martes, 18 de agosto de 2015

YO SOY LA RESURECCIÓN

La historia de la música tiene un lugar para nosotros. Puede que nos cueste tres discos, pero allí estaremos.

Richard Ashcroft

Todo comenzó de la manera más casual posible…

Para no variar, como no soportaba las aburridas clases, me fugué del instituto. Al llegar a casa estaba solo. Mi madre trabajaba; terreno libre. Dejé los bártulos en mi habitación, encendí la tele y puse los 40 Principales. El presentador dijo algo parecido a «The Verve han regresado: este es su single "Bitter Sweet Symphony"». Torcí el gesto, hastiado, sin grandes expectativas. En aquella época —mediados de junio 1997— los últimos coletazos del Britpop sonaban en la radio. Un movimiento musical que, después de ser asimilado por la industria, desaparecía en las catacumbas de la historia como tantos otros antes. Meses más tarde, Elton John entraría en lo más alto de las listas con su “homenaje” a Lady Di: "Candle In The Wind"; una canción vomitiva reeditada en el momento oportuno para forrarse a conciencia.

El videoclip era tan sencillo como efectivo: un tipo feo, flaco y desgarbado embutido en una chupa de cuero negra dos tallas más grande caminaba con arrogancia por una calle, chocando contra todos los peatones que se interponían en su camino mientras cantaba en voz alta. La melodía de los violines era un mantra hipnótico que provocaba cierta euforia, de rebeldía contra el mundo. Tuve la sensación de que el tema decía: «Ve a contracorriente y que le den por culo al sistema». Durante cuatro minutos y medio fui incapaz de apartar los ojos de la pantalla. Al final del mismo, el resto de la banda se unía al cantante, ocupando toda la acera. Recuerdo que pensé: «Tócales las narices y te revientan el careto a hostias». Estaba enganchado: necesitaba escuchar a aquel grupo.

Urban Hymns fue el disco más importante de mi adolescencia. The Verve, después de dos álbumes e infinitud de problemas que habían hecho que la banda se disolviera en 1995, regresaron por la puerta grande con "Bitter Sweet Symphony" y "The Drugs Don’t Work", conquistando el planeta cuando nadie apostaba por ellos. Como buen fan, conseguí sus primeros trabajos (A Storm In Heaven y A Northern Soul) para completar su discografía. El sonido del grupo había madurado con el paso del tiempo. Las canciones oníricas y psicodélicas del principio ("Star Sail", "Already There", "Butterfly") dieron paso a temas más consistentes ("Life’s An Ocean", "Stormy Clouds") hasta llegar a la perfección sonora ("Catching The Butterfly", "Weeping Willow") del último disco. Durante los meses de verano tuve mi primer empleo como piscinero en un hotel del sur de Tenerife. Recuerdo que cuando trabajaba solo, los pinchaba en una radio que había en el almacén hasta que aprendí sus canciones de memoria. Posteriormente, gracias a mi nuevo poder adquisitivo, conseguí el primer EP y todas las caras b del grupo. Verve (EP) contaba con una canción que, muchos años más tarde, me inspiraría para escribir una novela con el mismo título: "Gravity Grave". Hablaré sobre ello más adelante.

Aquella fue la mejor etapa de mi vida. Me encontraba en el punto intermedio que existe entre la adolescencia y la edad adulta. Dejaba todos mis complejos atrás (al crecer rodeado de cretinos que no valoraban mis cualidades e intereses había llegado a creer que era una porquería de persona) y el futuro estaba lleno de promesas. La vida, por primera vez, no resultaba una carga insoportable. Siempre he tenido una sensibilidad fuera de lo común, una imaginación desbordante con la que mantengo una relación de amor-odio difícil de describir con palabras. A los 17 años leía mucha poesía, escribía cuentos cortos (que posteriormente se convertirían en la espina dorsal de mi producción literaria) y deseaba comenzar una novela. El escritor (tal como denomino a mi porcentaje artístico) empezaba a prevalecer sobre el hombre (tal como denomino al porcentaje que hace vida pública y se relaciona con sus semejantes). Durante toda mi vida he estado dividido entre las dos personalidades mencionadas. Por fortuna, cuando el hombre se viene abajo, el escritor acude al rescate. De no ser por el escritor, no estaría narrando esta historia. El hombre hubiera desaparecido del mapa un cuarto de siglo atrás. Un detalle a tener en cuenta: estuve una temporada imitando la forma de caminar de Richard Ashcroft. De hecho, cuando salgo de jarana y me trinco un pedo me sale sin darme cuenta; ya forma parte de mi personalidad. Una anécdota digna de mención: una vez recorrí la Calle Castillo, desde la Plaza Weyler hasta la Plaza de España, escuchando la canción en el walkman a toda hostia, chocando con la gente, solo para experimentar el subidón del videoclip. ¡De milagro no me partieron la cara!

A A Northern Soul pertenecía una brillante canción que se convertiría en la joya de la corona de la banda: "History". Mecida por una dramática sección de cuerdas, narraba la desintegración sentimental que el cantante mantuvo con su novia de toda la vida. Inspirado en el poema "Londres" de William Blake, fue un sencillo que implosionó en las listas británicas convirtiéndose en el epitafio del grupo. Una agorera frase aparecía en la portada del single: All Farewells Sould Be Sudden. Según la leyenda, la noche que la grabaron Owen Morris (productor del disco), llorando de rabia porque no lograba captar el espíritu del tema, estampó una silla contra la mampara que separaba la sala de los músicos de su puesto en la mesa de sonido. A Northern Soul fue un disco de catarsis, espiritualidad narcótica, emociones dolorosas, locura creativa y autodestrucción. La banda dormía en el estudio y se alimentaba de éxtasis, cocaína y vodka. Una catarata de sentimientos recorre el disco: exaltación, rabia, añoranza, desesperación, tristeza, pérdida… Las fotografías del libreto interior (cortesía de Brian Cannon) tampoco tenían desperdicio: una imagen en blanco y negro definía la temática de cada canción. El álbum fue una experiencia tan intensa, tan creativa y aniquiladora a la vez, que el grupo no consiguió soportarla. Las letras hablan por sí mismas. A New Decade: And How Long Will I Run For? Who Am I Running From? A Northern Soul: Gime Me Your Powder And Pills I Want To See If They Cure My Ills. History: The Bed Ain't Made But It's Filled Full Of Hope I Got A Skin Full Of Dope. Life’s An Ocean: Imagine The Future Woke Up With A Scream I Was Buying Some Feelings From A Vending Machine.

Después de años de trabajo duro, las palabras de Richard Ashcroft resultaron ciertas: la banda había conseguido un hueco en la historia de la música. Esta se embarcó en una exitosa gira mundial mientras Urban Hymns escalaba puestos en todas las listas del mundo, llegaban los discos de platino y oro, multitud de premios y la adoración crítica y popular. Como de costumbre, la gloria duraría poco. Nick McCabe abandonó el tour para estar con su familia y tuvieron que sustituirlo por otro guitarrista. La prensa musical comenzó a especular sobre si el grupo continuaría adelante o no. Lógicamente, The Verve se disolvió por segunda vez. Resulta irónico que, con lo que les había costado triunfar a nivel masivo, arrojaran la toalla en la cima. Ni los Sex Pistols lo hubieran hecho mejor.

Richard Ashcroft comenzó una interesante carrera en solitario y el recuerdo de la formación desapareció de la memoria colectiva. A diferencia de Oasis, Suede, Blur, Pulp, Supergrass, Ocean Colour Scene o Travis, la fama de The Verve fue efímera. Nadie lloró por su desaparición; derrumbar una base de fans después de cada disco no es la mejor forma de conservar a tu público. En 2004 salió a la venta un tardío recopilatorio con los sencillos del grupo: This Is Music: The Singles 92-98. Un álbum ideal para los neófitos, cuyo mayor atractivo radicaba en la inclusión de los temas inéditos "This Could Be My Moment" y "Monte Carlo" (una brillante pieza sideral que recuerda los primeros trabajos de la banda). Una idea empezaba a fraguarse en mi mente: ¿Por qué no escribía una novela homenajeando al grupo y, por extensión, mi propia adolescencia? Archivé el proyecto en el disco duro de mi cerebro y seguí comprando los álbumes de Richard Ashcroft (la versión íntegra de "Check The Meaning" me parece su mejor tema en solitario) a la espera del milagro de la resurrección.

Un día cualquiera, leí que la banda había limado asperezas y estaba en el estudio grabando un nuevo disco. Mi alegría fue indescriptible. Tenía una deuda pendiente con ellos: verlos en directo. Forth fue un gran álbum, una mezcla de sus tres trabajos anteriores, poco comercial y altamente cósmico, que demostraba que el grupo había ganado en experiencia y calidad sonora. Mi tema favorito, como no podía ser de otra manera, no fue el estupendo "Love Is Noise" que sonó en todas partes; "I See Houses" me parece infinitamente superior. A veces, tu fidelidad a una banda (que nadie recuerda) tiene su recompensa y después de once años escuchándola tuve la oportunidad de cumplir mi sueño. La cita fue el 18 de julio del 2008 en el Summercase de Barcelona. Vimos la actuación en segunda fila, obligué a mi colega David a sacar multitud de fotos y me siento orgulloso de haber estado en el primer concierto que el grupo ofreció en España. ¿El mejor momento de la velada? "The Drugs Don’t Work", por supuesto. Lágrimas incluidas. Tal como esperaba, al terminar la gira The Verve volvieron a pasar a la historia. Esta vez no me importó: había completado el círculo. Únicamente me quedaba una cosa por hacer: "Gravity Grave" se dibujaba en un futuro inminente.

Narrar una novela ambientada en la Movida Madchester, festejando (nunca mejor dicho) mi propia juventud, fue una de las mejores experiencias literarias de mi vida. La historia, altamente autobiográfica y confesional, surgió casi sin esfuerzo por mi parte. Spike «…visionario, estudiante fracasado, viajero acérrimo, consumidor de XTC, camello a jornada completa…», personaje principal de la obra, es un clon de uno de mis vocalistas favoritos: «Cada vez le encontraba más similitudes —tanto físicas como personales— con el líder de Verve, Richard Ashcroft. Ambos compartían una desvergonzada confianza en sí mismos, creían en la causa por la que luchaban —Spike por las drogas y Richard por la música— y no se complicaban la vida con gilipolleces». El primer capítulo es una traslación al papel del videoclip de "Gravity Grave": cuatro personas en un coche, lluvia, autopista, niebla, música ensoñadora y espacial. La fiesta en el caserón abandonado bebe directamente del vídeo de "Blue"; una de mis preferidas de A Storm In Heaven. Ambos capítulos poseen imágenes de un pasado tormentoso que, para convertirme en adulto, tuve que enterrar en lo más profundo de mi memoria. La vieja dicotomía del hombre contra el escritor y del escritor contra el hombre. No daré más detalles: al que le interese puede leerlo (con los pormenores lúgubres y morbosos de rigor) en el libro.

Un fragmento de mi novela define esta entrada perfectamente:

El ambiente lisérgico de la canción inundó nuestros corazones. Lástima que no se nos hubiera ocurrido montar una banda de rock; lo habríamos pasado de puta madre tocando en directo. Aún era libre. Mañana volvería a la rutina habitual, a un trabajo de ocho horas en una fábrica, metiendo reses muertas en congeladores, hasta desplomarme de agotamiento. El bajo llevaba la melodía, acompañado por los punteos psicodélicos de la guitarra principal, secundados por el ritmo monocorde de la batería. La voz soñadora de Richard Ashcroft nos arrastró al límite de las estrellas, forjando un paréntesis entre el pasado y el presente, transportándonos más allá del sol....

Nostalgia, bendita emoción. Para un escritor, la única forma viable de conservar los momentos increíbles de su vida es a través del papel. Os aseguro que funciona.