jueves, enero 15, 2026

RELATO: «LUCES DE NEÓN», PUBLICADO EN REVISTA BLASTER

«Tú que sobre la nada sabes más que los muertos».

Mallarmé

 

Sobresaltada, Teiko abrió los párpados rasgados. El despertador digital sonaba sobre la mesilla de noche. De un manotazo lo arrojó al suelo, revolviéndose en la cama de espuma sintética. Su cuerpo desnudo emergió entre las sábanas, músculos firmes de judoka, desperezándose como una gata bobtail. Con movimientos ágiles se dirigió al baño del fondo, sorteando la ropa diseminada en la alfombra.

Bajo el chorro candente intentó apartar los pensamientos oscuros, frotando su piel con fuerza. Al terminar, salió del cilindro de cristal, se secó y vistió con un mono de látex negro. El cabello cortado a capas se arremolinaba alrededor de su rostro oriental, ocultando el implante en la mejilla derecha y velando las pupilas modificadas quirúrgicamente.

Abandonó la planta superior del apartamento y descendió las escaleras en espiral hacia el salón. Sobre la mesa de palo de rosa descansaban una consola Daewoo sin estrenar, un paquete de sushi —su cena de la noche anterior—, varias botellas de Red Bull y un cartón de Dunhill de mercado negro.

Encendió el equipo Sony, pinchó La Valkiria de Richard Wagner y, mientras prendía el primer cigarrillo de la jornada, preparó café negro. Observó los ventanales que mostraban la costa desierta: olas espumosas deslizándose sobre la arena bañada por el sol del mediodía. La música se elevó sobre el silencio del apartamento, devolviéndole una sensación de control. Pero la tranquilidad era engañosa: los hombres de Kanetomak habían pasado la tarde anterior, tres cibersamuráis poderosamente armados. Su hermano tenía problemas.

Los cibersamuráis eran fríos e implacables, máquinas sin alma diseñadas para obedecer. Vestían armaduras negras que absorbían la luz, y bajo sus máscaras sin rostro sólo brillaba una línea roja, delgada y cruel como una incisión. Se movían con una precisión inhumana, silenciosa, guiados por algoritmos de combate que predecían cada gesto antes de ejecutarlo. Eran la voluntad mecánica de la Yakuza: emisarios del miedo, perfección sin compasión, cyborgs odiosos creados para matar sin dudar.

—Corporación Schneider —dijo la máquina—. Debes conseguir el bloque H.G.F.

—¿Qué información contiene el programa? —preguntó con desconfianza.

—No es tu problema. Actúa como una buena hermana o Hiroshi morirá.

—¡Que te den, imbécil! —escupió—. ¿Cómo puedo saber que sigue vivo?

El cibersamurái arrojó unos dedos al suelo.

—¿Necesitas alguna prueba más?

Teiko estuvo a punto de vomitar. Una rabia helada le recorrió el cuerpo.

—De acuerdo —susurró con la voz estrangulada—. Lo haré.

Tras tres tazas de café, se acercó a la consola. La Daewoo chispeaba tras el embalaje. De su dedo índice surgió una cuchilla y rasgó el paquete en dos movimientos. Ignoró el manual, conectó los cables de fibra óptica, ajustó la clavija en su implante facial y se colocó los guantes de retroalimentación. Cerró los ojos un instante y encendió la consola. Sus dedos se deslizaron sobre el teclado imaginario.

Una voz metálica resonó en su implante auditivo:

—Conexión lista. Latidos estables. Temperatura corporal en descenso.

Teiko ignoró los datos clínicos; el miedo y la adrenalina se mezclaban en su sangre como dos sistemas incompatibles. No era la primera vez que se conectaba, pero sabía que cada inmersión podía ser la última. En la superficie, los reflejos de los monitores parpadeaban sobre su piel; parecía una estatua de obsidiana, medio humana, medio espectro, al borde de disolverse en la frecuencia binaria.

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BAUDELAIRE_618.448 // SECURITY CLEARANCE LEVEL: OMEGA_9

SCHNEIDER DEFENSE GRID : NODE BAUDELAIRE_618.448 ONLINE

CORP_NET//BAUDELAIRE_618.448::AUTHORIZED ACCESS GRANTED

> PROTOCOL: H.G.F. > ACTIVE NODE [BAUDELAIRE_618.448]

SYSTEM ALERT: BAUDELAIRE_618.448 ENTERED RESTRICTED ZONE

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Una retícula de luz envolvió sus sentidos, disolviendo el espacio en una negrura sin límites. Meridianos de topacio cruzaban el infinito: logotipos, caracteres en neón, estructuras piramidales de información.

Teiko avanzó en la red, sorteando monolitos de acero que atravesaban el abismo. Su avatar, hecho de estática y código, se movía con precisión quirúrgica. Esperaba que la contraseña falsificada bastara para atravesar el perímetro exterior.

Una serie de notificaciones emergieron a su alrededor, proyectadas en fragmentos de luz azul:

FIREWALL DETECTED // TRACE ROUTE INITIATED // USER SIGNAL: ANOMALOUS.

El pulso de Teiko se aceleró. Veía su propio código descomponerse en líneas que temblaban como si estuvieran vivas. Los algoritmos de defensa de Schneider no eran simples programas: tenían instinto, hambre. Uno de ellos giró su ojo electrónico hacia ella, un centelleo rojo que la atravesó por completo. La sensación fue física, como si una mano invisible tratara de arrancarle el alma.

Cuando alcanzó su objetivo, se paralizó: un astro maligno flotaba en el no-espacio. Cometas defensivos giraban a su alrededor, protegiendo la base de información. Un bloque de defensa emergió, despedía llamaradas de sodio. Teiko contuvo un grito.

Solo es uno, pensó. Puedo librarme de él.

De sus manos surgió un programa con forma de fénix. Las alas rojizas brillaron con intensidad cegadora. Las dos criaturas chocaron, estallando en chispas dentro de la inmaterialidad. Pulsó una serie de códigos y esquivó la garra del enemigo. Escapó del área de interacción, dejando un rastro detectable. Debía darse prisa.

El interior de la base era una réplica de la sede de Schneider. Llegó a la Sección H.G.F., tecleó las claves sobre una pared semitransparente. Los datos aparecieron enmarcados en un rectángulo rosa. Los volcó en su memoria RAM. Entonces la detectaron. Una docena de Agentes Ejecutores emergieron al final del corredor.

Maldita sea, pensó. La he jodido.

Corrió entre los hangares, esquivando las luces cenitales que parpadeaban como ojos artificiales, vigilando cada movimiento. El sonido de los disparos retumbó a su alrededor, una sinfonía metálica que rebotaba entre los muros de acero. Los casquillos golpeaban el suelo como lluvia ardiente. Uno de los agentes cayó con un chasquido seco, su visor astillado por un disparo directo al rostro.

Teiko avanzó a trompicones, respirando con dificultad. La interfaz de su implante se saturaba con mensajes de alerta: niveles de dopamina críticos, daño tisular 34%. La sangre le resbalaba por la clavija de conexión que aún colgaba de su rostro. Se lanzó tras una columna, recargando las automáticas con movimientos mecánicos. La realidad y el código se mezclaban; veía las trayectorias balísticas como líneas de luz suspendidas en el aire, prediciendo dónde moriría si se movía un segundo tarde.

Un proyectil silbó junto a su oído. Disparó a ciegas, y otro ejecutor cayó. Avanzó, rompió los controles de una puerta con un talonazo y se deslizó bajo el marco antes de que los goznes se cerraran de golpe. El corredor que la recibió olía a ozono y metal fundido. Una alarma aguda perforaba el aire. Desde las compuertas laterales emergieron nuevos agentes con armaduras negras y visores rojos.

Rodó, disparó, rodó de nuevo. Cada impacto de su arma levantaba una nube de chispas azules. Las balas impactaban contra los paneles de datos, haciendo estallar ristras de símbolos luminosos que flotaban unos segundos antes de desvanecerse. Uno de los ejecutores intentó flanquearla; Teiko lo abatió con una ráfaga doble, pero otra detonación la lanzó contra el suelo.

Sintió el calor del plasma atravesándole la espalda. Los sensores de su cuerpo artificial estallaron en un torrente de dolor blanco. Aún tuvo fuerzas para girarse y disparar una última vez: el proyectil se incrustó en el pecho de su atacante, que cayó de rodillas antes de evaporarse en una nube de código incandescente.

Otra ráfaga la alcanzó de lleno, fragmentándole el corazón. La tercera hizo que su cabeza explotara en una tormenta de píxeles ardientes. El eco de su grito se prolongó más allá del sonido, convirtiéndose en un espectro de datos que vibró dentro de los bancos de la Corporación. Teiko sintió cómo sus ojos ardían, consumiéndose dentro de la red, mientras su conciencia se disolvía entre las corrientes digitales del sistema Schneider.

Entonces creyó deslizarse en un bosque multicolor: copas que ascendían hacia un cielo imposible. Cruzaba senderos cubiertos de hojarasca digital, una pesadilla emitida por millones de pantallas. Fue una figura varada entre árboles de neón. Intentó pintar una acuarela sobre el lienzo de su memoria, pero los colores se deshacían ante sus manos.

—¿Dónde estoy? —susurró—. ¿Quién soy?

La lluvia ácida caía sobre el alabastro donde flotaba, perdida en un océano de luz. Se encogió, cubriéndose con fragmentos de sueños. Más allá de las estrellas, sus recuerdos la mantenían despierta dentro de la matriz. Y comprendió: ya no había cuerpo, solo código.

Teiko estaba perdida. Había sido absorbida por la red. Su mente se disolvía en el flujo de datos. Hiroshi estaba condenado. Un dolor sordo ascendió por su pecho y, con un último estertor, se rindió.

En el instante final, sus pensamientos se expandieron, confundidos con las corrientes luminosas del ciberespacio. Allí donde la carne terminaba, el alma digital de Teiko continuó viajando, eterna y sin cuerpo.

En la red, los ecos de su conciencia se fragmentaron en miles de pulsos eléctricos. Algunos decían su nombre. Otros eran solo ruido. Pero entre el flujo de datos, algo persistía: una chispa diminuta, un patrón que se negaba a desaparecer.

En los servidores de la Corporación Schneider, un archivo sin clasificación comenzó a replicarse sin permiso.

Nombre de archivo: TEIKO_Ω.resurge

Estado: desconocido.

Las luces de neón nunca se apagan del todo.