Chevrolet.

Hershey no ocultó su enojo.

—Pensamos que podías necesitar ayuda.

Dredd no le prestó atención. Se volvió hacia Reed.

—Levántese.

El hombre obedeció.

—Gracias por salvarme, su señoría.

El tono de Dredd fue metálico.

—Le ha tocado el quince, amigo.

Reed palideció.

—¿Quince años? —gimió—. ¿Por qué?

La imponente figura del Juez se alzó sobre él.

—Código 145: colaboración con un criminal. ¿Cómo se declara?

Reed no dudó.

—Inocente.

Dredd esbozó una sonrisa gélida.

—Sabía que diría eso.

Hizo una seña a los novatos.

—Lleváoslo.


UNDERCITY

 

Dredd se detuvo en la curva de la autopista abandonada. Un carraspeo sonó a su espalda. Molesto, observó a sus compañeros: el Departamento de Justicia le había asignado como refuerzo al mismo equipo de la jornada anterior.

Apretó los labios. Prefería trabajar solo; sus camaradas eran un estorbo.

Hershey adivinó sus pensamientos.

—¿Disfrutas de la compañía, Dredd?

No se molestó en responder.

—Mantened los ojos bien abiertos —gruñó—. Hay cosas peores que el Juez Muerte en Undercity.

De forma instintiva, acarició la culata del arma y contempló la decadencia que lo rodeaba. Los restos de Times Square se perdían en la oscuridad: calles abandonadas, edificios carcomidos, neones destrozados, vehículos desmantelados y parques moribundos.

Tras la Guerra del Apocalipsis, el Consejo decidió enterrar la antigua Nueva York. Las tasas de delincuencia, desempleo, enfermedades y pobreza habían alcanzado un límite insoportable. Fue preferible hacer borrón y cuenta nueva.

A kilómetros de altura, sobre una gruesa capa de hormigón, Mega-City Uno resplandecía con su caótico esplendor. Nadie recordaba —o quería recordar— que bajo la megalópolis reinaba la entropía: mutantes, criaturas semihumanas, mendigos, ladrones y marginados sociales.

Uno de los novatos preguntó:

—¿Cómo vamos a encontrarlo?

Las palabras de Dredd destilaron veneno.

—Evitando preguntas estúpidas, Armstrong.

El aspirante a Juez enrojeció bajo el casco.

—Armstrong tiene razón —intervino Hershey—. ¿Cómo esperas dar con Muerte, JD?

Dredd masculló:

—Intuición.

Wagner tomó el relevo.

—¿Podría ser más concreto, señor?

El rostro pétreo de Dredd se volvió hacia él.

—Cierre el pico, novato.

Dredd eligió la calle 42. Los faros de la motocicleta iluminaron rascacielos cancerosos mientras cruzaban Times Square y enfilaban Broadway. Sus compañeros lo siguieron en silencio. La fama irascible de Dredd era legendaria en el Departamento; no les quedaba más remedio que obedecer, por poco ortodoxos que fueran sus métodos.

Hershey informó:

—El radar indica movimiento al norte.

Dredd asintió.

—Ya lo sé.

 

Recordó, preocupado, la conversación mantenida con Max Normal en un mugriento callejón del Sector Doce. Confiaba en que la información del carterista fuera verídica.

—Hola, Dredd.

Fue directo al grano.

—Necesito encontrar a Muerte, Max.

Normal se sacudió una mota imaginaria del Versace de cremalleras.

—No será tan fácil.

Dredd lo agarró por las solapas.

—¿Dónde está?

Max levantó las manos.

—Tranquilo, JD. Estás demasiado tenso.

—Si tuvieras un demonio salido del Infierno pegado al culo, también lo estarías.

Normal recuperó la compostura.

—He oído rumores…

—Escúpelos.

—Los mendigos de Undercity están aterrorizados. Hablan de una criatura diabólica, un devorador de almas… ya sabes, chorradas habituales.

—¿Podría ser él?

—Al principio pensé que era una leyenda urbana —admitió—. Pero cuando mencionaste lo de “un demonio salido del Infierno”, recapacité.

Dredd tomó una decisión.

—Undercity es inmensa. ¿Por dónde empiezo?

—Times Square. Es tu mejor opción.

Dredd subió a la Ley Maestra.

—Como me hayas mentido, volveré a buscarte.

—Código 189: engañar a un Juez —sonrió Max—. Cinco años en el Cubo.

Dredd ladeó la cabeza.

—Ahora son diez.

—Suerte, Dredd.

 

No quiso dar explicaciones. Le avergonzaba admitir que había recurrido a un soplón para localizar al Juez Muerte. Al principio, los tres se negaron a descender a las catacumbas de la ciudad; tuvo que recurrir al reglamento para imponer su autoridad.

Los tiempos habían cambiado. Los Jueces de su promoción habían desaparecido hacía años. Ahora las calles estaban llenas de recién licenciados: el caldo de cultivo perfecto para la decadencia de la Orden.

Sacudió la cabeza. Pensamientos inútiles.

La misión ordenada por el Juez Supremo era prioritaria.

Al doblar la esquina, una visión de pesadilla le oprimió el pecho.

Un centenar de cadáveres yacían en el suelo, inertes, con los rostros congelados en expresiones de terror absoluto. Habían sido ejecutados de la forma más atroz imaginable.

Una oleada de rabia recorrió a Dredd. Mataría a Muerte, costara lo que costara. Aquello era personal.

Hershey frenó la motocicleta.

—Drokk… —susurró—. Muerte ha perdido la cabeza.

—Vigilad vuestra espalda —ordenó Dredd—. Puede estar en cualquier parte.

Examinó los cuerpos sin emoción. Eran los desechos que vivían bajo Mega-City Uno. Nadie los echaría de menos. El Juez Oscuro había hecho una limpieza eficiente.

La Ley Maestra anunció:

—Enemigo localizado a doscientos metros.

El cuarteto avanzó y abrió fuego con ametralladoras pesadas. Muerte saltó desde un apartamento vacío, esquivando los proyectiles de plasma. Las detonaciones destrozaron la fachada.

He venido a traer la Ley a esta ciudad —susurró—. La Ley de la Muerte…

—¡No permitáis que os toque! —gritó Dredd.

Demasiado tarde.

La mano de Muerte atravesó el pecho de Armstrong, arrancándole la vida con horripilante satisfacción.

—¡No podráss evitar mi Justicia, Dreddd!

Dredd descolgó el arma suministrada por la Unidad de Defensa Psíquica.

—¡Cubridme! ¡Lo enviaré al Infierno!

Las balas incendiarias levantaron un muro de fuego alrededor de Muerte.

—¡No podéiss matar lo que no tiene vidda!

Dredd disparó. Una esfera plateada emergió del cañón y abrió un portal hacia la Otra Dimensión.

—¡Salid de ahí! ¡Ahora!

La fuerza del vórtice los arrastró. Hershey perdió el equilibrio y fue lanzada contra el asfalto.

—¡JD! ¡Ayúdame!

Wagner salió despedido de la motocicleta y cayó a los pies del Juez Oscuro. Su grito fue su epitafio.

Dredd sacó el Legislador. Tenía una sola oportunidad.

—Granada.

La explosión lanzó a Muerte dentro del portal. Su figura se disolvió lentamente en la oscuridad.

—¡Volveré parrra juzgarte, Dredd!…

Un último disparo selló la grieta dimensional. El hedor a azufre flotó unos segundos antes de disiparse.

La Ley había vencido.

Dredd ayudó a Hershey a incorporarse.

—Todo ha terminado.

Ella miró los cuerpos de los novatos.

—Una pena. Ni siquiera se habían graduado.

—Sabían a lo que se atenían —replicó—. Han muerto por una causa justa.

Hershey se colocó el casco.

—Nunca te ha importado la suerte de los demás, ¿verdad?

Dredd enfundó el arma.

—Solo me importa la Ley.