martes, febrero 06, 2018

DORIAN STARK: «AGENTE EJECUTOR» (SEGUNDA PARTE)

Habitación 320

Hotel President

Praga, República Checa

23:00 horas


Stark abandonó el baño y se dirigió al dormitorio de la lujosa suite presidencial. Con los músculos tensos, se detuvo frente a la cama doble, observando la ropa que había elegido para salir: pantalón de camuflaje con bolsillos a la altura de los muslos, suéter de algodón sintético, chaqueta de cuero y botas de combate de caña alta.

Todos los medios que la Schneider había puesto a su disposición —limusina, jet privado, alojamiento en el Hotel President— le habían hecho olvidar, por momentos, sus inquietudes. Aunque detestara admitirlo, le fascinaba aquella vida de lujo y sofisticación propia de los agentes ejecutores.

La suite, en tonos gris claro, con cortinas y alfombras color vino tinto y muebles blancos y ocres de madera artificial, ofrecía una vista espectacular del río Moldava y del Castillo de Praga.

Te has vuelto un esnob, pensó con sarcasmo. No olvides el trabajo que te espera.

El viaje de dieciocho horas le había resultado aburrido e interminable. El departamento le había proporcionado una nueva identidad, que utilizó para franquear la aduana y registrarse en el hotel. Era la primera vez que recurría a una coartada falsa, y le resultaba extraño haberse convertido en otra persona.

Según el chip de identidad, se llamaba Yuri Serguéievich Gólubev: nacido en San Petersburgo, hijo de inmigrantes asentados en Los Ángeles, veinte años, estudiante en la UCLA, con tendencias políticas de izquierdas.

Esbozó una sonrisa torcida: el perfil encajaba a la perfección con el de los jóvenes revolucionarios que solían protestar contra el sistema. Sus instructores se llevarían una sorpresa si pudieran verlo ahora.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Se sentía tan nervioso como expectante.

—Subir la temperatura cinco grados —ordenó.

—Sí, señor —respondió el sistema domótico con voz metálica.

Mientras se vestía, Stark recordó la conversación que había mantenido una hora antes con el enlace asignado: el teniente Barker Webb, uno de los oficiales más temidos de la Orden de los Centinelas.


—Buenas tardes, Stark.

El alemán no apreció el aspecto frío y huraño de Webb. Vestía traje azul, camisa blanca, corbata negra y un abrigo oscuro hasta las rodillas. Cabello militar, ojos apagados, rostro curtido, nariz rota de boxeador y mandíbula dura. Aunque iba de civil, desprendía autoridad.

—Buenas tardes, señor.

—No me agrada que usted se encargue de esta misión.

Stark apretó los dientes.

—Si supone un problema, puede llamar a Los Ángeles. Estoy seguro de que el comandante Aries estará encantado de atenderle.

—Ya lo he hecho. Todo sigue adelante. Aries confía en usted… más de lo que debería.

Pausa.

—¿Tiene experiencia como agente ejecutor?

—Ninguna.

—Ninguna, señor.

—Ninguna, señor —repitió Stark sin alterarse.

Webb lo observó con desprecio.

—¿Cuánto lleva como soldado de primera?

—Un mes y medio.

—En Berlín deben regalar los ascensos.

—Eso parece, señor.

El ambiente se tensó.

—Escuche bien —dijo Webb—. Primero: muestre respeto. Segundo: obedecerá mis órdenes sin discutir. Tercero: si fracasa y sobrevive, yo mismo solicitaré su Consejo de Guerra.

—Entendido, señor.

Webb colocó sobre la mesa un dispositivo Apple. Un mapa tridimensional se proyectó en el aire.

—Weyland abandonará el Castillo de Praga tras la cena. Usted lo seguirá sin ser detectado.

Señaló el mapa.

—Actuará al salir del casino.

Stark asintió.

—Entrará por la parte trasera. Me aseguraré de que el callejón esté despejado. Elimine primero a los guardaespaldas. Son profesionales.

—Lo sé, señor.

—Cuatro objetivos: Weyland, su intérprete y dos escoltas. El traductor no representa amenaza.

Stark dudó.

—¿Es necesario matarlo?

Webb sonrió sin humor.

—Aquí no tenemos remilgos. Da igual quién sea. Liquídelo.

El estómago de Stark se revolvió.

—¿Y la seguridad del club?

—Demasiado ocupados con los clientes. Nadie verá nada.

—Entendido.

—Después del trabajo, registre los cuerpos. Queremos que parezca un robo. La mafia rusa será el chivo expiatorio.

Stark dejó escapar una ironía:

—Conveniente.

—Más de lo que cree.

Webb lo recorrió con la mirada.

—Le doy un voto de confianza. No lo desperdicie. Y controle ese sarcasmo.

—Sí, señor.

El teniente se levantó.

—Estaremos en contacto por audiocomunicador.

Pausa.

—¿Un consejo?

—Sí, señor.

—No se haga el héroe.

Stark parpadeó, sorprendido por el tono.

—Si sobrevive, tendrá mi respeto.

—Tengo una pregunta.

Webb se detuvo.

—¿Por qué ha cambiado de actitud?

—Porque me recuerda a mí cuando tenía su edad.


A Stark aún le sorprendía aquel gesto de humanidad. Bajo su fachada áspera, Webb era un veterano curtido en combate.

Salió a la terraza con un cigarrillo encendido. A lo lejos, entre la niebla y la polución, distinguió el Castillo de Praga. El frío le obligó a meter las manos en los bolsillos.

Un barco desaparecía en la bruma del Moldava.

Tras semanas de calor en Los Ángeles, el clima le resultaba hostil. El cielo encapotado le pareció una amenaza. Ochenta pisos más abajo, los deslizadores surcaban la noche.

Una sensación de inutilidad lo invadió. Todo dependía de las próximas doce horas.

Todo saldrá bien, se dijo. Mantén la cabeza fría.

Aplastó la colilla y regresó al interior.

Revisó el arma que Webb le había entregado: una Makarov de último modelo, doble acción, quince cartuchos. Hubiera preferido algo más potente, pero no tenía elección.

Se preguntó cómo Webb podía soportar años en aquel trabajo. Aquella profesión desgastaba el alma.

Ambos se habían juzgado mal. Webb lo veía como un novato sin temple. Stark lo había considerado un sádico más.

No volvería a precipitarse.

Guardó la pistola en la sobaquera y se dirigió a la puerta.

Había llegado el momento.

 

Malá Strana

Sector Cuarto

Praga, República Checa

04:30 horas


Con los ojos entrecerrados, Stark estudió la avenida desierta; faltaba poco para que el amanecer despuntara en el horizonte. Aquel sector, situado en la ribera izquierda del río Moldava y apenas alterado durante los últimos siglos, era uno de los más antiguos de la ciudad. En otras circunstancias, habría disfrutado informándose sobre la historia y los monumentos de la zona, pero la misión era demasiado importante como para perder el tiempo con sus aficiones. A diferencia de sus compañeros de la Escuela de Oficiales, el alemán siempre había tenido una sed de aprendizaje fuera de lo común; quizá por eso no encajaba en ninguna parte.

Una corriente de aire helado lo hizo estremecerse. En el otro extremo de la calle, un anuncio de Coca-Cola destellaba en la oscuridad con trazos intermitentes. Stark lamentó no haber elegido ropa más abrigada: el frío penetrante hacía que le castañearan los dientes sin cesar. Temblando, se frotó las manos cubiertas por guantes de cuero y golpeó el suelo con los pies para entrar en calor. A su derecha, una rata de gran tamaño asomó la cabeza triangular entre un puñado de bolsas de basura y desapareció sin dejar rastro. Notaba los dedos insensibles y las rodillas entumecidas; habría dado cualquier cosa por una taza de pseudocafé caliente.

Eres un completo imbécil, pensó con aspereza. En caso de lucha cuerpo a cuerpo, tendrás todas las de perder.

Una sensación de resquemor le carcomía el espíritu, insidiosa como una herida abierta expuesta al aire. Stark siempre hacía caso a sus instintos: uno de los puntos de la ecuación se le escapaba delante de las narices; faltaba un detalle fundamental. Una gota de agua le resbaló por la mejilla: la bóveda turbulenta empezaba a descargar sobre la megalópolis. Stark se subió el cuello de la chaqueta y se refugió bajo un porche; lo último que necesitaba en aquellos momentos era una tormenta que limitara su visibilidad. Los edificios, veteados por las luces eléctricas del alumbrado público, proyectaban sombras alargadas sobre la calzada. El aliento le formaba pesadas nubes de vaho ante la boca. Una bruma espesa e irrespirable se deslizó sobre el río hasta alcanzar la parte inferior de la avenida. Hasta los elementos parecían aliarse en su contra.

De improviso, la voz ronca del teniente Webb llenó su oído izquierdo. Llevaba esperando su llamada desde hacía tres horas:

—¿Qué tal se encuentra, Stark?

El alemán intentó sonar firme y decidido:

—Perfectamente, señor.

Su superior rezongó:

—¿Seguro? Pensaba que habría muerto congelado.

La sonrisa le agrietó aún más los labios.

—No esperaba que las temperaturas descendieran de este modo, señor.

Webb fue práctico:

—Un agente ejecutor tiene que estar listo para afrontar lo inesperado —comentó con sequedad—. Si continúa trabajando para la Corporación, no tardará en descubrir que es un factor que debe tener presente en todo momento.

—Lo tendré en cuenta, señor.

El tono de su superior se volvió gélido:

—La limusina está aproximándose a su posición. Estará ahí en cinco minutos.

—Comprendido, señor.

Lleno de desconfianza, Stark estudió las azoteas y las ventanas de los edificios que lo rodeaban. Su superior había estado vigilándolo desde un lugar elevado durante todo aquel tiempo, a salvo de aquel clima infernal, provisto de binoculares de visión infrarroja. Rabioso, apretó la culata de la Makarov hasta que los nudillos se le tornaron blancos. ¿Acaso el teniente Webb estaba jugando con él de algún modo?

Lentamente, la lluvia rompió el silencio sepulcral que llenaba la calle, formando grandes charcos sobre el empedrado y las aceras. A través de la cortina de agua, contempló cómo un Mercedes se aproximaba a la parte trasera del casino. El vehículo negro, de amplio capó y gruesas ruedas, tenía unas líneas esbeltas y estilizadas. Stark procuró fundirse con la oscuridad que bañaba el portal: no quería que el conductor advirtiera su presencia hasta que fuera demasiado tarde. Esforzó la vista, intentando distinguir a los pasajeros, pero los cristales ahumados resultaban demasiado opacos.

El deslizador avanzó unos cien metros y se detuvo ante la puerta del club. Acto seguido, uno de los guardaespaldas descendió del Mercedes con un paraguas en la mano. A pesar de la distancia, al alemán le impresionó el tamaño de aquel gigante. Era tan alto y musculoso como Hugo Müller; el traje apenas podía ocultar el poderío de su fisonomía.

Magnífico, pensó. Necesitaría un lanzacohetes para acabar con él.

Dos siluetas salieron del casino. De inmediato, el hombretón abrió el paraguas y lo tendió sobre sus cabezas. Stark echó a andar, tenso como un resorte, con las manos en los bolsillos. Todo transcurría a cámara lenta, congelado en un instante eterno. Sus dudas habían sido reemplazadas por una resolución casi matemática. Jamás se había sentido tan distanciado de sus propias emociones, frío como un bloque de hielo, sin dilemas de ninguna clase.

Avanzó con rapidez, en la cresta de una ola inmaterial, con la mirada convertida en dos pozos de mercurio. Apenas hacía ruido al caminar: más que un hombre, parecía la viva imagen de un ángel vengador salido del Antiguo Testamento. Durante unos segundos vislumbró el rostro de Weyland bajo la sombra del paraguas; había ganado peso desde que le tomaron la fotografía del expediente. El intérprete extendió la mano hacia la puerta de la limusina, dispuesto a entrar, cuando sus ojos tropezaron con los del alemán.

En aquel instante, cuando la situación estaba a punto de estallar, comprendió por fin el motivo de todas las aprensiones que se negaban a abandonarlo.

Solo eres un blanco de distracción, pensó. Webb te está utilizando como carnaza.

Por inercia, movido por un instinto que ignoraba poseer, desenfundó la pistola. El presidente de la WeyCorp lanzó un chillido de miedo e intentó retroceder, al tiempo que el cañón de la Makarov giraba en su dirección. El gigante saltó hacia atrás con la cabeza abierta en dos: astillas de hueso y sangre salpicaron el rostro del traductor. Stark se volvió hacia la izquierda, anticipando el movimiento del chófer, que emergía del vehículo con una Uzi en la mano. La ráfaga le rozó el hombro y se hundió en la pared situada a su espalda. Gélidamente, apretó el gatillo: su enemigo se desplomó con la garganta seccionada; el disparo le había perforado la carótida de parte a parte.

Un impacto seco sonó a su espalda.

Como un relámpago, Stark extendió la zurda hacia su objetivo con los dientes apretados. Sorprendido, observó cómo el intérprete caía al suelo con el corazón atravesado por un balazo. Weyland continuaba en el mismo lugar, paralizado por el terror, incapaz de efectuar el menor movimiento. Inesperadamente, el cráneo le estalló en un manantial carmesí, esparciendo el cerebro sobre el parabrisas del Mercedes.

Stark tardó unos segundos en comprender lo que había ocurrido: su superior había aniquilado a sus objetivos utilizando un rifle de francotirador con proyectiles de punta hueca para no dejar señales balísticas. La rabia escarlata que le enturbió la visión borró cualquier remordimiento que pudiera sentir: odiaba que lo utilizaran de un modo tan miserable.

Maldito hijo de perra, pensó, lleno de furia. Te mataré por jugármela de este modo.

De improviso, un golpe demoledor lo arrojó por los aires, haciéndolo aterrizar en mitad de la avenida. El impacto le arrancó una exclamación de dolor. Confuso, levantó la cabeza, haciendo lo imposible por ponerse en pie. Impotente, vio cómo el primer guardaespaldas, al que creía haber eliminado, se aproximaba a él hecho una furia. El pánico le encogió el estómago: un implante cibernético brillaba bajo la carne sintética del rostro de su rival. Aterrado, retrocedió a trompicones, luchando por alejarse de aquel monstruo mecánico. ¿Por qué demonios nadie le había dicho que uno de los miembros de la comitiva de seguridad era un cyborg?

—¡Voy a hacerte pedazos, cabrón! —bramó la máquina.

Stark había perdido la pistola. Instintivamente, intentando cubrirse de algún modo, alzó los brazos ante el rostro. La máquina descargó el enorme puño sobre su cuerpo, una y otra vez, aplastándolo contra el empedrado. Stark sintió que la cabeza iba a reventarle por la brutalidad de los impactos. Una constelación de puntos escarlatas y amarillos explotó ante sus retinas. Medio desvanecido, escupió sangre y dientes sobre la carretera. A pesar de la terrible paliza, una parte cuerda y racional de su mente analizó la gravedad de las lesiones: tenía la mandíbula fracturada y la nariz rota; nada que no pudiera sanar en una clínica de rehabilitación.

Iracundo, el cyborg lo levantó en vilo y lo arrojó contra la limusina. Stark voló cuatro metros y chocó contra la carrocería del deslizador, abollando una de las puertas. Hecho un guiñapo, se desplomó de bruces, con el rostro ensangrentado, entre una cascada de vidrios rotos. La tormenta le empapó el cuerpo, devolviéndole un atisbo de lucidez, apartándolo de la negrura implacable que pretendía devorarlo. Las punzadas angustiosas que le recorrían el costado izquierdo le arrancaban el aliento: tal vez las costillas se le hubieran clavado en los pulmones. Haciendo de tripas corazón, sacudió la cabeza, ignorando el dolor que invadía cada centímetro de su cuerpo. El aborrecimiento era lo único que lo mantenía consciente: no pensaba permitir que aquella asquerosa máquina terminara con su vida.

—Te crees muy duro, ¿verdad? —masculló el hombretón—. ¡Te daré motivos para lamentar haberte cargado a mi jefe!

El cyborg se dirigió hacia su víctima con una mueca de superioridad, dispuesto a rematar el trabajo. Con el cráneo palpitándole, el alemán logró enfocar su entorno: la avenida neblinosa anegada por la lluvia, los vidrios fragmentados de la ventanilla del Mercedes, el cadáver del conductor situado a su derecha, los destellos periféricos del holograma de Coca-Cola. Pese al aguacero, sudaba copiosamente. El sabor amargo de su propia sangre le llenaba la boca, asfixiándolo. La ceja izquierda, deformada por los puñetazos, apenas le permitía abrir el ojo. Tenía las palmas de las manos sucias y desgarradas...

Entonces, en el último momento, a través de la bruma que le enturbiaba la vista, descubrió la Uzi bajo la carrocería del vehículo. La descarga de adrenalina que le invadió el cuerpo fue tan intensa que lo hizo olvidar el estado lamentable en que se encontraba. Era una oportunidad entre un millón: debía aprovecharla o perecer en el intento.

Con las mandíbulas rechinando, se arrastró hacia el subfusil, mientras la muerte se le aproximaba por la espalda. Su rival soltó una carcajada cruel:

—¿Adónde crees que vas? ¡No puedes huir a ninguna parte!

Stark acertó a gruñir:

—¡Vete al infierno!

La máquina se inclinó y lo agarró por la pernera del pantalón. Los dedos se le hundieron en la pierna con una fuerza irresistible. Dorian estaba a punto de estallar en sollozos: la Uzi quedaba a escasos milímetros de sus dedos. El cyborg tiró de él hacia atrás, desgarrándole la piel del tobillo. El dolor le subió por la columna como un latigazo. Stark arañó el suelo desesperadamente, rompiéndose las uñas, hasta que logró aferrar la culata del arma. El gigante lo arrancó de su refugio y alzó el brazo, dispuesto a aplastarle la cabeza.

—¿Pero qué cojo...?

Implacable, el alemán apretó el gatillo y vació el cargador del subfusil en plena cara de la máquina. El cyborg saltó despedido hacia atrás, con el cráneo completamente destrozado, y se derrumbó sobre la carretera.

Temblando, con los ojos llenos de lágrimas, Stark soltó un suspiro de alivio. Una arcada le recorrió el estómago y lo obligó a vomitar la escasa comida que llevaba dentro. Las secreciones se mezclaron con la sangre y los cristales que cubrían el suelo. Estremecido por las náuseas, se apoyó en la limusina, luchando por recuperar la respiración. El cansancio le hizo cerrar los ojos durante unos segundos.

Una luz de alarma parpadeó en su mente: tenía que salir de allí cuanto antes; si la policía megapolitana lo encontraba junto a aquellos cadáveres, lo encerrarían.

¿Dónde se había metido el teniente Webb?

Colérico, Stark maldijo a su superior por haberlo usado como señuelo. Aquella manera de actuar era tan sucia como innoble. ¿Se lo había ordenado el comandante Aries o lo había hecho por iniciativa propia para adjudicarse el éxito de la operación? Había sido un idiota al confiar en sus oficiales: no pensaba repetir el mismo error.

Involuntariamente, buscó el audioreceptor que llevaba en la oreja derecha. Tal como esperaba, había perdido el aparato; Webb no podía contactarlo aunque quisiera. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que desenfundó la Makarov? Según sus cálculos, cinco minutos como máximo, aunque tenía la espantosa impresión de que todo había durado varias horas.

Sin pensarlo, examinó las heridas y magulladuras que le laceraban el cuerpo: había perdido varios dientes —tres incisivos, un canino y cuatro molares— y tenía dos costillas fracturadas, una verdadera y otra falsa. Respirar era insoportable: el dolor de la caja torácica empeoraba por momentos. El corazón le golpeaba en el pecho con tanta fuerza que prácticamente lo ensordecía.

¿Aquel era el futuro que le esperaba sirviendo a la Schneider?

Stark se sentía como basura: la traición de sus superiores, unida al desagrado por lo que había hecho, era una pesada losa de plomo sobre su conciencia. Quizá tendría que haber permitido que el cyborg lo hiciera trizas...

Escuchó el zumbido de un motor, y unas luces aparecieron al final de la avenida. Un vehículo se aproximó a gran velocidad. El alemán apretó la culata de la Uzi, dispuesto a defenderse aunque estuviera al límite; había olvidado que ya no le quedaban balas.

Un deslizador frenó bruscamente a dos metros de la limusina. De un salto, el teniente Webb se apeó del todoterreno, echando miradas nerviosas a su alrededor. Stark farfulló, lleno de odio:

—¡No se atreva a tocarme!

Su superior ignoró la exclamación y vació los bolsillos de los muertos en menos de un minuto: la misión era prioritaria en todos los sentidos. Que su subordinado estuviera a las puertas de la muerte apenas parecía importarle. Cuando terminó de hacer limpieza, se acercó a Stark.

—Tenemos que largarnos de aquí —gruñó—. Procure colaborar en la medida de sus posibilidades y no me ponga las cosas difíciles. De lo contrario, dejaré que se las entienda con la policía checa. ¿Queda claro?

Los ojos de Stark eran dos pozos de resentimiento. No le quedaba más remedio que obedecer o jamás tendría la oportunidad de vengarse de Webb. Asintió con aspereza y dejó de revolverse. Su voz fue helada:

—Es usted un bastardo, teniente.

Su superior lo arrastró hacia el jeep.

—Le aseguro que no es el primero que me lo dice, soldado.

El teniente Webb lo arrojó sobre los asientos forrados de poliuretano de la parte trasera y subió a la cabina del conductor. Impávido, rodeó el cuerpo inerte del gigante y dejó atrás aquella escena de muerte y destrucción. Al llegar al final de la calle, dobló a la derecha y accedió a una avenida transversal que se internaba en el casco antiguo de la zona. Viejos edificios y modernos bloques de oficinas destellaron a ambos lados del todoterreno. Stark hizo lo imposible por no perder el conocimiento: tenía que aclarar ciertas cuestiones cuanto antes.

—¿Por qué no acabó con esa maldita máquina?

Su superior lo observó por el retrovisor.

—Echo en falta un “señor” en esa frase, Stark.

El alemán apretó los puños, lleno de rabia.

—No pienso acatar el reglamento —afirmó—. Me ha utilizado para cubrirse las espaldas y quiero saber por qué lo ha hecho. Lo denunciaré ante el comandante Aries. Me da igual los contactos que tenga en la Corporación.

Webb pasó por alto la indisciplina de su subordinado.

—Cuando disparé contra los guardaespaldas di por hecho que estaban muertos —confesó de mala gana—. El expediente del Servicio de Inteligencia no decía nada sobre la posibilidad de que uno de ellos fuera un cyborg.

—No me lo creo...

—Me importa un carajo lo que usted crea o deje de creer —gruñó—. Después de liquidar al presidente de la WeyCorp, abandoné la posición en la que me encontraba para ir a buscarlo. Supe que algo iba mal cuando escuché los golpes del combate a través del audioreceptor.

Stark fue cínico:

—Qué casualidad tan inesperada...

—Será mejor que reserve sus energías, soldado. Me irritan sus comentarios y acusaciones. Daré por hecho que aún se encuentra en estado de shock y no mencionaré su insolencia en mi informe.

Stark no pensaba ceder ni un ápice.

—Podía haber muerto en ese callejón —escupió—. No tenía ningún derecho a ocultarme que pensaba actuar por su cuenta. Era perfectamente capaz de eliminar a mis objetivos. ¿El comandante está al corriente de todo esto?

Su superior se mostró categórico:

—No se haga más preguntas de las necesarias, Stark. Aries no confía tanto en usted como para dejarle actuar por su cuenta y riesgo. Al fin y al cabo, es un soldado de primera clase sin experiencia como agente ejecutor. Por eso me ordenaron que le echara una mano para terminar el trabajo. No existe ninguna conspiración en su contra, por mucho que parezca imaginarlo.

Las palabras de Webb lo hicieron sentirse como un estúpido.

—He de reconocer que es usted una caja de sorpresas —añadió el teniente—. Jamás había visto a un ser humano vencer con las manos desnudas a una máquina. Le prometo que le daré una recomendación por su valor durante el servicio. Tómelo como una disculpa por mi parte por haberle fallado en el último momento.

La generosidad de Webb le dio asco.

—Puede meterse su recomendación donde le quepa, señor.

Su superior soltó una carcajada.

—Tiene usted cojones, soldado —dijo—. Aries sabe elegir buena materia prima, como de costumbre. ¿Cuándo tiene que presentarse ante la Junta de Oficiales?

Stark estaba tan sorprendido que respondió con sinceridad:

—Dentro de tres semanas.

El teniente Webb asintió, satisfecho.

—Tiene el examen en el bolsillo —reconoció—. Le felicito por adelantado por su ascenso, cabo.

Su futura promoción no lo afectó en absoluto.

—¿Adónde vamos?

—Al hospital más próximo —aclaró Webb—. No quiero que muera desangrado en la parte trasera de mi jeep. Le esperan noventa días de baja reglamentarios para reflexionar sobre lo que le he dicho. Me estoy jugando el cuello por usted, Stark. Las instrucciones del comandante eran precisas: en caso de que cayera en combate, debía dejarlo en la escena del crimen. Los medios, dada su falsa identidad, lo habrían relacionado con la mafia rusa. Nadie sospecharía que la Corporación está involucrada en el asunto, y todos contentos.

Dolía saber que solo era un peón insignificante dentro del tablero. Sus superiores no dejaban ningún detalle al azar; lo habrían sacrificado sin el menor remordimiento con tal de cubrirse las espaldas.

—¿Y por qué no lo hizo?

—Porque me impresionó su valor, soldado —admitió—. Merece algo mejor que morir a manos de un cyborg de mierda. ¿Me promete que no cometerá ninguna tontería mientras se recupera en el hospital?

Stark no se molestó en responder. Le dolía demasiado la mandíbula para seguir discutiendo con su superior. Exhausto, cerró los párpados y se dejó caer en la negrura de la inconsciencia.

Lo último que vio antes de perder el sentido fue el cadáver de Thomas Weyland II sobre la acera azotada por la tormenta. Aunque no hubiera apretado el gatillo, se sentía igualmente culpable; su objetivo no merecía ser aniquilado de un modo tan despiadado para satisfacer las ambiciones de la Schneider.

Para bien o para mal, había dado el primer paso que lo convertiría en el mejor agente ejecutor de la Orden de los Centinelas.

Algo que también lamentaría el resto de su vida.