lunes, octubre 27, 2025

FANFICTION — SERPIENTE PLISSKEN: «ASALTO EN CLEVELAND», PUBLICADO EN PORTAL CIENCIA Y FICCIÓN

Cuando un americano pierde su ciudadanía, es deportado a la isla de Los Ángeles, de la que jamás regresa.

Directriz 17

 

AÑO 2.009

CLEVELAND

Con los labios apretados, Serpiente Plissken examinó la entrada del edificio e ignoró las sirenas de los barcos que surcaban el río Cuyahoga. La fábrica era una construcción rectangular de cuatro plantas con aspecto de búnker. Impaciente, prendió un pitillo de mercado negro y exhaló una bocanada de humo por la nariz: las cosas marchaban según lo previsto. Plissken se volvió a la derecha y su ojo azul contempló a Texas Mike O’Shea con algo parecido al afecto.

—¿Qué hacemos, viejo? —inquirió con voz susurrante—. ¿Entramos a saco?

El anciano sonrió y apretó el encendedor del Plymouth del ’94.

—Ten paciencia, Serpiente —dijo—. Malone aún no ha llegado.

Plissken mostró desdén.

—No confío en Robacoches —rezongó—. ¿Por qué te molestas en darle trabajo?

Robacoches Malone: un ratero de tres al cuarto que nunca había dado un golpe decente en su vida, otro de tantos perdedores con los que siempre se veía obligado a tratar; ignoraba por qué no se los quitaba de encima.

Mike chupó el puro, mordió la punta y lo encendió con el aparato.

—¿Dónde pillaste este carro?

A Serpiente no le agradó que cambiara de tema.

—En Phoenix —replicó—. ¿Tiene importancia?

El anciano se mostró conciliador.

—Ninguna, Serpiente.

Plissken retomó el hilo original de la conversación.

—No me has contestado, viejo.

O’Shea suspiró.

—Malone es un buen tipo —explicó—. No deberías ser tan suspicaz.

Serpiente gruñó:

—Por ello continúo con vida.

S. D. Robert (Bob) Serpiente Plissken: teniente de las Fuerzas Especiales. Dos Corazones Púrpura concedidos por el presidente de los Estados Unidos. Luchas en Leningrado y Siberia durante la Tercera Guerra Mundial. Rescató a otro presidente de la Penitenciaría de Máxima Seguridad de Nueva York en 1997.

Mike sacó unos planos del bolsillo de la cazadora militar, los extendió sobre sus rodillas huesudas y señaló un punto situado en el centro del mapa.

—Primero desconectamos la alarma —indicó—. Después entramos por la puerta trasera y noqueamos a los guardias de seguridad.

Plissken preguntó:

—¿Cuántos son?

El anciano respondió:

—Tres.

Serpiente enarcó una ceja.

—¿Seguro?

O’Shea afirmó:

—Seguro, Serpiente.

—¿Y las cámaras?

—Malone se ocupará de ellas.

Plissken fue sarcástico:

—Estupendo.

El anciano ignoró su comentario.

—Luego subimos a la segunda planta, pasamos la zona de cápsulas criogénicas, los despachos de los jefazos y llegamos a nuestro objetivo: el biochip está en la cámara de seguridad Omega.

Serpiente arrojó el cigarro por la ventanilla.

—¿Tan fácil?

Mike asintió con calidez:

—Naturalmente.

Plissken estiró las piernas: 42 años, cabello hasta los hombros, parche en el ojo izquierdo, barba de una semana, raída chaqueta de cuero marrón, camisilla con cremalleras, pantalones de camuflaje, botas de combate con hebillas y un Colt 22 LR modificado en el muslo derecho. De ser un héroe de guerra, Serpiente se había convertido en un mercenario profesional: frío, individualista, descreído, impasible y de gatillo fácil. En aquel momento era el criminal más buscado de los Estados Unidos; era culpable de 23 delitos morales, suficientes para encerrarlo de por vida en la Penitenciaría de Máxima Seguridad de L.A.

Un vehículo enfiló el muelle con los faros apagados. Plissken acarició la culata de polímero del arma, preparado para entrar en acción. En aquel desvencijado Cadillac convertible del 49 podría venir cualquiera; no sería la primera vez que le tendían una trampa. O’Shea le apretó el brazo.

—Tranquilo, Serpiente —murmuró—. Es Malone.

El coche aparcó detrás del Plymouth. Dos hombres bajaron, caminaron en silencio un corto trecho bajo la fría llovizna y penetraron en la parte trasera. Robacoches preguntó con aire casual:

—¿Alguna novedad?

Plissken lo atravesó con la mirada. Malone era un negro del antiguo Harlem que tenía la mala costumbre de vestir como un gánster de pacotilla: sombrero de ala ancha, traje de quinientos dólares, zapatos de piel de cocodrilo, chaleco y tirantes blancos a juego con la corbata. Serpiente masculló:

—¿Quién es ese?

Robacoches Malone efectuó la presentación pertinente.

—Perdona, Plissken. Te presento a Johnny Smith...

Serpiente lo cortó en seco.

—¿Qué coño hace aquí, Robacoches?

O’Shea intervino:

—Es de confianza, Serpiente —aclaró—. Lo necesitamos para acceder a Omega.

Aquello no lo calmó.

—¿Por qué?

El anciano continuó:

—Ha conseguido los códigos de acceso de la cámara. Sin él no podríamos robar el biochip.

Plissken se dirigió a Smith:

—¿Cómo lograste los códigos de Omega, amigo?

Johnny respondió, nervioso:

—Trabajo en la fábrica —explicó—. Soy uno de los encargados del departamento de seguridad.

Serpiente fue receloso.

—¿Y por qué vas a vender a tus jefes?

Los rasgos de Smith se endurecieron.

—Son unos cabrones —argumentó—. Me pagan una mierda.

La misma historia de siempre: empleado descontento decide traicionar a su corporación para ganar unos miles de dólares libres de impuestos. Cuanto más cambiaban las cosas, más seguían igual.

Malone se hurgó una encía con un palillo de oro.

—Entonces... ¿seguimos con el plan?

Todos observaron a Plissken. Este sopesó los pros y los contras. Estaba sin blanca; si no efectuaba aquel golpe seguiría en la cuneta, malviviendo para llegar a fin de mes. La idea de cruzar la frontera a México lo seducía: allí estaría a salvo del gobierno fascistoide que dominaba su país desde hacía décadas. Como de costumbre, se encontraba entre la espada y la pared: no le quedaban opciones.

—De acuerdo —asintió, malhumorado—. Adelante.

Los cuatro bajaron del vehículo. Mientras se aproximaban a la parte trasera del edificio, amparados por la oscuridad, Johnny se aproximó a Serpiente.

—Pensaba que eras un mito, Plissken —comentó con veneración—. Te daba por muerto, tío.

Este siseó:

—Llámame Serpiente.


OMEGA

Minutos más tarde, Malone había desconectado las cámaras de seguridad gracias a un pequeño ordenador portátil Toshiba. Aquello superaba su talento; por norma no sabía ni abrir cerraduras con una palanca: allí había gato encerrado. Plissken inquirió:

—¿Cuánto tiempo tenemos, Robacoches?

Malone resopló:

—Te he dicho que no me llames así, Serpiente.

El tono de Plissken fue tan cortante como una cuchilla de afeitar.

—Te he preguntado cuánto tiempo, Robacoches —insistió.

Malone se dio por vencido.

—Veinte minutos.

Serpiente no se fiaba de su explicación.

—¿Y luego qué?

—Las cámaras volverán a filmar lo que pase en el edificio.

Plissken dijo con ironía:

—Eres una maravilla, colega.

Serpiente desconfiaba de su socio; nunca le había gustado: sus modales afeminados eran exasperantes, sin contar con su voz ronca y maliciosa, que podía crisparle los nervios a cualquiera. De no ser por Texas Mike O’Shea, jamás hubiera trabajado con él: siempre tenía la impresión de que, tarde o temprano, Robacoches terminaría vendiéndolos para salvar su oscuro pellejo.

El anciano añadió:

—Nos quedan diecinueve minutos, caballeros.

Como siempre, tenían que trabajar a contrarreloj; aquella era la historia de su vida. Plissken desenfundó la pistola y acarició el cuello de Smith con el cañón.

—Tú primero, amigo.

Johnny tembló.

—Claro, Serpiente.

Smith subió unas escaleras, sacó una tarjeta magnética del bolsillo y abrió una puerta. Rápidamente entraron en la fábrica, recorrieron un pasillo bordeado por anaqueles metálicos que llegaban hasta el techo y llegaron a la sala de control. Tres hombres uniformados de azul jugaban al póquer alrededor de una mesa de acero, ausentes, sin ser conscientes del peligro que corrían. Malone sacó una Walther CP99 con silenciador y punto rojo de la funda sobaquera.

—Guarda ese cañón —murmuró Serpiente—. Lo haremos a mi manera.

Plissken abandonó a sus compañeros, gateó por el suelo y llegó hasta una ventana bajo la cual se agazapó, la que conectaba con la sala de guardia. Una cápsula de gas nervioso rodó dentro de la estancia. Los vigilantes se levantaron, espantados, e intentaron dar la alarma. Fue demasiado tarde: la toxina hizo mella en sus cuerpos y los derrumbó entre estertores epilépticos; estarían fuera de combate durante horas. Satisfecho, Serpiente sostuvo la respiración y cerró la ventana: no quería correr el riesgo de inhalar el gas. Mike le palmeó el hombro.

—Ha sido una buena jugada, Serpiente —lo felicitó—. ¿Dónde conseguiste las toxinas?

—Siberia —respondió él con aridez.

Plissken odiaba hablar del pasado; no tenía sentido rememorar lo que no tenía remedio. Los años como militar en las Fuerzas Especiales eran una pesada losa de plomo sobre su conciencia.

O’Shea no quiso indagar sobre el tema.

—¡Vamos! —instó a sus compañeros—. ¡Nos quedan quince minutos!

Robacoches los adelantó con presteza. Serpiente estudió su manera de caminar y descubrió que Malone llevaba un arma de calibre corto entre las piernas: tomó nota de aquel detalle por si algún día tendría que utilizarlo a su favor. Con las linternas encendidas, el grupo ascendió a la segunda planta del edificio, cruzó un corredor, ignoró el brillo fantasmagórico de las cápsulas criogénicas de las habitaciones circundantes y llegó a una puerta cerrada. Smith sacó otra tarjeta del bolsillo y penetraron en el despacho: su objetivo estaba cerca. Malone se detuvo.

—Yo esperaré aquí —propuso—. Nunca sabes lo que puede pasar.

Plissken sopesó la situación: por un lado perdería a Robacoches de vista durante un rato y, por otro, este podía traicionarlos y esfumarse en caso de que las cosas se pusieran feas.

—No te atrevas a jugármela, Robacoches —gruñó, amenazante.

Malone agitó la mano.

—Descuida, Plissken.

El despacho a oscuras estaba ricamente amueblado: mesa de abedul con península, sillas duras ergonómicas, minibar, ficheros de aluminio y un sillón de piel de aspecto victorioso. O’Shea descolgó una reproducción de Willem de Kooning de dos metros de altura, la puso a un lado y aplicó un lector Sony sobre la caja fuerte empotrada. El aparato chasqueó, seleccionó entre un millar de combinaciones distintas y enseguida adivinó el código de acceso. Sin detenerse, accedieron a la cámara Omega y buscaron el biochip en la oscuridad. Johnny alzó una diminuta caja de cristal con un gesto exultante.

—¡Bingo! —exclamó—. ¡Lo hemos pillado a la primera!

Serpiente comentó con acritud:

—No cantes victoria hasta que nos larguemos, amigo.

El anciano sonrió.

—No seas pesimista, Serpiente.

Smith le dio el biochip a O’Shea. Tenían siete minutos para abandonar el edificio. El anciano guardó la caja dentro de la cazadora. En ese momento, el ulular de una alarma rompió el silencio de la madrugada y taladró los tímpanos del grupo. Plissken gritó:

—¡Mierda!

Mike salió disparado hacia la salida.

—¡Tenemos que pirarnos de aquí!

Desde el exterior llegó el sonido de las sirenas de la Fuerza Policial de los Estados Unidos. Serpiente amartilló el arma. La pasma estaba rodeando el edificio; la calle estaría cortada, así que tenían que buscar otras opciones de fuga. Plissken siguió a O’Shea y a Johnny.

—¡Al tejado! —ordenó—. ¡Es nuestra única oportunidad!

Al alcanzar la entrada del despacho, comprobaron que Malone había desaparecido; los escrúpulos de Serpiente se vieron confirmados.

—¡Joder! —le dijo al anciano—. ¡Te advertí que ese cabrón no era de fiar!

O’Shea fue incapaz de responder.

—Como vuelva a encontrarlo, le volaré la tapa de los sesos, viejo —continuó Serpiente—. ¡Ni tú ni nadie podrá impedírmelo!

Furioso, Plissken corrió hacia las escaleras de servicio; no se atrevía a tomar los ascensores, la bofia podía haberlos desconectado. Sus compañeros siguieron sus pasos e intentaron darle alcance: su rápida carrera los había dejado atrás. Tres agentes uniformados con trajes acorazados de policarbono aparecieron al final del pasillo. Sus ametralladoras automáticas chispearon en la penumbra. Un cabo se adelantó, burlón, con aire petulante.

—Mirad a quién tenemos aquí —dijo mordaz—. ¿No es ese Serpiente Plissken?

—En la tele parecía más alto —chasqueó otro.

Serpiente evaluó sus posiciones y extendió las piernas con las manos a la altura de las caderas.

—No dices nada, ¿eh? —continuó el cabo.

El tercero rio.

—¡Tiene que estar cagado de miedo!

Sus miradas se cruzaron; el olor tenue de la muerte flotó en el ambiente y realzó la lobreguez de la galería circular. Como una sola persona, sus oponentes levantaron las armas con expresiones victoriosas. Plissken se ladeó unos centímetros; el Colt 22 LR apareció en su diestra y descargó un huracán de plomo. La primera detonación destrozó la mandíbula del cabecilla y lo arrojó contra el agente situado a su izquierda. Este perdió el equilibrio y su andanada picoteó la pared. El segundo proyectil abatió al policía de la derecha, le traspasó el esternón y lo obligó a dar una grotesca vuelta de campana. La tercera bala abrió la frente del superviviente; el visor del casco negro se rajó en dos y sus sesos salpicaron el suelo. Impávido, Serpiente enfundó el arma y desechó el olor de la pólvora que llenaba sus fosas nasales.

—¡Corred! —chilló mientras recargaba la pistola.

Como una exhalación, el grupo reanudó la alocada huida y ascendió hacia la azotea.

—¡Acabad con ellos! —bramó una voz áspera.

Mike lanzó un gemido de dolor y perdió el equilibrio: un proyectil le había atravesado la espalda. Plissken lo agarró del brazo, lo obligó a levantarse y lo arrastró hacia arriba.

—¿Estás bien? —preguntó con ansiedad.

O’Shea esbozó un gesto fatigado.

—Las he recibido peores, Serpiente.

Plissken sintió la tentación de dejar colgados a sus socios. Una extraña moralidad invadió su mente: no actuaría como Malone; aún no había caído tan bajo. El asesinato de William Taylor llenó sus recuerdos: después de robar un millón de dólares en créditos de la Reserva Federal de Denver, fueron atrapados en la estación de metro de San Francisco; la FPEU acribilló a su compañero ante su negativa a rendirse.

Serpiente animaba a O’Shea.

—Saldremos de esta, viejo.

Smith disparó hacia atrás y mantuvo a raya a sus enemigos con una Team Match II. Los estampidos repiquetearon por el hueco de las escaleras y soltaron chispas al chocar contra la barandilla. Plissken agachó la cabeza y le reventó la cara a un policía. Johnny reemplazó el tambor vacío.

—¿Qué piensas hacer, Serpiente?

No le quedaba otro remedio que improvisar sobre la marcha.

—¿Está cerrada la azotea, amigo?

Smith volvió a abrir fuego sin cesar de avanzar.

—¡Déjalo de mi cuenta!


O'SHEA

En pocos segundos llegaron arriba. Plissken cubrió a Johnny mientras este manipulaba la cerradura. El aire frío de la noche le golpeó el rostro; tenían el camino libre, una hilera de paneles de energía solar apareció ante su visión. El grupo irrumpió en el tejado. Smith cerró la entrada de un portazo.

—¡Tendrán que utilizar un bazuca para echarla abajo!

El zumbido atronador de un helicóptero llenó sus oídos. Un Boeing AH-64 apareció por el borde del edificio; el fuselaje blindado del aparato le puso los pelos de punta. Desde que robó la limusina de J. F. Kennedy en Atlantic City no se encontraba en una situación como aquella. Un foco iluminó la terraza, el artillero giró la barbeta móvil y apretó el gatillo de la Chain Gun M230. Serpiente se arrojó a un lado; las balas de 35 mm lamieron su anatomía y traspasaron a Texas Mike O’Shea, que salió despedido, escupiendo sus propios pulmones por la boca. Johnny intentó abatir al artillero: sus disparos resultaron bajos y rebotaron contra la cabina, sin producirle ningún daño. El AH-64 remontó vuelo para atacarlos desde lo alto. Plissken temblaba por el odio; su mirada de cíclope se cruzó con la del piloto: sobreviviría el mejor de los dos. Una tormenta de fuego barrió el tejado. Serpiente corrió, rodó por el suelo y se ocultó detrás de un condensador eléctrico: pedazos de metal salpicaron sus hombros. Por fortuna, sus adversarios no habían utilizado los misiles anticarro AGM-114 Hellfire; probablemente no querrían arriesgarse a perder el biochip. Con una sincronización envidiable, Plissken y Smith se incorporaron, apuntaron al artillero y descargaron sus armas. El soldado se desplomó hacia delante, lanzó un alarido de dolor, extendió los brazos y aterrizó sobre el cuarto de ventilación. Serpiente sonrió fríamente: las deudas estaban saldadas.

—¡Cúbreme! —indicó a su compañero.

Plissken se dirigió hacia el cadáver. El vendaval provocado por las aspas del AH-64 estuvo a punto de arrojarlo por los aires. Johnny cumplió sus órdenes y entretuvo al piloto con sus balazos. Frenético, se inclinó sobre el artillero, volteó su cuerpo y le arrancó una ristra de granadas del cinturón. El helicóptero ladeó el morro hacia abajo y levantó la cola; los motores turboeje T700-GE-701 trepidaron, preparado para aniquilarlos. Serpiente arrancó el seguro de tres M67 con los dientes, extendió el brazo hacia atrás y lanzó el cinturón hacia el aparato. Las granadas flotaron en el aire durante un instante, trazaron una elipse irregular y cayeron en la parte trasera del Boeing AH-64.

—¡Salta al río! —exclamó—. ¡Es nuestra única oportunidad!

Smith dudó, indeciso.

¿Y qué harás tú, Serpiente?

El rugido del helicóptero ahogó su pregunta.

—¡Hazlo! —exhortó—. ¡No te preocupes por mí!

El aparato estalló en mil pedazos; la onda expansiva lo levantó del suelo y lo impulsó a cinco metros de distancia. Su físico rebotó contra un muro; el impacto le arrancó un grito antes de que se desplomara de bruces. Plissken sacudió la cabeza e ignoró el dolor de su costado. Debía tener alguna costilla rota; esperaba que no le hubiera traspasado el pulmón. Las llamas se elevaban a su alrededor y desdibujaban la azotea, llena de escombros calcinados. El hedor de la gasolina quemada le hizo reprimir una arcada. Con el ojo enrojecido por el humo, reptó entre los restos del AH-64 y se acercó al cuerpo lacerado de Texas Mike O’Shea. Una sensación de tristeza lo invadió: el anciano fue un buen camarada, no merecía una muerte tan miserable. Serpiente apartó sus remordimientos, registró los bolsillos de su socio y recuperó el biochip: era un milagro que estuviera intacto. Después, a trompicones, se arrastró hasta el final del edificio: Johnny Smith era un punto negro en la distancia que nadaba entre las aguas espumosas del río.

 

SMITH

Horas más tarde, la Fuerza Policial de los Estados Unidos había abandonado la fábrica y buscaba a los fugitivos por toda la ciudad. La luz mortecina del amanecer iluminó a ambos criminales. Exhausto, Plissken se levantó la camisa y observó la herida de su vientre: sumaría otra cicatriz a las demás. Sentado en su precario refugio, las rocas le hacían daño en la espalda magullada. Smith le pasó una petaca de whisky.

—¿Cómo te encuentras, Serpiente?

El ardiente licor le abrasó la garganta.

—Sobreviviré.

Serpiente estrechó la chaqueta alrededor de sus hombros enjutos; el chapuzón en las aguas del Cuyahoga le estaba pasando factura. Tiritaba sin poder evitarlo.

Johnny preguntó con interés:

—¿Y el biochip?

Plissken mintió:

—No lo sé.

La desconfianza era la mejor actitud que podía asumir; gracias a ella conservaba el pellejo. En caso contrario, habría muerto hacía siglos.

Su compañero levantó la Team Match II.

—¡Mientes!

Los contornos del embarcadero parecieron cernirse sobre su figura. Serpiente sintió un escalofrío de aprensión. El rostro afable de Smith se había convertido en una máscara de dureza: estaba dispuesto a mandarlo al otro barrio para conseguir lo que deseaba. Todo había sido un papel desde el principio. Este intentó ganar tiempo.

—El viejo tenía el biochip, no yo.

—¡Y una mierda! —farfulló Johnny—. ¡Sé que lo cogiste cuando me arrojé al río!

Plissken buscó el puñal que guardaba escondido en la bota con dedos temblorosos.

—Te equivocas, gilipollas.

El índice de Smith se crispó sobre el gatillo.

—¡Estás agotando mi paciencia, Serpiente!

Como podía comprobar, la gente era una porquería: cada uno velaba por sus propios intereses. Nadie merecía su lealtad. Para subsistir debía ser cruel e implacable: un reptil que se arrastrara sin llamar la atención entre la raza humana.

Plissken aferró el pomo del arma y proyectó el puñal hacia su antiguo socio. Johnny vibró, sorprendido, con la hoja clavada en el corazón hasta la empuñadura. Sus ojos se tornaron vidriosos y la pistola chocó contra el suelo.

Serpiente masculló:

—Llámame Plissken.