miércoles, 7 de marzo de 2018

RESEÑA "WOLFGANG STARK: EL ÚLTIMO TEMPLARIO" CORTESÍA DE HISTORIAS PULP

Alexis llegó a descubrírsenos a los miembros de Historias Pulp por iniciativa propia, suponemos que animado por el pequeño grupo que ya se había decidido a compartir gratuitamente a través de nuestra página sus obras.

Sin mucho tiempo para leer completamente lo que nos regalan, y realizando más bien unas lecturas rápidas de los textos, para comprobar su calidad. Personalmente, los de Alexis Brito, que constituyen distintas entregas de una serie de ciencia-ficción de corte cyberpunk, me agradaron especialmente.

Quizá sea cuestión de gusto personal, pero desde las primeras líneas ya me cautivó la manera escueta pero certera que tiene este escritor de trasladar al que lee las sensaciones que deben producir una situación, un lugar o una acción a los personajes. Con muy pocas palabras, Alexis es capaz de envolver al que lee en la misma escena que pisa el protagonista, y de ponerse en su pellejo respecto a sus emociones, me atrevo a pensar que incluso por poco que uno se identifique con sus creencias o su personalidad.

A pesar de tener poco tiempo para leer, advertí a Alexis mi intención de reseñarle las aventuras de Dorian Stark desde “Mente y Acero”, porque creo que su narración merece ser conocida y reconocida, pero en cuanto lo supo, él mismo me propuso echarle antes un vistazo a “Wolfgang Stark, el último templario”, las aventuras de un antepasado del siglo XIV del cyborg que será Dorian Stark.

Sin pretender desvelar nada, lo primero que encontré fue un atmosférico paseo por unas inhóspitas y vaporosas tierras pantanosas. El personaje ya se nos presenta torturado por hechos recientes que fácilmente podemos adivinar por el título de la novela, pero eso es lo de menos. Lo importante es la manera en que se nos revela la condición de resignada tristeza de Wolfgang, que escapa de un destino contra el que su alma de guerrero se resiste hasta sus últimas consecuencias. Ello sucede con unas escasas líneas ocasionales mientras se nos describe el terreno encharcado, lo nauseabundo de su atmósfera, lo indómito de la escasa maleza, las ilusiones de peligro que sugieren al experimentado guerrero, y hasta la vacilación de su caballo cuando su amo le obliga a avanzar. En estos pantanos descubrimos al protagonista tan perdido en cuanto al camino que seguir como a la decisión de qué hacer con su vida. Lo que empieza como una simple huida por la supervivencia, y la esperanza de encontrar, quizá, compañeros o simpatizantes en otras tierras, acabará convirtiéndose en una lenta espiral descendente hacia la desesperación de la resignación con sabor a penitencia que, aderezada con la experiencia con sus semejantes en diferentes circunstancias, adivina convertirse algún día en una resolución rayana en el cinismo, pero que, a mi parecer, nunca llegará a ser tal.

Que el autor nos ofrezca un prólogo adelantado en el tiempo para después retroceder a los hechos funestos más adelante, no es algo frecuente en la obra, ni representa un obstáculo para meterse en la historia. En realidad, sin pretender desmerecer la trama, para mi gusto la historia en este relato es lo de menos. Pero eso lo explicaré más adelante.

Este prólogo agobiante, colmado de una pesadumbre que Wolfgang afronta con el estoicismo que Atreyu apenas podía disimular en “La Historia Interminable”, es necesario como muestra del tono de la mayoría de los capítulos. Pese a tratarse de una obra llena de acción, de escaramuzas que el protagonista desempeña contra hombres y criaturas antiguas, demoníacas o preternaturales, la constante es la de la pesadumbre con la que el Último Templario afronta su condición de superviviente nato, y su imposibilidad de darse tregua en lo que respecta a lo que él cree que es servir a Dios: mantenerse sobrio, ajeno a lo mundano y reacio a todo pecado.

Estas fuertes convicciones, como dije antes, acaban enfrentadas con el modo que tiene Wolfgang de sobrevivir, que es haciéndose soldado a sueldo de las causas que cree más nobles. No en vano, su labor siempre es la de matar, y por mucho que se convence de hacerlo con Dios de su parte, y de estar limpiando de miserables el mundo, su fe se va viendo sepultada poco a poco (de manera tan palpable que apenas es metafórica) bajo montones de cadáveres.

Apenas consigue retroalimentar su fervor religioso cuando se encuentra, de mera casualidad al vagabundear por los lugares más inhóspitos y perdidos de la Europa de entonces, a criaturas de naturaleza vil e incluso satánica, a las que enfrenta con tal fervor (y por despecho ante las injusticias ya vividas) que prácticamente consigue hacer volver los papeles, haciendo difícil reconocer al verdadero monstruo en las refriegas.

“El Último Templario” nos lleva de la mano por 8 años de aventuras muy poco heroicas, pese a que conocemos de primera mano las buenas intenciones de Wolfgang y las envilecidas voluntades de los hombres y las bestias que enfrenta. Cada página de la historia está impregnada del seco aroma de su protagonista, de su sudor; del barro del pastoso suelo, compuesto del barro pisoteado y la sangre derramada; de las vísceras de sus enemigos, de las lágrimas y cuerpos de sus camaradas torturados y asesinados; y de la certidumbre de que no existe otra vida para él que no sea esa, incapaz como es de adaptarse a una vida mundana tras décadas de encierro dedicadas al estudio y la meditación, y sumido en una constante sensación de contrición al abandonar el linaje y obligaciones familiares, además de la culpabilidad implícita al considerarse injusto superviviente entre los miembros de su orden.

A pesar de contar a lo largo de sus casi 170 páginas con estas constantes, los ambientes y situaciones con los que se encuentra nuestro templario son tan variados, que es muy difícil sentir la monotonía. La historia no es más que una serie de escenas a lo largo de cada año del periodo que se desglosa en la novela. Apenas hay conexiones entre las historias, son sólo aventuras que Stark acumula mientras intenta seguir adelante pensando lo menos posible. Alejado de la estructura de las novelas, aquí no se relata una gran trama con principio, nudo y desenlace, y prácticamente se podrían leer la mayoría de los capítulos de manera desordenada, pues todos tienen su principio y su final. El único nexo evolutivo en la cronología de todos ellos es la forma en que Wolfgang Stark va perdiendo lentamente la fidelidad a los ideales de la Orden del Temple al tiempo que se va rompiendo con pequeños chasquidos la delgada cuerda que le une al resto de la raza humana.

Los diálogos son perfectos en cuanto a lo directos y esclarecedores que resultan a la par que desprenden la personalidad de cada personaje, y la narración se hace amena por su sencillez y su precisión al describir en poquísimas palabras todo lo que precisa el lector para sentir el frío y la humedad de unas catacumbas o el reconfortante ambiente de una cena a base de sopa en una cabaña. La práctica totalidad de las sensaciones humanas son transmitidas por las experiencias del protagonista germano, lo que hace muy sencillo que el que lee haga su favorito el capítulo que más le haya impresionado por estos medios.

Cada vez leo menos. Tengo mucho que escribir y más aún que editar, pero es un placer obligarse a leer obras que, aun enfocadas al entretenimiento, demuestran tanta personalidad y artesanía narrativa.

¡Gracias, Alexis!

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