lunes, 6 de junio de 2016

ALBATROS


Por distraerse, a veces, suelen los marineros
dar casa a los albatros, grandes aves de mar,
que siguen, indolentes compañeros de viaje,
al navío surcando los amargos abismos.

Charles Baudelaire


El cuerpo se deslizaba entre la corriente que cruzaba los árboles. El viento soplaba en dirección al océano y mecía los pliegues de su vestido. Las hojas de los avellanos marchitas por la llegada del otoño la acompañaban hacia el abismo. En el infinito, las estrellas brillaban con tranquila resignación. Recuerda el rostro pálido, las flores que flotaban alrededor de sus miembros, los párpados cerrados, los colores que se arremolinaban en torno al cadáver: negro, verde, violeta, púrpura, amarillo... 

La joven pasó las lomas achaparradas y descendió hacia la desembocadura del Támesis. Las colinas perladas de rocío le ofrecieron una silenciosa despedida y los primeros peces comenzaron un voraz ceremonial atraídos por la sangre que escapaba de sus heridas: surcos escarlatas que le cruzaban las muñecas. No podía tener más de dieciséis años, sus rasgos aún conservaban la inocencia, la bondad que solo los niños poseen. 

Recuerda los cabellos oscuros, la frente amplia y despejada, los enormes ojos verdes, sus labios carnosos abiertos en una última súplica que nadie escuchó. Lentamente, la lluvia anegó la tierra y ocultó el sonido de los albatros que recorrían los cielos en busca de un nuevo amanecer, golpeando los charcos de agua donde yacía sin posibilidad de escapar. Su alma se pudriría entre los bajíos de la costa, las rosas que adornaban su pelo desaparecerían y la salitre se alimentaría de sus restos. 

Y te preguntas si algún día los marineros contarán historias sobre aquella muchacha cuando encontraran su cadáver flotando sobre las olas. ¿Quién recordaría su rostro cuando pasaran las décadas? Los barcos que navegaran por océanos sin nombre no podrían dar marcha atrás, retroceder en el tiempo y recobrar sus esperanzas destrozadas. Entonces, el amanecer cubrió el horizonte, las nubes enrojecieron, la brisa marina lamió la punta de las olas y su traje de novia se desvaneció para siempre en la espuma.