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lunes, diciembre 21, 2015

"BIG SUR", DE JACK KEROUAC


La angustia mental es tan intensa que uno siente que ha traicionado su propio nacimiento, el esfuerzo y los dolores de parto de mi madre cuando me trajo al mundo, he traicionado el esfuerzo que hizo mi padre para alimentarme,  permitirme crecer, hacerme fuerte y Dios mío también educarme para la “vida”, se siente una culpa tan profunda que uno se identifica con el Demonio y Dios parece muy lejano, abandonándolo a uno a su estupidez enfermiza.

Jack Kerouac


Publicada en 1962, cuando contaba con cuarenta años, a diferencia de En el camino, el impulso vital, lúcido y nervioso que lo caracterizaba ha sido reemplazado por la depresión y la pérdida de la esperanza. En Big Sur nos encontramos con un Kerouac hastiado de la vida, profundamente insatisfecho, víctima de los efectos devastadores de la fama y el alcohol.

La influencia de la Generación Beat ha creado una serie de imitadores vestidos con ropa de marca, petulantes y de escaso talento artístico que, a diferencia de sus fundadores, destacaban por carecer de originalidad o ideas propias. Bohemios que vivían gracias al dinero de sus padres y se consideraban demasiado especiales para aceptar un empleo que los obligara a ensuciarse las manos. Kerouac detestaba haberse convertido en el portavoz de una generación consentida y autocomplaciente que le expresaba su fanatismo —lo consideraban un individuo excepcional y un modelo a seguir— en las barras de los bares que solía frecuentar. Este, para no decepcionarles, gracias a su liquidez económica, los invitaba a todo lo que demandaran.

La necesidad de huir de su entorno fue tan imperiosa que aceptó la propuesta de su amigo (y editor) Lawrence Ferlinghetti para pasar una temporada en una cabaña de su propiedad aislada de la civilización. Kerouac no tardó demasiado en hacer las maletas y poner rumbo a Big Sur. Durante varias semanas, lejos de colegas, admiradores y aprovechados, disfruta de su propia compañía leyendo y dando largos paseos en un entorno salvaje dominado por bosques, bancos de niebla, riachuelos, ratas por doquier, playas de arena blanca, gaviotas, grandes acantilados y el océano tempestuoso. Aunque es un ferviente defensor del budismo, la religión no le ha servido para encontrar la paz de espíritu. Para su pesar, Kerouac era un individuo gregario que necesitaba la compañía de sus semejantes aunque en el fondo de su corazón no los soportara.

En la novela aparte de Lenore Kandel, Michael McClure, Philip Whalen, Lew Welch y Victor Wong volvemos a encontrarnos con Neal Cassady al que hace varios años con el que no mantiene contacto porque estuvo encerrado en San Quintín por tenencia de marihuana. Cassady ya no es el joven impetuoso inmortalizado detrás del volante, el mismo que era capaz de conducir durante días sin demostrar el menor ápice de agotamiento. Casado, padre de familia, con dos hijos y un empleo inestable, juega largas partidas de ajedrez y critica la adicción a la bebida de su amigo. Este no ha perdido su poder de fascinación sobre Kerouac y continúa siendo el motor principal de su literatura gracias a una relación de profunda amistad jalonada por la admiración, celos y competencia. A pesar de ello, continúa teniendo una amante en alguna parte a la que no duda en presentarle, y con la que el autor terminará teniendo una corta y desventurada relación amorosa.

Durante toda la obra, Kerouac es víctima de un estado anímico depresivo, paranoico y resacoso que le hace pensar en la muerte constantemente. Un hombre debilitado por una vida de excesos que, inevitablemente, han terminado por pasarle factura. Cansado de aparentar un entusiasmo y una alegría que no experimentaba, la narración fluye en una perpetua angustia física, mental y espiritual causada por el delirium tremens. Ya no es capaz de disfrutar del presente. Psicótico, enfermo, víctima de alucinaciones, cree que tiene enemigos en todas partes y que el mundo está en su contra. Las fiestas y la bebida nutren su creatividad y aunque el deliro, el egoísmo, el autodesprecio y el veneno que recorre sus entrañas lo han deteriorado para siempre, como buen católico, espera encontrar la salvación.   

Pocos autores del panorama literario actual —en el que priman los productos comerciales de fácil asimilación— serían capaces de exponer de manera tan descarnada sus demonios internos sobre las páginas. Big Sur es una obra de escape que muestra el lado más amargo y oscuro del padre de la Generación Beat.   




jueves, octubre 29, 2015

“CARTAS”, DE JACK KEROUAC Y ALLEN GINSBERG


En la actualidad la tecnología ocupa un lugar fundamental en nuestras vidas y la escritura de cartas ha pasado a convertirse en un arte olvidado. Abrir el buzón de correos y encontrar una misiva de un ser querido, fue una experiencia común antes de que el teléfono, el correo electrónico, las redes sociales y los móviles se convirtieran en las principales herramientas de comunicación. Gracias a la editorial Anagrama tenemos la oportunidad de conocer la correspondencia de dos los mejores autores americanos del siglo XX: Jack Kerouac y Allen Ginsberg,

De 1944 a 1963 ambos artistas se cartearon profusamente, manteniendo viva la llama de una sólida, honesta y profunda amistad. Apasionados, en sus cartas encontramos consejos literarios, humor, influencias estilísticas, drogas, charlas sobre amigos comunes, música, religión, anécdotas personales, viajes, sexo, espiritualidad, procesos creativos, poesía y futuras visitas. La correspondencia arranca mientras Kerouac se encuentra internado en prisión debido al asesinato de David Kammerer a manos de su amigo Lucien Carr (las autoridades lo consideraban cómplice) y termina en los sesenta, cuando ambos eran escritores famosos y (por desgracia) habían tomado caminos distintos.

Las largas misivas de Kerouac, escritas con el estilo exaltado y espontáneo que le caracterizaba, revelan a un individuo anárquico, visceral y eternamente insatisfecho que busca darle sentido a su existencia. Después de experimentar una juventud que serviría como columna vertebral de su obra, el resto de su vida fue aislamiento, escribir en casa de su madre, recordar tiempos mejores y beber hasta caer inconsciente. Católico, con un profundo sentido de la culpabilidad arraigado en su interior, apenas menciona la adicción al alcohol que terminó conduciéndolo a un gran declive físico y a la autodestrucción. Aunque intentó encontrar la estabilidad personal y espiritual a través del budismo (experiencias reflejadas en Los vagabundos del Dharma) y el exilio en una cabaña alejada de la civilización (narrada en su libro Big Sur), no pudo conseguirlo. Por otra parte, Ginsberg revela ser un poeta profundamente romántico, inocente, fiel a sus amigos, generoso, lleno de sueños y ambiciones, anhelante por exprimir la vida hasta sus últimas consecuencias y con ansias perennes de iluminación. Todo esto lo encontramos en obras como Kaddish y otros poemasSándwiches de realidad y La caída de América: poemas de otros estados. Curiosamente, dos personalidades tan dispares entre sí encontraban sustento con palabras de apoyo, admiración, celos, peleas y críticas constructivas.

A través de su correspondencia, resulta evidente cómo ambos influyeron de forma notoria en la personalidad y escritura del otro. Siendo autores nóveles, sin reputación ni contactos, tardaron mucho tiempo en triunfar a nivel masivo. En sus cartas nos encontramos con figuras conocidas como William Burroughs, Neal Cassady, Lucien Carr, Gregory Corso, Gary Snyder, John Cellon Holmes, Herbert Huncke y Michael McClure, entre muchos otros. Todos forman parte de la Generación Beat —innovador movimiento literario del que fueron progenitores— que hizo temblar las estrechas y arcaicas letras americanas de mediados de los años cincuenta. Pese a sus diferencias, se prestaban apoyo financiero, compartían editores y contactos literarios, y se reseñaban en revistas para ganar notoriedad. ¿Cuántos colegas de oficio serían capaces de hacer algo similar en un mundo de egos, envidias, estupidez y ambición desmesurada?

En el camino (de Kerouac), Aullido (de Ginsberg) y El almuerzo desnudo (de Burroughs) fueron bombas de relojería que detonaron las antiguas fórmulas que dominaban las listas de ventas. Los jóvenes encontraron modelos a seguir que, tal como era de esperar, no fueron del agrado de la sociedad conservadora y las almas bienpensantes americanas. Puede que por ello recibieran (y aún continúan recibiendo) críticas virulentas de los medios, tachándolos de pésimos autores que no tenían nada que aportar con sus escritos. Cuando lograron la fama que había estado esquivándolos durante años, ambos reaccionaron acorde a sus personalidades. Kerouac no pudo soportar el peso de la misma, se negó a realizar entrevistas y lecturas literarias, y se recluyó en el ostracismo, el alcohol y la depresión. Ginsberg, en cambio, disfrutaba efectuando recitales de poesía, conferencias y apariciones televisivas, convirtiéndose en un icono de la contracultura hippie.

Lentamente, conforme pasaban los años, la relación entre ambos fue deteriorándose debido al alcoholismo de Kerouac y el ascenso de Ginsberg en los círculos intelectuales. A pesar de ello, nunca llegaron a romper el contacto. La prematura muerte de Kerouac (a los cuarenta y siete años) debido a una hemorragia interna causada por la cirrosis, truncó una amistad que se hubiera prolongado durante mucho tiempo. Por fortuna para el disfrute de los lectores, ambos tuvieron en cuenta la posteridad y conservaron las misivas que habían intercambiado durante décadas.   

Citando las (proféticas) palabras del autor de Visiones de Cody: «La fama acaba con todo. Llegará el día en que las Cartas de Allen Ginsberg a Jack Kerouac hagan llorar a América».