Cuando
un americano pierde su ciudadanía, es deportado a la isla de Los Ángeles, de la
que jamás regresa.
Directriz
17
AÑO 2.009
CLEVELAND
Con los labios apretados, Serpiente Plissken examinó la entrada del edificio e ignoró las sirenas de los barcos que surcaban el río Cuyahoga. La fábrica era una construcción rectangular de cuatro plantas con aspecto de búnker. Impaciente, prendió un pitillo de mercado negro y exhaló una bocanada de humo por la nariz: las cosas marchaban según lo previsto. Plissken se volvió a la derecha y su ojo azul contempló a Texas Mike O’Shea con algo parecido al afecto.
—¿Qué
hacemos, viejo? —inquirió con voz susurrante—. ¿Entramos a saco?
El
anciano sonrió y apretó el encendedor del Plymouth del ’94.
—Ten
paciencia, Serpiente —dijo—. Malone aún no ha llegado.
Plissken
mostró desdén.
—No
confío en Robacoches —rezongó—. ¿Por qué te molestas en darle trabajo?
Robacoches
Malone: un ratero de tres al cuarto que nunca había dado un golpe decente en su
vida, otro de tantos perdedores con los que siempre se veía obligado a tratar;
ignoraba por qué no se los quitaba de encima.
Mike
chupó el puro, mordió la punta y lo encendió con el aparato.
—¿Dónde
pillaste este carro?
A
Serpiente no le agradó que cambiara de tema.
—En
Phoenix —replicó—. ¿Tiene importancia?
El
anciano se mostró conciliador.
—Ninguna,
Serpiente.
Plissken
retomó el hilo original de la conversación.
—No
me has contestado, viejo.
O’Shea
suspiró.
—Malone
es un buen tipo —explicó—. No deberías ser tan suspicaz.
Serpiente
gruñó:
—Por
ello continúo con vida.
S.
D. Robert (Bob) Serpiente Plissken: teniente de las Fuerzas Especiales.
Dos Corazones Púrpura concedidos por el presidente de los Estados Unidos.
Luchas en Leningrado y Siberia durante la Tercera Guerra Mundial. Rescató a
otro presidente de la Penitenciaría de Máxima Seguridad de Nueva York en 1997.
Mike
sacó unos planos del bolsillo de la cazadora militar, los extendió sobre sus rodillas huesudas y señaló un punto situado en el centro del mapa.
—Primero
desconectamos la alarma —indicó—. Después entramos por la puerta trasera y noqueamos
a los guardias de seguridad.
Plissken
preguntó:
—¿Cuántos
son?
El
anciano respondió:
—Tres.
Serpiente
enarcó una ceja.
—¿Seguro?
O’Shea
afirmó:
—Seguro,
Serpiente.
—¿Y
las cámaras?
—Malone
se ocupará de ellas.
Plissken
fue sarcástico:
—Estupendo.
El
anciano ignoró su comentario.
—Luego
subimos a la segunda planta, pasamos la zona de cápsulas criogénicas, los
despachos de los jefazos y llegamos a nuestro objetivo: el biochip está en la
cámara de seguridad Omega.
Serpiente
arrojó el cigarro por la ventanilla.
—¿Tan
fácil?
Mike
asintió con calidez:
—Naturalmente.
Plissken
estiró las piernas: 42 años, cabello hasta los hombros, parche en el ojo
izquierdo, barba de una semana, raída chaqueta de cuero marrón, camisilla con
cremalleras, pantalones de camuflaje, botas de combate con hebillas y un Colt 22 LR modificado en el muslo derecho. De ser un héroe de guerra, Serpiente se
había convertido en un mercenario profesional: frío, individualista, descreído,
impasible y de gatillo fácil. En aquel momento era el criminal más buscado de
los Estados Unidos; era culpable de 23 delitos morales, suficientes para
encerrarlo de por vida en la Penitenciaría de Máxima Seguridad de L.A.
Un
vehículo enfiló el muelle con los faros apagados. Plissken acarició la culata
de polímero del arma, preparado para entrar en acción. En aquel desvencijado
Cadillac convertible del 49 podría venir cualquiera; no sería la primera vez
que le tendían una trampa. O’Shea le apretó el brazo.
—Tranquilo,
Serpiente —murmuró—. Es Malone.
El
coche aparcó detrás del Plymouth. Dos hombres bajaron, caminaron en silencio un
corto trecho bajo la fría llovizna y penetraron en la parte trasera. Robacoches
preguntó con aire casual:
—¿Alguna
novedad?
Plissken
lo atravesó con la mirada. Malone era un negro del antiguo Harlem que tenía la
mala costumbre de vestir como un gánster de pacotilla: sombrero de ala ancha,
traje de quinientos dólares, zapatos de piel de cocodrilo, chaleco y tirantes
blancos a juego con la corbata. Serpiente masculló:
—¿Quién
es ese?
Robacoches
Malone efectuó la presentación pertinente.
—Perdona,
Plissken. Te presento a Johnny Smith...
Serpiente
lo cortó en seco.
—¿Qué
coño hace aquí, Robacoches?
O’Shea
intervino:
—Es
de confianza, Serpiente —aclaró—. Lo necesitamos para acceder a Omega.
Aquello
no lo calmó.
—¿Por
qué?
El
anciano continuó:
—Ha
conseguido los códigos de acceso de la cámara. Sin él no podríamos robar el
biochip.
Plissken
se dirigió a Smith:
—¿Cómo
lograste los códigos de Omega, amigo?
Johnny
respondió, nervioso:
—Trabajo
en la fábrica —explicó—. Soy uno de los encargados del departamento de
seguridad.
Serpiente
fue receloso.
—¿Y
por qué vas a vender a tus jefes?
Los
rasgos de Smith se endurecieron.
—Son
unos cabrones —argumentó—. Me pagan una mierda.
La
misma historia de siempre: empleado descontento decide traicionar a su
corporación para ganar unos miles de dólares libres de impuestos. Cuanto más
cambiaban las cosas, más seguían igual.
Malone
se hurgó una encía con un palillo de oro.
—Entonces...
¿seguimos con el plan?
Todos
observaron a Plissken. Este sopesó los pros y los contras. Estaba sin blanca;
si no efectuaba aquel golpe seguiría en la cuneta, malviviendo para llegar a
fin de mes. La idea de cruzar la frontera a México lo seducía: allí estaría a
salvo del gobierno fascistoide que dominaba su país desde hacía décadas. Como
de costumbre, se encontraba entre la espada y la pared: no le quedaban
opciones.
—De
acuerdo —asintió, malhumorado—. Adelante.
Los
cuatro bajaron del vehículo. Mientras se aproximaban a la parte trasera del
edificio, amparados por la oscuridad, Johnny se aproximó a Serpiente.
—Pensaba
que eras un mito, Plissken —comentó con veneración—. Te daba por muerto, tío.
Este
siseó:
—Llámame
Serpiente.
OMEGA
Minutos más tarde, Malone había desconectado las cámaras de seguridad gracias a un pequeño ordenador portátil Toshiba. Aquello superaba su talento; por norma no sabía ni abrir cerraduras con una palanca: allí había gato encerrado. Plissken inquirió:
—¿Cuánto
tiempo tenemos, Robacoches?
Malone
resopló:
—Te
he dicho que no me llames así, Serpiente.
El
tono de Plissken fue tan cortante como una cuchilla de afeitar.
—Te
he preguntado cuánto tiempo, Robacoches —insistió.
Malone
se dio por vencido.
—Veinte
minutos.
Serpiente
no se fiaba de su explicación.
—¿Y
luego qué?
—Las
cámaras volverán a filmar lo que pase en el edificio.
Plissken
dijo con ironía:
—Eres
una maravilla, colega.
Serpiente
desconfiaba de su socio; nunca le había gustado: sus modales afeminados eran
exasperantes, sin contar con su voz ronca y maliciosa, que podía crisparle los
nervios a cualquiera. De no ser por Texas Mike O’Shea, jamás hubiera trabajado
con él: siempre tenía la impresión de que, tarde o temprano, Robacoches
terminaría vendiéndolos para salvar su oscuro pellejo.
El
anciano añadió:
—Nos
quedan diecinueve minutos, caballeros.
Como
siempre, tenían que trabajar a contrarreloj; aquella era la historia de su
vida. Plissken desenfundó la pistola y acarició el cuello de Smith con el
cañón.
—Tú
primero, amigo.
Johnny
tembló.
—Claro,
Serpiente.
Smith
subió unas escaleras, sacó una tarjeta magnética del bolsillo y abrió una
puerta. Rápidamente entraron en la fábrica, recorrieron un pasillo bordeado por
anaqueles metálicos que llegaban hasta el techo y llegaron a la sala de control.
Tres hombres uniformados de azul jugaban al póquer alrededor de una mesa de
acero, ausentes, sin ser conscientes del peligro que corrían. Malone sacó una
Walther CP99 con silenciador y punto rojo de la funda sobaquera.
—Guarda
ese cañón —murmuró Serpiente—. Lo haremos a mi manera.
Plissken
abandonó a sus compañeros, gateó por el suelo y llegó hasta una ventana bajo la
cual se agazapó, la que conectaba con la sala de guardia. Una cápsula de gas
nervioso rodó dentro de la estancia. Los vigilantes se levantaron, espantados,
e intentaron dar la alarma. Fue demasiado tarde: la toxina hizo mella en sus
cuerpos y los derrumbó entre estertores epilépticos; estarían fuera de combate
durante horas. Satisfecho, Serpiente sostuvo la respiración y cerró la ventana:
no quería correr el riesgo de inhalar el gas. Mike le palmeó el hombro.
—Ha
sido una buena jugada, Serpiente —lo felicitó—. ¿Dónde conseguiste las toxinas?
—Siberia
—respondió él con aridez.
Plissken
odiaba hablar del pasado; no tenía sentido rememorar lo que no tenía remedio.
Los años como militar en las Fuerzas Especiales eran una pesada losa de plomo
sobre su conciencia.
O’Shea
no quiso indagar sobre el tema.
—¡Vamos!
—instó a sus compañeros—. ¡Nos quedan quince minutos!
Robacoches
los adelantó con presteza. Serpiente estudió su manera de caminar y descubrió
que Malone llevaba un arma de calibre corto entre las piernas: tomó nota de
aquel detalle por si algún día tendría que utilizarlo a su favor. Con las
linternas encendidas, el grupo ascendió a la segunda planta del edificio, cruzó
un corredor, ignoró el brillo fantasmagórico de las cápsulas criogénicas de las
habitaciones circundantes y llegó a una puerta cerrada. Smith sacó otra tarjeta
del bolsillo y penetraron en el despacho: su objetivo estaba cerca. Malone se
detuvo.
—Yo
esperaré aquí —propuso—. Nunca sabes lo que puede pasar.
Plissken
sopesó la situación: por un lado perdería a Robacoches de vista durante un rato
y, por otro, este podía traicionarlos y esfumarse en caso de que las cosas se
pusieran feas.
—No
te atrevas a jugármela, Robacoches —gruñó, amenazante.
Malone
agitó la mano.
—Descuida,
Plissken.
El
despacho a oscuras estaba ricamente amueblado: mesa de abedul con península,
sillas duras ergonómicas, minibar, ficheros de aluminio y un sillón de piel de
aspecto victorioso. O’Shea descolgó una reproducción de Willem de Kooning de
dos metros de altura, la puso a un lado y aplicó un lector Sony sobre la caja
fuerte empotrada. El aparato chasqueó, seleccionó entre un millar de combinaciones
distintas y enseguida adivinó el código de acceso. Sin detenerse, accedieron a
la cámara Omega y buscaron el biochip en la oscuridad. Johnny alzó una diminuta
caja de cristal con un gesto exultante.
—¡Bingo!
—exclamó—. ¡Lo hemos pillado a la primera!
Serpiente
comentó con acritud:
—No
cantes victoria hasta que nos larguemos, amigo.
El
anciano sonrió.
—No
seas pesimista, Serpiente.
Smith
le dio el biochip a O’Shea. Tenían siete minutos para abandonar el edificio. El
anciano guardó la caja dentro de la cazadora. En ese momento, el ulular de una
alarma rompió el silencio de la madrugada y taladró los tímpanos del grupo.
Plissken gritó:
—¡Mierda!
Mike
salió disparado hacia la salida.
—¡Tenemos
que pirarnos de aquí!
Desde
el exterior llegó el sonido de las sirenas de la Fuerza Policial de los Estados
Unidos. Serpiente amartilló el arma. La pasma estaba rodeando el edificio; la
calle estaría cortada, así que tenían que buscar otras opciones de fuga.
Plissken siguió a O’Shea y a Johnny.
—¡Al
tejado! —ordenó—. ¡Es nuestra única oportunidad!
Al
alcanzar la entrada del despacho, comprobaron que Malone había desaparecido;
los escrúpulos de Serpiente se vieron confirmados.
—¡Joder!
—le dijo al anciano—. ¡Te advertí que ese cabrón no era de fiar!
O’Shea
fue incapaz de responder.
—Como
vuelva a encontrarlo, le volaré la tapa de los sesos, viejo —continuó
Serpiente—. ¡Ni tú ni nadie podrá impedírmelo!
Furioso,
Plissken corrió hacia las escaleras de servicio; no se atrevía a tomar los
ascensores, la bofia podía haberlos desconectado. Sus compañeros siguieron sus
pasos e intentaron darle alcance: su rápida carrera los había dejado atrás.
Tres agentes uniformados con trajes acorazados de policarbono aparecieron al
final del pasillo. Sus ametralladoras automáticas chispearon en la penumbra. Un
cabo se adelantó, burlón, con aire petulante.
—Mirad
a quién tenemos aquí —dijo mordaz—. ¿No es ese Serpiente Plissken?
—En
la tele parecía más alto —chasqueó otro.
Serpiente
evaluó sus posiciones y extendió las piernas con las manos a la altura de las
caderas.
—No
dices nada, ¿eh? —continuó el cabo.
El
tercero rio.
—¡Tiene
que estar cagado de miedo!
Sus
miradas se cruzaron; el olor tenue de la muerte flotó en el ambiente y realzó
la lobreguez de la galería circular. Como una sola persona, sus oponentes
levantaron las armas con expresiones victoriosas. Plissken se ladeó unos
centímetros; el Colt 22 LR apareció en su diestra y descargó un huracán de
plomo. La primera detonación destrozó la mandíbula del cabecilla y lo arrojó
contra el agente situado a su izquierda. Este perdió el equilibrio y su
andanada picoteó la pared. El segundo proyectil abatió al policía de la
derecha, le traspasó el esternón y lo obligó a dar una grotesca vuelta de
campana. La tercera bala abrió la frente del superviviente; el visor del casco
negro se rajó en dos y sus sesos salpicaron el suelo. Impávido, Serpiente
enfundó el arma y desechó el olor de la pólvora que llenaba sus fosas nasales.
—¡Corred!
—chilló mientras recargaba la pistola.
Como
una exhalación, el grupo reanudó la alocada huida y ascendió hacia la azotea.
—¡Acabad
con ellos! —bramó una voz áspera.
Mike
lanzó un gemido de dolor y perdió el equilibrio: un proyectil le había
atravesado la espalda. Plissken lo agarró del brazo, lo obligó a levantarse y
lo arrastró hacia arriba.
—¿Estás
bien? —preguntó con ansiedad.
O’Shea
esbozó un gesto fatigado.
—Las
he recibido peores, Serpiente.
Plissken
sintió la tentación de dejar colgados a sus socios. Una extraña moralidad
invadió su mente: no actuaría como Malone; aún no había caído tan bajo. El
asesinato de William Taylor llenó sus recuerdos: después de robar un millón de
dólares en créditos de la Reserva Federal de Denver, fueron atrapados en la
estación de metro de San Francisco; la FPEU acribilló a su compañero ante su
negativa a rendirse.
Serpiente
animaba a O’Shea.
—Saldremos
de esta, viejo.
Smith
disparó hacia atrás y mantuvo a raya a sus enemigos con una Team Match II. Los
estampidos repiquetearon por el hueco de las escaleras y soltaron chispas al
chocar contra la barandilla. Plissken agachó la cabeza y le reventó la cara a
un policía. Johnny reemplazó el tambor vacío.
—¿Qué
piensas hacer, Serpiente?
No
le quedaba otro remedio que improvisar sobre la marcha.
—¿Está
cerrada la azotea, amigo?
Smith
volvió a abrir fuego sin cesar de avanzar.
—¡Déjalo
de mi cuenta!
O'SHEA
En
pocos segundos llegaron arriba. Plissken cubrió a Johnny mientras este
manipulaba la cerradura. El aire frío de la noche le golpeó el rostro; tenían
el camino libre, una hilera de paneles de energía solar apareció ante su
visión. El grupo irrumpió en el tejado. Smith cerró la entrada de un portazo.
—¡Tendrán
que utilizar un bazuca para echarla abajo!
El
zumbido atronador de un helicóptero llenó sus oídos. Un Boeing AH-64 apareció
por el borde del edificio; el fuselaje blindado del aparato le puso los pelos
de punta. Desde que robó la limusina de J. F. Kennedy en Atlantic City no se
encontraba en una situación como aquella. Un foco iluminó la terraza, el
artillero giró la barbeta móvil y apretó el gatillo de la Chain Gun M230.
Serpiente se arrojó a un lado; las balas de 35 mm lamieron su anatomía y
traspasaron a Texas Mike O’Shea, que salió despedido, escupiendo sus propios
pulmones por la boca. Johnny intentó abatir al artillero: sus disparos
resultaron bajos y rebotaron contra la cabina, sin producirle ningún daño. El
AH-64 remontó vuelo para atacarlos desde lo alto. Plissken temblaba por el
odio; su mirada de cíclope se cruzó con la del piloto: sobreviviría el mejor de
los dos. Una tormenta de fuego barrió el tejado. Serpiente corrió, rodó por el
suelo y se ocultó detrás de un condensador eléctrico: pedazos de metal
salpicaron sus hombros. Por fortuna, sus adversarios no habían utilizado los
misiles anticarro AGM-114 Hellfire; probablemente no querrían arriesgarse a
perder el biochip. Con una sincronización envidiable, Plissken y Smith se
incorporaron, apuntaron al artillero y descargaron sus armas. El soldado se
desplomó hacia delante, lanzó un alarido de dolor, extendió los brazos y aterrizó
sobre el cuarto de ventilación. Serpiente sonrió fríamente: las deudas estaban
saldadas.
—¡Cúbreme!
—indicó a su compañero.
Plissken
se dirigió hacia el cadáver. El vendaval provocado por las aspas del AH-64
estuvo a punto de arrojarlo por los aires. Johnny cumplió sus órdenes y
entretuvo al piloto con sus balazos. Frenético, se inclinó sobre el artillero,
volteó su cuerpo y le arrancó una ristra de granadas del cinturón. El
helicóptero ladeó el morro hacia abajo y levantó la cola; los motores turboeje
T700-GE-701 trepidaron, preparado para aniquilarlos. Serpiente arrancó el
seguro de tres M67 con los dientes, extendió el brazo hacia atrás y lanzó el
cinturón hacia el aparato. Las granadas flotaron en el aire durante un
instante, trazaron una elipse irregular y cayeron en la parte trasera del
Boeing AH-64.
—¡Salta
al río! —exclamó—. ¡Es nuestra única oportunidad!
Smith
dudó, indeciso.
¿Y
qué harás tú, Serpiente?
El
rugido del helicóptero ahogó su pregunta.
—¡Hazlo!
—exhortó—. ¡No te preocupes por mí!
El
aparato estalló en mil pedazos; la onda expansiva lo levantó del suelo y lo impulsó a
cinco metros de distancia. Su físico rebotó contra un muro; el impacto le
arrancó un grito antes de que se desplomara de bruces. Plissken sacudió la
cabeza e ignoró el dolor de su costado. Debía tener alguna costilla rota;
esperaba que no le hubiera traspasado el pulmón. Las llamas se elevaban a su
alrededor y desdibujaban la azotea, llena de escombros calcinados. El hedor de
la gasolina quemada le hizo reprimir una arcada. Con el ojo enrojecido por el
humo, reptó entre los restos del AH-64 y se acercó al cuerpo lacerado de Texas
Mike O’Shea. Una sensación de tristeza lo invadió: el anciano fue un buen
camarada, no merecía una muerte tan miserable. Serpiente apartó sus remordimientos,
registró los bolsillos de su socio y recuperó el biochip: era un milagro que
estuviera intacto. Después, a trompicones, se arrastró hasta el final del
edificio: Johnny Smith era un punto negro en la distancia que nadaba entre las
aguas espumosas del río.
SMITH
Horas más tarde, la Fuerza Policial de los Estados Unidos había abandonado la fábrica y buscaba a los fugitivos por toda la ciudad. La luz mortecina del amanecer iluminó a ambos criminales. Exhausto, Plissken se levantó la camisa y observó la herida de su vientre: sumaría otra cicatriz a las demás. Sentado en su precario refugio, las rocas le hacían daño en la espalda magullada. Smith le pasó una petaca de whisky.
—¿Cómo
te encuentras, Serpiente?
El
ardiente licor le abrasó la garganta.
—Sobreviviré.
Serpiente
estrechó la chaqueta alrededor de sus hombros enjutos; el chapuzón en las aguas
del Cuyahoga le estaba pasando factura. Tiritaba sin poder evitarlo.
Johnny
preguntó con interés:
—¿Y
el biochip?
Plissken
mintió:
—No
lo sé.
La
desconfianza era la mejor actitud que podía asumir; gracias a ella conservaba
el pellejo. En caso contrario, habría muerto hacía siglos.
Su
compañero levantó la Team Match II.
—¡Mientes!
Los
contornos del embarcadero parecieron cernirse sobre su figura. Serpiente sintió
un escalofrío de aprensión. El rostro afable de Smith se había convertido en
una máscara de dureza: estaba dispuesto a mandarlo al otro barrio para
conseguir lo que deseaba. Todo había sido un papel desde el principio.
Este intentó ganar tiempo.
—El
viejo tenía el biochip, no yo.
—¡Y
una mierda! —farfulló Johnny—. ¡Sé que lo cogiste cuando me arrojé al río!
Plissken
buscó el puñal que guardaba escondido en la bota con dedos temblorosos.
—Te
equivocas, gilipollas.
El
índice de Smith se crispó sobre el gatillo.
—¡Estás
agotando mi paciencia, Serpiente!
Como
podía comprobar, la gente era una porquería: cada uno velaba por sus propios
intereses. Nadie merecía su lealtad. Para subsistir debía ser cruel e implacable:
un reptil que se arrastrara sin llamar la atención entre la raza humana.
Plissken
aferró el pomo del arma y proyectó el puñal hacia su antiguo socio. Johnny
vibró, sorprendido, con la hoja clavada en el corazón hasta la empuñadura. Sus
ojos se tornaron vidriosos y la pistola chocó contra el suelo.
Serpiente masculló:
—Llámame
Plissken.
