Por
distraerse, a veces, suelen los marineros
dar
caza a los albatros, grandes aves de mar,
que
siguen, indolentes compañeros de viaje,
al
navío surcando los amargos abismos.
Charles
Baudelaire
La
corriente helada cruzaba los árboles mientras el cuerpo se deslizaba, boca
abajo, entre las aguas. Imponente, el viento soplaba en dirección al océano y
mecía los pliegues del vestido. Las hojas de los avellanos, marchitas por la
llegada del otoño, la acompañaban hacia el abismo, velando sus sueños.
A
lo lejos, las estrellas brillaban, perdidas en el infinito, con tranquila
resignación.
Recuerdas
el rostro pálido: las flores muertas flotando alrededor de los miembros, los
párpados apagados, los colores que se arremolinaban en los brazos —negro,
verde, púrpura, amarillo—.
Poco
a poco, la joven pasó las lomas achaparradas y descendió hacia la desembocadura
del Támesis. Las colinas, perladas de estío, le dieron la despedida, y los
primeros peces comenzaron un voraz ceremonial, atraídos por la sangre que
escapaba de las heridas: surcos carmesíes que cruzaban las muñecas de derecha a
izquierda.
No
podía tener más de dieciséis años. Los rasgos aún conservaban la inocencia, la
bondad que sólo los niños poseen.
Recuerdas
los cabellos oscuros, la frente amplia y despejada, los ojos verdes, los labios
abiertos en un último grito que nadie escuchó.
Lentamente,
la lluvia cubrió la tierra, ocultó el sonido de los albatros que recorrían los
cielos en busca de un nuevo amanecer y golpeó los charcos donde yacía, sin
posibilidad de escapar.
El
alma se pudriría entre los bajíos; las rosas que adornaban el pelo
desaparecerían, y el salitre se alimentaría de los restos.
Y
te preguntas si algún día los marineros contarían historias sobre aquella
muchacha cuando encontraran el cadáver flotando sobre las olas. ¿Quién
recordaría aquel rostro cuando pasaran las décadas?
Los
barcos que navegaran por océanos sin nombre no podrían dar marcha atrás,
retroceder en el tiempo y recobrar las esperanzas destrozadas.
Entonces,
el amanecer cubrió el horizonte, las nubes enrojecieron, la brisa marina lamió
la punta de las olas, y el traje de novia se desvaneció para siempre en la
espuma.
