Sex Sodio Sullivan es una banda
canaria que mezcla rock alternativo, electrónica y pop con una identidad muy
marcada. En su último trabajo, La vida es un videojuego, combinan nuevas
texturas sonoras con una mirada crítica y personal sobre el presente
Habéis pasado de un rock más
crudo a coquetear con la electrónica y ahora a un sonido más pop con carga
social. ¿Vivís cada disco como una ruptura con el anterior o más bien como una
evolución natural?
Hay una parte de evolución natural,
pero también hay mucha intención cuando empezamos un disco nuevo. Normalmente
partimos de lo que ya sabemos hacer y de lo que funciona entre nosotros, pero
intentamos no quedarnos ahí. Nos interesa cambiar herramientas, la forma de
grabar o la manera de componer para ponernos en situaciones que no controlamos
del todo. Tener algo dominado te da un punto de apoyo, pero lo que buscamos es
llevar las canciones a terrenos donde no hemos estado antes. Al final, cada
disco suena distinto porque planteamos el proceso como una prueba nueva cada
vez.
En La vida es un videojuego
habláis de temas sociales a través de una metáfora bastante particular. ¿De
dónde surge esa idea del videojuego para explicar la realidad que vivimos?
Al principio el disco no tenía
que ver con un videojuego, sino con la idea de transformación, como una
metamorfosis: la oruga que pasa a ser mariposa. Con el tiempo empezamos a verlo
como fases o niveles, y apareció la ironía de entenderlo como un juego. El
concepto llegó al final, cuando vimos que resumía todo lo que estaba pasando en
las canciones.
Desde que empezasteis en 2014,
vuestro sonido ha cambiado bastante, pero seguís siendo reconocibles. ¿Qué hace
que una canción vuestra suene siempre a Sex Sodio Sullivan?
Tiene más que ver con la forma de
construir las canciones que con el estilo. La banda existe desde 2014 y, aunque
la formación ha cambiado, hay una manera de escribir y de hacer arreglos que se
mantiene.
En este último trabajo habéis
metido instrumentos acústicos como chelo, mandolina o saxo. ¿Eso ha cambiado
vuestra forma de componer?
Sí, porque cuando aparecen
instrumentos así, la canción pide otro espacio y nos obliga a escuchar más lo
que necesita cada tema, en lugar de repetir siempre la misma estructura.
Vuestro anterior álbum, Tokamak
y Stellarator, tenía un concepto muy marcado. ¿Os sigue interesando
trabajar así?
Este disco se construyó desde
casa, con ordenador, sintes, guitarras y pedales. Las demos estaban muy desarrolladas
antes de entrar al estudio, y luego se regrabó todo buscando un sonido más
cálido. Aunque suena electrónico, hay muchas partes grabadas de forma orgánica,
incluso baterías reales mezcladas con samplers. En el disco nuevo el método fue
parecido, pero con un sonido más orgánico.
Venís de Canarias, ¿cómo ha
influido eso en vuestra música?
Estar en Canarias complica
moverse, pero también nos da libertad para no encajar en una sola escena y
trabajar más por convicción.
Os importa más la identidad que
la perfección. ¿Cómo se traduce eso?
Intentamos que la música siga
siendo humana. No todo tiene que pasar por una fórmula. Cada canción pide su
forma y, a veces, hay que dejar que el error o la intuición formen parte del
resultado.
Después de este disco, ¿qué os
gustaría que sintiera alguien que os escucha por primera vez?
Que hay algo propio, que no es una copia de nada, y que las canciones le generen alguna sensación real.
