viernes, 29 de junio de 2018

LA MORADA DEL DIABLO (III): LA MORADA DEL DIABLO


Bajo los primeros haces del amanecer, las líneas sinuosas del palacio resaltaban entre las calles desiertas. El germano contempló las torres que sobresalían por encima de los muros dorados; parecía que el lugar estaba vacío. Inmediatamente, abandonó la oscuridad de la callejuela y se acercó a la muralla; una serie de enredaderas se deslizaban desde lo alto hasta el nivel de la avenida. Stark trepó por las hiedras y alcanzó la parte superior del muro, decidido a invadir el palacio del mercader. Arriba, se colocó boca abajo y analizó el jardín que se abría delante de su visión: árboles estremecidos por la brisa matutina, fuentes de agua, setos recortados con formas exóticas, caminos de piedra bien pavimentados. Enfrente, del palacio de paredes de granito y tejados azules con forma de cúpula, emanaba un aura maligna y repugnante, tan antigua como la dinastía Aqueménida que gobernó aquellas tierras un milenio atrás. Stark se aseguró de que no hubiera centinelas por los alrededores y descendió las enredaderas, ocultándose detrás de unos arbustos. Rápidamente, con la espada desnuda, traspasó el jardín y llegó ante una puerta de madera decorada con adornos florales. De un mandoble, reventó la cerradura y pasó al interior del palacio envuelto en sombras. Con los cinco sentidos alerta, cruzó un pasillo engalanado por ricos tapices, y llegó a unas escaleras de mármol que ascendían en espiral hacia los pisos superiores.
Extrañado, Stark aguzó los oídos y contuvo el aliento. Aquella paz lo repelía; le desconcertaba la facilidad con la que había accedido a la morada del mercader. El silencio sepulcral, roto por su propia respiración, le hacía temer lo peor. ¿Dónde estaban los vigías o los sirvientes que habitaban el palacio? Lentamente, subió los escalones con el arma preparada, dispuesto a defenderse ante el menor ataque. Las escaleras lo condujeron a un vasto salón iluminado por linternas, de muros y suelos opalescentes, decorados por alfombras y frisos que mostraban orgullosas figuras. Stark estudió su entorno, expectante, sin percibir nada extraño. Atravesó la estancia y se aproximó a una puerta de gran altura, tachonada con mosaicos geométricos y piedras semipreciosas, para descubrir que estaba cerrada desde el exterior. Irritado, levantó la cabeza y descubrió un balcón en el extremo norte de la cámara, desde el cual podría acceder a otras habitaciones del palacio. Acto seguido, tomó una escalera y ganó el palco. Una sensación funesta le mordisqueaba las entrañas; sabía que algo no iba bien.
Desde algún lugar impreciso, un sonido etéreo flotó en el aire y llegó a sus oídos. Era una música hipnotizadora, profunda y sensual, que evocaba todos los apetitos perversos y disolutos del ser humano. Nervioso, Wolfgang se santiguó y oró una plegaria:
Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus bonae voluntatis —dijo—. Crucem tuam adoramos, Domine[1].
Tenía suficiente experiencia con el mundo sobrenatural, como para intuir que en aquellas habitaciones se había vertido la sangre de cientos de inocentes. La riqueza que lo circundaba lo desagradaba profundamente. Su mentalidad cristiana siempre le había hecho despreciar los lujos; prefería la pobreza y la castidad antes que la opulencia, era la única manera posible de no caer bajo las garras de Satanás.
Cautelosamente, cruzó el balcón y penetró en la estancia adyacente, idéntica en todos los sentidos a la anterior. Una docena de sacerdotes vestidos con sombrías túnicas oraban debajo de su posición. El monótono canto religioso que había distinguido arreció. Stark sintió como se le erizaba el vello de la nuca: aborrecía la brujería con todas sus fuerzas. Su mano aferró el pomo de la espada y un estremecimiento le recorrió la columna vertebral. La superstición hizo mella en su espíritu; las costumbres heredadas eran difíciles de borrar. Un poder malsano, que se perdía en el alba de los tiempos, cuando Jerusalén era una isla entre las aguas, emanaba de aquellos individuos. En el centro de la cámara, sobre un altar de ónice, una joven de pálidos miembros, yacía esposada de pies y manos por cadenas de plata. Detrás de ella, la figura familiar del mercader sostenía un puñal en la diestra, listo para cumplir su aciaga inmolación. El germano rechinó los dientes: los amantes estaban en lo cierto; Al-Madhi lo había engañado. Las voces aumentaron de intensidad. Muhammad avanzó unos pasos, se situó a un lado de la muchacha y levantó el arma sobre su cabeza. Una mirada fanática le ardía en los ojos.
—¡Acepta nuestro sacrificio, Ashur! —aulló con voz ronca y reverencial—. ¡Devuelve su poder a los hijos de Termagant, tal como nos prometiste!
Stark se precipitó hacia delante y saltó por encima de la barandilla, aterrizando entre sus oponentes. Un bramido de asombro escapó de los sacerdotes. El mandoble destellaba en su puño, prometiendo muerte a todos aquellos que se atrevieran a atacarlo. Su juramento resonó hasta el último confín del salón:   
—¡Hijos del Diablo! —gruñó—. ¡Acabaré con vuestras puercas vidas!
Stark trazó un arco con la espada y dividió la cabeza de un hombre desde la coronilla hasta el esternón. Al instante, se desembarazó el cadáver y abrió el pecho del sacerdote que tenía a la izquierda; sus pulmones salpicaron las baldosas de mármol. Al-Madhi reculó, aterrado, cuando reconoció al individuo que había pretendido manipular.
—¡Matad al extranjero o acabará con nosotros! —ordenó a sus acólitos.
Stark lanzó una carcajada asesina y trazó una estela sanguinolenta entre sus adversarios. Sin pensarlo, embistió como un lobo, destrozando los cuerpos que se le ponían por delante, enloquecido por la alegría del combate. El antiguo caballero templario ignoró las heridas superficiales, los cuchillos que buscaban su físico, las caras perversas de los sacerdotes, y cualquier iniciativa de protegerse: estaba en su elemento, había nacido para matar o morir. Su visión se tiñó de rojo. Cortó miembros, extirpó vidas, exterminó a placer a los hombres del mercader. Aquellos individuos, poco y mal entrenados en el uso de las armas, no podían vencer la cólera elemental del germano. Minutos más tarde, se irguió entre los cuerpos aniquilados: una miríada de pequeños cortes llenaba su anatomía. Satisfecho, adoptó una sonrisa horrible, pasando por encima de los cadáveres, mientras se aproximaba al anciano. Sus intenciones homicidas eran evidentes.
—¡Socorro! —chilló Muhammad—. ¡Ayuda!
Stark volvió a reír con siniestra alegría.
—¡Grita todo lo que quieras! ¡Tus hombres no pueden auxiliarte, perro!
El mercader palideció.
—¡Maldita sea vuestra estampa!
La punta de la espada apuntó el corazón del anciano.
—Quiero que me digáis la verdad —dijo—. ¿Por qué contratasteis mis servicios?
Al-Madhi guardó silencio.
—¡Responded!
Con voz trémula, el mercader replicó con otra cuestión:
—¿Qué ha sido de mi hija?
—No estáis en condiciones de hacer preguntas, viejo.
Los labios del anciano temblaron.
—Ya os lo dije que…
El germano restalló:
—¡Mentiroso! —masculló—. ¡Hawa me contó la clase de engendro que sois!
—Mi hija me traicionó por un ladrón de mierda —argumentó—. ¿Qué esperabais que hiciera?
Stark sintió deseos de esparcir sus entrañas por los suelos.
—Nunca he permitido que nadie me manipule —resopló—. Todas vuestras buenas palabras y propósitos fueron una patraña desde el principio. ¡He matado a varios hombres por vuestra culpa!
El mercader fue sarcástico:
—¿Y eso que importa? —dijo—. Creía que erais un mercenario profesional, no un hombre santo.
Stark se limpió el sudor de la frente.
—Me temo que os habéis equivocado respecto a mi persona —puntualizó—. No soy un asesino al que podáis utilizar impunemente.
Muhammad rio con cinismo.
—Me temo que vuestra religión os ha echado a perder... ¡Habláis como un cristiano devoto de Jesucristo!
—¡Al menos no sirvo al Maligno! —bramó—. ¡Mi espíritu no está corrompido como el vuestro!
Stark reprimió el deseo de acabar con aquel degenerado. La ira espumeaba en su interior: no le perdonaría que lo hubiera mandado al campamento de Hamidullah para realizar una misión profana. A su espalda, la joven maniatada sollozaba de terror, desnuda sobre el altar que habían dispuesto para asesinarla.
El anciano respondió despreciativamente:
—Sois un pobre ignorante al repudiar los misterios de lo arcano. ¡Desconocéis el poder que Shaitán otorga a aquellos que lo sirven!
—He conocido a muchos hombres que hablaban como vos. La Santa Inquisición se ocupó de acabar con ellos. ¡Lástima que su influencia no haya llegado hasta Bujará!     
Al-Madhi hizo un gesto desdeñoso.
—¡El Santo Oficio! —estalló—. ¡Habláis de esos pecadores obsesionados por la herejía como si los admirarais!
Stark arrastró las palabras:
—Al contrario —repuso—. Los aniquilaría, tal como haré con vos.
—Os he pagado generosamente —le recriminó Muhammad—. ¿Dónde está mi Hawa?
El germano lanzó una carcajada cruel.
—¿De verdad queréis saberlo?
—¡Por supuesto!
—Os equivocasteis respecto a las leyendas que corren por la ciudad —terció—. El bosque está habitado por los diablos. Podrían ser vuestros sirvientes sin ningún problema. 
El mercader ignoró su explicación:
—¿Y qué?
—Entré en el campamento amparado por la oscuridad y tuve la ocasión de conocer a Hawa y a su amante. —Al ver cómo el anciano enrojecía de rabia, prosiguió con malicia—. Tengo que confesar que hacía años que no veía a unos jóvenes tan enamorados.
—¡Canalla!
Stark decidió terminar la historia:
—Cuando vuestra hija me dijo que huyó de vuestra morada porque había averiguado que sacrificabais a esclavas en el altar de Satanás, no fui capaz de obligarla a que me acompañara…
Al Madhi lo interrumpió:
—¿La dejasteis con esos ladrones? ¡Estáis loco de atar!
—Exacto —admitió con sorna—. Los gules se encargaron de acabar con ella.
—¿Cómo?
—Conduje a las criaturas al campamento —confesó de mala gana—. Era mi vida o la de ellos. A estas horas Hawa debe estar en la panza de uno de esos demonios. El destino quiso que ella y Hamidullah se reunieran en el Infierno.
El anciano estaba rojo como un tomate.
—¡Mentís!
Una vaga sensación de resquemor se apoderó de su ser: el sufrimiento lo había cambiado, volviéndolo un individuo frío y despiadado, sin esperanzas ni conciencia alguna. ¿Hasta que punto estaba dispuesto a llegar para cumplir sus objetivos? ¿Cuánta sangre debía derramar para saciar la sed de justicia que inundaba su interior? El bien y el mal le importaban bien poco, había perdido su integridad hacía años, detalle que no lograba soportar. 
—Yo nunca miento —sentenció con brutalidad—. Las muchachas que habéis asesinado podrán descansar en paz. ¡Dios me ha concedido el placer de ser el artífice de su venganza!   
—No puede ser cier…
—¡Basta de charla! —gruñó Stark—. ¡Acabemos con esto!
El mercader levantó los brazos, puso los ojos en blanco y pronunció una frase en un idioma primigenio, tenebroso como el abismo. Bruscamente, el avance del germano se inmovilizó: el hechizo le había paralizado los miembros. Una corriente helada acarició su cuerpo y le espesó la sangre en las venas, congelándole corazón. El anciano lanzó una risa hueca.
—¡Estáis atrapado, extranjero! —masculló—. ¡Ningún hombre puede romper mi conjuro!
El llanto desgarrador de la joven se alzó sobre el rugido que inundaba los tímpanos del antiguo caballero templario. Frenético, este concentró toda su energía en el brazo que sostenía el acero: no pensaba permitir que aquella muchacha muriera. Al-Madhi volvió a retroceder, asombrado, incapaz de creer lo que estaba viendo.
—¡No! —exclamó ante el poder del individuo que había cometido el error de subestimar—. ¡Es imposible!
Con un último esfuerzo, Stark arrojó la espada hacia el mercader. El acero surcó el aire y perforó el esternón de su enemigo, clavándolo en la pared como a una mosca. El anciano se estremeció y escupió un borbotón púrpura por la boca, pereciendo con un gesto horrible en las facciones retorcidas por la agonía. Exhausto, Stark se desplomó de rodillas, estremecido por espantosos temblores. Le había faltado poco para no contarlo. Al recuperarse de la horrible experiencia, se incorporó a trompicones y alcanzó a la joven desecha en lágrimas.
—Gracias, señor… —susurró la muchacha—. No sé cómo agradecéroslo...
Wolfgang destrozó las cadenas con el mandoble y la acunó entre sus poderosos brazos.
—Todo ha terminado —dijo—. Ya estáis a salvo, pequeña.    



[1] Gloria a Dios en el Cielo y paz en la Tierra a los hombres que ama el Señor.  Adoramos tu cruz, Señor. (N. del A.)