domingo, febrero 25, 2018

DORIAN STARK: «AGENTE EJECUTOR» (PRIMERA PARTE)

«Nadie puede escapar a su destino, pero tampoco nadie puede quitarnos el valor necesario para afrontarlo.»

Poul Anderson

Nunca imaginé que mi primera misión de exterminio sería una basura. La Schneider es una Casa Madre corrupta capaz de cometer las peores atrocidades con tal de conseguir sus objetivos. ¿A qué nivel debo rebajarme para cumplir mi deber? ¿Dónde quedarán mis principios? Odiaría convertirme en un títere sin personalidad; una herramienta al servicio de oscuros intereses corporativos que no alcanzo a comprender.

Dorian Stark   


Corporación Schneider

Cuartel general

Los Ángeles, California

08:30 horas


Molesto, Stark cruzó las piernas. Vestía un ajustado mono gris de la Orden de los Centinelas, con el logotipo de la Schneider grabado a la altura del hombro izquierdo y del corazón: el ojo humano impreso sobre una mano metálica. En su rostro afeitado destellaba una mirada impasible. Deseaba encender un cigarrillo, pero pensó que no sería buena idea reunirse con su superior oliendo a tabaco; era su primera entrevista con el comandante Aries y quería causarle una impresión positiva.

Al fondo de la estancia, un secretario trabajaba delante de un equipo Hitachi. Apenas le había prestado atención desde que llegó.

El Cuerpo está repleto de burócratas, meditó mientras observaba las insignias de sargento, con ribetes negros y plateados, que llevaba el oficinista en el cuello. Aquí tenemos a un calientasillas que no verá la primera línea jamás.

Comprobó la hora: llevaba cuarenta minutos esperando. Impaciente, se aproximó a los ventanales panorámicos de fibra de vidrio y observó el exterior. Los Ángeles era una mixtura de cenizas en suspensión, rascacielos de acero y cristal, vehículos aéreos y publicidad incesante. La imagen caótica de la megalópolis exacerbó su nerviosismo: por fin habían decidido asignarle una operación de exterminio.

A medio kilómetro de distancia, el tránsito matutino se aglomeraba formando nutridas columnas suspendidas en el vacío. Por primera vez en meses, había dejado de llover. La oleada de calor que golpeó la ciudad dejó un balance de quinientos treinta muertos.

Stark unió las manos detrás de la espalda: estaba listo para afrontar lo que hiciera falta. Durante los dos últimos años, en la Academia Militar de Berlín, había soportado una dura instrucción; había llevado su cuerpo y su mente hasta límites sobrehumanos y aprendido a manejar toda clase de armas y vehículos. Aquella era la oportunidad de demostrar su valía.

Aunque solo fuera un soldado de primera clase, el galón individual que llevaba en el pecho le había costado sudor y sangre. En su fuero interno, le enorgullecía haber sido uno de los pocos cadetes de su promoción que logró graduarse con las máximas notas. Que el comandante en jefe de la OC hubiese decidido entrevistarlo le auguraba un futuro prometedor.

El secretario levantó la cabeza y anunció:

—El comandante Aries lo está esperando, soldado.

El alemán se mostró correcto: los suboficiales como aquel solían ser bastante puntillosos con la disciplina.

—Gracias, señor.

El oficinista no respondió. Stark se dirigió al despacho con la espalda erguida. Al llegar, la puerta se deslizó hacia la izquierda, permitiéndole el paso.

La atmósfera del interior le erizó el vello de la nuca: de la estancia emanaba una frialdad sin límites. De un rápido vistazo analizó las paredes forradas con paneles de madera, los muebles de nogal, la vitrina con armas antiguas, los sillones tapizados en cuero negro, la moqueta color ceniza y las amplias persianas de aluminio entornadas. Aquel lugar no era agradable en absoluto.

Detrás del escritorio, encuadrado por las banderas de Alemania y Estados Unidos, su superior estudiaba una pantalla de veinte pulgadas de Sony. Aries era un individuo de unos cincuenta años, de facciones angulosas y cabello blanco cortado a cepillo, que vestía traje y corbata.

De inmediato, Dorian levantó las defensas. Los rumores eran ciertos: su superior parecía un bloque de acero.

Se cuadró en posición de firmes y exclamó con voz clara y segura:

—Se presenta Dorian Stark, soldado de primera, 4.º Batallón, Compañía B, 2.º Pelotón de la Orden de los Centinelas, señor.

Aries levantó la vista y señaló una butaca con la cabeza.

—Tome asiento, soldado.

Stark obedeció la orden. Ambos quedaron frente a frente, separados por la enorme mesa de madera y cristal, estudiándose en silencio. Los ojos del comandante —uno gris y otro azul— parecieron atravesarlo. Indiferente, soportó el escrutinio con expresión neutra.

—He estado revisando su expediente —declaró—. Creo que no me equivoco al afirmar que es usted el hombre perfecto para esta misión.

El alemán no hizo comentario alguno. Le impresionaba la riqueza del despacho: su superior debía de estar muy bien relacionado para permitirse muebles de nogal auténticos. Para ser un oficial intermedio, disfrutaba de privilegios fuera de lo común.

—Tengo entendido que fue trasladado a California hace cuatro semanas.

—Sí, señor.

—¿Le ha costado adaptarse?

—No, señor.

Tras aquella charla irrelevante, Aries fue directo al grano.

—Queremos eliminar a este individuo.

Giró una fotografía sobre la pantalla táctil de su escritorio.

—¿Lo conoce?

Stark contempló la imagen. Su objetivo era un hombre blanco de edad indeterminada: esmoquin, manos cuidadas, perilla, cabello con la raya a la izquierda, rostro afable. La imagen había sido capturada en un casino.

Examinó los detalles: el humo en suspensión, los hombres de etiqueta, las mujeres con vestidos de noche, la mesa cubierta de fichas amarillas y las cartas de póker sobre el tapete verde.

Una leve arruga de preocupación se le dibujó en la frente.

—No, mi comandante.

Aries encendió un cigarrillo con un fósforo. A Stark le sorprendió aquel gesto: por un momento había creído que era una máquina.

—Lo suponía —dijo, exhalando humo—. No habrá tenido tiempo de estudiar los expedientes de las Casas Madre americanas.

—Hace días que los espero, señor.

—Están de camino a su apartamento, Stark —respondió con frialdad—. Al igual que la información que voy a transmitirle. Todo lo que hablemos aquí es alto secreto.

Stark asintió.

—Lo sé, señor.

—Se lo recuerdo porque en Los Ángeles no existe la fraternidad de Europa. Aquí cada uno cumple su función. Nada más.

—Entendido, señor.

—Su objetivo es Thomas Weyland II —continuó—. Su empresa suministra fuerzas privadas al mejor postor. Bosnia está al borde del colapso y necesita refuerzos inmediatos.

Las imágenes de la guerra acudieron a la mente de Stark: masacres, campos de prisioneros, abusos.

No sentía nada.

—La CNN dice lo contrario —replicó.

Aries hizo un gesto de desprecio.

—La CNN no combate en las calles.

Stark guardó silencio.

—Weyland dará una cena benéfica en el Castillo de Praga este viernes. No habrá prensa. Tendrá vía libre.

Un nudo se formó en el estómago de Stark.

—¿Por qué debemos eliminarlo?

Aries lo miró con frialdad.

—Hace demasiadas preguntas.

Silencio.

—Puede retirarse.

Stark se levantó.

—Gracias, señor.

 

Escuela de Oficiales OC

Módulo 23, 4º Batallón, Compañía B

Los Ángeles, California

19:15 horas

 

Stark apuró el Marlboro de mercado negro con la mirada perdida en el techo. Llevaba todo el día a oscuras, encerrado en su apartamento, profundamente disgustado consigo mismo.

La vivienda asignada por la Schneider era tan pulcra como impersonal: cuarenta metros cuadrados que albergaban una litera, un baño, un armario doble, sistema de ventilación, varias sillas metálicas y una estantería. El alemán había pasado toda su vida en alojamientos de aquel tipo: primero en el orfanato, después en la Academia Militar, ahora en la Escuela de Oficiales.

Interiormente, se prometió que, cuando fuera ascendido, daría la entrada para comprar su propio piso. Estaba cansado de vivir en las instalaciones de la Corporación y tener que relacionarse a diario con compañeros e instructores. Odiaba los amplios pasillos blancos e inmaculados, el olor a ozono de las aulas, la monotonía de las jornadas de formación, las voces frías y uniformes de los profesores; todo aquello que lo supeditaba a una carrera militar que había elegido por voluntad propia.

Siempre había creído que, cuando le asignaran su primera misión de exterminio, tendría que luchar contra máquinas renegadas que habrían atentado contra los intereses de su Casa. En cambio, ahora, mientras repasaba los expedientes personales de Thomas Weyland II, proporcionados por el Servicio de Inteligencia, se maldecía por haber sido tan ingenuo.

El amplio dossier de cincuenta y ocho páginas no dejaba ningún detalle al azar: dimensiones físicas, fecha y lugar de nacimiento, estudios, número de familiares, historial militar, títulos universitarios, nominaciones y premios por diversas causas ecológicas, hábitos personales, etcétera. En un apartado anexo, figuraba un profundo análisis económico sobre la WeyCorp y su influencia en el mercado de defensa actual.

La compañía fundada por el padre de su objetivo podía presumir de rentabilizar sus dividendos en Bolsa. Stark estudió aquella sección a fondo: todas las inversiones efectuadas durante los últimos doce meses habían generado un amplio margen de beneficios.

Meditabundo, prendió un cigarrillo y expulsó una espiral de humo por la nariz. Si la intención de la Schneider era hundir financieramente a la competencia, tendrían que buscar otro modo de hacerlo: eliminar a su presidente no llevaría a la WeyCorp a la quiebra.

Encendió el Fujitsu-Siemens: los dividendos de la compañía estaban en un 4,70 %, los mejores de todo el sector.

Desanimado, apagó el equipo. Una mezcla de rabia e impotencia le recorría el cuerpo. Le crispaba los nervios ensuciarse las manos de sangre por una causa que no tenía nada que ver con él.

¿Qué clase de futuro le aguardaba trabajando para la Schneider? ¿Acaso querían transformarlo en un agente especializado en exterminar objetivos humanos?

Por primera vez en su vida, se encontraba perdido, sin saber qué hacer. Como de costumbre, su mente analizó los hechos de forma fría e imparcial. Por una parte, aquella operación podría sumar puntos a su expediente militar. La junta de ascensos la tendría en cuenta al evaluar su inminente examen de cabo.

En cambio, en el otro extremo de la balanza, entraría en una dinámica aborrecible que lo convertiría en todo aquello de lo que siempre había querido mantenerse alejado.

Stark soltó un suspiro y entrelazó los dedos detrás de la nuca: estaba atrapado en un callejón sin salida y no tenía ninguna posibilidad de salir intacto. Todos los esfuerzos y sacrificios que había hecho para llegar a la Escuela de Oficiales le parecían ahora una pérdida de tiempo.

Con cierta repugnancia, observó el galón de soldado de primera clase que había arrojado sobre la cama al entrar en el apartamento. Irónicamente, durante la entrevista con el comandante Aries, se había enorgullecido de llevar colgando del pecho aquel pedazo de chatarra.

Cuando abandonó el despacho, le había costado un infierno ignorar la mirada burlona del secretario. Su superior solo había necesitado quince minutos para bajarle los humos y devolverlo a la condición de recluta.

El alemán contempló la maleta abierta frente al armario. La indolencia que lo oprimía lo obligó a posponer la preparación del equipaje. Dadas las circunstancias, bastante había hecho terminando el dossier.

No le apetecía tomar un avión con destino a la República Checa; estaba demasiado inquieto para actuar con profesionalidad. No entendía por qué le preocupaban las consecuencias morales de sus actos: Weyland era un objetivo que debía ser eliminado, un extraño al que nunca conocería.

Con los ojos entrecerrados, analizó la forma en que estaba justificándose: desde el momento en que cruzara la línea, no podría retroceder. Aries no dejaría de asignarle ese tipo de trabajos.

Eres patético, pensó. Has permitido que el comandante haga contigo lo que quiera.

Se preguntó si sería capaz de actuar con frialdad, sin dudas ni contemplaciones, sin que los remordimientos le robaran el sueño. ¿Qué sentiría después de apretar el gatillo?

Sacudió la cabeza. Era un soldado profesional y debía comportarse como tal. Tenía un trabajo que hacer, y cualquier error podría costarle la vida.

No deseaba morir a manos de los guardaespaldas de su objetivo: aquellos mercenarios tenían más experiencia que él. Tendría que valerse de todas sus habilidades para sobrevivir.

Con renovados ánimos, comprobó su reloj: le quedaban dos horas y media antes de que un vehículo oficial lo recogiera para llevarlo a la pista privada de la Corporación en LAX.

Una sonrisa mordaz le crispó los labios: su superior se tomaba muchas molestias por «un simple soldado de primera que hacía demasiadas preguntas».

Inesperadamente, Hugo Müller entró en la estancia. Se detuvo en la puerta, confundido, antes de encender las luces. Al verlo en la litera inferior, rodeado de su portátil, tabaco y un cenicero, con el aire acondicionado al máximo, esbozó una mueca irónica.

—¡Tan animado como siempre! —dijo mientras cerraba la puerta—. ¿Has conseguido la misión?

—¿Tú qué crees? —respondió Stark con desgana.

Müller dejó la bolsa y se sentó.

—¿Tan jodida es?

Stark le tendió el portátil.

—Míralo tú mismo.

Hugo empezó a leer. Poco a poco, su expresión se volvió sombría.

—Aries es un hijo de puta —gruñó—. Esto no es para ti.

—Gracias por la confianza —replicó Stark.

—Es una misión peligrosa —continuó—. ¿Has matado a alguien alguna vez?

—No.

Müller lo miró con escepticismo.

—¿Seguro?

—No es eso lo que me preocupa —cortó Stark.

—Entonces, ¿qué?

—Que es un hombre —dijo—. Yo no me alisté para esto.

Hugo soltó una risa seca.

—Bienvenido a la Schneider.

Stark no respondió.

—Nos reclutaron porque éramos huérfanos —continuó Müller—. Sin familia, sin vínculos. Perfectos para moldearnos.

—Autómatas… —murmuró Stark.

—Exacto.

El silencio se instaló entre ambos.

—Esta misión es una mierda, Dorian —añadió Hugo—. No quiero verte muerto.

Stark le apretó el hombro.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo.

—Dime.

—Que no entiendo por qué quieren eliminarlo.

Müller bufó.

—Porque quieren quedarse con el negocio. Bosnia necesita soldados. Y la Schneider quiere ese contrato.

Stark sintió un vuelco en el estómago.

—Claro…

—Dinero —remató Hugo—. Siempre es dinero.

Stark bajó la mirada.

—Estupendo…