martes, 31 de julio de 2018

LA MORADA DEL DIABLO (I): LA PROPOCISIÓN DEL MERCADER


Después de que lo sepultó, dijo a sus hijos: «Cuando yo muera, me sepultaréis en la sepultura donde está enterrado el hombre de Dios, poniendo mis huesos junto a los suyos para que mis huesos se mantengan intactos junto a los suyos; porque se ha de cumplir la palabra que de parte Yahvé gritó él contra el altar de Bétel y contra todos los altares de la ciudades de Samaria».

Reyes 13:31-32


Año de Nuestro Señor de 1316.

La taberna iluminada por candiles de aceite, situada en el corazón de Bujará, estaba atestada de parroquianos. Wolfgang ignoró el rumor de las conversaciones y se sirvió otra copa de vino: quería retornar a la tranquilidad de los páramos persas que había dejado atrás. Molesto, levantó la cabeza y observó la barra llena de individuos barbudos, ataviados con túnicas y turbantes, que bebían y trapicheaban a grandes voces, ajenos a sus ojos gélidos. Stark terminó la bebida y volvió a llenar la copa: después de toda la jornada cabalgando, necesitaba descansar y reponer fuerzas; era un milagro que hubiera conseguido una jarra de vino decente en aquella ciudad. El olor de las verduras, la carne de cordero, el arroz y las especias, salieron de la cocina y llegaron a sus fosas nasales. Delante, sobre la mesa de madera, descansaba un plato de lentejas vacío; la primera comida caliente que había probado en semanas. El dueño del local pasó a su derecha y colocó una bandeja de costillas lechales ante un gordo mercader; una jugosa cena que se encontraba fuera del alcance de su precaria economía. Una vaharada de hierbas aromáticas flotó en su dirección: sazbi, canela, menta y somag. El germano terminó el pan y las cebollas crudas, soltó un suspiro y se reclinó contra la pared: no se había dado cuenta de lo cansado que estaba.

Aquella misma tarde, después de cinco días cruzando el desierto, donde solo encontró valles y dunas, vientos cortantes y calurosos, y oasis llenos de agua insalubre, había alcanzado la ciudad. Desde una altiplanicie, contempló las cúpulas azules que coronaban los edificios, las mezquitas de cerámica troceada, las murallas imponentes, las madrasas rodeadas por columnas de piedra y los minaretes de delicada manufactura. La arquitectura de Bujará, no contaminada por la influencia de Europa, de tonos pasteles, rosas, amarillos, índigos y anaranjados, le causó un escalofrío de placer. La belleza de Jerusalén no tenía nada que hacer al lado de aquellas calles bien construidas, las viviendas y torres enjalbegadas, los palacios inmemoriales, los jardines cuidados por manos expertas y los mausoleos edificados siglos atrás. Conforme descendía por una colina arenosa, hacia las puertas con forma de arco, sintió que el pasado quedaba delineado en un rincón distante de su memoria. Viajar por las tierras de Oriente lo había auxiliado a olvidar las contriciones que aplastaban su espíritu.

Stark comprobó el contenido de su bolsa, y decidió pedir otro odre al posadero. Las paredes sombrías decoradas con tapices, y los suelos cubiertos por mullidas alfombras, habían conocido tiempos mejores años antes. Previsivo, había alquilado una habitación en una pensión cercana con las últimas monedas que le restaban. Mañana tendría que salir a recorrer la ciudad; debía encontrar trabajo para renovar su equipo y provisiones. Encontrar a una caravana que necesitara protección sería lo ideal; desde que desembarcó en el límite sur del mar Negro, aquella había sido su manera de ganarse el sustento. Según sus cálculos, había avanzado a lo largo del continente a buen ritmo; pocos hombres habrían podido recorrer aquella distancia solos, viviendo de la naturaleza y alquilando su espada al mejor postor. Involuntariamente, observó la empuñadura del acero que sobresalía, dentro de una vaina oscura, por uno de los laterales de la mesa. Debía la vida a aquel mandoble, el pomo rodeado por tiras de cuero estaba desgastado por infinitos combates; ambos formaban una unidad compacta de carne y metal. 

Faltaba poco para que expirara el año. En breve transcurriría una década desde la caída de la Orden de los Caballeros de Dios. Dudaba que en Francia alguien recordara las torturas y vejaciones que los dominicos hicieron sufrir a sus hermanos. El recuerdo de la muerte de Jacques de Molay regresó a su memoria: solo transcurrían dos años desde que lo había visto arder ante la catedral de Notre Dame. Por fortuna, el Señor había hecho justicia, y el rey Felipe IV y el papa Clemente V fueron aniquilados por su mano vengadora. Las maldiciones que su superior lanzó a ambos, presagiándoles una muerte próxima, resultaron atinadas. Aunque fuera un pecado, Stark experimentaba una salvaje satisfacción al pensar que aquellos inicuos estaban bajo tierra. Esperaba que Satanás los hubiera acogido con los brazos abiertos. En Samarcanda, antes de partir hacia Bujará, un mercader lo había puesto al día respecto al tema en cuestión. Felipe "el Hermoso" había perecido en Fontainebleau, durante una partida de caza, rodeado por sus aduladores y sirvientes; su cadáver fue sepultado en la basílica de Saint-Denis. Las circunstancias del fallecimiento de Clemente V no las tenía tan claras: al parecer había muerto en abril de 1314, pocos meses antes que el soberano de Francia, en la ciudad de Avignon. En su opinión, los dos habían tenido un final demasiado piadoso. Dadas las aberraciones y los crímenes que habían perpetrado, un suplicio lento y doloroso en un potro de tortura hubiera sido lo ideal. La posterior sucesión al trono, tal como era costumbre en Europa, fue realizada con el escándalo y destrucción habitual: Isabel de Francia denunció a Margarita y a Blanca de Borgoña, acusándolas de adulterio a sus respectivos maridos, Luis X y Carlos IV. De inmediato, ambas fueron encarceladas y despojadas de todos sus títulos y bienes. Sus supuestos amantes, los hermanos Felipe y Gauthier de Aunay, después de un juicio hipócrita, fueron desollados vivos, castrados, decapitados, arrastrados y colgados por las axilas, por sus verdugos en la plaza de Pontoise. El germano frunció el entrecejo al recordar el resto de la historia: Margarita de Borgoña había fallecido el año anterior en turbias circunstancias, en la celda del castillo de Gaillard, donde fue encerrada. Las malas lenguas apuntaban que su esposo, Luis X de Francia, al desear contraer matrimonio con la princesa Clemencia de Hungría, no había dudado en ordenar su asesinato para realizar sus abyectos planes. Según lo que le habían comentado, Blanca de Borgoña y su hermana Juana, seguían confinadas en la fortaleza de Château-Gaillard, sin la posibilidad de ser liberadas. Stark apretó los labios. Abominaba a los monarcas europeos, todos eran igual de corruptos; seres amorales y sin conciencia de ninguna clase, que venderían su alma a Lucifer por conservar sus tronos enmohecidos. La Dinastía de los Capetos debería ser exterminada de la faz de la tierra.

Una corriente de aire hizo cimbrear la llama de las linternas y recorrió el establecimiento. Un individuo embozado hablaba con el dueño del local, susurrando por lo bajo, mientras señalaba con el índice al antiguo caballero templario. Este llevó la mano a la empuñadura del cuchillo que le colgaba en el costado; odiaba ser el centro de atención. Las charlas cesaron. Los hombres que ocupaban la taberna apuraron las copas; la atmósfera cálida y acogedora se había vuelto fría como el hielo. El encapuchado se aproximó al lugar donde estaba el germano. La voz fría de Stark lo detuvo antes de que llegara a la mesa:
—Si buscáis complicaciones, habéis dado con el hombre correcto.
El desconocido se detuvo bruscamente y echó la capucha hacia atrás.
—Siento haberos alarmado —se disculpó—. ¿Os importaría concederme un rato de vuestro tiempo, señor?
Stark estudió las facciones del anciano: cabellos escasos, rostro cubierto de arrugas, ojos profundos y turbados, barba blanca bien cuidada. ¿Qué podía querer aquel individuo de su persona?
—De acuerdo. —Hizo un ademán para que sentara—. Podéis acompañarme.
Mientras lo hacía, la mirada inquisitiva del germano analizó las ricas vestiduras bordadas con hilos de oro, el turbante con perlas preciosas y las manos cuajadas de anillos; dudaba que tuviera un arma oculta debajo de la túnica de pelo de camello.
—Me llamo Muhammad ibn Mansur al-Mahdi —dijo—. ¿Habéis oído hablar de mí?
Stark adoptó una sonrisa siniestra a la vez que acariciaba la cruz del mandoble.
—Me resulta familiar —su tono fue socarrón—. ¿No fue un califa abassí hace siglos?
El anciano sonrió sin ganas.
—Sois un hombre instruido, señor —admitió—. ¿Conocéis nuestra historia?
El germano asintió con cierta condescendencia.
—Llevo un año viajando por estas tierras —admitió—. Los fieles que peregrinan a la Meca suelen ser hombres parlanchines, señor.
Al-Mahdi explicó: 
—Es costumbre en mi familia llamar a los primogénitos como nuestros antepasados.
—Ya lo sé —reconoció—. En mi patria los padres hacen lo mismo. ¿Os importa que os llame Muhammad?
—No, caballero.
Stark no se andó con rodeos.
—¿Qué deseáis de mí?
—Deseo contratar vuestros servicios, señor.
—¿De veras? —Enarcó las cejas con interés—. ¿Qué querríais que hiciera por vos, Muhammad?

Stark sabía que el anciano era uno de los mercaderes más poderosos de la zona. Comerciaba con algodón, pistachos, cebada, frutas, pescado salado, dátiles, gemas y paños de oro y seda. Sus caravanas cruzaban los interminables desiertos, arrostrando los peligros del clima implacable y los forajidos que moraban en las colinas, hacia Trebisonda, Saba, Bagdad, Kerman, Samarcanda, Ormuz, Kuhbonan, Camandi y Sheberghan. Pocos lugares del Imperio Persa quedaban fuera de sus redes comerciales. Le convenía ganarse la confianza de aquel hombre; bajo su servicio podría alcanzar China sin problemas.    

—Mi hija ha sido secuestrada —dijo—. Os ruego que la rescatéis.
El antiguo caballero templario se inclinó hacia delante: había encontrado trabajo sin mover un dedo. 
—¿Secuestrada? —inquirió—. ¿Quién lo ha hecho?
Al-Mahdi temblaba de nerviosismo.
—¿Habéis oído hablar de la hueste de Hamidullah?
—Sí —reconoció—. Tengo entendido que son ladrones que asaltan a los pobres diablos que tienen la desgracia de encontrarse con ellos.
—Llevo semanas recibiendo amenazas de su jefe —repuso—. Pretende que le pague un tributo por atravesar el desierto.
—¿Acaso habéis aceptado sus coacciones?
—Jamás —gruñó el anciano—. Me ha costado mucho tiempo y esfuerzo llegar a conseguir mi posición. Prefiero morir antes que ceder ante un chacal como Hamidullah.
Stark se acarició el mentón ensombrecido por una barba incipiente.
—Supongo que a raíz de vuestra negativa ha decidido tomar cartas en el asunto, ¿verdad?
—No os equivocáis, caballero —aceptó—. Mi amada Hawa ha sido raptada en mi propia casa.
—¿Cómo sucedió?
—Sobornaron al capitán de la guardia —explicó—. Este ordenó a sus tropas que fueran a los jardines del palacio con el pretexto de que había escuchado algo extraño. Cuando estuvo solo, abrió una puerta secreta y permitió que los perros de Hamidullah entraran en mi hogar. Más tarde los llevó a los aposentos de mi hija —su voz se quebró durante unos instantes al borde de las lágrimas—, y desaparecieron sin dejar rastro.
—¿Y cómo supisteis qué fueron ellos?
—Asesinaron al capitán de la guardia cuando consiguieron su objetivo —continuó con aspereza—. El bastardo confesó su crimen antes de perecer con la esperanza de vengarse de sus verdugos.
Stark volvió a sonreír sombríamente.
—Entonces recibió su merecido —enfatizó con maldad—. Si haces un trato con el Diablo puedes terminar escaldado. Nadie lo mandaba a dejarse sobornar por ratas de esa calaña.
Al-Mahdi tomó aire.
—¿Aceptáis mi oferta? —suplicó—. Sois el único que puede hacerlo.
El germano fue irónico:
—¿En serio? —Unió las yemas de los dedos en actitud reflexiva—. ¿Por qué? ¿No contáis con la guardia de palacio o vuestros propios hombres para rescatarla?
El anciano suspiró:
—Son unos cobardes —dijo abatido—. Ninguno se atreve a batirse contra la hueste de Hamidullah. La fama de sus crímenes aterroriza a los hombres de bien. Nadie quiere tener problemas ni ser objetivo de su venganza. 
—¿Por qué yo? —inquirió con aspereza—. No me conocéis de nada. Podría traicionaros como hizo el capitán de vuestra guardia. 
—He oído hablar de vos —confesó—. Los hombres que vigilaban la caravana con la que llegasteis a Samarcanda han extendido vuestra fama por el desierto.
Stark apuró la copa.
—¿Sí? ¿Y qué contaban? 
Al-Mahdi continuó:
—Me dijeron que erais un mercenario de pocas palabras, sombrío y taciturno, que ofrecía sus servicios al mejor postor.
Stark lanzó una sorda carcajada.
—¿De veras?
—Efectivamente.
—¿Debería sentirme halagado por ello?
El anciano se encogió de hombros.
—Mis hombres no suelen darme buenas referencias sobre los extranjeros. Me temo que, para bien o para mal, los habéis impresionado con vuestra conducta, señor.
El germano se centró en cuestiones prácticas: aquel trabajo era una bendición caída del cielo; prefería arriesgar su vida por una causa justa.
—¿Y cuáles serían mis honorarios, Muhammad?
Al-Mahdi sacó una gruesa bolsa de cuero del interior de sus vestiduras y la arrojó sobre la mesa.
—Aquí tenéis la mitad —puntualizó—. El resto cuando rescatéis a mi Hawa.
Stark abrió el saquillo y comprobó su interior: rebosaba de monedas de oro.
—Perfecto. ¿Dónde puedo encontrarla?
—Los guardianes de la ciudad han visto fuegos en los bosques situados al sur. Lo más probable es que Hamidullah haya acampado a las afueras de Bujará a la espera de una respuesta por mi parte.
Stark guardó la bolsa dentro del jubón.
—¿Hasta cuándo tenéis para responderle?
—Hasta mañana —especificó—. Cuando salga el sol.
—¿Cuál fue el precio?
El anciano no se molestó en mentir.
—Un carromato lleno de riquezas.
Stark enarcó las cejas.
—Sabéis que podría exigiros el mismo precio, ¿verdad?
—Lo he tenido en cuenta, caballero.
—¿Y bien?
—No creo que seáis una persona que obre impulsada por la avaricia.
—¿Y cuáles creéis que son mis motivos?
Al-Mahdi no dudó al responder:
—Creo que os impulsa un sentido moral basado en la justicia y la equidad. Reconozco a un cristiano devoto cuando lo veo. Mi abuelo, que Alá lo tenga en su gloria, trató con los guerreros que lucharon contra el sultán Maomé. Me contó las historias de aquellos caballeros, hombres decididos y fieles a su Dios, que intentaron recuperar la Tierra Santa que habían perdido. Vos podríais haber sido uno de ellos.

El antiguo caballero templario rememoró lo que sabía de la Octava Cruzada: Luis IX de Francia había partido hacia Túnez con la intención de convertir la ciudad y a sus dirigentes al cristianismo. Después de desembarcar, antes de poder combatir por su causa, una extraña enfermedad diezmó a sus tropas, aniquilando al propio rey y a uno de sus hijos. Cómo podía comprobar, la estupidez humana no conocía límites. Aquella empresa estuvo condenada al fracaso desde el principio; detalle que sus líderes no tuvieron en cuenta. Miles de buenos cristianos perecieron sin haber desenvainado las armas. Sin duda, la guerra era un invento de Satanás. Ningún hombre se libraba de su maligna presencia; siempre terminaba cobrándose su perverso tributo.

—He escuchado rumores de que en los bosques habitan los demonios. ¿Qué hay de cierto en ellos?
El anciano hizo un gesto despectivo con la mano.
—¡Tonterías! —bufó—. ¡Leyendas populares para espantar a los ignorantes!
—¿Leyendas populares? —coreó con desconfianza—. Las peores atrocidades son las que se susurran en voz baja, Muhammad. No sería la primera vez que los cuentos de los campesinos y los comerciantes me salvan el pellejo. ¿Qué sabéis de ellas?
Al-Mahdi miró su entorno con nerviosismo. Los parroquianos estaban inmersos en sus asuntos; nadie les prestaba atención.
—Al parecer unos pecadores fueron ajusticiados hace años en ellos, señor.
—¿Qué fue lo qué hicieron?
—Se dice que profanaron una mezquita —explicó—. Consumieron alimentos en su interior durante el Ramadán. Los soldados del emir los persiguieron hasta el bosque y los despellejaron a latigazos. Nadie se había atrevido a pecar de una forma tan ignominiosa en esta ciudad. Ni siquiera cuando fuimos atacados por los mongoles de Gengis Khan hace casi un siglo.
—¿Y qué más?
—Los viajeros evitan pasar por ese lugar. Desde entonces, todos los que se atrevieron a entrar en el bosque desaparecieron y…
El germano lo interrumpió.
—¿Y Hamidullah conoce esa historia?
—Debería conocerla —reflexionó el anciano—. La leyenda ha corrido de boca en boca por el desierto. ¡Tanto, que incluso ha llegado a vuestros oídos!
El tiempo apremiaba, el manto protector de la noche no tardaría en desaparecer; tendría más probabilidades de penetrar en el campamento a oscuras. Esperaba liberar a la hija del mercader y estar de vuelta en la ciudad antes del alba. Sería un trabajo fácil siempre que no surgieran contratiempos inesperados; podría utilizar las supersticiones de aquellos pecadores en beneficio propio.
Stark sostuvo el mandoble y se incorporó.
—Nos veremos mañana —dijo—. Espero poder realizar la tarea que me habéis encomendado.
El anciano puso los ojos en blanco.
—Doy gracias a Alá por escuchar mis súplicas…
El germano se mostró brusco:
—Ahorráoslas —gruñó—. Esto os costará caro.