sábado, 24 de diciembre de 2016

EL DECLIVE


Uno nunca sabe quién es. Son los demás los que le dicen a uno quién y qué es ¿no? Y como esto uno lo oye millones de veces en su vida, por poco que ésta sea larga, acaba por no saber en absoluto quién es. Todos dicen algo distinto. Incluso uno mismo está siempre cambiando de parecer

Thomas Bernhard

El ambiente era perfecto. Las velas rojas que ardían en un extremo del salón propagaban un resplandor tenue, irradiando los viejos muebles de madera. Satisfecho, tomó un trago de vino tinto, saboreando la tersura de la añada con expresión de éxtasis. De mala gana, contempló los exámenes que descansaban sobre la mesa. Suerte que había decidido ponerlos tipo test. Sus repulsivos alumnos no tendrían problemas para aprobar y se libraría de las recuperaciones. Cuanto antes terminaran las clases, mejor. Cruzó las piernas y se felicitó por su astucia. Aquellos borregos no le darían demasiados quebraderos de cabeza; hasta un retrasado mental hubiera adivinado las respuestas sin dificultad. De todas formas nunca se podía estar seguro; la generación que desgraciadamente le había tocado instruir era imbécil por defecto.

Desde la calle le llegaban los ruidos de la ciudad: los jóvenes salían de marcha. En unas horas La Laguna se convertiría en un infierno de beodos irresponsables. No le apetecía soportar la mediocridad del mundo que lo rodeaba. Soñador, acarició el plan de tomar una baja por depresión antes de que terminara el año. La idea era seductora pero no le quedaba otro remedio que aplazarla. La directora del centro no olvidaba la última: estuvo indispuesto seis largos meses; prefería guardar aquel as en la manga para casos de emergencia. Estaba hasta las narices de su trabajo. Los estudiantes lo desanimaban profundamente, no podía hacer nada por cambiar sus mentes obtusas, venían averiadas de nacimiento. Para terminar de arruinar la situación, habían decidido incrementarle las clases aquel año. No creía que pudiera resistir ¡veintidós! horas semanales. Llevaba tomando Valium como caramelos desde entonces, sin contar el Lexotan, el Orfidal, o el Lorazepam que conocía de memoria. La ciencia médica prescribía soluciones milagrosas para su hipertensión habitual; su doctor de cabecera era uno de los miembros más corruptos de la tenebrosa jerarquía hospitalaria de Tenerife.

Subió el volumen con el mando a distancia. Los sones de Bach llenaron su entorno y lo hicieron estremecer con su belleza atemporal: El Concierto de Brandenburgo siempre lo auxiliaba alcanzar el éxtasis de los sentidos. Tenía cientos de discos de música clásica: Händel, Vivaldi, Beethoven, Haydn, Mozart, Schubert, Berlioz, Brahms, Chopin, Mahler, Mendelssohn, Pucini, Verdi y Wagner. El Modernismo le parecía aburrido, no encajaba con su forma de ser. Aunque admirara a Debussy, Ravel, Strauss, o Stravinski, tenía la impresión de que no podían hacer nada al lado de los clásicos. En su opinión, La valkiria fue el canto del cisne del Romanticismo.

Con los párpados entrecerrados, estiró el cuerpo enjuto sobre el sillón de orejas, disfrutando de su merecida reclusión. Llevaba todo el puente de diciembre aislado de la sociedad, plantando deliberadamente con argumentos ridículos a sus escasas amistades para eludir las citas que no deseaba cumplir. La idea de salir de casa lo hacía estremecer de pánico. Se negaba a abandonar su universo interior; hacerlo destruiría la precaria balanza en la que oscilaba su psique y efectuaría daños irreparables en su espiritualidad. Solo rompía su ostracismo para alimentarse. Realizaba tres comidas diarias en el bar situado debajo de su piso, acompañado por una montaña de periódicos que devoraba, compulsivamente, en un reservado aparte, tan lejos como fuera posible del resto de los clientes del local. Cada vez que los payasos de izquierdas se metían en política o abrían el hocico, lo ponían a punto de infarto. ¡Aquellos ignorantes eran peores que los fascistas! 

Atrás quedaba el verano; fueron tiempos felices. No le quedó más remedio que despedir a la asistenta peruana que realizaba las tareas del hogar; sus vulgares modales terminaron por exasperarlo. ¡Pretendía que le subiera el sueldo! Aunque supiera que no iba a encontrar a otra imbécil que cobrara cuatro euros la hora se mostró inflexible; regatear no era su estilo. Durante aquellos meses se embruteció de modo insospechado: olvidó cómo hablar con sus iguales, relegó cualquier atisbo de humanidad a un segundo plano y acrecentó su talante introspectivo hasta el límite del delirio. Prefería ser paria a sociable. Se sentía mejor siendo despreciado que soportar mínimamente a nadie. La gente solo y exclusivamente daba problemas. Solo se comunicaba por Whatsapp. ¡Sin duda era el mejor invento de la historia!  

El Cannubi Boschis (cosecha de 1997) era exquisito, sublime al paladar como la acaricia de una amante. El dinero que gastó por las seis botellas estaba bien invertido. Los pequeños placeres de la vida le eran indispensables; daban sentido a la miseria que significaba trabajar para subsistir. Con delicadeza, sirvió el vino hasta la mitad de la copa. La Spiegelau, finamente cincelada por algún artista italiano, enaltecía el bouquet del Boschis. A su derecha, en una abarrotada estantería, descansaban los libros que había leído últimamente: Rimbaud, Camus, Baudelaire, Sartre, Apollinaire, Artaud, Cocteau, Yourcenar, Verlaine, Villón, Rabelais, Mallarmé y Beauvoir. París lo esperaba en unas semanas. Un viaje era la excusa perfecta para evadir las responsabilidades familiares. No pensaba pasar las fiestas navideñas con sus parientes; antes prefería cortarse las venas. Aparte de la familia, la segunda gran desgracia y destrucción de la sociedad eran las escuelas: brutales centros de adiestramiento ridículo para personas. Afortunadamente, ambas se encontraban en decadencia. Tercera y cuarta plagas, la patria y la religión, ambas igual de repugnantes.

Hacía siglos que no abandonaba la isla. Se encontraba estancado en un punto muerto, de no escapar terminaría en un manicomio, dando volteretas en una celda acolchada. Ajustó las gafas redondas, se acarició la perilla, e imaginó las calles de la metrópoli; el Museo del Louvre, el Centro Pompidu, la Catedral de Notre Dame, el Barrio Latino, Saint-Germain-des-Prés, Montmartre, el Museo de Orsay, la Torre Eiffel y el cementerio del Père-Lachaise. Siempre había sido un sibarita; la vida bohemia en la ciudad de las luces le sentaría de maravilla. Pensaba visitar los peores prostíbulos de la zona para complacer las abyectas fantasías de degradación que demandaba en silencio. Como era de esperar, elegiría profesionales lo más jóvenes posible sin que llegara a resultar un delito. El sexo femenino, a partir de los veintitrés años, le parecían momias.

Rememoró a su buen amigo Horacio; un masoquista perdido que disfrutaba siendo torturado por mujeres sádicas. Nada lo complacía más que ser humillado y pisoteado como una alimaña: hasta las cucarachas poseían dignidad comparadas con aquel despojo humano adicto a las putas, los bingos y la cocaína. Aún se estremecía al recordar a la última fulana que pagó para que se lo fornicara. Horacio era un tímido patológico absolutamente incapaz de entablar conversación con alguien el sexo opuesto. Tenía que realizarle aquel tipo de favores con frecuencia, cosa que no le desagradaba en absoluto; siempre sacaba tajada del pastel. La mujer lo golpeó con saña y le hizo todo tipo de barbaridades, utilizando un látigo de seis colas rematadas en bolas de acero. La velada terminó en el Hospital General: una hemorragia interna estuvo a punto de enviarlo al otro barrio. Un escalofrío le recorrió el espinazo. ¡Jesús, lo que tenía que aguantar! ¡Cuánta degeneración había en el mundo! 

Abrió una novela de Pessoa y empezó a leerla por enésima vez. Este siempre le recordaba que la existencia terrenal era un fracaso; no le apetecía hacerse ilusiones de que las cosas cambiarían de la noche a la mañana. Nunca había disfrutado de un autor tan inteligente y tan terriblemente lúcido. Después de media hora de lectura, prendió un cigarrillo. El humo del Coronas negro ascendió hacia el techo, formando espirales azules. Sin percibirlo, comenzó a sentirse deprimido. Cerró los ojos y prestó atención a La canción de la tierra. Mahler creó sus mejores obras a partir de la Quinta Sinfonía. La mala suerte no lo abandonó desde entonces. Lástima que la Décima estuviera inconclusa; morir le impidió acabar lo que probablemente hubiera sido una tragedia para los oídos.

Comprobó el reloj: llevaba cinco horas sin tomar su medicación. Un nudo se le hizo en el estómago; transpiraba profusamente. Neurótico, se levantó de un salto e ingirió dos valiums a palo seco. La química era un regalo divino, sin duda alguna. Regresó al sillón de orejas y esperó a que los tranquilizantes hicieran efecto en su sistema nervioso alterado. Cuando estaba cómodo se encontraba incómodo: aquella era la historia de su vida. Lentamente, los bordes del salón se hicieron imprecisos; las aristas del mobiliario eran menos amenazadoras. Podía continuar adelante: el suicidio estaba apartado por el momento de sus planes.

El timbrazo del móvil lo obligó a lanzar un respingo. Tragó saliva. Aterrado, tuvo la impresión de que las paredes se cernían sobre él dispuestas a aplastarlo. Una vena le palpitaba en la frente, agujas invisibles le pincharon el cerebro. ¿Le habría pasado algo a su madre? ¿Su hermano estaría ingresado en el hospital por un accidente de tráfico? ¿Su sobrina habría desaparecido? ¿Un incendio habría arrasado la finca de la Gomera? Aquellas cuestiones le pasaron por la mente mientras extendía la mano hacia el teléfono, luchando contra una tormenta invisible que no le permitía moverse con naturalidad.
Murmuró con la boca seca:
—¿Sí?
Una voz achispada llenó la línea:
—Estamos debajo de tu casa. 
Una gota de sudor frío le descendió por la mejilla.
—¿Álex?
Carcajada de borracho.
—Tenemos una botella de Johnnie Walker —puntualizó—. Te invitamos a una copa.
Estaba espantado.
—¿Estás loco? —exclamó—. ¡Ni de coña!
—Anímate, tío —dijo su ex alumno—. Hemos subido a verte
Se retorció sobre el sillón de orejas. El terror se transformó en náuseas.
—¡Álex, por Dios, ni se les ocurra!
—Asómate a la ventana —rogó—. Estamos en la cabina que hay al lado del 7 Islas.
Aquello le puso los pelos de punta.
—¡Qué no, cojones!
Mientras hablaba, apagó el equipo de música, desconectó el teléfono fijo, el portero de la calle, echó tres llaves a la puerta y la cadena de seguridad. Nadie entraría en su santuario; no pensaba permitir que allanaran su valiosa intimidad.
—David llegó hoy de Barcelona. —puntualizó—. Lo hemos secuestrado para celebrar el cumpleaños de Oscar.

¡Mentira cochina! Oscar había cumplido en septiembre, lo recordaba bastante bien. El portero subió a quejarse por la conducta de aquellos mamarrachos; las cámaras de seguridad los habían grabado bailando con un pedo increíble en la puerta del edificio. Naturalmente, negó conocerlos. No quería que lo relacionaran con indeseables. En su fuero interno se arrepintió por haberles permitido acceder a su vivienda. Y pensar que había despilfarrado un potosí en berberechos, calamares, pulpo negro y mejillones de Hacendado para agasajarlos cuando venían de visita. Las confianzas daban asco.

—¡No van a subir! —aulló a grito pelado—. ¡No quiero verlos!
Escuchó unas sonoras carcajadas de fondo: Oscar y David no se encontraban en mejor estado que su ex alumno. ¡Maldita juventud y el que la inventó!
—¡Aguafiestas! —rio Álex—. ¡Nunca cambiarás!
Debía terminar aquella horrible conversación cuanto antes.
—Mañana te llamo —mintió descaradamente—. Pásenlo bien.
—Tío, no cuel...

Temblando, desconectó el móvil. El aparato le daba malas vibraciones; los teléfonos eran un invento del mismísimo diablo. Con cautela, abandonó el sillón de orejas, apartó las cortinas y espió por un resquicio la calle atestada de gentuza, procurando pasar inadvertido. El corazón le bombeaba en el pecho como una dinamo. Podía afirmar con toda seguridad que aquella chusma estaba tocándole el timbre, luchando por entrar en el bloque, todo para incordiarlo con sus terribles borracheras. De inmediato, sacó una silla de la cocina y la colocó bajo el pomo de la entrada. Lástima que hubiera vendido la escopeta de perdigones de su padre: en aquel momento le habría aportado seguridad tenerla a mano. Estaba bañado de sudor. El tiempo parecía congelado; los segundos se negaban a avanzar. El universo se desplomaba sobre su espalda. Abatido, se dejó caer sobre el sillón de orejas. La puerta crecía por momentos. La paranoia superaba el letargo de los tranquilizantes. La guadaña afilada de la muerte prendía en un futuro inminente… 

Quería escapar, esconderse en alguna parte, meterse debajo de la cama o encerrarse en el armario del dormitorio. Los minutos se le hicieron eternos. El miedo no desaparecía; solo contaba con el Rohypnol para serenarse. Al borde de un ataque de nervios, registró los cajones donde guardaba las medicinas, arrojando las cajas de cartón al suelo —Sertralina, Bupropion, Metilfenidato, Fluoxetina— hasta que encontró las pastillas. Tomó cuatro de golpe. La botella de vino lo llamaba desde un rincón de su subconsciente. Vaciarla era una locura; podía liquidarse si mezclaba la bebida con tanto tratamiento. La oscuridad lo angustiaba. Encendió las luces; tenía la impresión de que fantasmas vagaban por la vivienda. Agarró un paraguas, dispuesto a defenderse de cualquier ataque contra su persona. Con grandes sollozos, se derrumbó de rodillas en el suelo. La crisis era espantosa, pensaba faltar al colegio un mes como mínimo; no podía dar clases influido por aquel deplorable estado de ánimo.

Unos nudillos golpearon la puerta con fuerza. Sintió ganas de devolver; aquellos degenerados habían conseguido subir. No estaba de humor para aguantar a nadie, iban a enterarse de con quién estaban tratando. Hecho una furia, con los ojos fuera de las órbitas y el rostro colorado, se aproximó a la entrada y apartó la silla bruscamente. Las manos le temblaban de tal manera que le costó un infierno girar la llave y quitar la cadena. La sangre nublaba sus ideas; podía cometer una locura asesina. Abrió la puerta de sopetón mientras berreaba al borde de la histeria:
—¡Álex, me cago en Dios, en la Virgen puta y en todos los Sant…!
La sorpresa lo dejó con la boca abierta. Una mujer vestida con una gabardina negra lo observó heladamente. Sus ojos azules, despectivos y llenos de crueldad, lo dominaron al instante.
Su tono fue áspero como el papel de lija:
—¿Aún estás vestido, cerdo?
Sus miembros se habían convertido en piedra.
—Déjame entrar —gruñó—. O no me chuparás las botas.
Entonces reconoció a la fulana: era la misma que había mandando a Horacio a Urgencias semanas atrás. Una vaga erección se agitó en su entrepierna. Tenía la esperanza de que lo sodomizara con un falo de plástico. Horacio ni siquiera pagó suplemento por ello. Gracias a Dios que contaba con excelentes amigos que le devolvían los favores con creces.  
—Claro. —Se apartó, obsequioso—. Pase, pase, por favor...





jueves, 1 de diciembre de 2016

UNA SATISFACCIÓN JUSTA (I): EL CONVOY DE MUNICIÓN

Cada uno de los movimientos de todos los individuos se realizan por tres únicas razones: por honor, por dinero o por amor.

Napoleón Bonaparte
  

Finlandia, 17 de abril de 1808


Las cortantes ráfagas de aire que se filtraban entre los árboles levantaban espirales de nieve sobre el terreno sepultado por los elementos. El camino se perdía a la derecha hacia el interior del bosque y las enormes copas de los abetos ocultaban la visión del cielo encapotado desde primeras horas de la mañana. Stark maldijo la falta de luz habitual en aquellas tierras. ¡El condenado invierno parecía que no iba a terminar nunca!
—Falta poco para que los rusos aparezcan —comentó a sus hombres—. Nada de ruido, hijos de perra.

Los cuatro jinetes que lo acompañaban —mercenarios finlandeses curtidos por la mala vida, las escaramuzas y el pillaje— asintieron con prontitud. Llevaban las cartucheras a reventar de munición, pistolas, espadas y cuchillos en los cinturones, y pesados mosquetes colgando de las sillas de sus monturas. Stark, aunque tuviera las manos cubiertas por unos gruesos guantes de piel de oveja, apenas podía sentir la punta de los dedos. Temblando, sacó la petaca del interior del pesado abrigo e ingirió un trago de coñac para entrar en calor. Después, se ajustó la bufanda al cuello. Aborrecía aquellas latitudes; no veía la hora de enriquecerse para comprar un barco con el que recorrer los océanos ejerciendo el virtuoso oficio de la piratería.

Después de seis años, la guerra continuaba su curso, inexorable. Los franceses, con la aprobación de la Corona española, habían decidido invadir Portugal. El rey Juan VI, cuando recibió la noticia de que tropas armadas avanzaban hacia al Palacio Real dispuestas a rebanarle el gaznate, demostrando un gran valor, no tardó demasiado en ahuecar el ala rumbo a Brasil. Después de conquistar Lisboa, como de costumbre, Bonaparte decidió continuar ampliando su Imperio. ¿Qué le impedía tomar España? Carlos IV, al descubrir que había cometido un error imperdonable, se echó las manos a la cabeza. ¡Aquel maldito corso lo había engañado como a un niño! Furioso, lloriqueó a Manuel Godoy: «Napoleón es nuestro aliado..., ¿Por qué se ha vuelto contra nosotros?». El primer ministro, con el corazón en la boca, no pudo darle una respuesta inmediata. El pragmatismo habitual que lo dominaba se había ido al cuerno y temía que el pueblo le cortara la cabeza por la mala política que le había hecho apoyar a los gabachos desde el principio del conflicto. Vislumbró revueltas, sangre y cadalsos que, toda la inmensa fortuna que había acumulado gracias a la generosidad del monarca, no conseguiría evitar. Después que Pamplona y Barcelona mordieran el polvo, los burgueses y los campesinos, descontentos por los resultados de la batalla de Trafalgar, el despotismo de los nobles, los altos impuestos y los rumores sobre la aventura que Godoy mantenía con la reina María Luisa de Parma, decidieron tomar cartas en el asunto. La Familia Real no tuvo la oportunidad de abandonar las calles de Madrid con la intención de tomar un barco que los condujera a territorios menos hostiles. La idea de plantar cara a los franceses era demasiado extravagante; al parecer la aristocracia no vaciaba el vientre por el mismo lugar que los plebeyos. El palacio de Aranjuez fue asaltado por una turba de lunáticos fernandinos que prendieron fuego a todo lo que pudieron encontrar. Acobardado, el primer ministro se escondió como una rata haciendo lo imposible por salvar el pellejo. Con gritos de odio, juramentos, burlas y patadas en el culo, los amotinados lo condujeron hacia el Cuartel de Guardias de Corps. El príncipe Fernando, viendo una ocasión de oro para conseguir la Corona, obligó a su padre a abdicar para que no los lincharan a todos. Llevaba conspirando contra su propio progenitor entre las sombras desde hacía meses; hubiera sido capaz de venderlo a Satanás con tal de conseguir el poder.

Lúgubre, a Carlos IV no le quedó más remedio que comunicar las siguientes palabras a los periódicos: «Como los achaques de que adolezco no me permiten soportar por más tiempo el grave peso del gobierno de mis reinos, y me sea preciso para reparar mi salud gozar en clima más templado de la tranquilidad de la vida privada; he determinado, después de la más seria deliberación, abdicar mi corona en mi heredero y mi muy caro hijo el Príncipe de Asturias. Por tanto es mi real voluntad que sea reconocido y obedecido como Rey y Señor natural de todos mis reinos y dominios». La primera orden de Fernando VII fue confiscar los numerosos bienes de Godoy y encerrarlo en el castillo de Villaviciosa de Odón; siempre había detestado a aquel pisaverde que había convertido en cornudo a su estúpido padre. 
  
Aquello no sirvió de nada: Carlos IV escribió a Bonaparte alegando que había sido obligado a abdicar a la fuerza. Ni corto ni perezoso, este se reunió con la familia real en Bayona. La cena fue un completo desastre: el viejo monarca estaba hecho unos zorros y destrozado por la gota, Fernando VII encendió las iras de Napoleón al tratar de forma despreciable a su progenitor, el vestido impúdico de la reina la hacía parecer una furcia recién salida de un burdel y Godoy (que había sido liberado por Murat gracias a las súplicas de María Luisa) era un pálido reflejo del hombre que fue. Iracundo, el Emperador espetó al hijo del monarca español: «¡Es usted un malvado y un animal!». Fernando, al descubrir que el patio no estaba a su favor, renunció a la corona. ¡Hasta su madre había pedido que fuera decapitado! Ignoraba que Carlos IV, a sus espaldas, había entregado los reinos españoles y todas sus propiedades al corso a cambio del palacio de Compiègne, el castillo de Chambord y una renta vitalicia, que evidentemente nunca cobraría. La sorpresa lo dejó con la boca abierta cuando Bonaparte instaló en el trono a su hermano José. Ante sus coléricas protestas, las palabras de Napoleón no pudieron ser más elocuentes: «¡Príncipe, aquí se opta entre la abdicación o la muerte!». Satisfecho, el corso sacudió una mota de polvo imaginaria de su levita. España pertenecería a su casa y punto. El que no estuviera de acuerdo podía irse a la mierda.    

El grupo cruzó los árboles sin quitar los ojos de los rincones de la foresta en los que podía ocultarse cualquier patrulla. Todos eran conscientes de que una batalla oscurecía el horizonte: el enemigo avanzaba desde el sur, comandado por el general Jakov Petrovitj Kulneff, provisto de innumerables regimientos y batallones de infantería, escuadrones de caballería a los que se habían unidos los cosacos, y brigadas de artillería armadas con cañones de campaña. Durante los últimos meses, gracias a la retirada de los ejércitos suecos, Rusia había conquistado grandes extensiones de territorio. Prácticamente toda la zona austral de Finlandia pertenecía al zar Alejandro I que, orgulloso por haber pactado con Bonaparte, se encontraba a salvo en San Petersburgo junto a un volumen de Rosseau y una excelente copa de vino. Aunque el corso había ocupado España, demandaba más gloria, poder y riquezas. No le resultó demasiado difícil hacer las paces con sus antiguos rivales y formar una nueva alianza: sabía que Alejandro I ambicionaba someter a los suecos desde hacía tiempo; los soldados caídos en Eylau debían estar revolviéndose en sus tumbas. Gustavo IV Adolfo de Suecia odiaba a Napoleón hasta el grado que bordeaba la locura: para el monarca representaba al mismísimo Anticristo. No tardó en ponerse de parte de los británicos y enviar a la muerte contra Francia hasta el último de sus hombres. «¡Matad a la Bestia! —bramó como un condenado a sus mariscales—. ¡Que la ira de Dios caiga sobre ese repugnante retaco!».

Stark desmontó del caballo y, con un pistolón en la mano, observó el sendero cubierto de nieve. Pese a que el lugar se había convertido en zona de guerra, un silencio ominoso cubría el bosque de Eskola hasta el último confín. A su espalda, los finlandeses lo imitaron empuñando los fusiles. Sin emitir sonido, tomaron posiciones de combate. El sajón echó una ojeada al reloj: un cuarto de hora los separaba del convoy que se proponían asaltar. Esperaba que la información que había comprado al chivato fuera cierta; jamás había creído en aquellos que cambiaban de bando como de calzones. Este, en lugar de comunicarle la noticia al jefe de intendencia del mariscal Klingspor, prefirió vendérsela por una bolsa de monedas de oro. De no resultar verídicas sus palabras, alguien tendría problemas, graves todo había que decirlo, cuando regresara a Siikajoki   
—Como te hayas atrevido a jugármela te vas a cagar en tu abuela —gruñó al recordar el rostro marrullero del espía—. No pienso abandonar Finlandia con un palmo de narices.

Minutos después, a la hora indicada, alcanzó a escuchar el relincho de un semental. Stark esbozó una sonrisa mordaz mientras hacía una señal a sus hombres; todo salía según lo previsto. Los mercenarios, que se encontraban a cubierto detrás de los gruesos troncos, pusieron los mosquetes en posición de tiro. Los segundos transcurrieron lentamente mientras cuatro vehículos blindados custodiados por una escolta de diez hombres pasaban delante del grupo. Los rusos iban vestidos con chacós emplumados, capotes hasta los muslos, chaquetas cruzadas con faldones abrochados a la espalda, pantalones negros y botas de caña alta provistas de espuelas. Más que vigilar un convoy, parecía que iban a asistir a un puñetero desfile. Las huestes del zar Alejandro I, tal como había visto en más de una ocasión, tenían un sentido de la vanidad tan ridículo como inútil. Pensaba robar todas las charreteras de los uniformes y venderlas al mejor postor cuando acabaran con ellos.        
Stark inhaló una bocanada de aire y aulló a pleno pulmón:
—¡Fuego!

Los finlandeses descargaron los fusiles contra el enemigo rompiendo la tranquilidad que envolvía la vegetación. Los soldados, estupefactos, no tuvieron la oportunidad de reaccionar. La primera salva barrió a los jinetes y los caballos cabriolaron aterrados, arrojando al suelo a aquellos que habían conseguido mantenerse sobre las sillas. El bosque quedó cubierto por el hedor de la pólvora y el humo negruzco de las detonaciones. Stark abrió fuego contra uno de los cocheros que intentaba darse a la fuga. Este quedó inmóvil en el aire, efectuó una pirueta grotesca y se desplomó sobre la nieve enrojecida con el cráneo destrozado. Los mercenarios recargaron las armas y volvieron a disparar, masacrando a los escasos supervivientes. Nuevos gritos de agonía, relinchos enloquecidos y maldiciones entrecortadas. El estoque del sajón emitió un sonido metálico al salir de la repujada vaina de cuero; estaba preparado para librar un combate cuerpo a cuerpo. Por tercera vez, las detonaciones resonaron en el camino, liquidando la escasa resistencia que los rusos aún eran capaces de ofrecer.
—Desenvainad los sables —ordenó—. ¡Ha llegado el momento de afeitar en seco a estos patanes!
Rugiendo, el grupo abandonó la protección de los abetos y prorrumpió en el sendero armado hasta los dientes. Los animales luchaban por escapar de las manos muertas de sus dueños, los cocheros se santiguaban y los pocos soldados que restaban en pie apenas podían levantar las espadas debido a las terribles lesiones causadas por las balas de gran calibre. Stark evaluó la situación en un abrir y cerrar de ojos:
—Matadlos a todos —masculló mientras envainaba el acero que no había tenido la oportunidad de utilizar—. No quiero supervivientes que puedan denunciarnos.
Ignorando las súplicas de sus víctimas, los mercenarios dieron buena cuenta de ellas. Varias detonaciones secas volvieron a instaurar la armonía rota por la breve y sangrienta escaramuza. Campante, con los brazos en jarras, Stark contempló los carromatos que habían pasado a pertenecerle. Uno de los finlandeses —alto, enjuto, hombros estrechos y semblante de carnicero— le comentó complacido:
—Ha sido jodidamente fácil, Konrad —La avaricia se le pintaba en la cara—. La fortuna está de nuestro lado una vez más.
Stark sonrió de buen humor:
—Esta noche tendremos toda la bebida, putas y comida que nos dé la gana, Carl. —bromeó—. Conozco a un prestamista de mala reputación que nos dará una pequeña fortuna por el contenido de los carruajes.
Stark se aproximó al primer vehículo y descerrajó de un tiro el candado que reforzaba la puerta trasera. El interior rebosaba de material bélico: pistolas, mosquetones, sables de cosaco, puñales, bayonetas, pólvora y munición de todo tipo, tanto como para las armas ligeras como para los cañones pesados. Los rusos tendrían que combatir con uñas, dientes, piedras y palos contra el ejército comandado por Wilhelm Mauritz Klingspor.
Sus hombres lanzaron los sombreros al aire y celebraron el botín con grandes exclamaciones de júbilo. Stark sintió que el pecho se le henchía de orgullo: le faltaba poco para volver a pisar la cubierta de un barco, disfrutar de los mares, la brisa salada y la caricia del sol sobre su físico. ¡Que le dieran por saco a la tundra, al hielo y a las bajas temperaturas de Finlandia!
 —Desvalijad a los muertos y atad los caballos al último carromato —dijo mientras apartaba el cuerpo inerte de uno de los cocheros del pescante para tomar las bridas—. Quiero llegar a Siikajoki antes de que termine esta podrida guerra.


  

jueves, 17 de noviembre de 2016

UNA SATISFACCIÓN JUSTA (II): LAS ACUSACIONES DEL INTENDENTE


Cuando las sombras cubrieron el terreno helado, la patrulla alcanzó las puertas de Siikajoki. Los preparativos de la batalla habían sumido a la ciudad en una anarquía: ciudadanos temerosos, soldados de gatillo fácil, comerciantes que abandonaban el lugar en carromatos y mercenarios que buscaban la manera de enrolarse en el ejército del mariscal Klingspor para ganar un plato de lentejas. Colérico, Stark observó los edificios de piedra y los tejados que sobresalían por encima de las murallas; había tardado más tiempo en pasar los malditos controles suecos que en llegar a la villa.
Un centinela armado con una carabina detuvo el avance del convoy. Tendría, como mucho, dieciséis veranos. Otro cabeza cuadrada que, vencido por el honor, se habría alistado voluntario para defender su patria.
—¿Quiénes diablos son ustedes? —inquirió de mala manera—. No está permitido entrar a la ciudad a estas horas.
El sajón fue cortante; los pelagatos que se tomaban su trabajo demasiado en serio le hinchaban las narices.
—Cierra el pico y déjanos pasar —rezongó—. Llevamos todo el día a lomos de nuestros caballos y nos duelen las nalgas. No quiero perder el tiempo dando explicaciones a un mocoso como tú.
Los finlandeses estallaron en carcajadas. Humillado, el muchacho se sonrojó como un tomate.
 —¡Levante las manos! —gritó mientras lo apuntaba con el fusil—. ¡Queda detenido!
El jefe de la guardia, atraído por el escándalo, al reconocer al grupo del sajón, intervino con prontitud:
—¡Baja la puta carabina, idiota! —bramó mientras le asestaba un guantazo que estuvo a punto de arrancarle la cabeza de los hombros—. Perdona, Konrad —se disculpó—. Esta mañana he recibido un grupo de recién salidos del cuartel que no sirven ni para limpiar la mierda del palo de un gallinero. ¡Están más verdes que un niño en la teta de su madre!
Stark se echó a reír.
—No te preocupes, compadre —dijo—. Una hostia como la que le acabas de dar convierte en un hombre a cualquiera en un santiamén.
—Pasad —invitó mientras se abrían las grandes puertas de acero—. No os quedéis a la intemperie.
Stark le guiñó un ojo mientras le pasaba subrepticiamente una pequeña bolsa de plata. Gracias a aquella suma, nadie se molestaría en registrar los carromatos. El jefe de la guardia, al igual que la mayoría de los militares, tenía un precio.   
—Gracias, compañero.

El convoy se adentró por la calle principal de la ciudad con lentitud, ignorando a las personas que avanzaban por todas partes. El sonido de las herraduras resonó sobre el empedrado. Los faroles y las antorchas proporcionaban una irradiación mortecina a las viviendas. La ciudad apestaba a miedo; todos temían a los rusos que acampaban en las inmediaciones del río Siikajoki.
Nevaba ligeramente, cubriendo las avenidas de blanco. Stark se dirigió hacia la parte alta del barrio, introduciéndose por una serie de callejuelas estrechas. Conocía los suburbios a la perfección; no en vano había pasado las últimas semanas desplumando a las cartas a los incautos de la zona. Ojos desalmados los observaban desde la penumbra; ningún ladrón se atrevería a atacarlos mientras fueran en grupo. Finalmente, cuando les faltaba poco para llegar a la casa del prestamista, una desagradable sorpresa les heló la sangre en las venas.
—¿Pero qué coño…?
Una docena de soldados fuertemente armados los esperaba al doblar la esquina. Sin darse cuenta, el sajón llevó una mano a la pistola enfundada en el cinto. Por las expresiones hoscas y circunspectas de los suecos, aquellos desgraciados llevaban un buen rato esperándolos. Stark estuvo tentado en abandonar el pescante y salir por piernas pero no podía dejar a sus hombres en la estacada. Con tranquilidad, se detuvo a unas treinta varas del cabecilla del grupo; un teniente por las charreteras que llevaba sobre los hombros.
—Buenas noches, señores míos —saludó—. ¿En qué puedo servirles?
Un individuo calvo y gordo, emperifollado como una fulana y de aspecto avieso, dio un paso adelante a la vez que mascullaba:
—Menos monsergas, Stark. Sabemos que has robado a los rusos. El contenido del convoy pertenece al Estado.
El sajón apretó las mandíbulas. Se encontraba frente al intendente de los ejércitos de Klingspor. Según los rumores que había escuchado en las tabernas, aquel cretino solo entendía de números y estadísticas. Implacable, severo y cruel como pocos, los soldados las pasaban canutas para recibir una simple bandolera.  
Stark se hizo el tonto.
—¿Perdona? No sé a lo que te refieres, compadre.
El gordo enarcó las pobladas cejas.
—Lo sabes mejor que nadie, Stark —escupió con desprecio—. Uno de los espías del regimiento te vendió información confidencial sobre las rutas de abastecimiento del enemigo. El muy idiota, gracias al oro que le diste, pilló una borrachera monumental en un lupanar. Por suerte, la chica que había contratado era una fervorosa patriota y no tardó en comunicarlo a las autoridades pertinentes.
Aunque todo estuviera en su contra, Stark se desternilló de risa.
—Por supuesto —se burló del intendente—. La zorra ama a su patria mientras se abre de piernas por unas míseras monedas... ¡Conmovedor!
A ninguno de los suecos le hizo gracia el chiste.
—Bajad del carromato ahora mismo—ordenó el oficial mientras le enseñaba unos gruesos grilletes—. Quedan todos detenidos por asesinato, robo y malversación de fondos del Estado.
El intendente se encontraba rebosante de satisfacción. Stark detestaba a aquella clase de individuos ambiciosos, miserables y amargados que solo disfrutaban haciendo la vida imposible a los demás. Envidiaban su inteligencia, arrojo, valentía, talento para los naipes, virilidad y suerte con las mujeres. Una bala en mitad de los ojos era el mejor modo de tratar con ellos.
—¿Asesinato? —zumbó—. ¿Desde cuándo liquidar a los invasores se considera un crimen? ¿Tiene algún cargo más guardado en la manga o los improvisará conforme me conduzca a prisión?
El sajón no pensaba terminar sus días bailando en el extremo de una cuerda. Sabía que, aunque la guerra estuviera llamando a las puertas de la villa, los suecos encontrarían tiempo para ejecutarle.
El teniente arrastró las palabras:
—Cierre la boca o tendrá motivos para lamentarlo, Stark.
Este apretó el puño del mandoble.
—¿Quién va a hacerme callar? ¿Usted?
El aire estaba cargado de tensión. Por el rabillo del ojo, Stark vislumbró a sus hombres. Los soldados estaban tan atentos a su persona que habían olvidado al resto de la patrulla. Inesperadamente, Carl se levantó de un salto y disparó a bocajarro contra el oficial.
—¡Púdrete en el Infierno, hijo de perra! —exclamó.

El teniente salió despedido hacia atrás con el cuello perforado por la detonación. De inmediato, la calle devino en un caos de gritos, estampidos, blasfemias y amenazas. El intendente, aterrado, tomó las de Villadiego. Los mercenarios, furiosos, se batieron contra los suecos sin el menor remordimiento. Carl fue el primero en morir; una descarga le arrancó parte de la mandíbula y arrojó su cadáver entre los garañones que tiraban del carromato. Maldiciendo, el sajón abandonó su posición y se puso a cubierto lo mejor que pudo detrás de las ruedas. Otro de los finlandeses pereció con la cabeza destrozada. Balas picotearon el asiento y los ejes de madera. Astillas salieron despedidas por los aires y le golpearon el rostro, encegueciéndolo. Con la cara cubierta de sangre, luchó por recuperar el control de sus sentidos. Ardía de rabia y lo único que anhelaba era llevarse por delante a todos los rivales que pudiera. Un tercer mercenario cayó con los pulmones atravesados.

Acorralado, en inferioridad de condiciones y con la vida pendiendo de un hilo, a Stark no le quedó más remedio que poner pies en polvorosa. Dejó atrás el convoy y, a duras penas, se introdujo por una calle adyacente. Un disparo le arrancó un gemido de sufrimiento; la bala le había lamido la cadera. Unos palmos más a la izquierda y lo hubiese traspasado de parte a parte. A trompicones, se quitó la bufanda del cuello e hizo presión contra la herida para contener la hemorragia. Al llegar al final de la callejuela, escuchó unos juramentos. Volvió la cabeza: tres soldados provistos de mosquetes se habían lanzado en su persecución.
—¡Solo queda uno! —chilló un sueco espoleado por la fiebre de la caza—. ¡Acabemos con este bastardo!
Perdiendo sangre, corrió como un loco durante un espacio de tiempo que le resultó interminable. El enemigo, pegado a sus talones, no cedía un ápice de terreno; solo regresaría a la guarnición cuando le llenaran el cuerpo de plomo. Avanzó hacia la izquierda, después dobló a la derecha y por último, se encontró delante de una pequeña y destartalada iglesia. Frenético, echó un vistazo a su espalda. La calle, por el momento, se encontraba vacía. No podía seguir huyendo, tarde o temprano terminarían por darle caza; necesitaba un refugio.
—Que sea lo que Dios quiera...

Stark rodeó el edificio y tropezó con una puerta. Reuniendo las escasas energías que le restaban, se arrojó contra la misma. La madera emitió un crujido y tembló hacia dentro. El impacto le dejó del hombro entumecido. Ignoró el dolor y volvió a embestir la entrada. La cerradura saltó en pedazos y le permitió acceder al interior de la iglesia. Con el corazón bombeándole salvajemente en el pecho, penetró en el edificio y cerró la puerta apoyándose en ella. Con el pistolón en la zurda, aguzó los oídos; los suecos pasaron delante de su posición y desaparecieron en la noche.

Exhausto, Stark se dejó caer al suelo. Estudió su entorno: se encontraba en una estancia a oscuras bordeada por toneles de vino que, a través de un estrecho pasillo, conectaba con la parte posterior de la capilla. Tragó saliva para aclararse la garganta seca; la carrera lo había dejado con una sed espantosa y el cuerpo empapado de sudor. Un odio visceral encendía sus entrañas como el fuego; no descansaría hasta abrirle la cabeza a aquel condenado intendente.

Comprobó el alcance de las lesiones; por fortuna, el balazo que había recibido en la cadera había cesado de sangrar. Mareado, se puso en pie y utilizó una barrica para atrancar la puerta. Después, se echó un largo trago de vino al coleto. El alcohol, junto a la pérdida de sangre y el cansancio, le produjo una profunda modorra. Lamentaba la muerte de sus hombres; el destino había escupido en la cara de aquellos pobres desgraciados. Stark cerró los párpados y, empuñando la pistola cebada, se rindió al sueño.   


            

viernes, 4 de noviembre de 2016

UNA SATISFACCIÓN JUSTA (III): UNA SATISFACCIÓN JUSTA


Una voz lo arrancó del tétrico mundo de las pesadillas:
—¿Qué le ha pasado, hijo? ¿Se encuentra usted bien?
Alarmado, Stark abrió los ojos, presto para defenderse. Sin pensarlo, apuntó con el arma al individuo que se dibujaba delante de su persona. Al descubrir la sotana negra y el alzacuello, respiró con alivio. El cura retrocedió unos pasos con las manos en alto, mostrándole que no pretendía hacerle daño.
 —Siento haberlo asustado, padre  —se disculpó—. Tuve una mala noche.
¿Por qué el rostro del sacerdote le resultaba tan familiar? El sajón se devanó los sesos intentando descubrir de qué lo conocía, sin éxito. El religioso tendría unos treinta y tantos años de edad, facciones huesudas, órbitas hundidas, pelo prematuramente gris y le faltaban casi todos los dientes de la boca.
—¿Quién es usted? —inquirió desconfiado mientras se ponía en pie—. ¿Nos hemos visto antes?
El cura asintió.
—Me temo que sí, hijo.
La lista de enemigos que se había labrado durante toda su existencia era tan larga que podría llenar la Biblia sin problemas. Stark amartilló la pistola.
—Sorpréndame…
—Preferiría hablar en mi despacho delante de un fuego, sentados y con una copa de vino en la mano. ¿Tendría la gentileza de acompañarme?
—Por supuesto —Le puso el pistolón debajo de la nariz—. Usted primero.
Al cura no le llegaba la camisa al cuerpo.
—No es necesario que me amenace, hijo. Estamos en la casa del Señor.
Stark no bajó el arma; de haberse encontrado en el Vaticano hubiera actuado igual.
—Insisto, padre. 

El sacerdote dio la media vuelta, cruzó el pasillo y se dirigió a la nave principal. Suspicaz, lo siguió a una prudente distancia sin quitarle los ojos de encima. Si aquel individuo se atrevía a traicionarlo, se encontraría en el Paraíso con una onza de plomo en la barriga. La visión del interior de la iglesia —estrado cubierto por un mantel blanco, bancos de madera, confesionarios, pila bautismal, vidrieras de colores, estatuas de santos, columnas, incensarios y suelos de azulejos blancos y negros— le arrancó una sonrisa lúgubre. Aquel lugar había conocido tiempos mejores. Llevaba mucho tiempo sin pisar la morada de Dios, tanto, que dudó haberlo hecho alguna vez. Le resultaba ridículo acudir a la Iglesia todos los domingos, ponerse de rodillas, rezar, escuchar el sermón de turno y dejar unas monedas en el cepillo. Prefería gastarse el dinero en un burdel; por lo menos recibiría algo mejor que irrisorias esperanzas y promesas vacías. Stark se caracterizaba por ser un hombre práctico.

El despacho, pobremente amueblado, le dio la bienvenida. Un fuego ardía alegremente en la chimenea. Stark agradeció el calor; el edificio parecía un témpano de hielo. El cura tomó asiento detrás de la mesa y, con un gesto, lo invitó a que arrellanara las posaderas en un incómodo butacón. Stark rechinó los dientes; la herida le punzaba hasta el hueso.
—Me llamo Rafael de Olivenza —dijo mientras le servía una copa de vino—. ¿No me recuerda usted?
—Es posible.
—Nos encontramos en Portugal hace unos tres años —explicó—. En aquella época yo era un hombre muy diferente: bebía, mataba y frecuentaba la compañía de malas mujeres. Me había entregado a los brazos del Diablo y no experimentaba ningún remordimiento al respecto. Por suerte, gracias a usted, encontré el buen camino.
Stark fue burlón:
—¿En serio? 
El sacerdote no captó la ironía de sus palabras.
—Trabajaba para un noble despreciable como guardaespaldas. Usted lo robó y salimos en su persecución —Se señaló la boca con un dedo—. Perdí los dientes combatiendo contra usted. ¿Lo recuerda?
La luz se abrió paso en la mente del sajón.
—¡Claro! —rio—. Me había quedado sin balas y le acaricié los morros con la culata de mi pistola. ¡Supongo que desde entonces lo tendrá difícil para comer algo sólido!
Rafael no se mostró irritado por sus palabras. Como buen religioso, su filosofía consistía en poner la otra mejilla.
—Los aldeanos me propinaron una buena paliza y me rompieron todos los huesos del cuerpo —continuó—. Por suerte, el párroco del pueblo se compadeció de mí y los obligó a curar mis lesiones. Era un hombre piadoso y recto como pocos, se lo aseguro. Durante mi convalecencia tuve tiempo de reflexionar sobre los males que había cometido y encontré consuelo en las Sagradas Escrituras. Dios me había dado la oportunidad de enmendar mis errores y empezar de nuevo.
Stark empezaba a aburrirse: ¿aquel elemento no tenía a nadie con quién charlar? 
—Una historia fascinante…
—Aprendí a leer y a escribir y me entregué en cuerpo y alma al servicio del Señor —dijo con una mirada fanática—. Descubrí que las buenas acciones y servir al prójimo compensan una vida de pecado. Mis viajes por Europa me condujeron a esta iglesia. He conseguido redimirme y me encuentro en paz conmigo mismo. Por ello vuelvo a agradecerle todo lo que hizo por mí y lamento haber intentado matarle.
Stark sopesó las palabras del cura: este había perdido la chaveta entre misa y misa, sin duda alguna. Desaprobaba a los hombres que, después haber vivido a lo grande encontraban la salvación escudándose en pretextos tan vacuos como inútiles. De haberlo matado aquel día, seguro que no estaría opinando lo mismo. Lo más probable era que se hubiera pillado una cogorza de campeonato después de mear sobre su cadáver tirado en mitad de la hierba. El arrepentimiento de los hipócritas le resultaba repulsivo.
 —Me parece estupendo —terminó la copa de vino y se levantó—. La batalla se encuentra próxima y tengo deudas que saldar con cierto intendente que me ha dado por el culo. ¿Tendría usted un caballo para poder salir de Siikajoki?
Rafael abrió los ojos como platos: no esperaba aquella respuesta por parte del sajón.
—Por supuesto, hijo.
Stark sonrió para sus adentros: aquel mequetrefe siempre sería un imbécil.

Horas más tarde, el estampido de los cañonazos llegaba hasta el interior de la villa. La segunda brigada del ejército sueco, al mando del coronel von Döbeln, plantó una enfurecida resistencia a los invasores en la orilla meridional del río Siikajoki. La caballería rusa formada por el regimiento de húsares de Grodno y cosacos, mordió el polvo entre nieve, sangre y aullidos de agonía. Al mismo tiempo, el general Carl Johan Adlercreutz, gracias a sus tropas de refuerzo, consiguió detener el implacable avance del enemigo. Los rusos no tuvieron más remedio que aceptar una humillante derrota.

Mientras tanto, después de hablar con el jefe de la guardia, Stark se disponía a cobrarse una justa satisfacción. A uña de caballo, atravesó la ciudad con la mente llena de ideas homicidas. El animal que le había proporcionado el cura —un penco de avanzada edad que no hubiera podido ni tirar de una carreta— avanzaba como si le hubieran metido pimienta en el trasero. Stark no tenía tiempo de andarse con remilgos; una orden de busca y captura prendía sobre su cabeza. Si los soldados lo apresaban, lo conducirían amablemente al piquete de ejecución para meterle una andanada de plomo entre pecho y espalda. Destino que, como era evidente, no pensaba correr.

Las calles desiertas atestadas de hielo lo condujeron a casa del intendente. La vivienda de dos plantas, con puntales de mármol y un pequeño jardín en la entrada coronado por una fuente de agua, exudaba riqueza por los cuatro costados. Stark arrugó el entrecejo: ¿desde cuándo los funcionarios vivían como nobles? Estaba seguro que aquella bola de grasa, gracias a sus rastreras prácticas, habría desvalijado a más de un honrado mercenario. ¡Qué triste le resultaba que en aquellos tiempos caóticos todo tipo de sanguijuelas se aprovecharan del sudor ajeno!

En la entrada, acompañado por varios lacayos, su objetivo se disponía a subir a un carruaje. ¿Acaso se estaba dando a la fuga? Stark espoleó al cansado penco y, aprovechando la sorpresa, estuvo encima del vehículo en un instante. El cochero, al verle la cara llena de cortes menores, se ensució en los calzones y no tardó mucho en abandonar el pescante. La expresión pétrea de Stark junto a la pistola que llevaba en la mano, fue de gran ayuda para que los criados regresaran a la seguridad de la mansión con gritos de miedo.
El gordo, que no se había enterado de nada, asomó la cabeza por la ventanilla y gruñó:
—¿Qué coño pasa? ¿Por qué no nos ponemos en movimiento?
Al descubrir al sajón, sus rasgos adquirieron una palidez cadavérica que, en pocos segundos, se convirtió en una tonalidad verdosa. Para sus adentros, se maldijo por no haberse gastado el dinero en contratar a una escolta que lo protegiera de los numerosos males que asolaban el mundo.
Stark echó atrás el percutor.
—Volvemos a vernos las caras, compañero.
El gordo bisbiseó:
—Usted… ¿Cómo es posi…?
Stark gruñó secamente:
—Basta de charla. ¿Dónde está mi dinero?
—¿A qué dinero se refiere usted?
Stark esbozó una sonrisa sangrienta.
—A las ganancias del Estado que ha conseguido gracias a la venta del convoy, idiota. ¿Pretende hacerme creer que no se ha puesto las botas?
—¡Soy un hombre honrado! —berreó lleno de indignación—. ¡Retire esas sucias acusaciones de inmediato!
—¡Honrado mis cojones! El jefe de la guardia me ha dicho que lleva toda la noche trapicheando con los usureros de esta puerca ciudad. No hace falta ser un lumbreras  para llegar a la conclusión de que ha conseguido una pequeña fortuna. 
—Yo…
Stark desmontó del animal y abrió la puerta del carruaje bruscamente. Junto al gordo descansaba una gruesa bolsa de lona dentro de la cual, con toda probabilidad, se encontraría el botín obtenido por la venta de la munición y los corceles. Stark arreó un guantazo al funcionario y, acto seguido, tomó lo que había venido a buscar. Este, aterrado, intentó encontrar refugio dentro de la carroza. Tarea inútil; ningún hombre se movía más rápido que una bala.
—¡No!
El disparo cortó la exclamación en seco. Con la cabeza abierta, quedó hecho un guiñapo sobre los sillones salpicados de sangre y sesos. Impasible, Stark guardó el pistolón en la cartuchera; los finlandeses podrían descansar tranquilos.
 —La avaricia rompe el saco, cretino —comentó cínicamente al cadáver. 
La guardia de la ciudad, alertada por el disparo, no tardaría mucho en hacer acto de presencia. De inmediato, Stark soltó a uno de los sementales de la carroza y le puso la silla del penco. Necesitaba una buena montura; con aquel jamelgo famélico no llegaría ni a la vuelta de la esquina. Después, subió al animal y se dispuso a abandonar Siikajoki. La guerra había terminado para él durante una buena temporada; vislumbraba las aguas del Mediterráneo en el horizonte.       

Paradójicamente, aunque los suecos habían resultado vencedores de la batalla, el mariscal Klingspor ordenó la retirada de sus ejércitos hacia el norte con la intención de llegar a Oulu. A partir de aquel momento, una serie de desastrosas campañas —Lemo, Vasa, Rimito Kramp, Sandöström, Salmi, Oravais, Palva Sund, Hörnefors y Sävar— volvieron la tortilla en su contra. Meses más tarde, a mediados de septiembre, gracias al Tratado de Fredikshamn, la Guerra Finlandesa llegó a su fin. Suecia había perdido las provincias de Laponia, Västerbotten, Åland y las provincias orientales. Gustavo IV Adolfo fue destronado y, orgulloso por el transcurso de los acontecimientos, el zar Alejandro I asumió la dignidad de gran Duque de Finlandia.      


viernes, 21 de octubre de 2016

RESEÑA "WOLFGANG STARK" CORTESÍA DE LA NOVELA ANTIHISTÓRICA


Vuelve a “La novela antihistórica” un viejo conocido. O más bien el ancestro de un viejo conocido: Konrad Stark. El inefable mercenario sajón que se mueve entre las guerras revolucionarias y napoleónicas abriéndose paso a estocadas, merced a una atrabiliaria simpatía y, sobre todo, gracias a una falta de escrúpulos imprescindible para un superviviente como él. En otras palabras: vuelve a “La novela antihistórica” el ancestro de una de las creaciones más populares del escritor Alexis Brito.

En “Wolfgang Stark. El último templario” nos encontramos, pues, con el lejano antepasado de Konrad Stark, que, a comienzos del siglo XIV, inicia la larga tradición familiar de mercenarios que parece llegar a su punto más alto con el carismático Konrad. 

Todo empieza en esta nueva novela histórica de Alexis Brito con la bien conocida e hiperrelatada detención y masacre de los caballeros de Jacques de Molay en 1307, que pone fin a la Orden del Temple, de la que es parte Wolfgang Stark.

De ahí, se podría deducir, prima facie, sin más elementos de juicio que guiarse por la portada, que “Wolfgang Stark. El último templario” es otra incursión más la enésima de un escritor fascinado por la malograda Orden Templaria que habría dejado tras de sí innombrables misterios que, como bien saben muchas grandes editoriales y numerosos autores, es éxito casi asegurado cuando se elige como tema de una novela. Pues esa especie de subgénero de la novela histórica el que podríamos llamar “de misterios templarios” se ha demostrado, muchas veces, como altamente vendible en ese maltrecho y hoy (gracias a Jeff Bezos) desarbolado sector.

Sin embargo, hay que advertir que “Wofgang Stark. El último templario” es algo ligeramente diferente a todo eso. Lo cierto es que Alexis Brito no ha recibido los altos honores de ser un autor independiente en la España actual por casualidad ni de manera inmerecida, y lo demuestra, una vez más, con esta novela. 

En efecto, “Wofgang Stark. El último templario” es tan absorbente, tan entretenida como cualquier otra del subgénero “misterios templarios” al que acabamos de hacer referencia, pero tiene elementos que rara vez encontramos en esas novelas. Más adocenadas cuanto más importante es la maquinaría editorial que suelen tener detrás.

Así, los personajes de “Wolfgang Stark. El último templario” y las situaciones históricas en las que estos se mueven, sorprenden por el tratamiento que Alexis Brito les da. 

Wolfgang Stark es un producto de su tiempo, enteramente real: hijo de un pequeño noble sajón, decide abandonar los privilegios de su estamento y hacer carrera eclesiástica pero dentro de una orden, la del Temple, en la que la meditación espiritual y la salvación del alma (el fin último de los hombres del siglo XIV) no está reñida con la acción. Más bien todo lo contrario.

Algo que queda bastante claro por la manera en la que Alexis Brito nos relata, en las treinta primera páginas de su novela, el modo en el que Wolfgang Stark sobrevive a la detención de Jacques de Molay y sus hermanos templarios, que acaba en un duro enfrentamiento con las tropas del rey de Francia Felipe IV. Quienes sean lectores habituales de Alexis Brito no saldrán defraudados. El último templario se abre paso a mandobles con una notoria soltura. Casi la misma que su padre literario muestra con los minuciosos detalles sobre el armamento y la táctica de combate de la época, de los que hace un alarde que es de agradecer. 

Además de esto, Wolfgang Stark es un personaje verosímilmente atormentado, que padece eso que se llama hoy día “síndrome del superviviente”. Es decir, la culpabilidad que sufren quienes han sobrevivido a una catástrofe en la que han caído muchos otros próximos o no al superviviente, que no se explica la razón por la que él ha sobrevivido en el lugar de otros. Acaso mejores que él. 

Esa desazón es la que impulsa a Wolfgang Stark de un lado a otro del mapa de la Europa en la que es un proscrito, como otros supervivientes templarios, a Tierra Santa y de allí de vuelta a Europa.

Largos viajes en los que topa con personajes llamativos. Como el noruego Harald, marino del barco que, en la segunda parte del capítulo titulado “El gigante del abismo”, lleva a Wolfgang Stark de vuelta a Europa. 

A través de ese personaje, Harald, Alexis Brito muestra una gran maestría en el relato histórico, desconocida para muchos practicantes del género, dibujando, con apenas unas cuantas pinceladas bien dadas, a un verdadero noruego de comienzos del siglo XIV. Es decir, un hombre que se debate entre las antiguas creencias paganas y las cristianas, evitando así caer en absurdos tópicos sobre “vikingos”, pero sin por ello renunciar al juego que, como personaje de acción, se esperaría de alguien como Harald. 

Por supuesto “El último templario” también tiene sus dosis de misterios templarios sin las cuales, tal vez, carecería de sentido haberla escrito.

Es algo que se hace patente en las partes II y III de ese mismo capítulo, donde Wolfgang Stark se ve atrapado en una situación en la que Alexis Brito rinde homenaje a la literatura “pulp” de los años treinta hoy convertida en clásico. Es decir, a H. P. Lovecraft y al Robert E. Howard de relatos como “Gusanos de la Tierra”. 

Ahí, entre impresionantes apariciones shakesperianas del difunto padre de Wolfgang Stark, épicos combates con nigromantes y razas degeneradas expulsadas a los márgenes de una Noruega ya completamente cristianizada, aparece el mítico Baphomet. El símbolo impío, demoníaco, que se dijo adoraban los templarios y sirvió para acusarlos y condenarlos. 

Wolfgang Stark se abrirá paso en ese turbulento escenario por medio de todo un reguero de sangre que le permita llevar ese símbolo hasta Escocia. Tal y como se le ha pedido que haga, por encargo de un noble de esa nacionalidad. 

A partir de ahí la novela se desarrolla en diferentes episodios muy similares, en los que el atormentado templario se enfrenta a nuevos peligros y sale airoso de ellos.

Unas veces gracias a su fuerza física y otras gracias a la espiritual. Particularmente notable es su enfrentamiento con el Príncipe del Aire, que se le aparece, como solía ser habitual en él, bajo la forma de un enigmático viajero de nombre supuesto. 

Un episodio en el que Alexis Brito combina magistralmente las creencias escatológicas de un caballero medieval que recuerdan a “El séptimo sello” de Bergman o incluso a “El Caballero, la Muerte y el Diablo” de Durero con una acción en la que la violencia está muy limitada en lo físico, reduciéndose el enfrentamiento a una cuestión más bien espiritual, en la que se decide una sutil lucha entre lo que es correcto y lo que es incorrecto y se despacha también toda una completa teoría sobre la justificación del origen del Mal en un mundo creado por un Dios bondadoso.

Similares características tiene el capítulo en el que Wolfgang Stark debe afrontar el único episodio romántico de todo el libro, donde su valor es puesto a prueba no por el miedo o la tentación como ocurre en su enfrentamiento con el Demonio, sino para que abandone su vida errante y se convierta en un hombre sedentario y casado con una mujer a la que, sin duda, ama. 

Con esa alternancia de episodios violentos con otros más reflexivos es cómo “Wolfgang Stark. El último templario” llega a un relativamente sorprendente final abierto y en el que espera a los lectores una nueva ración de aventura y acción combinada con una interesante dosis de datos históricos sobre la accidentada vida de la mujer del rey inglés Eduardo II. Isabel, conocida como “La loba de Francia”, hija de Felipe IV, el rey que condena a los templarios, a la que Alexis Brito endosa un nuevo amante, Michael Oldcastle, que, naturalmente, se las tendrá que ver con Wolfgang Stark durante una no menos accidentada expedición por la entonces apenas explorada costa africana que acaba dejando muchas posibilidades abiertas. 

Entre ellas, acaso, una nueva novela con Wolfgang Stark como protagonista que explique qué acabó ocurriendo con el Baphomet llevado a Escocia. Ese punto donde se dice vinieron a converger los fugitivos templarios y el origen de la Masonería, también acusada por sus detractores de adorar a esa figura equívoca…

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sábado, 1 de octubre de 2016

DAVID BOWIE: "THE GOUSTER"


Durante 1974, en un descanso de la gira de Diamond Dogs, David Bowie alquiló los estudios Sigma Sound de Filadelfia para grabar nuevos temas. Inspirado por el programa Soul Train, el funky, el Motown, la escena latina y el R&B, era hora de probar un estilo diferente que le permitiera ampliar sus horizontes musicales. Carlos Alomar —guitarrista portorriqueño criado en Nueva York que había trabajado con James Brown y Chuck Berry— lo puso en contacto con músicos del circuito local. La formación con la que grabaría su próxima obra sería la siguiente: Robin Clark, Ava Cherry y Luther Vandross como coristas, Mike Garson al piano, el saxofonista David Sanborn, el bajista Willie Weeks y Andy Newmark a la batería.

Bowie empezaba a tener problemas económicos con MainMan. Al sanear sus finanzas, había descubierto que no era más que el títere de una compañía que se había enriquecido a su costa. Vivía de créditos y anticipos y se sentía estafado por su mánager Tony Defries. Por otra parte, la cocaína le estaba pasando factura; se encontraba deprimido, exhausto y emocionalmente inestable debido a su consumo. A pesar de ello, durante seis frenéticas semanas, impulsado por el afán de experimentar y una insultante seguridad en sí mismo, demostró que era capaz de abrazar un sonido ajeno para convertirlo en propio. Osado, incursionó el terreno en el que Al Green, Marvin Gaye, Aretha Franklin, Barry White, Donna Summer o Isaac Hayes destacaban.    

Con Tony Visconti en la labor de productor, las sesiones fueron improvisadas, rápidas y productivas. Un soul exuberante impregnaría canciones como “Somebody Up There Likes Me”, “Right”, “It’s Gonna Be Me” y las baladas “Can You Hear Me” y “Who Can I Be Now”. “John, I’m Only Dancing (Again)” fue reinterpretada como un número funky y el futuro clásico “Young Americans” tuvo influencia del estilo compositivo de Bruce Springsteen. La forma de cantar de Bowie había madurado: ahora era sugerente, profunda y sensual, entre el vibrato, el gemido y el falsete, con ecos de Scott Walker, Brian Ferry y Frank Sinatra. Finalmente, en un alarde de generosidad, al terminar el álbum, invitaron a un grupo de fieles fans “Sigma Kids” para que disfrutaran del trabajo antes de que saliera a la venta. Su pasión por la música negra era auténtica, no fue una maniobra impostada para conquistar Estados Unidos. The Gouster —título original del proyecto— rompía con todo lo que había hecho antes; lejos quedaba la riqueza melódica de los discos glam con los que había saltado a la fama. “After Today”, “I’m A Laser” (que se transformaría en “Scream Like A Baby” años después), “Shilling The Rubes” y el cover “It’s Hard To Be A Saint In The City” del Boss no fueron incluidas en el disco.    

Bowie regresó a los escenarios para finalizar la segunda parte de la gira por tierras americanas. Alomar se sumó a Earl Slick como guitarra y añadieron “Knock On Wood” al repertorio. Fue una época de glamour, excesos, fiestas en Beverly Hills, amistades famosas (Elizabeth Taylor, Cher, Bing Crosby), declaraciones controvertidas sobre ufología y estupefacientes. Conforme avanzaba el espectáculo, el teatral escenario de Hunger City (con edificios de nueve metros de altura, puente levadizo, grúa elevadora y números coreografiados) desapareció a favor de un sencillo espectáculo soul que sirvió para estrenar sus nuevas canciones. Gracias a ello, el británico ganó dinero por primera vez en directo. Entre bastidores, Freddy Sessler —acompañante habitual de Keith Richards— siempre llevaba los bolsillos repletos de ampollas de la cocaína médica más pura que podía conseguirse en el mercado. Bowie cambió de imagen: sombrero, corbata, camisas blancas y pantalones anchos con tirantes; poco tenía que ver con el dios alienígena Ziggy Stardust que había triunfado en Inglaterra. Aunque la gira fue un éxito, la crítica con Lester Bangs en cabeza, tomó su viraje estilístico, visual y sonoro como una completa farsa.

A finales de año, después de despachar “Fascination” y “Win” en Nueva York, Bowie se dispuso a grabar una versión de “Across The Universe” de los Beatles. En enero, junto a John Lennon, Carlos Alomar y Eddie Kramer al mando de los controles, improvisando sobre el riff de “Foot Stompin”, la magia invadió los estudios Electry Ladyland y “Fame” nació gracias a una base acústica de Lennon. “Fame” fue un ataque a MainMan, a la decadencia y falsedad del mundo del estrellato que llegaría al número uno de los charts de Estados Unidos.

Bowie se sintió en deuda con Lennon y, aunque “Across The Universe” era un tema poco inspirado, decidió incluirlo como homenaje a su amigo. The Gouster había mutado en Young Americans para consternación de Visconti, que no esperaba cambios de aquella envergadura. El álbum fue uno de los más exitosos de Bowie durante los años setenta y este repetiría la misma fórmula con el multiplatino Let’s Dance (EMI, 1984) y Black Tie White Noise (Arista, 1993). La tendencia estaba marcada: artistas como Bee Gees, Elton John, Roxy Music, Talking Heads, Queen, ABC, Spandau Ballet y Simply Red recogerían su legado. A velocidad de vértigo, 1976 alumbraría al Duque Blanco: otro golpe de timón que aproximaría a su creador a un sonido tan experimental como europeo.



viernes, 23 de septiembre de 2016

NICK CAVE & THE BAD SEEDS: "SKELETON TREE"

Nick Cave es un artista polifacético que ha incursionado en todo tipo de disciplinas: bandas sonoras, novelas, obras de teatro, lecturas poéticas, colaboraciones musicales, guiones de cine, proyectos paralelos a los Bad Seeds (Grinderman) y actuación. Era inevitable que una tragedia familiar de semejantes proporciones —la muerte de su hijo Arthur en un accidente— condicionara su nuevo trabajo.
Cave ha decidido no ofrecer entrevistas, por consiguiente, el documental One More With Feeling de Andrew Dominik (El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, 2007) en el que se muestra la grabación del disco, es el complemento perfecto para aclarar cualquier duda a los curiosos, periodistas y fieles seguidores. Durante toda la película, el australiano, su esposa y la formación se muestran sensibles y comedidos; apenas mencionan el nefasto suceso para no proporcionar carnaza a los titulares amarillistas. 
La seminal portada resulta un pequeño anticipo de lo que vamos a encontrar en su interior. “Jesus Alone”, primer single del álbum con su austero videoclip en blanco y negro, marca la pauta del sonido de Skeleton Tree: gélido, ominoso, crudo y minimalista. La voz de Cave suena descarnada en todos los cortes, como si el australiano apenas le restaran fuerzas para cantar. Este se muestra frágil, íntimo y vulnerable frente al desconocido que lo observa reflejado en el espejo. No queda lugar para personajes ni artificios; Cave y sus sentimientos son los protagonistas absolutos. Un crooner salido de los infiernos cuyas letras muestran imágenes bíblicas congeladas en un momento perpetuo de angustia, culpabilidad y desesperación.
Al igual que el laureado Push The Sky Away (Bad Seed Ltd., 2013), la música ha sido reducida a su mínima expresión: piano, sintetizadores fantasmales, tenues líneas de bajo, arreglos de cuerdas, loops, melodías rotas, electrónica y una percusión carente de peso. Aunque el grupo había comenzado las sesiones el año anterior, el fallecimiento del gemelo dio forma al disco tal como lo conocemos. Desde la partida de Mick Harvey, Warren Ellis se ha convertido en el director musical de la banda. Lejos de cualquier estridencia, las guitarras han desaparecido cediendo el protagonismo a atmósferas sobrevoladas por la mórbida tristeza que recorre cada surco del álbum.
Además de “Jesus Alone” y la estremecedora “I Need You” (en la que el músico se entrega por completo), destacan “Distant Sky”, con sus aires de iglesia y coros cortesía de la soprano Else Torp, la claustrofóbica balada “Girl In Amber”, la espectral “Magneto” y el resignado tema que titula el álbum deja una puerta abierta a la esperanza; un frío resquicio de luz en un camino velado por las tinieblas. 
Sin duda, Skeleton Tree es uno de los elepés más arriesgados y personales de Nick Cave —junto a The Good Son (Mute Records, 1990) The Boatman’s Call (Mute Records, 1997)— en el que desnuda su alma rota sin pudor, ofreciendo sus demonios, temores y miserias al público. Un ejercicio de catarsis convertido en arte que narra la pérdida de la fe, el dolor y la redención. Este podía haber aprovechado el morbo inherente de su situación para componer un tema apto para las radiofórmulas (“Tears In Heaven” de Eric Clapton sería un buen ejemplo) pero, a diferencia de otros artistas, ha ignorado la ocasión de lucrarse a favor de la autenticidad. Por una extraña ironía del destino, tal como sucedió con Blackstar de Bowie, su trabajo menos asequible se ha convertido en un éxito que ha superado a nivel comercial a la mayoría de sus anteriores discos. Ello demuestra que músicos llegados a una edad madura como Neil Young, Iggy Pop, Leonard Cohen, Van Morrison, Bob Dylan o Tom Waits continúan publicando grandes álbumes que corroboran su talento.
La escucha del disco puede resultar una experiencia perturbadora. Skeleton Tree es un álbum de duelo no apto para todos los públicos, ideal para la soledad del hogar. Un amargo regalo para los fanáticos del australiano, con los que comparte la pérdida que ha motivado la creación de otra singular obra maestra dentro de su fascinante discografía.