sábado, 24 de diciembre de 2016

EL DECLIVE


Uno nunca sabe quién es. Son los demás los que le dicen a uno quién y qué es ¿no? Y como esto uno lo oye millones de veces en su vida, por poco que ésta sea larga, acaba por no saber en absoluto quién es. Todos dicen algo distinto. Incluso uno mismo está siempre cambiando de parecer

Thomas Bernhard

El ambiente era perfecto. Las velas rojas que ardían en un extremo del salón propagaban un resplandor tenue, irradiando los viejos muebles de madera. Satisfecho, tomó un trago de vino tinto, saboreando la tersura de la añada con expresión de éxtasis. De mala gana, contempló los exámenes que descansaban sobre la mesa. Suerte que había decidido ponerlos tipo test. Sus repulsivos alumnos no tendrían problemas para aprobar y se libraría de las recuperaciones. Cuanto antes terminaran las clases, mejor. Cruzó las piernas y se felicitó por su astucia. Aquellos borregos no le darían demasiados quebraderos de cabeza; hasta un retrasado mental hubiera adivinado las respuestas sin dificultad. De todas formas nunca se podía estar seguro; la generación que desgraciadamente le había tocado instruir era imbécil por defecto.

Desde la calle le llegaban los ruidos de la ciudad: los jóvenes salían de marcha. En unas horas La Laguna se convertiría en un infierno de beodos irresponsables. No le apetecía soportar la mediocridad del mundo que lo rodeaba. Soñador, acarició el plan de tomar una baja por depresión antes de que terminara el año. La idea era seductora pero no le quedaba otro remedio que aplazarla. La directora del centro no olvidaba la última: estuvo indispuesto seis largos meses; prefería guardar aquel as en la manga para casos de emergencia. Estaba hasta las narices de su trabajo. Los estudiantes lo desanimaban profundamente, no podía hacer nada por cambiar sus mentes obtusas, venían averiadas de nacimiento. Para terminar de arruinar la situación, habían decidido incrementarle las clases aquel año. No creía que pudiera resistir ¡veintidós! horas semanales. Llevaba tomando Valium como caramelos desde entonces, sin contar el Lexotan, el Orfidal, o el Lorazepam que conocía de memoria. La ciencia médica prescribía soluciones milagrosas para su hipertensión habitual; su doctor de cabecera era uno de los miembros más corruptos de la tenebrosa jerarquía hospitalaria de Tenerife.

Subió el volumen con el mando a distancia. Los sones de Bach llenaron su entorno y lo hicieron estremecer con su belleza atemporal: El Concierto de Brandenburgo siempre lo auxiliaba alcanzar el éxtasis de los sentidos. Tenía cientos de discos de música clásica: Händel, Vivaldi, Beethoven, Haydn, Mozart, Schubert, Berlioz, Brahms, Chopin, Mahler, Mendelssohn, Pucini, Verdi y Wagner. El Modernismo le parecía aburrido, no encajaba con su forma de ser. Aunque admirara a Debussy, Ravel, Strauss, o Stravinski, tenía la impresión de que no podían hacer nada al lado de los clásicos. En su opinión, La valkiria fue el canto del cisne del Romanticismo.

Con los párpados entrecerrados, estiró el cuerpo enjuto sobre el sillón de orejas, disfrutando de su merecida reclusión. Llevaba todo el puente de diciembre aislado de la sociedad, plantando deliberadamente con argumentos ridículos a sus escasas amistades para eludir las citas que no deseaba cumplir. La idea de salir de casa lo hacía estremecer de pánico. Se negaba a abandonar su universo interior; hacerlo destruiría la precaria balanza en la que oscilaba su psique y efectuaría daños irreparables en su espiritualidad. Solo rompía su ostracismo para alimentarse. Realizaba tres comidas diarias en el bar situado debajo de su piso, acompañado por una montaña de periódicos que devoraba, compulsivamente, en un reservado aparte, tan lejos como fuera posible del resto de los clientes del local. Cada vez que los payasos de izquierdas se metían en política o abrían el hocico, lo ponían a punto de infarto. ¡Aquellos ignorantes eran peores que los fascistas! 

Atrás quedaba el verano; fueron tiempos felices. No le quedó más remedio que despedir a la asistenta peruana que realizaba las tareas del hogar; sus vulgares modales terminaron por exasperarlo. ¡Pretendía que le subiera el sueldo! Aunque supiera que no iba a encontrar a otra imbécil que cobrara cuatro euros la hora se mostró inflexible; regatear no era su estilo. Durante aquellos meses se embruteció de modo insospechado: olvidó cómo hablar con sus iguales, relegó cualquier atisbo de humanidad a un segundo plano y acrecentó su talante introspectivo hasta el límite del delirio. Prefería ser paria a sociable. Se sentía mejor siendo despreciado que soportar mínimamente a nadie. La gente solo y exclusivamente daba problemas. Solo se comunicaba por Whatsapp. ¡Sin duda era el mejor invento de la historia!  

El Cannubi Boschis (cosecha de 1997) era exquisito, sublime al paladar como la acaricia de una amante. El dinero que gastó por las seis botellas estaba bien invertido. Los pequeños placeres de la vida le eran indispensables; daban sentido a la miseria que significaba trabajar para subsistir. Con delicadeza, sirvió el vino hasta la mitad de la copa. La Spiegelau, finamente cincelada por algún artista italiano, enaltecía el bouquet del Boschis. A su derecha, en una abarrotada estantería, descansaban los libros que había leído últimamente: Rimbaud, Camus, Baudelaire, Sartre, Apollinaire, Artaud, Cocteau, Yourcenar, Verlaine, Villón, Rabelais, Mallarmé y Beauvoir. París lo esperaba en unas semanas. Un viaje era la excusa perfecta para evadir las responsabilidades familiares. No pensaba pasar las fiestas navideñas con sus parientes; antes prefería cortarse las venas. Aparte de la familia, la segunda gran desgracia y destrucción de la sociedad eran las escuelas: brutales centros de adiestramiento ridículo para personas. Afortunadamente, ambas se encontraban en decadencia. Tercera y cuarta plagas, la patria y la religión, ambas igual de repugnantes.

Hacía siglos que no abandonaba la isla. Se encontraba estancado en un punto muerto, de no escapar terminaría en un manicomio, dando volteretas en una celda acolchada. Ajustó las gafas redondas, se acarició la perilla, e imaginó las calles de la metrópoli; el Museo del Louvre, el Centro Pompidu, la Catedral de Notre Dame, el Barrio Latino, Saint-Germain-des-Prés, Montmartre, el Museo de Orsay, la Torre Eiffel y el cementerio del Père-Lachaise. Siempre había sido un sibarita; la vida bohemia en la ciudad de las luces le sentaría de maravilla. Pensaba visitar los peores prostíbulos de la zona para complacer las abyectas fantasías de degradación que demandaba en silencio. Como era de esperar, elegiría profesionales lo más jóvenes posible sin que llegara a resultar un delito. El sexo femenino, a partir de los veintitrés años, le parecían momias.

Rememoró a su buen amigo Horacio; un masoquista perdido que disfrutaba siendo torturado por mujeres sádicas. Nada lo complacía más que ser humillado y pisoteado como una alimaña: hasta las cucarachas poseían dignidad comparadas con aquel despojo humano adicto a las putas, los bingos y la cocaína. Aún se estremecía al recordar a la última fulana que pagó para que se lo fornicara. Horacio era un tímido patológico absolutamente incapaz de entablar conversación con alguien el sexo opuesto. Tenía que realizarle aquel tipo de favores con frecuencia, cosa que no le desagradaba en absoluto; siempre sacaba tajada del pastel. La mujer lo golpeó con saña y le hizo todo tipo de barbaridades, utilizando un látigo de seis colas rematadas en bolas de acero. La velada terminó en el Hospital General: una hemorragia interna estuvo a punto de enviarlo al otro barrio. Un escalofrío le recorrió el espinazo. ¡Jesús, lo que tenía que aguantar! ¡Cuánta degeneración había en el mundo! 

Abrió una novela de Pessoa y empezó a leerla por enésima vez. Este siempre le recordaba que la existencia terrenal era un fracaso; no le apetecía hacerse ilusiones de que las cosas cambiarían de la noche a la mañana. Nunca había disfrutado de un autor tan inteligente y tan terriblemente lúcido. Después de media hora de lectura, prendió un cigarrillo. El humo del Coronas negro ascendió hacia el techo, formando espirales azules. Sin percibirlo, comenzó a sentirse deprimido. Cerró los ojos y prestó atención a La canción de la tierra. Mahler creó sus mejores obras a partir de la Quinta Sinfonía. La mala suerte no lo abandonó desde entonces. Lástima que la Décima estuviera inconclusa; morir le impidió acabar lo que probablemente hubiera sido una tragedia para los oídos.

Comprobó el reloj: llevaba cinco horas sin tomar su medicación. Un nudo se le hizo en el estómago; transpiraba profusamente. Neurótico, se levantó de un salto e ingirió dos valiums a palo seco. La química era un regalo divino, sin duda alguna. Regresó al sillón de orejas y esperó a que los tranquilizantes hicieran efecto en su sistema nervioso alterado. Cuando estaba cómodo se encontraba incómodo: aquella era la historia de su vida. Lentamente, los bordes del salón se hicieron imprecisos; las aristas del mobiliario eran menos amenazadoras. Podía continuar adelante: el suicidio estaba apartado por el momento de sus planes.

El timbrazo del móvil lo obligó a lanzar un respingo. Tragó saliva. Aterrado, tuvo la impresión de que las paredes se cernían sobre él dispuestas a aplastarlo. Una vena le palpitaba en la frente, agujas invisibles le pincharon el cerebro. ¿Le habría pasado algo a su madre? ¿Su hermano estaría ingresado en el hospital por un accidente de tráfico? ¿Su sobrina habría desaparecido? ¿Un incendio habría arrasado la finca de la Gomera? Aquellas cuestiones le pasaron por la mente mientras extendía la mano hacia el teléfono, luchando contra una tormenta invisible que no le permitía moverse con naturalidad.
Murmuró con la boca seca:
—¿Sí?
Una voz achispada llenó la línea:
—Estamos debajo de tu casa. 
Una gota de sudor frío le descendió por la mejilla.
—¿Álex?
Carcajada de borracho.
—Tenemos una botella de Johnnie Walker —puntualizó—. Te invitamos a una copa.
Estaba espantado.
—¿Estás loco? —exclamó—. ¡Ni de coña!
—Anímate, tío —dijo su ex alumno—. Hemos subido a verte
Se retorció sobre el sillón de orejas. El terror se transformó en náuseas.
—¡Álex, por Dios, ni se les ocurra!
—Asómate a la ventana —rogó—. Estamos en la cabina que hay al lado del 7 Islas.
Aquello le puso los pelos de punta.
—¡Qué no, cojones!
Mientras hablaba, apagó el equipo de música, desconectó el teléfono fijo, el portero de la calle, echó tres llaves a la puerta y la cadena de seguridad. Nadie entraría en su santuario; no pensaba permitir que allanaran su valiosa intimidad.
—David llegó hoy de Barcelona. —puntualizó—. Lo hemos secuestrado para celebrar el cumpleaños de Oscar.

¡Mentira cochina! Oscar había cumplido en septiembre, lo recordaba bastante bien. El portero subió a quejarse por la conducta de aquellos mamarrachos; las cámaras de seguridad los habían grabado bailando con un pedo increíble en la puerta del edificio. Naturalmente, negó conocerlos. No quería que lo relacionaran con indeseables. En su fuero interno se arrepintió por haberles permitido acceder a su vivienda. Y pensar que había despilfarrado un potosí en berberechos, calamares, pulpo negro y mejillones de Hacendado para agasajarlos cuando venían de visita. Las confianzas daban asco.

—¡No van a subir! —aulló a grito pelado—. ¡No quiero verlos!
Escuchó unas sonoras carcajadas de fondo: Oscar y David no se encontraban en mejor estado que su ex alumno. ¡Maldita juventud y el que la inventó!
—¡Aguafiestas! —rio Álex—. ¡Nunca cambiarás!
Debía terminar aquella horrible conversación cuanto antes.
—Mañana te llamo —mintió descaradamente—. Pásenlo bien.
—Tío, no cuel...

Temblando, desconectó el móvil. El aparato le daba malas vibraciones; los teléfonos eran un invento del mismísimo diablo. Con cautela, abandonó el sillón de orejas, apartó las cortinas y espió por un resquicio la calle atestada de gentuza, procurando pasar inadvertido. El corazón le bombeaba en el pecho como una dinamo. Podía afirmar con toda seguridad que aquella chusma estaba tocándole el timbre, luchando por entrar en el bloque, todo para incordiarlo con sus terribles borracheras. De inmediato, sacó una silla de la cocina y la colocó bajo el pomo de la entrada. Lástima que hubiera vendido la escopeta de perdigones de su padre: en aquel momento le habría aportado seguridad tenerla a mano. Estaba bañado de sudor. El tiempo parecía congelado; los segundos se negaban a avanzar. El universo se desplomaba sobre su espalda. Abatido, se dejó caer sobre el sillón de orejas. La puerta crecía por momentos. La paranoia superaba el letargo de los tranquilizantes. La guadaña afilada de la muerte prendía en un futuro inminente… 

Quería escapar, esconderse en alguna parte, meterse debajo de la cama o encerrarse en el armario del dormitorio. Los minutos se le hicieron eternos. El miedo no desaparecía; solo contaba con el Rohypnol para serenarse. Al borde de un ataque de nervios, registró los cajones donde guardaba las medicinas, arrojando las cajas de cartón al suelo —Sertralina, Bupropion, Metilfenidato, Fluoxetina— hasta que encontró las pastillas. Tomó cuatro de golpe. La botella de vino lo llamaba desde un rincón de su subconsciente. Vaciarla era una locura; podía liquidarse si mezclaba la bebida con tanto tratamiento. La oscuridad lo angustiaba. Encendió las luces; tenía la impresión de que fantasmas vagaban por la vivienda. Agarró un paraguas, dispuesto a defenderse de cualquier ataque contra su persona. Con grandes sollozos, se derrumbó de rodillas en el suelo. La crisis era espantosa, pensaba faltar al colegio un mes como mínimo; no podía dar clases influido por aquel deplorable estado de ánimo.

Unos nudillos golpearon la puerta con fuerza. Sintió ganas de devolver; aquellos degenerados habían conseguido subir. No estaba de humor para aguantar a nadie, iban a enterarse de con quién estaban tratando. Hecho una furia, con los ojos fuera de las órbitas y el rostro colorado, se aproximó a la entrada y apartó la silla bruscamente. Las manos le temblaban de tal manera que le costó un infierno girar la llave y quitar la cadena. La sangre nublaba sus ideas; podía cometer una locura asesina. Abrió la puerta de sopetón mientras berreaba al borde de la histeria:
—¡Álex, me cago en Dios, en la Virgen puta y en todos los Sant…!
La sorpresa lo dejó con la boca abierta. Una mujer vestida con una gabardina negra lo observó heladamente. Sus ojos azules, despectivos y llenos de crueldad, lo dominaron al instante.
Su tono fue áspero como el papel de lija:
—¿Aún estás vestido, cerdo?
Sus miembros se habían convertido en piedra.
—Déjame entrar —gruñó—. O no me chuparás las botas.
Entonces reconoció a la fulana: era la misma que había mandando a Horacio a Urgencias semanas atrás. Una vaga erección se agitó en su entrepierna. Tenía la esperanza de que lo sodomizara con un falo de plástico. Horacio ni siquiera pagó suplemento por ello. Gracias a Dios que contaba con excelentes amigos que le devolvían los favores con creces.  
—Claro. —Se apartó, obsequioso—. Pase, pase, por favor...