martes, 25 de abril de 2017

CONAN DE CIMMERIA VOLUMEN 1 (1932-1933) CUARTA PARTE


Conan apareció en mi cabeza, simplemente, hace pocos años, mientras me encontraba en una pequeña aldea fronteriza de la parte baja del río Grande. No lo creé por medio de un proceso consciente. Sencillamente emergió del olvido, maduro del todo, y me envió a dar testimonio de la saga de sus aventuras.
Robert E. Howard


En la correspondencia mantenida con otros colegas de oficio, Howard manifestaba que sus personajes e historias se presentaban de forma automática, casi sin esfuerzo por su parte, obligándolo a permanecer largas horas delante de la máquina de escribir. No solía mencionar los relatos inconclusos o aquellos que no hubiera logrado vender a los pulp de la época. Con el paso de los años, sus afirmaciones demostraron un exceso de romanticismo y confianza en sí mismo. Entre los numerosos escritos encontrados después de su muerte, se descubrió que el texano elaboraba minuciosamente las sinopsis de sus historias y que, en líneas generales, siempre se mantuvo fiel a las mismas durante el proceso creativo. Los cambios eran mínimos: nombres, escenas, descripciones, modificaciones sugeridas por los editores para poder vender el cuento… Todo ello, por supuesto, sin comprometer la integridad y la calidad de su obra.

A principios de 1932, gracias a la venta de los relatos El pueblo de la oscuridad y El túmulo en el promontorio a Strange Tales of Mistery of Horror, Howard se tomó unas pequeñas vacaciones en el sur de Texas. Según la leyenda, apenas escribió durante aquellos días, en los que vagabundeó a lo largo de la frontera y su única ocupación consistió en «el consumo de tortillas, enchiladas y vino español». El autor se hallaba en un bache creativo y necesitaba descanso, otro ambiente y nuevas experiencias para refrescar las ideas. El poema Cimmeria fue el primer paso que cambiaría su obra (y su destino) para siempre.

Howard apuntó en una carta: «Escrito en Mission, Texas, febrero de 1932; sugerido por la visión de las colinas que se alzan sobre Fredicksburg bajo la neblina de un chaparrón invernal».

Recuerdo
Los bosques oscuros, que ocultaban laderas de sombrías colinas;
el arco plomizo y perenne de las nubes grisáceas;
los oscuros arroyos que fluían en completo silencio,
y los vientos solitarios que susurraban por los pasos.

Paisaje sobre paisaje, colinas sobre colinas,
ladera tras ladera, tapizadas todas de árboles tétricos,
se extiende nuestra severa tierra. Tanto que, cuando un hombre
coronaba un picacho y miraba, cubriéndose los ojos,
no veía sino paisaje sobre paisaje, colina sobre colina
ladera tras ladera, encapuchadas todas, como sus hermanas.

Era una tierra sombría que parecía albergar
todos los vientos, las nubes y los sueños que rehúyen la luz del sol,
de ramas desnudas que estremecían los solitarios vientos,
presidida toda ella por las lúgubres florestas,
que ni alcanzaba a iluminar ese raro visitante, el sol
que cosía sombras menudas a las figuras de los hombres; la llamaban
Cimmeria, Tierra de Oscuridad y profunda Noche.

Fue hace tanto, y tan lejos
que he olvidado el nombre por el que me llamaban.
El hacha y la lanza de punta de piedra son como un sueño,
las cacerías y las guerras, sombras. Recuerdo
solo la quietud de esta tierra sombría;
las nubes que se apiñaban sobre las colinas;
el crepúsculo de los bosques interminables.
Cimmeria, tierra de la Oscuridad y de la Noche.

Oh, alma mía, nacida entre colinas oscuras,
entre nubes y vientos y fantasmas que rehúyen la luz del sol.
¿Cuántas muertes necesitarás para quebrar al fin
esta heredad que me envuelve en la gris
mortaja de los fantasmas? Busco mi corazón y encuentro a
Cimmeria, tierra de la Oscuridad y de la Noche.

Howard, al igual que Plutarco, admiraba a los antiguos celtas que habitaban en tierras ásperas, rodeados por bosques impenetrables, montañas afiladas cubiertas de nieve y la dureza elemental propia de la vida salvaje. Siempre se ha sospechado que la descripción de Cimmeria fue inspirada por su lugar de nacimiento: Dark Valley, condado de Palo Pinto, Texas. Entre la creación del poema y el nacimiento del bárbaro apenas transcurrieron unos días de diferencia.

Conan siempre se ha considerado una versión idealizada del autor: fiero, indómito, un león en batalla, seductor, caballeroso, etc. Una corriente subterránea de oscuridad envuelve al personaje —sombrío, rebelde, solitario, lleno de rabia y en constante lucha contra el mundo— que, gracias a su inteligencia, fuerza de voluntad, pericia con la espada y superioridad física, consigue abrirse paso desde una humilde aldea hasta el trono de Aquilonia. Existe un trasfondo oculto en la saga que pocos críticos han puntualizado: la necesidad imperiosa de experimentar una vida plena de aventuras para encontrar el olvido de unos orígenes tenebrosos, cuanto más sangrientas y brutales, mejor. Por otra parte, tenemos a un joven escritor que anhela escapar de la existencia gris, aburrida y monótona propia del entorno rural del medio oeste, alejado de los centros culturales y artísticos en los que hubiera podido desarrollar todo su talento. Trazar paralelismos es inevitable. Gracias al bárbaro, Howard se convirtió en leyenda. Ambos —personaje y creador— terminaron alcanzando su objetivo.

Aunque el texano era un maestro escribiendo escenas de acción, la influencia de sus películas favoritas son notables en las historias del cimmerio: El jorobado de Notre Dame, Robin Hood, La marca del Zorro, El pirata negro, El ladrón de Bagdad, etc. Howard escribía a gran velocidad para ganarse la vida y no solía redactar más de dos borradores antes de dar por concluida la historia. Excepto con Conan, claro está, que se convertiría en su principal fuente de ingresos durante los siguientes años.     

EL COLOSO NEGRO (WEIRD TALES, JUNIO DE 1933)

Cuando Yasmela corrió de nuevo las cortinas, un cimmerio cubierto de acero bruñido apareció ante los nobles. Tenía la visera alzada y el semblante oscurecido por las negras plumas de su casco, y de su figura emanaba un aire sombrío e imponente que hasta el mismo Thespides no pudo menos que advertir, a su pesar. Unas palabras de broma murieron en los labios de Amalric, que dijo con voz pausada:
—¡Por Mitra, nunca creí que te vería con armadura completa, Conan de Cimmeria, pero debo reconocer que no quedas mal! ¡Por los huesos de mis dedos, que he visto a muchos reyes que llevaban la armadura con bastante menos majestad que tú!
Conan se quedó callado. Una vaga sombra cruzó por su mente, como una profecía. En los años venideros iba a recordar las palabras de Amalric, cuando el sueño se convirtiera en realidad.

El coloso negro fue el primer cuento del personaje que consiguió la portada de Weird Tales. Curiosamente, tal como sucedería más adelante, Conan es relegado a un segundo plano a favor de las sugerentes jóvenes en apuros que aparecían en las historias. El texano no le costó demasiado llegar a la conclusión de que relatos como El dios del cuenco no le harían ganar dinero, por ello, en una época de necesidad, recurrió a una fórmula que, aunque a la larga se convertiría en rutinaria, le ayudaría a mantenerse a flote económicamente.

La historia —al mejor estilo de Sax Rohmer— comienza con la inesperada resurrección de un nigromante que, al volver a la tierra de los vivos, no duda en reunir a los clanes del desierto para conquistar los territorios que le pertenecieron siglos atrás. Desesperada por las monstruosas visiones que visitan sus sueños, la reina Yasmela decide pedir ayuda al oráculo de Mitra para vencer a su adversario. En el templo recibe la indicación de que nombre comandante de sus ejércitos al primer hombre que encuentre por la calle. Como era de esperar, tal responsabilidad recae sobre los hombros del bárbaro.

Este se nos presenta como un individuo pendenciero, implacable, luchador, franco y seguro de sí mismo. Sus superiores, aunque desconfían de sus habilidades como comandante en jefe, no pueden dejar de admirar su arrojo y valentía en el campo de batalla. Las últimas páginas del relato son memorables: después de la cruenta lucha contra el ejército de Khotan, en la que perecen miles de soldados, tanto amigos como enemigos, Conan aniquila al brujo con un certero golpe de espada. 

Nuevamente, al igual que sucedió en La reina de la Costa Negra, sexualidad y muerte van unidas de la mano:

—¡Por los demonios de Crom, muchacha! —dijo Conan, con un gruñido—. ¡Suéltame! Hoy han muerto cincuenta mil hombres y todavía hay mucho que hacer...
—¡No! —repuso ella, jadeando y aferrándose a él con todas sus fuerzas—. ¡No te dejaré marchar! ¡Soy tuya, por el fuego, el acero y la sangre! ¡Y tú eres mío! ¡Allí pertenezco a otros..., pero aquí tan sólo a ti! ¡No te irás!
El cimmerio vaciló al notar que su espíritu era ya un volcán de encontradas pasiones. El fulgor sobrenatural aún brillaba en la sombría habitación, alumbrando con una luz espectral el rostro muerto de Thugra Khotan, que parecía sonreírles con una mueca siniestra. Afuera, en el desierto, los hombres morían, aullaban y mataban como locos, y los reinos se tambaleaban sobre sus cimientos. Pero todo aquello pareció borrarse del alma de Conan mientras apretaba con fuerza entre sus brazos de hierro el esbelto cuerpo marfileño que brillaba en la penumbra como una blanca llama embrujada.

SOMBRAS DE HIERRO A LA LUZ DE LA LUNA (WEIRD TALES, ABRIL DE 1934)

La voz era tan imponente como la figura que se adelantó tambaleante. Se trataba de un gigante desnudo hasta la cintura, cuyo enorme vientre ceñía un amplio cinto que sujetaba unos holgados pantalones de seda. Tenía la cabeza afeitada, con excepción de un mechón, y los bigotes le caían a ambos lados de la boca. Calzaba babuchas shemitas de color verde con la punta retorcida hacia arriba y empuñaba una larga espada de hoja recta.
Conan lo miró y sus ojos centellearon.
—¡Sergius de Khrosha! —exclamó.
—¡Si, por Ishtar! —repuso el gigante, con una intensa expresión de odio en sus negros ojos—. ¿Creíste que me había olvidado? ¡No! ¡Sergius jamás olvida a un enemigo! ¡Voy a colgarte de los pies y a desollarte vivo! ¡ A él, muchachos!
—Sí, puedes enviar a tus perros contra mí, gordinflón —dijo Conan con desprecio—. Siempre has sido un cobarde, cerdo kothio.

Publicado en Weird Tales con el título de Sombras a la luz de la luna, nos encontramos con un cuento que es una extensión del estilo del anterior: doncellas ligeras de ropa, criaturas demoniacas, ruinas antiguas, luchas sangrientas y un cimmerio caballeroso que, aunque extermine a sus oponentes de la forma más sanguinaria posible, resulta irresistible para las jóvenes que acoge bajo su protección.   

El relato empieza con una joven esclava huyendo de su amo a través de un pantano situado en las cercanías del mar de Vilayet. Antes de que Shah Amurat pueda apresarla, tropieza con un bárbaro loco de rabia al que ha vencido escasos días antes. Ebrio por vengar a los kozakos caídos a las orillas del río Ibars, Conan entra en combate contra su rival, lo aniquila despiadadamente y se lleva a la chica consigo para que los hombres del muerto no acaben con ella cuando encuentren el cuerpo de su señor. Durante su huída en una barca, arriban en una isla sin nombre en la que son atacados por una misteriosa presencia oculta entre la selva. Buscando refugio, pernoctan en unas ruinas decoradas con temibles estatuas de hierro. Por primera vez aparecen piratas en el ciclo del cimmerio: individuos duros, bravucones y rebanapescuezos que, a pesar de su carencia de escrúpulos, conservan un extraño código de honor. La mejor parte de la historia es la pesadilla que turba los sueños de la muchacha:

Olivia soñó, y en sus sueños aparecía constante y obsesivamente un ser maligno, parecido a una serpiente negra, que se deslizaba por unos jardines floridos. Sus sueños eran fragmentarios y llenos de color, como exóticas piezas de un diseño inconexo y desconocido, hasta que cristalizaron en una escena de horror y locura contra un fondo de piedras y columnas ciclópeas. La muchacha vio en sueños un gran salón cuyo techo, muy alto, estaba sostenido por columnas de piedra adosadas en filas regulares a las recias paredes. Entre dichos pilares revoloteaban papagayos de plumaje verde y escarlata. La sala estaba atestada de guerreros de piel negra y rostro de halcón. Pero no eran hombres de raza negra. Tanto ellos como sus ropas y sus armas le resultaban absolutamente desconocidos.

Se agrupaban en torno a alguien que estaba atado a una de las columnas. Se trataba de un muchacho esbelto, de piel blanca y rizos dorados. La belleza del joven no era en absoluto humana... era como el sueño de un dios cincelado en mármol vivo.

Los guerreros negros se reían y se burlaban de él en una lengua extraña. La figura esbelta y desnuda se retorcía bajo aquellas crueles manos, mientras la sangre resbalaba por sus piernas de marfil y salpicaba el pulido suelo. Los ecos de los gritos de la víctima se oían por toda la sala. Entonces, el joven levantó la cabeza hacia el cielorraso y pronunció un nombre con una voz estremecedora. Una daga que empuñaba una mano de ébano interrumpió su grito y la dorada cabeza cayó sobre el pecho de marfil.

Como respuesta al desesperado lamento, se oyó el retumbar de una especie de carruaje celeste, y delante de los asesinos apareció una figura que daba la impresión de haberse materializado a partir del aire. La forma era humana, pero ningún mortal había gozado jamás de belleza tan sobrehumana. Existía un inconfundible parecido entre él y el joven muerto, pero los rasgos de humanidad que suavizaban las facciones divinas del joven no existían en las del desconocido, que resultaban sobrecogedoras en su inexpresiva belleza.

Los negros retrocedieron ante la aparición con ojos que eran como surcos de fuego. El desconocido levantó la mano y habló, y las ondas de su voz resonaron a través de las silenciosas salas con tonos profundos y cadenciosos. Como si estuvieran en trance, los guerreros negros siguieron retrocediendo hasta quedar alineados a lo largo de las paredes en filas regulares. Entonces, de los labios cincelados del desconocido surgió una terrible invocación, que era una orden:
Yagkoolan yok tha, xuthalla!
Al escuchar aquel grito terrible, las negras figuras se quedaron rígidas, como paralizadas. Sus miembros adquirieron una extraña apariencia pétrea. El desconocido tocó el cuerpo inerte del joven y las cadenas que lo sujetaban cayeron a sus pies. Levantó el cuerpo en sus brazos y comenzó a alejarse, mientras su serena mirada recorría las silenciosas filas de figuras de ébano. Señaló con la cabeza hacia la luna, que brillaba a través de algunos boquetes del techo. Aquellas estatuas tensas y expectantes, que habían sido hombres, comprendieron...

Sombras de hierro a la luz de la luna, al igual que los futuros cuentos Xuthal del crepúsculo y El estanque del negro, fueron escritos entre los meses de noviembre y diciembre de 1932. Tal como he comentado, el texano había descubierto la fórmula que le garantizaba que Fransworth Wright comprara las historias del bárbaro. Lo mejor aún estaba por llegar.