Corporación
Schneider
Cuartel
general
Los
Ángeles, California
08:30
horas
Molesto,
Stark cruzó las piernas. Vestía un ajustado mono gris de la Orden de los Centinelas,
con el logotipo de la Schneider grabado a la altura del hombro izquierdo y del
corazón: el ojo humano impreso sobre una mano metálica. En su rostro afeitado
destellaba una mirada impasible. Deseaba encender un cigarrillo, pero pensó que
no sería buena idea reunirse con su superior oliendo a tabaco; era su primera
entrevista con el comandante Aries y quería causarle una impresión positiva.
Al
fondo de la estancia, un secretario trabajaba delante de un equipo Hitachi.
Apenas le había prestado atención desde que llegó.
El
Cuerpo está repleto de burócratas, meditó mientras
observaba las insignias de sargento, con ribetes negros y plateados, que
llevaba el oficinista en el cuello. Aquí tenemos a un calientasillas que no
verá la primera línea jamás.
Comprobó
la hora: llevaba cuarenta minutos esperando. Impaciente, se aproximó a los
ventanales panorámicos de fibra de vidrio y observó el exterior. Los Ángeles
era una mixtura de cenizas en suspensión, rascacielos de acero y cristal,
vehículos aéreos y publicidad incesante. La imagen caótica de la megalópolis
exacerbó su nerviosismo: por fin habían decidido asignarle una operación de
exterminio.
A
medio kilómetro de distancia, el tránsito matutino se aglomeraba formando
nutridas columnas suspendidas en el vacío. Por primera vez en meses, había
dejado de llover. La oleada de calor que golpeó la ciudad dejó un balance de
quinientos treinta muertos.
Stark
unió las manos detrás de la espalda: estaba listo para afrontar lo que hiciera
falta. Durante los dos últimos años, en la Academia Militar de Berlín, había
soportado una dura instrucción; había llevado su cuerpo y su mente hasta
límites sobrehumanos y aprendido a manejar toda clase de armas y vehículos.
Aquella era la oportunidad de demostrar su valía.
Aunque
solo fuera un soldado de primera clase, el galón individual que llevaba en el
pecho le había costado sudor y sangre. En su fuero interno, le enorgullecía
haber sido uno de los pocos cadetes de su promoción que logró graduarse con las
máximas notas. Que el comandante en jefe de la OC hubiese decidido
entrevistarlo le auguraba un futuro prometedor.
El
secretario levantó la cabeza y anunció:
—El
comandante Aries lo está esperando, soldado.
El
alemán se mostró correcto: los suboficiales como aquel solían ser bastante puntillosos
con la disciplina.
—Gracias,
señor.
El
oficinista no respondió. Stark se dirigió al despacho con la espalda erguida.
Al llegar, la puerta se deslizó hacia la izquierda, permitiéndole el paso.
La
atmósfera del interior le erizó el vello de la nuca: de la estancia emanaba una
frialdad sin límites. De un rápido vistazo analizó las paredes forradas con
paneles de madera, los muebles de nogal, la vitrina con armas antiguas, los
sillones tapizados en cuero negro, la moqueta color ceniza y las amplias persianas
de aluminio entornadas. Aquel lugar no era agradable en absoluto.
Detrás
del escritorio, encuadrado por las banderas de Alemania y Estados Unidos, su
superior estudiaba una pantalla de veinte pulgadas de Sony. Aries era un
individuo de unos cincuenta años, de facciones angulosas y cabello blanco
cortado a cepillo, que vestía traje y corbata.
De
inmediato, Dorian levantó las defensas. Los rumores eran ciertos: su superior
parecía un bloque de acero.
Se
cuadró en posición de firmes y exclamó con voz clara y segura:
—Se
presenta Dorian Stark, soldado de primera, 4.º Batallón, Compañía B, 2.º
Pelotón de la Orden de los Centinelas, señor.
Aries
levantó la vista y señaló una butaca con la cabeza.
—Tome
asiento, soldado.
Stark
obedeció la orden. Ambos quedaron frente a frente, separados por la enorme mesa
de madera y cristal, estudiándose en silencio. Los ojos del comandante —uno
gris y otro azul— parecieron atravesarlo. Indiferente, soportó el escrutinio
con expresión neutra.
—He
estado revisando su expediente —declaró—. Creo que no me equivoco al afirmar
que es usted el hombre perfecto para esta misión.
El
alemán no hizo comentario alguno. Le impresionaba la riqueza del despacho: su
superior debía de estar muy bien relacionado para permitirse muebles de nogal
auténticos. Para ser un oficial intermedio, disfrutaba de privilegios fuera de
lo común.
—Tengo
entendido que fue trasladado a California hace cuatro semanas.
—Sí,
señor.
—¿Le
ha costado adaptarse?
—No,
señor.
Tras
aquella charla irrelevante, Aries fue directo al grano.
—Queremos
eliminar a este individuo.
Giró
una fotografía sobre la pantalla táctil de su escritorio.
—¿Lo
conoce?
Stark
contempló la imagen. Su objetivo era un hombre blanco de edad indeterminada:
esmoquin, manos cuidadas, perilla, cabello con la raya a la izquierda, rostro
afable. La imagen había sido capturada en un casino.
Examinó
los detalles: el humo en suspensión, los hombres de etiqueta, las mujeres con
vestidos de noche, la mesa cubierta de fichas amarillas y las cartas de póker
sobre el tapete verde.
Una
leve arruga de preocupación se le dibujó en la frente.
—No,
mi comandante.
Aries
encendió un cigarrillo con un fósforo. A Stark le sorprendió aquel gesto: por
un momento había creído que era una máquina.
—Lo
suponía —dijo, exhalando humo—. No habrá tenido tiempo de estudiar los
expedientes de las Casas Madre americanas.
—Hace
días que los espero, señor.
—Están
de camino a su apartamento, Stark —respondió con frialdad—. Al igual que la
información que voy a transmitirle. Todo lo que hablemos aquí es alto secreto.
Stark
asintió.
—Lo
sé, señor.
—Se
lo recuerdo porque en Los Ángeles no existe la fraternidad de Europa. Aquí cada
uno cumple su función. Nada más.
—Entendido,
señor.
—Su
objetivo es Thomas Weyland II —continuó—. Su empresa suministra fuerzas
privadas al mejor postor. Bosnia está al borde del colapso y necesita refuerzos
inmediatos.
Las
imágenes de la guerra acudieron a la mente de Stark: masacres, campos de
prisioneros, abusos.
No
sentía nada.
—La
CNN dice lo contrario —replicó.
Aries
hizo un gesto de desprecio.
—La
CNN no combate en las calles.
Stark
guardó silencio.
—Weyland
dará una cena benéfica en el Castillo de Praga este viernes. No habrá prensa.
Tendrá vía libre.
Un
nudo se formó en el estómago de Stark.
—¿Por
qué debemos eliminarlo?
Aries
lo miró con frialdad.
—Hace
demasiadas preguntas.
Silencio.
—Puede
retirarse.
Stark
se levantó.
—Gracias,
señor.
Escuela
de Oficiales OC
Módulo
23, 4º Batallón, Compañía B
Los
Ángeles, California
19:15
horas
Stark apuró el Marlboro de mercado negro con la mirada perdida en el techo. Llevaba todo el día a oscuras, encerrado en su apartamento, profundamente disgustado consigo mismo.
La
vivienda asignada por la Schneider era tan pulcra como impersonal: cuarenta
metros cuadrados que albergaban una litera, un baño, un armario doble, sistema
de ventilación, varias sillas metálicas y una estantería. El alemán había
pasado toda su vida en alojamientos de aquel tipo: primero en el orfanato,
después en la Academia Militar, ahora en la Escuela de Oficiales.
Interiormente,
se prometió que, cuando fuera ascendido, daría la entrada para comprar su
propio piso. Estaba cansado de vivir en las instalaciones de la Corporación y
tener que relacionarse a diario con compañeros e instructores. Odiaba los
amplios pasillos blancos e inmaculados, el olor a ozono de las aulas, la
monotonía de las jornadas de formación, las voces frías y uniformes de los
profesores; todo aquello que lo supeditaba a una carrera militar que había
elegido por voluntad propia.
Siempre
había creído que, cuando le asignaran su primera misión de exterminio, tendría
que luchar contra máquinas renegadas que habrían atentado contra los intereses
de su Casa. En cambio, ahora, mientras repasaba los expedientes personales de
Thomas Weyland II, proporcionados por el Servicio de Inteligencia, se maldecía
por haber sido tan ingenuo.
El
amplio dossier de cincuenta y ocho páginas no dejaba ningún detalle al azar:
dimensiones físicas, fecha y lugar de nacimiento, estudios, número de
familiares, historial militar, títulos universitarios, nominaciones y premios
por diversas causas ecológicas, hábitos personales, etcétera. En un apartado
anexo, figuraba un profundo análisis económico sobre la WeyCorp y su influencia
en el mercado de defensa actual.
La
compañía fundada por el padre de su objetivo podía presumir de rentabilizar sus
dividendos en Bolsa. Stark estudió aquella sección a fondo: todas las
inversiones efectuadas durante los últimos doce meses habían generado un amplio
margen de beneficios.
Meditabundo,
prendió un cigarrillo y expulsó una espiral de humo por la nariz. Si la
intención de la Schneider era hundir financieramente a la competencia, tendrían
que buscar otro modo de hacerlo: eliminar a su presidente no llevaría a la
WeyCorp a la quiebra.
Encendió
el Fujitsu-Siemens: los dividendos de la compañía estaban en un 4,70 %, los
mejores de todo el sector.
Desanimado,
apagó el equipo. Una mezcla de rabia e impotencia le recorría el cuerpo. Le
crispaba los nervios ensuciarse las manos de sangre por una causa que no tenía
nada que ver con él.
¿Qué
clase de futuro le aguardaba trabajando para la Schneider? ¿Acaso querían
transformarlo en un agente especializado en exterminar objetivos humanos?
Por
primera vez en su vida, se encontraba perdido, sin saber qué hacer. Como de
costumbre, su mente analizó los hechos de forma fría e imparcial. Por una
parte, aquella operación podría sumar puntos a su expediente militar. La junta
de ascensos la tendría en cuenta al evaluar su inminente examen de cabo.
En
cambio, en el otro extremo de la balanza, entraría en una dinámica aborrecible
que lo convertiría en todo aquello de lo que siempre había querido mantenerse
alejado.
Stark
soltó un suspiro y entrelazó los dedos detrás de la nuca: estaba atrapado en un
callejón sin salida y no tenía ninguna posibilidad de salir intacto. Todos los
esfuerzos y sacrificios que había hecho para llegar a la Escuela de Oficiales
le parecían ahora una pérdida de tiempo.
Con
cierta repugnancia, observó el galón de soldado de primera clase que había
arrojado sobre la cama al entrar en el apartamento. Irónicamente, durante la
entrevista con el comandante Aries, se había enorgullecido de llevar colgando
del pecho aquel pedazo de chatarra.
Cuando
abandonó el despacho, le había costado un infierno ignorar la mirada burlona
del secretario. Su superior solo había necesitado quince minutos para bajarle
los humos y devolverlo a la condición de recluta.
El
alemán contempló la maleta abierta frente al armario. La indolencia que lo
oprimía lo obligó a posponer la preparación del equipaje. Dadas las
circunstancias, bastante había hecho terminando el dossier.
No
le apetecía tomar un avión con destino a la República Checa; estaba demasiado
inquieto para actuar con profesionalidad. No entendía por qué le preocupaban
las consecuencias morales de sus actos: Weyland era un objetivo que debía ser
eliminado, un extraño al que nunca conocería.
Con
los ojos entrecerrados, analizó la forma en que estaba justificándose: desde el
momento en que cruzara la línea, no podría retroceder. Aries no dejaría de
asignarle ese tipo de trabajos.
Eres patético, pensó. Has permitido que el comandante haga contigo lo que quiera.
Se
preguntó si sería capaz de actuar con frialdad, sin dudas ni contemplaciones,
sin que los remordimientos le robaran el sueño. ¿Qué sentiría después de
apretar el gatillo?
Sacudió
la cabeza. Era un soldado profesional y debía comportarse como tal. Tenía un
trabajo que hacer, y cualquier error podría costarle la vida.
No
deseaba morir a manos de los guardaespaldas de su objetivo: aquellos
mercenarios tenían más experiencia que él. Tendría que valerse de todas sus
habilidades para sobrevivir.
Con
renovados ánimos, comprobó su reloj: le quedaban dos horas y media antes de que
un vehículo oficial lo recogiera para llevarlo a la pista privada de la
Corporación en LAX.
Una
sonrisa mordaz le crispó los labios: su superior se tomaba muchas molestias por
«un simple soldado de primera que hacía demasiadas preguntas».
Inesperadamente,
Hugo Müller entró en la estancia. Se detuvo en la puerta, confundido, antes de
encender las luces. Al verlo en la litera inferior, rodeado de su portátil,
tabaco y un cenicero, con el aire acondicionado al máximo, esbozó una mueca
irónica.
—¡Tan
animado como siempre! —dijo mientras cerraba la puerta—. ¿Has conseguido la
misión?
—¿Tú
qué crees? —respondió Stark con desgana.
Müller
dejó la bolsa y se sentó.
—¿Tan
jodida es?
Stark
le tendió el portátil.
—Míralo
tú mismo.
Hugo
empezó a leer. Poco a poco, su expresión se volvió sombría.
—Aries
es un hijo de puta —gruñó—. Esto no es para ti.
—Gracias
por la confianza —replicó Stark.
—Es
una misión peligrosa —continuó—. ¿Has matado a alguien alguna vez?
—No.
Müller
lo miró con escepticismo.
—¿Seguro?
—No
es eso lo que me preocupa —cortó Stark.
—Entonces,
¿qué?
—Que
es un hombre —dijo—. Yo no me alisté para esto.
Hugo
soltó una risa seca.
—Bienvenido
a la Schneider.
Stark
no respondió.
—Nos
reclutaron porque éramos huérfanos —continuó Müller—. Sin familia, sin
vínculos. Perfectos para moldearnos.
—Autómatas…
—murmuró Stark.
—Exacto.
El
silencio se instaló entre ambos.
—Esta
misión es una mierda, Dorian —añadió Hugo—. No quiero verte muerto.
Stark
le apretó el hombro.
—¿Sabes
qué es lo peor? —dijo.
—Dime.
—Que
no entiendo por qué quieren eliminarlo.
Müller
bufó.
—Porque
quieren quedarse con el negocio. Bosnia necesita soldados. Y la Schneider
quiere ese contrato.
Stark
sintió un vuelco en el estómago.
—Claro…
—Dinero
—remató Hugo—. Siempre es dinero.
Stark
bajó la mirada.
—Estupendo…
