Ni siquiera el diluvio
duró eternamente.
Acabaron bajando
las negras aguas.
¡Realmente, qué pocos
han pervivido!
Bertolt Brecht
I
LAS REFLEXIONES DEL REY PICTO
El manto aterciopelado de la noche, veteado de estrellas lejanas, cubría el continente hasta donde alcanzaba la vista. En el firmamento, la luna llena rasgó las pesadas nubes e iluminó los sombríos contornos del bosque.
Bran
Mak Morn, último rey de los pictos, terminó la frugal cena y se puso en pie. La
hoguera iluminó su figura fornida, de amplios hombros y caderas estrechas,
ataviada con un taparrabos, una camisa de malla, una capa de piel y unas
sandalias de cuero.
Triste,
se ajustó la poblada melena negra bajo la banda de hierro que le ceñía la frente.
Sus ojos, oscuros y melancólicos, escrutaron el cosmos infinito, que no ofrecía
respuesta alguna a los interrogantes que le carcomían el alma.
A
su espalda, Gonar el Sabio, sumo consejero del rey, dijo mientras se mesaba la
barba blanca:
—Estás
demasiado pensativo —comentó—. ¿Qué diablos te ronda por la cabeza?
Bran
apretó los dientes.
—Me
preocupa el destino de nuestro clan, Gonar. Las águilas romanas avanzan desde
el este, dispuestas a acabar con el pueblo de los brezales. ¿Nunca terminará
esta maldita guerra?
El
anciano se encogió de hombros.
—Son
tiempos difíciles, Bran. Has nacido en una época de caos, donde la palabra de
un hombre carece de valor. No envidio tu destino.
El
rey picto contempló los árboles, vencido por una amargura imposible de soportar.
Antaño, aquellas tierras pertenecían a su pueblo. Eran hombres libres y no
pagaban tributo a nadie. Ahora todo era diferente. La bota extranjera aplastaba
los valles y las colinas donde habían morado sus antepasados, mientras palacios
de mármol se alzaban por todos los rincones de Caledonia.
La
civilización romana, viciosa y decadente, corrompía cuanto tocaba. Gracias a
sus ejércitos implacables, superiores en armamento y tácticas de combate,
habían dejado tras de sí una estela de muerte y destrucción, derrotando a todas
las tribus que habían osado plantarles cara.
Un
odio visceral ardió en su interior al recordar a los hombres crucificados que
se pudrían bajo los elementos a lo largo de la Muralla, convertidos en alimento
para cuervos y otras aves carroñeras.
Bran
tragó saliva. La bilis que le subía por la garganta tenía sabor a hiel.
Lo
peor era que, aun luchando contra Roma, sabía que aquella guerra estaba
condenada al fracaso. Disponía de pocos guerreros y se encontraba en clara
inferioridad para sostener un conflicto prolongado.
El
rey cambió el peso de un pie a otro y entrecerró los párpados. Aquel dilema le
impedía conciliar el sueño desde hacía semanas.
Solo
le quedaba una opción: unir a todos los clanes bajo su estandarte y plantar
cara a Roma.
El
problema eran los jefes tribales. Existían demasiadas disputas y viejas
rencillas entre el pueblo de los brezales. Convencerlos de luchar juntos no
sería tarea sencilla.
Gonar
carraspeó mientras removía el fuego con una rama.
—¿Piensas
seguir adelante con tu plan? —preguntó—. Ningún hombre ha pisado las Marismas
de los Muertos y vivido para contarlo.
Bran
se volvió y lo miró a los ojos.
—Es
mi única opción, viejo amigo —repuso—. Si la leyenda es cierta, habré resuelto
gran parte de nuestros problemas.
El
anciano fue inflexible.
—Pones
tu vida en juego —protestó—. Si algo te ocurriera, no sé qué sería de noso...
Bran
lo interrumpió con sequedad.
—Solo
quiero que nuestro pueblo sobreviva, Gonar —gruñó—. ¡Prefiero morir antes que
verlos convertidos en esclavos!
El
viejo guardó silencio.
—Mi
deber es arriesgar cuanto tengo por mis súbditos —terció Bran—. ¿Crees que
ignoro lo que me espera si fracaso?
La
voz de Gonar adquirió un tono sombrío.
—Los
demonios vigilan las marismas, Bran. Quienes tomaron ese camino jamás volvieron
a contemplar la luz del sol. Puedes perder algo más que la vida.
El
rey picto soltó una carcajada salvaje.
—¿Cómo
qué?
—Tu
alma, por ejemplo.
Bran
apretó el pomo de la espada que colgaba de su cinto hasta que los nudillos se
le volvieron blancos.
—Me
da igual —masculló—. Haré cuanto sea necesario para expulsar a las legiones y
proteger todo cuanto hemos defendido durante siglos.
El
anciano dejó escapar un suspiro resignado. Conocía a su rey desde el día de su
nacimiento. Nada lograría hacerlo retroceder. Era tan testarudo como valeroso.
Bran
recordó las historias sobre las Marismas de los Muertos. Leyendas susurradas
junto al fuego de los campamentos. Relatos sobre criaturas monstruosas que
custodiaban aquel territorio desde hacía eones.
Sacudió
la cabeza y desterró aquellos pensamientos. Su destino descansaba en manos de
los dioses.
Decidido,
contempló los cenagales que se extendían en el horizonte durante kilómetros.
Necesitaría un milagro para encontrar aquello que buscaba.
Un
escalofrío supersticioso recorrió su espalda y le erizó el vello de la nuca.
El
rey se despidió de su consejero.
—Gracias
por acompañarme hasta aquí, Gonar —dijo—. Si no he regresado al amanecer,
vuelve a Baaldor y reúne a los hombres. Lucha hasta el último de nuestros
guerreros. Impide que Roma nos convierta en esclavos, como ha hecho con tantos
otros pueblos de Britania.
El
anciano se incorporó y le estrechó la mano con fuerza.
—Suerte,
Bran —musitó—. Entonaré una plegaria por ti.
Sin
más preámbulos, el picto dio media vuelta y tomó el sendero que descendía entre
las lomas. Poco a poco, su figura se fundió con las tinieblas, internándose en
un territorio tan odiado como temido.
Gonar
permaneció inmóvil, con la mirada cargada de preocupación, sintiendo que algo
valioso moría en su interior.
Un
murmullo escapó de sus labios.
—Que
los dioses te protejan, mi rey...
LAS MARISMAS DE LOS MUERTOS
Bran alcanzó el bote que los había conducido hasta aquel lugar. Con movimientos ágiles, lo arrastró sobre la ribera del río y lo empujó al agua. El rey picto empuñó los remos y avanzó en dirección sur, ignorando los vapores fétidos que impregnaban el ambiente. Las primeras estrellas despuntaron en el firmamento e iluminaron las marismas hediondas. Una vaga sensación de temor le invadió el corazón: estaba seguro de que algo lo observaba entre las sombras.
Lentamente,
cruzó los canales putrefactos, adentrándose en el corazón de las tinieblas, que
parecían querer aplastarlo con su peso. La bruma se arremolinó alrededor de la
barca y le atravesó los pulmones, dificultándole la respiración. Los nubarrones
ocultaron la luna. Bran no podía encender una antorcha: si las leyendas eran
ciertas, la luz significaría su perdición. Sin prisa, pero sin pausa, continuó
adelante, sorteando los pequeños islotes rodeados de cañaverales. La atmósfera
opresiva lo hizo dudar de sus planes: puede que su empresa fuera un suicidio.
El
rey picto apretó los remos con fuerza y penetró en una laguna un poco más
amplia que las demás. Un relámpago iluminó las montañas distantes y retumbó
sobre la tierra. Desde el cielo, una fría llovizna empezó a picotear las aguas,
empapándolo de la cabeza a los pies. Bran se arrebujó en la gruesa capa y forzó
la vista: creía distinguir una sombra de gran tamaño a muchas brazas de su
posición.
El
silencio turbador que dominaba el páramo le impedía relajarse. A diferencia de
otros lugares de Caledonia, en los pantanos no habitaba alma humana alguna. Los
hombres de los cenagales, mezcla de celtas y britanos, evitaban las marismas
desde hacía muchos años. Aquella tierra dormida, cuyos secretos se perdían en
los albores de la historia, estaba colmada de poderes intangibles, desconocidos
incluso para los sabios.
Unas
garzas levantaron el vuelo, rompiendo la quietud del erial. Bran observó a los
animales dar media vuelta en el aire y desvanecerse en la penumbra, asustados
ante la presencia del bárbaro invasor que se atrevía a desafiar los misterios
de las lagunas.
Una
hora después, la silueta embarrancada entre los islotes adquirió sustancia
propia, creciendo de tamaño según el bote se aproximaba. Los altos juncos se
arremolinaron en torno a la embarcación, arañando la quilla de madera e
impidiéndole ver el camino con nitidez. El rey picto se introdujo entre los
cañaverales, pasando por alto el viento cortante y la lluvia helada, con una
determinación que iba más allá de la responsabilidad o del coraje.
De
nuevo, tuvo la desagradable impresión de que unos ojos monstruosos acechaban
sus movimientos. Nervioso, dejó de remar y escudriñó las sombras, listo para
vender cara su piel. Algo parecido a una risa, carente de cualquier sentido del
humor, se escuchó a su derecha.
Bran
se incorporó con el arma en la mano. La hoja centelleó como una línea de plata
en la oscuridad. Tal como había aparecido, la voz se desvaneció, permitiendo
que el silencio volviera a cubrir el páramo. El rey picto enfundó la espada y
volvió a tomar los remos: quizá todo había sido producto de su imaginación.
El
lodo burbujeante fluctuó debajo de sus pies y emitió gases venenosos,
enrareciendo aún más la atmósfera contaminada. Bran contuvo la respiración y
atravesó la laguna: por fin había alcanzado su objetivo.
Las
nubes se rompieron durante un segundo, permitiéndole ver los contornos del
navío encallado entre los islotes coronados de hierba seca. El rey picto
experimentó un temor reverencial desconocido: hasta la fecha nunca había visto
un barco de aquella envergadura. De la vieja galera romana, semihundida sobre
el costado de estribor, emanaba un aura de malevolencia indescriptible.
Bran
apaciguó los latidos de su corazón y se limpió la frente cubierta de sudor; a
pesar del frío y la llovizna, transpiraba. Un enorme boquete abría el casco a
la altura de la línea de flotación. La superficie del barco había sido corroída
por la intemperie y la humedad propias de la zona.
El
picto esperó unos minutos hasta que el pálido resplandor de las estrellas
volvió a mostrarle los confines del pantano; al parecer, aquella era la única
entrada viable para acceder al cascarón. Mientras avanzaba hacia el agujero, la
niebla otorgó un aspecto fantasmal y amenazador al barco.
¿Cuántos
valientes habrían perecido intentando descubrir los secretos que escondía en su
interior?
La
estela del bote levantó pequeñas olas que chocaron contra la madera podrida. De
inmediato, arrugó la nariz, vencido por el hedor nauseabundo y penetrante que
escapaba de las entrañas de la trirreme. La fetidez era idéntica a la de un
campo de combate atestado de cadáveres.
Bran
venció la repugnancia y accedió al interior de la galera. Las tinieblas lo
circundaron, propagando una gelidez profana y estremecedora que erizó hasta el
último poro de su anatomía. Con gestos rígidos, tomó un rollo de tela embreada
del fondo de la barca y sacó una antorcha, prendiéndola con yesca y pedernal.
La
luminiscencia le mostró las aguas estancadas y ponzoñosas que llenaban la
bodega a oscuras. Gracias a aquellas naves de guerra, con sus espolones de
acero y dotaciones sanguinarias, Roma había conquistado todos los océanos del
mundo.
¿Cómo
demonios había naufragado aquel barco en las marismas de su país?
Bran
ató el bote a una cuaderna y saltó al exterior. El barro que cubrió sus pies le
arrancó un escalofrío de asco. Con el arma en la diestra y la tea en la
siniestra, caminó hacia el interior de la nave, buscando respuesta a sus
preguntas.
III
UNA CANCIÓN DE LA RAZA
El rey picto avanzó con cautela, midiendo cada uno de sus pasos, dispuesto a enfrentarse a quien hiciera falta. El silencio de los cenagales no era nada comparado con el que reinaba en las entrañas de la trirreme. El agua sucia le cubría las rodillas con su masa viscosa. Bran movió la antorcha de un lado a otro, intentando traspasar las tinieblas, algo del todo imposible. Lentamente, fue penetrando en la bodega, alejándose del mundo exterior. Su pie tropezó con un objeto indeterminado, haciéndole perder el equilibrio. Curioso, inclinó la tea hacia el suelo: un esqueleto le sonrió con sus facciones descarnadas. El rey picto reculó involuntariamente. Su entorno estaba lleno de cuerpos consumidos por los peces.
—¡Por
todos los fuegos del Infierno! —gruñó—. ¿Qué diablos ha pasado aquí?
Bran
contuvo el aliento mientras estudiaba los cadáveres cubiertos de jirones de
ropa. Por el aspecto de los huesos quebrados, comprendió que pertenecían a los
antiguos tripulantes de la nave. Cascos y armaduras oxidadas, junto a lanzas y
escudos rotos, lo circundaban como un dosel lúgubre.
Un
susurro espectral rompió la quietud aplastante y le puso la carne de gallina.
Bran se volvió con la espada en alto. Ante él solo encontró oscuridad. Las
viejas supersticiones, heredadas de generación en generación, lucharon por
controlar su temple. Quería gritar de angustia, huir a cualquier parte, escapar
de las sombras que lo acechaban en la penumbra.
Cualquier
otro hombre habría sucumbido a sus temores, pero el rey picto, demostrando la
pureza de su sangre y el valor de sus ancestros, resistió el impulso de
regresar a la barca y buscar tierra firme.
Inesperadamente,
una hilera de cofres de hierro apareció ante sus ojos. Exultante, Bran alzó la
espada sobre su cabeza y la descargó contra uno de los baúles. El acero reventó
la cerradura entre una lluvia de chispas carmesíes. A pesar de la oscuridad,
distinguió el contenido del cofre: con aquellos lingotes de oro podría comprar
la ayuda de Cormac na Connacht, príncipe de los galos del norte.
El
rey picto se congratuló consigo mismo. El sabor de la victoria era más dulce
que el mejor vino.
Entonces,
cuando menos lo esperaba, algo le aferró la pierna con un tacto informe.
Sobresaltado, lanzó un grito de repulsión al descubrir el miembro fluorescente,
de aspecto gelatinoso, que pretendía arrastrarlo a las profundidades de la
ciénaga. Sin detenerse a pensar, impulsado por sus curtidos reflejos de
luchador, hundió la espada en el tentáculo coronado por gruesas ventosas. El
acero perforó la carne palpitante y diseminó un chorro de sangre negra en las
aguas empozadas.
Siseando,
la extremidad desapareció en la penumbra, dejando una estela lóbrega tras su
paso.
Bran
retrocedió a trompicones, vencido por un horror indescriptible. El estómago se
le subió a la garganta y estuvo a punto de devolver la cena que había ingerido
pocas horas antes. Con la boca seca y los nervios a flor de piel, escrutó las
tinieblas en busca de su rival, preparado para matar o morir.
¿Qué
clase de criatura primigenia, desconocida para el hombre, habitaba en las
Marismas de los Muertos?
El
rey picto comprendió que su presencia había despertado a la bestia que moraba
en el erial mucho antes de que el pueblo de los brezales surgiera de las
catacumbas de la historia. Aquella galera romana, ignorante de las leyendas del
país que había pretendido conquistar, fue destruida por el mismo ser que ahora
intentaba acabar con él.
—¡Adelante!
—exclamó—. ¡No moriré sin prestar resistencia!
La
criatura pareció aceptar su desafío y el barco osciló con brusquedad. Las aguas
se alzaron como una marea fosca e inundaron la bodega, creando pegajosos
remolinos de espuma. Bran luchó por mantener el equilibrio y apenas logró
sostenerse en pie. Los aparejos de la trirreme, carcomidos por el paso del
tiempo, crujieron siniestramente al venirse abajo. Una fuerza imponente y
destructiva, que escapaba a la comprensión de los seres humanos, había decidido
hundir la nave.
El
rey picto pasó por alto sus miedos y se abrió paso hacia el bote; salir de allí
cuanto antes era su única oportunidad de sobrevivir. El lodo ascendió a gran
velocidad y devoró los baúles y los cuerpos de los legionarios. Bran lanzó un
juramento entre dientes: su fervor por aniquilar Roma lo había conducido al
borde de la autodestrucción.
Una
corriente de agua golpeó su cuerpo y le arrancó la antorcha de la mano. A
oscuras, cubierto de barro hasta el cuello, luchó por conservar una bocanada de
aire en los pulmones. La galera, impulsada por los miembros infernales de su
adversario, se partió por la mitad y se deslizó hacia las profundidades.
El
picto cerró los ojos. Su hora había llegado…
Las
legiones romanas recorrían las tierras de Britania, inmisericordes, trazando un
camino de fuego y sangre. Los cielos se oscurecieron. Miles de soldados,
calzados con botas de hierro, aplastaron la resistencia de los hombres de
Caledonia, convirtiendo a los orgullosos pictos en pálidas sombras de lo que
fueron.
El
pueblo de los brezales pereció, una tribu tras otra, derrotado por los
invasores que habían reclamado su país como propio. El viento recorrió las
colinas atestadas de túmulos funerarios, cargado de cenizas y humillación,
apagando los alaridos de los moribundos. Los muertos se revolvieron en sus
tumbas, airados por el ultraje sufrido, incapaces de volver a descansar en paz.
Los
años pasaron mientras aquella raza indomable desaparecía bajo los depravados
hábitos de sus conquistadores. Roma, como otros grandes imperios de la
antigüedad, también sucumbió al lento declive que traen los siglos. Toda su
grandeza, atesorada en leyes escritas sobre tablas de piedra, desapareció sin
dejar rastro.
Los
bárbaros que moraban en Europa, al descubrir que los hombres a quienes tanto
habían temido se habían vuelto vagos e indolentes, no tardaron en plantarles
cara. Nuevos fuegos se alzaron en el horizonte teñido de escarlata, iluminando
las ciudades de mármol que terminaron pasando a la historia, vencidas por
individuos feroces y apasionados.
Tal
como había aparecido, el Imperio romano se transformó en un jirón de niebla en
la memoria de los hombres. Las hazañas de los ejércitos que antaño dominaron el
mundo se desvanecieron en el péndulo del tiempo.
Una
religión despiadada reemplazó a los viejos dioses. La cruz donde los romanos
colgaban a quienes consideraban malhechores se convirtió en su símbolo. Los
hombres del futuro, idólatras e ignorantes, olvidaron las leyendas del pasado,
erigiendo iglesias y estatuas a su Dios.
Los
cristianos, tal como se denominaban a sí mismos, instauraron su fe a lo largo y
ancho del mundo conocido. La oscuridad del pensamiento y del espíritu se
apoderó de Europa, convirtiendo a las orgullosas tribus libres en pueblos
supersticiosos, obsesionados con el pecado original.
Bran
Mak Morn, al contemplar los acontecimientos venideros y comprender que su
pueblo carecía de toda posibilidad de sobrevivir, rompió a llorar.
El
sol rasgó las nubes grises y se deslizó sobre los cenagales. Exhausto, con el
cuerpo convertido en una constelación de moratones y cortes menores, el rey
picto abrió los párpados. La visión de la bóveda celeste lo devolvió a la
realidad: los dioses aún le concedían tiempo.
Bran
se puso en pie. Tenía las rodillas y los brazos cubiertos de rasguños y lodo
seco. Instintivamente, llevó la mano a la cadera y descubrió que había perdido
la espada.
Una
brisa agitó los juncos ondulados y le refrescó el rostro. El rey intentó
recordar lo sucedido después de que la nave fuera atacada, pero su mente
permanecía en blanco; unas lagunas más profundas que las que lo rodeaban le
habían arrebatado la memoria.
Con
expresión sombría, examinó los bordes del erial en busca de algún punto de
referencia para regresar al campamento donde Gonar lo esperaba. Su búsqueda
había resultado una pérdida de tiempo. La galera romana yacía en el fondo del
pantano, inaccesible para cualquiera que codiciara los tesoros que escondía en
su interior.
Bran
refunfuñó lleno de rabia:
—¡Malditas
sean todas las criaturas del Infierno! He arriesgado el cuello para nada…
¡Volveré a Baaldor con promesas vanas y la bolsa vacía!
La
derrota le supo tan amarga como el destino que pesaba sobre sus hombros. Ya no
disponía de medios para comprar a los galos; tendría que confiar en que el
destino le mostrara una solución más adelante, algo que lo exasperaba.
El
rey picto apartó pensamientos fatídicos que le rondaban la cabeza. La carga de
preservar a su pueblo le resultaba insoportable. Deprimido, inspiró una bocanada
de aire y cruzó el islote de un extremo a otro, impulsado por una voluntad sin
límites.
Lentamente,
avanzó hacia el norte hasta que su figura se perdió entre las marismas como una
sombra.
Sin
saberlo, había dado los primeros pasos que lo convertirían en leyenda…
