miércoles, 11 de julio de 2018

LA MORADA DEL DIABLO (II): LA HUESTE DE HAMIDULLAH


La luna enrojecida asomó entre las nubes, iluminando los contornos del bosque. Los árboles opacos, velados por un silencio antinatural, se extendían durante varias leguas. Stark ascendió una colina y se introdujo en la floresta. A su derecha, los troncos formaban una tupida barrera que se deslizaba a lo largo de los cerros abruptos cubiertos de hierba. A su siniestra, un sendero irregular, descuidado por el paso del tiempo, trazaba un ángulo en pendiente entre los herbazales. Sobre su cabeza, las copas de los árboles tejían un manto tétrico, roto por los rayos oblicuos que el espejismo lunar derramaba sobre la tierra. Stark apartó sus recelos y tiró de las riendas, conduciendo al animal hacia el sur. Los cascos del corcel —que había tenido la cautela de vendar— apenas producían sonido al aplastar las hojas secas y las ramas podridas que cubrían el suelo. 

En junio de aquel mismo año, Luis El Obstinado, vástago de Fernando IV y Juana I de Navarra, había muerto, según la creencia popular, envenenado en Vincennes. Durante su corto reinado en Francia —de 1314 a 1316— tuvo tiempo de participar en la Rebelión de Flandes y en el Invierno del Hambre que azotó el país tras el fallecimiento de su progenitor. Después del escándalo de la Torre de Nesle, contrajo segundas nupcias con su prima Clemencia de Hungría. Su único vástago, Juan El Póstumo, pereció a los pocos días de nacer; una semana antes de que el germano abandonara Samarcanda con la intención de dirigirse a Bujará. Una sonrisa maliciosa se dibujó en los labios de Stark: esperaba que el actual monarca de Francia, Felipe V, no tardara en acompañar a sus familiares. Por fortuna, el Todopoderoso había intervenido, aniquilando a la familia real que, dada su degradación y malevolencia, merecía arder en el infierno por todos sus pecados.

Enfrente, a una distancia indeterminada, una hoguera resplandecía entre los huecos de los árboles. Stark se puso tenso sobre la silla y aminoró el paso del caballo, procurando ocultarse en la espesura. Primero, antes de entrar en acción, debía comprobar si había vigías por los alrededores. Luego, infiltrarse en el campamento de sus enemigos. Y, por último, si lograba encontrar a la hija del mercader, escapar del lugar sin perder la cabeza. Entrecerrando los ojos, reconoció el terreno; parecía que no había guardias en el exterior del claro. Stark descendió de la montura, ató las bridas a un árbol, y avanzó con prudencia hacia su objetivo. Una corriente de aire sopló entre los árboles y meció las ramas bajas. El bosque, sombrío y amenazador, lo circundó con su presencia, causándole un escalofrío.
Lentamente, sorteó los setos y los hundimientos traicioneros del suelo, y caminó el diagonal con los músculos tirantes. Su respiración formaba nubecillas blancas y un frío estremecedor invadió su cuerpo conforme ganaba terreno; el silencio que emanaba de la floresta podía cortarse con una navaja. Al llegar a la entrada del campamento, se ocultó detrás de un tronco, estudiando el claro con una mirada penetrante. Una docena de yurtas, clavadas al suelo con estacas de madera, se recortaban a contraluz. Aquella tranquilidad le daba mala espina, podía ser el preludio de una trampa; era improbable que sus adversarios durmieran sin tomar precauciones. Un individuo harapiento, ataviado con las ropas propias de los hombres del desierto, pasó delante de la hoguera, armado con una lanza y un sable de hoja curva. Stark reculó un paso y se fundió entre las sombras. El centinela bostezó y estiró su anatomía enjuta, con una expresión de cansancio dibujada en el rostro. Acto seguido, recuperó la compostura y continuó la guardia, ajeno a la presencia del antiguo caballero templario que lo observaba a escasas yardas de distancia, con una mirada acerada en los ojos grises. Al desaparecer el vigía, tomó una bocanada de aire y corrió un corto trecho sin hacer ruido, penetrando en el campamento con el cuchillo en la mano. Velozmente, se agazapó al amparo de una tienda de brillantes colores que lo más probable, dada la calidad y los exquisitos dibujos que adornaban la tela, fuera parte de algún botín conseguido por sus oponentes. El vigía dio la vuelta y recorrió el camino a la inversa, tiritando, víctima del frío avasallador que acababa de invadir el bosque. De un salto, Stark lo atacó por la espalda y le hundió la hoja en la nuca. Su rival sufrió un espasmo y emitió un gemido estrangulado, expirando en los brazos de su agresor. Este escondió el cadáver entre unos arbustos, limpió el puñal en las sucias vestiduras, y comprobó que todo estaba en orden; nadie había advertido su presencia. Sin pensarlo, movido por el instinto de soldado, que tantas veces le había auxiliado antes, Stark cruzó las sombras movedizas que desperdigaba la hoguera, dirigiéndose a una tienda más suntuosa que las demás. Los ladrones vivían como los tártaros: vagando de un lado a otro, siempre en busca de presas, alimentándose de los frutos conseguidos gracias a la rapiña. Durante el camino, tuvo la suerte de no tropezarse con ningún vigía; puede que aquél que había asesinado fuera el único que estuviera de guardia. Al fondo del claro, cerca del linde del bosque, descansaban las monturas de los ladrones, amarradas a un carro con un techo de lona. Stark pasó dentro de la tienda. A su nariz llegó el repugnante aroma del interior, una amalgama de sudor rancio, putrefacción y leche de yegua, además de los ronquidos de su propietario, que resonaban estruendosamente en aquel espacio cerrado. En cuatro rápidos pasos, soslayó las mantas y los cojines diseminados por los suelos, y se arrodilló encima del durmiente, poniéndole la zurda en la boca y el cuchillo en la garganta. El individuo tuvo un brusco despertar, estremeciéndose de terror y estirando la mano para coger su cimitarra. Stark apretó la hoja hasta que brotó la sangre y susurró heladamente:
—Si intentáis gritar, os degollaré como a un cerdo.
Su cautivo temblaba de pánico: gruesas gotas de sudor se le deslizaron por la frente.
—¿Dónde está la muchacha?
El hombre hizo ademán de hablar pero la presa del antiguo caballero templario se lo impidió.
—Voy a permitir que respondáis —continuó—, pero como os atreváis a dar la voz de alarma acabaré con vos, ¿entendido?
Su cautivo asintió y replicó quejumbrosamente:
—Está en el pabellón de Hamidullah.
Stark deslizó el puñal sobre su nuez de Adán.
—¿Y cuál es el pabellón de Hamidullah?
—El verde situado en mitad del campamento…
Impasible, Stark enterró el arma hasta la empuñadura en el corazón de su rival. Había averiguado lo que necesitaba saber; no tenía sentido dejarlo con vida. Cuando el cuerpo cesó de contraerse, soltó el cadáver, tanteó en la oscuridad y encontró una túnica entre sus pertenencias. No experimentaba ninguna clase de remordimiento por los dos individuos que había asesinado: aquellos inicuos merecían la muerte. Con un gesto de asco, se puso la prenda sobre sus vestiduras, ocultando el rostro bajo la amplia capucha. Al salir al exterior de la tienda, reconoció el terreno, sin encontrar nada anormal. De inmediato, localizó el pabellón que le había indicado su víctima. Mientras andaba, distinguió la figura de otro centinela en la parte superior del claro, envuelto por oscuras ropas que lo permitían pasar desapercibido en la negrura. Stark inclinó la cabeza y apretó el paso. No tenía tiempo para eliminarlo. Si alguien descubría el cadáver, el campamento se convertiría en un caos; tenía que salir de allí cuanto antes. Cuando pasó al interior de la yurta, que olía a cuero curtido y a hierbas aromáticas, descubrió una forma borrosa sobre el lecho situado en uno de los laterales del pabellón. ¿Dónde demonios estaba la hija del mercader? Vencido por un extraño presentimiento, se acercó a la figura dormida, listo para utilizar el arma. Dos cuerpos desnudos descansaban bajo las mantas, unidos en un estrecho abrazo. Estupefacto, bajó el cuchillo: algo no encajaba en la escena; tanto la mujer como el hombre parecían amantes. Indeciso, contempló la expresión de felicidad de la muchacha, sus mejillas arreboladas y la manera en la que apretaba a Hamidullah entre sus finos brazos. Si hubiera sido violada por aquel bellaco, todo sería completamente diferente. Stark apoyó la hoja en el cuello de la mujer, obligándola a despertar; necesitaba conseguir respuestas. Ambos lanzaron a la vez un respingo de estupor al abrir los ojos.
—Si os atrevéis a gritar la mataré, escoria del desierto.
Hamidullah apretó los puños, asombrado y colérico a partes iguales, con una luz enloquecida en la mirada.
—¿Quién sois? —barbotó —. ¿Qué queréis de nosotros?
Stark esbozó una sonrisa capaz de helar la sangre en las venas.
—Un mercader de Bujará me ha contratado para rescatar a esta muchacha —repuso—. ¿Qué podéis decir al respecto?
El individuo rechinó los dientes.
—¿Ese perro se ha atrevido a mandaros a liquidarme? ¡Juro por Alá que será pasto de los buitres!
La joven se cubrió los pechos lo mejor que pudo y secundó a su amante:
—Mi padre es un diablo —murmuró aterrorizada—. ¡Sirve a Shaitán!
Stark ignoró las curvas de la mujer e inquirió con acritud:
—¿A qué demonios os referís?
La muchacha tragó saliva.
—Ayer descubrí que sacrificaba a sus criados en los altares de Ashur —explicó—. ¡No me quedó más remedio que escapar de mi propia casa!
Una sensación gélida recorrió los nervios del germano.
—Entonces… ¿No habéis sido raptada?
—¡No! —exclamó—. ¡Huí para no correr la misma suerte!
Hamidullah intervino:
—¡Al-Mahdi os ha engañado! —gruñó—. ¡Hawa es mi prometida, maldito seáis!
Stark tomó una profunda bocanada de aire y meditó las palabras que acababa de escuchar: los amantes le estaban diciendo la verdad. La furia relegó las dudas a un segundo plano y colmó su espíritu de deseos de venganza: el mercader pagaría su hipocresía aunque fuera lo último que hiciera.
—¿Vuestra prometida? —repitió con las mandíbulas encajadas por la rabia—. ¿Qué clase de locura es esta?
La joven continuó a punto de estallar en sollozos:
—Mi padre nunca ha querido que nos casáramos —dijo—. Su afán de poder lo ha cegado ante los deseos de su familia. Solo piensa en acumular riquezas a costa de las personas que tienen la desdicha de trabajar en sus caravanas. ¡Os lo juro!
El arma tembló en la diestra de Stark.
—Dejadla en paz —farfulló el hombre—. Matadme y acabemos con esto. ¡Es a mí a quién queréis!
Hamidullah hizo ademán de levantarse pero Stark cortó su movimiento con un gesto hosco.
—¿Por qué debería creeros?
—¡Sois un idiota! —escupió—. Os habéis dejado embaucar por las sofisterías de ese chacal. ¿Tanto os cuesta admitir que estáis equivocado?
El germano ignoró su malestar interior. Le costaba tragarse el orgullo y dar el brazo a torcer. Quizá toda la historia que el anciano le había contado en la taberna fuera una patraña: odiaría actuar en contra de sus principios y aniquilar a los inocentes. Debía averiguar cuál de los tres decía la verdad o perecer en el intento. Las circunstancias se habían torcido y estaban en su contra. Stark propinó un puñetazo al jefe de los bandidos en el rostro, dejándolo sin conocimiento. Hawa intentó chillar pero el germano fue más rápido y silenció su exclamación. Bruscamente, la volvió boca abajo, desgarró las sábanas y le puso una mordaza en la boca, atándole las manos y los pies. Hasta el momento jamás había golpeado a una mujer; su honor jamás le hubiera permitido realizar aquella acción.
—Volveré a la ciudad para hablar con vuestro padre —sentenció—. Si descubro que me habéis mentido, no volveréis a ver la luz del sol.
Con rapidez, cruzó el pabellón y salió al campamento enemigo, enervado por una cólera monstruosa; detestaba que jugaran con él. De improviso, un individuo apareció delante de sus narices. Durante un segundo, sus ojos se encontraron en la penumbra. El grito del vigía rompió la quietud del claro:
—¡Alerta! —Levantó la lanza para protegerse—. ¡Intruso!
Maldiciendo, Stark desenvainó el mandoble y destripó a su adversario: las entrañas rojas y azuladas le salpicaron las botas. La madrugada estalló en un clamor colectivo. Cuerpos delgados y macilentos surgieron de las tiendas, empuñando espadas curvas, hachas y picas. El antiguo caballero templario profirió una blasfemia y salió disparado hacia el bosque. Voces amenazadoras prometieron dolor, torturas y muerte. El reflejo de las llamas iluminó las caras enjutas y mal afeitadas de la hueste de Hamidullah. Flechas de penachos negros llovieron a su alrededor, zumbando malignamente, dispuestas a arrancarle la vida, sin conseguir alcanzarlo. A trompicones, se introdujo en la floresta, procurando ganar la máxima distancia posible a sus perseguidores. Ramas y brezos le arañaban el rostro.
Una saeta le rozó el hombro y se clavó en un árbol: había faltado poco para que lo alcanzara. Haciendo de tripas corazón, pasó por alto la sequedad de su boca, los pulmones inflamados, el palpitar de sus gemelos doloridos, y se exigió un esfuerzo supremo. En aquel instante, el relincho asustado de su corcel le puso los pelos de punta. Siluetas informes, de miembros monstruosos y cuerpos velludos, atacaban al animal. Aterrado, olvidó a los individuos que lo perseguían; aquellos seres demoníacos eran mucho peores que los forajidos. Una transpiración helada cubrió su cuerpo de la cabeza a los pies. Los hombres de Hamidullah se frenaron en seco, al borde del pánico, entre juramentos y gritos de sorpresa. La bilis pastosa se apiló en la garganta de Stark y le arrebató el aliento: aquellas criaturas eran obra del Diablo. A su espalda, jinetes provistos de cimitarras irrumpieron entre los árboles y frenaron su avance con brusquedad al descubrir el horror que se desarrollaba ante sus ojos. El germano apretó las mandíbulas y se abalanzó sobre los monstruos: sin la montura nunca podría escapar del bosque. Unas garras afiladas le rozaron el jubón y rechinaron contra su caperuza. El hedor, corrupto y vomitivo del engendro impregnó sus fosas nasales, causándole una arcada de repulsión. El mandoble descendió como una llama azulada y penetró en la carne correosa. La criatura aulló, rabiosamente, extendiendo sus colosales zarpas, con las mandíbulas amorfas llenas de saliva. Stark brincó hacia atrás, esquivando las uñas en el último momento, y volvió a descargar el arma. La cabeza rodó por los suelos y el cuerpo se desplomó soltando un chorro de sangre negra por la arteria abierta. Desesperado, movió la espada un lado a otro, manteniendo a raya a los demonios del bosque, que gruñeron con voces roncas e inhumanas. Su cabalgadura tiró de las riendas, enloquecida por el miedo, cabriolando de un lado a otro, alzando y bajando las patas. Stark se abrió paso a golpes, desgarró y fintó con movimientos precisos, matando a los contrincantes que se atrevían a interponerse en su camino. Una gota de sangre le salpicó la mano y lo hizo gemir de dolor; los fluidos vitales de los engendros quemaban como el fuego. Los ladrones, vencidos por el temor ancestral de las leyendas que, hasta ese momento, habían ignorado, retornaron al campamento a toda velocidad, soltando las armas y suplicando clemencia a los dioses.
Stark temblaba, le dolían los brazos y le pesaba el mandoble, cuyo filo comenzaba a embotarse por la sangre maligna de las criaturas. Tres cuerpos yacían ante sus pies, pero la superioridad numérica continuaba siendo aplastante. Una veintena de figuras vibraban en la penumbra, con ojos hambrientos y enrojecidos, tomando posiciones para devorarlo. Vagamente, distinguió una sombra de rasgos humanos en las facciones de sus enemigos. ¿Qué clase de infame brujería había creado a aquellos monstruos? ¿Qué manos diabólicas pervirtieron el barro de la Creación para formar una semilla tan impura que profanara la tierra? Las estrellas irradiaron los ángulos del bosque. Bajo la luz mortecina, pudo distinguir las bocas babeantes y las garras afiladas, los rasgos diabólicos y los físicos nauseabundos; si sus adversarios fueron hombres, poco restaba de su antigua condición. Rabioso, avanzó a golpes de espada, amputando miembros y segando vidas, hasta alcanzar al animal. Soltó las bridas y lo obligó a agachar la orgullosa cabeza, sin perder de vista a sus adversarios, que dudaban ante el helado empuje del germano. Este colocó el pie en un estribo, subió a la silla y trazó una barrera de acero, hendiendo cráneos y cortando las zarpas que pretendían apresarlo. Los árboles se convirtieron en un borrón indistinto conforme galopaba lejos de los demonios. Garras arañaron inofensivamente los costados acorazados del animal, caras retorcidas por el furor protestaron, un grito colectivo surgió de los labios putrefactos; a pesar de su degenerada inteligencia las criaturas eran conscientes de que habían perdido a su presa.
El caballo arrolló un cuerpo; el crujido de huesos quebrados fue acompañado por un quejido moribundo. Stark soltó una risotada cruel.
—¡Adelante, perros! —exclamó lleno de maligna alegría—. ¡Atrapadme si sois capaces!
Los cascos de la montura hoyaron la hierba ennegrecida por la sangre de los diablos. Stark escapó del círculo de siluetas y se dirigió hacia el claro del bosque. Antes de que se diera cuenta, pasó como un trueno entre las tiendas, acabando con los incautos que se atrevían a entorpecer su carrera. Un forajido pereció con la cabeza abierta hasta los hombros y giró sobre su propio cuerpo, desplomándose encima de la hoguera; un chorro de chispas ardientes abrasó a los individuos que estaban cerca del cadáver. Un chillido angustiado se elevó entre la cacofonía que imperaba en el campamento:
—¡Huid, hermanos! ¡Nos atacan los gules!
Stark vislumbró cómo las criaturas invadían el claro y arremetían a los ladrones del desierto, impulsadas por el deseo de vengar a sus camaradas caídos. Al instante, espoleó al animal y trazó un rodeo para salir de aquel infierno; el mercader debía explicarle ciertas cuestiones cuando volviera a Bujará. El estruendo de las armas se mezcló con los gritos de los heridos y las imprecaciones de los hombres: dudaba que la hueste de Hamidullah tuviera la oportunidad de vencer a los demonios. Impertérrito, dejó el campamento atrás y olvidó la horrible escena: el Señor lo había utilizado para castigar los crímenes realizados por aquellos individuos.