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jueves, mayo 07, 2026

RELATO «ALBATROS», PUBLICADO EN REVISTA BLASTER

Por distraerse, a veces, suelen los marineros

dar caza a los albatros, grandes aves de mar,

que siguen, indolentes compañeros de viaje,

al navío surcando los amargos abismos.

Charles Baudelaire


La corriente helada cruzaba los árboles mientras el cuerpo se deslizaba, boca abajo, entre las aguas. Imponente, el viento soplaba en dirección al océano y mecía los pliegues del vestido. Las hojas de los avellanos, marchitas por la llegada del otoño, la acompañaban hacia el abismo, velando sus sueños.

A lo lejos, las estrellas brillaban, perdidas en el infinito, con tranquila resignación.

Recuerdas el rostro pálido: las flores muertas flotando alrededor de los miembros, los párpados apagados, los colores que se arremolinaban en los brazos —negro, verde, púrpura, amarillo—.

Poco a poco, la joven pasó las lomas achaparradas y descendió hacia la desembocadura del Támesis. Las colinas, perladas de estío, le dieron la despedida, y los primeros peces comenzaron un voraz ceremonial, atraídos por la sangre que escapaba de las heridas: surcos carmesíes que cruzaban las muñecas de derecha a izquierda.

No podía tener más de dieciséis años. Los rasgos aún conservaban la inocencia, la bondad que sólo los niños poseen.

Recuerdas los cabellos oscuros, la frente amplia y despejada, los ojos verdes, los labios abiertos en un último grito que nadie escuchó.

Lentamente, la lluvia cubrió la tierra, ocultó el sonido de los albatros que recorrían los cielos en busca de un nuevo amanecer y golpeó los charcos donde yacía, sin posibilidad de escapar.

El alma se pudriría entre los bajíos; las rosas que adornaban el pelo desaparecerían, y el salitre se alimentaría de los restos.

Y te preguntas si algún día los marineros contarían historias sobre aquella muchacha cuando encontraran el cadáver flotando sobre las olas. ¿Quién recordaría aquel rostro cuando pasaran las décadas?

Los barcos que navegaran por océanos sin nombre no podrían dar marcha atrás, retroceder en el tiempo y recobrar las esperanzas destrozadas.

Entonces, el amanecer cubrió el horizonte, las nubes enrojecieron, la brisa marina lamió la punta de las olas, y el traje de novia se desvaneció para siempre en la espuma.



miércoles, marzo 18, 2026

RELATO: «UNICORNIO», PUBLICADO EN REVISTA BLASTER

…sintió el roce de un frío tan suave

como una pluma y tan agudo

como una hoja de acero deslizarse

directamente a través del centro de su abdomen…

 

Stephen R. Donaldson

 

1

 

Estaba harto de luchar; apenas conseguía mantenerse despierto. El peso del pasado aplastaba sus movimientos confusos. Preso del cansancio, avanzó por el pasillo, adormecido por el efecto secundario de los somníferos, mientras los embates de su corazón le golpeaban el pecho.

Con delicadeza, pasó la mano sobre la pared, notando la rugosidad de la piedra. Tenía mucho frío y su piel blanquecina brillaba bajo las sombras del atardecer. El clima invernal que asolaba la ciudad era terrible; desde su infancia no había contemplado una nevada tan copiosa.

Aunque fuera un producto de su imaginación, sabía que cuando el sol se escondiera detrás de los rascacielos encontraría las respuestas que buscaba. El contacto del picaporte serenó sus nervios a flor de piel.

Al abrir la puerta de madera, una estancia a oscuras llenó sus sentidos. Reconocía los confines volumétricos de la habitación; le eran tan familiares como su carne, huesos, nervios o tendones. Cerró al entrar, asimilando la vacuidad que lo rodeaba, embotado por las pesadillas que lo habían despertado.

El cuarto era pequeño. Un hermoso espejo de dos metros de alto estaba situado en el centro, circundado por una sábana de terciopelo negro que formaba un arabesco a los pies del marco. Con ternura, acarició la moldura de roble artísticamente cincelada, deleitándose en la suave curva del cristal, fascinado por la superficie de mercurio que reflejaba la pared situada a su espalda.

 

2

 

Hacía años que entraba en aquella habitación en tinieblas, anhelando encontrar las respuestas que se le escapaban a borbotones. Se contemplaba durante largas horas, sin atrapar el porcentaje de humanidad que había perdido.

El marco vacío asimiló su presencia. Su doppelgänger era una copia perfecta de su persona. No sabía dónde estaba la diferencia, porque apenas se consideraba real.

El reflejo le devolvió la imagen de un individuo de cuarenta años: cabello rubio albino, ojos grises, pómulos marcados, mentón afilado. Las pupilas brillaron en el rostro fantasmal, llenas de pesar, diluidas en un pozo de contradicciones.

Su cuerpo parecía tallado en un bloque de mármol; los músculos lánguidos se marcaban sobre la piel aterida. Hebras de plata ponían de manifiesto su sangre aria.

Desconsolado, contempló a su doble, esperando que le ofreciera las promesas que necesitaba.

—¿Quién eres? —preguntó—. ¿Por qué me atormentas?

—¿Aún no lo has averiguado? —respondió una voz siniestra.

—No. ¿Quieres que me vuelva loco?

—No es necesario —rio con malicia—. Tú mismo te has encargado de ello.

Las cuestiones flotaban en el aire; ilusiones muertas de antemano remolineaban a su alrededor, tomando consistencia por momentos. Tuvo la impresión de perder el sentido de la orientación. Su espíritu retenía la memoria y no era capaz de enfrentarse a la realidad. Detestaba admitir que la soledad lo enloquecía.

—Te odio.

—Lo sé, amigo.

—Eres despreciable.

El doppelgänger sonrió.

—Gracias.

—No mereces vivir.

El gesto se extendió como una cicatriz.

—Gracias.

—¿Por qué no te suicidas?

Su imagen lanzó una carcajada cínica.

—Tú primero.

 

3

 

Tenía miedo. El aislamiento se intensificó: una pausa entre dos mundos donde reinaba el vacío de la impotencia, estrujando sus pulmones. El ambiente se volvió más tenue, impreciso, recorriendo sus venas como una enfermedad que le arrancaba el alma.

A veces creía comprender las visiones que le ofrecía el espejo: desiertos barridos por tormentas de arena, salas de operaciones rodeadas por cirujanos crueles, océanos cubiertos de estática, ruinas bañadas por tormentas de nieve, campos en guerra llenos de cadáveres…

Sueños inconclusos de diversas vidas. Imágenes de distintas encarnaciones. Instantes que vivió en el pasado, intervalos que experimentaría en el futuro, manifestándose eternamente a través del mercurio.

Poco a poco, introdujo su diestra en el marco, penetrando en aquel reino de ensueños, mientras el cromo derretido cubría su antebrazo. No deseaba aceptar la realidad que lo torturaba; era preferible deslizarse dentro del espejo, perderse en los ámbitos delineados detrás del cristal plateado.

Cerró los párpados y el olvido nutrió sus fibras, transformando sus pensamientos en líneas borrosas.

—Eres un cobarde —escupió su doble—. No tienes agallas para enfrentarte a la verdad.

—No me importa.

El tacto del vidrio no tenía explicación. Los latidos pulsantes lo ayudaron a desvanecerse en el espectro que oscilaba en el presente, arrastrándolo al abismo que llevaba años intentando averiguar.

—¿Soy real?

—No.

—¡Mientes!

—No.

—¡Intentas engañarme!

—¡No!

 

4

 

Bruscamente abrió los ojos. La temperatura descendía; su epidermis se resintió. Se abrazó, como si volviera a ser un feto en la matriz de su madre, pero no se encontraba protegido: la vida lo había aniquilado con su miseria.

En la calle, la noche cubría la mansión, propagando una madrugada insensible, veteada por estrellas ausentes, dolorosa hasta el punto de no lograr resistirla.

¿Quién era el auténtico yo?

Con una sonrisa melancólica, se acercó al espejo mientras su doble desaparecía, evaporándose en algún lugar indeterminado. El doppelgänger era una ilusión incompatible, un pedazo de irrealidad en el límite de su alucinación. La belleza de su condena no era auténtica: sólo un anagrama inútil, vacío de esperanza.

La pasividad de su existencia se mezcló con el metal líquido. Recordaba miles de noches insomnes, perdiendo el tiempo, abarcando la luz del crepúsculo, esperando encontrar la verdad.

Intentó llorar, desesperado, pero el llanto no afloró; estaba emocionalmente en blanco.

El marco comenzó a calentarse. El cristal ardía. Relámpagos cruzaron la superficie enrojecida, presagiando malas nuevas. Su imagen reía en el fondo del espejo, despreciándolo, fundiéndose con el mercurio en suspensión.

—¡Has metido la pata, bastardo!

—¡Púdrete!

—¡Nos veremos en el infierno!

 

5

 

Una última proyección inundó el vidrio: las copas de los árboles se mostraron entre la bruma que cubría el bosque. El tiempo se suspendió en su balanza, paralizando los troncos retorcidos durante unos segundos.

Antes de desvanecerse en el espejo, escuchó el sonido de los cascos sobre la hierba. Un hermoso unicornio inundó su campo visual, volviendo la cabeza en su dirección, ofreciéndole las crines plateadas como consuelo.

Un sueño de verde para aliviar sus pesares…




viernes, febrero 13, 2026

RELATO: «CARRETERA AL INFIERNO», PUBLICADO EN REVISTA BLASTER

Funny how secrets travel

I'd start to believe, if I were to bleed

Thin skies, the man chains his hands held high…

David Bowie

 

1

 

La autopista se sucedía. Las luces fantasmagóricas del anochecer iluminaban la vía oscura e interminable, que cobraba vida gracias a los faros del vehículo, dejando un recuerdo suspendido en la frontera del sueño. El narcótico le hacía sentir una oleada intensa de energía, fluyendo con violencia por su cuerpo, incitándolo a presionar el acelerador, inmerso en una sensación de irrealidad.

A aquellas horas de la madrugada apenas había tráfico. El frío penetraba por la ventanilla abierta, mientras las líneas intermitentes, devoradas por los focos, desaparecían difuminándose en la negrura.

 

2

 

La música llenaba el local abarrotado; focos estroboscópicos lanzaban destellos irreales contra las masas sudorosas, fragmentando los rostros brillantes que se agitaban en una excitación colectiva. Divisó a la mujer entre la multitud: su cabello rubio platino era inconfundible. Se detuvo en la sombra de sus pómulos, en la boca ancha y sensual, en el vestido plateado que realzaba sus curvas.

 —¡Cuánto has tardado!

—Lo siento —respondió ella—. He tenido dos pacientes a última hora.

—No pasa nada. —Encendió su cigarrillo con un Zippo—. Tomemos algo.

Abriéndose paso entre la gente, le tomó la mano húmeda, sintiendo una reacción física inmediata al contacto con su piel. Sonrió levemente y ocupó un asiento en la barra.

—Un whisky con hielo —pidió—. Y para ella… ¿qué deseas?

—Lo de siempre.

—Vodka con lima.

Se volvió hacia ella y la besó con suavidad.

—Estás preciosa.

—Gracias —respondió con una sonrisa ambigua—. ¿Cuándo sales al escenario?

—En quince minutos.

La observó en silencio, saboreando la cercanía.

—¿Qué te parece el grupo?

Ella dirigió la mirada al escenario. Los músicos tocaban con intensidad hipnótica. El vocalista giraba frente al público —cabello a lo Jim Morrison, traje de cuero negro ajustado, botas altas con remaches metálicos, uñas pintadas de negro— con el micrófono pegado a los labios.

 

Let's shirt the issue of Discipline

Let's start an illusion

With hand and pen

Re-read the words and start again

Accept the gift of sin

The gift of...

 

3

 

—¿Qué pensaría tu esposo de esto? —preguntó una voz grave, con ironía.

La habitación estaba a oscuras; sobre la cama desordenada se elevaba el humo fino de dos cigarrillos, dibujando arabescos en el techo.

—No lo sé —respondió ella—. Supongo que no le agradaría.

—Cada cual es como es. —Sus ojos la observaban con atención—. La vida no siempre ofrece respuestas sencillas.

—Regresará por la mañana. —Apartó un mechón de cabello de su rostro—. Actúa toda la noche en ese club. Nunca tiene tiempo para mí.

—¿No es suficiente para ti?

—No —respondió con calma—. Hay un vacío que no logra llenar.

El contacto entre ambas se volvió más cercano.

—¿Lo necesitas ahora?

—Sí —comprendió, mientras un suspiro escapaba de sus labios—. Por favor…

 

4

 

Confuso, tras aparcar el BMW, avanzó sobre la arena ardiente. El sol lo cegaba, deformando sus recuerdos en figuras inquietantes.

—Camina —ordenó una voz infantil en su interior—. Ya no hay vuelta atrás.

Continuó avanzando. Sus botas se hundían en las dunas incandescentes.

—No te detengas.

La frustración lo desbordó. Se llevó las manos a la cabeza. Las lágrimas nublaron su visión. El mar rompía contra la costa; la espuma se deslizaba sobre las rocas oscuras. El graznido de las gaviotas resonaba en su mente.

—¿Qué estás esperando?

—Déjame en paz —murmuró, al borde del colapso—. Déjame tranquilo.

El arma pesaba en sus manos. Una risa distante lo devolvió al presente. Al girarse, vio a un niño observándolo desde lo alto de una duna. Quiso hablar, pero comprendió la verdad: el niño era él mismo.

 

5

 

Sujetando el micrófono, dobló una rodilla y se inclinó hacia el público. La tensión marcaba su rostro. Soltó el soporte y dejó que el cable colgara libre bajo las luces azuladas. Sacudió la cabeza, sin apartar la vista de su esposa, que reía en la barra junto a un desconocido.

 

I hear the sons of the city and dispossessed

Get down, get undressed

Get pretty but you and me,

We got the kingdom, we got the key…

 

6


La noche cubrió la realidad con su manto sombrío y el niño desapareció como si nunca hubiera existido. Un elegante chalet de dos pisos se alzaba ante su figura, dibujando una enorme sombra sobre la arena blanquecina. Aferró la escopeta de cañones aserrados y subió por las escaleras del porche.

Abrió la puerta sin emitir sonido alguno, con la llave que llevaba en el bolsillo del pantalón. Dirigiéndose hacia el dormitorio, mientras ascendía los escalones, escuchó los gemidos de placer de las dos mujeres.

Su silueta se materializó en la entrada: una presencia que presagiaba un horror inmediato, mostrando los ojos negros del arma a punto de estallar…

 

7

 

—¿Recuerdas a la chica que empezó a trabajar la semana pasada en el club?

—Sí. ¿Qué ocurrió?

—La encontraron sin vida en su casa.

El cigarrillo desprendía espirales de humo.

—Ella y su acompañante. Murieron por el disparo de una escopeta.

—¿Quién pudo hacerlo?

—Algún desesperado como tu marido, quizá.

 

8

 

Tras el escenario, preparó el polvo blanco con precisión sobre un amplificador. Aspiró profundamente. Una oleada de energía recorrió su cuerpo. Echó la cabeza hacia atrás, respirando con dificultad. Sus ojos estaban muy abiertos. Era su momento.

Salió al escenario. Las pantallas fragmentadas brillaban a su espalda. Ignoró los aplausos y se sumergió en la atmósfera densa del espectáculo.

 

White on white, translucent black capes

Back on the rack

Bela Lugosi's dead

The bats have left the bell tower

The victims have been bled

Red velvet lines the black…

 

9

 

Apartando el arma a un lado, evitó el disparo directo. Las postas destrozaron la puerta. Fragmentos de cristal lo cubrieron. Respondió con un golpe certero en el abdomen de su oponente.

Ambos cayeron, rodaron por las escaleras y terminaron en el porche. Un impacto le abrió una ceja. La sangre nubló su visión.

Frente a frente, se incorporaron. Dos figuras exhaustas: una, delgada y vestida de negro; la otra, más corpulenta, con chaqueta de piel de serpiente. Se midieron bajo la luz de las estrellas. Una navaja apareció de pronto y trazó un movimiento rápido.

La sangre salpicó la arena fría con su color carmesí…

 

10

 

La autopista se sucedía. Las luces fantasmagóricas del anochecer iluminaban la vía oscura e interminable, que cobraba vida gracias a los faros del vehículo, dejando un recuerdo suspendido en la frontera del sueño. El narcótico le hacía sentir una oleada intensa de energía, fluyendo con violencia por su cuerpo, incitándolo a presionar el acelerador, inmerso en una sensación de irrealidad.

A aquellas horas de la madrugada apenas había tráfico. El frío penetraba por la ventanilla abierta, mientras las líneas intermitentes, devoradas por los focos, desaparecían difuminándose en la negrura.




jueves, enero 15, 2026

RELATO: «LUCES DE NEÓN», PUBLICADO EN REVISTA BLASTER

«Tú que sobre la nada sabes más que los muertos.»

Mallarmé

 

Sobresaltada, Teiko abrió los párpados rasgados. El despertador digital sonaba sobre la mesilla de noche. De un manotazo lo arrojó al suelo, revolviéndose en la cama de espuma sintética. Su cuerpo desnudo emergió entre las sábanas, músculos firmes de judoka, desperezándose como una gata bobtail. Con movimientos ágiles se dirigió al baño del fondo, sorteando la ropa diseminada en la alfombra.

Bajo el chorro candente intentó apartar los pensamientos oscuros, frotando su piel con fuerza. Al terminar, salió del cilindro de cristal, se secó y vistió con un mono de látex negro. El cabello cortado a capas se arremolinaba alrededor de su rostro oriental, ocultando el implante en la mejilla derecha y velando las pupilas modificadas quirúrgicamente.

Abandonó la planta superior del apartamento y descendió las escaleras en espiral hacia el salón. Sobre la mesa de palo de rosa descansaban una consola Daewoo sin estrenar, un paquete de sushi —su cena de la noche anterior—, varias botellas de Red Bull y un cartón de Dunhill de mercado negro.

Encendió el equipo Sony, pinchó La Valkiria de Richard Wagner y, mientras prendía el primer cigarrillo de la jornada, preparó café negro. Observó los ventanales que mostraban la costa desierta: olas espumosas deslizándose sobre la arena bañada por el sol del mediodía. La música se elevó sobre el silencio del apartamento, devolviéndole una sensación de control. Pero la tranquilidad era engañosa: los hombres de Kanetomak habían pasado la tarde anterior, tres cibersamuráis poderosamente armados. Su hermano tenía problemas.

Los cibersamuráis eran fríos e implacables, máquinas sin alma diseñadas para obedecer. Vestían armaduras negras que absorbían la luz, y bajo sus máscaras sin rostro sólo brillaba una línea roja, delgada y cruel como una incisión. Se movían con una precisión inhumana, silenciosa, guiados por algoritmos de combate que predecían cada gesto antes de ejecutarlo. Eran la voluntad mecánica de la Yakuza: emisarios del miedo, perfección sin compasión, cyborgs odiosos creados para matar sin dudar.

—Corporación Schneider —dijo la máquina—. Debes conseguir el bloque H.G.F.

—¿Qué información contiene el programa? —preguntó con desconfianza.

—No es tu problema. Actúa como una buena hermana o Hiroshi morirá.

—¡Que te den, imbécil! —escupió—. ¿Cómo puedo saber que sigue vivo?

El cibersamurái arrojó unos dedos al suelo.

—¿Necesitas alguna prueba más?

Teiko estuvo a punto de vomitar. Una rabia helada le recorrió el cuerpo.

—De acuerdo —susurró con la voz estrangulada—. Lo haré.

Tras tres tazas de café, se acercó a la consola. La Daewoo chispeaba tras el embalaje. De su dedo índice surgió una cuchilla y rasgó el paquete en dos movimientos. Ignoró el manual, conectó los cables de fibra óptica, ajustó la clavija en su implante facial y se colocó los guantes de retroalimentación. Cerró los ojos un instante y encendió la consola. Sus dedos se deslizaron sobre el teclado imaginario.

Una voz metálica resonó en su implante auditivo:

—Conexión lista. Latidos estables. Temperatura corporal en descenso.

Teiko ignoró los datos clínicos; el miedo y la adrenalina se mezclaban en su sangre como dos sistemas incompatibles. No era la primera vez que se conectaba, pero sabía que cada inmersión podía ser la última. En la superficie, los reflejos de los monitores parpadeaban sobre su piel; parecía una estatua de obsidiana, medio humana, medio espectro, al borde de disolverse en la frecuencia binaria.

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BAUDELAIRE_618.448 // SECURITY CLEARANCE LEVEL: OMEGA_9

SCHNEIDER DEFENSE GRID : NODE BAUDELAIRE_618.448 ONLINE

CORP_NET//BAUDELAIRE_618.448::AUTHORIZED ACCESS GRANTED

> PROTOCOL: H.G.F. > ACTIVE NODE [BAUDELAIRE_618.448]

SYSTEM ALERT: BAUDELAIRE_618.448 ENTERED RESTRICTED ZONE

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Una retícula de luz envolvió sus sentidos, disolviendo el espacio en una negrura sin límites. Meridianos de topacio cruzaban el infinito: logotipos, caracteres en neón, estructuras piramidales de información.

Teiko avanzó en la red, sorteando monolitos de acero que atravesaban el abismo. Su avatar, hecho de estática y código, se movía con precisión quirúrgica. Esperaba que la contraseña falsificada bastara para atravesar el perímetro exterior.

Una serie de notificaciones emergieron a su alrededor, proyectadas en fragmentos de luz azul:

FIREWALL DETECTED // TRACE ROUTE INITIATED // USER SIGNAL: ANOMALOUS.

El pulso de Teiko se aceleró. Veía su propio código descomponerse en líneas que temblaban como si estuvieran vivas. Los algoritmos de defensa de Schneider no eran simples programas: tenían instinto, hambre. Uno de ellos giró su ojo electrónico hacia ella, un centelleo rojo que la atravesó por completo. La sensación fue física, como si una mano invisible tratara de arrancarle el alma.

Cuando alcanzó su objetivo, se paralizó: un astro maligno flotaba en el no-espacio. Cometas defensivos giraban a su alrededor, protegiendo la base de información. Un bloque de defensa emergió, despedía llamaradas de sodio. Teiko contuvo un grito.

Solo es uno, pensó. Puedo librarme de él.

De sus manos surgió un programa con forma de fénix. Las alas rojizas brillaron con intensidad cegadora. Las dos criaturas chocaron, estallando en chispas dentro de la inmaterialidad. Pulsó una serie de códigos y esquivó la garra del enemigo. Escapó del área de interacción, dejando un rastro detectable. Debía darse prisa.

El interior de la base era una réplica de la sede de Schneider. Llegó a la Sección H.G.F., tecleó las claves sobre una pared semitransparente. Los datos aparecieron enmarcados en un rectángulo rosa. Los volcó en su memoria RAM. Entonces la detectaron. Una docena de Agentes Ejecutores emergieron al final del corredor.

Maldita sea, pensó. La he jodido.

Corrió entre los hangares, esquivando las luces cenitales que parpadeaban como ojos artificiales, vigilando cada movimiento. El sonido de los disparos retumbó a su alrededor, una sinfonía metálica que rebotaba entre los muros de acero. Los casquillos golpeaban el suelo como lluvia ardiente. Uno de los agentes cayó con un chasquido seco, su visor astillado por un disparo directo al rostro.

Teiko avanzó a trompicones, respirando con dificultad. La interfaz de su implante se saturaba con mensajes de alerta: niveles de dopamina críticos, daño tisular 34%. La sangre le resbalaba por la clavija de conexión que aún colgaba de su rostro. Se lanzó tras una columna, recargando las automáticas con movimientos mecánicos. La realidad y el código se mezclaban; veía las trayectorias balísticas como líneas de luz suspendidas en el aire, prediciendo dónde moriría si se movía un segundo tarde.

Un proyectil silbó junto a su oído. Disparó a ciegas, y otro ejecutor cayó. Avanzó, rompió los controles de una puerta con un talonazo y se deslizó bajo el marco antes de que los goznes se cerraran de golpe. El corredor que la recibió olía a ozono y metal fundido. Una alarma aguda perforaba el aire. Desde las compuertas laterales emergieron nuevos agentes con armaduras negras y visores rojos.

Rodó, disparó, rodó de nuevo. Cada impacto de su arma levantaba una nube de chispas azules. Las balas impactaban contra los paneles de datos, haciendo estallar ristras de símbolos luminosos que flotaban unos segundos antes de desvanecerse. Uno de los ejecutores intentó flanquearla; Teiko lo abatió con una ráfaga doble, pero otra detonación la lanzó contra el suelo.

Sintió el calor del plasma atravesándole la espalda. Los sensores de su cuerpo artificial estallaron en un torrente de dolor blanco. Aún tuvo fuerzas para girarse y disparar una última vez: el proyectil se incrustó en el pecho de su atacante, que cayó de rodillas antes de evaporarse en una nube de código incandescente.

Otra ráfaga la alcanzó de lleno, fragmentándole el corazón. La tercera hizo que su cabeza explotara en una tormenta de píxeles ardientes. El eco de su grito se prolongó más allá del sonido, convirtiéndose en un espectro de datos que vibró dentro de los bancos de la Corporación. Teiko sintió cómo sus ojos ardían, consumiéndose dentro de la red, mientras su conciencia se disolvía entre las corrientes digitales del sistema Schneider.

Entonces creyó deslizarse en un bosque multicolor: copas que ascendían hacia un cielo imposible. Cruzaba senderos cubiertos de hojarasca digital, una pesadilla emitida por millones de pantallas. Fue una figura varada entre árboles de neón. Intentó pintar una acuarela sobre el lienzo de su memoria, pero los colores se deshacían ante sus manos.

—¿Dónde estoy? —susurró—. ¿Quién soy?

La lluvia ácida caía sobre el alabastro donde flotaba, perdida en un océano de luz. Se encogió, cubriéndose con fragmentos de sueños. Más allá de las estrellas, sus recuerdos la mantenían despierta dentro de la matriz. Y comprendió: ya no había cuerpo, solo código.

Teiko estaba perdida. Había sido absorbida por la red. Su mente se disolvía en el flujo de datos. Hiroshi estaba condenado. Un dolor sordo ascendió por su pecho y, con un último estertor, se rindió.

En el instante final, sus pensamientos se expandieron, confundidos con las corrientes luminosas del ciberespacio. Allí donde la carne terminaba, el alma digital de Teiko continuó viajando, eterna y sin cuerpo.

En la red, los ecos de su conciencia se fragmentaron en miles de pulsos eléctricos. Algunos decían su nombre. Otros eran solo ruido. Pero entre el flujo de datos, algo persistía: una chispa diminuta, un patrón que se negaba a desaparecer.

En los servidores de la Corporación Schneider, un archivo sin clasificación comenzó a replicarse sin permiso.

Nombre de archivo: TEIKO_Ω.resurge

Estado: desconocido.

Las luces de neón nunca se apagan del todo.




martes, noviembre 04, 2025

RELATO: «TELARAÑAS», PUBLICADO EN REVISTA BLASTER

«Tan solo un Pierrot se da la vuelta, me mira con actitud reflexiva y regresa. Se planta ante mí y mira en mi rostro como si fuera un espejo».

Gustav Meyrink

I

METRÓPOLI

Al llegar a la habitación, me despojé del abrigo empapado y me arranqué la corbata del cuello; la impotencia invadía mis miembros como una lacra. Con ojos tristes, observé la estancia: cama desecha, mesa de madera, taburete de tres patas y una palangana sucia, todo encuadrado por paredes desconchadas cubiertas de humedad.

En el exterior, las calles eran una mezcolanza de patios a oscuras, bóvedas semiderruidas, pasadizos retorcidos y viviendas edificadas de forma caótica. La lluvia torrencial golpeaba la ventana, se deslizaba por los tejados, canalones, fachadas y aceras, cubriendo París con su masa nauseabunda: parecía que el Día del Juicio había llegado.

Ignoré el frío aterrador, encendí una lámpara de aceite y solté el maletín de cuero —herencia de mi difunto padre— sobre el suelo sin barrer. La luz mortecina alumbró un segmento de la pared, proporcionando una impresión fantasmagórica al cuarto. Deprimido, me detuve frente a la ventana, limpié el vaho con la manga de la camisa y estudié la avenida solitaria.

Dos caballos sarmentosos que tiraban de un carruaje hicieron resonar el empedrado con sus cascos. En la distancia, sobre los edificios aglomerados, destacaban las monstruosas líneas de hierro de la Torre Eiffel. La construcción me recordó a un inmenso caligrama de letras amorfas, dispuestas al azar, sin orden ni concierto alguno, por la mano de algún arquitecto demente.

Tuve la desagradable impresión de que rostros espectrales oscilaban en la niebla, sonriendo con facciones descarnadas, fantasmas incapaces de alcanzar la paz de la muerte. Me alejé de la ventana, derrotado por un terror avasallador: tantas horas despierto comenzaban a pasar factura a mi imaginación.

Una voz quejumbrosa quebró el aguacero. Rebotó en los callejones sucios y me perforó los tímpanos. El corazón me latía con fuerza. Me obligué a pensar que solo era algún loco escapado del manicomio, vagando sin rumbo por el barrio

Estuve a punto de maldecir, pero me contuve: en los cristales sucios se dibujó un rostro a la vez familiar y extraño. Cabellos ralos, frente estrecha, tez cetrina, perilla entrecana, labios finos casi borrados.

Como siempre, me resultó difícil reconocer a quien tenía delante; la imagen del reflejo era un enigma. ¿De verdad era yo, o un desconocido? El viento golpeó los postigos, abrió la ventana y me arrancó una exclamación.

La miseria de las calles se mostró en todo su siniestro esplendor: pordioseros, prostitutas, borrachos, chulos y ladrones constituían la fauna perversa que moraba en la zona, amén de los tenderos corruptos, comerciantes de baja estofa y buhoneros depravados; farsantes que engañaban a su escasa clientela y que venderían al Redentor igual que Judas.

Aquella era la humanidad con la que estaba obligado a convivir: seres despreciables, de una vileza e ignorancia inconcebibles. Jamás llegaría a ser uno de ellos.

Una ráfaga helada me golpeó el rostro y sacudió la ropa en el instante en que estaba por cerrar el único nexo con la realidad. El resplandor de las farolas formaba sombras preñadas de futuros crímenes sobre las aceras.

Temblando, agarré los postigos y cerré las contrapuertas: era consciente de que mi alma estaba colmada de tinieblas, de tormentos inenarrables, de pecados que jamás podría aceptar. Esa era la maldición de pertenecer a una estirpe de soldados, mercenarios y asesinos: los Stark. No había redención posible.

II

EL HADA VERDE

Después de cambiarme, encendí una vela, me senté ante la mesa y preparé los utensilios: vaso de cristal, cuchara con cazoleta perforada y terrón de azúcar, ritualizando el proceso con ojos férvidos.

A la izquierda de la jarra de agua fría descansaba una diminuta botella —absenta de dudosa calidad— conseguida aquella misma tarde. Hundí la nariz en la boca del envase y disfruté con el olor del alcohol: artemisa, hinojo y anís; la Santísima Trinidad.

Otros aromas regresaron a mi mente: hisopo, angélica, cálamo, cilantro, verónica, enebro y nuez moscada, variantes que podían conjugar con el Hada Verde que estaba a punto de consumir.

De un cajón inferior saqué un puñado de láudano y lo coloqué junto a la botella: aquel sofisticado placer era el único que podía permitirme con mi parca economía.

Metódico, preparé ambas cosas en el fondo del vaso, añadí un chorro de agua a través del terrón de azúcar y vislumbré cómo la mezcla se tornaba de un color opalescente: no tardaría mucho en franquear las puertas del Paraíso y del Infierno.

El primer trago fue amargo; mis papilas gustativas protestaron, pero ignoré cualquier muestra de aprensión: era el precio que tenía que pagar por el éxtasis de los sentidos.

Poco a poco, durante minutos imprecisos —que más tarde resultarían ser horas— apuré la bebida, copa tras copa, hasta vaciar la jarra.

Extático, me levanté a trompicones, recorrí la habitación sumida en la penumbra y me desplomé sobre las sábanas revueltas. Durante un momento, los remordimientos de conciencia habían desaparecido: tenía una segunda oportunidad para reconciliarme con el pasado.

III

DELIRIO

Lentamente, mi entorno adquirió un aspecto tenebroso, colmado de malos presagios. El paso del tiempo se distendió, giró sobre su propio eje en una marejada de aristas cortantes.

Mi cuerpo estaba frío, rígido, como un témpano de hielo. El elixir había hecho efecto; tenía la boca seca, mi lengua se negaba a moverse.

Una sed devoradora llenó mis fibras, mermando el disfrute que la absenta me ofrecía: las barreras de la carne eran más fuertes de lo que podía imaginar.

Cálidos olores llenaron mi subconsciente: vino blanco, azafrán, canela, clavo y opio. Nervioso, me retorcí sobre mi propia figura, a punto de reventar.

El sudor corría en gruesas líneas por la frente; quizá el alcohol había superado los límites del cuerpo. Traté de alzarme, de recuperar la lucidez, pero fuerzas invisibles me sujetaban al lecho.

De repente, sin previo aviso, junto a la puerta aparecieron dos brillantes puntos carmesíes. Un doloroso escalofrío me recorrió la columna vertebral y sentí cómo mi garganta enmudecía.

Asustado, la sangre nubló mi mente y me aplasté contra la pared. ¿Qué demonios era aquello?

Paulatinamente, una imagen fue tomando sustancia; su sombra imponente traspasó el cuarto y se detuvo a pocos pasos de mi persona. Con la mirada borrosa, distinguí sus contornos esqueléticos, indistintos en las tinieblas que crecían por segundos: era un caballo blanco, de crines cerdosas, en cuyas órbitas ardían tizones enrojecidos.

Un grito de pavor pugnó por escapar de mi garganta estrangulada. Intenté retroceder, huir del contacto del animal, sin éxito.

La espantosa aparición inclinó la cabeza; sus ollares formaron una diminuta cortina de vaho, similar al azufre que debía emanar de los pozos del Infierno. Los pulmones, inflamados, protestaban por la falta de oxígeno; apenas me quedaba un instante antes de perder el conocimiento.

De la bestia emanaba una malevolencia sin límites, un tormento que se extendía por toda la eternidad, idéntico a la condena que acarreaba sobre mis hombros.

Aterrado, temí por mi sensatez; poco faltaba para que el límite entre la razón y la locura se desvaneciera. Palabras inconexas se agolparon en mi paladar y chocaron contra mis dientes encajados.

Aflojé las mandíbulas, cerca de proferir “¡Vade retro, Satanás!”, cosa del todo imposible: el Hada Verde había cauterizado las sílabas en mi interior.

El don del habla, de expresar mis pensamientos, de utilizar vocales para construir una simple frase, me estaba siendo negado.

Mi memoria se vio inundada por el discernimiento: fui consciente del fenómeno sobrenatural que contemplaba. Mi lengua de origen formuló la palabra Nachtmahr: aquel era el nombre del caballo de Lucifer, tal como lo denominaban mis antepasados arios.

Vencido por el miedo, cerré los párpados: era incapaz de soportar la macabra visión que estaba dispuesta a conducirme al Abismo.

El silencio, roto por la pesada respiración de la criatura, se transformó en una agonía insoportable. La falta de aire me quemaba las costillas.

Exhorté en silencio, imploré clemencia divina, oré por la salvación de mi alma: el Todopoderoso no escuchó mis súplicas.

A oscuras, sentí cómo la presencia retrocedía; el sonido de sus cascos retumbó contra las planchas del suelo y se desvaneció en la atmósfera enrarecida de la habitación: volvía a estar solo.

IV

TELARAÑAS

Los segundos se condensaron en un lamento: estaba atrapado entre las contriciones que tejían una madeja sobre mi anatomía.

Al otro extremo de la estancia, la negrura adquirió rasgos monstruosos: ojos preternaturales, boca supurante, colmillos afilados, sonrisa diabólica...

Anhelé escapar, salir del cuarto, evadirme de los fantasmas que se materializaban a los pies de la cama. No podía pedir auxilio; el pánico me atenazaba las cuerdas vocales, ahogándome con su zarpa angustiosa.

Sin transición, me encontré cubierto por telarañas: hebras grisáceas se adherían a mi piel, arrebatándome el calor que podía albergar. El frío me hacía temblar; los demonios avanzaban, cubriendo con sus sombras los confines más hondos del alma.

No me quedó otro remedio que resignarme, aceptar mi funesto sino. Quizá fuera mejor que todo terminara lo antes posible: morir significaría un alivio inconmensurable...

Sobresaltado, regresé a la realidad, golpeándome la cabeza contra la pared. Me froté el cráneo mientras luchaba por controlar las náuseas: la avidez por vomitar abrasaba mi interior.

Tenía el pijama cubierto de sudor, el pulso descontrolado y la respiración agitada: el Hada Verde había intensificado mis pesadillas hasta un límite grotesco.

Encendí la pipa y dejé que el humo acariciara los pulmones; apenas un consuelo para el tumulto del cuerpo y del alma.

Al cabo de unos minutos, recobré el ánimo depresivo que me caracterizaba: volvía a ser dueño de mis acciones. Los sueños continuaban frescos; no podía borrarlos, los detalles eran demasiado recientes.

Con una toalla deshilachada, sequé el sudor que perlaba el torso; me repugnaba el contacto con mis propios fluidos.

Estaba seguro de que aquella vez no conseguiría vencer a los súcubos, pero había tenido suerte: aún no había llegado mi hora.

¿Y si hubiera perecido? Suspiré, consternado, maldije el hecho de permanecer despierto: no era digno de respirar el mismo aire que mis semejantes.

La lámpara se apagó. Tardé unos segundos en acostumbrarme a la negrura; no podía ver nada, como si las tinieblas de mi conciencia cubrieran el interior de la estancia.

Por primera vez en meses, me sentí tranquilo, racionalmente distante de los conflictos que me asediaban: la oscuridad tenía el don de calmarme.

Con la mente en blanco, enumeré los sonidos de la noche tardía: el golpeteo del viento, los motores de los vehículos, la agitación de los postigos, la lluvia torrencial y las campanadas de la iglesia.

Las voces humanas no tardarían en aparecer: dentro de poco los vecinos del tercero se levantarían, el dueño de la tienda de enfrente abriría su local, las viejas arpías del segundo saldrían a comprar, la gente iría a sus mezquinos trabajos.

El mundo continuaba adelante; las ruedas del sistema no se detendrían, la balanza se inclinaría arbitrariamente. Nadie se preocuparía por mi suerte o bienestar.

Era un anacronismo: sin amigos, familiares, conocidos o amantes, reflexionaba a solas, esperando que llegara su final.

Aquel era un buen resumen de mi existencia. Me costaba aceptar que cincuenta y siete años de vida se pudieran condensar en unas cuantas frases.

De nada serviría negar la verdad: era un perdedor. Inquieto, jugueteé con la pipa sin animarme a encender otra.

No tenía hambre; llevaba toda la jornada sin comer. El alcohol, el tabaco y la absenta reemplazaban la necesidad de alimentos.

Evidentemente, sabía que con aquella actitud no llegaría lejos, pero no era capaz de sobreponerme, de superar el círculo angustioso donde me debatía.

Me limitaba a hundirme, tocando el fondo, sin saber si podría regresar a la superficie alguna vez.

La idea de suicidarme regresó con renovadas fuerzas: despreciaba ser como era, soportar aquel caos. Apenas podía recordar otra cosa desde que tenía uso de razón.

Estuve tentado de autoflagelarme, actuar como lo haría un penitente para expiar sus pecados, pero no pensaba darme aquel placer: quedaban demasiadas horas por delante hasta que amaneciera.

Con un esfuerzo nacido de la desesperación, agarré la corbata y me dispuse a atarla a una de las vigas del techo.

Con fortuna, me rompería el pescuezo al ahorcarme: la fotografía de mi cuerpo saldría en la portada de Le Petit Parisien...