El poderoso
motor del Dodge Charger retumbaba en la oscuridad previa al amanecer. Iluminada
por luces eléctricas, Chandos Grove poseía un aspecto gélido y fantasmal.
Aunque las ventanas delanteras estaban abiertas, en el habitáculo del carro se
había formado una burbuja de humo; el olor de la hierba habría vuelto loco a
cualquier perro detector de drogas. Spike conocía Salford como la palma de su
mano; llevaba unos quince minutos transitando por calles secundarias poco
frecuentadas. Indolente, soltó el acelerador y redujo la velocidad. Observé el
cuentakilómetros con cierta sorpresa; mi colega no solía conducir a menos de
cuarenta.
—La bofia vigila esta zona —el menda pareció leerme el pensamiento—. Pasar desapercibidos es la mejor opción.
Embutido en
una raída chupa de cuero, parecía haber escapado de un programa de
desintoxicación: pelo largo teñido de canas, rostro demacrado debido al consumo
de todo tipo de sustancias ilícitas, profundas bolsas debajo de los ojos, nariz
prominente, pómulos angulosos, cuerpo terriblemente delgado. Una versión
arrabalera y magullada de Mark E. Smith, de The Fall. Estilo y decadencia a
partes iguales: gafas de sol y cuero. Su mirada estaba en otra órbita;
contemplaba universos inalcanzables para el resto de los mortales.
La tarde anterior, entre los cuatro miembros del Grupo Salvaje, habíamos reunido un buen fajo destinado a actividades recreativas. Pese a llevar toda la noche de juerga, nos quedaban porros, farla y priva como para descarrilar un tren. Éramos los supervivientes del Segundo Verano del Amor, hijos de la cultura rave. Habíamos bailado Hallelujah, de los Happy Mondays; Come Together, de Primal Scream; Fool’s Gold, de The Stone Roses; I’m Free, de The Soup Dragons, y Weekender, de Flowered Up, en una nebulosa de MDMA, locura y cachondeo.
Como en los
viejos tiempos, Spike se encargó de pillar la mandanga. Hacía siglos que no
probaba una farlopa tan cojonuda. Nada más meterte una raya —antes incluso de
que terminara de hacer efecto— ya te apetecía volver al baño a darle otro toque
al tema. Parafraseando a William S. Burroughs: «Si Dios inventó algo mejor, se
lo habrá reservado para él». Íbamos con cuidado: el Partido Laborista, al igual
que su predecesor, tampoco apoyaba la legalización de los narcóticos.
—¿A quién le
compraste la coca? —pregunté—. Te has
lucido, tronco.
—Al Pulga —explicó—. Tiene un contacto en Escocia que
le trajo un cuarto de kilo de lo mejorcito. Estuve en el chabolo mientras lo
cortaba y dejó nuestra parte tal cual llegó. Las nieves del Kilimanjaro se
quedan pañales en comparación con esta mierda, chaval.
Me costaba
creerlo. El perico del camello tenía fama de dudoso, una guarrada, sin
circunloquios. Ya era hora de que se pusiera las pilas. Fui sarcástico:
—Pensaba que
Richard se había retirado.
—¿Estás de
coña? —rio—. ¿En serio no lo viste anoche?
—En
absoluto.
—Estuvo en
el tigre todo el tiempo. Llevaba una mordida de la hostia. Tenía la mandíbula
tan desencajada que parecía Forrest Gump. ¡Viva Colombia!
El Pulga
poco había cambiado desde que traficaba en las raves a principios de los
noventa. Siempre lo recordaba con el casco de moto —donde guardaba el material—
bajo el brazo, de palique con todo Dios, trapicheando para asegurarse una vejez
digna.
Una noche, a
las afueras de un garito, mientras hacíamos el intercambio de rigor de efectivo
por tripis, vio el reflejo de las luces de un coche patrulla y salió
escopeteado como alma que lleva el diablo. Por suerte, teníamos la merca en
mano y no nos dejó en la estacada. Un tipo con nervios de acero.
Examiné la
calle: viviendas victorianas, árboles, una iglesia en obras, cabinas de
teléfono, pequeños comercios, restaurantes y roñosos pubs cerrados.
Aborrecía Salford: sus gentes poligoneras, el ambiente tétrico de las fábricas,
los bloques de protección oficial y las colas frente a las oficinas de empleo.
Puto infierno de ciudad repugnante... Haber crecido en Eccles me moldeó
para siempre. Cada día tenía más claro que mis raíces eran terribles: un
entorno opresivo, aniquilador. Una ciudad de carcas amargados. De milagro no
terminé en el bareto de la esquina, jugando al Cribbage y enganchado al Grouse.
Mudarme a Londres me abrió los ojos; jamás podría regresar a aquella cloaca.
Le comenté a
Spike:
—La peña
continúa igual que siempre, ¿verdad?
— El
problema de dejar las drogas es que, cuando vuelves a sus brazos, lo haces con
el doble de ganas. Es como encontrarte con una guarrilla que tenía un polvo
espectacular y le echas un revolcón para rememorar viejas glorias. ¡Te
enganchas por defecto!
—Bonita
metáfora —bromeé—. Tomaré nota para mi próximo libro.
—Muy sensato
por tu parte. —El amigo esbozó una sonrisa mordaz—. Te lo he dicho mil veces: tu próximo
personaje debe ser un misógino, perforador de culos femeninos de alto standing.
En el
asiento trasero, Tom quitó la anilla a una lata de Guinness y echó un trago al
coleto. Después de todo lo que nos habíamos metido, daba igual que estuviera
caliente. Por alguna extraña razón, el lote de cerveza seguía siendo
considerable.
—¿Te apetece una, tío?
Tom llevaba pañuelo de pirata, polo Fred Perry,
vaqueros y Nike blancas. Había bailado como un neurótico varias horas; seguía
empapado de sudor y parecía que los ojos azules le iban a saltar del cráneo.
Por mucho que largara que iba a reformarse —vida sana, bicicleta, nada de carne
y batidos de espinacas—, tenía complejo de Tony Montana.
—¡Vale! —Cacé la birra en el aire—. Marion, ¿estás
bien?
Este apuró
el canuto antes de replicar:
—¡Claro!
¿Por qué lo preguntas?
Marion tenía
pinta de navajero: gabardina, camiseta de Marilyn Manson —época Antichrist
Superstar—, pitillos ceñidos, pesadas Doc Martens, anillos de armadura y
uñas pintadas de negro. El cabello le sobrepasaba los hombros y se había dejado
barba. Fumeta compulsivo, amante de la literatura rusa, obsesionado con la
política y coleccionar cuchillos, su fama de bolinga era legendaria en los
bajos fondos de la Universidad de Salford. El tipo había logrado escapar de
Wythenshawe —una de las muchas barriadas chungas de Manchester— de una pieza.
Punto a favor del amigo.
—No has
abierto el pico desde que salimos del Blue Moon.
Aunque
estaba cocido, Marion controlaba la situación. Mantenía la voz firme y las
ginebras que había pimplado en el estómago. La charla de una hora con una
zumbada no lo había dejado para el arrastre. Lo típico: una relación mediocre,
años de celos, abusos psicológicos, polvos cutres y, por último, la patada por
una tía más joven en busca de nuevos horizontes. ¿Por qué la gente, cuando
salía de marcha, en vez de olvidar sus problemas, se empeñaba en joder la
marrana al personal?
—Disfruto de
la hierba, capitán.
Tipas
ajadas, reventadas de tanta polla, puestas de costo y alcohol mañana y noche,
con varios hijos a cuestas y una mochila emocional que parece el petate de un
marine en maniobras. Eran todas un coñazo. Decidí pincharle:
—Pensaba que
andabas ciego y que ibas a echar las papas sobre Tom.
Spike
intervino de inmediato:
—¡Como alguno de vosotros, cabrones de mierda,
se atreva a potar en mi buga, lo reviento!
Estallamos en carcajadas. No sería la primera vez que un miembro de la pandilla perdía el control de sus actos dentro del Charger. En el equipo sonaba Definitely Maybe, puede que uno de los mejores discos de la historia. Pensé que a los Gallagher —en especial a Liam— se la sudaba todo. Pura chulería, mesianismo y egos desorbitados. Al final terminabas cogiéndoles cariño, a pesar de que fueran tan pedantes y bocazas como Morrissey.
Pulp, Suede, Elastica, Supergrass… La batalla del Britpop: Blur versus Oasis. Manchester frente a Londres. Norte y sur en conflicto. Clase obrera contra élite. Las bandas se forraron, la prensa vendió miles de ejemplares, las tiendas de discos arrasaron, los promotores de conciertos se hicieron de oro y la gente disfrutó de buena música. Todo el mundo salió ganando y fue una época espectacular. Joder, hasta Robbie Williams —hablamos de un fulano que meneaba el culo en Take That— había despachado el impecable Life Tru A Lens, cuando nadie daba un penique por su carrera en solitario. Músicos... ¿Qué sería de la sociedad sin ellos? Probablemente más limpia… o, qué coño, un muermo. El rock era la tabla de salvación perfecta para unos marginados como nosotros. Demos gracias a la química y a la mala vida por las obras maestras. [...]
Spike cambió de carril y adelantó a un vehículo por la derecha. Continuábamos al pie del cañón: noctámbulos, colocados y erráticos, disfrutando de la vida sin pensar en el mañana. The Verve tocaba en Wigan aquella misma tarde. Bitter Sweet Symphony los había catapultado al estrellato internacional, y la banda aprovechaba la popularidad del momento para salir del ostracismo tras dos años de hibernación.
Previsor, cuando me enteré de la noticia pedí el día libre a la zorra de mi jefa. En un principio no hubo problema, pero a pocas horas del evento me comunicó que, como la plantilla andaba escasa de personal, le era imposible concedérmelo. Llevaba once meses chupándome todos los turnos posibles, puteado y ganando una miseria; aquella fue la gota que colmó el vaso. Ni siquiera me molesté en despedirme: que le dieran por culo a Sainsbury’s y, por extensión, a aquella imbécil que solo quería lameculos para manipularlos a su antojo. Me daba igual haberme quedado en la calle: los trabajos de mierda abundaban en Inglaterra. ¿Reponer mercancía en un supermercado de Charing Cross, o disfrutar de mi grupo favorito en directo? Más fácil, imposible.
Todos habíamos comprado entradas en Ticket and Travel (veintiún libras por cabeza) para el concierto. No esperaba que la peña se apuntara al carro. Por norma, cuando proponía algún plan, me daban largas. La última vez que vimos a The Verve sobre un escenario fue en Glastonbury. El cartel moló bastante: Oasis, The Cure, Pulp, Orbital, Elastica y The Charlatans, entre muchos otros. La banda tuvo problemas de sonido —se les reventó un amplificador— y mantuvo al público a la espera, tocando mientras los técnicos arreglaban el incidente. Richard Ashcroft, arrogante como de costumbre, se tomó aquel contratiempo con humor y bromeó: «No escucháis una sección rítmica como esta todos los días, ¿eh?», antes de cantar las inéditas «The Rolling People» y «Come On», que más adelante pasarían a formar parte del aclamado Urban Hymns. Fueron buenos tiempos: faltaba poco para que me independizara económicamente y plantara a mi familia en la miseria en la que estaban inmersos. En cierta manera, tomé la decisión de abandonar Salford aquel veinticinco de junio de 1995 en el NME Stage, a la vez que escuchaba Life’s an Ocean. Todo se unió a mi favor: la letra del tema, las buenas vibraciones del festival, la presencia de mis colegas, el Adam que había ingerido en primera fila… para librarme de las cadenas del pasado. Por desgracia, aquellos largos días de verano jamás regresarían. [...]
Spike se
detuvo frente a un semáforo en rojo. El resplandor de las farolas le daba un
aspecto sombrío. Inesperadamente, un coche patrulla apareció por Eccles Old
Road y, al reconocer el Dodge Charger, encendió las luces y se dirigió hacia
nosotros.
—¡Mierda!
—exclamó—. ¡Lo que nos faltaba!
El menda
bajó el volumen del equipo de música. Un calambre de ansiedad me recorrió el
estómago.
—¿Por qué
viene a por nosotros? —gimoteó Tom con voz ronca—. ¡No hemos hecho nada, joder!
Impertérrito,
Spike relajó las manos sobre el volante y observó a la bofia a través del
espejo retrovisor. Si estaba alterado, lo disimulaba por completo.
—Nadie tiene
un buga como el tuyo en todo Manchester —rezongué—. Deberías plantearte pillar
uno menos llamativo. ¡La policía puede localizarte a mil kilómetros!
—¡Y una
mierda! —replicó—. Esta joya es la mejor inversión que he hecho en mi vida. Nunca
subestimes la potencia americana.
Los segundos
transcurrieron con una lentitud aplastante. ¿Qué diablos podíamos hacer? Apenas
quedaba tiempo para deshacernos de la mandanga. Marion, intoxicado hasta las
trancas, estaba en otro planeta. Tom, en cambio, se revolvía como un animal
enjaulado; parecía víctima de un electroshock.
—¡Tengo que
salir de aquí! —murmuraba—. ¡Tengo que salir de aquí!
El vehículo
se detuvo detrás del Charger. El madero abrió la puerta del conductor y se
aproximó con una linterna en la mano. Tenía cara de malas pulgas y la pipa le
colgaba, bien visible, del costado. Si Tom no hubiera estado haciendo el cafre
en la parte trasera, quizá —con un poco de suerte— habríamos podido salir de
aquel fregado.
—¡Relájate!
—farfullé—. ¡O nos meterán en el trullo por tu culpa!
—¡Tengo que
salir de aquí! —Tuve ganas de pegarle un guantazo—. ¡Tengo que salir de aquí!
—continuó entre tembleques.
Cuando
faltaba un metro para que el pies planos pudiera vernos con claridad, Spike
metió primera y pisó el acelerador. El carro salió picando ruedas; debimos de
haber despertado a todos los vecinos. El poli, al recuperarse de la sorpresa,
corrió hacia el coche, se subió de un salto y encendió la sirena.
—¡Menudo
imbécil! —exclamó—. ¡Teníais que haberle visto el careto!
Dobló a la
derecha a todo trapo y dejó la marca de los neumáticos en el asfalto. Cambió a
segunda con vértigo. El ulular de la sirena taladraba el silencio mientras
rozábamos los cincuenta kilómetros por hora; el límite permitido era treinta.
Si nos trincaban, aparte de la mercancía y la perturbación del orden público,
fijo que lo multaban por exceso de velocidad. La idea me arrancó una carcajada
febril.
—¿De qué te
ríes, capullo? —preguntó, con media sonrisa dibujada en los labios carnosos.
—Con las
multas que te han metido, me extraña que te dejen conducir.
Irónico,
respondió con otra pregunta:
—¿Y por qué
estás tan seguro de que me lo permiten?
Entramos en
un callejón sin salida. Nadie advirtió la señal de obras: balizas luminosas,
escombros, conos y una zanja nos cortaban el paso; habían levantado el suelo.
Spike frenó en seco; todos salimos despedidos hacia delante. Estábamos
atrapados: era imposible continuar en esa dirección. Acto seguido, dio marcha
atrás. El motor emitió un sonido áspero que me taladró los tímpanos.
—¡Apartaos,
mamones! —masculló—. ¡No veo una mierda!
Tom y Marion
se echaron a los lados para facilitarle la maniobra. Al llegar al final de la
calle, torció a la izquierda. El coche patrulla apareció de improviso detrás
del Charger. El impacto nos dejó galvanizados: Spike le había hundido el morro
con el maletero.
—¡Maldita
sea! —gritó—. ¡Cabrón!
Furioso, se vino arriba y subió el volumen al máximo:
You're the uninvited guest who
stays 'till the end
I know you've got a problem
that the devil sends
You think they're talking
'bout you but you don't know who
I'll be scraping your life from the soul of my shoe tonight…[1]
Sin
pensarlo, continuó en plan kamikaze. La pasma, a duras penas, reanudó la
persecución. Los minutos se sucedían; empezaba a acojonarme con todo lo que
estaba pasando. Nos aproximábamos a una intersección. Mi colega se saltó el
semáforo de Regent Road y esquivó un camión de basura por los pelos. La imagen
del buga, con el lateral abollado, los cristales rotos y echando humo por el
motor, bailó frente a mis retinas durante un segundo. En el interior, nuestros
cadáveres ensangrentados aparecerían en la portada de los periódicos; carnaza
que los lectores ociosos consumirían mientras apuraban el primer café de la
mañana.
—¡Para el
coche! —lloriqueaba Tom—. ¡Quiero bajar, tío, por favor!
—Que te den
por culo —contestó Spike—. ¡Haz algo útil y prepara el tema, cojones! Si nos
pillan, quiero ir sin la manteca encima.
Marion, de
milagro, abandonó su ostracismo de fumeta.
—¿Qué
pretendes? ¿Que nos la metamos toda, hermano?
—¡Obvio!
—resopló—. ¡No te jode!
Dadas las
circunstancias, era la opción más sensata que podíamos tomar. Pasaba de comerme
un marrón por posesión de narcóticos o desperdiciar la pasta invertida en farlopa;
era un material demasiado bueno para que acabara en garras de la pasma.
Aquellos dos estaban tan puestos que no podrían preparar un tiro, menos aún
enrollar un billete. Inútiles para la batalla.
—Yo me
encargo —propuse—. ¿Quién tiene el marisco?
Tom me
alcanzó su caja mágica. Dentro, aparte del material, había una cuchilla
de afeitar, un pequeño espejo y un tubo de platino. Ignoré las sacudidas del
vehículo y los edificios que desfilaban como una mancha borrosa. Saqué la
abultada bolsa, calculando que restarían unos cinco gramos. Tendría que
preparar unas lonchas del tamaño de las líneas de señalización de la calzada.
Ante todo y sobre todo: generosidad y reparto equitativo. Abrí la guantera y
saqué el primer cedé que encontré: Screamadelica, de Primal Scream.
Siempre recordaría la primera vez que escuché «Loaded», el buen rollo que me
transmitió el temazo de los escoceses. Su vibra optimista, espiritual y
rebelde. Magia pura y dura. Aunque sabía que se subieron al tren de Madchester
para intentar resucitar una carrera a la deriva, los muy cabrones parieron un
disco tan brutal que cualquiera diría que ellos habían inventado el rollo.
Sonreí ante los recuerdos: durante años fue nuestro soundtrack cuando íbamos a surfear a la playa de Formby. Era un ritual escucharlo, tanto en el viaje de ida como en el de vuelta, junto a los porros de hierba y la botella de Suave Jack en el maletero. Uno de esos álbumes especiales que podía escuchar un millón de veces y siempre descubriría algo nuevo. ¿De dónde coño salían aquellos himnos? Asociaba Screamadelica al embate de las olas, la caricia del sol, la espuma salada y el tacto de la tabla entre mis manos.
Bowie —el labrador retriever amarillo que le había regalado a Spike— corría de un lado a otro como un poseso, se revolcaba en la arena, se daba chapuzones y jugaba con la pelota que le lanzábamos. Después, exhausto y feliz, se acercaba a su dueño meneando la cola en busca de un premio. Sus ladridos de satisfacción podían escucharse hasta la otra punta de Merseyside. Lo pasábamos bomba; llegó un momento en que mi colega se consideró tan nativo del lugar como Wayne Rooney o Steven Gerrard.
Observé el espejo lateral: el jodido madero, aunque iba quedando atrás por momentos, no cesaba de perseguirnos. Otro gilipollas de uniforme que creía firmemente en el cumplimiento del deber. Spike era «un tanque de gasolina suicida» al volante —citando al Jinete Nocturno de Mad Max—; necesitaría refuerzos de la tropa de la Comisaría de Pendleton para trincarnos.
En plena Trafford Road, coloqué el disco sobre mis rodillas y volqué el perico encima. Los colores chillones de la portada me permitían distinguir la cocaína con nitidez. Hundí la cuchilla de afeitar en el polvo blanco y tracé cuatro generosas líneas de grosor y longitud similares. Una puta salvajada.
Por el
rabillo del ojo, contemplé el reflejo mortecino de los muelles. La carretera
estaba mal asfaltada: el bamboleo del buga casi me parte todos los huesos. Hice
lo imposible para conservar la merca. Mal asunto; sería sencillo interceptarnos
al abandonar la seguridad del laberinto de callejuelas estrechas que habíamos
estado recorriendo hasta aquel instante.
Spike tomó
una curva; poco faltó para que la mandanga se fuera a tomar por culo. El hedor
a goma quemada me impregnó las fosas nasales. Hábilmente, esquivó a un
motorista; no se lo había llevado por delante de milagro. El pobre diablo
levantó el puño con ademán amenazador mientras aullaba:
—¡Hijo de la
gran puta!
Spike se
desternilló como un maníaco y Marion le hizo un corte de mangas por la ventana
trasera.
—¡No te
hagas el gallito, soplapollas! —graznó—. ¡O volveremos para partirte la boca!
A duras
penas, debido al movimiento del coche, esnifé una de las rayas que había
preparado. Me costó un infierno terminarla y el efecto fue instantáneo, gracias
a la adrenalina. Mis glándulas suprarrenales estaban haciendo horas extras:
sudaba, me rechinaban los piños y tenía el hígado a punto de salirme por la
boca. Chupé la bolsa de nieve y la escupí por la ventanilla; llevaba un cebollón
impresionante. Le pasé el cedé y el tubo de platino a Tom.
—¡Empólvate
la napia y deja de quejarte, mamonazo!
Histérico,
se lanzó sobre la mercancía y dejó limpia su parte en menos de lo que canta un
gallo; los fabricantes de aspiradoras tenían mucho que aprender de aquel
capullo. El subidón lo obligó a lanzar un jadeo y a golpear el techo del
vehículo. Marion necesitó toda su fuerza de voluntad y los dos orificios
nasales para cumplir su objetivo.
Spike no
perdía detalle de lo que sucedía en los asientos posteriores.
—¿Y yo qué,
zorras? —soltó con fingida indignación—. ¿Me habéis dejado para el final? ¡Lo
que hay que aguantar!
—¡Calla y
conduce, coño! —mascullé—. Tienes cosas más importantes de las que preocuparte.
—Soy un
hombre versátil —espetó mientras le colocaba el cedé debajo de la tocha—.
Parece mentira que no lo sepas, chaval.
Mi colega
apartó los ojos de la carretera, acercó la nariz al tubo de platino y liquidó
la última línea de una pasada. El cabrón era capaz de meterse una raya mientras
conducía a toda pastilla; ni John Belushi en sus mejores tiempos. Increíble, si
lo contara, nadie me creería. Estábamos como cabras: huíamos de la bofia
puestos hasta el culo y lo único que nos preocupaba era finiquitar el marisco
que podía empapelarnos. Lamentar las circunstancias era una pérdida de tiempo.
Lo importante era escapar de una pieza; no me apetecía terminar en una celda y
que un pandillero me sodomizara sin vaselina.
Spike zigzagueó entre varios vehículos, insultos y bocinas irritadas acompañaron el frenético avance del Charger. Las calles empezaban a llenarse de tráfico. Los esclavos contentos se dirigían a sus miserables empleos para llegar a duras penas a final de mes; Gran Bretaña continuaba a la cola de Europa y nosotros no queríamos saber nada del asunto.
Bruscamente,
un coche de policía prorrumpió desde Albion Way. Con una rapidez de reflejos
envidiable, pegó un volantazo y logró sortearlo; unos segundos de diferencia y
nos hubiera embestido. El madero clavó el freno, perdió el control y chocó
contra el bordillo de la acera; uno de sus tapacubos salió rodando.
—¡Desgraciado!
—bramó el amigo—. ¿Te has fijado que llevaba la sirena apagada para que no le
escucháramos venir?
—Pues le ha
salido el tiro por la culata —reí—. ¡Ignora con quién está tratando!
El marisco me hacía sentir invulnerable. Aunque hubiera roto la promesa que me había hecho a mí mismo de evitar consumir mandanga, no experimentaba remordimiento alguno. Después de meses trabajando como un troyano, hastiado y sin poder escribir una palabra, me encontraba en mi elemento. Fiesta, drogas, mi basca y el puto Dodge Charger. ¿Qué más podía pedirle a la vida?
Spike adelantó a un todoterreno invadiendo el carril contrario. Todos contuvimos el aliento; un furgón de reparto avanzaba de frente. Con una maniobra suicida, desfiló entre ambos coches, atravesó la calzada en diagonal y se montó sobre la acera. Los amortiguadores acusaron el impacto, una lluvia de chispas escapó de los bajos del vehículo y el cinturón de seguridad se me clavó en el tórax. Una bilis amarga me llenó la garganta, causándome deseos de vomitar. Aunque el menda era un conductor excepcional, volví a pensar que íbamos a palmarla. Apretó los dientes, enderezó el rumbo del buga y embistió de costado una verja metálica. Un grito colectivo escapó de nuestras bocas. Con gran estrépito, irrumpimos en una cancha de baloncesto. Spike nos ignoró y encendió las luces largas para orientarse en la negrura. Detrás, los coches de la pasma se vieron obligados a detenerse; ninguno estaba dispuesto a jugarse el pellejo. Habíamos ganado un tiempo precioso.
Estábamos en
el interior de St. Philip's; otro centro de enseñanza primaria católico para la
próxima generación de mamarrachos que tendrían que levantar un país podrido
desde el mandato de Winston Churchill. Mi colega abandonó la cancha deportiva,
pasó de largo el patio de recreo, la fachada cubierta de cristaleras y un
aparcamiento vacío. Al llegar a la entrada, reventó la puerta y prorrumpió al
exterior.
Tom chillaba
al borde del llanto:
—¡Estás
colgado! ¡Vas a matarnos a todos!
Spike cambió
de luces y continuó por Hall Street. Puede que no hubiera sido buena idea
drogarle más de lo que ya estaba; corría el riesgo de terminar metido en una
bolsa de plástico. Franqueamos otro aparcamiento, una parada de autobús, una
farmacia y una gasolinera. Después, dobló a la izquierda, se saltó el enésimo
semáforo en rojo de la noche y recorrió en dirección prohibida Salford Quays.
Por fortuna, estaba vacía. A lo lejos, escuchábamos las sirenas de la pasma.
Los muy bastardos se habían tomado aquello como algo personal; no descansarían
hasta entrullarnos. Una señal de tráfico nos indicó que la vía estaba cortada.
Inesperadamente, Spike aminoró la velocidad y aparcó delante de una casa poco
visible desde la carretera. Lleno de arrogancia, apagó el motor. La calma se
apoderó del coche, rota únicamente por el sonido de nuestras respiraciones
aceleradas. Era como si Hundred Mile High City, de Ocean Colour Scene,
se hubiera desbordado a lo bestia.
—Ha sido la
hostia, ¿verdad? —zumbó—. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien.
Marion tenía
cara de querer arrearle una galleta.
—¡Que te
folle un pez, Spike! —explotó—. ¡Última vez que me subo en tu carro en mi vida!
El colega
pasó por alto su comentario y encendió un pitillo.
—Os
recomiendo que, en vez de gimotear como maricones, guardéis silencio un rato.
Con suerte, saldremos de esta mierda sin problemas.
Agotado, me
limpié el sudor de la frente. Tenía la boca seca, los músculos rígidos y los
nervios a flor de piel. El bienestar causado por la cocaína desaparecía a pasos
agigantados, dando paso a un bajón informe. Tom estaba blanco como una sábana,
se retorcía los dedos y respiraba con dificultad.
—Pásame una
birra, tío.
El menda
abrió los ojos como platos.
—¿Qué dices,
loco? ¿Aún te quedan ganas de pimplar?
—¡Claro! —Me
encogí de hombros—. ¿Por qué no?
Tom me
alcanzó una Guinness. Antes de que pudiera llevármela a la boca, Spike le
arrancó la anilla y la vació de un trago interminable. Menudo morro gastaba; la
generosidad no era una de sus virtudes.
—Está
caliente de cojones. —Torció la boca con asco—. Toda tuya, chaval.
Apuré el
fondo de la lata. Marion encendió un cigarro con movimientos torpes. Le
temblaban las manos. Estaba cabreado y lanzaba miradas asesinas a Spike
—Lo siento, tronco —se disculpó el menda—. Reconozco que la situación se me fue de las manos. Me acojoné cuando vi a la pasma y actué sin pensar. Te prometo que no volveré a hacerlo.
Marion no se molestó en responder. Al escuchar las sirenas de la policía aproximándose, nos inclinamos para no llamar la atención. Nerviosos, contuvimos el aliento. Spike me guiñó un ojo en la penumbra. Sabía lo que pensaba: después de unos canutos, nuestro colega volvería a la normalidad. Tres vehículos pasaron a toda velocidad, intentando encontrarnos. Chapuceros: con razón los índices de criminalidad cada vez eran mayores; en breve no podríamos salir a tomar una copa sin que nos diera el palo algún zumbado. Cuando desaparecieron, risas de alivio llenaron el interior del Charger.
Los primeros
haces lechosos de sol despuntaban encima de los tejados; la mañana estaba a la
vuelta de la esquina. Ni en broma íbamos a meternos en la cama; con el pasote
que llevábamos, no podríamos dormir. No sería la primera vez que, gracias a los
efectos residuales del perico, me quedaba comiendo techo hasta altas horas de
la tarde. Cuando tuvimos la seguridad de que no tropezaríamos con la bofia,
Spike encendió el contacto del coche.
—La juerga
solo acaba de empezar. —Sonrió como un pirado. Adrenalina, caos, exceso y
lucidez momentánea en medio del delirio—. ¿Listos para marcharnos?
