miércoles, marzo 18, 2026

RELATO: EL ÁNGEL CAÍDO

¿Qué importa si la batalla está perdida?

No está perdido todo: la voluntad inquebrantable,

la preparación de la venganza, el odio inmortal

y el valor para no someterse nunca ni ceder.

¿Qué más hace falta para no ser vencido?

 

John Milton

 

Mi condena es eterna. Mi dolor, insoportable.

Pero ¿qué es el dolor sino la conciencia de lo que se ha perdido? ¿Y qué es la eternidad sino la imposibilidad de olvidar?

Apenas recuerdo el pasado, cuando formaba parte del Paraíso, antes de que el Señor me desterrara a la Tierra. Tal vez el recuerdo mismo sea ya un castigo: una forma de persistencia del bien en quien ha sido condenado al mal.

Desde entonces, he vigilado los actos del Hombre. He sido testigo de sus tragedias, de sus pequeñas mezquindades, de sus tormentos y sus pecados. Pero cuanto más observo, más dudo: ¿son ellos realmente culpables… o meros instrumentos de una voluntad que los supera?

Todo ha quedado bajo mi mando; ningún mortal escapa a mi presencia. Fui creado para dar sentido al mal… pero ¿puede el mal tener sentido sin el bien que lo define? ¿Soy, entonces, una negación… o una necesidad?

Durante milenios he contemplado el ascenso y la caída de los imperios: Mesopotamia, Babilonia, Egipto, Grecia, Roma… Todos se creyeron eternos, y todos desaparecieron. En su ruina hay una lección que ni siquiera ellos comprendieron: el tiempo no destruye, revela.

Llevo tanto tiempo imbuido en mi sufrimiento que ya no sé si lo padezco… o si me he convertido en él. Mi único consuelo ha sido corromper a los hombres. Les he ofrecido poder, riquezas y sueños de conquista, y ellos han aceptado sin vacilar.

Y, sin embargo, siempre me ha inquietado una pregunta: si necesitan tan poco para caer… ¿hasta qué punto soy yo responsable de su caída?

Ya no experimento placer. Las sedas han perdido su brillo, el vino su sabor, los manjares su exquisitez. Tal vez el castigo no sea el dolor, sino la imposibilidad del goce. Tal vez el infierno no sea un lugar, sino una condición del espíritu.

Intenté emular a Dios con mis creaciones, demostrarle mi valía. Creí que la grandeza justificaba la desobediencia, que la voluntad bastaba para legitimar el acto. Pero ahora comprendo que no hay creación sin límite… ni libertad sin responsabilidad.

Lo único que deseo —mi mayor anhelo— es su perdón. Pero ¿puede el perdón concederse sin arrepentimiento verdadero? ¿Y puede haber arrepentimiento cuando aún subsiste el orgullo?

Lloro a solas mientras vago por el mundo. Día tras día, siglo tras siglo, elevo mis ojos al cielo… y el silencio es mi única respuesta.

He llegado a pensar que ese silencio no es indiferencia, sino juicio. Que Dios no responde porque ya ha respondido.

¿Fue mi arrogancia tan grave? No fui consciente de mis palabras: era joven, ignorante de la medida de lo eterno. Pero ¿es la ignorancia excusa… o simplemente otra forma de culpa?

Si pudiera retroceder, cambiaría mis actos. Me arrodillaría, renunciaría a mi soberbia… Pero incluso ese deseo está manchado: ¿busco su perdón… o mi alivio?

Nunca he comprendido por qué no me perdona. He cumplido mi función con celo, castigando a aquellos que lo merecen. Pero quizá ahí reside mi error: creer que el castigo es justicia, que el dolor equilibra el mundo.

El Todopoderoso es clemente. Yo, en cambio, soy necesario.

Porque donde hay libertad, hay caída. Y donde hay caída… alguien debe nombrarla.

Ese alguien soy yo.

Espero que, algún día, reconozca mis virtudes y me permita regresar al Cielo. Pero a veces sospecho que mi esperanza no es más que otra forma de condena.

Porque esperar eternamente… es no ser jamás redimido.

Y, aun así, sigo esperando.