Mostrando entradas con la etiqueta Henry Miller. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Henry Miller. Mostrar todas las entradas

viernes, octubre 17, 2025

HENRY MILLER: «EL COLOSO DE MARUSI» (EDHASA EDITORIAL, 2014)

Me sentí completamente separado de Europa. Había entrado en un nuevo mundo como un hombre libre: todo se había conjuntado para que aquella experiencia fuera feliz y fructífera. ¡La Virgen, qué feliz era! Pero, por primera vez en mi vida, era feliz con la plena conciencia de serlo.

Henry Miller


En 1939, a los cuarenta y ocho años de edad, gracias a su amigo Lawrence Durrell, Henry Miller acepta tomar unas vacaciones en Grecia. Después de veinte años de empleos miserables, relaciones tormentosas, escritura, aceras rotas, penalidades, tugurios y prostíbulos de mala muerte —primero en Nueva York y después en París—, el escritor no tarda en aceptar la invitación. La imagen de la costa griega, las aguas cálidas del Mediterráneo, la caricia del sol sobre su cuerpo y el chocar de la espuma contra el casco del barco le hacen experimentar una sensación de plenitud desconocida. ¿Sería posible que, por primera vez en toda su existencia, pudiera olvidar las cicatrices del pasado? Puede que la vida, la misma a la que había decidido enfrentarse en su obra, no fuera tan sórdida como siempre había creído. Debía aprovechar aquella oportunidad: la Segunda Guerra Mundial se encontraba próxima, vaticinando millones de muertos, destrucción y caos.

Miller era un individuo desilusionado con el mundo moderno, sobre todo con la política imperialista y opresora de Estados Unidos y, por extensión, de Nueva York, su ciudad natal, con la que siempre mantuvo una relación de amor y odio. Su literatura puede tacharse de todo menos de convencional: crítica a la sociedad, vuelos de imaginación metafísica, inquietudes espirituales, odio hacia el egoísmo humano, pasión desbordada y filosofía extrema. Al contrario de lo que puedan pensar los lectores, Miller fue un vitalista que disfrutó cada segundo de su vida con una fruición digna de elogio. La búsqueda que guio toda su carrera literaria fue la felicidad personal, amorosa, espiritual, sexual y económica.

El coloso de Marusi destaca por su canto a la naturaleza, las leyendas, los mitos, los sueños, la pobreza y la eternidad condensada en la belleza de las ruinas, estatuas y caminos cubiertos de polvo que desfilan ante los ojos del escritor durante su viaje. A diferencia de Primavera negra, Trópico de Capricornio, Trópico de Cáncer o Días tranquilos en Clichy, nos encontramos con un Henry Miller que ha encontrado la paz interior y acepta a sus semejantes con todas sus virtudes y defectos. Su mirada cínica, implacable y corrosiva ha dado paso a la visión de un hombre maduro y contemplativo, el mismo que se maravilla profundamente de su entorno, costumbres y habitantes durante su recorrido de meses a través de todo el país.

La prosa de Miller —líquida, tumultuosa, sensual y firme— conduce al lector a través del mundo antiguo. Nuevamente, nos encontramos con un individuo libre de trabas morales, políticas, sociales y filosóficas, que lo único que anhela es aprender todo lo posible. Grecia le devuelve la esperanza de que la raza humana, cuando se libere de sus ataduras, pueda encontrar la salvación. Su admiración hacia el pueblo griego no conoce límites. Lo considera valiente, amable, fiel, generoso y agradecido, algo que no opina de sus compatriotas estadounidenses, a quienes tacha de falsos, absurdos e ignorantes, engañados por los tres pilares en los que se basa su modo de vida: patria, familia y religión. Cabe destacar el análisis al que somete a sus amigos (poetas, pintores, novelistas), siempre desde la calidez, la admiración y el humor. En cambio, su ojo crítico no deja intactos a los poderosos: magnates, políticos, religiosos y militares que, gracias a su ambición, estrechez de miras y mezquindad, han convertido el planeta en un lugar miserable.

Durante un año —entre largos paseos, baños en la playa, cenas en casas de amigos, estancias en hoteles y excursiones—, Miller contempla una Grecia clásica incólume al paso del tiempo, por la que desfilan los dioses antiguos antes de que el cristianismo mancillara aquellas tierras con su doctrina aniquiladora. La belleza del país, de un modo u otro, sobrevivirá a la memoria de los hombres. Nápoles, el Pireo, las ruinas de Pompeya, Corfú, Eleusis, Hidra, Epidauro, Tirinto, Micenas, Cnosos, Festos, Tebas, el Peloponeso, Corinto, Esparta… Cálido, inteligente y lleno de ternura hacia el universo, nos propone realizar un recorrido espiritual que sane nuestras almas.

Las palabras del autor después de visitar la tumba de Agamenón definen la nueva filosofía existencial que había adquirido y sirven como cierre para resumir la obra:

«No quiero saber nada más de la civilización y de sus productos de almas cultivadas. Renuncié a mí mismo al entrar en esta tumba. De ahora en adelante soy un nómada, un don nadie espiritual. Podéis coger vuestro mundo fabricado y ordenarlo en los museos; yo no lo quiero, de nada me sirve. No creo que ningún ser civilizado sepa ni haya sabido nunca lo que ha tenido lugar en este recinto sagrado. Eso está más allá del conocimiento y la comprensión del hombre civilizado; él está al otro lado de esa pendiente cuya cima fue escalada mucho antes que él o sus antepasados estuvieran en el mundo. A eso llaman la tumba de Agamenón. Bien; tal vez uno llamado Agamenón descansaba aquí. ¿Y qué? ¿Voy por eso a quedarme parado, abriendo la boca como un idiota? No lo haré. Me niego a detenerme en ese hecho,  demasiado  sólido.  Aquí me elevo,  no  como poeta,  narrador, cuentista o mitólogo, sino como espíritu puro. Digo que el mundo entero, abriéndose en abanico en todas direcciones desde este lugar, vivía antiguamente de un modo que nadie es capaz de imaginar».



martes, abril 05, 2016

"EL PUENTE DE BROOKLYN", DE HENRY MILLER


Todo hombre, cuando se ha ganado la legítima muerte que precede a la madurez, regresa a la infancia en busca de inspiración y alimento. Entonces es cuando su siesta queda alterada por sueños proféticos y perturbadores; recurre al sueño para estar más vívidamente despierto.

Henry Miller

Inédito en España hasta el 2015, El puente de Brooklyn y otros relatos reúne una serie de historias escritas en diferentes periodos de la vida de Henry Miller. Cada una es un universo en sí misma, divididas entre la fina línea que separa la realidad y la ficción, que desgranan todo tipo de reflexiones personales desde la decadencia del planeta, la hipocresía de las apariencias, el caos producido por la Segunda Guerra Mundial, la muerte del afecto y la convicción de redimir al ser humano de su egoísmo, mezquindad e imperfecciones.

Pese actuar como un cínico rebelde, siempre en busca de la manera de cubrir sus necesidades (comida, bebida, alojamiento, sexo) con el mínimo esfuerzo, Miller era un individuo increíblemente observador que analizaba su entorno y el comportamiento de sus semejantes hasta el mínimo detalle. Aunque no la respetara como concepto, la influencia de la sociedad fue crucial a la hora de crear su obra. Una de sus características más pronunciadas —aparte de la sátira, humor negro y crítica habituales— es el exacerbado individualismo que lo obligó a dar la espalda al modelo de vida americano sustentado en el trabajo, la familia, la patria y la religión. Ello conllevó a una precaria existencia en la que no le quedó otro remedio que subsistir de modo parasitario de amistades, conocidos y amantes. Huelga decir que ello jamás le importó en absoluto —tal como narra en “Fricandó astrológico”, hilarante historia en la que se burla de unos millonarios pueriles, místicos, absurdos y obsesionados con los signos del zodiaco— a la hora de desplumar a todos aquellos pobres incautos.

Ambientado durante su estancia en Francia, puede que “Via Dieppe-New Haven” sea el mejor relato de la presente antología. Nos encontramos con Miller inmerso en una odisea homérica, dispuesto a alcanzar Inglaterra para pasar una pequeña temporada de vacaciones navideñas. Aparte de sus perpetuos problemas económicos y el hastío ante la carencia de novedades, cabe destacar la tormentosa relación sentimental que mantenía con su segunda esposa, June Miller, cuya presencia fue innegable durante toda su carrera literaria. Tal como suele suceder en estos casos, los agentes de seguridad e inmigración se empeñarán en arruinar sus planes con una serie de normas, medidas y acciones burocráticas tan férreas como despreciables.

En “El excombatiente alcohólico y con el cráneo con forma de tabla de lavar” nos encontramos con una situación de lo más corriente —tropezar con un desconocido por la calle ansioso de compañía— que deriva en un análisis sobre la condición humana, la verdad, la mentira y la ilusión, los efectos negativos del alcohol, la carencia de libertad del mundo moderno, el derecho a tomar decisiones erróneas y la fantasía que implica crear un sueño que sirva como tapadera para atenuar el dolor de una vida condenada al fracaso.

“El puente de Brooklyn” es una metáfora sobre soltar amarras, destruir a la persona creada durante la infancia y la juventud a favor del hombre inmerso en la búsqueda espiritual inaccesible que implica la madurez: la paz interior después de un largo periodo de culpa, sufrimiento y, por último, redención. La mirada corrosiva del autor, en vez de centrarse en el exterior, deriva hacia su propia alma, analizando los actos que lo han conducido hasta aquel punto de su existencia.

Otro brillante relato es “Madeimoselle Claude” en el que imperan los cafés parisinos, las calles miserables, los hoteles de mala muerte, la poco gratificante labor de las prostitutas, los chulos que explotan a sus protegidas, las enfermedades venéreas tratadas con parafina y el “amor” comprado por dinero. Mundo que conocía a la perfección de primera mano. Pobre como una rata, partidario de ser mantenido por cualquiera con tal de comer con asiduidad, Miller fantasea con la idea de entregarse al sexo opuesto sin ninguna clase de diatribas. Puestas de sol, manjares, paseos al atardecer, vinos caros y residencias de lujo. La desinteresada muestra de humanidad de un sueño improbable de cumplir.

Por último, “El puerto de Paros” parece un fragmento perdido de El coloso de Marusi en el que el autor hace hincapié en la belleza de Grecia, la afabilidad de sus gentes, las maravillas naturales que contempla con asombro y la tranquilidad que le aporta haberse encontrado a sí mismo después de largos años de vagabundeo, contradicciones y la necesidad de aislarse del sistema que ha intentado convertirlo en un esclavo por todos los medios.

Distante, analítico, obsceno, profundo, sarcástico y provocador, Miller nunca llega a involucrarse a nivel emocional con aquellos que encuentra por el camino por la sencilla razón que sus iguales son demasiado necios como para salvarse de sí mismos. La experiencia de toda una vida le ha demostrado un hecho irrefutable: no merece la pena sacrificarse por cambiar lo imposible.