¿Qué
importa si la batalla está perdida?
No
está perdido todo: la voluntad inquebrantable,
la
preparación de la venganza, el odio inmortal
y
el valor para no someterse nunca ni ceder.
¿Qué
más hace falta para no ser vencido?
John
Milton
Mi
condena es eterna. Mi dolor, insoportable.
Pero
¿qué es el dolor sino la conciencia de lo que se ha perdido? ¿Y qué es la
eternidad sino la imposibilidad de olvidar?
Apenas
recuerdo el pasado, cuando formaba parte del Paraíso, antes de que el Señor me
desterrara a la Tierra. Tal vez el recuerdo mismo sea ya un castigo: una forma
de persistencia del bien en quien ha sido condenado al mal.
Desde
entonces, he vigilado los actos del Hombre. He sido testigo de sus tragedias,
de sus pequeñas mezquindades, de sus tormentos y sus pecados. Pero cuanto más
observo, más dudo: ¿son ellos realmente culpables… o meros instrumentos de una
voluntad que los supera?
Todo
ha quedado bajo mi mando; ningún mortal escapa a mi presencia. Fui creado para
dar sentido al mal… pero ¿puede el mal tener sentido sin el bien que lo define?
¿Soy, entonces, una negación… o una necesidad?
Durante
milenios he contemplado el ascenso y la caída de los imperios: Mesopotamia,
Babilonia, Egipto, Grecia, Roma… Todos se creyeron eternos, y todos
desaparecieron. En su ruina hay una lección que ni siquiera ellos
comprendieron: el tiempo no destruye, revela.
Llevo
tanto tiempo imbuido en mi sufrimiento que ya no sé si lo padezco… o si me he
convertido en él. Mi único consuelo ha sido corromper a los hombres. Les he
ofrecido poder, riquezas y sueños de conquista, y ellos han aceptado sin
vacilar.
Y,
sin embargo, siempre me ha inquietado una pregunta: si necesitan tan poco para
caer… ¿hasta qué punto soy yo responsable de su caída?
Ya
no experimento placer. Las sedas han perdido su brillo, el vino su sabor, los
manjares su exquisitez. Tal vez el castigo no sea el dolor, sino la
imposibilidad del goce. Tal vez el infierno no sea un lugar, sino una condición
del espíritu.
Intenté
emular a Dios con mis creaciones, demostrarle mi valía. Creí que la grandeza
justificaba la desobediencia, que la voluntad bastaba para legitimar el acto.
Pero ahora comprendo que no hay creación sin límite… ni libertad sin
responsabilidad.
Lo
único que deseo —mi mayor anhelo— es su perdón. Pero ¿puede el perdón
concederse sin arrepentimiento verdadero? ¿Y puede haber arrepentimiento cuando
aún subsiste el orgullo?
Lloro
a solas mientras vago por el mundo. Día tras día, siglo tras siglo, elevo mis
ojos al cielo… y el silencio es mi única respuesta.
He
llegado a pensar que ese silencio no es indiferencia, sino juicio. Que Dios no
responde porque ya ha respondido.
¿Fue
mi arrogancia tan grave? No fui consciente de mis palabras: era joven,
ignorante de la medida de lo eterno. Pero ¿es la ignorancia excusa… o
simplemente otra forma de culpa?
Si
pudiera retroceder, cambiaría mis actos. Me arrodillaría, renunciaría a mi
soberbia… Pero incluso ese deseo está manchado: ¿busco su perdón… o mi alivio?
Nunca
he comprendido por qué no me perdona. He cumplido mi función con celo,
castigando a aquellos que lo merecen. Pero quizá ahí reside mi error: creer que
el castigo es justicia, que el dolor equilibra el mundo.
El
Todopoderoso es clemente. Yo, en cambio, soy necesario.
Porque
donde hay libertad, hay caída. Y donde hay caída… alguien debe nombrarla.
Ese
alguien soy yo.
Espero
que, algún día, reconozca mis virtudes y me permita regresar al Cielo. Pero a
veces sospecho que mi esperanza no es más que otra forma de condena.
Porque
esperar eternamente… es no ser jamás redimido.
Y,
aun así, sigo esperando.
