La duda se agitaba en su interior,
haciéndole sentirse mal consigo mismo
al hacer tanto daño sin sentir nada,
sabiendo la necesidad de ser cruel.
Pero en aquellos ojos grandes y tristes
brotaron lágrimas tan humanas
como las de cualquier persona,
deslizándose hasta sus labios.
Y en la soledad de su oscuro apartamento,
desordenado y velado por la depresión,
aquellas lágrimas fueron el lienzo en blanco
donde dictar su última sentencia.
