lunes, 4 de septiembre de 2017

REY KULL: ALMAS MUERTAS


Reemplazo la melancolía por el coraje, la duda por la certeza, la desesperación por la esperanza, la maldad por el bien, las quejas por el deber, el escepticismo por la fe, los sofismas por la frialdad de la calma y el orgullo por la modestia.

Lautréamont


I

EL TRONO DE VALUSIA

A última hora de la tarde, la sala del consejo del palacio estaba prácticamente vacía. El amplio recinto sostenido por gruesas columnas decorado con ricos tapices, cortinas de seda y mullidas alfombras, mostraba su regio esplendor bajo la tenue luz vespertina. Durante la jornada, una infinidad de individuos habían expuesto sus problemas ante la corte: embajadores, sacerdotes, campesinos, nobles y mercaderes de todas las partes del mundo. Cualquier clase social tenía la misma importancia para el rey, este nunca hacía distinciones al respecto: todos los hombres eran iguales ante sus ojos. En el trono de topacio, un individuo de anchos hombros y poderosos músculos escuchaba el resumen del día, con la barbilla apoyada en el puño y una mirada ausente. Kull estaba agotado: los asuntos del reino eran una madeja extraña y laberíntica donde podía naufragar cualquier hombre. Añoraba la libertad de los bosques de Atlantis, sus montañas escarpadas, los acantilados batidos por las olas y sus gentes fieras e indómitas. Aunque intentara evitarlo, despreciaba la hipocresía y las máscaras propias de la civilización; odiaba a los siervos que fingían lisonjearlo mientras maldecían sus orígenes entre dientes; aborrecía las intrigas de una aristocracia que antes de su ascenso al poder, se tambaleaba víctima de la decadencia moral. Al fondo de la sala, un balcón revelaba una panorámica visión de Valusia: torres enjalbegadas, cúpulas escarlatas, tejados brillantes, palacios imponentes y murallas doradas. 
Tu, el primer consejero de la corte y amigo del Rey, carraspeó:
—¿Habéis escuchado algo de lo que he dicho, señor?
El gigante regresó a la realidad.
—Perdona, Tu. ¿De qué hablabas?
El anciano soltó un suspiro: nunca podía retener la atención del bárbaro.
—Majestad, decía que el embajador de Kamelia ha protestado por...
Indiferente, Kull regresó a sus pensamientos mientras procuraba aparentar lo contrario: las complicadas responsabilidades del Estado lo aburrían. A veces, cuando era incapaz de dormir, sentía que se había convertido en un esclavo de su reino; de las leyes, tradiciones y consignas que se perdían en el polvo de los siglos. Un relámpago peligroso le iluminó el iris. ¡Nunca se convertiría en un títere! Le había costado sudor y sangre conquistar el trono de la Ciudad de las Maravillas, no permitiría que nada ni nadie se lo arrebatara, aquél que lo intentase moriría bajo del filo de su acero. Una expresión desdeñosa llenó su rostro moreno cubierto de diminutas cicatrices: poco le interesaban las disputas de la nobleza, que se las arreglaran como pudieran. El atlante era consciente de que a pesar de haber levantado el país después de derrocar a Borna, el pueblo conspiraba a su espalda, cuchicheando en el interior de sus casas; nada les complacería más que ver destronado al bárbaro usurpador. El anciano continuaba exponiendo sus argumentos:
—En cuanto al conde Murom, desea que bendijeseis la boda de su hija Nalissa con Dalgar de Farsun apadrinando a los novios y...
Kull tomó nota mental de aquel detalle: el conde Murom era un súbdito fiel, uno de los primeros que abrazó su causa, no le quedaba otro remedio que complacerlo aunque no le agradaran aquel tipo de ceremonias. El gigante desvió la vista, la imagen de los asesinos rojos apostados a un lado del trono, inmóviles como estatuas de bronce, mejoró su ánimo introspectivo. La guardia privada, embutida en armaduras carmesíes, eran los mejores guerreros del mundo. Arrostrarían las llamas del infierno y derramarían hasta la última gota de sangre para proteger a su señor. El sol acarició los contornos majestuosos del palacio, se ocultó por poniente, y esparció una luz pálida y anaranjada sobre los azulejos de mármol. Un cansancio inesperado cubrió el alma de Kull durante un segundo: el peso de la corona le resultó insoportable. Tu detuvo su arenga, se frotó las manos apergaminadas y pareció que el rostro le envejecía notoriamente.

II

MENKARA DE ZARFHAANA

Kull inquirió:
—¿Qué sucede, amigo mío?
El anciano soltó una bocanada de aire.
—Corren rumores por la ciudad, señor.
El atlante enarcó las espesas cejas.
—No te andes por las ramas, Tu.
El consejero real fue directo al grano:
—Mis espías me han dicho que Menkara, la mano derecha del emperador de Zarfhaana, se encuentra en la ciudad...
Kull lo interrumpió con brusquedad.
—¿Qué hace aquí ese perro?
Tu encogió los estrechos hombros.
—No lo sé, majestad. Pero se rumorea que se dedica a inmolar vírgenes valusas en los altares de la serpiente.
Sin percibirlo, el gigante llevó la diestra hacia su espada.
—¿Cómo es posible? —exclamó—. ¡Quiero su cabeza!
—Primero tenemos que conseguir pruebas, señor —explicó—. Si lo detuviéramos ahora se desencadenaría un conflicto diplomático de proporciones catastróficas.
Kull enrojeció de rabia.
—¿Por qué no me lo habías dicho, maldito seas?
Tu fue pragmático:
—Porque sabía que reaccionaríais de esta manera, majestad.
El atlante gruñó:
—¿Y eso que diablos significa?
El anciano procuró tranquilizar al bárbaro.
—Que debemos obrar con cautela, señor. Os aseguro que cuando consiga testigos fidedignos dará con sus huesos en las mazmorras.
Kull golpeó el estrado con todas sus fuerzas.
—¿Y qué harás mientras tanto? ¿Permitirás que sacrifique a todas las muchachas que le dé la gana? ¿Te cruzarás de brazos hasta que cometa un error? 
Tu bajó la mirada.
—No podemos hacer nada, majestad.
El gigante se puso en pie.
—¡Estoy harto de las normas de la corte! —bramó—. ¡Son una pérdida de tiempo!
El primer consejero retrocedió ante la furia del atlante.
—La ley es la ley, señor.
Kull entrecerró los párpados.
—¿Dónde está Menkara? —masculló—. ¡Quiero saberlo!
El anciano se apresuró a responder:
—En la Torre del Esplendor, señor.   
El atlante descendió la escalinata, abandonó el estrado y desapareció por la puerta principal del salón hecho una furia. Tu murmuró en voz baja:
—Que los dioses nos protejan.

III

LA DECISIÓN DEL REY

Al llegar a sus aposentos, Kull despidió a los criados bruscamente: necesitaba pensar a solas. Furioso, el gigante recorrió la estancia de un lado a otro, como un lobo atrapado, haciendo resonar sus pasos en la penumbra. Kull había forjado su destino gracias a su valor, al temple de su brazo, al fuego de su espíritu y al poder de su espada: no le debía nada a nadie. El atlante era un extranjero para los valusos, un invasor que había derrocado a la antigua dinastía entre un mar de llamas y sangre, para ceñirse la corona sobre la frente. Gracias a los bárbaros que recorrían el imperio, la Ciudad de las Maravillas había sobrevivido, de lo contrario, hubiera muerto víctima de la degeneración de sus propios habitantes. Kull había reconstruido los ejércitos, arruinado la supremacía de los grondaros, terminado con los sediciosos, quebrado el poder de la Federación Triple, y aniquilado el culto de los hombres serpiente: méritos suficientes para merecer la lealtad de un pueblo que lo denigraba entre las sombras. El gigante profirió una maldición en su idioma natal y apretó los puños. ¿Qué clase de soberano sería si permitiera aquellos horrores en su feudo? Con la cabeza llena de hirvientes pensamientos, franqueó la habitación, apartó las cortinas de un manotazo, y se quedó mirando la Torre del Esplendor. La fortificación, construida hacía milenios, destellaba como una gema en la oscuridad dominando las calles a oscuras. Kull levantó la vista y contempló las estrellas que brillaban en la noche temprana: tuvo la impresión de que los astros se burlaban de su impotencia. El atlante recordó el camino que había recorrido para llegar al poder: su infancia salvaje entre los tigres que lo criaron, los tiempos como esclavo en una galera lemur, su adolescencia de pillajes en las colinas de Valusia, los meses como preso en las celdas del palacio, su éxito como gladiador en las arenas del circo, los hombres bajo su mando cuando fue comandante supremo de los ejércitos... Una impresión de amargura estranguló su aliento y le humedeció los ojos: anhelaba recuperar el pasado.
—¡Por Valka! —rugió—. ¡No permitiré que Menkara haga lo que quiera en mi reino!               
La cólera inflamó su corazón, le hinchó las venas del cuello y lo obligó a rechinar los dientes. Kull sabía que el político zarfhaano era un individuo corrupto, capaz de cometer las peores atrocidades, tal como demostraban las historias que corrían sobre su persona. De hecho, lo conoció el día que fue nombrado monarca de la Ciudad de las Maravillas: su presencia le resultó repulsiva. El gigante rememoró las facciones abominables del político: la frente estrecha, los ojos hundidos, malévolos, sus labios finos y crueles. Kull arrojó la corona sobre la cama, se arrancó las vestiduras de un tirón y ajustó el pesado mandoble en la cintura: tenía que comprobar con sus propios ojos lo que Tu le había contado. El atlante se detuvo en el alféizar de la ventana. Abajo, a cien pies de distancia, el jardín envuelto en tinieblas estaba vacío: los guardianes tardarían unos minutos antes de volver a pasar por debajo de sus aposentos. Kull estudió las enredaderas que llegaban hasta el suelo, los árboles estremecidos por el viento, las fuentes de agua, los setos bien recortados y los muros del castillo: la decisión estaba tomada.

IV

LA CIUDAD DE LAS MARAVILLAS

En el cielo, un cuarto de luna destelló en la negrura e irradió las calles empedradas, haciendo que la ciudad adquiriera un aspecto fantasmagórico. El gigante recorrió la azotea a gran velocidad, llegó al final de la misma y saltó al edificio de enfrente. El impacto del aterrizaje recorrió su fisonomía de los pies a la cabeza. Acto seguido, atravesó la construcción en diagonal, agarró una cañería, tomó impulso y llegó hasta el siguiente tejado. Kull utilizó pies y manos para ascender hacia el muro de la azotea, aplastó las tejas con su peso y llegó a su objetivo: una legua de distancia lo apartaba de la Torre del Esplendor. Debajo de su posición, a tres pisos de altura, una pareja de guardias armados con lanzas y espadas rectas, cruzaron la avenida y desaparecieron detrás de una vivienda. El rey sostuvo la respiración, comprobó que nadie lo veía y continuó adelante: la rabia daba alas a sus pies.
—Veremos qué clase de hombre eres —rezongó—, cuando nos encontremos cara a cara, bastardo.
Kull era consciente de que estaba cometiendo una locura, sus acciones podían liberar una guerra entre Valusia y Zarfhaana, pero le era imposible contener su sed de justicia. Aquel político no se saldría con la suya. ¡Los dioses eran testigos de su promesa! El atlante descendió una tapia, recorrió varias terrazas pegadas unas a las otras, flexionó las piernas y efectuó un brinco entre dos edificios: pocos individuos hubieran podido realizar aquella hazaña. Con la respiración agitada y el cuerpo empapado de sudor, se orientó entre las azoteas y eligió el rumbo más seguro que podía encontrar.

Salir del palacio fue tarea fácil, sus guardianes no estaban preparados para hombres como el bárbaro; hasta un ciego hubiese logrado burlarlos. Silencioso, el atlante bajó por las enredaderas, se detuvo detrás de unos setos tupidos, y esperó a que la guardia pasara de largo. Inmediatamente, corrió a través del jardín, se escondió unas cuantas veces entre los árboles para esquivar a sus soldados, y alcanzó las murallas en poco tiempo. Sin aminorar de velocidad, Kull saltó en el aire, agarró el parapeto con ambas manos y subió a pulso encima del muro. Delante, la Ciudad de las Maravillas dormitaba, ignorante de los crímenes que se perpetraban en las tinieblas. El gigante sacudió la negra melena, abandonó el precario refugio y se desvaneció en la noche igual que una sombra.

Kull volvió al presente, se pasó la mano por el rostro y analizó la Torre del Esplendor. Ahora que su cólera empezaba a difuminarse, una frialdad tétrica invadió su interior y le serenó los ánimos. Lo mejor era buscar una apertura en el muro exterior de la fortificación, esquivar a los guardianes y ascender hasta la cúspide del edificio. Lamentaba no estar mejor preparado, una cuerda y una cota de malla le serían útiles en aquella aventura. Lo hecho hecho estaba; no tenía sentido mirar atrás. El atlante traspasó unos tejados irregulares, eludió a los hombres que salían de una taberna cercana y sonrió a las estrellas. Pesadas nubes recorrieron el firmamento ocultando la luna: la oscuridad era ideal para sus propósitos. Por primera vez en meses, Kull experimentó una desbordante sensación de felicidad que colmó su espíritu de mares espumosos y montañas lejanas. Olvidó las lúgubres reflexiones de los últimos días, el tacto de las ropas de terciopelo, los hábitos de la corte, la corona que abatía su conciencia, sus obligaciones como monarca. Seguía siendo un hombre libre; eso era lo único que importaba.

V

ALMAS MUERTAS

Cautelosamente, se aproximó a la claraboya y observó a través de los cristales: una docena de sacerdotes vestidos con sombrías túnicas oraban debajo de su posición. A sus oídos llegó un monótono canto religioso. Kull sintió como se le ponía la carne de gallina: despreciaba la brujería con todas sus fuerzas. Aferró el pomo de la espada. Un estremecimiento le recorrió la espina dorsal. La superstición propia de su raza hizo mella en su espíritu: las costumbres hereditarias eran difíciles de borrar. Un poder malsano, que se perdía en el alba de los tiempos, cuando Atlantis era una isla entre las aguas, emanaba de aquellos hombres. En el centro de la estancia, sobre un altar de obsidiana, una joven de pálidos miembros, yacía esposada de pies y manos por cadenas de plata. Detrás de ella, la figura familiar del político zarfhaano sostenía un puñal en la diestra, preparado para cumplir su siniestra inmolación. Kull rechinó los dientes: los espías del consejero real estaban en lo cierto. Las voces aumentaron de intensidad. Menkara avanzó unos pasos, se situó a un lado de la muchacha y levantó el arma sobre su cabeza. Una mirada fanática le ardía en los ojos enrojecidos.
—¡Acepta nuestro sacrificio, Thulsa Doom! —aulló con voz ronca—. ¡Devuelve su poder al pueblo de los hombres serpiente!
El rey se precipitó hacia adelante. El tragaluz estalló en mil pedazos, fragmentos de cristal llovieron en todas las direcciones, y un bramido de asombro inundó las gargantas de los sacerdotes. Kull aterrizó entre el enemigo. El mandoble destellaba en su puño, prometiendo muerte a todos aquellos que se atrevieran a atacarlo. Unas palabras primigenias surgieron de su boca sin que fuera consciente de ellas:
Ka nama kaa lajerama...
Los rostros de los sacerdotes se difuminaron debajo de las capuchas, adquirieron unos rasgos horripilantes y se transformaron en ofidios que espumeaban saliva por las fauces abiertas. El gigante trazó un arco con la espada y dividió la cabeza de un hombre serpiente desde la coronilla hasta el esternón. Al instante, se desembarazó el cadáver y le abrió el pecho al sacerdote que tenía a su izquierda: sus pulmones salpicaron las baldosas de mármol. Aterrado, Menkara reculó al reconocer la silueta del bárbaro.
—¡Matadlo, hermanos! —ordenó a sus acólitos—. ¡Es Kull de Valusia!
El atlante soltó una risotada, movió la hoja a ambos lados y trazó un arco sanguinolento entre sus adversarios. Sin pensarlo, embistió como una pantera, destrozando los cuerpos que se le ponían por delante, enloquecido por la alegría del combate. Kull ignoró las heridas superficiales, los cuchillos que buscaban su físico desprotegido, las caras perversas de los sacerdotes, y cualquier iniciativa de protegerse: estaba en su elemento, había nacido para matar o morir. Su visión se tiñó de rojo, cortó miembros, extirpó vidas y destrozó a los hombres serpiente. Aquellos individuos, poco y mal entrenados en el uso de las armas, no podían vencer la cólera elemental del bárbaro. Minutos más tarde, Kull se irguió entre los cuerpos aniquilados: una miríada de pequeños cortes llenaba su anatomía. El atlante esbozó una sonrisa gélida, hizo caso omiso de sus heridas, pasó por encima de los cadáveres y se aproximó al zarfhaano: sus intenciones homicidas eran evidentes.
—¡Socorro! —chilló Menkara—. ¡Guardias!
Kull volvió a reír con siniestra alegría.
—Grita todo lo que quieras. Tus hombres no pueden auxiliarte. ¡He terminado con ellos, perro!
Menkara palideció.
—¡Mientes!
La punta de la espada apuntó el corazón del político.
—¡Basta de cháchara! —gruñó—. ¡Acabemos con esto!
El zarfhaano levantó los brazos, puso los ojos en blanco y pronunció una frase en un idioma arcano, negro como el infierno. Bruscamente, el avance del rey se detuvo: el hechizo le había paralizado los miembros. Una corriente helada acarició el cuerpo de Kull y espesó la sangre en las venas, congelándole el corazón. El político lanzó una carcajada triunfal.
—¡Estás atrapado, bárbaro! —masculló—. ¡Ningún hombre puede romper mi conjuro!
El llanto desgarrado de la joven se alzó sobre el rugido que le inundaba los tímpanos. Frenético, Kull concentró toda su energía en el brazo que sostenía el acero: no pensaba permitir que aquella muchacha muriera. Estupefacto, Menkara retrocedió por segunda vez.
—¡No! —exclamó ante el poder del bárbaro que había cometido el error de subestimar—. ¡Es imposible!
Con un último esfuerzo, el gigante arrojó la espada hacia el zarfhaano. El mandoble surcó el aire, trazó una elipsis centelleante y perforó el esternón de su enemigo, clavándolo en la pared como a una mosca. El político se estremeció, escupió un borbotón púrpura y pereció con un gesto horrible en las facciones retorcidas por la agonía. Exhausto, Kull se desplomó de rodillas, con los músculos estremecidos por grandes temblores: poco había faltado para no contarlo. Al recuperarse de la espantosa experiencia, se incorporó a trompicones y alcanzó a la joven desecha en lágrimas.
—Gracias, señor —susurró la muchacha—. No sé como agradecéroslo...
El atlante rompió las cadenas con sus vigorosas manos, levantó a la chica y la acunó entre sus brazos. Una inesperada muestra de ternura que pocos habían visto.
—Todo ha terminado —murmuró—. Estás a salvo, pequeña.