sábado, 24 de diciembre de 2016

EL DECLIVE


Uno nunca sabe quién es. Son los demás los que le dicen a uno quién y qué es ¿no? Y como esto uno lo oye millones de veces en su vida, por poco que ésta sea larga, acaba por no saber en absoluto quién es. Todos dicen algo distinto. Incluso uno mismo está siempre cambiando de parecer

Thomas Bernhard

El ambiente era perfecto. Las velas rojas que ardían en un extremo del salón propagaban un resplandor tenue, irradiando los viejos muebles de madera. Satisfecho, tomó un trago de vino tinto, saboreando la tersura de la añada con expresión de éxtasis. De mala gana, contempló los exámenes que descansaban sobre la mesa. Suerte que había decidido ponerlos tipo test. Sus repulsivos alumnos no tendrían problemas para aprobar y se libraría de las recuperaciones. Cuanto antes terminaran las clases, mejor. Cruzó las piernas y se felicitó por su astucia. Aquellos borregos no le darían demasiados quebraderos de cabeza; hasta un retrasado mental hubiera adivinado las respuestas sin dificultad. De todas formas nunca se podía estar seguro; la generación que desgraciadamente le había tocado instruir era imbécil por defecto.

Desde la calle le llegaban los ruidos de la ciudad: los jóvenes salían de marcha. En unas horas La Laguna se convertiría en un infierno de beodos irresponsables. No le apetecía soportar la mediocridad del mundo que lo rodeaba. Soñador, acarició el plan de tomar una baja por depresión antes de que terminara el año. La idea era seductora pero no le quedaba otro remedio que aplazarla. La directora del centro no olvidaba la última: estuvo indispuesto seis largos meses; prefería guardar aquel as en la manga para casos de emergencia. Estaba hasta las narices de su trabajo. Los estudiantes lo desanimaban profundamente, no podía hacer nada por cambiar sus mentes obtusas, venían averiadas de nacimiento. Para terminar de arruinar la situación, habían decidido incrementarle las clases aquel año. No creía que pudiera resistir ¡veintidós! horas semanales. Llevaba tomando Valium como caramelos desde entonces, sin contar el Lexotan, el Orfidal, o el Lorazepam que conocía de memoria. La ciencia médica prescribía soluciones milagrosas para su hipertensión habitual; su doctor de cabecera era uno de los miembros más corruptos de la tenebrosa jerarquía hospitalaria de Tenerife.

Subió el volumen con el mando a distancia. Los sones de Bach llenaron su entorno y lo hicieron estremecer con su belleza atemporal: El Concierto de Brandenburgo siempre lo auxiliaba alcanzar el éxtasis de los sentidos. Tenía cientos de discos de música clásica: Händel, Vivaldi, Beethoven, Haydn, Mozart, Schubert, Berlioz, Brahms, Chopin, Mahler, Mendelssohn, Pucini, Verdi y Wagner. El Modernismo le parecía aburrido, no encajaba con su forma de ser. Aunque admirara a Debussy, Ravel, Strauss, o Stravinski, tenía la impresión de que no podían hacer nada al lado de los clásicos. En su opinión, La valkiria fue el canto del cisne del Romanticismo.

Con los párpados entrecerrados, estiró el cuerpo enjuto sobre el sillón de orejas, disfrutando de su merecida reclusión. Llevaba todo el puente de diciembre aislado de la sociedad, plantando deliberadamente con argumentos ridículos a sus escasas amistades para eludir las citas que no deseaba cumplir. La idea de salir de casa lo hacía estremecer de pánico. Se negaba a abandonar su universo interior; hacerlo destruiría la precaria balanza en la que oscilaba su psique y efectuaría daños irreparables en su espiritualidad. Solo rompía su ostracismo para alimentarse. Realizaba tres comidas diarias en el bar situado debajo de su piso, acompañado por una montaña de periódicos que devoraba, compulsivamente, en un reservado aparte, tan lejos como fuera posible del resto de los clientes del local. Cada vez que los payasos de izquierdas se metían en política o abrían el hocico, lo ponían a punto de infarto. ¡Aquellos ignorantes eran peores que los fascistas! 

Atrás quedaba el verano; fueron tiempos felices. No le quedó más remedio que despedir a la asistenta peruana que realizaba las tareas del hogar; sus vulgares modales terminaron por exasperarlo. ¡Pretendía que le subiera el sueldo! Aunque supiera que no iba a encontrar a otra imbécil que cobrara cuatro euros la hora se mostró inflexible; regatear no era su estilo. Durante aquellos meses se embruteció de modo insospechado: olvidó cómo hablar con sus iguales, relegó cualquier atisbo de humanidad a un segundo plano y acrecentó su talante introspectivo hasta el límite del delirio. Prefería ser paria a sociable. Se sentía mejor siendo despreciado que soportar mínimamente a nadie. La gente solo y exclusivamente daba problemas. Solo se comunicaba por Whatsapp. ¡Sin duda era el mejor invento de la historia!  

El Cannubi Boschis (cosecha de 1997) era exquisito, sublime al paladar como la acaricia de una amante. El dinero que gastó por las seis botellas estaba bien invertido. Los pequeños placeres de la vida le eran indispensables; daban sentido a la miseria que significaba trabajar para subsistir. Con delicadeza, sirvió el vino hasta la mitad de la copa. La Spiegelau, finamente cincelada por algún artista italiano, enaltecía el bouquet del Boschis. A su derecha, en una abarrotada estantería, descansaban los libros que había leído últimamente: Rimbaud, Camus, Baudelaire, Sartre, Apollinaire, Artaud, Cocteau, Yourcenar, Verlaine, Villón, Rabelais, Mallarmé y Beauvoir. París lo esperaba en unas semanas. Un viaje era la excusa perfecta para evadir las responsabilidades familiares. No pensaba pasar las fiestas navideñas con sus parientes; antes prefería cortarse las venas. Aparte de la familia, la segunda gran desgracia y destrucción de la sociedad eran las escuelas: brutales centros de adiestramiento ridículo para personas. Afortunadamente, ambas se encontraban en decadencia. Tercera y cuarta plagas, la patria y la religión, ambas igual de repugnantes.

Hacía siglos que no abandonaba la isla. Se encontraba estancado en un punto muerto, de no escapar terminaría en un manicomio, dando volteretas en una celda acolchada. Ajustó las gafas redondas, se acarició la perilla, e imaginó las calles de la metrópoli; el Museo del Louvre, el Centro Pompidu, la Catedral de Notre Dame, el Barrio Latino, Saint-Germain-des-Prés, Montmartre, el Museo de Orsay, la Torre Eiffel y el cementerio del Père-Lachaise. Siempre había sido un sibarita; la vida bohemia en la ciudad de las luces le sentaría de maravilla. Pensaba visitar los peores prostíbulos de la zona para complacer las abyectas fantasías de degradación que demandaba en silencio. Como era de esperar, elegiría profesionales lo más jóvenes posible sin que llegara a resultar un delito. El sexo femenino, a partir de los veintitrés años, le parecían momias.

Rememoró a su buen amigo Horacio; un masoquista perdido que disfrutaba siendo torturado por mujeres sádicas. Nada lo complacía más que ser humillado y pisoteado como una alimaña: hasta las cucarachas poseían dignidad comparadas con aquel despojo humano adicto a las putas, los bingos y la cocaína. Aún se estremecía al recordar a la última fulana que pagó para que se lo fornicara. Horacio era un tímido patológico absolutamente incapaz de entablar conversación con alguien el sexo opuesto. Tenía que realizarle aquel tipo de favores con frecuencia, cosa que no le desagradaba en absoluto; siempre sacaba tajada del pastel. La mujer lo golpeó con saña y le hizo todo tipo de barbaridades, utilizando un látigo de seis colas rematadas en bolas de acero. La velada terminó en el Hospital General: una hemorragia interna estuvo a punto de enviarlo al otro barrio. Un escalofrío le recorrió el espinazo. ¡Jesús, lo que tenía que aguantar! ¡Cuánta degeneración había en el mundo! 

Abrió una novela de Pessoa y empezó a leerla por enésima vez. Este siempre le recordaba que la existencia terrenal era un fracaso; no le apetecía hacerse ilusiones de que las cosas cambiarían de la noche a la mañana. Nunca había disfrutado de un autor tan inteligente y tan terriblemente lúcido. Después de media hora de lectura, prendió un cigarrillo. El humo del Coronas negro ascendió hacia el techo, formando espirales azules. Sin percibirlo, comenzó a sentirse deprimido. Cerró los ojos y prestó atención a La canción de la tierra. Mahler creó sus mejores obras a partir de la Quinta Sinfonía. La mala suerte no lo abandonó desde entonces. Lástima que la Décima estuviera inconclusa; morir le impidió acabar lo que probablemente hubiera sido una tragedia para los oídos.

Comprobó el reloj: llevaba cinco horas sin tomar su medicación. Un nudo se le hizo en el estómago; transpiraba profusamente. Neurótico, se levantó de un salto e ingirió dos valiums a palo seco. La química era un regalo divino, sin duda alguna. Regresó al sillón de orejas y esperó a que los tranquilizantes hicieran efecto en su sistema nervioso alterado. Cuando estaba cómodo se encontraba incómodo: aquella era la historia de su vida. Lentamente, los bordes del salón se hicieron imprecisos; las aristas del mobiliario eran menos amenazadoras. Podía continuar adelante: el suicidio estaba apartado por el momento de sus planes.

El timbrazo del móvil lo obligó a lanzar un respingo. Tragó saliva. Aterrado, tuvo la impresión de que las paredes se cernían sobre él dispuestas a aplastarlo. Una vena le palpitaba en la frente, agujas invisibles le pincharon el cerebro. ¿Le habría pasado algo a su madre? ¿Su hermano estaría ingresado en el hospital por un accidente de tráfico? ¿Su sobrina habría desaparecido? ¿Un incendio habría arrasado la finca de la Gomera? Aquellas cuestiones le pasaron por la mente mientras extendía la mano hacia el teléfono, luchando contra una tormenta invisible que no le permitía moverse con naturalidad.
Murmuró con la boca seca:
—¿Sí?
Una voz achispada llenó la línea:
—Estamos debajo de tu casa. 
Una gota de sudor frío le descendió por la mejilla.
—¿Álex?
Carcajada de borracho.
—Tenemos una botella de Johnnie Walker —puntualizó—. Te invitamos a una copa.
Estaba espantado.
—¿Estás loco? —exclamó—. ¡Ni de coña!
—Anímate, tío —dijo su ex alumno—. Hemos subido a verte
Se retorció sobre el sillón de orejas. El terror se transformó en náuseas.
—¡Álex, por Dios, ni se les ocurra!
—Asómate a la ventana —rogó—. Estamos en la cabina que hay al lado del 7 Islas.
Aquello le puso los pelos de punta.
—¡Qué no, cojones!
Mientras hablaba, apagó el equipo de música, desconectó el teléfono fijo, el portero de la calle, echó tres llaves a la puerta y la cadena de seguridad. Nadie entraría en su santuario; no pensaba permitir que allanaran su valiosa intimidad.
—David llegó hoy de Barcelona. —puntualizó—. Lo hemos secuestrado para celebrar el cumpleaños de Oscar.

¡Mentira cochina! Oscar había cumplido en septiembre, lo recordaba bastante bien. El portero subió a quejarse por la conducta de aquellos mamarrachos; las cámaras de seguridad los habían grabado bailando con un pedo increíble en la puerta del edificio. Naturalmente, negó conocerlos. No quería que lo relacionaran con indeseables. En su fuero interno se arrepintió por haberles permitido acceder a su vivienda. Y pensar que había despilfarrado un potosí en berberechos, calamares, pulpo negro y mejillones de Hacendado para agasajarlos cuando venían de visita. Las confianzas daban asco.

—¡No van a subir! —aulló a grito pelado—. ¡No quiero verlos!
Escuchó unas sonoras carcajadas de fondo: Oscar y David no se encontraban en mejor estado que su ex alumno. ¡Maldita juventud y el que la inventó!
—¡Aguafiestas! —rio Álex—. ¡Nunca cambiarás!
Debía terminar aquella horrible conversación cuanto antes.
—Mañana te llamo —mintió descaradamente—. Pásenlo bien.
—Tío, no cuel...

Temblando, desconectó el móvil. El aparato le daba malas vibraciones; los teléfonos eran un invento del mismísimo diablo. Con cautela, abandonó el sillón de orejas, apartó las cortinas y espió por un resquicio la calle atestada de gentuza, procurando pasar inadvertido. El corazón le bombeaba en el pecho como una dinamo. Podía afirmar con toda seguridad que aquella chusma estaba tocándole el timbre, luchando por entrar en el bloque, todo para incordiarlo con sus terribles borracheras. De inmediato, sacó una silla de la cocina y la colocó bajo el pomo de la entrada. Lástima que hubiera vendido la escopeta de perdigones de su padre: en aquel momento le habría aportado seguridad tenerla a mano. Estaba bañado de sudor. El tiempo parecía congelado; los segundos se negaban a avanzar. El universo se desplomaba sobre su espalda. Abatido, se dejó caer sobre el sillón de orejas. La puerta crecía por momentos. La paranoia superaba el letargo de los tranquilizantes. La guadaña afilada de la muerte prendía en un futuro inminente… 

Quería escapar, esconderse en alguna parte, meterse debajo de la cama o encerrarse en el armario del dormitorio. Los minutos se le hicieron eternos. El miedo no desaparecía; solo contaba con el Rohypnol para serenarse. Al borde de un ataque de nervios, registró los cajones donde guardaba las medicinas, arrojando las cajas de cartón al suelo —Sertralina, Bupropion, Metilfenidato, Fluoxetina— hasta que encontró las pastillas. Tomó cuatro de golpe. La botella de vino lo llamaba desde un rincón de su subconsciente. Vaciarla era una locura; podía liquidarse si mezclaba la bebida con tanto tratamiento. La oscuridad lo angustiaba. Encendió las luces; tenía la impresión de que fantasmas vagaban por la vivienda. Agarró un paraguas, dispuesto a defenderse de cualquier ataque contra su persona. Con grandes sollozos, se derrumbó de rodillas en el suelo. La crisis era espantosa, pensaba faltar al colegio un mes como mínimo; no podía dar clases influido por aquel deplorable estado de ánimo.

Unos nudillos golpearon la puerta con fuerza. Sintió ganas de devolver; aquellos degenerados habían conseguido subir. No estaba de humor para aguantar a nadie, iban a enterarse de con quién estaban tratando. Hecho una furia, con los ojos fuera de las órbitas y el rostro colorado, se aproximó a la entrada y apartó la silla bruscamente. Las manos le temblaban de tal manera que le costó un infierno girar la llave y quitar la cadena. La sangre nublaba sus ideas; podía cometer una locura asesina. Abrió la puerta de sopetón mientras berreaba al borde de la histeria:
—¡Álex, me cago en Dios, en la Virgen puta y en todos los Sant…!
La sorpresa lo dejó con la boca abierta. Una mujer vestida con una gabardina negra lo observó heladamente. Sus ojos azules, despectivos y llenos de crueldad, lo dominaron al instante.
Su tono fue áspero como el papel de lija:
—¿Aún estás vestido, cerdo?
Sus miembros se habían convertido en piedra.
—Déjame entrar —gruñó—. O no me chuparás las botas.
Entonces reconoció a la fulana: era la misma que había mandando a Horacio a Urgencias semanas atrás. Una vaga erección se agitó en su entrepierna. Tenía la esperanza de que lo sodomizara con un falo de plástico. Horacio ni siquiera pagó suplemento por ello. Gracias a Dios que contaba con excelentes amigos que le devolvían los favores con creces.  
—Claro. —Se apartó, obsequioso—. Pase, pase, por favor...





jueves, 1 de diciembre de 2016

UNA SATISFACCIÓN JUSTA (I): EL CONVOY DE MUNICIÓN

Cada uno de los movimientos de todos los individuos se realizan por tres únicas razones: por honor, por dinero o por amor.

Napoleón Bonaparte
  

Finlandia, 17 de abril de 1808


Las cortantes ráfagas de aire que se filtraban entre los árboles levantaban espirales de nieve sobre el terreno sepultado por los elementos. El camino se perdía a la derecha hacia el interior del bosque y las enormes copas de los abetos ocultaban la visión del cielo encapotado desde primeras horas de la mañana. Stark maldijo la falta de luz habitual en aquellas tierras. ¡El condenado invierno parecía que no iba a terminar nunca!
—Falta poco para que los rusos aparezcan —comentó a sus hombres—. Nada de ruido, hijos de perra.

Los cuatro jinetes que lo acompañaban —mercenarios finlandeses curtidos por la mala vida, las escaramuzas y el pillaje— asintieron con prontitud. Llevaban las cartucheras a reventar de munición, pistolas, espadas y cuchillos en los cinturones, y pesados mosquetes colgando de las sillas de sus monturas. Stark, aunque tuviera las manos cubiertas por unos gruesos guantes de piel de oveja, apenas podía sentir la punta de los dedos. Temblando, sacó la petaca del interior del pesado abrigo e ingirió un trago de coñac para entrar en calor. Después, se ajustó la bufanda al cuello. Aborrecía aquellas latitudes; no veía la hora de enriquecerse para comprar un barco con el que recorrer los océanos ejerciendo el virtuoso oficio de la piratería.

Después de seis años, la guerra continuaba su curso, inexorable. Los franceses, con la aprobación de la Corona española, habían decidido invadir Portugal. El rey Juan VI, cuando recibió la noticia de que tropas armadas avanzaban hacia al Palacio Real dispuestas a rebanarle el gaznate, demostrando un gran valor, no tardó demasiado en ahuecar el ala rumbo a Brasil. Después de conquistar Lisboa, como de costumbre, Bonaparte decidió continuar ampliando su Imperio. ¿Qué le impedía tomar España? Carlos IV, al descubrir que había cometido un error imperdonable, se echó las manos a la cabeza. ¡Aquel maldito corso lo había engañado como a un niño! Furioso, lloriqueó a Manuel Godoy: «Napoleón es nuestro aliado..., ¿Por qué se ha vuelto contra nosotros?». El primer ministro, con el corazón en la boca, no pudo darle una respuesta inmediata. El pragmatismo habitual que lo dominaba se había ido al cuerno y temía que el pueblo le cortara la cabeza por la mala política que le había hecho apoyar a los gabachos desde el principio del conflicto. Vislumbró revueltas, sangre y cadalsos que, toda la inmensa fortuna que había acumulado gracias a la generosidad del monarca, no conseguiría evitar. Después que Pamplona y Barcelona mordieran el polvo, los burgueses y los campesinos, descontentos por los resultados de la batalla de Trafalgar, el despotismo de los nobles, los altos impuestos y los rumores sobre la aventura que Godoy mantenía con la reina María Luisa de Parma, decidieron tomar cartas en el asunto. La Familia Real no tuvo la oportunidad de abandonar las calles de Madrid con la intención de tomar un barco que los condujera a territorios menos hostiles. La idea de plantar cara a los franceses era demasiado extravagante; al parecer la aristocracia no vaciaba el vientre por el mismo lugar que los plebeyos. El palacio de Aranjuez fue asaltado por una turba de lunáticos fernandinos que prendieron fuego a todo lo que pudieron encontrar. Acobardado, el primer ministro se escondió como una rata haciendo lo imposible por salvar el pellejo. Con gritos de odio, juramentos, burlas y patadas en el culo, los amotinados lo condujeron hacia el Cuartel de Guardias de Corps. El príncipe Fernando, viendo una ocasión de oro para conseguir la Corona, obligó a su padre a abdicar para que no los lincharan a todos. Llevaba conspirando contra su propio progenitor entre las sombras desde hacía meses; hubiera sido capaz de venderlo a Satanás con tal de conseguir el poder.

Lúgubre, a Carlos IV no le quedó más remedio que comunicar las siguientes palabras a los periódicos: «Como los achaques de que adolezco no me permiten soportar por más tiempo el grave peso del gobierno de mis reinos, y me sea preciso para reparar mi salud gozar en clima más templado de la tranquilidad de la vida privada; he determinado, después de la más seria deliberación, abdicar mi corona en mi heredero y mi muy caro hijo el Príncipe de Asturias. Por tanto es mi real voluntad que sea reconocido y obedecido como Rey y Señor natural de todos mis reinos y dominios». La primera orden de Fernando VII fue confiscar los numerosos bienes de Godoy y encerrarlo en el castillo de Villaviciosa de Odón; siempre había detestado a aquel pisaverde que había convertido en cornudo a su estúpido padre. 
  
Aquello no sirvió de nada: Carlos IV escribió a Bonaparte alegando que había sido obligado a abdicar a la fuerza. Ni corto ni perezoso, este se reunió con la familia real en Bayona. La cena fue un completo desastre: el viejo monarca estaba hecho unos zorros y destrozado por la gota, Fernando VII encendió las iras de Napoleón al tratar de forma despreciable a su progenitor, el vestido impúdico de la reina la hacía parecer una furcia recién salida de un burdel y Godoy (que había sido liberado por Murat gracias a las súplicas de María Luisa) era un pálido reflejo del hombre que fue. Iracundo, el Emperador espetó al hijo del monarca español: «¡Es usted un malvado y un animal!». Fernando, al descubrir que el patio no estaba a su favor, renunció a la corona. ¡Hasta su madre había pedido que fuera decapitado! Ignoraba que Carlos IV, a sus espaldas, había entregado los reinos españoles y todas sus propiedades al corso a cambio del palacio de Compiègne, el castillo de Chambord y una renta vitalicia, que evidentemente nunca cobraría. La sorpresa lo dejó con la boca abierta cuando Bonaparte instaló en el trono a su hermano José. Ante sus coléricas protestas, las palabras de Napoleón no pudieron ser más elocuentes: «¡Príncipe, aquí se opta entre la abdicación o la muerte!». Satisfecho, el corso sacudió una mota de polvo imaginaria de su levita. España pertenecería a su casa y punto. El que no estuviera de acuerdo podía irse a la mierda.    

El grupo cruzó los árboles sin quitar los ojos de los rincones de la foresta en los que podía ocultarse cualquier patrulla. Todos eran conscientes de que una batalla oscurecía el horizonte: el enemigo avanzaba desde el sur, comandado por el general Jakov Petrovitj Kulneff, provisto de innumerables regimientos y batallones de infantería, escuadrones de caballería a los que se habían unidos los cosacos, y brigadas de artillería armadas con cañones de campaña. Durante los últimos meses, gracias a la retirada de los ejércitos suecos, Rusia había conquistado grandes extensiones de territorio. Prácticamente toda la zona austral de Finlandia pertenecía al zar Alejandro I que, orgulloso por haber pactado con Bonaparte, se encontraba a salvo en San Petersburgo junto a un volumen de Rosseau y una excelente copa de vino. Aunque el corso había ocupado España, demandaba más gloria, poder y riquezas. No le resultó demasiado difícil hacer las paces con sus antiguos rivales y formar una nueva alianza: sabía que Alejandro I ambicionaba someter a los suecos desde hacía tiempo; los soldados caídos en Eylau debían estar revolviéndose en sus tumbas. Gustavo IV Adolfo de Suecia odiaba a Napoleón hasta el grado que bordeaba la locura: para el monarca representaba al mismísimo Anticristo. No tardó en ponerse de parte de los británicos y enviar a la muerte contra Francia hasta el último de sus hombres. «¡Matad a la Bestia! —bramó como un condenado a sus mariscales—. ¡Que la ira de Dios caiga sobre ese repugnante retaco!».

Stark desmontó del caballo y, con un pistolón en la mano, observó el sendero cubierto de nieve. Pese a que el lugar se había convertido en zona de guerra, un silencio ominoso cubría el bosque de Eskola hasta el último confín. A su espalda, los finlandeses lo imitaron empuñando los fusiles. Sin emitir sonido, tomaron posiciones de combate. El sajón echó una ojeada al reloj: un cuarto de hora los separaba del convoy que se proponían asaltar. Esperaba que la información que había comprado al chivato fuera cierta; jamás había creído en aquellos que cambiaban de bando como de calzones. Este, en lugar de comunicarle la noticia al jefe de intendencia del mariscal Klingspor, prefirió vendérsela por una bolsa de monedas de oro. De no resultar verídicas sus palabras, alguien tendría problemas, graves todo había que decirlo, cuando regresara a Siikajoki   
—Como te hayas atrevido a jugármela te vas a cagar en tu abuela —gruñó al recordar el rostro marrullero del espía—. No pienso abandonar Finlandia con un palmo de narices.

Minutos después, a la hora indicada, alcanzó a escuchar el relincho de un semental. Stark esbozó una sonrisa mordaz mientras hacía una señal a sus hombres; todo salía según lo previsto. Los mercenarios, que se encontraban a cubierto detrás de los gruesos troncos, pusieron los mosquetes en posición de tiro. Los segundos transcurrieron lentamente mientras cuatro vehículos blindados custodiados por una escolta de diez hombres pasaban delante del grupo. Los rusos iban vestidos con chacós emplumados, capotes hasta los muslos, chaquetas cruzadas con faldones abrochados a la espalda, pantalones negros y botas de caña alta provistas de espuelas. Más que vigilar un convoy, parecía que iban a asistir a un puñetero desfile. Las huestes del zar Alejandro I, tal como había visto en más de una ocasión, tenían un sentido de la vanidad tan ridículo como inútil. Pensaba robar todas las charreteras de los uniformes y venderlas al mejor postor cuando acabaran con ellos.        
Stark inhaló una bocanada de aire y aulló a pleno pulmón:
—¡Fuego!

Los finlandeses descargaron los fusiles contra el enemigo rompiendo la tranquilidad que envolvía la vegetación. Los soldados, estupefactos, no tuvieron la oportunidad de reaccionar. La primera salva barrió a los jinetes y los caballos cabriolaron aterrados, arrojando al suelo a aquellos que habían conseguido mantenerse sobre las sillas. El bosque quedó cubierto por el hedor de la pólvora y el humo negruzco de las detonaciones. Stark abrió fuego contra uno de los cocheros que intentaba darse a la fuga. Este quedó inmóvil en el aire, efectuó una pirueta grotesca y se desplomó sobre la nieve enrojecida con el cráneo destrozado. Los mercenarios recargaron las armas y volvieron a disparar, masacrando a los escasos supervivientes. Nuevos gritos de agonía, relinchos enloquecidos y maldiciones entrecortadas. El estoque del sajón emitió un sonido metálico al salir de la repujada vaina de cuero; estaba preparado para librar un combate cuerpo a cuerpo. Por tercera vez, las detonaciones resonaron en el camino, liquidando la escasa resistencia que los rusos aún eran capaces de ofrecer.
—Desenvainad los sables —ordenó—. ¡Ha llegado el momento de afeitar en seco a estos patanes!
Rugiendo, el grupo abandonó la protección de los abetos y prorrumpió en el sendero armado hasta los dientes. Los animales luchaban por escapar de las manos muertas de sus dueños, los cocheros se santiguaban y los pocos soldados que restaban en pie apenas podían levantar las espadas debido a las terribles lesiones causadas por las balas de gran calibre. Stark evaluó la situación en un abrir y cerrar de ojos:
—Matadlos a todos —masculló mientras envainaba el acero que no había tenido la oportunidad de utilizar—. No quiero supervivientes que puedan denunciarnos.
Ignorando las súplicas de sus víctimas, los mercenarios dieron buena cuenta de ellas. Varias detonaciones secas volvieron a instaurar la armonía rota por la breve y sangrienta escaramuza. Campante, con los brazos en jarras, Stark contempló los carromatos que habían pasado a pertenecerle. Uno de los finlandeses —alto, enjuto, hombros estrechos y semblante de carnicero— le comentó complacido:
—Ha sido jodidamente fácil, Konrad —La avaricia se le pintaba en la cara—. La fortuna está de nuestro lado una vez más.
Stark sonrió de buen humor:
—Esta noche tendremos toda la bebida, putas y comida que nos dé la gana, Carl. —bromeó—. Conozco a un prestamista de mala reputación que nos dará una pequeña fortuna por el contenido de los carruajes.
Stark se aproximó al primer vehículo y descerrajó de un tiro el candado que reforzaba la puerta trasera. El interior rebosaba de material bélico: pistolas, mosquetones, sables de cosaco, puñales, bayonetas, pólvora y munición de todo tipo, tanto como para las armas ligeras como para los cañones pesados. Los rusos tendrían que combatir con uñas, dientes, piedras y palos contra el ejército comandado por Wilhelm Mauritz Klingspor.
Sus hombres lanzaron los sombreros al aire y celebraron el botín con grandes exclamaciones de júbilo. Stark sintió que el pecho se le henchía de orgullo: le faltaba poco para volver a pisar la cubierta de un barco, disfrutar de los mares, la brisa salada y la caricia del sol sobre su físico. ¡Que le dieran por saco a la tundra, al hielo y a las bajas temperaturas de Finlandia!
 —Desvalijad a los muertos y atad los caballos al último carromato —dijo mientras apartaba el cuerpo inerte de uno de los cocheros del pescante para tomar las bridas—. Quiero llegar a Siikajoki antes de que termine esta podrida guerra.