«Tú
que sobre la nada sabes más que los muertos».
Mallarmé
Sobresaltada,
Teiko abrió los párpados rasgados. El despertador digital sonaba sobre la
mesilla de noche. De un manotazo lo arrojó al suelo, revolviéndose en la cama
de espuma sintética. Su cuerpo desnudo emergió entre las sábanas, músculos
firmes de judoka, desperezándose como una gata bobtail. Con movimientos ágiles
se dirigió al baño del fondo, sorteando la ropa diseminada en la alfombra.
Bajo
el chorro candente intentó apartar los pensamientos oscuros, frotando su piel
con fuerza. Al terminar, salió del cilindro de cristal, se secó y vistió con un
mono de látex negro. El cabello cortado a capas se arremolinaba alrededor de su
rostro oriental, ocultando el implante en la mejilla derecha y velando las
pupilas modificadas quirúrgicamente.
Abandonó
la planta superior del apartamento y descendió las escaleras en espiral hacia
el salón. Sobre la mesa de palo de rosa descansaban una consola Daewoo sin
estrenar, un paquete de sushi —su cena de la noche anterior—, varias botellas
de Red Bull y un cartón de Dunhill de mercado negro.
Encendió
el equipo Sony, pinchó La Valkiria de Richard Wagner y, mientras
prendía el primer cigarrillo de la jornada, preparó café negro. Observó los
ventanales que mostraban la costa desierta: olas espumosas deslizándose sobre
la arena bañada por el sol del mediodía. La música se elevó sobre el silencio
del apartamento, devolviéndole una sensación de control. Pero la tranquilidad
era engañosa: los hombres de Kanetomak habían pasado la tarde anterior, tres
cibersamuráis poderosamente armados. Su hermano tenía problemas.
Los
cibersamuráis eran fríos e implacables, máquinas sin alma diseñadas para
obedecer. Vestían armaduras negras que absorbían la luz, y bajo sus máscaras
sin rostro sólo brillaba una línea roja, delgada y cruel como una incisión. Se
movían con una precisión inhumana, silenciosa, guiados por algoritmos de
combate que predecían cada gesto antes de ejecutarlo. Eran la voluntad mecánica
de la Yakuza: emisarios del miedo, perfección sin compasión, cyborgs
odiosos creados para matar sin dudar.
—Corporación
Schneider —dijo la máquina—. Debes conseguir el bloque H.G.F.
—¿Qué
información contiene el programa? —preguntó con desconfianza.
—No
es tu problema. Actúa como una buena hermana o Hiroshi morirá.
—¡Que
te den, imbécil! —escupió—. ¿Cómo puedo saber que sigue vivo?
El
cibersamurái arrojó unos dedos al suelo.
—¿Necesitas
alguna prueba más?
Teiko
estuvo a punto de vomitar. Una rabia helada le recorrió el cuerpo.
—De
acuerdo —susurró con la voz estrangulada—. Lo haré.
Tras
tres tazas de café, se acercó a la consola. La Daewoo chispeaba tras el
embalaje. De su dedo índice surgió una cuchilla y rasgó el paquete en dos
movimientos. Ignoró el manual, conectó los cables de fibra óptica, ajustó la
clavija en su implante facial y se colocó los guantes de retroalimentación.
Cerró los ojos un instante y encendió la consola. Sus dedos se deslizaron sobre
el teclado imaginario.
Una
voz metálica resonó en su implante auditivo:
—Conexión
lista. Latidos estables. Temperatura corporal en descenso.
Teiko
ignoró los datos clínicos; el miedo y la adrenalina se mezclaban en su sangre
como dos sistemas incompatibles. No era la primera vez que se conectaba, pero
sabía que cada inmersión podía ser la última. En la superficie, los reflejos de
los monitores parpadeaban sobre su piel; parecía una estatua de obsidiana,
medio humana, medio espectro, al borde de disolverse en la frecuencia binaria.
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BAUDELAIRE_618.448 // SECURITY CLEARANCE LEVEL:
OMEGA_9
SCHNEIDER DEFENSE GRID : NODE BAUDELAIRE_618.448
ONLINE
CORP_NET//BAUDELAIRE_618.448::AUTHORIZED ACCESS
GRANTED
> PROTOCOL: H.G.F. > ACTIVE NODE
[BAUDELAIRE_618.448]
SYSTEM ALERT: BAUDELAIRE_618.448 ENTERED RESTRICTED
ZONE
________________________________________
Una
retícula de luz envolvió sus sentidos, disolviendo el espacio en una negrura
sin límites. Meridianos de topacio cruzaban el infinito: logotipos, caracteres
en neón, estructuras piramidales de información.
Teiko
avanzó en la red, sorteando monolitos de acero que atravesaban el abismo. Su
avatar, hecho de estática y código, se movía con precisión quirúrgica. Esperaba
que la contraseña falsificada bastara para atravesar el perímetro exterior.
Una
serie de notificaciones emergieron a su alrededor, proyectadas en fragmentos de
luz azul:
FIREWALL DETECTED // TRACE ROUTE INITIATED // USER
SIGNAL: ANOMALOUS.
El
pulso de Teiko se aceleró. Veía su propio código descomponerse en líneas que
temblaban como si estuvieran vivas. Los algoritmos de defensa de Schneider no
eran simples programas: tenían instinto, hambre. Uno de ellos giró su ojo
electrónico hacia ella, un centelleo rojo que la atravesó por completo. La
sensación fue física, como si una mano invisible tratara de arrancarle el alma.
Cuando
alcanzó su objetivo, se paralizó: un astro maligno flotaba en el no-espacio.
Cometas defensivos giraban a su alrededor, protegiendo la base de información. Un
bloque de defensa emergió, despedía llamaradas de sodio. Teiko contuvo un
grito.
Solo
es uno, pensó. Puedo librarme de él.
De
sus manos surgió un programa con forma de fénix. Las alas rojizas brillaron con
intensidad cegadora. Las dos criaturas chocaron, estallando en chispas dentro
de la inmaterialidad. Pulsó una serie de códigos y esquivó la garra del
enemigo. Escapó del área de interacción, dejando un rastro detectable. Debía
darse prisa.
El
interior de la base era una réplica de la sede de Schneider. Llegó a la Sección
H.G.F., tecleó las claves sobre una pared semitransparente. Los datos
aparecieron enmarcados en un rectángulo rosa. Los volcó en su memoria RAM.
Entonces la detectaron. Una docena de Agentes Ejecutores emergieron al final
del corredor.
Maldita
sea,
pensó. La he jodido.
Corrió entre los hangares, esquivando las luces cenitales que parpadeaban como ojos artificiales, vigilando cada movimiento. El sonido de los disparos retumbó a su alrededor, una sinfonía metálica que rebotaba entre los muros de acero. Los casquillos golpeaban el suelo como lluvia ardiente. Uno de los agentes cayó con un chasquido seco, su visor astillado por un disparo directo al rostro.
Teiko
avanzó a trompicones, respirando con dificultad. La interfaz de su implante se
saturaba con mensajes de alerta: niveles de dopamina críticos, daño tisular
34%. La sangre le resbalaba por la clavija de conexión que aún colgaba de su
rostro. Se lanzó tras una columna, recargando las automáticas con movimientos
mecánicos. La realidad y el código se mezclaban; veía las trayectorias
balísticas como líneas de luz suspendidas en el aire, prediciendo dónde moriría
si se movía un segundo tarde.
Un
proyectil silbó junto a su oído. Disparó a ciegas, y otro ejecutor cayó.
Avanzó, rompió los controles de una puerta con un talonazo y se deslizó bajo el
marco antes de que los goznes se cerraran de golpe. El corredor que la recibió
olía a ozono y metal fundido. Una alarma aguda perforaba el aire. Desde las
compuertas laterales emergieron nuevos agentes con armaduras negras y visores
rojos.
Rodó,
disparó, rodó de nuevo. Cada impacto de su arma levantaba una nube de chispas
azules. Las balas impactaban contra los paneles de datos, haciendo estallar
ristras de símbolos luminosos que flotaban unos segundos antes de desvanecerse.
Uno de los ejecutores intentó flanquearla; Teiko lo abatió con una ráfaga
doble, pero otra detonación la lanzó contra el suelo.
Sintió
el calor del plasma atravesándole la espalda. Los sensores de su cuerpo
artificial estallaron en un torrente de dolor blanco. Aún tuvo fuerzas para
girarse y disparar una última vez: el proyectil se incrustó en el pecho de su
atacante, que cayó de rodillas antes de evaporarse en una nube de código
incandescente.
Otra
ráfaga la alcanzó de lleno, fragmentándole el corazón. La tercera hizo que su
cabeza explotara en una tormenta de píxeles ardientes. El eco de su grito se
prolongó más allá del sonido, convirtiéndose en un espectro de datos que vibró
dentro de los bancos de la Corporación. Teiko sintió cómo sus ojos ardían,
consumiéndose dentro de la red, mientras su conciencia se disolvía entre las
corrientes digitales del sistema Schneider.
Entonces
creyó deslizarse en un bosque multicolor: copas que ascendían hacia un cielo
imposible. Cruzaba senderos cubiertos de hojarasca digital, una pesadilla
emitida por millones de pantallas. Fue una figura varada entre árboles de neón.
Intentó pintar una acuarela sobre el lienzo de su memoria, pero los colores se
deshacían ante sus manos.
—¿Dónde
estoy? —susurró—. ¿Quién soy?
La
lluvia ácida caía sobre el alabastro donde flotaba, perdida en un océano de
luz. Se encogió, cubriéndose con fragmentos de sueños. Más allá de las
estrellas, sus recuerdos la mantenían despierta dentro de la matriz. Y
comprendió: ya no había cuerpo, solo código.
Teiko
estaba perdida. Había sido absorbida por la red. Su mente se disolvía en el
flujo de datos. Hiroshi estaba condenado. Un dolor sordo ascendió por su pecho
y, con un último estertor, se rindió.
En
el instante final, sus pensamientos se expandieron, confundidos con las
corrientes luminosas del ciberespacio. Allí donde la carne terminaba, el alma
digital de Teiko continuó viajando, eterna y sin cuerpo.
En
la red, los ecos de su conciencia se fragmentaron en miles de pulsos
eléctricos. Algunos decían su nombre. Otros eran solo ruido. Pero entre el
flujo de datos, algo persistía: una chispa diminuta, un patrón que se negaba a
desaparecer.
En
los servidores de la Corporación Schneider, un archivo sin clasificación
comenzó a replicarse sin permiso.
Nombre
de archivo: TEIKO_Ω.resurge
Estado:
desconocido.
Las
luces de neón nunca se apagan del todo.
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